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EL EJECUTOR

Geir Tangen

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Fragmento

 

Sede del Haugesunds Avis

Viernes por la mañana, 27 de agosto de 2010

Aquella mañana, cuatro días antes de que se apagara la luz, el periodista Viljar Ravn Gudmundsson estaba plantado en el centro de la sala de reuniones, con las piernas separadas, disfrutando del ambiente que le rodeaba. En el lugar predominaban las sonrisas amplias, las miradas ansiosas y las risas altivas. Tal y como debía ser.

—¡Joder, Viljar! No sé qué será lo que les vendes a tus fuentes, pero yo lo quiero. Es que se trata del mismísimo ministro de Transportes. Colgado y clavado en la picota con el culo al aire. Daría gustosamente el riñón izquierdo por ver mi firma en un reportaje así.

El periodista cultural Henrik Thomsen le sacaba tres cabezas a su compañero, aunque ello no implicaba nada digno de mención en lo que respectaba a su inteligencia. Al mirarlo, Viljar creyó ver restos de azúcar glas en su frondoso bigote.

—Créeme, Thomsen, no sobrevivirías a ello. Hay razones por las que tú escribes reseñas de conciertos mientras que yo me dedico a perseguir a depredadores en los pasillos del poder.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Viljar se apartó de aquel hombre enorme y robusto para encaminarse hacia un extremo de la sala. Para situarse bajo los focos. Lo merecía. Era su momento. El momento en que todas las miradas se dirigían a él llenas de respeto y admiración. Lo que había conseguido era algo único en los ciento quince años de historia del periódico. Para el resto de los colegas y redactores, el artículo podría parecer el resultado de varios meses de ambicioso periodismo de investigación. El hecho de que eso no fuera del todo cierto no le importaba a Viljar lo más mínimo. Se trataba de su especialidad. Que el artículo fuera el producto de cientos de horas de trabajo, o que le hubiera caído del cielo como una pluma, le resultaba completamente indiferente. Estaba en posesión de una gran primicia, tenía todas las palabras en su poder.

Y lo que escribía era la verdad. Así eran las cosas en Haugesund. Una y otra vez, los que abusaban del poder habían sido derrocados de sus pedestales. En el diario regional Haugesunds Avis, Viljar Ravn Gudmundsson era un obelisco de granito, un obelisco que podría erigirse igualmente en los terrenos donde se estaba construyendo el edificio que albergaría la nueva sede del periódico.

El caso que había presentado en la redacción aquella mañana tenía todos los ingredientes para convertirse en un bombazo incluso en los medios de comunicación nacionales: se percibía el olor a sangre, ese estado que surge cuando todas las redacciones del país cubren el mismo acontecimiento dramático, en una cobertura tan amplia que eclipsa cualquier otra noticia de la actualidad. Política, abuso de poder, personajes famosos, delincuencia y sexo. Todos los ingredientes en un mismo caso, y el impulsor de la investigación era un pequeño diario de ámbito regional como el Haugesunds Avis. Y el hecho de tener la firma de Viljar Ravn Gudmundsson le daba la credibilidad necesaria para traspasar la barrera del sonido y llegar a los medios nacionales.

A sus treinta y siete años, Viljar disfrutaba desde hacía tiempo de una gran reputación como una de la voces mediáticas más sólidas del país. Las ofertas laborales no dejaban de llegar a su bandeja de correo electrónico con regularidad, pero él hacía caso omiso. Ejercía de padre los fines de semana y no soportaba la idea de tener que viajar a Oslo cada semana. Alexander, su hijo de doce años, vivía en Haugesund, y ningún trabajo del mundo le haría sacrificar los momentos que compartían ambos. Además, no se podía ocultar que Viljar era un poco comodón. En el periódico regional tenía libertad total. Hacía y deshacía a su antojo. Escribía los artículos que más le apetecían y se negaba a deambular ociosamente por los lugares comunes de la prensa escrita. Era el líbero del periódico, un alma libre en un entorno libre. Dictaba el orden del día. Era el anarquista de la casa. Seguía sus propias reglas y vías, para desesperación y disfrute del director del diario, Johan Øveraas.

Cuando unos días antes se topó con el asunto de Herman Eliassen, el ministro de Transportes, Viljar llevaba bastante tiempo alegando ante sus superiores que estaba trabajando en un caso de dimensiones insospechadas. Por supuesto, no eran más que palabras huecas. En realidad, había estado empleando gran parte de su jornada laboral en planificar un fin de semana en Londres con Alexander. Afortunadamente, la salida del viaje había coincidido con el día en que podría servir ante la redacción, en bandeja de plata, la cabeza del ministro de Transportes.

—Chicos… ¡Escuchadme un momento!

El director Johan Øveraas llevó a Viljar con paso decidido hasta una esquina de la sala para que todos los compañeros pudieran reunirse a su alrededor. Se plantó las manos con gesto resuelto en las caderas, y Viljar observó fascinado cómo se hundían literalmente en la grasa de sus michelines.

—Este bombazo va a caer como una pinta de Guinness en una fiesta con champán en el centro periodístico de Akersgata. Y va a aguarle la fiesta a todo ese coro de pelotas de Herman Eliassen. Los de la prensa local conocemos al tipo y llevamos mucho tiempo esperando una ocasión para verlo colgando de los pelos del culo. Viljar, ¡qué buen trabajo, joder!

