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EL SALVAJE

Guillermo Arriaga

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Fragmento

Sangre

Desperté a las siete de la noche después de una larga siesta. Hacía calor. Un verano demasiado caliente para una ciudad casi siempre fría. Mi cuarto se encontraba en la planta baja. Mi padre lo había construido con tablas de madera aglomerada junto al baño de visitas. Sin ventanas, iluminado por un foco pelón que colgaba de un alambre. Un catre, un buró pequeño.

Los demás habitaban en la planta alta. A través de las paredes de solo dos centímetros de grosor podía escuchar su trajín diario. Sus voces, sus pasos, sus silencios.

Me levanté sudando. Abrí la puerta del cuarto y salí. Toda mi familia se hallaba en la casa. Mi abuela, sentada en el sofá café, veía un programa de concursos en la televisión, un mueble enorme que ocupaba la mitad de la estancia. Mi madre, en la cocina, preparaba la cena. Mi padre, sentado en el comedor, revisaba los folletos de su viaje a Europa. Era el primer vuelo trasatlántico de cualquier miembro de nuestra familia. Mis padres viajarían a Madrid la mañana siguiente y por dos meses recorrerían varios países. Acuclillado, mi hermano Carlos, seis años mayor que yo, acariciaba al King, nuestro perro, un bóxer leonado con una notoria cicatriz en el belfo izquierdo, producto de una cuchillada que un borracho le sorrajó cuando de cachorro le brincó encima para jugar. Dentro de su jaula, Whisky y Vodka, los periquitos australianos, saltaban ansiosos de una percha a otra en espera de que mi abuela los cubriera con un trapo para poder dormirse.

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A menudo sueño con esa imagen de mi familia al despertar de esa siesta. Fue la última vez que los vi juntos. A lo largo de los siguientes cuatro años todos estarían muertos. Mi hermano, mis padres, mi abuela, los periquitos, el King.

La primera muerte, la de mi hermano Carlos, llegó veintiún días después de esa noche. A partir de entonces mi familia se precipitó en un alud de muerte. Muerte más muerte más muerte.

Tuve dos hermanos. Los dos murieron por mi culpa. Y si no fui culpable del todo, al menos sí fui responsable.

Compartí con otro esa caverna llamada útero. Durante ocho meses un gemelo idéntico a mí creció a mi lado. Ambos escuchamos al unísono los latidos del corazón de nuestra madre, nos alimentamos de la misma sangre, flotamos en el mismo líquido, rozamos nuestras manos, pies, cabezas. Hoy, las resonancias magnéticas demuestran que los gemelos luchan por ganar espacio dentro del vientre materno. Son peleas violentas, fieramente territoriales, sin tregua, en las cuales uno de los gemelos termina por imponerse.

Las convulsiones dentro de su vientre mi madre no debió considerarlas como parte de una feroz batalla. En su mente las gemelas (ella pensaba que eran niñas) cohabitaban en armonía. No era así. En una de esas escaramuzas uterinas arrinconé a mi hermano al límite de la matriz hasta provocar que se enredara con su cordón umbilical. La trampa quedó tendida: en cada movimiento el cordón se fue tensando alrededor de su cuello, asfixiándolo.

La pelea terminó cuatro semanas antes de cumplirse los nueve meses de embarazo. Sin saberlo, mi madre se convirtió en el féretro de uno de sus gemelos. Durante ocho días cargó el cadáver en lo profundo de sus entrañas. Los jugos de la muerte inundaron el saco amniótico y emponzoñaron la sangre que me nutría.

Mi hermano, a quien vencí en la fetal pelea, cobró venganza. Casi me mata. Cuando el ginecólogo auscultó a mi madre, quien llegó a su consultorio quejándose de una indigestión, percibió el latido de un solo corazón que se debilitaba segundo a segundo. El médico dejó el estetoscopio y volteó hacia ella.

—Tenemos que practicarle una cesárea.

—¿Cuándo, doctor?

—Ahora.

La llevaron al hospital directo al quirófano. Con urgencia cortaron la línea cesariana. Sacaron el cuerpo tumefacto de mi hermano y luego a mí boqueando como un renacuajo fuera del fango.

Necesité trasfusiones sanguíneas. Envenenado por mi hermano requerí tiempo para destilar mi sangre y permitir que las toxinas se eliminaran. Estuve internado en el hospital dieciocho días.

En el lapso de los seis años que me lleva Carlos, mi madre tuvo tres abortos espontáneos. Dos niñas y un niño. Ninguno pasó de los cinco meses de gestación. Con el afán de concebir un hijo que pudiera sobrevivir esos fatídicos cinco meses y que el embarazo llegara a buen término, consultaron un médico tras otro y se sometieron a varios tratamientos. Desde hierbas hasta ejercicios pélvicos, de inyecciones de hormonas a intervalos de duchas frías y calientes, de medición de temperatura basal a posturas sexuales. Alguno debió resultar porque permitió mi llegada al mundo.

Mis padres regresaron a la casa devastados. Mi madre entró en depresión. No quiso atenderme ni alimentarme. Mi padre me rechazó. Presente en la cirugía en la que nací, arrastrado a la sala de operaciones por el caos y la velocidad de los hechos, se asqueó con la peste a cadáver impregnada en la piel de su hijo recién nacido.

Durante años dormí en un cuarto con dos cunas. Mis padres guardaron el trajecito en neutro amarillo destinado a mi hermano/hermana para cuando saliera del hospital. Lo extendieron sobre la que debió ser su cuna. A veces, por las noches, prendían el móvil infantil con figuras de jirafas y elefantes que colgaba del techo. El móvil giraba en la oscuridad con sus luces de estrellas, distrayendo una cuna vacía y una madre absorta.

Mi abuela paterna llegó a mi rescate. Se mudó a la casa cuando descubrió cuánta repulsa les provocaba a mis padres. Se dio a la tarea de darme el biberón, cambiarme los pañales, vestirme, hasta que mi madre despertó de su prolongado letargo y la naturaleza le devolvió el instinto materno cuando yo estaba por cumplir un año.

Algunos niños crecen con amigos invisibles, yo crecí con un hermano invisible. Como mis padres se aseguraron de que conociera a detalle la historia del malogrado parto, me sentí responsable de su muerte. Para subsanar la culpa jugué durante años con el fantasma de mi gemelo. Compartí con él mis juguetes, le conté mis miedos y mis sueños. En la cama siempre dejé espacio para que se acostara a mi lado. Y percibía su respiración, su calor. Cuando me miraba en el espejo sabía que él habría poseído las mismas facciones, el mismo color de ojos, el mismo cabello, la misma estatura, las mismas manos. ¿Mismas manos? Si una gitana le leyera las líneas de la palma de la mano ¿dirían lo mismo que las mías?

Mis padres lo llamaron Juan José, a mí Juan Guillermo. En la lápida de su diminuta tumba pusieron como fecha de su muerte la misma fecha de su nacimiento. Una mentira: Juan José había muerto una semana antes. Nunca nació. Nunca sobrepasó la etapa acuática, su condición de pez.

Crecí obsesionado con mi sangre. Mi abuela recalcó varias veces que yo había sobrevivido gracias a la generosa donación de seres anónimos que vertieron en mi corriente sanguínea sus glóbulos rojos, sus plaquetas, sus leucocitos, su hemoglobina, su ADN, sus preocupaciones, su pasado, su adrenalina, sus pesadillas. Durante años viví con la certeza de que dentro de mí habitaban otros seres, su sangre mezclada con la mía.

En una ocasión, ya adolescente, pensé en buscar la lista de donadores para agradecerles por haberme salvado la vida. Un tío me reveló una verdad que hubiese preferido no conocer: “Darles las gracias de qué, si los cabrones cobraron carísimo cada mililitro de sangre” (fue hasta años después que se prohibió el comercio con la sangre). No hubo donadores generosos, sino gente desesperada por vender su sangre. Jeringas extrayendo el petróleo de la vida de cuerpos marchitos, vencidos. Me desilusionó saberme nutrido por mercenarios.

A los nueve años vi correr mi sangre por primera vez. Jugaba futbol en la calle con mis amigos de la cuadra, cuando se voló el balón a casa de un abogado alcohólico y divorciado que cada vez que descendía de su automóvil dejaba ver una pistola escuadra fajada a su cintura. Las bardas de la casa estaban cubiertas por enredaderas y en la parte superior había pedazos de botellas rotas incrustados para disuadir a quien intentara traspasarlas. Como el abogado nunca estaba, se me hizo fácil trepar por entre las enredaderas, librar los vidrios afilados y saltar por el balón. La ida fue fácil, al regreso trepé de nuevo y al brincar hacia la acera sentí que mi pantalón se rasgaba. Caí al piso y me incorporé. Mis amigos me miraron, pasmados. Por mi pantalón roto empezó a chorrear sangre. Revisé mi pierna y descubrí una rajada profunda de la cual borbotaba un chisguete rojo. Abrí la herida con mis manos. Al fondo se veía un objeto blancuzco. Pensé que era un trozo de vidrio o algo que me había clavado. Era mi fémur. Empecé a ver negro. Por suerte una vecina llegó justo en el momento en que me senté sobre la banqueta, mareado y lívido, con un charco carmesí bajo mis pies. La mujer me cargó, me arrojó al asiento trasero de su Ford 200 y me llevó a una clínica de cuarta sobre la avenida Ermita Ixtapalapa, a diez minutos de distancia.

De nuevo trasfusiones. Más sangre de desconocidos. Un nuevo ejército de mercenarios bombeado por los ventrículos de mi corazón: prostitutas, dipsómanos, madres solteras, adolescentes calenturientos en busca de dinero para pagar una tarde de hotel, oficinistas despedidos y sin empleo, albañiles tratando de darles de comer a sus hijos, obreros completando para el gasto, adictos desesperados por una dosis. La marginalidad irrigando mis arterias.

El médico que me operó dijo que la mía era una herida de torero, que justo así los pitones penetran los muslos de los matadores y les cercenan la femoral, tal como se me cercenó a mí. Dio la casualidad que este médico había sido ayudante de cirugía en la Plaza México. En la lóbrega sala de operaciones de la inmunda clínica a la que me llevaron, él supo exactamente cómo suturar la femoral desgarrada. La destreza del médico y la pronta reacción de la mujer que me rescató impidieron que la vida se me escurriera por la pierna.

