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EL GUERRERO A LA SOMBRA DEL CEREZO

David B. Gil

5


Fragmento

SOBRE EL CONTEXTO HISTÓRICO

 

 

 

 

 

Este relato tiene lugar a comienzos del periodo Edo en Japón, principios del siglo XVII según el calendario gregoriano. El país dejaba atrás la era Sengoku (literalmente, «estados en guerra»), colofón a los dos siglos más convulsos de la historia de Japón, durante los cuales los señores feudales (daimios) habían combatido de forma incesante por la supremacía militar sin que ninguno lograra imponerse.

La sociedad japonesa de la época estaba estrictamente dividida en castas impermeables según el sistema confuciano, encontrándose en la cúspide de dicha jerarquía la casta samurái, compuesta por guerreros que vivían asalariados por la nobleza feudal. La relación entre un samurái y su señor no se podía entender como la de un mercenario con su pagador, ya que era habitual que una familia de samuráis sirviera a un mismo clan durante generaciones. De este modo, el correcto samurái se regía por un código de conducta no escrito que, en teoría, anteponía el servicio a su señor y el giri («deber») a su propia vida. En la práctica, no obstante, estas relaciones de fidelidad se sustentaban principalmente en la tradición, los intereses políticos y el complejo sistema de propiedad de las tierras.

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El papel de los samuráis en la sociedad iba más allá del ámbito militar: coparon todos los puestos de responsabilidad e impusieron al conjunto de la población su sistema de valores —sumisión ante el superior, discreción, consagración a las obligaciones…—, de modo que se convirtieron en el principal aglutinante social y factor de orden. Debe tenerse en cuenta que, en el Japón premoderno, no existía un ordenamiento jurídico basado en normas escritas, por lo que era la casta guerrera la que se encargaba de impartir justicia e imponer la paz en el día a día, siempre en función de su rígido código de conducta.

Esta posición preponderante en la vida política y social se consolidó durante el periodo Sengoku (1477-1573), con un país azotado por las guerras civiles y un mikado (emperador) que carecía de cualquier poder fáctico. Aunque la corte siempre había permanecido en Kioto, hacía siglos que el poder se lo disputaban los grandes daimios, que solo veían la capital imperial como una última conquista simbólica para corroborar su soberanía. Fue una etapa cruel y sangrienta de la historia de Japón, que vivió fraccionado en cientos de feudos sin un gobierno central y prácticamente aislado del resto del mundo.

Este periodo de guerras intestinas toca a su fin con la aparición de Nobunaga Oda, el primero de los tres grandes reunificadores. Nobunaga congrega bajo su mando un poderoso ejército y emprende desde el este la descomunal tarea de someter a todos los feudos bajo un solo poder; sin embargo, en 1582 es traicionado por uno de sus generales. Le sucede en sus aspiraciones Hideyoshi Toyotomi, su mano derecha, considerado por la historia el segundo gran unificador de la nación. Toyotomi era un samurái de bajo rango que escaló en la cadena de mando de Nobunaga gracias a su astucia para la estrategia militar y política. En 1590 parece completar la tarea iniciada por su señor; sin embargo, su baja extracción social le impide obtener el título de shogún, de gran peso simbólico y concedido por el mikado a aquel que conseguía erigirse como soberano militar, de tal modo que debió adoptar el título menor de taiko o kanpaku.

A la muerte de Toyotomi se desatan nuevos enfrentamientos entre los antiguos generales de Nobunaga Oda, que vuelven a disputarse el poder. El país se polariza y comienza una cruenta guerra en la que los daimios se reúnen en torno a dos grandes líderes: Mitsunari Ishida —leal a la familia Toyotomi y valido de Hideyori Toyotomi, hijo del difunto Hideyoshi—, e Ieyasu Tokugawa —líder del Ejército del Este—. La victoria se dirime en la mítica batalla de Sekigahara (21 de octubre de 1600), una extensa llanura en la actual prefectura de Gifu en la que se enfrentaron cerca de 200.000 hombres. Finalmente, Ieyasu Tokugawa, tercer gran reunificador de Japón, se hace con la victoria y, tres años después, se proclama shogún.

El shogunato Tokugawa, también conocido como período Edo al trasladarse a esta ciudad (actual Tokio) la capital del país, es el tercer y último shogunato de la historia de Japón, después del Kamakura (1185-1333) y el Ashikaga (1336-1573). Duró más de dos siglos y medio, durante los cuales Japón conoció su periodo más largo de paz. Es en los albores de esta era cuando se desarrolla la siguiente historia.

 

 

 

 

DESPEDIDAS

 

PARTE

 

1

Prólogo

Una piedra contra un estanque sereno

 

 

 

Los cascos batían la tierra levantando barro y gravilla a su paso. Sobre su cabeza, la tormenta iluminaba el cielo nocturno para, al instante, estremecer el suelo bajo sus pies. Viento y lluvia le mordían el rostro mientras cabalgaba contra su propia desdicha. «¡Ryaaaa, ryaaaaa!» gritó a la yegua, que compartía la mirada desquiciada del jinete.

Kenzaburō Arima se esforzaba por controlar al animal valiéndose de sus piernas y de la única mano con la que sostenía las riendas, con la otra abrazaba al niño que se aferraba a él con desespero, la mejilla aplastada contra el ensangrentado peto de la armadura. Aquella criatura de apenas nueve años era Seizō Ikeda, probablemente el último superviviente de la familia Ikeda una vez amaneciera y, por tanto, su señor. Su absoluta prioridad era ponerlo a salvo, protegerlo con su vida. Kenzaburō estrechó su abrazo en torno a Seizō, cubriéndole con la mano el rostro para resguardarlo de la tormenta, y exigió un poco más a su montura. Aún escuchaba a su espalda el choque del acero, los gritos y los llantos, el rugido del fuego hambriento… Se obligó a serenarse. «Llevas media noche cabalgando, esos gritos solo resuenan en tu cabeza». Sin embargo, volvió a espolear a la yegua por la sinuosa vereda que descendía entre los cedros.

Incluso consumido por la angustia, Kenzaburō Arima continuaba siendo un estratega. Conocía a la perfección aquellas tierras: en cada arroyo se había lavado, en cada cueva había dormido y en cada bosque había cazado. Tenía que hacer valer su ventaja, así que se alejó de los caminos que figuraban en los mapas y voló como el viento por las borrosas sendas que solo conocían los labriegos y los cazadores. Vadeó arroyos para dificultar que siguieran su rastro, cambió de dirección en varias ocasiones, incluso se internó campo a través entre raíces y resbaladiza hojarasca. Siempre sin dejar de cabalgar, siempre alejándose de la pesadilla en que, súbitamente, se había convertido su vida.

Pero llegó el momento en que su huida había dejado de ser desesperada para convertirse en temeraria, así que tiró de las riendas para detenerse en un claro barrido por la lluvia y palmeó el cuello del animal. Si continuaba a ese ritmo, solo conseguiría caer descabalgado por alguna rama o que su yegua se rompiera una pata. Aguzó el oído: nada, ningún sonido ajeno a la noche o a la tormenta.

—Señor Seizō, ¿se encuentra bien? —susurró al oído del pequeño.

Este se estremeció por un momento y, sin dejar de abrazarle, se separó un poco de su pecho para poder mirarlo a la cara. Asintió sin decir palabra. Era un niño hermoso, de unos profundos ojos negros como el mar de noche, pero que ahora aparecían desbordados por las lágrimas, lívido el rostro.

—Bien, no hable. Aún no estamos a salvo.

Kenzaburō apremió el paso de su montura y dejó atrás el claro para volver a desaparecer entre los árboles, al refugio de la espesura y la noche cerrada. Esta vez mantuvo al animal a un paso más sosegado, pues necesitaba poner en orden sus ideas. Su vida había dado un vuelco aquella noche y aún no había tenido tiempo de recapitular y buscar una explicación. ¿Cómo habían logrado entrar en el castillo Ikeda tan fácilmente? Los asaltantes parecían haber atravesado los anillos fortificados hasta alcanzar el hon maru[1] sin que nadie diera la alarma. Cuando se percataron del ataque, la fortaleza ya estaba perdida. Líneas y líneas de defensa atravesadas por cientos de hombres al amparo de la noche. Para Kenzaburō solo había una explicación posible: traición. Alguien que conocía bien el castillo había despejado las atalayas y había abierto los sucesivos pórticos desde dentro, pues la guardia siempre escruta el exterior, nadie espera que el peligro se encuentre a su espalda.

Mientras divagaba, comprendió que era imposible que fuera obra de una sola persona, pero se negó a continuar con sus elucubraciones. Ahora la prioridad era sacar al niño de allí, ponerlo a salvo.

El cielo ya clareaba por el este y, por primera vez en su vida, no recibía el nuevo día con el pecho henchido, sino con temor y desazón. A la luz de la mañana serían más vulnerables, por lo que debía encontrar cuanto antes un refugio para ambos. La idea le afligió en el mismo momento que atravesó su mente: eran fugitivos en la tierra de su propio señor. Muchos deberían responder por lo que había sucedido esa noche, por el daño que habían causado. Cuando una piedra golpea la superficie de un estanque sereno, provoca ondas que llegan hasta la más lejana orilla.

Capítulo 1

Rostros a la luz de una vela

 

 

 

La noche de verano era especialmente húmeda, aunque los allí reunidos no podían aseverar si su desazón procedía del aire espeso o de la inquietud que, desde hacía horas, mordisqueaba sus estómagos. No estaban acostumbrados a esconderse como ladrones, a la sudorosa ansiedad de lo clandestino, y aunque todos ellos habían acordado la necesidad de dicha reunión, una vez allí solo deseaban escabullirse de aquella opresiva estancia, montar sobre sus caballos y espolearlos en una larga galopada hasta sus tierras. Con suerte, si sus monturas no se infartaban por el esfuerzo, podrían deslizarse en el lecho junto a sus mujeres antes de que rayara el alba; o, al menos, dormir en alguna posada a medio camino, lejos de aquella cámara cerrada sin ventilación. Pero allí permanecían, con expresión adusta, arrodillados sobre el tatami sin separar los labios.

Todas las lámparas de la habitación permanecían apagadas, solo un cirio ardía en el centro del cónclave, musitando una débil luz que apenas alcanzaba a iluminar el rostro de los cinco daimios, señores de pequeños feudos que se circunscribían en las provincias de Wakasa y Echizen. La penumbra agitada por la llama lamía las facciones de los congregados y dotaba a sus rostros de un aspecto fantasmagórico, similar al de máscaras esculpidas.

El círculo estaba roto, un hueco libre aguardaba la llegada del último participante del cónclave: el anfitrión, Munisai Shimizu. La espera se estaba prolongando y la impaciencia comenzaba a manifestarse en sus caprichosas maneras: carraspeos, espaldas envaradas, crujidos de articulaciones… El joven Seikai Tadashima, que había acudido en delegación de su precavido padre —incapaz ya de acometer viajes largos, según palabras del hijo—, se mostraba abiertamente inquieto. Golpeaba su abanico cerrado contra el suelo, cada vez con menos disimulo, y apretaba las mandíbulas con fuerza, masticando su creciente indignación.