El aplauso retumbó en la pequeña sala, y Viljar Ravn Gudmundsson se tomó su tiempo para disfrutar del momento. Aquel era su caso. En aquel juego de poder, él era invulnerable. Tenía la verdad como compañero inamovible y nadie podía ponerle trabas.

Tras las ventanas, el viento sacudía los viejos robles que crecían junto al colegio Lillesund. Las exhaustas hojas retenían por un tiempo más la savia del verano. De momento se mantenían fuertes, lozanas y con un intenso color verde. Pero, a diferencia de los periodistas que se encontraban entre las paredes de aquel edificio, las hojas saben que todo llega a su fin. Llega el momento en que se corta la cuerda de salvamento de todo lo que existe, y un fuerte viento racheado se llevará los amarillentos broches otoñales.

En el patio de una granja a unas decenas de kilómetros más al sur, se encontraban Jonas y su novio. Entre miradas y caricias enamoradas, habían sellado sin saberlo no solo su propio destino, sino también el de Viljar Ravn Gudmundsson, el hombre que en aquel mismo instante recibía la última palmada en el hombro del director del periódico.

—Un trabajo magnífico, Viljar. Vete a Londres. Apaga el móvil. Disfruta con tu hijo. Te lo mereces. A partir de ahora nosotros nos encargaremos del asunto. En cuatro días estarás de vuelta, y te prometo que en el viaje de regreso tendréis viento de cola, porque aquí soplará un fuerte temporal.

Viljar sonreía con aire travieso mientras metía todo lo que necesitaba en su bolsa de viaje. Echó un último vistazo al material fotográfico preparado para el artículo sobre Eliassen y lo envió al departamento de redacción. Cuando acabó, el director del periódico seguía de pie junto a él. Viljar miró a Øveraas con su habitual expresión burlona.

—¿Soplará fuerte…? ¿No sopla siempre fuerte en Haugesund?

 

Cuatro días más tarde…

Puente Stemmen, Haugesund

Martes por la noche, 31 de agosto de 2010

Nubes amenazantes barrían el cielo como oscuros presagios, reclamando su lugar en la hora azul entre el día y la noche. Durante unos breves instantes, el lago Eivindsvatnet quedó bañado en un resplandor mágico, para verse envuelto a continuación en un negro manto con olor a azufre, truenos y fuertes aguaceros.

Jonas Ferkingstad estaba en Stemmen, un pequeño puente construido en 1907 sobre el embalse situado junto a la entrada de la zona de esparcimiento alrededor del lago Eivindsvatnet. El frágil individuo miraba por el borde, como tanteándolo.

La melena rubia se le pegaba a la frente. Sus ojos de color azul intenso contemplaban un punto imaginario en el vacío. En los breves destellos de luz que aparecían de vez en cuando al abrirse las nubes en el cielo, podía ver allí abajo las aguas del embalse. Desde el lugar donde se encontraba en el puente hasta el fondo de la zona pedregosa, habría unos diez metros de distancia. La fina camiseta de color burdeos se le adhería empapada al torso. Le temblaba todo el cuerpo. Lanzaba breves ojeadas hacia el terreno circundante, hacia el paso peatonal debajo de Skjoldavegen, pero la mayor parte del tiempo permanecía mirando al vacío.

Jonas se enderezó cuando descubrió que una persona se acercaba caminando. Era imposible reconocerla, pero Jonas sabía quién era. Durante todo el tiempo que pudo había albergado la esperanza de evitar aquel enfrentamiento. Ya no había negación o mentira posibles. Ninguna traición ni engaño. Dos seres humanos a solas que conocían la verdad. No tenían necesidad de esconderse detrás de ninguna farsa o fachada.

Durante un largo rato se quedaron quietos, contemplándose en la distancia. El viento otoñal azotaba el lago Eivindsvatnet, creando crestas de espuma en el agua. Un nuevo rayo desgarró el cielo. En medio del fugaz destello de luz gélida, se miraron. Desnudos. Desprotegidos. Solos. Al cabo de unos segundos volvió la oscuridad y los truenos hicieron vibrar el hormigón del puente. Jonas permanecía expectante, con los hombros encorvados. Contempló a la persona que tenía enfrente. Deseaba arrojarse a sus brazos. Quedarse a salvo allí, fingiendo que no había ocurrido nada. Que todo no había sido más que una fata morgana. Irreal. Algo que desaparecería en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, no era posible. Nada se podía deshacer.

Durante unos breves instantes se quedaron así, mientras el agua se escurría por sus cuerpos. Sus rostros reflejaban impotencia mutua. No dijeron nada, pero después de un rato la otra persona extendió los brazos hacia Jonas, que, respirando con dificultad, se fundió con ella en un abrazo. No había palabras que pudieran expresar la sensación que experimentó en aquel momento. No era felicidad. No era alivio, sino otra cosa diferente. Algo muy profundo, que hizo que todo su ser se dejara ir. Todos los sentimientos reprimidos brotaron como un géiser. Percibía su propia voz gritando contra el pecho de la persona que le abrazaba, pero apenas podía oír el sonido. Tenía que sacar todo su dolor.

Por encima de su hombro, Jonas creyó atisbar una sombra que se movía junto a la pequeña caseta de los botes. Dos kayaks se aferraban entre sí contra el azote del viento, apoyados en una pared de la caseta. Durante los últimos días los había visto flotando en las aguas, pero no entendía muy bien que alguien quisiera sacarlos al lago con ese temporal.

