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ELEGIDA POR LA LUNA

P.C. Cast

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Fragmento

1

Un contagioso sonido de risas femeninas inundó la cálida y ordenada madriguera.

—¡Ay, Mari! ¡Esa ilustración no es del mito que acabo de relatarte!

La madre de Mari sostenía en una mano la hoja de papel casero y, con la otra, se tapaba la boca para intentar reprimir, sin éxito, otro ataque de risa.

—Mamá, tú te dedicas a contar historias. Y yo a dibujarlas. Es nuestro juego, ¿no? Nuestro juego favorito.

—Bueno, sí —dijo Leda, intentando recomponer todavía su expresión para hacerla más comedida—. Yo cuento las historias, pero tú tiendes a dibujar lo que crees que oyes en ellas.

—Pues yo no veo dónde está el problema. —Mari se movió para colocarse junto a su madre y examinar con ella el dibujo recién terminado—. Eso es exactamente lo que me vino a la mente mientras nos contabas la historia de Eco y Narciso.

—Mari, has dibujado a Narciso como si fuera un hombre joven que está convirtiéndose en flor. Torpemente. Una de sus manos es una hoja, pero la otra sigue teniendo aspecto de mano. Y lo mismo pasa con esto… —Leda reprimió una risilla—. Bueno, y con otras partes de su anatomía. Y tiene un bigotillo y una mirada tonta en los ojos, si bien tengo que admitir que tienes un talento asombroso para hacer que una criatura de aspecto tontorrón, medio hombre y medio flor, cobre vida. —Leda señaló en el dibujo a la fantasmal ninfa que, de algún modo, Mari había hecho parecer entre aburrida y molesta mientras observaba la transformación de Narciso—. Y has conseguido que Eco parezca… —Leda dudó, en un claro intento por encontrar las palabras adecuadas.

Recibe antes que nadie historias como ésta

—¿Harta de Narciso y de su ego? —propuso Mari.

Leda abandonó cualquier atisbo de reprimenda, y rio en voz alta.

—Sí, ese es exactamente el aspecto que has conseguido que tenga Eco, aunque esa no es la historia que yo te he contado.

—Bueno, Leda —Mari pronunció el nombre de pila de su madre y enarcó las cejas—. Estaba escuchando tu relato y, mientras dibujaba, decidí que estaba clarísimo que al final le faltaba algo.

—¿Al final? ¿En serio? —Leda golpeó a su hija con el hombro—. Y no me llames Leda.

—Pero te llamas Leda.

—Para los demás. Para ti, me llamo Madre.

—¿Madre? ¿De verdad? Es que suena tan…

—¿Respetuoso y tradicional? —En esta ocasión, fue Leda quien se ofreció a completar el pensamiento de su hija.

—Más bien aburrido y anticuado —respondió Mari, esperando con ojos brillantes la predecible respuesta de su madre.

—¿Aburrido y anticuado? ¿Acabas de decir que soy aburrida y anticuada?

—¿Qué? ¿Yo? ¿Llamarte a ti aburrida y anticuada? ¡Nunca haría eso, mamá, nunca! —rio Mari, levantando los brazos en señal de rendición.

—Así me gusta. Y supongo que «mamá» está bien. Mejor que Leda.

Mari volvió a reír.

—Mamá, llevamos dieciocho inviernos con la misma discusión.

—Mari, mi niña, me alegra decir que, aunque has vivido dieciocho inviernos, no en todos tenías la capacidad de hablar. Me diste un par de inviernos de respiro antes de que empezaras y nunca más dejaras de hacerlo.

—¡Mamá! Siempre dices que tú me animabas a hablar antes de que hubiera cumplido dos inviernos —respondió Mari, con sorpresa fingida, mientras buscaba la rama carbonizada con la que estaba dibujando y le quitaba a su madre el dibujo de las manos.

—Sí, yo nunca he dicho que fuera perfecta. Era una madre joven e inexperta que intentaba hacer las cosas lo mejor posible —dijo Leda con voz afectada mientras soltaba el dibujo para que su hija lo cogiera.

