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EL HERMANO

Joakim Zander

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Fragmento

1

Bergort
Invierno de 2011

Esta noche volamos bajo por el Barrio, nuestra velocidad, perfectamente calibrada; nuestra formación, fuerte y compacta. Esta noche somos inaudibles. Nuestros ojos, meras astillas y rayas. Somos X-Men, Hermanos de Sangre, somos élite.

Hay un coche en llamas en la avenida Drivvedsvägen y oímos las lunas estallar por el calor, vemos los cristales esparcirse como hielo sobre la nieve, esquirlas transparentes de frustración y entretenimiento. Es como cualquier otra noche de este invierno y los chavales ni siquiera se molestan en escapar por el puente que cruza las vías, sino que se quedan junto al coche, tan cerca que las llamas se reflejan en sus ojos abiertos de par en par y les chamuscan la piel. Saben exactamente cuánto tiempo tardan en sonar las sirenas, no tienen ninguna prisa, ningún tempo que cumplir, ya ni siquiera tienen de qué huir.

Pero nosotros no nos detenemos, nuestro objetivo es mayor, ya no somos polluelos que le prenden fuego a los coches, somos águilas y halcones, depredadores con zarpas más afiladas, picos más puntiagudos, mayor apetito. Lois, Zorro, Mehdi y Bounty. Giro la cabeza y miro a mis hermanos, sus contornos como sombras en el resplandor del fuego. En mi corazón hay algo que se expande más y más. He dejado de perseguirte. Hace tanto tiempo que empezaste a alejarte de esto. Y, aunque todavía sea tu sombra la que cae cada noche sobre la pared gris de mi cuarto cuando me pongo a dormir, son ellos, mis amigos, mis hermanos, los que son como yo. Igual de erráticos e inconscientes que yo. Igual de vacíos y cansados que yo.

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—Ey, ¿Fadi?

La voz de Bounty es aguda y hueca, como si no tuviera aire o fuerza suficiente en los pulmones.

—Calla, marica —espeta Zorro.

Le da un empujón en el hombro que hace que Bounty avance un paso al lado, en la nieve aún más profunda.

—Cortaos —digo yo—. Esto va en serio, ¿estamos?

—Pero… —dice Bounty.

—Sin peros, sharmuta.

Zorro vuelve a bufar y levanta la mano.

—Pero ¿estás seguro del código? —continúa Bounty y da un paso hacia atrás, evitando el golpe—. ¿Estás seguro de que no lo han cambiado?

El hormigón se inclina sobre nuestras cabezas, nos engulle, nos tiene presos. El aire está lleno de diez bajo cero y gasolina ardiendo. Me encojo de hombros, noto cómo se me retraen los pulmones. Siento lo de siempre: que no sé nada, que no estoy seguro de nada.

—Que sí, cojones —digo—. Cállate de una vez.

Esperamos en la sombra del otro lado de la Plaza Pirata a pesar de que esté vacía, a pesar de que sea la una y media de la madrugada. Esperamos hasta que oímos las sirenas cortando por la autovía, esperamos hasta que vemos el cielo volverse de color azul sobre el parque infantil. Esperamos hasta que vemos a Mehdi volviendo con paso torpe por las placas de hielo de delante del Samis Kebab; sus zancadas son golpes sordos en la noche de invierno. Las sirenas han callado, ahora solo se oye el ruido de los chavales gritando y graznando mientras cruzan el puente en la otra dirección.

—Todo bien —dice Mehdi, sin aliento; sus pulmones resuellan y pitan por el asma.

Se inclina hacia delante, jadea y gimotea.

—Solo los bomberos, ya ni siquiera mandan a la aina.

Todos asentimos en silencio, con la solemnidad propia de un entierro. Ahora va en serio. La llave me quema en el bolsillo, el código en la cabeza. Echo la cabeza hacia atrás y dejo que mi mirada se pasee por las ventanas llenas de huellas de manos pequeñas del otro lado de la plaza, suba por fachadas agrietadas, persianas enmarañadas, sábanas a modo de cortinas, parabólicas y banderas somalíes, y aún más arriba, por encima de los tejados y más allá. El cielo es negro y frío y esta noche ni han salido las estrellas, ni siquiera medio gajo triste de luna, solo nubes negras y vacías y nada. Aun así dejo que la mirada descanse un momento allí, igual de helada que la noche, que mis dedos. Esta es la elección real. Tú o mis hermanos.

Arranco la mirada de la noche como quien tira de una lengua pegada a un palo congelado, y digo:

—¿A qué esperáis? Jalla!

Volamos en formación por la plaza, silenciosos como unos stealth, como unos putos drones. Somos una unidad, somos gánsteres, somos élite. Ni un ruido, solo el vaho de nuestras bocas, solo respiración y sangre silbando en los oídos, solo nosotros y la misión.

Es fácil. Solo la llave en la puerta, sin miradas hacia atrás. Todo el mundo adentro y luego solo hago lo mismo que tú, lo que te he visto hacer, solo me acerco al cajetín blanco, solo el corazón palpitando, solo el código y «Clave» en la pantallita, solo una milésima de segundo de espera hasta que suena el largo pitido que significa que funciona, que estamos dentro. Chocamos rápidamente los cinco, en silencio, fuera linternas, cruzamos el vestíbulo y entramos en el estudio.

