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EL OTRO HIJO

Sharon Guskin

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Fragmento

1

La víspera de su treinta y nueve cumpleaños, el día más deprimente del peor febrero que alcanzaba a recordar, Janie tomó la que acabaría siendo la decisión más trascendental de su vida: disfrutar de unas vacaciones.

Trinidad tal vez no era la mejor elección; ya puestos a ir lejos, mejor viajar a Tobago o Venezuela, pero le gustaba cómo sonaba, Tri-ni-dad, su musicalidad era prometedora. Compró el billete más barato que encontró y llegó allí justo cuando los últimos juerguistas de las fiestas del carnaval volvían a casa y las alcantarillas estaban llenas a rebosar de la basura más bonita que había visto en su vida. Las calles estaban vacías, la gente durmiendo la mona. Las patrullas de limpieza trabajaban con lentitud, sus movimientos complacidos y submarinos. Recogió de la acera puñados de confeti, plumas de vivos colores y fragmentos de bisutería de plástico y se lo guardó todo en los bolsillos, en un intento de absorber la frivolidad por osmosis.

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En el hotel había una boda, una norteamericana que se casaba con un nativo de Trinidad, y la mayoría de los invitados se hospedaban allí. Deambulaban por todos lados trazando círculos, los tíos, las tías y los primos languideciendo bajo el calor, las mejillas embadurnadas con esa pincelada de rojo que da la quemadura del sol y que les proporcionaba un aspecto de mayor felicidad de la que en realidad sentían, mientras que los perplejos trinis, siempre en grupitos, reían y charlaban en su acelerada jerga.

La humedad era intensa, pero el cálido abrazo del mar compensaba, como un premio de consolación para el desamorado. La playa era exactamente igual que en la fotografía, con palmeras, mar azul y verdes colinas, con tábanos que te rozaban los tobillos y luego se pegaban a ellos para recordarte que aquello era real, con cabañas plantadas aquí y allá donde vendían «pan con tiburón»: un bocadillo de pan frito con tiburón rebozado que sabía mejor que cualquier otra cosa que Janie hubiera comido nunca. En la ducha del hotel había agua caliente a veces, a veces solo fría, y a veces ni caliente ni fría.

Los días transcurrían con facilidad. Se tumbaba en la playa con una de aquellas revistas femeninas que normalmente no se permitía a sí misma y dejaba que sus piernas se empaparan de sol y de espuma del mar. Había sido un invierno muy largo, con una sucesión interminable de tempestades de nieve, una serie de calamidades que Nueva York no estaba preparada para recibir. Le habían asignado el diseño de los baños del museo que estaba remodelando su estudio, y a menudo había acabado dormida en la mesa y soñando con baldosas azules, o cogiendo un taxi pasada la medianoche para regresar a su silencioso apartamento y derrumbarse en la cama antes incluso de que le diera tiempo a preguntarse cómo era posible que su vida se hubiera convertido en aquello.

Cumplió los treinta y nueve la penúltima noche que pasó en Trinidad. Se sentó sola en el bar de la terraza, con la música de fondo de la cena de ensayo de la boda que tenía lugar en el salón de banquetes de al lado. Se alegraba de haberse librado del «brunch de cumpleaños» habitual, de las oleadas de amigas con maridos y niños y de sus entusiastas tarjetas de felicitación en las que siempre le aseguraban que «¡Este año será el año!».

¿El año de qué?, siempre había querido preguntar.

Aunque sabía a qué se referían: el año en que encontraría un hombre. Aunque le parecía improbable. Desde el fallecimiento de su madre, no había tenido valor para volver a salir con chicos; sabía que luego no podría comentar con ella por teléfono hasta el más mínimo detalle, que no podría mantener aquellas conversaciones interminables y necesarias que a veces se prolongaban incluso más que la cita en sí. Los hombres habían entrado y salido de su vida; en muchos casos, los había sentido lejos de ella meses antes de que realmente se marcharan. Su madre, sin embargo, siempre había estado allí; su amor había sido algo tan básico y necesario como la gravedad, hasta que un día ya no estuvo más.