Estuve internado quince días. La clínica solo disponía de cuatro camas. En una de ellas dormían alternándose mi abuela, mi madre y mi hermano. A veces llegaban borrachos severamente intoxicados o heridos en accidentes de automóvil. Una tarde llegó un hombre al que habían acuchillado en el estómago y que se salvó también por las dotes quirúrgicas del joven médico.

Fue durante las noches que Carlos se quedó a velarme que realmente nos conocimos uno al otro. Los seis años y meses que nos llevábamos nos habían impedido convivir. Esa vasta distancia de edad se acortó en las horas que hablamos durante las madrugadas, en que se preocupó porque mi herida drenara, porque las enfermeras no olvidaran administrarme los antibióticos, por ayudarme a ir al baño, por limpiar con una esponja la extensa rajada que recorría mi pierna. Con genuino celo vigiló mi recuperación. Caí en la cuenta de que con él también había compartido el oscuro útero de nuestra madre, que éramos miembros de la misma nación de sangre. Del hermano invisible —Juan José— pasé al hermano visible —Carlos—. Descubrí que mi verdadero gemelo había nacido seis años y medio antes que yo y nos hicimos inseparables.

Durante dos meses el médico no me permitió cargar objetos pesados, agacharme o caminar, ni siquiera con muletas. Como mis padres no disponían de dinero para pagar una silla de ruedas, me montaban en una carretilla para llevarme hasta el salón de clases.

El primer día que pude salir por mi propio pie fui a buscar la mancha de sangre que quedó dibujada sobre la banqueta. Contemplé esa mariposa negra trazada por las muchas sangres de mi sangre, un recordatorio de la vida que casi se me vacía en el asfalto.

Mi madre me descubrió abstraído mirando la mancha. Salió con una cubeta, detergente y un cepillo, y me obligó a restregar hasta el último vestigio. La mancha desapareció, pero en el vidrio que me abrió un tajo desde la parte interna del muslo hasta la pantorrilla, quedaron remanentes de sangre seca que ni siquiera sucesivas lluvias pudieron borrar.

Un año después escalé la pared, con un martillo quebré el pedazo de botella que me había cortado y lo guardé en un cajón. Imagino que eso hacen los toreros con el cuerno del toro que los atraviesa.

Quedó en mi pierna una larga cicatriz de cuarenta centímetros de largo. Perdí sensibilidad atrás de la rodilla, alrededor del tobillo y en la parte externa del pie. La sensación de anestesia se soporta menos que la del dolor. Al menos con el dolor se siente aún viva esa zona del cuerpo. La anestesia es la casi certeza de que algo en ti ha muerto.

La mujer que me salvó esa tarde era la madre del que cinco años después se convertiría en mi enemigo, el asesino de mi hermano. Homicidio del que de alguna manera fui cómplice y que desató la cadena de muertes que asoló a mi familia.

Según una tribu africana, los humanos contamos con dos almas: una ligera y una pesada. Cuando soñamos es el alma ligera que sale de nuestro cuerpo y deambula por las periferias de la realidad; cuando nos desmayamos es porque el alma ligera se ha ausentado de súbito; cuando se marcha y jamás retorna es cuando enloquecemos.

El alma ligera viene y va. El alma pesada, no. Solo emigra de nuestro cuerpo en el momento en que morimos. Como el alma pesada no ha salido al mundo exterior, ignora cuál camino conduce hacia los territorios de la muerte, aquellos donde residirá para siempre. Por esa razón, tres años antes de la muerte, el alma ligera emprende un viaje para buscarlos. Como no sabe hacia dónde dirigirse, trepa a un baobab, el primer árbol de la creación, y desde ahí escudriña el horizonte para determinar el rumbo. Luego visita a mujeres en menstruación. Durante unos días las menstruantes expe­rimentan los límites de la vida y la muerte. Entre sangre y dolor pierden al ser que pudo ser y ya no será. Durante su periodo menstrual, las mujeres se tornan sabias. Bordean las fronteras entre el existir y el no existir, y por eso pueden señalarle al alma ligera hacia dónde se halla el abismo de la muerte.

El alma ligera echa a andar. Recorre valles, cruza desiertos, escala montañas. Luego de varios meses, arriba a su destino y se detiene al filo del brumoso precipicio. Lo contempla, azorada. Frente a sus ojos se manifiesta el gran misterio. Regresa, le narra con detalle al alma pesada lo que ha visto y firme la guía hacia la muerte.

Luna

—No mames, Cinco —me dijo el Pato cuando terminé de contarles la leyenda africana. La había memorizado para la clase de Historia Universal en la secundaria. El profesor había dicho que si narrábamos un cuento que él no conociera o no pudiera adivinar el final, nos calificaría con diez. El libro donde la leí lo encontré entre las decenas que Carlos tenía regados en el piso de su cuarto. Una buena cantidad se los robó de bibliotecas o librerías. De casa de sus amigos no, porque decía que sus padres sufrían de mal gusto y solo coleccionaban best sellers.

A los dieciocho años mi hermano abandonó la escuela. Mi padre enfureció al saberlo. Para él la educación era clave para conseguir la vida a la cual nunca pudo acceder. Se esforzó para darnos la mejor posible. Él y mi madre trabajaron jornadas dobles para pagarnos escuelas privadas. Carlos y yo fuimos los únicos de la cuadra que no estudiamos en las escuelas públicas de la zona: la primaria Centenario, la secundaria 74 y la preparatoria 6. Decepcionado, mi padre amenazó a mi hermano con no darle un solo centavo si no estudiaba. A Carlos no le importó. A los diecinueve ganaba bastante más dinero que él.

—La neta, la historia está muy cursi —agregó el Jaibo.

Al Jaibo, al Pato, al Agüitas y a mí nos gustaba sentarnos por las noches a platicar en el tendedero de la azotea de la señora Carbajal. A los trece años el Jaibo fumaba dos cajetillas diarias de Delicados. Fumaba a lo idiota porque ni siquiera sabía dar el golpe. Al Agüitas —así le decíamos porque era sentimental y a menudo se le aguaban los ojos— le gustaba llevar cervezas para compartirlas con el Pato. Yo no bebía ni fumaba. Había decidido hacer sobrio lo que otros solo se atreverían a realizar ebrios.

En la colonia, la mayoría nos refugiábamos en las azoteas. Nadie nos molestaba ahí. Después del desmadre del 68, de la matanza de estudiantes en Tlatelolco y de la paranoia comunista del gobierno, las Julias —camionetas policiales cerradas con dos bancas de madera en su interior donde hacinaban a los detenidos— recorrían a diario la colonia. Los policías vigilaban de pie montados sobre la defensa trasera, sosteniéndose en un par de barras afianzadas a las puertas. Si te veían en la calle brincaban de la Julia, te apresaban bajo cargos de vagancia y sedición (aunque ninguno de ellos sabía lo que la palabra significaba) y te llevaban a los separos con las esposas tan apretadas que te cortaban el flujo sanguíneo. Una vez encerrado no cesaban de golpearte, patearte y darte toques eléctricos en los testículos hasta que alguien llevara dinero suficiente para sobornarlos y así te soltaran. En el mejor de los casos te correteaban para pegarte de macanazos, “a ver si así aprendes a traer el pelo corto como hombre y no como una mujercita”. Te dejaban ir después de amenazarte: “Si volvemos a verte en la calle con el pelo largo te castramos, cabrón, para que seas vieja de verdad”.

Los únicos indemnes al acoso policial eran los “buenos muchachos”, aquellos que pertenecían al Movimiento de Jóvenes Católicos. Los buenos muchachos llevaban el cabello al ras, vestían con camisa de manga larga abrochada hasta el cuello y un crucifijo colgando. No decían “malas palabras”, asistían diario a misa, ayudaban a las señoras a cargar las bolsas del supermercado y llevaban comida a los orfanatorios. Eran el ideal de una madre o una suegra: buenos hijos, buenos estudiantes, buenos muchachos. Limpios, decentes, ordenados, trabajadores, morales.

La noche era caliente. El calor se desprendía de los ladrillos del techo, sin viento que nos refrescara. El Jaibo no paraba de fumar. Prendía el cigarro con la colilla del que acababa de terminar.

—¿Por qué es cursi? —cuestioné al Jaibo.

—Pues porque es cursi.

—¿Tú qué sabes, cabrón? Si hasta hace poco creías que a las mujeres les venía la regla porque habían dejado de ser vírgenes —me burlé.

El Jaibo provenía de Tampico. Su padre, un marino, había muerto al caer borracho desde lo alto de la proa del barco mercante donde trabajaba. La viuda, igual de alcohólica, llevó de arrimados a sus cinco hijos a la Ciudad de México a casa de un hermano recién casado. El pobre tipo, con su escaso sueldo de topógrafo, se vio obligado a mantener a los seis gorrones.

—Yo sé todo de las mujeres —afirmó.

—A ver, dime qué es el himen —lo reté.

El Jaibo se quedó callado. No iba a saber nunca lo que era un himen. El Pato le dio un trago a su cerveza y se volvió a verme.

—¿A poco una vieja a la que le está bajando sabe dónde se halla la muerte? —dijo con sorna.

—Pues cuando les baja pierden al que pudo haber sido un bebé —respondí.

—Y cuando me masturbo, ¿también me hallo en estado de sabiduría? —intervino el Agüitas—. Salen un chingamadral de espermatozoides que también pudieron ser bebés.

Los tres se reían, burlones, cuando se escuchó una voz a nuestras espaldas.

—No sean tarados.

Volteamos. Era Carlos. Quién sabe cuánto tiempo llevaba ahí, escuchándonos. Caminó hacia nosotros. Mis amigos se intimidaron. Carlos mandaba en la cuadra. Se paró frente al Agüitas.

—Las mujeres solo tienen entre cuatrocientos y seiscientos óvulos. Y cuando menstrúan el óvulo sale en pedazos ensangrentados y a ellas les duele un montón. Las hormonas les cambian el humor, les hinchan el cuerpo. A ti te salen los espermatozoides hasta dormido y cuando te chaqueteas es pura felicidad. Ellas saben cosas que nosotros los hombres no tenemos ni idea.

