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EL VALLE DEL óXIDO

Philipp Meyer

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Fragmento

1

La madre de Isaac llevaba muerta cinco años, pero no había dejado de pensar en ella. Vivía solo en la casa con el viejo, tenía veinte años, era pequeño para su edad, se le podía confundir fácilmente con un niño. Era última hora de la mañana y cruzaba deprisa el bosque en dirección a la ciudad: una figura pequeña y delgada con mochila, procurando que nadie lo viera. Había cogido cuatro mil dólares de la mesa del viejo; «Robado», se corrigió. La fuga del manicomio. Si alguien te ve esto va a ir en plan: «Silas, suelta los perros».

Enseguida llegó al alto: verdes colinas ondulantes, un turbio río sinuoso, una extensión ininterrumpida de bosques salvo por la ciudad de Buell y la fundición. La fundición en sí había sido como una pequeña ciudad, pero la habían cerrado en 1987 y desmantelado parcialmente diez años después; ahora se alzaba como unas ruinas antiguas, los edificios cubiertos de celastro agridulce, cola del diablo y árboles del cielo. Las huellas de ciervos y coyotes se entrecruzaban en los terrenos; solo había algún ocupa humano de vez en cuando.

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Aun así, era una población pintoresca: pulcras hileras de casas blancas que bordeaban la ladera de la colina, campanarios de iglesia y calles de adoquines, las altas cúpulas plateadas de la catedral ortodoxa. Un lugar que hasta hacía poco había sido acomodado, con el centro lleno de edificios históricos de piedra, ahora la mayoría entablados. En ciertas manzanas se seguía manteniendo una simulación de recogida de basuras, pero otras habían sido abandonadas por completo. Buell, condado de Fayette, Pensilvania. «Fayette-nam», lo llamaban a menudo.

Isaac caminaba siguiendo las vías del ferrocarril para evitar que lo vieran, aunque de todos modos no había mucha gente por ahí. Alcanzaba a recordar las calles en el momento del cambio de turno, el tráfico detenido, la marea de hombres que emergían del tren de laminación de tochos, cubiertos de polvo de la acería y parpadeando al sol; su padre, alto y resplandeciente, que se agachaba para levantarlo. Eso era antes del accidente. Antes de que se convirtiera en el viejo.

Había sesenta kilómetros hasta Pittsburgh y lo mejor era seguir las vías a lo largo del río: era fácil encaramarse de un salto a un tren de carbón e ir montado tanto rato como se quisiera. Una vez que llegara a la gran ciudad, se subiría a otro tren rumbo a California. Llevaba un mes planeándolo. Tendría que haberlo hecho hacía tiempo. ¿Crees que vendrá Poe? Probablemente no.

En el río vio pasar gabarras y un remolcador, los motores zumbando. Transportaba carbón. Cuando desapareció la embarcación el aire se acalló; el agua era lenta y turbia, el bosque llegaba hasta la orilla misma y podría haber sido cualquier parte, el Amazonas, una foto del National Geographic. Una mojarra azul dio un salto en el agua poco profunda; supuestamente no había que comerse el pescado, pero todo el mundo se lo comía. Mercurio y PCB. No recordaba qué querían decir esas letras, pero era veneno.

En la escuela había ayudado a Poe en mates, aunque ni siquiera ahora sabía con seguridad por qué Poe era amigo suyo: Isaac English y su hermana mayor eran los dos chicos más listos de la ciudad, de todo el valle, probablemente; la hermana se había ido a Yale. Era una marea creciente, e Isaac había esperado que igual también se lo llevaría a él. Había admirado a su hermana durante casi toda su vida, pero ella había encontrado un nuevo lugar, tenía un marido en Connecticut al que no habían conocido ni Isaac ni su padre. Te las apañas bien solo, pensó. El chaval tiene que dejarse de tantos resentimientos. No tardará en llegar a California, con inviernos llevaderos y el calor de su propio desierto. Un año para obtener la residencia y solicitar plaza de estudios: astrofísica. Lawrence Livermore. El Observatorio de Keck y el Very Large Array. Escucha lo que dices: ¿todavía tiene sentido algo de eso?

Fuera de la pequeña ciudad el ambiente volvía a ser rural, y decidió seguir los senderos hasta la casa de Poe en vez de tomar la carretera. Iba ascendiendo a paso constante. Conocía el bosque igual que un viejo cazador furtivo, llevaba cuadernos con dibujos que había hecho de pájaros y otros animales, aunque sobre todo pájaros. La mitad del peso de la mochila eran los cuadernos. Le gustaba estar a la intemperie. Se preguntaba si sería porque no había gente, pero esperaba que no. Era una suerte crecer en un lugar así porque en una ciudad grande… no lo sabía, su mente era como un tren cuya velocidad no podía controlar. Dale vía y dirección o descarrila. La condición humana le ponía nombre a todo: sanguinaria flor de roca lirio de bosque, tulipero nogal almez. Hicoria ovada y roble palustre. Algarrobo y pacanero. Más que de sobra para mantener la cabeza ocupada.

Entretanto, justo encima de la cabeza, un tenue cielo azul que permite ver claramente hasta el espacio exterior: el último gran misterio. La misma distancia que a Pittsburgh: unos tres kilómetros de aire y luego doscientos cuarenta grados bajo cero, un frágil manto. Pura chiripa. Según las probabilidades no deberías estar vivo: piénsalo, Watson. No lo puedes decir en público o te pondrán una camisa de fuerza.

