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EL LIBRO DE SOMBRA (LA SAGA DE LA CIUDAD 2)

Juan Cuadra Pérez

0


Fragmento

El niño

Esas puertas representaban todo lo que deseaba y soñaba: lo prohibido, lo fantástico, lo desconocido. Estar con su padre. El niño acababa de cumplir cinco años, y entre sus recuerdos, que bien podían ser los de toda su vida, jamás había visto esas puertas abiertas. Cerradas las había contemplado durante innumerables horas. Jugando en el salón, o desde el porche a través de las amplias cristaleras que conducían al jardín y al campo de naranjos. En ocasiones incluso cogía alguno de sus libros y se sentaba a leer junto a ellas, con la esperanza de que su padre saliese repentinamente y le dijese que podía entrar, aunque sólo fuese para echar un vistazo o para llevarle cualquier cosa. Y sí, incluso para ayudarle. Nunca había sucedido, pero ahora estaba a punto de suceder.

Con nerviosismo, el niño apretó la mano de su madre y le lanzó una mirada tan inquieta y nerviosa que no fue capaz de percibir la tensión más que evidente que cubría el rostro de ella.

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—¿Cuánto falta, mami? —preguntó por décima vez.

—Ya casi es la hora —le respondió nuevamente su madre, acariciándole la espesa cabellera rojiza. La de ella era castaña, pero en los días de verano cogía unos tonos cobrizos, y a veces el sol le arrancaba algún destello ardiente cuando dejaba que cayera suelta por la espalda. Todos le decían que había heredado el color de su abuela, pero él nunca había llegado a conocerla. Sólo la nombraban para hablar de su pelo.

Las puertas se abrieron, sólidas y pesadas, pero apenas el tiempo suficiente para que su padre cruzara el umbral y volviera a cerrarlas tras él.

—¿Listo? —le preguntó apoyando una rodilla en el suelo para situarse a su altura y escrutándole con sus pequeños ojos grises.

—¡Sí! —se apresuró a gritar con entusiasmo, y no se atrevió a moverse para no estropear el momento.

—Bien —asintió su padre; luego lanzó una mirada a la madre que el niño no entendió. En silencio, ella salió por la puerta del porche hacia el jardín. El viento fresco de los primeros días de la primavera traía un suave aroma a mar. Cuando estuvieron solos, su padre continuó hablando—: Antes de entrar, tienes que conocer las reglas. —El niño asintió—. Primero, el laboratorio no es simplemente mi lugar de trabajo; es mi santuario. Cuando estés en él, deberás hacer todo lo que yo te diga. Siempre.

La primera regla le resultó razonable y familiar. Con su padre siempre había que hacer lo que él dijese. Sin más. Así que no era nada nuevo.

—Segundo —continuó—, ahora verás muchas cosas tapadas. Deben permanecer así hasta que llegue el momento de destaparlas.

Un brillo de curiosidad asomó en su mirada.

—¿Y cuándo será eso, papá?

—Cuando estés preparado —repuso su padre, muy serio—. Ni un segundo antes.

El niño asintió con la cabeza tratando de mostrar madurez, pero el manto gris de la decepción estaba comenzando a cubrirle.

—Y tercero —concluyó su padre—, nunca olvides que entras para aprender, para estudiar. Los juegos y las bromas se quedan aquí fuera. Es cierto que aún no eres un hombre, pero vas a empezar a serlo.

El niño asintió de nuevo con entusiasmo. Quería entrar ya. Habría dicho que sí a cualquier cosa.

Y entraron.

2

El interior del laboratorio no podría haber resultado más decepcionante. No había nada que ver. Nada. Todo estaba cubierto desde el techo hasta el suelo: estanterías, mesas, baúles; cualquier cosa allí estaba cubierta por largos tapices de un blanco inmaculado.

—Siéntate —dijo su padre.

No había ningún asiento a la vista, sólo una zona despejada en el centro de la habitación, así que el niño se sentó en el suelo tratando de adivinar la infinidad de misterios interesantísimos que sin duda ocultaban las telas. Cuando se percató de que su padre permanecía en silencio a su lado, levantó unos ojos llenos de expectación, pero lo que descubrió fue una expresión de ligera desaprobación.

—Habrá que empezar por el principio —anunció su padre tras un suspiro—. Observa cómo hay que sentarse. Piernas cruzadas. Espalda recta. Las manos colocadas sobre las rodillas. Los dedos deben estar así. No, así no. Pon la espalda más recta. No muevas el pie. Los dedos. La espalda otra vez.

Después de una eternidad de probablemente unos tres o cuatro minutos, al fin el niño logró situarse en la posición correcta los segundos suficientes para que su padre asintiese apenas en señal de aprobación.

—La primera herramienta que aprenderás a utilizar —prosiguió—, y la más importante, es la disciplina. La espalda recta. Más recta. Eso es con lo que comenzaremos a trabajar.

—¿Qué hago entonces, papá? —preguntó con ilusión.

