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EL RELOJERO DE FILIGREE STREET

Natasha Pulley

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Fragmento

1

Londres, noviembre de 1883

En la sala de telegrafía del Ministerio del Interior siempre flotaba un olor a té. Su procedencia era un paquete de una marca prestigiosa que había en el fondo del cajón del escritorio de Nathaniel Steepleton. Antes de que se hiciera extensivo el uso del telégrafo eléctrico, la oficina era un armario que se utilizaba para guardar los utensilios de limpieza. Thaniel había oído comentar en más de una ocasión que si no se había ampliado era por la persistente desconfianza del ministro del Interior hacia los inventos navales, pero aun cuando no hubiera sido así, el presupuesto del departamento nunca alcanzaba para cambiar la moqueta original, a la que le gustaba conservar los fantasmas de los viejos olores. Además del té de Thaniel, había sal de limpieza y arpillera, y a veces barniz, aunque hacía años que nadie barnizaba allí. En lugar de escobas y plumeros, doce telégrafos se alineaban encima de un escritorio alargado. Durante el día había tres por operador, cada uno conectado a distintos lugares de dentro y fuera de Whitehall, con una etiqueta que así lo indicaba en la fina caligrafía de un empleado olvidado.

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Aquella noche las doce máquinas estaban silenciosas. Entre las seis de la tarde y las doce de la noche se quedaba un solo operador en la oficina para atender los mensajes urgentes, pero en los tres años que llevaba trabajando en Whitehall, Thaniel nunca había visto que sucediera nada a partir de las ocho. Desde la sala de telegrafía, los cables recorrían el edificio y se extendían por todo Westminster. Uno atravesaba la pared del Ministerio de Asuntos Exteriores, otro la de la sala de telegrafía de las cámaras del Parlamento. Dos se unían a los racimos de cables que colgaban por la calle hasta llegar a la oficina central de Correos de Saint Martin’s Le Grand. Los otros estaban directamente conectados a la vivienda particular del ministro del Interior, a Scotland Yard, al Ministerio de Asuntos Indios, al Ministerio de Marina y a otras subsecretarías. Algunos de ellos eran inútiles, pues habría sido más rápido asomar la cabeza por la ventana principal y gritar, pero el jefe administrativo lo consideraba impropio de un caballero.

El reloj de Thaniel marcó las diez y cuarto con el minutero torcido que siempre se quedaba un poco atascado sobre el doce. La hora del té. Se reservaba el té para las noches. A media tarde ya había oscurecido, y a esas horas hacía tanto frío en la oficina que se veía el vaho del aliento y sobre las teclas de latón del telégrafo se formaban gotas de condensación. Era importante tener una bebida caliente esperándolo. Sacó la caja de Lipton, la colocó en diagonal dentro de la taza y, con el Illustrated London News del día anterior bajo el brazo, se abrió paso hasta la escalera de hierro.

Mientras bajaba, resonó un re sostenido de un amarillo brillante. No habría sabido decir por qué el re sostenido era amarillo. Cada nota tenía su propio color. Le había resultado útil cuando todavía tocaba el piano porque si se equivocaba el sonido se volvía marrón. Ese don era algo que siempre había guardado en secreto. Si lo oían hablar de escaleras amarillas lo tomarían por loco, y al contrario de lo que sostenía el Illustrated News, no estaba bien visto que el gobierno de Su Majestad contratara a ciudadanos locos.

La gran estufa de la cantina nunca estaba fría; los rescoldos de fuegos anteriores no tenían tiempo de apagarse del todo entre las últimas horas de la noche y las primeras de la mañana. Removió los carbones y estos cobraron vida con una llamarada. Esperó a que hirviera el agua apoyado en una mesa, contemplando su propio reflejo combado en el hervidor de bronce. Este era mucho más cálido que sus colores reales, que eran fundamentalmente grises.

En cuanto lo abrió, el periódico crepitó en el profundo silencio. Esperaba encontrar alguna noticia interesante, pero solo había un artículo sobre el último discurso pronunciado por el señor Parnell en el Parlamento. Ocultó la nariz en la bufanda. Con un poco de esfuerzo podría prolongar los preparativos del té hasta quince minutos, una parte apreciable de una de las ocho horas que todavía tenía por delante. Pero en las siete restantes no había gran cosa que hacer. Resultaba más fácil cuando el libro que leía no era aburrido y cuando los periódicos tenían algo mejor que hacer que examinar con desconfianza las presiones de los irlandeses por la independencia, como si el Clan na Gael no se hubiera pasado los últimos años lanzando bombas a las ventanas de los edificios gubernamentales.