Dos MacBooks sobre la mesa en la sala de mezclas. ¡Flas! Nuestros. Dos Samsung cargándose. ¡Flas! Nuestros. Tres tabletas. ¡Flas! Micros y guitarras. Nos miramos. A la mierda. Pesa demasiado. Me agacho debajo de la mesa de mezclas, me pongo en cuclillas, tanteo en la oscuridad hasta que la encuentro. Saco lentamente la caja de zapatos. Nike. La abro, hundo la nariz y siento el dulce aroma a hierba llenándome los pulmones.

—¡Ey!

Les enseño un canuto ya liado a mis hermanos, quienes abren los ojos y levantan el pulgar. Pero hay más. Lo vi cuando estuve aquí contigo, vi a Blackeye sacar dos mil y dárselos a algún jodido colgado para que comprara alcohol. Fue así como se me ocurrió, fue entonces cuando tuve la idea.

Entro a hurtadillas en la sala contigua, el despacho. Tiro del primer cajón, pero está cerrado. ¡Bingo!

—Zorro —susurro asomando la cabeza en el estudio—. Destornillador.

Zorro es el rey del destornillador, el cincel y la pata de cabra. No hay ventana ni puerta que no pueda abrir, y lo de aquí es demasiado sencillo. Le basta con hacer palanca contra la hoja del escritorio y tira hasta que el cajón salta y se abre de golpe. La cajita fuerte es verde y pesada y detengo a Zorro cuando empieza a pelearse con ella.

—No te rayes —digo—. Lo hacemos luego.

Y después ya está. Fluimos a la calle como el agua, con las manos cargadas de botín, y bajamos al parque, donde nos lo repartimos de cualquier manera. Yo cojo la cajita fuerte y un MacBook.

—Máxima discreción. Nos vemos el jueves.

Y después se acabó. La noche es fría y silenciosa. Ya ni siquiera arden los coches y el cansancio se me echa encima como un océano, como la nieve, como la oscuridad, y vuelvo a casa a trompicones, callado y vacío, no eufórico y lleno de desenfreno, no satisfecho y fuerte, no como yo me había esperado.

Más tarde, en mi cuarto, el resplandor amarillento de la farola de fuera no me suelta ni un segundo, se me cuela por debajo de los párpados y me penetra las pupilas, aunque cierre los ojos y hunda la cabeza en la abultada almohada. Haga lo que haga, no me deja descansar. Al final me rindo y abro los ojos, me incorporo en la cama, pero no enciendo la lámpara. El tiempo se prolonga y se ralentiza hasta que se detiene por completo, y oigo crujir la puerta de mi cuarto, el suelo quejarse y crepitar. No me vuelvo, tan solo dejo que la mirada se detenga en la pared.

Traes el invierno contigo al abrir la puerta y te sientas en los pies de la cama. El aire permanece inmóvil.

—¿Te acuerdas de cuando éramos pequeños? —empiezas—. O a lo mejor ya tenías diez. ¿De cuando empecé a decir que tenía que salir de aquí?

Sé lo que me vas a contar, es una de nuestras historias, parte de nuestra mitología, pero no digo nada. Me limito a quedarme sentado, vacío y con la espalda erguida.

—Había vuelto a tener una bronca con ellos. No recuerdo por qué. Cualquier khara, cualquier mierda, ¿quién sabe? Y me largué. No volví hasta muy tarde. Y tú ya eras demasiado mayor para jugar con tu viejo y sucio lego de segunda mano. Pero, cuando volví, habías colocado todas tus piezas azules en una de esas planchas verdes, un poco de blanco aquí y allá, y lo habías dejado en mi cama antes de acostarte. ¿Lo recuerdas?

Asiento discretamente. Lo recuerdo. Lo recuerdo todo.

—¿Recuerdas qué era?

No digo nada. Ha pasado demasiado tiempo. Han ocurrido demasiadas cosas.

—Dijiste que era un mar. Que habías construido un mar para nosotros por donde podríamos irnos. Y que arreglarías un barco en el que podríamos navegar.

Siento un ardor detrás de los párpados y en el pecho. Siento cómo todo se encoge, noto el pasado ahogándome, el futuro ahogándome. Noto que no se necesita agua para ahogarse.

—Pero no llegaste a preparar el barco, Fadi, solo el mar.

Quiero decir algo, quizá dar una explicación, quizá un perdóname, perdóname, perdóname. Pero sé que lo único que puedo hacer es rechinar y graznar, que lo único que puedo generar es caos y estrés. Nos quedamos en silencio.

Después, al final:

—A lo mejor ahora has conseguido armar el barco, Fadi —dices tú—. Pero solo es lo bastante grande para uno.

Por fin me vuelvo y te miro. Estás cansada y delgada, tu piel se ve pálida en la tenue luz. Te he visto a punto de marcharte desde que era pequeño. Pero nunca te he visto como ahora.

—¿Qué quieres decir? —pregunto yo.

Pareces triste cuando me miras. No decepcionada, ni enfadada. Solo triste.

—¿Qué te pensabas? ¿Que no iban a averiguar de quién era la llave? ¿De quién era el código? Los códigos del estudio son personales. Todo el mundo tiene uno, cada uno el suyo, así que se puede saber quién ha estado allí, a qué hora. Lo primero que van a hacer mañana cuando Jorge entre es mirarlo, y entonces verán que es mi código el que ha sido usado, ¿verdad?