Janie pidió una copa y echó un vistazo a la carta. Se decidió por el curry de cabra porque no lo había probado nunca.

—¿Está segura? —preguntó el camarero. Era un niño, en realidad, que no llegaría ni a los veinte, de cuerpo muy delgado y con unos ojos enormes y risueños—. Es picante.

—Podré con ello —replicó ella, sonriéndole y preguntándose si podría sacarse de la manga una aventura en su penúltima noche allí y qué sensaciones le generaría volver a tocar otro cuerpo.

Pero el chico se limitó a asentir y le sirvió el plato al cabo de poquísimo rato, sin quedarse siquiera a mirar si lo toleraba o no.

El curry de cabra rugió en el interior de su boca.

—Estoy impresionado. Creo que yo no podría comerme eso —comentó el hombre que estaba sentado dos mesas más allá.

Estaría en algún lugar intermedio de la mediana edad, un busto de hombre, todo torso y hombros, con un círculo de pelo rubio de punta rodeándole la cabeza como los laureles de Julio César y una nariz de boxeador debajo de unos ojos osados, invictos. Era el único huésped que no estaba con el grupo de la boda. Ya lo había visto por el hotel y en la playa, y sus revistas de negocios y su anillo de casado no le habían inspirado en absoluto.

Lo saludó con un ademán de cabeza, se llevó a la boca una cucharada especialmente grande de curry y sintió el calor rezumándole por todos los poros.

—¿Está bueno?

—Sí, la verdad es que sí —reconoció Janie—, siempre y cuando te guste que la boca te arda como un infierno.

Bebió un trago del ron con cola que había pedido; después de tanto fuego, el sabor resultaba gélido y sorprendente.

—¿En serio? —Trasladó la mirada del plato a la cara de ella. Tenía las mejillas y la coronilla sonrosadas, como si hubiera subido volando hasta el sol y lo hubiera capturado—. ¿Te importaría dejármelo probar?

Janie se quedó mirándolo, algo desconcertada, y se encogió de hombros. Qué más daba.

—Adelante.

Se instaló rápidamente en la silla de enfrente de ella. Le cogió la cuchara, la colocó encima del plato, la sumergió y cogió una cucharada de curry que se llevó a la boca.

—Dii-os —dijo. Engulló un vaso entero de agua—. Dii-os mío.

Pero lo dijo riendo, sus ojos castaños admirándola con sinceridad por encima del borde del vaso. Seguramente debía de haberse fijado que antes le sonreía al chico del bar y había llegado a la conclusión de que quería rollo.

¿Pero quería rollo? Lo miró y lo captó al instante: el interés en su mirada, la facilidad con que situaba la mano izquierda ligeramente por detrás de la cesta del roti para esconder temporalmente el dedo que lucía el anillo de casado.

Estaba en Puerto España en viaje de negocios, era un hombre de empresa que había ganado dinero con una franquicia y había decidido «esparcirse» un poco para celebrarlo. Lo dijo así, «esparcirse», y Janie se vio obligada a disimular una mueca. ¿A quién se le ocurría hoy en día utilizar una palabra como esa? A nadie que ella conociera. El tipo era de Houston, lugar donde Janie no había estado nunca ni había sentido necesidad de ir. Adornaba su bronceada muñeca con un Rolex de oro, el primero que ella veía de tan cerca. Cuando se lo dijo, se lo quitó, se lo puso a ella y el objeto se quedó allí colgando, pesado y resplandeciente. Le gustó la sensación, le gustó la rareza de verlo en su muñeca pecosa de siempre, era como ver un helicóptero de diamantes pulular por encima del curry de cabra.

—Te queda bien —dijo.

