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EL MARTE LARGO (LA TIERRA LARGA 3)

Terry Pratchett / Stephen Baxter

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Fragmento

1

Los Altos Megas:

Mundos remotos, en su mayoría aún deshabitados incluso en 2045, treinta años después del Día del Cruce. Allí arriba uno podía estar completamente a solas. Una única alma en un mundo entero.

Eso le hacía cosas raras a la mente, pensó Joshua Valienté. Al cabo de unos meses de soledad, te volvías tan sensible que te creías capaz de percibir si otro humano, aunque fuera una sola persona, llegaba para compartir tu mundo. Un único humano más, quizá en la otra punta del planeta. La princesa y el guisante, que se diría. Y las noches eran frías y grandes y la luz de las estrellas apuntaba toda hacia ti.

Y aun así, pensó Joshua, incluso en un mundo vacío, bajo un cielo vacío, siempre tenías a otra gente metida en la cabeza. Gente como la mujer de la que se había separado y su hijo, y su ocasional compañera de viajes, Sally Linsay, y todas las personas de la afligida Tierra Datum, que aún sufría las secuelas de Yellowstone, cinco años después de la erupción.

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Y Lobsang. Siempre Lobsang…

Dados sus inusuales orígenes, Lobsang se había convertido por fuerza en una especie de autoridad sobre la obra conocida en Occidente como El libro tibetano de los muertos.

Su título más familiar para los tibetanos quizá fuera el de Bardo Thodol, que podría traducirse más o menos como «Liberación por el oído». Ese texto funerario, que tenía por objeto guiar la consciencia a través del intervalo entre la muerte y el renacimiento, no tenía una única edición reconocida por consenso. Sus orígenes se remontaban al siglo VIII y con el tiempo había pasado por muchas manos, un proceso que había dejado en herencia versiones e interpretaciones diferentes.

A veces, cuando Lobsang repasaba el estado de la Tierra Datum, primer hogar de la humanidad, en los días, meses y años que había seguido a la supererupción de Yellowstone de 2040, hallaba consuelo en el sonoro lenguaje de aquel texto venerable.

Consuelo si se comparaba con la noticia que le había llegado desde Bozeman, Montana, en la Tierra Oeste 1, por ejemplo, apenas unos días después de la erupción. Una noticia a la que habían respondido sus amigos más próximos…

En un día normal, la comunidad que crecía en aquella huella de Bozeman, un paso al oeste del original, debía de ser una típica colonia de cruce, pensó Joshua mientras se ponía el mono de seguridad una vez más. Un grupo de cabañas de troncos estilo Abraham Lincoln penetraban en un bosque cuya madera se estaba extrayendo de forma paulatina para exportarla al Datum. Un corral, una pequeña capilla. Aquella copia de Bozeman incluso carecía de instalaciones que sí se encontraban en puntos más lejanos de la Tierra Larga, como un hotel, bares, un ayuntamiento, una escuela o una clínica; al estar tan cerca del Datum, era demasiado fácil cruzar a casa para encontrar todo eso.

Pero aquel día, 15 de septiembre de 2040, no era un día normal en ninguna de las Américas paralelas, pues una semana después de que la gran caldera estallase, en la Tierra Datum la erupción de Yellowstone aún continuaba. Bozeman, Montana, estaba a apenas unos ochenta kilómetros de la ininterrumpida actividad volcánica.

Y a un cruce del desastre, Bozeman Oeste 1 se había transformado. Aunque era un día soleado, de cielo azul y hierba verde —allí no había cielos volcánicos—, el pueblo estaba abarrotado de gente, de personas hacinadas en las cabañas y en tiendas plantadas deprisa y corriendo o sentadas sin más en lonas extendidas sobre el suelo. Personas tan rebozadas de ceniza del volcán que presentaban un color gris uniforme, en la piel, el pelo y la ropa, como si fueran personajes de una serie televisiva antigua en blanco y negro, Te quiero, Lucy, cortados y pegados digitalmente sobre el soleado verdor de aquel magnífico día de otoño. Hombres, mujeres y niños, todos tosiendo y sufriendo arcadas como si de la década de 1950 también se hubieran traído el tabaquismo.

El paisaje que rodeaba el pueblo, entretanto, se lo habían apropiado los funcionarios de la Agencia Federal de Emergencias y la Guardia Nacional, que habían marcado el terreno con rayos láser, cinta policial y hasta meras rayas de tiza para señalizar las manzanas y edificios del Bozeman del Datum. Algunos de esos contornos se adentraban en el bosque y la maleza, terreno que allí aún se encontraba en estado salvaje. Los funcionarios habían numerado y etiquetado esas parcelas y se dedicaban a enviar a voluntarios de vuelta al Datum de forma sistemática, para ir tachando mapas computarizados en sus tabletas y así garantizar que no quedase una sola persona en la comunidad entera.