—Vacía tu mente. Mantén la postura. Respira.

El niño hizo un gesto afirmativo y se dispuso a ello. Era lo más difícil que le habían pedido en su vida. ¿Cómo vaciar la mente cuando estaba a punto de estallar, rebosante de ideas, sueños y posibilidades? Pero aun así lo intentó. Lo intentó durante una hora, ilusionado de que al fin estaba aprendiendo junto a su padre. La hora siguiente lo intentó temeroso de decepcionarlo. Y la siguiente, esperanzado de que si vaciaba la mente, también se iría el dolor de las piernas y de la espalda. Luego intentó vaciarla sólo con la esperanza de que aquello acabase de una vez.

Cuando la clase terminó con un simple «Es la hora, puedes levantarte», el niño aguardó un momento mientras trataba de desentumecer las doloridas extremidades, esperando una frase de elogio. Luego pateó el suelo para despertar una pierna dormida deseando una palabra de aprobación. Finalmente, se demoró un poco más moviendo la cintura y la espalda buscando al menos una sonrisa. Y, pasados unos minutos, se fue sin ninguna de las tres.

—Mañana seguiremos —dijo su padre cuando este ya cruzaba la puerta del laboratorio—. Tienes mucho que aprender antes de empezar a aprender algo.

El niño se dio la vuelta rápidamente, con la esperanza de encontrar una mirada cálida y orgullosa a sus espaldas, pero lo único que vio fue el movimiento de un tapiz blanco y la hoja de la puerta cerrándose con firmeza.

—Todos los comienzos son duros —le dijo su madre, contemplándolo desde el jardín. El niño arrastró los pies hacia ella. En el porche, la luz cálida del atardecer bañaba la mesa de madera oscura, sobre la que aguardaba un vaso de leche fresca y un trozo de bizcocho. Al verlo, se sintió un poco mejor. Al cogerlo y comprobar que estaba recién hecho, se sintió bastante mejor. Y cuando pegó el primer mordisco y su madre le desordenó los cabellos pelirrojos, ya sólo pensaba en correr a buscar al perro y jugar con él un rato. En cuanto acabase la merienda.

3

Al día siguiente, cuando la puerta del laboratorio volvió a abrirse, los tapices seguían allí, pero el niño trató de que la desilusión no asomase a su rostro. Sonrió forzadamente y se sentó, tratando de adoptar la postura del día anterior. Sólo necesitó un par de minutos de correcciones para lograrlo. Pero eso no hizo que la jornada se le hiciese más corta, ni que su padre le regalase señal de aprobación alguna. Tampoco el día después. Ni el otro. Tras una semana de esfuerzos y de nada, el niño al fin logró arrancarle un leve gesto de asentimiento.

—Bien —dijo su padre—. Creo que ya puedes empezar a aprender cosas. Aunque seas demasiado pequeño para entenderlas.

El niño sintió una oleada de ilusión recorriéndole el cuerpo, pero logró contenerla para no romper la postura, y lanzó fugaces miradas hacia los bultos ocultos bajo los tapices preguntándose cuál sería el primero en desvelarse ante sus ojos. La respuesta fue: ninguno.

—Comenzaremos con algunas listas —prosiguió su padre—. Escucha con atención e intenta repetirlo del modo más correcto posible.

—¿Cuánto tendré que aprenderme de memoria, papá? —preguntó el niño, que luchaba contra la oleada de aburrimiento que había devorado la ilusión con la que había comenzado la jornada, y que a esas alturas ya descansaba en el olvido. Su padre rió; era una risa sincera suscitada por una pregunta para él totalmente inesperada. Y estúpida.

—¿Cuánto? Todo, hijo mío. Tendrás que aprendértelo todo. Empecemos. Para el domingo: Mercurio a la una, yayn, Miguel; la Luna a las dos, lanor, Gabriel; Saturno a las tres, nasnia, Casiel; Júpiter a las cuatro, sala, Saquiel...*

Y el niño comenzó a aprender.

I

El aprendiz

What is a Warrior? A Warrior is a person who, through objective and thorough self-examination, develops an understanding of personal talents and limitations.

[¿Qué es un Guerrero? Un Guerrero es una persona que, mediante un autoexamen objetivo y meticuloso, desarrolla una comprensión de sus propios talentos y limitaciones.]

KERR CUHULAIN, Wiccan Warrior

 

 

But the streets where you take me home

recall my paranoid circus of formative years.

 

[Pero las calles por las que me llevas a casa me traen recuerdos del circo paranoico de mis años de formación.]