Solo que a la larga la suerte se acaba; tu sol se convierte en una gigante roja y la tierra se abrasa por completo. Otorgado y arrebatado. La humanidad entera tendría que mudarse antes de que ocurriera y solo los físicos podían dilucidar el modo, eran ellos quienes salvarían a la gente. Para entonces él llevaría mucho tiempo muerto, claro. Pero al menos habría hecho su aportación. Estar muerto no te eximía de tu responsabilidad hacia los que seguían vivos. Si de algo estaba seguro, era de eso.

Poe vivía al final de un camino de tierra en una caravana doble que estaba, como muchas casas fuera de la ciudad, en una gran extensión de bosque. Treinta hectáreas, en este caso, que provocaban una sensación como de frontera, una sensación de ser el último hombre de la tierra, protegido por todas las colinas y hondonadas verdes.

En el jardín había un todoterreno cubierto de barro cerca del viejo Camaro de Poe, con la pintura de tres mil dólares y la transmisión hecha polvo. Cobertizos metálicos más o menos derruidos, en uno de ellos una bandera del piloto de carreras Dale Earnhardt con el número 3 colgaba de lado a lado, un poste de madera para desollar ciervos. Poe estaba sentado en la cima de la colina, mirando hacia el río desde la silla plegable. Si tenías manera de pagar la hipoteca, decía siempre la gente, era como vivir en el terrenito trasero de Dios.

La ciudad entera pensaba que Poe iría a la universidad para seguir jugando al fútbol americano, no tenía exactamente madera para entrar en uno de los Diez Grandes pero era lo bastante bueno para llegar a alguna parte, solo que dos años después aquí estaba, viviendo en la caravana de su madre, sentado en el jardín y con pinta de ir a ponerse a cortar leña. Esta semana o quizá la siguiente. Tenía un año más que Isaac, sus tiempos de gloria habían quedado atrás, había una docena de latas de cerveza vacías a sus pies. Era alto y ancho, con la cabeza cuadrada y, con sus cerca de ciento diez kilos, era más del doble de corpulento que Isaac. Cuando lo vio, Poe dijo:

—Nos vamos a librar de ti de una vez por todas, ¿eh?

—No hace falta que llores —le respondió Isaac. Miró alrededor—. ¿Dónde está tu mochila?

Era un alivio ver a Poe, una distracción del dinero robado que llevaba en el bolsillo.

Poe esbozó una sonrisa torcida y tomó un sorbo de cerveza. Llevaba días sin ducharse; lo habían despedido cuando la ferretería de la ciudad recortó horarios y estaba demorando todo lo posible solicitar empleo en el Wal-Mart.

—Sobre eso de acompañarte, ya sabes que tengo un montón de cosas que hacer. —Movió el brazo en un gesto que abarcaba las colinas ondulantes y los bosques a lo lejos—. No tengo tiempo para ese viajecito tuyo.

—Eres un auténtico cobarde, ¿no?

—Joder, Tarado, no querrás en serio que te acompañe.

—Me trae sin cuidado si vienes o no —repuso Isaac.

—Mirándolo desde mi perspectiva egoísta, sigo en libertad condicional, coño. Me sale más a cuenta robar gasolineras.

—Claro que sí.

—No vas a conseguir que me sienta mal. Tómate una cerveza y siéntate un rato.

—No tengo tiempo —dijo Isaac.

Poe paseó la mirada por el jardín con exasperación, pero al final se puso en pie. Apuró el resto de la cerveza y estrujó la lata.

—Vale —accedió—. Te acompaño hasta la estación de Conrail en la ciudad. Pero luego sigues por tu cuenta.

Desde lejos, a juzgar por su tamaño, bien podrían haber sido padre e hijo. Poe con el mentón grande y los ojos pequeños e incluso ahora, dos años después del instituto, una cazadora de nailon de jugador de fútbol americano, con el nombre y el número delante y BUELL EAGLES detrás. Isaac bajo y flaco, los ojos muy grandes para su cara, la ropa también demasiado grande, la vieja mochila llena a rebosar con el saco de dormir, una muda de ropa, los cuadernos. Bajaron por el estrecho camino de tierra hacia el río, había sobre todo bosques y prados, verdes y hermosos en las primeras semanas de primavera. Pasaron por delante de una antigua casa que se había desplomado de morros en un hoyo abierto; la zona media del valle del Mon estaba sembrada de viejas minas de carbón, unas debidamente entibadas, otras no. Isaac lanzó un pedrusco y derribó una chimenea de evacuación del tejado. Siempre había tenido buen brazo, mejor que Poe incluso, aunque, naturalmente, este nunca lo habría admitido.

Justo antes del río llegaron a la granja de Cultrap con sus vacas al sol, oyeron a un cerdo chillar durante un buen rato en uno de los cobertizos.

—Ojalá no lo hubiera oído.

—Joder —dijo Poe—. Cultrap hace el mejor beicon de por aquí.

—Aun así, es algo muriendo.

—Igual deberías dejar de analizarlo.

—Ya sabes que usan corazones de cerdo para arreglar corazones humanos. Las válvulas son en esencia iguales.

—Voy a echar en falta tus peregrinos datos.

—Claro que sí.

—Estaba exagerando —señaló Poe—. Era ironía.

Siguieron andando.

—Ya sabes que te debería un favor de los grandes si vinieras.

—Jack Kerouac Junior y yo. Que le robó cuatro de los grandes a su viejo y ni siquiera sabe de dónde salió el dinero.

—Es un cabrón rastrero con una pensión de trabajador siderúrgico. Tiene dinero de sobra ahora que no se lo manda todo a mi hermana.