«Decididamente, Tadashima es un hombre de acción, como lo fue su padre. Salta a la vista que no está hecho para que le hagan esperar». En esto pensaba divertido el señor Kunisada Tezuka, un anciano enjuto, calvo como un bonzo, pero de rasgos angulosos y curtidos que hablaban más de largas jornadas a la intemperie que de una vida de fervor religioso a la fresca sombra de un templo.

De los allí reunidos, resultaba evidente que Tezuka era el que se hallaba más relajado. Al contrario que sus compañeros de círculo, no permanecía con la mirada perdida en el vacío, no sentía la necesidad de proyectar esa estoica seriedad, sino que prefería entretenerse estudiando uno por uno aquellos rostros tan graves, jugando a anticipar cuál sería la posición de cada daimio una vez comenzaran las deliberaciones. La de Seikai Tadashima ya se la podía imaginar, pues su voz sería una prolongación de la de su padre. Pero ¿y el resto de los nobles caballeros allí reunidos? ¿Serían capaces de levantarse en armas contra la amenaza que se cernía sobre ellos? ¿O preferirían esperar en silencio el transcurso de los acontecimientos, midiendo con cuidado cada uno de sus pasos?

A punto de empezar la reunión, ni él mismo tenía claro cuál debía ser la postura que debía adoptar su clan. Tezuka era viejo, pero no idiota: sabía que si los Yamada acometían una expansión, su supremacía militar era casi incontestable; sobre todo ahora que disponían de la gracia del nuevo shogún. En tales circunstancias, tendría pocas posibilidades de defender sus territorios, y estas pasaban por que los daimios allí reunidos, señores con feudos de menos de doscientos mil kokus[2] que rodeaban las tierras de los Yamada, unieran sus fuerzas y se prepararan para un conflicto contra la mayor familia de la región, que gobernaba sobre un feudo de un millón cuatrocientos cincuenta mil kokus.

Sin embargo, la amenaza era real, pero no una certeza. Nadie sabía cuáles eran los verdaderos planes de los Yamada y reunir un ejército podía ser, precisamente, el detonante del conflicto.

Estas dudas eran las que habían empujado a Tezuka a congregar una discreta comitiva y, a pesar de su edad, viajar desde sus tierras para asistir a aquel encuentro. Quería conocer la opinión de los presentes, pero, sobre todo, quería descubrir qué pensaba su desconsiderado anfitrión, Munisai Shimizu, un hombre astuto y de gran clarividencia.

Las reflexiones de Kunisada Tezuka se vieron interrumpidas cuando la única puerta de la estancia se deslizó a un lado.

—Perdón por hacerles esperar —se disculpó Shimizu con una solemne inclinación, pero sin el más mínimo rastro de aflicción en su voz.

Era un hombre bien entrado en la cincuentena, de rasgos y maneras suaves. Poseía una mirada que parecía dotar de un doble sentido a sus palabras cuando hablaba y que escrutaba a sus interlocutores cuando escuchaba. Aun así, no estaba exenta de cierta afabilidad.

El anfitrión entró en la habitación y cerró la puerta. Llevaba una bandeja en la mano con seis tazas de té, que se encargó de disponer personalmente frente a cada uno de sus invitados. Tezuka observó curioso el sobrio diseño de los cuencos de madera y se preguntó por qué el filo de cada uno de ellos estaba pintado de un color distinto. Es más, por qué Shimizu entregaba a cada uno su propia taza, en lugar de depositar la bandeja en el centro del círculo y dejar que ellos mismos se sirvieran.

Frente al anciano dispuso el cuenco con el filo rojo. Este lo contempló un momento, sopesando la posibilidad de que en alguna de las bebidas hubiera veneno, para inmediatamente reprocharse su habitual desconfianza. No tenía sentido que el té estuviera envenenado, pero tampoco creía casual el proceder de Munisai Shimizu. Parecía que sus compañeros no habían entrado en tales disquisiciones y ya disfrutaban de la tisana que les ofrecía su anfitrión, así que, encogiéndose de hombros, sorbió del pequeño cuenco. Como era habitual en aquella casa, el té estaba preparado con exquisito cuidado.

Shimizu ocupó su lugar en el círculo y se disculpó de nuevo:

—Siento haberme retrasado tanto, pero debíamos asegurarnos de que no hubiera rezagados. Como verán, nadie ronda por la casa, todos los sirvientes están dormidos y son mis propios hijos y mis hombres de máxima confianza los que les han recibido y ahora velan por nuestra privacidad.

—Si quería disculparse, mejor nos habría servido sake —rio Yoshihiro Harada, el orondo señor de un feudo de ciento veintidós mil kokus en la provincia de Wakasa. Tezuka sonrió a su vez, sorbiendo de su taza perfilada en rojo—. También habríamos agradecido una habitación más ventilada.

—Lo siento, pero eso no era una opción, señor Harada. Acondicioné especialmente esta estancia para que estuviera aislada: nada de lo que aquí digamos podrá ser escuchado más allá de estas paredes —explicó Shimizu, aunque sus palabras encerraban una advertencia más que una aclaración. De cualquier modo, Harada no pareció darse por aludido.

Impaciente por terminar el encuentro incluso antes de que hubiera comenzado, el joven Seikai Tadashima tomó la palabra:

—Cuanto más tiempo permanezcamos aquí, más peligro corremos de que nuestras intrigas lleguen a oídos de los Yamada, así que propongo que hablemos claro desde el principio. ¿Cuál será nuestro plan de acción en las próximas semanas? Me parece imprescindible que salgamos de esta sala con el compromiso de cuántos hombres aportará cada clan.

Los señores se miraron durante un instante a los ojos, incómodos por la falta de preámbulos. Sin duda, todos esperaban que tal asunto, si llegaba, se planteara más avanzada la conversación.

—¿Cómo que cuántos hombres? Parece que estás asumiendo demasiadas cosas por adelantado, Tadashima. —El reproche había partido de Kiyomaro Itto, daimio de un feudo de noventa y cinco mil kokus—. ¿De verdad crees que, si comenzamos a formar un ejército, los Yamada se quedarán de brazos cruzados? Tendremos a sus guerreros rodeando nuestros castillos antes de que hayamos armado a las levas.

Tadashima bufó con descaro:

—¿Crees que por no mover un dedo estarás a salvo? ¿Que el ejército Yamada no amanecerá un día a tus puertas si agachas la cabeza y contienes la respiración? Yo te aseguro, más bien, que ya se preparan para la guerra, que sus espías ya recorren tus caminos, Itto. —La réplica de Tadashima fue brusca, enfatizada por el golpe que dio en el suelo con su taza, vertiendo el té a su alrededor. La luz de la tímida vela palpitó en el interior de cada gota esparcida sobre el tatami.

«Las cartas han comenzado a descubrirse antes de lo esperado», se dijo el viejo Tezuka y, efectivamente, Tadashima no había defraudado sus expectativas: era tan enérgico y explosivo como lo fue su padre. El anciano sorbió su taza de té en silencio, y percibió que Shimizu lo observaba discretamente mientras bebía.

—No se enfaden, señores —intercedió conciliador Yoshihiro Harada. Su rostro orondo, sus infladas mejillas y su huidiza barbilla le daban siempre un aspecto sonriente, como un buda feliz—. No necesitamos pelear entre nosotros. Seamos prudentes e intentemos llegar a acuerdos provechosos.

—Harada tiene razón —medió el anfitrión, que habría preferido poder escuchar a todos sus invitados antes de tener que intervenir—. Si no somos capaces de adoptar una postura común, estamos perdidos. Quizás sea precipitado hablar de la formación de un ejército, todavía no sabemos si los Yamada se decidirán por una expansión militar de sus territorios.

—¡Oh, por favor! —estalló Tadashima—. Se encuentran ante una oportunidad única; alinearnos con el ejército de Toyotomi fue un error que se nos hará pagar. Los Yamada eligieron bien: apoyaron a Ieyasu Tokugawa, que no ha tardado en proclamarse shogún tras la matanza de Sekigahara, ¿quién se va a oponer a sus deseos de controlar todas las tierras de esta región?

—La guerra ha terminado, Tadashima. Ahora se impone la paz del shogún, hasta los Yamada tendrán que respetarla si quieren obtener un trato ventajoso en la nueva corte de Edo —dijo Kiyomaro Itto, resultando cada vez más evidente que no tenía la menor intención de aportar hombres a un ejército de alianza.

—¿La paz del shogún? La paz del shogún es para unos pocos, para los que lucharon en el Ejército del Este bajo el blasón Tokugawa. Eres un pobre imbécil si crees que Ieyasu Tokugawa mandará sus ejércitos a defenderte cuando tus tierras sean invadidas por los Yamada.

—No tengo por qué tolerar esto, Tadashima. Arma a tus hombres y lánzate tú solo a la batalla si tanto ansías una carnicería.

—Señores, por favor —insistió Harada, cuyo aire risueño se había desvanecido.

Munisai Shimizu extendió los brazos imponiendo silencio.

—Señores, están en mi casa. Muestren respeto. Comparto la preocupación del señor Tadashima, pero creo que pensar en una alianza militar sin tener pruebas de las intenciones del clan Yamada es precipitado.

—Señor Shimizu —dijo un nuevo interlocutor—, la guerra no ha terminado aún. Ieyasu Tokugawa continúa al frente de sus ejércitos recorriendo el oeste del país, donde no todos los clanes han asumido su nueva autoridad. No creo que lo que pase en su retaguardia sea una preocupación para el shogún, que confía en sus aliados para sofocar cualquier posible problema; y no hace falta que le recuerde que Tokugawa cuenta entre sus aliados a los Yamada, mientras que nosotros somos, como mínimo, sospechosos tras haber mostrado nuestro apoyo a Hideyori Toyotomi.

Quien así había hablado era Mitsunari Shiraoka, señor de un feudo de ciento treinta mil kokus en Wakasa, a quienes muchos conocían informalmente como «Ganryu» por su carácter obstinado, como una piedra clavada en la corriente. Cuando daba su palabra la mantenía inamovible, y por ello contaba con las simpatías del viejo Kunisada Tezuka, que continuaba asistiendo en silencio a la discusión, sorbo a sorbo.

—Apoyar a Hideyori Toyotomi era lo justo —prorrumpió Tadashima—, él es el legítimo heredero de su padre y de Nobunaga Oda. Él debería ser el shogún. Estamos abocados a un país gobernado por traidores.

—Concluirán conmigo en que todo eso ya da igual —dijo tajante el anfitrión—. Tokugawa derrotó a los Toyotomi y, para bien o para mal, ahora es el shogún. En estos momentos nuestra preocupación es otra.

Kunisada Tezuka observó cómo su anfitrión navegaba diestramente entre las aguas caudalosas de la discusión sin quitarle la razón a nadie, pero preparando el terreno para que su opinión fuera la relevante. «Sin duda, aquí se decidirá lo que Shimizu quiera —pensó el viejo bonzo, entre divertido y admirado por la habilidad de su anfitrión—. No necesita poseer el mayor ejército para ser el más poderoso de todos nosotros. Al menos, no mientras le den la oportunidad de hablar».

