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EL SECRETO DE ÎLE-DE-SEIN (COMISARIO DUPIN 5)

Jean-Luc Bannalec

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Fragmento

El primer día

—¡Mierda! —masculló a media voz el comisario Georges Dupin, de la comisaría de policía de Concarneau.

La pestilencia era atroz. Nauseabunda. Le asaltó un mareo, una especie de vahído. Tuvo que apoyarse en la pared; no podría aguantar allí mucho más. Notó el sudor frío en la frente. Eran las 5.32 de la mañana; aunque aún no era de día, tampoco era noche cerrada, y hacía bastante frío. Una luz tenue empezaba a teñir el cielo. Lo habían despertado a las 4.49 de la madrugada, cuando todavía estaba todo oscuro. Hacía solo unas horas, poco después de las dos de la madrugada, Claire y él habían salido del Amiral tras celebrar por todo lo alto la gran fiesta del día más largo del año, el 21 de junio, el solsticio de verano, que los celtas llamaban «Alban Hevin». En esos días, la hechizante luz que ya de por sí envolvía siempre la Bretaña alcanzaba su punto culminante como por arte de magia, si es que eso era posible. El sol se ponía a las 22.30 y durante un buen rato dejaba suspendida en el aire una intensa luminosidad; el horizonte se dibujaba nítidamente en el Atlántico, así como las estrellas más brillantes. Ese crepúsculo astronómico, que era como se llamaba, se prolongaba hasta casi medianoche; luego, el mar y el cielo se sumían en una oscuridad completa. Tanta luz resultaba embriagadora. A Dupin le encantaban esos días.

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Era una sala estrecha, cubierta hasta el techo con azulejos amarillos. Unos fluorescentes la iluminaban con una luz fría. Las dos ventanas diminutas, poco más que unas rendijas anchas, estaban abatidas, pero apenas dejaban entrar el aire fresco. Había seis contenedores grandes de color gris oscuro dispuestos en dos filas de tres.

La joven, de unos treinta años, había sido hallada en el contenedor delantero izquierdo; la había encontrado un responsable de la limpieza. Dos agentes habían acudido inmediatamente a la sala de la lonja del puerto de Douarnenez y, asistidos por la policía científica de Quimper, que había llegado antes que Dupin, habían sacado el cadáver del contenedor y lo habían dejado en el suelo, sobre las baldosas.

La escena era desagradable incluso para los más curtidos. Dupin no había visto nada parecido en toda su carrera. El cadáver estaba cubierto de restos de pescado: vísceras, tripas, intestinos… y una mezcla de toda suerte de fluidos acumulados en el contenedor. Había además trozos de pescado enteros, espinas y colas, que se habían adherido al cuerpo de la mujer: en la cabeza; en las manos; en el jersey, cuyo color azul celeste solo se adivinaba en algunos puntos; en los pantalones de peto de pesca amarillos con tirantes negros; en las botas de goma negras. Un par de cabezas de sardina se le habían quedado prendidas en el pelo castaño, que llevaba corto. También la cara estaba sucia. Unas escamas brillantes destellaban bajo la luz; había una grande encima del ojo izquierdo que le daba un aspecto macabro, mientras que el ojo derecho permanecía abierto. En el torso, la sustancia pringosa se había mezclado con la sangre. Mucha sangre. En la base del cuello se veía un corte de entre cuatro y cinco centímetros.

—Más muerta, imposible. —El forense, un hombre fornido de mejillas sonrosadas, sin apariencia de gracioso y, al parecer, insensible a la pestilencia, se encogió de hombros—. ¿Qué quiere que le diga? La causa de la muerte plantea tantas dudas como su estado vital. Alguien la degolló, posiblemente ayer, entre las ocho y las doce de la noche. Le ahorraré los detalles que avalan esta hipótesis. —Levantó la mirada hacia Dupin y luego se volvió hacia los dos colaboradores de la policía científica—: Si no les importa, nos llevaremos a esta joven al laboratorio. El contenedor también. Tal vez encontremos algo.

Su tono de voz era animoso. Dupin volvió a sentir náuseas.

—Por nosotros no hay problema. Hemos acabado. De momento, la labor de la científica ha terminado.

Para alivio de Dupin, el forense titular de Quimper estaba de vacaciones; en su lugar habían acudido dos de sus ayudantes, ambos dotados de la misma arrogancia que su dueño y señor. El más menudo tomó la palabra:

—En la tapa del contenedor, en el punto por donde se abre, hemos encontrado varias huellas, unas veinte distintas, la mayoría de ellas incompletas y superpuestas. De momento, no hay nada más que decir. —Vaciló unos instantes—. También analizaremos de nuevo el contenedor por dentro.

Labat, uno de los dos inspectores de Dupin, parecía totalmente despierto y descansado y permanecía muy cerca del cadáver. Se aclaró la garganta antes de hablar:

—Nos vendría bien tener más datos. Por ejemplo, algo sobre el arma. —Se volvió hacia el forense e imitó a un experto—. Me figuro que fue un cuchillo bastante pequeño, porque el corte es casi quirúrgico.

Aquello no amedrentó al forense.

—Examinaremos bien la herida. El corte no depende solo del arma empleada, sino, sobre todo, de la habilidad y de la velocidad del asesino al usarla. Cualquiera que sepa manejar un cuchillo es capaz de hacer todo tipo de cortes con casi cualquier arma blanca, incluso en medio de una pelea. De todos modos, yo me inclino por descartar que el arma del crimen fuera un machete. —Desde luego, el hombre se creía realmente gracioso—. Pero podría tratarse de cualquiera de los, digamos, cien o doscientos cuchillos que los pescadores suelen tener aquí, en la lonja. Y a eso hay que sumar también las docenas de cuchillos profesionales que se utilizan para limpiar y preparar el pescado.

»Centrarse en las personas capaces de manejar bien un cuchillo no le servirá de nada —prosiguió el patólogo con tono desdeñoso—. Cualquiera que viva junto al mar, que pesque, que recoja moluscos, que tenga una barca o que se dedique a faenar, es decir, cualquiera de las personas que hay por aquí, dispone de un buen cuchillo y sabe manejarlo.

Labat pareció sopesar una réplica, pero luego desistió y cambió enseguida de tema:

—¿Saben ya cada cuándo se vacían los contenedores? Sin duda debe de haber una rutina establecida.

