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EL úLTIMO ADIóS

Kate Morton

4


Fragmento

Capítulo 2

 

 

 

Cornualles, 23 de junio de 1933

 

 

 

La mejor vista del lago era la de la habitación morada, pero Alice decidió conformarse con la ventana del cuarto de baño. El señor Llewellyn todavía estaba con su caballete junto al arroyo, pero siempre se retiraba temprano a descansar y no quería arriesgarse a encontrarse con él. El anciano era inofensivo, pero excéntrico y necesitado de afecto, sobre todo en los últimos años, y temía que malinterpretara su inesperada presencia en su habitación. Alice arrugó la nariz. Le había tenido mucho cariño antes, cuando era una niña, y él a ella. Ahora, que ya tenía dieciséis años, le resultaba extraño pensar en las historias que le contaba, los pequeños bocetos que le dibujaba y ella atesoraba, el aura de asombro que dejaba tras de sí como una canción… En cualquier caso, el cuarto de baño estaba cerca de la habitación morada y, como solo pasarían unos minutos antes de que madre notara que no había flores en las habitaciones de la primera planta, Alice no podía perder tiempo subiendo escaleras. Mientras un enjambre de criadas blandiendo paños revoloteaba con ímpetu por el salón, se deslizó por la puerta principal y corrió hacia la ventana.

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Pero ¿dónde estaba él? Alice sintió que se le encogía el estómago y que le embargaba la desesperanza en solo un instante. Apretó las manos cálidas contra el cristal mientras su mirada recorría la escena: rosas blancas y rosas, de pétalos que resplandecían como si hubieran sido pulidos; preciosos melocotones que se aferraban al muro del jardín; el estanque alargado y plateado que relucía bajo el sol matinal. Toda la propiedad ya había sido arreglada y engalanada hasta alcanzar un estado de perfección inverosímil y, a pesar de ello, el bullicio persistía por doquier.

Los músicos arrastraban sillas doradas sobre el quiosco de música que se había montado para la ocasión y, mientras las camionetas de los proveedores se turnaban para levantar el polvo del camino, la carpa a medio montar se inflaba con la brisa del verano. La única nota discordante en aquel torbellino era la abuela DeShiel, quien permanecía sentada, menuda y encorvada, en el jardín, en la silla de hierro fundido frente a la biblioteca, perdida en sus recuerdos lóbregos y por completo ajena a los faroles de vidrio que estaban colgando en los árboles a su alrededor…

De pronto Alice contuvo el aliento.

Él.

La sonrisa se extendió por su rostro antes de que pudiera evitarlo. Qué alegría, qué alegría deliciosa y estelar descubrirlo en esa pequeña isla en medio del lago, con un leño enorme sobre uno de los hombros. Alzó una mano para saludar, un impulso insensato, pues él no miraba hacia la casa. Y de haberlo hecho no le habría devuelto el saludo. Ambos sabían que no podían cometer ese tipo de descuidos.

Se llevó los dedos al mechón de pelo que siempre le caía suelto junto a la oreja y lo enroscó y desenroscó alrededor de ellos una y otra vez. Le gustaba mirarle así, en secreto. Le hacía sentirse poderosa, no como cuando estaban juntos, cuando le llevaba limonada en el jardín o lograba escabullirse para sorprenderlo mientras trabajaba en los remotos confines de la propiedad; cuando él le preguntaba acerca de su novela, su familia, su vida, y ella le contaba historias y le hacía reír y tenía que contenerse para no extraviarse en el estanque de esos ojos verdes y profundos con reflejos dorados.

Bajo la mirada de Alice, él se inclinó y se tomó un momento para equilibrar el peso del leño antes de colocarlo encima de los otros. Era fuerte y eso estaba bien. Alice no sabía con certeza el motivo, pero le importaba en algún lugar profundo e inexplorado. Le ardían las mejillas; se estaba sonrojando.

Alice Edevane no era tímida. Había conocido a otros muchachos antes. No muchos, era cierto (con excepción de la tradicional fiesta de verano, sus padres eran muy reservados y no solían relacionarse mucho), pero había logrado, en algunas ocasiones, intercambiar palabras furtivas con los chicos del pueblo o los hijos de los arrendatarios, que se calaban las gorras y bajaban la mirada y seguían a sus padres por la propiedad. Esto, sin embargo, esto era… Bueno, esto era diferente, y ella sabía que sonaba vertiginoso, a la clase de cosa que diría su hermana mayor Deborah, pero era cierto de todos modos.

Se llamaba Benjamin Munro. Pronunció en silencio las sílabas, Benjamin James Munro, veintiséis años de edad, de Londres. No tenía familiares a su cargo, era un gran trabajador, no era dado a hablar por hablar. Había nacido en Sussex y crecido en el Far East, hijo de arqueólogos. Le gustaban el té verde, el aroma a jazmín y los días calurosos en los que amenazaba la lluvia.

No había sido él quien le había contado todo eso. No era uno de esos hombres presuntuosos que alardeaban de sí mismos y de sus logros como si una muchacha fuera solo una cara bonita con las orejas bien abiertas. En lugar de eso, ella lo había escuchado y observado y, cuando se presentó la oportunidad, entró a hurtadillas en el almacén para consultar el registro de los empleados del jardinero jefe. Alice siempre había disfrutado imaginando que era una investigadora y, cómo no, sujeta tras una página con las minuciosas notas de siembra del señor Harris, encontró la solicitud de empleo de Benjamin Munro. La carta era breve, escrita en una letra que madre habría juzgado deplorable, y Alice escudriñó todo, memorizando los fragmentos importantes, emocionada por la manera en que las palabras daban color y profundidad a la imagen que había creado y guardado para ella misma, como una flor entre dos páginas. Como la flor que él le había regalado el mes pasado. «Mira, Alice», el tallo era verde y frágil en esa mano ancha y poderosa, «la primera gardenia de la estación».

El recuerdo la hizo sonreír y metió la mano en el bolsillo para acariciar la superficie lisa de su cuaderno con tapas de cuero. Era una costumbre que había conservado desde la infancia, que volvía loca a su madre desde que recibió el primer cuaderno en su octavo cumpleaños. ¡Cuánto le había gustado ese librito color avellana! Qué inteligente había sido papá al escogerlo para ella. Él también llevaba un diario, le dijo, con una seriedad que Alice había admirado y agradecido. Escribió su nombre completo (Alice Cecilia Edevane), despacio, bajo la atenta mirada de madre, en la pálida línea sepia del frontispicio, y de inmediato se sintió una persona mucho más real que antes.

Madre se oponía a la costumbre de Alice de acariciar la libreta en el bolsillo porque le daba un aspecto «sospechoso, como si tuvieras malas intenciones», descripción que a Alice no le molestaba en absoluto. La desaprobación de su madre no era más que un aliciente; Alice habría seguido acariciando la libreta como si no notara ese ceño levemente fruncido en el bello rostro de Eleanor Edevane; lo hacía porque su cuaderno era una piedra de toque, un recordatorio de quién era. Era además su confidente más cercano y, como tal, toda una autoridad en Ben Munro.