Mis amigos se quedaron callados. No había manera de rebatirlo. Carlos leía compulsivamente filosofía, historia, biología, literatura. Había dejado la escuela aburrido, harto de leer lo que él consideraba textos mediocres. Sus conocimientos eran vastos y se expresaba como nadie más en la colonia podía. Usaba el lenguaje con precisión y sabía el significado de palabras rimbombantes y desconocidas. Aunque mis amigos tuvieran tantos conocimientos como él, no se atreverían a desafiarlo. Le temían. Todos le temían.

Carlos señaló la cajetilla de Delicados que asomaba por entre la bolsa de la camisa del Jaibo.

—Regálame un cigarro —le pidió.

El Jaibo se irguió para entregarle la cajetilla en la mano. Carlos sacó un cigarro y el Jaibo le extendió un encendedor. Carlos prendió el cigarro, examinó la cajetilla como si se tratara de un objeto extraño, la estrujó hasta despedazarla y luego la arrojó hacia la calle. El Jaibo se volvió a mirarlo, indignado.

—¿Por qué hiciste eso?

—Para que no te mueras de cáncer —contestó mi hermano sin aspavientos mientras apagaba el cigarrillo contra el alambrado. Yo me sonreí y al notarlo Carlos sonrió también. Volteó a mirar la Luna—. En cuarenta y siete días el Apolo XI va a aterrizar ahí en el Mar de la Tranquilidad —dijo y apuntó hacia un sitio indefinible.

Los cuatro volvimos la vista hacia la Luna. El viaje imposible soñado por la especie humana estaba a punto de cumplirse.

—La gravedad en la Luna es seis veces menor a la nuestra —añadió sin dejar de mirarla.

—¿Cómo? —preguntó el Agüitas.

Carlos sonrió.

—Te explico: si la obesa de tu madre acá pesa como cien kilos, allá pesaría solo dieciséis.

Carlos sabía del temperamento sentimental del Agüitas y que una broma como esa era capaz de hacerle soltar un par de lágrimas, pero el Agüitas estaba muy concentrado en entender la conversión aritmética como para llorar. Además, Carlos fue indulgente: en realidad la madre debía pesar ciento cuarenta kilos.

—Para poder retornar a la Tierra, la nave necesita impulsarse con la fuerza gravitacional de la Luna. Si el Apolo XI no llega a entrar a la órbita lunar, se seguirá de largo y nada podrá regresarlos —continuó.

Mi hermano ya me había explicado esa posibilidad. Me horrorizaba pensarlo. Tres hombres montados en una nave pierden la oportunidad de volver y se desvían hacia el infinito. Tres hombres mirando por la escotilla el planeta que se aleja y se aleja. ¿Qué descubrirían en su trayecto hacia la nada? ¿Qué sentirían allá arriba, flotando a la deriva en el espacio sin fin? ¿Se dejarían morir lentamente o llevarían pasti­llas de cianuro para hacer más rápido el desenlace? ¿Cuánto tiempo les duraría el oxígeno antes de entrar en el sopor irreversible de la muerte? ¿Pelearían por la comida en un intento por vivir aunque sea un par de días más? Lejos de entusiasmarme, la conquista lunar me angustiaba. Trillizos en un útero de metal, flotando en el falso líquido de la gravedad cero, luchando uno contra el otro por sobrevivir, era una metáfora demasiado próxima y dolorosa para mí.

Carlos me pegó con el pie en la suela del tenis.

—Vámonos a cenar.

Estiró la mano para ayudar a levantarme.

—Nos vemos mañana —me despedí de mis amigos.

Carlos y yo partimos, sorteando alambres, cables, tendederos, tinacos. Llegamos a la orilla de la azotea de los Ávalos. Para poder continuar hacia nuestra casa era necesario saltar el metro y medio que mediaba entre la azotea de los Ávalos y la de los Prieto. Por lo general brincábamos sin mayor precaución. Era parte de la rutina diaria. Pero existía un riesgo real. Cuatro meses antes, Chelo, una linda flaca de ojos azules y diecisiete años, y su novio, el Canicas, habían ido a coger una noche escondidos entre la ropa colgada en los tendederos de los Martínez (lo supusimos por el par de condones resecos que hallamos tirados ahí al día siguiente). Al regresar a oscuras ella intentó saltar primero, pero no calculó bien la distancia y se precipitó al vacío. Cayó de rodillas sobre el cofre del Coronet del señor Prieto. Los amortiguadores del auto le salvaron la vida al absorber el impacto. Ambos fémures estallaron en la caída, pero la columna y el cráneo quedaron intactos. Y tuvo suerte, porque Colmillo, el enorme perrolobo de los Prieto, cruza de una perra alaskan malamute con un lobo canadiense, estaba encadenado. De estar suelto la hubiera descuartizado. Fernando Prieto salió al patio alarmado por el golpe sobre el automóvil y por los ladridos de Colmillo. Encontró a Chelo tirada sobre el piso con los muslos traspasados por decenas de fragmentos de hueso.

Chelo tardó año y medio en recuperarse de las fracturas luego de una dolorosa rehabilitación. Sometida a varias operaciones, su pierna quedó cuadriculada en cicatrices. Por las tardes salía a recorrer la calle en muletas, apenas manteniendo el equilibrio. Luego regresaba a su casa a cumplir con una exhaustiva terapia de ejercicios. Se escuchaban del otro lado de la barda las instrucciones del terapeuta y los gemidos de dolor de Chelo. Aun en su suplicio, siempre la vi sonreír. Alegre, divertida, de invariable buen carácter. Años después Chelo me hizo el amor con tal dulzura que me salvó de enloquecer.

Carlos saltó primero y se detuvo a esperarme. Salvé la distancia sin problema. Cruzar el vacío me excitaba. A veces dificultaba mis saltos solo para acentuar la sensación de peligro: brincar sin impulso, con los ojos cerrados, con las manos atrás. Carlos me sorprendió un día haciéndolo. Furioso comenzó a regañarme, pero no le hice caso y salté de nuevo. Carlos me alcanzó y me tomó de los hombros. Luego me levantó en vilo —yo tenía once años entonces— y se paró en la orilla, amagando con aventarme al vacío.

—¿Quieres peligro, cabrón?

Miré hacia abajo. Seis metros de altura. Lejos de darme miedo, me pareció gracioso y empecé a carcajearme.

—¿Qué te pasa? —preguntó Carlos desconcertado.

Había armado su numerito para darme una lección, y yo en lo alto de sus brazos, a nada de resbalarme hacia el fondo y sin parar de reír.

Carlos se giró y me tumbó sobre el piso de la azotea de los Ávalos.

—Nunca más lo vuelvas a hacer —me advirtió— o te rompo tu madre.

Sonreí y sin impulso salté de ida y de vuelta el metro y medio y luego eché a correr por entre los techos.

Caminamos hacia la azotea de nuestra casa. Al acercarnos empezamos a escuchar en la oscuridad los chillidos de las chinchillas. Carlos criaba cientos de ellas. En los techos de las casas de los Prieto, los Martínez y la nuestra había establecido un criadero. Docenas de minúsculas jaulas apiladas una encima de otra, un condominio de roedores de piel fina. En días de calor la peste a orines ondulaba por las casas. Para evitar quejas, Carlos le pagaba a Gumaro, un joven mulato con ligero retraso mental, para que fregara la azotea tres veces al día con cloro y desinfectante.

Carlos sacó una linterna del bolsillo del pantalón e iluminó alrededor. Deslumbradas, algunas chinchillas corrieron en círculo golpeándose contra los barrotes. Otras se levantaron sobre sus patas en un intento por adivinar qué sucedía. Carlos cargaba con la lámpara para localizar gatos cimarrones, los enemigos de su negocio. Los gatos metían sus zarpas por entre los barrotes de las jaulas, atrapaban las cabezas de las chinchillas, les mordisqueaban el hocico para asfixiarlas y luego las desmembraban en tiras para comerlas.

Mi hermano escondía dentro de una perrera un oxidado rifle calibre 22 de un tiro. Si encontraba un gato merodeando, sacaba el rifle, le apuntaba a la cabeza y disparaba. La mira del rifle no era precisa y a veces el tiro les pegaba en la panza. No era raro encontrar gatos moribundos debajo de los carros en las cocheras, gimiendo de dolor, arrastrando sus intestinos perforados.

El negocio de las chinchillas inició cuando un tío le regaló a Carlos una hembra en su cumpleaños dieciséis. Un par de semanas después, Carlos compró un macho. Las chinchillas se aparearon y en menos de dos meses la pareja engendró diez crías. En una revista Carlos leyó sobre lo cotizado de su piel. Se fue al centro y averiguó que un empresario textil judío compraba pieles de chinchilla al mayoreo. Pidió permiso a mis padres para construir jaulas en la azotea y compró veinte chinchillas más. Al año y medio ya vendía cerca de cuatrocientas pieles mensuales. Organizó la crianza para que las hembras parieran al ritmo que demandaba la producción.

Aunque Carlos ganaba un dineral con las chinchillas, ese no era su principal negocio.

Humedad

Viví partido entre dos mundos. Uno, el de la colonia, el lugar al cual sentía pertenecer, mi territorio de calles y azoteas. El otro, la escuela privada que mis padres pagaban con gran esfuerzo. Escuela de compañeritos que viajaban a Nueva York y Europa. Escuela donde había que llamar “miss” a las maestras, que nos obligaba a hablar en inglés en los recreos, que se preciaba de disciplina de hierro. Escuela que yo sentía como una prisión y que se negó a becarnos. “La buena educación cuesta, señora”, le dijo la dueña a mi madre cuando fue a requerir una oportunidad para pagar a plazos. La humillación de ir a rogarle a la directora debió acongojarla. “Solo denos hasta fin de año para pagarle, cuando mi esposo reciba su bono”, imploró mi madre. “Tengo que pagarle a los maestros, lo siento”, replicó la dueña-directora-usurera-cabrona.

