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EL REDENTOR (HARRY HOLE 6)

Jo Nesbo

0


Fragmento

1

Agosto, 1991.
Las estrellas

Tenía catorce años y estaba segura de que, si cerraba los ojos y se concentraba, podría ver las estrellas a través del techo.

A su alrededor respiraban varias mujeres. Era una respiración propia del sueño, acompasada, profunda. Solo una roncaba, la tía Sara, a la que habían colocado en un colchón bajo la ventana abierta.

Cerró los ojos e intentó respirar como las demás. Era difícil dormir, en particular desde que todo lo que la rodeaba se había vuelto de pronto tan nuevo y diferente. Los sonidos de la noche y del bosque que se extendía al otro lado de la ventana en Østgård eran distintos. Las personas a las que tan bien conocía de las reuniones en el Templo y de los campamentos de verano ya no eran las mismas. Ella tampoco era la misma. Aquel verano, la cara y el cuerpo que le devolvía el espejo del lavabo parecían otros. Al igual que sus sentimientos, esas extrañas oleadas de frío y calor que le recorrían el cuerpo cuando alguno de los chicos la miraba. En concreto, cuando la miraba uno de ellos. Robert. Aquel año, él también se había convertido en otra persona.

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Abrió los ojos de par en par. Sabía que Dios tenía poder para hacer grandes cosas, incluso para dejarle ver las estrellas a través del techo. Si Él quería.

Había sido un día largo y lleno de acontecimientos. El viento seco del verano silbaba entre las espigas de los campos, y las hojas de los árboles bailaban una danza febril de modo que la luz se vertía a raudales sobre los veraneantes tumbados en el césped del patio. Estaban oyendo a uno de los cadetes de la Escuela de Oficiales del Ejército de Salvación hablar sobre su trabajo como predicador en las islas Feroe. Era atractivo y se expresaba con gran sensibilidad y entusiasmo.

Pero ella se había entretenido espantando un abejorro que le zumbaba alrededor de la cabeza y, cuando este desapareció repentinamente, el calor ya la había dejado aletargada. Cuando el cadete terminó, los ojos de todos los presentes se posaron en el comisionado, David Eckhoff, que les devolvió la mirada con unos ojos risueños y jóvenes pese a tener más de cincuenta años. Realizó el saludo propio del Ejército de Salvación que consistía en levantar la mano derecha por encima del hombro, apuntar con el dedo índice hacia el reino de los cielos y pronunciar un rotundo «¡Aleluya!». Luego pidió que bendijeran la labor del cadete entre pobres y marginados, recordando a todos lo que dice el Evangelio de san Mateo, a saber, que Jesús, el Redentor, podía andar vagando entre ellos por las calles como un extraño, quizá como un presidiario, sin comida ni ropa. Y que los justos, los que hubieran ayudado a los necesitados, alcanzarían la vida eterna en el día del Juicio Final. Aquel discurso prometía ser largo, pero entonces se oyó un murmullo y él se echó a reír diciendo que, según el programa, había llegado el momento del Cuarto de Hora de la Juventud, y que hoy le tocaba el turno a Rikard Nilsen.

Ella se dio cuenta de que Rikard intentaba que su voz sonara más adulta cuando dio las gracias al comisionado. Como de costumbre, Rikard llevaba el discurso por escrito y se lo había aprendido de memoria. Y allí estaba, hablando acerca de aquella lucha a la que quería dedicar su vida, la lucha de Jesús por el reino de Dios. Lo hizo con un tono nervioso pero monótono y soporífero al mismo tiempo. Detuvo sobre ella la mirada ceñuda e introvertida. Ella parpadeó al reparar en el labio superior, que, sudoroso, se movía a medida que formaba frases conocidas, confiadas, aburridas. Así que no reaccionó cuando una mano le tocó la espalda. No hasta que las yemas de los dedos descendieron por la columna hacia la región lumbar y más abajo, y le provocaron un escalofrío bajo la tela ligera del vestido veraniego.

Se dio la vuelta y vio los ojos marrones y sonrientes de Robert. Le habría gustado tener la piel tan morena como la suya para disimular el rubor de las mejillas.

—¡Silencio! —dijo Jon.

Robert y Jon eran hermanos. A pesar de que Jon era un año mayor, de pequeños mucha gente los tomaba por gemelos. Pero Robert ya tenía dieciséis años, y, aunque ambos conservaban el parecido, las diferencias resultaban más obvias. Robert era alegre, despreocupado, le gustaba tomar el pelo a la gente y tocaba muy bien la guitarra, pero nunca llegaba puntual a los sermones que se celebraban en el Templo, y a veces se pasaba un poco con sus bromas, sobre todo si se daba cuenta de que los demás le reían la gracia. En esas ocasiones, Jon solía intervenir. Era un chico honrado y responsable. La gente pensaba que iría a la Escuela de Oficiales y, aunque no lo decían expresamente, también pensaban que encontraría novia en el seno del Ejército, lo que no podía considerarse tan evidente tratándose de Robert. Jon era dos centímetros más alto que su hermano, pero, curiosamente, este parecía más alto. Eso se debía a que a los doce años Jon empezó a encorvarse, como si llevara todo el peso del mundo sobre sus espaldas. Ambos eran morenos y tenían rasgos delicados y atractivos, pero Robert poseía algo que a Jon le faltaba. Algo que se adivinaba detrás de sus ojos, algo oscuro y juguetón que ella no estaba segura de querer descubrir.

Mientras Rikard hablaba, ella recorrió con la mirada las muchas caras conocidas de la congregación. Un día se casaría con un chico del Ejército de Salvación, puede que los destinaran a otra ciudad, a otra parte del país. Pero siempre volverían a Østgård, al lugar que el Ejército acababa de comprar, y que desde ahora sería el destino común de sus vacaciones.

Apartado de la congregación, en la escalera de la casa, se había sentado un chico rubio que acariciaba a un gato que tenía en el regazo. Por la expresión de su cara, ella supo que había estado mirándola, pero le había dado tiempo de apartar la mirada antes de que lo sorprendiera. Era la única persona allí presente a la que no conocía, pero sabía que se llamaba Mads Gilstrup, que era nieto de los que habían sido los dueños de Østgård, que era un par de años mayor que ella y que la familia Gilstrup era rica. Sí, bueno, era bastante guapo, pero tenía un aire solitario. Por cierto, ¿qué estaría haciendo allí? Había llegado la noche anterior y lo habían visto deambulando por ahí con semblante enojado, sin hablar con nadie. Pero ella ya había advertido su mirada un par de veces. Todo el mundo la miraba aquel año. Eso también era una novedad.

Robert vino a sacarla de sus pensamientos cogiéndole la mano y, depositando un objeto en ella, le dijo:

—Ven al granero cuando el aspirante a general haya terminado. Quiero enseñarte algo.

Robert se puso de pie y se marchó, y ella estuvo a punto de soltar un grito cuando se miró la mano. Se tapó la boca con la otra mano y dejó caer al suelo lo que le había dado. Era un abejorro. Aún se movía, pero no tenía patas ni alas.

Rikard terminó por fin, y ella se quedó mirando cómo sus padres y los de Robert y Jon se acercaban a las mesas donde servían el café. Ambas eran lo que el Ejército llamaba «familias fuertes» dentro de sus respectivas congregaciones de Oslo, y ella sabía que la tenían vigilada.

Se dirigió a la letrina y, al doblar la esquina y comprobar que nadie la veía, echó a correr en dirección al granero.