—Muy muy joven, ¿no? —dijo Mari, volviendo a dibujar rápidamente mientras resguardaba el dibujo contra su pecho para que Leda no pudiera verlo.

—Así es, Mari —dijo Leda, intentando atisbar algo por encima del brazo de Mari—. Tenía un invierno menos que tú cuando conocí a tu maravilloso padre y… —Leda se quedó callada, mirando con el ceño fruncido a su hija, incapaz de contener sus risillas.

—Arreglado —dijo, tendiéndole el dibujo a Leda para que lo revisara.

—Mari, tiene los ojos bizcos —respondió su madre.

—El resto de la historia me hace pensar que no era muy avispado. Así que le he dibujado así para que parezca un poco tonto.

—Ya veo. —La mirada de Leda se cruzó con la de su hija, y ambas volvieron a dejarse llevar por la risa.

Leda se secó los ojos y estrechó a su hija en un breve abrazo.

—Retiro todo lo que he dicho sobre tu ilustración. Decreto que es perfecta.

—Gracias, madre. —Los ojos de Mari soltaban chispas.

Mari cogió una hoja de papel limpio y empuñó de nuevo la ramita, preparada para dibujar de nuevo. Le encantaban las historias antiguas que su madre le contaba desde que tenía uso de memoria, esas historias en las que entretejía la sabiduría y la aventura, la pérdida y el amor, tan hábilmente como las talentosas mujeres del clan de los tejedores elaboraban cestas, ropa y tapices para intercambiarlos con el clan de los pescadores, el clan de los molineros y el clan de los leñadores.

—¡Una historia más! ¡Solo una más! ¡Se te da tan bien contarlas…!

—Haciéndome la pelota no vas a conseguir que te cuente otra historia. Pero igual sí que consigues una cesta de arándanos tempranos.

—¡Arándanos! ¿De verdad, mamá? Eso sería fantástico. Me encanta el color de la tinta que fabrico con ellos. Es más bonita que la tinta negra que obtengo de las nueces.

Leda sonrió a su hija con orgullo.

—Solo a ti te emociona más la idea de pintar con arándanos que comértelos.

—No, no solo a mí, mamá. A ti también te gusta el tinte que fabricas con ellos.

—Sí, y tengo ganas de teñirte una capa nueva esta primavera, pero reconozco que tengo más ganas de comerme un pastel de arándanos.

—¿Pastel de arándanos? ¡Eso suena de maravilla! Igual de maravilloso sería que me contaras otra historia: la historia de Leda. Y, mamá, ¿podemos hablar un momento sobre tu nombre? ¿Leda? ¿De verdad? Supongo que tu madre conocía esa historia —bromeó Mari—. Pero, teniendo en cuenta que ella se llamaba Casandra, a veces cuestiono su capacidad de ponerle a alguien un nombre sensato.

—Sabes muy bien que las Mujeres Lunares bautizan siempre a sus hijas con los nombres que la Gran Tierra Madre les susurra a través del viento. Mi madre, Casandra, fue bautizada por su madre, Penélope. La Tierra Madre me susurró tu dulce nombre la noche de luna llena antes de tu nacimiento.

—Mi nombre es aburridísimo —suspiró Mari—. ¿Quiere eso decir que la Tierra Madre piensa que soy aburrida?

—No, eso quiere decir que la Tierra Madre piensa que tenemos que crear una historia acorde con tu nombre, una historia completamente tuya.

—Eso es lo que me has dicho durante todos los inviernos que puedo recordar, pero sigo sin tener mi propia historia —dijo Mari.

—Cuando llegue el momento, la tendrás —contestó Leda, acariciando la suave mejilla de su hija, y su sonrisa se tornó triste—. Mari, mi niña, esta noche no puedo contarte ninguna historia más, aunque me gustaría mucho hacerlo. Falta poco para que se ponga el sol, y esta noche la luna estará llena y reluciente. Las necesidades del clan serán muchas.

