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EL SECRETO DE LA CREACIóN

Balasch, Enric

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Fragmento

Capítulo
I

Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial

Lunes, 3 de diciembre de 1584

El viaje desde París estaba plagado de peligros. Tras dos semanas de agotar y sustituir los tiros de su calesa, evitando los caminos más transitados, sin apenas moverse del asiento y con su pistola de llave de chispa sujeta a la faja, Bernardino de Mendoza, embajador de España en París y superintendente general de Inteligencia y Secretos del rey Felipe II, esperaba nervioso en los aposentos reales del monasterio de San Lorenzo de El Escorial su audiencia con el Monarca.

La orden de presentarse ante Su Majestad, encriptada para evitar que fuese desvelada de ser interceptada por sus enemigos, la recibió en la sede de la Embajada gracias a un servicio de mensajería alar que él mismo había organizado para mantenerse en comunicación permanente con el Rey y sus agentes dispersos por todo el Imperio. Obedeciendo las órdenes recibidas había viajado de incógnito, en una calesa sin distintivos y sin advertir de su marcha a los sirvientes y funcionarios de la Embajada. La Guerra de las Religiones, que enfrentaba a católicos y protestantes calvinistas, llamados de manera despectiva hugonotes, asolaba Francia y el anonimato garantizaba el éxito de cualquier acción. De caer en manos enemigas le ajusticiarían sin piedad ni consideración a su cargo. Sólo unos meses antes había sido expulsado de Inglaterra y declarado persona non grata, tras organizar la conspiración de Francis Throckmorton contra Isabel I en un intento de auspiciar a María Estuardo al trono.

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Bernardino de Mendoza contempló su rostro fatigado, con barba de varios días, en un espejo de molduras de plata y cada arruga que surcaba su piel la interpretó como un desvelo por mantener en pie el Imperio «donde nunca se ponía el Sol». La voz de Pedro del Hoyo, secretario personal de Felipe II, le abstrajo de sus pensamientos y le devolvió a la fría sala del monasterio. Por las ventanas observó los copos de nieve caer en abundancia.

—¡Su Majestad el Rey! —anunció Pedro del Hoyo, con altura de voz.

Felipe II entró en la estancia. Bernardino de Mendoza se inclinó en señal de respeto y sumisión a la voluntad del Monarca, y Pedro del Hoyo se retiró y cerró la puerta tras de sí para garantizar su intimidad. El Rey saludó a su embajador con gesto preocupado y le condujo ante dos cómodas poltronas situadas junto a un brasero de cobre que calentaba la sala. Le invitó a tomar asiento y suspiró fatigado.

—¿Qué tal vuestro viaje? —le preguntó el Rey.

—La guerra y la nieve han dificultado mis pasos, señor —respondió Bernardino de Mendoza—. Partí en el mismo instante de recibir vuestra misiva.

—Lamento haberos llamado de urgencia —dijo el Rey, y sus palabras sonaron a disculpa.

—¿Qué os inquieta, señor?

—Miles de asuntos —confesó Felipe II, con la mirada perdida en el repujado del brasero.

—Señor —intervino Bernardino de Mendoza con la intención de levantarle el ánimo—, la situación en Francia está bajo control, he infiltrado a dos de mis mejores hombres en la corte de Isabel I y nos informan de las intenciones de la Reina, tenemos vigilados los puertos marítimos de la Nueva España y mis agentes observan los movimientos de los corsarios, en especial, como vos ordenasteis, los barcos de sir Francis Drake, y se informa de inmediato al almirantazgo…

—Lo sé, estimado Bernardino —le interrumpió Felipe II benevolente—. He leído vuestros informes al detalle y me consta que realizáis una labor encomiable en defensa del Imperio.

—Majestad —insistió—, si os inquieta la invasión otomana de Ifriquiya, sabed que he dispuesto agentes en las plazas de La Goleta y la isla de Gelves…

—Mi fiel amigo —suspiró el Rey—, conozco de sobra vuestra lealtad y jamás encomendaría el mando del Servicio de Inteligencia a otras manos.

—Ordenad, señor —incidió Bernardino de Mendoza dispuesto a servirle—, y vuestra voluntad se cumplirá de inmediato.

—Ha llegado hasta mis oídos —arrancó el Rey con ritmo pausado— cierta información que de corroborarla inclinaría la balanza del lado de mis enemigos.

—Majestad —dijo Bernardino de Mendoza enérgico, dolido por unas palabras que a su entender cuestionaban su eficacia en la defensa del Imperio—, nadie amenaza nuestras fronteras, y quienes osan oponerse a vos, dondequiera que se encuentren, son eliminados por mis hombres sin ningún miramiento.