Aquella pequeña digresión le distrajo. El abrazo aumentó notablemente en intensidad, como si la otra persona intentara estrujarle. Jonas intentó desprenderse un poco de aquellos brazos de hierro. Pero aún no quería apartarse del todo. Sentía los sollozos en sus entrañas. Breves gañidos desesperados que eran testigos de lo que había hecho. Jonas sabía que todo era culpa suya. Era el único responsable.

Los brazos que lo rodeaban eran poseedores de una fuerza primitiva. Inhumana. Jonas dejó caer los brazos flácidamente a los costados, manteniéndose en pie únicamente por la presión de la otra persona. Jonas se sentía vacío. Era una cáscara fina y frágil, incapaz de oponer ninguna resistencia. De repente se percató de que se trataba de una batalla. Una batalla a vida o muerte. Comprendió que la otra persona no lo abrazaba para consolarle u ofrecerle apoyo. Jonas reunió toda la energía que le quedaba y, con gran esfuerzo, se liberó de aquellos brazos. Miró a su oponente con otros ojos. Separó las piernas para mantener el equilibrio, pero notó lo lánguido que se le había quedado el cuerpo.

De repente, la escena del puente cambió por completo de tono. Un nuevo destello de luz. Un nuevo trueno. La otra persona abrió la boca para gritar, pero lo único que se oyó fueron unos roncos susurros. Una espiración sibilante.

Con movimientos lentos, la otra persona lo agarró con fuerza y, levantando limpiamente su cuerpo del suelo, lo arrojó por encima de la barandilla del puente. Cuando el cuerpo se precipitó por el abismo, el grito que se oyó resonó por todo el valle Djupadalen. Después llegó el silencio. Incluso las gotas de lluvia caían silenciosas cuando todo hubo terminado.

 

Cuatro años más tarde…

Sede del Haugesunds Avis

Lunes por la mañana, 13 de octubre de 2014

Un renglón solitario centelleaba en la pantalla del ordenador. «Texto: Viljar Ravn Gudmundsson.» Viljar parpadeó. Los ojos le escocían. La primera hora de la jornada laboral ya era historia; sin embargo, él no había hecho más que escribir su nombre.

Alzó la mirada y contempló la calle Karmsundsgata. Un retablo de coches entre la lluvia y la niebla. Los arquitectos que proyectaron el nuevo edificio de la sede de los medios de comunicación de Haugesund tal vez pensaron que las ventanas panorámicas del suelo al techo inspirarían a las hormigas obreras de aquella oficina de planta diáfana y abierta. No obstante, las vistas eran tan deprimentes como escuchar el Black Album de Metallica interpretado con flauta india.

Las instalaciones eran completamente nuevas, pero los diez años que llevaba en la misma redacción habían ido consumiendo lentamente las fuerzas del islandés Gudmundsson. La satisfacción de desvelar algo que pudiera generar titulares sensacionalistas en los medios nacionales había quedado pulverizada por la eterna persecución de primicias que, al poco, se convertían en yesterday’s news. Nada se destiñe con más rapidez que la tinta de impresión.

Intentó enderezar la espalda. Apenas había cumplido los cuarenta y ya estaba anquilosado por las horas interminables delante de un teclado y una pantalla. Al mirar a su alrededor, se percató de que era el único que no estaba trabajando. Los golpes secos del teclado vecino le machacaban los conductos auditivos como un millar de cucarachas sobre un suelo de parquet. El zumbido constante de las voces de los otros periodistas le irritaba infinitamente. El hecho de reemplazar los antiguos despachos herméticos por semejante hormiguero era una infamia puesta en práctica con el único fin de joder.

Además del silencio, lo que Viljar más añoraba era su silla. Aquella estructura que tenía junto a su antigua mesa, de asiento profundo y amplio, y que además era reclinable. Con un respaldo en el que podía apoyar toda la espalda. En un día tranquilo, no había ningún problema si quería echarse una cabezadita. Las sillas nuevas eran de respaldo corto adaptado a la zona lumbar, y uno se sentaba en ellas como si tuviera un tapón anal de diez centímetros metido por el culo.

Viljar sustituyó el insípido chicle de nicotina por un pellizco de snus, y echó otro vistazo a su alrededor. La estampa era la misma. Como siempre. Un compartimento tras otro de lugares de trabajo divididos en grupos de cuatro, separados tan solo por unos bloques blancos de un metro y medio con la parte frontal pintada de azul marino, que parecían más que nada unos descomunales ordenadores de sobremesa. La única nota discordante era un tresillo verde, excepcionalmente horrendo e incómodo, ubicado en medio de la amplia sala.

El director Johan Øveraas permanecía de pie en la zona de los sofás. Viljar lo contempló y constató satisfecho que aquel hombre de sesenta y dos años estaba más cerca de su jubilación de lo que jamás se acercaría al reino de los cielos. Øveraas encarnaba todo lo que debería ser un buen gerente intermedio en un consorcio como Orkla Media. Carente de escrúpulos, insensible y moralmente discapacitado, pero con una lealtad del cien por cien a la cúpula directiva.

Øveraas se percató del contacto visual y se acercó bamboleante al minúsculo compartimento de Viljar.

—¡Puto vago! No pasa ni un día sin que te escaquees un par de horas del trabajo. ¿Crees que soy imbécil? ¿Crees que no me doy cuenta de cuándo va y viene la gente por aquí?

Øveraas se infló como un pez globo, pero lo que más destacaba era la bocaza. Viljar sabía muy bien a qué se refería. El viernes había abandonado su puesto sin dar ningún tipo de explicación.