Al formular la pregunta se volvió hacia el jovencísimo policía de Douarnenez que, junto con su compañero, habían sido los primeros en llegar al lugar y que parecía ser de la zona.

—Dos veces al día, eso ya lo sabemos. Como la tarea de los limpiadores de pescado a veces se prolonga hasta bien entrada la noche, los contenedores se vacían a primera hora del día siguiente, antes de que lleguen las barcas más madrugadoras, sobre las cuatro y media de la mañana. Luego se recogen de nuevo en torno a las tres de la tarde. El responsable de la limpieza que iba a vaciar el contenedor ha llamado, completamente fuera de sí, a un miembro del personal de la lonja, y este ha sido el que nos ha avisado y ha impedido el acceso a esta sala.

—¿Sin echar un vistazo al contenedor para ver si reconocía a la víctima?

—Solo se veía una pierna.

—¿Y el teléfono? —Labat no aflojaba—. ¿Han encontrado algún móvil junto al cadáver?

—No.

—En fin… —El forense tenía prisa—. Nos llevaremos el cadáver y…

—¡Jefe! —Le Ber, el otro inspector de Dupin, se asomó en ese momento por el marco de la puerta de la pequeña estancia, que ya estaba abarrotada. Le seguía una mujer que, aunque aparentaba unos cincuenta años, guardaba un extraño parecido con la fallecida—. Gaétane Gochat, la directora del puerto y de esta lonja, acaba de llegar y…

—Es Céline Kerkrom. Es Céline Kerkrom. —La directora del puerto se había detenido bruscamente y tenía la mirada clavada en el cadáver. Tardó unos instantes en volver a decir algo—. Es una de nuestras pescadoras de bajura. Vive en Île-de-Sein y suele vender sus capturas en nuestra lonja.

Gaétane Gochat hablaba con un tono de voz contenido, sin el menor indicio de horror, espanto o compasión, algo que, como bien sabía Dupin, no significaba nada. La reacción ante sucesos repentinos, brutales o dramáticos era distinta en cada persona.

En el último gran caso en Port du Bélon habían tenido que remover cielo y tierra para descubrir la identidad de la víctima; aquí, en cambio, la identificación del cadáver no les había supuesto ningún problema.

—Necesito un café —murmuró Dupin. Aquella era la segunda frase que pronunciaba desde su llegada—. Me gustaría hablar con usted, señora Gochat. Acompáñeme. ¡Usted también, Le Ber!

No estaba en condiciones de molestarse en corregir el tono desabrido de su voz.

De repente se separó de la pared y, pasando por delante de todos sin aguardar ninguna respuesta ni reparar en las expresiones de perplejidad y asombro a su alrededor, salió inmediatamente por la puerta. Necesitaba café y lo necesitaba ya. Tenía que librarse de aquella sensación de mareo, del hedor infernal y de aquel cansancio que le hacía verlo todo como a través de un velo difuso. En resumen: tenía que recuperarse, volver a poner los pies en el suelo, y hacerlo cuanto antes. Necesitaba tener la mente despejada, pensar con claridad y agudeza.

El comisario se abrió paso con resolución a través la gran sala; al llegar había visto un puesto con un pequeño mostrador, una gran máquina de café y un par de viejas mesas de pie. Le Ber y Gaétane Gochat lo seguían con dificultad.

En la lonja, en una sala embaldosada y carente de adornos, los negocios seguían su curso ajenos a la trágica noticia que, sin duda, a aquellas alturas estaría ya en boca de todo el mundo. Reinaba un gran ajetreo. Los pescadores, los pescaderos, los restauradores y demás compradores proseguían con sus asuntos. Sobre el suelo de hormigón mojado había cientos de cajas de plástico distribuidas por todo el recinto. Los colores eran estridentes: rojo carmesí, verde neón, azul intenso, naranja brillante… Muy pocas cajas eran blancas o negras. Dupin ya había visto esos contenedores en Concarneau; eran un elemento importante en todos los puertos y una herramienta básica en las subastas. Estaban llenos de hielo picado, sobre el que se colocaba todo lo que habían recogido las redes: cantidades inmensas de pescado y de marisco, de todos los tamaños, colores y formas; todas las criaturas marítimas exóticas imaginables. Rapes enormes de aspecto arcaico con la boca muy abierta, caballas irisadas, bogavantes azules, sepias grisáceas dispuestas en filas apretadas, grandes cantidades de langostinos, distintas especies de lenguados, fantásticos ejemplares de lubinas (que Dupin adoraba, sobre todo servidas como carpaccio o tartar), deliciosos salmonetes, centollos gigantes, cangrejos enormes de mirada feroz. También había peces y crustáceos cuyo nombre el comisario desconocía y otros que nunca había visto, al menos que pudiera recordar, o de esa forma, aunque tal vez sí cocinados y emplatados. Como buen francés, su interés culinario iba mucho más allá de lo meramente zoológico. En una de las cajas vio un tiburón de mirada triste enrollado sobre sí mismo; a su lado, en otra caja, un pez de un metro de largo con el cuerpo casi por completo circular y, a la vez, bastante plano, con una aleta dorsal desproporcionadamente grande y que podía confundirse con facilidad con la de su vecino de caja. Un pez luna, se dijo Dupin. Hacía poco que Le Ber le había mostrado uno en la lonja de Concarneau. La Bretaña era un paraíso en muchos sentidos, pero sobre todo para los amantes del pescado y el marisco; en ningún lugar lo había mejor, ni más fresco. Por eso casi todos los platos de pescado de los restaurantes franceses con estrellas Michelin llevaban la coletilla «bretón»: sôle bretonne, langoustines bretonnes, Saint-Pierre breton… No había mayor distinción.

El mayor ajetreo estaba en la parte posterior de la lonja, donde se celebraban las subastas. En los laterales había unas salas semiabiertas donde se preparaba una parte de la mercancía. Unos hombres vestidos con monos higiénicos blancos con capucha, botas de goma del mismo color y guantes azules manipulaban el pescado en las superficies de trabajo de acero inoxidable manejando unos enormes cuchillos muy largos.

—Dos cafés solos.

Aunque había tenido que zigzaguear entre las cajas, Dupin logró llegar rápidamente hasta el puesto. La mujer mayor que atendía detrás del mostrador le dedicó una mirada recelosa, pero al momento se volvió hacia la máquina de café con dos vasos de cartón en la mano.

