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EL TEOREMA KATHERINE

John Green

4


Fragmento

1

A la mañana siguiente de que se graduara en el instituto y por decimonovena vez lo dejara una chica llamada Katherine, el famoso niño prodigio Colin Singleton se dio un baño. Colin siempre había preferido los baños. Una de sus políticas generales en la vida era no hacer de pie nada que perfectamente pudiera hacerse tumbado. Se metió en la bañera en cuanto el agua empezó a salir caliente, se sentó y observó con una extraña mirada vaga cómo el agua iba sumergiendo su cuerpo. El agua le subió despacio por las piernas, que había cruzado y doblado en la bañera. Admitió, aunque con cierta reticencia, que era demasiado alto, y demasiado grande, para aquella bañera. Parecía una persona ya crecidita jugando a ser un niño.

Mientras el agua empezaba a cubrirle el estómago, plano pero sin músculos, pensó en Arquímedes. Cuando Colin tenía unos cuatro años, leyó un libro sobre Arquímedes, el filósofo griego que descubrió que podía medirse el volumen por el desplazamiento del agua cuando se sentaba en la bañera. Al parecer, después de hacer este descubrimiento, Arquímedes gritó «¡Eureka!»1 y salió corriendo desnudo por las calles. El libro decía que muchos descubrimientos importantes tenían un «momento Eureka». Y ya entonces Colin sintió grandes deseos de hacer importantes descubrimientos, así que, en cuanto su madre volvió a casa aquella noche, le preguntó por el asunto.

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—Mamá, ¿tendré alguna vez un momento Eureka?

—Cariño, ¿qué te pasa? —le preguntó su madre cogiéndole de la mano.

—Quiero tener un momento Eureka —le contestó como cualquier otro niño podría haber expresado su deseo de ser una tortuga ninja.

Su madre le acarició la mejilla con el dorso de la mano y sonrió con la cara tan cerca de él que le llegó el olor a café y a maquillaje.

—Pues claro, Colin. Claro que lo tendrás.

Pero las madres mienten. Les va incluido en el sueldo.

Colin respiró profundamente, se deslizó y metió la cabeza en el agua. «Estoy llorando —pensó, y abrió los ojos para ver a través del agua con jabón, que le provocó escozor—. Me siento como si estuviera llorando, así que debo de estar llorando, pero es imposible saberlo porque estoy debajo del agua.» Sin embargo, no estaba llorando. Por extraño que parezca, estaba demasiado deprimido para llorar. Demasiado dolido. Era como si Katherine le hubiera arrancado la parte de él que lloraba.

Quitó el tapón de la bañera, se levantó, se secó con una toalla y se vistió. Cuando salió del cuarto de baño, sus padres estaban sentados en su cama. Nunca era buena señal que su padre y su madre estuvieran en su habitación al mismo tiempo. A lo largo de los años había significado:

1. Tu abuela/abuelo/tía Suzie, a la que no conoces, pero que era muy buena/bueno, créeme, ha muerto, y es una pena.

2. Estás permitiendo que una chica llamada Katherine te distraiga de los estudios.

3. Los niños vienen de un acto que algún día te parecerá fascinante, pero de momento te parecerá un horror, y además a veces la gente hace cosas que tienen que ver con hacer niños, pero en ese caso no tienen que ver con hacer niños, como, por ejemplo, besarse en partes del cuerpo que no están en la cara.

Nunca había significado:

4. Una chica llamada Katherine ha llamado mientras estabas bañándote. Lo siente mucho. Todavía te quiere, ha cometido un terrible error y está esperándote abajo.

Aun así, Colin no pudo evitar esperar que sus padres estuvieran en su habitación para darle noticias del tipo 4. Aunque solía ser pesimista, parecía hacer una excepción con las Katherines. Siempre le daba la impresión de que volverían con él. Le invadió la sensación de quererla y ser querido por ella, sentía el sabor de la adrenalina en el fondo de la garganta, quizá no era definitivo, quizá volvería a sentir su mano entre las suyas, escucharía su audaz voz chillona convirtiéndose en un susurro para decirle «te quiero» rápidamente y en voz baja, como siempre se lo había dicho. Le decía «te quiero» como si fuera un secreto, y un secreto importantísimo.

Su padre se levantó y se dirigió hacia él.

—Katherine me ha llamado al móvil —le dijo—. Está preocupada por ti.

Colin sintió la mano de su padre en el hombro. Los dos se acercaron y se abrazaron.