LYRIEL, «Paranoid Circus»

1

La limpieza

Angustia era la palabra que mejor definía las emociones que asaltaban a Sombra en ese momento. Angustia y una comprensión clara y precisa de lo que había sucedido. De lo que estaba sucediendo. A unos metros bajo sus pies, en el patio de butacas del Auditorio Imperial, centenares de personas, inocentes e ignorantes, habían prestado su energía a un ritual mágico totalmente inesperado, un ritual que había arrancado al conjunto de la ciudad y a sus habitantes del plano de existencia de la Tierra y los había arrojado... ¿Adónde? Sombra se hizo la pregunta una vez más, pero no sabía la respuesta. No se atrevía a abandonar de nuevo su cuerpo para explorar los límites del reino en miniatura en el que estaban aprisionados, y en la primera y fugaz visión de sus fronteras se encontraba demasiado desconcertado como para determinar dónde estaban. No obstante, tenía muy claro dónde no estaban, y eso era suficiente. Ese mundo ya no era el suyo.

En el centro del escenario, el pastor que había orquestado todo el proceso mostraba una sonrisa exultante, pletórica ante su rebaño. Sombra se preguntó qué pretendía sacar de todo esto. Poder, probablemente. De la clase que fuera. Por un instante sopesó la posibilidad de intentar dispararle, de detener el proceso en su fase final, pero en realidad sabía que ya era demasiado tarde, que una vez puestas en marcha las energías, era mucho más peligroso interrumpir el ritual que dejarlo terminar. Así que guardó la inútil pistola en su mochila y comenzó a descender del palco del modo más silencioso y discreto que pudo. Nadie parecía interesado en detenerle. Bajó las escaleras, recorrió el pasillo y en unos instantes se encontraba en el vestíbulo de entrada del Auditorio. Y al otro lado de las enormes cristaleras del edificio, la Ciudad. Cuando el mago entró en el Auditorio —aún no había pasado una hora—, la Ciudad era un mosaico de cadáveres y atrocidades varias, un gigantesco campo de batalla donde se había librado una lucha dantesca y sin sentido que había arrastrado, de un modo u otro, a todos sus habitantes. Ahora, una vez arrancada del tapiz del mundo, al otro lado de esas puertas podía haber cualquier cosa.

Una punzada de miedo hizo que un escalofrío le recorriese la espalda, y se detuvo en seco. En ese mismo instante acababa de perder algo. Algo se había alterado sutilmente. Alterado, no; borrado. Se había borrado a causa del descomunal hechizo que estaba actuando en esos momentos. Pero ¿el qué? Revisó las últimas frases que había pensado; repasó las palabras en busca de alguna carencia, de algún sinsentido, por mínimo que fuera. Luego escudriñó lo evidente. Y lo encontró. La Ciudad. ¿Qué ciudad? Debía tener un nombre. Pero ya no lo tenía. Igual que no tenía un lugar. Sombra se acarició el pentáculo que colgaba de su cuello, en el que había concentrado toda la magia protectora que era capaz de tejer antes de salir. Si ni siquiera con sus protecciones podía recordar cómo se llamaba el lugar en el que llevaba viviendo los últimos diez años, probablemente nadie más sería siquiera consciente de que la Ciudad había pertenecido alguna vez a algo. No sólo se la estaban llevando; la estaban transformando. Y esto era lógico, pero aun así le sorprendió. Y tras la sorpresa surgió el interés. Visto lo visto, Sombra calculaba que al otro lado de las puertas de cristal debía de haber entre mil y mil quinientos cadáveres diseminados por las calles y los edificios. Probablemente el doble o el triple de esa cantidad. ¿También iban a borrarlos de la mente de la gente hasta que los cuerpos se descompusiesen? A sus labios asomó una sonrisa macabra, que no logró ocultar su desconcierto. Sólo había un modo de saberlo. Así que empujó la hoja de cristal de la puerta, y salió.

—La curiosidad mató al gato, pero dejó vivo a su brujo —musitó, y una ligera sonrisa, esta vez de tristeza, se esbozó en su rostro. Hacía mucho que no escuchaba esas palabras. No recordaba exactamente de quién era la frase, si de Lucian o de Siiri. Probablemente de Lucian. Siiri habría objetado que el gato no tenía culpa alguna, y que no lo metiesen en el ajo. Pero en ese instante daba lo mismo, porque los dos estaban a un plano de distancia y a diez años en su pasado. Aun así, el último mensaje que había enviado antes de que la Ciudad fuese arrancada de sus cimientos había sido para Lucian, y no pudo evitar preguntarse si ese minúsculo guijarro sería capaz de provocar ondas lo suficientemente intensas como para alcanzarle dondequiera que estuviese ahora. Lucian. El audaz. El implicado. El individualista. Pero no era él quien estaba aquí dentro. Era Sombra. El reservado. El distante. El discreto. No tenía sentido lamentarse.