El hombre levantó la vista desde la muñeca hasta la cara de ella mostrando tan claramente sus intenciones que Janie se sonrojó y le devolvió el reloj. ¿Pero qué estaba haciendo?

—Tendría que irme yendo —dijo ella, aunque sus palabras sonaron reacias incluso para sus propios oídos.

—Quédate a hablar un rato más conmigo. —La voz tenía cierto matiz suplicante, pero la mirada seguía siendo audaz—. Venga. Llevo una semana sin mantener una conversación decente. Y eres tan…

—¿Soy tan…?

—Poco normal.

La obsequió entonces con una sonrisa, el gesto zalamero del hombre que sabe cómo y cuándo utilizar sus encantos, una herramienta de su arsenal que, aun así, al mirarla, brilló como el metal bajo el sol y proyectó algo genuino, un cariño sincero que la atravesó como una ráfaga de calor.

—Ah, pero si soy de lo más normal.

—No. —Se quedó mirándola—. ¿De dónde eres?

Janie le dio un nuevo trago a la copa; el efecto le desdibujó un poco la visión.

—Ay, ¿y eso a quién le importa? —replicó, notando los labios fríos y ardientes a la vez.

—A mí.

Otra sonrisa: rápida, cautivadora. Vista y no vista. Aunque… efectiva.

—De acuerdo, vivo en Nueva York.

—Pero no eres de Nueva York —dijo él, dándolo por hecho.

Ella se mosqueó.

—¿Por qué? ¿No me ves lo bastante dura como para ser neoyorquina?

Notó los ojos de él fijos en su cara e intentó retener cualquier evidencia del calor cada vez mayor que notaba en las mejillas.

—Creo que eres dura, sí —dijo, arrastrando las palabras—, pero también se intuye vulnerabilidad. Y eso no es un rasgo típico del nativo de Nueva York.

¿Que se le intuía la vulnerabilidad? Aquello era nuevo. Le habría gustado preguntarle dónde se le intuía para poder guardarla a buen recaudo.

—Así que… —Se inclinó hacia ella. Olía a crema solar de coco, a curry y a sudor—. ¿De dónde eres realmente?

La pregunta era complicada. Normalmente eludía la respuesta. Del Medio Oeste, decía. O de Wisconsin, porque era donde había pasado más tiempo, si contabas la universidad. Aunque no había vuelto allí desde entonces.

Nunca le contaba a nadie la verdad. Excepto ahora, sin saber por qué.

—No soy de ninguna parte.

El hombre se removió en su asiento y frunció el entrecejo.

—¿Qué quieres decir con esto? ¿Dónde te criaste?

—Yo no… —Negó con la cabeza—. No te apetecerá oírlo.

—Te escucho.

Se quedó mirándolo. Sí. Estaba escuchándola.

Aunque «escuchar» tal vez no era la palabra. O tal vez sí: una palabra que se utilizaba en un sentido pasivo, que sugería una receptividad silenciosa, la aceptación del sonido que genera otra persona, «te oigo», mientras que lo que aquel hombre estaba haciendo en ese momento parecía sorprendentemente musculoso e íntimo: escuchaba con fuerza, como escuchan los animales para sobrevivir en el bosque.

—Veamos… —Janie respiró hondo—. Mi padre tenía uno de esos puestos de gerente de ventas regional que nos obligaba a estar siempre de un lado para otro. Cuatro años aquí, dos años allá. Michigan, Massachusetts, el estado de Washington, Wisconsin. Éramos solo los tres. Entonces…, digamos que él siguió de aquí para allá. No sé adónde fue. A algún lugar, pero sin nosotras. Mi madre y yo seguimos viviendo en Wisconsin hasta que yo terminé la universidad y entonces ella se trasladó a Nueva Jersey, donde murió. —Aún se le hacía extraño decirlo. Intentó apartar la vista de la intensa mirada de aquel hombre, pero le resultó imposible—. Entonces me marché a Nueva York, en gran parte porque la inmensa mayoría de la gente que vive en la ciudad tampoco es de allí. De modo que no tengo una vinculación especial con ningún lugar en concreto. No soy de ninguna parte. ¿No te parece gracioso?