—Estamos muy preocupados —dijo su madre, una mujer bajita con el pelo castaño y rizado, con un solo mechón canoso que le caía hacia la frente—. Y sorprendidos —añadió—. ¿Qué ha pasado?

—No lo sé —respondió Colin en voz baja, apoyado en el hombro de su padre—. Sencillamente… se ha hartado de mí. Se ha cansado. Eso me ha dicho.

Entonces su madre se levantó, se abrazaron los tres, había brazos por todas partes, y su madre lloró. Colin se soltó y se sentó en la cama. Sintió la terrible necesidad de que salieran de su habitación inmediatamente, como si fuera a explotar si no se marchaban. Literalmente. Las tripas por las paredes y su prodigioso cerebro esparcido por la colcha.

—Bueno, en algún momento tendremos que sentarnos y valorar tus opciones —le dijo su padre, que era un crack valorando—. No es por buscar la parte positiva, pero parece que vas a tener más tiempo libre este verano. ¿Qué te parecen unas clases de verano en la Northwestern?

—Necesito estar solo, de verdad. Solo hoy —le contestó Colin intentando parecer tranquilo para que se marcharan y no explotara—. ¿Podemos valorarlo mañana?

—Claro, cariño —le dijo su madre—. Estaremos en casa todo el día. Baja cuando quieras, te queremos, eres muy especial, Colin, y no debes permitir que esa chica te haga pensar otra cosa, porque eres el chico más fantástico y brillante…

Y en ese momento, el chico más especial, fantástico y brillante se encerró en el cuarto de baño y echó la pota. Una explosión o algo así.

—¡Colin! —gritó su madre.

—Solo necesito estar solo —insistió Colin desde el cuarto de baño—. Por favor.

Cuando salió se habían marchado.

Durante las siguientes catorce horas, sin hacer pausas para comer, beber o volver a vomitar, Colin leyó y releyó su anuario escolar, que había recibido hacía solo cuatro días. Aparte de las cosas que suele incluir un anuario, contenía setenta y dos firmas. Doce eran solo firmas, cincuenta y seis mencionaban su inteligencia, veinticinco decían que ojalá lo hubieran conocido mejor, once decían que era divertido tenerlo en clase de lengua, siete incluían las palabras «esfínter pupilar»,2 y, sorprendentemente, diecisiete terminaban diciendo: «¡Sigue siendo tan guay!». Colin Singleton podía ser tan guay como una ballena azul podía ser delgada o como Bangladesh podía ser rico. Seguramente aquellas diecisiete personas estaban de broma. Le dio varias vueltas al asunto y se planteó cómo era posible que a veinticinco compañeros de clase, algunos de ellos compañeros suyos desde hacía doce años, les hubiera gustado «conocerlo mejor». Como si no hubieran tenido ocasión.

Pero la mayor parte de las catorce horas leyó y releyó la dedicatoria de Katherine XIX:

Col:

Aquí están todos los sitios a los que hemos ido. Y todos los sitios a los que iremos. Y estoy yo, susurrándote una y mil veces: te quiero.

Tuya siempre,

K-A-T-H-E-R-I-N-E

Al final, la cama le pareció demasiado cómoda para su estado de ánimo, así que se tumbó de espaldas en la moqueta con las piernas extendidas. Empezó a combinar las letras de «tuya siempre» hasta que encontró una combinación que le gustó: «irme y puteas». Y allí se quedó, puteado y repitiendo mentalmente la nota, que ya se sabía de memoria, y quería llorar, pero solo sentía dolor en el plexo solar. Falta algo para llorar. Llorar es tú más lágrimas. Pero la sensación de Colin era la contraria a la de llorar. Era tú menos algo. Siguió pensando en una sola palabra —«siempre»— y sintió el ardiente dolor justo debajo de la caja torácica.

Dolía como la peor patada en el culo que le hubieran dado en su vida. Y le habían dado muchas.

2

Le siguió doliendo hasta poco antes de las diez de la noche, cuando un tipo bastante gordo, melenudo y de origen libanés irrumpió en su habitación sin llamar. Colin giró la cabeza y levantó la mirada hacia él.

—¿Qué mierda es esta? —le preguntó Hassan casi gritando.

—Me ha dejado —le contestó Colin.

