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EL RíO GUARDó SILENCIO

Luis Esteban

5


Fragmento

Capítulo uno

26 de agosto, sábado.

Después de quince kilómetros de carrera continua y veinte minutos de estiramientos, el inspector Rosario Roy rezumaba energía. Su preparación para la maratón de las fiestas del Pilar estaba siendo dura, pero gratificante. La satisfacción por haber concluido la sesión de entrenamiento, unida al torrente de endorfinas que anegaba su cerebro, hacía que su estado anímico rayara en la felicidad.

El sol brillaba en las hojas de los magnolios y sobre el rocío del césped. A Rosario le gustaba correr a primera hora, al despuntar el alba, cuando el Parque Grande emergía entre la bruma como una arboleda enigmática, casi mística, cuyos únicos inquilinos eran él mismo y alguna bandada de aves madrugadoras. Aquel sábado, cuando comenzó a trotar, la alborada teñía de malva el horizonte. Hora y media más tarde, tumbado sobre la hierba, su vista reposaba en un firmamento azul eléctrico. A su alrededor, el lugar comenzaba a poblarse de niños en bicicleta y ancianos que arrastraban quedamente sus artrosis.

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Su teléfono móvil vibró en el fondo de la riñonera. La zurda de Rosario, abriéndose paso a través de la pistola y los grilletes, asió el aparato.

—Dígame.

—¿El inspector Roy?

—Al habla.

—Le llamo de la guardia de la brigada. Ha aparecido un cadáver en un domicilio del barrio de La Magdalena.

El inspector carraspeó. Sus endorfinas se batieron en retirada y aquella sensación próxima a la felicidad suscitada por el ejercicio se esfumó como una voluta de humo.

—En Zaragoza muere gente todos los días —gruñó.

—Lo sé —replicó su interlocutor—. Pero no a tiros.

—Está bien. —Roy dulcificó la voz—. Contacte con los miembros de Homicidios y cítelos en la Jefatura. Llame también a África Trinidad, la compañera de la Científica.

—Ahora mismo.

Tres cuartos de hora más tarde, tras una ducha rápida y la ingesta de dos magdalenas y medio litro de leche, Rosario Roy presidía la reunión en las dependencias del Grupo de Secuestros y Homicidios, situadas en la cuarta planta de la Jefatura Superior de Policía. Minúsculas gotas de sudor le perlaban la frente. En la oficina común, separada de su despacho por un tabique de pladur, reinaba un murmullo inquieto.

—¿Estamos todos?

El silencio se impuso de inmediato. El inspector Roy destilaba autoridad. Apenas rozaba el metro setenta, pero, a sus treinta y nueve años, mantenía una complexión atlética, casi hercúlea. Tenía una mirada penetrante de ojos oscuros enmarcada por un rostro regular, ni bello ni feo, en el que solo desentonaba la asimetría de la nariz, quebrada durante su último combate de boxeo profesional.

Su voz, ronca y pausada, sonó de nuevo:

—¿Estamos todos, Alexis?

El subinspector Alexis Guzmán asintió.

—Todo el personal en sus puestos, jefe.

Contando a Roy, ocho funcionarios integraban el Grupo de Secuestros y Homicidios, aunque, en aquel final de agosto, dos de ellos disfrutaban de vacaciones. A los seis operativos se sumaba la policía África Trinidad. África prestaba servicio en la Brigada de Policía Científica, pero, en cuanto surgía una muerte sospechosa de criminalidad, se adscribía como miembro de pleno derecho a los hombres del inspector. Nadie recordaba el inicio ni la razón de aquella costumbre; sin embargo, ningún mando cuestionaba su legitimidad. El hecho de que hubiera sido campeona de Europa de judo ayudaba a despejar posibles dudas.

—Tenemos un cadáver tiroteado en una vivienda de La Magdalena —anunció Roy—. Dos patrullas custodian el domicilio y la comisión judicial ya está avisada. —El inspector encaró a África—. ¿Viene alguien más de la Científica?

—El novato está a punto de llegar —respondió la mujer.

—Perfecto. Jonás y un servidor os acompañaremos en la inspección ocular. Alexis —el subinspector alzó la frente—, tú te encargarás con Neira, Ordóñez y Jurado de interrogar a los vecinos y a todo aquel que haya podido ver u oír algo. ¿Entendido?

El subinspector hizo un gesto afirmativo.

—Está bien —concluyó Roy—. En marcha.

La víctima había residido en el único edificio moderno de la plaza de las Tenerías, a pocos metros del Ebro. Dos uniformados guardaban el portal y otros tantos la puerta de entrada al domicilio, ubicado en la cuarta y última planta. Los vecinos de la finca estaban alborotados y los policías se las veían y se las deseaban para que cada cual permaneciera en su hogar. Los maños, en general, se caracterizan por ser inquietos, ruidosos y tendentes a la curiosidad; los del barrio de La Magdalena, en particular, rozan la hiperactividad.

Uno de los agentes de custodia informó al inspector Roy:

—El vecino de enfrente ha visto que la puerta del fallecido estaba entornada. Lo ha llamado a voces y, como no contestaba, ha entrado. Por cierto, es policía nacional en excedencia. Al llegar a la habitación principal, se ha encontrado con el regalo.

El regalo era el fiambre desnudo de un tipo que rondaba la treintena. Estaba postrado sobre la cama con el culo en pompa y las manos engrilletadas a la espalda. Sobre el suelo yacían unos pantalones vaqueros, una camiseta de algodón y unas chanclas con la bandera de Brasil. El muerto era musculoso, de piel morena, estatura media y pelo negro rapado. La nota macabra la ponía una fotografía de John Wayne que reposaba sobre su nalga derecha. Eso y los dos boquetes que le horadaban el cráneo.