Janie se encogió de hombros. Las palabras habían manado a borbotones. Cuando en realidad no era su intención pronunciarlas.

—Suena a una soledad de la hostia —dijo él, sin dejar de fruncir el entrecejo. La expresión fue como un palillo minúsculo pinchándole justo en esa parte blanda de ella que no pretendía mostrar—. ¿Y no tienes familia por ningún lado?

—Sí, hay una tía en Hawái, pero… —¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué estaba contándole todo eso? Dejó de hablar, horrorizada. Meneó la cabeza—. No pienso hacer esto. Lo siento.

—Pero si no hemos hecho nada —dijo él.

La sombra lobuna que se apoderó por un instante del rostro de aquel hombre era inequívoca. Janie recordó una frase de Shakespeare que su madre le susurraba cuando paseaban por el centro comercial y se cruzaban con un grupo de chicos adolescentes: «He ahí a Casio, con su mirada afilada y hambrienta». Su madre siempre decía cosas de ese estilo.

—Me refiero —dijo Janie, tartamudeando— a que no suelo hablar de estas cosas. No sé por qué estoy contándote todo esto. Debe de ser el ron.

—¿Y por qué no tendrías que contármelo?

Se quedó mirándolo. Le resultaba increíble haberse sincerado de ese modo, estar cayendo en la trampa de los considerables encantos de un hombre de negocios de Houston que además llevaba un anillo de casado.

—Bueno, porque eres un…

—¿Un qué?

Un desconocido. Pero decirle aquello sonaba demasiado infantil. Se agarró a la primera palabra que se le ocurrió.

—¿Un republicano?

Rio, intentando convertirlo en una gracia. Ni siquiera tenía claro que lo fuera.

El mosqueo se extendió por la cara de él como el fuego entre matojos secos.

—¿Y eso en qué me convierte? ¿En una especie de filisteo?

—¿Qué? No. En absoluto.

—Pero lo piensas. Lo leo en tu cara. —Se enderezó en su asiento—. ¿Crees que no sentimos lo mismo que puedas sentir tú? —inquirió. Sus ojos castaños, que con tanta admiración la habían observado, se clavaron en ella con la furia de la persona que se siente herida.

—¿Podemos volver a la conversación sobre el curry?

—¿Crees que a nosotros no se nos parte nunca el corazón, que no rompemos a llorar cuando nacen nuestros hijos, que no nos hacemos preguntas sobre el lugar que ocupamos en el todo universal?

—Vale, vale. Ya lo capto. Si os pinchan, sangráis. —Él seguía mirándola fijamente—. «Si nos pinchan, ¿no sangramos?». Es de El mercader de…

—¿Lo captas, Shylock? ¿De verdad lo captas? Porque no estoy seguro de que sea así.

—A ver a quién llamas Shylock.

—De acuerdo, Shylock.

—Oye.

—Lo que tú digas, Shylock.

—¡Cuidadín!

Estaban sonriéndose.

—Así que hijos, ¿no? —dijo ella, mirándolo de reojo.

El hombre eludió la respuesta e hizo un gesto desdeñoso con una mano grande y rosada.

—De todas maneras —añadió ella—, ¿qué importancia tiene lo que yo pueda pensar de cualquier cosa?

—Pues claro que tiene importancia.

—¿Sí? ¿Por qué?

—Porque eres inteligente, y porque eres un ser humano, y porque en este momento estás aquí teniendo esta conversación —dijo él.

Se inclinó con mucha seriedad hacia ella y le tocó ligeramente la rodilla de un modo que en cualquier otra circunstancia a Janie le habría parecido baboso, pero no se lo pareció. El temblor que le recorrió el cuerpo superó su fuerza de voluntad de reprimirlo.

Bajó la vista hacia el plato arrasado.

