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EL SEDUCTOR

Alice Clayton

0


Fragmento

1

—¡Oh, Dios!

Pum.

—¡Oh, Dios!

Pum, pum.

«¿Qué puñetas…?»

—¡Oh, Dios, qué bueno!

Me desperté con dificultad, mirando confusa la habitación extraña. Cajas en el suelo. Fotografías apoyadas en la pared.

«Mi habitación nueva, en mi nuevo apartamento», me recordé a mí misma, colocando ambas manos encima del edredón y buscando seguridad en el lujoso algodón egipcio. Ni siquiera estando medio dormida me olvidaba de él.

—Mmm… Eso es, guapo. Justo ahí. Así… ¡No pares, no pares!

«Vaya…»

Me senté, me froté los ojos y me volví a mirar la pared situada detrás de mí, empezando a comprender qué era lo que me había despertado. Mis manos seguían acariciando el edredón con gesto ausente, atrayendo la atención de Clive, mi gato prodigio, que metió la cabeza bajo mi mano en busca de caricias. Le achuché un poco mientras miraba a mi alrededor e intentaba orientarme.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Me había trasladado allí ese mismo día. Se trataba de un apartamento fantástico: habitaciones espaciosas, suelos de madera, puertas en forma de arco… ¡incluso tenía chimenea! No tenía la menor idea de cómo encenderla, pero eso era lo de menos. Me moría de ganas de poner cosas sobre la repisa. Dada mi profesión de diseñadora de interiores, tenía la costumbre de colocar cosas con la imaginación en casi todos los espacios, tanto si me pertenecían como si no. A veces mis amigas se enfadaban un poco porque siempre les estaba cambiando de sitio los adornos.

Me había pasado el día de mudanza y, después de bañarme en la profunda bañera con patas hasta quedar arrugada como una pasa, me había instalado en la cama para disfrutar de los crujidos y chirridos de un nuevo hogar: el escaso tráfico de la calle, un poco de música suave y los chasquidos reconfortantes que hacía Clive al explorar con un padrastro que tenía en una pata…

A las 2.37 me encontré de pronto contemplando estúpidamente el techo, intentando averiguar qué me había despertado. Tuve un sobresalto cuando el cabecero de la cama se movió y golpeó la pared.

«¿Me tomas el pelo?» Entonces oí con toda claridad:

—¡Oh, Simon, qué bueno! Mmm…

«¡Caray!»

Parpadeando, me sentí de pronto más despierta y un poco fascinada por lo que sin lugar a dudas ocurría en el apartamento contiguo. Miré a Clive, y él me miró a mí, y de no haber estado tan cansada habría pensado que me guiñaba el ojo. «Creo que a alguien le vendría bien un poco de diversión».

Llevaba en el dique seco algún tiempo. Mucho tiempo. El sexo de mala calidad, practicado a toda velocidad con un inoportuno ligue de una noche, me había robado el orgasmo, que ya llevaba de vacaciones seis meses. Seis largos meses.

El síndrome del túnel carpiano amenazaba con instalarse en mi muñeca mientras me afanaba por saciarme yo sola. Pero O se hallaba en un dique seco que empezaba a parecer permanente. Y no estoy hablando de Oprah Winfrey.

Aparté de mi mente los pensamientos sobre mi O desaparecido y me acurruqué de lado. Ahora todo parecía en silencio, y comencé a adormecerme de nuevo, con Clive ronroneando satisfecho a mi lado. Entonces se armó la marimorena.

—¡Sí! ¡Sí! Oh, Dios… ¡Oh, Dios!

El cuadro que tenía apoyado en el estante de encima de mi cama se cayó y me dio un buen golpe en la cabeza. Eso me enseñará a vivir en San Francisco sin asegurarme de que todo está montado de forma sólida. «Hablando de montar…»

Frotándome la cabeza y soltando los tacos suficientes para hacer que Clive se ruborizase (suponiendo que los gatos puedan hacerlo), miré de nuevo la pared situada detrás de mí. El cabecero de mi cama la aporreaba literalmente mientras el jaleo continuaba en el apartamento contiguo.

—¡Mmm… sí, guapo, sí, sí, sí! —salmodió aquella bocazas… y concluyó con un suspiro satisfecho.

Juro por lo más sagrado que entonces oí unos azotes. No es posible malinterpretar el sonido de una buena azotaina y alguien la estaba recibiendo en el apartamento contiguo.

—¡Oh, Dios, Simon! ¡Sí! ¡Me he portado muy mal! ¡Sí, sí!

«Irreal…» Más azotes y luego el sonido inconfundible de una voz masculina, gimiendo y suspirando.

Me levanté, aparté la cama unos cuantos centímetros y volví a meterme enfurruñada debajo del edredón, fulminando la pared con la mirada durante todo el proceso.

Esa noche me dormí después de jurar que yo también aporrearía la pared si oía un solo ruidito más. O un gemido. O un azote.

Bienvenida al vecindario, Caroline.

2

La mañana siguiente, mi primera mañana oficial en mi nuevo piso, me encontró bebiendo a sorbos una taza de café y masticando una rosquilla sobrante de la fiesta de inauguración del día anterior.

Al sacar mis cosas de las cajas no estaba tan despierta como esperaba, y maldije en silencio la juerga que se había organizado la noche anterior en el apartamento contiguo. A la chica la montaron, la azotaron, se corrió y se durmió. Lo mismo podía decirse de Simon. Supuse que se llamaba Simon, pues la chica a la que le gustaban los azotes no dejaba de llamarle así. Y si lo que vociferaba era un nombre inventado, lo cierto es que existían otros más sexis que Simon para gritar entre espasmos.

Espasmos… «Dios, echaba de menos los espasmos».

—Seguimos igual, ¿no es así, O? —dije con un suspiro, bajando la vista.