Hojeó el resto del periódico. Anunciaban The Sorcerer en el Savoy. Ya la había visto, pero la perspectiva de ir de nuevo lo animó.

El hervidor silbó. Sirvió el té despacio y, sosteniendo la taza contra el esternón, volvió a subir las escaleras amarillas hacia la aislada luz de la lámpara de la oficina de telegrafía.

Uno de los telégrafos repiqueteaba.

Se inclinó, al principio solo con curiosidad, aunque al advertir que se trataba de la máquina de Great Scotland Yard se apresuró a sujetar el extremo del papel de la transcripción. Casi siempre salía arrugado a partir de las tres pulgadas. La máquina crepitó como amenazando con triturar el papel, pero cuando Thaniel tiró de él cedió. Los últimos puntos y guiones del código salieron temblorosos, con la caligrafía de un anciano.

«Los fenianos... me han dejado una nota prometiendo que...»

El resto todavía repiqueteaba a través del mecanismo, lanzando pequeñas estrellas fugaces en la sala en penumbra. Thaniel no tardó en reconocer el estilo del operador. El jefe del departamento, Williamson, codificaba de la misma forma titubeante en que hablaba. Cuando salió, el resto del mensaje era entrecortado, lleno de pausas.

«... detonarían bombas en todos los edificios p...úblicos el... 30 de mayo de 1884. Dentro de seis meses. Williamson.»

Thaniel tiró de la máquina hacia sí agarrándola por la llave.

«Soy Steepleton del MI. Por favor, confirme último mensaje.»

No tuvo que esperar mucho la respuesta.

«Acabo de encontrar... la nota en mi escritorio. Amenaza de bomba. Promesas de... hacerme saltar de mi taburete. Firmado “Clan na Gael”.»

Thaniel se quedó inmóvil, encorvado sobre el telégrafo. Williamson enviaba él mismo sus telegramas, y cuando sabía que se dirigía a un operador conocido firmaba Dolly, como si formaran parte del mismo club de caballeros.

«¿Está bien?», le preguntó Thaniel.

«Sí.» Un largo silencio. «Un poco alterado... lo reconozco. Me voy a casa.»

«No puede irse solo.»

«No harán... nada. Si anuncian bombas para mayo, habrá bombas en mayo. Es el... Clan na Gael. No son de los que se esconden con bates de críquet.»

«Pero ¿por qué lo dicen ahora? Podría ser un truco para que deje la oficina a cierta hora.»

«No, no. Para... asustarnos. Quieren que Whitehall sepa que se acerca el día. Si hay suficientes políticos que temen por su vida prestarán más atención a las exigencias irlandesas. Han dicho “edificios públicos”. No se tratará solo de evitar el Parlamento durante un día. Yo no les intereso. Con franqueza, yo... conozco a esta gente. He encerrado a suficientes de ellos.»

«Tenga cuidado entonces», tecleó Thaniel a regañadientes.

«Gracias.»

Mientras el receptor acústico todavía repiqueteaba la última palabra de su jefe, Thaniel arrancó la transcripción y echó a correr por el oscuro pasillo hasta una puerta situada al fondo debajo de la cual se veía luz procedente de una chimenea. Llamó con los nudillos y abrió. En el interior el jefe administrativo alzó la vista y frunció el entrecejo.

—No estoy aquí. Más vale que sea importante.

—Un mensaje del Yard.

El jefe administrativo se lo arrancó de las manos. La habitación era su oficina, y había estado leyendo en la mullida butaca situada junto a la chimenea, con el cuello y la corbata abandonados en el suelo. Cada noche sucedía lo mismo. El jefe administrativo anunciaba que se quedaba a dormir porque su mujer roncaba, pero Thaniel empezaba a creer que a esas alturas ella debía de haberse olvidado de él y cambiado las cerraduras. En cuanto el jefe administrativo terminó de leer la nota, asintió.

—Está bien. Puede irse a casa. Será mejor que informe al ministro del Interior.

Thaniel asintió y salió rápidamente. Nunca le habían dicho que se marchara antes de hora, ni siquiera cuando se encontraba mal. Mientras recogía el abrigo y el sombrero, oyó un griterío al final del pasillo.