Lo más seguro es que viviera en una McMansión y que tuviera tres niños y una mujer que jugaba al tenis, se dijo.

Había conocido a hombres de ese tipo, por supuesto, pero nunca había flirteado con ellos, jamás con un hombre de club de campo, con un hombre con un don especial para las ventas. Y para las mujeres. Aunque, por otro lado, intuía que aquel hombre tenía algo más, algo que la atraía: la rapidez de su mirada, la volatilidad de sus emociones, la sensación de que sus pensamientos iban a un millón de kilómetros por minuto.

—Mañana voy a visitar el Centro de Naturaleza Asa Wright —dijo él—. ¿Quieres venir?

—¿Y eso qué es?

El hombre movió la pierna con impaciencia.

—Un centro de naturaleza.

—¿Queda lejos?

Se encogió de hombros.

—Voy a alquilar una moto.

—No sé.

—Como quieras.

Pidió la cuenta. Janie percibió que la energía de aquel hombre alteraba su trayectoria y se alejaba; ansiaba recuperarla.

—De acuerdo —dijo—. ¿Por qué no?

El centro estaba a horas de allí, pero a Janie no le importó. Se agarró con fuerza a él en la moto y disfrutó de la velocidad, de la exuberancia del paisaje y del ruinoso caos de los pueblos, de las viviendas nuevas de hormigón pegadas a las desvencijadas casitas de madera, de los tejados metálicos cuyo brillo le hacía la competencia al sol. Llegaron hacia mediodía e, inmersos en un amigable silencio, siguieron la visita guiada por la selva tropical y rieron con los nombres de las aves que el guía iba señalando: los plataneros y los pájaros aceitosos, el campanero barbudo y el pájaro péndulo, el cuco ardilla y el bienteveo cazamoscas. Cuando por la tarde se sentaron a tomar el té en la amplia terraza de la antigua mansión de la plantación, a disfrutar de las evoluciones de las amazilias bronceadas que se acercaban a los comederos que colgaban del porche, se había establecido entre ellos una relación cómoda; cuatro, cinco, seis de aquellos pequeños colibríes se mecían y revoloteaban por los aires, como por arte de magia.

—Es todo tan colonial —dijo Janie, recostándose en el sillón de mimbre.

—Los buenos viejos tiempos, ¿verdad? —replicó él, lanzándole una mirada inescrutable.

—Pretendes ser ingenioso, ¿no?

—No sé. Para alguna gente fueron buenos. —Se mantuvo inexpresivo unos instantes y luego estalló en una carcajada—. ¿Pero qué tipo de cabrón piensas que soy? Conseguí una beca Rhodes, para tu información.

Lo dijo como aquel que no quiere la cosa, aunque a buen seguro intentaba impresionarla. Y lo consiguió.

—¿En serio?

Asintió lentamente, sus veloces ojos adquiriendo una expresión risueña.

—Gracias a eso pude estudiar un máster en E-co-no-mí-a en el Bal-li-ol College, Oxford, Inglaterra —le explicó, silabeando, haciéndose el cateto.

Era evidente que buscaba una carcajada por parte de ella, y se la concedió.

—¿Y con eso no tendrías que estar dando clases en Harvard o en alguna institución parecida?

—Para empezar, gano veinte veces más de lo que ganaría si diese clases, incluso en Harvard. Y no tengo que rendirle cuentas a nadie. Ni al jefe de departamento, ni al decano de la universidad, ni a ningún cabroncete mimado hijo de algún donante importante —dijo, meneando la cabeza.

—Un lobo solitario, ¿no?

Él hizo un falso mohín.

—Un lobo solo.

Rieron los dos. Risas de complicidad. Janie notó que algo que tenía entre los hombros se aflojaba, un músculo que había confundido con un hueso, que la invadía una ligereza. El bizcochito que tenía en la mano se desmigajó y se lamió las puntas de los dedos para apurar los trocitos.