¿Qué voy a hacer? La vergüenza me arde por dentro. El engaño. La maldita estupidez. Soy un khain, un traidor.

—Jorge y Blackeye —digo—. Me van a matar.

—Ellos no —respondes—. Pero Biz o Mahmud o el Ruso seguramente sí.

Ahora noto las lágrimas corriendo por mis mejillas. Es tan vergonzoso, las lágrimas, sin duda, pero también que solo es el miedo lo que me paraliza.

—Fadi, habibi —dices—. ¿Cómo has podido ser tan rematadamente imbécil? Sabes que no se van a contentar con recuperarlo todo. Quien le hace algo así a Pirate Tapes… Joder, Fadi, es lo único que tenemos para sentirnos orgullosos. Quien haya hecho esto es un traidor. Para todo el Barrio. Nadie va a salir en tu favor.

A través de las lágrimas te veo levantarte de la cama e ir a tu armario. Casi nunca vienes aquí, pero sé que aquí tienes tus libretas de bocetos. Ahora te estiras para alcanzar el estante superior, juntas las libretas y los libros y los metes en una bolsa de tela de Pirate Tapes junto con tu diccionario de sueco. Está raído y usado, las esquinas dobladas, de todos nuestros días y noches.

Ahora me parece tan lejano, cuando nos creímos que sería suficiente, que bastaría con aprenderse todas las palabras, que bastaría con canturrear como los demás, no graznar y rechinar. Te detienes y vuelves a sacar el diccionario, lo dejas en la cama.

—Es mejor que lo tengas tú —dices—. Yo ya no lo necesito.

Escondo la cara en las manos, ya no puedo mirarte.

—¿Cómo lo has sabido? —digo en un susurro—. ¿Cómo te has enterado de lo de Pirate Tapes?

A través de las manos te vislumbro encogiéndote de hombros, negando con la cabeza.

—Os vi fumando sin parar en el puente ayer por la tarde. Estaba claro que teníais algo entre manos. No sois tan smooth, Fadi. Después oí lo del robo. ¿Sabes? No soy gilipollas.

—¿Qué vas a hacer? —digo—. ¿Dónde te vas a meter?

—Eso no importa. Es mejor que no lo sepas. Ya te llamaré.

Te pones en cuclillas a mis pies, me apartas las manos de la cara, me obligas a mirarte.

—Escucha —dices, y tu voz es tan seria que hace temblar el aire que nos rodea—. Ellos comprobarán que fui yo la que estuvo en el estudio anoche. Es mi código. Si desaparezco sin decir una palabra, no hay motivos para que sospechen de otra persona.

Me coges de las muñecas, me miras directamente a los ojos, a través de las lágrimas y la vergüenza, de los espejos y el humo, de los espejismos, miras directamente a lo que quizá sea yo, directamente al fondo de mi ser. No sé qué hacer, abro la boca y la cierro, intento apartar la mirada de tus ojos profundos, pero tú no me sueltas.

—Pero no lo entiendo —intento.

—Es simple, habibi —dices—. Al final me has construido un barco.

Me mesas el pelo con la mano.

—Perdóname —digo—. Perdóname, perdóname.

Cierro los ojos y noto tus labios secos en mi mejilla. Cuando los vuelvo a abrir, has desaparecido.

2

Brooklyn, Nueva York
Jueves, 13 de agosto de 2015

El cemento debajo del colchón delgado, el ruido de un camión en la calle que hace vibrar las ventanas sucias, las voces esporádicas y el taconeo de zapatos en el asfalto, las sirenas por la Atlantic Avenue, el calor que aprieta y estremece, el pulso que resuena entre las paredes de ladrillos, la llave en la puerta.

Yasmine se incorpora. La cabeza se le despeja en cuestión de segundos, los ojos abiertos, de par en par, preparados para cualquier cosa, casi cualquier cosa. Todos los sonidos, y la luz que se refleja en el suelo. Oscuridad, reflejos y señales que no sabe identificar en un primer momento, que no logra integrar. Solo la llave en la puerta. Mira a su alrededor, se pasa la blusa del día anterior por la cabeza y los hombros, se pone los tejanos, se pasa los dedos por la gruesa melena negra y se levanta en silencio. Le sorprende el frío del tosco suelo al contacto con sus pies.

La cerradura se entorpece y se revuelve. Chickchackchackchick. La llave se retuerce y empecina. El ruido resuena y brinca por el piso vacío. Las luces azules de la calle titilan por la ventana, sobre los lienzos medio terminados que se apoyan en las paredes.

Es plena madrugada. ¿Cuánto lleva durmiendo? ¿Acaso ha dormido algo? El desfase horario zumba y sisea en su interior, como si todos sus sentidos se filtraran a través de una frecuencia de radio lejana que disminuye su ritmo, que la vuelve torpe y lenta. Sacude la cabeza otra vez para reducir el zumbido, para aclarar la mente. Se mueve con cuidado en dirección al ruido, a la puerta, de manera instintiva y reactiva, como un animal. A su espalda las sirenas se alejan por el asfalto agrietado y dejan tras de sí algo que parece calma. Solo el ruido de la llave en la cerradura.

