Loading...

EL ORáCULO OCULTO (LAS PRUEBAS DE APOLO 1)

Rick Riordan

0


Fragmento

1

Unos matones me zurran.

Les pegaría si pudiera.

La mortalidad es un asco

Me llamo Apolo. Antes era un dios.

En mis cuatro mil seiscientos doce años de vida he hecho muchas cosas. Infligí una peste a los griegos que sitiaron Troya. Bendije a Babe Ruth con tres home runs en el cuarto partido del campeonato mundial de béisbol de 1926. Descargué mi ira sobre Britney Spears en la gala de los Premios MTV de 2007.

Pero en toda mi vida inmortal, nunca había aterrizado en un contenedor de basura.

Ni siquiera sé cómo pasó.

Simplemente me desperté cayendo. Unos rascacielos daban vueltas a mi alrededor. Mi cuerpo desprendía llamas. Intenté volar. Intenté transformarme en una nube o teletransportarme por el mundo o hacer otras cien cosas que debería haber podido hacer sin problemas, pero no paraba de caer. Me precipité en un estrecho paso entre dos edificios y ¡BAM!

¿Hay algo más patético que el sonido de un dios al caer encima de un montón de bolsas de basura?

Recibe antes que nadie historias como ésta

Me quedé tumbado, dolorido y gimiendo en el contenedor abierto. Me picaban los orificios nasales del hedor a mortadela rancia y pañales usados. Notaba las costillas rotas, aunque algo así no debería haber sido posible.

La cabeza me daba vueltas, pero un recuerdo emergió a la superficie: la voz de mi padre, Zeus: TU RESPONSABILIDAD. TU CASTIGO.

Entonces me di cuenta de lo que me había pasado. Y lloré de desesperación.

Incluso para un dios de la poesía como yo, es difícil describir cómo me sentía. ¿Cómo podrías entenderlo tú, un simple mortal? Imagínate que te quitaran la ropa y te rociaran con una manguera contra incendios delante de un grupo de gente que se riese de ti. Imagínate el agua helada al entrar en tu boca y tus pulmones, la presión al magullarte la piel y dejarte las articulaciones hechas papilla. Imagínate sentirte desvalido, avergonzado, totalmente vulnerable: despojado cruel y públicamente de todo lo que te caracteriza. Pues mi humillación fue peor.

TU RESPONSABILIDAD, resonaba la voz de Zeus en mi cabeza.

—¡No! —grité desconsolado—. ¡No, yo no fui el responsable! ¡No!

Nadie contestó. A cada lado, escaleras de incendios oxidadas subían en zigzag por los muros de ladrillo. En lo alto, el cielo invernal era gris e implacable.

Traté de recordar los detalles de mi condena. ¿Me había dicho mi padre cuánto duraría ese castigo? ¿Qué se suponía que tenía que hacer para volver a ganarme su aceptación?

Tenía problemas de memoria. Apenas me acordaba de cómo era Zeus, y mucho menos de por qué había decidido expulsarme a la Tierra. Había habido una guerra con los gigantes, pensé. Habían sorprendido a los dioses, los habían puesto en evidencia y prácticamente los habían vencido.

Lo único que sabía con seguridad era que mi castigo era injusto. Zeus necesitaba a alguien a quien echarle la culpa, de modo que, cómo no, había elegido al dios más famoso, guapo y talentoso del panteón: yo.

Me quedé tumbado entre la basura, mirando la etiqueta del interior de la tapa del contenedor: PARA LA RECOGIDA, LLAME AL 1-555-APESTOSO.

«Zeus recapacitará —me dije—. Solo intenta asustarme. En cualquier momento me devolverá al Olimpo y me dejará escapar con una advertencia.»

—Sí... —Mi voz sonaba hueca y desesperada—. Sí, eso es.

Intenté moverme. Quería estar de pie cuando Zeus viniera a disculparse. Notaba un dolor punzante en las costillas. Tenía un nudo en el estómago. Me agarré al borde del contenedor y conseguí arrastrarme por encima del lateral. Me desplomé y caí contra el asfalto.

—Ayyy —dije gimoteando de dolor—. Levántate. Levántate.

Ponerme de pie no fue fácil. La cabeza me daba vueltas. Por poco me desmayé del esfuerzo. Estaba en un callejón sin salida. A unos quince metros, la única salida daba a una calle con las sucias fachadas de una oficina de fianzas y una casa de empeños. Me encontraba en algún lugar en el este de Manhattan, deduje, o quizá en Crown Heights, en Brooklyn. Zeus debía de estar muy cabreado conmigo.

Inspeccioné mi nuevo cuerpo. Parecía un adolescente caucásico, vestido con unas zapatillas, unos vaqueros azules y un polo verde. Qué anodino. Me sentía mareado, débil y muy pero que muy humano.