—¿Sabes qué es esto? —preguntó Robert con ojos risueños y esa voz grave que no tenía el verano anterior.

Estaba tumbado en el heno tallando una raíz con la navaja que siempre llevaba en el cinturón.

Levantó la raíz y ella vio de qué se trataba. Lo había visto en dibujos. Esperaba que estuviera suficientemente oscuro como para que él no se diera cuenta de que volvía a sonrojarse.

—No —mintió, y se sentó a su lado en el heno.

Y él la miró burlón, como si supiera de su persona algo que ni siquiera ella misma conocía. Y ella le devolvió la mirada y se recostó apoyándose en los codos.

—Algo que debe llegar hasta aquí —dijo y, en un abrir y cerrar de ojos, tenía la mano debajo del vestido.

Ella sintió la raíz dura en la parte interior del muslo. Aún no había tenido tiempo de cerrar las piernas, cuando notó que le rozaba las braguitas. Sintió en el cuello la respiración cálida de Robert.

—No, Robert —susurró.

—Es que lo he hecho especialmente para ti —dijo él.

—Para, no quiero.

—¿Me estás rechazando? ¿A mí?

Ella se quedó sin resuello, sin poder contestar ni gritar, cuando, de repente, oyeron la voz de Jon desde la puerta del granero.

—¡Robert! ¡No, Robert!

Ella notó que soltaba la mano, que la apartaba, y la raíz quedó atrapada entre sus piernas.

—¡Ven aquí! —dijo Jon con un tono que parecía reservado a un perro desobediente.

Robert se levantó riendo; le guiñó un ojo y echó a correr hacia el sol, donde se encontraba su hermano.

Ella permaneció sentada, sacudiéndose el heno y sintiéndose aliviada y avergonzada al mismo tiempo. Aliviada porque Jon había interrumpido aquel juego alocado. Avergonzada porque parecía que él se lo había tomado como algo más de lo que era: un juego.

Más tarde, durante la oración de la cena, miró los ojos castaños de Robert y vio que formaba con los labios una palabra que ella no entendió, pero se echó a reír de todos modos. ¡Estaba loco! ¿Y ella…? ¿Lo estaba ella? Loca, ella también lo estaba. Loca. ¿Y enamorada? Sí, enamorada, exactamente. Y no enamorada como a los doce o trece años. Ahora tenía catorce, y todo era más serio. Más importante. Y más emocionante.

Sintió que la risa le subía otra vez, como burbujas, mientras intentaba atravesar el techo con la mirada.

La tía Sara gruñó y dejó de roncar bajo la ventana. Se oyó ulular a un animal. ¿Sería un búho?

Tenía que hacer pis.

Le daba pereza, pero tenía que hacerlo. Debía caminar sobre la hierba húmeda de rocío y pasar junto al granero que, de noche, estaba oscuro y totalmente transformado. Cerró los ojos, pero de nada le sirvió. Salió del saco de dormir, metió los pies en las sandalias y se encaminó de puntillas hacia la puerta.

Unas cuantas estrellas se dejaban ver en el cielo, pero volverían a desaparecer al cabo de una hora, cuando el sol saliera por el este. El aire fresco le acariciaba la piel mientras corría oyendo sonidos nocturnos cuya procedencia ignoraba, insectos que permanecían quietos durante el día, animales cazando. Rikard dijo que había visto zorros en la arboleda. O quizá eran los mismos animales que se movían durante el día, pero emitían sonidos diferentes. Cambiaban. Como si mudaran la piel.

La letrina quedaba apartada, sobre una pequeña colina que se alzaba tras el granero. Vio cómo iba aumentando de tamaño conforme se acercaba. La cabaña, sorprendente e inclinada, estaba hecha de tablones de madera sin pintar que, de tan viejos, se veían torcidos, agrietados y grises. Sin ventanas, solamente un corazón en la puerta. Pero lo peor de la letrina era que resultaba imposible saber si ya había alguien sentado allí dentro.

Y ella tuvo la firme sensación de que había alguien.

Tosió para que la persona que la estaba usando le advirtiese que estaba ocupada.

Una urraca alzó el vuelo desde una rama en la orilla del bosque. Por lo demás, todo estaba en calma.

Subió el peldaño de piedra. Agarró el taco de madera que hacía de picaporte y tiró de él. Entonces se desveló ante ella un espacio cavernoso.

Lanzó un suspiro. Había una linterna junto al asiento de la letrina, pero no la necesitaba. Corrió la tapa de la letrina antes de cerrar la puerta y echar el gancho. Se levantó el camisón, se bajó las braguitas y se sentó. En el silencio que siguió después, le pareció oír algo. Algo que no provenía de un animal, ni de la urraca ni de los insectos que habían abandonado el capullo. Algo que se movía rápidamente sobre la hierba alta que crecía tras la letrina. El ruido se acalló en cuanto empezó a caer el chorro. Pero el corazón ya había empezado a latirle con fuerza.

Cuando acabó, se subió rápidamente las braguitas y esperó en la oscuridad, aguzando el oído. Pero lo único que pudo distinguir fue un suave susurro entre las copas de los árboles y su propia sangre bombeándole en las sienes. Esperó hasta que se le reguló el pulso, quitó el gancho y abrió la puerta. La oscura silueta llenaba prácticamente todo el hueco. Había estado esperando en el peldaño, totalmente inmóvil. De pronto, se vio sobre el asiento del retrete con él de pie, inclinado sobre ella. Cerró la puerta tras de sí.

—¿Tú? —preguntó ella.

—Yo —respondió con una voz extraña, temblorosa y bronca.

Se abalanzó sobre ella. Los ojos le brillaban en la oscuridad. Le mordió el labio inferior hasta hacerla sangrar y coló una mano por debajo del camisón para quitarle las bragas con violencia. Y ella se quedó paralizada bajo el filo de la navaja que le quemaba la piel del cuello mientras él, cual perro en celo, la embestía con los genitales incluso antes de haberse quitado los pantalones.

—Una palabra, y te corto en pedazos —susurró.

Pero ella nunca pronunció una palabra. Porque tenía catorce años y estaba segura de que, si cerraba los ojos con fuerza y se concentraba, podría ver las estrellas a través del techo. Dios tenía poder para hacer cosas así. Si Él quería.

2

Domingo, 13 de diciembre de 2003.
Visita a domicilio

Observó sus propios rasgos faciales en el reflejo de la ventanilla del tren. Trató de averiguar qué era, dónde estaba el secreto. Pero no vio nada especial por encima del pañuelo rojo, solamente una cara sin expresión con unos ojos y un cabello que, contra la pared del túnel entre Courcelles y Ternes, parecían tan negros como la noche eterna del metro. El diario Le Monde que tenía en el regazo anunciaba nieve, pero sobre él discurrían las calles de París todavía frías y desnudas bajo una capa de nubes impenetrable. Se le dilataron las fosas nasales al aspirar el olor débil pero inequívoco a cemento mojado, a sudor humano, a metal chamuscado, a agua de colonia, a tabaco, a lana mojada y a bilis, un olor que jamás lograron eliminar de los vagones.