Había pasado casi un año entero desde que lo vio por primera vez. Llegó a Loeanneth el verano de 1932, durante ese glorioso periodo seco en el que, con toda la emoción de la fiesta de solsticio detrás de ellos, no había nada que hacer salvo entregarse al soporífero calor. Sobre la finca se había posado un espíritu divino de tranquilidad indolente, de modo que incluso madre, embarazada de ocho meses y de un rosado resplandeciente, se desabrochaba los botones de perla de los puños y se subía las mangas de seda hasta los codos.

Alice había estado sentada todo el día en el columpio bajo el sauce, balanceándose despreocupada y reflexionando sobre su Importante Problema. De haber prestado atención, habría notado que los sonidos de la vida familiar la rodeaban: madre y el señor Llewellyn se reían a lo lejos mientras los remos de la barca salpicaban a ritmo perezoso; Clemmie mascullaba entre dientes mientras giraba en círculos por la pradera, con los brazos extendidos como alas; Deborah contaba a Rose, la niñera, todos los escándalos recientes de Londres…, pero Alice continuaba ensimismada y no oía nada salvo el leve zumbido de los insectos del verano.

Llevaba casi una hora en el mismo lugar y ni siquiera había notado la mancha de tinta negra que se extendía desde su nueva pluma estilográfica por el vestido de algodón blanco, cuando él salió de repente de la arboleda oscura a la calzada bañada por el sol. Llevaba una bolsa de lona al hombro y lo que parecía un abrigo en la mano, y caminaba con paso constante, muscular, que hizo que Alice se columpiara más despacio. Observó su marcha, y la cuerda áspera del columpio le rozó la mejilla cuando se estiró para ver desde el otro lado de la rama del sauce llorón.

Por un capricho de la geografía, la gente no llegaba inesperadamente a Loeanneth. La finca se hallaba en una hondonada, rodeada de una densa maraña de bosques, al igual que las casas de los cuentos de hadas. (Y de las pesadillas, aunque por entonces Alice no tenía motivos para pensar algo así). Era su territorio soleado, el hogar durante generaciones de los DeShiel, la casa ancestral de su familia materna. Y, sin embargo, ahí estaba él, un extraño entre ellos, y bastó su presencia para que se rompiera el hechizo de la tarde.

Alice tenía una inclinación natural a entrometerse (la gente llevaba toda la vida diciéndoselo y ella lo tomaba como un cumplido; era un rasgo de su personalidad al que se proponía dar buen uso), pero ese día su interés se debió más a la frustración y a un repentino deseo de distraerse que a la curiosidad. Durante todo el verano había estado trabajando febrilmente en una novela de misterio y pasión, pero hacía tres días se había estancado. Toda la culpa era de su heroína, Laura, quien, tras varios capítulos dedicados a mostrar su rica vida interior, ahora se negaba a cooperar. Enfrentada a un nuevo personaje, un caballero apuesto, alto, de tez oscura, gallardamente llamado lord Hallington, de pronto Laura había perdido todo el ingenio y el valor y se había vuelto francamente aburrida.

Bueno, decidió Alice mientras observaba al joven que recorría el camino de entrada, Laura tendría que esperar. Ahora tenía otros asuntos de los que ocuparse.

Un pequeño arroyo repiqueteaba a lo largo de la propiedad, deleitándose en ese breve respiro soleado antes de volver inexorablemente hacia el bosque, y un puente de piedra, legado de algún tío abuelo lejano, unía ambas riberas permitiendo el acceso a Loeanneth. Cuando el extraño llegó al puente se detuvo. Se giró despacio hacia la dirección desde la que había llegado y pareció estudiar algo que tenía en la mano. ¿Un pedazo de papel? ¿Un efecto de la luz? Algo en la inclinación de la cabeza, su atención constante al denso bosque, denotaba deliberación y Alice entrecerró los ojos. Alice era escritora; comprendía a las personas; reconocía la vulnerabilidad en cuanto la veía. ¿Qué hacía que aquel desconocido se sintiera tan inseguro y por qué? El hombre se volvió una vez más, trazando un círculo completo, y se llevó una mano a la frente mientras dirigía la mirada hasta la avenida bordeada de cardos donde se encontraba la casa fielmente custodiada por tejos. No se movió, dio la impresión de que ni siquiera respiraba, y entonces, sin que Alice dejara de observarlo, dejó la bolsa y el abrigo, se subió los tirantes a la altura de los hombros y suspiró.

En ese momento Alice experimentó una de sus repentinas certezas. No estaba segura de dónde venían estas revelaciones sobre la mente de otras personas, solo que llegaban de pronto y completamente formadas. A veces, sin más, discernía ciertas cosas. A saber: aquel no era el tipo de lugar al que el desconocido estaba acostumbrado. Pero era un hombre que tenía una cita con el destino y, aunque una parte de él quería dar la vuelta y marcharse de la finca antes siquiera de haber llegado, uno no podía (no debía) dar la espalda a la providencia. Era una suposición embriagadora y Alice se descubrió a sí misma agarrada con más fuerza a la cuerda del columpio, llena de ideas que se daban empellones, atenta al siguiente movimiento del extraño.

Como era de esperar, tras recoger el abrigo y volver a echarse la bolsa al hombro, el desconocido continuó por el camino hacia la casa oculta. Una nueva determinación se había apoderado de él y ahora daría la sensación, a observadores menos perspicaces, de ser decidido, de tener una misión sin complicaciones. Alice se permitió una sonrisa, leve y satisfecha, antes de que una explosión de claridad cegadora casi la derribara de su asiento. En el mismo instante en que reparó en la mancha de tinta de la falda, Alice halló la solución a su Problema Importante. ¡Vaya, si estaba clarísimo! Laura, al lidiar con la llegada de su extraño misterioso, también dotada de una percepción más aguda que la mayoría de las personas, sin duda vislumbraría bajo la fachada del hombre su terrible secreto, su pasado culpable, y le susurraría, en un momento de tranquilidad en que lo tuviera a su merced…

—¿Alice?

De vuelta al cuarto de baño de Loeanneth, Alice se sobresaltó y se golpeó la mejilla contra el marco de madera de la ventana.

—¡Alice Edevane! ¿Dónde estás?

Echó un vistazo a la puerta cerrada a su espalda. En torno a ella se extendieron los gratos recuerdos del verano anterior, la embriagadora sensación de enamorarse, los primeros días de su relación con Ben y el arrebatador vínculo con su escritura. El pomo de bronce vibró levemente en respuesta a las rápidas pisadas del pasillo y Alice contuvo el aliento.

Madre había estado nerviosísima toda la semana. Algo típico en ella. No era una anfitriona innata, pero la fiesta de verano era la gran tradición de la familia DeShiel y madre había tenido muchísimo cariño a su padre, Henri, de modo que la fiesta se celebraba cada año en su memoria. Siempre acababa aturdida (era parte de su naturaleza), pero este año era peor que de costumbre.

—Sé que estás ahí, Alice. Deborah te ha visto hace un momento.

Deborah: la hermana mayor, el gran ejemplo, la principal amenaza. Alice apretó los dientes. Como si no fuera suficiente que la afamada y homenajeada Eleanor Edevane fuera su madre, qué suerte la suya de tener una hermana mayor casi igual de perfecta. Bella, inteligente, comprometida para casarse al acabar la estación… Gracias a Dios Clementine, nacida más tarde, era tan desmañada que incluso Alice no podía evitar parecer un poco normal a su lado.