Cuando se cumplieron cuatro meses de la desaparición de O, empecé a hablarle como si fuese un ente real. Parecía muy real cuando sacudía mi mundo, pero, lamentablemente, ahora que O me había abandonado no estaba segura de poder reconocerle. «Es un día triste aquel en el que una chica deja de conocer a su propio orgasmo», pensé, mirando por la ventana los edificios de San Francisco con aire nostálgico.

Estiré las piernas y caminé hasta el fregadero para aclarar mi taza de café. La puse a secar en el escurreplatos, me recogí el pelo rubio en una coleta floja y observé el caos que me rodeaba. A pesar de lo bien que había planeado la mudanza, a pesar de lo bien que había etiquetado aquellas cajas, a pesar de que le dije a aquel idiota de la mudanza que si en una de ellas decía COCINA no había que llevarla al «cuarto de baño», aquello seguía siendo un desastre. Por fortuna tuve la previsión de apartar mi taza de café favorita la noche anterior.

—¿Qué te parece, Clive? ¿Empezamos por aquí o por la salita?

Mi gato estaba acurrucado en el ancho alféizar de la ventana. Lo cierto era que, cuando estaba buscando un piso nuevo donde vivir, siempre me fijaba en las ventanas. A Clive le gustaba contemplar el mundo, y al volver a casa era agradable ver que me estaba esperando.

Clive me miró y acto seguido pareció indicar la salita con un gesto de la cabeza.

—Vale, empezaremos por la salita —dije, cayendo en la cuenta de que solo era la tercera vez que hablaba desde que me había despertado esa mañana y cada palabra pronunciada se había dirigido a un minino. Ejem…

Unos veinte minutos más tarde, Clive había iniciado un duelo de miradas con una paloma y yo estaba clasificando DVD cuando oí voces en el rellano. ¡Mis ruidosos vecinos! Corrí hasta la puerta, a punto de tropezar con una caja, y apoyé el ojo en la mirilla solo para ver la puerta que se hallaba al otro lado del descansillo. «Menuda pervertida estoy hecha, de verdad». Pero no intenté dejar de espiar.

No veía muy bien, pero oía su conversación: la voz del hombre, baja y tranquilizadora, seguida de los suspiros inconfundibles de su compañera.

—Mmm, Simon, lo de anoche fue fantástico.

—Creía que lo de esta mañana también lo había sido —dijo él, dándole un sonoro beso.

¡Ja! Esa mañana debían de estar en otra habitación. Yo no había oído nada. Volví a apoyar el ojo en la mirilla. «Sucia pervertida.»

—Sí que lo ha sido. ¿Me llamarás pronto? —preguntó ella, acercándose para recibir otro beso.

—Claro. Te llamaré cuando vuelva a la ciudad —prometió él, dándole una palmadita en el trasero. Ella soltó unas risitas y se volvió para marcharse.

Parecía más bien bajita. «Adiós, Azotes.» El ángulo no me permitía ver a ese tal Simon, y volvió a entrar en el apartamento antes de que pudiese hacerme ninguna idea de cómo era. «Interesante. Así que la chica no vive con él.»

No había oído ningún «te quiero» cuando ella se marchó, pero parecían sentirse muy cómodos. Me mordisqueé la coleta con gesto ausente. Por fuerza debía ser así, teniendo en cuenta lo de los azotes.

Intentado apartar de mi mente los pensamientos sobre azotes y Simon, regresé a mis DVD. «Simon el de los azotes. Qué nombre tan bueno para un grupo de música…» A continuación comencé con las películas en Blu-ray.

Una hora más tarde estaba colocando las distintas entregas de Underworld después de El último samurái cuando llamaron a la puerta. Al acercarme a la entrada, oí reñir en el rellano y reprimí una sonrisa.

—¡Que no se te caiga, idiota! —regañó una voz sensual.

—¡Oh, cállate! ¡No seas tan mandona! —replicó una segunda voz.

Poniendo los ojos en blanco, abrí la puerta y me encontré a mis dos mejores amigas, Sophia y Mimi, sosteniendo una gran caja.

—No se peleen, señoras. Las dos son guapas —dije entre risas, levantando una ceja.

—Ja, ja. Muy divertido —contestó Mimi mientras entraba tambaleándose.

—¿Qué puñetas es eso? ¡No puedo creer que hayáis subido cuatro tramos de escaleras cargadas con esa caja!

Mis chicas no hacían ningún trabajo manual si podían conseguir que lo hiciese otra persona.

—Créeme, hemos estado esperando dentro del taxi por si pasaba alguien, pero no ha habido suerte, así que la hemos acarreado nosotras. ¡Feliz inauguración! —dijo Sophia.

Mis amigas apoyaron la caja en el suelo, y Sophia se dejó caer en la butaca que se encontraba al lado de la chimenea.

—Por cierto, deja de trasladarte tan a menudo. Estamos hartas de tener que comprarte regalos —dijo Mimi con una carcajada, tumbándose en el sofá y colocándose los brazos sobre la cara en un gesto teatral.

Le di un golpecito a la caja con el dedo gordo del pie y pregunté:

—Bueno, ¿qué es? Y nunca os he dicho que me compraseis nada. La licuadora Jack LaLanne del año pasado no era necesaria, de verdad.

—No seas desagradecida. Ábrelo —me ordenó Sophia, señalando la caja con el dedo corazón, que seguidamente puso en posición vertical y dirigió más o menos hacia donde estaba yo.

Con un suspiro me senté en el suelo, delante de la caja. Supe que era de la firma Williams-Sonoma, pues llevaba el lazo característico con la minúscula piña atada. Fuese cual fuese su contenido, la caja pesaba mucho.

—Oh, no. ¿Qué habéis hecho? —pregunté, sorprendiendo el guiño que Mimi le hacía a Sophia. Lo que encontré después de estirar del lazo y abrir la caja me encantó—. ¡Chicas, esto es demasiado!

