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EL INTRUSO

Frederick Forsyth

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Fragmento

Prefacio

Todos nos equivocamos, pero desencadenar la Tercera Guerra Mundial habría supuesto un error considerable. Hoy por hoy, sigo manteniendo que no fue del todo culpa mía. Pero me estoy adelantando a los acontecimientos.

En el transcurso de mi vida, he escapado por los pelos de la ira de un traficante de armas en Hamburgo, he sido ametrallado por un MiG durante la guerra civil nigeriana y he aterrizado en Guinea-Bisáu durante un sangriento golpe de Estado. Me detuvo la Stasi, me agasajaron los israelíes, el IRA precipitó mi traslado repentino de Irlanda a Inglaterra, a lo que también contribuyó una atractiva agente de la policía secreta checa... (bueno, su intervención fue algo más íntima). Y eso solo para empezar.

Todo eso lo vi desde dentro. Pero, aun así, siempre me sentí como un intruso.

A decir verdad, nunca tuve la menor intención de ser escritor. Los largos períodos de soledad fueron al principio una circunstancia, luego una preferencia y al final una necesidad.

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Al fin y al cabo, los escritores son criaturas raras, y más si intentan ganarse la vida escribiendo. Hay razones para ello.

La primera es que un escritor vive la mitad del tiempo en el interior de su cabeza. En ese diminuto espacio, mundos enteros se crean o se destruyen, es probable que ambas cosas. Cobran vida personas que trabajan, aman, luchan, mueren y se ven sustituidas. Las tramas se conciben, se desarrollan, se corrigen y dan fruto o se frustran. Es un mundo muy distinto del que tiene lugar al otro lado de la ventana. A los niños se les reprende cuando sueñan despiertos; para un escritor, es indispensable.

El resultado es una necesidad de largos períodos de paz y tranquilidad, a menudo en completo silencio (sin ni siquiera música suave), lo que hace de la soledad una necesidad absoluta, la primera de las razones que subyacen tras nuestra rareza.

Si piensas en ello, junto con la profesión de farero, casi desaparecida, la escritura es el único trabajo que debe abordarse en soledad. Otras profesiones permiten tener compañía. El capitán de una línea aérea cuenta con su tripulación; el actor, con el resto del reparto; el soldado, con sus compañeros, y el oficinista, con sus colegas reunidos en torno a la fuente de agua refrigerada. Solo el escritor cierra la puerta, desconecta el teléfono, baja las persianas y se retira a solas, a un mundo privado. El ser humano es un animal gregario y lo ha sido desde los tiempos de los cazadores y los recolectores. El ermitaño es poco común, singular y a veces raro.

De vez en cuando se ve a un escritor por ahí: bebiendo, comiendo, de fiesta; mostrándose afable, sociable, incluso feliz. Cuidado, eso es solo la mitad de él. La otra mitad del escritor permanece distante, observándolo, tomando notas. Esa es la segunda razón de su rareza: el distanciamiento compulsivo.

Detrás de su máscara, el escritor siempre está al acecho; no puede evitarlo. Observa y analiza el entorno, toma notas mentales, almacena detalles de la conversación y el comportamiento a su alrededor para usarlos más adelante. Los actores hacen lo mismo por las mismas razones, para usarlos más adelante. Pero el escritor solo cuenta con las palabras, más rigurosas que el plató o el escenario, donde hay colores, movimientos, gestos, expresiones faciales, accesorios y música.

La necesidad absoluta de largos períodos de soledad y el distanciamiento permanente de lo que Malraux denominó «la condición humana» explican por qué un escritor no puede acabar de encajar nunca. Formar parte de algo implica hacer revelaciones sobre uno mismo, mostrar conformidad, obedecer. Pero un escritor tiene que ser una persona solitaria y, por tanto, un intruso permanente.

De niño, yo estaba obsesionado con los aviones y no quería otra cosa que ser piloto. Pero incluso entonces, no deseaba formar parte de una tripulación. Yo quería pilotar monoplazas, lo que probablemente era una señal de advertencia, si alguien se hubiera fijado en ella. Aunque nadie lo hizo.

Tres factores contribuyeron a mi posterior aprecio del silencio en un mundo cada vez más ruidoso y de la soledad donde el mundo moderno exige abrirse paso a codazos entre la multitud. Para empezar, fui el primogénito y seguí siendo hijo único, y estos siempre son un poco distintos. Mis padres podrían haber tenido más hijos, pero estalló la guerra en 1939 y para cuando terminó ya era demasiado tarde para mi madre.

Así que pasé gran parte de mi primera infancia solo. Un niño a solas en su cuarto puede inventarse sus propios juegos y tener la seguridad de que se desarrollan según sus reglas y llegan a la conclusión que él desea. Se acostumbra a ganar según sus propias condiciones. Así surge la preferencia por la soledad.