El retrato de John Wayne era una imagen de estudio en la que el legendario actor, ataviado con un enorme sombrero, fulminaba al objetivo con su mirada de acero. Feo, fuerte y formal[1], pensó Roy.

La comisión judicial no tardó en personarse en la escena del crimen. Tras un somero examen del piso, doña Elisa Gayarre, titular del juzgado de instrucción número 3 de Zaragoza, autorizó la práctica de las pericias pertinentes y el levantamiento del cadáver. Doña Elisa era una jueza de las de antaño, distante y aséptica, aunque tenía fama de ser competente y no demasiado pejiguera con las peticiones de la Policía. Le gustaba, eso sí, estar minuciosamente informada.

El forense, un individuo menudo y de ojillos microscópicos al que los policías apodaban Don Ratón, inspeccionó el cadáver. A la espera de lo que pudiera deparar la autopsia, aventuró que el fallecimiento se había producido por el impacto de dos proyectiles, y dató la hora del suceso entre las dos y las cinco de la madrugada. Cumplidos los trámites, jueza, secretario y forense abandonaron el lugar.

—¿Sabes por qué a John Wayne le llamaban Duque? —preguntó Alexis.

—¿Tú no tenías que estar interrogando a los vecinos? —le reprochó Roy.

—¿Y perderme esto? —El subinspector hizo un gesto amplio con las manos, abarcando la escena del crimen. Ajenos a la charla, África Trinidad y el novato de la Científica se afanaban en hallar indicios lofoscópicos[2], balísticos y biológicos.

—Vale, dispara —concedió Roy—. ¿Por qué le llamaban Duque?

—Era el nombre del perro que tuvo en su infancia.

—¿Y crees que eso nos ayudará a dar con el asesino?

—Nunca se sabe.

El teléfono del inspector vibró en un bolsillo de sus vaqueros. Comenzaba el carrusel de llamadas. La primera era la de Francisco Javier Badía, inspector jefe al mando de la UDEV[3], sección en la que se encuadraba el Grupo de Secuestros y Homicidios.

—A tus órdenes —saludó Roy.

—¿Qué os habéis encontrado?

—Un chico desnudo con dos tiros en la cabeza. Según la documentación de la mesilla, era un marroquí de treinta y dos años llamado Alí Mohamed Hach. Hemos recogido un par de casquillos de nueve milímetros.

—¿Necesitas algo?

—Unas vacaciones.

—Me refiero a algo que esté en mis manos —aclaró Badía.

—Tenemos todo bajo control. La Científica está sacando huellas, la comisión judicial ya pasó por aquí y estamos interrogando a los vecinos.

—Perfecto. Si precisas cualquier cosa, házmelo saber.

En opinión de Roy, Francisco Javier Badía era un buen jefe. Experimentado y transigente. A sus cincuenta primaveras, y después de ocho trienios en el cuerpo, mantenía intactos la vocación y el espíritu de combate. Lo cual no era sencillo.

La siguiente llamada, en estricta observancia del principio de jerarquía, fue la del comisario Bohórquez, alias El Bicho.

—¿Qué hay por allí? —preguntó con sequedad.

—Un palmera[4], todo el Grupo de Homicidios y dos policías de la Científica —respondió Rosario.

—Badía me ha puesto al corriente. ¿Será fácil de resolver, no?

Al comisario Bohórquez, que no había investigado jamás un crimen (ni falta que le había hecho) todos los asesinatos le parecían pan comido. Rosario Roy, que los había resuelto a pares, tendía menos al optimismo.

—Aún es pronto para decirlo. Pero el homicida no se ha dejado el DNI por aquí, si es a lo que se refiere.

El Bicho pasó por alto la ironía. No tragaba a Rosario, pero el inspector le sacaba las castañas del fuego en todo lo referente a homicidios, secuestros y extorsiones, así que le dejaba hacer. Y hablar. Ambos eran policías con, digamos, ambiciones divergentes. Las palabras de Roy no podían frenar la brillante carrera del comisario; un hipotético bajo rendimiento del Grupo de Homicidios, sí.

—Ya sabes, Roy. Aprieta a tu gente al máximo.

A la gente de Roy no hacía falta apretarla demasiado, porque se apretaban ellos solos. África Trinidad y Novato Sin Apellido marcharon al laboratorio de la Brigada de Policía Científica para procesar los vestigios obtenidos. Habían recopilado varias impresiones dactilares, una de ellas sobre la foto de John Wayne, y las lanzaron contra la base de datos del Sistema Automático de Identificación Dactilar (SAID). Esa misma tarde, si alguno de los que habían dejado sus dátiles[5] en el piso tenía antecedentes, el SAID facilitaría su identidad.

Los seis componentes del Grupo de Secuestros y Homicidios se reunieron en la oficina común. El subinspector Alexis Guzmán recapitulaba la información obtenida del registro y de las entrevistas con los vecinos:

—El muerto se llamaba Alí Mohamed Hach, Alí para los amigos. Era un marroquí de treinta y dos años que había llegado en patera a España una década atrás. Su modus vivendi no era muy ortodoxo.

—¿Qué coño significa modus vivendi? —Ordóñez, el policía más joven del grupo, unía a su incultura la procacidad y una actitud permanentemente desafiante.

—El modus vivendi es la forma en que cada uno se gana las judías —respondió el subinspector—. Y modera tu vocabulario.

—No sabía que los gais os preocupabais tanto por el lenguaje.

Alexis ignoró el comentario.

—Alí ofrecía servicios homosexuales —continuó—. Abarcaba diversos palos: sadomaso, bondage y sexo colectivo. Se rumorea que entre sus clientes había empresarios y políticos de renombre. No es de extrañar, era discreto y atractivo.

—¿Te pone el morito? —murmuró Ordóñez.