Mientras madre irrumpía en el salón, con Edwina a sus pies, Alice entreabrió la ventana y dejó que la brisa cálida, que olía a hierba fresca recién cortada y a la sal del mar, le bañase el rostro. Edwina era la única persona (y era una golden retriever, al fin y al cabo, no una persona de verdad) capaz de enfrentarse a madre cuando se ponía así. Incluso el pobre papá había huido a la buhardilla horas antes, donde sin duda estaría disfrutando de la compañía silenciosa de su gran obra sobre historia natural. El problema era que Eleanor Edevane era una perfeccionista y hasta el último detalle de la fiesta debía satisfacer sus exigentes normas. Si bien lo ocultaba bajo una capa de obstinada indiferencia, hacía tiempo que a Alice le molestaba no cumplir las expectativas de su madre. Se miraba en el espejo y la desesperaban su cuerpo demasiado alto, su cabello rebelde y color ratón, su preferencia por la compañía de personas imaginarias antes que reales.

Pero eso se había terminado. Alice sonrió mientras Ben echaba otro leño a lo que no tardaría en convertirse en una gigantesca pira. No era encantadora como Deborah, y sin duda nunca la habían inmortalizado, igual que a madre, como protagonista de un libro para niños muy admirado, pero no le importaba. Ella era algo muy diferente. «Eres toda una contadora de historias, Alice Edevane», le había dicho Ben una tarde, mientras el río discurría fresco y las palomas volvían a casa a pernoctar. «No había conocido nunca una persona con tanta imaginación, con tantas buenas ideas». Su voz era delicada y su mirada, intensa; Alice se había visto a sí misma a través de sus ojos y lo que vio le había gustado.

La voz de madre traspasó la puerta del baño, algo sobre las flores, antes de desaparecer a la vuelta de la esquina. «Sí, madre querida», murmuró Alice, con encantadora condescendencia. «No te pongas nerviosa, no vayas luego a hacerte un lío con las bragas». Mencionar la existencia de la ropa interior de Eleanor Edevane era un sacrilegio delicioso y Alice tuvo que apretar los labios para contener la risa.

Con una última mirada hacia el lago, salió del cuarto de baño y corrió de puntillas por el pasillo hasta su dormitorio para coger la preciosa carpeta que guardaba debajo del colchón. Tras lograr no tropezar, a pesar de las prisas, con un mal remiendo de la alfombra roja de Baluch que el bisabuelo Horace había enviado durante sus aventuras en el Oriente Próximo, Alice bajó los escalones de dos en dos, se hizo con una cesta que había en mitad de la mesa y salió de un salto al nuevo día.

 

* * *

 

Y había que decir que hacía un día perfecto. Alice no pudo contenerse y recorrió tarareando el sendero de losas. La cesta estaba casi medio llena y ni siquiera se había acercado a los prados de flores silvestres, donde crecían las más bonitas, las inesperadas, y no esas flores domesticadas y vistosas, pero Alice quería tomarse su tiempo. Se había pasado la mañana evitando a su madre, a la espera de la hora del almuerzo del señor Harris, para así poder sorprender a Ben a solas.

La última vez que lo había visto, Ben le había dicho que tenía algo para ella y Alice se había reído. Ben le ofreció esa media sonrisa tan suya, esa que hacía temblar las rodillas de Alice, y le había preguntado: «¿Qué te hace tanta gracia?». Y Alice se irguió cuan alta era y le había dicho que daba la casualidad de que ella también tenía algo para él.

Se detuvo detrás del tejo más alto al final del camino de piedra. Había sido podado con esmero para la fiesta, sus hojas firmes y recién cortadas, y Alice miró a su alrededor. Ben seguía en la isla y el señor Harris estaba al otro extremo del lago ayudando a su hijo Adam a preparar la madera que había que transportar en barca. Pobre Adam. Alice lo observó mientras él se rascaba detrás de la oreja. Había sido el orgullo de su familia, según la señora Stevenson, fuerte y robusto y brillante, hasta que en Passchendaele un trozo de metralla se le incrustó a un lado de la cabeza y lo dejó atontado. La guerra era una cosa horrible, según le gustaba opinar al cocinero, mientras golpeaba con el rodillo un inocente montón de masa sobre la mesa de la cocina, «que se lleva a un muchacho como ese, tan prometedor, se lo traga entero y escupe un trozo roto y bobalicón».

Lo único bueno, según la señora Stevenson, era que el propio Adam no parecía haber notado el cambio, casi hasta parecía aliviado. «Esa no es la norma», añadía siempre, no fuera a traicionar el profundo pesimismo escocés que llevaba en lo más hondo. «Hay muchos más que regresan y no vuelven a reír jamás».

Fue papá quien insistió en ofrecer empleo a Adam en la finca. «Aquí tiene trabajo de por vida», le oyó decir mientras hablaba con el señor Harris, con la voz aflautada por la intensidad de la emoción. «Ya te lo he dicho antes. Siempre que lo necesite, aquí hay un lugar para el joven Adam».

Alice reparó en un leve zumbido cerca de su oreja izquierda, un ligerísimo soplo de viento contra la mejilla. Miró de reojo la libélula que revoloteaba en su visión periférica. Era de las raras, con las alas amarillas, y Alice sintió el resurgir de una vieja emoción. Se imaginó a papá en su estudio, escondiéndose de madre y sus nervios previos a la fiesta. Si se apresurara, Alice podría atrapar la libélula y llevársela corriendo para su colección, regodearse en el placer que el regalo despertaría y sentir cómo ganaba puestos en la estima de su padre, igual que de niña, cuando el privilegio de ser la elegida, la que tenía permiso para entrar en esa sala polvorienta de libros de ciencia y guantes blancos y vitrinas de vidrio, le bastaba para pasar por alto el horror de los brillantes alfileres de plata.

Pero, por supuesto, ahora no tenía tiempo de ir. Vaya, con solo pensarlo ya había caído víctima de la distracción. Alice frunció el ceño. El tiempo tenía una extraña manera de deformarse cuando su mente se concentraba sobre algún asunto. Miró el reloj. Eran casi las doce y diez. Faltaban veinte minutos para que el jardinero jefe se retirara a su cobertizo, al igual que todos los días, con un bocadillo de queso y encurtido de verduras y la información sobre carreras de caballos. Era un hombre de costumbres fijas, algo que Alice, por su parte, respetaba.

Olvidándose de la libélula, se apresuró a cruzar el camino y rodeó a hurtadillas el lago. Evitó el patio y a los encargados que barrían cerca del sofisticado artilugio para los fuegos artificiales, y se mantuvo en las sombras hasta llegar al Jardín Hundido. Se sentó en los escalones de la vieja fuente, caldeados por el sol, y dejó la cesta a su lado. Era el mirador perfecto, decidió; el seto de espinos cercano le proporcionaba un refugio ideal, y por los intersticios en la vegetación había una vista excelente del nuevo embarcadero.