Nunca entenderé cómo los humanos lo soportáis. Vivís toda vuestra vida atrapados en un saco de carne, sin poder disfrutar de sencillos placeres como transformaros en un colibrí o deshaceros en luz pura.

Y ahora, que el cielo me ayude, era uno de vosotros: un saco de carne más.

Hurgué en los bolsillos del pantalón con la esperanza de conservar las llaves de mi carro solar. No tuve esa suerte. Encontré una cartera de nailon barata que contenía cien dólares en moneda estadounidense —dinero para almorzar en mi primer día como mortal, quizá—, además de un carnet de conducir del estado de Nueva York con una foto de un estúpido joven de pelo rizado que de ninguna manera podía ser yo y que respondía al nombre de «Lester Papadopoulos». ¡La crueldad de Zeus no tenía límites!

Miré dentro del contenedor de basura, confiando en que mi arco, mi carcaj y mi lira hubieran caído a la Tierra conmigo. Me habría conformado con mi armónica. No había nada.

Respiré hondo. «Anímate —me dije—. Seguro que conservo algunas de mis habilidades divinas. Podría ser peor.»

—¡Eh, Cade, mira este pringado! —gritó una voz áspera.

Dos jóvenes bloqueaban la salida del callejón: uno bajito y rechoncho con el pelo rubio platino, y el otro alto y pelirrojo. Los dos llevaban sudaderas extragrandes y pantalones holgados. Tenían el cuello lleno de tatuajes con dibujos serpenteantes. Solo les faltaba llevar escrito SOY UN MATÓN en letras grandes en la frente.

El pelirrojo centró su atención en la cartera que yo sostenía en la mano.

—Venga, pórtate bien, Mikey. Parece un tío bastante majo. —Sonrió y sacó un cuchillo de caza del cinturón—. De hecho, seguro que quiere darnos todo su dinero.

La culpa de lo que pasó después fue de mi desorientación.

Sabía que me habían arrebatado la inmortalidad, pero ¡seguía considerándome el poderoso Apolo! Uno no puede cambiar de forma de pensar con la facilidad con que, por ejemplo, se transforma en un leopardo de las nieves.

Además, las anteriores ocasiones que Zeus me había castigado volviéndome mortal (sí, ya me había ocurrido dos veces), había conservado una fuerza descomunal y como mínimo parte de mis poderes divinos. Me imaginaba que esta vez pasaría lo mismo.

No pensaba dejar que dos jóvenes rufianes mortales robasen la cartera de Lester Papadopoulos.

Me puse derecho, esperando intimidar a Cade y Mikey con mi porte regio y mi belleza divina. (Seguro que no podían quitarme esas cualidades, al margen de la foto que aparecía en mi carnet de conducir.) No hice caso al jugo de basura caliente que me chorreaba por el cuello.

—Soy Apolo —anuncié—. Tenéis tres opciones, mortales: ofrecerme un tributo, huir o ser eliminados.

Quería que mis palabras resonaran por el callejón, que sacudiesen las torres de Nueva York e hicieran que cayese del cielo una humeante desolación. No pasó nada de eso. Al pronunciar la palabra «eliminados», me salió un gallo.

Cade, el pelirrojo, sonrió todavía más. Pensé en lo divertido que sería si pudiera hacer que los tatuajes de serpientes que tenía alrededor del cuello cobraran vida y lo estrangulasen.

—¿Qué opinas, Mikey? —preguntó a su amigo—. ¿Le ofrecemos un tributo a este tío?

Mikey frunció el ceño. Con su cabello rubio erizado, sus ojillos crueles y su cuerpo grueso, me recordaba la cerda monstruosa que había aterrorizado el pueblo de Cromión en la antigüedad.

—No me apetece el tributo, Cade. —Su voz sonaba como si hubiera comido cigarrillos encendidos—. ¿Cuáles eran las otras opciones?

—¿Huir? —contestó Cade.

—No —negó Mikey.

—¿Ser eliminados?

Mikey resopló.

—¿Qué tal si nosotros lo eliminamos a él?

Cade lanzó su cuchillo al aire y lo atrapó por el mango.

—Me parece bien. Después de ti.

Me metí la cartera en el bolsillo trasero. Levanté los puños. No me gustaba aplastar a humanos y convertirlos en gofres de carne, pero estaba seguro de que podía hacerlo. Incluso en el estado debilitado en el que me encontraba, sería mucho más fuerte que cualquier hombre.

—Os lo aviso —dije—. Mis poderes escapan a vuestro entendimiento.

Mikey hizo crujir los nudillos.

—Ajá.