—Sabemos que echas mucho de menos la que tenías —dijo Mimi entre risas, sonriéndome.

Años atrás me habían dado la vieja batidora KitchenAid de una tía abuela fallecida. El aparato tenía más de cuarenta años, pero seguía funcionando de fábula. Aquellas cosas estaban hechas para durar, por Dios, y lo había hecho hasta hacía pocos meses, cuando por fin murió a lo grande. Una tarde, mientras preparaba un poco de pan de calabacín, empezó a echar humo y a descomponerse, y tuve que tirarla a la basura con todo el dolor de mi corazón.

Ahora, mientras miraba dentro de la caja y una nueva y brillante batidora de sobremesa de acero inoxidable me devolvía la mirada, visiones de galletas y pasteles se pusieron a danzar por mi cabeza.

—Chicas, es preciosa —susurré, mirando con deleite a mi nuevo bebé.

La saqué para admirarla. Al pasar mis manos por ella, con los dedos extendidos para notar sus suaves líneas, disfruté del tacto del metal frío contra mi piel. Suspiré suavemente y hasta llegué a abrazarla.

—¿Queréis estar a solas? —preguntó Sophia.

—No, podéis quedaros. Quiero que estéis aquí para ser testigos de nuestro amor. Además, este es el único instrumento mecánico con probabilidades de proporcionarme placer en un futuro cercano. Gracias, chicas. Es demasiado cara, pero os lo agradezco de verdad —dije.

Clive se acercó, olfateó la batidora y rápidamente saltó a la caja vacía.

—Solo tienes que prometernos que nos prepararás cosas deliciosas y habrá valido la pena, cariño —dijo Mimi mientras se incorporaba y me miraba expectante.

—¿Qué? —pregunté con cautela.

—Caroline, ¿puedo empezar ya con tus cajones, por favor? —inquirió, dirigiéndose hacia el dormitorio con paso vacilante.

—¿Qué quieres hacerles a mis cajones? —repliqué, ajustándome un poco más el cinturón de la bata.

—¡La cocina! ¡Me muero de ganas de empezar a colocarlo todo en su sitio! —exclamó, a punto de echar a correr.

—¡Pues claro! ¡Hazlo! ¡Feliz Navidad, rarita! —grité mientras Mimi corría triunfante hacia la otra habitación.

Mimi era organizadora profesional. Cuando las tres estudiábamos juntas en Berkeley nos volvía locas con sus tendencias obsesivo-compulsivas y su demencial atención al detalle. Un día Sophia le sugirió a Mimi que se hiciese organizadora profesional, y eso fue lo que hizo nuestra amiga después de graduarse. Ahora trabajaba en el Área de la Bahía, ayudando a las familias a ordenar sus trastos. La firma de diseño para la que yo trabajaba recurría a veces a sus servicios, y Mimi había aparecido incluso en unos cuantos programas de Home & Garden Television grabados en la ciudad. El trabajo parecía hecho a medida para ella.

Así que dejé que Mimi se dedicara a lo suyo, sabiendo que mis cosas quedarían tan perfectamente organizadas que me quedaría asombrada. Sophia y yo continuamos holgazaneando en la sala de estar. Sophia se puso a admirar mi colección de DVD, riéndose al encontrarse con películas que habíamos visto juntas a lo largo de los años. Nos paramos a comentar todas y cada una de las películas de adolescentes de los ochenta, debatiendo si en El club de los cinco Bender había terminado con Claire cuando todos volvieron al instituto el lunes. Yo voté que no, y aposté además a que ella nunca recuperó su pendiente…

Esa misma noche, cuando se marcharon mis amigas, me instalé en el sofá de la sala de estar con Clive para ver la reposición del programa de cocina The Barefoot Contessa en Food Network. Mientras soñaba con las cosas deliciosas que prepararía con mi nueva batidora y pensaba que algún día quería tener una cocina como la de Ina Garten, la anfitriona del programa, oí pasos en el rellano y dos voces. Miré a Clive con los ojos entornados. Azotes debía de haber vuelto.

Tras saltar del sofá, apoyé el ojo en la mirilla una vez más, tratando de echarle un vistazo a mi vecino. Me lo perdí de nuevo, pues solo le vi la espalda cuando entró en su apartamento detrás de una mujer muy alta de largos cabellos castaños.

«Interesante. Dos mujeres distintas en un par de días. Vaya putón.»

Vi que la puerta se cerraba y noté que Clive se acurrucaba alrededor de mis piernas, ronroneando.

—No, no puedes salir ahí fuera, tontito —susurré, inclinándome y levantándolo del suelo. Froté su pelo sedoso contra mi mejilla, sonriendo mientras él se recostaba en mis brazos. Clive era el putón de mi casa. Era capaz de tumbarse en honor de cualquiera que le frotase el vientre.

Tras regresar al sofá, vi cómo la presentadora nos enseñaba a todos a organizar una fiesta en los Hamptons con sencilla elegancia… y una opulenta cuenta bancaria.

Unas horas más tarde, con la marca del cojín del sofá bien grabada en la mejilla, me dirigí a mi habitación para acostarme. Mimi había organizado mi armario de forma tan eficiente que lo único que me faltaba era colgar cuadros y arreglar algunas cosillas. Quité deliberadamente las fotos del estante de encima de mi cama. Esa noche no pensaba correr riesgos. Me quedé de pie en el centro del dormitorio, escuchando por si oía algún sonido procedente del apartamento contiguo. Todo tranquilo en el frente occidental. Hasta ahora, todo bien. Quizá lo de la noche anterior fuese algo excepcional.

Mientras me preparaba para meterme en la cama, miré las fotos enmarcadas de mi familia y mis amigos: mis padres y yo esquiando en Tahoe; mis chicas y yo en Coit Tower. A Sophia le encantaba hacerse fotos junto a cualquier cosa con forma fálica. Mi amiga tocaba el violonchelo en la Orquesta Sinfónica de San Francisco, y aunque había estado rodeada de instrumentos musicales toda su vida nunca dejaba pasar una broma cuando veía una flauta. Era una retorcida.

