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EL INSTANTE PRECISO EN QUE LOS DESTINOS SE CRUZAN

Angélique Barbérat

5


Fragmento

1

Willington. Estados Unidos. Costa Este

«Me encantaría volver al instante preciso en que los destinos se cruzan», dijo la madre de Kyle al salir del cuarto de baño con las gafas de sol puestas. Kyle no entendía nada. Claro, tenía cinco años, con cinco años, ¿quién comprende esta clase de cosas? Con cinco años, ¿a quién le extraña que su madre lleve gafas de sol en casa? Con cinco años, ¿cómo no iba a creerla cuando ella le aseguraba que solo le escocían los ojos o que se había dado un golpe?

No. Como todos los niños a esa edad, el pequeño la encontraba guapa. Le gustaba estar cerca de ella. Jugaba con sus coches y levantaba la mirada de vez en cuando. Algunos días la madre de Kyle canturreaba en voz baja… y otros se ponía las dichosas gafas oscuras.

—¿Estás bien, mamá?

—Juega con tus coches, Kyle, por favor.

Su tono de voz era lúgubre, y el niño comprendía que necesitaba silencio. Se callaba para complacerla. Aguardaba —sin saberlo— a que se encontrase mejor. A que saliera del baño sin las gafas. A que se sentase al piano y dejara que sus dedos, largos y finos, se desplazasen por las teclas a toda velocidad. Kyle se preguntaba cómo podía moverlos tan deprisa sin equivocarse. A veces ella cerraba los ojos o miraba al frente. A lo lejos. «Quizá allí donde la lleve la música.» Él se acercaba deslizándose con sigilo. Tenía cuidado de no molestarla. ¡Faltaría más! Cuando su mamá tocaba con tanta ligereza, él hubiera deseado que se quedara así para siempre. La música salía de ella para entrar en él. Se fundían en uno, y su mundo era hermoso. El niño aguardaba el instante en que ella posara las manos sobre las rodillas para ir a sentarse junto a ella en la banqueta. Mamá lo acogía entonces en su regazo y le decía al oído: «Un músico lee con las manos…», «Un músico cuenta la vida con los dedos…», «Un músico respira con la música…».

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—Pon los dedos aquí. Así. Eso es. Sin apretar. Relájalos… ¿Lo oyes? ¿Lo sientes?

—Sí —murmuraba él escuchando cómo la nota le subía por dentro.

—La música vive en ti ahora.

—Sí, mamá.

Otro día, sin venir a cuento, le había dicho:

—Kyle, creo que los hombres siempre han necesitado la música.

—¿Los primeros hombres también?

—Sí —contestó la madre riendo—. ¡Los primeros hombres también! Estoy segura de que aprendieron que si golpeaban los troncos podían crear sonidos que les harían bien.

—¿Porque no sabían qué hacer con las manos?

La madre repitió con esa voz suya tan particular: «No sabían qué hacer con las manos…», y luego añadió enseguida:

—Porque la música mata el aburrimiento y porque puede hacerte feliz.

—Pero, mamá, a veces lo que tocas es triste.

—Cuando estás triste, la música… puede evitar que… Te transporta a un mundo donde…

Su voz se hizo inaudible, y Kyle sintió miedo.

—¿Donde qué, mamá?

Ella cerró el piano de golpe. A él no le gustaba que no terminara sus frases y dejara de tocar. La observó mientras volvía a colocar sobre el piano el tapete y la planta. Mientras pasaba una mano por el taburete para quitarle el polvo, lo ponía en su sitio y decía con una voz que ya no era exactamente la misma:

—Ven. Tu padre estará a punto de llegar.

Entonces, en días como esos, su mamá se metía en la cocina, y él comprendía que su ligereza se había esfumado. Sus manos ya no tocaban las cosas con dulzura. Se ponía nerviosa y se miraba el reloj. Echaba un vistazo rápido por la ventana. Al reloj. Por la ventana. Kyle se subía a una silla e intentaba averiguar de qué estaba pendiente su madre. Solo distinguía el arce grande que extendía sus largas ramas sobre la entrada. ¿Vería ella cosas que le daban miedo? ¿Vería arañas peludas y feas?

—¿Qué miras, mamá?

Ella no respondía y se iba a poner la mesa. Colocaba los cubiertos y los vasos con precisión milimétrica. Todo debía estar impecable y perfecto. Cuando no tocaba el piano dedicaba todo su tiempo a las tareas del hogar y a cambiar el agua de los jarrones. Todos los días. Decía que era importante no descuidar las cosas.

—Si tienes una planta o un animal, hay que ser cariñoso con ellos. Darles de comer, hablarles, acariciarlos. Tienes que mimarlos. Decirles que los quieres.

Luego, de pronto, se volvía hacia su hijo.

—¿Me prometes que siempre serás un buen chico, Kyle?

—Pero… yo soy bueno, mamá, ¿no?