Entre tanto, Munisai Shimizu continuaba defendiendo sus argumentos:

—Todo lo que ha dicho el señor Shiraoka es cierto, pero solo tenemos conjeturas, no conocemos las verdaderas intenciones de Torakusu Yamada. Si no mantenemos el ánimo templado, nosotros mismos podemos desencadenar lo que tanto tememos.

—¿Qué propone entonces, señor Shimizu? —preguntó el que apodaban Ganryu.

—Vigilemos los caminos, conozcamos cualquier movimiento de los hombres de Yamada. Si descubrimos que sus ejércitos se arman o que intentan controlar los pasos que conducen a nuestros territorios, entonces será el momento de actuar. —Shimizu hablaba con la seguridad del que sabe que sus palabras son escuchadas y sopesadas.

—Me parece sensato —intervino Kiyomaro Itto, quien dejó entrever cierto alivio en su expresión.

—¡Bah! —replicó airado Tadashima, poniéndose ya en pie—. Esto es una pérdida de tiempo, creía que saldríamos de aquí con una alianza, que ya habíamos dejado atrás la hora de la cháchara. Sin embargo, me encuentro que lo único que desean es seguir ignorando el problema a la espera de que así desaparezca. Debo partir. Mi padre me espera para que le informe de los pobres resultados de este encuentro —dijo mientras abría la puerta corredera y dejaba atrás la calurosa penumbra de la estancia—. Pronto se darán cuenta del error que están cometiendo.

Tras su desplante, cerró bruscamente y la llama que alimentaba la exigua luz de la cámara cimbreó. Los cinco señores que quedaron atrás se sumieron en un mudo silencio, hasta que fue roto por Kunisada Tezuka.

—Bien, entonces tenemos un acuerdo. —Apuró su taza de té y la colocó bocabajo frente a sí. Recogió la daisho[3], que reposaba a su derecha como señal de respeto hacia el anfitrión, y se puso en pie apoyándose en la katana a modo de bastón—. Señor Shimizu, con permiso de los presentes, yo también parto. Cumpliré lo que hemos acordado y enviaré hombres a vigilar los caminos que comunican con territorio Yamada. Cualquier movimiento extraño les será comunicado a todos. ¿Cuándo volveremos a reunirnos?

—Les espero a todos aquí dentro de treinta días, como ha sido habitual hasta ahora, recién entrada la hora del buey[4].

Tras las despedidas de cortesía, los cinco daimios fueron abandonando la estancia uno a uno. Cuando todos estuvieron fuera, Munisai Shimizu apagó la llama con los dedos y se dirigió al pasillo, no sin antes cerrar por completo la puerta corredera, como si el papel de arroz pudiera contener las intrigas que enrarecían el aire de aquella cámara.

Dentro, la oscuridad se había adueñado de cada rincón y las discusiones habían dado paso al silencio de la noche estival. Cuando los pasos en el corredor se desvanecieron por completo, un sonido de madera deslizándose bajó desde las vigas que cruzaban los altos techos. Un haz de luna se filtró al interior, iluminando por un instante el tatami antes de que la madera volviera a encajar y la estancia quedara definitivamente en penumbras.

 

* * *

 

Kunisada Tezuka cabalgaba al frente de su expedición con una soltura que desmentía su edad; siempre había sido un gran jinete y montar surtía en él un efecto rejuvenecedor. Apenas habían recorrido medio ri[5] por uno de los caminos que se alejaban del castillo, cuando Tezuka levantó la mano para ordenar a su séquito que se detuviera. El jefe de su guardia avanzó hasta situarse junto a él.

—¿Sucede algo, mi señor?

—Debemos dar la vuelta, volvemos al castillo. —Al comprobar la expresión confusa de su vasallo, Tezuka añadió, lacónico—: Al parecer, aún quedan cosas por decir.

La comitiva tornó grupas y emprendió el camino de regreso. Para desconcierto de su guardia, al partir tras la reunión Tezuka había elegido un camino sinuoso que les haría recorrer un trayecto más largo de regreso a sus tierras. No se atrevieron a cuestionar su decisión, y ahora quedaba claro que su objetivo había sido tomar una senda poco transitada para no cruzarse con los otros señores al retornar al castillo Shimizu.

Y así, Tezuka galopó de vuelta con más viveza que a su partida, espoleado por la curiosidad. Los cascos de su montura batían la gravilla del camino y las ramas bajas le azotaban el cuerpo. No tardó en vislumbrar de nuevo las luces amarillentas de la fortaleza, filtradas entre la urdimbre de los árboles.

Cruzó el primer pórtico sin que la guardia se inquietara al verles pasar a toda velocidad. Atravesó las sucesivas arcadas y murallas al galope, mientras su abanderado se esforzaba por cabalgar cerca de él, con el blasón de la casa Tezuka ondeando a su espalda. Cuando llegaron a la inmensa mole de piedra que era la base sobre la que se erigía el castillo en sí, Tezuka templó la marcha y ordenó a su comitiva que le esperara allí. Al instante, comenzó a remontar la empinada senda que servía de acceso a la residencia. Todo aquel juego de intrigas le divertía sobremanera y azuzaba su imaginación.

Llegó hasta el mismo pórtico de entrada a lomos de su caballo. Allí le esperaba Munisai Shimizu con una lámpara en la mano.

—No estaba seguro de que hubieras leído el mensaje en el fondo de tu taza —saludó el anfitrión.

—Ya ves que sí… ¿Sabes que, por un momento, pensé que intentabas envenenarme?

Shimizu rio con una carcajada sincera que vibró en la noche.

—Tu natural desconfianza siempre me ha parecido una virtud muy práctica, digna de elogio, incluso. —Y le invitó a pasar al patio interior.

Tezuka descabalgó, tomó su caballo por las cinchas y se adentró en el amplio patio que, dominado por un sauce, servía de antesala a la ciudadela interior. Aquella entrada estaba ideada para sobrecoger al visitante con la imponente planta de la fortaleza, cuyos sucesivos muros interiores abrazaban al invitado o aplastaban al intruso. Sin embargo, una vez llegados a aquel patio el espacio se abría y, tras el sauce, solo se observaba un último pórtico que carecía de hojas, dejando franco el acceso al mismo corazón del feudo.

Y por encima de todo ello, elevándose imponente en la oscuridad de la noche, se admiraba la blanca torre del homenaje, que constituía la residencia familiar y última línea de defensa del castillo. Cuatro plantas de altura ornamentadas con dragones serpenteantes y tigres agazapados que, con su dorado resplandor, protegían a la familia Shimizu. Tezuka no pudo por menos que maravillarse, una vez más, ante semejante despliegue arquitectónico. Una década atrás, Munisai había mandado construir aquella fortificación para que se convirtiera en la nueva residencia de su clan, y fue erigida según el estilo del castillo Azuchi, levantado por Nobunaga Oda a orillas del lago Biwa. Quizás no fuera tan imponente como la mole del clan Yamada, una fortaleza costera que llevaba casi cuatro siglos en pie, pero sin duda la superaba en belleza y refinamiento.

Junto al sauce, envuelto en un kimono de tela fina y color terroso, aguardaba Shigeru Shimizu, hijo mayor de Munisai. Era un hombre de mentón recto y mirada franca, no carente de las elegantes maneras de su padre, pero que desprendía una energía más similar a la de su madre: sincera y directa. O, al menos, eso pensaba Tezuka, que tampoco había tenido tiempo de estrechar relaciones con aquel joven.

El muchacho saludó a ambos con una respetuosa inclinación.

—Shigeru, encárgate de la montura del señor Tezuka y asegúrate de que no nos molesten durante un rato. Estaremos pronto de vuelta.

El joven tomó las riendas del caballo y se despidió. Cuando se quedaron a solas, Munisai hizo una señal a su invitado para que lo siguiera.

—Ven, caminemos por mi jardín —ofreció mientras pasaban bajo el portal.

Cruzaron el puente de madera y se encaminaron hacia el jardín cultivado junto a la cara este de la torre del homenaje, al amparo de los fuertes vientos que barrían la región durante el invierno. Hacía años que el viejo bonzo no visitaba aquella zona del castillo, sin duda reservada para los momentos de retiro espiritual de Munisai. Pero le picaba demasiado la curiosidad como para deleitarse con la jardinería paisajística, necesitaba saber por qué su anfitrión se había tomado tantas molestias para hablar con él a solas.

—Aquí me tienes. Ahora dime por qué querías apartarme de los demás. ¿Qué debías decirme que el resto no pudiera escuchar?

—No me fío de todos ellos. Por distintos motivos.

—¿Por qué dices eso?

—Nos une un mismo peligro, pero creo que la visión de cómo afrontarlo es demasiado divergente. Además, nunca ha sido nuestro fuerte fiarnos los unos de los otros.

—¿Y te fías de mí?

—Eres demasiado viejo, Kunisada, tu ambición se aplacó hace años, por lo que no tienes necesidad de prestarte a traiciones.

—No sé cómo tomarme tus palabras.

—Como un cumplido —contestó sonriente Munisai, con las manos cruzadas a la espalda y sin levantar la vista del camino—. Además, eres de los pocos hombres que conozco a los que no limita una visión simple de las cosas. Sabes bien que todo tiene más de una causa y una consecuencia.

—¿Y cuál es tu opinión sobre este asunto en particular? ¿Crees, realmente, que podremos salir bien parados de esta?

El señor del castillo levantó la vista y miró de soslayo a su viejo compañero de armas.

—No lo sé. Nuestra mejor oportunidad es que los Yamada no pretendan una expansión militar. Puede que las cosas no vuelvan a ser como antes; puede que, como dicen, nos encontremos a las puertas de una nueva era, una época de paz y unidad del país. Nunca había existido en Japón un señor con la suficiente fuerza como para someter a toda la nación de este a oeste.

—Una época de paz bajo el puño de hierro de Ieyasu Tokugawa —constató Tezuka.

—Quizás, pero paz al fin y al cabo. ¿Por qué los Yamada deberían regirse por los códigos de tiempos que quedan atrás? Las nuevas batallas por el poder se librarán en las cámaras y pasillos de la corte de Edo, no en los bosques y las llanuras. Tokugawa ha completado lo que en su día comenzó Nobunaga Oda; en breve será capaz de recorrer la nación de punta a punta y todos inclinarán la cabeza al paso del blasón de las tres hojas de malva.

—Parece que no te disgusta la nueva situación, Munisai. Quizás te equivocaste de bando en la guerra.

—No te confundas, Tezuka. Siempre fui leal a Oda, y después al señor Toyotomi. Cuando hubo que defender el derecho de su hijo a suceder al padre di un paso al frente, como el que más. Pero esa batalla ya se perdió. Sepamos adaptarnos a las nuevas circunstancias.

El bonzo sonrió abiertamente.

—A veces me asusta tu pragmatismo.