—¿Tengo que rascarte en algún lugar para que reacciones, o podrías ser tan amable de contestarme cuando te hablo?

Tenía los ojos abultados y el color de su tez estaba cambiando de matiz, volviéndose morado.

Viljar había supuesto que el artículo que Øveraas le había encargado el viernes sería asumido por quien estuviera de guardia durante el fin de semana, pero no había sido así. En la reunión matinal del lunes, el asunto había vuelto a aparecer arrastrándose sobre su mesa como una babosa, y le habían dado de plazo hasta las doce para entregar el artículo.

En otras palabras, tenía tres horas para escribir un artículo principal de mil doscientas palabras, además de uno secundario de otras seiscientas, acerca de la asociación Salud Mental y de su insatisfacción con el tratamiento recibido en su eterno deambular entre los servicios de urgencias, los hospitales, los médicos de cabecera y las unidades psiquiátricas. En esta ocasión querían advertir a la opinión pública de la gran cantidad de personas afectadas por enfermedades psíquicas que había en nuestra ciudad, y de las que no quedaba constancia porque el sistema no las registraba.

Viljar miró al director con aire afable. Convendría calmarle un poco para que no reventara como un lemming colérico.

—¡Tranquilo! Tenía el estómago mal. Y no quería molestar a toda la redacción con la peste a mierda. Pero ya estoy trabajando en el artículo.

Johan Øveraas se quedó paralizado un par de segundos antes de centrar su rabia, como era habitual, en cualquier objeto material a su alcance. En aquella ocasión pagaron el pato dos bolígrafos, que tiró al suelo barriendo el escritorio con la mano. Luego se giró bruscamente y volvió a su despacho pateando con fuerza el suelo.

Viljar suspiró, recogió los bolígrafos y volvió a echar un vistazo a los datos sobre los que debía escribir.

«Insulso.» «Aburrido.» «Anodino.» Tres palabras muy acertadas no solo para el artículo en cuestión, sino también para el trabajo requerido para redactarlo. Sin embargo, una hora más tarde casi había concluido. El texto carecía por completo de alma, de sensibilidad y de cualquier artificio literario que apelara a la emoción. Un tipo de artículo que la gente del gremio solía denominar PPC, «pasto políticamente correcto».

Viljar bostezó, hundió los zapatos en la moqueta y, en un momento de descuido, trató de reclinarse sobre el negro respaldo. A duras penas logró incorporarse de nuevo cuando la silla se desequilibró y amenazó con tirarle al suelo. Miró rápidamente a su alrededor para comprobar si alguien se había percatado de lo sucedido, y, sin antes revisar el texto, hizo clic en «Enviar» con un suspiro frustrado.

Estaba listo para fumarse el primer cigarrillo del día. Se puso el largo abrigo gris comprado por cincuenta coronas en la tienda Fretex del Ejército de Salvación, que le había acompañado durante los últimos tres años. La prenda revoloteaba tras él mientras cruzaba los pasillos en dirección al ascensor. Uno de los periodistas suplentes le saludó alzando la mano cuando pasaba junto a los últimos compartimentos. Viljar ni siquiera se dignó mirar al niñato. Los suplentes todavía estaban por debajo de él en la jerarquía laboral. Aunque por poco.

Uno de sus compañeros estaba fumando en el aparcamiento exterior. Viljar se fue en la dirección contraria y encendió un cigarrillo. Lo único que odiaba más que el pasto políticamente correcto era la cháchara de los colegas. Viljar tenía más que suficiente consigo mismo.

Le recorrió un breve sentimiento de mala conciencia al acordarse de que había olvidado comprobar si Alexander había ido al instituto. Viljar recordó la última vez que estuvo en su casa. No se había dado cuenta, pero resultaba que Alexander había pasado de ir a clase durante varios días. Viljar no llevaba muy bien la responsabilidad de convivir periódicamente con un adolescente diagnosticado con TDAH.

«¿Qué estoy haciendo mal? Antes siempre nos teníamos el uno al otro. Nos encantaba estar juntos. Ahora solo queda una cáscara vacía y silenciosa de todo lo que teníamos. ¿Qué demonios nos ha ocurrido?»

Su ex, o «la bruja», como le gustaba llamarla a Viljar, había insistido en que él debía asumir su parte de responsabilidad desde el primer día. Al principio él se limitaba a devolverle al crío los domingos por la tarde, pero ahora que Alexander había cumplido dieciséis años, el chaval iba y venía cuando quería. Su madre decía que era una evolución natural, y Viljar no tuvo ánimos para protestar, por mucho que aquello le complicara la vida.

Viljar exprimió el jugo que le quedaba al cigarrillo, antes de tirarlo al suelo para volver a entrar. Una desagradable peste a tabaco recién consumido le persiguió por los pasillos. Un par de no fumadores arrugaron la nariz cuando pasaba por su lado. A Viljar no podía importarle menos. Al ver que Øveraas le esperaba junto a su compartimento, trató de mitigar el aliento a tabaco con un nuevo chicle de nicotina.

—Si te descontara todas las putas pausas que te tomas a lo largo del día, Gudmundsson, tu sueldo mensual sería una miseria.

Sus manos permanecían bien hundidas en los michelines.

—Y si compararas el número de palabras que aporto a este periódico con el que producen los demás colegas, te darías cuenta de que me merezco un aumento de sueldo. Un mismo asunto siempre puede verse desde varias perspectivas, Øveraas. Es algo que deberías saber, ya que te denominas director de periódico.