Esa noche, en la cena, recuerdo a mi padre ensimismado después de que mi madre le informó que la directora nos expulsaría si se retrasaba un mes el pago de las colegiaturas.

—Voy a conseguir el dinero —dijo mi padre con voz queda.

—¿De dónde? —preguntó mi madre.

Mi padre se mantuvo callado un momento. Se llevó la mano a la cabeza y se sobó la frente.

—Puedo pedir prestado a la empresa.

—¿Sí? ¿Y luego cómo les pagamos?

Mi padre giró el cuello para sacudirse la tensión.

—Deberíamos cambiarlos a una escuela pública —sentenció mi madre.

Mi padre volteó a verla como si lo hubiese insultado.

—Su educación es nuestra única herencia —aseveró.

Volvieron a quedarse en silencio. Mi padre suspiró hondo y tomó a mi madre de la mano.

—Vamos a pagarlo, no te preocupes.

Ellos pensaban que por verme reconcentrado en mi plato no prestaba atención a lo que susurraban. A mis nueve años aún convalecía de la pierna. Mis padres habían gastado el total de sus ahorros en mi operación y en los costos médicos y hospitalarios. Desconfiados del gobierno, se negaban a que nos atendieran en las clínicas del Seguro Social. Nada público, nada que oliera a burocracia estatal. Ni escuelas, ni hospitales, ni trabajos. Y ahora, no hallaban el modo de pagarnos la escuela privada.

Carlos me acompañó a mi cuarto. Mi padre lo había construido en la planta baja para evitar que subiera las escaleras mientras me reponía de mi accidente (nunca volví a habitar en la planta alta). Se sentó en mi catre, pensativo.

—¿Crees que nos cambien de escuela? —le pregunté.

Carlos empezó a mascullar, irritado.

—Le voy a romper la madre a esa pinche vieja, no tiene ningún derecho a tratar a mi mamá así.

Apretó la mandíbula, se puso de pie y jaló las sábanas.

—Ya acuéstate —ordenó.

Me metí en la cama y Carlos me tapó con la cobija.

—Buenas noches —dijo, me hizo una pequeña caricia en la frente y salió.

Mis padres lograron pagar la escuela a tiempo. Saldaron esa y otras deudas con la venta del Mercury que mi padre adoraba. Se sentía orgulloso de haberlo adquirirlo con años de arduo trabajo. Ahora el Mercury y el orgullo se perdían.

Sin automóvil, no le quedó a mi padre otra alternativa que usar transporte público. Lo recuerdo levantándose a las cuatro y media de la mañana para bañarse, desayunar y salir hacia el paradero de camiones de la línea Popo-Sur 73, ubicada al otro lado de Río Churubusco. Lo recuerdo volviendo a las diez de la noche, agotado después de trabajar dos turnos.

Ya no hubo tampoco quien nos llevara a la escuela. A las seis de la mañana Carlos y yo salíamos de la casa y caminábamos hasta la estación de trolebuses en San Andrés, Tetepilco. Cruzábamos unos llanos donde se dibujaban con cal irregulares canchas de futbol que se inundaban con las lluvias y se convertían en un lodazal. Saltábamos de una piedra a otra para no mancharnos de lodo el uniforme, pero era inevitable resbalar y salpicarnos.

A la entrada de la escuela nos recibía un conserje que se encargaba de inspeccionar la limpieza de los uniformes, el largo del pelo de los hombres, el largo de las faldas en las mujeres y la higiene personal (uñas recortadas, orejas lavadas). Varias veces me devolvió a la casa por llevar manchas de lodo en los pantalones. Como no había nadie que me pudiera recoger, Carlos se veía forzado a irse conmigo. No la pasábamos mal. Nos íbamos al Museo de Ciencias Naturales a ver los animales disecados o nos colábamos a las caballerizas del Hipódromo para mirar cómo entrenaban y cuidaban a los purasangre.

A los cuatro meses de que mis padres lograron regularizar el pago de las colegiaturas, que equivalían al sesenta y cinco por ciento del salario de doble turno de mi padre, fueron llamados con carácter de urgencia por la directora, advirtiéndoles que era indispensable la presencia de ambos.

Mis padres arribaron nerviosos y preocupados. Nunca los había llamado con esa premura. En el largo trayecto de camión hasta la escuela, imaginaron lo peor: un accidente, una golpiza, un robo.

La cabrona directora, sin importarle haber sacado a mis padres de sus respectivos trabajos, los hizo esperar casi dos horas. Dos horas que les hubieran significado no perder el día laboral ni apresurarse para llegar a tiempo.

Cuando entraron a la oficina de la directora me hallaron ahí sentado. Mis padres me miraron con azoro. Pensaron que los habían requerido por Carlos, en ese entonces cada vez más rebelde, pero nunca imaginaron que se tratara de mí.

La directora los invitó a tomar asiento. Mis padres se acomodaron en las sillas tapizadas en piel. La directora me señaló.

—Hemos decidido expulsar a Juan Guillermo de manera definitiva e inapelable.

Mis padres se miraron entre sí y luego mi madre me miró a mí.

—¿Qué hizo? —preguntó casi en un susurro.

La directora abrió la boca en un gesto de indignación.

—Alumnos como su hijo no podemos tolerarlos en esta escuela.

—¿Pero qué hizo? —insistió mi madre.

La directora, que se hacía llamar Miss Ramírez, volteó a verme y levantó el mentón.

—Que él les diga.

Mis padres aguardaron mi respuesta. No me atreví a hablar. La directora se paró junto a mí, intimidante.

—Anda, dile a tus padres lo que hiciste.

La miré de reojo. Mi madre se giró hacia mí.

—Dinos qué hiciste.

Me mantuve en silencio. La Miss Ramírez se dirigió a mí en inglés a sabiendas de que mis padres no lo hablaban.

—Come on, tell them. Don’t be a coward.

Seguí callado. Lejos de amedrentarme, la actitud de la directora me provocó más y más rabia.

—No pueden expulsarlo a mitad del ciclo escolar —sostuvo mi madre.

—Yo expulso a quien quiero y cuando quiero, señora. Y ya que este muchachito se niega a decirles qué hizo, tendré que decírselos yo…

Justo cuando iba a soltar su perorata, la interrumpí.

—Besé a una niña, ma.

Mi padre, que se había mantenido al margen, increpó a la directora.

—¿Va a expulsar a mi hijo por besar a una niña?

—Por supuesto que no, señor, lo voy a expulsar porque lo hallamos semidesnudo, abusando sexualmente de una niña la cual también estaba semidesnuda. Su hijo cometió una gravísima falta moral que en esta escuela no será permitida.

—Pero si mi hijo es un niño.

—No, señor, su hijo es un pervertido.

Salón. Recreo. Silencio. Miradas. Respiración. Latidos. Manos. Falda. Rodillas. Muslos. Piel. Caricias. Miradas. Calzones. Respiración. Latidos. Roce. Pubis. Cercanía. Temblor. Miradas. Roce. Pubis. Silencio. Calzones. Dedo. Pubis. Humedad. Gemido. Respiración. Pantalón. Cierre. Manos. Aliento. Miradas. Temblor. Botones. Manos. Pito. Erección. Roce. Panocha. Roce. Miedo. Excitación. Miradas. Fricción. Pito. Panocha. Dentro. Humedad. Sudor. Piel. Latidos. Respiración. Campana. Miradas. Separación. Silencio. Despedida. Salón. Puerta. Silencio. Latidos. Voces. Compañeros. Maestra. Salón. Miradas. Secreto.

Carlos apagó la linterna, sacó el rifle de la perrera y colocó una bala en la recámara.

—A ver si se aparece un gato —dijo y se recargó en la pared.

Guardamos silencio. Las chinchillas chillaban en la oscu­ridad. En el cielo, la Luna próxima a ser conquistada. ¿Se puede conquistar lo inconquistable? La mácula de una nave mancillando el Mar de la Tranquilidad. El hombre y su obsesión por pisotearlo todo.

A lo lejos se escuchaban los carros transitando por Río Churubusco. Lo que ahora era una avenida antes había sido un caudal transparente donde habitaron peces, ranas, ajo­lotes y tortugas y en el que mi padre y sus amigos nadaban en las tardes de calor. Río Piedad, Río Mixcoac, Río de los Remedios. Ríos y convertidos en avenidas, aplastados por toneladas de asfalto. La masacre acuífera de mi ciudad.

—¿Cómo se llamaba la chava que te cogiste en la primaria? —preguntó Carlos.

—Yo no me cogí a ninguna chava.

Carlos sonrió. Su silueta recortada contra la noche. Sobre el cañón del rifle brilló la luz de la Luna próxima a ser pisoteada.

—La chava esa, hombre, ya sabes cuál.

—Fuensanta.

—Ándale, esa. Se me había olvidado. Fuensanta. ¡Carajo! ¿No pudiste escoger a alguien con otro nombre? Fue Santa. No te mides, me cae.

Carlos encendió la linterna para revisar las jaulas. Los ojos de las chinchillas brillaron rojizos. Volvió a apagarla.

—¿Te chupaste el dedo después de metérselo en la puchita?

Por supuesto que me lo había chupado, olido, vuelto a chupar. Guardé su sabor en mi lengua. Lo paladeé. Fuensanta. Fuente Santa, fuente de los secretos, fuente húmeda.

—Ya te dije que no —le respondí molesto.

Carlos sonrió. Cien veces me había hecho la misma pregunta, cien veces le había dicho que no. Cien veces le había mentido y cien veces él esperó que le dijese la verdad.

—Te apuesto a que tu dedo todavía huele a Fuensanta.

Sí, mi dedo aún huele a Fuensanta y nunca dejará de oler a ella.

—Mi dedo no huele a nada —le dije.

—Cómo hiciste llorar a mi mamá por andar de caliente con Fue Santa.

Escuchamos a las chinchillas revolverse, nerviosas. Carlos prendió la linterna. Unos ojos amarillos resplandecieron entre las jaulas. Carlos subió el rifle y acomodó la linterna para iluminar la mira. Al sentir la luz el gato saltó a la barda. Se disponía a escapar cuando sonó el balazo. El gato soltó un bufido y se desplomó hacia la calle. Corrimos a asomarnos. El gato estuvo tirado boca arriba un rato, se incorporó tambaleante y se perdió debajo de un carro.