El estallido de una colleja sobre la nuca del policía retumbó en las paredes de la estancia. El subinspector, con un movimiento de cabeza, agradeció a Jurado la administración del correctivo. Acto seguido, prosiguió con la explicación:

—Captaba a su clientela en locales de ambiente y en una sauna de la calle Vidal de Canellas, cerca de la Plaza de Roma.

— Sauna Nordik —precisó Neira.

—También se anunciaba por Internet y en algún periódico local. El listado de llamadas entrantes de su móvil es impresionante. Debía de pasarse media vida al teléfono y la otra mitad en el gimnasio del Centro Natación Helios. Eso sí, los viernes acudía a una mezquita de la Avenida Cataluña.

—¿Profesional del sexo y religioso? —Neira arqueó las cejas en señal de asombro.

—De todo hay en la viña del Señor. Parece que nuestro morito tenía sus principios.

—¿Eso es todo? —inquirió Roy.

—No —respondió Alexis—. El vecino de enfrente, el expolicía del 4º1ª, aportó un dato interesante. A eso de las dos de la mañana, alguien con acento del este llamó por error a su telefonillo, uno de esos con pantalla, preguntando por Alí.

—¿Pudo verle la cara?

—Esos videoteléfonos son de baja definición y el individuo estaba pegado a la cámara, así que no se distinguían bien sus facciones. Lo único que el vecino apreció con claridad fue un brillo extraño en el ojo derecho y una enorme cicatriz que le cruzaba la ceja y los párpados. Eso y una calva reluciente.

—Algo es algo —suspiró Roy.

—Otra cosa: una hora después, sobre las tres, el testigo escuchó gritos y amenazas en la escalera.

—¿Del mismo tío?

—No —contestó Alexis—. El que gritaba tenía la voz ronca y acento español.

—¿Y la foto de John Wayne? —interrogó Jurado.

El subinspector Alexis Guzmán se encogió de hombros.

—Sabe Dios —contestó Roy—. Es pronto para hacer cábalas. Lo más urgente, aparte del informe de la Científica, es analizar el listado de llamadas del difunto y el tráfico de su ordenador. También hay que reconstruir sus últimas horas de vida y visitar la sauna y la mezquita. —El inspector echó un vistazo a su reloj—. Y como ya son las tres y las tripas me crujen, nos vamos a comer. Nos vemos aquí en un par de horas.

»Ordóñez, ven a mi despacho.

Ordóñez y el inspector Roy pasaron a la habitación contigua. Una mesa de oficina, un sillón giratorio con ruedas, dos sillas preconstitucionales y un archivador componían el exiguo mobiliario. El salvapantallas del monitor mostraba a Cassius Clay observando con gesto fiero a un recién noqueado Sonny Liston.

Roy se arrellanó en el sillón. Al otro lado de la mesa, Ordóñez tomó una silla.

—Quédate de pie —ordenó el inspector.

—Como quieras.

Rosario Roy inspiró despacio antes de hablar.

—La próxima vez que te burles de la condición sexual del subinspector Guzmán, te largo del grupo con una patada en el culo. Como investigador eres mediocre, procura no serlo como persona.

—Hombre, yo solo quería...

—Y me importa tres cojones que tu papá sea Comisario General. En mi grupo mando yo, ¿estamos?

Un volcán de rabia e impotencia erupcionó en el interior de Ordóñez. La alusión al cargo de su padre le había sentado como un puñetazo en la boca del estómago.

—Estamos —masculló.

El inspector Roy chasqueó los dedos.

—Fuera de mi vista.

Capítulo dos

Rosario Roy, contraviniendo los más elementales principios del glamur, vivía con su madre. La razón de tal desafuero no era que Mercedes fuera una excelente cocinera y una hacendosa ama de casa. Eso pesaba, por supuesto (a quién no le agrada librarse de la onerosa carga de la intendencia), pero no era el motivo fundamental. El nudo gordiano que le impedía desatarse del vínculo maternofilial era, paradójicamente, que tal vínculo había decaído antes de consolidarse.

La concepción de Rosario fue consecuencia de la violación sufrida por Mercedes a los quince años. Damián Roy, subcomisario del extinto Cuerpo Superior de Policía, se negó en redondo a que su hija Mercedes viajara a Londres para abortar. Ni a Londres ni a ningún otro sitio. Para el subcomisario, que había enviudado a los trece años de su boda, toda vida humana era sagrada, cualquiera que fuera su génesis. Mercedes nunca perdonó la oposición paterna al aborto. Fruto de aquella agresión sexual y de los férreos principios del abuelo Damián, Rosario vino al mundo en el seno de una familia para la que lo anormal acabaría por ser norma. La relación entre Damián y Mercedes, que hasta el embarazo había sido fluida, devino fría y problemática. Tal vez para desquitarse de la falta de cariño de su hija, Damián se dedicó en cuerpo y alma a la crianza del nieto.

Hasta la adolescencia, Rosario creyó que su padre había sido un viajante de comercio fallecido en accidente de tráfico. Sin complejos, y colmado por el cariño de la madre y el abuelo, la infancia se le fue entre juegos, estudios y amistades. Tal estado de bienestar se truncó en su decimoquinto cumpleaños, cuando su madre le reveló la verdad. Al soplar Rosario las quince velas de la tarta, Mercedes rompió a llorar: fue a esa edad, el mismo día de su aniversario, cuando sufrió la brutal violación que la dejó encinta.

Mercedes desveló a su hijo las verdaderas circunstancias de su concepción. Le contó cómo se había extraviado del resto de sus compañeros de colegio durante una excursión al galacho de Juslibol. Cómo profesores y alumnos improvisaron una batida hasta encontrarla tumbada junto a un árbol, inconsciente y semidesnuda, con la ropa interior hecha jirones y un hilillo de sangre corriéndole entre las piernas. Cómo quedó embarazada contra su voluntad y dio a luz por imperativo paterno.