Dupin dedicó entonces su atención a la directora del puerto, que estaba junto a Le Ber.

—¿Está usted emparentada con la víctima, señora?

Era algo que le había pasado por la cabeza al fijarse en el parecido entre ambas.

—En absoluto. —Gaétane Gochat lo negó con un gesto; parecía acostumbrada a esa pregunta.

—¿Tiene alguna sospecha de lo que ha podido ocurrir?

—Ni la menor idea. ¿La han matado aquí, en la lonja? ¿Y cuándo? ¿Cuándo tuvo lugar el asesinato?

—Posiblemente entre las ocho de la tarde y la medianoche de ayer. Pero aún no sabemos si sucedió aquí. ¿Hasta cuándo estuvo usted ayer en la lonja?

—¿Yo?

—Eso es, señora. Usted.

—Creo que hasta las nueve y media de la noche. Estuve en mi oficina.

—¿Dónde está su oficina, si se puede saber?

Ella respondió impasible.

—Justo al lado de la sala de las subastas. Ahí está la zona de administración del puerto.

La señora Gochat era una persona más bien práctica, de las que se centran en los asuntos regulables, rápida, racional. Gran presencia, algo robusta, pelo corto y castaño, ojos del mismo color; su expresión, sin llegar a ser seria, era desapasionada, y mostraba unas pequeñas arrugas en torno a los ojos y la boca. Dupin estaba seguro de que podía ser muy resolutiva si la situación lo exigía. Vestía vaqueros, una chaqueta gruesa y las botas de goma de rigor.

—¿Qué pescadores vienen aquí? ¿Los grandes pesqueros también?

—Antes de las cinco de la madrugada llegan los pesqueros de altura, los que pasan unas dos semanas en alta mar; por la tarde, a las cuatro, las barcas locales que salen para dos días, y a las cinco, los pescadores de bajura; los de las artes menores, que salen a faenar de madrugada, sobre las cuatro o las cinco, y si son pescadores de sardinas, incluso la noche anterior. En cuanto llegan, empieza la subasta. Ayer hubo mucho trabajo porque ya ha empezado la época de vacaciones. Cuando me fui todavía quedaban algunos pescadores de bajura.

—¿Vio entonces a la señora Kerkrom?

—¿A Céline? No.

La mujer mayor dejó los dos cafés ante Dupin. Su expresión al hacerlo era difícil de descifrar.

—¿Y antes?

—Creo que la vi un momento sobre las siete de la tarde. Entraba en la sala con una caja.

—¿Habló con ella?

—No.

—¿Y qué hacía usted allí?

La señora Gochat lo miró con cierta irritación.

—Me gusta comprobar de vez en cuando que todo marcha bien.

Dupin se tomó el primer café de un solo trago. Aquel era un auténtico café de bonne sœur o un nonnencafé, un café de monjas, que es como los bretones llamaban al café más suave. Los más fuertes se conocen como torré o stier. Para los cafés malos de verdad, esos mejunjes imbebibles y asquerosos, existía toda una suerte de expresiones muy bretonas, como pisse de bardot o meado de mula y kafe sac’h o café aguado.

—Ha dicho usted que Céline Kerkrom acostumbraba a venir aquí con sus capturas. ¿Qué quería decir con eso? ¿Con qué frecuencia lo hacía?

—Casi todos los días, siempre al comienzo de la subasta. Su especialidad eran la perca, el abadejo y la dorada. Por lo que sé, solía pescar con palangre, pocas veces usaba redes de enmalle de fondo.

—Así pues, ayer trajo su captura.

—Sí.

—¿Y no lo hacía a diario?

—Puede que cinco o seis veces al mes no viniera por aquí. De vez en cuando las vendía directamente a algunos restaurantes. —Por su tono, aquello no parecía gustarle demasiado.

—Así pues, ¿el asesino podía confiar en encontrarla aquí?

La señora Gochat lo miró con irritación, pero recobró la compostura al instante.

—Es posible.

—¿Tenía tripulación? ¿Algún ayudante?

—No. Iba sola en su barca. Muchos pescadores de bajura son empresas individuales, de un solo hombre o mujer. Cuesta mucho ganarse la vida.

—Tenemos que saber a qué hora llegó ayer, quién la vio por última vez, a qué hora y dónde, con quién estuvo hablando… Todo.

—De acuerdo —respondió Le Ber.

—Si lo he entendido bien —Dupin se volvió de nuevo hacia la directora del puerto, sacó la libreta Clairefontaine roja del bolsillo del pantalón y el bolígrafo Bic de la chaqueta—, es muy probable que ninguno de los pescadores que se encuentra hoy aquí estuviera ayer.

—No puede afirmarse con toda seguridad.

—Aparte de los pescadores, ¿quién más participa en las subastas?

—Siempre hay por lo menos uno de mis colaboradores; también están los compradores, es decir, pescaderos y restauradores, y los trabajadores que preparan una parte del pescado. Y también hay dos personas del hielo.

La señora Gochat se percató de la mirada interrogativa de Dupin.

—Aquí se requiere mucho hielo. Justo al lado de la lonja hay un gran almacén de hielo. Es un servicio que ofrece el puerto.

—Necesitaremos cuanto antes una lista de todas las personas que estuvieron en la lonja y en el muelle a última hora de ayer, entre las seis y la medianoche.

—Mi personal se ocupará de ello. —Gochat parecía acostumbrada a dar órdenes—. Creo que podremos hacer una lista de las personas que estaban en la lonja, pero saber quién había en el muelle va a ser más complicado. Esta parte del puerto es de libre acceso y la frecuentan muchos pescadores de caña; al atardecer siempre hay grupos, que cada vez son más concurridos. Además, los turistas también suelen asomar la nariz por aquí: siempre hay cosas que ver. Por otra parte, desde ayer al mediodía hay tres pesqueros de altura españoles, cada uno con al menos ocho tripulantes.

—Supongo que las grandes puertas correderas que dan a la lonja permanecen abiertas mientras las instalaciones están en funcionamiento.

—Por supuesto.

Era una entrada muy amplia, de diez metros de ancho como mínimo. Desde la lonja, la sala anexa en la que se había encontrado el cadáver no estaba muy lejos. Dupin repitió la orden con más énfasis:

—Quiero el nombre de todas y cada una de las personas que estuvieron aquí ayer. De qué hora a qué hora estuvo quién haciendo qué. ¡Y luego los interrogaremos a todos, uno por uno!