—Eres una monada —dijo él.

—Una monada —repitió ella, esbozando una mueca.

Él recalibró con rapidez.

—Guapa.

—Mejor.

—No, en serio.

Ella se encogió de hombros.

—No lo sabes, ¿verdad? Sabes muchas cosas pero esa no lo sabes.

Buscó algo irónico con lo que poder replicar, pero se decantó por decir la verdad.

—No —reconoció con un suspiro—. No lo sé. Y es una lástima. Porque ya…

Iba a decirle que estaba casi en los cuarenta y que avanzaba a toda velocidad por el camino que llevaba a perder lo que quiera que pudiera haber tenido, y luego iba a señalarle aquellas tres canas y la arruga cada vez más pronunciada del entrecejo, pero él se lo impidió, haciendo un gesto con la mano para acallarla.

—Aunque tuvieras cien años seguirías siendo guapa —dijo, como si lo pensara de verdad.

Y ella no pudo evitarlo. La frase era tan buena que le sonrió, empapándose con la mareante sensación de que estaba siendo arrastrada hacia una cala recóndita que no había visualizado y que, si pretendía llegar a casa sana y salva, necesitaba nadar con todas sus fuerzas en dirección opuesta.

En el camino de vuelta, volvió a agarrarse con firmeza a la cintura de él. La moto hacía demasiado ruido como para poder hablar, cosa que agradeció, puesto que significaba no tener que tomar decisiones y no tener que preocuparse por nada, solo por las palmeras, los tejados de chapa que iban dejando atrás, el viento que le agitaba el cabello y el cuerpo caliente que tenía pegado al de ella; por el momento de ahora, y luego por el siguiente. La felicidad empezó a burbujear en la base de su columna vertebral para expandirse como un cosquilleo por todo su cuerpo. De modo que lo de vivir el presente era eso. Fue como una revelación.

¿Y no era lo que había estado buscando? ¿Esa ligereza que llegaba al galope, te agarraba por la cintura y te arrastraba con ella? ¿Cómo no sucumbir, por mucho que supiera que acabaría magullada y tirada en el fango? Imaginó que debía de existir otra forma de experimentar la apasionante sensación de estar vivo… ¿Algo interior, quizás? Pero no sabía lo que era ni cómo alcanzarlo por su cuenta y riesgo.

El viaje tocó a su fin y se encontraron de pronto delante del hotel, de pie el uno frente al otro e incómodos. Era tarde; estaban cansados. Ella tenía el pelo cubierto de polvo por el viento. Un momento complicado y sin nada que los empujara a superarlo. «Tendría que subir a la habitación para hacer la maleta», pensó Janie, pero en el salón principal celebraban el banquete de la boda y empezaron a oírse los tambores metálicos. Su sonido se adentró en la noche, el ritmo nítido y acuoso de unos tambores inventados años atrás, fabricados con las tapas de los bidones de petróleo que desechaban compañías petroleras, música de la basura. ¿Y quién era ella para resistirse a su influjo? El aire húmedo le acunó el cuerpo como una gigantesca mano mojada.

—¿Te apetece dar un paseo?

Lo dijeron ambos al mismo tiempo, como si el destino así lo hubiera dictado.