Vivía en una pensión justo al norte de la prisión Millbank, tan cerca del Támesis que todos los otoños se inundaba el sótano. Ir caminando desde Whitehall hasta su casa por la noche resultaba inquietante. Bajo las farolas de gas, la niebla empañaba los escaparates de las tiendas cerradas, más destartaladas conforme se acercaba a su casa. El deterioro era tan homogéneo que podría haber caminado a través del tiempo, observando cómo los mismos edificios envejecían cinco años por cada paso que daba, todo inanimado como en un museo. No obstante, se alegraba de salir de la oficina. El Ministerio del Interior era el edificio público de mayores dimensiones de Londres. Sería sin duda uno de los objetivos de mayo. Ladeó la cabeza como si así pudiera evitar el pensamiento y hundió las manos en los bolsillos.

El mendigo del barrio dormía bajo el amplio porche de la pensión.

—Buenas noches, George.

—Buenas noches.

Una vez dentro, Thaniel subió las escaleras de madera haciendo el menor ruido posible, porque las paredes eran delgadas. Su habitación, que daba al río, se encontraba en la tercera planta. Aunque la pensión tenía un aire lúgubre por fuera —la humedad y la niebla habían cubierto de moho las paredes exteriores—, el interior ofrecía mejor aspecto. Las habitaciones eran sencillas y limpias, y en cada una había una cama, una estufa y un lavabo instalado. Por norma, todos los huéspedes eran hombres solteros, y se les daba una cama y una comida al día por el precio anual de cincuenta libras. Prácticamente lo mismo, de hecho, que a los reclusos de la prisión contigua. A veces sentía amargura al pensarlo. Había aspirado a ser algo más en la vida que un preso. Mientras subía las escaleras vio que la puerta de su habitación estaba entreabierta.

Se detuvo a escuchar. No tenía ninguna posesión que mereciera la pena robar, aunque a primera vista la caja cerrada que guardaba debajo de la cama pareciera valiosa. Un ladrón no podía saber que estaba llena de partituras de música que llevaba años sin tocar.

Dejó de respirar para oír mejor. Si bien todo estaba silencioso, dentro podría haber alguien conteniendo la respiración. Esperó un tiempo considerable antes de abrir unos dedos la puerta y retrocedió con brusquedad. No salió nadie. Dejó la puerta abierta para que entrara la luz, cogió una cerilla de la cómoda y la rascó contra la pared. Al acercar la llama al pábilo de la lámpara, sintió un hormigueo y le ardió el cuello con la certeza de que alguien se disponía a pasar de un empujón por su lado.

Pero cuando se encendió la lámpara, la habitación estaba vacía.

Con la cerilla consumida en la mano, se quedó apoyado contra la pared. No había nada fuera de su sitio. La cabeza de la cerilla se desprendió y cayó con un ruido sordo sobre el linóleo, dejando una mancha de polvo negro. Thaniel miró debajo de la cama. La caja de las partituras seguía intacta. También los ahorros que guardaba para su hermana bajo la tabla suelta del suelo. Solo cuando colocó de nuevo la tabla reparó en que salía humo del hervidor de agua. Lo tocó con las yemas de los dedos. Estaba caliente, y al abrir la portezuela de la estufa vio que las brasas seguían rojas.

Los platos sucios que había dejado en la encimera ya no estaban. Eso daba que pensar. Un ladrón tenía que estar desesperado para robarlos. Abrió el armario para ver si también se habían llevado la cubertería, y encontró los platos y los cuencos amontonados en el interior. Todavía estaban calientes. Los dejó y registró la habitación de nuevo. No faltaba nada, o al menos nada que echara en falta. Al final volvió a bajar a la calle, perplejo. Fuera el frío era más intenso que unos minutos antes. Al abrir la puerta de un empujón entró el aire de golpe, y Thaniel cruzó los brazos con firmeza antes de salir. George seguía dormido en el porche.

—¡George! —lo llamó sacudiéndole mientras contenía la respiración. El anciano olía a ropa sucia y a pieles de animal—. Han entrado en mi habitación. ¿Ha sido usted?

—No tiene nada de valor —gruñó George, con una autoridad que Thaniel decidió no cuestionar en ese momento.

—¿Ha visto a alguien?

—Podría ser.

—Yo... —Thaniel buscó en los bolsillos—. Tengo cuatro peniques y una goma elástica.

George suspiró mientras se incorporaba en su nido de mantas mugrientas para aceptar las monedas. Entre los pliegues chilló su hurón.

—No lo he visto bien porque estaba dormido. Mejor dicho, intentando dormir.

—Entonces ha visto...

—Unas botas.

—Entiendo —dijo Thaniel.

Toda su vida, George había parecido un hombre de mediana edad, y por engorroso que fuera había que hacerle ciertas concesiones.