El segundo factor de mi aislamiento lo ocasionó la Segunda Guerra Mundial en sí. Mi ciudad, Ashford, se hallaba muy cerca de la costa y del canal de la Mancha. En la otra orilla, a treinta y tres kilómetros escasos, estaba la Francia ocupada por los nazis. Durante algún tiempo, la poderosa Wehrmacht esperó al otro lado de esa franja de aguas grises la oportunidad de cruzarla e invadir, conquistar y ocupar Gran Bretaña. Los bombarderos de la Luftwaffe pasaban zumbando por el cielo para atacar Londres o, por temor a los cazas de la RAF (siglas en inglés de las Fuerzas Aéreas Británicas) que los aguardaban, daban media vuelta y lanzaban su carga en cualquier parte desde allí hasta Kent. Otros bombardeos tenían como objetivo destruir el gran nudo ferroviario de Ashford, a apenas quinientos metros de la casa de mi familia.

Como resultado de ello, durante la mayor parte de la guerra, muchos niños de Ashford fueron evacuados a casas de acogida lejos de allí. Salvo por una breve salida durante el verano de 1940, yo pasé toda la guerra en Ashford y, de todos modos, no tenía con quien jugar. Tampoco me importaba. Este no es un relato en plan pobrecito de mí. El silencio y la soledad no se convirtieron en un azote, sino en mis queridos y viejos amigos.

El tercer factor fue el colegio privado (me refiero, claro, a un internado) al que me enviaron a los trece años. En la actualidad, la escuela de Tonbridge es una academia excelente, de trato humano, pero por aquel entonces tenía reputación de severa. La casa a la que fui asignado, Parkside, era la más brutal de todas, con una filosofía interna basada en el acoso y la vara.

Ante algo así, un chico no tiene más que tres opciones: capitular y convertirse en un pelota servil, plantar cara o replegarse al interior de un carapacho mental como una tortuga en su caparazón. Se puede sobrevivir, solo que no se disfruta. Yo sobreviví.

Recuerdo el concierto de despedida de diciembre de 1955, cuando los que se iban tenían que ponerse en pie y cantar «Carmen Tonbridgiensis», la canción de Tonbridge. Una de las frases dice «he sido expulsado del jardín, me espera el camino polvoriento». Fingí cantar sin emitir sonido alguno, consciente de que el «jardín» había sido una cárcel monástica donde no había recibido ningún cariño y «el camino polvoriento» era una carretera amplia y soleada que me llevaría hacia una gran diversión y muchas aventuras.

Entonces ¿por qué, con el tiempo, me hice escritor? Fue pura chiripa. Yo no quería escribir, sino viajar por el mundo. Quería verlo todo, desde las nieves del Ártico hasta las arenas del Sahara, de las junglas de Asia a las llanuras de África. Como no tenía ahorros propios, opté por el trabajo que pensé que me permitiría hacerlo.

Cuando yo era adolescente mi padre leía el Daily Express, por entonces un periódico de gran formato propiedad de lord Beaverbrook y dirigido por Arthur Christiansen. Los dos se enorgullecían enormemente de su cobertura internacional. A la hora del desayuno, me ponía al lado de mi padre y me fijaba en los titulares y en los sitios desde donde estaban firmadas y fechadas las noticias. Singapur, Beirut, Moscú. ¿Dónde se hallaban esos lugares? ¿Cómo eran?

Mi padre, tan paciente y alentador como siempre, me llevaba al atlas familiar y me los señalaba. Luego a la Enciclopedia Collins, de veinticuatro volúmenes, que describía las ciudades, los países y a la gente que vivía allí. Y juré que un día los vería todos. Me convertiría en corresponsal en el extranjero. Y eso hice, y los vi.

Pero no se trataba de escribir, se trataba de viajar. No fue hasta los treinta y un años, de regreso de una guerra africana, y para variar sin blanca, sin trabajo ni posibilidad de encontrarlo, cuando se me ocurrió la idea de escribir una novela para saldar mis deudas. Era una idea descabellada.

Hay varias maneras de ganar dinero rápido pero, en una lista general, escribir una novela queda muy por debajo de robar un banco. El caso es que yo no lo sabía y supongo que debí de acertar en algo. Mi editor me dijo, para gran sorpresa mía, que parecía capaz de contar una historia. Y eso he hecho durante los últimos cuarenta y cinco años, sin dejar de viajar, ya no para informar de acontecimientos en el extranjero, sino con objeto de documentarme para la siguiente novela. Fue entonces cuando mi preferencia por la soledad y el distanciamiento pasaron a ser necesidades absolutas.

A los setenta y seis años, creo que sigo siendo en parte periodista, pues conservo las otras dos cualidades que debe tener un reportero: una curiosidad insaciable y un escepticismo obstinado. Muéstrame a un periodista que no se moleste en descubrir el porqué de algo y se crea lo que le dicen, y te mostraré a un mal reportero.

Un periodista nunca debería unirse a la clase dirigente, por tentadores que sean los halagos. Nuestro trabajo consiste en pedir cuentas al poder, no en asociarnos con él. En un mundo cada vez más obsesionado con los dioses del poder, el dinero y la fama, el periodista y el escritor deben guardar distancia, como un pájaro en una barandilla, observar el mundo, fijarse, sondear, a la gente, comentar cosas pero nunca sumarse. En resumen, deben convertirse en intrusos.