Rosario cayó en una especie de abismo afectivo en el que no vislumbraba referencias, solo silencio. La proximidad materna, hasta entonces fuente inagotable de certidumbres, provocaba en el chico ansiedad y desamparo. Fue en esa época cuando comenzó a boxear para sacudirse a mamporros las preguntas que lo acosaban. ¿Qué sentiría la madre ante su presencia? ¿Amor, cariño? ¿O, por el contrario, el rostro de Rosario evocaba en Mercedes el del violador, y su presencia, la ausencia de una juventud convencional, de una vida elegida libremente? ¿Cómo podrían convivir como si nada, con ese baldón encima, con ese pecado original ensombreciendo y enlutándolo todo? Parecía imposible.

Pero, contra todo pronóstico, siguieron viviendo, continuaron labrando las jornadas, enhebrando las conversaciones, encadenando los días a las noches, las tardes a las mañanas, en un afán tenaz por tejer una historia normal, por cimentar una existencia en familia.

No obstante, la construcción afectiva jamás acabó de rematarse. Por eso Rosario seguía con su madre, porque, a sus treinta y nueve años, el vínculo familiar era ambiguo, el nido todavía endeble, y el inspector no podía cerrar en falso aquel capítulo fundamental de su biografía.

Rosario Roy introdujo su viejo Ford Focus en el garaje de su domicilio, en la calle Santa Teresa de Jesús. El inmueble era una construcción angulosa de ladrillo caravista adornado por unas llamativas ventanas con marcos metálicos de color verde. Enfrente se alzaba el colegio religioso en que Rosario había estudiado de niño. Mientras el vehículo descendía por la rampa del aparcamiento, la radio voceó la noticia estrella de la jornada: un joven magrebí había aparecido muerto a tiros en su vivienda de la Plaza de las Tenerías. Rosario estacionó y tomó el ascensor hasta la quinta planta. Cuando entró en casa, su madre estaba poniendo la mesa.

—¿Volverás a trabajar por la tarde?

—Sí, mamá.

—¿Sabes que es sábado?

—Han matado a un tipo.

—Vaya —suspiró Mercedes—. El mundo está lleno de desgracias.

La comida transcurrió, como tantas otras, entre silencios incómodos y preguntas banales. El tiempo se deslizaba lento, denso como la melaza, en aquel piso oscuro poblado por la tristeza. Hacía años que la pesadumbre había dispuesto, en torno a madre e hijo, una tela de araña invisible que entumecía las palabras, los gestos, los afectos.

—Tengo que volver al tajo.

—Está bien, hijo. Ve con cuidado.

En la oficina común de Homicidios, los cinco miembros del grupo y África Trinidad esperaban al inspector Roy. Este saludó con un gruñido y transmitió las instrucciones:

—Alexis, tú y yo visitaremos la mezquita que frecuentaba Alí; luego nos pasaremos por la Sauna Nordik. Ordóñez y Jurado redactaréis el oficio para que la jueza nos conceda el tráfico de llamadas y de Internet. Durante los próximos días os dedicaréis a destripar el ordenador de Alí con la ayuda de los de Pericias Informáticas y os encargaréis de todo lo relativo a posicionamientos de teléfono, wasaps, etcétera. África y Neira os desplazaréis a la plaza de las Tenerías e interrogaréis a los vecinos con los que no pudimos hablar por la mañana.

—Solo falta el del 1º2ª —informó Alexis—. Es un tipo joven y suele trasnochar, es posible que estuviera durmiendo cuando llamamos a su puerta.

—Afortunados los que disfrutan del fin de semana —dijo África mirando a Roy. Este, turbado, apartó los ojos.

—Después vais al Anatómico Forense —continuó el inspector—. A las seis se practica la autopsia, a ver qué sacamos de ahí. —África y Neira asintieron con la cabeza—. ¿Preguntas, dudas, aclaraciones?

Nadie respondió.

—Pues al lío.

Pasar la tarde del sábado con Alexis Guzmán entre mezquitas y saunas de ambiente no estaba en las previsiones que Roy había hecho durante la semana. En realidad, los planes y la compañía proyectados por el inspector eran radicalmente opuestos. Tras medio mes sin apenas contacto, África Trinidad y Rosario Roy habían decidido disfrutar de un romántico y discreto fin de semana en el Parque Natural del Monasterio de Piedra. Roy no había dejado nada al azar; tenía diseñadas concienzudamente todas las actividades culturales y gastronómicas que habían de hacer de aquellos dos días una idílica escapada para la pareja. Aunque decir pareja era decir demasiado, ya que los demonios interiores del inspector y el orgullo de la policía hacían lo imposible por boicotear la consolidación de un amor clandestino al que apenas habían dejado pasar del estado embrionario.

La mezquita se encontraba en una nave industrial de la Avenida Cataluña. El edificio, pintado de amarillo chillón, había sido un enorme y próspero taller mecánico cuyo dueño se arruinó por su excesiva querencia a las putas y la cocaína. Hammal Lamalmi, un empresario argelino dedicado al comercio y distribución de bebidas, se hizo con el local por un precio ridículo y lo dividió en dos. El más grande lo usaba como almacén, consagrando pequeño al culto mahometano, para cuya dirección contrató por su cuenta los servicios de Yusuf, un imán moderado proveniente de Marruecos.

La mezquita y el almacén estaban separados por unas enormes puertas corredizas. Cuando Rosario y Alexis entraron en el inmueble, las puertas estaban abiertas, al igual que todas las ventanas del local. Una tenue corriente de aire sofocaba en parte los rigores de aquel caluroso fin de agosto. El imán Yusuf y el empresario Lamalmi, a quienes Alexis había telefoneado previamente, recibieron a los policías en la entrada del recinto.