En cierto sentido, todo aquello era una muestra del misterio básico de la Tierra Larga, pensó Joshua. Ya había pasado un cuarto de siglo desde el Día del Cruce, cuando él y otros chicos de todo el mundo se habían bajado de internet el plano de un sencillo artilugio electrónico llamado «caja cruzadora», habían accionado el interruptor según indicaban las instrucciones… y habían «cruzado», no una puerta ni una ventana, no una sala ni una calle, sino hacia otra dirección distinta por completo. Habían cruzado a un mundo de bosque y pantano, por lo menos los que habían partido de Madison, Wisconsin, como Joshua. Un mundo prácticamente idéntico a la Tierra —la vieja Tierra, la Tierra Datum— con la salvedad de que allí no había gente. O mejor dicho, no la había habido hasta que aparecieron chicos como Joshua, que se materializaron de la nada. Joshua no tardó en descubrir que podía cruzarse otra vez, y otra, hasta que se descubría uno paseando por toda una cadena de mundos paralelos, cuyas diferencias respecto del Datum aumentaban poco a poco… pero sin un solo humano a la vista. Los mundos de la Tierra Larga.

Y allí delante tenía la dura y básica realidad del asunto. Los Estados Unidos del Datum estaban cubiertos en ese momento por un manto abrasador de ceniza y polvo volcánicos; y, aun así, a un solo cruce de distancia, era como si Yellowstone no existiera en absoluto.

Apareció Sally Linsay, mientras apuraba un café en un vaso de poliestireno que luego dejó con cuidado en un cubo para su posterior limpieza y reutilización. Buenos hábitos de pionera, pensó Joshua distraído. Sally llevaba puesto un mono limpio de una pieza, pero tenía ceniza en el pelo, la piel del cuello, la cara y hasta en las orejas, en todos los puntos que dejaban al aire las máscaras de la Agencia Federal de Emergencias.

La acompañaba un soldado de la Guardia Nacional, prácticamente un crío, con una tableta. El joven comprobó sus identidades, el número que llevaban en la pechera del mono y la manzana de la ciudad a la que se desplazarían en esa ocasión.

—¿Están listos los dos?

Sally empezó a ajustarse de nuevo la máscara, un respirador con unas gafas estilo steampunk.

—Ya van siete días.

Joshua recogió su propia máscara.

—Y no creo que vaya a acabar dentro de poco.

—Oye, ¿dónde está Helen ahora?

—Ha vuelto al Quinto Infierno. —El chico de la Guardia Nacional alzó las cejas, pero Joshua hablaba de su hogar, una comunidad situada a más de un millón de cruces de distancia del Datum, allá en los Altos Megas, donde vivía con su familia: Helen y su hijo Dan—. O está de camino. Dice que es más seguro para Dan.

—En eso tiene razón. El Datum y las Tierras Bajas van a ser un desastre durante varios años.

Joshua sabía que Sally estaba en lo cierto. Se habían producido alteraciones geológicas de escasa importancia en las Tierras Bajas, ecos de la gran erupción del Datum, pero el «desastre» en los mundos jóvenes lo estaba causando la llegada masiva de refugiados.

Sally miró a Joshua de reojo.

—Seguro que a Helen no le hizo gracia que te negaras a volver con ella.

—Mira, fue duro, pero yo me crié en los Estados Unidos del Datum. No puedo abandonarlos como si tal cosa.

—O sea que decidiste quedarte y usar tus superpoderes de cruce para ayudar a los damnificados.

—No me vengas con esas, Sally. Tú también estás aquí. Venga, si naciste en el mismísimo Wyoming…

Sally estaba sonriendo.

—Ya, pero yo no tengo una mujercita que intenta llevarme a rastras. ¿Fue una bronca gorda? ¿O un enfurruñamiento largo de los suyos?

Joshua apartó la vista, se ajustó la máscara con un furioso tirón a las correas de la nuca y se subió la capucha. Sally se rio de él, con la voz ahogada por su propia máscara. Se conocían desde hacía ya diez años, desde que Joshua había emprendido su primera travesía de exploración de la Tierra Larga profunda… solo para descubrir que Sally Linsay ya estaba allí. Ella no había cambiado mucho.

El muchacho de la Guardia Nacional los colocó junto a una tira de cinta policial.

—La propiedad en la que van a entrar queda justo delante de ustedes. Ya han salido un par de niños, pero nos faltan tres adultos. Según los informes, uno es fóbico. El apellido es Brewer.

—Entendido —dijo Joshua.

—El Gobierno de Estados Unidos agradece todo lo que están haciendo.

Joshua miró a los ojos de Sally, detrás de las gafas. Aquel chico no pasaba de los diecinueve años. Joshua tenía treinta y ocho y Sally, cuarenta y tres. Se resistió a la tentación de pasarle la mano por el pelo rubio al chaval.