La cabezota del corpulento director enrojeció visiblemente.

—Joder, Gudmundsson, no siempre depende de la cantidad.

—No. Como ya he dicho… es algo que deberías saber.

Viljar sonrió burlonamente y pasó con dificultad por delante del director, que mostraba todos los signos de estar a punto de perder los estribos. Afortunadamente, también había perdido el habla. Øveraas giró sobre sus talones y, dando una patada en el suelo, abandonó la zona de conflicto antes de que estallara el fuego.

Si Viljar hubiera tenido una puerta de despacho, habría cerrado de un portazo. En cambio, se limitó a ponerse los auriculares. Miró abatido a la inmensidad que se extendía más allá de las ventanas. Podría permanecer horas y horas contemplando cómo caía la lluvia. Las gotas formaban una especie de celosía convulsa sobre el vaho de los cristales. La gente se encogía bajo el cielo plomizo junto a la estación y el 7-Eleven del otro lado de la calle, antes de salir corriendo hacia los coches que les esperaban.

Sacó de un cajón una vieja camiseta, con la que se secó el pelo para evitar que las gotas cayesen sobre el teclado del ordenador. Después tiró la camiseta debajo de la mesa. Abrió la bandeja de correo electrónico, constatando por el rabillo del ojo que estaba llena de mensajes entrantes. Empezó a borrarlos. En su mayoría se trataba de circulares informativas de la dirección sin ningún interés, además de publicidad.

Viljar tuvo que concentrarse para no eliminar algunos correos importantes. Al final se quedó solo con tres. Una cita médica con la Seguridad Social. Un mensaje del grupo de apuestas de la redacción, y un correo electrónico de alguien cuyo nombre desconocía. Probablemente sería un lector que quería llamar su atención sobre algún detalle olvidado u omitido en algún artículo escrito por él. Suspiró. Era la peor parte del trabajo. Los continuos comentarios de gente que parecía no tener nada más importante que hacer que enviar quejas. Por lo general eran solo unos pocos lectores los que le escribían una y otra vez. Abrió el correo.

Al cabo de unos breves segundos, Viljar sintió un dolor en el pecho. Le costaba respirar. Le daba vueltas toda la redacción. Cuando sintió que las punzadas le subían a la cabeza, soltó un gemido. Se levantó de la silla y empezó a deambular sin rumbo aparente por la amplia sala. Inspiraba profundamente, tal y como le había enseñado su psicóloga. Intentó pensar en otra cosa, pero en ese momento le resultaba muy difícil. Viljar hizo un gran esfuerzo para saludar con la cabeza a un compañero, antes de desanudarse una corbata imaginaria y volver a su escritorio y a la pantalla del ordenador. Se quedó mirando fijamente el texto. Las letras comenzaron a bailar cuando una salada gota de sudor le cayó sobre un ojo. Se la enjugó y volvió a leer el mensaje.

Att.: Viljar Gudmundsson

Le escribo porque sé que es usted un hombre honrado. Un hombre que condenará lo que estoy a punto de hacer, pero que, al mismo tiempo, será capaz de entender mi indignación y frustración ante un estado de derecho que ya no funciona.

Tenemos unas leyes que supuestamente deben protegernos contra los abusos de los demás. No diré nada negativo sobre las personas que admiten su culpabilidad y asumen su justo castigo. Pero quiero centrar el foco de interés en la otra gente. En esas personas que, incluso a la hora del veredicto, eluden su castigo y escapan de la justicia. Esas son las hienas de nuestra sociedad. Cobardes, avariciosas y evasivas. Esas personas se merecen el castigo que yo les impongo, y, por mi parte, yo sí quisiera que se me castigara por mis actos. Cuando llegue el momento, asumiré mi castigo con la cabeza bien alta. Pero, hasta que llegue ese día, esa gente morirá por mi mano. Esas personas culpables que, por diferentes motivos, se libraron de su castigo legítimo.

En la sociedad actual, la gente piensa cada vez menos en nadie que no sea uno mismo. El sentido de la solidaridad ha muerto. El espíritu de la labor colectiva ha desaparecido. La lealtad al patrón es un concepto ajeno. La gente roba de la mano que le alimenta.

Una de esas personas codiciosas es una mujer. Es culpable de cometer graves malversaciones y de deslealtad en el servicio público. No tiene antecedentes, pero eso no es una circunstancia atenuante. Su castigo será impuesto mañana, martes 14 de octubre.

13-10-2014

Stein Åmli
UL7-1

Viljar se metió una nueva bolsita de snus bajo el labio. Sentía cómo se le entumecían los dedos de las manos y los pies. Volvió a respirar profundamente antes de soltar el aire. Una oscuridad que le resultaba muy familiar envolvía su corteza cerebral como un manto. ¿De verdad iba a tener que enfrentarse también a esto? Las letras irradiaban de la pantalla. Viljar irradiaba hastío. Durante un instante se planteó borrar toda aquella mierda, empleando el mecanismo de defensa que mejor dominaba. «El síndrome de evasión», lo había llamado la psicóloga, quien había intentado persuadirle de que «la mayoría de nuestras preocupaciones son infundadas». Él estaba bastante convencido de que aquel correo en cuestión no pertenecía a esa categoría. Un simple clic y el problema desaparecería. Pero no. No era así.