—Síganme, agentes.

Hammal Lamalmi acompañó sus palabras con un gesto de la mano y guio al grupo hasta una esquina de la mezquita donde había una alfombra y cuatro sofás en torno a una mesita de centro. Junto a la mesita, un ventilador removía el aire emitiendo un zumbido mecánico.

Lamalmi era un tipo de mediana edad, estilizado y de ademanes elegantes. Llevaba un traje de dos mil euros y una barba larga y cuidada. El imán Yusuf, más grueso y de menor estatura, vestía con cierto desaliño; también lucía barba, aunque, en su caso, hirsuta y desaseada. El centro de su frente estaba ocupado por la izbiba, la protuberancia característica de los musulmanes piadosos causada por el roce que, durante el rito de la oración, sufre la cabeza contra el suelo alfombrado.

Los dos policías y sus anfitriones tomaron asiento. Una muchacha tocada con un hiyab[6] trajo una bandeja con un juego de té y unas pastas de almendra cubiertas de miel.

—Las llamamos chebakia —afirmó Lamalmi—. Muy sabrosas y nutritivas.

—Y una bomba calórica —bromeó Roy esbozando una sonrisa de circunstancias. En sus casi veinte años en la Policía Nacional, era la primera vez que un testigo le agasajaba con viandas.

—Supongo que vendrán de la Brigada de Información —aventuró Yusuf.

—Se equivoca —corrigió el inspector, aún con la media sonrisa prendida en los labios—. Somos del Grupo de Homicidios. Alí Mohamed Hach ha aparecido asesinado de dos tiros en la cabeza.

Lamalmi y Yusuf pusieron cara de sorpresa.

—¿Alí? —interrogó el empresario— ¿Un chico joven, atlético, que se dedicaba a...?

La pregunta, inacabada, quedó flotando en el aire.

—A la prostitución, sí —concluyó Alexis.

La aflicción dejó estupefactos a los anfitriones. El inspector Roy esperó unos segundos antes de continuar.

—Veo que le tenían aprecio —dijo al fin.

—Sí, claro —susurró Yusuf—. Era un chico especial. Problemático, pero muy especial. Conocíamos su homosexualidad y que se dedicaba a la prostitución, pero ¿quién está libre de pecado?

—La homosexualidad no es pecado —replicó molesto Guzmán—. ¿Cómo puede serlo, si viene instalada de serie?

—Me refería, sobre todo, al ejercicio de la prostitución —aclaró el imán.

—Ya —refunfuñó el subinspector—. Sobre todo.

Un incómodo silencio se adueñó de los circunstantes. Yusuf, nervioso, afiló el gesto. Lamalmi posó una mano sobre la pierna del imán, invitándole a permanecer en segundo plano.

—No creo que estos agentes hayan venido aquí para debatir sobre cuestiones morales —dijo al religioso. Luego se dirigió a los investigadores—: Lo que Yusuf quiere subrayar es que Alí, a pesar de su forma de vida, digamos que heterodoxa, era un buen chico. Llegó a España en una patera desde Marruecos, jugándose la vida. La prostitución fue la única fuente de ingresos que encontró, y eso pesaba en su conciencia. La mayor parte del dinero que obtenía la mandaba a su familia. Hace un par de años se acercó a la mezquita en busca de oración y consuelo. Aquí encontraba algo parecido a la paz. Yusuf le ayudó mucho.

El inspector Roy tomó un sorbo de té.

—¿Quién querría matarle? —preguntó.

—Ni idea —respondió Yusuf—. Jamás habló de enemigos. Aunque en ese mundo oscuro en que se movía —el imán volvió a posar sus ojos sobre Alexis— es muy probable que se encontrara con Satán.

—¿Se refiere al mundo gay? —inquirió crispado el subinspector.

—Me refiero al mundo de la prostitución —contestó el imán—. Y al de las drogas. Alí estaba enganchado a la cocaína.

Al otro lado de la nave, en el almacén donde se apilaban los palés de bebidas, un magrebí alto y fornido se afanaba cargando cajas en una furgoneta. En los laterales del vehículo se leía la palabra Tinduf, nombre de la empresa de Lamalmi. Las cajas, que contenían agua mineral y refrescos isotónicos, estaban rotuladas con la marca Santo Cristo. El inspector Roy aprovechó la coyuntura para apaciguar el ambiente:

—¿Sus productos se llaman Santo Cristo?

—Algunos de ellos —dijo Lamalmi—. Pero no son mis productos, yo solo los distribuyo y comercializo. ¿Le sorprende que trabaje con esa marca?

—Es paradójico.

—No tanto. Para los musulmanes, Jesús, la paz sea con él, fue uno de los más grandes mensajeros de Alá. Entre el cristianismo y el islam hay más vínculos de los que los occidentales creen.

El hercúleo operario se movía con sigilo gracias a la gruesa suela de goma de sus botas. El calor era asfixiante y por la frente del hombre corrían surcos de sudor. El trabajo policial podía ser más peligroso que la media de los empleos, pensó el inspector Roy, pero era, desde luego, mucho más cómodo. Para certificar ese pensamiento, dio un bocado a la chebakia que tenía entre los dedos.

—¿Saben ustedes si Alí o alguien de su círculo tenía algún tipo de relación con John Wayne? —interrogó con la boca llena.

Los rostros de Lamalmi y Yusuf denotaron estupefacción.

—¿Con John Wayne? —acertó a pronunciar el empresario.

—Olvídenlo —respondió Roy—. No tiene importancia.

Alexis conducía con agresividad. Sus facciones, en consonancia con los acelerones y frenazos con que dirigía el Opel Vectra, estaban contraídas en un gesto hostil. Instintivamente, el inspector Roy empuñó el asidero situado sobre la puerta del copiloto.

—¿Estamos persiguiendo a alguien?