La madre no respondía, o lo hacía con tanta indiferencia que el niño sabía que ya no le estaba hablando a él. Que ya estaba en otro lugar. Ella miraba el reloj, y Kyle no entendía por qué tenía tanto miedo. Ni por qué llevaba esas horribles gafas de sol durante días enteros y por qué ya no quería salir a la calle cuando todavía hacía buen tiempo. Ni por qué su dormitorio estaba en la última planta de la casa mientras que el de sus padres estaba abajo del todo…

Kyle solo tenía cinco años. Con cinco años, entiendes algunas cosas… Pero no todas.

Con cinco años, no debes entrar una mañana en el dormitorio de tu madre porque no se ha despertado y tampoco debes ver la mancha roja oscura que se extiende por la almohada. Justo debajo de su melena.

2

—Dígame.

—Mamá está acostada y la almohada está roja.

—¿Tu mamá está dormida?

—Creo que no.

La mujer con la que Kyle hablaba recibió una descarga eléctrica que la recorrió de la cabeza a los pies. Julia Dos Santos siempre había temido oír esas palabras. Se dedicaba a aquel oficio desde hacía cuarenta y cinco años y, cada tarde, volvía a casa repitiéndose como una oración: «Todavía no. Y ojalá que nunca». Aun así, tenía la extraña certeza de que terminaría por suceder.

Era su último día de trabajo. Al día siguiente se jubilaría. Pero… ni el día siguiente ni los posteriores podría quitarse de la cabeza la voz de aquel niño.

—¿Dónde vives, cariño?

—En una casa blanca con rosas.

—¿Dónde?

—En Willington.

—¿Te sabes el nombre de la calle? —preguntó Julia volviéndose inmediatamente hacia el plano de la ciudad.

—No.

—¿Se ve la iglesia desde tu casa?

—Sí. En mi cuarto.

Julia trazó un círculo con el rotulador rojo en el plano de Willington. Luego pidió al niño que describiese algo de la calle que le llamase la atención.

—Hay un garaje con coches rotos.

Julia colocó la punta del rotulador en la entrada de la calle Austin.

—Lo tengo. Y tu casa… ¿qué número es?

—La última.

—Ya sé dónde vives, cariño. ¿Cómo te llamas?

—Kyle Jen-kins —dijo separando las sílabas.

—Kyle, atiende: ¿hay alguien más en la casa contigo?

—No. Solo mamá.

—Cariño, espéranos en la puerta. No te muevas. Vamos enseguida.

—¿Y mamá?

—Ya vamos, cariño. Espéranos fuera.

Kyle no fue al porche a esperar la ayuda. Bajó al dormitorio de su madre. No había cambiado de postura. No oía su respiración. Supo que no volvería a hablar y que pronto ya no la vería nunca más porque la meterían bajo tierra. Entonces trepó a la cama. Apartó la colcha y apoyó la cabeza en su hombro. A lo mejor cantaba… A lo mejor era feliz allí donde estuviera…

Unos minutos después oyó sirenas de coches y pisadas en la gravilla de la entrada. Oyó que se cerraban portezuelas y que lo llamaban a gritos. Los ruidos invadieron su cabeza y alguien abrió la puerta.

3

Birginton, en las afueras de Londres

Coryn tenía cinco años cuando llegó Timmy. Su madre había ido a dar a luz al hospital y ella, junto con sus cuatro hermanos, esperaba a que su padre volviese. En cuanto él cruzó el umbral despachó a la canguro y dijo con una voz que Coryn nunca le había oído:

—¡Todavía sigue igual! ¡Parece que la cosa pinta mal! ¡Niños, dejadme tranquilo! Todos al jardín. Y tú, Coryn, tráeme una cerveza. ¡Ay, maldita santa Contracción! Si supieras lo mucho que sufro por tu madre…

Los chicos corrieron al jardín. A jugar. A reír. Y a hacer el bobo. A ensuciarse como gorrinos y seguir riéndose mientras ella permanecía allí de pie, escuchando las toneladas de palabrotas que su padre iba encadenando. Conforme él movía ollas y cacerolas, la pequeña pensaba en su madre y en santa Contracción.

Coryn era la única niña de la familia Benton. Y por eso le tocaba quedarse en la cocina. Ella pensaba que era lo normal, porque era lo que hacía su madre. Del mismo modo que lo normal era tener más faena cuando, un invierno tras otro, su mamá iba a la maternidad. Durante días enteros, el padre maldecía a santa Contracción, suplicaba a santa Dolores que dejase de torturar a su adorada esposa y certificaba que su mujer —su madre, pensaba Coryn— era sencillamente una «santa» cuando cruzaba el umbral con el recién nacido apretadito como una morcilla entre sus gruesos brazos. Aprovechando el momento, el padre anunciaba que era el regalo de Navidad. Los mayores exclamaban que el padre se burlaba de ellos, y Coryn pensaba que Papá Noel no visitaba a las familias con once hijos. No porque ellos se portaran peor que otros niños, sino porque no creía que hubiera suficiente espacio en su saco para los diez chicos y la única chica de la familia Benton. Por más buena que fuera.