Mientras esperaba para sorprender a Ben a solas, Alice vio un par de grajos que volaban juntos por el intenso azul del cielo. Su mirada se posó en la casa donde unos hombres encaramados a escaleras tejían unas enormes coronas de plantas a lo largo de la fachada de ladrillo y un par de criadas se esmeraban colgando delicados farolillos de cordeles bajo los aleros. El sol había encendido la fila superior de vidrieras emplomadas y el hogar familiar, pulido hasta casi darle vida, resplandecía como una vieja dama enjoyada, vestida para su salida anual a la ópera.

Un arrebato de cariño embargó de repente a Alice. Hasta donde le alcanzaba la memoria, había sido consciente de que la casa y los jardines de Loeanneth vivían y respiraban para ella de una manera diferente que para sus hermanas. Si bien Londres era una tentación para Deborah, Alice nunca era tan feliz, tan ella misma, como allí: sentada al borde del arroyo, los pies a merced de la lenta corriente; acostada en la cama antes del amanecer, escuchando a la familia de vencejos que había construido el nido encima de su ventana, o paseando alrededor del lago, con el cuaderno siempre debajo del brazo.

Tenía siete años cuando cayó en la cuenta de que un día crecería y que las personas adultas, en un orden natural de las cosas, no vivían en casa de sus padres. Sintió que dentro de ella se abría un gran abismo de terror existencial y adquirió la costumbre de grabar su nombre donde y cuando fuera posible: en el duro roble inglés del marco de las ventanas de la salita matinal, en la vaporosa lechada entre las losas de la armería, en el papel pintado Ladrón de Fresas de la entrada, como si esos actos diminutos de algún modo la ataran al lugar de un modo tangible y duradero. Alice se había quedado sin postre todo el verano cuando madre descubrió esta particular expresión de afecto, un castigo que habría aguantado sin protestar salvo por la injusticia de ser descrita como una gamberra insensible. «Creía que tú precisamente tendrías más respeto por la casa», siseó su madre, blanca de ira. «¡Que sea una hija mía quien se comporte con tal desprecio y descuido, quien haga una broma tan cruel y desconsiderada!». Qué humillación había sentido Alice, qué dolor, al oír que la describían de semejante modo, al ver que su apasionada necesidad de poseer quedaba reducida a una mera travesura.

Pero eso ya no importaba ahora. Estiró las piernas, alineó los dedos de los pies y suspiró con profunda satisfacción. Era parte del ayer, agua pasada, una obsesión infantil. La luz del sol estaba por todas partes, un oro reluciente que se reflejaba en las hojas verdes del jardín. Una curruca, oculta entre el follaje de un sauce cercano, cantaba una dulce fanfarria y un par de patos luchaban por un caracol especialmente suculento. La orquesta estaba ensayando un número de baile y la música se derramaba sobre la superficie del lago. ¡Qué suerte disfrutar de un día así! Después de semanas de angustia, de estudiar la aurora, de consultar a Quienes Deberían Saber, por fin había salido el sol y las nubes se habían dispersado, como debe ser en la víspera de la fiesta. La noche iba a ser cálida, la brisa ligera, la fiesta tan cautivadora como siempre.

Alice fue consciente de la magia de la fiesta de verano mucho antes de tener permiso para acudir, cuando Bruen, la vieja niñera, la bajaba a ella y a sus dos hermanas, engalanadas con sus mejores vestidos, y las ponía en fila para presentarlas a los invitados. La fiesta entonces no había hecho más que empezar y los adultos bien vestidos se comportaban con forzado decoro mientras esperaban la caída de la noche; pero después, cuando ya debería haberse dormido, Alice escuchaba cómo la respiración de Bruen se volvía más grave y regular y entonces iba a hurtadillas hasta la ventana del cuarto de los niños y se arrodillaba encima de una silla para ver los farolillos que brillaban como fruta madura, la hoguera que parecía flotar sobre el agua plateada por la luna, ese mundo encantado donde los lugares y las personas eran casi iguales a como los recordaba, pero no del todo.

Y esta noche estaría entre ellos; iba a ser una noche muy especial. Alice sonrió, temblando levemente de la emoción. Miró el reloj, sacó la carpeta que había metido en la cesta y la abrió para revelar su precioso contenido. El manuscrito era una de las dos copias que había escrito con esmero en la Remington, su obra más reciente y la culminación de un año de trabajo. Había una pequeña errata en el título, donde por accidente había dado a la u en lugar de la i, pero, salvo ese detalle, había quedado impecable. A Ben no le importaría; sería el primero en decirle que era mucho más importante que enviara la copia perfecta al editor Victor Gollancz. Cuando se publicara, regalaría a Ben un ejemplar de la primera edición, incluso se lo firmaría, justo debajo de la dedicatoria.

Adiós, pequeño Bunting. Alice leyó el título entre dientes, disfrutando del ligero escalofrío que le recorrió la columna vertebral. Estaba muy orgullosa de su historia; era la mejor que había escrito y tenía grandes esperanzas depositadas en su publicación. Se trataba de un asesinato misterioso, uno de verdad. Después de estudiar el prefacio de Los mejores cuentos de detectives, se había sentado con el cuaderno y escrito una lista de las reglas según el señor Ronald Knox. Comprendió su error al tratar de conjugar dos géneros dispares, mató a Laura y empezó de nuevo, imaginando, en cambio, una casa de campo, un detective y una mansión llena de sospechosos. El rompecabezas había sido la parte difícil, averiguar cómo ocultar el secreto a los lectores. Fue entonces cuando decidió que necesitaba un oyente, un Watson para su Holmes, por así decirlo. Por fortuna, lo había encontrado. Había encontrado más que eso.

Para B. M., partícipe en el crimen, cómplice en la vida.

Pasó el pulgar sobre la dedicatoria. Una vez que publicaran la novela, todos sabrían lo que había entre los dos, pero a Alice no le importaba. Una parte de ella estaba impaciente. Cuántas veces había estado a punto de contárselo a Deborah, o incluso a Clemmie, de tanto como deseaba oír esas palabras en voz alta, y evitaba hablar con madre, porque Alice sabía que albergaba sospechas. Pero en cierto modo estaba bien que lo descubrieran todo cuando leyeran su primera novela publicada.

Adiós, pequeño Bunting había surgido de las conversaciones con Ben; no habría podido escribirla sin él, y ahora, tras arrancar los pensamientos del aire y plasmarlos en papel, había tomado algo intangible, una mera posibilidad, y lo había convertido en realidad. Alice no podía evitar sentir que al darle su ejemplar estaba haciendo más real esa promesa implícita entre ellos. Las promesas eran importantes en la familia Edevane. Lo habían aprendido de su madre, un adagio que les había inculcado en cuanto aprendieron a hablar: «No hagas nunca una promesa a menos que estés preparada para cumplirla».

Al otro lado del seto de espinos sonaron unas voces y, en un movimiento instintivo, Alice cogió el manuscrito y lo apretó contra ella. Escuchó, alerta, corrió al seto y miró por una pequeña brecha en forma de rombo entre las hojas. Ben ya no estaba en la isla y la barca estaba de vuelta en el muelle, pero Alice descubrió a tres hombres juntos, cerca del montón de leños. Miró a Ben beber de su cantimplora de estaño, la nuez que se movía al tragar, la barba de pocos días en la línea del mentón, los rizos de pelo oscuro que llegaban hasta el cuello de la camisa. El sudor había dejado una mancha húmeda en la camisa y a Alice se le hizo un nudo en la garganta; le encantaba su olor, tan terrestre y real.