En el fondo, pensaba que no se trataba de una carta de amenaza real. Nadie escribía ese tipo de cosas. Sin embargo, había algo en aquel correo que le provocaba angustia. Se secó las manos sudadas en el pantalón. El mensaje parecía sacado de una mala novela negra. Sobre el clásico «justiciero» que se toma la ley por su propia mano y luego justifica sus actos ante un periodista. Un cliché tan manido que haría que cualquier editor desestimara el manuscrito antes de acabar el primer capítulo.

La «sentencia» tenía pinta de haber sido redactada sin mucho esmero en apenas cinco minutos. ¿Tal vez era ese el motivo por el que se le erizaba el vello de la nuca? Al autor no parecía importarle que la carta recordara más a un documento jurídico. Era como si la hubiera escrito porque no le quedaba otro remedio, no porque tuviera la necesidad de expresar su rabia contra la sociedad. De alguna manera, aquello asustaba más a Viljar de lo que lo haría una furibunda carta de amenaza.

Buscó en internet el nombre «Stein Åmli». Naturalmente, sirvió de muy poco, o más bien de nada. Lo más aproximado que encontró fueron varias ofertas para comprar piedra, guijo y grava en una localidad llamada Åmli. Así pues, se trataba de un nombre falso.

Sabía que, si acudía a Øveraas con el correo, el símbolo del dólar iluminaría los ojos del director como una tragaperras en el ferry que va a Dinamarca. Puso su dedo anular por última vez sobre la tecla de «Borrar», en el extremo derecho del teclado, antes de retirar la mano. Necesitaba saber la opinión de Ranveig sobre aquel montón de mierda que le había caído encima. Se levantó de la silla con la espalda encorvada, en una actitud que no invitaba a ningún intento de acercamiento o charla amigable. Se percató de que la gente hacía lo posible por evitarlo.

Ranveig Børve se fijó en la mirada oscura de Viljar unos segundos antes de que llegara a su mesa. Con Viljar las cosas siempre eran así. Mantenía las distancias en los buenos momentos y acudía rápidamente a ella en los malos. En una ocasión, Ranveig fue al festival gastronómico de Stavanger y le compró una camiseta que ponía «Siempre pasa algo». Él la llevaba a menudo en el trabajo y, por lo visto, no había captado la ironía de la frase.

No era fácil querer a Viljar, pero Ranveig lo quería. Era diez años más joven que él. Viljar había sido su mentor cuando entró a trabajar en el diario. En aquella época él mostraba todavía un ferviente interés por su labor periodística, tenía ese brillo especial en los ojos, y además había demostrado su enorme valía creando grandes noticias donde los demás solo veían pequeños sucesos. Ahora ya no era así.

Algo le había ocurrido. Tras un largo período de baja hacía cuatro años, Viljar había vuelto a la redacción como una sombra de lo que había sido.

Nadie sabía qué había apagado la chispa del islandés, pero los rumores que corrían por el periódico se alimentaban como un ogro insaciable.

Ranveig esbozó una sonrisa forzada bajo el largo flequillo rubio y se giró hacia él en su silla.

—Hola, Viljar. ¿Has acabado ya ese artículo social sobre sanidad? ¿El que casi le provoca un infarto a Øveraas cuando descubrió que no lo habías hecho?

Viljar se dejó caer en la silla del compartimento vecino. Gesticuló con las manos para desechar sus preguntas y plantó sobre la mesa el documento que traía impreso, dándole unos golpecitos con el dedo.

—¿Qué te sugiere esto? Ha llegado a mi bandeja de correo hace unos minutos.

Ranveig se apartó el flequillo para colocárselo detrás de la oreja, y recorrió la hoja con el índice a medida que leía. Se detuvo varias veces, mirando con aire inquisitivo a Viljar, pero él le impidió decir nada y la instó a seguir leyendo.

—Son sandeces —dijo ella al fin—. Se trata de un capullo que nos quiere trastornar para que saquemos los titulares amarillistas que empleamos en el caso TERRA.

Viljar pareció aliviado, pero su mirada todavía revelaba cierto pavor.

—No te estarás tomando esto en serio, ¿verdad, Viljar?

—No, claro que no, pero no se lo puedo enseñar a Øveraas. Si ve este correo, se pondrá cachondo y se pasará empalmado el resto del día.

Ranveig se rió a carcajadas y se inclinó hacia Viljar.

—Pues sí, igual que cuando Arsène Wenger vino a la ciudad para fichar a Håvard Nordtveit para el Arsenal —susurró ella con una risita infantil y traviesa.

Viljar asintió sonriente. Cogió la hoja y miró interrogante a Ranveig.

—Ahora en serio… ¿Qué hago con esto?

Ranveig examinó el bolígrafo que tenía en la mano como si fuera una especie de tinaja de Sarepta.

—Reenvía una copia del e-mail a la policía y luego manda todo este tema a la mierda. No ha pasado nada y, si pasa, en realidad es asunto de la policía, ¿no?

—Por supuesto. Tienes toda la razón.

Se inclinó para darle un breve abrazo. Ranveig se quedó paralizada y respondió con un gesto torpe.

—Bien. Quedamos así —dijo ella, esbozando una sonrisa fingida para hacer desaparecer, como por arte de magia, el momento de incomodidad que había surgido entre ambos.

Ranveig no quiso comentárselo, pero había varias cosas de aquel correo que no le acababan de cuadrar. Esto era Haugesund, no un mal episodio de Mentes criminales. Esperaba estar equivocada y no volver a tener más noticias del tal Stein Åmli.