Enfilaron un sendero custodiado por una larga hilera de ciruelos blancos, y Shimizu volvió a clavar la mirada en el suelo.

—Quiero que vigiles a los Tadashima. Son capaces de provocar una guerra si inician cualquier tipo de maniobra militar.

—¿Por qué yo?

—Lo sabes bien, su feudo colinda con tus tierras. No podrían marchar hasta Echizen sin cruzar tus caminos.

—¿Crees que están tan locos como para enfrentarse a los Yamada ellos solos?

—Solos no —puntualizó Shimizu—, pero quizás convenzan a otros tan locos como ellos. Entonces puede que se sientan fuertes.

—Desde luego, no será a Kiyomaro Itto a quien convenzan.

—Itto también me preocupa. Pero por razones distintas. Tiene tanto miedo de verse involucrado en una guerra que es capaz de delatarnos.

—Itto no es un traidor —sentenció, tajante, Kunisada Tezuka.

—Nunca te fíes de un hombre desesperado, amigo. De cualquier modo, no estará de más vigilar también si algún correo viaja entre su feudo y la capital de los Yamada.

Tezuka observó de reojo al señor del clan Shimizu. Aquel hombre no dejaba nada al azar y, de nuevo, sus argumentos resultaban difíciles de rebatir.

—Muy bien —concedió el viejo daimio—, espiaremos a nuestros aliados. Tú te encargarás de controlar cualquier movimiento al sur de Echizen y yo me encargaré de los caminos del oeste. Pero ¿te has planteado la posibilidad de que Seikai Tadashima tenga razón? ¿Y si los Yamada pretenden aprovechar la larga campaña militar del shogún para devorar los feudos colindantes?

Shimizu se detuvo. Los dos se hallaban sobre un promontorio, rodeados de crisantemos amarillos y de azaleas pinceladas de rosa. Las ramas de los árboles, la hierba, los pliegues de sus ropas…, todo lo que se encontraba bajo el cielo estrellado se mecía al compás de la brisa que volaba sobre la llanura.

—Si eso sucede —respondió al fin—, poco podremos hacer.

—Sí podemos, Munisai. Podemos luchar.

Shimizu apartó la vista del horizonte y le miró directamente a los ojos, como para averiguar si había determinación en sus palabras. Entonces asintió con la cabeza y, sin decir una palabra más, volvió sobre sus pasos.

Kunisada Tezuka se demoró un instante sobre el promontorio, escrutando el infinito en busca de respuestas. Quizás Munisai tuviera razón, quizás la única victoria posible en una guerra que no puedes ganar es evitar que esta dé comienzo. Aun así, tenía la certeza de que su viejo camarada se guardaba cosas para sí. Podía ser pragmático y paciente, pero no era un hombre dado a resignarse. Así que, por segunda vez aquella noche, se encogió de hombros y se aprestó a seguir los pasos de su anfitrión, que ya descendía por el jardín acariciando con los dedos las hojas de los ciruelos.

Capítulo 2

Espada de acero, espada de madera

 

 

 

Kenzaburō por fin divisó lo que había buscado durante toda la noche: un macizo rocoso contra el que venía a estrellarse el bosque de cedros y abetos, como un islote azotado por un mar esmeralda. Comenzaba a escampar y la tormenta había devenido en una llovizna que le ayudaba a mantenerse despierto y que permitía divisar, aun desde la distancia, los orificios y cuevas que picaban la erosionada base del macizo. Con gesto hambriento, aquellas grutas parecían invitarles a guarecerse en sus ásperas gargantas, y el jinete pretendía aceptar la invitación, así que apresuró el paso de la yegua campo a través.

A medida que se acercaban a la pared rocosa, la espesura comenzó a clarear permitiéndoles apreciar con más detalle la gran mole que actuaba como cortavientos natural. Puede que al otro lado del macizo, aprovechando el amparo que suponía del viento y de las lluvias, alguien hubiera construido algún tipo de refugio provisional, quizás de cazadores o leñadores. Puede incluso que hubiera alimentos almacenados, pero no tenía la menor intención de arriesgarse a descubrirlo: aquellas cuevas les bastarían para refugiarse y pasar el día antes de reemprender su camino al anochecer.

Más adelante, a la sombra ya del acantilado, Kenzaburō divisó un pequeño riachuelo que manaba de la roca viva y fluía ladera abajo hasta perderse en el interior del bosque. No era muy profundo, probablemente había reaparecido avivado por la lluvia torrencial y se había filtrado entre las grietas. De cualquier modo, les bastaría para beber durante el día, guardar algo de agua y abrevar el caballo.

Desmontó e, inmediatamente, notó cómo sus articulaciones se resentían tras el esfuerzo de una noche cabalgando.

—¿Puede caminar? —preguntó al joven Seizō.

—Creo que sí.

—Bien, desmonte. —Extendió los brazos para que el niño se sujetara. Kenzaburō lo levantó a pulso y lo depositó en el suelo—. Tome —le tendió las riendas del caballo—, con cuidado de que no se le escape.

Seizō sujetó con fuerza el cuero curtido y observó al animal, que resoplaba agotado. Kenzaburō tenía la esperanza de que el pequeño se centrara en la yegua y su mente no volara a los terribles acontecimientos de aquella noche.

—¿Tiene nombre? —preguntó Seizō, sin apartar los ojos del animal.

—Natsu —improvisó el samurái—. Porque es como el viento cálido que baja de las colinas en verano.

Lo cierto es que Kenzaburō desconocía el nombre de aquella yegua que había rescatado, entre el caos y la confusión, de los establos de su señor. Sin embargo, a pesar de haber sido una decisión apresurada, parecía que no se había equivocado a la hora de elegir montura para su huida, y el nombre se le antojó súbitamente apropiado.

—Natsu —repitió Seizō.

—Vamos, sígame.

Se aproximaron al riachuelo y ataron a Natsu a un árbol próximo al caudal. El animal comenzó a beber y ambos lo imitaron, llevándose el agua a la boca con las manos. Cuando estuvieron saciados, se lavaron la cara y el pelo en el torrente helado, que pronto les entumeció los dedos.

Kenzaburō se incorporó, observó durante un instante al pequeño Seizō, que seguía arrodillado sobre el agua, y pensó que ahora dependía absolutamente de él, compadeciéndose de la vida que tendría a partir de aquella noche. Debería haber crecido feliz, fuerte y orgulloso como hijo de uno de los más poderosos daimios al oeste de Hondō; sin embargo, su futuro se había truncado violentamente. Hizo un esfuerzo por apartar esos pensamientos: la compasión nunca había ayudado a nadie a salir adelante, no más de lo que una hogaza de pan sacia una hambruna, y tampoco ayudaría al chico. A lo largo de su vida siempre había creído que era mejor ser temido, o incluso odiado, que compadecido. «Aprende a vivir la vida que te ha tocado y no ambiciones otra», recordó de las viejas enseñanzas.

—Acompáñeme —indicó Kenzaburō, mientras desataba los fardos apilados a la grupa del caballo y se los echaba al hombro—. Dejaremos atada a este árbol a Natsu y prepararemos nuestro refugio para lo que queda de jornada.

El samurái comenzó a caminar ladera arriba, hacia la falda del macizo rocoso, mientras su acompañante le seguía de cerca. Se detuvo un instante y estudió las cuevas más cercanas bajo la incipiente luz del amanecer.

—Aguarde aquí —le ordenó a Seizō, al tiempo que dejaba en el suelo su carga.

Se aproximó lentamente a la entrada de la cueva que había elegido como refugio; levantó con el pulgar la guarda de su sable, de tal modo que un dedo de acero blanco se asomó a la luz del alba, pero no llegó a empuñar la espada. Caminaba con pasos lentos, y allí donde pisaba se desprendía una gravilla que rodaba, susurrante, ladera abajo. Así, lentamente, atravesó el umbral de la cueva y Seizō observó cómo era engullido por la oscuridad. Reapareció al rato y comenzó a descender por la pendiente rocosa, esta vez con pasos firmes y ágiles.

—Vamos, es seguro.

El guerrero volvió a echarse los fardos al hombro y tomó la mano del niño para ayudarle a subir hasta la entrada del que sería su refugio durante aquel día. Una vez llegaron a la boca de la cueva y sus ojos se habituaron a la oscuridad, Seizō comprobó que no tenía mucha profundidad, de modo que solo su último tramo quedaba en penumbras. El suelo y las paredes, además, eran más lisos que la piedra del exterior, probablemente por el reflujo del viento durante siglos.

Kenzaburō desplegó los fardos y extendió en el suelo dos esteras de paja de arroz trenzada; a continuación, dispuso sobre ellas mantas gruesas. Le pidió a Seizō que intentara dormir.

—Pasaremos aquí el día y por la noche reemprenderemos nuestro camino a la luz de las estrellas. Quiero llegar a Matsue antes de cinco días, allí nos darán refugio. —Seizō asintió con la cabeza—. Bien, ahora intente descansar. Yo saldré a buscar comida en cuanto amanezca por completo, quiero tener algo preparado para cuando despierte.

Dicho esto, el guerrero comenzó a rebuscar en los bultos y extrajo algunas de sus pertenencias. Seizō se distrajo observando a su protector mientras este tensaba el arco que había traído envuelto en una tela encerada. Era más alto y fornido que cualquier hombre que hubiera conocido, más incluso que su hermano mayor, a pesar de que debía ser más viejo que su padre. Y parecía no temer nunca nada. Lo conocía desde que tenía uso de razón: siempre estaba hablando con su padre de cosas serias, siempre los dos con rostros graves; pero, en cuanto lo veían llegar corriendo, ambos sonreían, lo levantaban en volandas y lo lanzaban por los aires entre risas. A él no le asustaba aquel hombre, pese a que todos los samuráis de su padre parecían tenerle miedo: todos bajaban la cabeza cuando el general pasaba junto a ellos, y todos daban un paso atrás cuando fijaba en sus rostros aquellos ojos bajo espesas cejas.

En una ocasión, sin embargo, Kenzaburō también le dio miedo a él. Fue durante un duelo con bokken[6]: otro guerrero vino de una provincia vecina y pidió luchar contra el gran Kenzaburō Arima. Según afirmó, deseaba medir su técnica con la mejor espada de Izumo, por lo que reclamaba combatir contra el veterano samurái al servicio del clan Ikeda. Kenzaburō accedió, pero solo si se empleaban armas de madera. El otro tachó de cobardía tales remilgos e insistió en dirimir el duelo con acero. Kenzaburō no cambió el gesto e hizo saber a tan impertinente visitante que podía usar el arma que deseara. Él, por su parte, solo lucharía usando el bokken, pues consideraba una necedad desperdiciar una vida en tales cuitas.

Seizō recordaba que, una vez el duelo dio comienzo, apenas tuvo tiempo de parpadear: el forastero aún estaba adoptando una guardia alta cuando Kenzaburō giró rápidamente sobre sí mismo, avanzando al tiempo que golpeaba con su arma de madera desde abajo hacia arriba. Su adversario, al ver cómo se adelantaba, había intentado alcanzarle en la cabeza, pero sus manos se abrieron y el acero se le escapó entre los dedos cuando el bokken de Kenzaburō le rompió las costillas.