Ninguna de las tres estábamos con nadie en ese momento, una circunstancia poco frecuente. Lo habitual era que al menos una de nosotras saliese con alguien, pero desde que Sophia terminó con su último novio hacía unos meses todas estábamos en el dique seco. Por suerte para mis amigas, su dique no era tan seco como el mío. Por lo que yo sabía, Sophia y Mimi seguían llevándose bien con su O.

Con un estremecimiento, recordé la noche en que O y yo partimos peras. Yo había sufrido una serie de malas primeras citas, y tenía tanta frustración sexual que fui al apartamento de un tipo al que no tenía ninguna intención de volver a ver. No tenía nada en contra de las aventuras de una noche. Ya había dado el paseo de la vergüenza muchas mañanas. Pero ¿ese chico? No debería haber caído en la trampa. Cory Weinstein, bla, bla, bla. Su familia poseía una cadena de pizzerías en la Costa Oeste. Genial sobre el papel, ¿verdad? Solo sobre el papel. Él era agradable, pero aburrido. Sin embargo, yo llevaba algún tiempo sin estar con un hombre, y tras unos martinis y una charla esperanzadora en el coche a lo largo del camino de vuelta, cedí y dejé que Cory «se saliera con la suya».

Hasta ese momento de mi vida, había compartido la vieja teoría que afirma que el sexo es como la pizza: aunque sea malo, sigue estando bastante bien. Ahora odiaba la pizza. Por varias razones.

Ese fue el peor tipo de sexo. Fue sexo al estilo ametralladora: rápido, rápido, rápido. Fueron treinta segundos en las tetas, sesenta segundos en algún punto situado unos cuantos centímetros por encima de donde tendría que haber sido, y entonces dentro. Y fuera. Y dentro. Y fuera. Y dentro. Y fuera.

Al menos terminó pronto, ¿no? Pues no. Ese horror duró meses. Bueno, no. Pero casi treinta minutos. De dentro. Y fuera. Y dentro. Y fuera. Mi pobre chichi se sentía como si lo hubiesen restregado con arena.

Para cuando la cosa terminó y él gritó «¡qué bueno!» antes de derrumbarse encima de mí, había organizado mentalmente todas mis especias y estaba comenzando con los productos de limpieza de debajo del fregadero. Me puse la ropa, lo cual no me tomó mucho tiempo ya que todavía estaba vestida casi del todo, y me fui.

La siguiente noche, después de dejar que Caroline Inferior se recuperara, decidí mimarla con una buena y larga sesión de amor propio, realzada por el amante de fantasía favorito de todas, George Clooney, también conocido como doctor Ross. Sin embargo, muy a pesar mío, O había abandonado el edificio. Me encogí de hombros, pensando que quizá solo necesitase una noche de libertad porque aún se resentía del estrés postraumático provocado por su visita a la Pizzería Cory.

Pero ¿y la siguiente noche? O no apareció. Ni rastro de él esa semana, ni tampoco la otra. Mientras las semanas se convertían en un mes, y los meses se extendían más y más, fui desarrollando un odio profundo por Cory Weinstein. Ese follador ametralladora…

Sacudí la cabeza para expulsar a O de mis pensamientos y me metí en la cama. Clive esperó a que me acomodara para acurrucarse detrás de mis rodillas. Dejó escapar un último ronroneo cuando apagué las luces.

—Buenas noches, señor Clive —susurré, y me dormí enseguida.

Pum.

—¡Oh, Dios!

Pum, pum.

—¡Oh, Dios!

«Increíble…»

Esta vez me desperté más rápido, porque sabía lo que estaba oyendo. Me senté en la cama, mirando hacia atrás. La cama seguía estando apartada de la pared, así que no sentí ningún movimiento, pero con toda seguridad allí se movía algo.

Luego oí… ¿un siseo?

Miré a Clive, que tenía toda la cola alborotada. Arqueó el lomo y echó a andar de un lado a otro al pie de la cama.

—No pasa nada, chaval. Tenemos un vecino ruidoso, eso es todo —lo tranquilicé, estirando la mano hacia él. Fue entonces cuando lo oí.

—Miau.

Incliné la cabeza hacia un lado para escuchar con más atención. Observé a Clive, que me miró como diciendo: «No he sido yo».

—¡Miau! ¡Oh, Dios! ¡Mi-au!

La chica de al lado estaba maullando. ¿Qué rayos le estaba metiendo mi vecino para que eso sucediese?

En ese momento, Clive se volvió majareta y se lanzó contra la pared. Se puso a escalarla literalmente, tratando de llegar al lugar del que procedía el ruido y añadiendo sus propios maullidos al coro.

—Oooh sí, justo así, Simon… Mmm… ¡miau, miau, miau!

Esa noche había dos bichos descontrolados, gato y conejo, cada uno a un lado de la pared. La mujer hablaba con un marcado acento, aunque no era capaz de situarlo. Sin duda, procedía de Europa del Este. ¿Checa? ¿Polaca? ¿De verdad estaba yo despierta a las, veamos, 1.16 de la mañana intentando distinguir la nacionalidad de la mujer a la que se estaban cepillando en el apartamento contiguo?

Traté de agarrar a Clive y calmarlo. No hubo suerte. Estaba castrado, pero seguía siendo un chico, y quería lo que estaba al otro lado de esa pared. Continuó maullando, y sus maullidos se mezclaron con los de ella hasta que estuve a punto de llorar de risa ante aquella situación tan cómica. Mi vida se había convertido en un teatro de lo absurdo con un coro de gatos.