Durante años he soslayado las sugerencias de que escribiera una autobiografía. Y sigo haciéndolo. Esto no es una historia de mi vida y, desde luego, no es una autojustificación. Pero soy consciente de que he estado en muchos sitios y he visto muchas cosas: unas divertidas, otras espantosas, unas conmovedoras, otras aterradoras.

He sido bendecido con una suerte extraordinaria, e inexplicable, en la vida. Más veces de las que puedo contar, he salido de un aprieto o he obtenido ventaja gracias a un golpe de suerte. A diferencia de los quejicas de toda la prensa amarilla dominical, yo tuve unos padres maravillosos y una infancia feliz en los campos de Kent. Me las arreglé para satisfacer mis primeras ambiciones de volar y viajar y, mucho después, la de escribir historias. Esta última me ha granjeado suficiente éxito material para vivir de forma cómoda, que al fin y al cabo es lo que siempre quise.

He estado casado con dos mujeres hermosas, he criado a dos hijos estupendos, y hasta la fecha he disfrutado de fortaleza y buena salud. Por todo ello, siento un profundo agradecimiento, aunque no sé con seguridad hacia qué hado, fortuna o deidad. Quizá debería decidirme. Después de todo, es posible que pronto me reúna con Él.

Entre susurros

Mi padre nació en 1906 en Chatham, Kent, el primogénito de un suboficial de la Marina británica que a menudo se encontraba ausente. A los veinte años salió de la academia de formación del astillero para encontrarse con una economía que creaba un puesto de trabajo por cada diez jóvenes aspirantes. Los otros nueve estaban destinados a la cola del paro.

Había estudiado para ser ingeniero naval, pero se avecinaba la Gran Depresión y nadie quería construir barcos. La amenaza hitleriana no se había materializado y había más buques mercantes de los necesarios para transportar el producto industrial, cada vez menor. Después de cinco años ganándose la vida con poco más que trabajos esporádicos, mi padre siguió el consejo más popular de la época: «Vete a Oriente, joven». Solicitó y obtuvo un puesto para dirigir una plantación de caucho en Malasia.

En la actualidad resultaría raro enviar al otro extremo del mundo a un hombre joven que no habla una palabra de malayo y no conoce Oriente en absoluto para que se encargue de miles de acres de plantación y una ingente mano de obra malaya y china. Pero corrían los días del imperio, cuando semejantes retos eran de lo más normal.

Así pues, hizo las maletas, se despidió de sus padres y se embarcó hacia Singapur. Aprendió malayo, los entresijos de la gestión de una hacienda y de la producción del caucho, y dirigió la propiedad durante cinco años. Todos los días le escribía una carta de amor a la chica con la que había estado «paseando», como llamaban entonces a salir con alguien, y ella le respondía. El siguiente transatlántico de Inglaterra a Singapur llevaría la remesa de cartas de toda la semana, que llegaban a la hacienda de Johore por río en la barcaza semanal.

La vida era solitaria, aislada, iluminada una vez a la semana por el viaje en moto al sur a través de la jungla, hasta la carretera general, donde cruzaba la calzada elevada y llegaba a Changi para disfrutar de una velada social en el club de hacendados. Su hacienda era una inmensa extensión de gomeros plantados en líneas paralelas y rodeados de jungla, donde habitaban tigres, panteras negras y la muy temida hamadríade o cobra real. No tenía coche porque el camino hasta la carretera principal, unos quince kilómetros a través de la jungla, era un sendero estrecho y sinuoso de grava de laterita roja, de modo que iba en moto.

Luego estaba el poblado en el que vivían los obreros chinos con sus esposas y familias. Y, como en cualquier pueblo, había algún que otro artesano, un carnicero, un panadero, un herrero y demás.

Aguardó cuatro años, hasta que fue evidente que no había futuro en ello. El valor del caucho se había desplomado. Todavía no había empezado el rearme europeo, pero los nuevos productos sintéticos acaparaban cada vez más el mercado. Pidieron a los directores de las plantaciones que se rebajaran el sueldo un veinte por ciento como condición para conservar el puesto. En el caso de los solteros debían elegir entre enviar a buscar a sus prometidas o volver a Inglaterra. Hacia 1935, mi padre estaba dudando entre las dos opciones cuando ocurrió algo.

Una noche su sirviente lo despertó con una petición.

—Tuan, está fuera el carpintero del poblado. Le ruega que salga.

Por lo general, la rutina de mi padre consistía en levantarse a las cinco, recorrer la hacienda durante dos horas y luego sentarse en la galería para celebrar la recepción matinal, en la que atendía peticiones y quejas o dirimía disputas. Como madrugaba tanto, se acostaba a las nueve de la noche y la petición se le hizo a las diez. Estaba a punto de decir «Por la mañana» cuando pensó que, si no podía esperar, quizá se tratase de algo grave.

—Que pase —dijo.

El sirviente titubeó.

—No quiere entrar, tuan. No es digno.