La presión de aire ejercida por un tren que venía en dirección contraria hizo vibrar el cristal de la ventanilla, y la oscuridad se vio temporalmente reemplazada por tenues cuadrados de luz que pasaban vacilantes. Se subió la manga del abrigo y miró el reloj, un Seiko SQ50 que un cliente le había entregado como pago parcial. Tenía el cristal rayado, así que no estaba seguro de que fuera auténtico. Las siete y cuarto. Era domingo, y el vagón solo iba medio lleno. Miró a su alrededor. La gente dormía en el metro, siempre lo hacía. Sobre todo, los días entre semana. Se relajaban, cerraban los ojos, dejando que el viaje diario se convirtiera en un espacio de nada, sin sueños, con la línea roja o azul del mapa del metro como un trazo mudo que unía trabajo y libertad. Había leído algo sobre un hombre que permaneció durante todo un día en el metro sentado en aquella postura, con los ojos cerrados, ida y vuelta, y cuando llegó la noche y se disponían a vaciar el vagón, se dieron cuenta de que estaba muerto.

Tal vez hubiese descendido a aquellas catacumbas precisamente con esa intención, para tener paz y trazar una línea azul entre la vida y el más allá en aquel ataúd de color amarillo pálido.

Él mismo estaba a punto de trazar una línea en sentido contrario. Hacia la vida. Quedaban el trabajo de esta noche y el de Oslo. El último trabajo. Y entonces dejaría las catacumbas para siempre.

Se oyó el grito discorde de una alarma antes de que se cerrasen las puertas en Ternes. Volvieron a acelerar.

Cerró los ojos e intentó evocar ese otro olor. El olor a pastillas desodorantes para retretes, a orina fresca y caliente. El olor a libertad. Claro que tal vez fuese cierto lo que dijo su madre, la maestra. Eso de que el cerebro humano puede reproducir, con todo lujo de detalles, una imagen grabada en la memoria de algo que se ha visto u oído, pero jamás puede recordar el olor más básico.

Olor. Las imágenes empezaron a desfilar por la parte interior de los párpados. Tenía quince años y estaba sentado en el pasillo del hospital de Vukovar oyendo a su madre repetir la oración al apóstol Tomás, el patrón de los albañiles, rogando a Dios que salvara a su marido. También oyó el estruendo provocado por la artillería serbia que disparaba desde el río, y los gritos de aquellos a los que operaban en la sala de neonatos, donde ya no había bebés porque las mujeres de la ciudad habían dejado de dar a luz desde el asedio. Él había trabajado de chico de los recados en el hospital y había aprendido a no oír los sonidos, ya fuesen gritos o descargas de artillería. No sucedía lo mismo con los olores. Había uno que destacaba por encima de todos. Antes de hacer una amputación, los médicos debían cortar la carne hasta el hueso y, para que el paciente no se desangrara, utilizaban algo que parecía un soldador para quemar las arterias y cerrarlas. Y ese olor a carne quemada y a sangre no se parecía a ningún otro.

Un médico salió al pasillo y los invitó a pasar a su madre y a él con un gesto de la mano. Cuando se acercaron a la cama, no se atrevió a mirar a su padre; clavó la vista en la mano grande y morena que se aferraba al colchón, como si quisiera partirlo en dos. Y apostaba a que lo lograría porque aquellas manos eran las más fuertes de la ciudad. Su padre era torcedor de hierro, llegaba a las obras cuando los albañiles habían acabado su jornada, ponía sus grandes manos alrededor de los extremos de las barras de refuerzo que emergían del cemento y, con un movimiento rápido pero minuciosamente ensayado, torcía las barras de hierro para que quedaran enredadas. Había visto trabajar a su padre, como si estuviese retorciendo un paño. Hasta ahora, nadie había inventado una máquina que hiciera el trabajo mejor que él.

Cerró los ojos al oír a su padre gritando de dolor y de desesperación:

—¡Saca al chiquillo de aquí!

—Pero si él ha insistido…

—¡Fuera!

La voz del médico:

—¡Ya no sangra! ¡Empecemos!

Alguien lo cogió por las axilas y lo levantó. Él intentó resistirse, pero era muy pequeño, muy ligero. Entonces distinguió el olor. A carne quemada y a sangre.

Lo último que oyó fue la voz del médico otra vez:

—La sierra.

La puerta se cerró de un golpe a sus espaldas; él cayó de rodillas y retomó la oración allí donde la madre la había dejado. Sálvalo. Déjalo lisiado, pero sálvalo. Dios tenía poder para hacer cosas así. Si Él quería.

Notó que alguien lo miraba, abrió los ojos y allí estaba, de vuelta en el metro. En el asiento que quedaba justo enfrente había una mujer con el mentón tenso y una mirada soñadora y cansada que se reavivó bruscamente al encontrarse con la suya. El segundero del reloj de pulsera se movía a sacudidas mientras él repetía la dirección para sus adentros. Se examinó a sí mismo. El pulso parecía normal. La mente despejada, pero no demasiado. No tenía frío ni sudaba, no sentía miedo ni júbilo, ni malestar ni placer. Empezó a reducirse la velocidad. Charles de Gaulle-Étoile. Echó un último vistazo a la mujer. Ella lo miró con atención, pero si volvía a verlo, aquella misma noche quizá, no lo reconocería.

Se levantó y se colocó junto a las puertas. Los frenos protestaron suavemente. Pastillas desodorantes y orina. Y libertad. Tan imposible de imaginar como un olor. Se abrieron las puertas.

Harry salió al andén y se quedó aspirando el aire caliente del sótano mientras releía el papelito con la dirección. Oyó que se cerraban las puertas y sintió en la espalda una ligera corriente de aire cuando el tren se puso otra vez en movimiento. Se encaminó hacia la salida. Un cartel de publicidad colgado sobre la escalera mecánica anunciaba que existían formas de evitar los catarros. Tosió a modo de respuesta, pensando: «Ni de coña». Metió la mano dentro del hondo bolsillo del abrigo de lana y encontró el paquete de cigarrillos bajo la petaca y la caja de pastillas Colostrum.

Le bailaba el cigarrillo entre los labios mientras cruzaba la puerta acristalada de salida, mientras dejaba atrás el calor húmedo y antinatural del metro de Oslo y subía corriendo la escalera hasta el frío y la oscuridad completamente naturales del mes de diciembre en Oslo. Se encogió automáticamente. La plaza Egertorget. La pequeña plaza era un cruce de calles peatonales en el corazón de Oslo, si es que la ciudad tenía corazón en aquella época del año. Los comercios estaban abiertos ese domingo, ya que era el penúltimo fin de semana antes de Navidad, y la plaza estaba abarrotada de gente que se apresuraba de un lado a otro bajo la luz amarilla que emanaba de las tiendas situadas en los modestos edificios comerciales de cuatro plantas que la rodeaban. Harry miró las bolsas de regalos y se recordó a sí mismo que debía comprar algo para Bjarne Møller, ya que el día siguiente era su último día de trabajo en la Comisaría General. El jefe de Harry, y su más ferviente defensor en el cuerpo durante todos aquellos años, por fin había puesto en marcha su plan de reducción y, a partir de la semana siguiente, pasaría a ser investigador especial veterano en la comisaría de Bergen, lo que en la práctica significaba que Bjarne Møller podría hacer lo que le diera la gana hasta la jubilación. No estaba mal, pero ¿Bergen? Lluvia y montañas húmedas. Møller ni siquiera era de allí. A Harry siempre le había gustado Møller, pero no siempre le entendía.

