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EL MéTODO DEL COCODRILO (INSPECTOR GIUSEPPE LOJACONO 1)

Maurizio de Giovanni

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Fragmento

1

La Muerte entra por la vía tres a las ocho y catorce, con siete minutos de retraso.

Se confunde entre los viajeros, zarandeada por mochilas y bolsos, por carritos y maletas indiferentes a su frío aliento.

La Muerte camina vacilante, defendiéndose de las prisas ajenas. Ahora se encuentra en la gran sala de la estación, rodeada del griterío de los chicos y el olor a cucuruchos derretidos. Mira a su alrededor, con gesto rápido se seca una lágrima que se desliza por debajo de la lente izquierda, y el pañuelo vuelve al bolsillo superior de la chaqueta.

En medio de todas las tiendas nuevas, busca la salida para huir del ruido y del gentío. No reconoce el lugar, después de tantos años todo ha cambiado. Lo ha preparado todo punto por punto; la búsqueda de la salida será su único momento de vacilación.

Nadie la ve. Los ojos de un muchacho que fuma recostado en un pilar la recorren como si fuera transparente. Es una mirada clínica: nada llama la atención, los zapatos viejos y el traje pasado de moda dicen tan poco como las gafas fotocromáticas y la corbata oscura. Los ojos van más allá, se detienen en el bolso abierto de una señora que habla por el móvil y gesticula frenética. Nadie más ve a la Muerte cuando cruza insegura el vestíbulo de la estación.

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Ya está fuera, al aire libre. Huele a humedad, a gas. Ha dejado de llover hace poco, la acera está embarrada y resbaladiza. Un rayo de sol se abre paso, la Muerte entrecierra los ojos ante el destello imprevisto y se seca otra lágrima. Mira a su alrededor y ve el aparcamiento de taxis, avanza arrastrando un poco los pies.

Se sube a un coche destartalado. Huele a humo rancio, el asiento está desfondado. Murmura la dirección al conductor, que la repite en voz alta para confirmarla, mientras arranca con una sacudida y se incorpora al tráfico sin ceder el paso. Nadie protesta.

La Muerte ha llegado a la ciudad.

2

El superintendente Luciano Giuffrè se subió las gafas, se pasó ambas manos por la cara y se restregó los ojos.

–Señora, así no vamos a ninguna parte, a ver si nos entendemos. Usted no puede venir aquí a hacernos perder el tiempo, que estamos ocupados. Vamos a ver, explíqueme bien lo que pasó.

La mujer apretó los labios, lanzando una mirada de soslayo al otro escritorio.

–Comisario, baje la voz, que si no ese de ahí se entera de mis cosas.

Giuffrè extendió los brazos con un gesto de impotencia.
–Mi querida señora, le repito que no soy el comisario, soy un simple superintendente al que, para su desgracia, lo han puesto aquí a tomar nota de las denuncias. «Ese de ahí» no se está enterando de sus cosas; es el inspector Lojacono, que hace mi mismo trabajo aunque, como puede ver, tiene más suerte que yo porque, no sé cómo se las arregla, pero nadie le pide nunca que tome nota de nada.

El hombre sentado en el otro escritorio no dio señales de haber oído la parrafada de Giuffrè. Seguía mirando la pantalla del ordenador, con la mano en el ratón; parecía perseguir otros pensamientos.

La mujer, una pueblerina de mediana edad que aferraba el bolso con manos regordetas, se desentendió descaradamente de él.

–Qué quiere que le diga, los clientes siempre se dirigen a los dependientes que inspiran más confianza.

–¡Pero qué dependientes ni qué ocho cuartos, señora, no me haga perder la paciencia! ¿Cómo se atreve? ¡Esto es una comisaría, un poco de respeto! Clientes, dependientes… ¿dónde se cree que estamos, en una charcutería? O me cuenta rápidamente, en dos minutos, lo que ocurrió o la hago acompañar a la calle por un agente. ¿Entendido?

La señora parpadeó y dijo:
–Discúlpeme, comisario, es que esta mañana estoy de lo más nerviosa. La del piso de abajo, para que usted sepa, ha vuelto a meter gatos en su casa. Ahora tiene tres, ¿sabe? Tres.

–¿Y? ¿Qué quiere que hagamos nosotros? –le preguntó Giuffrè mirándola fijamente.

La mujer se inclinó hacia delante y murmuró:
–Estos gatos maúllan.
–Ay, Dios, claro que maúllan, son gatos. No es ningún delito. –Entonces es que usted no quiere entenderme: los gatos maúllan y huelen mal. Yo me asomé al balcón y se lo dije sin sulfurarme: oye, pedazo de cornuda, ¿es que no entiendes que tienes que marcharte del edificio y llevarte a esos bichos?

Giuffrè sacudió la cabeza:
–¡Coño, menos mal que se lo dijo sin sulfurarse! ¿Y ella qué le contestó?

La mujer se irguió en la silla para enfatizar su indignación: –Me mandó a tomar por culo.

Giuffrè asintió, plenamente de acuerdo en espíritu con la propietaria de los gatos.

–¿Y entonces?