—Delo por hecho, jefe —respondió Le Ber—. Por cierto, los colegas de Douarnenez ya han hablado con el ayudante de la señora Gochat que estaba aquí ayer a última hora y que cerró la lonja. Es Jean Serres. Lo hizo a las once y veinte. Los últimos pescadores se marcharon poco antes. Serres afirma haber visto un par de veces a Céline Kerkrom al atardecer.

Le Ber, como Labat, tenía también una expresión despierta, casi inadecuadamente relajada, algo ya habitual desde el nacimiento de su hijo Maclou-Brioc cuatro semanas atrás. Pese a la falta de sueño, el orgullo de la paternidad lo hacía inmune al cansancio.

—No notó nada desacostumbrado ni sospechoso. Hasta ahora nadie ha declarado haber visto nada que le llamara la atención.

Habría sido demasiado bonito para ser verdad.

—¿A qué hora vio ese Jean Serres por última vez a la pescadora?

—Los compañeros no han dicho nada al respecto.

Dupin se tomó el segundo café. De nuevo, de un solo trago. El sabor no había mejorado. No importaba.

—Otro, por favor. —Ahora lo importante no era el sabor, sino el efecto. La señora del puesto de café confirmó el pedido dirigiéndole una rápida mirada. Dupin se volvió hacia la directora del puerto—. Señora Gochat, me gustaría que llamara a su ayudante y le preguntara a qué hora vio a Céline Kerkrom ayer por última vez.

—¿Quiere que lo llame ahora?

—Ahora.

—Como quiera.

La señora Gochat sacó el móvil del bolsillo de su pantalón y se hizo a un lado.

—Jean Serres —prosiguió Le Ber— calcula que sobre las nueve de la noche aún permanecían en la lonja entre diez y quince pescadores. Además, había cinco personas dedicadas a la preparación del pescado, unos cinco intermediarios y dos hombres para el hielo. Sobre esa hora más o menos zarparon los primeros pescadores de sardinas de la dársena de al lado. En el muelle todavía había ajetreo. La lluvia de ayer a primera hora de la tarde cesó de golpe sobre las cinco y media y salió el sol. Eso atrajo al lugar a pescadores de caña y paseantes.

En Concarneau, Dupin era uno de esos curiosos que deambulaban de un lado a otro de la lonja. Le gustaba el ajetreo animado y vistoso de las instalaciones portuarias, que seguía siempre una secuencia perfectamente coreografiada que se repetía todos los días. Allí siempre ocurría algo.

La mujer mayor del puesto de café había dejado el tercer vaso de cartón ante Dupin en la barra y en ese momento atendía a cuatro pescadores ya maduros que acababan de llegar enfundados en sus atuendos amarillos de faena.

—Le Ber, me gustaría que investigase a fondo a todos los trabajadores de la lonja —pidió Dupin en voz alta.

—Muy bien, jefe.

Apuró también de un trago el tercer café.

La directora del puerto se acercó de nuevo a ellos, con el teléfono todavía en la mano.

—Serres dice que la última vez que vio a Céline Kerkrom fue sobre las nueve y media de la noche. En la lonja. Cree que llegó sobre las seis.

—¿Hubo algo en ella que le llamara particularmente la atención?

—No. Estaba como siempre. Pero claro, no había ningún motivo para dedicarle más atención. No hablaron.

—Quiero ver a ese hombre. Le Ber, dígale que venga ahora mismo.

—Hecho.

Le Ber se apartó de la barra y se dirigió hacia la salida de la lonja, donde había un pequeño grupo de policías.

—Por lo general, ¿cuánto se prolongan las subastas de los pescadores de bajura, señora Gochat?

—Varía muchísimo, depende de la temporada y del tiempo que haga. En diciembre, cuando se acercan los días de fiesta, es cuando más se alargan, mucho más que en junio, julio o agosto. En esa época trabajamos hasta medianoche; ahora mismo cerramos a las once u once y media.

—¿Y qué pasa cuando termina la subasta? ¿Qué hacen entonces los pescadores?

La señora Gochat se encogió de hombros.

—Regresan a sus barcas y las llevan hasta su fondeadero. A menudo se quedan un rato trajinando en las embarcaciones, charlan en el muelle o se van a tomar algo.

—¿Aquí?

—En el muelle antiguo. En Port de Rosmeur, justo al lado.

El rostro de Dupin se iluminó por primera vez esa mañana. Habría podido incluso sonreír. El muelle y el barrio que se abrían detrás de él eran fabulosos; podía pasarse horas en el muelle viejo, con sus casitas de pescadores pintadas de azul, de rosa y de amarillo, y sentarse en una de las cafeterías o bistrós y dedicarse, sin más, a ver la vida pasar. La vida de verdad, como solía decirse. Su lugar preferido era el Café de la Rade, un edificio pintado de blanco luminoso y azul atlántico que en otros tiempos había sido una fábrica de conservas. Ahí todo era genuino, no había nada artificial. Las vistas daban al puerto y a la bahía de Douarnenez; la panorámica era increíblemente hermosa.

A Dupin le gustaba Douarnenez, en especial sus magníficos mercados antiguos donde se servían unos cafés extraordinarios, y Port de Rosmeur, el antiguo barrio del puerto, que conservaba el encanto del siglo XIX, la época de esplendor de las sardinas. Si fuera necesario fijar un centro de operaciones en Douarnenez, se dijo, el Café de la Rade sería el lugar adecuado. En todos sus casos, el comisario, que tendía a hacer un ritual de cualquier cosa, declaraba como centro de operaciones un bar, una cafetería, un bistró, a veces incluso lugares en plena naturaleza. Allí se reunían y, si el caso lo requería, tomaban declaraciones. La profunda aversión de Dupin por las dependencias oficiales de cualquier índole, y en particular la propia, era muy conocida. Las rehuía tanto como le era posible. Él resolvía los casos en el lugar donde se producía la acción y no desde el escritorio de la oficina, a pesar de que el prefecto no dejara de sugerírselo. Dupin necesitaba estar fuera, al aire libre, entre las personas. Ver las cosas con sus propios ojos. Hablar personalmente con los implicados, observarlos en su ambiente.

—¿Conocía usted bien a la víctima, señora Gochat?