Me sobrepuse, porque ahora podía oír los gemidos de Simon. Su voz era baja y confusa, y mientras la mujer y Clive continuaban llamándose uno a otro yo solo le escuchaba a él. Gimió, y empezaron los porrazos en la pared. Estaba a punto de correrse.

La mujer maulló más y más fuerte, sin duda acercándose al clímax. Sus maullidos se convirtieron en gritos sin sentido y al final vociferó:

—Da! Da! Da!

Ah. Era rusa. Por el amor de San Petersburgo.

Un último golpe, un último gemido… y un último maullido. Luego todo quedó inmerso en un bendito silencio. Salvo por Clive, que continuó suspirando por su amor perdido hasta las cuatro de la mañana.

La guerra fría había vuelto a desatarse…

3

Para cuando Clive se calmó y dejó de maullar por fin, yo estaba completamente agotada y bien despierta. Solo me faltaba una hora para tener que levantarme y comprendí que ya no podría pegar ojo, por lo que decidí dejar de intentarlo e ir a prepararme el desayuno.

—¡Qué maullidos más estúpidos! —dije, dirigiéndome a la pared situada detrás de mi cabeza, y me fui a la salita.

Tras encender la tele, conecté la cafetera y contemplé la luz de antes del alba que empezaba a colarse por mis ventanas. Clive se me acurrucó alrededor de las piernas y puse los ojos en blanco.

—Oh, ahora quieres mi amor, ¿no es así? Después de abandonarme por Purina anoche. ¡Qué imbécil eres, Clive! —murmuré, estirando el pie y acariciándole el lomo con el talón.

Se dejó caer al suelo y posó para mí. Sabía que yo no podía resistirme cuando posaba. Me reí un poco y me arrodillé junto a él.

—Sí, sí, lo sé muy bien. Ahora me quieres porque soy la única que te compra comida —dije con un suspiro, rascándole la barriga.

Antes de ir hacia la ducha quise ver las noticias de la mañana. Entonces oí un ruido en el rellano. Volví a meterme en la cocina con Clive pisándome los talones y eché unas croquetas en una escudilla. No tardó en olvidarme ahora que tenía lo que necesitaba. Cuando me dirigía a la ducha oí movimiento en el rellano. Haciendo honor a la cotilla en que me estaba convirtiendo rápidamente, apoyé el ojo en la mirilla para ver lo que sucedía con Simon y Purina.

Mi vecino estaba dentro del apartamento, justo en el umbral, y no pude verle la cara. Purina se encontraba en el rellano, y vi cómo se pasaba la mano por la melena. Prácticamente la oí ronronear a través de la puñetera puerta.

—Mmm, Simon, lo de anoche fue… mmm —ronroneó literalmente, apretando la mejilla contra la mano de él.

—Estoy de acuerdo. Una buena descripción de lo de ayer, y también de lo de esta mañana —dijo él en voz baja, y ambos soltaron unas risitas.

Genial. Otra vez dos por el precio de uno.

—¿Me llamarás cuando vuelvas a la ciudad? —preguntó ella mientras el hombre le apartaba el pelo de la cara. Una cara de mujer satisfecha. Echo de menos esa cara.

—Puedes estar segura —contestó él, y luego tiró de ella para darle lo que supongo que fue un beso apasionado. El pie de la mujer se alzó como si estuviera posando. Empecé a poner los ojos en blanco, pero me hice daño, pues tenía el derecho apoyado con firmeza contra la mirilla.

—Do svidaniya —susurró con aquel acento exótico. Sonaba mucho más agradable ahora que no estaba maullando como una gata en celo.

—Ya nos veremos —dijo él entre risas, y la mujer se alejó con gracia.

Me esforcé por verle antes de que volviese a entrar, pero no pude. Me lo volví a perder. Después de los azotes y los maullidos, debía reconocer que me moría de ganas de ver qué aspecto tenía. En el apartamento contiguo vivía alguien con una gran potencia sexual. Simplemente, no veía por qué tenía que afectar eso a mis hábitos de sueño. Me obligué a apartarme de la puerta y me metí en la ducha. Bajo el agua, me puse a meditar sobre las cosas que podían hacer maullar a una mujer.

A las siete y media me subí a un tranvía y repasé el día que me esperaba. Tenía que entrevistarme con unos clientes nuevos, rematar unos cuantos detalles de un proyecto que acababa de terminar y comer con mi jefa. Sonreí al pensar en Jillian.

Jillian Sinclair dirigía su propia firma de diseño, donde yo había tenido la suerte de hacer prácticas durante mi último curso en Berkeley. Contaba casi cuarenta años, aunque no aparentaba más de treinta, y se había hecho un nombre entre los diseñadores al principio de su carrera profesional. Desafiando los convencionalismos, fue una de las primeras en borrar del mapa el estilo shabby chic y también en recuperar los serenos tonos neutros y los estampados geométricos de la imagen «moderna» que ahora hacía furor. Me contrató cuando acabé las prácticas y me proporcionó la mejor experiencia que podía pedir una joven diseñadora. Era interesante y cultivada, además de tener buen olfato y un ojo muy bueno para el detalle. Pero lo mejor de trabajar para ella era su carácter alegre.

Al bajar del tranvía vi mi oficina. Jillian Designs estaba en Russian Hill, una hermosa zona de la ciudad: mansiones de cuento de hadas, calles tranquilas y vistas fantásticas desde los picos más altos. Algunas de las antiguas residencias habían sido convertidas en espacio comercial, y nuestro edificio era uno de los más bonitos.

Al entrar en mi despacho solté un suspiro. Jillian quería que sus diseñadores imprimiesen su propio estilo a sus espacios. Era un modo de mostrarles a los potenciales clientes lo que podían esperar, y yo había dedicado mucha reflexión a mi espacio de trabajo. Las paredes, pintadas de un gris intenso, aparecían realzadas por unas lujosas cortinas de color rosa salmón. Mi mesa era de oscuro ébano, con un sillón tapizado en seda oro suave y champán. La habitación poseía una serena distinción, con el toque extravagante de mi colección de anuncios de sopas Campbell de los años treinta y cuarenta. Había encontrado unos cuantos en un mercadillo, todos recortados de viejos ejemplares de la revista Life, y los había hecho enmarcar. Todavía me entraba la risa tonta cada vez que los miraba.