Inspirando profundamente, comenzó a concentrarse para percibir cualquier efecto mágico activo. Dejó que la energía fluyese a través de su cuerpo ascendiendo desde el suelo, atravesando sus piernas, su tronco, sus manos, saltando desde su cabeza hacia el cielo, conectándolo a todo. Cuando se sintió preparado, tiró de esos hilos invisibles con los que se había enlazado a la realidad, y escrutó las calles que se extendían ante él. A priori no había cerca ningún foco de energía, pero tampoco ningún cadáver, lo cual resultaba tranquilizador y, a la vez, desconcertante. Unos minutos antes resultaba imposible mirar a cualquier parte sin ser testigo de la infinita capacidad del ser humano para destruirse a sí mismo. No podía limitarse a aceptar ese radical cambio de la realidad, así que comenzó a andar en una dirección cualquiera. No debería haberle llevado mucho tiempo encontrar los restos de la carnicería. El problema es que ya no estaban allí. Y eso no tenía ningún sentido. Suspirando, se resguardó ligeramente detrás de un contenedor de basura volcado y sacó su péndulo de la mochila. El hecho de que no detectase nada sólo significaba que no era capaz de detectar nada. Pero tenía que haber algo. Era imposible que lo hubieran borrado todo de forma tan rápida y efectiva. Siempre había limitaciones y reglas, incluso en la magia. Sobre todo en la magia. Así que se concentró y canalizó toda su percepción en la cadena de plata y la pirámide de cuarzo, dejando que fluyese libremente. El péndulo osciló casi en el mismo instante en que quedó libre. A la izquierda. Sombra se giró hasta situarse en la dirección que indicaba su amuleto y comenzó a avanzar lentamente. Un paso, dos, tres. Entonces el péndulo comenzó a apuntar hacia atrás, lo cual quería decir que estaba justo encima. De repente, el pánico le asaltó. Quizás no había percibido magia antes porque no era magia. Tragó saliva. Arcontes. Durante unos minutos se había centrado tanto en el ritual del Auditorio que se había olvidado completamente de los Arcontes. Gran error. La curiosidad mató al gato. Sin atreverse a mover un músculo, observó cómo el péndulo indicaba justo el lugar donde él se encontraba. Ya no tenía sentido dar marcha atrás. Sólo podía confiar en que esta vez el brujo también lograse sobrevivir.

Con precaución, el mago apoyó una rodilla en el suelo de asfalto. Contuvo la respiración un segundo, pero no sucedió nada. Seguía vivo. Seguía allí. Así que se pasó el péndulo de una mano a la otra, y rozó la acera con la punta de los dedos de la mano derecha. Un escalofrío le recorrió y le dejó una sensación hormigueante en las yemas. Estaba allí. El frío. La oscuridad. El ansia de devorarlo todo. Era lo más cerca que había estado nunca de un Arconte. Un mundo más cerca de lo que querría haber estado jamás. Pero ahora que lo tenía al lado, debía verlo. Y probablemente habría otras formas de lograrlo, pero él sólo conocía dos: la lenta y segura; la rápida y peligrosa. Respiró hondo y, descolgándose la mochila del hombro, guardó dentro el péndulo y sacó su athame. Respiró de nuevo y situó el pulgar izquierdo sobre la afilada hoja del cuchillo ritual, mientras volvía a tocar el asfalto con su mano derecha. Visualizó un pentáculo plateado de energía a su alrededor que comenzó a resplandecer en el suelo, reflejando las protecciones entretejidas en el símbolo que llevaba al cuello, y confió en que fuese suficiente. A continuación, apretó el dedo de la mano izquierda hasta que la sangre manchó el cuchillo. Un último paso. Cerró los ojos, y rápidamente posó el pulgar sobre sus párpados, primero el izquierdo y luego el derecho, dejando una pequeña gota de sangre. Visualizó la gota sobre ellos, resplandeciendo de vida; visualizó cómo esa vida traspasaba el pentáculo de plata que le rodeaba, y proyectó su energía al otro lado. Entonces abrió los ojos. Y lo vio.

El Arconte era una figura sombría. O, más bien, una sombra con figura. Delgado, infinitamente delgado, pero tangible, y cubierto por una capa negra deshecha. Jirones de oscuridad sujetos a un esqueleto de nada. Y era menos aún. Pero era. Donde debía estar su cabeza había una oscuridad aún más profunda, inclinada sobre un cadáver: un chico joven, poco más que un niño. Si Sombra no hubiese tenido tanto miedo, se habría reído por la simpleza y la efectividad del plan. El Arconte estaba devorando el cadáver. Así de sencillo. Con la eficiencia de un triturador, la criatura iba sorbiendo y masticando por igual carne, huesos, tendones, vísceras y ropa. Ya había dado cuenta de algo más de la mitad del cadáver —concretamente, de casi toda la mitad superior— y en unos minutos no quedaría nada, ni siquiera el recuerdo de quién fue ese cuerpo antes, gracias al conjuro que estaba afectando a la Ciudad. Una duda matemática asaltó a Sombra. ¿Cuántos Arcontes habría en ese momento devorando cuerpos? Y si un Arconte tardaba, pongamos por caso, cinco minutos en hacer desaparecer un cadáver, ¿cuánto tiempo necesitarían para limpiar completamente las calles? Sombra elevó la vista hacia el este; allí, detrás de una pared de edificios, se veía con claridad cómo el cielo estaba dando paso al azul del amanecer. Pronto, una marea de supervivientes se dispondría a iniciar un nuevo día como cualquier otro, ignorantes del horror que les había asaltado durante la noche anterior. ¿Podrían los Arcontes llevar a cabo su trabajo a tiempo? ¿O la ilusión de perfección y realidad tan laboriosamente creada se haría pedazos en unos minutos? ¿Podría un plan como ese, aparentemente tan bien elaborado, fracasar por algo tan simple como la falta de tiempo? No lo creía.