Avanzó pesadamente.

En cuanto lo tuve al alcance, ataqué. Descargué toda mi ira en el puñetazo. Debería haber bastado para volatilizar a Mikey y dejar una huella con forma de matón en el asfalto.

En cambio, él se agachó, cosa que me dio mucha rabia.

Avancé dando traspiés. Debo decir que cuando Prometeo os moldeó a los humanos con barro hizo un trabajo de lo más chapucero. Las piernas mortales son torpes. Intenté compensar mis limitaciones recurriendo a mi reserva ilimitada de agilidad, pero Mikey me propinó una patada en la espalda y di con mi divina cara contra el suelo.

Las ventanas de la nariz se me hincharon como airbags. Los oídos se me taponaron. Se me llenó la boca de sabor a cobre. Me di la vuelta, gimiendo, y vi a los dos matones borrosos mirándome fijamente.

—Mikey —dijo Cade—, ¿comprendes ahora el poder de este tío?

—No —respondió Mikey—. No lo comprendo.

—¡Insensatos! —exclamé con voz ronca—. ¡Acabaré con vosotros!

—Sí, claro. —Cade tiró el cuchillo—. Pero antes te vamos a patear.

Cade levantó su bota por encima de mi cara, y el mundo se volvió negro.

2

Una niña salida de la nada termina

de abochornarme.

Malditos plátanos

No me habían machacado tanto desde mi duelo de guitarra con Chuck Berry en 1957.

Mientras Cade y Mikey me daban patadas, me hice un ovillo, tratando de protegerme las costillas y la cabeza. El dolor era insoportable. Tenía arcadas y temblaba. Perdí el conocimiento y lo recuperé, mientras la vista se me llenaba de manchas rojas. Cuando mis agresores se cansaron de propinarme patadas, me dieron en la cabeza con una bolsa de basura, que estalló y me cubrió de café molido y pieles de fruta mohosa.

Finalmente se apartaron jadeando. Unas manos ásperas me cachearon y me quitaron la cartera.

—Mira esto —dijo Cade—. Algo de pasta y un carnet de... Lester Papadopoulos.

Mikey rio.

—¿Lester? Es aún peor que Apolo.

Me toqué la nariz, que tenía el tamaño y la textura de un colchón de agua. Cuando aparté los dedos los tenía de color rojo reluciente.

—Sangre —murmuré—. No es posible.

—Es muy posible, Lester. —Cade se agachó a mi lado—. Y puede que te salga más en un futuro cercano. ¿Quieres explicarme por qué no tienes tarjeta de crédito? ¿Ni teléfono? No me gustaría pensar que todo este esfuerzo ha sido solo por cien pavos.

Me quedé mirando la sangre de las puntas de los dedos. Era un dios. Yo no tenía sangre. Incluso cuando me había convertido en mortal en el pasado, el icor dorado seguía corriendo por mis venas. Nunca había acabado tan... convertido. Debía de ser un error. Una broma. Algo.

Intenté incorporarme.

Mi mano se posó en una piel de plátano y volví a caerme. Mis agresores rieron a carcajadas.

—¡Me encanta este tío! —dijo Mikey.

—Sí, pero el jefe nos dijo que estaría forrado —se quejó Cade.

—Jefe... —murmuré—. ¿Jefe?

—Eso es, Lester. —Cade agitó el dedo contra un lado de mi cabeza—. «Id a ese callejón —nos dijo el jefe—. Un golpe fácil.» Dijo que te diéramos una paliza y que te quitásemos todo lo que llevases. Pero esto —sacudió el dinero delante de mis narices—, esto es una birria.

A pesar del aprieto en el que estaba, sentí una oleada de esperanza. Si a esos matones los habían enviado a por mí, su «jefe» debía de ser un dios. Ningún mortal podría haber sabido que caería a la Tierra en ese sitio. Quizá Cade y Mikey tampoco eran humanos. Quizá eran monstruos o espíritus disfrazados hábilmente. Al menos eso explicaría por qué me habían zurrado con tanta facilidad.

—¿Quién... quién es vuestro jefe? —Me levanté con dificultad, y me cayó café molido de los hombros. Estaba tan mareado que me sentía como si volara demasiado cerca de los gases del Caos primordial, pero me negaba a humillarme—. ¿Os ha enviado Zeus? ¿O tal vez Ares? ¡Exijo una audiencia!

Mikey y Cade se miraron como diciendo: «Jo, qué tío».

Cade recogió su cuchillo.

—No sabes captar una indirecta, ¿verdad, Lester?

Mikey se quitó el cinturón —una cadena de bicicleta— y lo enrolló alrededor de su puño.