Se acerca más a la puerta, tanto que sus labios rozan la chapa cuando susurra en sueco:

—¿Eres tú?

Los restos de aire de avión en sus pulmones hacen que le salga una voz seca y afónica. La llave deja de traquetear en la cerradura.

—¿Yasmine? —dice él al otro lado.

El modo en que dice su nombre. La entonación y la melodía entrecortada e impaciente en su pronunciación. La agresión y el desconcierto. Todo lo que han construido se derrumba en un instante. Ella hace girar la cerradura y la puerta se abre.

David casi tiene el aspecto de siempre, casi el de hace una semana. Son los mismos labios ligeramente torcidos, el mismo surco en la frente. Los mismos pómulos y hoyuelo en la mejilla izquierda, la misma cabeza rapada, la misma camiseta gris con las mismas manchas de espray y rotulador, los mismos tejanos de tela vieja y gruesa que ella le compró en Shibuya en su primer viaje a Tokio. Pero también la perilla y las uñas sucias, la mirada de mercurio y la mandíbula inquieta.

—Yasmine, baby!

Se abre de brazos, cruza el umbral con los dientes brillando amarillos bajo el resplandor de la calle. Ella da un paso atrás y se retuerce para alejarse de él, de su intento de abrazo.

—Baby, I didn’t realize… What time is it?

Él gira la muñeca en busca de un reloj de pulsera que no lleva puesto, se golpea los bolsillos en busca de un móvil que al final logra sacar. Lo toquetea frenético sin conseguir que reaccione.

—What the fuck? I’m outta battery, baby! What time is it?

Mastica y mastica y deja caer el teléfono, que restalla sobre el hormigón. Se acerca a ella, ahora con las manos por delante y haciendo cuenco para rodearle la cara. Ella retrocede hasta que llega al centro de la sala, del loft, como él lo suele llamar, pero no es más grande que una habitación de estudiantes, un vestidor, aunque el techo sea alto y la ventana, a veces, algunas mañanas, temprano, llene el cuarto de luz.

—¿Por qué estás hablando en inglés? —pregunta ella.

Él se detiene y la mira como si no se hubiera percatado del todo de su presencia hasta ahora.

—¿Cómo has entrado? —dice él en sueco, en un tono acusador que suena a paranoia y agresividad.

—David —dice ella, con la cabeza ladeada, como una niña—, ¿qué ha pasado?

Permanece en el centro del suelo de cemento y de brazos cruzados. Nota la rabia que tiene dentro, creciendo. Hay un agujero dentro de ella, dentro de ellos, dentro de esta habitación. Cada vez que ella cree haber agarrado la abertura porosa del agujero nota cómo este se expande y sus dedos empiezan a deslizarse por la gravilla. Por mucho que luche, patalee y sangre, cae sin tener dónde aferrarse, siempre hacia abajo.

—¿Eh? —dice él—. ¿Cómo que qué ha pasado?

Abre la nevera y saca y mete los cajones para las verduras, aparta sobras de comida en los estantes. Un paquete de mantequilla cae al suelo sin que él parezca darse cuenta.

—Timmy y Aisha dieron una fiesta, después salimos con Rasheed y algunos más.

Se vuelve hacia ella, sorprendido.

—¿Qué haces aquí? No ibas a volver hasta el jueves.

—Es jueves —dice ella, y se aprieta las sienes con los dedos—. O a lo mejor ya es viernes.

El zumbido no cede, más bien lo contrario.

—Timmy y Aisha montaron la fiesta el martes —dice ella—. No has pasado por casa desde entonces, ¿verdad?

Él se encoge de hombros y parece esforzarse en pensar.

—¿Jueves? —dice él—. Rasheed y yo nos quedamos atrapados con unos ritmos que le han salido. Luego fuimos a una fiesta en Bushwick. Lauren estaba allí.

Parece esperarse algún tipo de alabanza por haber mencionado el nombre de una galerista que ambos saben que nunca expondrá ninguno de los cuadros de David.

—Estaba la hostia de interesada en el nuevo rumbo que estoy cogiendo, ¿sabes?, los pájaros y las iglesias. ¿Te lo he contado?

Yasmine se pone en cuclillas, esconde la cara en las manos. Sus dedos resbalan en la gravilla.

—Mil millones de veces, David. Pero no has pintado una mierda, ¿verdad? ¡Ni una puta línea!

Se vuelve a levantar, va al colchón doble del rincón y coge dos papeles finos que crujen. Vuelve hasta David y se los deja en la encimera de la cocina que tiene delante sin decir palabra.

Él se inclina y los mira con ojos entornados.

—Bah —dice—. Olvida eso. Pasará una eternidad antes de que nos lleven a juicio. We’re artists, baby! Los desahucios solo son parte de nuestra historia.

—Vamos a juicio en diez días, David. Después nos quedaremos en la calle, ¿me oyes? Te he dado dinero cada semana para que pagues el maldito alquiler. ¿Qué has hecho con él? ¿Speed? ¿Fiestas en Bushwick?

Más y más abajo en el agujero. Ya ni siquiera tiene fuerzas para resistirse.

—Necesito un trago —dice él, y abre de un tirón la puerta del congelador.