Pero sólo había una forma de saberlo. Sombra volvió a cerrar los ojos y visualizó cómo el brillo carmesí que cubría sus párpados los traspasaba, fundiéndose con sus pupilas. Ahora que sabía lo que buscaba, todo sería mucho más fácil. Volvió a mirar hacia la calle mientras se incorporaba, y detrás del primer Arconte, que casi había acabado su labor a apenas medio metro de sus pies, pudo contemplar a otro, e incluso a otro más al final de la calle. Ninguno de ellos le prestó atención, quizás por suerte, quizás porque estaban concentrados en su trabajo; o mejor aún, gracias a las protecciones entretejidas que le ocultaban. Si no se debía a eso, lo más probable era que se abalanzasen sobre él en cuanto acabasen de devorar los cuerpos inertes. Sombra cogió aire, tomándose unos segundos de reflexión que no tenía. Aun sin tener nada claro qué estaba sucediendo, ni mucho menos las reglas que regían la situación, dedujo, por el terrible empeño que ponían los Arcontes, que la ilusión de orden, la ilusión de pureza, era algo esencial. Y esto implicaba...

Con un ruido de succión final y algo que parecía el lametón de un gigantesco felino, el Arconte que tenía al lado terminó de alimentarse. El mago no se movió, no se atrevió a moverse, pero sintió que la criatura levantaba el lugar donde estaba su cabeza y escrutaba alrededor en busca de más cuerpos. Un latigazo de hielo negro le golpeó casi físicamente la espalda cuando la mirada del ente pasó sobre él. Pero no se detuvo. La terrible sensación pasó, y Sombra escuchó el casi inaudible susurro de la vaporosa forma alejándose. Las protecciones habían resistido. De momento. Pero no tenía intención de ponerlas a prueba de nuevo, así que dejaría las reflexiones para cuando estuviera a salvo en casa. Si es que seguía habiendo una casa. Si es que seguía estando a salvo en ella. Frustrado, se golpeó la mejilla un par de veces con fuerza para despejarse. Basta de pensar. Eso es lo que al final acabaría con él.

Pegándose a la pared, Sombra avanzó hasta superar al siguiente Arconte, que aún continuaba devorando los últimos pedazos de lo que parecía una anciana, y se alejó rápidamente en dirección este, hacia un parque, o eso le pareció en el camino de ida. Los parques habían concentrado las mayores batallas de la noche, e indudablemente serían los lugares más difíciles de limpiar y, al mismo tiempo, los más visibles; por tanto, los escenarios idóneos para estimar cuántos Arcontes había trabajando. Información. Toda la posible. Lo más rápido posible. Y luego correr, correr y ocultarse como si no hubiera mañana, y confiar en que sí lo hubiese. Aceleró, aprovechando que no había ningún ente más frente a él, y avanzó corriendo por unas calles desiertas, de modo que en un par de minutos alcanzó el límite de hierba y árboles dispersos que buscaba. Había mucha actividad. Seis Arcontes. Siete. Ocho. Diez. Una docena. Y algo que no era un Arconte. Instintivamente, Sombra aferró su colgante y pegó la espalda contra el árbol más cercano, que resultó ser un pino no demasiado grande. Con la seguridad de la savia circulando lenta e inexorablemente a su espalda y el reconfortante crujido de las agujas secas bajo sus pies, Sombra contempló la escena que estaba teniendo lugar ante sus ojos, sin comprenderla. Allí los Arcontes ya no estaban devorando los cadáveres, parecía más bien que los arrastraban hacia una gigantesca mole de oscuridad del tamaño de un camión que brotaba del suelo, y, una vez allí, desaparecían en una especie de boca de negrura pura. El mago trató de fijar la vista, de atisbar algún detalle en la desproporcionada figura, pero era como intentar encontrar un carbón en un pozo de brea. Sólo era oscuridad, repleta de oscuridad, y en la que iba penetrando más oscuridad. No se atrevía a sacar el péndulo, y tampoco creía que fuera a servirle de nada. Ahogó un resoplido de frustración. Estaba jugándose la vida para ver cosas que no era capaz de descifrar. Él era el maldito gato, sólo que, en vez de ir directamente a la muerte, la espiaba desde debajo de la alfombra. Y de repente lo entendió. Estaban barriendo. Más concretamente, metiendo la porquería debajo de la alfombra. Sin embargo, aquello no era una alfombra. Maldiciendo de nuevo ante la necesidad de saber, de comprender, se separó del árbol y, tras comprobar que sus defensas seguían en su sitio, avanzó unos pasos más hacia la estructura de sombras.