—No. Como le he dicho, era una pescadora de bajura de Île-de-Sein. Había estado casada. Creo que su exmarido era uno de los técnicos del faro de la isla. —Tampoco entonces, al referirse a la víctima, la directora del puerto dejó entrever ningún tipo de emoción.

—¿Cuándo se divorciaron?

—Hace muchos años. Más de diez. En las islas la gente se casa muy joven. Si sale mal, vuelven a ser unos jóvenes solteros.

—¿Algo más? ¿Qué más puede decirnos de ella?

—Bueno, tenía treinta y seis años. Era una de las pocas mujeres en este negocio. Llamaba a las cosas por su nombre y había tenido varios encontronazos con algunas personas.

—¡Era una luchadora! ¡Una rebelde! —espetó entonces la mujer del puesto de café desde un pequeño fregadero en el que había estado limpiando algunas copas. Parecía furiosa.

La señora Gochat dibujó una expresión de profundo disgusto. A Dupin le faltó tiempo para insistir. Aquello había despertado su curiosidad.

—¿Qué quiere decir con eso, señora…?

—Me llamo Yvette Batout, señor comisario. —Para entonces ya se encontraba frente a Dupin, al otro lado de la barra—. Céline era la única que se atrevió a plantarle cara a Charles Morin, el autoproclamado rey de los pescadores. Un delincuente con una gran flota, media docena de barcas de altura y muchas más de bajura, sobre todo bolincheurs y un par de arrastraderos. Tiene las manos manchadas, y no solo de pescado.

—Ya basta, Yvette —interrumpió la directora del puerto muy tajante.

—Por favor, deje hablar a la señora Batout.

La aludida miró a Dupin con el ceño fruncido.

—Morin carece de escrúpulos, por mucho que se las dé de gran señor. Pesca con redes de arrastre y de enmalle inmensas, incluso en el fondo marino; tiene grandes capturas accesorias y no hace caso de los cupos de captura. Céline lo vio un par de veces en el Parc Iroise, en medio de la reserva natural. Él lo negó todo y amenazó a quienes le criticaban. Céline lo había denunciado varias veces a las autoridades y también al parque. Ella tenía agallas. De hecho, la semana pasada se encontraron seis delfines muertos en una playa de Île Ouessant por culpa de una red de enmalle.

—¿Amenazó alguna vez directamente a Céline Kerkrom?

Dupin tomaba notas. Su caligrafía rápida parecía un código secreto.

—Le dijo que se anduviera con cuidado, que ya se verían las caras. Fue aquí, en la lonja, delante de testigos, en febrero.

—Él se refería a una denuncia por difamación. No a un asesinato, desde luego. Yvette, son cosas distintas. —La réplica de Gaétane Gochat sonó mecánica; era imposible saber lo que pensaba de verdad.

—¿Qué ocurrió exactamente en febrero?

La directora del puerto se adelantó a la señora Batout.

—Ambos coincidieron aquí por casualidad y discutieron. Nada más. Esas cosas ocurren.

—Fue más que una discusión, Gaétane. ¡Y lo sabes! —El enfado brillaba en los ojos de la señora Batout.

—¿Cuántos años tiene el señor Morin?

—Casi sesenta.

—Señora Batout, ¿qué ha querido decir con «tiene las manos manchadas, y no solo de pescado»?

—Ha participado en todo tipo de actividades delictivas. También de contrabando de tabaco en el canal. Sin embargo, por algún motivo, nunca lo pillan. Hace tres años lo perseguía un barco de la aduana y, cuando estaban a punto de cogerlo, ordenó hundir la barca. ¡La única prueba! Y, otra vez, no se le pudo imputar nada.

—Deberías vigilar lo que dices, Yvette.

—¿De modo que la policía ya ha detenido alguna vez a Charles Morin?

—Nunca hasta ahora —respondió la directora del puerto con resolución—. Podemos decir que se trata de acusaciones muy vagas. Rumores. Con la cantidad de delitos que se dice que ha cometido creo que la policía ya le habría detenido.

Por desgracia Dupin conocía no pocos casos en que las cosas no ocurrían de ese modo.

—Fantástico —murmuró.

Era la primera declaración y no solo tenían ya un tema espinoso, sino dos. Pesca ilegal y contrabando de tabaco.

La pesca era uno de los grandes asuntos bretones. El lector asiduo de Ouest-France y Le Télégramme —y Dupin los seguía con religiosidad— recibía a diario noticias relacionadas con la pesca. Situada casi al mismo nivel que la agricultura e incluso por delante del turismo, la pesca era el sector económico más importante de la región, un gran símbolo bretón; aproximadamente la mitad de las capturas francesas procedían de la Bretaña. Era una industria de gran tradición, pero estaba sumida en una profunda crisis. Varios factores incidían a la vez sobre la flota bretona: la sobrepesca; la destrucción de los mares por la masiva pesca industrial; el calentamiento y la contaminación en los océanos, con sus notables efectos en las reservas pesqueras; el cambio climático y las alteraciones meteorológicas repentinas que provocaban un aumento de las pérdidas de capturas; la competencia internacional, brutal y prácticamente ilimitada; y una dilatada política pesquera errónea a nivel regional, nacional e internacional. La pesca era objeto de debates encendidos, querellas enconadas y conflictos.

En cuanto al tráfico ilegal de tabaco, para disgusto del comisario, el prefecto llevaba años incordiándolo con ese tema. El contrabando era, ciertamente, un problema muy grave; por descabellado que pudiera parecer en la moderna Europa central de hoy en día. Una cuarta parte de los cigarrillos que se fumaban en Francia llegaba al país por medios ilegales; los perjuicios anuales ascendían a varios miles de millones. Y, desde la prohibición de la venta por internet, la situación se había agravado aún más.

—Muchas gracias, señora Batout. Su colaboración ha sido muy útil. Creo que pronto vamos a ocuparnos del señor Morin. ¿Dónde vive?

—En Morgat, en la península de Crozon. Tiene una mansión fabulosa. Aunque también tiene otras casas, una aquí mismo, en Douarnenez, en Tréboul. Siempre en los lugares más bellos. —La señora Batout mantenía una mirada furiosa.

—¿Ayer por la tarde estuvo también por aquí?

—Yo no lo vi —respondió la señora Batout, decepcionada.

—Viene muy poco por la lonja —intervino la directora del puerto—. Pero seguro que estaban algunos de sus pescadores. Él…

—¡Señora Gochat! —Un hombre joven y delgado se había aproximado e intentaba llamar su atención. Ella asintió con un gesto muy leve.