Mi padre se levantó, abrió la puerta mosquitera y salió a la galería. Fuera, la noche tropical era como cálido terciopelo y los mosquitos, voraces. En un remanso de luz delante de la galería se encontraba el carpintero, un japonés, el único del poblado. Mi padre sabía que tenía esposa e hijo y que no se relacionaban con nadie. El hombre hizo una profunda reverencia.

—Es mi hijo, tuan. El niño está muy enfermo. Temo por su vida.

Mi padre pidió unas linternas y fueron al pueblo. El niño tenía unos diez años y sufría fuertes dolores de estómago. Su madre, con semblante angustiado, estaba en cuclillas en un rincón.

Mi padre no era médico, ni siquiera paramédico, pero gracias a un curso obligatorio de primeros auxilios y a un puñado de libros sobre medicina poseía los conocimientos suficientes para reconocer una apendicitis aguda. Reinaba una oscuridad absoluta, era casi medianoche. El hospital de Changi se hallaba a ciento veinte kilómetros de distancia, pero mi padre sabía que si la apendicitis derivaba a una peritonitis, resultaría mortal.

Pidió que le llevaran la moto con el depósito lleno. El carpintero se sirvió de la amplia faja de su esposa, el obi, para sujetar al niño al asiento, a la espalda de mi padre, que a continuación se puso en marcha. Me contó que fue un trayecto infernal, pues todos los depredadores acechan por la noche. Tardó casi una hora en llegar a la carretera principal por el sendero lleno de baches y luego fue hacia el sur en busca de la calzada elevada.

Estaba a punto de romper el alba, horas después, cuando entró en el patio del hospital general de Changi, pidiendo a gritos que alguien le ayudara. Apareció el personal de enfermería y se llevaron al niño en camilla. Por suerte, un médico británico salía de su turno de noche pero echó un vistazo al niño y lo trasladó de inmediato al quirófano.

El doctor se reunió con mi padre para almorzar en el comedor y le dijo que había llegado justo a tiempo. El apéndice había estado a punto de reventar con resultados probablemente letales, pero el niño viviría y en esos momentos estaba dormido. Le devolvió el obi.

Tras repostar combustible, mi padre regresó a la plantación para tranquilizar a los padres, impasibles pero ojerosos, y ponerse al día con el trabajo atrasado. Quince días después, la barcaza llevó río arriba el paquete del correo, las provisiones habituales y a un niño japonés con una sonrisa tímida y una cicatriz.

Cuatro días más tarde, el carpintero apareció de nuevo, esta vez a la luz del día. Esperaba cerca del bungalow cuando mi padre volvía del almacén de látex para cenar. El hombre mantuvo la cabeza gacha mientras hablaba.

—Tuan, mi hijo vivirá. En mi cultura, cuando un hombre debe a otro lo que yo le debo a usted, tiene que ofrecerle lo más valioso que posee. Pero soy pobre y no tengo nada que ofrecerle, salvo una cosa. Consejo. —Entonces levantó la cabeza y miró a mi padre a la cara fijamente—. Váyase de Malasia, tuan. Si aprecia su vida, váyase de Malasia.

Hasta el fin de sus días, en 1991, mi padre nunca llegó a saber si esas palabras impulsaron su decisión o tan solo la respaldaron, pero al año siguiente, en 1936, en lugar de enviar en busca de su prometida, dimitió y regresó a casa. Las fuerzas imperiales japonesas invadieron Malasia en 1941. En 1945, de todos sus contemporáneos en los campos no volvió a casa ni uno solo.

La invasión japonesa de Malasia no tuvo nada de espontáneo. Fue planeada de forma meticulosa y las fuerzas imperiales arrasaron la península como una marea incontenible. Las tropas británicas y australianas se precipitaron a subir por la espina dorsal de la colonia para guarnecer puntos de defensa a lo largo de las carreteras principales que iban al sur. Pero los japoneses no llegaron por allí.

De las plantaciones de caucho salieron multitud de agentes durmientes, infiltrados años antes. Los japoneses, montados en centenares de bicicletas, se dirigieron al sur por diminutos senderos desconocidos que atravesaban la jungla, guiados por esos agentes. Otros llegaron por mar, saltaron a la costa y avanzaron hacia el interior guiados por las lámparas parpadeantes colocadas por compatriotas que se conocían la costa y todas las ensenadas.

Los británicos y los australianos se vieron burlados una y otra vez por los japoneses, que aparecían a sus espaldas, y en gran número, siempre guiados por los agentes. Todo acabó en cuestión de días y la fortaleza en principio inexpugnable de Singapur fue tomada por el lado de tierra, pues sus inmensos cañones apuntaban hacia el mar.

Cuando era niño, pero lo bastante mayor para entenderlo, mi padre me contó esa historia y juró que era totalmente cierta y que había ocurrido casi siete años antes de la invasión de diciembre de 1941. Pero nunca tuvo la seguridad de que el carpintero del pueblo fuera uno de esos agentes, solo de que si lo hubieran apresado él también habría muerto.

Así pues, quizá unos susurros de un carpintero agradecido me permitieron venir a este mundo. Desde 1945 se ha culpado a los japoneses de muchas cosas, pero no de esto, ¿verdad?