En la mente del chiquillo aún resonaban el terrible crujido de la madera contra los huesos y el aullido de dolor del espadachín mientras se retorcía en el suelo. Pero, sobre todo, recordaba el severo rostro de Kenzaburō, aquel rostro que reía feliz mientras lo lanzaba por los aires y que ahora permanecía vacío, inalcanzable, con unos ojos que miraban desde otro mundo. A pesar de su edad, Seizō comprendió aquel día que Kenzaburō Arima no precisaba de más acero que el de su voluntad.

 

* * *

 

Cuando Kenzaburō regresó a la cueva con las manos vacías, Seizō le esperaba sentado en la esterilla y envuelto en su manta.

—¿Ha conseguido dormir?

—No —respondió Seizō.

—Yo tampoco he tenido suerte. He regresado a por agua y volveré a internarme en el bosque. Debo cazar algo antes de que comience a atardecer o tendremos que alimentarnos de raíces y bayas.

—¿Debes irte ya? —preguntó quejumbroso el niño.

—¿Por qué? ¿Tiene miedo?

Seizō se apresuró a negar con la cabeza.

—No debe avergonzarse. El miedo no es malo, es parte de la vida.

El muchacho lo miró durante un instante, dubitativo.

—Entonces, sí. Tengo un poco de miedo.

Kenzaburō esbozó una sonrisa y se sentó junto a él, alargó el brazo para coger la manta que reposaba en la otra esterilla y se la tendió.

—Tome, abríguese más. Me quedaré aquí hasta que se duerma.

Seizō, obediente, se recostó y se arrebujó entre las dos mantas. Le costó encontrar una postura cómoda, pero finalmente dejó de moverse.

Kenzaburō permaneció junto a su joven señor, sentado con las piernas cruzadas mientras observaba a través de la entrada de la cueva el espectacular paisaje: tonos de verde se sucedían hasta donde llegaba la vista, desde los trazos grisáceos de los cedros hasta la apuntada aguamarina de los pinos. Al este se divisaba, escabulléndose entre bosques y colinas, el sinuoso hilo de plata del río Ibi, que pespuntaba el paisaje con su caprichoso cauce; y aunque su posición no era tan alta, Kenzaburō quiso ver más allá el lago Shinji, a cuya orilla se encontraba el destino de su peligroso viaje, y aún más lejos, el mar.

¡Cuánto añoraba el mar! El olor del salitre, el agua en suspensión lamiéndole la piel, las olas contra su pecho, la arena entre los dedos… La distancia lo hacía imposible, pero aun así la brisa marina llegó hasta él, le meció los cabellos e inundó sus pulmones como un bálsamo. Aquel hermoso paisaje de luz —como solo se podría haber derramado del divino pincel de Amaterasu— llenó su corazón y lo conmovió, e hizo parecer irreal el que allí abajo, a sus pies, hubiera hombres reptando y conspirando para darles caza y matarles. Estaba sumido en estos pensamientos cuando una voz triste lo arrancó de su evasión.

—¿Volveré a ver a mi padre?

Kenzaburō lanzó un profundo suspiro, desolado.

—No, Seizō.

—¿Y a mi hermano?

—Tampoco.

—¿Han muerto? —preguntó el niño con un estremecimiento.

—Así es. —Las palabras le quemaban el pecho.

—¿Por qué?

—Alguien ansiaba el poder y las tierras de su padre; la forma de obtenerlos era matándoles a él y a sus legítimos herederos.

—Entonces, también querrán matarme a mí.

—Por mi alma que eso no sucederá —juró Kenzaburō, y lo hizo con una voz ronca que sonó más como un desafío a sus enemigos que como palabras de consuelo para un niño.

Seizō comenzó a sollozar entre las mantas, cada vez con más fuerza. El viejo guerrero le puso su mano surcada de cicatrices en el costado; era grande y pesada, pero irradiaba tranquilidad.

—¿Por qué todos se mueren? ¿Por qué me dejan solo? —lloró Seizō.

Kenzaburō recordó con profunda aflicción a la madre del niño, muerta a causa de la viruela. Había perdido mucho para contar solo nueve años.

—Nadie te abandona, Seizō —susurró en tono tranquilizador. Por un momento Kenzaburō le habló como lo que era: un niño que necesitaba consuelo—. Tu padre y tu madre, al igual que tu hermano, están ahora con tus antepasados. Desde allí te observan y cuidan de ti. Tu obligación es llevar una vida que les honre para que puedan sentirse orgullosos.

—¿Tú también te irás?, ¿me dejarás solo?

—No, no te dejaré.

El chiquillo no dijo nada más. Quizás porque las palabras del guerrero, pronunciadas con voz serena, tranquilizaron su espíritu, quizás porque el agotamiento pesó más que su desconsuelo. Los sollozos se fueron espaciando hasta que cayó dormido con una respiración pausada. Su protector retiró lentamente la mano, con cuidado de no despertarle, y cruzó las piernas dispuesto a meditar. Sin embargo, cuando cerró los ojos, su mente se perdió en los acontecimientos de la noche anterior.

 

* * *

 

Kenzaburō se debatía en el sopor del sake, atormentado por el tañer de las campanas del infierno y los aullidos distantes de los condenados. El día anterior había sido el cumpleaños de su mujer y la celebración se había prolongado en privado. Los dos habían bebido demasiado y ahora, acosado por sueños agitados, sufría las consecuencias. Sin embargo, una sospecha comenzó a abrirse paso en la abotargada mente del samurái: ¿y si aquella campana, y si aquellos alaridos de angustia no procedían del más allá?

Esa desazón lo arrastró a la vigilia y, cuando abrió los ojos, descubrió que la campana repicaba, frenética, desde una atalaya del castillo Ikeda. Despertó a su mujer y la apremió a escuchar con él: voces nerviosas y pasos apresurados llegaban del pasillo al otro lado de la puerta. Kenzaburō temió que se hubiera producido un incendio, pero pronto comprendió que la amenaza era de muy distinta naturaleza. Desde la ventana de sus aposentos que se asomaba al gran patio central llegaban el restallar del acero y los primeros gritos de muerte; sonidos que en otro tiempo le resultaran tan familiares como el latir de su propio corazón.

¿Cómo era posible que nadie hubiera acudido en su busca? La batalla había comenzado y él permanecía desnudo en el lecho, como un vulgar borracho. Kenzaburō se incorporó rápidamente, con las sienes palpitándole y la boca seca.

—¡Rápido, mujer, ayúdame a prepararme!

Su esposa dejó a un lado toda sombra de desconcierto y se precipitó al armario donde su marido guardaba la armadura ligera y la daisho. Mientras Kenzaburō se vestía, ella disponía en el suelo las piezas de hierro negro y cuero.

Asistido por su mujer, se enfundó la armadura y la ajustó con correas sobre el kimono. Una vez preparado, se ató el obi[7] alrededor de la cintura y deslizó sobre su cadera izquierda las espadas.

Acababa de vestirse cuando la puerta se abrió de golpe.

—¡Padre, madre! —gritó una joven ataviada aún con ropa de dormir.

—Llévate a O-Seki a las cocinas —indicó Kenzaburō a su esposa—. Escondeos allí con el resto de las mujeres y esperad a que todo pase.

—Júrame que volverás a por nosotras —le rogó su mujer.

—No temas, Tamako —intentó tranquilizarla apresuradamente.

Antes de que pudiera apartarse, su mujer le acarició la mejilla con una ternura íntima, ajena a lo acuciante del momento.

—Esposo, tengo aquí mi kaiken. —Le mostró la funda del puñal que había deslizado entre los pliegues del kimono—. Si no eres tú el que viene a buscarnos, tu hija y yo nos reuniremos contigo en el otro mundo.

Kenzaburō no pudo evitar un estremecimiento.

—No digas locuras. Estaré con vosotras antes de que amanezca.

Las abrazó una última vez y desapareció por la puerta del dormitorio con las aciagas palabras de Tamako resonando en su pecho, acallando incluso el caos reinante.

Descendió a grandes zancadas por las escaleras que comunicaban los cuatro pisos de la torre central, y solo se detuvo para asomarse a uno de los ventanales que daba luz a las entreplantas. Lo que vio no podía ser más desolador: el fuego se esparcía por distintas zonas de la fortaleza, consumiendo, insaciable, cualquier estructura de madera que rozara con sus dedos. Las llamas habían subido por la colina y se aproximaban a la torre, erigida en la cima y protegida por los sucesivos muros que se derramaban ladera abajo. A la luz del fuego, el más temible de cuantos generales participaran en un asedio, un pequeño ejército ataviado con el carmesí del clan Sugawara había inundado, como el agua que se filtra por una grieta, los sucesivos anillos concéntricos. Pisaban ya la ciudadela interior, y allí mismo, a los pies de Kenzaburō, se batían con los soldados que él debería estar comandando, empleándose con la crueldad que solo pueden alimentar generaciones de odio mutuo. Resultaba evidente por qué nadie lo había avisado: el ataque había sido tan fulgurante que había penetrado en poco tiempo hasta el hon maru. Los soldados apenas pudieron armarse y lanzarse a una desorganizada defensa del castillo.

Kenzaburō se precipitó aún con más ímpetu escaleras abajo, abriéndose paso como pudo entre las mujeres, funcionarios y vasallos de alto rango que, como él, vivían en el hon maru, junto a los aposentos de la familia Ikeda. Escrutaba cada rostro que se cruzaba buscando a su señor o a alguno de los samuráis que solían escoltarle, pero no los encontró en aquella marea confundida y atemorizada, así que siguió bajando hasta llegar al nivel del suelo. Muchos corrían atropelladamente e incluso rodaban escaleras abajo, entregados al caos y el miedo, mientras un grupo de soldados armados con naginata[8] los empujaban para que siguieran descendiendo a los niveles inferiores de la torre, excavados bajo tierra, donde se encontraban las cocinas y las bodegas. Murmuró una breve plegaria para que su mujer y su hija llegaran allí cuanto antes y se abrió paso hasta llegar al oficial al mando, al que aferró por el hombro.

—¿Dónde se encuentra el señor Ikeda?

—Fuera, general. Dirigiendo la defensa de la muralla interior. A nosotros nos han enviado aquí a proteger a las familias de los principales vasallos.

No necesitaba escuchar más, giró sobre sus talones y corrió hacia el gran portón que daba acceso al patio exterior. Se encontraba atrancado con una inmensa viga de madera y flanqueado por una hilera de soldados que apenas habían tenido tiempo de armarse debidamente y colocarse algunas piezas de armadura.

—¡Vosotros! —vociferó Arima, señalando a cuatro de aquellos hombres—. Levantad el cierre. Y vosotros cinco seguidme fuera. Tenemos que ayudar a su señoría.