Felipe II se levantó de su poltrona, cogió un atizador de hierro, cuyo mango lucía un escudo real, y removió las brasas para avivarlas. Bernardino de Mendoza le observó en silencio. Podía haber llamado a un criado para ese menester, pero prefirió hacerlo él mismo. El Rey tramaba algo complicado. Siempre resultaba directo en sus peticiones, incluso en las más delicadas y secretas que vulneraban la ley, y ahora parecían faltarle las palabras justas para exponerle sus cavilaciones. Nunca le tembló el pulso ni la voz al ordenarle la muerte de Guillermo de Orange, cabecilla de la rebelión de los Países Bajos que desató la Guerra de los Ochenta Años, o de Florence de Montmorency, barón de Montigny, noble flamenco enviado en calidad de embajador por Margarita de Parma para transmitirle una velada amenaza de pasarse al bando protestante. Condenado a muerte por insurrección, el barón de Montigny esperaba un indulto del Rey que nunca llegó. Felipe II jamás le perdonó que en la primavera de 1566 le hubiera hablado en un tono altivo y desafiante para exigirle que el gobierno de los Países Bajos fuera ejercido por los flamencos, se aboliera la Inquisición y se relajaran las leyes contra los herejes. Sin un atisbo de piedad, Felipe II ordenó a Bernardino de Mendoza darle garrote en el castillo de Simancas. El Rey anteponía los intereses del Estado y los suyos propios al cumplimiento de la ley.

—¿Cuántos años lleváis a mi servicio? —le preguntó Felipe II, acomodado de nuevo en su poltrona.

—Veinticuatro, señor —respondió Bernardino de Mendoza—. Desde 1560.

—Suficientes —afirmó— para comprender que nunca os he pedido una actuación al margen de la ley de no considerarla estrictamente necesaria para el sostén del Imperio.

—Vos sois la ley, señor —acató sumiso.

—Como sabéis —dijo el Rey ante el cumplido—, en la torre de la Botica trabajan varios alquimistas en la búsqueda de remedios espagíricos y en la transmutación del metal que vuelve locos a los hombres, el oro.

—Yo mismo —le recordó Bernardino de Mendoza—, cumpliendo vuestros deseos, investigué sus vidas, les sometí a seguimientos para conocer su valía y discreción e informé a Pedro del Hoyo para que actuara en consecuencia.

—Un alquimista —siguió Felipe II—, cuyo nombre prefiero guardar en secreto, me ha revelado que en la judería de Praga se guardan tres láminas de oro que reciben el nombre de Libro de Dios.

—Jamás he oído hablar de semejante obra, señor —meditó Bernardino de Mendoza un tanto inquieto—. ¿Qué importancia tiene? Los hebreos son dados a la lectura de libros religiosos.

—Mi querido Bernardino —suspiró el Rey condescendiente—, según he podido saber de boca del alquimista no se trata de un libro de religión, sino de un libro de ciencia hermética que revela el gran secreto de la vida.

—La facultad de dar vida —opuso Bernardino de Mendoza extrañado— sólo está en manos de Dios. Cualquier otra forma de pensar o actuar se considera una herejía y es perseguida por la Inquisición.

—Debo confesar —admitió el Rey— que nunca hubiese imaginado que pudiera existir tal documento alquímico.

—No deis por verdad —le aconsejó Bernardino de Mendoza, acostumbrado a propagar bulos para intoxicar a los enemigos del Imperio— una confidencia sustentada en palabras que se lleva el viento. ¿De qué pruebas dispone el alquimista? ¿Os ha aportado algún testimonio?

—¿Desconfiáis de su buena voluntad?

—No cuestiono su sinceridad, señor —argumentó Bernardino de Mendoza—, sino la calidad de su información. Hacedme caso y olvidaos del asunto. Estoy convencido de que sólo es un rumor encaminado a distraer vuestra atención de asuntos más importantes. Los enemigos del Rey son muchos y muy activos.

—Ha empeñado su palabra —refutó Felipe II—. Ha jurado ante Dios y antepuesto su honor y su vida a la mentira. Ningún hombre se arriesga a sentarse en el garrote por una farsa. Nada tiene que ganar y mucho que perder.

—Insuflar vida a un ser humano —arguyó Bernardino de Mendoza— no está en manos de los mortales. Sólo hay un Creador. Olvidaos. Hacedme caso.

—No puedo, Bernardino —insistió el Rey en sus trece—. De existir dicho libro y obrar en poder de mis enemigos peligraría la estabilidad de España, la seguridad del Estado y del Imperio, y pronto veríamos nuestras fronteras y mares invadidos por un ejército de seres invencibles.

—Señor…

—Debéis mantener absoluta reserva sobre este asunto —le cortó Felipe II tajante— y averiguar la verdad.

—Se hará como ordenáis, señor. —Bernardino de Mendoza inclinó la cabeza para demostrarle su lealtad—. ¿Qué más podéis decirme de ese misterioso libro?

—Poco —resopló Felipe II contrariado—. Una leyenda asegura que Dios reveló a un rabino el secreto de la creación y grabó la fórmula en tres láminas de oro para preservarla hasta la eternidad.