Dediqué unos minutos a tirar a la basura las flores de la semana anterior y preparar un nuevo ramo. Cada lunes pasaba por la floristería situada junto a la oficina a fin de elegir flores para la semana. El tipo de flor cambiaba, pero los colores oscilaban siempre dentro de la misma gama. Me encantaban los naranjas y rosados intensos, los tonos melocotón y oro cálido. Ese día había escogido rosas híbridas de té de un bonito color coral, con las puntas teñidas de frambuesa.

Ahogué un bostezo y me senté a mi mesa, preparándome para la jornada. Vi que Jillian pasaba frente a mi puerta y la saludé con un gesto de la mano. Mi jefa volvió sobre sus pasos y metió la cabeza en mi despacho. Era alta, esbelta y preciosa, y siempre se mostraba serena. Ese día, vestida de negro de pies a cabeza salvo por los zapatos de tacón de color fucsia abiertos por delante, estaba muy chic.

—¡Hola, chica! ¿Qué tal el apartamento? —preguntó, sentándose en la silla situada al otro lado de mi mesa.

—Fantástico. ¡Gracias de nuevo! Nunca podré devolverte el favor. ¡Eres la mejor! —dije entusiasmada.

Jillian, que estaba restaurando una casa en Sausalito, me había realquilado el apartamento que tenía desde su llegada a la ciudad, varios años atrás. Teniendo en cuenta la situación del mercado inmobiliario en San Francisco, su precio escandalosamente bajo gracias a la ley de control de alquileres lo convertía en un auténtico chollo. Me disponía a seguir dando rienda suelta a mi entusiasmo cuando ella me detuvo con un gesto de la mano.

—¡Chis! Tampoco hay para tanto. Sé que debería librarme de ese apartamento, pero fue el primero que ocupé en esta ciudad, y por el alquiler que pago me partiría el corazón perderlo. Además, me gusta la idea de que alguien vuelva a vivir en él. Es un vecindario genial.

Sonrió, y yo ahogué otro bostezo. Sus ojos perspicaces se apercibieron de ello.

—Caroline, la semana acaba de empezar. ¿Cómo puedes estar bostezando ya? —me riñó.

Me eché a reír.

—¿Cuándo fue la última vez que dormiste allí, Jillian?

La miré por encima del borde de mi taza de café. Era la tercera que tomaba esa mañana. No tardaría en ponerme las pilas.

—Pues hace algún tiempo, quizá un año. Benjamin estaba fuera de la ciudad y yo seguía teniendo una cama allí. A veces, cuando trabajaba hasta tarde, me quedaba a pasar la noche en la ciudad. ¿Por qué lo preguntas?

Benjamin era su prometido: se había convertido en millonario por su propio esfuerzo, se dedicaba a hacer de ángel de los negocios y estaba como un tren. Mis amigas y yo estábamos locas por él.

—¿Oíste algo procedente del apartamento contiguo? —pregunté.

—No, no. Me parece que no. ¿A qué te refieres?

—Mmm, solo ruidos. Ruidos nocturnos.

—Cuando estuve no oí nada. No sé quién vive ahora en el apartamento de al lado, pero creo que alguien se mudó allí, quizá el año pasado o el anterior. No llegué a conocerle. ¿Por qué? ¿Qué oíste tú?

Me puse como un tomate y di un sorbo de café.

—Espera un momento. ¿Has dicho ruidos nocturnos? ¿Caroline? ¿En serio? ¿Oíste algo excitante? —me pinchó.

Me golpeé la cabeza contra la mesa. Oh, Dios. Escenas retrospectivas asaltaron mi mente. No más golpes. Le lancé una ojeada y vi que echaba la cabeza hacia atrás en una carcajada.

—¡Caramba, Caroline! ¡No tenía ni idea! El último vecino al que recuerdo rondaba los ochenta años, y el único ruido que procedía de su dormitorio era la reposición de los episodios de La ley del revólver. Sin embargo, ahora que lo pienso, podía oír muy bien esa serie de televisión…

—Sí, bueno. No es La ley del revólver lo que atraviesa ahora esas paredes, sino sexo en directo. Y nada de sexo dulce y aburrido. Estamos hablando de algo… interesante —dije con una sonrisa.

—¿Qué oíste? —preguntó mientras se le iluminaban los ojos.

Sea cual sea nuestra edad y extracción social, hay dos verdades universales: siempre nos reímos de los gases expulsados en mal momento y siempre sentimos curiosidad por lo que sucede en los dormitorios ajenos.

—Jillian, en serio. ¡Nunca he oído nada parecido! ¡La primera noche aporreaban tan fuerte la pared que se cayó un cuadro y me dio en la cabeza!

Abriendo los ojos como platos, Jillian se inclinó hacia delante sobre mi mesa.

—¡Qué dices!

—¡Te lo juro! Luego oí… Dios, oí unos azotes.

Estaba hablando de azotes con mi jefa. ¿Se comprende por qué me encanta mi vida?

—Nooo —susurró, y nos echamos a reír como dos colegialas.

—Síii. Y movió el cabecero de mi cama, Jillian. ¡Lo movió! Vi a Azotes a la mañana siguiente, cuando se marchaba.

—¿La llamas Azotes?

—¡Pues claro! Y luego, anoche…

—¡Dos noches seguidas! ¿Le dieron otra azotaina a Azotes?

—¡Oh, no! Anoche me deleitó un fenómeno de la naturaleza a la que he llamado Purina —continué.

Jillian frunció el ceño.

