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EL EMPERADOR

Frederick Forsyth

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Fragmento

—Y hay otra cosa —dijo Mrs. Murgatroyd.

A su lado, en el taxi, su marido disimuló un ligero suspiro. Con Mrs. Murgatroyd, siempre había otra cosa. Por muy bien que marchase todo, Edna Murgatroyd no podía vivir sin un acompañamiento de quejas continuas, sin una letanía de lamentaciones. En una palabra, incordiaba sin cesar.

En el asiento junto al conductor, Higgins, el joven ejecutivo de la oficina central que había sido seleccionado para las vacaciones de una semana a costa del Banco, por ser «el recién llegado más prometedor» del año, guardaba silencio. Era el encargado de la sección de cambio de divisas; un joven animoso al que habían conocido en el aeropuerto de Heathrow hacía veinticuatro horas y cuyo entusiasmo natural había menguado gradualmente ante los exabruptos de Mrs. Murgatroyd.

El conductor criollo, rebosante de sonrisas y de amabilidad cuando habían tomado el taxi hacía unos minutos para dirigirse al hotel, había captado también el humor de la pasajera y había optado también por callarse. Aunque su lengua nativa era el francés criollo, comprendía perfectamente el inglés. A fin de cuentas, Mauricio había sido antes colonia británica durante ciento cincuenta años.

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Edna Murgatroyd siguió rezongando, fuente inagotable de autoconmiseración y de enojo. Murgatroyd miraba por la ventanilla, mientras el aeropuerto de Plaisance desaparecía detrás de ellos y rodaban por la carretera que conducía a Mahebourg, antigua capital francesa de la isla, y a los arruinados fuertes donde los galos habían esperado defenderla contra la flota británica en 1810.

Murgatroyd miraba fijamente a través de la ventanilla, fascinado por lo que veía. Estaba resuelto a disfrutar hasta el máximo de estas vacaciones de una semana en una isla tropical, primera aventura verdadera de su vida. Antes de emprender el viaje, se había tragado dos gruesas guías de Mauricio y había estudiado la isla de norte a sur en un mapa a gran escala.

Cruzaron una aldea, donde empezaban los campos de caña de azúcar. En las entradas de las casitas de campo a orillas de la carretera, vio indios, chinos y negros, y mestizos criollos, viviendo unos al lado de los otros. Templos hindúes y santuarios budistas se alzaban a pocos metros de una iglesia católica carretera abajo. Sus libros le habían informado de que Mauricio era una mezcla racial de media docena de grupos étnicos principales y cuatro grandes religiones, pero nunca había visto una cosa semejante, al menos viviendo en santa compañía.

Cruzaron más aldeas, pobres y, desde luego, sucias; pero los lugareños sonreían y les saludaban con la mano. Murgatroyd correspondía a su saludo. Cuatro gallinitas flacas se apartaron aleteando al acercarse el taxi, librándose por milímetros de la muerte, y, al mirar él hacia atrás, vio que estaban de nuevo en la carretera, picoteando en el polvo una comida al parecer inverosímil. El coche redujo la marcha en un recodo. Un muchachito tamil, en camisa, salió de una choza, se plantó junto a la cuneta y arremangó aquella prenda hasta la cintura. Debajo, no llevaba nada. Se puso a hacer pipí en la carretera, al pasar el taxi. Sujetándose la camisa con una mano, saludó con la otra. Mrs. Murgatroyd lanzó un bufido.

—¡Qué asco! —exclamó. Se inclinó hacia delante y tocó el hombro del conductor—. ¿Por qué no lo hace en el retrete? —preguntó.

El chófer echó la cabeza atrás y se echó a reír. Después volvió la cara para contestarle. El vehículo siguió dos curvas por control remoto.

—Pas de toilette, madame —contestó.

—¿Qué ha dicho? —preguntó ella.

—Al parecer, la carretera es el retrete —explicó Higgins.

Ella sonrió por la nariz.

—Miren —señaló Higgins—. El mar.

A su derecha, mientras rodaban un trecho junto a un risco escarpado, el océano Índico se extendió hasta el horizonte, límpido y azul bajo el sol de la mañana. A media milla de la costa, había una blanca faja de espuma sobre el gran arrecife que resguarda Mauricio de unas aguas más furiosas. Más acá del arrecife, pudieron ver la laguna, agua mansa de un verde muy pálido y tan clara que los racimos de coral eran fácilmente visibles a una profundidad de seis metros. Después, el taxi volvió a meterse entre los campos de caña. Al cabo de cincuenta minutos, cruzaron la aldea de pescadores de Trou d’Eau Douce. El chófer señaló hacia delante.

—Hôtel —dijo—, dix minutes.

—Gracias a Dios —bufó Mrs. Murgatroyd—. No puedo aguantar más este traqueteo.

Entraron en el paseo, entre pulidos campos de césped salpicados de palmeras. Higgins se volvió, sonriendo.

—Esto está muy lejos de Ponder’s End —dijo.

Murgatroyd sonrió a su vez.

—Ciertamente —convino.

Y no era que tuviese motivos para estar descontento del suburbio de Ponder’s End, Londres, donde era director de sucursal del Banco. Una instalación de industria ligera había iniciado sus actividades hacía seis meses, y, cediendo a una inspiración, Murgatroyd se había dirigido a la dirección y a los trabajadores y les había propuesto que, para reducir el riesgo de robo de los salarios, pagasen las semanas de los obreros igual que los sueldos de los ejecutivos: mediante cheques. Para sorpresa suya, la mayoría se había mostrado de acuerdo, y varios cientos de nuevas cuentas corrientes se habían abierto en su sucursal. Este logro había despertado la atención de la oficina central y alguien había lanzado la idea de un plan de incentivos para el personal de las sucursales y de provincias. Él había ganado el premio correspondiente al primer año, y este premio consistía en una semana en Mauricio, con los gastos pagados por el Banco.

El taxi se detuvo al fin delante de los arcos de la gran entrada del Hôtel St. Geran, y dos mozos se apresuraron a recoger las maletas del portaequipaj ...