—Señor —se atrevió a rebatirle—, corren miles de fábulas sobre seres fantásticos, países imaginarios, gigantes más altos que la torre de Babel… Hace medio siglo —intentó convencerle— Sebastian Münster, el célebre cosmógrafo y geógrafo de la Universidad Reformada de Basilea, publicó su Cosmographia universalis, repleta de monstruos marinos que poblaban lejanos y tenebrosos mares, y nuestros barcos jamás se toparon con ninguno.

—¿Tomáis por lerdo al Rey? —le increpó molesto.

—Perdonad, Majestad —se apresuró a disculparse Bernardino de Mendoza—. Nada más lejos de mi intención. Sólo pretendía serviros con lealtad, humildad y mente clara.

—Tampoco el Rey cree a ciegas en semejantes patrañas —suavizó Felipe II la conversación—. No estoy convencido de que ese libro contenga el secreto mejor guardado de la Naturaleza. Pero debo pediros que lo averigüéis.

—¿Sabéis dónde se guarda?

—No —respondió el Rey, concentrado en la incandescencia de los carbones del brasero—. El alquimista nunca lo vio.

—¿Cómo supo de su existencia?

—Por la confesión de otro filósofo en su lecho de muerte. Le confió el secreto in articulo mortis.

—Entre mis agentes de Praga —expuso Bernardino de Mendoza para complacerle— figura un marrano de la aljama de Gerona. Le pediré que indague de manera discreta entre la comunidad hebrea.

—¿Confiáis en un converso que in occulto practica su religión?

—Entregaría mi alma al diablo —afirmó Bernardino de Mendoza— si de ello dependiera la seguridad del Imperio.

—No escatiméis ni un escudo en esta misión —respiró Felipe II aliviado—, y si el maldito libro existe traedlo en mano a mi presencia.

—Así se hará, señor.

—Guardad el secreto y hacedlo guardar —insistió Felipe II—. Vos conocéis mejor que nadie las ambiciones alquímicas de mi sobrino el emperador Rodolfo II. Su corte está trufada de sopladores, magos, cabalistas, astrólogos judiciarios, hermetistas y herejes que bien merecerían sentarse en el garrote. Si llega a sus oídos la noticia del Libro de Dios no descansará hasta conseguirlo. Debemos adelantarnos.

—Esta misma noche —determinó— organizaré el operativo necesario.

—Gracias, mi fiel Bernardino —suspiró Felipe II aliviado—. He ordenado que os preparen una alcoba. La nieve cierra las trochas y sendas, y sería una imprudencia viajar en semejantes condiciones a Madrid.

—Dormiré en el monasterio —aceptó— y de madrugada partiré hacia París.

—Quedad con Dios.

—Que Él os guarde, Majestad.

Felipe II se retiró. Los rescoldos del brasero todavía ardían con intensidad. Bernardino de Mendoza se levantó de su poltrona, extendió las palmas de las manos hacia el calor y suspiró preocupado. Jamás se cuestionaba las órdenes del Rey por estrafalarias que fuesen. Se limitaba a cumplirlas y a mantenerlas en secreto. A petición de Su Majestad había investigado a astrólogos y alquimistas para informar de sus avances en el arte de la transmutación, había traído del Nuevo Mundo un extraño espejo de obsidiana, y había rastreado por toda Europa cuadros perturbadores de la moral y del ingenio pintados por Jeroen Anthoniszonn van Aeken, apodado Hieronymus Bosch, que ahora colgaban en las estancias del monasterio para deleite del Rey. Su única misión en la vida consistía en servirle con honor y lealtad.

Un fraile jerónimo entró en la sala y pidió a Bernardino de Mendoza que le acompañara. Le condujo a una alcoba de tradición espartana, dotada de una cama con colchón de lana y cobertor de plumón, una salamandra, una papelera italiana sobre una mesa de fiadores y un aguamanil.

—Espero que estéis cómodo, señor —le deseó el fraile.

—Es tanta mi fatiga —lamentó Bernardino de Mendoza— que dormiría sobre un jergón de piedras.

—Más tarde —dijo el fraile, con una leve sonrisa— vendré a reponer el carbón de la salamandra.

—Gracias.

—Que Dios alivie vuestro cansancio —se despidió.

Bernardino de Mendoza se lavó la cara y las manos en el aguamanil, se sentó en un taburete frente a la mesa y cogió una pluma de ganso. Afiló la caña con una cuchilla que encontró en un cajoncito de la papelera, la mojó en tinta y escribió tres nombres en una hoja de papel. Luego miró el crucifijo que presidía el lecho colgado de la pared y rogó a Dios que guiara a sus hombres.