—Perdona, jefe —se disculpó el subinspector—. Ese cura me ha sacado de quicio.

—Cura no, imán.

—Lo que sea. —Alexis apretó con fuerza el volante—. Parece mentira que todavía persista la homofobia. Hay gente que se ha quedado en el medievo.

—Ya. Ten en cuenta que, hasta el siglo pasado, la homosexualidad estaba catalogada como desorden mental.

—Sí, claro. Y hasta finales del XIX España permitió la esclavitud en Cuba. ¿Eso la justifica?

—Nada justifica la esclavitud. —Rosario Roy moduló su voz hasta alcanzar un tono conciliador—. Ni la homofobia.

Después de un lustro trabajando con Alexis, Roy todavía se sentía incómodo con la condición sexual del subinspector. No es que tuviera nada en contra de la homosexualidad, pero cada vez que surgía el asunto la atmósfera se tornaba eléctrica. El inspector no podía evitar azorarse ante determinadas controversias. Tal vez su educación, guiada por la mano férrea y tradicional del abuelo Damián, tuviera la culpa de ello.

Aparcaron el Opel Vectra en la misma calle Vidal de Canellas, a unos cien metros de la sauna. Eran las ocho de la tarde y el sol declinaba tras el perfil rectilíneo de los edificios. Un par de clientes con mochilas al hombro franquearon la puerta del local. Rosario y Alexis entraron tras ellos. Al otro lado del umbral se encontraba el mostrador de la recepción, fabricado con algún material que imitaba a la pizarra. La cabeza pelada a lo bonzo del recepcionista, su bata ancha color azafrán y tres velas encendidas sobre un platel de cristal pincelaban la escena con un equívoco aire budista.

—¿Aquí venís a sudar o a rezar? —musitó Roy con sorna.

—Lo ignoro —replicó el subinspector—. No frecuento este lugar.

—Eso no te va a librar de llevar la voz cantante.

Los dos policías se acercaron al mostrador. El recepcionista examinó sin disimulo la estampa corta y compacta del inspector y su vestimenta estilo C&A, y compuso un mohín de desagrado. Al desviar la mirada hacia Alexis, el disgusto mudó en complacencia. El subinspector era alto y elegante. En su rostro aniñado resaltaban los enormes ojos azules, subrayados por una sonrisa de dientes inmaculados y labios carnosos. Su atractivo, realzado por unos vaqueros una talla menor a la pertinente, hizo chispear las pupilas del empleado.

—¿Los señores van a pasar a la zona de sauna?

—No lo creo —respondió Alexis mostrando su placa—. Necesitamos hablar con el encargado del local.

—¿Con Rodrigo? —Los ojos del hombre viajaron de la placa a la boca de Alexis—. Está atendiendo el ambigú, morenazo.

El ambigú era una barra negra y brillante con una pared-botellero a juego y cinco taburetes de diseño. Sobre la pared, seis letras de latón exhibían el nombre de la sauna. Un individuo con perilla, pinturero y cincuentón, ordenaba las botellas. Los agentes caminaron hasta allí.

—¿Es usted el encargado de la sauna? —preguntó Alexis.

—El propietario —corrigió el interpelado mientras echaba un vistazo a la placa del subinspector—. Rodrigo Noriega, para servirles. Supongo que vienen por lo de Alí.

—¿Ya se ha enterado?

—No se habla de otra cosa en el local. Por si no se han dado cuenta, aunque imagino que usted sí —dijo el hombre examinando de soslayo al subinspector Guzmán—, esta es una sauna gay. La mayor sauna gay de Zaragoza. Alí venía con asiduidad y era muy conocido entre la clientela. La noticia ha corrido como la pólvora.

—Los medios no han facilitado su nombre.

—No era necesario —apostilló Noriega con voz grave—. Algunos de nosotros hemos frecuentado el piso de la Plaza de las Tenerías que citaba la radio. Y ese cuerpo joven y vigoroso, tan bien descrito por los periodistas.

Alexis vaciló ante la emoción que reflejaba el semblante del dueño de la Nordik.

—¿Contrató en alguna ocasión los servicios de Alí? —preguntó finalmente, tras escoger las palabras que estimó más inocuas.

—Nunca pagué por sus caricias, si es a lo que se refiere.

—¿Puede ser más concreto?

Rodrigo Noriega suspiró y cruzó las manos sobre el mostrador.

—Alí llegó a España hace unos diez años, los mismos que lleva abierta la sauna. Desde entonces la visitó por relax y como forma de ganarse la vida. Aquí hacía muchos de los contactos que le permitían pagar las facturas y mandar dinero a su familia en Marruecos.

—¿Entre las facturas figuraba alguna por consumo de cocaína?

A Rodrigo se le habían humedecido los ojos.

—Sí, desgraciadamente. Desde hacía cuatro años se metía farlopa[7] de manera compulsiva. El vicio multiplicó sus gastos.

—Imagino que eso le acarrearía problemas.

—Por supuesto. Tuvo que aceptar servicios sexuales extremos para clientes a los que tiempo atrás no habría dado ni la mano.

—Me hago cargo. ¿Conoce usted el nombre de alguno de estos clientes... extremos?

—Alguno conozco, sí —admitió Noriega—, porque visita este local. Pero no creo que ninguno de ellos matara a Alí. Y, desde luego, ninguno lo haría limpiamente.

—¿Limpiamente? —Alexis arqueó las cejas.

—Bueno, ya sabe lo que quiero decir. Los asesinatos de gais, máxime si están motivados por la pasión o los celos, suelen ser muy violentos. Ningún homosexual mata con menos de veinte cuchilladas. Respecto a los nombres de los clientes, salvo que un juez me fuerce a lo contrario, prefiero reservármelos. No querría lanzar acusaciones infundadas. Además, mi negocio se basa en la discreción.