—Que probablemente lo necesitaba.

—Que se licenció en Yale con unas diez becas mientras yo me quedaba aquí y cuidaba del Pequeño Hitler.

Poe suspiró.

—Pobre Isaac, tan furioso.

—¿Quién no lo estaría?

—Bueno, según las sabias palabras de mi propio padre, vayas donde vayas, te levantas y ves la misma cara en el espejo.

—Cuánta razón tiene.

—El viejo ha vivido lo suyo.

—Eso sí que es cierto.

—Venga ya, Tarado.

Doblaron hacia el norte siguiendo el río, en dirección a Pittsburgh; al sur quedaban el bosque estatal y las minas de carbón. El carbón era la razón del acero. Pasaron por delante de otra vieja fábrica y su columna de humo, no era solo acero, había docenas de industrias más pequeñas que sostenían a las fundiciones y eran sostenidas por ellas: herramientas y matrices, acabados especializados, utensilios para la minería, la lista seguía. Había sido un sistema complejo, y cuando cerraron las fundiciones el valle entero se vino abajo. El acero había sido el corazón. Se preguntó cuánto tiempo pasaría hasta que todo se oxidara y quedara reducido a nada y el valle se remontase a un estado primitivo. Solo la piedra resistiría.

Durante cien años el valle había sido el centro de la producción de acero del país, del mundo entero, en teoría, pero en el tiempo transcurrido desde que nacieron Poe e Isaac la zona había perdido ciento cincuenta mil puestos de trabajo, y la mayoría de las poblaciones ya no podían costear los servicios básicos; muchas ya no tenían policía. Como había oído casualmente Isaac que su hermana le decía a alguien de la universidad: «La mitad de la gente empezó a vivir a cuenta de la asistencia social y la otra mitad volvió a la caza y la recolección». Lo que era exagerar, pero no mucho.

No había señal de ningún tren y Poe caminaba un paso por delante, solo se oía el viento que soplaba desde el río y el crujir de la grava bajo sus pies. Isaac esperaba que viniera uno de los largos, que con todos los meandros del río iría lento. Los trenes más cortos iban mucho más deprisa; era peligroso intentar montarse.

Miró hacia el río, su turbiedad, las cosas enterradas debajo. Diferentes estratos y toda clase de porquería antigua enterrada en el fango, piezas de tractor y huesos de dinosaurio. Tú no es­tás en el fondo pero tampoco estás exactamente en la superficie. Te está costando mucho trabajo ver las cosas. De ahí el chapuzón de febrero. De ahí lo de desplumar al viejo. Tienes la sensación de que te fuiste de casa hace días, pero probablemente solo han pasado dos o tres horas; aún puedes volver. No. Hay muchas cosas peores que robar; mentirte a ti mismo, por ejemplo, tu hermana y el viejo son expertos en eso. Se comportan como si fueran los últimos seres vivos sobre la faz de la tierra.

Tú, sin embargo, te pareces a tu madre. Si te quedas, seguro que vas a parar al manicomio. A la mesa de embalsamar. Paseo sobre el hielo en febrero, el hielo como una sacudida. Tan frío que apenas podías respirar, pero te quedaste allí hasta que dejó de dolerte, así se hundió ella. Lo soportas un minuto y luego empiezas a entrar en calor. Una lección de vida. No habrías salido a flote hasta ahora: abril, el río se vuelve más cálido y las cosas que viven en tu interior, en silencio y sin saberlo tú, son las que te hacen salir a flote. El maestro te lo enseñó. Los ciervos muertos en invierno parecen esqueletos, aunque en verano se les hincha el pellejo. Bacterias. El frío las mantiene a raya, pero al final te atrapan.

Lo llevas bien, pensó. Anímate.

Pero, naturalmente, recordaba a Poe sacándolo del agua, recordaba haberle dicho a Poe: «Quería saber lo que se siente, nada más». Un simple experimento. Luego estaba bajo los árboles, estaba oscuro y corría, cubierto de barro, abriéndose paso entre el follaje y los helechos, notaba un fragor en los oídos y fue a parar al campo de alguien. Las hojas secas crujían; había pasado frío tanto rato que ya no tenía frío en absoluto. Sabía que estaba en las últimas. Pero Poe le había vuelto a dar alcance.

—Perdona lo que he dicho de tu padre —le dijo a Poe ahora.

—Me importa una mierda —aseguró Poe.

—¿Vamos a seguir andando así?

—¿Así, cómo?

—Sin hablar.

—Igual es que estoy triste.

—Igual tienes que echarle huevos.

Isaac sonrió, pero Poe siguió serio.

—Unos tenemos toda la vida por delante. Otros…

—Puedes hacer lo que quieras.

—Déjalo ya —dijo Poe.

Isaac le dejó seguir caminando delante. El viento arreciaba y les azotaba la ropa.

—¿Seguro que quieres continuar si estalla esa tormenta?

—La verdad es que no —dijo Poe.

—Hay una vieja fábrica por ahí, cuando salgamos de este bosque. Podemos buscar un sitio para esperar a que escampe.