Un hombre con un traje acolchado pasó caminando como un astronauta mientras sonreía y expulsaba vaho de unas mejillas rechonchas y sonrosadas. Espaldas vencidas por el frío y rostros que reflejaban el encierro del invierno. Harry vio a una mujer pálida con una chaqueta fina de cuero negro y con un agujero en el codo, que, junto a la relojería, daba pataditas de impaciencia en el suelo sin dejar de mirar a su alrededor, con la esperanza de localizar pronto a su camello. Sentado en el suelo, apoyado en la farola en una postura de yoga, con la cabeza inclinada como si estuviese meditando y con un vaso marrón de capuchino delante, había un mendigo de pelo largo y sin afeitar, pero con ropa juvenil, moderna y abrigada. Harry se había dado cuenta de que el número de mendigos había aumentado aquel último año y le daba la impresión de que todos se parecían. Hasta los vasos de papel eran los mismos, como si se tratara de un código secreto. Tal vez los extraterrestres estuvieran apoderándose de su ciudad, de sus calles, sin que nadie lo advirtiese. ¿Y qué? Venga, adelante.

Harry entró en la relojería.

—¿Puedes arreglarlo? —preguntó al joven que estaba plantado detrás del mostrador al tiempo que le daba un típico reloj de abuelo, que, precisamente, era el reloj de su abuelo.

Se lo habían regalado cuando él era niño, en Åndalsnes, el día que enterraron a su madre. Se asustó un poco, pero su abuelo lo tranquilizó diciendo que los relojes de bolsillo eran algo que se regalaba y que él también tendría que acordarse de regalárselo a alguien.

—Antes de que sea demasiado tarde.

Harry se había olvidado por completo del reloj hasta aquel otoño, cuando Oleg fue a visitarlo al piso de la calle Sofie. Fue él quien, buscando la Game Boy de Harry, encontró el reloj de plata en un cajón. Y Oleg, que tenía nueve años, pero que hacía mucho que había derrotado a Harry en su pasión común, el Tetris, ese juego pasado de moda, se olvidó de la partida que tanta ilusión le hacía y se puso a arreglar el reloj, en vano.

—Está roto —dijo Harry.

—Bueno —dijo Oleg—. Todo tiene arreglo.

Harry esperaba de todo corazón que aquello fuese cierto, pero había días en que lo dudaba. Aun así, se preguntó si debía enseñarle a Oleg quiénes eran Jokke & Valentinerne, y su álbum titulado Todo tiene arreglo. Pensándolo mejor, Harry llegó a la conclusión de que a Rakel, la madre de Oleg, no le haría gracia ese panorama: que su ex novio alcohólico enseñara a su hijo canciones sobre un alcohólico, compuestas e interpretadas por un consumidor muerto.

—¿Tiene arreglo? —preguntó al joven que había al otro lado del mostrador y que, a modo de respuesta, abrió el reloj con movimientos rápidos y precisos.

—No merece la pena.

—¿Cómo que no merece la pena?

—Cualquier anticuario puede venderte un reloj de estos que funcione, por menos dinero del que te costará poner este en marcha.

—Inténtalo de todas formas —dijo Harry.

—Vale —contestó el joven, que ya había empezado a escrutar las entrañas del reloj y parecía bastante contento con la decisión de Harry—. Vuelve el miércoles de la semana que viene.

Al salir de la tienda, Harry oyó el tenue sonido de una sola cuerda a través de un amplificador. El tono subió cuando el guitarrista, un chico de barba rala y con mitones, giró una de las clavijas. Había llegado el momento de uno de los conciertos típicos de Navidad, en los que una serie de artistas conocidos actuaban gratis para el Ejército de Salvación en la plaza Egertorget. La gente ya había empezado a agolparse frente al grupo que se había colocado tras la negra olla navideña del Ejército de Salvación, que colgaba de un soporte en mitad de la plaza.

—¿Eres tú?

Harry se dio la vuelta. Era la mujer con mirada de drogadicta.

—Eres tú, ¿verdad? ¿Vienes de parte de Snoopy? Necesito un cero-uno inmediatamente, tengo…

—Sorry —la interrumpió Harry—. Te confundes.

Ella lo miró. Ladeó la cabeza entornando los ojos, como tratando de averiguar si le mentía.

—Sí, yo a ti te he visto antes.

—Soy policía.

La mujer enmudeció de repente. Harry tomó aire. La reacción de la mujer llegó con retraso, como si el mensaje tuviera que dar varios rodeos por unos nervios chamuscados y por sinapsis neuronales arruinadas, y, tal y como Harry esperaba, la luz mate del odio terminó por aflorarle a los ojos.

—¿Madero?

—Creí que habíamos acordado que os quedaríais en la zona de Plata —dijo Harry mirando al vocalista.

—Ya —dijo la mujer, que se había colocado justo delante de él—. Tú no eres de los estupas. Eres ese tipo de la tele, el que mató a…

—Delitos Violentos. —Harry la cogió por el brazo—. Oye, encontrarás lo que quieres en Plata. No me obligues a llevarte a comisaría.

—No puedo. —Ella se soltó.

Harry se arrepintió enseguida y levantó ambas manos.

—Al menos dime que no vas a comprar nada aquí y ahora, para que pueda irme. ¿De acuerdo?

Ella ladeó la cabeza. Se le tensaron ligeramente los labios finos y exangües, como si la situación tuviese su punto de gracia.

—¿Quieres que te diga por qué no puedo bajar hasta ese lugar?

Harry esperó.

—Porque mi chaval suele dejarse caer por allí.

Harry sintió que se le hacía un nudo en el estómago.

—No quiero que me vea así. ¿Lo comprendes, madero?

Harry observó su expresión desafiante mientras intentaba formar una frase.

—Feliz Navidad —dijo ella dándole la espalda.

Harry dejó caer el cigarrillo en la nieve en polvo de color marrón y echó a andar. Quería terminar aquel trabajo. Caminaba sin mirar a las personas con las que se cruzaba, y ellas tampoco lo miraban a él, sino que avanzaban con la vista clavada en el hielo, como si tuvieran remordimientos, como si a pesar de ser ciudadanos de la socialdemocracia más generosa del mundo, se sintiesen avergonzados. «Porque mi chaval suele dejarse caer por allí.»

Harry se detuvo en la calle Fredensborgveien, junto a la biblioteca Deichmanske, frente al número que figuraba en el sobre que llevaba consigo. Miró hacia arriba. La fachada era de color gris y negro, recién renovada. El sueño erótico de cualquier grafitero. En algunas ventanas ya colgaban adornos de Navidad, como siluetas bajo la luz amarilla y cálida que emanaba de lo que parecían hogares acogedores y seguros. Y Harry se obligó a pensar que tal vez lo fuesen. Se esforzó, porque resulta imposible ser policía durante doce años y no contagiarse de la misantropía inherente a ese trabajo. Pero él se resistía, había que reconocerle el mérito.

Encontró el nombre junto al timbre, cerró los ojos e intentó dar con el modo correcto de expresar lo que debía decir. No lo consiguió. La voz de la mujer seguía interfiriendo:

«No quiero que me vea así…».

Harry se dio por vencido. ¿Hay algún modo de expresar lo imposible?

Presionó el frío botón de metal con el pulgar y, en algún lugar de la casa, sonó el timbre.

El capitán Jon Karlsen soltó el timbre, dejó las pesadas bolsas de plástico en la acera y echó un vistazo a la fachada. El edificio parecía haber sufrido un ataque de la artillería ligera. Se veían grandes trozos de cemento desconchados y, en la segunda planta, las ventanas de uno de los pisos, alcanzadas por el fuego, estaban cubiertas con tablones. Se le había pasado el edificio azul de Fredriksen, como si el frío hubiese absorbido todo el color haciendo que las fachadas de la calle Hausmannsgate parecieran iguales. No se dio cuenta de que se lo había pasado hasta que no reparó en el edificio ocupado, en cuya fachada alguien había escrito «Cisjordania». Una fisura en la puerta de entrada trazaba una V. La señal de la victoria.