Los soldados obedecieron rápidamente y, no con poco esfuerzo, alzaron y corrieron a un lado la pesada viga, de modo que el inmenso pórtico de dos hojas se pudo entreabrir lentamente, lo justo para que los hombres salieran en fila de a dos, hombro con hombro. En cuanto pisaron el exterior, el portón se cerró a sus espaldas haciendo suspirar las llamas de las antorchas junto a la entrada. La desesperanza se dibujó inmediatamente en el rostro de Kenzaburō: sin duda, el castillo estaba perdido. Debía poner a salvo a toda costa a su señor Akiyama Ikeda.

La guardia sobre las murallas disparaba flechas tanto al exterior como hacia el propio patio que rodeaba la torre del homenaje, ya que eran innumerables los enemigos que habían accedido a la ciudadela interior. Y seguían haciéndolo. Aquí y allá, sus guerreros se enzarzaban en combate cerrado contra las fuerzas enemigas. Kenzaburō no encontraba explicación para semejante desastre. ¿Cómo había llegado hasta allí un ejército sin que nadie hubiera dado la alarma? ¿Cómo había atravesado las sucesivas defensas de una fortaleza hasta la fecha inexpugnable?

El castillo Ikeda estaba fortificado mediante anillos amurallados concéntricos y, entre una muralla y otra, había un retorcido enjambre de patios por el que cualquier intruso tendría que zigzaguear al descubierto, expuesto a los arqueros de las atalayas, al tiempo que debería vencer la resistencia de la infantería que protegía el castillo, empujando hacia el interior a las falanges defensivas y ganando terreno en cada sección amurallada, comunicada con la siguiente a través de un solo pórtico de dos hojas. En circunstancias normales, tomar aquel castillo debería haber sido una lenta sangría que se cobraría numerosas bajas entre el invasor, el cual solo lograría llegar a la ciudadela interior tras largos días de combate y con sus filas notablemente mermadas.

El ejército que lograra semejante hazaña debería estar compuesto por miles de hombres y debería haber sitiado la fortaleza durante días, tomando posiciones a su alrededor antes de acometer el asalto.

Nada de aquello había sucedido y, sin embargo, allí estaban sus enemigos, profanando el mismo corazón del castillo mientras portaban el mon[9] del clan Sugawara. Pero no había tiempo para buscar respuestas, debía tomar decisiones rápidas y había una evidente: se debía reforzar la falange que intentaba bloquear el pórtico que daba acceso al hon maru, pues las dos hojas de la gigantesca puerta se encontraban desencajadas de sus goznes, forzadas hacia el interior, y aquel punto era una hemorragia que sangraba gota a gota tropas carmesí de los Sugawara.

Kenzaburō Arima señaló hacia el portón y gritó a todo el que lo escuchó que le siguiera, mientras se lanzaba hacia delante en una desesperada carrera que sembraba muerte a su paso. El primer enemigo que le hizo frente, con la espada alzada presta a golpear, recibió una patada en el plexo solar que lo derribó de espaldas contra el suelo de piedra. Kenzaburō se inclinó al paso, clavó la wakizashi en el rostro de su rival y la extrajo de un tirón seco sin detenerse. El segundo samurái que intentó plantarle cara obligó a Kenzaburō a usar el sable largo: desenvainó con la derecha y, con el mismo movimiento, le asestó un golpe que le abrió la garganta. Prosiguió sin desviarse de su camino y dos más cayeron bajo su filo, y otro, y aún otro, y algunos ya comenzaban a apartarse a su paso, buscando en el campo de batalla a otro enemigo que no los condenara a una muerte segura.

Aquel guerrero de armadura negra era a ojos de sus adversarios un mortífero demonio que, lejos de aminorar el paso agotado por los incesantes golpes, proseguía inquebrantable su marcha con las dos espadas en la mano, seguido por un creciente número de soldados que le protegían los flancos. Un oficial del ejército invasor, apoyado también por una decena de hombres, se arrojó sobre él descargando un terrible mandoble. Kenzaburō detuvo la hoja con su sable corto al tiempo que flexionaba las rodillas; antes de que su enemigo pudiera alzar de nuevo el arma, le introdujo la punta de la espada larga entre las placas dorsales de la armadura, atravesando las costillas y hundiéndola hasta los pulmones.

Empujó el cadáver con el hombro para desembarazarse de él, y reemprendió su carrera en dirección al pórtico. En ese instante creyó vislumbrar, entre la maraña de soldados, la figura de Akiyama Ikeda montado en su caballo. Arima apretó el paso para llegar cuanto antes hasta su señor, pero ya no era uno más en la batalla, se había convertido en el referente a derribar por cuantos oficiales enemigos lo habían visto y, a pocos ken[10] de su objetivo, un abanderado de Sugawara cargó a caballo sobre él con la lanza en ristre. Kenzaburō, al ver cómo se abalanzaba la bestia, rodó a un lado y se afianzó sobre las rodillas; desde esa posición golpeó las patas de la montura con el filo de su espada. El animal relinchó y sus manos se doblaron, clavándose de bruces en su galopada y lanzando despedido al jinete.

El general Arima reemprendió su avance hasta llegar junto al daimio del clan Ikeda, que se debatía a espadazos a lomos de su montura, intentando detener a cualquiera que superara las líneas de defensa.

—¡O-tono[11]! —gritó Kenzaburō—. Salid de aquí, yo me encargaré de defender la puerta.

—¡No! Nadie dirá que hui mientras tomaban mi castillo —le replicó, sin mirarle, Akiyama.

—O-tono, debéis sobrevivir. Buscad a vuestros hijos y escapad por los pasadizos. El castillo puede caer, pero no el clan.

—Mi hijo Seibei ha muerto, Kenzaburō. Le he visto caer al otro lado de la muralla sin poder ofrecerle mi ayuda. ¿Por qué debería salir yo de aquí con vida?

El general apretó los dientes, la noticia de la muerte de Seibei le infligió un daño mucho mayor que el de todos los golpes que habían caído sobre él hasta el momento. Pronto comprendió que, tras aquella pérdida, su señor buscaba sacrificarse en la batalla.

—Mi señor —le gritó—, no tenéis por qué morir aquí. Debemos sobrevivir a esta noche y devolver el golpe. La venganza nos alimentará a partir de mañana.

—¡Ya basta, Kenzaburō! —rugió Akiyama—. No huiré de mi castillo. Moriré defendiéndolo.

—Entonces, yo moriré a vuestro lado.

—¡No! —exclamó el daimio, que se desentendió de la lucha y miró directamente a los ojos del veterano samurái—. Debes buscar a Seizō y ponerlo a salvo. Con él sobrevivirá el clan Ikeda.

La expresión de Kenzaburō reflejaba con claridad que no deseaba acatar aquella orden. Quería permanecer junto a su señor hasta el final.

—Escúchame, Kenzaburō. Tu lealtad es para con tu señor y su clan, y a partir de esta noche tu señor será Seizō Ikeda. ¡Huye de aquí! Ponlo a salvo y olvida el seppuku[12]. Serás responsable de mi hijo. Debes convertirlo en un guerrero digno de su nombre.

—Sí, o-tono —asintió el guerrero a regañadientes, inclinando la cabeza.

—¡Vamos! —le increpó el daimio—. Vete de aquí, ¡búscale!

Kenzaburō dio unos pasos hacia atrás sin apartar la vista de su señor, que volvió a incorporarse al frente de batalla, y cuando logró convencerse de que su deber ya no estaba allí, giró sobre sí mismo y se dispuso a desandar el camino hacia la torre del homenaje, pero cada paso era como sal en una herida abierta. El fragor de la batalla lo rodeaba, pero para él apenas era un murmullo lejano arrastrado por el viento. Un mar de sentimientos bullían en su pecho y no sabía a cuál atender, así que decidió aferrarse a la constante que había guiado sus pasos durante toda su vida: el deber. Apretando los dientes, se dispuso a acometerlo.

Cruzó el patio con el estómago frío y la mirada perdida, sumido en el trance del guerrero. Luchó y recibió heridas que le dolerían durante el resto de su vida; mató hasta que sus espadas perdieron el filo y sus golpes, romos, tan solo aplastaban los huesos de sus adversarios. Pero no recordaría nada de aquello, porque Kenzaburō ya no caminaba sobre aquella tierra sedienta de la sangre de amigos y enemigos, sino que sus pies hollaban los valles del infierno. Por fin alcanzó el otro extremo del campo de batalla y se perdió en la fortaleza en llamas, y ya nadie pudo volver a decir que había visto a Kenzaburō Arima con vida.

Capítulo 3

Verdades que no se cuentan

 

 

 

Ekei Inafune se arrodilló junto a su paciente, un orondo comerciante de la ciudad de Sabae, mientras la esposa observaba la escena con zozobra, manoseando un rosario cuyas cuentas rechinaban al rozar entre sí. Aquello molestaba al médico sobremanera, pero se abstuvo de protestar.

La habitación estaba cerrada a cal y canto, carente de ventilación y sin luz procedente del exterior. Solo dos pequeñas lámparas proyectaban un resplandor macilento, de aspecto tan enfermizo como el de su paciente.

—Acérqueme una de esas lámparas, señora Ikagawa —solicitó el maestro.

La mujer, con gran ceremonia, tomó la pequeña linterna y se la aproximó con mano temblorosa. Ekei la observó de reojo y reparó en su rostro compungido, al borde del llanto. Tuvo que reprimir un suspiro y levantar la vista clamando paciencia.

Aproximó la luz y se inclinó sobre el rostro de aquel hombre que le miraba con aire circunspecto, casi con miedo. Lo evaluó durante un instante: ojos hinchados e irritados, respiración trémula, piel enrojecida alrededor del cuello, sarpullidos en el pecho y los brazos. Ayudándose del índice y el pulgar, abrió el ojo derecho del enfermo para observar el interior de aquellos párpados tan inflamados; cuando los liberó, el ojo comenzó a lagrimear. A continuación, pegó su oreja al pecho y pidió a su paciente que tomara aire con fuerza, comprobando que la inspiración era superficial y dificultosa. Por último, palpó la urticaria que recorría el voluminoso torso y los rollizos brazos del mercader, evaluando el relieve de los eccemas. No había lugar a dudas.

Ekei se enjuagó las manos en un recipiente con agua casi hirviendo que habían dispuesto para su visita. Se sacudió las manos enrojecidas e, inmediatamente, su improvisada asistenta le tendió un pañuelo de lino.

—¿Es grave, maese Inafune? —inquirió la señora Ikagawa con voz afectada, temiéndose ya viuda.

—No lo parece, desde luego —respondió el médico, distraído mientras buscaba algo en su yakuro[13] de madera de cerezo.

La esposa del mercader lo miró con aire incrédulo, aunque Ekei no se percató, concentrado como estaba en preparar lo que parecía una especie de pasta verdosa que majaba, una y otra vez, en un cuenco de madera. El ungüento desprendía un olor similar al de las agujas de pino. Desde un principio, aquella mujer le había considerado demasiado joven como para confiar en su criterio, a pesar de que el maestro Inafune llevaba años ejerciendo la medicina y era bien conocido en la región. Dicha desconfianza se vio acentuada por un diagnóstico, a su juicio, tan imprudente.