Decidí reducirlos cantando. Puede que se hubieran resistido a mis puños, pero ningún mortal podría resistirse a mi voz de oro. Estaba intentando decidirme entre «You Send Me» y una composición original, «Soy tu dios de la poesía, nena», cuando una voz gritó:

—¡EH!

Los gamberros se volvieron. Encima de nosotros, en el rellano de la escalera de incendios del segundo piso, había una niña de unos doce años.

—Dejadlo en paz —ordenó.

Lo primero que pensé fue que Artemisa había acudido en mi ayuda. A menudo mi hermana aparecía bajo la forma de una niña de doce años por motivos que nunca he acabado de entender. Pero algo me decía que esa no era ella.

La niña de la escalera de incendios no inspiraba precisamente temor. Era menuda y regordeta, con el pelo moreno revuelto y peinado a lo paje, y unas gafas negras con forma de ojos de gato y diamantes de imitación brillantes en las esquinas. A pesar del frío, no llevaba abrigo. Su atuendo parecía elegido por un niño de párvulos: zapatillas rojas, mallas amarillas y un vestido de tirantes verde. A lo mejor iba a una fiesta de disfraces vestida de semáforo.

Aun así, había una extraña intensidad en su expresión. Tenía el mismo semblante ceñudo y obstinado que mi exnovia Cirene adoptaba cuando luchaba contra los leones.

Mikey y Cade no parecían impresionados.

—Piérdete, cría —le dijo Mikey.

La niña dio una patada en el rellano e hizo temblar la escalera de incendios.

—Mi callejón. ¡Mis reglas! —Con su voz nasal de mandona, parecía que estuviera regañando a un compañero en un juego—. ¡Lo que ese pringado lleva encima es mío, incluido el dinero!

—¿Por qué todo el mundo me llama pringado? —pregunté débilmente. El comentario me parecía injusto, aunque estuviera hecho unos zorros y cubierto de basura, pero nadie me prestó atención.

Cade lanzó una mirada asesina a la niña. El color rojo de su pelo parecía estar pasándole a la cara.

—¿Me estás vacilando? ¡Lárgate, mocosa! —Cogió una manzana podrida y la lanzó.

La niña no se inmutó. La fruta cayó a sus pies y rodó inofensivamente hasta detenerse.

—¿Quieres jugar con comida? —La niña arrugó la nariz—. Está bien.

No vi que le diera ninguna patada a la manzana, pero la fruta volvió volando con una puntería letal e impactó a Cade en la nariz. El matón se cayó de culo.

Mikey gruñó. Se dirigió resueltamente a la escalera de incendios, pero una piel de plátano pareció interponerse en su camino. El gamberro resbaló y se dio un trompazo.

—¡AYYY!

Me aparté de los matones abatidos. Me preguntaba si debía huir, pero apenas podía andar cojeando. Además, no quería que me atacaran con fruta podrida.

La niña saltó por encima de la barandilla. Cayó al suelo con sorprendente agilidad y cogió una bolsa de basura del contenedor.

—¡Alto! —Cade se puso a corretear como un cangrejo para escapar de la niña—. ¡Hablemos!

Mikey gimió y se puso boca arriba.

La niña hizo un mohín. Sus labios estaban agrietados. Tenía una pelusilla morena en las comisuras de la boca.

—No me caéis bien —dijo—. Debéis iros.

—¡Sí! —asintió Cade—. ¡Claro! Solo...

Alargó la mano para coger el dinero desperdigado entre el café molido.

La niña balanceó la bolsa de basura. El plástico estalló en pleno arco, y una cantidad increíble de plátanos podridos se desparramó por el suelo. Los plátanos hicieron caer a Cade. Mikey quedó cubierto de tantas pieles que parecía que estuviera siendo atacado por estrellas de mar carnívoras.

—Largo de mi callejón —ordenó la niña—. Venga.

En el contenedor, más bolsas de basura estallaron como palomitas de maíz y cubrieron a Cade y Mikey de rábanos, pieles de patata y otras materias fertilizantes. Milagrosamente, a mí no me dio ninguna. A pesar de sus heridas, los dos matones consiguieron levantarse y escaparon gritando.

Me volví hacia mi diminuta salvadora. Estaba familiarizado con las mujeres peligrosas. Mi hermana podía descargar una lluvia de flechas mortales. Mi madrastra, Hera, acostumbraba a cabrear tanto a los mortales que acababan haciéndose pedazos entre ellos. Pero esa niña basurera de doce años me ponía nervioso.

—Gracias —aventuré.

La niña se cruzó de brazos. En el dedo corazón de cada mano llevaba un anillo de oro con un sello de medialuna. Sus ojos emitían un brillo siniestro como los de los cuervos. (Puedo hacer esa comparación porque yo inventé a los cuervos.)