Un bote grande de talco

 

 

La primavera de 1940 no fue una época tranquila en East Kent. Hitler había tomado Europa. Invadió Francia en tres semanas. Habían caído Dinamarca y Noruega; Bélgica, Luxemburgo y Holanda se habían visto engullidas.

El ejército británico, superado en el plano táctico en Francia, había sido expulsado hacia el mar por Dunkerque y Calais, y solo fue rescatado, desprovisto de toda la impedimenta, gracias al milagro de unas pequeñas embarcaciones de bajura pilotadas por civiles que cruzaron a duras penas el canal desde la costa inglesa y, contra todo pronóstico, recogieron a 330.000 soldados de las dunas.

Europa entera se hallaba o bien ocupada por Hitler, que instauró en varios países serviles gobiernos colaboracionistas, o bien refugiada en su neutralidad. Al primer ministro británico lo habían despojado de su cargo y lo había sustituido Winston Churchill, que juró que continuaríamos luchando. Pero ¿con qué? Gran Bretaña seguía completamente aislada y sola.

Todo Kent esperaba la invasión, la famosa operación León Marino, que, el día del Águila, vería al ejército alemán tomar las playas con estruendo para invadir, conquistar y ocupar las islas.

Mi padre ya se había alistado voluntario en el ejército aunque seguía destinado en su Kent natal y viviendo en casa. Mi madre y él decidieron que, si se producía la invasión, no sobrevivirían. Echarían el último litro de gasolina en el viejo Wolseley y, con un trozo de manguera, acabarían con sus vidas. Pero no querían llevarme con ellos. Con mi corona de rizos rubios, los nazis me aceptarían como un niño de buena cepa aria criado en un orfanato. Sin embargo, ¿cómo evacuarme de forma segura?

La solución llegó con una clienta de la boutique de mi madre. Era la directora del instituto Norland, la escuela donde se formaban las famosas niñeras de Norland que habían criado a los hijos de los ricos y los nobles del mundo entero durante décadas. El instituto se encontraba en Hothfield, un pueblo a las afueras de Ashford. Iba a evacuarse a Devon, lejos de allí, al sudoeste. Mi madre se lo planteó a su clienta: ¿me llevarían con ellas?

La directora tenía dudas, pero la subdirectora le sugirió que las alumnas siempre necesitarían niños para practicar, así que ¿por qué no ese mismo? Cerraron el trato. Cuando el tren que llevaba a los miembros del instituto Norland salió de Ashford, yo les acompañaba. Era mayo de 1940: tenía veinte meses.

Es difícil describir en el mundo moderno, o explicar a las nuevas generaciones, la angustia de aquellos padres cuando los evacuados dejaron Ashford, la despedida de madres llorosas y algún que otro padre que pensaban que nunca volverían a verlos. Pero eso es lo que ocurrió en la estación de Ashford.

No recuerdo los cinco meses que pasé en Devon mientras una clase tras otra de niñeras jóvenes y entusiastas experimentaban acostándome, levantándome y cambiándome los pañales sin parar. Fue antes de los cierres de velcro y el relleno absorbente. Por aquel entonces todo eran toallas de felpa e imperdibles.

Por lo visto apenas expulsaba una ventosidad o dejaba escapar unas gotitas me quitaban todo el apaño para ponerme uno limpio. Y entretanto me echaban talco, montones y montones de talco. Debía de tener el trasero más espolvoreado de todo el reino.

Pero los Pocos en sus Spitfire y Hurricane hicieron su trabajo. El 15 de septiembre, Adolf renunció sin más. El inmenso ejército que había en la costa francesa dio media vuelta, echó un último vistazo a los blancos acantilados al otro lado del canal, que después de todo no conquistaría, y se dirigió al este. Hitler estaba preparando la invasión de Rusia para junio de 1941. Las lanchas de desembarco se mecían ociosas en sus amarres delante de Boulougne y Calais.

Habían cancelado la operación León Marino.

Nuestros aviones de reconocimiento fotográfico lo detectaron e informaron al respecto. Inglaterra se había salvado, al menos lo suficiente para seguir pasando apuros. Pero los bombardeos de Londres y del sudeste por parte de la Luftwaffe no cesarían. La mayoría de los niños evacuados permanecerían separados de sus padres, pero al menos tendrían grandes posibilidades de reencontrarse algún día con ellos.

Mis padres habían tenido suficiente. Enviaron a buscarme y volví para pasar el resto de la guerra en la casa de la familia en Elwick Road, Ashford.

No recuerdo nada de esto, ni cuando me fui ni la incesante atención que recibió mi trasero en Devon ni el regreso. Pero algo debió de arraigar en mi subconsciente. Tardé años en dejar de sentirme turbado cada vez que se me acercaba una joven sonriente con un bote grande de talco.

Un sueño infantil

El verano de 1944 trajo dos grandes emociones para un niño de cinco años en East Kent. El zumbido nocturno de los bombarderos alemanes, que dejaban atrás la costa francesa para atacar Londres, cesó cuando las RAF recuperaron el control de los cielos.