Capítulo
1

Al entrar en la sala agradeció el calor de la calefacción y se frotó las manos para expulsar el frío de ellas. Dejó su chaquetón en el guardarropía y se acomodó en la última hilera de sillas. Desde esa posición controlaría mejor las pujas. La sesión estaba a punto de comenzar. Los posibles compradores, hombres con aspecto de ejecutivos y mujeres vestidas de alta costura, ocupaban casi todos los asientos que mostraban el cartelito de «Reservado». Julián Castilla reconoció a varios de los presentes de otras subastas. Los dos últimos meses había recorrido algunas de las principales salas de Madrid: Ansorena, Alcalá, Durán, Goya, Segre, Galileo… para sumergirse en el mundo del arte y había entrevistado a coleccionistas, anticuarios, marchantes y directores de galerías. Escribía un artículo sobre el trasfondo de las inversiones y el tráfico legal de obras y requería la máxima información. Las obras de arte se revalorizaban entre un diez y un doce por ciento anual y los inversores, la mayoría de las veces incapaces de diferenciar un cuadro impresionista de otro cubista, buscaban refugio para sus capitales en el arte.

Sacó una libreta y se dispuso a seguir su primera subasta de libros. Había acudido a otras de cuadros, joyas, monedas, sellos, esculturas y muebles. Las hojas de su libretita rebosaban de anotaciones. Para comparar las inversiones y los precios seguía, a través de revistas especializadas e Internet, las subastas celebradas en otros países. El mundo del arte movía en España millones de euros anuales, pero ninguna sala competía en calidad y cuantía con las ventas de Sotheby’s o Christie’s.

Christie’s de Londres había subastado el diamante Der Blaue Wittelsbacher, de 35,56 quilates, que regaló Felipe IV a su hija la infanta Margarita Teresa, en 18.704.698 euros, y su homóloga de Nueva York una lámpara de mesa Wisteria, en cristal y bronce, fabricada en 1905 por Tiffany Studios, en 295.030 euros. Christie’s también había subastado el manuscrito del discurso que pronunció el presidente Abraham Lincoln en 1864, desde una ventana de la Casa Blanca, en 2.629.747 euros. Por su parte Sotheby’s adjudicó Bailarina descansando, de Edgar Degas, en 29.505.795 euros y Vampiro, de Edvard Munch, en 30.390.879 euros. Antiquorum de Ginebra había subastado un reloj Patek Philippe de oro rosa, primera serie del año 1950, en 911.205 euros. Julián Castilla suspiró. Sólo las grandes fortunas podían permitirse el lujo de pagar cinco mil millones de las antiguas pesetas por un cuadro, más de cuatrocientos millones por unos folios de papel, cincuenta millones por una lámpara de mesa o ciento cincuenta por un reloj de muñeca.

La sala estaba a rebosar. A falta de sillas, varios de los asistentes permanecían de pie. El subastador se situó en el púlpito y procedió a abrir la sesión. El murmullo de las conversaciones se apagó ante el anuncio del primer lote: un ejemplar del Tesoro de la lengua castellana o española, de Sebastián de Covarrubias, editado en 1611 por Luis Sánchez, impresor de la Casa Real. El precio de salida se estipulaba en 1.000 euros, y pronto las manos se alzaron y las pujas se incrementaron. Quince minutos después el subastador adjudicó, con un golpe de maceta, el libro en 2.750 euros a un anciano que caminaba apoyado en un bastón. Julián Castilla le observó. Estaba convencido de que se trataba de un bibliófilo, un amante de los libros.

La subasta siguió con otros volúmenes menos importantes y después de una hora y media se pusieron a la venta las principales obras de la sesión que habían despertado la codicia de algunos libreros de antiguo: un cantoral del siglo XVI en pergamino miniado, encuadernación de piel, cantoneras y remates metálicos, cuya puja arrancó en 3.500 euros y alcanzó los 13.000 que ofreció un conocido marchante madrileño con la intención de revenderlo. El subastador hizo una señal y el encargado de presentar los libros situó en el atril el último ejemplar de la noche.

—Un magnífico volumen —anunció en voz alta para hacerse oír— del Pardes rimmonim de Moisés Cordobero, impreso en Cracovia en 1592. La puja arranca en diez mil euros —concluyó, y esperó la primera oferta.

El subastador dirigió la mirada a los presentes. Una mujer de mediana edad, rondando la cuarentena, vestida con un traje chaqueta de Ángel Schlesser, rubia y de cara bronceada, levantó la mano. De inmediato un hombre maduro, que se distinguía por un bléiser marrón y un abultado sello de oro en el dedo meñique de la mano izquierda, pujó por el libro.

—Once mil euros —dijo el subastador, y le señaló con la maceta.

La mujer le miró de soslayo y alzó la mano.

—Doce mil —anunció el subastador—. ¿Alguien da más? —Guardó silencio unos segundos—. Doce mil a la una…

El hombre del bléiser marrón se acarició la barbilla y subió la mano decidido.

—¡Trece mil!

Un murmullo de expectación recorrió la sala. Se había establecido un duelo entre dos compradores, algo poco habitual. La mujer hizo una seña con la cabeza.

—¡Catorce mil! —interpretó el subastador sin inmutarse.

El hombre que competía por adjudicarse el libro habló con un hombre de piel negra sentado a su lado, y pujó otra vez.