Trastea y remueve con las manos en el compartimento helado hasta que consigue coger una botella empañada que alza en la penumbra gris de la noche. La agita y la pone boca abajo antes de tirarla con todas sus fuerzas contra la pared gris de ladrillos. La botella no acierta en la ventana por medio palmo y revienta en una cascada de cristales congelados.

—¿Por qué cojones te has bebido el vodka? —pregunta David furioso, y se vuelve hacia ella.

Quizá sea el desahucio, quizá sea el viaje y el desfase horario. Quizá sean la tristeza y el desconcierto del último mes lo que se retuerce y expande en su interior. Quizá sea el agujero bajo sus pies, que no para de ensancharse. Quizá sea la suciedad debajo de las uñas de David. Quizá sea lo que le hace ver el fondo oscuro y sangriento del agujero. Quizá no sea nada. Pero de repente la amenaza de David se convierte en promesas. De repente ella sabe lo que hace falta.

—No he tocado tu vodka, David —dice.

Y no solo eso. No le tiembla la voz, no aparta la mirada, no retrocede ni un paso, no se marcha de allí. En lugar de todo eso, se cruza de brazos y da un paso al frente, hacia él. Nota cómo un trozo de cristal le abre un corte profundo en la planta del pie izquierdo, nota lo frío que está el cristal a pesar del calor, incluso lo fría que está la sangre con tanto calor.

David parece consternado. Lo que ella está diciendo no cuadra con la historia que tienen, una historia llena de episodios en los que ella está de rodillas en un rincón con un recogedor o un papel o cualquier cosa barriendo cristales. Por un momento él parece preocuparse. Las mandíbulas aprietan. Las pupilas amenazan con estallar. Luego:

—¿Qué coño has dicho?

Él da un paso en dirección a Yasmine y la comisura de su boca sufre espasmos por el speed o por el esfuerzo o por la falta de sueño. Ella nota los dedos resbalando en la gravilla, entre arañazos y rasguños, la sangre brotando de su cuerpo, del pie, sobre el hormigón.

Sabe que puede acabar aquí y ahora. Que puede dar marcha atrás y doblegarse. Ir a buscar papel en el lavabo y recoger los malditos trozos de cristal. Que puede bajar corriendo al indio que abre toda la noche en Classon Avenue y comprar una botella de Jack. Él podría tomarse la mitad y quizá gritar un rato. Yasmine podría darle la vuelta a su odio para que no apuntara hacia ella, sino hacia fuera, a los galeristas y los agentes y todos los demás que tienen que pagar el muerto de que él no haya pintado un cuadro decente desde que llegó a Brooklyn. A lo mejor le puede pedir dinero prestado a Brett para evitar el desahucio. Hacer un par de viajes a Tokio o Berlín. Seguir ahorrando para tener un colchón, para un piso o para desaparecer una noche oscura. Puede hacer todo aquello que ya ha hecho cien veces antes, dejarse caer lentamente en el agujero otra vez y dejarse engullir de nuevo por la historia.

Pero no lo hace.

—Te he dicho que he estado diez días en Tokio —dice—. Y sabes que no he tocado tu jodido vodka.

Él se le acerca un paso y por un momento parece sopesar lo que ella acaba de decir.

—Mientras tú has estado aquí gastándote la pasta del alquiler por enésima vez en fiestas con tu puto club de perdedores, yo me he roto la espalda para que podamos salir adelante, salir de esta mierda —continúa.

Ya ha ido demasiado lejos. Más que nunca. Pero la falta de sueño la vuelve ligera y volátil. Por un instante es como si ya no formara parte de esto, no del todo. Es como si este último mes la mano que la aprisionaba hubiese perdido fuerza de manera momentánea, como si lo que ella y David han tenido juntos ya no fuera real, sino mera materia y mito y sueño.

Ya ha pasado un mes, un mes entero desde que Fadi desapareció para siempre, un mes desde que su teléfono le vibró en el bolsillo en el metro, en algún punto debajo de Washington Square Park, y el mundo se ralentizó a su alrededor. Ha pasado un mes desde que empezó a huir de ello, de la tristeza y del pasado, más deprisa y más lejos de lo que se creía capaz. Y, luego, cuando ya pensaba que no podía alejarse más, cuando empezaba a tener la sensación de que la terrible sombra de la pena iba a alcanzarla, cuatro días atrás recibió el segundo mensaje. La imagen borrosa de lo que quizá era Fadi en Bergort. Fadi está muerto. Fadi está vivo. Ya nada encaja, ya no hay ningún patrón.

—¡Maldito cabrón! —grita ahora, y nota cómo la voz se corta, se vuelve cruda y ulcerada.

—¡Cállate! —ruge David, más alto, más profundo.

Él levanta una mano delante de la cara de Yasmine, como para impedir físicamente que sus palabras llenen la estancia.

—¡Que te calles de una puta vez! ¿Quién coño te crees que eres? ¿Eh? No te debo una mierda. Lo sabes.

Ahora él está pegado a su cara, ella puede percibir su aliento químico, el áspero olor a sudor de una fiesta de cuarenta y ocho horas en su ropa, en su piel. Ahora la voz de David es más grave, más amenazante.