Los años transcurrieron, se esfumaron. Desesperadamente iguales unos a otros. Las mismas buenas notas, el eterno pastel de frutas. Diez. Doce. Catorce velas sopladas. Coryn suplicó a santa Regla que sus padres no se dieran cuenta del cambio y la dejaran seguir yendo a clase. Le encantaba aprender y se esforzaba mucho. Agachaba la cabeza, se ponía jerséis anchos, se trenzaba la larga melena. Sin darse cuenta cumplió dieciséis años, y su padre comprendió, una mañana mientras desayunaban, que su preciosa chiquilla rubia, que brincaba en ese momento en el jardín, se había convertido de la noche a la mañana —¡lo habría jurado!— en una jovencita extraordinariamente guapa. «Lo veo. Los demás lo ven.»

Era un hombre práctico y, presa del pánico, habló con su mejor amigo, Teddy, para que la contratara en su restaurante, que se erigía orgulloso en la esquina de la calle de los Benton. Desoyó las súplicas del director del colegio de su hija, las de su profesor de español y las de la propia Coryn. Poco importaba que fuera excelente en literatura y en matemáticas ni que estuviera dotada para los idiomas. Poco importaba todo lo que decían los profesores. Clark Benton tenía miedo, y además no veía más allá de su billetero.

Ese julio, en cuanto acabó el curso, Coryn empezó a servir a jornada completa pescado frito, filetes, salsa marrón grasienta, patatas fritas, café, té, huevos y pepinillos. Y litros, litros y más litros de cerveza. Eso sí, a una distancia razonable de su casa y bajo la mirada vigilante de Teddy.

Coryn era puntual y rápida en el trabajo. Cuando volvía a casa la aguardaba… más de lo mismo. Además de la limpieza, tenía toneladas de calcetines por clasificar y montañas de ropa recién lavada por doblar y guardar entre el griterío incesante de sus hermanos. Que cenaban «en casa», aunque ya tuviesen un empleo. Cuestión de ahorrar. Cuestión de familia. Papá y mamá Benton querían tener a sus polluelos piando a su alrededor. Coryn parecía ser la única que se preguntaba acerca de su futuro. Jamás tendría tantos hijos. ¡Y que fueran chicos! Uno o dos, tres incluso, le parecía bien. Más no. Se ajustaría a la media. Sus hijos no tendrían que soportar las risas, los sarcasmos, las burlas de los demás cuando, a principio de curso, algunos profesores tenían la poca delicadeza de mostrar una sonrisa inequívoca o de guardar silencio algo más de la cuenta cuando oían de cuántos miembros estaba compuesta la familia.

Sí, Coryn era y sería siempre la única chica extraviada entre tantos chicos. «Ojalá tuviera una hermana. Solo una. Habría sido más valiente», se decía al acostarse. «Habríamos salido juntas.» Pero a la mañana siguiente sus hermanos hablaban tan alto que ella desaparecía literalmente para que no la martirizaran, la reclamaran o la regañaran en exceso. De todos ellos, Timmy era su favorito porque se portaba bien con ella. Era el único que retiraba su plato de la mesa de forma espontánea. También iba a la biblioteca a por los libros de Coryn.

Porque la joven adoraba leer. Todas esas historias penetraban en ella, y le impedían pensar en su vida; en todos los días que se parecían entre sí y que serían idénticos indefinidamente. Se quedaría en Birginton con la lluvia, el restaurante, los cubiertos sucios y los restos de comida en los platos… Entonces, cuando un rayo de sol se abría paso entre las nubes e incidía en una de las mesas que acababa de limpiar y la hacía brillar tanto que la formica gris se transformaba en un espejo, entonces sí, ese rayo le daba fe —y acaso esperanza— en que las cosas serían diferentes. Creía que lo que las novelas contaban era posible. Que un hombre la cuidaría, que escucharía sus sueños. Que sabría admirar las estrellas y contemplar la forma cambiante de las nubes. Que disfrutaría viendo los árboles mecerse al viento. Ni él ni ella pronunciarían palabra alguna. Permanecerían así, felices. Felices tan solo de contemplar juntos el movimiento de las ramas. Él la abrazaría. Él… Él… «Él nunca vendrá hasta aquí. Birginton es un agujero.»

Su madre, que no era sorda ni ciega, se confió un día a su marido.

—Coryn está cada vez más guapa, y eso es un peligro.

—Gracias a Dios, trabaja donde Teddy. No queda lejos de casa, y los chicos la vigilan —repuso Clark arrebujándose con la sábana.

La señora Benton lo miró de hito en hito. Clark se incorporó.

—¿Tiene novio?

—No necesita un novio, lo que necesita es un hombre que la pida en matrimonio.

—¿Que la pida en matrimonio?