—No me des las gracias —repuso—. Todavía estás en mi callejón.

Dio una vuelta completa a mi alrededor, escudriñándome como si fuera una vaca premiada en un certamen. (También puedo hacer esa comparación porque antes coleccionaba vacas premiadas.)

—¿Eres el dios Apolo? —No parecía asombrada. Tampoco parecía desconcertarle la idea de que hubiera dioses entre los mortales.

—¿Estabas escuchando, entonces?

Ella asintió con la cabeza.

—No pareces un dios.

—No estoy en mi mejor momento —reconocí—. Mi padre, Zeus, me ha exiliado del Olimpo. ¿Y quién eres tú?

Olía ligeramente a tarta de manzana, un detalle sorprendente, considerando que estaba tan mugrienta. Una parte de mí deseaba buscar una toalla limpia, limpiarle la cara y darle dinero para que se comprara comida caliente. La otra parte deseaba protegerse de ella con una silla por si decidía morderme. Me recordaba a las criaturas extraviadas que mi hermana adoptaba continuamente: perros, panteras, doncellas sin hogar, dragones pequeños...

—Me llamo Meg —dijo.

—¿De Megara? ¿O Margaret?

—Margaret. Pero ni se te ocurra llamarme Margaret.

—¿Eres una semidiosa, Meg?

Ella se subió las gafas.

—¿Por qué lo crees?

Una vez más, la pregunta no pareció sorprenderle. Intuía que ya había oído la palabra «semidiosa».

—Bueno —contesté—, es evidente que tienes poderes. Has espantado a esos vándalos con fruta podrida. ¿Tienes platanoquinesis? ¿O puedes controlar la basura? Una vez conocí a una diosa romana, Cloacina, que era la responsable del sistema de alcantarillado de la ciudad. A lo mejor sois parientes...

Meg hizo un mohín. Me dio la impresión de que había dicho algo inapropiado, aunque no se me ocurría qué.

—Creo que solo me quedaré con tu dinero —dijo Meg—. Venga. Largo de aquí.

—¡No, espera! —La desesperación asomó a mi voz—. Por favor, necesito... necesito un poco de ayuda.

Por supuesto, me sentí ridículo. Yo —el dios de las profecías, las plagas, el tiro con arco, la curación, la música y varias cosas más que no recordaba en ese momento—, pidiéndole ayuda a una niña de la calle vestida con ropa de colores. Pero no tenía a nadie más. Si esa niña decidía quedarse con mi dinero y echarme a patadas a las crueles calles invernales, no creía que pudiera impedírselo.

—Supongamos que te creo... —La voz de Meg adoptó un tono cantarín, como si estuviera a punto de anunciar las reglas de un juego: «Yo seré la princesa, y tú serás la criada»—. Supongamos que decido ayudarte. ¿Qué pasa entonces?

«Buena pregunta», pensé.

—¿Estamos... estamos en Manhattan?

—Ajá. —La niña se giró y lanzó una patada con salto al aire—. Hell’s Kitchen.

No me parecía bien que una niña dijera «Hell’s Kitchen», la «Cocina del Infierno». Claro que tampoco me parecía bien que una niña viviera en un callejón y se peleara con unos matones armada con basura.

Consideré ir andando al Empire State Building. Era la entrada moderna del monte Olimpo, pero dudaba que los guardias me dejaran subir al sexcentésimo piso secreto. Zeus no me lo pondría tan fácil.

Tal vez podría buscar a mi viejo amigo Quirón, el centauro. Él tenía un campo de entrenamiento en Long Island. Podía ofrecerme refugio y consejo. Pero sería un viaje peligroso. Un dios indefenso es un blanco tentador. Cualquier monstruo que hubiera por el camino me destriparía alegremente. Los espíritus envidiosos y los dioses menores también se alegrarían de tener esa oportunidad. Y luego estaba el misterioso «jefe» de Cade y Mikey. No tenía ni idea de quién era ni de si tenía secuaces más peligrosos que enviar contra mí.

Y aunque llegase a Long Island, mis nuevos ojos mortales no podrían encontrar el campamento de Quirón en su valle camuflado con magia. Necesitaba a un guía que me llevase allí: alguien cercano y con experiencia...

—Tengo una idea. —Me puse todo lo erguido que mis heridas me permitieron. No era fácil mostrarse seguro de uno mismo con la nariz sangrando y la ropa manchada de restos de café—. Conozco a alguien que podría ayudarme. Vive en el Upper East Side. Si me llevas con él, te recompensaré.

Meg emitió un sonido a medio camino entre un estornudo y una risa.