El inspector Roy necesitaba respuestas más concretas.

—Ha dicho que no pagó por sus caricias, pero no que no las recibiera.

—Porque las recibí. —El propietario de la sauna se enjugó una lágrima—. Recién llegado Alí a España, tuvimos una relación de meses.

—¿Cuántos meses?

—Medio año, aproximadamente. Luego comenzó a prostituirse. Por eso lo dejamos. Necesitaba el dinero para enviárselo a su familia, o eso decía.

—¿Estuvo enamorado de Alí?

—Hasta las trancas.

—¿Siguió enamorado después de la ruptura?

—Toda herida necesita un periodo de cicatrización. Y las del amor no son ninguna excepción. Pero lo superé y mantuvimos una estrecha amistad. De hecho, yo era su único amigo.

Roy lanzó la pregunta policial por excelencia, esa que en las series policíacas se formula con voz impostada y cuya respuesta ha de aguardar a la pausa publicitaria:

—¿Sabe de alguien que tuviera motivos para matarlo?

Rodrigo Noriega no esperó a los anuncios.

—En absoluto —afirmó tajante—. Lo que sí sé es que, durante las últimas semanas, algo le tenía preocupado.

—¿Le dijo qué era?

—No. —Noriega bajó la voz—. Solo me contó que se había metido en un asunto turbio del que no sabía cómo salir. Intenté sonsacarle, pero no soltó prenda.

—¿Alí temía por su vida?

—No sabría qué decirle.

El empresario sacudió despacio la cabeza; su vista vagaba por algún punto indeterminado cercano a sus zapatos. Luego alzó la frente trabajosamente, como si al cuello le costara sostener el peso de la tristeza que lastraba su mente.

—¿Va a haber entierro? —preguntó con desgana.

—Me temo que no —contestó Roy—. Nadie ha reclamado el cuerpo. Será incinerado y la funeraria se encargará de eliminar las cenizas.

—Entiendo.

El inspector dio por concluida la entrevista. Los policías estrecharon la mano del testigo, le transmitieron sus condolencias y se dirigieron a la puerta de salida. Ya en el umbral, Roy se giró:

—Es posible que tengamos que charlar de nuevo.

Noriega forzó una sonrisa cortés.

—Cuando gusten.

De regreso a la Jefatura, Roy rumiaba el contenido de la entrevista.

—¿Qué impresión te ha dado Noriega?

Alexis, sentado al volante, se tomó unos segundos antes de responder.

—Un poco teatrero —dijo sin apartar la vista de la calzada.

—¿Por las lágrimas?

El subinspector chasqueó la lengua.

—No, las lágrimas son comprensibles. Si fue pareja de Alí durante medio año y conservaban la amistad, es lógico que se muestre apesadumbrado. Lo que me pareció exagerado es lo que soltó de los asesinatos perpetrados por gais.

—¿Eso de que siempre matan con ensañamiento?

—Exacto. Es el típico cliché de la mariquita mala. La vieja chorrada de que los homosexuales mezclan la agresividad masculina con el retorcimiento femenino. Homofobia y machismo en estado puro. Y de boca de un gay.

—Comprendo.

Roy se abstuvo de manifestar su opinión; no tenía sentido herir la sensibilidad de su máximo colaborador, muy exacerbada en todo lo relativo a la homosexualidad. Pero la experiencia había enseñado al inspector que los crímenes pasionales protagonizados por gais podían mostrar un especial encarnizamiento. Sin ir más lejos, el último asesino homosexual detenido en Zaragoza había asestado veintitrés cuchilladas a su pareja y le había desfigurado el rostro a martillazos.

En sus dependencias de la Jefatura Superior de Policía, el Grupo de Secuestros y Homicidios en pleno, junto a una silente África Trinidad, debatía sobre cómo orientar el caso. Las primeras indagaciones en un asesinato suelen devenir, en el mejor de los supuestos, en un maremágnum de datos inconexos que apuntan a múltiples vías de investigación. En el peor, no aparecen testigos, huellas ni ADN, y el panorama se presenta desolador. En la muerte de Alí, afortunadamente, las cosas no pintaban mal.

Rosario Roy entró en la oficina conjunta e invitó a sus policías a tomar asiento.

—Vamos por partes —comenzó—. África, Neira, ¿qué os ha contado el vecino del 1º2ª?

Neira tomó la iniciativa:

—Dice que salió de copas y que regresó a eso de las tres de la mañana. Al llegar al portal, cuando iba a introducir la llave, un individuo calvo o con el cráneo afeitado salió a toda mecha del interior.

—¿Puede ser el del ojo brillante y la ceja partida, el que se equivocó al llamar al videoteléfono? También tenía la cabeza rapada.

—No lo creo —respondió el policía—. No le vio muy bien la cara, pero no recuerda haber apreciado en sus rasgos nada fuera de lo común.

—Entendido. —El inspector se giró hacia África—. ¿Cómo ha ido la autopsia?

—De muerte —bromeó la aludida, a quien una especie de alegría mal contenida le rezumaba por los poros de la piel—. Alí murió por dos impactos de bala en el cráneo. El forense ha extraído los proyectiles y a primera vista parecen del calibre nueve milímetros, igual que los casquillos recogidos en la escena del crimen. Las trazas sugieren que el asesino usó silenciador. Los de Balística analizarán el material el lunes.

—¿Hasta el lunes no harán nada?

—Aunque resulte difícil de creer, hay funcionarios que disfrutan del fin de semana. Pero lo importante viene ahora: Alí mantuvo relaciones sexuales sin preservativo poco antes de morir.

—¿Había restos de semen en su... interior?

—Correcto. Hemos tomado muestras y el lunes las remitiremos al laboratorio.

—Bien —apuntó Roy—. Disponer de ADN siempre es una buena noticia. ¿Cuánto tardarán en respondernos?