—Ese gato no volverá a comer chinchilla —sentenció Carlos.

Algunos psicólogos sostienen que cuando un gemelo pierde al otro, por muerte, separación o por cualquier otro motivo, queda en él un hondo sentimiento de abandono. El gemelo solitario vive con la huella de una amputación, una herida imborrable. El gemelo solitario busca entonces compañía que subsane ese hueco emocional. En mi caso no fueron amigos o compañeros de juegos, sino mujeres. Desde niño, a los cuatro o cinco años, solo pensaba en mujeres, en un hondo deseo de sentir su proximidad, su mirada, su desnudez. Acariciar la piel femenina me aliviaba esa comezón de ausencia. En un inicio eran simples roces a un brazo, un atisbo de muslos. Hasta que llegó Fuensanta.

La directora, plantada en medio de su oficina, no cesó de mirarme con reprobación. Mi madre con la cabeza gacha, apenada.

Mi padre se enderezó sobre su silla.

—¿Quién lo vio?

—Media escuela, señor Valdés. Su maestra, varios alumnos. Juan Guillermo tenía los pantalones a las rodillas y estaba toqueteando a una compañerita a la cual le había bajado los calzones.

Mi madre empezó a llorar quedito. Yo con más y más rabia. Y mi padre abstraído tratando de armar el rompecabezas.

—¿Y la muchachita?

—La muchachita ¿qué?

—¿Lo consintió o Juan Guillermo la forzó?

—Es obvio que la forzó, señor Valdés.

Me puse de pie y encaré a la directora.

—No es cierto. Ella también quiso.

—Tú te callas y te sientas —ordenó la directora.

—No es cierto —repetí indignado—, yo no la forcé.

—Siéntate ya —volvió a ordenar.

Me quedé de pie. Mi padre volteó hacia la directora.

—¿Qué dice la niña?

—¿Qué va a decir? Por favor…

—¿Qué dice? ¿La forzó o estuvo de acuerdo?

—Por supuesto que no estuvo de acuerdo.

—Quiero oírlo de su boca —dijo mi padre, molesto.

—Ya bastante está comprometida su dignidad de mujer como para exhibirla aún más —dijo la directora con cursilería telenovelera.

Mi padre comenzó a exaltarse.

—Supongo que la va a expulsar a ella también.

—Supone mal. Aquí solo hay un responsable y ese es Juan Guillermo. Se va expulsado para siempre. No lo queremos en esta escuela.

—Ella también quiso —insistí.

—Deja de decir mentiras —espetó la directora.

La rabia.

—No son mentiras. Los dos quisimos.

La directora dio media vuelta y fue a sentarse a su escritorio.

—No voy a hablar más del asunto. Este niño se va expulsado y de una vez también Juan Carlos. No los quiero aquí. Y hagan el favor de salir porque tengo cosas que hacer.

Mi padre se inclinó hacia ella, irritado.

—¿Qué tiene que ver Juan Carlos con esto?

—No me gusta cómo están educados sus hijos, señor Valdés, y le ruego se retiren.

—¿Qué? —preguntó mi padre, incrédulo.

Como si no existiéramos, tomó unos papeles y se puso a leerlos. Su actitud me encendió. Arranqué hacia el escritorio de la directora, le arrebaté los papeles y los arrojé al piso.

—¿Qué haces, idiota?

Tiré lo que había encima de su escritorio. La directora se levantó y se replegó hacia una vitrina.

—¡Su hijo es un demonio! —les gritó a mis padres—. Lárguense o llamo a la policía.

Mi madre me tomó de la mano y me llevó hacia la puerta. Mi padre —notablemente furioso— intentó decirle algo, pero mi madre lo impidió jalándolo del antebrazo.

—No te rebajes —le dijo y se volvió hacia mí.

—Ve al salón y recoge tus cosas —ordenó.

—Les juro que ella también quiso —les dije.

—Ve por tus cosas —repitió mi madre.

Fui al salón por mis pertenencias. El grupo se hallaba en clase. La maestra me permitió entrar bajo la consigna de que no tardara más de un minuto. Tomé mis útiles, mis cuadernos y mis libros y los metí en mi mochila. Mis compañeros no dejaron de observarme, cuchicheando entre ellos. Me dispuse a partir. Crucé una mirada con Fuensanta y salí. Esa fue la última vez que la vi en mi vida.

Lluvia

—¿Qué dijiste? —escuché a alguien preguntar a mis espaldas mientras jugábamos futbol en la calle. No quise distraerme, el equipo del Pulga Tena estaba por meternos gol.

—¿Qué dijiste? —insistió la voz. Despejé el balón y volteé. Antonio, uno de los buenos muchachos, de los venerados jóvenes católicos de la colonia, me miraba con dureza.

—¿Qué dije de qué?

Antonio era tres años mayor que Carlos, sus padres eran dueños de una papelería en el Retorno de al lado. Era un gordo grandote, de pelo rizado muy corto y, como los demás buenos muchachos, vestía camisa de manga larga, camiseta blanca y un crucifijo al cuello.

—Lo que le dijiste a tu amigo.

—No me acuerdo.

—Pues te tienes que acordar.

Me empecé a reír. No entendía qué quería el gordo.

—Pues no me acuerdo.

Dio un paso más hacia mí.

—¿Qué le gritaste a él?

Señaló al Papita, quien, como los demás, había detenido el partido para escucharlo.

—¿A la Papita? ¡Ah, ya me acordé! Le grité que no fuera pendejo y despejara el balón.

Antonio clavó su mirada en mí.

—Es la última vez que tú o cualquiera de tus amigos vuelven a decir malas palabras en la calle.

No comprendí a qué se refería.

—¿Qué?

—Que no vuelvan a decir groserías. A las mujeres de esta calle las respetan.

Volteé alrededor: no había ninguna.

—¿Cuáles mujeres? —pregunté y me eché a reír.

—Te lo advierto —dijo y se volvió hacia los demás—. Se los advierto.

Se dio media vuelta para partir. No había avanzado más de diez metros cuando grité lo más fuerte posible.

—Chinguen a su madre los pinches pendejos putos.

Todos nos reímos. Colérico, Antonio se devolvió y se fue directo hacia mí. Me soltó una bofetada que me tumbó. El Chato Tena se le lanzó encima, pero Antonio, más alto y fornido que nosotros, y nueve años mayor, tomó al Chato de los hombros y con una llave de judo lo levantó y lo azotó contra el suelo (los buenos muchachos practicaban judo y karate). Me incorporé y le pegué un puñetazo en la oreja, pero logró agarrarme de la camisa y con un movimiento me estrelló de cara contra el asfalto.

Los demás ya no intervinieron. Antonio me apuntó con el dedo.

—Te lo advierto: no quiero volverlos a escuchar decir una mala palabra.

Se giró hacia mis amigos.

—Les enseñaremos a respetar por las buenas o por las malas. Si no soy yo, alguien más de los nuestros va a venir a ponerlos en orden. Así que más les vale que se anden con cuidado.

Miró desafiante al grupo y se alejó sin mirar atrás. De nuevo sangre, mucha sangre, ahora borbotando de mi nariz.

La tarde en que hice el amor con Chelo por primera vez, no paró de llover. No había cesado de llover desde la mañana del día anterior en que enterramos a mis padres como no dejó de llover el día en que sepultamos a Carlos. Murieron tres años después que él. Derraparon en la carretera y su auto voló hacia un precipicio. Por más que intentaron, mi madre y mi padre no pudieron superar la muerte de Carlos. Padres fantasmas deambulando por la casa, con la culpa de haber disfrutado un viaje por Europa mientras su hijo moría asesinado en una azotea cercana. Padres fantasmas que de pronto se quebraban en sollozos a la mitad de la cena. Padres fantasmas a quienes descubría en las madrugadas mirando el lugar vacante donde mi hermano acostumbraba sentarse a la mesa. Padres fantasmas.

Trabajaron más duro que nunca. De nuevo mi padre logró comprar otro automóvil, pero no hubo ahora orgullo ni satisfacción. Fue comprado a base de dolor, lágrimas, una depresión bestial. Tan bestial que mi padre no notó la muerte de mi abuela, también deprimida, atormentada por no haber podido evitar la muerte de su amado nieto. Mi abuela murió frente al televisor, mirando uno de sus programas de concurso. Débil, anoréxica, cerró los ojos y expiró sin un quejido. Mi padre, sentado en la mesa del comedor leyendo por enésima vez en la caja las virtudes nutricionales de un cereal, no se percató de que la vida de quien le había dado la vida se había extinguido. Tan fantasma mi padre que apagó la luz del comedor, le dio las buenas noches a mi abuela ya muerta, la besó en la frente y subió a su recámara. Yo fui quien tocó a su puerta en la madrugada para avisarle que mi abuela había dejado el televisor encendido y ya no se movía. Mi padre huérfano hacia arriba y hacia abajo, huérfano de madre y de hijo.

Mis padres compraron ese auto como un misil para su muerte. Una bala en cuatro ruedas que usaron para suicidarse. Mi padre, considerado por sus amigos como un experto de manejo en carretera, perdió el control del auto en una sencilla curva. Él y mi madre se precipitaron a un voladero de cuarenta metros de altura. Iban de camino al pueblo natal de mi abuela, a depositar las cenizas en un panteón en medio de la selva tamaulipeca.

Los diez deudos que soportamos la lluvia durante su entierro quedamos mojados y enlodados (“desaseados” habría dicho el conserje de mi escuela). Mis amigos se mantuvieron a mi lado, el Agüitas llorando sin parar.

La tormenta no dio tregua para el entierro. Agua encharcando las fosas donde mis padres serían sepultados. Agua cayendo mientras los enterradores arrojaban paletadas de lodo al féretro. Agua y más agua. Los peritos determinaron que el pavimento mojado ocasionó que el auto patinara. Yo sabía que no. Mi padre debió mirar a mi madre, ella debió devolverle la mirada y ambos supieron que ya no podían ni querían resistir más. Mi padre debió levantar las manos del volante y permitir que el carro avanzara sin control hacia el desbarrancadero. Eso creo yo.