El señor Harris recogió su bolsa de herramientas y dio unas órdenes antes de irse, a las que Ben respondió con un asentimiento de la cabeza y la sugerencia de una sonrisa. Alice sonrió con él, contemplando el hoyuelo de la mejilla izquierda, esos hombros poderosos, el antebrazo que relucía bajo el sol ardiente. Bajo la mirada de Alice, Ben se irguió. Un ruido en la distancia le llamó la atención. Alice siguió su mirada, que se alejaba del señor Harris y se posaba en algo más allá de los jardines silvestres.

Visible apenas entre la maraña de lirios y verbena, Alice vislumbró una pequeña figura que se abría camino, tambaleante e intrépida, hacia la casa. Theo. Ver así a su hermanito ensanchó la sonrisa de Alice; la gran sombra negra que se alzaba detrás, sin embargo, la apagó. Ahora comprendía por qué Ben fruncía el ceño; a Alice, Bruen, la niñera, le inspiraba sentimientos parecidos. No le caía simpática en absoluto, pero claro, es difícil encariñarse de las personas con inclinaciones despóticas. Por qué habían despedido a la dulce y bonita Rose era todo un enigma. Era obvio que adoraba a Theo, lo mimaba, y no había nadie a quien no gustara. Incluso habían visto a papá conversar con ella en el jardín, mientras Theo se trastabillaba tras los patos, y papá era muy perspicaz juzgando a los demás.

No obstante, algo había molestado a madre. Dos semanas antes, Alice la había visto discutiendo con Rose, un intercambio de susurros soliviantados frente al cuarto de los niños. El desacuerdo guardaba relación con Theo, pero, para su irritación, Alice estaba demasiado lejos para oír bien lo que se decían. Nadie supo nada más salvo que Rose había desaparecido y Bruen había vuelto de su retiro. Alice había pensado que no volvería a ver a esa vieja mandona, con su mentón velludo y su frasco de aceite de ricino. De hecho, siempre había sentido cierto orgullo tras oír a la abuela DeShiel comentar que fue ese trasto de Alice quien había conseguido minar la moral de la vieja niñera. Pero ahora aquí estaba, de nuevo, más inaguantable que nunca.

Alice aún estaba lamentando la pérdida de Rose cuando se dio cuenta de que ya no estaba sola a aquel lado del seto. Cuando una ramita se partió tras ella, se irguió de súbito y se dio la vuelta.

—¡Señor Llewellyn! —exclamó Alice al ver la figura encorvada con un caballete bajo el brazo y un gran bloc de dibujo agarrado con torpeza con el otro—. Me ha asustado.

—Lo siento, Alice, querida. Al parecer no soy consciente de mis poderes para moverme con sigilo. Tenía la esperanza de tener una pequeña charla contigo.

—¿Ahora, señor Llewellyn? —A pesar de su cariño por el anciano, Alice trató de contener su impaciencia. No parecía comprender que ya se habían acabado esos días en que ella se sentaba a su lado mientras él dibujaba, en que navegaban aguas abajo en el bote a remo, en que le confesaba todos sus secretos infantiles mientras buscaban hadas. El señor Llewellyn había sido importante para ella, era innegable; fue un preciado amigo cuando era pequeña y un mentor cuando comenzó a escribir. Cuántas veces había ido corriendo a regalarle sus pequeños cuentos infantiles, garabateados en un arrebato de inspiración, y él había simulado ofrecerle su crítica sincera. Pero ahora, con dieciséis años, tenía otros intereses, había cosas que no podía compartir con él—. Estoy bastante ocupada, como ve.

La mirada del señor Llewellyn se desvió hacia la brecha del seto y Alice sintió que sus mejillas ardían con un calor repentino.

—Estoy supervisando los preparativos para la fiesta —se apresuró a decir y, cuando la sonrisa del señor Llewellyn sugirió que sabía muy bien a quién había estado mirando y por qué, añadió—: He estado recogiendo flores para madre.

El señor Llewellyn echó un vistazo a la cesta tirada en el suelo, las flores ya medio marchitas bajo el calor del mediodía.

—Una tarea a la que debería dedicarme cuanto antes.

—Por supuesto —dijo él con un guiño—, y por lo general ni habría soñado con interrumpirte mientras estás tan atareada. Pero necesito hablar contigo acerca de algo importante.

—Me temo que no dispongo de tiempo.

El señor Llewellyn se mostró excepcionalmente decepcionado y Alice cayó en la cuenta de que en los últimos días parecía desanimado. No abatido exactamente, pero sí distraído y triste. Notó que los botones de su chaleco de satén estaban mal abrochados y el pañuelo que llevaba al cuello estaba deshilachado. Sintió una compasión repentina y señaló con la cabeza el bloc de dibujo en un intento de resarcirle.

—Es muy bueno. —Y lo era. No sabía que hubiera dibujado alguna vez a Theo y la semejanza era asombrosa, la persistente huella de la primera infancia en esas mejillas rellenitas y esos labios plenos, los ojos abiertos y confiados. El querido señor Llewellyn siempre había sido capaz de ver lo mejor en todos ellos—. ¿Nos vemos después del té, quizá? —sugirió Alice con una sonrisa alentadora—. ¿Antes de la fiesta?

El señor Llewellyn recogió su bloc de dibujo, sopesando la propuesta de Alice antes de fruncir levemente el ceño:

—¿Y si nos vemos esta noche delante de la hoguera?

—¿Va a venir? —Qué sorpresa. El señor Llewellyn no era un caballero sociable y tenía por costumbre evitar las multitudes…, sobre todo las multitudes de personas deseosas de conocerlo. Adoraba a madre, pero ni siquiera ella había logrado convencerlo para que asistiera a la fiesta. La valiosísima primera edición de El umbral mágico de Eleanor propiedad de madre estaría expuesta, como siempre, y la gente se pelearía por conocer a su creador. Nunca se cansaban de arrodillarse junto al seto y buscar el capitel enterrado de la vieja columna de piedra. «¡Mira, Simeon, lo veo! ¡La argolla de latón del mapa, tal como se dice en el libro!». Cómo iban a saber que el túnel llevaba años sellado para evitar las exploraciones de los invitados curiosos…

En otras circunstancias Alice habría tratado de sonsacar más información, pero una carcajada masculina al otro lado del seto, seguida de un grito amistoso: «¡No se va a caer, Adam! Ve con tu padre y come algo, no hace falta que los levantes todos a la vez», le recordaron su propósito.

—Bueno, entonces esta noche, sí —dijo—. En la fiesta.

—¿A las once y media, bajo el cenador?

—Sí, sí.

—Es importante, Alice.

—A las once y media —repitió Alice, un poco impaciente—. Allí estaré.

Aun así, el señor Llewellyn no se marchó; parecía pegado al suelo, con esa expresión seria y melancólica y mirándola de hito en hito, casi como si tratara de memorizar sus rasgos.

—¿Señor Llewellyn?

—¿Recuerdas esa vez que sacamos el bote en el cumpleaños de Clemmie?