—Muy bien, hijo. —Después encendió la linterna de su cabeza y tendió la mano enguantada hacia Sally—. ¿Preparada?

—Siempre. —Sally bajó la vista a la mano de Joshua—. ¿Estás seguro de que esa zarpa falsa que llevas aguantará?

La mano protésica de Joshua era un legado del último viaje largo que habían hecho juntos.

—Mejor que el resto de mí, probablemente. —Se encorvaron los dos, sabedores de lo que les esperaba—. Tres, dos, uno…

Cruzaron al infierno.

La ceniza y el pedrisco les aporrearon los hombros y la cabeza, una ceniza que parecía nieve diabólica, gris, pesada y caliente, y un pedrisco formado por espumosos fragmentos de pómez del tamaño de guijarros. El pedrizo acribilló un coche situado delante de ellos, ya envuelto en un montículo de ceniza. De fondo se oía un rugido sordo y continuo que ahogaba cualquier intento de conversación. El cielo, tras la ceniza de Yellowstone y una columna de gas y humo que ya alcanzaba los treinta y cinco kilómetros de altura, era prácticamente negro.

Y hacía muchísimo calor, tanto como en la forja de un pueblo de pioneros. Costaba creer que la caldera en sí estuviera a nada menos que ochenta kilómetros. Incluso a esa distancia, decían algunos, la ceniza caída podía derretirse otra vez y fluir como lava.

Aun así, la propiedad que tenían previsto asegurar estaba justo delante de ellos, como en el plano del guardia; era una casa de una planta con un porche que se había derrumbado bajo el peso de la ceniza.

Sally echó a andar y bordeó el coche sepultado. Tuvieron que abrirse paso a través de una capa de ceniza que en algunos puntos alcanzaba un metro de altura, como una nevada dura, caliente y espesa. El mero peso era tan solo el principio de los problemas que daba la ceniza. A la mínima oportunidad, aquella porquería te escoriaba la piel, te convertía los ojos en saquitos de escozor y te dejaba los pulmones hechos picadillo. Si le dabas unos meses, podía llegar a matarte, aunque no te aplastara primero.

La puerta de delante parecía cerrada con llave. Sally no perdió tiempo: alzó una pierna calzada por una bota y la abrió de una patada.

La habitación del otro lado estaba llena de escombros. A la luz de su linterna, Joshua vio que la carga de piedra pó­mez y ceniza había vencido hacía mucho el armazón de madera de la estructura, por lo que el tejado y el desván se habían derrumbado. El salón estaba cubierto de cascotes, además de grises montones de ceniza. A primera vista parecía imposible que alguien siguiera vivo allí dentro, pero Sally, siempre rápida en el análisis de una situación nueva y confusa, señaló hacia una esquina, donde se erguía una mesa de comedor, cuadrada, gruesa y resistente, a pesar de la espesa capa de ceniza que cubría su superficie.

Se abrieron paso hacia ella. Al apartar escombros con las botas, Joshua vislumbró una alfombra carmesí.

La mesa estaba envuelta en cortinas. Cuando las retiraron, dentro encontraron a tres adultos, reducidos a sendos montículos de ropa gris cenicienta, con las cabezas y las caras cubiertas por toallas. Aun así, Joshua pronto identificó a un hombre y una mujer de mediana edad, unos cincuenta años, y a otra mujer que parecía mucho mayor, más frágil, que rondaría los ochenta y parecía dormida, aovillada en un rincón. A juzgar por la peste a retrete que emanaba del pequeño refugio, Joshua supuso que llevaban allí un tiempo, días tal vez.

Al ver a Joshua y Sally con sus máscaras para emergencias nucleares, la pareja de mediana edad se asustó y retrocedió un poco, pero luego el hombre retiró una toalla para revelar una boca manchada de ceniza y unos ojos enrojecidos.

—Gracias a Dios.

—¿Señor Brewer? Me llamo Joshua. Ella es Sally. Venimos a sacarlos de aquí.

Brewer sonrió.

—No hay que dejar atrás a nadie, ¿eh? Tal y como prometió el presidente Cowley.

Joshua echó un vistazo a su alrededor.

—Parece que se las han apañado bastante bien. Víveres, tejido para impedir que les entre ceniza en la boca y los ojos…

El hombre, Brewer, se obligó a sonreír.

—Bueno, hicimos lo que nos dijo la joven sensata.

—¿Qué «joven sensata»?