El río quedaba como a una docena de metros a su izquierda y más adelante las vías bordeaban una larga llanura expuesta a inundaciones con la hierba de color verde intenso en contraste con el negro de las nubes que se acercaban. En mitad del campo, una hilera de furgones engullida por matorrales de rosas silvestres. En un extremo de la llanura se hallaba la fábrica Standard Steel Car, ya había estado allí dentro, la planta estaba medio en ruinas, ladrillos y vigas de madera amontonados encima de las antiguas forjas y prensas hidráulicas, musgo y enredaderas que crecían por todas partes. A pesar de los escombros, era enorme y amplia por dentro. Había cantidad de recuerdos que llevarse. Aquella vieja placa del fabricante que le diste a Lee, la arrancaste de una enorme forja de martillo, puliste las manchas y le sacaste brillo. Un acto de vandalismo menor. No, piensa en todos los que se enorgullecieron de esas máquinas, rescatar algunas piezas: un poquito de vida después de la muerte. Lee la puso encima de su mesa, la viste cuando fuiste a New Haven. Entretanto, amenaza lluvia. Está a punto de hacer frío y humedad. Vaya manera de empezar el viaje.

—Joder —dijo Poe cuando empezó a llover—. Esa fábrica ni siquiera tiene tejado. Claro que, con la suerte que tienes, debería haberlo supuesto.

Isaac señaló:

—Hay otro edificio ahí atrás que está en mejores condiciones.

Isaac se adelantó; Poe estaba de mala leche y no sabía bien qué hacer al respecto.

Siguieron un sendero de ciervos que cruzaba el prado. Alcanzaron a ver el edificio más pequeño detrás de la fábrica principal; medio oculto entre los árboles, era oscuro y sombrío. O resguardado, pensó. Un edificio de ladrillo, mucho más pequeño que la planta principal, del tamaño de un garaje grande, quizá, con las ventanas entabladas pero el tejado intacto. Estaba en buena parte cubierto de enredaderas, aunque había un camino despejado que llevaba hasta allí a través de la hierba. La lluvia los azotó y echaron a correr, y cuando llegaron al edificio Poe golpeó con el hombro la puerta, que se abrió sin ningún problema.

En el interior estaba oscuro pero atinaron a ver que había sido un taller de máquinas, había quizá una docena de tornos y fresadoras. Un caballete y una serie de bancos de esmeriladoras para cortar piezas de herramientas, aunque las esmeriladoras en sí habían desaparecido y a los tornos les faltaban los portabrocas y las manillas de avance transversal, todo lo que alguien pudiera llevarse. Había botellas vacías de vino encabezado tiradas por todas partes, más latas de cerveza. Una vieja estufa de madera y señales de hogueras recientes.

—Virgen santa. Huele como si hubiera diez vagabundos enterrados bajo el suelo.

—No pasa nada —comentó Isaac—. Voy a encender un fuego para que nos sequemos.

—Fíjate en este sitio, es como un hotel Howard Johnson para indigentes; hay montones de leña y todo.

—Bienvenido a mi mundo.

—Venga ya —bufó Poe—, no eres más que un puto turista.

Isaac no le hizo caso. Se arrodilló delante de la estufa y empezó a construir una minuciosa estructura para encender fuego, yesca y luego leña y luego se interrumpió para buscar trozos de madera de tamaño adecuado. No era el mejor sitio, pero serviría. Mejor eso que pasar el resto del día con la ropa mojada. Así será echarse a la carretera, priorizar las pequeñas comodidades: la vida sencilla. De vuelta a la naturaleza. Si te hartas, siempre puedes comprar un billete de autobús. Solo que entonces perderá todo el sentido; para el caso, como si compraras otro billete y volvieras. El chaval no tiene miedo. Habrá más para ver de esta manera: un desvío a Texas, el Observatorio McDonald. Las montañas Davis, un telescopio de nueve metros, el Hobby-Eberly. Intenta imaginarte las estrellas a través de eso: no sería muy distinto de estar allá arriba. Lo mejor después de ser astronauta. El Very Large Array, Nuevo México o Arizona, no lo recuerdo. Verlo todo. Sin prisas, sin preocupaciones.

—No hace falta que parezcas tan contento —comentó Poe.

—No lo puedo evitar.

Encontró unos trozos pequeños de madera y volvió a centrarse en el fuego, usando la navaja para hacer unas astillas que usar como yesca.

—Te cuesta una puñetera eternidad hacer cualquier cosa, ¿sabes?

—Me gusta encender un fuego con una sola cerilla.

—Pues así, para cuando la enciendas ya habrá oscurecido y nos tendremos que ir, porque no pienso pasar la noche aquí.

—Te dejaré mi saco de dormir.

—Y una mierda —dijo Poe—. Probablemente ya hemos pillado la tuberculosis solo por estar aquí.

—No nos pasará nada.

—Eres un caso perdido —le dijo Poe.

—¿Qué crees que harás cuando me haya ido?

—Supongo que estaré feliz de la hostia.

—En serio.

—Déjalo ya. Si quiero que alguien me dé la vara, hablaré con mi madre.

—Ya hablaré yo con tu madre.

—Sí, ya. ¿Has traído algo de comer?

—Unos frutos secos.

—Claro.

—Pásame el mechero.

—Lo que sería perfecto ahora es una empanada de Vincent’s. Joder, estuve el otro día, la especial de la casa…

—El mechero.

—Encargaría una, pero Nextel me ha cortado la línea.

—Ajá.

—Era un chiste —dijo Poe.

—Graciosísimo. Dame el mechero.

Poe suspiró y se lo alcanzó. Isaac encendió el fuego. Prendió enseguida. Era un buen fuego. De una patada abrió del todo la puertecilla de la estufa y luego se sentó y contempló su trabajo con satisfacción.

—Seguirás sonriendo cuando el edificio arda y se nos caiga encima.

—Para ser alguien que envió a dos tipos al hospital…

—No vayas por ahí —le advirtió Poe.