—Pero aquí vive mucha gente.

George le lanzó una mirada irritada.

—Si usted se pasara el día entero tirado en el suelo, conocería las botas de todos los inquilinos, y ninguno de ustedes lleva unas marrones.

Thaniel no conocía a la mayoría de los vecinos, pero se inclinaba a creerlo. Según tenía entendido, todos eran empleados de alguna clase; como él, formaban parte de la multitud de abrigos y sombreros negros que inundaban Londres por la mañana y por la tarde durante media hora. Sin proponérselo, bajó la vista hacia sus zapatos negros. Eran viejos, aunque estaban bien lustrados.

—¿Algo más?

—Por Dios, ¿se ha llevado algo importante?

—Nada.

George silbó entre dientes.

—Entonces, ¿qué más le da? Es tarde. Algunos queremos dormir antes de que el guardia nos eche al salir el sol.

—Vamos, no se queje. Siempre regresa cuarenta segundos después de que se haya ido el guardia. Una persona misteriosa irrumpe en mi habitación, lava los platos y se va sin llevarse nada. Me gustaría saber por qué.

—¿Está seguro de que no ha sido su madre?

—Sí.

George suspiró.

—Unas pequeñas botas marrones. Con unas letras extranjeras en el talón. Tal vez un muchacho.

—Devuélvame mis cuatro peniques.

—Váyase a la mierda. —George bostezó y se tumbó de nuevo.

Thaniel salió a la calle vacía con la leve esperanza de ver a un muchacho con botas marrones en alguna parte. El suelo tembló cuando un tren tardío se abrió paso bajo tierra, arrojando una nube de vapor a través de las rejillas de la acera. Caminando con menos prisas volvió a entrar. Subir los tres tramos de escalones de dos en dos le produjo dolor de cabeza.

De nuevo en su habitación, volvió a abrir la portezuela de la estufa. Se sentó en el borde de la cama con el abrigo todavía puesto y alargó las manos hacia las brasas. A su lado una forma oscura le llamó la atención. Se puso rígido porque al principio creyó que era un ratón, pero la forma no se movió. Era una caja de terciopelo atada con una cinta blanca. Nunca la había visto. La cogió. Pesaba. En la cinta había una etiqueta redonda grabada con motivos de hojas. En caligrafía angular se leía: «Para el señor Steepleton». Thaniel desató la cinta y abrió la caja. La bisagra estaba rígida pero no chirrió. En el interior había un reloj de bolsillo.

Lo sacó muy despacio. Era de un oro rosado que nunca había visto. La cadena se deslizó detrás de él con todos los eslabones totalmente lisos, sin la menor fisura u ondulación que dejara ver por dónde estaban soldados. Le dio cuerda entre los dedos hasta que la arandela del extremo le golpeó suavemente el gemelo del puño de la camisa. El cierre no se abrió al apretarlo. Se lo llevó al oído, pero el mecanismo continuó silencioso y el eje se negó a girar. Sin embargo, en los engranajes de su interior unos dientes debían de haber cobrado vida, porque a pesar del frío húmedo la funda estaba caliente.

—Es tu cumpleaños —musitó de pronto hacia la habitación vacía, y le flaqueó el ánimo, sintiéndose estúpido.

Debía de haber sido Annabel. Ella conocía la dirección por las cartas que él le había escrito y tenía una llave de la habitación que él le había enviado en caso de emergencia. Siempre había supuesto que, al no contar con dinero para comprar el billete de tren, las promesas de su hermana de ir a Londres se quedarían en nada. El muchacho misterioso que había visto George debía de ser uno de sus hijos. La caligrafía la habría delatado antes si no hubiera estado tan cansado y distraído. A pesar de que era tarea del mayordomo, cuando el viejo duque daba una cena siempre era su hermana quien escribía las tarjetas con el nombre de los comensales. Thaniel se recordaba sentado a la mesa de la cocina cuando era demasiado pequeño para tocar el suelo con los pies, resolviendo problemas de aritmética mientras, delante de él, la pluma de Annabel se deslizaba sobre las tarjetas y su padre preparaba moscas para pescar en un tornillo de banco.

Thaniel sostuvo en la mano el reloj un rato más antes de dejarlo en la silla de madera que había junto a la cama, la que le servía de mesilla para los gemelos y los cuellos. El oro reflejó la luz ámbar y brilló del color de una voz humana.

2

Thaniel estaba convencido de que Annabel se encontraba bien. Era una mujer pragmática incluso antes de tener a sus hijos. Pero nunca había estado en Londres, y no había dejado ningún recado a la casera ni a los conserjes del ministerio.