—Llegó un par de días antes de que la ceniza empezara a caer en serio. Iba vestida como una especie de pionera; no llegó a decirnos cómo se llamaba, aunque debía de ser de alguna agencia del gobierno. Nos dio buenos consejos sobre supervivencia, muy fáciles de entender. —Miró de reojo a la anciana—. También nos dejó muy claro que el alineamiento de los planetas no tenía nada que ver con el asunto y que no era ningún castigo divino, lo que pareció consolar un poco a mi suegra. En su momento no hicimos mucho caso de sus consejos, pero cuando llegó la hora de la verdad, nos acordamos de ellos. Sí, nos las hemos apañado. Aunque ya empezábamos a quedarnos sin víveres.

La mujer de mediana edad negó con la cabeza.

—Pero no podemos irnos.

—Lo que no pueden es quedarse —la corrigió Sally con tono áspero—. Se están quedando sin comida y sin agua, ¿no? Se morirán de hambre, si la ceniza no los mata antes. Miren, si no tienen cruzadora, podemos cogerles y llevarlos…

—No lo entiende —dijo Brewer—. Enviamos a los niños y al perro, pero Meryl… mi suegra…

—Es una fóbica extrema —explicó la mujer—. Ya saben lo que eso significa.

Que cruzar entre mundos, aunque la llevara otra persona, le provocaría una reacción tan grave que podría matarla, a menos que se le administrase con presteza un cóctel de fármacos apropiados.

—Seguro que ya se han quedado sin medicamentos para fóbicos —dijo Brewer—, allí donde nos llevan.

—Y aunque no sea así —añadió su mujer—, los jóvenes y sanos tendrán prioridad. Yo no pienso dejar atrás a mi ma­dre. —Miró a Sally con expresión retadora—. ¿Usted lo haría?

—A mi padre, a lo mejor. —Sally empezó a retroceder alejándose del hacinado espacio—. Vamos, Joshua, estamos perdiendo el tiempo.

—No. Espera. —Joshua tocó el brazo de la anciana. Respiraba a estertores—. Lo que tenemos que hacer es llevarla a algún lugar donde todavía les queden medicamentos. Un lugar alejado de la zona de la nube de ceniza.

—¿Y cómo demonios hacemos eso?

—Usando los sitios blandos. Venga, Sally, si alguna vez ha habido un motivo para usar tu superpoder, es ahora. ¿Puedes hacerlo?

Sally expresó su irritación con una mirada iracunda desde el otro lado de la máscara. Joshua no se amilanó.

Luego Sally cerró los ojos, como si captara algo, como si escuchase. Estaba tanteando los sitios blandos, los atajos de la Tierra Larga que solo ella y un puñado más de privilegiados podían emplear… La idea de Joshua era que podían llevar a Meryl, a través de los sitios blandos, hasta un lugar que no fuera el Bozeman paralelo, sino a alguno donde fuera más fácil conseguir fármacos.

—Sí. Vale. Hay un sitio a un par de manzanas de aquí. Con dos cruces puedo llevarla a Nueva York Este 3. Pero Joshua, los sitios blandos no son un paseo, y menos si eres mayor y débil.

—No hay elección. Hagámoslo. —Se volvió hacia los Bre­wer para explicar el plan.

Y la casa entera pareció elevarse.

Joshua, que estaba en cuclillas bajo la mesa, cayó de espaldas. Oyó un crujido de maderos quebrándose y el siseo de la ceniza que encontraba nuevas vías de entrada en la casa.

Cuando volvió la normalidad, Brewer tenía los ojos como platos.

—¿Qué coño ha sido eso?

—Imagino que la caldera se ha venido abajo —respondió Sally.

Todos sabían lo que eso significaba; después de siete días, todo el mundo era experto en supervolcanes. Cuando la erupción terminara por fin, la cámara magmática se desplomaría hacia dentro y un pedazo de corteza terrestre del tamaño del estado de Rhode Island caería unos ochocientos metros… un impacto que haría que todo el planeta vibrase como una campana.

—Vámonos de aquí —dijo Joshua—. Yo iré delante.

Joshua solo tardó unos segundos en sacar a los Brewer de la casa y cruzarlos, sanos y salvos, al sol imposible de Oeste 1.

Y justo cuando cruzó de vuelta a la ceniza del Datum para ayudar a Sally con la madre, llegó el sonido del hundimiento de la caldera, siguiendo a las ondas terrestres. Era un ruido que llenaba el cielo, como si todas las baterías de artillería del mundo hubieran abierto fuego justo al otro lado del horizonte. Un sonido que, con el tiempo, recorrería el planeta entero. La anciana, a la que Sally había ayudado a incorporarse, con la bata manchada de gris y la cabeza oculta por las toallas, gimoteó y se tapó las orejas con las manos.

Joshua, en mitad de aquel estrépito, se preguntó quién habría sido aquella «joven sensata» vestida de pionera.