2

No era un Arconte. Pero sí lo era. Sombra maldijo en silencio. Era como si de repente te adelantasen dos cursos en el colegio: parecía a punto de entenderlo todo, pero en realidad no era capaz de comprender nada. Aun así, tenía que intentarlo. Conforme se iba aproximando, el mago creyó distinguir rasgos gigantescos y deformados; matices, quizás. Apenas una línea de oscuridad atravesando otra oscuridad mayor. Algo que podría haber sido un giro o un bucle. Demasiado disperso para poder darle forma; demasiado grande. Pero ahí estaba. Como si de algún modo uno de los Arcontes se hubiese expandido desproporcionadamente o, más bien, lo hubiesen expandido, transformándose en una lóbrega abertura hacia... ¿Hacia dónde? Esa era una de las preguntas clave. A un par de metros escasos de donde se encontraba, la figura indefinida de otro Arconte arrastraba lo que parecía ser el cadáver de un hombre de mediana edad, grueso, probablemente de más de ciento veinte kilos. Y parecía ser un cadáver, pero sólo hasta que, transcurridos unos segundos, abrió ligeramente los ojos y levantó una mano temblorosa. Sombra sintió que la sangre se le helaba en las venas. Lo poco que sabía sobre los Arcontes acababa de venirse abajo. Una cosa era que se apropiasen de unos cadáveres que, de un modo más o menos razonable, podía considerarse que habían muerto como sacrificio a ellos, y otra cosa —un mundo completamente distinto— era que pudiesen reclamar una vida por sí mismos. El Arconte se detuvo y observó impertérrito cómo el brazo casi sin fuerzas se desplomaba de nuevo, y después siguió la mirada del moribundo. Durante un terrible instante Sombra se preguntó si el hecho de estar al borde de la muerte había permitido a ese pobre desgraciado superar de algún modo sus defensas, pero la penetrante mirada del Arconte se perdió en algún punto a su izquierda, permaneció un par de segundos escrutando el vacío y después volvió a centrarse en su objetivo. El suspiro de alivio que lanzó el mago fue casi audible, pero sólo casi. Tenía muy claro lo que podía permitirse y lo que no si quería regresar con vida a casa, sobre todo después de lo que acababa de ver.

Cuando el Arconte continuó arrastrando a su presa hacia la gigantesca boca, Sombra fue detrás de él, confiando en que la proximidad actuase como una distracción adicional en caso de que más miradas pasasen sobre él. Al fin y al cabo, las protecciones que había levantado a su alrededor tenían como objetivo desviar la atención de cualquiera que pudiera fijarse en su presencia, y eran más eficaces cuando había algo más en lo que fijarse. En un alarde de audacia que le sorprendió a él mismo («¡Estúpido, estúpido! Vete a casa de una maldita vez»), el mago echó mano de su mochila, extrajo su péndulo y se lo enrolló lentamente en la mano derecha. Había conexiones a su alrededor. Lo notaba en cada poro de su cuerpo, y necesitaba hacerlas visibles de algún modo. Y sólo se le ocurría uno. Sin perder el paso del Arconte y su presa, pero manteniéndose siempre al menos un par de metros por detrás de ellos, extendió la palma de la mano izquierda hacia arriba. Era el ejercicio más sencillo, de las primeras cosas que había aprendido a hacer; al menos, de las primeras útiles y agradables. Inspiró lentamente, extendiendo las raíces de su espíritu al suelo, anclándose profundamente, buscando la esencia verde de la tierra, y visualizó una pequeña esfera de energía. No era energía propia, era una energía que subía por sus piernas con un cosquilleo, que recorría su vientre, su pecho, pasaba a su mano y, finalmente, saltaba a sus dedos, donde comenzaba a acumularse. Energía ardiente, guardianes del sur, elemento fuego. La esfera fue cobrando forma poco a poco, con una espiral de llamas en su centro que la hacía crecer lentamente. Energía limpia, energía del mundo que le rodeaba. No podía permitirse gastar ni una pizca de su propia energía en ese momento, ni era el modo adecuado de hacer las cosas. Cuando la esfera tuvo el tamaño de una manzana, Sombra deshizo la conexión que le enraizaba con el suelo y dejó que los restos de energía terminasen su recorrido hasta su palma. Una vez allí, visualizó una pequeña pero resistente cubierta que sellaba la esfera y mantenía la energía en su interior, evitando que se disipase. Cuando estuvo seguro de que resistiría, se inclinó hacia el suelo y con un impulso de su voluntad la liberó de la mano y la hizo girar poco a poco hacia delante. Un paso. Dos. Tres. En ese punto, el mago había concebido el fin de las protecciones que le envolvían. Cuatro pasos. Cuando la esfera de energía salió de la invisible línea de fuerza, todos y cada uno de los rostros envueltos en oscuridad de los Arcontes se giraron hacia ella. En ese instante Sombra desenrolló el péndulo, liberando el cuarzo de su extremo para que oscilase libremente, y dejó fluir la mente tratando de encontrar las conexiones que habían surgido entre los Arcontes. ¿Había un líder? ¿Una figura principal? ¿Se estaban comunicando entre ellos? Tenía demasiadas preguntas y muy poco tiempo, o más bien ninguno. Debía centrarse en algo. El péndulo comenzó a oscilar, y Sombra trató de ver si apuntaba a algún ente en concreto, si destacaba alguna figura. Necesitaba una cabeza, porque entonces tendría algo que cortar. Pero el péndulo no apuntó a nada; lo que hizo fue empezar a girar y a girar y a girar, cada vez más deprisa. El flujo de energía era enorme, rápido. No; más que rápido, instantáneo. Sombra cerró los ojos y dejó que su consciencia se expandiese unos segundos para atisbar la forma que adoptaban esas conexiones, tratando de buscar una analogía. Con un pequeño salto, se separó lo bastante como para dejar atrás las limitaciones de su forma física. Contempló su cuerpo, que sostenía el péndulo con fuerza, sólo unos centímetros por debajo su forma astral, y la sólida trama de la esfera de protección que lo envolvía, visible desde el interior pero invisible desde el exterior. Junto a ella, la bola de energía era un faro carmesí. Aunque todo eso ya lo sabía. Lo que necesitaba observar era lo que estaba pasando entre los Arcontes. Tenía miedo de lo que pudiera encontrarse. Pero no había otra opción. Levantó la vista hacia las figuras que le rodeaban con la esperanza de ver algún tipo de línea de fuerza. Intensidades. Jerarquías. Pero era como tratar de entender... No encontró las palabras. Era simplemente demasiado complejo; absurdo perder más tiempo. De pronto abrió de nuevo los ojos, con más dudas que al principio. La impresión que le había dado —y era sólo eso, una impresión, que perfectamente podía guardarse en el bolsillo para tirarla en la papelera más próxima— era que no estaban conectados; más bien eran parte de la misma cosa. Esto quizás tuviese todo el sentido del mundo, o ninguno, pero ahora no tenía forma de saberlo.