—No se me ocurriría.

—Ya sabes que creo que eres un tío legal, Tarado. Solo quería dejarlo caer, por si quieres tener en cuenta mi opinión.

—Seguro que allí podrías entrar en cualquier equipo de fútbol americano. Hay cantidad de universidades, es como Los vigilantes de la playa.

—Solo que todo el mundo que conozco vive aquí.

—Llama a ese entrenador de la Universidad de Nueva York.

Poe se encogió de hombros.

—Me alegro por ti —dijo—. Lo vas a lograr, igual que tu hermana. Incluso lo del tipo rico con el que te acabarás casando. Algún dulce viejecito, harás el circuito de San Francisco…

Hubo una pausa mientras paseaban la vista por el escondrijo. Poe se levantó, buscó un trozo de cartón y volvió a dejarlo en el suelo para tumbarse.

—Sigo borracho —dijo—. Gracias a Dios. —Se tendió boca arriba encima del cartón y cerró los ojos—. Ay, Dios, qué vida la mía. No puedo creer que vayas a hacerlo.

—Furgón Isaac, así me llamo ahora.

—Adorado por los marineros.

—Duque de todos los vagabundos.

Poe sonrió.

—Si es tu manera de pedir disculpas, las acepto. —Se volvió de lado y se tapó con la cazadora deportiva—. Igual cierro los ojos un momento. No olvides despertarme en cuanto deje de llover.

Isaac le dio una patada.

—Levanta.

—Déjame ser feliz.

Isaac volvió a contemplar el fuego. Parece que tira; no se morirá por el monóxido de carbono. Dale otra patada. No. Déjalo tranquilo. Probablemente ya esté inconsciente. Se queda frito en cuanto se sienta. No como tú, que apenas consigues dormir en tu propia cama. En un sitio así no llegarías ni a cerrar los ojos. Ojalá viniera conmigo. Miró a su alrededor las viejas máquinas, las viejas vigas, las rendijas de luz gris a través de las ventanas entabladas. A Poe no le da miedo la gente, ahí está la diferencia. Solo que sí se lo da, a su manera. No le da miedo físicamente, eso es todo. Entretanto, fíjate tú, ya estás preocupado, te preguntas si el viejo está bien. Cuando sabes que le irá bien. Lee tiene un marido rico: pueden contratar a una enfermera cuando quieran. No había motivo mientras tú vivías allí, pero ahora que te has ido buscarán una enfermera. Lee volverá a librarse gracias al dinero. Tú invertiste cinco años y ella un par de días todas las navidades, ella y el viejo comportándose como si fuera cosa del destino. Pero aun así —fíjate—, de alguna manera tú acabas siendo el malo. El chaval se convierte en un ladrón, abandona a su padre, su hermana sigue siendo la heroína y la preferida.

Procuró tranquilizarse, pero no podía. Al chaval le gustaría meterse una dosis triple de Prozac. O algo más fuerte. Sacó el dinero y lo volvió a contar, no llegaba a cuatro mil dólares, parecía una suma enorme, aunque sabía que no lo era. Las cosas no harán sino ponerse más difíciles, tienes a Poe aquí mismo y sigues en territorio conocido. Aunque lo has planeado todo, los cuadernos y el expediente académico, todo lo necesario para empezar de nuevo en California. Parecía perfectamente lógico en teoría, pero ahora es ridículo, claro. Incluso si el viejo no llama a la poli. Lo único que te retiene aquí fuera es el orgullo.

Se oyó un ruido al otro extremo del edificio y Poe se incorporó medio grogui y miró alrededor. Había una puerta en la que no se habían fijado. Aparecieron tres hombres, pateando el suelo y chorreando lluvia, con mochilas a la espalda. Estaban entre las sombras, dos hombres altos y uno bajo.

—Estáis en nuestro sitio —dijo el más grande.

Era considerablemente más alto que Poe, con el pelo rubio abundante y barba poblada. Los tres hombres se acercaron rodeando las máquinas y se detuvieron a unos pasos del fuego.

Isaac se puso en pie, pero Poe no se movió.

—Este sitio no es de nadie —dijo Poe.

—No —repuso el hombre—. Este es nuestro.

—No sé si habéis estado ahí fuera recientemente —dijo Poe, mirando los charcos que estaban dejando los hombres en el suelo—, pero no vamos a movernos.

—Podemos irnos —terció Isaac.

Estaba pensando en el dinero que llevaba en el bolsillo y desvió la mirada de los recién llegados. Le pareció que el rubio grande con pinta de leñador igual decía algo más, pero guardó silencio.

—Qué coño importa —dijo otro hombre—. Al menos han encendido el fuego.

Se desprendió de la mochila. Era el más pequeño y también el mayor, con cuarenta y tantos años y barba incipiente de una semana, la nariz fina muy torcida, se la había roto y no se la habían encajado. Isaac recordó que Poe había estado haciendo el tonto una vez sin casco en el entrenamiento y recibió un buen golpe que le rompió la nariz, pero sencillamente se la agarró y se la enderezó él mismo, allí en el campo.

Los tres hombres tenían aspecto de llevar mucho tiempo en la carretera. El mayor escurrió el gorro de lana que llevaba y lo dejó cerca del fuego, y los pantalones mojados se le ciñeron a las piernas delgadas. Les dijo que se llamaba Murray y alcanzaron a olerlo.

—¿Te conozco? —le preguntó a Poe.

—Probablemente no.

—¿De qué puedo conocerte?

Poe se encogió de hombros.