—Recompensarme ¿con qué? —Se puso a dar saltos, recogiendo billetes de veinte dólares de la basura—. Ya tengo todo tu dinero.

—¡Eh!

Me lanzó la cartera, que ahora solo contenía el carnet de conducir de Lester Papadopoulos.

—Tengo tu dinero, tengo tu dinero —cantó Meg.

Reprimí un gruñido.

—Mira, niña, no seré mortal siempre. Algún día volveré a ser un dios. Entonces recompensaré a los que me ayudaron... y castigaré a los que no.

Ella puso los brazos en jarras.

—¿Cómo sabes lo que pasará? ¿Has sido mortal alguna vez?

—Pues sí, la verdad. ¡Dos veces! ¡Y en las dos ocasiones mi castigo solo duró unos años como máximo!

—¿Ah, sí? ¿Y cómo sabes que volverás a ser diosado o lo que sea?

—«Diosado» no es ninguna palabra —observé, aunque mi sensibilidad poética ya le estaba buscando usos—. Normalmente Zeus me exige que trabaje como esclavo para un semidiós importante. El tipo de las afueras del que te he hablado, por ejemplo. ¡Él sería perfecto! Hago las tareas que mi nuevo amo me ordena durante unos años. Mientras me porte bien, me dejan volver al Olimpo. Ahora solo tengo que recobrar fuerzas y pensar...

—¿Cómo sabes con seguridad cuál es el semidiós?

Parpadeé.

—¿Qué?

—Cuál es el semidiós al que debes servir, tonto.

—Yo... esto... Bueno, normalmente está claro. Simplemente me encuentro con él. Por eso quiero ir al Upper East Side. Mi nuevo amo solicitará mis servicios y...

—¡Soy Meg McCaffrey! —Meg me hizo una pedorreta—. ¡Y solicito tus servicios!

Un trueno retumbó en el cielo gris. El sonido resonó a través de las calles de la ciudad como una carcajada divina.

Lo que quedaba de mi orgullo se convirtió en agua helada y me goteó por las piernas hasta los calcetines.

—Ha sido llegar y besar el santo, ¿verdad?

—¡Sí! —Meg se puso a dar saltos con sus zapatillas rojas—. ¡Nos lo vamos a pasar bien!

Con gran dificultad, resistí las ganas de llorar.

—¿Estás segura de que no eres Artemisa disfrazada?

—Soy lo otro —respondió Meg, contando mi dinero—. Lo que dijiste antes. Una semidiosa.

—¿Cómo lo sabes?

—Simplemente lo sé. —Me dirigió una sonrisa de suficiencia—. ¡Y ahora tengo un compañero que es un dios y se llama Lester!

Alcé la cara a los cielos.

—Ya veo por dónde vas, Padre. Pero ¡no puedo hacerlo, por favor!

Zeus no contestó. Seguramente estaba demasiado ocupado grabando mi humillación para compartirla por Snapchat.

—Anímate —me dijo Meg—. ¿Quién es ese tío al que querías ver, el del Upper East Side?

—Otro semidiós —contesté—. Él sabe cómo llegar a un campamento donde podría conseguir refugio, consejo, comida...

—¿Comida? —A Meg se le levantaron las orejas casi tanto como las puntas de sus gafas—. ¿Comida buena?

—Bueno, normalmente solo como ambrosía, pero sí, supongo que hay comida buena.

—Entonces ¡esa será mi primera orden! ¡Vamos a buscar a ese tío para que nos lleve al campamento!

Suspiré tristemente. Iba a ser una servidumbre muy larga.

—Como desees —accedí—. Busquemos a Percy Jackson.

3

Antes era diosado.

Ahora me siento como un fracasado.

Bah, los haikus no riman

Mientras recorríamos Madison Avenue muchas preguntas me daban vueltas en la cabeza: ¿por qué no me había dado Zeus un abrigo de invierno? ¿Por qué Percy Jackson vivía tan lejos? ¿Por qué los transeúntes no paraban de mirarme?

Me preguntaba si estaba empezando a recuperar mi divino resplandor. Tal vez a los neoyorquinos les asombraban mi evidente poder y mi belleza sobrenatural.

Meg McCaffrey me aclaró las cosas.

—Hueles mal —dijo—. Tienes pinta de que te hayan atracado.

—Es que me han atracado. Y además una niña me ha esclavizado.

—No es esclavitud. —Se mordió un trozo de cutícula del pulgar y lo escupió—. Es más bien colaboración mutua.

—¿Mutua en el sentido de que tú das órdenes y yo estoy obligado a colaborar?

—Sí. —La niña se detuvo delante de un escaparate—. ¿Lo ves? Estás hecho un asco.