Más para aliviar su propia inquietud que por un temor real por ella, Thaniel mandó desde el trabajo un telegrama a su oficina postal de Edimburgo, por si ya había regresado. Sin embargo, de vuelta a casa compró galletas y azúcar para preparar un té como era debido en caso de que ella aún no se hubiera marchado. El colmado del final de Whitehall Street había empezado a abrir muy temprano para atraer a los empleados que terminaban el turno de noche.

Annabel no estaba en su habitación cuando regresó. Mientras Thaniel cocinaba llamaron con suavidad a la puerta. La abrió con las mangas todavía enrolladas, y empezó a disculparse de que el piso oliera a comida a las nueve de la mañana, pero se detuvo al ver que no era Annabel sino un muchacho con una insignia de la oficina de Correos y un sobre en las manos. Este le tendió una tablilla con sujetapapeles para que firmara. El telegrama era de Edimburgo.

¿De qué estás hablando? Estoy en Edimburgo, como siempre. No me he movido de aquí. El MI por fin te ha vuelto loco. Enviaré whisky. Me han dicho que tiene propiedades beneficiosas. Felicidades. Siento haberme olvidado de nuevo. Con cariño, A.

Thaniel dejó la hoja del revés a su lado. El reloj seguía encima de la silla donde lo había dejado. Debido al vapor que se elevaba de la cazuela estaba empañado, pero el oro todavía zumbaba con el color de una voz.

A la mañana siguiente pasó por la comisaría al ir al trabajo, aturdido por el cambio de horario que siempre se le hacía difícil a mitad de semana. En el mostrador le soltaron un resoplido y el agente le preguntó, no del todo sin razón, si el culpable podía ser Robin Hood. Asintió y se rió, pero en cuanto salió le invadió de nuevo la preocupación. En la oficina mencionó el incidente durante el descanso. Los demás telegrafistas lo miraron de forma extraña y solo respondieron con ruiditos que demostraban un vago interés. Después de eso guardó silencio. Durante las semanas siguientes esperó que alguien reclamara el reloj como suyo, pero nadie lo hizo.

Thaniel no solía reparar en el crujido de los barcos que había al otro lado de la ventana. Siempre se oía, volviéndose aún más intenso cuando subía la marea. Cesó una fría mañana de febrero, pues el río había congelado los cascos durante la noche. Lo despertó el silencio. Se quedó inmóvil en la cama escuchando y observando cómo el aliento se volvía blanco en el aire. El viento silbaba en el marco de la ventana, que estaba suelto donde el vidrio se había encogido. Este se había empañado casi por completo, pero alcanzó a ver parte de una vela recogida. La lona no se movió siquiera cuando el siseo dio paso a un silbido. Al cesar el viento no hubo nada. Thaniel parpadeó un par de veces, porque de pronto todo se veía demasiado pálido.

Aquel día el silencio tenía una orla plateada. Volvió la cabeza sobre la almohada hacia la silla donde descansaban los cuellos y los gemelos, y un sonido débil se hizo más nítido. Notó las mantas frías y húmedas por fuera al sacar el brazo para levantar el reloj. Como de costumbre, estaba más caliente de lo que debería. Cuando lo movió la cadena casi resbaló por el borde de la silla, aunque era lo bastante larga para no caer y se convirtió en un cable flojo de oro.

Al llevárselo al oído descubrió que el mecanismo funcionaba. Era un sonido tan débil que no sabía si acababa de ponerse en marcha o había funcionado todo el tiempo enmascarado por otros sonidos. Apretó el reloj contra la camisa hasta que dejó de oírlo, luego lo levantó de nuevo e intentó compararlo con la versión de silencio de tonos sombríos que recordaba del día anterior. Finalmente se incorporó y apretó el cierre. Seguía sin abrirse.

Se levantó y se vistió, pero se detuvo con la camisa a medio abotonar. No sabía si era posible siquiera que un mecanismo de relojería se pusiera por sí solo en marcha tras permanecer dos meses parado. Seguía dándole vueltas al asunto cuando reparó en el picaporte de la puerta. Estaba levantado. La empujó. La puerta no estaba cerrada con llave. La abrió. A pesar de que no había nadie en el pasillo, este no estaba silencioso; el agua zumbaba en las tuberías, y se oían pisadas y golpes repentinos a medida que los vecinos se preparaban para ir a trabajar. Desde el robo de noviembre, Thaniel no había dejado de cerrar la puerta con llave ni un solo día, al menos que él recordara; no obstante, era cierto que de vez en cuando tenía despistes importantes. Cerró de nuevo la puerta.