—La necesitamos arriba, señora.

—¿Es por algo relacionado con la muerte de la pescadora? —intervino Dupin, adelantándose a la señora Gochat. Poco a poco el café empezaba a surtir su efecto.

El joven parecía nervioso.

—Responda al comisario. No tenemos nada que esconder —le alentó la señora Gochat.

Aquel espectáculo era de lo más interesante. Era evidente que el joven parecía aterrorizado por su jefa.

—El alcalde está al teléfono. Dice que es urgente.

—Pues va a tener que esperar un poco —ordenó Dupin.

Gaétane Gochat iba a objetar algo, pero desistió.

—¿Qué más me puede contar sobre la víctima, señora Gochat? ¿Estaba implicada en otros asuntos?

La directora del puerto hizo un gesto al joven y este se marchó rápidamente.

—Bueno, ella… —vaciló un momento, como si buscara las palabras exactas— se había posicionado a favor de la pesca sostenible y respetuosa con el medio ambiente. De vez en cuando participaba en proyectos e iniciativas del Parc Iroise.

—El Parc Iroise —intervino la señora Batout, que había servido un par de comandas con una velocidad asombrosa— es un parque natural marino único. ¡No hay otro igual! Está aquí mismo, delante de la costa más occidental de la Bretaña, entre las islas de Île-de-Sein, Île Ouessant y el canal. Contiene la mayor biodiversidad de Europa. —La mujer hablaba con mucho orgullo. A Dupin casi le parecía oír a Le Ber—. ¡Tiene más de ciento veinte especies de peces! Alberga varias colonias de focas y delfines, ¡y además en él está el campo de algas más grande de Europa! Tiene más de ochocientas variedades documentadas. Es el séptimo campo de algas más grande del mundo. Por no hablar de…

—Ese parque es un enorme proyecto piloto. —La directora del puerto interrumpió a la señora Batout—. Además de la investigación científica, es un modelo de equilibrio funcional entre el aprovechamiento de los recursos marinos por parte del hombre, esto es, la pesca, la producción de algas y el turismo, y una ecología intacta, la protección del mar.

A pesar de que Nolwenn y Le Ber le habían hablado muchas veces de ese proyecto, a todas luces extraordinario, Dupin, en realidad, sabía muy poco de él. En cualquier caso, en ese momento la cuestión era otra.

—En realidad, lo que yo quiero saber es si Céline Kerkrom había tenido alguna otra discusión últimamente.

—¡Ya lo creo! Y no solo con Morin.

Gochat lanzó una mirada de advertencia a la señora Batout y tomó la palabra.

—Céline Kerkrom había creado una iniciativa en la isla para generar una energía alternativa al petróleo con la que obtener electricidad y tratar el agua de mar. Estaba agitando la isla. Quería construir varias centrales mareomotrices y una especie de sistema de conductos.

—¿Y eso a usted le molestaba?

En su último comentario, la señora Gochat había perdido su tono neutro.

—Solo quiero decir que eso le había granjeado algunas enemistades.

—¿Con quién especialmente?

—Thomas Roiyou, por ejemplo. Es el propietario del barco que abastece de petróleo a la isla.

Dupin lo anotó todo.

—¿Discutieron?

—Así es. En marzo, Céline Kerkrom redactó el manifiesto de su movimiento isleño y lo distribuyó por todas partes. Ouest-France y Le Télégramme se hicieron eco de la noticia y Roiyou hizo unas declaraciones en una entrevista.

—¡Céline tenía toda la razón del mundo! —La señora Batout era incapaz de morderse la lengua.

El rostro de Gochat reflejaba cada vez más su malhumor.

—He tomado nota. Sin duda, hablaremos también con este señor. —Dupin se dirigió hacia las dos mujeres con gesto ostentoso—: ¿Saben si Céline Kerkrom tenía familia? ¿O amigos entre los pescadores?

—Ahí yo no puedo ayudarle. —La señora Gochat parecía realmente no saber qué decir—. Parecía una persona solitaria, pero tal vez me equivoque. Para eso debería usted hablar con alguien que la conociera mejor. Pregunte a la gente de la isla. Allí todo el mundo se conoce.

Dupin se volvió hacia la señora Batout:

—¿Tiene alguna idea concreta de lo que podría haber ocurrido aquí?

—No. —Sin duda, una respuesta muy escueta para alguien que instantes atrás se había empleado a fondo. Se produjo una breve pausa—. ¡Pero deben cazar al asesino!

Dupin sonrió.

—Eso haremos, señora Batout. Eso haremos. No le quepa la menor duda.

—Bueno. Tengo que ir a buscar leche. Está detrás, en el almacén.

Con esas palabras, la señora Batout, con aspecto de estar muy satisfecha de sí misma, se alejó del lugar. Por su parte, la señora Gochat estaba inquieta por otro asunto:

—¿Van a tener que cerrar la lonja?

Dupin tenía el sí en la punta de la lengua. Solía acordonar los escenarios de los crímenes, ampliamente y durante mucho tiempo.

—No. De momento solo la sala pequeña de los contenedores. —En esa ocasión era preferible dejar que en ese lugar la vida y los negocios siguieran su curso—. Una última pregunta, señora Gochat. ¿Cómo va el puerto desde el punto de vista económico? Seguramente ustedes, como el resto de los puertos, atraviesan dificultades.

—Sí, tenemos que luchar con ganas. Y es lo que hacemos: luchar. Desde hace unos años ocupamos el decimosexto puesto en capturas de todos los puertos franceses. Cada año pasan por aquí cuatro mil quinientas toneladas de pescado, la mayoría sardinas, que es, desde siempre, nuestro producto más tradicional.

Esa cuestión no parecía inquietarle en absoluto.

—Pero el número de barcas registradas seguramente ha disminuido, ¿verdad?

Aquello era una constante en Concarneau. Era probable que fuera igual que en toda la Bretaña.

—Desde hace unos años la situación se ha estabilizado. Tenemos veintidós barcas registradas, de las que dieciocho son de pescadores de bajura.

—¿Y la proporción de captura subastada en sus instalaciones también se mantiene constante?