—¿Quién eres tú para venirme con esa mierda? Si no fuera por mí aún estarías en morolandia. Si no fuera por mí, estarías trabajando en el puto salón de belleza en casa de la madre de tu amiga, rodeada de hormigón, maldita zorra desagradecida. O estarías muerta, como tu jodido hermano. Restregarme por la cara tus viajecitos a Tokio… Como si no fuera yo el que te los consiguió. ¡Joder!

Ella nota la saliva de David salpicándole la mejilla y sabe que lo que dice es cierto. Lo ha dicho tantas veces antes. Ella lo ha pensado tantas veces que la deuda que tiene con él es tan grande que justifica el agujero, que lo justifica todo. Nota cómo el puño de la historia vuelve a aprisionarla. Su fuerte opresión se la lleva y poco a poco la va arrastrando hacia abajo.

Justo ahí está a punto de soltarse del borde. Echarse a los brazos de David. Pegarse a él, notar su cabeza en el hombro, sus brazos rodeándole la cintura.

Pero esta noche hay algo distinto. Es como si hubiera una escalera de cuerda colgando por el agujero, justo al alcance de su mano. La muerte y resurrección de Fadi. El mundo se sacude y gira y le produce vértigo. El viaje entre franjas horarias la vuelve ligera e irreal. Pero sabe que no conseguirá agarrarse por sí sola a la escalera, que lo necesita a él, incluso para esto. Quizá sobre todo para esto. Necesita sus manos para salir del agujero sin fondo y desencallar su historia. Lo necesita para liberarse y para poder salvar cuanto sea salvable.

Así que se arma de valor y se retira, obliga al cariño a transformarse en odio con nada más que su propia voluntad. Le da un empujón con todas sus fuerzas en el pecho y se desgañita gritando con toda la energía de que la ha dotado la historia anómala que comparten.

Él tropieza hacia atrás, por un momento desorientado.

—Joder, qué pedazo de fake eres —le grita—. ¡Eres un auténtico payaso, David! Te crees un artista…

Suelta una risa hueca, carente de alegría.

—¡Un artista! ¡Menuda broma! ¡Llevas un año sin hacer una puta mierda! Eres un yonqui, David. A un paso de la calle. ¿Y tú me ha salvado a mí? Lo único que te separa de un puto banco del parque soy yo.

No le da tiempo de más porque el puño cerrado de David le asesta un golpe en la sien. Yasmine nota la quemazón y el silbido en la cabeza, se siente ingrávida. La habitación empieza a dar vueltas y a saltar mientras ella cae de espaldas al suelo. El sabor a metal en la lengua. Le sabe a pena y vacío. Como el final de una historia.

Le sabe a victoria.

3

Bergort
Otoño de 2000

Así que se llama Bergort, ellos lo llaman Bergort, pueden llamarlo como quieran, a nosotros nos da igual. De todos modos, no lo sabemos pronunciar, y eso que ya somos mejores que ellos. Ahora lo sabemos: ellos nunca sabrán hablar aquí, nunca podrán hacerse entender. Fuera de estas paredes serán mudos, peor que mudos, porque lo van a intentar. Sisearán y se encallarán y se creerán que sus largas consonantes y sonoras vocales bastarán para salir adelante, que basta con poder tartamudear y tropezar hasta llegar a lo que uno quiere. Pero no es suficiente, nunca es suficiente. Sus brazos agitándose, sus miradas saltando, pantalones de traje negros y raídos, velos y joyas. ¿Cómo iba a ser eso suficiente? Nosotros lo hemos sabido desde el primer día. ¿Cómo lo han podido pasar por alto? Que aquí somos extraños. Que nunca seremos más que la suma de nuestras limitaciones. Que para la gente como nosotros nunca es suficiente con hacer todo lo que podemos.

Así que aquí tomamos una decisión, en el suelo de la sala de estar de nuestro nuevo, viejo, piso destartalado, con rayas en el parqué, garabatos de niños en los armaritos de la cocina, con nuestros ridículos recuerdos aún metidos en cajas de mudanzas junto a la pared, aún a la espera de que alguien coja las riendas de la situación. Que alguien nos desempaquete y nos meta en todo esto que es nuevo. Aquí en el parqué decidimos que no somos como las cosas que hay en las cajas, que no podemos esperar a nadie, que nunca podremos confiar en esos que están en la cocina, los que nos han traído hasta aquí y luego han capitulado. Esos que no son más que ropa vieja, ideas viejas y lengua vieja.

Permanecemos en silencio. Los oímos tartamudear y murmurar en la cocina, quejarse del tahinin del colmado de la plaza, que si los tomates son ácidos, que si el perejil, que si el aceite de oliva, que si aquí arriba no hay hortalizas que valgan la pena. Nos miramos y tú me sonríes y me acaricias la mejilla, me apartas un mechón de pelo de la frente. Me acabas de enseñar una palabra que es tan divertida. Wienerschnitzel. Es algo que han servido en el comedor de la escuela, algo que era marrón y gris y que a lo mejor contenía carne. No deberíamos comer cerdo, pero a nosotros eso nos da igual. Venía con patatas, siempre ponen patatas en todo.

Estamos ahí sentados en el suelo escuchando su murga y sus quejidos en la cocina y da la sensación de que aquí estamos solos, tú y yo, que hay océanos y mundos enteros, galaxias y universos entre nosotros y la cocina. Una brisa fría se cuela por la puerta del balcón y tú me susurras:

—A lo mejor deberíamos comer más Wienerschnitzel.