—Eso me han dicho. Mira, sitzpinkler,3 me encantaría consolarte, pero ahora mismo tengo la vejiga tan llena que podría apagar una casa en llamas. —Hassan pasó al lado de la cama y abrió la puerta del cuarto de baño—. Por Dios, Singleton, ¿qué has comido? Huele a… ¡AAAH! ¡VÓMITO! ¡VÓMITO! ¡AGGGH!

Y mientras Hassan gritaba, Colin pensó: «Ah, sí, el váter. Debería haber tirado de la cadena».

—Perdóname si no he apuntado bien —dijo Hassan al volver. Se sentó en el borde de la cama y dio una patadita a Colin, tumbado en el suelo—. He tenido que taparme la nariz con las dos jopidas manos, así que el nabo me iba de un lado a otro. Parecía un péndulo, el jopido. —Colin no se rió—. Vaya, debes de estar fatal, porque a) mis bromas sobre el nabo son las mejores, y b) ¿quién olvida tirar de la cadena cuando ha vomitado?

—Solo quiero caerme en un agujero y morirme —dijo Colin desde la moqueta de color crema sin emoción aparente.

—Vaya, tío —dijo Hassan resoplando.

—Lo único que quería era que me quisiera y hacer algo importante en la vida. Y mira. Ya ves, mira.

—Estoy mirando. Y te aseguro, kafir,4 que no me gusta lo que estoy viendo. O lo que estoy oliendo, en este caso.

Hassan se tumbó en la cama, y por un momento dejó la tristeza de Colin flotando en el aire.

—No soy más que… no soy más que un fracaso. ¿Qué pasa si esto es todo? ¿Qué pasa si dentro de diez años estoy sentado en una jopida cabina haciendo números y memorizando estadísticas de béisbol para ganar mi liga fantástica y no la tengo a ella, y nunca hago nada importante y solo soy un desperdicio total?

Hassan se sentó y apoyó las manos en las rodillas.

—¿Lo ves? Por eso tienes que creer en Dios. Porque yo ni siquiera espero tener una cabina, y soy más feliz que un cerdo en una pila de mierda.

Colin suspiró. Aunque Hassan no era tan religioso, solía intentar convertir a Colin de broma.

—Vale. Fe en Dios. Buena idea. También me gustaría creer que puedo volar al espacio exterior en los mullidos lomos de pingüinos gigantes y tirarme a Katherine XIX en gravedad cero.

—Singleton, no he conocido a nadie que necesite creer en Dios más que tú.

—Bueno, y tú necesitas ir a la universidad —murmuró Colin.

Hassan gruñó. Iba un curso por delante de Colin, pero se había tomado un año sabático, aunque lo habían admitido en la Universidad Loyola de Chicago. Como no se había matriculado en ninguna asignatura para el otoño siguiente, todo parecía indicar que ese año sabático no tardaría en convertirse en dos.

—No estamos hablando de mí —dijo Hassan sonriendo—. No soy yo el que está demasiado jopido para levantarse de la moqueta y para tirar de la cadena después de haber echado la pota. ¿Y sabes por qué? Porque tengo a un Dios.

—Deja ya de intentar convertirme —se quejó Colin, aburrido.

Hassan saltó de la cama, se sentó a horcajadas encima de Colin, le sujetó por los brazos y se puso a gritar.

—¡No hay más Dios que Alá, y Mahoma es Su profeta! ¡Repítelo conmigo, sitzpinkler! La ilaha illa Allah!5

Colin, que apenas podía respirar bajo el peso de Hassan, empezó a reírse, y Hassan se rió también.

—¡Solo intento salvar tu penoso culo del infierno!

—Si no bajas de ahí, no tardaré en llegar —dijo Colin jadeando.

Hassan se levantó y de repente se puso serio.

—¿Y cuál es el problema exactamente?

—El problema es exactamente que me ha dejado. Que estoy solo. Por Dios, estoy solo otra vez. Y no solo eso, sino que soy un fracaso total, por si no te has dado cuenta. Me han plantado. Soy un ex. El ex de Katherine XIX. El ex niño prodigio. El ex tipo con potencial. Ahora solo soy una mierda.

Como Colin le había explicado a Hassan infinitas veces, hay una clara diferencia entre las palabras «prodigio» y «genio».

Los prodigios pueden aprender rápidamente lo que otros ya han descubierto. Los genios descubren lo que nadie ha descubierto antes. Los prodigios aprenden, pero los genios hacen. La inmensa mayoría de los niños prodigio no son genios de mayores. Colin estaba casi seguro de que formaba parte de esta desdichada mayoría.