Jon se estremeció bajo el anorak y se alegró de que el uniforme del Ejército de Salvación que llevaba debajo fuera de pura lana bien gruesa. Al terminar la formación en la Escuela de Oficiales y llegado el momento de recibir el uniforme nuevo, resultó que no le quedaba bien ninguna de las tallas que tenían en el departamento comercial. Así que tuvo que llevar la tela a un sastre que le echaba el humo en la cara y que, sin que nadie le hubiese preguntado, declaró que había renegado de Jesús como redentor personal. Sin embargo, el hombre hizo un buen trabajo y Jon le dio las gracias de todo corazón, ya que no estaba acostumbrado a que la ropa le sentara bien. Decían que tenía la espalda demasiado encorvada. Quienes lo hubieran visto subir aquella tarde por Hausmannsgate seguramente habrían pensado que andaba encorvado para resguardarse del gélido viento de diciembre, que barría agujas de hielo y basura congelada de las aceras, a lo largo de las cuales el tráfico pesado circulaba estrepitosamente. Pero los que lo conocían decían que Jon Karlsen doblaba la espalda para disimular su estatura. Y también para llegar a quienes estaban por debajo de él. Como en aquel momento, precisamente, en que se agachó para encestar la moneda de veinte coronas en el vaso de papel marrón que, a un lado del portal, sujetaba una mano sucia y temblorosa.

—¿Qué tal? —preguntó Jon al bulto humano que había sentado en la acera con las piernas cruzadas sobre un trozo de cartón, en medio de la ventisca.

—Estoy haciendo cola para recibir tratamiento con metadona —contestó el desgraciado con tono neutral y entrecortado, como un salmo mal ensayado, mientras miraba las rodillas del pantalón del uniforme de Jon.

—Deberías darte una vuelta por nuestra cafetería de la calle Urtegata —dijo Jon—. Calentarte un poco, comer algo y…

El resto se vio acallado por el rugido del tráfico, que se reanudó cuando el semáforo que tenían detrás se puso en verde.

—No tengo tiempo —dijo el bulto—. ¿No tendrás un billete de cincuenta?

A Jon no dejaba de sorprenderle el punto de mira imperturbable de los drogadictos. Lanzó un suspiro y metió en el vaso un billete de cien.

—Mira a ver si encuentras algo de ropa de abrigo en la tienda Fretex. Si no, en Fyrlyset hemos recibido nuevas chaquetas de invierno. Te vas a morir de frío con esa chaqueta vaquera tan fina.

Lo dijo con la resignación propia del que ya sabe que acabarán comprando droga con su dinero, ¿y qué? Siempre era la misma canción, uno de los muchos dilemas morales imposibles que dominaban sus días.

Jon tocó el timbre otra vez. Vio su propio reflejo en el sucio escaparate de la tienda contigua al portal. Thea le decía que él era grande. No era grande, en absoluto. Era pequeño. Un soldadito. Pero más tarde, el soldadito recorrería Dumpa, en la calle Møllerveien, cruzando el río Akerselva hasta donde empezaba Grünerløkka y el este de la ciudad, pasando por el Sofienbergparken hasta la calle Gøteborggata 4, propiedad del Ejército de Salvación, que alquilaba apartamentos a sus empleados; después, entraría en el portal B, tal vez saludara a alguno de los otros inquilinos que esperaba que dieran por sentado que se dirigía a su apartamento de la cuarta planta. Cuando, en realidad, su intención era coger el ascensor hasta la quinta planta, cruzar el pasillo del desván y llegar a la entrada A, aguzar el oído para comprobar que no hubiese nadie por allí antes de acercarse rápidamente a la puerta de Thea y llamar según el modo convenido. Entonces ella le abriría la puerta y también los brazos, donde él podría refugiarse para entrar en calor.

Sintió una sacudida.

Primero creyó que se trataba del suelo, de la ciudad, de sus cimientos. Dejó una de las bolsas en el suelo y rebuscó en el bolsillo. El móvil le vibraba en la mano. En la pantalla aparecía el número de Ragnhild. Hoy era la tercera vez. Sabía que no podría aplazarlo más, tenía que decírselo. Decirle que Thea y él iban a comprometerse. Cuando encontrara las palabras adecuadas. Volvió a meter el móvil en el bolsillo y evitó mirar su reflejo. Pero tomó una decisión. Dejaría de comportarse como un cobarde. Sería más valiente. Llegaría a ser un gran soldado. Por Thea, la de la calle Gøteborggata. Por su padre, que vivía en Tailandia. Por el Señor que estaba en el cielo.

—¿Qué pasa? —resonó la pregunta malhumorada por el altavoz del telefonillo.

—Ah, hola. Soy Jon.

—¿Qué?

—Jon, del Ejército de Salvación.

Jon esperó.

—¿Qué quieres? —dijo la voz, y se oyó un chisporroteo.

—Traigo comida. Tal vez necesitéis…

—¿Tienes cigarrillos?

Jon tragó saliva y pateó la nieve con las botas.

—No, esta vez solo tenía dinero para comida.

—Mierda.

Hubo un silencio.

—¿Hola? —gritó Jon.

—Que sí. Estoy pensando.

—Si quieres, vuelvo más tarde.

Sonó el mecanismo de apertura y Jon se apresuró a empujar la puerta.

En la escalera había papel de periódico, botellas vacías y zonas amarillas de orina congelada. Suerte que, gracias al frío, Jon no tuvo que inhalar la pestilencia penetrante y agridulce que inundaba la entrada en los días cálidos.

Intentó andar a paso ligero, pero lo que hizo fue pisar con fuerza. La mujer que lo estaba esperando en la puerta tenía la mirada puesta en las bolsas. Para evitar mirarlo directamente a él, pensó Jon. Tenía la piel de la cara hinchada, a consecuencia de muchos años de adicción, sufría sobrepeso y llevaba una camiseta blanca sucia debajo de la bata. Por la puerta salía un hedor empalagoso.

Jon se detuvo en el rellano y dejó las bolsas en el suelo.

—¿Está tu marido en casa?

—Sí, está en casa —respondió ella en francés.

Era guapa. Pómulos salientes, ojos grandes y almendrados. Labios finos y pálidos. Iba bien vestida. Al menos la parte de ella que vislumbraba por la rendija de la puerta estaba bien vestida.

Se ajustó el pañuelo rojo.

El cierre de seguridad que los separaba era de latón sólido y quedaba unido a una puerta pesada de roble sin placa. Mientras esperaba frente al edificio de la avenida Carnot a que la portera le abriese se había fijado en que todo parecía nuevo y caro: las bisagras de las puertas, el timbre, los cilindros de las cerraduras. Y el hecho de que la fachada de color amarillo pálido y las persianas blancas luciesen una sucia capa de contaminación negra no hacía sino subrayar la solera y la antigüedad de aquel barrio parisino. En la entrada colgaban óleos originales.

—¿De qué se trata?

La mirada y el tono de voz no eran amables ni todo lo contrario, aunque tal vez ocultasen algo de escepticismo, dada su mala pronunciación del francés.

—Un mensaje, madame.

Ella vaciló. Pero al final reaccionó del modo esperado.

—De acuerdo. Puede esperar aquí, voy a buscarlo.