—Antes jugaba al fútbol americano —dijo Isaac—. Era ala cerrada de los Buell Eagles.

Poe fulminó con la mirada a Isaac.

El hombre se fijó en la cazadora de Poe hecha un rebujo cerca de la estufa. Dijo:

—Lo recuerdo. Solía cambiar el aceite en Jones Chevy y veíamos los partidos después de trabajar. Pensaba que te habrías largado de aquí. A jugar en la universidad o algo.

—Qué va —respondió Poe.

—Eras bueno —dijo Murray—. No hace tanto tiempo.

Poe guardó silencio.

—No pasa nada. Aquí Otto ganó los Guantes de Oro en su juventud. Podría haber llegado a profesional, pero…

—Estaba en el ejército —dijo Otto.

Era el sueco alto. La mayoría de los habitantes del valle pertenecían a alguna clase de etnia: polacos, suecos, serbios, alemanes, irlandeses. Salvo por la familia de Isaac, que eran escoceses, y la de Poe, que llevaban aquí tanto tiempo que nadie sabía lo que eran.

—Otto está de permiso del Hospital de Veteranos. —Murray se dio unos toquecitos en la sien.

—Murray, qué cabrón —dijo Otto.

Isaac lo miró, pero Otto se había quedado callado y tenía la mirada fija en el suelo. En cuanto al otro hombre, era moreno y de aspecto hispano, y un poco más pequeño que Poe, tenía un tatuaje en el cuello en el que ponía JESÚS en letra de burbuja. Los tres hombres eran mucho más grandes que Isaac; el sueco, según parecía ahora, debía de medir más de dos metros.

—Suerte habéis tenido de que hayamos entrado nosotros —comentó el hispano—. Hay auténticos chiflados por aquí.

—Jesús —dijo Murray—. Deja de portarte como un puto mexicano.

—Igual Murray quiere callarse la boca —repuso Jesús.

Otto, el sueco, añadió:

—Dentro de poco esto va a parecer un puto congreso.

—Estos dos no van de eso, son de aquí.

La sala parecía oscura y pequeña, y el sueco cogió un largo pedazo de madera y metió el extremo ruidosamente en la estufa. Isaac se preguntó cómo conseguir sacar a Poe de allí. Las ascuas saltaron y salieron despedidas por el suelo y, a juzgar por las sombras en la pared, los cinco hombres parecían simios sentados. Esto no va a ir a mejor, pensó Isaac. Jesús sacó algo del bolsillo con un gesto brusco, Isaac se encogió y Jesús se echó a reír a carcajadas. No era más que una botella de whisky.

—Tengo que echar una meada —se disculpó Isaac.

No tenía que mear; quería irse y miró a Poe, pero Poe no lo pilló.

—Pues venga —dijo Poe.

—Esos dos suelen mear juntos —comentó Jesús.

Isaac aguardó, pero Poe se quedó donde estaba, mirando fijamente a Jesús y al sueco; se fijó en la cazadora de Poe allí tirada en el suelo junto con su mochila. Poe seguía en sus trece, convencido de que era indestructible. Isaac cogió la mochila, no podía permitirse perder nada de lo que contenía, la agarró por una correa y sintió que todos lo miraban. No sabía cómo decirle a Poe que recogiera la cazadora. Al final salió solo.

Casi había oscurecido y la tormenta había cesado temporalmente, aunque se aproximaban más nubes; al otro lado del prado vio los árboles meciéndose a la orilla del río. Se preguntó de nuevo cómo conseguir que Poe saliera. Cree que sigue en el instituto. Sin consecuencias. En cuanto al campo, estaba lleno de chatarra metálica, la hierba alta había crecido en torno a los montones de piezas de tren, enormes bloques de motor, ruedas, árboles de transmisión y engranajes. Un puñado de murciélagos surcaban el aire de aquí para allá por encima de los montones de acero herrumbroso.

Había una mancha de nubes altas en la luz de color naranja sanguinolento y la observó hasta que el sol se desvaneció por completo. No sabía si volver a por Poe o si Poe saldría por su cuenta. Poe siempre hacía cosas así. A punto había estado de ir a la cárcel por darle una paliza a un chico de Donora, seguía en libertad condicional por eso. No puede resistirse a una pelea, no es fácil de entender. Probablemente no es culpa suya. Probablemente no se puede ser tan grande como él sin tener una especie de mentalidad de robot.

De pronto llegaron voces desde el interior del edificio, luego gritos y golpetazos. Isaac se ajustó las correas de la mochila, escogió una ruta de huida campo a través y esperó a que Poe llegara corriendo. Pero Poe no aparecía. Sigue esperando, se dijo, aguanta aquí. Cesaron los gritos y los ruidos. Isaac esperó un poco más. A lo mejor todo va bien. No, algo va mal. Tienes que volver adentro.

Le temblaban las manos, pero sacó el dinero del bolsillo, lo metió en el fondo de la mochila y luego se apresuró a esconderla debajo de un trozo de lámina de metal. Está bien. El chaval lo tiene bajo control. No entres con las manos vacías. Vio un tubo de hierro corto, pero simplemente se lo quitarían. Debajo del otro montón de chatarra, introdujo la mano con cuidado entre el metal herrumbroso hasta donde había una docena de rodamientos industriales desparramados por el suelo. Cogió uno. Era del tamaño de una pelota de béisbol, o más grande, frío y muy pesado. Tal vez demasiado. Se preguntó si habría algo más. No, no había tiempo. Entra ahí. No vayas por la misma puerta.