Desde luego, Ekei Inafune se asemejaba poco a los médicos tradicionales a los que el matrimonio Ikagawa estaba acostumbrado: no era viejo ni encorvado, no mascullaba sin explicar nada, no observaba en ensimismado silencio a sus paciente con aire secretista; por el contrario, hacía muchas preguntas, tocaba aquí y allá, tomaba muestras de pus y de mocos para estudiarlas con detenimiento y, para colmo, recetaba extrañas medicinas que nadie más conocía. Pero no eran ni uno ni dos los que aseguraban que había conseguido sanar a pacientes que llevaban largo tiempo enfermos, en algunos casos de manera casi milagrosa. De ahí que se decidieran a hacerle venir desde Minami.

—Dígame, señora Ikagawa —se dirigió a la mujer, ya que el paciente se negaba a hablar por miedo a que el esfuerzo agravara su dolencia—, ¿es la primera vez que su esposo presenta estos síntomas?

—No. El año pasado padeció de igual modo, estuvo semanas así. Y el anterior también. Pero nunca se había visto tan afectado como este año.

—¿Siempre en la misma época?

—No exactamente, a veces en el tercer mes del año, a veces en el cuarto…

—Comprendo —murmuró pensativo—. Y dígame, ¿suelen ustedes ir a rezar al templo Eiheiji por estas fechas?

La mujer lo miró con expresión perpleja, el rostro demudado ante una pregunta que Ekei consideraba inofensiva. Acto seguido rompió a llorar con un llanto desconsolado, como el de aquellas personas que por fin escuchan la trágica noticia que llevan tiempo mascullando.

—Entonces, ¿cree que debo rezar por su alma? ¿No hay esperanza para mi pobre esposo? —consiguió preguntar la señora entre sollozo y sollozo.

—Me ha malinterpretado, señora Ikagawa —se apresuró a tranquilizarla—. Ya le he dicho que no creo que su esposo padezca nada grave —repitió con paciencia—. Solo me preguntaba si ustedes, como es habitual por estas fechas, tienen por costumbre ir a rezar a dicho templo.

—¿Cree que el Buda nos ha castigado? ¡Siempre le he dicho a Yasutoshi que debía ser más generoso con sus donativos al templo! —La señora Ikagawa lanzó una mirada reprobatoria a su marido yacente, que se agitó con gesto culpable.

—Debo entender, entonces, que sí han visitado Eiheiji —prosiguió el médico, ahora conteniendo una sonrisa.

—Así es. Hace unos días estuvimos en el monasterio.

—¿Y el señor Ikagawa comenzó a sentirse mal allí?

La mujer frunció el ceño mientras hacía memoria, sin comprender adónde quería llegar a parar el médico.

—En el camino de regreso comenzó a picarle el cuello y le costaba respirar, pero dimos por sentado que sería por el calor y el esfuerzo del viaje —dijo finalmente la esposa.

Ekei asintió con gesto satisfecho. Todo parecía claro.

—¿Sabe por qué es popular visitar el Eiheiji en estas fechas? —preguntó el médico, sin esperar necesariamente una respuesta. La señora Ikagawa lo miró en silencio antes de negar con la cabeza—. Los monjes descubrieron que si plantaban almendros y cerezos en las inmediaciones del templo, el número de visitantes, y por tanto de donativos, aumentaba en la época de floración. Lamentablemente, hay personas para las que el polen de estas flores es dañino y enferman si lo respiran o les toca la piel. Parece que este es el caso de su esposo.

La señora Ikagawa volvió a observar al joven médico con desconfianza. Le parecía más preocupado de su aspecto, con ese fino kimono de seda, que de emitir juicios coherentes.

—Nunca había oído de nadie que muriera por pasear junto a los almendros —señaló la mujer con displicencia.

—Ni yo he dicho que alguien pueda morir por hacer tal cosa. A menos que se le caiga un árbol encima, claro. —Sonrió, divertido por su propia ocurrencia. Al ver que la mujer no compartía su buen humor se contuvo y, aclarándose la voz, prosiguió explicándose—: Solo digo que la gente enferma por esta causa, los síntomas remiten cuando se deja atrás la época de floración.

—Entonces, ¿qué nos recomienda?

—En primer lugar, abra esta estancia y airéela por el bien de todos —le indicó el médico a modo de reproche—. Respecto al tratamiento, le dejaré aquí una pasta macerada con hojas de pino y eucalipto, mézclela con agua hirviendo y haga inspirar al señor Ikagawa el vapor. Eso le ayudará a respirar mejor. Además, deberá beber abundante agua para diluir las expectoraciones. Disuelva también en agua caliente un puñado de sal y humedezca gasas de lino en ella, deberá limpiar con estas gasas los ojos de su marido cinco veces al día. Para la urticaria no dispongo de nada en mi yakuro, pero mañana enviaré a mi ayudante, la señora Tsukumo. Ella le traerá un ungüento que deberá extender sobre la piel y cubrir con vendas húmedas; eso lo refrescará y le aliviará el picor.

La mujer se esforzaba por memorizar las indicaciones del médico con gesto concentrado.

—No se preocupe, Tsukumo se lo traerá mañana todo anotado junto con la factura. Pero comience hoy mismo con las inhalaciones.

—¿Cree que unos donativos más generosos podrían paliar también el sufrimiento de mi marido?

Ekei alzó una ceja, pero moderó su respuesta.

—Sí, eso también podría ayudar.

Y antes de que la fe o la superstición pudieran agriarle el ánimo, comenzó a recoger todo el material en su yakuro, con la eficacia que se adquiere en las tareas cotidianas repetidas cientos de veces.

En dichas cajas los médicos guardaban los instrumentos, preparados y recetas que, en algunos casos, habían tardado toda una vida en reunir; de ahí la exquisita y cuidada elaboración de aquellas pequeñas farmacias. La de Ekei llevaba muchos años viajando a su lado, estaba fabricada en madera de cerezo y era más resistente que refinada, ya que exhibía por todo adorno las oscuras vetas de la madera. Pero pensaba que así debía ser para un médico acostumbrado a viajar y recorrer caminos bajo la lluvia o sobre la nieve.

Una vez lo hubo guardado todo, cerró la doble tapa de madera y, con un cuidado casi ceremonial, giró el pequeño cierre de hierro que sellaba aquel tesoro de hierbas y destilados. Tomó del suelo su torcido cayado, poco más que una caña de bambú sellada en sus extremos, y lo introdujo por las dos argollas ancladas a la parte superior del yakuro. Se echó el bastón al hombro y la caja quedó colgando a su espalda.

La señora Ikagawa lo acompañó hasta la puerta de su residencia. Se estaban despidiendo cuando el médico recordó un último consejo:

—El próximo año, creo que sería recomendable para la salud de su esposo peregrinar al templo Eiheiji en otra época: febrero o quizás octubre. Eviten en cualquier caso la época de floración.

—Se lo comentaré.

Se despidieron con una última reverencia y el médico salió al exterior, a una concurrida vía del barrio mercantil de Sabae.

Al sumergirse en el bullicio de aquella larga calle llena de vida, se sintió inmediatamente animado y optimista, como no podía ser de otro modo en un radiante día de verano. Comenzaba la hora del caballo[14] y tenía casi toda la jornada por delante. La desconfianza de los Ikagawa no había hecho mella en su estado de ánimo, pues ya estaba acostumbrado a la reluctancia de muchos de sus pacientes, que no veían con buenos ojos esos aspectos de su medicina que les resultaban tan extraños. Y es que su formación con los médicos jesuitas de Funai[15] —y pocos años después, en el hospital que los cristianos habían construido en Kioto— había dotado a Ekei de una visión de la medicina un tanto distinta a la de la mayoría de sus colegas, imbuidos de la tradición médica china y absolutamente refractarios a todo lo que procediera de los bárbaros del sur.

Pero él no estaba dispuesto a cerrarse a nada: años atrás, cuando supo que los extranjeros habían construido un hospital en Funai, se desplazó hasta allí por pura curiosidad. Quería comparar las prácticas del exterior con la medicina china y japonesa. Le costó hacerse entender, pero los jesuitas que regentaban el hospital lograron vislumbrar que no padecía enfermedad alguna; si acaso, una rara forma de un mal largamente diagnosticado como curiosidad, contra el que no había más cura que dejarle observar. Una vez se ganó la confianza de los forasteros, Ekei y otros médicos japoneses, interesados al igual que él en lo que podía ofrecer aquella medicina, asistieron regularmente como observadores a las instalaciones. ¡Cuál fue su sorpresa cuando descubrió que muchos de aquellos extraños tratamientos eran eficaces!

Entusiasmado por la posibilidad de expandir sus conocimientos y las técnicas con las que atender a sus pacientes, Ekei se estableció durante tres años en Funai, donde abrió una modesta consulta. Apenas obtenía el dinero necesario para subsistir en la ciudad, pero le permitía continuar yendo a diario al hospital portugués. Además, aquella pequeña consulta le brindó la posibilidad de poner en práctica algunas de las técnicas que había aprendido de los extranjeros. Los resultados no siempre eran óptimos, pero se guardó de no perjudicar a sus pacientes, y la posibilidad de ensayar por las tardes lo que aprendía por las mañanas le dio una visión práctica de la que carecía el resto de médicos japoneses que acudían a Funai a observar.

Y es que, para sorpresa de muchos, los bárbaros no intentaban esconder sus secretos; por el contrario, incluso hacían esfuerzos por que entendieran lo que veían y les invitaban a participar a la hora de aplicar un tratamiento o preparar la medicina adecuada. Lo único que pedían a cambio era que se ciñeran al cuello una cadena con su dios crucificado; un amuleto que, al parecer, creían protector y que Ekei y sus colegas, ávidos por aprender, consideraban un insignificante peaje por acceder al hospital de Funai.

Esta experiencia transformó su perspectiva de la vida y de su profesión: si era época de cambios, «¿por qué no debería cambiar también la medicina?», se preguntaba Ekei, definitivamente un médico poco ortodoxo.

Aquella cálida mañana de verano en Sabae, Ekei Inafune se sentía afortunado de vivir los albores de un nuevo tiempo que traería importantes cambios al país. Corría el sexto mes del Año Nueve de la era Keichō[16] y Japón encauzaba una época de paz tras décadas de guerras entre clanes. El shogunato Tokugawa parecía traer consigo una brisa de cambio, y él pretendía aprovecharla para navegar hasta donde pudiera llevarle. Durante años su camino había estado ligado a la muerte, así que ahora le parecía apropiado nivelar la balanza a través de la medicina.

 

* * *

 

Ekei empleó el resto de la mañana en hacer algunas compras en el barrio comercial, atestado de visitantes que iban y venían cargados de alimentos frescos, especias, artesanía y caprichosas golosinas. El verano era una buena estación para hacer negocios y así lo atestiguaban las calles. Y aunque no precisaba de nada en concreto —o, al menos, de nada que no pudiera conseguir en Minami, capital del feudo del clan Shimizu, al que servía desde hacía cinco años como médico de cámara—, le apetecía pasear e impregnarse del ambiente.