Cerró la puerta y la cerradura, bien engrasada, emitió un suave clic. Él dio una patada en el suelo. Debía mejorar su francés. Su madre le había obligado a practicar el inglés por las tardes, pero jamás llegó a dominar el francés. Clavó la mirada en la puerta. Apertura francesa. Una visita breve. Guapa.

Pensó en Giorgi. Giorgi y su sonrisa blanca. Era un año mayor que él, de modo que ya tendría veinticuatro. ¿Seguiría siendo tan guapo? Rubio, menudo y delicado como una muchacha. Él estuvo enamorado de Giorgi, sin prejuicios e incondicionalmente, como solo pueden enamorarse los niños.

Oyó pasos en el interior. Los pasos de un hombre. Alguien trasteando la cerradura. Un trazo azul entre el trabajo y la libertad, desde este lugar hasta el detergente barato y la orina. Pronto llegaría la nieve. Se preparó.

La cara del hombre apareció en la puerta.

—¿Qué coño quieres?

Jon levantó las bolsas de plástico e intentó sonreír.

—Pan recién hecho. Huele bien, ¿verdad?

Fredriksen puso la mano grande y morena sobre el hombro de la mujer y la apartó.

—Yo solo huelo a sangre de cristiano…

Pronunció aquellas palabras con una dicción clara y sobria, pero el iris aguado en la cara sin afeitar indicaba otra cosa.

Intentó concentrarse en las bolsas de la compra. Parecía un hombre grande y fuerte que se hubiese encogido por dentro. Como si el esqueleto e incluso el cráneo se hubiesen reducido bajo la piel que, con tres tallas de más, le colgaba, pesada, del rostro malicioso. Fredriksen se pasó el dedo sucio por los cortes recientes que le abrían el puente de la nariz.

—¿No me vas a predicar? —preguntó Fredriksen.

—No, en realidad solo quería…

—Vamos, soldado. Tú buscas alguna compensación, ¿no? Mi alma, por ejemplo.

Jon se estremeció dentro del uniforme.

—Yo no me ocupo del alma, Fredriksen. Pero puedo ofrecer un poco de comida, así que…

—¿En serio? Tal vez antes quieras predicar un poco.

—Como ya te he dicho…

—¡Que prediques te digo!

Jon se quedó mirando a Fredriksen.

—¡Predica con esa boca chorreante de mierda que tienes! —gritó Fredriksen—. Predica para que podamos comer con la conciencia tranquila, cristiano cabrón y condescendiente. Venga, termina de una vez. ¿Cuál es el mensaje de Dios para hoy?

Jon abrió la boca y volvió a cerrarla. Tragó saliva. Lo intentó de nuevo y, esta vez, logró hacer resonar las cuerdas vocales.

—El mensaje es que su hijo murió… por nuestros pecados.

—¡Mientes!

—No, desgraciadamente no estoy mintiendo —aseguró Harry contemplando el miedo reflejado en la cara del hombre que estaba en la puerta frente a él.

Olía a comida y se oía de fondo el tintineo de cubiertos. Un hombre de familia. Un padre. Hasta aquel momento. El hombre se rascaba el antebrazo y tenía la mirada fija en algún punto por encima de la cabeza de Harry, como si hubiera alguien inclinado sobre él. Cuando se rascaba, producía un sonido desagradable.

Cesó de pronto el tintinear de los cubiertos. Detrás del hombre se detuvieron unos pasos discretos y una mano pequeña se le posó en el hombro. Enseguida asomó una cara de mujer de ojos grandes y asustados.

—¿Qué pasa, Birger?

—Este agente de policía ha venido a traernos un mensaje —dijo Birger en tono monocorde.

—¿Qué pasa? —preguntó la mujer mirando a Harry—. ¿Se trata de nuestro hijo? ¿Se trata de Per?

—Sí, señora Holmen —dijo Harry viendo cómo la angustia empañaba los ojos de la mujer. Volvió a buscar esas palabras imposibles—. Lo encontramos hace dos horas. Vuestro hijo ha muerto.

Tuvo que apartar la mirada.

—Pero él… él… ¿dónde…?

Fue mirando alternativamente a Harry y a su marido, que no dejaba de rascarse el brazo.

«Si sigue así, se va a hacer sangre», pensó Harry. Carraspeó.

—En un contenedor de Bjørvika. Y, tal como temíamos, llevaba muerto bastante tiempo.

De pronto, Birger Holmen pareció perder el equilibrio, se tambaleó hacia atrás en el pasillo iluminado y se agarró a un perchero. La mujer ocupó entonces el hueco de la puerta y Harry pudo ver al hombre caer de rodillas detrás de ella.

Harry tomó aire y metió la mano dentro del abrigo. Sintió el gélido metal de la petaca contra las yemas de los dedos. Sacó un sobre. No había leído la carta, pero conocía de sobra el contenido. El mensaje oficial y escueto, despojado de palabras innecesarias, que comunica la muerte de alguien. Un certificado de defunción, como un trámite burocrático.

—Lo siento, pero entregaros esto es mi trabajo.

—¿Que tu trabajo es qué? —preguntó el hombre bajito de mediana edad con una pronunciación exageradamente mundana del francés que no caracteriza a la clase alta, sino más bien a quienes aspiran a formar parte de ella.

El visitante lo observó. Todo coincidía con la foto del sobre, hasta el nudo tacaño de la corbata y el batín, lacio y de color rojo.

Desconocía el delito que había cometido aquel hombre. Dudaba de que hubiese causado daño físico a alguien porque, a pesar de la aparente irritación de su expresión, el lenguaje corporal era defensivo, casi compungido, incluso allí en la puerta de su propio domicilio. ¿Habría robado dinero, malversado fondos? A juzgar por su aspecto, debía de trabajar con números. Pero no se trataba de cantidades importantes. Y aunque tenía una mujer guapísima, parecía más bien alguien a quien le gustara ir de flor en flor. ¿Habría sido infiel, se habría acostado con la mujer del hombre equivocado? No. A los hombres bajitos que poseían una fortuna ligeramente superior a la media y estaban casados con mujeres bastante más atractivas que ellos les solía preocupar lo contrario, que sus mujeres les fuesen infieles. Aquel hombre lo sacaba de quicio. Tal vez fuese precisamente eso. Tal vez solo había importunado a alguien. Metió la mano en el bolsillo.

—Mi trabajo… —dijo, y colocó el cañón de una Llama MiniMax que había comprado por solo trescientos dólares contra la cadena de latón tensada— es este.

Apuntó usando el silenciador como guía. Se trataba de un sencillo tubo de metal con un paso de rosca que un herrero de Zagreb le había taladrado por encargo en el cañón. La cinta negra que quedaba enrollada alrededor de la junta solo servía para hermetizarlo. Estaba claro que podía haber comprado un silenciador de calidad por algo más de cien euros, pero ¿para qué? De todos modos, nada lograba silenciar el ruido que hace la bala al romper la barrera del sonido, del gas caliente que topa con el aire frío, de las piezas mecánicas de metal que se encuentran en el interior de la pistola. Eso de que las pistolas provistas de silenciador sonaran como palomitas solo sucedía en la realidad de Hollywood.

El estallido sonó como un azote que estampó la cara contra la estrecha abertura.

El hombre de la foto había desaparecido de la puerta, se había caído hacia atrás sin hacer el menor ruido. En el pasillo de la escalera brillaba una luz tenue, pero en el espejo de la pared vio reflejada la del vestíbulo y su propio ojo muy abierto enmarcado en oro. El muerto yacía sobre una alfombra gruesa de color borgoña. ¿Persa? Quizá sí que tuviese dinero, después de todo.