«Problemas, problemas, problemas», se dijo en cuanto echaron a andar, pero al notar la mano cálida de él entrelazando la suya pensó que tal vez haría bien entregándose al momento, que tal vez era lo correcto. Seguro que la esposa era una de esas mujeres con una cara de facciones marcadas y perfectas, con una melena rubia resplandeciente flanqueada por unos pendientes con diamantes que eran verdaderos pedruscos. Llevaría falditas blancas y coquetearía con el profesor de tenis. Por lo tanto, ¿por qué preocuparse tanto? Pero no, eso no estaba bien, ¿verdad? Los ojos de aquel hombre eran cálidos, sinceros incluso, si acaso se puede ser calculador y sincero al mismo tiempo, lo cual realmente es imposible. Y ella, Janie, le gustaba, a pesar de su rostro imperfecto, sus bonitos ojos azules, su nariz ligeramente aguileña y su cabello rizado. No, seguramente…, seguramente la mujer era encantadora. Tendría el pelo largo, ondulado y castaño, mirada bondadosa. En su día habría sido maestra pero ahora estaba en casa, cuidando de los pequeños, siempre paciente y amable, demasiado inteligente para la brutalidad de aquella vida, que le chupaba la sangre y la alimentaba a la vez; era amorosa, eso es lo que era, aquel hombre era un hombre amado (se percibía en sus movimientos relajados, en el resplandor de su cara) y ahora la mujer debía de estar durmiendo con todos los niños en su cama porque así era más fácil, y porque le gustaba el calor de sus cuerpecitos acurrucados contra ella, y echándolo muchísimo de menos a él, y pensando quizás que en el transcurso de esos largos viajes él tenía algún rollo, pero confiaba en él porque quería hacerlo y porque él tenía aquella osadía en la mirada, aquella vida…

¿Por qué hacerlo? ¿De verdad podía permitirse que pasara algo?

Vio que, mientras andaba perdida en sus pensamientos, él le estaba señalando las conchas esparcidas por la playa.

Asintió distraídamente.

—No, mira —dijo él, cogiéndole la cabeza entre sus grandes y cálidas manos y moviéndosela en dirección a la orilla—. Tienes que mirar.

Las conchas se desplazaban por la arena hacia el agua, como si el mar estuviera atrayéndolas con el poder de su encanto.

—¿Pero cómo es posible?

—Son cangrejos de arena —le dijo.

Le sujetaba aún la cabeza, de modo que no le costó nada girarla hacia él y besarla una vez, dos veces, solo dos veces, pensó ella, solo una mínima cata, y luego volverían enseguida, pero entonces le dio un tercer beso y esta vez ella percibió toda su hambre despertándose como el penacho perfumado de humo que acompaña la salida de un genio de la botella donde ha permanecido encerrado cien años, y abrazó a aquel hombre a quien apenas conocía, por mucho que sí pareciera conocer su cuerpo, puesto que se aferró a él con pasión y lo besó como si fuera la persona que más amaba en el mundo. Las defensas de ambos cayeron, igual que su ropa. Y tal vez todo fuera por una misteriosa combinación de elementos químicos liberando feromonas, o tal vez hubieran sido amantes en tiempos de los faraones y acababan de reencontrarse. Quién sabía por qué, la verdad. Quién coño sabía por qué.

—Dii-os —dijo él.

Se apartó mínimamente de ella, que quedó satisfecha al ver que la confianza en sí mismo había desaparecido por completo de su cara y que estaba tan asombrado como ella por la fuerza de una pasión que no tenía ninguna razón de ser pero que estaba allí, dándoles a ambos un susto de muerte, como si un grupo de chiquillos graciosos que había decidido jugar a la tabla de güija durante una fiesta del pijama hubiera acabado invocando un fantasma de verdad.

Sexo en la playa (¿No era eso el nombre de una bebida? ¿De verdad que su vida era aquello, un cóctel hortera?) y, además, con un desconocido que tonteaba con mujeres y no utilizaba preservativo era muy mala idea, una idea malísima. Pero su cuerpo no era de la misma opinión. Jamás en su vida había sucumbido por completo a nada y tal vez hubiera llegado el momento de hacerlo. Los tambores metálicos retumbaban como burbujas metálicas que flotaban en el aire hacia el infinito y se oían todavía los gritos de felicidad de los asistentes a la boda y las risas del novio y la novia, que bailaban bajo el alto tejado de paja. Tenía casi cuarenta años y era muy posible que nunca llegara a casarse. Y luego estaba aquella encantadora esposa que dormía en una cama grande con sus niños de mejillas sonrosadas mientras que ella no tenía a nadie esperándola, ni casa, ni hijos, ni marido, no tenía a nadie que la amara excepto aquel cuerpo cálido con sus latidos rápidos y regulares y su abrasadora fuerza vital. Era como si, de repente, hubieran arrancado de un cuaderno la página en la que había estado viviendo y se hubiera quedado suelta, desprendida, libre, flotando por encima de la arena de la playa, con la luna a modo de telón de fondo.