Nadie de quienes me acompañaron en el auto habló al regreso del entierro. Cada quien ensimismado en sus pensamientos, tiritando. Mis tíos me dejaron en la casa y mis amigos partieron, abatidos. Me quedé solo. Entré a la casa donde me aguardaban unos periquitos y un bóxer leonado. La enorme casa donde ahora habitaban mis hermanos invisibles, mis padres invisibles, mi abuela invisible.

Al día siguiente por la tarde salí a la calle. Di vueltas y vueltas caminando bajo la lluvia. No podía tolerar seguir en la casa. Chelo me vio desde la ventana. Abrió la puerta y en medio de la tormenta cojeó hasta mí. Me dio un abrazo. No un pésame, no un “lo siento”, solo un abrazo.

Hicimos el amor esa tarde en el catre de mi cuarto, mi cubil de animal herido. Chelo me pidió apagar la luz. No quería que me horripilara con las cicatrices en sus piernas, sus muslos masacrados por diez cirugías que reconstruyeron sus fémures pedazo a pedazo.

No apagué la luz. Me despojé del pantalón y le mostré la cicatriz que recorría mi pierna. Ella ignoraba mi episodio con el vidrio. Besándola le quité la falda. Junté mi cicatriz con las suyas. Herida con herida. Después de haber caído desde seis metros de altura, sus padres la trataron con desprecio. “Eso te pasa por andar de puta en las azoteas”, le recriminó su padre. El Canicas, su novio, quien le había jurado amor y compromiso, no tuvo siquiera el gesto de llamar por teléfono para ver cómo seguía. Solo Carlos y Fernando Prieto la visitaron en el hospital. Carlos por las mañanas, sin falta.

Hicimos el amor mientras la tristeza se me agolpaba en la garganta. No usé condón. No le importó embarazarse. Se enlazó a mi cuerpo y me quedé ahí, refugiándome de tanta muerte.

A la salida, en la escuela, a los niños nos sentaban en una larga hilera de bancas a esperar a que nos recogieran. A las niñas en otra larga hilera frente a nosotros. Mis padres habían firmado una carta en la cual autorizaban que me fuera a casa con mi hermano Juan Carlos. Aunque no necesitaba esperar a nadie, me gustaba sentarme un rato con mis compañeros de clase, no por ellos, sino porque en la banca contraria se sentaba Fuensanta.

El castigo a quien se portara mal era pasarlo a la banca del sexo opuesto. Para un niño ir a dar con las niñas era considerado una humillación. No para mí. Yo hacía lo posible porque me castigaran y me pasaran al lado de Fuensanta, lo que ocurría a menudo.

Fuensanta era rubia, de ojos cafés claros, pecosa. Dicen que una mujer sin pecas es como un taco sin sal. Pues a Fuensanta le sobraba sal. Pecas en su nariz respingada, pecas en el nacimiento de su pecho, pecas en sus brazos. Cabello largo, delgada, seria, dulce. Era hija de una americana de Kansas y un bioquímico coahuilense que terminó dedicándose a la política. Me gustó mucho desde el primer día que la vi. La niña que más me había gustado a mis nueve años.

Nuestra relación, si puede llamarse relación a lo que sucedió entre nosotros, comenzó con un chicle. Le pedí que me regalara uno. Respondió que el que mascaba era el úl­timo que le quedaba pero que aún conservaba algo de sabor. “Si te lo paso ¿te atreves a masticarlo?”, preguntó. Asentí. Ella se sacó el chicle y me lo pasó. Me lo metí a la boca, excitado de sentir su saliva en mi lengua. Después de mascarlo un rato, me atreví a preguntarle “Si te lo paso ¿te atreves tú también a masticarlo?” Se quedó pensativa eternos diez segundos. Asintió. Tomó el chicle y con delicadeza lo colocó dentro de su boca.

Intercambiarnos chicles se convirtió en una rutina diaria a la hora del recreo, nuestra forma de besarnos.

“Recess” le llamaban al recreo en la escuela. Y en recess solo podías hablar en inglés. “Pass me the ball”, “Do you want a piece of my sandwich?”, “It’s awesome”. Iowa en el centro mismo de México. Para asegurarse de que habláramos inglés en el recreo (y para controlarnos y vigilarnos), la escuela creó un perverso sistema de espías llamados “Safety Patrols”. Los alumnos con mejores calificaciones eran considerados como la elite de esa mini-Gestapo. Solo ellos podían recorrer los pasillos durante el recreo para asegurarse de que nadie entrara a los salones a robar; vigilaban que cumplieras con la regla de solo hablar en inglés, que no salieras disparado por los corredores al toque de la chicharra, que trajeras la camisa bien fajada, que te formaras en fila india al regresar al salón, que no te colaras en la línea de la cafetería, que no cometieras desmanes. Si un safety patrol te señalaba, así fuera una acusación inventada e injusta, recibías un cinco en conducta. Dos cincos equivalían a una suspensión de tres días, tres a una suspensión de dos semanas y cuatro expulsión definitiva. Los safety patrols contaban con un amplio arsenal para amenazarte y chantajearte. Poder idiota y fascista en manos de niños de nueve o diez años.

Fuensanta era safety patrol. Una alumna destacada. La de más edad en el salón: diez años y cinco meses. Yo el más chico: nueve años y dos meses. Ella se había retrasado porque no le revalidaron un año de primaria que cursó en Buenos Aires, adonde su padre había sido enviado como funcionario de la embajada. Era distinta al resto de nosotros. Sabía más que cualquiera y además del inglés, dominaba el francés.

Con el tiempo, lo de los chicles se sofisticó. Ya no solo nos lo pasábamos de mano a mano, sino de boca a boca. Durante unos segundos me deleitaba con sus labios calientes, su lengua depositando el chicle en la mía.

En los recreos nos veíamos en una de las esquinas menos concurridas del patio. Teníamos unos cuantos minutos, ya que debía volver a sus tareas de espionaje y supervisión. Hablábamos poco y nunca de nosotros. Yo temía que si le contaba sobre mi mundo de azoteas y padres que habían rematado el automóvil para pagar las colegiaturas, se alejaría de mí. Ella, lo supe después, se avergonzaba de su vida familiar: un padre borracho y abusivo, político corrupto y prepotente; una madre guapa y bobalicona, a quien el padre tundía a golpes y que sufría de torpeza emocional aguda. Reservados sobre nuestras vidas, nuestras charlas se limitaban a la escuela, chismes sobre compañeros, simpatía o antipatía hacia los profesores, quejas sobre el exceso de tareas.

Un día vi a Carlos jugar “arañitas” en la rodilla de una muchacha con falda. El juego consistía en colocar los dedos cerrados sobre su rodilla, abrirlos con lentitud como si fueran las patas de una araña y al hacerlo acariciarle la pierna. Cuando Carlos lo hizo la muchacha se sonrojó y su piel se erizó. Me pareció buena idea jugar arañitas con Fuensanta.

En un recess, en nuestro alejado rincón, le propuse jugar “little spiders”.

—¿Qué es eso?

—Préstame tu rodilla.

Acercó la pierna izquierda. Junté los dedos de mi mano derecha, los descansé sobre su rodilla y los fui extendiendo. Resultó: ella se estremeció y su piel se erizó como le había sucedido a la muchacha con Carlos. Levanté la mirada y me percaté de sus piernas abiertas. Al fondo alcancé a vislumbrar el blanco de sus calzones. Me sorprendió mirándola, pero no cerró las piernas.

—¿Seguimos? —le pregunté.

Ella lo pensó un momento y luego asintió. Coloqué mis dedos en la parte interna de su muslo derecho y lo acaricié despacio. Ella se retorció y de nuevo su piel se enchinó.

—¿Te gustó?

Fuensanta suspiró hondo. Pequeñas manchas rojas empezaron a surgir en torno a su cuello. Nos miramos un momento. Los dos respirábamos agitados. A mí el corazón palpitándome en el vientre.

—¿Otra más? —le pregunté con voz trémula.

—Ajá —alcanzó a asentir.

Deslicé las arañitas hasta el fondo de su entrepierna. Desplegué mis dedos hasta tentar la tela de sus pantaletas. Al sentirme, Fuensanta retrocedió y escrutó a su alrededor. Jadeaba un poco. Se tranquilizó y seguí rozando su pubis con mis dedos. Ella se limitó a mirarme, sin quitarme la mano.

De pronto cerró las piernas y se hizo a un lado. Con la barbilla indicó atrás de mí: dos de sus amigas se aproximaban. Me incorporé y me sacudí el pantalón para disimular mi pito bien erecto.

—Nos vemos —le dije.

Ella sonrió forzadamente. Intentó decir algo pero se le ahogó la voz. Yo tampoco pude pronunciar palabra. Crucé frente a sus amigas y me perdí entre mis compañeros que jugaban baloncesto en el patio escolar.

Se dice que los vikingos no se casaban con vírgenes. Les parecía sospechoso que una mujer no hubiese sido deseada por otros hombres. Para ellos la virginidad era defecto, no virtud. Si en países de Medio Oriente se apedrea a una mujer por deshonrar a la familia con la pérdida de la virginidad, entre los vikingos la mujer se deshonraba a sí misma al no provocar los instintos masculinos. De seguro la virgen ocultaba vicios intolerables: mal carácter, aliento nauseabundo, falta de gracia, tontera. Por alguna retorcida causa su himen se había mantenido intacto. ¿Quién puede amar a una mujer que ha sido desdeñada por otros?

Humo

Carlos, el Loco y el Castor Furioso corrieron por la calle. Brincaron la barda de la casa de los Montes y subieron de prisa la escalera de caracol hacia la azotea. Pistola en mano, ocho policías judiciales tras ellos. Cuatro de ellos saltaron también la barda de los Montes para perseguirlos, mientras los demás corrieron por la calle. El Pato y yo los vimos pasar a lo lejos mientras les dábamos de comer a las chinchillas. Carlos y sus amigos zigzaguearon con agilidad entre la ropa tendida, alejándose de sus perseguidores.