—¿Purina? No lo pillo.

—La rusa a la que hizo maullar anoche.

Ella se rio de nuevo, y Steve, de contabilidad, metió la cabeza en mi despacho.

—¿Qué estáis cacareando aquí dentro, gallinitas? —preguntó, y a continuación se alejó sacudiendo la cabeza.

—Nada —contestamos al mismo tiempo.

Seguidamente nos tronchamos de risa.

—Dos mujeres en dos noches. Me parece impresionante —dijo Jillian con un suspiro.

—¡Venga ya! ¿Impresionante? No. Lo que pasa es que es un putón.

—Vaya. ¿Sabes cómo se llama?

—Pues la verdad es que sí. Se llama Simon. Lo sé porque Azotes y Purina gritaban ese nombre una y otra vez. Pude distinguirlo por encima de los porrazos. Es un tío seductor y estúpido… —murmuré.

Ella guardó silencio unos momentos y luego sonrió de oreja a oreja.

—Simon el Seductor. ¡Me encanta!

—Sí, claro, te encanta. Tú no tuviste que aguantar anoche a tu gato intentando aparearse con Purina a través de la pared.

Solté unas risitas apesadumbradas y volví a apoyar la cabeza en la mesa. No podíamos dejar de reír.

—Bueno, vamos a trabajar —dijo Jillian por fin, secándose las lágrimas de los ojos—. Necesito que te agencies hoy a esos nuevos clientes. ¿A qué hora vienen?

—Ah, los señores Nicholson estarán aquí a la una. Ya les tengo preparados los planos y la presentación. Creo que les gustará mucho el nuevo diseño para el dormitorio. Vamos a poder ofrecerles una salita incorporada y un cuarto de baño completamente nuevo. Es grandioso.

—Te creo. ¿Puedes repasar tus ideas conmigo durante el almuerzo?

—¡Claro! Lo tengo todo bajo control —contesté mientras ella se dirigía hacia la puerta.

—¿Sabes, Caroline? Si pudieras conseguir este encargo sería un éxito espectacular para la empresa —dijo, observándome por encima de sus gafas de carey.

—Espera a ver lo que se me ha ocurrido para su nuevo cine doméstico.

—No tienen cine doméstico.

—Aún no —dije, levantando las cejas y sonriendo diabólicamente.

—¡Qué bien! —exclamó, y se fue a trabajar.

Desde luego, yo quería tener a los Nicholson como clientes. Mimi había reorganizado hacía un año el despacho de Natalie Nicholson, mujer de sangre azul y tacones altos. Cuando surgió el tema del diseño de interiores, Mimi recomendó mis servicios, y yo empecé de inmediato los planos para la remodelación del dormitorio.

El Seductor. ¡Uff!

—Fantástico, Caroline. Sencillamente fantástico —dijo Natalie, deshaciéndose en elogios mientras la acompañaba junto a su marido hasta la puerta.

Nos habíamos pasado casi dos horas repasando los planos y, aunque había tenido que hacer algunas concesiones importantes, iba a ser un proyecto muy interesante.

—Entonces, ¿cree ser la diseñadora adecuada para nosotros? —me preguntó Sam con ojos chispeantes.

Pasó el brazo por la cintura de su mujer, jugando con su coleta.

—Ustedes dirán —contesté con una sonrisa, también en tono de broma.

—Creo que nos encantará trabajar con usted en este proyecto —dijo Natalie mientras nos estrechábamos la mano.

Me felicité por dentro, pero mantuve la compostura.

—Excelente. No tardaré en llamarles para hablar de plazos —comenté, sosteniéndoles la puerta abierta.

Me quedé en el umbral mientras me despedía de ellos con un gesto de la mano. A continuación, me volví y dejé que la puerta se cerrase a mis espaldas. Le eché un vistazo a Ashley, nuestra recepcionista. La chica me miró arqueando las cejas, y yo le pagué con la misma moneda.

—¿Y bien? —preguntó.

—¡Oh, sí! Lo logré —dije con un suspiro, y ambas nos pusimos a chillar.

Jillian bajó por las escaleras mientras bailábamos de un lado para otro y se detuvo en seco.

—¿Qué puñetas ha pasado aquí abajo? —preguntó con una gran sonrisa.

—¡Los Nicholson han contratado a Caroline! —volvió a chillar Ashley.

—¡Qué bien! —Jillian me dio un breve abrazo—. Estoy orgullosa de ti, niña —susurró, y yo sonreí. De oreja a oreja.

Volví bailando a mi despacho y rodeé la mesa moviéndome de forma provocativa. Me senté, di una vuelta en mi silla y miré hacia la bahía.

«Buena jugada, Caroline. Buena jugada.»

 

 

Cuando salí a celebrar mi éxito con Mimi y Sophia esa noche, me metí unas cuantas margaritas entre pecho y espalda. Continué con los chupitos de tequila, y seguía lamiendo la ya inexistente sal de la cara interna de mi muñeca mientras mis amigas me acompañaban escaleras arriba.

—Sophia, eres muy guapa. ¿Lo sabes, verdad? —susurré, apoyándome en ella al tiempo que trepábamos por los peldaños.

—Sí, Caroline. Soy guapa. ¡Qué perspicaz! —dijo. Con su cerca de metro ochenta y su cabello pelirrojo, Sophia era muy consciente de su atractivo.

Mimi se echó a reír, y me volví hacia ella.

—Y tú, Mimi, eres mi mejor amiga. ¡Y eres tan diminuta! Seguro que podría llevarte por ahí metida en el bolsillo —dije entre risas mientras trataba de encontrar el mío. Mimi era una filipina menuda con la piel de color caramelo y el pelo muy negro.

—Tendríamos que haberle quitado el alcohol cuando se han llevado el guacamole de la mesa —murmuró Mimi—. No pienso permitir que vuelva a beber sin que haya comida presente.