—¡Clark! ¡Hace ya tiempo que Coryn cumplió dieciséis años! —dijo con énfasis y mirada severa—. Sabes perfectamente que es demasiado guapa para quedarse sin marido.

—¿Y quién te ayudará con la casa?

—¡Los chicos! Ya va siendo hora de que hagan algo, los muy holgazanes.

—¡No querrán!

—¡Pues tendrán que querer! Coryn no va a quedarse soltera… para siempre. Eso sí que no.

—Ya, ya —la atajó el padre—. Lo sé. Y no te imaginas lo contento que estoy de que los otros sean varones. Ha sido una suerte tener a esos chicos, ¿verdad?

—¡Y que dure! —suplicó la madre juntando sus grandes manos.

Clark apoyó las suyas en el vientre de su mujer. Ella suspiró y dijo que iba a pedir cita al médico.

Dos meses después la señora Benton volvió del hospital asegurando que los quistes no la harían sufrir nunca más. No tendría más bebés. Punto final.

—Después de todo, tampoco está mal. Hay que tomarse la vida como viene. Y salir adelante. Lo que estoy diciendo vale para todos. Para ti también, Coryn. —Señaló con su índice gordezuelo el vientre de su hija—. Porque eres una chica.

Coryn reprimió un escalofrío, soñó con todas las vidas que no tendría cuando su padre tenía pesadillas en las que su niña bonita volvía con un vientre hinchado y nadie que la desposara. «Los chicos toman a las chicas como toman el tren. Cambian de itinerario y…»

—Tengo que casar a Coryn —anunció Clark a Teddy—. En cuanto veas entre tus clientes a un mozo serio y bien aseado que la mira un poco más de la cuenta, me lo dices. Y paso a la acción.

Y cuando uno se empeña en algo…

4

Clark Benton no tuvo que rezar demasiado a santa Rapidez para obtener respuesta a sus plegarias. Poco después un concesionario de coches de lujo abrió sus puertas a pocos kilómetros de allí y un tal Jack Brannigan fue a desayunar al Teddy’s. Coryn le sirvió, y él no le quitó los ojos de encima. Volvió a almorzar allí cada día de la primera semana. Se sentaba a la misma mesa para que la joven lo atendiera. La miraba como se mira un postre. Era extremadamente educado y muy elegante. Le hablaba con respeto. Sonreía, y Coryn respondía bajando la mirada, pero sonreía también. Mientras Teddy tomaba nota. Al séptimo día Teddy llamó a Clark.

—¿Coryn te ha dicho algo?

—¿Qué? —preguntó el señor Benton patinando con sus pantuflas—. ¿Un buen partido? ¿Buena pesca?

—Eso parece. Es aseado. Educado y ambicioso.

Benton padre tradujo esas palabras por «premio gordo» y comunicó a Teddy que iba hacia allí. Dicho y hecho, Clark fue corriendo al restaurante. En pantuflas. «¡No hay tiempo para cambiarse de calzado!» Quiso oír el relato otra vez. Tenía que escuchar con sus propios oídos —y ver con sus propios ojos— la palabra «ambicioso» en boca de su amigo.

—Pero ¿cómo de am-bi-cio-so?

—Como un vendedor de coches de lujo.

—¿El concesionario nuevo?

Teddy asintió.

—¿El dueño?

—Tiempo al tiempo…

—Tiempo al tiempo…

Clark volvió a casa con las manos en los bolsillos. Y la cabeza en la luna. Era un buen partido. Su olfato se lo decía. Sin embargo, se cuidó mucho de contar nada a su mujer. Y a Coryn, menos aún. «¡Las mujeres no saben nada de pesca!» Se durmió agradeciendo a santa Napia y al Señor que la suerte existiera. Por primera vez en meses, esa noche roncó a pierna suelta.

Aún hubo unos días más de plegarias. De abundantes platos preparados en la cocina, de postre cortesía de la casa servido por las dulces manos que Jack ansiaba devorar.

Y Coryn sonrió con menos timidez. Jack no estaba mal. A ver, para ser exactos, era un hombre apuesto. Siempre llevaba corbata y no se quitaba la chaqueta para almorzar. Tenía elegancia. Ojos negros intensos. Manos limpias y uñas cuidadas. Al irse decía:

—Hasta mañana, señorita.

Y Coryn respondía:

—Hasta mañana, señor.

Jack la encontraba deliciosa. Un bombón. Sobre todo cuando sonreía. Parecía frágil. Tan dulce. Tan deseable. Tan ingenua… «Perfecta.»

Antes de que la segunda semana finalizase propuso cortésmente a Coryn ir juntos al cine.