Aún no había comenzado el rítmico palpitar de los cohetes V-1 o bombas volantes, los drones sin piloto de Hitler cargados de explosivos. Pero para entonces todos los adultos estaban tensos.

Llevaban mucho tiempo esperando la invasión aliada de la Francia ocupada. Fue entonces cuando llegó el texano y aparcó su tanque en el jardín de mis padres.

A la hora del desayuno no había ningún tanque, pero cuando volví a media tarde del jardín de infancia, me lo encontré allí. El tanque, que resultó ser un Sherman, me pareció inmenso y tremendamente emocionante. Tenía la mitad de las orugas en el jardín de mis padres, había hecho añicos la verja, y la otra mitad, en Elwick Road. Había que explorarlo, y punto.

Me hicieron falta una silla de la cocina y denodados esfuerzos para llegar a la parte superior de la oruga, y luego estaba la torreta, con su formidable cañón. Al llegar a lo alto de la torreta, me encontré la escotilla abierta y me asomé al interior. Una cara me devolvió la mirada; hubo una conversación entre susurros abajo y una cabeza empezó a subir hacia la luz. Cuando una figura alta y desgarbada se separó de la estructura metálica y se elevó por encima de mí, me convencí de que tenía que ser un vaquero. Los había visto en los pases del domingo por la mañana en el cine y todos llevaban sombrero alto. Tenía ante mis ojos a mi primer texano tocado con un Stetson.

Se sentó en la torreta, me miró a los ojos y dijo:

—Hola, chaval.

—Buenas tardes —respondí.

Parecía que hablara por la nariz, como los vaqueros de las películas. Señaló nuestra casa con la cabeza.

—¿Es tu casa? —Asentí—. Bueeeno, dile a tu padre que siento mucho lo de la verja.

Se llevó la mano al bolsillo superior del uniforme, sacó un paquetito, lo desenvolvió y me lo ofreció. Yo no sabía qué era, pero lo acepté, habría sido de mala educación rechazarlo. Sacó otro, se lo metió en la boca y empezó a mascar. Yo hice lo propio. Sabía a menta, pero, a diferencia de los caramelos británicos, no se deshacía para tragarlo. Acababan de darme a conocer el chicle.

Toda la tripulación del tanque estaba convencida de que en apenas unos días formaría parte de la fuerza de invasión que intentaría asaltar el Muro Atlántico de Hitler, en el estrecho de Calais, inmensamente fortificado. Muchos debían de pensar que no regresarían. En realidad, se equivocaban.

Mi texano formaba parte de un inmenso ejército señuelo que los mandos aliados habían apostado en East Kent para engañar al alto mando alemán. En secreto, planeaban lanzar la invasión a través de Normandía, mucho más al sur, con otro ejército que por entonces permanecía agazapado bajo lonas de camuflaje a unos kilómetros de Kent.

Los soldados del ejército señuelo quizá cruzaran el canal más tarde, pero ninguno lo hizo el Día D. Como pensaban que serían la primera oleada de ataque, con terribles bajas, miles de ellos abarrotaban todos los bares de Kent, como si quisieran tomar su último trago en la cantina. Una semana después, por la radio, entonces conocida como «radiorreceptor», una voz solemne anunció que tropas británicas, estadounidenses y canadienses habían desembarcado en masa en cinco playas de Normandía y estaban combatiendo para abrirse paso hacia el interior.

Dos días más tarde, se oyó un estrépito ensordecedor en el jardín delantero y el Sherman se alejó. Mi texano se había marchado. Me había quedado sin chicle. Siguiendo el consejo de mi madre, me arrodillé junto a la cama y recé por que Jesús cuidara de él. Al cabo de un mes, me llevaron a Hawkinge.

Mi padre era comandante del ejército, pero durante los últimos diez años había formado parte del cuerpo voluntario de bomberos de Ashford. Pese a sus protestas, eso lo situaba en «ocupación restringida», lo que significaba que no podían llamarlo a filas para combatir en el extranjero. El país necesitaba a todos los bomberos de los que disponía. Él insistió en trabajar y lo nombraron funcionario de Bienestar: rendía cuentas al Ministerio de Guerra y se encargaba de supervisar las condiciones de vida de todos los soldados con base en East Kent.

No sé cuándo tuvo ocasión de dormir en aquellos cinco años. Mi madre llevaba la peletería de la familia mientras mi padre se pasaba los días vestido de uniforme caqui y las noches de aquí para allá en un camión de bomberos, apagando incendios. A lo que voy es que tenía un coche y una preciada asignación de combustible, sin los cuales no habría podido desempeñar su trabajo diurno. De ahí el viaje por la zona del Weald of Kent para visitar la pista de aterrizaje en un campo de Hawkinge, base de dos escuadrones de Spitfire.

Por aquel entonces, el Spitfire no era solo un avión de combate, era un icono nacional. Sigue siéndolo. Y para todos los niños, los hombres que los pilotaban eran héroes muy superiores a cualquier futbolista o estrella del espectáculo. Mientras mi padre se ocupaba de sus asuntos con el comandante de la base, a mí me dejaron con los pilotos.