A continuación, tiró de mí para ayudarme a subir los últimos peldaños.

—No habléis de mí como si no estuviese —protesté, quitándome la chaqueta y empezando con la blusa.

—Bueno, no nos desnudemos en el rellano, ¿vale? —me replicó Sophia, sacando mis llaves de mi bolso y abriendo mi puerta.

Traté de darle un beso en la mejilla y me rechazó de un empujón.

—¡Quita, Caroline! Apestas a tequila y a represión sexual.

Entre risas, me ayudó a cruzar la puerta. De camino hacia mi habitación, vi a Clive en el alféizar de la ventana.

—¡Hola, Clive! ¿Cómo está mi chavalote? —dije canturreando.

Me fulminó con la mirada y se marchó airadamente hacia la salita. Mi gato desaprobaba mi consumo de alcohol. Le saqué la lengua. Me dejé caer en la cama y contemplé a mis chicas, que se hallaban en el umbral y sonreían con cara de juzgarme porque estaba borracha y ellas no.

—No sean tan creídas, señoras, que las he visto más borrachas en más de una ocasión —comenté mientras mis pantalones seguían el camino de la blusa, ya en el suelo. No me pregunten por qué me dejé los tacones puestos; nunca podré explicarlo.

Entre las dos tiraron hacia abajo del edredón. Me fui arrastrando hasta meterme debajo de las sábanas y les dediqué una mirada feroz. Me arroparon tan bien que lo único que salía de la cama eran mis ojos, mis fosas nasales y mi pelo revuelto.

—¿Por qué da vueltas el dormitorio? ¿Qué demonios le habéis hecho al apartamento de Jillian? ¡Me matará si pierde por mi culpa este chollo! —grité, y solté un gemido al ver cómo se movía el cuarto.

—El dormitorio no da vueltas. Cálmate —dijo Mimi, riéndose por lo bajo mientras se sentaba a mi lado y me daba unas palmaditas en el hombro.

—Y esos golpes, ¿qué demonios son esos golpes? —susurré contra la axila de Mimi; había elegido bien su desodorante.

—Caroline, no hay golpes. ¡Dios, debes de haber bebido más de lo que creíamos! —exclamó Sophia, acomodándose a los pies de la cama.

—No, Sophia, yo también los oigo. ¿No oyes eso? —dijo Mimi en voz baja.

Sophia se quedó callada, y las tres nos pusimos a escuchar. Se oyó un pum muy claro y luego un gemido inconfundible.

—Chicas, echaos atrás. Vais a oír cómo aporrean la pared —afirmé.

Sophia y Mimi abrieron los ojos como platos, pero permanecieron en silencio.

¿Sería Azotes? ¿Purina? Confiando en que fuese esta última, Clive entró en la habitación y se subió de un salto a la cama. Se quedó mirando la pared, absorto en su contemplación.

Nos pusimos a esperar. Apenas puedo describir lo que tuvimos que aguantar esta vez.

—¡Oh, Dios!

Pum.

—¡Oh, Dios!

Pum, pum.

Mimi y Sophia nos miraron a Clive y a mí, que nos limitamos a sacudir la cabeza. Una sonrisa se dibujó poco a poco en los labios de Sophia. Me concentré en la voz que atravesaba la pared. Era diferente… El tono era más bajo y, bueno, no pude distinguir exactamente qué decía. No era Azotes, ni tampoco Purina…

—Mmm, Simon. —Risita—. Justo… —Risita—. Ahí. Risita, risita.

«¿Qué?»

—Sí, sí. —Resoplido—. ¡Sí! Joder, joder. —Carcajada—. ¡Joder, sí!

No paraba de soltar risitas. Unas risitas muy obscenas.

Las tres nos reímos tontamente con ella mientras avanzaba entre risitas y resoplidos hacia lo que prometía ser un orgasmo monumental. Clive no tardó en darse cuenta de que su amada no iba a presentarse y se retiró a toda prisa hacia la cocina.

—¿Qué demonios es eso? —susurró Mimi, con unos ojos que parecían tartas de manzana.

—Eso es la tortura sexual que he estado escuchando las dos últimas noches. No tenéis ni pajolera idea —farfullé, notando los efectos del tequila.

—¿Risitas se ha estado corriendo así las dos últimas noches? —gritó Sophia, y se tapó la boca con la mano mientras más gemidos y risas se filtraban a través de la pared.

—¡Qué va! Esta es la primera noche que tengo el placer de oírla. La primera noche fue Azotes, una chica muy traviesa que se merecía un castigo. Y anoche Clive conoció al amor de su vida cuando debutó Purina…

—¿Por qué la llamas Purina? —me interrumpió Sophia.

—Porque maúlla cuando se corre —dije, escondiéndome bajo la sábana. Mi colocón empezaba a desvanecerse, sustituido por la clara falta de sueño que experimentaba desde que me había mudado a ese antro de depravación.

Sophia y Mimi me apartaron las sábanas de la cara justo cuando la tía gritaba:

—¡Oh, Dios! ¡Qué… qué… jajajajá… qué bueno!

—¿Tu vecino de al lado puede hacer maullar a una mujer? —preguntó Sophia, levantando una ceja.

—Eso parece —dije, riéndome por lo bajo mientras me asaltaba la primera oleada de náuseas.

—¿Por qué se ríe? ¿Por qué iba a reírse una mujer mientras se la tiran así? —preguntó Mimi.

—Ni idea, pero es agradable oír que se lo pasa bien —dijo Sophia, riéndose a su vez al oír una carcajada especialmente fuerte. Una carcajada de la hostia.

—¿Has visto ya a ese tipo? —preguntó Mimi, sin dejar de mirar la pared.

—No, aunque me paso el día delante de la mirilla.

—Me alegro de oír que al menos hay un agujero que se utiliza en esta casa —murmuró Sophia.

La miré con furia.< ...