Los policías, desconocedores del laberinto de las azoteas, por poco y se caen al vacío en la separación de casi tres metros entre las casas de los Rodríguez y los Padilla. Se detuvieron un instante para decidir si saltaban o elegían otra ruta, tiempo suficiente para que Carlos y los otros se perdieran entre los techos.

Furiosos por haberlos perdido de vista, los policías se dedicaron a catear casa por casa. No pidieron permiso. Sim­plemente entraron a la fuerza. Los vecinos no protestaron. En colonias como la nuestra los policías judiciales no requerían de órdenes de aprehensión o instrucciones giradas por un juez. Su poder y autoridad bastaban. Las leyes y los derechos prevalecían en otras zonas de la ciudad, en donde habitaban mis compañeritos de la escuela privada, no en esta.

Durante horas los policías buscaron a mi hermano y sus amigos. Abrieron clósets, miraron debajo de las camas, forzaron cerraduras, registraron cuarto por cuarto, amenazaron a los vecinos. Nada. Ni un rastro. Mi hermano y sus amigos se hicieron humo.

A veces Chelo se quedaba a dormir conmigo. Les inventaba a sus padres viajes de prácticas universitarias —estudiaba medicina y le exigían trabajo social en zonas rurales—. Chelo preparaba maletas, montaba en el carro de una compañera y se despedía de sus padres, solo para detenerse más adelante y subrepticia entrar a mi casa ante la mirada cómplice de su encubridora.

Chelo era amorosa y cuidaba de mí. Yo apenas tenía ánimo de comer, bañarme, tender la cama. Ella me llevaba comida, se duchaba conmigo, me ayudaba a cocinar, lavar, limpiar. Evitó que la orfandad me avasallara.

El acuerdo era tácito: nuestra relación sería temporal, sin futuro entre nosotros. Chelo había anunciado que una noche no regresaría y me hizo jurarle no buscarla jamás. Se presagiaba otra orfandad: la pérdida de Chelo. Al menos esta no sería repentina y brutal como las otras. No habría Chelo invisible, sino una mujer en una existencia paralela, quizás visible en otro momento de mi vida.

No tenía por qué enamorarme, pero me enamoré. De sus ojos azules, su cuerpo delgado, su piel lampiña. De sus caricias constantes, su dulzura, su alegría. Besé sus piernas, los alambres de púas que eran sus cicatrices. Besé sus labios, sus ojos, su cuello, su espalda, sus nalgas, su clítoris, su ano. Bebí su sudor, sus flujos vaginales y en ocasiones sus lágrimas. No era sentimental como el Agüitas. Al contrario, era de una alegría casi imbatible. Pero al hacer el amor, lloraba y me estrujaba y me besaba más y más.

Dormíamos abrazados. En mi catre estrecho apenas cabíamos. A veces me despertaba el calor de su cuerpo, el pegajoso sudor de la cercanía. Levantaba la sábana y la sacudía para enfriarnos y luego volvía a envolverla con mis brazos.

Chelo era una mujer promiscua. Se había acostado con varios de la cuadra. Ella se presentaba como una hippie, un espíritu libre sin ataduras conservadoras. Si me lastimaba solo imaginarla besando a otro, imaginarla desnuda, penetrada por múltiples hombres, me trastornaba de dolor. Por ello, al hacer el amor con ella, miraba hacia otro lado, al piso, a un rincón, a la nada. Evitaba verla a los ojos para no imaginar a los tipos montándola o a ella montándolos.

No quise revelarle mis celos. ¿Para qué? Ella no era mía. No lo sería nunca por más que la amara. Me cuidaba, me quería, me besaba con dulzura. Sus orgasmos eran fáciles y numerosos. Decía que solo yo se los suscitaba, ninguno de sus amantes anteriores. Abrir la baraja de mis celos solo ocasionaría que ella partiera antes. Ya bastante significaba lidiar con la muerte de mi familia. ¿Cuál era el sentido de envenenar una relación con fecha límite?

Chelo me prometió no meterse con nadie mientras estuviera conmigo. Pero no podía creerle. Su promiscuidad poseía más tintes de adicción que de libertad. Al despedirse cada día me daba un beso. Viví con la sensación permanente de que ese beso podía ser el último que me diera. Chelo no se percataba de la ansiedad que me provocaba su partida.

No crecí católico ni bajo ninguna religión. Ni en mi casa ni en las escuelas a las que asistí se mencionó jamás la palabra dios o pecado o penitencia. Mi padre ateo y mi madre cada vez más alejada del catolicismo me enseñaron que los verdaderos pecados eran la injusticia social y la pobreza, no la sexualidad. ¿Por qué entonces me dolía tanto, tantísimo, la vida sexual previa de la mujer que amaba?

Pensaba en los vikingos. Había sido Carlos quien me contó la historia. Aun con sus gruesas cicatrices, Chelo era una mujer deseada. Debía alegrarme que una mujer tan ansiada hiciera el amor conmigo, me cuidara, durmiera a mi lado. Para halagarme decía que había sido el mejor amante de su larga lista. ¿Qué consuelo podía ser ese? Toqueteada, manoseada, ensartada, babeada, lamida, ensuciada por otros. El choque de civilizaciones en mi mente: las huestes de Cristo y su moralidad asexuada, contra las hordas de Thor y Odín y su alegría por recibir con amor a la mujer penetrada por otros.

Mis padres apenas con un mes de muertos y yo soportando el vendaval de los celos.

—¿Para dónde se fueron?

El Pato señaló hacia las azoteas.

—Para allá.

—¿Dónde mero? —repitió el comandante.

El Pato respiró nervioso. El comandante de los judiciales no parecía tener mucha paciencia.

—Por aquel rumbo.

—¿Cuál rumbo?

El Pato tragó saliva.

—Estaba oscureciendo, no vi bien.

El comandante se volvió hacia mí.

—Dime tú. ¿Para dónde se fueron?

Yo tampoco había visto por dónde huyeron mi hermano y sus amigos. Los perdí cuando cruzaron los tinacos de los Padilla.

—No sé.

—¿No sabes?

—No, no sé.

El comandante llamó a otro de los policías.

—Juárez, ven.

Un gordo se acercó. Gotas de sudor cubrían su labio superior.

—Dígame, jefe.

—Agárrale los huevos a esta niñita.

El gordo estiró su mano hacia mis testículos, pero di dos pasos hacia atrás. El gordo sonrió.

—Te va a gustar, nene. Ven, acércate.

El Pato, pálido, no atinó a moverse. El gordo volteó de súbito y lo prendió de la nuca. El Pato se retorció intentando zafarse.

—Suélteme.

El gordo lo inmovilizó apretando sus dedos. El comandante acercó su rostro al del Pato.

—¿En dónde se metieron?

—No sé, se lo juro que no sé.

El gordo apretó más. El Pato gesticuló de dolor.

—Déjenlo —les grité.

Otro policía se paró detrás de mí.

—Cállate, nena.

El comandante continuó.

—¿Dónde chingados se metieron?

—Le juro por mi madre que no sé.

El comandante lo miró despectivo.

—Pinche chamaco baboso.

Se giró hacia el gordo.

—Suéltalo.

El gordo le dio un apretón más en la nuca y lo soltó. En cuanto se sintió libre, el Pato huyó entre las azoteas. El comandante dio unos pasos hacia mí.

—Cuando esas ratitas salgan de la ratonera, les dices que tarde o temprano el comandante Adrián Zurita se los va a chingar.

Con una seña de su mano llamó a sus hombres y se alejaron hacia la azotea de los Martínez.

Por sus excelentes notas Fuensanta se hallaba en el tope de la jerarquía de los safety patrols. La subdirectora de primaria, la Miss Duvalier, una francesa pelirroja y arrugada, era quien otorgaba las posiciones de poder en los escuadrones espías. Con su 9.8 de promedio y un comportamiento impecable, Fuensanta fue promovida por la Miss Duvalier. La convirtió en vigilante del segundo piso, asignado a tercero y cuarto de primaria. Ella supervisaba que nadie ingresara en los salones durante el recreo. Estaba también autorizada para entrar a los baños de secundaria y delatar a alumnas que estuvieran fumando o maquillándose. En su posición, bastaba que ella acusara a un alumno para que este fuera suspendido de inmediato por dos semanas. Ella me juró que nunca había acusado a nadie, ni lo haría.

Para evitar que los alumnos entraran a los salones de clase durante el recreo, los safety patrols colocaban una cadena amarilla que impedía el paso. Si algún alumno se atrevía a cruzarla y era descubierto por un safety patrol era merecedor de un cinco en conducta. Al sonar la campana que daba por terminado el recreo, los alumnos solo podían regresar al salón si la cadena era destrabada por un safety patrol categoría A, de los cuales solo había tres en total en la primaria. Y, por supuesto, Fuensanta era una de ellos.

Un día en el recreo me invitó a acompañarla en su recorrido. Pasamos salón por salón mientras me explicaba los detalles de su tarea. Llegamos al salón que nos correspondía: cuarto grado B. Entramos y ella cerró la puerta. Habíamos jugado ya varias veces arañitas y ambos sabíamos que sería más interesante si lo hacíamos en privado. De ella había surgido la idea de entrar al salón escudados bajo su autoridad.

Durante el trayecto Fuensanta no paró de hablar, pero en cuanto cerró se hizo un silencio entre los dos. Ella se sentó en el templete, yo a su lado. Nos miramos.

—Préstame tu rodilla —le pedí.