Me consintieron mucho, pensando quizá en sus propios hijos o hermanos pequeños que estaban lejos de ellos. Uno me cogió por las axilas, me levantó bien alto y me metió en la carlinga de un Mark 9 Spitfire. Me quedé sentado encima del paracaídas, sobrecogido, mudo de asombro. Olfateé combustible, aceite, cinchas, cuero, sudor y miedo, pues el miedo también tiene aroma. Examiné los mandos, el botón de disparo, los instrumentos; cogí la palanca de control. Miré hacia delante por entre la interminable cubierta que ocultaba el potente motor Rolls-Royce Merlin hasta la hélice de cuatro aspas, tan austera en contraste con el cielo de Kent, de color azul verdoso. Y, a la manera de los niños, hice un juramento infantil.

La mayoría de los críos juran que serán algo cuando se hagan mayores, pero por lo general esa promesa se esfuma y el sueño muere. Yo juré que algún día sería uno de ellos. Luciría el uniforme azul claro con alas en el pecho y pilotaría monoplazas de la RAF. Cuando me sacaron de la carlinga, había decidido lo que iba a hacer. Sería piloto de combate y volaría en un Spitfire.

No imaginaba los años de disuasión por parte de educadores y compañeros, las burlas y la incredulidad. Cuando mi padre conducía su utilitario Wolseley de regreso a Ashford, yo estaba sumido en mis pensamientos. Un mes después cumplí los seis años y el sueño seguía vivo.

Aprender francés

Antes de la guerra, mi padre había sido uno de los pilares del Rotary Club de Ashford. Como tantos hombres se unieron a las fuerzas armadas o se sumaron al esfuerzo bélico, todo quedó suspendido hasta que acabase la guerra. Pero en 1946 se reanudaron las actividades y el año siguiente se puso en marcha un programa de «hermanamiento» con nuestros vecinos recién liberados de Francia. Puesto que Ashford empezaba por A, fue hermanada con Amiens, en Picardía.

Mis padres fueron emparejados con un médico francés, un héroe de la Resistencia, el doctor Colin, y su esposa. Durante toda la ocupación, el médico había seguido a cargo de los cientos de empleados ferroviarios que vivían y trabajaban en el área de clasificación del gran eje de Amiens. Dado que disponía de coche propio y de libertad de movimientos, el doctor Colin había observado muchas cosas útiles para los aliados al otro lado del canal y, a riesgo de ser descubierto y ejecutado, había informado a la Resistencia.

Los Colin vinieron de visita en 1947 y el año siguiente invitaron a mis padres a su casa. Pero la boutique era lo primero y no podían dejar el trabajo, así que fui yo en su lugar, una dinámica que se repetiría los cuatro años siguientes. No solo un fin de semana, sino durante la mayor parte de las vacaciones de verano, de ocho semanas.

Al igual que muchas familias de la burguesía francesa, los Colin tenían una casa de campo lejos de los humos de la ciudad, en lo más profundo de los campos de Corrèze, en el macizo Central, en medio de Francia. Así pues, en julio de 1948, con nueve años, en pantalones cortos y gorra de colegial, acompañé a mi padre en la aventura de cruzar el canal en transbordador. Solo en la otra orilla, al volver la vista, alcancé a ver vez por primera los inmensos acantilados blancos de Dover que con tanto anhelo había contemplado el ejército alemán ocho años antes. El doctor Colin salió a recibirnos a Calais y, como era debido, abrazó y besó en las mejillas a mi padre, rojo de vergüenza. Luego este me dio unas palmaditas en la cabeza y volvió a subir a bordo del ferry para volver a casa. En aquella época, los hombres de verdad no se daban besos.

El doctor Colin y yo tomamos el ferrocarril a Amiens y entonces vi por primera vez asientos de madera en un vagón de tren. El doctor tenía derecho a un billete en primera clase, pero prefería viajar en tercera, con la gente de clase obrera a la que atendía.

En Amiens volví a encontrarme con madame Colin y sus cuatro hijos, todos ellos en torno a los veinte años. François, que entonces tenía diecisiete años, era el más alocado; la Gestapo lo había detenido varias veces durante la ocupación y era el causante de que su madre tuviera el cabello blanco como la nieve. Ninguno hablaba ni una sola palabra de inglés y, después de tres trimestres en una escuela preparatoria británica, yo solo era capaz de decir bonjour y merci a duras penas. El lenguaje de signos me salió de manera espontánea, pero me habían dado un libro de gramática para principiantes y empecé a deducir lo que decían. Dos días después, nos fuimos todos a París y Corrèze.

«El extranjero» parecía un lugar muy extraño pero fascinante. Todo era distinto: el idioma, la comida, los gestos, las costumbres y aquellas locomotoras francesas descomunales. Sin embargo, un niño, cuando se trata de aprender, es como el papel secante. Absorbe información. Hoy, sesenta y cinco años después, perplejo ante el nuevo mundo digitalizado y conectado por internet, me maravillan esos niños que apenas han aprendido a andar pero son capaces de hacer veinte cosas con un iPhone, que a mí ya me cuesta siquiera encenderlo.