Mi reflejo me devolvió la mirada, solo que no era mi reflejo. No podía serlo. La cara era la que aparecía en el carnet de Lester Papadopoulos.

Aparentaba unos dieciséis años. Tenía el pelo moreno y rizado en una media melena: un estilo que había llevado en la antigua Atenas y más tarde en los años setenta del siglo XX. Tenía los ojos azules. Mi cara era lo bastante agradable para un pardillo, pero quedaba empañada por la nariz hinchada de color berenjena que había cubierto mi labio superior de un horrible bigote de sangre. Y lo que era peor, tenía una especie de sarpullido en las mejillas que se parecía sospechosamente a... El corazón me subió a la garganta.

—¡Qué horror! —grité—. ¿Es eso... es eso acné?

Los dioses inmortales no tienen acné. Es uno de nuestros derechos inalienables. Sin embargo, me acerqué al espejo y vi que mi piel era realmente un paisaje marcado de granos y pústulas.

Cerré los puños y me quejé al cielo cruel:

—¿Qué he hecho para merecer esto, Zeus?

Meg me tiró de la manga.

—Vas a conseguir que te detengan.

—¿Qué más da? ¡Me han convertido en un adolescente, y ni siquiera uno con la piel perfecta! Seguro que ni siquiera tengo...

Me levanté la camiseta lleno de pavor. Mi barriga lucía un estampado de flores formado por los cardenales de la caída al contenedor y la paliza posterior. Pero lo peor de todo era que tenía michelines.

—Oh, no, no, no. —Anduve tambaleándome por la acera, confiando en que los michelines no me siguieran—. ¿Dónde está mi tableta de chocolate? Siempre he tenido una tableta de chocolate en los abdominales. Nunca he tenido lorzas. ¡Jamás en cuatro mil años!

Meg rio resoplando otra vez.

—Venga ya, llorón, estás bien.

—¡Estoy gordo!

—Eres del montón. La gente del montón no tiene tabletas de chocolate. Vamos.

Quería protestar diciendo que yo no era del montón ni una persona, pero me di cuenta con creciente desesperación de que ahora esa expresión me venía como anillo al dedo.

Al otro lado del escaparate apareció la cara de un guardia de seguridad mirándome con el ceño fruncido. Dejé que Meg tirase de mí calle abajo.

Ella avanzaba dando brincos, deteniéndose de vez en cuando para recoger una moneda o balancearse alrededor de una farola. A la niña no parecía afectarle el frío del invierno, el peligroso viaje que la esperaba ni el hecho de que yo padeciera acné.

—¿Cómo puedes estar tan tranquila? —pregunté—. Eres una semidiosa que va con un dios a un campamento para conocer a otros de tu clase. ¿No te sorprende nada de eso?

—¿Eh? —Ella dobló uno de mis billetes de veinte dólares y lo convirtió en un avión de papel—. He visto muchas cosas raras.

Estuve tentado de preguntarle qué podía ser más raro que la mañana que acabábamos de vivir. Tal vez no soportase saberlo.

—¿De dónde eres?

—Ya te lo he dicho. Del callejón.

—No, pero... ¿y tus padres? ¿Tu familia? ¿Tus amigos?

Su rostro se tiñó de incomodidad. Volvió a centrar su atención en el avión hecho con el billete de veinte dólares.

—No importa.

Mi conocimiento avanzado del género humano me indicaba que la niña ocultaba algo, pero era algo habitual en los semidioses. Los niños que gozaban de la bendición de un padre inmortal eran extrañamente susceptibles con respecto a su pasado.

—¿Y nunca has oído hablar del Campamento Mestizo? ¿Ni del Campamento Júpiter?

—No. —Dio toquecitos contra el morro del avión con la punta de su dedo—. ¿Falta mucho para la casa de Perry?

—Percy. No estoy seguro. Unas cuantas manzanas... creo.

Eso pareció satisfacer a Meg. Avanzó dando saltos como si estuviera jugando a la rayuela, lanzando el avión y recogiéndolo. Cruzó la intersección de la calle Setenta y dos Este haciendo la rueda; su ropa formó un torbellino de vivos colores como los de un semáforo, y temí que los conductores se confundieran y la atropellaran. Afortunadamente, los conductores neoyorquinos estaban acostumbrados a esquivar a los peatones distraídos.

Decidí que Meg debía de ser una semidiosa salvaje. Eran poco comunes, pero no insólitos. Sin ninguna red de apoyo, sin ser descubierta por otros semidioses ni recibir la formación adecuada, había conseguido sobrevivir. Pero su suerte no duraría. Normalmente los monstruos empezaban a dar caza y a matar a los héroes jóvenes aproximadamente cuando cumplían trece años, cuando sus auténticos poderes comenzaban a manifestarse. Meg no disponía de mucho tiempo. Necesitaba que la llevaran al Campamento Mestizo tanto como yo. Tenía suerte de haberme conocido.