Al salir se detuvo, golpeó con suavidad el marco de la puerta y entró de nuevo para coger el reloj. Si alguien estaba manipulándolo, al dejarlo en la habitación todo el día únicamente le pondría las cosas más fáciles. La sola idea le revolvió el estómago, aunque a saber qué clase de ladrón regresaba para hacer unos ajustes a un regalo que había dejado previamente. No la clase de ladrón que iba con un bate de críquet y una máscara, pero él no conocía todas las variedades. Lamentó que el agente de policía se hubiera mofado de él.

Seguía pensando en el picaporte levantado mientras subía las escaleras amarillas desenrollándose la bufanda. El frío sumado al contacto de las teclas de los telégrafos le había dejado las yemas de los dedos tan ásperas que se le enganchaban en la lana. Iba por la mitad de la escalera cuando el jefe administrativo bajó y le soltó un fajo de papeles.

—Para su testamento —le dijo por toda explicación—. Tiene hasta finales de mes, ¿entendido? O nos ahogaremos en papeleo. Y ocúpese de Park, ¿quiere?

Desconcertado, Thaniel siguió andando hasta la sala de telegrafía, donde el empleado más joven acababa de estallar en lágrimas. Se detuvo en el umbral e hizo acopio de algo que al menos se parecía a la compasión. Creía con firmeza en el derecho a llorar en público de un soldado que sobrevivía a los cuidados de un cirujano y de un minero al que rescataban tras el hundimiento de un pozo, pero no estaba convencido de que un empleado de una oficina del Ministerio del Interior tuviera algún motivo para llorar. Sin embargo, también era consciente de que quizá era injusto al pensarlo. Park levantó la vista cuando él le preguntó qué ocurría.

—¿Por qué tenemos que escribir nuestro testamento? ¿Nos van a lanzar una bomba?

Thaniel se lo llevó al piso de abajo para prepararle una taza de té. Al conducirlo de nuevo a la planta de arriba, encontró a los demás en un estado similar.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó.

—¿Ha visto esos papeles del testamento?

—Solo son una formalidad. Yo no me preocuparía por ello.

—¿Los habían repartido antes?

Él se rió, tuvo que hacerlo, pero se obligó a hacerlo bajito y con disimulo.

—No, pero estamos hasta el gorro de formularios innecesarios. ¿Recuerda el juramento de no aceptar dinero de los servicios de la Inteligencia prusiana a cambio de información naval secreta? ¿O cuando nos topamos con un espía prusiano en una de sus numerosas redadas cerca del horrible puesto de té y café de Trafalgar Square? Espero que hayamos estado todos muy vigilantes. Solo firme y déselo al señor Croft cuando pase.

—¿Qué va a escribir usted?

—Nada. No tengo nada que pueda interesar a nadie —respondió Thaniel, pero luego cayó en la cuenta de que no era cierto. Sacó el reloj del bolsillo. Era de oro auténtico.

—Gracias por cuidar de mí —le dijo Park mientras doblaba y desdoblaba un pañuelo—. Es muy amable. Es como tener a mi padre aquí.

—De nada —murmuró él, antes de sentir una pequeña punzada. Estaba a punto de replicar que no era mucho mayor que los demás cuando se percató de que no habría sido justo. No importaban los años de diferencia. Él era mayor; aunque todos hubieran tenido la misma edad habría seguido siendo mayor.

En cuanto los doce telégrafos empezaron a repiquetear al unísono, ambos dieron un respingo. El papel de las transcripciones se arrugaba a la velocidad de los mensajes, y hubo una avalancha cuando los empleados corrieron a coger un lápiz para apuntar los códigos. Como todos se concentraban en las letras individuales, Thaniel fue el primero en percatarse de que los doce telégrafos decían lo mismo.

Urgente, ha explotado bomba en...

Estación Victoria destruida...

… estación ha sufrido grandes desperfectos…

… escondida en la consigna…

… sofisticado mecanismo de relojería en consigna…

Estación Victoria...

… los oficiales eliminados, posibles heridos…

… Clan na Gael.