El doctor Colin no viajaba con nosotros. Había tenido que quedarse en Amiens para atender a sus pacientes. Así que madame y los chicos se trasladaron al sur para pasar las sagradas vacaciones de verano en el campo con un niño inglés, pequeño y un tanto abrumado. Hicimos transbordo en Ussel a una línea secundaria hacia Egletons y de allí fuimos en un renqueante autobús rural hasta el antiguo pueblo de Lamazière-Basse. Fue como retroceder a la Edad Media.

La casa familiar era grande y vieja, y estaba muy deteriorada, con el enlucido medio desconchado, goteras en el tejado y muchas habitaciones, una de las cuales pasó a ser la mía. Los ratones correteaban a placer por encima de mí mientras dormía. La señora que la habitaba era la antigua niñera de la familia, que estaba jubilada pero viviría allí el resto de sus días. Por asombroso que parezca, era inglesa pero llevaba en Francia desde joven.

Mimi Tunc, una verdadera solterona, había pasado muchos años al servicio de la familia Colin y a lo largo de toda la guerra se había hecho pasar por francesa delante de las narices de las autoridades alemanas, eludiendo así el internamiento.

Lamazière-Basse era, como he dicho, muy antiguo y casi medieval. Algunas casas, aunque no muchas, tenían electricidad. En la mayoría se las arreglaban con quinqués. Había uno o dos tractores arcaicos pero no cosechadoras. Las cosechas se recogían a mano con hoces y se trasladaban a casa en carros tirados por bueyes uncidos. Los campesinos se erguían a mediodía en los campos para murmurar el ángelus cual figuras de un cuadro de Millais. Tanto hombres como mujeres llevaban zuecos de madera o sabots.

Había una iglesia, a rebosar de mujeres y niños mientras los hombres hablaban de las cosas importantes de la vida en el café al otro lado de la plaza. El cura del pueblo, al que siempre llamaban monsieur l’Abbé, se mostraba amistoso conmigo, aunque un poco distante, convencido de que, en tanto que protestante, estaba trágicamente condenado al infierno. En el château de la colina vivía madame de Lamazière, la ancianísima matriarca de las tierras circundantes. Ella no iba a misa; la Iglesia acudía a ella representada por el pobre monsieur l’Abbé, que subía la cuesta sudando bajo el sol estival para celebrar misa en su capilla privada. La jerarquía era sumamente rígida y hasta Dios tenía que reconocer las diferencias.

A medida que mejoraba mi francés, trabé amistad con varios niños del pueblo, para quienes era objeto de enorme curiosidad. El verano de 1948 fue abrasador y el imán que nos atraía a diario era el lago ubicado a un kilómetro y medio del pueblo. Allí, con cañas hechas de juncos, intentábamos atrapar aquellas ranas verdes y grandes, cuyas patas traseras, enharinadas y fritas en mantequilla, constituían una cena excelente.

Las comidas, siempre abundantes, se hacían al aire libre: jamones curados hasta ennegrecer con el humo de la chimenea, pâtè, pan crujiente, mantequilla de la mantequera y fruta de los árboles. Me enseñaron a beber vino tinto rebajado con agua, igual que los demás niños, aunque no así las niñas. Fue en el lago, un sofocante día de aquel primer verano, cuando vi morir a Benoit.

Había unos seis chicos haciendo travesuras en el calvero de la orilla cuando, al mediodía, apareció él, a todas luces ebrio. Los chicos del pueblo me susurraron que era Benoit, el borracho del pueblo. Desconcertados y fascinados a un tiempo, lo vimos desnudarse y meterse en el lago. Cantaba muy desafinado. Pensamos que solo iba a refrescarse hasta la cintura. Pero siguió caminando hasta que le llegó el agua al cuello. Luego echó a nadar, pero después de unas torpes brazadas su cabeza desapareció.

Entre los chicos, yo era el que mejor nadaba, así que al cabo de medio minuto me sugirieron que fuera a buscarle. Eso hice. Al llegar al punto donde había desaparecido su cabeza, miré hacia abajo. Sin gafas de bucear (un objeto insólito entonces), alcanzaba a ver muy poco. El agua era de color ámbar y había matas de malas hierbas y algunas azucenas. Incapaz de ver gran cosa, respiré hondo y me sumergí.

A unos tres metros de profundidad, en el fondo, había una masa amorfa y clara tendida boca arriba. Más de cerca, advertí un reguerillo de burbujas que brotaba de su boca. Saltaba a la vista que no estaba bromeando, sino que se ahogaba de verdad. Cuando me di la vuelta para volver a la superficie, una mano me agarró del tobillo izquierdo y me retuvo. Por encima de mi cabeza, vi brillar el sol a través del agua turbia, pero la superficie quedaba a medio metro y aquella mano no me soltaba. Noté que me invadía el pánico, di la vuelta y volví a sumergirme.

Dedo a dedo, retiré la mano agonizante de mi tobillo. Benoit tenía los ojos abiertos y me miraba fijam ...