—Sí —dijo—. Sí, fue un día precioso. Una delicia. —Alice se afanó en recoger la cesta del suelo y el señor Llewellyn debió de captar la indirecta, pues, cuando terminó, ya se había ido.

Alice notó una molesta punzada de algo parecido al remordimiento y suspiró con fuerza. Supuso que estar enamorada era lo que provocaba que sintiera de ese modo, esa compasión generalizada por todo el mundo que no fuera ella. Pobre y viejo señor Llewellyn. Antes lo consideraba un mago; ahora solo veía un hombre encorvado y más bien triste, viejo antes de tiempo, constreñido por la indumentaria y las costumbres victorianas que se negaba a abandonar. En su juventud había sufrido una crisis nerviosa (se suponía que era un secreto, pero Alice sabía un montón de cosas que no debería saber). Ocurrió cuando madre era solo una niña y el señor Llewellyn, un gran amigo de Henri deShiel. Había renunciado a su carrera profesional en Londres y fue entonces cuando se le ocurrió El umbral mágico de Eleanor.

En cuanto a las causas de su crisis nerviosa, Alice las desconocía. Se le ocurrió, de un modo vago, que debería esforzarse más en averiguarlas, pero no hoy; no era tarea para un día como hoy. Sencillamente no había tiempo para el pasado cuando el futuro estaba justo ahí, esperándola, al otro lado del seto. Otro vistazo confirmó que Ben estaba solo, recogiendo sus cosas, a punto de cruzar el jardín para ir a comer. Alice se olvidó al instante del señor Llewellyn. Alzó el rostro hacia el sol y disfrutó del ardor que se extendía por sus mejillas. Qué alegría ser ella, justo allí, en este preciso momento. No era capaz de imaginar que nadie, en ningún lugar, fuera igual de feliz. Y entonces se dirigió hacia el embarcadero, con el manuscrito en las manos, embriagada por la tentadora sensación de ser ella misma, una joven asomada al precipicio de un futuro brillante.

Capítulo 3

 

 

 

Cornualles, 2003

 

 

 

El sol se filtraba entre las hojas y Sadie corría de tal modo que los pulmones le rogaban que se detuviera. Pero no lo hizo; corrió más rápido, deleitándose en la seguridad de sus pisadas. El golpeteo rítmico, el leve eco causado por la tierra húmeda y musgosa y la densa maleza pisoteada.

Los perros habían desaparecido hacía un rato del estrecho sendero, los hocicos pegados al suelo, deslizándose como si siguieran regueros de melaza entre las relucientes zarzas a ambos lados. Era posible que se sintieran más aliviados que ella ahora que había dejado de llover y eran libres de nuevo. A Sadie le sorprendía cuánto le gustaba tenerlos a su lado. Se había mostrado reacia cuando su abuelo lo sugirió, pero Bertie —que ya desconfiaba tras la súbita llegada de Sadie («¿Desde cuándo tomas tú vacaciones?»)— había sido tan tozudo como de costumbre: «Es un bosque que a veces se vuelve impenetrable y tú no lo conoces bien. No sería tan difícil que te perdieras». Cuando su abuelo habló de pedir a uno de los muchachos del pueblo que la acompañara, y después de lanzarle una mirada que sugería que estaba a punto de hacer preguntas que Sadie no quería responder, aceptó de inmediato que los perros fueran a correr con ella.

Sadie siempre corría sola. Había empezado a hacerlo mucho antes de que el caso Bailey estallara y su vida en Londres se fuera al traste. Era lo mejor. Había personas que corrían para hacer ejercicio, había quienes lo hacían por placer, y luego estaba Sadie, que corría como si huyera de su muerte. Fue un novio de hace mucho tiempo quien se lo había dicho. Lo hizo en tono acusatorio, con el cuerpo doblado mientras intentaba recuperar el aliento en medio de Hampstead Heath. Sadie se había encogido de hombros, perpleja porque algo así le pareciera mal, y supo, sorprendentemente sin demasiado pesar, que esa relación no iba a funcionar.

Una ráfaga de viento sopló entre las ramas y le salpicó la cara con las gotas de lluvia de la noche anterior. Sadie sacudió la cabeza, pero no aminoró la marcha. A ambos lados del sendero habían comenzado a aparecer rosas silvestres, criaturas de costumbres fijas que realizaban su incursión anual entre los helechos y los leños caídos. Era bueno que existieran. La prueba de que había belleza y bondad en el mundo, como decían los poemas y los tópicos. Era fácil olvidar ese hecho con un trabajo como el suyo.

La prensa de Londres había retomado el asunto durante el fin de semana. Sadie había echado un vistazo por encima del hombro de un tipo en The Harbour Cafe, donde desayunaba con Bertie. Es decir, donde ella desayunaba y él se tomaba una especie de batido verde que olía a hierba. Era un artículo breve, a una sola columna, en la página cinco, pero el nombre Maggie Bailey era un imán para los ojos de Sadie, que había dejado de hablar a media frase y escudriñando con avidez la letra diminuta. No había descubierto nada nuevo gracias a ese artículo, lo que quería decir que nada había cambiado. ¿Y por qué iba a cambiar? El caso estaba cerrado. Derek Maitland ya tenía su titular. No era de extrañar que se aferrara a la historia como un perro al hueso del vecino; era su manera de ser. Tal vez por eso mismo lo había escogido Sadie.

Se sobresaltó cuando Ash salió de entre los árboles de un salto y se plantó frente a ella, las orejas erguidas, la boca abierta en señal de saludo. Se obligó a sí misma a no rezagarse demasiado, apretó los puños de modo que los dedos se le clavasen en las palmas y corrió más deprisa. Se suponía que no debía leer periódicos. Se suponía que se estaba «tomando un descanso» mientras se le aclaraban las ideas y esperaba a que en Londres las cosas volvieran a su cauce. Consejo de Donald. Estaba intentando protegerla para que no le restregaran por las narices lo estúpida que había sido, Sadie lo sabía, y era amable de su parte, pero en realidad ya era demasiado tarde para eso.

Había salido en todos los periódicos y noticiarios de la televisión, y en las semanas transcurridas desde entonces la cobertura no solo no se había interrumpido, sino que había aumentado, desde artículos que informaban de los comentarios específicos de Sadie hasta alegres alusiones de divisiones internas en la Policía Metropolitana o insinuaciones de operaciones encubiertas. No era de extrañar que Ashford estuviera enojado. El subinspector jefe nunca dejaba pasar la oportunidad de pregonar sus opiniones acerca de la lealtad, mientras se subía la cinturilla de los pantalones con manchas del almuerzo y soltaba a los detectives un discurso repleto de saliva: «No hay nada peor que un soplón, ¿me oís? Si tenéis un problema aquí, lo arregláis aquí. No hay nada más perjudicial para el departamento que dar chivatazos a los de fuera». Y en ese momento siempre recibía una mención especial la más vil de las personas de fuera: el periodista, y el mentón de Ashford temblaba con la fuerza de su aversión: «Chupasangres, todos ellos».