Era demasiada información, demasiadas cosas en las que pensar, así que aprovechó que los Arcontes aún centraban su atención en la esfera de energía que comenzaba a disiparse en el suelo, y retrocedió hacia el límite del bosque. Despacio. Infinitamente más despacio de lo que habría querido. Un cansancio pesado y denso comenzaba a invadir sus extremidades y sus párpados, pero lo desechó con un movimiento de cabeza. No podía permitirse flaquear en ese momento. Aún había cosas que hacer, o mejor dicho, que observar. Como qué iba a suceder con el gigantesco y deformado Arconte que estaba sirviendo de portal. Respiró profundamente. Quería echar a correr con todas sus fuerzas. Estaba en el borde del parque; podía hacerlo, pero necesitaba saber qué iba a pasar con el portal. Entonces escuchó un sonido a sus espaldas. O más bien el sonido que surgía de la mezcla de otros muchos sonidos. Era como si estuviesen arrastrando una mesa gigantesca por un descomunal pasillo de piedra. Sólo que no era ni una mesa ni un pasillo. Era el sonido de cientos de cuerpos arrastrados por el asfalto. El sonido de la carne quemándose y desgastándose sobre el suelo irregular, y luego el ruido del hueso al raspar contra el hormigón. Sombra no sabía cuántos Arcontes vio al darse la vuelta. Demasiados. Una gigantesca ola de oscuridad que arrastraba consigo una ola de carne muerta. O no tan muerta, se recordó con espanto. No había salida. Simplemente, no había salida. Eran demasiados, y estaban demasiado juntos como para que pudiese evitarlos. Alguno entraría en su protección, era inevitable. Y entonces le verían y moriría. Desesperado, oteó los otros extremos del parque, pero la ola de entes se acercaba con su carga desde todas las direcciones. Hasta el portal, el maldito portal que él decidió ver personalmente, movido por una maldita necesidad. La curiosidad mató al jodido gato. Al menos, se dijo con amargura, una duda quedaría disipada: la Ciudad estaría totalmente limpia de cuerpos cuando saliese el sol. Los ciudadanos abrirían las puertas tras despertar del sueño de los justos y empezarían sus vidas sin ser conscientes de los cientos o miles de vecinos que habían sido devorados o arrastrados a la nada. Ni tampoco del estúpido mago que caería junto a ellos por seguir consejos de gatos.

—Seré imbécil —dijo Sombra de repente. Tan simple como que el gato se habría salvado y él no. Demasiado cansancio. Demasiadas preguntas sin respuesta dando vueltas en su mente. Demasiado miedo. Mala combinación.