—¡Quince mil! —gritó el subastador—. Un precio de ganga para una obra cumbre de la literatura hispanojudía. ¡Quince mil!…

La mujer solicitó unos segundos para efectuar una consulta, desplegó un grueso catálogo sobre sus rodillas, efectuó una llamada desde su teléfono móvil, y acto seguido asintió con la cabeza.

—¡Dieciséis mil! —proclamó el subastador sin reprimir su entusiasmo.

El hombre del bléiser marrón alzó la mano de forma mecánica al oír la última puja de su rival, al parecer poco dispuesta a soltar la presa.

—¡Diecisiete mil!…

La mujer, con el teléfono pegado a la oreja, pujó de nuevo.

—¡Dieciocho mil!… —Un silencio profundo invadió la sala—. Señor —dijo el subastador, y clavó su mirada en el hombre del bléiser marrón—, la puja está en dieciocho mil euros.

El hombre permaneció callado. De repente levantó la mano con ímpetu.

—¡Diecinueve mil!…

Sin vacilar la mujer elevó el importe.

—¡Veinte mil!…

A partir de ese instante, según las normas de la subasta, las pujas aumentaban de dos mil en dos mil euros. El hombre del bléiser marrón secó el sudor que perlaba su frente con un pañuelo de hilo y negó con la cabeza. Se levantó y salió de la sala malhumorado. El hombre negro le siguió. Medía un metro noventa, pesaba unos cien kilos y tenía la cabeza rapada al cero. Julián Castilla les observó intrigado. Nunca antes les había visto en una sala de subastas.

—¡Veinte mil a la una… —recitó el subastador—, veinte mil a las dos… y veinte mil a las tres!… ¡Adjudicado a la señora en veinte mil euros!

La sesión concluyó. La gente abandonó la sala, entre murmullos y comentarios sobre la última puja. La mujer que había adquirido el libro se acercó al subastador y hablaron unos minutos. Julián Castilla registró en su libreta el precio y las características del libro. Había alcanzado una buena cotización, pero lejos de los 871.857 euros que se pagó en Christie’s por un Corán del siglo XVI impreso en Tabriz, o los 3.127.985 euros que cotizó una hoja manuscrita de un Corán palimpsesto redactado en Medina a mediados del siglo VII. Se guardó la libreta y esperó a que la mujer terminara. La abordó a la altura del guardarropía.

—Perdone —dijo, y se presentó—: Me llamo Julián Castilla, soy periodista y quisiera hacerle unas preguntas.

—No tengo tiempo —se excusó. La empleada del guardarropía le entregó su abrigo y caminó apresurada hacia la salida.

Julián Castilla retiró su chaquetón. Al ganar la calle la vio en la acera, con unas llaves en la mano, mirando a derecha e izquierda. Dudaba sobre dónde había estacionado su automóvil.

—Deme cinco minutos —insistió—. Trabajo para el periódico El País en un artículo sobre las inversiones en arte.

La mujer le miró cargada de paciencia. Julián Castilla sonrió y le mostró su credencial para convencerla. El frío condensaba el vaho de sus bocas. Ella se subió las solapas de su abrigo de piel de zorro plateado.

—De acuerdo —dijo resignada, y le tendió la mano—. Clara Letamendi, para servirle. Le concedo cinco minutos.

—Estaba dispuesta a desbancar a su oponente —arrancó Julián Castilla directo—. ¿Es coleccionista, inversora, revende, exporta libros…?

—Trabajo como freelance —respondió— y adquiero obras de interés cultural para el Ministerio de Cultura y las Comunidades Autónomas. En la puja no había nada personal.

—Si estoy bien informado —continuó—, el Estado y las Comunidades Autónomas pueden ejercer el derecho de tanteo. Basta enviar a la subasta a un representante de la Administración y en el momento del remate manifestar su propósito de adquirir la obra por el precio fijado.

—Conoce bien el sistema —se sorprendió.

—He leído la Ley de Patrimonio Histórico.

—En este caso particular —arguyó Clara Letamendi para justificar su presencia en la subasta— ha habido un error de coordinación y el Ministerio de Cultura no ha podido acreditar a nadie. De ahí que haya pujado por libre.

—¿Qué interés tiene el libro para el Estado?

—Como ha expuesto el speaker —dijo Clara Letamendi—, se trata de una obra muy importante de la literatura hispanojudía.

—¿Para quién lo ha adquirido?

—El encargo —le explicó— parte del Ministerio de Cultura y el libro se depositará en la Biblioteca Nacional de Madrid. Han pasado sus cinco minutos —concluyó, y miró su reloj.

—Gracias —asintió Julián Castilla—. ¿Podemos vernos otro día y hablar con más tranquilidad? Su opinión me sería de utilidad para mi artículo.

—¿Intenta ligar conmigo?

—En absoluto —dijo con una sonrisa—. Mi interés es sólo profesional.