El Bardo Thodol describía el intervalo entre la muerte y el renacimiento en términos de bardos, es decir, estados intermedios de consciencia. Algunas autoridades identificaban tres bardos y otras, seis. De entre ellos, el que Lobsang encontraba más intrigante era el sidpa bardo o bardo del renacimiento, que incluía visiones de origen kármico. Quizá fueran alucinaciones, derivadas de los defectos de cada alma. O tal vez fuesen auténticas visiones del sufrimiento de la Tierra Datum y de sus inocentes mundos acompañantes.

Como una imagen onírica de navíos flotando en el cielo de Kansas…

El dirigible de la Armada de Estados Unidos USS Benjamin Franklin se encontró con el Zheng He, una nave de la Armada del nuevo gobierno federal chino, sobre la huella de Wichita, Kansas, en el Oeste 1. Chen Zhong, capitán del dirigible chino, había expresado cierta preocupación por el papel que se esperaba de él en la actual campaña de ayuda a Estados Unidos del Datum, y un exasperado almirante Hiram Davidson, en representación de una cadena de mando muy tensada —la tensión afectaba a todo el mundo en aquel otoño del desastroso 2040 que ya empezaba a dar paso al invierno—, había encomendado a Maggie Kauffman, capitana del Franklin, que interrumpiese sus propias tareas de socorro para encontrarse con el capitán chino y escuchar sus dudas.

—Como si tuviera tiempo para mimar el ego de un viejo apparatchik comunista —gruñó Maggie en la soledad de su camarote.

—Pero de eso se trata —replicó Shi-mi, aovillada en su cesta junto al escritorio de la capitana—. Es evidente que te has informado sobre él. Podría haberme ocupado yo de…

—De ti no me fío ni un pelo —murmuró Maggie a la gata, sin malicia.

—Menos mal que tengo muchos. —Shi-mi se levantó y se estiró con un ronroneo bajito y muy convincente.

Toda ella era una gata muy convincente, la verdad. Salvo por los destellos de los leds verdes de sus ojos. Y por la personalidad de humana remilgada que había adoptado. Y por el hecho de que pudiera hablar. Shi-mi había sido un regalo ambiguo que le había hecho a Maggie uno de los personajes no menos ambiguos que parecían observar su carrera con desagradable interés.

—El capitán Chen viene hacia aquí —anunció Shi-mi.

Maggie echó un vistazo a su panel de control. La gata estaba en lo cierto: Chen volaba hacia ellos. El chino había insistido en que no era necesario que los twains aterrizasen para intercambiar personal y estaba cruzando en un helicóptero ligero para dos personas que podría posarse sin problemas dentro del Franklin, como se había jactado Chen, si el dirigible estadounidense abría una de sus grandes bodegas de carga. A aquellos nuevos chinos les encantaba demostrar sus avances técnicos, sobre todo ante unos Estados Unidos que seguían postrados dos meses después de la erupción. Fanfarrones.

Distraída, Maggie miró por el ventanal de su camarote y contempló aquel mundo, un cielo del Medio Oeste grande, azul y salpicado de nubecillas, sobre la alfombra verde de una Kansas paralela semiinfinita, llana… y prácticamente inalterada, a pesar de encontrarse a un solo cruce del Datum. Con todo, había más alteraciones que en otros tiempos. Antes de septiembre, antes de Yellowstone, Wichita Oeste 1 era poco más que una sombra de su progenitora del Datum: edificaciones dispersas de troncos y hormigón proyectado dispuestas en una cuadrícula que imitaba a grandes rasgos el trazado urbanístico del Datum. Era un ejemplo típico de su especie. Las comunidades de ese tipo empezaban sirviendo a sus progenitoras del Datum como fuentes de materia prima, enclaves para nuevos proyectos industriales y superficie adicional para vivienda, deportes y ocio, y en consecuencia seguían por fuerza los mapas de sus progenitoras.

Sin embargo, un par de meses después de la erupción, aquella versión de Wichita estaba rodeada por un campamento de refugiados: hileras de tiendas de campaña de lona plantadas a toda prisa y llenas de supervivientes desconcertados, con el suelo cubierto de montones de comida, medicamentos y ropa que les iban lanzando en paracaídas. Twains como el Franklin, dirigibles con capacidad de cruce tanto militares como comerciales, flotaban en el cielo como globos cautivos sobre el Londres de la guerra. Era una lúgubre estampa tercermundista, en pleno corazón de un Estados Unidos paralelo.

Por supuesto, podría haber sido mucho peor. Gracias a la capacidad casi universal que tenía la gente de cruzar a un mundo vecino desde cualquier punto del Datum, las víctimas mortales inmediatas de la erupción de Yellowstone habían sido relativamente pocas. Los refugiados de allí abajo, en realidad, habían sido trasladados desde campamentos del Datum a los que habían llegado por medios convencionales, tras huir por carretera de la zona central de la catástrofe antes de que los desplazaran a mundos paralelos más limpios. La Kansas del Datum se encontraba a una distancia relativamente segura del lugar de la erupción, que estaba en Wyoming. Sin embargo, incluso a esa distancia, la ceniza pasaba factura a los ojos y los pulmones. Inducía trastornos con nombres como la «enfermedad de Marie», una especie de asfixia lenta y espantosa; horrores que se estaban volviendo demasiado familiares para todo el mundo. Los pabellones dedicados a la atención médica estaban rodeados de colas de personas agotadas.