Ahora solo tenía un pequeño agujero en la frente.

Alzó la vista y se encontró con la mirada de la esposa. Si es que era la esposa. Estaba en el umbral de otra habitación. Detrás de ella colgaba una lámpara grande y amarilla de papel de arroz. Se había llevado la mano a la boca y lo miraba fijamente. Él hizo una leve inclinación. Cerró la puerta con cuidado, metió la pistola en la funda y se encaminó a la escalera. Nunca utilizaba el ascensor cuando se marchaba, ni coches de alquiler ni motos, nada que pudiesen detener. Y tampoco corría. No hablaba ni gritaba, la voz podía describirse.

La retirada era la parte más crítica del trabajo, pero también la que más le gustaba. Era como volar, una nada sin sueños.

La portera había salido y estaba en el bajo, delante de la puerta de su apartamento, mirándolo desconcertada. Él susurró un adiós, pero ella siguió mirándolo, sin mediar palabra. Cuando la policía la interrogase una hora más tarde, le pedirían una descripción. Y ella les daría una. La de un hombre de estatura media con aspecto corriente. Veinte años. O quizá treinta. Cuarenta, no, sin duda. O eso creía.

Salió a la calle. París resonaba con estruendos suaves, como una tormenta que no acaba de estallar, pero que tampoco cesa. Tiró la Llama MiniMax en un contenedor de basura en el que se había fijado antes. En Zagreb lo esperaba un par de pistolas nuevas de la misma marca. Le habían hecho descuento por llevarse dos.

Media hora más tarde, cuando el autobús del aeropuerto pasaba por la porte de la Chapelle, en la autovía que unía París con el aeropuerto Charles de Gaulle, inundaron el aire unos copos de nieve que se fueron adhiriendo a las escasas briznas de hierba de tono amarillo pálido que se alzaban ateridas hacia el cielo gris.

Después de facturar y de pasar el control de seguridad, se fue directamente al aseo. Se detuvo en el último urinario blanco de la fila, se desabrochó el pantalón y dejó que el chorro impactara de lleno en las pastillas desodorantes de color blanco que descansaban en el fondo de la taza. Cerró los ojos concentrándose en el olor dulzón del paradiclorobenceno y del perfume de limón de J&J Chemicals. Al trazo azul que conducía a la libertad solo le quedaba una parada. Saboreó el nombre. Os-lo.

3

Domingo, 13 de diciembre.
Mordedura

En la zona roja de la sexta planta de la Comisaría General, en el interior del coloso de hormigón y cristal que acogía la mayor concentración de policías de Noruega, estaba Harry, recostado en su silla de la oficina 605. Era la misma oficina a la que Halvorsen, el joven oficial con el que Harry compartía aquellos diez metros cuadrados, le gustaba llamar «la oficina de esclarecimientos». Y la misma que Harry, cuando tenía que bajarle los humos a Halvorsen, llamaba «la oficina de docencia».

Pero Harry estaba solo, mirando fijamente la pared donde habría estado situada la ventana si «la oficina de esclarecimientos» hubiera tenido alguna.

Era domingo, ya había redactado el informe y podía irse a casa. Entonces ¿por qué no lo hacía? A través de la ventana imaginaria, vio el puerto vallado de Bjørvika, donde los copos de nieve recién caídos se posaban como confeti sobre los contenedores verdes, rojos y azules. El caso estaba resuelto. Per Holmen, un joven heroinómano cansado de la vida, se había chutado por última vez dentro de un contenedor. Junto a una pistola. No había signos externos de violencia y la habían hallado junto al cadáver. Según los de vigilancia, Per Holmen no debía dinero a nadie. En cualquier caso, cuando los camellos se cargan a alguien que tiene deudas, no se molestan en encubrirlo. Más bien todo lo contrario. Por tanto, se trataba de un suicidio, sin lugar a dudas. Así que ¿por qué perder la tarde buscando algo en un puerto de contenedores desapacible y poco acogedor donde, de todas formas, no encontraría más que pena y desesperación?

Harry miró el abrigo de lana colgado en el perchero de pie. La pequeña petaca que guardaba en el bolsillo interior estaba llena. Y sin tocar desde octubre, cuando fue al Vinmonopolet a comprar una botella de su peor enemigo, Jim Beam, y la llenó antes de vaciar el resto en el fregadero. Desde entonces siempre llevaba el veneno consigo, casi como los dirigentes nazis que guardaban píldoras de cianuro en las suelas de los zapatos. ¿A qué venía aquella ocurrencia tan ridícula? No lo sabía. No le importaba. El caso era que funcionaba.

Harry miró el reloj. Casi las once. En casa tenía una cafetera muy usada y un DVD reservado para una noche como aquella. Eva al desnudo, la obra maestra de 1950, dirigida por Mankiewicz e interpretada por Bette Davis y George Sanders.

Deliberó consigo mismo. Supo que elegiría el puerto de contenedores.

Harry se había subido el cuello del abrigo y estaba de espaldas al viento del norte que soplaba a través de la valla haciendo que la nieve se acumulara en montones alrededor del contenedor que había al otro lado. El puerto, con sus grandes superficies vacías, por la noche parecía un desierto.

La zona vallada de los contenedores estaba iluminada, pero las farolas se balanceaban a merced de las ráfagas de viento y las sombras corrían por entre las calles, por entre los cofres metálicos apilados de dos en dos o de tres en tres. El contenedor que Harry estaba mirando era rojo, un tono que no pegaba con el naranja de la cinta policial. Pero en Oslo, en pleno diciembre, aquel contenedor, del mismo tamaño y con las mismas comodidades que ofrecía el calabozo de la Comisaría General, era un buen refugio.

En el informe que había redactado el grupo con la descripción de la escena del crimen —a decir verdad, más que un grupo, era una pareja formada por un investigador y una agente de la policía científica—, decía que el contenedor llevaba un tiempo vacío. Y sin cerrar. El vigilante explicó que no se preocupaban de cerrar un contenedor vacío, puesto que la zona estaba cercada y, además, vigilada. Aun así, un drogadicto había conseguido colarse. Lo más probable era que Per Holmen fuese uno de los muchos que andaban por Bjørvika, ya que quedaba a un tiro de piedra del supermercado de los drogadictos en Plata. Cabía la posibilidad de que, de vez en cuando, el vigilante hiciese la vista gorda con unos contenedores que se utilizaban como refugio. Tal vez considerara que, así, salvaba alguna que otra vida.

El contenedor no tenía cerradura, pero la puerta de la verja lucía un candado imponente. Harry se arrepentía de no haber llamado desde la Comisaría General avisando de que iba. Si realmente había vigilantes allí, él, desde luego, no veía a nadie.

Echó un vistazo al reloj. Miró hacia la parte superior de la verja y la sopesó unos instantes. Estaba en buena forma. Hacía tiempo que no estaba tan bien. No había vuelto a probar el alcohol desde aquella recaída fatal del verano, y había entrenado regularmente en el gimnasio de la comisaría. Más que regularmente. Antes de que llegasen las nieves, batió el viejo récord de Tom Waaler en el circuito de obstáculos de Økern. Días más tarde, Halvorsen le preguntó con suma cautela si tanto entrenamiento tenía algo que ver con Rakel. ¿Por qué le daba la sensación de que ya no se veían? Harry le explicó al joven agente, de una manera escueta pero clara, que el hecho de que compartieran despacho no significaba que tuviesen que compartir intimidades. Halvorsen se limitó a encogerse de hombros y quiso saber con quién más había estado hablando Harry y, cuando este se levantó y salió de la oficina 605, vio confirmadas sus sospechas.