Y nos reímos hasta que nos quedamos sin aire. Aquí es donde empieza. Aquí es donde decidimos que solo somos nosotros.

Al principio nunca salimos más que para ir a la escuela. Yo te espero delante de los barracones y me escondo detrás de los arbustos que pierden las hojas en otoño y se quedan igual de calvos y feos que todo lo demás. Mientras cuento los minutos en el gran reloj del edificio de ladrillo del otro lado del patio, voy recolectando aquellas bayas blancas de los arbustos y las noto explotar y derramarse entre mis dedos.

Siempre hace un día gris, siempre llueve, hasta que se pone a nevar. Y al principio no me lo puedo creer, esos copos que salen de ninguna parte y que son livianos como un pensamiento, como un sueño, como el viento. Tengo frío y brinco y tirito y espero y espero y espero.

Y me pregunto quiénes son los que pueden ir allí, a la gran escuela de ladrillo, y por qué nosotros tenemos que venir a estos barracones, y cuento los segundos que me parecen minutos, horas y días, hasta que por fin sales por la puerta, siempre la primera, siempre sola, siempre oteando los arbustos hasta que tus ojos me descubren. Y entonces deja de hacer frío, deja de ser desolador, los segundos dejan de ser horas: la tarde se vuelve libre e infinita, allende todo reloj y tiempo.

Es este otoño, este invierno, que cambiamos sus Wayed Wayed por nuestro Razor Tongue y 7 Days y Britney. Es este otoño, este invierno que cruzamos el asfalto, entre setos pelados y hierba helada, atravesando un mundo que se vuelve cada vez más oscuro hasta que pienso que nunca más volveré a ver el sol, que ha desaparecido y me ha dejado solo. Igual que todo lo demás me ha dejado solo. Todo menos tú, hermana mía.

Y caminamos despacio hasta su casa, cruzando el asfalto helado, arrastramos los pies por la nieve virgen entre las casas creando surcos y canales, señales que podremos seguir a la vuelta. Como si fuéramos Hansel y Gretel y no necesitáramos una manera de encontrar el camino de vuelta a casa, sino una manera de encontrar otra forma de marcharnos.

El frío cala tan deprisa y se me hielan los pies en mis viejas zapatillas de tenis cuando la nieve se cuela debajo de la lengüeta, por los agujeros de la suela y por los bajos de mis pantalones demasiado cortos.

—Creces demasiado rápido, hermanito —dices tú—. Dentro de poco ya no nos llegará para tus piernas.

El frío logra atravesar la chaqueta de poliéster y la rebeca de color mostaza de Myrorna, la tienda de ropa de segunda mano, e incluso atraviesa la camiseta y la piel hasta llegar a los huesos y el tuétano.

—Dentro de poco estaremos en casa, habibi —dices—. Nos daremos un baño caliente.

Y nos reímos porque no tenemos bañera, solo una ducha con chorro ralo y fino de agua tibia en el único lavabo del piso, pero la risa me reconforta.

Tú dices:

—Tambor, tutor, trotar, tener.

Nuevas palabras que has aprendido. En tu boca recuerdan al trino de un pájaro, totalmente ajenas, no humanas. Pero sabemos que son la llave, que lo son todo, todo. Entendemos que ahora estamos aquí, que no tenemos opciones, que no podemos cambiar nuestros pantalones cortos, nuestras zapatillas mugrientas, nuestra casa agobiante y horrible. Pero podemos practicar la melodía hasta que sepamos cantar las canciones mejor que nadie. Y, cuando la primavera al fin esparce su pálida luz sobre la hierba amarilla, yo grazno:

—Gallo, tallo, fallo, pollo.

—Pero si eso no rima —dices tú.

Y nos volvemos a reír, sin parar, sin respirar, hasta que nos desplomamos en la nieve semiderretida, dos críos livianos, flacuchos y completamente solos en un mundo totalmente ajeno.

A veces, por las tardes no hay nadie cuando llegamos a casa, el piso está a oscuras y apagado, solo quedan los olores. Entonces nos arrepentimos de no habernos dado más prisa, de no haber vuelto corriendo a casa a través del invierno para así tener más de esos instantes para nosotros solos aquí dentro, en la oscuridad, en el relativo calor.

Esas tardes para nosotros, cuando ponemos los cojines en el suelo, bien pegaditos, casi metidos en la tele, son lo más cerca que he llegado a estar de la felicidad durante todo este tiempo. Aprendemos la palabra zapping, y hacemos zapping por los canales árabes hasta que encontramos Ricki Laje y Oprah y las repeticiones de Beverly Hills. Untamos pan seco en hummus o baba ganoush o lo que encontremos olvidado al fondo de la nevera, detrás de los tomates ácidos y los pimientos insípidos medio podridos. Después nos quedamos allí tumbados, aún con frío, pero adormecidos, con los ojos entreabiertos, y tú me lees los subtítulos en voz alta con voz pesada y cansada y tan cálida que sueño en poder envolverme en ella como si fuera una manta, el edredón más grueso y mullido, y dormir hasta que el frío haya abandonado mi cuerpo y el sol entre por las ranuras de las persianas rotas y nos vuelva a brindar el mundo.