—Si lo tramitamos por vía urgente, una o dos semanas.

—¿Alguna cosa más?

—Sí. No hay material biológico en las uñas del muerto. Tampoco se observan arañazos, hematomas, escoriaciones ni petequias. No hubo lucha, o al menos la víctima no se defendió.

—Tal vez conociera al asesino —conjeturó Alexis—. La puerta del domicilio no estaba forzada, así que debió de franquearle la entrada. Puede que se tratara de un cliente con el que practicara bondage. Eso explicaría que el cadáver apareciera engrilletado.

—¿Hay algo que nos sirva en las esposas? —preguntó Roy.

—Son de la marca Varna —respondió Neira—. Búlgaras.

—Para ser el primer día, hemos avanzado bastante —afirmó el inspector.

—Más de lo que crees —matizó África Trinidad con el triunfo brillándole en los ojos—. El SAID ha reconocido una de las huellas recogidas durante la inspección ocular.

En la oficina se hizo un silencio sepulcral.

—Por ese piso circulaba mucha gente —observó Roy para rebajar las expectativas.

—Sin duda —convino África—. De hecho, tenemos impresiones dactilares que el SAID no ha podido identificar. Es decir, de individuos no fichados. También hemos encontrado trazas recientes de dos tipos distintos de guantes, lo que indica que alguien tomó prevenciones para no dejar sus dátiles. Creo que los asesinos fueron tres: los dos que portaban guantes y el dueño de la huella reconocida por el sistema.

—¿Por qué estás tan segura de que la huella es de uno de los asesinos?

—Porque no ha aparecido en una superficie cualquiera.

—¿Dónde cojones ha aparecido? —apremió Jurado.

—Sobre el único objeto que, sí o sí, fue tocado por los malos.

Roy comprendió enseguida a qué objeto se refería.

—¿La foto de John Wayne? —preguntó, sabedor de la respuesta.

—Efectivamente —corroboró África—. En mitad del sombrero.

—¿Y se puede saber a quién pertenece?

Capítulo tres

Los ojos grandes y oscuros de África vibraban de emoción por la noticia que estaba a punto de comunicar. El trabajo de la Policía Científica puede parecer pasivo, rutinario, poco relacionado con la trepidante acción policial transmitida por las películas hollywoodienses. Pero suscita momentos palpitantes, instantes en los que se acumula un suspense galvánico que solo puede ser liberado por quien tiene en su poder la pericia forense acusadora.

África estaba ante uno de esos momentos. Y lo estaba paladeando. ¿De qué le servía su oscura labor de gabinete, las horas ante el ordenador, la miríada de datos chequeados, comparados y compilados, la minuciosidad del trabajo con guante y pincel, si no era para, de vez en cuando, desquitarse ante sus compañeros con el mágico truco del conejo y la chistera? Conocer la identidad del sospechoso y demorarse unos segundos antes de desvelarla es como diferir morbosamente la consecución del orgasmo. Un placer con regusto sádico.

África recorrió con la vista los ojos de los circunstantes. Una vez conseguido el clima óptimo de tensión, abrió una carpeta de gomas, ojeó el expediente contenido en su interior, y comunicó la gran noticia:

—La huella encontrada en la fotografía pertenece a Chuso Artieda Sobrarbe, nacido en Zaragoza el 26 de noviembre de 1972. —África repartió entre los presentes las hojas de reseña del sospechoso—. Ha sido detenido en diversas ocasiones por tráfico de estupefacientes. Según consta en la última fotografía que le hicimos, está rapado como una bola de billar.

Rosario Roy examinó la imagen del camello.

—Podría ser el individuo que salió del portal a las tres de la mañana —dijo— . Tenía el cráneo pelado.

—O el que accionó el videoteléfono a las dos —apuntó Jurado—. Ese también estaba calvo.

—Imposible —corrigió Alexis—. El que llamó tenía acento del este, una especie de brillo en el ojo derecho y un costurón que le cruzaba la ceja y los párpados. Aquí el amigo Chuso, español de pura cepa, tiene la cara inmaculada.

—Por tanto —intervino Roy—, hubo dos calvos rondando por el portal durante la noche del crimen. Uno sería el tipo con acento del este y cicatriz que llamó a las dos preguntando por Alí, y el otro Chuso Artieda, al que se vio saliendo del inmueble a eso de las tres. De este último sabemos que estuvo en el interior del piso, puesto que dejó una huella sobre la foto de John Wayne. ¿Estamos de acuerdo?

—Estamos —respondió Alexis—. Y sabemos que sobre las tres se escuchó a un varón con acento español profiriendo amenazas en la escalera. Pudiera corresponderse también con Chuso Artieda.

—Parece razonable —admitió el inspector—, pero habrá que comprobarlo.

—Entonces, ¿detenemos al cabrón y tiramos del hilo? —preguntó África.

—Más bien al contrario —respondió Roy—. Primero tiramos del hilo y luego, si procede, detenemos al cabrón.

La desilusión se dibujó en los ojos de África. La judoka, de naturaleza belicosa, era renuente a las investigaciones largas y a las diligencias exhaustivas. Si no fuera por su resistencia a las rigideces jerárquicas, rigideces que había aprendido a odiar en el centro de protección de menores en el que habían transcurrido sus primeros dieciocho años de vida, haría tiempo que habría ingresado en el GEO[8] en vez de desperdiciar su energía profesional en quehaceres miniaturistas.

Además, le dolía que Rosario la contradijera en público.

Jurado y Neira, también jóvenes e impacientes, eran del mismo parecer que África, circunstancia que, sin palabras, manifestaban con sus gestos y miradas.

Roy decidió explicarse:

—La investigación de un homicidio es atípica: la rapidez en las detenciones no solo no es impresci ...