Ensimismada y agobiada por la preocupación acerca de sus propias responsabilidades —además de sus constantes dudas sobre lo bien que podría cumplir esas responsabilidades—, Maggie se sobresaltó al oír que llamaban con suavidad a la puerta. Chen, sin duda. Se dirigió bruscamente a la gata:

—Órdenes vigentes. —Lo que significaba: «A callar».

La gata, con calma, se hizo un ovillo y fingió dormir.

El capitán Chen resultó ser un hombre bajo y activo, pomposo y engreído, pensó Maggie a primera vista, aunque sin duda fuese un superviviente. Se trataba de un funcionario del partido que había conservado su puesto tras la caída del régimen comunista, e incluso había comandado una prestigiosa travesía de exploración de la Tierra Larga a bordo del Zheng He. Maggie hizo referencia a eso mientras le daba la bienvenida.

—Una travesía que usted misma, capitana Kauffman, podría haber emulado a estas alturas, de no ser por la infortunada circunstancia de la erupción —dijo Chen mientras se sentaba y aceptaba el café que le ofrecía el guardiamarina Santorini, quien lo había acompañado hasta el camarote.

—¿Sabe lo del Armstrong II? En fin, no soy la única cuyos planes personales se han ido al traste por culpa de esto.

—Cierto. Y nosotros somos los afortunados, ¿o no?

Chen, después de intercambiar cuatro frases de cortesía —le explicó que la piloto que lo había acompañado, una tal teniente Wu Yue-Sai, estaba siendo atendida en la cocina—, fue directo al grano. Y el grano resultó ser, a ojos de Maggie, irritantemente ideológico.

—A ver si le he entendido —dijo—. ¿Se niega a transportar papeletas electorales para nuestras elecciones presidenciales?

Chen abrió las manos regordetas y sonrió. Era un hombre que disfrutaba complicando la vida al prójimo, pensó Maggie.

—¿Qué puedo decir? Represento al gobierno chino. ¿Quién soy yo para intervenir en la política estadounidense, aunque sea de modo constructivo? ¿Y si, por ejemplo, cometiera algún error, como no entregar las papeletas en alguno de los distritos, o perder una urna sellada? Imagine qué escándalo se armaría. Además, como alguien que lo ve desde fuera, celebrar elecciones en estas circunstancias parece una frivolidad.

Maggie sintió que se calentaba y notó en ella la mirada de la gata, una advertencia silenciosa.

—Capitán, es noviembre de un año bisiesto. Es el momento en que celebramos las elecciones presidenciales. Es lo que hacemos en Estados Unidos, con supervolcán o sin él. Agradezco… agradecemos todo lo que el gobierno chino está haciendo para ayudarnos en esta situación, pero…

—Ah, pero no ve con buenos ojos mis comentarios sobre sus asuntos nacionales, ¿verdad? Quizá tenga que acostumbrarse a eso, capitana Kauffman. —Señaló con un gesto la tableta que había sobre el escritorio—. Estoy seguro de que sus últimas proyecciones coinciden con las nuestras en lo tocante al futuro de su país. Parece probable que, a largo plazo, se abandone por completo un veinte por ciento de la superficie continental de Estados Unidos del Datum, una franja que abarcará Denver, Salt Lake City y Cheyenne. Un ochenta por ciento del resto se halla bajo una capa de ceniza lo bastante gruesa para afectar a la agricultura. Aunque el caudal de la evacuación a los mundos paralelos ha sido intenso, todavía quedan muchos millones de personas en el Datum, con unas reservas de alimentos y agua que menguan rápidamente, como también sucede en las zonas de acogida como esta, ¿me equivoco? Y durante este invierno, muchos morirán si no llegan regalos de, por ejemplo, arroz chino, entregado por twain mediante cruce o por cargueros que surquen los mares del Datum. Ahora dependen del resto del mundo, capitana Kauffman. Son dependientes. Y dudo que eso vaya a cambiar en el futuro inmediato.

Maggie sabía que Chen estaba en lo cierto. Sus propios asesores de la tripulación del twain le explicaban que a esas alturas el volcán ya tenía efectos globales, efectos que iban a durar. La ceniza se había despejado con bastante rapidez —aunque incluso posada en el suelo seguía suponiendo un problema, como había observado Chen—, pero el dióxido de azufre emitido por la erupción seguía flotando en el aire en forma de aerosol, lo que creaba unos anocheceres espectaculares pero desviaba el calor del sol. Mientras el Datum entraba en su primer invierno posterior al volcán, las temperaturas habían caído rápido y pronto, y la primavera del año siguiente llegaría tarde, si lo hacía.