Ella giró su rodilla hacia mí. Levantó su mirada y nos quedamos viendo unos segundos. Puse mis dedos sobre su rodilla y los abrí. Ella se estremeció más que de costumbre. Seguí con otra arañita en su muslo y luego otra directo a su pubis. Ella respiró jadeante. Una y otra vez abrí los dedos recorriendo sus genitales. Ella comenzó a respirar de manera cada vez más acelerada. Volvimos a mirarnos. Con el antebrazo abrí sus piernas un poco más. Me puse frente a ella. Hice otra arañita, pero esta vez metí mis dedos por dentro de sus calzones. Ella trató de quitarme la mano, pero endurecí el brazo. Seguí acariciando con mis dedos. Sentí húmedo ahí dentro, como si su pubis sudara. No quise mirarla a los ojos para que no me pidiera detenerme. Acaricié de arriba abajo sus labios vaginales. Húmedos. Muy húmedos. Con precaución introduje mi índice en su pequeño orificio. Ella se retorció, pero ya no intentó quitarme la mano. Empujé mi dedo un poco más adentro. Levanté la cabeza esperando encontrarme con su mirada, pero había cerrado los ojos. Gemía y se mojaba los labios. Con la mano izquierda tomé el borde de sus calzones y comencé a bajarlos. Ella cerró las piernas para evitarlo, pero con delicadeza se las volví a abrir y ella, dócil, aceptó. Bajé los calzones hasta sus tobillos. Por primera vez pude contemplar en directo los genitales de una mujer. Una delgada raya que al contacto se movía como una anémona. Seguí acariciándola, metiendo el dedo con lentitud. Fuensanta echó la cabeza hacia atrás, relajada. Me abrí el cierre del pantalón y me saqué el pito. Ella no se percató y continuó con la cabeza hacia atrás, gimiendo suavemente. Me desabotoné el pantalón y lo bajé hasta mis muslos. Sin sacar mi dedo me aproximé a ella. Al sentirme abrió los ojos y al verme con el pantalón abajo me empujó.

—¿Qué haces?

El corazón me latía con furia. La garganta reseca. Ella se hizo a un lado y comenzó a subirse los calzones. La detuve.

—Deja que mi pipí toque tu pipí —le dije.

—No. ¿Estás loco? Podemos tener un bebé.

Su cuello y su pecho estaban rodeados de manchas ro­jizas. Su respiración desacompasada. Siguió subiendo sus calzones. La paré con mi mano izquierda.

—Nos tocamos tantito y ya —le propuse.

—No, no quiero.

—Solo una vez.

—No —repitió contundente.

Supe que la única manera de convencerla era no dejar de acariciarla con la mano derecha. Así que volví a subir y bajar mi índice por sus labios vaginales. Ella volvió a gemir y a cerrar los ojos.

Los calzones habían quedado a la mitad de sus muslos y era difícil maniobrar. Traté de bajarlos, pero ella, aún con los ojos cerrados, lo impidió. Me acerqué y me coloqué encima de ella. De nuevo abrió los ojos.

—Te dije que no.

No me empujó esta vez. Mi pene quedó a centímetros de su pubis.

—Solo nos tocamos los pipís.

No dijo más y cesó de ofrecer resistencia. Fui juntando mi cuerpo al suyo hasta que mi pene quedó pegado a su orificio. Lo restregué contra ella. El contacto con su humedad me excitó aún más. Ella me abrazó y me jaló contra su cuerpo. Comenzó a estremecerse. Nuestra respiración cada vez más acelerada. De pronto se lanzó hacia atrás y se separó de mí.

—Ya, quítate.

—Otro poco —le pedí.

—No —dijo terminante. Se puso de pie, se acomodó los calzones y se bajó la falda—. Súbete el cierre —ordenó.

Obedecí. No tardaba en sonar la campana.

—¿No puede entrar alguien al salón? —le pregunté.

—No, hasta que yo quite la cadena amarilla.

—¿Nadie nos pudo haber visto?

—No, nadie.

Miró el reloj empotrado al centro del salón.

—Tengo que ir a quitar la cadena —dijo.

—¿Salgo contigo?

—No, métete al baño al final del pasillo y sal hasta que los demás entren al salón.

Aunque su estrategia parecía largamente pensada, debió haberla resuelto en ese mismo momento. Cuánta razón tenía Carlos: las mujeres saben cosas que nosotros los hombres no tenemos ni idea.

Fuensanta se dispuso a salir. Al abrir la puerta se volteó hacia mí.

—Si por tu culpa tengo un bebé te mato.

John Hunter fue un cirujano escocés del siglo XVIII. Durante años diseccionó cadáveres, lo que lo convirtió en un depurado anatomista. Conocedor de los más intrincados pasadizos del cuerpo, llegó a proponer operaciones innovadoras para su tiempo.

Su curiosidad científica lo llevó a extremos. Convenció a amigos y familiares de donar su cuerpo al morir para autopsiarlos. Sin el menor prurito rajó los cadáveres de sus seres queridos. Cuando sabía de la muerte de alguien por deformidades o enfermedades extrañas, robaba los cadáveres o corrompía a los enterradores para que se los dieran. Así fue como se hizo del cadáver de Charles Byrne, “el Gigante Irlandés”, un muchacho de más de dos metros treinta de altura que se bebió hasta la muerte las ganancias obtenidas por su condición de fenómeno de la naturaleza.

Al fallecer, Byrne pidió que sus restos fueran arrojados al océano para que no los sometieran al impúdico tasajeo de la ciencia. Hunter sobornó a los empleados de la funeraria y por la noche sustrajo el cuerpo. Los deudos lanzaron al fondo del mar un ataúd lleno de piedras, mientras esa misma tarde Hunter desmenuzaba el cadáver del gigante.

John Hunter armó una vasta colección de curiosidades médicas. Esqueletos, embriones, seres deformes, tumores, masas encefálicas, fósiles, primates albinos. Parte de la colección sobrevivió al masivo bombardeo nazi a Londres y en esta aún puede observarse la enorme osamenta de Charles Byrne.

Hunter murió el dieciséis de octubre de mil setecientos noventa y tres, después de discutir airadamente con la junta de gobierno del Hospital de San Jorge, en donde colaboraba. En su obsesión por la ciencia pidió como última voluntad que su cadáver fuera diseccionado para determinar las causas de su muerte. Sus alumnos dictaminaron arterioesclerosis avanzada en cerebro y corazón.

A la fecha John Hunter es considerado como uno de los científicos más influyentes en la historia de la medicina y el estudio del cuerpo humano.

Formol

Dentro de una vitrina en el laboratorio de Biología de mi nueva escuela secundaria se exhibían varios frascos de cristal con fetos humanos sumergidos en formol. No sé cómo la escuela logró conseguir tantos embriones y en tan diversas fases de gestación. Algún pacto clandestino debían mantener con una clínica ginecológica. Conservaban también embriones de perros, conejos, gatos y hasta uno de venado. Yo los contemplaba absorto, fascinado por su forma, textura, tamaños.

Después de estudiar las teorías de Darwin, tuve una revelación: durante el desarrollo embrionario se repiten cada una de las etapas evolutivas de una especie. Al inicio, dos células independientes se unen, forman una sola que de inmediato se duplica, luego se cuadruplica, octuplica, formándose nuevas células y luego pequeños seres que se van transformando. Si se observan con cuidado, los embriones pasan por ser larvas, luego peces, luego reptiles, aves. Incluso hay un momento en que el feto humano presenta una cola. Nuestro maestro de Biología, patólogo de profesión, nos mostró en el microscopio glóbulos rojos de fetos humanos de diez días de concebidos y glóbulos rojos de reptiles. Su composición era casi idéntica: una dona roja con un centro oscuro.

Me angustiaba una duda: si el ser humano se completa a los nueve meses de embarazo, ¿qué sucede con aquellos que nacemos prematuros? Concluí que en los prematuros el curso evolutivo se interrumpe. Así, quienes nacen antes de tiempo lo hacen en un momento intermedio entre hombre y animal. Y aunque la socialización y la cultura subsanen esa falta de desarrollo uterino, queda en nosotros, los prematuros, la huella perene de lo animal.

Crecí con la noción de haberme quedado de por vida en un estado semianimal, salvaje. Y si mi hermano quiso ser de niño “Carlos, el Valiente”, yo deseaba ser “Juan Guillermo, el Salvaje”.

“Puto”, le gritó Carlos. Antonio, quien caminaba junto a su madre cargando unas bolsas de supermercado, se volteó a verlo.

—Respeta a mi madre.

Carlos sonrió con sorna.

—Señora, ¿sabe que su hijo es un putito?

Antonio dejó las bolsas en el piso y avanzó hacia mi hermano.

—Te callas o te callas.

—Te voy a romper el hocico, putito —le dijo Carlos.

No le había confesado a mi hermano el incidente con Antonio, pero el Jaibo sí: “el gordo de los buenos muchachos, le pegó a tu hermano y le rompió la nariz”. Por supuesto, Carlos no iba a permitir que Antonio quedara impune.

El gordo se plantó a media calle en una kata de karate.

—Pinche gordo ridículo. Pelea como los hombres, no con tus mariconadas japonesas —se burló Carlos.

La madre de Antonio lo jaló del brazo para evitar que peleara.

—Es un lépero, vámonos.

Carlos se mofó de la mujer.

—¿Lépero? Lo que pasa es que su hijo es un cobarde que solo se mete con los más chicos. Le pegó a mi hermano que solo tiene catorce. Qué bien educó al maricón de su niñito.

La madre intentó de nuevo llevarse a su hijo.

—Por favor, Antonio, vámonos. No te metas con esta gentuza.

Antonio la apartó de sí.

—Déjame poner en su lugar a este barbaján.

Los buenos muchachos no proferían groserías. Usaban en su lugar palabras que parecían sacadas de novelas del Siglo de Oro español, un lenguaje rancio y absurdo.

—Vamos, majareta —ironizó mi hermano—, ven a sotanearme.

Si alguien había leído novelas del Siglo de Oro español, ese era mi hermano. El gordo se mantuvo firme en su kata. Su labio temblaba.

—¿Tienes miedo, puerquito? —le preguntó mi hermano.

Carlos dejó de sonreír y apretó los dientes. Me volteó a ver, luego giró y corrió hacia Antonio. Un metro y medio antes brincó hacia delante y con toda la fuerza del impulso le pegó un puñetazo en plena nariz. El gordo se tambaleó hacia atrás e intentó recomponer su posición, pero Carlos volvió a saltar sobre él y lo golpeó en la ceja. Sangre comenzó a escurrir sobre el rostro de Antonio.

—Déjalo, bruto —gritó la madre.

Nada iba a detener a mi hermano. El gordo tiró una pata­da frontal que mi hermano esquivó con facilidad. Carlos no soltaría una sola. En el código de la colonia los hombres no daban patadas, eso era de pusilánimes y niñas. No patear, no rasguñar, no jalar del pelo, no golpear nunca a un tipo e ...