La señora abrió los ojos porcinos como platos:
–Entonces quiero denunciarla, comisario. Tiene que encerrarla aquí dentro, en la cárcel, a ella y a sus gatos. La quiero denunciar por mandamiento a tomar por culo.

Giuffrè no sabía si reír o llorar.
–Señora, aquí no hay celdas y yo no soy el comisario. Y el delito de mandamiento a tomar por culo, que yo sepa, no está tipificado. Además, me parece que la primera en llamar «pedazo de cornuda» a la señora fue usted, ¿no? Hágame caso, váyase a su casa y trate de vivir un poco más tranquila, que un par de gatos no hacen daño a nadie, y además, mantienen a raya a los ratones. Márchese, y no nos haga perder más tiempo.

La mujer se levantó, rígida y disgustada.
–¿Para esto paga una los impuestos? No me canso de decírselo a mi marido, que tendría que cobrar más en negro. Buenos días.

Y salió de la oficina. Giuffrè se quitó las gruesas gafas y las estampó contra el escritorio.

–Me pregunto a quién le habré yo hecho daño en mi otra vida para estar condenado a hacer este trabajo. ¿Cómo es posible que en una ciudad donde todos los días se encuentran muertos en la calle, venga esta a comisaría para denunciar a una vecina que, por otra parte, la ha mandado a tomar por culo justificadamente? ¿A ti te parece posible?

El ocupante del otro escritorio apartó un instante la vista de la pantalla. La cara tenía rasgos casi orientales, ojos achinados y negros, pómulos altos, labios regulares y carnosos. Sobre la frente, mechones rebeldes de cabello ondulado. Tenía algo más de cuarenta años, pero alguna que otra arruga profunda en las comisuras de la boca y de los ojos hablaban de dolores y alegrías más antiguos.

–Tómatelo con calma, Giuffrè. Son tonterías. Pero algo tendrás que hacer para pasar el día, ¿no?

El superintendente se puso las gafas de golpe, fingiendo sorpresa. Era un hombrecito muy expresivo, que parecía reproducir con gestos sus palabras, como si su interlocutor fuera sordo.

–Pero ¿qué ha pasado? ¿El inspector Lojacono se ha despertado? ¿Qué hago, te traigo un café y un brioche? ¿O quieres el diario, así aprovechas y de paso, mientras descansas, te informas sobre lo que ocurre en el país?

Lojacono sonrió con un solo lado de la boca.
–Yo no tengo la culpa de que cuando la gente entra aquí me mire de pasada y después se te siente delante. Ya has oído lo que dijo la gorda, ¿no? Los clientes se encariñan con sus dependientes.

Giuffrè se levantó con todo su metro sesenta y cinco.
–Oye, que en esta barca desfondada vas tú también. ¿O te crees que estás de paso? ¿Sabes cómo llaman los demás a nuestra oficina? El Cottolengo, la llaman. Como el hospital piamontés, ese donde internan a las personas con graves deficiencias. ¿A ti qué te parece, que me tienen manía solo a mí?

Lojacono se encogió de hombros.
–¿Y a mí qué carajo me importa? Que lo llamen como quieran a esta mierda de sitio. A mí me da más asco que a ellos.

Se concentró otra vez en la pantalla; debajo de la partida de escoba que jugaba perennemente contra el ordenador se leían la hora y la fecha. Diez de abril de dos mil doce. Diez meses y pocos días. Hacía diez meses y unos días que estaba allí. En el infierno.

3

La chica de la recepción llevaba los auriculares puestos y escuchaba a Beyoncé con el volumen a tope; por cuatrocientos euros de mierda, y encima en negro, esos cabrones no podían pedir más. Además, en estos tiempos, un trabajo cómodo, en la recepción de un hotelito de unas diez habitaciones situado en Posillipo, que encima le permitía estudiar un poco, no era como para hacerle ascos. Pero qué aburrimiento.

Levantó la vista del libro y se sobresaltó. De pie, al otro lado del mostrador, un hombre la estaba mirando.

–Perdone, no lo había oído llegar. ¿En qué puedo ayudarlo? La primera impresión que tuvo fue que se trataba de un viejo. Si hubiese mirado con más atención, tras el traje anticuado de un color indefinible, detrás de la corbata oscura, detrás de las gafas con lentes que cambiaban de color según cómo les diera la luz (Dios, ¿cuántos años hacía que no veía unas gafas así? ¡Eran como las de su abuelo!), quizá le habría echado unos años menos. Pero con el examen de ciencias de las finanzas a la vuelta de la esquina y Beyoncé que gritaba por el auricular que ahora le colgaba del cuello, debía atender lo antes posible al anónimo e invisible cliente que tenía delante.

–He reservado una habitación, creo que es la siete. Compruébelo, por favor.

La voz también era anónima, poco más que un susurro. El hombre sacó un pañuelo del bolsillo y se secó velozmente el ojo izquierdo. La chica pensó que quizá fuera alérgico.

–Sí, aquí tengo la reserva. Acaba de desocuparse la nueve, si le interesa, la tengo disponible. Desde la ventana se ve un poco el mar, mientras que la siete da al paseo, si quiere podemos…

El viejo la interrumpió con amabilidad:
–No, gracias. Prefiero confirmar la siete, si para ...