Dupin detectó un leve destello en los ojos de Gochat. Le Ber se habría sentido muy orgulloso de sus conocimientos. En la comisaría este tema era motivo de discusiones acaloradas: empresas internacionales, españolas, por ejemplo, que utilizaban los puertos bretones solo para descargar, ya que luego transportaban sus capturas desde el muelle en enormes vehículos frigoríficos.

Ella tardó unos segundos en responder.

—No, pero, por el contrario, las tarifas de uso del puerto han subido. —Por primera vez Dupin advirtió un matiz levemente cortante—. Nuestro puerto goza de una posición privilegiada. Incluso cuando la mar está muy revuelta, en él las aguas permanecen calmadas. Son unas condiciones perfectas desde cualquier punto de vista. ¿Acaso ve usted una relación entre la situación económica del puerto y el asesinato?

Su mirada era desafiante. Obstinada.

Dupin pasó por alto la pregunta.

—De momento, señora, esto es todo. Seguramente volveremos a hablar.

No le importó imprimir a sus palabras cierto tono amenazador.

La directora del puerto había recobrado la compostura.

—Estoy todo el día por aquí. Hasta la vista, comisario.

Ella ya se había dado la vuelta para marcharse cuando Dupin, que se había quedado junto a la barra, le preguntó en voz alta:

—¿Adónde fue usted después de las 21.30, cuando salió de la oficina?

Se abstuvo de añadir las coletillas habituales en esos casos, como «es simple rutina» o «es una pregunta que hacemos a todo el mundo».

Ella retrocedió unos pasos.

—Me fui directa a casa, me duché y me acosté.

Ni siquiera esa nueva insistencia había logrado perturbarla.

—¿Cuánto hay de aquí hasta su casa?

—Un cuarto de hora en coche.

—Así pues, ¿se acostó antes de las 22.30?

—Sí.

—¿Hay alguien que pueda corroborarlo?

—Mi marido está en viaje de negocios. Regresa esta noche.

—¿Hizo alguna llamada desde el teléfono fijo?

—No.

—Gracias de nuevo, ha sido todo muy revelador.

Dicho esto, Dupin se marchó con paso decidido hacia la salida. Apenas eran unos pasos.

Pensó en echar un vistazo fuera, hasta dar con el ayudante de la señora Gochat y hablar con él.

También esos «vistazos», ese deambular sin rumbo, eran parte de las costumbres del comisario. A menudo le permitían descubrir detalles que a primera vista parecían carentes de interés y que luego resultaban de una enorme relevancia. Había resuelto varios casos gracias a una de esas menudencias, aparentemente sin importancia, con las que se había topado de forma casual.

Dupin estaba de pie en el muelle. Mientras tanto, había amanecido.

Durante un buen rato se había dedicado a observar, yendo de un lado a otro sin objetivo y deteniéndose en distintas cosas, sin reparar en nada de especial relevancia.

Contempló la sala de subastas. Era un edificio de paredes blancas y forma alargada y chata, sencillo, como el resto de los edificios del puerto. Cerca de la entrada había dos carretillas elevadoras dispuestas transversalmente, como si por algún motivo sus conductores las hubieran tenido que abandonar a toda prisa.

Por todas partes imperaba la actividad rutinaria: la gente parecía concentrada en sus tareas habituales. Como le había dicho la directora del puerto, la sala de subastas estaba en el centro y cualquier persona podía ir de un lado a otro de ella sin llamar la atención. Detrás y entre los distintos edificios había caminos trillados de hierba y tierra. Incluso vio dos autocaravanas con un par de sillas abatibles delante.

El aire todavía era bastante fresco, pero le sentaba bien: afinaba los sentidos y aclaraba la mente. A ello había que sumar la cafeína de los tres cafés.

Como acostumbraba, casi como un tic, Dupin había llegado al borde del muelle y tenía las punteras de los zapatos en el aire; un paso en falso y podría precipitarse al agua, algo que, con la marea baja, significaría una caída de tres o cuatro metros.

Ante él, abierta al Atlántico, se desplegaba la amplia bahía de Douarnenez, que se extendía desde las playas de aspecto normando del final de la ensenada hasta el cabo de Sizun, al suroeste, y la península de Crozon, al norte. Una bahía natural inmensa.

La vista era impresionante. Desde ahí resultaba fácil entender por qué se decía que aquella era la bahía más bella de Francia y una de las más bonitas de Europa.

El azul oscuro de las aguas tranquilas, el dique de hormigón de color claro que abrazaba el puerto y, detrás de él, otra vez el mar, aún más azul. Un azul de postal. Nítido. Por él, ya a esas horas, navegaban algunos veleros ligeros; a lo largo de la mañana su número iría en aumento. Había ambiente de vacaciones. Sobre la extensa banda de mar se elevaban paisajes de un delicado color verde, con colinas planas y suavemente curvadas. La península de Crozon. Y por encima de todo aquello, el celeste infinito del cielo, decorado con algunas nubes de algodón. El verano había llegado y la temperatura subiría a cada hora que pasara. Tenían ante sí un día fantástico, ajeno por completo a la tragedia que había tenido lugar allí mismo.

A la derecha estaba el antiguo puerto, el Vieux Port, también protegido por un largo dique. A la izquierda de la lonja, a doscientos o trescientos metros de ella, el muelle se doblaba en ángulo recto hacia el dique del puerto que había delante. Unos neumáticos gruesos colgados de unas cuerdas hacían las veces de norays para los barcos. Ya a esas primeras horas del día algunos pescadores de caña estaban probando suerte. Había tres hermosos pesqueros bien amarrados, Vag-A-Lamm, Ar Raok y Barr Au. Eran como las barcas de pesca de las películas que Dupin veía de niño, como las que inmortalizaron los pintores de Pont-Aven. Hechas de madera, una estaba pintada de color turquesa intenso y amarillo vivo y, por la parte inferior, de color rojo; otra, con la mitad superior de color rojo intenso y la de abajo de azul atlántico, y la tercera destacaba en distintos tonos de verde, del más oscuro al más claro, y con la línea de flotación pintada de blanco intenso. Ninguno de esos colores había sido elegido al azar. Como bien sabía Dupin, los pescadores y las empresas seleccionaban ellos mismos los colores y sus combinaciones para las embarcaciones; era una especie de firma, lo más vistosa posible, llamativa, pensada para que se los distinguiera con claridad en el mar, incluso desde muy lejos.