Clara Letamendi aceptó. Abrió su bolso de piel de avestruz, comprado en Tous, y de una cajita plateada extrajo una tarjeta de visita.

—Llámeme —dijo, y se la entregó—. Procuraré hacerle un hueco en mi agenda.

Julián Castilla asintió y la vio alejarse por la acera de Velázquez en busca de su coche. Sacó su libreta, registró los puntos esenciales de su breve conversación, y guardó la tarjeta entre las hojas. Desde la esquina de la calle Juan Bravo el hombre del bléiser marrón y su acompañante negro la siguieron con la mirada. El hombre que había pujado gesticuló nervioso. Sacó un paquete de Dunhill International y se llevó un cigarrillo a los labios. Julián Castilla se apartó del cono de luz que proyectaba un farol, para evitar llamar la atención, y observó sus movimientos. El hombre se guardó el paquete de tabaco y el otro le ofreció fuego con un encendedor de oro. Dio varias caladas profundas, intercambiaron algunas frases, silenciadas por la distancia, y el negro abrió la puerta de un BMW-525 de color azul aparcado a su lado. El hombre del bléiser marrón se arrellanó en el asiento trasero y el negro de cabeza rapada se puso al volante. Arrancó y el BMW-525 desapareció en la misma dirección que Clara Letamendi.

Sentado frente a su mesa de trabajo, en el Departamento de Cultura del periódico El País, trasladaba de la libreta a su ordenador los datos de los títulos subastados, los precios alcanzados por los libros, el perfil de los compradores, su breve charla con Clara Letamendi y sus opiniones personales. Disponía de abundante material para escribir su artículo sobre las inversiones en arte y en su correo electrónico había recibido numerosas fotografías cedidas por las salas para ilustrar el texto.

El conserje dejó un periódico encima de su mesa. Lo cogió y buscó su artículo a media página sobre la importancia de los fondos artísticos de la abadía benedictina de Montserrat. Pocas órdenes religiosas tenían en propiedad una colección de iconos bizantinos, objetos arqueológicos y de orfebrería, y cientos de cuadros de maestros internacionales como Caravaggio, El Greco, Tiépolo, Monet, Dalí, Miró, Sisley, Degas, Pissarro… Leyó algunas líneas y pasó las hojas.

En la sección de sucesos le llamó la atención un titular: «Sospechosa muerte de una anticuaria». La noticia ocupaba una pequeña columna vertical: «La policía investiga la muerte de C. L., una prestigiosa anticuaria fallecida en su domicilio de la calle Basílica. La asistenta halló el cadáver al personarse para iniciar su jornada laboral». Julián Castilla sintió un escalofrío. Releyó las escasas líneas sin darles crédito. La mujer que había entrevistado a la salida de la subasta estaba muerta. La brevedad de la noticia le indicó que se había insertado poco antes del cierre de la edición. Dejó el periódico abierto y, de entre las páginas de su libreta de notas, extrajo la tarjeta.

Clara Letamendi y Silvetti

Asesoría y Tasación de Antigüedades

Basílica, 18-4º B

28020 Madrid

760 14 93 45

Clara-Letamendi@ya.com

Se trataba de la misma persona. No cabía confusión. Coincidían las iniciales publicadas del nombre y la dirección. Cerró el periódico, se guardó la tarjeta y la libreta en un bolsillo del chaquetón y marchó dispuesto a averiguar lo ocurrido.

Frente al portal número 18 de la calle Basílica, arbolada y flanqueada por la iglesia Hispanoamericana de la Merced, vio un coche patrulla de la Policía Nacional y supuso que permanecía de retén. Entró en el edificio. La portería estaba vacía. Se dirigió al ascensor y un letrero de «Averiado» le obligó a subir por la escalera. Al llegar a la cuarta planta otro policía vigilaba la entrada al piso. Hizo intención de acceder al interior y el agente le cortó el paso.

—Soy periodista —arguyó Julián Castilla, y le mostró su carné de prensa.

—Lo siento —dijo con autoridad—, cumplo órdenes. Dentro están los compañeros de la científica.

—¿Quién dirige la investigación?

—El inspector Sandoval, de la Unidad Central de Criminalística.

—Avísele, por favor —le rogó—. Somos amigos.

El policía accedió y pasados unos minutos el inspector José Sandoval acudió a su encuentro. Vestía un buzo blanco, que le cubría de la cabeza a los pies, y se protegía la boca y las manos con una mascarilla de uso clínico y guantes de látex. Le saludó con un gesto.

—¿Qué haces aquí? —dijo extrañado de verle.

—Intento averiguar qué ha pasado.

—¿Desde cuándo la sección de cultura se encarga de los sucesos? —inquirió el inspector en tono irónico—. Habías abandonado el periodismo de investigación.

—Conocía a Clara Letamendi —argumentó para justificar su interés—. ¿Qué le ha ocurrido?

—La han asesinado.

—Déjame entrar.