Sí, Estados Unidos necesitaría arroz chino durante el futuro previsible. Pero Maggie veía que el desafío iba a consistir en impedir que «amigos» como China utilizasen la catástrofe para introducirse de forma permanente en la sociedad estadounidense. Ya corrían rumores de que los chinos estaban introduciendo tabaco en unos Estados Unidos del Datum ansiosos de nicotina; como las guerras del opio, pero al revés, pensó.

Maggie Kauffman, sin embargo, creía en solucionar los problemas prácticos que se le ponían delante y dejar que el mundo en general se ocupase de sí mismo.

—Eso que dice de las urnas, capitán Chen. Pongamos que ordeno a un pequeño contingente de mi tripulación que viaje con ustedes hasta que terminen las elecciones. Ellos pueden asumir la autoridad de la operación… además de la responsabilidad de cualquier error.

Chen sonrió de oreja a oreja.

—Una sabia solución. —Se puso en pie—. Y me pregunto si yo podría enviarle un destacamento de mi propia tripulación, a modo de intercambio cultural. Al fin y al cabo, nuestros gobiernos ya negocian la posibilidad de compartir la tecnología de los twains, por ejemplo. —Echó un vistazo desdeñoso a su alrededor—. Dado que nuestros dirigibles son algo más avanzados que los suyos, claro. Gracias por su tiempo, capitana.

Cuando se hubo ido, Maggie murmuró.

—Qué ganas tenía de terminar.

—No me extraña —dijo Shi-mi.

—Escucha. Recuérdame que encargue al segundo de a bordo que repase a esa «tripulación de intercambio» desde las cejas hasta las uñas de los pies por si llevan micrófonos y armas.

—Sí, capitana.

—Y tabaco de contrabando.

—Sí, capitana.

En el sidpa bardo, según algunas versiones del Bardo Thodol, se entregaba al espíritu un cuerpo que, de forma superficial, parecía el antiguo envoltorio físico, pero estaba dotado de unos poderes milagrosos, con todas las facultades sensoriales completas y la capacidad de moverse sin trabas. Milagrosos poderes kármicos.

Así, la visión de Lobsang abarcaba el mundo, todos los mundos. La hermana Agnes probablemente le preguntaría si su alma volaba muy por encima del suelo.[1]

Y pensando en Agnes, Lobsang miró hacia abajo y vio un orfanato normal y corriente en una copia paralela de Madison, Wisconsin, en mayo de 2041, medio año después de la erupción…

Cuando aquel primer invierno malo dio paso a una primavera desolada y Estados Unidos entró en el largo período de recuperación post-Yellowstone, el recién reelegido presidente Cowley anunció que la capital de la nación pasaría a ser, por el momento, Madison Oeste 5, en sustitución de un Wa­shington, D.C. del Datum que había quedado abandonado. Y tenía previsto dar un gran discurso para inaugurar la nueva función de la ciudad desde la escalinata de la versión del Capitolio en aquel mundo, un enorme granero de maderos y hormigón proyectado que era una valiente imitación del original del Datum, destruido hacía mucho tiempo.

Joshua Valienté estaba sentado en el salón del Centro, con la mirada fija en las imágenes de la tarima presidencial vacía que ofrecía el televisor. El propósito teórico de su visita era hablar con Paul Spencer Wagoner, un chico de quince años extremadamente brillante y extremadamente problemático al que había conocido en un lugar llamado Buen Viaje, muchos años antes. Joshua había desempeñado un papel decisivo en el traslado del joven al Centro tras la ruptura de su familia. Sin embargo, Paul había salido y Joshua no había podido resistirse a la tentación de poner la tele para contemplar la imagen de un presidente en Madison.

Cowley subió de un brinco a la tarima, todo dientes y pelazo, bajo una ondeante bandera con las barras y estrellas en su nueva versión holográfica, mejorada para reflejar la realidad de la expansión en paralelo de la nación por la Tierra Larga.

—Me alucina que esté aquí de verdad —dijo Joshua a la hermana John.

La hermana John, que nació como Sarah Ann Coates y fue, como Joshua, residente del Centro ubicado en Allied Drive, en el Madison del Datum, dirigía ahora la institución en su nuevo emplazamiento. Siempre llevaba el hábito limpio y planchado. Al oír a Joshua, sonrió y dijo:

—¿Qué es lo que te alucina? ¿Que el presidente haya escogido Madison como nueva capital? Puede decirse que es la ciudad más madura de las Américas Bajas.

—No es solo eso. Mira quiénes le acompañan en la tarima. Jim Starling, el senador. ¡Y Douglas Black!