Hassan se sentó en la cama y se tiró de la papada, sin afeitar.

—¿El verdadero problema es lo de ser un genio o lo de Katherine?

—La quiero mucho —le contestó Colin.

Pero lo cierto era que, para Colin, los dos problemas estaban relacionados. El problema era que aquel superespecial, fantástico y brillante chico era… Bueno, no. El Problema era que Él no importaba. Colin Singleton, famoso niño prodigio, famoso veterano en conflictos Katherine, famoso friki y sitzpinkler, no le importaba a Katherine XIX ni le importaba al mundo. Y de repente no era el novio de nadie, ni el genio de nadie. Y eso —utilizando una de esas expresiones difíciles que cabe esperar de un prodigio— era una mierda.

—Porque lo del genio —siguió diciendo Hassan como si Colin no acabara de proclamar su amor— no es nada. Es solo que quieres ser famoso.

—No, no es eso. Quiero importar —dijo Colin.

—Exacto. Como he dicho, quieres fama. La fama es la nueva popularidad. Y tú no vas a ser la jopida próxima top model del país, eso seguro, así que quieres ser el próximo top genio del país, pero ahora, y no te lo tomes como algo personal, te dedicas a lloriquear porque todavía no lo eres.

—No me estás ayudando —murmuró Colin con los ojos clavados en la moqueta.

Volvió la cara para mirar a Hassan.

—Levántate —le dijo Hassan tendiéndole una mano.

Colin la agarró, se dio impulso e intentó soltarse, pero Hassan apretó con fuerza.

—Kafir, tienes un problema muy complicado con una solución muy sencilla.

3

—Un viaje en coche —dijo Colin.

A sus pies había una bolsa demasiado llena y una mochila embutida que solo contenía libros. Hassan y él estaban sentados en un sofá de cuero negro. Los padres de Colin se sentaron frente a ellos en un sofá idéntico.

La madre de Colin sacudió la cabeza rítmicamente, como un metrónomo reprobador.

—¿Adónde? —preguntó—. ¿Y por qué?

—No pretendo ofenderla, señora Singleton —respondió Hassan poniendo los pies en la mesita (lo que no puede hacerse)—, pero me parece que no lo está entendiendo. No hay adónde ni por qué.

—Piensa en todo lo que podrías hacer este verano, Colin. Podrías aprender sánscrito —dijo su padre—. Sé que tenías muchas ganas de aprender sánscrito.6 ¿De verdad vas a ser feliz yendo de un lado a otro sin rumbo fijo? No parece propio de ti. Francamente, parece que abandonas.

—¿Que abandono el qué, papá?

Su padre hizo una pausa. Siempre hacía una pausa cuando le preguntaban algo, y después, cuando hablaba, decía frases completas, sin «hums», «buenos» o «ehs», como si hubiera memorizado su respuesta.

—Me duele decírtelo, Colin, pero si quieres seguir creciendo intelectualmente ahora es cuando tienes que trabajar con más ahínco que nunca. Si no, corres el riesgo de perder tu potencial.

—Técnicamente, creo que podría haberlo perdido ya —le contestó Colin.

Quizá fue porque Colin no había defraudado a sus padres ni una sola vez en su vida. No bebía, no se drogaba, no fumaba, no se pintaba la raya del ojo, no volvía tarde a casa, no sacaba malas notas, no se había puesto un piercing en la lengua y no se había tatuado en la espalda KATHERINE TE QUIERO. O quizá sus padres se sentían culpables, como si de alguna manera le hubieran fallado y lo hubieran arrastrado hasta aquel punto. O quizá solo les apetecía pasar unas semanas solos para reavivar la pareja. Pero, cinco minutos después de haber admitido que había perdido su potencial, Colin Singleton estaba al volante de su gran Oldsmobile gris, también conocido como el Coche Fúnebre de Satán.

—Bueno —dijo Hassan, ya dentro del coche—, ahora lo único que tenemos que hacer es ir a mi casa, coger algo de ropa y convencer a mis padres de que me dejen ir de viaje. Será un milagro.

—Podrías decirles que has encontrado un trabajo para el verano. En un camping o algo así —le propuso Colin.

—Sí, pero no voy a mentir a mi madre, porque hay que ser muy cabrón para mentirle a tu propia madre.

—Bueno…

—Pero podría soportar que alguien le mintiera por mí.

—Perfecto —le contestó Colin.