 

Requiem – Introitus

La miro a los ojos. Son de color verde oscuro. Brillantes. Me miran con expresión coqueta y pícara. Una sonrisa descarada se dibuja en la comisura de sus labios. No vacila, me quita las últimas prendas de ropa y las deja caer al suelo de vinilo de principios de los setenta. El suelo hace juego con el resto de su piso, anticuado y mal conservado. Por así decirlo, Rita Lothe es bastante más hábil en la cama que en lo que se refiere a la decoración.

Mientras ella nos va arrancando una prenda tras otra con movimientos expertos, mi mirada examina el piso, fijándose en todos los detalles. Junto al sofá esquinero hay un antiguo mueble bar de pino amarillento, bien surtido. Un ordenador portátil se mantiene en precario equilibrio sobre el reposabrazos de un desvencijado sillón de cuero negro. Todavía no sé si está protegido con una contraseña. Busco su teléfono móvil con la mirada. Es imprescindible que aparezca a lo largo de la noche. El ritmo de su respiración ha cambiado. Está cachonda. Dejo que siga peleándose con los botones mientras examino la salida al balcón y su zona exterior. Observo que es lo bastante grande, mientras ella suspira satisfecha y cierra los labios alrededor de mi polla.

La cabeza me duele intensamente cuando, veinte minutos más tarde, volvemos a recuperar el aliento. Masajeo la zona dolorida detrás de la oreja y constato que este tipo de esfuerzos no hacen más que aumentar el dolor. Son como breves espasmos a lo largo de los circuitos nerviosos, como unos golpes rítmicos que me producen un extraño sabor metálico en la boca.

Sé lo que me espera. Llevo tiempo siendo consciente de ello. Glioblastoma multiforme… Qué hermoso suena, ¿verdad? Casi como el nombre de una especie de flor tropical en una enciclopedia de botánica.

Algunos afirmarían que la muerte es hermosa. En la antigua Grecia imaginaban a la Muerte como a un bello y apuesto muchacho, y su imagen se reproducía en las lápidas como un dios guardián, clemente y bondadoso, que portaba en sus manos una antorcha invertida y una corona. Yo puedo desmentir toda hermosura. La muerte es solitaria, oscura y atroz. En ocasiones, también dolorosa. Como en mi caso. El glioblastoma multiforme, o, si se prefiere, tumor cerebral maligno, no es recomendable si eres de los que engullen tres paracetamoles a los primeros indicios de resaca.

Cada hora consciente del día reclama mi atención desde su cómodo refugio en la zona posterior de mi oído izquierdo. Sé que está ahí y sé lo que está haciendo. Todavía me queda tiempo. Varias semanas, tal vez incluso meses, si el destino así lo quiere.

Rita sale del cuarto de baño. Recién duchada y muy arreglada. «Para lo que va a servirte…» Un leve toque de jazmín acaricia mis fosas nasales. Se sienta a mi lado. Alza la copa de vino tinto y bebe ávidamente. Cada vez que se ausenta por unos momentos de la habitación, o dirige su atención a cualquier otra cosa, yo vacío mi copa en una maceta.

Voy al recibidor a buscar mi mochila. La abro y saco la botella de vino que he traído. Ella canturrea satisfecha desde el sofá. Yo mismo abro la botella y la dejo junto a su copa. No creo que tenga tiempo de airearse antes de que la haya vaciado. Saco una copa y me sirvo un coñac del mueble bar. Renault Carte Noir VSOP. «Sus papilas gustativas debieron de pasar a mejor vida hace mucho tiempo», pienso mientras dejo reposar el líquido dorado en mi cavidad bucal. Tiene un sabor empalagoso y mortecino. En cierto modo, apropiado para la ocasión.

Hay una gran variedad de benzodiacepinas, y muchas de ellas son solubles en agua u otros líquidos. La desventaja es que la mayoría de ellas dejan un regusto amargo que es difícil de ocultar. En una botella de vino tinto, cuatro somníferos le proporcionan cierto sabor desagradable. Sobre todo, si uno todavía no ha bebido lo suficiente como para que le entre cualquier cosa. Rita no muestra la más mínima señal de disgusto mientras bebe con avidez. Los sorbos son cada vez mayores y rellena la copa cada vez con más frecuencia. Noto que la intranquilidad se extiende por todo mi cuerpo. Es la única nota desafinada en la partitura. Ese regusto amargo. Solo queda esperar.

Su mirada se vuelve turbia. Farfulla, bosteza y desvaría. El plan es una obra maestra. Mi propio Requiem aeternam. Guardo la composición en el escritorio de mi casa, pulcramente organizada en seis filas. Seis nombres. Seis sentencias de muerte. Seis movimientos.

Todo debe ser exactamente como está descrito. Es un espejo distorsionador. Un paso en falso y la ilusión desaparece. Obviar el más mínimo detalle sería suficiente para cambiar las tornas.

Miro la tenebrosa luz de la lámpara de araña. Los rincones del piso de Rita se han adentrado en la penumbra. Son una metáfora de mi vida. Yo me encontraba en la habitación, pero la luz jamás llegaba a mí. Una vida que casi se convirtió en algo grande. He decidido salir de las sombras. Me deleito pensando en ello. Todos van a verme. La consumación de la obra maestra, como el último movimiento de una sinfonía de Mahler.

«Soy el Ejecutor.» Contemplo mis manos. No tiemblan.