5

Jack Brannigan llegó en un Jaguar reluciente. Re-lu-cien-te. Abrió el portillo y recorrió el camino con inusitada calma. Los chicos estaban en el pub, en el entrenamiento de fútbol o en clase de catequesis. El señor Benton aguardaba de pie, con las manos en los bolsillos, en la terraza. Se había cambiado las pantuflas por los zapatos de los domingos impecablemente lustrados, unos espejos a los que ningún rayo fue a reflejarse, no obstante. Clark observó a Jack mientras este avanzaba hacia la entrada de la casa como si lo estuviera desmontando pieza a pieza. Al fin y al cabo, ¿acaso no era mecánico? Después de treinta años desarmando todo lo que pillaba, se daba maña. «Cuerpo: en perfecto estado. Piernas: fuertes y atléticas. Hombros: poderosos. Manos: robustas. Cabeza: nada mal.» Y de cuanto habría podido advertir en los ojos de Jack… no distinguió más que su color: oscuro. El atractivo hombre estaba demasiado cerca, y Benton se maldijo por haber olvidado ponerse las gafas para la hipermetropía. Tendió una mano vigorosa y encontró una mano de acero. Un saludo entre machotes. «Buena señal.»

El padre le explicó con firmeza que el trayecto entre el cine y su casa apenas duraba quince minutos y que apreciaría la puntualidad a la vuelta.

—Porque, a fin de cuentas, ¿qué clase de hombre sería alguien que no sabe mirar el reloj?

—Llegaré a la hora, señor.

A la vuelta Jack fue puntual. Educado. Elegante. Tenía ganas de postre.

6

Transcurrió un mes entero antes de que lo invitaran oficialmente a cenar. Un mes durante el cual Jack tomó las manos de Coryn entre las suyas. Eran tan frágiles y delicadas… No podía soltarlas. «No quiero que otro tipo toque a esta chica. Me necesita.» Y una tarde la besó. En la boca. La tomó entre sus brazos y la volvió hacia sí. Coryn no se lo esperaba. Sobre todo por los besos. Por la sensación de la lengua de Jack, que no dejaba espacio a la suya. «No se parece a lo que he leído.» Cada beso la sorprendía. Pero terminó acostumbrándose. Así es como debían de ser los besos. «Sin duda…» Jack era un hombre con experiencia. «Con treinta años, uno sabe cómo besar a una chica, ¿no?»

—¿Por qué seguirá soltero con treinta años? —preguntó Teddy, que secaba los vasos detrás de la barra.

—¡Uy! Pues no sé —respondió Coryn—. Estaría más pendiente de su carrera.

—¿Te gusta?

—Creo que sí.

—¿Crees?

—No. Me gusta. Es… un hombre.

—Parece buena persona. ¿Gana mucho?

—¡Yo qué sé, Teddy! No le pregunto esas cosas.

—Los tipos como él ganan una fortuna, te lo digo yo. Pero pregúntale por qué no se ha casado. Más que nada por saberlo…

Coryn dijo que sí, pero no lo hizo. Nunca. A decir verdad, no tuvo ocasión. Jack hablaba por los codos. ¿Acaso no era un vendedor de coches brillante? ¿Y no era Coryn la única chica entre tantos hombres que nunca le habían cedido la palabra ni preguntado su opinión siquiera?

Fueron al cine. Pasearon por el lago de Platerson, donde el padre pescaba tencas. Fueron a ese restaurante elegante y refinado en el que había un montón de tenedores, y Jack adoró la mirada de Coryn cuando esta le preguntó:

—¿Cuál?

—Del exterior al interior.

La joven rubia se echó a reír.

—Eres preciosa, Coryn. Preciosa de verdad.

Ella se sonrojó, tuvo mucho cuidado en no equivocarse de tenedor y se apresuró a contarle su experiencia en aquel maravilloso restaurante de Londres a la anciana Wanda, que servía desde hacía treinta y cinco años en el Teddy’s.

—¡Te lo dije! ¡Qué lástima no tener tu edad! —Wanda suspiró—. Jack es guapo, alto, fuerte, con los hombros anchos, como sueñan todas las mujeres, hasta las que afirman lo contrario. Hazme caso, tu Jack es el sueño de todas las chicas.

—¡Pero no tiene un corcel blanco! —se mofó Lenny, el cocinero, que se unió a ellas.

—¡Tiene un Jaguar! ¡Blanco!

—Eso no es un caballo.

—¡Es un descapotable! ¿O no es cierto, Coryn, que tu melena vuela al viento cuando vais en él a ese palacio donde tú, Lenny, no entrarás jamás? ¡Ni siquiera a la cocina!

—Y a mí qué.

—¿No es verdad, Coryn?

—Sí —reconoció sonriendo la joven.

Lenny dijo —y confirmó— que las chicas eran unas tontas.

—Todas.

—Normal. No te gustan las chicas.

—Mentira. Sí que me gustan, pero no en mi cama. Y si yo fuera chica, esperaría otra cosa de un príncipe de cuento.

—¿Como qué, por ejemplo? —preguntó Coryn.

—Pues que tenga ganas de tenerme entre sus brazos, sin más. Por ejemplo… y por encima de todo.

—¿No has visto cómo la agarra? —lo atajó Wanda.