Cinco minutos después aparcaron en doble fila en una calle del barrio de Ravenswood, en Chicago, y salieron los dos del coche. Hassan entró en la casa seguido por Colin. La madre de Hassan estaba sentada en un sofá del bonito salón, durmiendo.

—Eh, mamá —dijo Hassan—, despierta.

Su madre se despertó sobresaltada, sonrió y saludó a los dos chicos en árabe. Colin le contestó también en árabe:

—Mi novia me ha dejado y estoy muy deprimido, así que Hassan y yo vamos a hacer un… un… unas vacaciones en coche. No sé cómo se dice en árabe.

La señora Harbish movió la cabeza y frunció los labios.

—¿No te tengo dicho que no te juntes con chicas? —le preguntó en un inglés con acento—. Hassan es un buen chico y no sale con chicas. Y mira lo feliz que es. Deberías aprender de él.

—Es lo que va a enseñarme en este viaje —respondió Colin, aunque nada habría podido estar más lejos de la verdad.

Hassan volvió de la habitación con una bolsa de cuya cremallera medio abierta asomaba ropa.

—Ahbak,7 mamá —dijo inclinándose para darle un beso en la mejilla.

De repente el señor Harbish entró en el salón en pijama y dijo en inglés:

—Tú no vas a ningún sitio.

—Pero, papá…, tengo que ir. Míralo. Está destrozado. —Colin miró al señor Harbish intentando parecer lo más destrozado posible—. Va a ir conmigo o sin mí, pero si va conmigo al menos podré vigilarlo.

—Colin es un buen chico —dijo la señora Harbish a su marido.

—Os llamaré todos los días —añadió Hassan—. Y no nos vamos mucho tiempo. Solo hasta que esté mejor.

A Colin se le ocurrió intentarlo con su idea.

—Voy a encontrar un trabajo para Hassan —le dijo al señor Harbish—. Creo que los dos necesitamos aprender lo importante que es trabajar duro.

El señor Harbish soltó un gruñido de aprobación y se giró hacia Hassan.

—Para empezar, necesitas aprender la importancia de no ver ese horrible programa de la juez Judy. Si me llamas dentro de una semana y has encontrado trabajo, por mí podrás quedarte donde quieras y el tiempo que quieras.

Hassan pareció no haber oído las ofensas. Se limitó a murmurar:

—Gracias, papá.

Besó a su madre en las dos mejillas y salió de casa a toda prisa.

—Menudo gilipollas —dijo Hassan en cuanto estuvieron a salvo dentro del Coche Fúnebre—. Una cosa es acusarme de vago, pero difamar a la mejor juez de televisión de todo el país… es pasarse de la raya.

Hacia la una de la madrugada Hassan se quedó dormido, y Colin, medio eufórico por el café de una gasolinera y la estimulante soledad de una autopista por la noche, cruzó Indianápolis hacia el sur por la I-65.

Era una noche cálida para ser principios de junio, y como el aire acondicionado del Coche Fúnebre de Satán hacía un siglo que no funcionaba, llevaba las ventanillas abiertas. Y lo bueno de conducir era que le exigía suficiente atención —«coche aparcado en el arcén, quizá la poli, reducir hasta el límite de velocidad, adelantar ya al camión, intermitente, mirar por el retrovisor, girar el cuello para comprobar el ángulo muerto y sí, vale, carril de la izquierda»— como para dejar de mirarse el ombligo.

Para mantener la mente ocupada pensó en otros ombligos. Pensó en el archiduque Francisco Fernando, asesinado en 1914. El archiduque vio el agujero sangriento en medio de su barriga y dijo: «No es nada». Se equivocaba. No hay duda de que el archiduque Francisco Fernando importaba, aunque no era ni un prodigio ni un genio. Su asesinato desencadenó la Primera Guerra Mundial, de modo que su muerte provocó 8.528.831 muertes más.

Colin la echaba de menos. Echarla de menos lo mantenía más despierto que el café, y cuando Hassan le propuso conducir él un rato, le dijo que no, porque conducir le distraía: «no pases de setenta; vaya, el corazón me va a toda pastilla; odio el sabor del café, pero me espabila; vale, y vigila la distancia del camión; bien, sí; carril derecho; y ahora solo mis luces atravesando la oscuridad». Hacía que la soledad de la desolación no fuera del todo desoladora. Conducir era como pensar, el único pensamiento que en aquellos momentos podía soportar. Aun así, la idea lo acechaba más allá del alcance de sus luces: lo habían dejado. Una chica llamada Katherine. Por decimonovena vez.