Aquellos servicios en ciudades vecinas le reportaban a Ekei algunas monedas extra que, ciertamente, no necesitaba, ya que el estipendio que le había asignado su señor era generoso. Pero continuaba con ellos, pues eran una excusa perfecta para salir del castillo y recorrer la provincia de Echizen, conocer sus caminos, sus ciudades y aldeas, además de darle la oportunidad de departir con los ciudadanos de a pie, que ofrecían una perspectiva de la vida muy distinta a la que se percibía en la corte de un daimio. Ekei valoraba todo aquello mucho más que el dinero que le reportaban sus visitas, y su señor nunca puso objeción alguna a tales servicios externos al clan, en gran medida porque en sus viajes recababa información que Munisai Shimizu disfrutaba escuchando por boca de su médico personal.

Se aproximó a un puesto de dulces para comprar unas bolitas de dango. Pagó gustosamente los doce mon[17] y echó a andar con su yakuro colgado al hombro.

Saboreó la masa de harina de arroz mientras contemplaba el bullicio que lo rodeaba. Calle abajo, unos niños volaban una cometa sorteando con habilidad al gentío que se agolpaba frente a los comercios y tenderetes. En las mesas se exhibían telas de China, cuero curtido, modesta artesanía de barro, aromáticas especias, licores del puerto franco de Osaka, muñecas de cerámica y marfil… Todo ello estaba al alcance de la mano de quien pudiera pagarlo. Y de quien no pudiera. Así que, para disuadir a los posibles ladrones, los oficiales del gobierno local paseaban entre la concurrencia con expresión grave, la mano siempre cerca de la empuñadura del jitte[18]. Ekei saludó cortésmente al cruzarse con dos de ellos y continuó deleitándose en sus bolitas de dango.

Poco más adelante la calle desembocaba en un puente de madera que cruzaba sobre un canal del río Hino. Mientras lo atravesaba, se encontró con dos doncellas elevadas sobre guetas[19] y ataviadas con coloridos kimonos que lo miraron con disimulo al tiempo que cuchicheaban risueñas. Ekei las saludó con su mejor sonrisa y una leve inclinación de cabeza, que pareció divertir aún más a las muchachas. Definitivamente, el día era inmejorable.

Ya al otro lado del puente, la calle se despoblaba y los primeros árboles comenzaban a intercalarse entre los edificios, de modo que arrojaban sobre la vía una sombra reparadora que todos los viandantes buscaban para aliviarse del calor. Poco a poco, su paseo le aproximaba a la posada donde había dejado el caballo. Era un establecimiento casi a las afueras de Sabae, junto a la salida sur de la ciudad, y no se caracterizaba por ser especialmente distinguido, de ahí que a Ekei le gustara frecuentarlo. Enfiló un transitado camino rural que le cruzó con bonzos, campesinos y visitantes de los alrededores de la villa, antes de llegar a la desvencijada puerta del local. En un mugriento tablón de madera se leían, grabadas a fuego, las palabras «Comida» y «Sake».

Ekei agachó un poco la cabeza para pasar bajo la cortinilla y se adentró en el establecimiento en penumbras. El olor a alcohol y mala comida le dio la bienvenida. Era un local viejo, con paredes combadas y unas vigas de roble que sustentaban la techumbre; en un primer vistazo podían parecer sólidas, pero las nubes de serrín que se desprendían de la madera, probablemente provocadas por nidos de insectos, desaconsejaban permanecer bajo aquel techo más tiempo del imprescindible.

Aun así, el local estaba concurrido y dos camareras volaban de un lado a otro con bandejas cargadas de sopa y tazas con sake. La variopinta parroquia se concentraba en las mesas instaladas junto a las paredes del salón, y toda la luz que iluminaba la estancia se filtraba a través de un ventanal cubierto con marchito papel de arroz.

Desde la entrada, Ekei buscó con la vista un sitio donde acomodarse: monjes, jugadores y labriegos compartían el comedor, más un par de ronin[20] de aspecto miserable que, con expresión hosca, charlaban ajenos a todo lo que les rodeaba. Un tercer samurái bebía en una mesa apartada: apuraba su platillo de sake con largos sorbos y, cuando lo encontraba vacío, volvía a rellenarlo con aire ausente.

Decidió sentarse lejos de cualquiera que llevara espada, y optó por una mesa que dejaban libre un par de leñadores. Apenas tuvo tiempo de acomodarse cuando una de las camareras vino a retirar los cuencos vacíos y las tazas.

—No tengo mucho hambre —dijo Ekei—. Tomaré un cuenco de soba[21] y un poco de sake, que no esté muy caliente.

La camarera asintió y se dirigió al mostrador que daba a la cocina. Mientras tanto, él se distrajo contemplando el trasiego de personas que entraban y salían del local. Envidiaba a todo aquel que pudiera emprender camino sin mirar atrás, y en momentos así volvía a asaltarle el impulso de abandonar su puesto como médico del clan Shimizu. Su señoría le tenía en gran estima, y Ekei sabía que no encontraría a otro daimio tan abierto a sus peculiares prácticas, pero cinco años eran muchos para una persona habituada a viajar. La rutina comenzaba a aburrirle.

Pensaba en esto cuando los taburetes vacíos junto a su mesa arañaron el suelo. Levantó los ojos para ver cómo dos hombres de aspecto mezquino se sentaban frente a él. Portaban la daisho, pero sus maneras eran las de vulgares matones.

—Vaya, ¿qué tenemos aquí? —dijo uno de ellos, arrastrando las palabras mientras sostenía entre los dientes una aguja de pino reseca—. ¿No es este el matasanos que suele correr por los caminos, dando el veneno que traen los salvajes a la buena gente de Echizen?

Ekei observó al ronin con mirada distraída, y se dijo que debía tener práctica para hablar sin que la aguja se le cayera de la boca.

—¿Serviría de algo si dijera que os equivocáis de persona? —preguntó con inocencia.

—¡No, no serviría! —respondió su interlocutor, golpeando la mesa con el puño. Desprendía un fuerte olor a sake barato.

—Entonces no lo diré —zanjó Ekei.

—Mira, Tetsuo, el maestro tiene sentido del humor.

—Sí —farfulló el otro—. Veamos si esto le hace gracia. —El matón esbozó una sonrisa ebria mientras ponía sobre la mesa su sable.

Ekei observó el arma sopesando la situación, al tiempo que lamentaba su nula capacidad —y voluntad— de mostrarse más comedido ante ese tipo de gentuza. El hecho de que fueran ronin y no respondieran ante señor alguno dificultaba todo el asunto.

Con el final de las guerras muchos samuráis se habían quedado desocupados y se dedicaban a emborracharse, vagabundear por los caminos y, en algunos casos, incluso a robar a los desprevenidos. Cada vez eran más frecuentes los altercados de ese tipo y si alguien resultaba herido o muerto, a los criminales les bastaba con esconderse una temporada en las montañas, ya que las autoridades, con pocos recursos, pronto cejaban en su búsqueda. Por todo ello, hombres como los que se sentaban ahora al otro lado de su mesa se creían libres para actuar con impunidad.

Ante la visión de la espada, la atmósfera del local se había subvertido al instante: todos permanecían en silencio, atentos con más o menos disimulo a aquella mesa convertida en improvisado escenario de un pequeño drama costumbrista.

Ekei sabía que estaba solo, nadie iba a interponerse entre él y dos ronin borrachos que enseñaban abiertamente sus espadas, por lo que no solo lamentó ser tan lenguaraz, también maldijo su relativa popularidad. Hacía tiempo, preguntado por sus extraños tratamientos, cometió el error de mencionar su relación con los demonios extranjeros, tal como los llamaban aquellos que odiaban a los bárbaros que habían profanado la sagrada tierra del emperador y, por extensión, a cualquiera que tratara con ellos. No tenía duda de cuál era la opinión al respecto de esos dos caballeros, así que tendría que echar mano de todos sus recursos para salir relativamente indemne.

—Señores, sé que no tienen ganas de problemas y yo tampoco. Además, estamos molestando a los clientes. ¿Por qué no continuamos comiendo y bebiendo, antes de que alguien avise innecesariamente a las autoridades?

Aquella amenaza velada, que al mismo tiempo escondía una llamada de socorro, pareció ser demasiado sutil para los presentes, pues ningún parroquiano se deslizó a la calle para alertar a la guardia. O quizás, simplemente, no querían perderse el espectáculo.

No pudo evitar pensar que si sus servicios al señor Shimizu hubieran sido igual de conocidos que sus escasas técnicas de medicina occidental, probablemente no se encontraría en tal situación. Ronin o no, nadie querría molestar a un servidor directo de un gran señor; una cosa era eludir a las autoridades locales y otra escabullirse de un daimio que se sintiera afrentado. Sin embargo, Ekei Inafune siempre había tenido cuidado de no revelar su relación con el clan Shimizu: evitaba usar prendas con el emblema de la familia y solo en el castillo mantenía un trato directo con el señor y sus vasallos. Esa discreción respondía en parte a su deseo de no sentirse ligado a ningún clan familiar y, en un sentido más práctico, le permitía hablar con comerciantes, campesinos y viajeros sin ningún tipo de cortapisas, de modo que podía conocer de primera mano la realidad del feudo y su entorno. Pero aquello, por supuesto, también tenía sus inconvenientes, y uno de ellos había decidido estropearle el almuerzo aquel día.

—Parece que estamos importunando al señor matasanos, camarada —dijo sardónicamente el más borracho de los dos, el que había puesto la espada sobre la mesa.

Ekei observó que la tez de aquel hombre presentaba un color ocre y que sus ojos eran amarillentos; además, el sudor empapaba la despoblada cabeza del espadachín.

—Estás enfermo, deberías beber menos sake y comer más.

—¿Pretendes asustarme? —preguntó riéndose el interpelado—. ¿Crees que soy tan estúpido?

—Haz lo que quieras, pero cualquier día caerás borracho y no te levantarás más.

—¡Maldito matasanos! —exclamó el de la aguja de pino en la boca—. Intenta arredrarnos con sus malas artes.

—Sí, pero así se ha descubierto, ahora todos sabemos que es el médico —dijo el otro, enfatizando lo que consideraba una astuta revelación—. ¿Quieres jugar conmigo, perro? ¿Quieres envenenarme con la mierda extranjera que llevas en esa caja? —Señaló con la katana enfundada el yakuro junto a Ekei.

—No hace falta conocer medicina extranjera para ver que estás enfermo por el licor —respondió Ekei—. Cualquier médico de la provincia te lo diría.

—Empiezo a aburrirme de la insolencia de este perro de los extranjeros, Tetsuo. Creo que todos quieren que le des su merecido.

—Dime, matasanos, ¿puede un médico curarse a sí mismo? ¿Puede tu medicina curar a un hombre al que le han separado la cabeza del tronco? —Sus palabras fueron acompañadas del largo gemido del acero al ser desenvainado.

Al instante, varios de los parroquianos se pusieron en pie y sus taburetes cayeron al suelo. Algunos comenzaron a avanzar lentamente hacia la puerta.

—¡No os mov ...