—¡Leeenny! ¡Joder! ¿Dónde te has metido? —gritó Teddy—. ¡Dos filetes poco hechos! ¡Una tortilla muy hecha! ¡Una de pescado frito y toneladas de patatas! ¡Te quiero en los fogones, gandul! ¡Y rapidito!

Lenny se teletransportó a su puesto.

—Le van los tíos, Coryn. No sabe nada de chicas, te lo aseguro.

El cocinero puso los filetes en la plancha. «He visto cómo la agarra Jack… y si yo fuera una chica me gustaría que me agarraran de otra manera. Eso es todo lo que he dicho.»

7

Una tarde de otoño el padre de Coryn subió solo al coche de Jack.

—Una muchacha como mi hija es para casarse, no para jugar. ¿Entiendes?

—Esa es mi intención, señor Benton.

—Llámame Clark.

—¿Cuándo quiere que nos casemos, Clark?

Acordaron la fecha y se dieron un apretón de manos. Como hombres satisfechos de haber cerrado un buen trato.

—Yo pagaré el vestido. Coryn es mi única hija. Es mi obligación regalarle el vestido. Y el banquete se celebrará en el restaurante de Teddy. Es su padrino. Se lo prometí.

—Por mí no hay ningún problema. Y, además, allí es donde nos conocimos.

—¡Oh! En el fondo eres un románico, ¿eh, Jack?

El futuro yerno asintió. Luego añadió que encargaría la comida a un buen servicio de catering y que eso correría por su cuenta.

—¡Eso sí que te lo dejo a ti!

—¿Clark?

—Sí.

—Preferiría que no eligieran un vestido con encaje. Coryn es tan bonita que no le hace ninguna falta.

«No quiere exhibir a mi hija como un trofeo. Bien», se dijo el padre.

Exactamente cuatro meses después de su primera visita, Jack aparcó a la hora convenida delante de la casa de los Benton con un Jaguar nuevo, aún más reluciente que el anterior. Clark deseó que los vecinos se reconcomieran de envidia. El futuro marido regaló una botella de un vino excelente al padre de Coryn, que jamás había probado —ni visto— ninguno igual. Y un imponente ramo de rosas tan espléndidas como fragantes para:

—Usted, señora Benton.

—¡Oh! ¡Nunca me habían regalado unas rosas tan preciosas! Ni el día de mi boda…

Jack hizo como que no la había visto sonrojarse y aguardó a que hubieran servido el postre para sacar un estuche del bolsillo. Apoyó una rodilla en tierra, y los chicos soltaron unas risitas.

—Pero ¡qué burros sois, hijos! —les riñó la madre—. Jack pensará que os he educado fatal.

El príncipe no se movió. Y se declaró.

—Coryn, en cuanto te vi, quise que fueras mi mujer. Hoy te lo pido, y te ruego que me aceptes.

Abrió la cajita de color azul marino. La joven miró el solitario con incredulidad.

—¡Oh! Es… es magnífico.

La madre se inclinó para admirarlo.

—Ni siquiera tu padre, y mira que estaba enamorado de mí, fue tan… ¡romántico!

Todo el mundo aplaudió. A Coryn le pareció estar viviendo un cuento de hadas. Tendió la mano. Tan fina. Tan delicada… Miró el fabuloso diamante deslizarse por su dedo índice, y luego a Jack cuando, emocionado y seguro de sí mismo, dijo:

—Coryn, ¿quieres ser mi esposa?

—Sí —murmuró ella, para gran alivio de su padre.

Clark se dijo que, por fin, estaba tranquilo. Su única —y demasiado guapa— hija iba a casarse con honor. «¡Con honor! Gracias a Dios.»

Una vez a solas en la cocina, la joven se sintió realmente dichosa al admirar su diamante bajo la cruda luz del neón. No vio la pequeña araña que pendía de un hilo sobre su cabeza. El bichito, atraído por los reflejos, produjo a toda prisa unos centímetros más de hilo. Solo para deleitarse con el brillo de la piedra. El diamante era… diamante. Tenía el poder del diamante. «Yo estaba en lo cierto», se dijo la novia. «Es posible vivir como en las novelas.»

—Está loco por ti —exclamó la señora Benton entrando en la cocina—. Es un anillo nuevo. ¡No el de su madre!

—Y tú, ¿lo quieres? —preguntó Timmy, que venía detrás.

Su madre le soltó un guantazo. La araña subió rápidamente para resguardarse en el techo.

—Pero ¿qué he dicho? —respondió Timmy al tiempo que, por los pelos, esquivaba otro tortazo.

—¡Pues claro que lo quiere! ¡Jack es una bendición! ¡Jack es un regalo inaudito! ¡I-nau-di-to!

Había separado cada sílaba mirando a su hija, quien pensaba en Papá Noel, en los deseos y en el diamante «i-nau-di-to».