—Hummm —murmuró la hermana John—. Tendrían que haberte invitado. Como celebridad local. Por lo menos en Wisconsin eres famoso: Joshua Valienté, héroe del Día del Cruce.

El Día del Cruce, el día en que todos los críos del mundo habían construido una caja cruzadora y se habían perdido de inmediato en los bosques de los mundos paralelos vírgenes. En las inmediaciones de Madison había sido Joshua el encargado de llevar a casa a los niños perdidos, entre los que había estado Sarah antes de convertirse en la hermana John.

—Nunca pierdo la esperanza de que la gente lo haya olvidado —replicó Joshua con tono lastimero—. En cualquier caso, probablemente me echarían a patadas del estrado por ir tan guarro. Maldita ceniza, por fuerte que frote no hay manera de sacármela de los poros.

—¿Sigues volviendo al Datum en misiones de rescate?

—Sí que volvemos, pero ya no queda nadie que rescatar. Lo que hacemos ahora es recuperar material de la zona abandonada cerca de la caldera, de un lado a otro de Wyoming, Montana… los estados de las montañas Rocosas. Es sorprendente lo que ha sobrevivido: ropa, gasolina, comida enlatada, incluso pienso para animales. Y nos llevamos cualquier aparato que parezca utilizable. Repetidores de telefonía móvil, por ejemplo. Cosas que necesitaremos para las campañas de recuperación en las Tierras Bajas. A la mayoría de los trabajadores los han reclutado por la fuerza en los campamentos de refugiados. —Esbozó una sonrisilla—. Se llenan los bolsillos con todo el dinero que encuentran. Billetes de dólar.

La hermana John soltó un bufido.

—Con la economía así de hundida y el batacazo que se han pegado los mercados, esos billetes serían más útiles si los quemaran para calentarse.

Joshua se dispuso a replicar, pero la hermana John le hizo callar cuando Cowley empezó su discurso.

Después de una introducción típica, llena de bienvenidas y chascarrillos, Cowley resumió la situación de Estados Unidos y el mundo del Datum, ocho meses después de la erupción. Con el paso del invierno a la primavera, las cosas no estaban mejorando. Los efectos climáticos globales se dejaban notar. Las lluvias monzónicas del Lejano Oriente habían faltado a su cita del otoño anterior. Desde entonces, prácticamente todos los territorios del mundo al norte de la latitud de Chicago —Canadá, Europa, Rusia, Siberia— habían padecido el invierno más crudo que nadie pudiera recordar. Después de aquello, empezaba a cobrar forma una calamidad semejante por debajo del ecuador, a medida que se acercaba el invierno del hemisferio sur.

Todo lo cual significaba que había que hacer planes para un mundo nuevo.

—Pues bien, hemos sobrevivido a este primer invierno viviendo de la abundancia del pasado, de los tiempos de antes del volcán. Es algo que no podemos permitirnos más, porque lo hemos… gastado… todo. —Cowley recalcó las últimas palabras mediante sendos golpes en el atril con el canto de la mano—. Y tampoco podemos vivir de la comida importada de nuestros vecinos y aliados, que hasta ahora se han mostrado más que generosos pero que tienen sus propios problemas con este frío verano. Además, qué caramba, el Tío Sam se alimenta a sí mismo. ¡El Tío Sam cuida de los suyos!

Vítores del educado público que se había reunido ante el estrado y aplausos del grupo de dignatarios que se encontraba detrás de Cowley. Cuando la cámara hizo una panorámica de sus caras, Joshua se fijó en que entre los asesores de Cowley había una mujer muy joven —no pasaba de los veinte años—, delgada, morena y sobria, que aunque no dejaba de ir elegante, llevaba lo que la gente del Datum solía llamar «ropa de pionero»: falda de cuero y chaqueta a juego sobre lo que parecía una blusa heredada de su madre. La reconoció. Se llamaba Roberta Golding y era de Buen Viaje. La había conocido el año anterior, en una escuela de Valhalla, la mayor ciudad de los Altos Megas, donde, en los ya remotos tiempos anteriores a Yellowstone, él y Helen habían llevado a su hijo Dan como candidato a estudiante. Entonces le pareció que la chica poseía una inteligencia feroz y, si a una edad tan temprana ocupaba un cargo destacado en la administración de Cowley, como parecía, desde luego estaba demostrando su potencial.

Por algún motivo, a Joshua le vino a la cabeza aquella familia de Bozeman a la que había ayudado poco después de la erupción, la que le había hablado de una «joven sensata» vestida de pionera que les había ofrecido buenos consejos. ¿Podría haberse tratado de la misma Roberta? La descripción cuadraba. En fin, por lo que a él respectaba, cuantos más consejos sensatos recibiera la humanidad en un momento como este, mejor…

Devolvió su atención al presidente.

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