El comisario contempló las instalaciones destinadas a los pesqueros de altura que quedaban detrás. Eran embarcaciones de dimensiones completamente distintas, de cuarenta o cincuenta metros de eslora y con una estructura más elevada. Esa parte del puerto que alojaba las instalaciones y los almacenes carecía del encanto y el ambiente del puerto antiguo. Allí todo era funcional, técnico, fabricado en hormigón, acero y aluminio, en una lucha eterna contra la omnipresente herrumbre, el mar y las inclemencias meteorológicas. Saltaba a la vista que aquel era un trabajo muy duro. En ese mundo lo más importante era la máxima profesionalidad, porque cualquier error podía significar la muerte. Pericia, conocimientos y experiencia; esas eran las divisas de la lucha contra el mar. Perseverancia. Audacia. Dupin admiraba todo eso. Desde pequeño sentía fascinación por los puertos, sobre todo por el mar y sus historias. En su obsesión, había leído todo lo que había caído en sus manos sobre ese tema.

Más que cualquier otra cosa, el mar había sido objeto de sus propias e interminables ensoñaciones, a pesar de la inmensa aprensión que ya entonces le producía la perspectiva de un viaje sobre las aguas. Tal vez fueran precisamente esas fantasías las que le provocaron ese rechazo. Esa legión innumerable de monstruos y criaturas atroces que había imaginado y que, como en las historias de Julio Verne, acechaban en las profundidades. Pulpos gigantes, serpientes marinas, monstruos reptantes… El mundo de las profundidades era tan negro e insondable como el de las alturas, el espacio. El horror a lo desconocido. El pavor frente a lo asombroso.

Dupin se acercó hacia donde estaban los pescadores de caña. Una única calle llevaba al interior de la zona portuaria; había dejado el coche bastante arriba, no muy lejos de Chancerelle-Connétable, la primera conservera de pescado del mundo. A Le Ber le gustaba contar que había empezado su actividad en 1853. El mismísimo Napoleón había encargado a la industria francesa un método para mantener los alimentos frescos durante más tiempo para sus campañas militares. Así fue cómo se inventó la lata de conserva, que hizo muy rica la ciudad de Douarnenez y otras zonas bretonas. Aunque lo que de verdad les había hecho prosperar fueron las sardinas. A Dupin le volvían loco las latas rojas de sardinas, caballas y otros pescados, sobre todo esos filetes de atún, con su carne tan increíblemente tierna.

En los buenos tiempos de la sardina, a finales del siglo XIX, en el puerto de Rosmeur y sus alrededores había más de mil pesqueros, todos ellos pertrechados con sus famosas velas negras. Entonces funcionaban en la zona unas cincuenta fritures, que es como se conocía a las plantas conserveras. En una ocasión, Nolwenn le había regalado un libro de fotografías antiguas de la Bretaña, en las que se podía apreciar la actividad frenética, el hervidero de color, y se intuía el penetrante olor a pescado frito que entonces debía de teñir el aire. Los habitantes de la ciudad se habían llegado a llamar a sí mismos con orgullo Penn Sardin, o lo que es lo mismo, cabezas de sardina.

—¡Jefe! ¡Jefe! —Le Ber se acercó al comisario a toda prisa—. Le estaba buscando. Yo… —Se detuvo ante Dupin—. Jean Serres, el ayudante de la señora Gochat, debe de estar al llegar; ha tardado bastante porque ha tenido que coger la bici; su coche no arrancaba y vive lejos. —Le Ber extendió el brazo, pero no quedó claro hacia dónde indicaba—. Los compañeros han hablado ya con tres pescadores que estuvieron aquí la tarde de ayer. Uno recuerda haber visto a Céline Kerkrom poco antes de las diez. Dice que estaba sola y que se encontraba muy cerca de la entrada. Los tres nos han dado nombres de otros pescadores que también estuvieron ayer. Y de algunos compradores. No creo que tengamos problemas para hacer una lista, aunque hasta ahora nadie ha informado de nada especial.

—Averigüe todo lo posible sobre ese presunto —Dupin sacó la libreta y echó un vistazo a la primera página— «rey de los pescadores», Charles Morin. Me interesa sobre todo qué opinión tiene la policía de él, si se le considera un delincuente al que todavía no se le ha podido echar el guante.

—Ahora mismo, jefe. Ah, por ciento, la prensa acaba de aparecer. Del Ouest-France y Le Télégramme. Están en el puesto de café de la señora Batout.

—Dígales que todavía no sabemos nada. Vamos, la verdad.

—Así lo haré.

Dupin regresó al borde del muelle y deslizó la mirada por la amplia bahía.

Le Ber hizo lo mismo. Cualquiera que pasara por ahí los tomaría por dos visitantes.

—Como sabe —el inspector usó la fórmula retórica que utilizaba cuando se disponía a iniciar una explicación—, se dice que aquí, en el fondo de la bahía de Douarnenez, está Ys, la mítica ciudad de riqueza y belleza fabulosas, con sus murallas rojas y sus tejados de oro puro, que un día se hundió en el mar. La ciudad estaba gobernada por el famoso rey Gradlon, cuya esposa le dio una hija de gran hermosura, Dahut. Existen numerosas leyendas al respecto. Esta historia, tan genuinamente bretona —Le Ber enfatizó estas últimas palabras—, es la más famosa de todas las leyendas francesas sobre el mar.

Por supuesto. Dupin conocía esa historia. Al igual que todos los niños de Francia.

—Por fin, el próximo año se llevará a cabo una expedición científica de gran calado prevista desde hace tiempo para estudiar el fondo de la bahía. Se ha constatado que este está cubierto por varios metros de arena y barro que las grandes mareas empujan al interior de la ensenada. En 1923, en una de las grandes retiradas de mar del siglo, tras un eclipse solar completo, varios pescadores afirmaron haber visto ruinas en el centro de la bahía.

Dupin tuvo que morderse la lengua para no replicar que también se habían efectuado numerosas expediciones para encontrar la Atlántida.

—Y ahí —Le Ber hizo un gesto vago con la cabeza—, justo delante del extremo occidental de Douarnenez está la Île Tristan, una isla con una fauna riquísima y unas ruinas misteriosas. Según una de las versiones de la leyenda, ese sería el último reducto de Ys. Y no es solo eso. —Ahora su voz adoptó un tono de veneración—. La isla es también el escenario de numerosas historias y leyendas míticas, extrañas, espeluznantes, s ...