Cuando sus cuerpos quedaron por fin satisfechos, permanecieron tumbados en la playa, abrazados, jadeantes.

—Eres…

Movió la cabeza y sonrió maravillado, sus ojos, vivos y llenos de admiración, asimilando el cuerpo blanco y arañado por la arena de ella, que resplandecía sobre la playa. Pero no acabó la frase; se interrumpió antes de terminarla, a buen seguro gracias a toda una vida adulta aprendiendo a dominar tal disciplina, y Janie se quedó sin saber qué iba a decir sobre ella, y supo en aquel instante que dispondría del resto de su vida para considerar las distintas posibilidades. Sintió un impulso repentino de contarle cosas, de contárselo todo, todos sus secretos, rápidamente, ahora, antes de que el calor empezase a desvanecerse, con la esperanza de que hubiera algo a lo que poder seguir aferrándose, una conexión que conservar…

¿Conservar? Se rio de sí misma. E, incluso con la sonrisa que aquel momento había dibujado en su cara, no pudo evitar girarse hacia el otro lado.

El final se desarrolló con rapidez. Ella estaba aún procesando lo que había pasado, reproduciéndolo mentalmente mientras regresaban despacio y en silencio hacia el hotel, uno al lado del otro, la mano de él levemente sobre la espalda de ella en un gesto que en parte era una caricia y en parte una invitación a seguir caminando.

—Supongo que esto es todo. —Estaban delante de la puerta de la habitación de él—. Ha sido un auténtico placer poder disfrutar de tu compañía.

La expresión de él era adecuadamente tierna y sombría, aunque ella intuyó que estaba recuperando la cordura, que la sensación de urgencia que recorría el cuerpo de él era justo lo contrario de lo que estaba recorriendo el cuerpo de ella y, sin necesidad de decir nada, supo que su deseo de engancharse y prolongar el momento no tenía la más mínima probabilidad de éxito frente a la necesidad de él de salir volando de ese pasillo y volver a estar solo.

—¿Nos damos el correo electrónico o algo? ¿Te pasas alguna vez por Nueva York en viaje de negocios? —preguntó ella, intentando mantener un tono de voz animado, pero él la miró con tristeza.

Janie se mordió el labio.

—De acuerdo, entonces —dijo.

Podía hacerlo. Lo hizo. Él se inclinó y le dio un beso, un beso seco de marido que, con todo y con eso, se llevó una minúscula parte de ella.

Desconocía su apellido. Cayó en la cuenta más tarde. No había tenido ninguna necesidad de saberlo, puesto que los límites de lo sucedido habían quedado tan claros que ni apenas habían tenido que describirlos. Pero posteriormente pensó que le habría gustado haberlo conocido, no por la partida de nacimiento, no por el deseo de ponerse en contacto con él y complicarle la vida, sino simplemente por la historia en sí, para poder decirle a Noah algún día: «Una noche conocí a aquel hombre, y fue la noche más bonita de mi vida. Y se llamaba…».

Jeff. Jeff Algo.

Aunque quizás lo prefiriese así. Quizás lo hubiera planificado de esa manera. Porque el hecho de no tener que llevar a cabo la búsqueda de Jeff Algo de Houston solo había servido para que el vínculo con Noah fuese más estrecho si cabe, para hacerlo incluso más suyo.

2

Pero no estoy acabado.

Las palabras brotaron de forma espontánea de la boca de Jerome Anderson cuando la neuróloga le comunicó que su vida estaba funcionalmente terminada.

...