Como un ejército mudo, la ola de Arcontes continuó avanzando, llevándose consigo los últimos despojos de su batida nocturna, arrastrándolos al interior del gigantesco portal, haciéndolos desaparecer y, a continuación, desapareciendo ellos mismos. En unos minutos, cuando el primer auténtico rayo de sol golpeó la hierba del parque arrancándole destellos al rocío, un pájaro cantó; parecía anunciar que la limpieza se había completado. Y así era. Desde la copa del árbol al que se había subido, Sombra observó todo a su alrededor, buscando cualquier mínimo rastro de la masacre que se había cometido en la Ciudad. Pero no quedaba nada. Tabla rasa. Agotado, desconcertado y sintiéndose completamente inútil, el mago se descolgó con cuidado de la rama en la que estaba encaramado e inició el camino de regreso a casa.

2

El Rey del Mundo

El ritual había salido de puta madre. Sin fallos. Perfecto. Una obra maestra entre los rituales. Suponía. Y eso significaba que no tenía ni puta idea de lo que había pasado, pero tenía más o menos la impresión de que algo había pasado. Así que Frank R. Schiolla abandonó el Auditorio Imperial con la sensación del deber cumplido, pero lo más rápido posible. Tampoco sabía qué más hacer. Las instrucciones que le habían dado los Arcontes concluían con el final del ritual; tras este, por fortuna todo el rebaño se había quedado plácidamente dormido, como los corderitos que eran, a la vez y sin rechistar. Soñando con rechonchos angelitos. Lo cual, en cierto modo, no dejaba de tocarle un poco las pelotas.

Para ser sincero, él había esperado algo más espectacular, o al menos algo más truculento. Cuerpos que estallaban envueltos en llamas, por ejemplo. Gente destripada... o destripándose. O mejor aún: monstruos llenos de tentáculos brotando del suelo para follarse a las tías por todos los agujeros. Evidentemente, sólo había visto algo así en algún dibujo animado guarro japonés de esos, cuando miraba porno en internet, pero en un rinconcito de su corazón había esperado poder verlo en directo. Habría sido la hostia. Para empezar, que cogiesen de una pierna a la colegiala frígida esa, la levantasen por los aires, le arrancasen la faldita de calientapollas y luego las bragas. Bueno, la faldita no, que le dejasen la faldita. Y entonces le metiesen medio metro de carne palpitante por cada lado. Como un pollo ensartado. Eso habría sido el final perfecto para el día, y si hubiese sucedido, se habría vuelto a pajear ahí mismo, frente a los tentáculos violadores. Pero nada. Ni tentáculo ni culebrilla. Nada de nada. Ni siquiera apareció un Arconte, que fue lo que más le desconcertó. Había sido un auténtico anticlímax. O, para ser exactos, un anticlímax y una putada, porque ahora no sabía qué narices hacer con su vida.

Con precaución, Frank se detuvo después de cruzar las amplias puertas del Auditorio Imperial, antes de bajar la escalinata que conducía a la calle. Luego se dio cuenta de que habría actuado con precaución si hubiera esperado dentro y observado por una rendija, pero ya estaba al descubierto, así que no había mucho que hacer. Miró hacia un lado, luego hacia otro, esperando tal vez una procesión de Arcontes triunfantes, o una banda de música preparada para recibirle. O un monstruo tentaculado. Joder, era el maldito Rey del Mundo. Se lo habían prometido. Pero la calle tenía el aspecto de cualquier otra cuando comenzaba a amanecer. Vacía, aburrida, insulsa.

—Un momento... —murmuró mientras escrutaba con más atención todo lo que le rodeaba.

Vacía. Las calles antes no estaban vacías, o al menos no tan vacías. Vale que los alrededores del Auditorio estaban más o menos tranquilos cuando entraron, pero toda la maldita Ciudad estaba llena de cadáveres hacía menos de una hora. ¿Cómo es que ahora estaba vacía? Sin entenderlo del todo, se permitió lanzar una carcajada breve y seca que resonó ominosamente en el silencio matutino. Sí que había logrado hacerlo. Tenía un mundo nuevo. Y limpito. Para él. Aunque no hubiese una puta limusina para recibirle.

Con esa nueva certeza como armadura, Frank se sintió inusitadamente tranquilo y seguro. Como no lo había estado en toda su vida, de hecho.

—Jódete, papá —comentó a las aceras vacías—. Jodeos todos. Soy el Rey del Mundo. Así que podéis poneros todos en fila y chuparme la polla uno detrás del otro. Y cuidadito con los dientes.

Lanzó una nueva risotada, encantado con su sentido del humor. Cierto que su padre estaba muerto y enterrado, y allí donde se pudriese le importaría una mierda lo que estuviera haciendo su hijo el fracasado. Pero eso era parte del Frank del pasado. El nuevo Frank era el Rey del Mundo, y si ordenaba al cadáver de su padre que se alzase de su tumba y viniese a comerle la polla, tendría que obedecer. Pero no lo ha ...