—¡Estás loco! —se negó José Sandoval en redondo—. Contaminarías la escena. No vestimos de esta guisa por capricho.

—¿Habéis levantado el cadáver?

—Sí —respondió—. El forense y el juez ya se han marchado. El escenario está bajo mi tutela.

—Necesito hablar contigo.

—Dentro de media hora habremos terminado —calculó el inspector Sandoval—. Espérame en el bar de la esquina de Basílica y General Moscardó.

—Allí estaré.

El inspector José Sandoval entró de nuevo en el piso. El agente de policía se apostó frente a la puerta, y Julián Castilla pulsó el interruptor de la luz y descendió por la escalera. En su cabeza bullían cientos de preguntas. Al pasar por el rellano de la tercera planta le llamó la atención una colilla. Nunca había fumado, pero conocía bien las marcas de cigarrillos gracias a un artículo que escribió para el periódico al entrar en vigor la Ley Antitabaco 28/2005 de 26 de diciembre. Se agachó y la observó. Parecía de un cigarrillo Dunhill International. Una marca poco común entre los fumadores. Arrancó una hojita de su libreta de notas, hizo algunos dobleces y guardó la colilla. Al llegar a la planta baja vio al portero. Detrás de un mostrador ordenaba facturas de la comunidad de vecinos para entregarlas al administrador. Se acercó con la intención de hacerle unas preguntas.

—¿Lleva mucho tiempo averiado el ascensor?

—¿Policía?

—No —dijo Julián Castilla, y se identificó como periodista.

—Dos días —respondió el portero—. La maquinaria es vieja y da problemas. Hoy vendrán a repararlo. ¿Está aquí por la muerte de la señorita Letamendi?

—Pura rutina. Mi periódico me ha enviado a echar un vistazo.

—La encontró la asistenta —dijo el portero—. Estaba tendida sobre la cama. Pienso que ha sido algo repentino, un ataque al corazón.

Julián Castilla asintió. El portero desconocía la verdadera causa de la muerte. Una circunstancia que le permitiría obtener un poco de información.

—¿A qué hora llegó la asistenta?

—Hacia las ocho y media —meditó—. Un poco antes que yo.

—¿Permanece siempre en la portería?

—Eso mismo me ha preguntado la policía —protestó fastidiado—. Mi horario de trabajo empieza a las nueve de la mañana y termina a las nueve de la noche. Doce horas seguidas, sólo con un descanso de dos a tres para el almuerzo. ¡Doce horas por un sueldo de mil doscientos euros!

—¿Se ausenta con frecuencia?

—No —dijo—. De vez en cuando reclama mis servicios algún vecino. Barro y friego la escalera de arriba abajo, limpio los cromados de la puerta, quito el polvo a la barandilla y, poco antes de marcharme, recojo las bolsas de basura y las deposito en el contenedor. El resto del día me encontrará aquí, detrás del mostrador como un clavo.

—¿Conocía a Clara Letamendi?

—De vista. Vivía en el bloque desde hacía sólo unos meses.

—¿Cómo la definiría?

—Una mujer educada —dijo—, poco dada a los cotilleos y muy amable.

—¿Ha visto entrar o salir del edificio a un hombre blanco, con un sello de oro en el dedo meñique de la mano izquierda, acompañado de un hombre negro muy corpulento?

El portero negó indiferente con la cabeza.

Se sentó a una mesa junto a la cristalera, pidió al camarero un café cortado y los periódicos de la mañana y sacó su libreta de notas. Carecía de pruebas concluyentes, pero la riña en la sala de subastas por la puja del libro, el comportamiento del hombre del bléiser marrón y el que le escoltaba, y la colilla de un cigarrillo Dunhill International le permitían situar a éstos, aunque de manera circunstancial, en el domicilio de Clara Letamendi.

La avería del ascensor les había obligado a subir y bajar por la escalera. Eso explicaba la presencia de la colilla en el rellano del tercer piso. El portero negaba haberles visto y permanecía gran parte de su jornada laboral anclado en su puesto de vigilancia para atender a los mensajeros y carteros, evitar que entraran extraños y que los repartidores de publicidad llenaran los buzones de folletos inútiles. Meditó unos segundos y en una hoja de la libreta dibujó una esfera horaria. La subasta había comenzado a las ocho de la tarde y finalizado a las once de la noche. Clara Letamendi se entretuvo unos diez minutos hablando con él. Si regresó inmediatamente a su domicilio, llegaría sobre las doce menos cuarto o menos diez. A esa hora el portero ya se había marchado. Calculó que la habían asesinado alrededor de la medianoche o un poco más tarde. Si el forense situaba su muerte en ese espacio de tiempo ratificaría sus conjeturas. Se acarició la barbilla y dio un sorbo al cortado. Luego hojeó los periódicos. Ninguno registraba más información que la publicada en El País. La noticia había partido del Gabinete de Prensa de la Policía.