Thaniel llamó a gritos al jefe administrativo, que entró como un rayo con el chaleco manchado de té. Una vez se hizo cargo de la situación, el resto del día se dedicó a agilizar el intercambio de mensajes entre los ministerios y Scotland Yard, y a negarse a hacer declaraciones a los periódicos. Thaniel no tenía ni idea de cómo lograban bloquear las líneas directas de Whitehall, pero siempre lo hacían. Del pasillo llegó un grito. Era el ministro del Interior pidiendo a voces al director de The Times que prohibiera a sus periodistas bloquear los cables. Antes de que terminara el turno a Thaniel le dolían los tendones del dorso de las manos y las teclas de cobre habían conseguido que su piel desprendiera un olor a monedas.

Ninguno habló de ello, pero en lugar de separarse al final del turno, regresaron juntos a la estación Victoria. Encontraron un gran gentío, ya que los trenes habían dejado de funcionar durante el día, y a medida que se acercaban al edificio vieron ladrillos desperdigados por todas partes. Como el resto de la gente estaba más interesada en averiguar cuándo se restablecería el servicio, no les resultó difícil llegar a la desvencijada consigna. Las vigas de madera habían volado como si algo monstruoso se hubiera desatado. Entre los escombros se veía un sombrero de copa y una bufanda roja que se había vuelto gris por donde la escarcha la había adherido a los ladrillos. Los agentes de policía estaban limpiando los casquetes desde el exterior, con el aliento convertido en vaho blanco. Al cabo de un rato empezaron a mirar con cautela a los cuatro telegrafistas. Thaniel comprendió que debía de chocarles ver a cuatro empleados delgados y vestidos de negro detenidos mucho más tiempo que nadie en una pulcra hilera, observando. Se separaron. En lugar de irse a su casa, Thaniel rodeó primero el parque de Saint James, recreándose la vista con el césped recién brotado y los parterres vacíos y rastrillados. Sin embargo, era un espacio tan abierto que las grandes fachadas del Ministerio de la Marina y el del Interior todavía parecían estar cerca. Deseó encontrarse en un bosque de verdad. Le hubiera gustado visitar Lincoln, pero en la casa del guardabosques ahora había otro hombre y en la gran mansión residía otro duque.

Regresó a su casa dando un rodeo para evitar el Parlamento.

—¿Ha visto esto? —le preguntó George, el mendigo, cuando pasaba, tendiéndole un periódico.

La mayor parte de la portada era un aguafuerte de la estación ferroviaria que había volado por los aires.

—Ahora mismo.

—Qué tiempos. Esto no habría ocurrido cuando yo era niño.

—Pero en aquella época quemaban a todos los católicos, ¿no? —replicó Thaniel.

Bajó la vista hacia el grabado. Verlo en un periódico lo hacía más real, y de pronto se enfadó consigo mismo. Se suponía que debían tener sus asuntos en orden. En orden significaba en un estado que pudieran entender los familiares si todo iba mal en mayo. Annabel nunca vendería un objeto como un reloj, aunque se matara para vestir a los chicos con ropa que les cupiera. No tenía sentido dejárselo a ella.

—Ja, ja —gruñó George—. Espere, ¿adónde va?

—A la casa de empeños. He cambiado de opinión sobre algo.

Más allá de la prisión había un prestamista que se llamaba a sí mismo joyero pese a las tres bolas doradas que colgaban fuera de la casa de empeños.

El escaparate estaba decorado de cualquier modo con objetos de oro de aspecto gastado y cubierto de anuncios de otras tiendas o de personas con artículos de segunda mano demasiado grandes para llevarlos en persona. El más reciente era uno de los avisos que la policía había difundido pidiendo a la población que estuviera alerta. Tal vez era una pedantería de empleado, pero empezaban a irritarle esas cosas. Los terroristas no iban por ahí arrastrando cables y espoletas.

—Qué tontería, ¿verdad? —comentó el prestamista al verlo fruncir el entrecejo—. Llevo meses pegándolos por la tienda. No hago más que decir que todos nuestros terroristas ya están encerrados. —Señaló con la cabeza la prisión—. Pero allí los tiene. —Había otro pegado encima del mostrador y lo arrancó para dejar ver el que había debajo. La cola lo había vuelto translúcido y debajo había otro, de modo que la palabra «alerta» se veía débil y sesgada.

—Están en todas partes en Whitehall —dijo Thaniel, y sacó el reloj—. ¿Cuánto vale esto?

El prestamista echó un primer vistazo, luego lo miró con detenimiento y meneó la cabeza.

—No. Lo siento pero no acepto uno de los suyos.

—¿Cómo dice? ¿De quién es?

El prestamista parecía enfadado.