Tres metros. Ninguna alambrada. Fácil. Harry se agarró a la valla lo más arriba que pudo, apoyó los pies contra el poste y se encaramó. Primero levantó el brazo derecho y luego el izquierdo, y quedó suspendido hasta dar con un lugar donde volver a apoyar los pies. Movimiento larvario. Pasó al otro lado.

Levantó el pasador y abrió la compuerta del contenedor. Sacó la linterna Army, negra y contundente, se agachó bajo la cinta policial y se metió dentro.

Allí dentro reinaba un silencio extraño, como si también se hubieran congelado los sonidos.

Harry encendió la linterna y enfocó con ella el interior del contenedor. Reconoció el dibujo de tiza en el suelo, donde habían encontrado a Per Holmen. Beate Lønn, la responsable de la policía científica de la calle Brynsalléen, le había enseñado las fotos. Habían hallado a Per Holmen sentado con la espalda contra la pared con un agujero en la sien derecha y con la pistola en el suelo, también a su derecha. Poca sangre. Esa era la ventaja de los disparos en la cabeza. La única. La pistola tenía una munición de calibre bajo, así que la herida de entrada era pequeña y no había herida de salida. Es decir, el forense encontraría la bala dentro del cráneo, donde probablemente se había movido como una bola en un tablero de pinball haciendo papilla lo que Per Holmen solía utilizar para pensar. Lo que utilizó para tomar aquella decisión. Y para, finalmente, ordenar al dedo índice que apretara el gatillo.

«Incomprensible», solían decir sus colegas cuando daban con algún joven suicida. Harry suponía que lo decían para protegerse a sí mismos, para rechazar esa idea. De lo contrario, no comprendía a qué venía eso de «incomprensible».

Y, sin embargo, fue precisamente esa la palabra que utilizó aquella tarde, en el pasillo penumbroso desde el cual vio al padre de Per Holmen de rodillas, con la espalda encorvada temblándole a cada sollozo. Y como Harry desconocía palabras de consuelo sobre la muerte, Dios, la salvación, la vida en el más allá o el sentido de todo, murmuró:

—Incomprensible…

Harry apagó la linterna, la guardó en el bolsillo del abrigo y la oscuridad se condensó a su alrededor.

Pensó en su propio padre. Olav Hole. El profesor de instituto jubilado que vivía en una casa de Oppsal, en sus ojos, que se iluminaban una vez al mes, cuando recibía la visita de Harry o la de su hija Søs, y que, al igual que la luz, se iban apagando lentamente mientras tomaban café y hablaban de cosas sin mucha importancia. Porque lo único que significaba algo se encontraba en una foto que descansaba sobre el piano que ella solía tocar. Olav Hole ya apenas hacía nada. Solo leía sus libros. Sobre países y reinos que nunca llegaría a visitar y que realmente tampoco le apetecía ver, puesto que ella ya no podía acompañarlo. «La pérdida más grande», lo llamaba las pocas veces que hablaban de ella. Y en eso estaba pensando Harry en aquel momento. ¿Cómo lo llamaría Olav Hole el día que fueran a comunicarle la muerte de su hijo?

Harry salió del contenedor y se dirigió hacia la valla. Se sujetó a ella con ambas manos. Entonces llegó uno de esos extraños momentos de calma súbita y absoluta en que el viento aguanta la respiración para aguzar el oído o reflexionar acerca de algo, y todo lo que se oye es el murmullo reconfortante de la ciudad en la oscuridad del invierno. Eso, y el sonido de un papel que el viento arrastra sobre el asfalto. Pero el viento había dejado de soplar. Papeles no, eran pasos. Pasos rápidos y ligeros. Más ligeros que los pasos de pies.

Patas.

El corazón le latía descontrolado. Dobló rápidamente las rodillas y las pegó a la valla. Se enderezó. Harry no recordaría qué era lo que le había asustado tanto hasta más tarde. Fue el silencio y que, en ese silencio, no se oyera nada, ningún gruñido, ninguna señal de agresión. Como si lo que estaba detrás de él, en la oscuridad, no quisiera asustarlo. Todo lo contrario. Lo estaba acechando. Y si Harry hubiese sabido algo más sobre perros, seguro que habría reconocido la única raza de perro que nunca gruñe, ni cuando tiene miedo ni cuando ataca. Un macho de metzner negro. Harry estiró los brazos y volvió a doblar las piernas cuando se dio cuenta de que el ritmo se interrumpía. Entonces se hizo el silencio y él supo que el animal había saltado. Tomó impulso y saltó.

La afirmación de que no se siente dolor cuando el miedo bombea adrenalina en la sangre es imprecisa, en el mejor de los casos. Harry soltó un grito cuando los dientes de aquel perro grande y delgado dieron con la carne de la pantorrilla derecha y se hundieron más y más, hasta cerrarse alrededor de la sensible membrana que recubre el hueso. La valla resonó, la fuerza de gravedad los atrajo a ambos hacia el suelo, pero, por pura desesperación, Harry logró mantenerse agarrado. En realidad, debería estar asustado. Cualquier otro perro con el peso corporal de un metzner negro adulto habría tenido que soltarse. Pero se trataba de un metzner negro con unos dientes y una musculatura mandibular pensados para machacar huesos, de ahí el rumor sobre su parentesco con la hiena manchada, devoradora de huesos. Por eso se quedó colgando, aferrado a la pantorrilla de Harry con los dos colmillos de la mandíbula superior arqueados ligeramente hacia dentro, y uno de la mandíbula inferior que se encargaba de estabilizar la mordedura. El otro colmillo de la mandíbula inferior se lo había roto a los tres meses de edad al arremeter contra una prótesis de acero.

Harry logró subir el codo izquierdo por encima de la valla e intentó tirar de ambos, pero al perro se le había quedado una pata atrapada en la valla. Tanteó con la mano derecha intentando dar con el bolsillo del abrigo, lo encontró y agarró el mango de goma de la linterna. Entonces miró hacia abajo y vio al animal por primera vez. Atisbó un brillo débil en los ojos negros de una cabeza también negra. Harry blandió la linterna. Le asestó tal golpe entre las orejas que pudo oír cómo se quebraba. Levantó la linterna y arremetió otra vez. Le dio en el morro, una zona sensible. Después se cebó a la desesperada con aquellos ojos que no habían parpadeado ni una sola vez. Se le cayó la linterna al suelo. El perro seguía agarrado. A Harry apenas le quedaban fuerzas para seguir sujetándose a la valla. No quería ni pensar en lo que podría venir a continuación, pero no podía evitarlo.

—¡Socorro!

El viento, que ya arreciaba, engulló su débil grito. Apoyó el peso en la otra mano y sintió una necesidad súbita de reír. ¿Era así como acabaría? ¿Lo hallarían en un puerto de contenedores con la garganta desgarrada por un perro guardián? Harry tomó aire. Las púas de la valla se le clavaban en la axila, los dedos perdían fuerza. Tendría que soltarse al cabo de unos segundos. Si hubiera tenido un arma… Si hubiera tenido una botella en vez de una petaca, podría haberla roto y habérsela clavado al perro.

¡La petaca!

Con un último esfuerzo, Harry consiguió meter la mano en el bolsillo interior y sacar la petaca. Se llevó el cuello a la boca, agarró el corcho de metal entre los dientes y giró. ...