Gracias a Dios no sabía que era Sadie quien había dado este chivatazo en concreto. Donald la había cubierto, del mismo modo que cuando empezó a cometer errores en el trabajo. «Para eso están los compañeros», había dicho entonces, rehuyendo su torpe gratitud con la brusquedad de costumbre. Esos deslices sin importancia en su exigente conducta se convirtieron en una pequeña broma privada; pero esta última infracción era diferente. Al ser el investigador jefe Donald era responsable de las acciones de su agente y, si olvidar llevar el bloc de notas al ir a un interrogatorio podía ser objeto de burlas bienintencionadas, insinuar que el departamento había malogrado una investigación era algo muy distinto.

Donald supo que Sadie había dado el chivatazo en cuanto se publicó la noticia. La invitó a tomar una cerveza en Fox and Hounds y la aconsejó, en términos que dejaron escaso margen para el desacuerdo, que saliera de Londres. Que se tomara el permiso que le debían y permaneciera alejada hasta que se sacara del cuerpo eso que la corroía por dentro. «No estoy de broma, Sparrow», había dicho, limpiándose la espuma de cerveza de ese bigote de cerdas de acero. «No sé qué se te habrá metido en la cabeza últimamente, pero Ashford no es tonto, así que va a estar atento como un halcón. Tu abuelo vive en Cornualles ahora, ¿no? Por tu propio bien, por el bien de los dos, vete y no vuelvas hasta que se te despeje la cabeza».

Un tronco caído surgió de la nada y Sadie saltó por encima, golpeándolo con la puntera de la deportiva. La adrenalina se propagó bajo su piel como almíbar caliente y se aprovechó de ello para correr más rápido. No vuelvas hasta que se te despeje la cabeza. Era mucho más fácil decirlo que hacerlo. Donald no conocía la causa de sus distracciones y descuidos, pero Sadie sí. Imaginó el sobre y su contenido, escondido en la mesilla de noche de la habitación de invitados en la casa de Bertie: el papel elegante, la letra florida, el jarro de agua fría del mensaje. Podía situar el inicio de sus problemas en aquella noche, seis semanas atrás, cuando se topó con esa maldita carta en la alfombra de su apartamento de Londres. Al principio solo había tenido algún que otro fallo de concentración, pequeños errores fáciles de cubrir, pero llegó el caso Bailey, esa niña sin madre, y ¡pum! La tormenta perfecta.

Con un último arranque de energía, Sadie se obligó a esprintar hasta el tocón negro, donde tenía que dar la vuelta. No se relajó hasta llegar, y cuando lo hizo se dobló y tocó con la mano su superficie húmeda e irregular, y luego se relajó, las manos sobre las rodillas, mientras recuperaba el aliento. Su diafragma subía y bajaba, se le nubló la visión. Sentía dolor y se alegraba por ello. Ash husmeaba por las inmediaciones, olisqueando un tronco cubierto de musgo que sobresalía en la cuesta empinada y embarrada. Sadie bebió con avidez de la botella de agua y vertió un poco en la boca abierta del perro. Le acarició la suave y brillante oscuridad entre las orejas.

—¿Dónde está tu hermano? —le preguntó. Ash inclinó la cabeza y se quedó mirándola con sus ojos inteligentes—. ¿Dónde está Ramsay?

Sadie recorrió con la vista la maraña de vegetación silvestre que los rodeaba. Los helechos crecían hacia la luz, tallos en espiral que se desplegaban y terminaban en frondas. El dulce olor a madreselva silvestre se mezclaba con el aroma a tierra de la lluvia reciente. Lluvia de verano. Siempre le había gustado ese olor, incluso más cuando Bertie le dijo que lo causaba un tipo de bacteria. Era una demostración de que pueden surgir cosas buenas de las malas si se dan las condiciones adecuadas. Sadie tenía un interés personal en creer que eso era cierto.

Era un bosque frondoso y, mientras buscaba a Ramsay, comprendió que Bertie estaba en lo cierto. No era difícil perderse para siempre en un lugar así. No Sadie, no con los perros a su lado, de olfato agudo y adiestrado para volver a casa, pero sí otra persona, más inocente, la niña de los cuentos de hadas. Esa niña, con la cabeza llena de historias románticas, se podría aventurar demasiado lejos en el interior del bosque y extraviarse.

Sadie no se sabía muchos cuentos de hadas, más allá de los más populares. Era una de las enormes lagunas (cuentos de hadas, exámenes de acreditación para la universidad, cariño de los padres) que había notado al compararse con sus compañeros. Incluso la habitación de la pequeña Bailey, apenas amueblada, contenía una estantería de libros y un ejemplar, muy desgastado, de los cuentos de los hermanos Grimm. Pero en la infancia de Sadie no hubo cuentos; a ella nadie le susurró en voz queda «Érase una vez». Su madre no acostumbraba a susurrar, su padre aún menos, y ambos compartían un pertinaz rechazo a la fantasía.

Aun así, como ciudadana del mundo, Sadie había aprendido que en los cuentos de hadas las personas desaparecían y por lo general había bosques frondosos y oscuros de por medio. Las personas también desaparecían a menudo en la vida real. Sadie lo sabía por experiencia. Algunos por una desgracia, otros por elección: los que se perdían frente a los que se esfumaban, los que no querían ser encontrados. Personas como Maggie Bailey.

—Se ha largado —Donald lo dijo enseguida, el mismo día que encontraron a la pequeña Caitlyn sola en el apartamento, semanas antes de descubrir la nota que le daba la razón—. Demasiada responsabilidad. Los niños, llegar a fin de mes, la vida. Si me hubieran dado una libra por cada vez que veo algo así…

Pero Sadie se había negado a creer esa teoría. Se escapó por la tangente, elaboró suposiciones fantasiosas sobre un delito, de esos que solo existen en las novelas de misterio, sin dejar de insistir en que una madre no abandonaría así a su hija, exigiendo repasar las pruebas una vez más, en busca de esa pista crucial que se les había pasado por alto.

—Estás buscando algo que no vas a encontrar —le dijo Donald—. A veces, Sparrow (no muchas, maldita sea, pero a veces), las cosas son tan sencillas como parecen.

—Como tú, por ejemplo.

Donald rio.

—Mira que eres bruta. —Y entonces su tono se suavizó, se volvió casi paternal, y esto cuando se trataba de Sadie, era mucho peor que si hubiera comenzado a gritarle—. Nos ocurre a los mejores. Si pasas años en este trabajo, termina por haber un caso que te afecta. Eso quiere decir que eres humana, pero no que tengas razón.

Sadie había recuperado el aliento, pero seguía sin haber ni rastro de Ramsay. Lo llamó y su voz volvía de lugares oscuros y húmedos en forma de eco: Ramsay… Ramsay… Ramsay… La última repetición, más débil, se deshacía en la nada. Era el más reservado de los dos perros y había tardado más en ganarse su confianza. Fuera o no justo, era su favorito por ello. Sadie siempre había desconfiado del cariño repentino. Era un rasgo que también reconocía en Nancy Bailey, la madre de Maggie, y sospechaba que eso las había acercado. Una folie à deux, se llamaba, una locura compartida, dos personas sensatas que fomentan la una en la otra el mismo delirio. Sadie comprendía ahora que eso era lo que les había ocurrido a ella y a Nancy Bailey: cada una alimentaba la fantasía de la otra, convencidas de que había más en la desaparición de Maggie de lo que se veía a simple vista.