A través de la cristalera vio al inspector José Sandoval. Había cambiado el mono de protección por una cazadora marrón de cuero y pantalones tejanos. Entró, se acomodó frente a él en la mesa y pidió al camarero otro café cortado. El sol penetraba a raudales e iluminaba las paredes decoradas con viejos utensilios de estilo colonial y un cartel de madera de la Compañía de Vapores Pinillos.

—¿De qué conocías a Clara Letamendi? —le preguntó el inspector Sandoval, intrigado.

—Anoche hablé con ella unos minutos —aclaró Julián Castilla—. A la salida de una subasta de libros.

—¿Eso es todo?

—Quedé en llamarla para hacerle una entrevista sobre las inversiones en arte y esta mañana me he enterado de su muerte.

—¿Estabais liados?

—No seas absurdo —protestó Julián Castilla—. Desde que murió mi mujer no he mantenido ninguna relación seria.

—Ya… —dijo el inspector, y se quedó pensativo—. Debo advertirte —le previno con la mosca detrás de la oreja— que si ocultas información a la policía cometes un delito.

—Sólo siento curiosidad —gruñó irritado—. Nada de grabaciones ni de notas.

—De acuerdo —asintió—. Responderé a tus preguntas de amigo a amigo. Off the record. ¿Qué quieres saber?

—¿Cómo murió?

—Asfixiada —soltó el inspector Sandoval con determinación—. Alguien la estranguló. Mostraba excoriaciones lineales alargadas, equimosis a la luz de Wood, labios cianóticos y manchas de Tardem en la conjuntiva.

—Este tipo de lesiones —reflexionó— exigen una notable desproporción entre la fuerza del agresor y la víctima.

—Así es —convino—. Las excoriaciones y equimosis son propias de un sujeto muy corpulento.

—¿Barajáis algún móvil?

—De momento no —admitió.

—Tasaba obras de arte —apuntó Julián Castilla—. Quizá intentaron robarle.

—El piso está en orden —opuso el inspector José Sandoval—. Nuestros peritos han catalogado y valorado algunos objetos y ningún ladrón despreciaría cuadros de Carlos Casagemas, de treinta mil euros cada uno, o de Pancho Cossío, cuyo precio ronda los quince mil. Además —apostilló—, hay jarrones de loza de Sèvres de unos seis mil euros y un reloj estilo imperio que ronda los cinco mil.

—¿Sobre qué hipótesis trabajáis?

—Tenemos abiertas varias líneas de investigación —le confió—: celos, venganza, ajuste de cuenta, agresión sexual… Aunque ninguna concluyente hasta el examen definitivo del forense. El piso está limpio de huellas. La puerta no muestra señales de haber sido forzada.

—Conocía al asesino —dedujo Julián Castilla— o entró con algún pretexto.

—Hemos descartado la última posibilidad —aseguró el inspector Sandoval—. El forense sitúa la hora de la muerte sobre la una o una y media de la noche. Nadie abre la puerta a un extraño de madrugada. Me inclino a pensar que conocía a su agresor.

—Tienes razón —convino Julián Castilla.

Las palabras de José Sandoval confirmaban sus conjeturas. El hombre negro doblaba en peso a Clara Letamendi y su musculatura le confería una fuerza brutal. Podía estrangularla con una sola mano.

—El forense —continuó el inspector— ha hallado restos de piel humana bajo una uña de la víctima.

—Intentó defenderse.

—Sin ningún resultado —lamentó—. El análisis del adeene permitirá trazar el perfil genético del asesino.

—¿Puede averiguarse —inquirió— la tipología racial mediante el adeene?

—Por supuesto.

—Bien… —musitó.

—No sé qué tramas —resopló el inspector Sandoval—, pero me da mala espina.

—Sólo barrunto —dijo Julián Castilla para salir del paso— la posibilidad de escribir un artículo sobre los bajos fondos del mundo del arte.

—Nada indica —le advirtió por si había interpretado mal sus palabras— que la muerte de Clara Letamendi esté relacionada con su trabajo. Consideramos varios motivos.

—¿Cuándo tendrás el resultado del adeene?

—Esta tarde —aventuró—. Los asesinatos tienen prioridad en el laboratorio.

—Te llamaré.

José Sandoval apuró su cortado, se despidió y se marchó. Julián Castilla esperó hasta ver cómo se alejaba. Luego sacó su libreta para reseñar los principales datos de su conversación. Su buena memoria le ayudaría. La hora de la muerte de Clara Letamendi establecida por el forense, entre la una y la una y media de la madrugada, coincidía con sus sospechas. Si el adeene de la piel hallada bajo una uña de la víctima pertenecía a un individuo de raza negra, habría puesto rostro a los asesinos.

Estacionó su Opel Insignia casi en la esquina de las calles Velázquez y Juan Bravo, muy cerca de la Embajada de la República Italiana, un hermoso palacio de líneas neobarrocas que perteneció al marqués de Amboage, y caminó hasta la sala Sumartis, de acreditada fama y solvencia en Madrid. El móvil del asesi ...