Pero normalmente uno de los dos está en casa después de sus cursos o trabajos temporales, con sus suspiros y jadeos, sus ojos cansados, sus broncas desganadas, preguntas descorazonadas sobre deberes y sermones enfurruñados y manos abiertas y en alto cuando decimos que no tenemos nada. ¿Cómo vamos a aprender nada? Esta sociedad es demasiado débil, demasiado liviana. Que hagan ellos sus propios ejercicios de mates y árabe, porque pueden oír cómo nos vamos escurriendo, cómo nos vamos alejando de ellos, cómo susurramos a hurtadillas:

—Asa, rasa, masa, casa, tasa, gasa.

—Gol, mol, col, sol, rol, bol.

Pueden oírnos graznar y casi canturrear.

Pueden ver cómo nos crecen las alas.

4

Manhattan, Nueva York
Sábado, 15 de agosto de 2015

El sol ya se asoma tras una neblina gris de verano cuando el tren sale chirriando al puente de Manhattan. Ya hace calor y el ojo izquierdo de Yasmine palpita y le duele. Pero si hay algo físico que la preocupa es el pie, del que enseguida extrajo el trozo de cristal ayer por la mañana antes de ponerse las zapatillas Canvas. Solo lo extrajo, no se lavó ni se vendó debidamente la herida hasta mucho después, por la tarde, en los lavabos de un diner de Prosper Heights. Ahora puede notar la herida latiendo sobre la suela de caucho, la sangre untando y embadurnando la abultada compresa. Tampoco fue de gran ayuda el que se pasara horas deambulando en la oscuridad de Prospect Park ayer por la noche, como una muerta viviente desvelada, hasta que al final se metió en un hotel demasiado caro para ella, en Dean Street, para pasar otra noche negra en vela.

Otea el río y la silueta compacta y gris matinal de la ciudad, y es como si su vida hubiera vuelto a terminar, como si una vez más hubiera alcanzado el límite de lo que su vida es o ha sido. La sorprende que esa sensación no tenga apenas nada que ver con David. Se había imaginado de otra forma el momento en el que finalmente iba a dejarlo. Más nítido y claro, algo colosal, no por añadidura y en medio de otra cosa, algo más grande, más importante.

Ahora todas sus posesiones yacen a su lado en el asiento. Una bolsa de tela de la armada estadounidense que compró para su primer viaje a Liubliana, hace medio año. Dentro lleva la libreta, el portátil, algo de ropa interior, camisetas, varios pares de calcetines, una falda holgada azul marino de media pierna de un diseñador inglés, tan cara que le dio un vahído cuando hizo clic en el botón de envío de eBay unos meses atrás. Y una parka M51, del tamaño más pequeño, pero aun así demasiado grande, que se compró en la misma tienda outlet de la armada. Luego el teléfono y la tarjeta de crédito activada de American Express en el bolsillo. Es todo lo que consiguió llevarse. Todo lo demás forma parte del pasado. De otro de sus pasados.

Vuelve a sacar el teléfono, las vibraciones del tren al cruzar el puente se propagan y hacen que le tirite la mano, nota el teléfono saltando y temblando. Está caliente, exactamente igual que un mes atrás mientras iba en otro vagón de metro, de camino a la parte alta, como ahora, para encontrarse con algún cliente en Grand Central Station. Ya no recuerda ni quién era ni de qué se trataba, solo que el teléfono tintineó en su mano y que un escalofrío le recorrió el cuerpo de vergüenza y alegría a partes iguales cuando vio el remitente. Un mail de Parisa. Vergüenza porque la obligó a pensar en todos los mails que no le había contestado. Vergüenza porque transportó su mente de vuelta a Bergort, a su antigua vida, a todo lo que había dejado atrás, a Ignacio, a Fadi.

Al mismo tiempo, alegría porque Parisa resistía y seguía escribiendo de vez en cuando, alguna vez al año, a pesar de que Yasmine no contestara nunca, a pesar de no saber si Yasmine siquiera leía sus mails. Incluso Fadi acabó dejando de escribir. Al principio ella había querido contestarle, al menos a los correos. Había formulado las respuestas en su cabeza tumbada en el colchón en el suelo en Crown Heights. Mails largos y detallados, llenos de explicaciones y promesas de que volvería.

Todavía lo hacía, incluso ahora, quizá tres años después del último correo de Fadi. Pero nunca llegaba a escribirlos. No porque no quisiera, sino porque no sabía cómo empezar. Su ruptura con Bergort había sido tan repentina y absoluta. Había sido la única manera; había dejado a Fadi y se había ido con David directa al aeropuerto de Arlanda. ¿E Ignacio? ¿Había sabido algo? ¿Que se estaba yendo? ¿Que ese era el motivo por el cual lo había dejado con él incluso antes de conocer a David? Al final incluso los mails de Ignacio habían dejado de llegar.

David y ella habían estado como borrachos al comprar los billetes con el dinero de las becas estudiantiles, y ella cerró sus cuentas de Facebook e Instagram al mismo tiempo. Borró todo cuanto la había tenido presa en la telaraña del Barrio. Todo excepto la dirección de correo electrónico, una última cuerda de salvamento. Todo menos la vergüenza.

¿Cómo pudo dejarlo todo atrás tan rápido? Bergort, ...