—Mire, no pienso caer en lo mismo. Con dos veces es suficiente, gracias. La misteriosa desaparición de relojes es sin duda un truco brillante, pero tendrá que probar suerte con alguien que no lo haya visto antes.

—No es un truco. ¿De qué está hablando?

—¿De qué estoy hablando? Pues de que duran poco tiempo empeñados. Alguien me vende uno, le pago una buena cantidad por él y un día después el maldito reloj desaparece. Lo he oído contar por toda la ciudad, no es cosa mía. Será mejor que siga su camino si no quiere que llame a la policía.

—Pues tiene una vitrina llena de relojes que al parecer han conseguido seguir empeñados —protestó Thaniel.

—Pero ¿ve alguno como ese? Largo de aquí. —El prestamista le enseñó el mango de un bate de críquet que guardaba debajo del mostrador.

Thaniel levantó las manos y salió. Fuera unos niños jugaban a indios y vaqueros, y tuvo que caminar en zigzag para sortearlos. Miró de nuevo la casa de empeños con ganas de volver a entrar y pedir los nombres de los individuos que habían intentado vender los relojes, pero dudaba que recibiera algo más que un golpe de bate por la molestia. Frustrado, regresó a su casa y dejó el reloj de nuevo en la silla que hacía las veces de mesilla.

Si era cierto lo que había dicho el prestamista, no encontraría ninguna casa de empeños que lo aceptara. Empezó a sentir una presión hormigueante en mitad de la columna vertebral, como si alguien le hubiera apoyado los dedos en forma de pistola entre las vértebras. Dobló el brazo hacia atrás y se apretó allí el pulgar con fuerza. La gente hacía estafas con relojes caros, y él a veces se olvidaba de cerrar la puerta con cerrojo. Entre todas las probabilidades casi estaba descartado que alguien hubiera entrado dos veces en su habitación, le hubiese dado cuerda al reloj y a continuación hubiera hecho imposible que se deshiciera de él. Para empezar, se necesitaba mucho dinero para disgustar a todos los prestamistas de Londres. No logró convencerse.

Al día siguiente Thaniel sacó los papeles del testamento que había guardado en el fondo de su cajón, debajo del paquete de Lipton. Salieron salpicados de polvos de té. Los sacudió y llenó los espacios en blanco con caligrafía cuidadosamente clara. Mientras describía el reloj y dónde encontrarlo, la tinta se acumuló en la punta de la pluma y cayó sobre el nombre de Annabel. Meneó la cabeza una vez y pasó el resto de las hojas innecesarias antes de firmar la última.

Poco después la meteorología dio un repentino giro y los días se volvieron soleados. Llegaba la primavera y Thaniel empezó a sorprenderse a sí mismo mirando la mantequilla y el queso en las tiendas y haciendo cálculos mentales para saber si sobreviviría. Llevó ropa vieja y fundas de almohada al asilo de pobres del otro lado del río y cuando regresó limpió los marcos de las ventanas por fuera.

3

Oxford, mayo de 1884

El año académico tocaba a su fin. A la luz casi estival la piedra arenisca había adquirido tonos dorados y la glicina descendía por los altos muros. Bajo el cielo azul, donde el aire olía a adoquín recalentado, Grace se frotó el pelo y se sintió como un filisteo por desear que lloviera.

En invierno siempre creía que le iba más el verano. Por desgracia no era cierto, pues al cabo de una semana de buen tiempo estaba harta del calor. En el cielo no había rastro de nubes, de modo que decidió pasar el día en el ambiente fresco de la biblioteca con un libro que había pedido la semana anterior. Tenía en mente un experimento y quería averiguar cómo se había realizado tiempo atrás. Le pareció una buena idea al salir de su casa, pero ahora que casi había llegado estaba empapada en sudor y lamentando que no dejaran beber limonada en el interior del edificio.

Mientras cruzaba la plaza principal de la Biblioteca Bodleiana, los carteles de las paredes que anunciaban los bailes y las obras de teatro universitarias se agitaron en la cálida brisa. El año anterior había desistido de forma categórica de ir al teatro por culpa de una espantosa representación de Eduardo II en el Keble. Un viejo profesor de clásicas interpretó el papel de Eduardo y un licenciado el de Gaveston. A Grace le traía sin cuidado lo que hicieran los profesores y los licenciados de clásicas en su tiempo libre, pero le molestaba que le cobraran un chelín por verlo. Colocándose bien el bigote falso con todo el disimulo que pudo, subió ruidosamente los escalones de la Cámara Radcliffe. En el sótano se encontraba la sala de lectura más oscura de la biblioteca. Se llevó ...