Rita está inmersa en su Confutatis maledictis, sin ser consciente de ello. Me divierte verla allí tumbada, a apenas medio metro de mí, con una sonrisa bobalicona en los labios. No sospecha que la arena del reloj está a punto de vaciarse.

En un instante fugaz de sincero autoconocimiento, me veo tal y como soy. El aleteo del grajo. Tengo que creer en esto. Yo soy la obra maestra. El azar así lo ha querido. Tuve una revelación. Una oportunidad de componer mi propio réquiem.

Cierro lentamente los ojos de la pecadora durmiente a mi lado y humedezco la venda con el líquido cristalino del frasco que hay sobre la mesa. Le tapo la boca y la nariz con el trapo. Ella resuella, casi a punto de despertarse. Cuento los segundos hasta que, poco a poco, muere. Todo dolor desaparece. Soy puro.

«El dolor es la debilidad que abandona el cuerpo», pienso satisfecho, y cierro la última puerta a la existencia que alguna vez tuve.

 

Fjellvegen, Haugesund

Martes por la mañana, 14 de octubre de 2014

La niebla reposaba pesadamente sobre la ciudad junto al estrecho de Karmsundet. En el aire otoñal, la densa bruma se adentraba desde el mar, cerniéndose como un húmedo y pegajoso manto que te exprimía lentamente la energía vital. Cuando el vuelo de las 08.20 procedente de Oslo atravesó la capa de nubes sobre las altas torres de viviendas, los pasajeros apenas pudieron vislumbrar las plantas superiores de los edificios y algo que parpadeaba en azul y rojo a ras de tierra.

—Dime, Lotte, ¿por qué hay que enviar a varios policías cada vez que algún estúpido depresivo coge un atajo para escapar de sus problemas?

La superintendente Lotte Skeisvoll, de la comisaría de policía de Haugesund, miró con expresión incrédula al agente novato que iba sentado junto a ella en el coche. Los dos policías habían salido de la comisaría en dirección al canal de Smedasundet. Una patrulla había dado el aviso para pedir asistencia en las torres de viviendas de Fjellvegen.

Christian Hauge aferraba con fuerza el volante. La forma en que conducía no se correspondía en absoluto con su actitud displicente hacia la misión asignada. Entró en la rotonda que daba a la sede del Haugesunds Avis con las sirenas y las luces azules a tope. Al adelantar a un pequeño Golf eléctrico negro, el vehículo tuvo que apartarse sobresaltado y subirse prácticamente al arcén. Lotte reprimió una sonrisa.

Aquella salida de emergencia se debía a una muerte sospechosa. Aunque en realidad tampoco era tan «sospechosa». Según todos los indicios, una mujer había saltado desde el balcón de una de las viviendas, acabando con su vida sobre la zona asfaltada que se extendía entre la torre residencial y el césped que la rodeaba. No obstante, una muerte siempre se consideraba sospechosa hasta que hubiera pruebas concluyentes sobre si había sido por causas naturales o si se trababa de un suicidio.

El joven agente aminoró un poco la velocidad una vez pasada la calle Spannavegen, donde había menos tráfico. Lotte ladeó la cabeza y, con visible irritación, colocó bien el radiotransmisor dentro de su funda sobre el salpicadero. No estaba bien alineado con el resto de los dispositivos, y ese tipo de detalles la molestaban sobremanera.

—¿Realmente es necesario enviar a más de una patrulla?

El conductor la miró fugazmente con expresión inquisitiva, antes de apartar la vista para volver a concentrarse en la carretera.

—¿Y si resulta que la víctima no se ha suicidado?

—Bueno, entonces los agentes de la patrulla podrán llamar a la comisaría para que envíen de vuelta al resto del equipo. Así nos ahorraríamos bastante dinero.

—Exacto —repuso ella.

Aquella breve respuesta estaba impregnada de sarcasmo. Aun así, Lotte volvió a repasar mentalmente el procedimiento rutinario que era preciso seguir. Memorizó con rapidez todos los detalles que debía recordar cuando llegara a aquellos mastodontes de color blanco grisáceo que custodiaban la llamada Ciudad del Arenque desde su construcción en 1969. Eran un emblema de una época en la que todas las ciudades que se preciaran erigían altas torres de viviendas.

A sus treinta y dos años, Lotte era joven para haber alcanzado el puesto de superintendente e inspectora policial. Contaba con la formación apropiada. Sin embargo, a ella le parecía que llevaba toda una eternidad esperando que llegara su oportunidad.

El agente estacionó el coche en el aparcamiento situado delante de las torres de viviendas. La fallecida se encontraba supuestamente a los pies de la ubicada más al norte. Cuando Lotte abrió la portezuela, oyó las voces del gentío que se había congregado en las proximidades. Albergaba la esperanza de que la primera patrulla hubiera tenido la sensatez suficiente de acordonar la zona alrededor del cadáver, y confiaba en que fueran algo más profesionales que el agente que la acompañaba. Se sintió muy aliviada cuando vio que, tras doblar una esquina, venía hacia ella el policía más veterano de la comisaría. Lars Stople llevaba toda la vida en la profesión y sin duda podría haber ascendido en el escalafón si hubiera tenido algún interés. Era un hombre sabio, ecuánime y equilibrado, que jamás actuaba de un modo temerario. Su principal área de responsabilidad consistía en realizar labores de prevención entre los niños y los jóvenes de la ciudad. Sin embargo, había ...