Después de entrar sigilosamente por la puerta trasera vio lo que estaba ocurriendo. Murray estaba tendido en el suelo. El mexicano estaba detrás de Poe sujetando algo contra el cuello de Poe; la otra mano la había bajado hasta la entrepierna de Poe, que tenía las suyas en alto como si le estuviera diciendo al hombre que se calmara. Estaban a la luz del fuego de espaldas a él. Isaac se hallaba en la oscuridad, invisible para los otros.

—Otto —gritó el mexicano—, no tengo todo el puto día.

—Tu amiguito no está fuera —dijo una voz—. Ya debe de haberse largado.

El sueco volvió del otro extremo del edificio con la cara reluciente a la luz del fuego, sonriéndole a Poe como si se alegrara de verlo. Isaac cogió con fuerza el rodamiento, lo sopesó, dos kilos y medio, tres kilos, se apoyó sobre la pierna de atrás y lo lanzó con todas sus fuerzas; lo lanzó tan fuerte que notó que se le desgarraban los músculos del hombro. El rodamiento desa­pareció en la oscuridad y se oyó un fuerte crujido cuando alcanzó al sueco en plena cabeza, justo en la parte superior de la nariz. El sueco pareció quedarse de piedra y luego se le aflojaron las rodillas y cayó a plomo, igual que un edificio derrumbándose.

Poe se soltó y fue corriendo hacia la puerta; Isaac permaneció inmóvil un instante, mirando al hombre que había alcanzado, las manos y los pies se le contraían ligeramente. Venga, pensó. Murray seguía tendido en el suelo, pero ahora Jesús se había arrodillado sobre el sueco, le hablaba, le tocaba la cara, aunque Isaac ya lo sabía: lo sabía por lo pesado que era el rodamiento, lo sabía por lo fuerte que lo había tirado.

Apenas alcanzaban a distinguir las vías del tren en la oscuridad. Llovía otra vez. A Isaac el barro le humedecía las manos y la cara, le hacía notar las botas pesadas y estaba calado hasta los huesos, aunque no sabía si de sudor o lluvia.

Necesitas la mochila, pensó. No, no puedes volver allí. ¿Cómo habrá quedado ese tío? Esa pieza era pesada de verdad, te duele el brazo solo de haberla tirado. No deberías haberle dado en la cara.

Más adelante se veían las luces de Buell; se estaban acercando. Poe se volvió de repente y se dirigió por entre la maleza hacia el río.

—Tengo que lavarme —le dijo a Isaac.

—Espera a llegar a casa.

—Me ha tocado toda la piel.

—Espera a llegar a casa —repitió Isaac. Su voz sonaba como si viniera de otra parte—. De todos modos, esa agua no te limpiará.

La lluvia se estaba convirtiendo en aguanieve y Poe llevaba solo una camiseta. No tardará en tener hipotermia, pensó Isaac. Ninguno de los dos pensáis con claridad, pero él está peor que tú: dale tu chaqueta.

Se quitó la chaqueta y se la dio a Poe. Tras vacilar, Poe probó a ponérsela, aunque le quedaba muy pequeña. Se la devolvió.

Isaac se oyó decir:

—Más vale que corramos para que entres en calor.

Fueron al trote un rato, pero el terreno estaba muy resbaladizo. Poe cayó al barro dos veces, se encontraba mal, y decidieron caminar de nuevo. Isaac no podía dejar de pensar en el hombre allí tendido, le había parecido que le corría sangre por la cara pero tal vez había sido la luz, o lo que fuera. Lo único que he hecho ha sido derribarlo, se dijo, pero estaba casi seguro de que no era verdad.

—Tenemos que llegar a un teléfono para llamar a emergencias por lo de ese tipo. Hay uno en la estación de servicio Sheetz.

Poe no dijo nada.

—Es una cabina —insistió Isaac—. No sabrán que hemos llamado nosotros.

—No es buena idea —dijo Poe.

—No podemos dejarlo sin más.

—Isaac, sangraba por los ojos y los movimientos que hacía no eran más que reflejos. Si golpeas a un ciervo en la espina dorsal hace lo mismo.

—Pero estamos hablando de una persona.

—Si llamamos a una ambulancia, los polis vendrán detrás.

Isaac notó que se le hacía un nudo en la garganta. Pensó otra vez en cómo había caído el sueco. No hizo el menor esfuerzo por detener la caída, y luego cómo se le seguían moviendo los brazos y las piernas. Una persona que había perdido el sentido no se movía en absoluto.

—Tendríamos que habernos largado de allí cuando han aparecido esos tipos.

—Ya lo sé —reconoció Poe.

—Tu madre es amiga de Bud Harris.

—Solo que técnicamente el tipo al que le has dado no estaba haciendo nada. Era el tipo que me tenía cogido.

—Es un poco más complicado que eso —dijo Isaac.

—No sé —respondió Poe—. La verdad es que ahora no puedo pensar.

Isaac empezó a caminar más deprisa.

—Isaac —le gritó Poe—. No hagas ninguna estupidez.

—No se lo diré a nadie. No te preocupes.

—Espera un momento. —Poe lo cogió por el hombro—. Has hecho lo que debías, eso lo sabemos los dos.

Isaac guardó silencio.

Poe señaló camino adelante con la cabeza.

—En cualquier caso, tengo que atajar por aquí para volver a casa.

—Te acompaño.

—Tenemos que separarnos.

Isaac debía de tener una expresión extraña, porque Poe dijo:

—Puedes volver a casa del viejo por una noche; no te matará.

—No se trata de eso.