Y había sido una locura. Diez años en la policía, cinco como investigadora, y olvidó todo lo que había aprendido en cuanto vio a esa niña sola en aquel apartamento de aire viciado; bonita y delicada, iluminada desde detrás, de modo que sobre su cabellera rubia y despeinada se formaba una aureola, los ojos abiertos y vigilantes al observar a los dos adultos desconocidos que acababan de irrumpir por la puerta principal. Fue Sadie quien se acercó a ella, le cogió las manos y le dijo, con una voz clara y fuerte que no reconoció: «Hola, preciosa. ¿Quién sale ahí en tu camisón? ¿Cómo se llama?». La vulnerabilidad de la niña, su pequeñez e incertidumbre la impresionaron en el lugar que más se protegía Sadie de las emociones. En los días que siguieron no dejó de sentir la huella espectral de las manitas de la niña entre las suyas y, por la noche, cuando trataba de dormir, oía esa vocecita quejumbrosa diciendo ¿Mamá? ¿Dónde está mi mamá? La consumió una feroz necesidad de arreglar las cosas, de devolverle a su madre, y Nancy Bailey demostró ser la compañera perfecta. Pero, si bien era perdonable que Nancy se agarrara a un clavo ardiendo, si resultaba comprensible su desesperado intento de excusar la insensible conducta de su hija, reducir la conmoción de una nieta abandonada y atenuar su sentimiento de culpa («Si esa semana no me hubiera ido de viaje con amigas, la habría encontrado yo misma»), Sadie debería haber sido más sensata. Toda su carrera profesional y toda su vida adulta se habían basado en la sensatez.

—Ramsay —llamó de nuevo.

Una vez más, solo el silencio como respuesta, ese silencio de hojas que se mueven y de agua que corre a lo lejos en una zanja empapada por la lluvia. Esos ruidos de la naturaleza que lograban que una persona se sintiera aún más sola. Sadie estiró los brazos por encima de la cabeza. Sentía una necesidad física de ponerse en contacto con Nancy, un peso enorme en el pecho, dos puños sudorosos cerrados en torno a los pulmones. Su ignominia la podía soportar, pero, cuando pensaba en Nancy, la vergüenza era abrumadora. Todavía sentía la necesidad imperiosa de pedir disculpas, de explicar que todo había sido un terrible lapsus, que nunca había pretendido vender falsas esperanzas. Donald la conocía bien: «Y, Sparrow —fueron sus palabras de despedida antes de enviarla a Cornualles—, ni se te ocurra hablar con la abuela».

Más fuerte esta vez:

—¡Ramsay! ¿Dónde estás, muchacho?

Sadie se tensó, a la escucha. Un pájaro asustado, un aletear de gruesas alas en las alturas. A través del entramado de ramas, su mirada se posó en la mancha blanca de un avión que abría el azul pálido del cielo al pasar. El avión se dirigía al este, hacia Londres, y observó su avance con una extraña sensación de desarraigo. Le resultaba inconcebible que el ciclón de la vida, de su vida, siguiera allí sin ella.

No había sabido nada de Donald desde que se fue. No le sorprendía, en realidad no, no todavía, tras una semana, cuando él había insistido en que se tomara todo un mes de vacaciones. «Puedo regresar antes si quiero, ¿no?», preguntó Sadie al joven de recursos humanos, cuya confusión hizo evidente que era la primera vez que le hacían aquella pregunta. «Mejor que no», gruñó Donald más tarde. «Si te veo aquí antes de que estés lista, y no bromeo, Sparrow, voy directo a Ashford». Y cumpliría la amenaza, a Sadie no le cabía duda. Se acercaba a la jubilación y no estaba dispuesto a que una loca le estropeara los planes. Sin más opciones, Sadie preparó una mochila, agachó la cabeza y condujo hasta Cornualles. Dejó a Donald el número de Bertie, le dijo que la cobertura móvil no era muy de fiar y albergó la esperanza de que la llamara para reincorporarse pronto.

Un gruñido retumbó a su lado y Sadie miró hacia abajo. Ash estaba tan rígido como una estatua, con la mirada fija en el bosque.

—¿Qué pasa, muchacho? ¿No te gusta el olor de la autocompasión? —Se le erizó el vello del cuello, giró las orejas, pero siguió igual de concentrado. Y entonces Sadie lo oyó también, a lo lejos, distante. Ramsay, un ladrido; no de alarma tal vez, pero inusual de todos modos.

Un instinto materno inusitado, un tanto inquietante, se había apoderado de Sadie desde que los perros la habían adoptado, y cuando Ash gruñó de nuevo tapó la botella de agua.

—Venga, vamos —dijo, dándose unos golpecitos en el muslo—. Vamos a buscar a ese hermano tuyo.

Sus abuelos no tenían perros cuando vivían en Londres, Ruth era alérgica. Sin embargo, cuando Ruth murió y Bertie se retiró a Cornualles, al fin cedió. «Me va bien», le dijo a Sadie por esa línea telefónica sibilante. «Me gusta esto. De día siempre estoy ocupado. Pero las noches son tranquilas; me pongo a discutir con la tele. Y lo peor es que tengo la sospecha de que soy yo quien pierde».

Fue un intento por quitar hierro a las cosas, pero Sadie se había dado cuenta de cómo se le quebraba la voz. Sus abuelos se habían enamorado de adolescentes. El padre de Ruth llevaba las entregas a la tienda de los padres de Bertie, en Hackney, y habían sido inseparables desde entonces. La pena de su abuelo era palpable y Sadie quiso decir las palabras perfectas para hacerle sentir mejor. Las palabras, sin embargo, no eran su fuerte, así que, en lugar de ello, le sugirió que tal vez se le daría mejor discutir con un labrador. Bertie rio y le dijo que había pensado en ello, y al día siguiente fue al albergue de animales. De esa manera tan típica de Bertie, volvió a casa no con uno, sino con dos perros y un gato en el remolque. Por lo que Sadie había observado durante la semana que había pasado en Cornualles, los cuatro formaban una familia bien avenida, si bien el gato se pasaba la mayor parte del tiempo escondido detrás del sofá; su abuelo parecía más feliz que nunca desde que Ruth enfermó. Razón de más para que Sadie no volviera a casa sin sus perros.

Ash aceleró el paso y Sadie tuvo que darse prisa para no perderlo de vista. La vegetación estaba cambiando. El aire se volvía más ligero. Bajo los árboles cada vez más escasos, las zarzas habían aprovechado la luz del sol para multiplicarse y crecer alegremente. Las ramas agarraban y tiraban del dobladillo de los pantalones cortos de Sadie a medida que se abría camino por la espesura. Si hubiera sido dada a fantasear, se habría imaginado que estaban tratando de detenerla.

Forcejeó contra la escarpada pendiente, evitando las rocas enormes y dispersas, hasta que llegó arriba y se encontró en la linde del bosque. Se detuvo a admirar el paisaje. Nunca había ido tan lejos. Frente a ella se extendía una pradera de hierba crecida y a lo lejos vislumbró una verja y lo que parecía ser una puerta inclinada. Más allá vio más de lo mismo, otro espacio enorme cubierto de hierba, interrumpida en ocasiones por árboles gigantescos de fron ...