(Sé que la última frase parece una obviedad. Todo el mundo que me conoce tiene suerte, pero tú ya me entiendes.)

Si hubiera sido el dios omnisciente de siempre, podría haber averiguado el destino de Meg. Podría haber penetrado en su alma y haber visto lo que necesitaba saber sobre su parentesco divino, sus poderes, sus motivos y secretos.

Sin embargo, ya no podía ver esas cosas. Solo tenía la seguridad de que era una semidiosa porque había solicitado mis servicios con éxito. Zeus había confirmado su derecho con un trueno. Sentía el vínculo que me ataba a ella como una mortaja de pieles de plátano que me apretasen. Quienquiera que fuese Meg McCaffrey, y como quiera que me hubiera encontrado, nuestros destinos estaban ahora unidos.

Era casi tan bochornoso como el acné.

Giramos al este por la calle Ochenta y dos.

Cuando llegamos a la Segunda Avenida, el barrio empezó a sonarme: hileras de bloques de pisos, ferreterías, tiendas y restaurantes indios. Sabía que Percy Jackson vivía por allí, pero mi forma de orientarme cuando viajaba por el cielo en el carro solar recordaba un poco a Google Earth. No estaba acostumbrado a viajar al nivel de la calle.

Además, bajo mi nueva forma mortal, mi memoria perfecta se había vuelto... imperfecta. Los temores y necesidades mortales nublaban mis pensamientos. Tenía ganas de comer. Tenía ganas de ir al lavabo. Me dolía el cuerpo. Mi ropa apestaba. Me sentía como si me hubieran rellenado el cerebro de algodón mojado. Sinceramente, ¿cómo podéis soportarlo los humanos?

Después de unas cuantas manzanas más, empezó a caer una mezcla de aguanieve y lluvia. Meg trató de recoger las precipitaciones con la lengua, aunque me pareció una forma muy poco eficaz de beber... y agua sucia, nada menos. Me estremecí y me concentré en pensamientos alegres: las Bahamas, las Nueve Musas en perfecta armonía, los muchos castigos horribles que infligiría a Cade y Mikey cuando volviera a ser dios...

Seguía preguntándome quién era su jefe y cómo había sabido dónde caería yo. Ningún mortal podría haber dispuesto de esa información. De hecho, cuanto más lo pensaba, menos entendía cómo un dios (aparte de mí) podía haber adivinado el futuro con tal exactitud. Después de todo, yo había sido el dios de las profecías, el amo del Oráculo de Delfos, el distribuidor de los prestrenos del destino con más calidad durante milenios.

Por supuesto, no me faltaban los enemigos. Una de las consecuencias naturales de ser tan alucinante es que atraía la envidia en todas partes. Pero solo se me ocurría un adversario que pudiera predecir el futuro. Y si él venía a buscarme en el estado de debilidad en el que me encontraba...

Reprimí ese pensamiento. Ya tenía bastante de lo que preocuparme. No tenía sentido asustarme con conjeturas.

Empezamos a buscar en las calles laterales, mirando los nombres de los buzones de los pisos y los paneles de los porteros automáticos. En el Upper East Side había un número sorprendente de gente apellidada Jackson. Me pareció un fastidio.

Después de varios intentos fallidos, doblamos una esquina y allí —aparcado debajo de un árbol de Júpiter— había un antiguo Prius azul. El capó tenía las inconfundibles abolladuras de los cascos de un pegaso. (¿Que cómo estaba seguro? Sé cómo son las marcas de cascos. Además, los caballos normales no galopan sobre coches Toyota. Los pegasos lo hacen a menudo.)

—Ajá —le dije a Meg—. Nos estamos acercando.

Media manzana más abajo, reconocí el edificio: una casa adosada de ladrillo con cinco plantas y aparatos de aire acondicionado oxidados colgados de las ventanas.

—Voilà! —grité.

Meg se detuvo en los escalones de la entrada como si hubiera tropezado con una barrera invisible. Miró atrás hacia la Segunda Avenida, con una mirada agitada en sus ojos oscuros.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Me ha parecido volver a verlos.

—¿A ellos? —Seguí su mirada pero no vi nada raro—. ¿Los matones del callejón?

—No. El par de... bultos brillantes. Los vi en Park Avenue.

El pulso se me aceleró y pasó de un tempo andante a un animado allegretto.

—¿Bultos brillantes? ¿Por qué no me has dicho nada?

Ella se tocó las patillas de sus gafas.

—He visto muchas cosas raras. Ya te lo he dicho. En general, no me preocupan, pero. ...