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EL VIAJE DE LOS SUEñOS

Ariel Lawhon

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Fragmento

 

COMISIÓN INVESTIGADORA DEL DEPARTAMENTO

DE COMERCIO DE ESTADOS UNIDOS

COMPARECENCIAS POR EL ACCIDENTE

DEL HINDENBURG

10 de mayo de 1937

Base Aérea de la Marina, Hangar Central, Lakehurst, New Jersey

Ruego comuniquen a la compañía Zeppelin de Frankfurt que debería abrir y examinar toda la correspondencia previamente a su embarque antes de cada vuelo del zepelín Hindenburg. El dirigible será destruido por una bomba de relojería durante uno de sus vuelos internacionales.

Carta de Kathie Rusch, de Milwaukee,

a la embajada alemana en Washington D.C.,

fechada el 8 de abril de 1937

—No era la primera amenaza de bomba, ¿no es cierto? —El hombre de las gafas de montura negra levanta la carta y la agita ante la multitud—. ¿Se molestó alguien en contar cuántas había? ¿O, por el amor de Dios, en darles alguna credibilidad?

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Max cree recordar que el apellido del hombre es Schroeder, pero no está seguro, y en realidad tampoco le importa. Es un idiota si hace caso a esa chiflada de Milwaukee y da credibilidad a su carta. Claro que a ninguno de los presentes en la sala le interesa el discreto escarnio de Max. La gente murmura y asiente con la cabeza, como si fueran estúpidas marionetas, ante la idea de un sabotaje. Examinen la correspondencia, decía la mujer. Hay una bomba a bordo. Esa es una teoría popular, sobre todo ahora, con los restos del dirigible todavía esparcidos ahí fuera, sobre la pista. Pero a nadie le importa la verdad. Prefieren el teatro y las teorías conspirativas. Y Schroeder está dispuesto a proporcionárselas. Él es el director de este circo y se asegurará de mantener entretenido al populacho.

Wilhelm Balla se abre paso hasta él renqueando por el abarrotado hangar. Escapó del accidente con un esguince de tobillo y poco más, pero Max sospecha que hasta en eso exagera. En cada paso se tuerce visiblemente hacia la izquierda para alardear. Para que el mundo sepa que está herido.

Balla escudriña el rostro de Max en busca de alguna pista sobre su estado emocional.

—¿Emilie? —le pregunta.

—¿Qué pasa con Emilie?

—¿Está preparada para volver a Alemania?

Max dirige su atención hacia el espectáculo que tiene lugar en la parte delantera de la sala.

—No he preguntado.

—Avísame cuando lo esté. Me gustaría despedirme. —Carraspea—. Me han reservado un pasaje en el Europe con Werner para el día 15. ¿Cómo volverá ella a casa?

—En el Hamburg, con los demás. Zarpa dentro de tres días.

Wilhelm Balla es un hombre poco dado a mostrar sus emociones. Hay quien incluso se pregunta si tiene pulso. Pero esto lo sorprende.

—¿No viajas con ella?

Max apoya la cabeza en la ventana. El frío cristal mitiga ligeramente el martilleo que siente en la sien. No ha conseguido quitarse de encima esta jaqueca palpitante desde el accidente. Aunque bien mirado, es comprensible.

—Hay muchas cosas que están fuera de mi control, entre ellas cuándo viajo. —Golpetea con la yema del dedo el sobre que tiene en el bolsillo—. No me toca declarar hasta el día 19. Cogeré el Bremen al día siguiente.

Balla le clava esa mirada lenta, escrutadora, que tanto le molesta.

—¿Cuántas veces has leído la carta de Emilie?

—Con una tuve suficiente.

Es mentira, pero no le apetece confiarse a él. No después de los problemas que causó.

Desde su lugar junto a la ventana, Max puede ver la pista y el esqueleto carbonizado que yace retorcido al lado del mástil de anclaje. Cierra los ojos e intenta apartar esa visión de su cabeza, pero es inútil. Las imágenes están ahí, y sabe que seguirán ahí el resto de su vida: una lengua de fuego azul lamiendo el espinazo del Hindenburg, un estremecimiento de piel plateada seguido de un temblor de huesos metálicos, un destello apenas visible para quienes estaban en tierra. Confusión. Está convencido de que los pasajeros que estaban lo bastante cerca para ver la explosión no llegaron a oírla. Simplemente fueron devorados por el fuego mientras la columna de la gran bestia flotante se partía en dos. Treinta y cuatro segundos de llamas devastadoras y a continuación la destrucción completa, profunda. En medio minuto el dirigible pasó de ser un hotel de lujo flotante a un amasijo de hierros humeante, un esqueleto que yace desplomado sobre este campo de New Jersey, ennegrecido por el humo y las llamas. No, hay cosas que nunca podrá olvidar.

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