—Has hecho lo que debías —repitió Poe—. Por la mañana, cuando tengamos las ideas claras, ya veremos cómo resolver todo esto.

—Tenemos que resolverlo ahora mismo.

Poe negó con la cabeza.

—Iré a buscarte a casa por la mañana.

Isaac le vio dar media vuelta e irse por el oscuro camino hacia la casa de su madre. Se detuvo una vez y se despidió con la mano. Cuando perdió de vista a Poe, Isaac siguió caminando por las vías en la oscuridad, solo.

2

POE

Siguió el camino fangoso hacia la caravana de su madre. Había procurado mantener la serenidad delante de Isaac, lo último que le hacía falta a Isaac era ver a Poe como una puta cabra. Pero era una clara posibilidad. Al menos estaba oscuro, era reconfortante, no había nadie que pudiera verlo así, recordó la sensación que le había provocado el cuchillo en el cuello y la mano del hombre sobre su cuerpo. La lluvia había vuelto a arreciar, se había convertido en aguanieve y luego en ráfagas de nieve. Tenía muchísimo frío, se había dejado la cazadora en el taller donde el grandullón que se llamaba Otto yacía muerto. Tenía tanto frío que hubiera dado cualquier cosa por una chaqueta o incluso el gorro más cutre que se pudiera imaginar, hubiera dado cuatro litros de sangre por un puto gorro de lana y lo que fuera, joder, por un abrigo, aunque solo fuese una bolsa de basura. Pensó que debería correr para entrar en calor, pero apenas era capaz de andar. Pensó que llegaría a la casa. Se le pasó por la cabeza que no había cortado nada de leña para las estufas, como siempre lo había dejado para el último momento y luego se había ido con Isaac y la casa estaría helada, sin leña y con los radiadores eléctricos que costaban treinta pavos al día, su madre no los encendería ni loca y con esas manos tan reumáticas no podía usar el hacha.

Esperaba que su madre no estuviera pasando mucho frío por tener un hijo de mierda como él. Sentada en esa caravana doble con las manos retorcidas por la artritis eres un mierda eres un mierda de campeonato que ni siquiera puede mantener a su madre caliente, un puto gallina de los cojones que ni siquiera es capaz de meter unas cuantas horas en una puñetera ferretería. Se preguntó qué le habría tirado Isaac a ese capullo, algo pesado, una piedra grande, le había aplastado la cara, lo había visto. Le había hundido la frente en el cráneo. Si lo recordaba demasiado iba a vomitar. Tenía que haber sido una piedra grande de la hostia. Isaac y Otto, menudo par. Podía dar gracias a Dios por tener un brazo así. Por salvarme la vida. Esos vagabundos te han sobado la polla y te has meado en los pantalones como una nenaza.

Ahora, justo la noche que necesitaba que estuviera caliente, la casa estaría helada, necesitaba ese calor porque era cómplice de asesinato, en realidad había sido en defensa propia pero ahora era asesinato, habían dejado allí el cadáver pero cómo coño iba a denunciar a la poli a esos cabrones con ese muerto, Otto, acercándoseme con una sonrisa en la cara como un puto estadio de grande, acercándoseme mientras tenía un cuchillo en el cuello y la mano del otro me agarraba los huevos, estaba claro lo que tenía en la cabeza. Sí, pensó, eso deben de sentir las chicas cuando un desconocido les mete mano. No es una sensación que se olvide en un abrir y cerrar de ojos.

La idea de que Otto siguiera allí tirado pudriéndose y un puñetero coyote le devorase la cara casi hizo sentir a Poe un poco de calor, si se lo hubieras preguntado esa mañana nunca había odiado a nadie pero ahora, Dios santo, cómo odiaba al tipo muerto, Otto, la manera en que había sonreído al ver cómo sujetaban a Poe literalmente por los huevos, y odiaba más incluso al de la barba que le había pinchado el cuello y lo había cogido así, y por lo que respecta al tercero, el más viejo, no había tenido intención de darle semejante patada. No recordaba su nombre, el viejo que había intentado evitar que empezara la pelea, el viejo que olía tan mal. Ojalá no le hubiera dado semejante patada. Sí, ese era el bueno. El tipo al que le has dado más fuerte.

No era asesinato, pero lo que estaban haciendo no tenía buena pinta. Sabía que había empezado él. Sabía que cuando Isaac había salido a mear en realidad no estaba meando. Era el viejo fuego de Billy Poe ardiendo y no era la primera vez que lo metía en líos. Había querido zurrar a esos cabrones. He pensado voy a darles una paliza a los tres, he pensado eso sí que va a ser la hostia, voy a darles a los tres, solo que habían estado a punto de matarlo y había sido el pequeño Isaac English el que se había impuesto, literalmente matando y no solo haciéndole daño al grandullón sueco. Con la piedra y no con la espada, como se suele decir. Joder, pensó, os van a condenar a la puta silla. Me importa una mierda, ojalá hubieran muerto esos dos cabrones, ese Otto y el mexicano de barba que me ha pinchado el cuello y me ha sobado la polla, joder, me ha toqueteado el pene. Se tocó entre las piernas, lo notaba todo muy sensible y casi palpitante, la sensación se le transmitió en oleadas al estómago y tuvo que quedarse quieto un momento. Se limpiaría con jabón. Jabón y agua caliente. Un baño caliente y jabón. Era un cuchillo grande de la hostia, joder que si era un cuchillo de los buenos. Ahora estás bien. Vio las luces de la caravana más adelante. Pensó que iba a conseguir llegar.

Se acercó y vio la figu ...