8

La boda se celebró en la modesta iglesia de Birginton, donde Coryn había pasado todas sus mañanas de domingo en misa.

Entró con diecisiete años del brazo de su padre. Durante la ceremonia, como durante los sermones de su infancia, no escuchó nada. Esa vez no fue por aburrimiento o por evadirse en sus sueños, sino únicamente a causa de sus pies. O, mejor dicho, de los zapatos de tacón que la torturaban.

—Son los más elegantes —había zanjado su madre—. Hazme caso. Con un marido como Jack, siempre tienes que ir elegante, chic.

—Me aprietan.

—¡Ya te acostumbrarás!

—Podría llevarlos en casa para ablandarlos un poco.

—¡Ni pensarlo! —gruñó la señora Benton, y cerró con cuidado la caja—. ¡No vas a estropearlos antes de la boda!

«¿Nunca hay que usar las cosas para no estropearlas? ¿Hay que guardarse los sueños para que no se desvanezcan?»

—Coryn —dijo el reverendo Good con una voz que la hizo sobresaltarse—. ¿Quieres blablablá…?

La joven dijo «sí» y comprendió, en ese mismo instante, que nadie le había pedido su opinión. O sea, que en el fondo no… Sus manos, tan finas y frágiles, temblaron un poco cuando firmó el registro. El bolígrafo se le resbaló y cayó rodando hasta sus pies. Jack se agachó para recogerlo y luego besó a su joven esposa, a la que encontraba conmovida y conmovedora. Pero lo que él interpretó como una turbación amorosa no era sino temor y aprensión. «Cuando tienes diecisiete años, ¿te comprometes así para toda la vida?»

—Me siento orgullosa de ti —le susurró su madre a modo de felicitación.

9

Las mesas del Teddy’s habían sido reagrupadas formando una U. La familia de Coryn estaba al completo. Todos los tíos, las tías, los primos, las primas, la única abuela que quedaba y que perdía ya la chaveta, Teddy, su mujer, sus hijos, Wanda, Lenny y el resto de las camareras fueron invitados. Antes de la comida Jack dio un discurso para expresar lo orgulloso que se sentía de formar parte de esa gran familia, él, que había crecido siendo hijo único y que, por desgracia, había perdido a sus padres hacía unos años. Todos lo bombardeaban a preguntas sin detenerse a escuchar las respuestas. Desfilaron deliciosos manjares, bromas, risas… Las horas también. Durante ese tiempo Coryn miraba su diamante, su alianza y su vestido para olvidarse de sus pies, que los zapatos de satén blanco estaban destrozando. En cuanto pudo se escabulló para ir a ponerse sus viejas sandalias, y a la vuelta los recién casados abrieron el baile con un vals entre los aplausos de los invitados. La madre de Coryn se percató del roñoso calzado que su hija se había puesto a hurtadillas. Y mostró aquella mirada de decepción y reproche que solía anticipar un acceso de ira. Por eso la recién casada no se soltó del brazo de Jack. Sirvieron el champán, el café, los licores, y luego…

Jack decidió que ya había llegado la hora de su postre particular. La puerta del Jaguar se cerró pillando un trozo de velo. Y el coche se alejó sin hacer ruido bajo un cielo desprovisto de estrellas en dirección a la gran casa de Londres.

Jack llevó en brazos a Coryn desde el porche hasta el dormitorio de la primera planta. Coryn reía. Estaba aterrorizada. Jack reía. Sabía que se deleitaría. Ella le rogó que recordara que era su primera vez. Él dijo que lo sabía. Que la primera vez era importante…

Como le había sucedido con su primer beso, a Coryn no le gustó esa cosa dura que la penetró con fuerza. «¿Se dará cuenta?», pensó manteniendo los ojos abiertos durante aquello. Todo aquello. Hasta que Jack rodó hacia un lado de la cama con un estertor… ¡Después de eso! Sin más…

Coryn volvió la cabeza hacia el otro lado. ¡Ah, no! No lloraría. Ni por su infancia ni por su virginidad. De todas formas, ella no lloraba nunca. ¿No había sido la única chica entre diez chicos que habían intentado por todos los medios arrancarle unas lágrimas? Mediante el miedo. El trabajo. La guasa. Por gusto. Tirándole del pelo. Jugando… No. Coryn nunca había llorado delante de sus hermanos. «No voy a hacerlo delante de mi marido.» Marido que se puso a roncar de forma segura y tranquilizadora junto a su oreja, si bien ella no podía cerrar los ojos. Su vida era tan nueva como esa enorme casa. La impresión era la misma. «No sé nada.» Prestó atención a todos los ruidos. Intentó identificarlos en la oscuridad y retenerlos para el día siguiente. Y los días posteriores. ¿Cuánto tiempo necesitaría para fabricarse referencias? ¿Cuánto tiempo para dejar de sentirse terriblemente sola? Y luego, sin ninguna razón, se preguntó si esa casa que olía a pintura reciente, a nuevo, tendría telas de araña debajo de los armarios. Como en la casa de su niñez. «Sin duda.» Todas las casas tenían arañas.