Cuando se trata de chicas (y en el caso de Colin sucedía a menudo), cada cual tiene su tipo. El tipo de Colin Singleton no era físico, sino lingüístico: le gustaban las Katherines. No las Katies, Kats, Kitties, Cathys, Rynns, Trinas, Kays o Kates, y mucho menos las Catherines. KATHERINE. Había salido con diecinueve chicas. Y todas ellas se llamaban Katherine. Y todas ellas —todas y cada una de ellas— lo habían dejado.

Colín creía que en el mundo había exactamente dos tipos de personas: los dejadores y los dejados. Un montón de gente asegurará que es las dos cosas, pero se equivoca totalmente: estás predispuesto a un destino o al otro. Los dejadores pueden no ser siempre los que rompen el corazón, y los dejados pueden no ser siempre los que se quedan con el corazón roto. Pero cada cual tiene una tendencia.8

En ese caso, quizá Colin debería haberse acostumbrado a las subidas y bajadas de las relaciones. Al fin y al cabo, salir con una chica solo puede terminar de una manera: mal. Si lo piensas, y Colin lo pensaba a menudo, todas las relaciones amorosas terminan en 1) ruptura, 2) divorcio o 3) muerte. Pero Katherine XIX había sido diferente, o al menos lo había parecido. Lo había querido, y él también la había querido salvajemente. Y todavía la quería. Se descubrió a sí mismo dando vueltas a estas palabras mientras conducía: «Te quiero, Katherine». El nombre sonaba diferente en su boca cuando se lo decía a ella. Dejaba de ser el nombre por el que llevaba tanto tiempo obsesionado y se convertía en una palabra que la describía solo a ella, una palabra que olía a lilas, que encerraba en sí el azul de sus ojos y la longitud de sus pestañas.

El viento se colaba por las ventanillas, y Colin pensaba en los dejadores, en los dejados y en el archiduque. En el asiento de atrás, Hassan gruñía y olisqueaba como si estuviera soñando que era un pastor alemán, y Colin sintió la constante punzada en la barriga y pensó: «Todo esto es una TONTERÍA. PATÉTICO. ERES VERGONZOSO. OLVÍDALO OLVÍDALO OLVÍDALO». Pero no sabía qué tenía que olvidar exactamente.

KATHERINE I: EL PLANTEAMIENTO

(DEL PLANTEAMIENTO)

Los padres de Colin siempre lo habían considerado normal hasta una mañana de junio. Colin, a sus veinticinco meses de edad, estaba sentado en la trona tomándose un desayuno de indeterminado origen vegetal mientras su padre leía el Chicago Tribune al otro lado de la pequeña mesa de la cocina. Colin estaba delgado para su edad, y de su cabeza brotaban apretados rizos castaños con einsteiniana imprevisibilidad.

—Tres murtos en West Side —dijo Colin después de haberse tragado lo que tenía en la boca—. No querer más verde —añadió refiriéndose a su comida.

—¿Qué has dicho, hijo?

—Tres murtos en West Side. Querer patatas fritas por favor gracias.9

El padre de Colin giró el periódico y observó el gran titular de la portada. Este era el primer recuerdo de Colin: su padre bajando lentamente el periódico y sonriéndole. Se había quedado tan sorprendido y satisfecho, que había abierto los ojos como platos y no podía reprimir la sonrisa.

—¡CINDY! ¡EL NIÑO ESTÁ LEYENDO EL PERIÓDICO! —gritó.

Sus padres eran de esos padres a los que les encanta leer. Su madre daba clases de francés en la prestigiosa y cara escuela Kalman, en el centro de la ciudad, y su padre era profesor de Sociología en la Universidad Northwestern, en el norte. Así que a partir de los tres muertos del West Side, los padres de Colin empezaron a leer con él, a todas horas y en cualquier sitio, sobre todo en inglés, pero también cuentos en francés.

Cuatro meses después, los padres de Colin lo mandaron a una escuela preescolar para niños especialmente dotados. La escuela dijo que Colin estaba demasiado avanzado para ellos, pero en cualquier caso no aceptaba a niños que todavía llevaran pañales. Mandaron a Colin a una psicóloga de la Universidad de Chicago.

Así que el prodigio que de vez en cuando se meaba encima acabó en un pequeño despacho sin ventanas del sur de la ciudad, habland ...