«¿Y por qué estoy pensando en esto? ¿Por qué ahora?»

«Piensas en esto —respondió una voz que no reconoció como suya— para no pensar en que tus pies te torturan y que los sientes tan destrozados como tu vientre.»

10

Cuando Kyle se subió a un escenario por primera vez tuvo la exultante sensación de «estar vivo». El joven supo siempre que sería músico. Nunca había albergado la menor duda. Ninguna incertidumbre. Algunas cosas son así. Algunas personas son así. Cuando decenas de periodistas le preguntaran más tarde:

—¿Por qué decidió ser músico?

Kyle respondería sin dudarlo:

—Porque no podía ser de otro modo.

Si hubiese sido pintor, bailarín, equilibrista, escultor, enólogo o incluso escritor, habría empleado las mismas palabras. Hacía lo que necesitaba para vivir. Acaso por influencia de su madre, casi seguro. Acaso porque tenía un talento innato, casi seguro.

Kyle solo sentía la necesidad de tocar su instrumento y el deseo de correr tras las chicas; cuantas más, mejor. Solo pensaba raras veces en «eso». En «ella». Hacía tantos años que se había marchado…

Su padre seguía con vida y en la cárcel. El joven nunca había ido a verlo. Nunca había abierto ni una sola de las despreciables cartas que el Cabrón le enviaba con regularidad. La abogada le había asegurado que, dados los horrores infligidos a su madre, no saldría de prisión. Jane también se lo había prometido, y Kyle la había creído, porque Jane cumplía siempre su palabra. Su hermanastra era quince años mayor que él y, como es natural, se había ocupado del pequeño después de que el padre de Kyle matara a su madre.

Jane estudiaba y trabajaba en San Francisco. Kyle ni siquiera recordaba la época en que Jane había vivido con ellos. La chica odiaba al nuevo marido de su madre y este, por su parte, no la tragaba. Jane se las ingenió para conseguir una beca en la Universidad de San Francisco. Estaba lo bastante lejos para no tener que volver a Willington más que una vez al año. Por Navidad. De manera que Kyle solo conservaba dos recuerdos de su hermana: un camión y una grúa envueltos en papel blanco decorado con dibujos hechos por la propia Jane. Todavía se acordaba del Papá Noel extremadamente estilizado.

—¿Por qué Papá Noel vuela sobre una tela de araña?

—¿Te refieres a esto? —respondió la joven volviendo a examinar su obra—. Pero Kyle, ¿no ves que se trata del trineo y los renos para sujetar las riendas?

Kyle volvió a mirar el dibujo y se puso a contarlos.

—Hay demasiados. Te has equivocado.

—¿Por qué? ¿Sabes contar?

—Pues claro. Cuento las teclas que mamá toca con los dedos.

Jane nunca había sospechado el sufrimiento de su madre. No había visto ni una sola de las palizas, ni las quemaduras de cigarro. Nunca se había llevado bien con su padrastro, y se quedaba a dormir en casa de sus amigas lo más a menudo posible. Solo pensaba en poner el máximo de kilómetros entre ella y él. «Tengo que vivir mi vida.»

Jane se llevó al niño a San Francisco, donde mandó enterrar a su madre. Kyle no hizo preguntas. Descubrió el colegio, los amiguitos, la maestra que tenía voz de pájaro. Le gustaba ver a su hermana y su nueva casa cuando regresaba. Jane no cocinaba bien, pero «¿y qué?». El sabor de los alimentos no le llamaba mucho la atención. Estaba más atento a lo que entendía, a lo que resonaba en su interior. Todo tenía un ritmo. Los tacones de la señora Miller al pasar por entre las filas. Las ruedas chirriantes del autobús amarillo del colegio. Las pisadas que crujían en la casa. El gluglú del frigorífico en respuesta a la descarga del dispensador de agua fría mientras se llenaba a trompicones, la crepitación del aceite en la sartén incandescente. Los bocinazos de la calle, las sirenas lejanas. «Muy lejanas…» Kyle tamborileaba con los dedos para reproducir el ritmo y estar seguro, llegada la noche, de memorizar las melodías antes de dormirse. Las retenía, y solo oía a medias la voz de Jane, quien hacía esfuerzos sobrehumanos por encontrar un hueco para contarle historias.

—¿No sabes cantar?

Jane dejó el libro.

—No soy exactamente como mamá, Kyle.

—Ya. Tú eres mi hermana… Mi hermana mayor.

La miró con extrañeza y agachó la cabeza.

—¿Sí?

Kyle siguió mirando hacia un punto lejano.

—Quiero tocar el piano.

Jane apuntó a su hermano a clases de piano. Tendría ocho años más o menos. Lo acompañaba todas las semanas y esperaba sentada en un banco a que terminase. A veces levantaba la cabeza de sus libros cuando una nota la ...