Mari abrió la boca para suplicarle a Leda que se quedara aunque solo fuera durante unos pocos minutos más, que pusiera sus necesidades por delante de las del clan, pero, antes de poder formular su pequeño y egoísta deseo, el cuerpo de su madre empezó a sacudirse espasmódicamente, sus hombros a temblar, su cabeza a sacudirse dolorosa e incontrolablemente. Aunque ya le había dado la espalda a su hija, como siempre, para intentar protegerla de la transformación que la noche traía consigo, Mari sabía perfectamente lo que estaba sucediendo.

Las ganas de bromear la abandonaron al instante y soltó el papel y la ramita carbonizada para acercarse a Leda. Cogió la mano de su madre y la sostuvo entre las suyas, detestando lo frías que se habían tornado, detestando el pálido tono gris plateado que estaba empezando a extenderse por su piel. Y deseando, como siempre, poder aliviar el dolor que cada noche visitaba a su madre con la puesta de sol.

—Lo siento, mamá. He perdido la noción del tiempo. No quería retenerte —susurró Mari, porque no quería mandar a su querida madre al peligro y la oscuridad con más preocupaciones de las que ya acarreaba consigo—. Ya se nos ocurrirá una historia en otro momento. Además, tengo cosas que hacer mientras tú no estás. Todavía no he conseguido perfeccionar la perspectiva en esa obra en la que he estado trabajando últimamente.

—¿Puedo verla ya? —preguntó su madre.

—Todavía no la he terminado, y sabes que no me gusta que veas mis dibujos antes de que estén acabados. —Otro temblor recorrió la piel de Leda y la mano de Mari apretó automáticamente la de su madre, dándole apoyo, comprendiéndola, queriéndola. Mari se obligó a esbozar una sonrisilla—. Pero supongo que esta noche puedo hacer una excepción, porque eres mi modelo favorita, y me gusta tener contenta a mi modelo favorita.

—Bueno, me tranquiliza saber que me tienes más aprecio que a Narciso —bromeó Leda mientras Mari se dirigía hacia la sencilla mesa de madera, en la esquina de la sala principal de la guarida excavada en la piedra que había compartido con su madre durante sus dieciocho inviernos de vida.

La mesa quedaba enmarcada por los laterales de la madriguera cubiertos por la capa más gruesa de musguinescencia y estaba alojada justo bajo el brote más grande y brillante de hongoritos, que colgaba del techo como una lámpara orgánica. Mientras Mari se acercaba a la mesa, la sonrisa forzada que le había mostrado al principio a su madre empezó a relajarse y cuando se giró hacia Leda, sosteniendo en sus manos un grueso folio de papel, fabricado con un elaborado procesamiento manual de pulpa de plantas, la sonrisa de Mari era sincera.

—Siempre que miro mi mesa de dibujo y veo cómo hemos conseguido que crezcan la musguinescencia y los hongoritos, me acuerdo de tus historias sobre los duendes terrenos.

—Siempre te han gustado mucho las historias que las Mujeres Lunares se transmiten de unas a otras para entretener y educar a sus hijas, aunque ninguna de ellas es más real que la de Narciso y su desafortunada Eco.

—Cuando las dibujo, para mí se hacen reales. —La sonrisa de Mari no titubeó.

—Eso dices siempre, pero… —empezó a decir su madre. Sin embargo, sus palabras quedaron interrumpidas por un pequeño jadeo, cuando sus ojos se posaron sobre el dibujo inconcluso—. ¡Oh, Mari! ¡Es precioso! —Leda recibió el esbozo de su hija y se lo acercó para poder contemplarlo más de cerca—. Creo que es el mejor que has hecho.

Cuidadosamente, Leda pasó la perpleja yema de su dedo por su propia imagen, sentada en su sillón de siempre, junto a la chimenea. En el regazo sostenía una cesta a medio trenzar, pero no la estaba mirando. Estaba sonriendo amorosamente a la artista.

Mari sostuvo la mano de su madre de nuevo entre las suyas y le acarició la piel.

—Me alegro de que te guste, pero los huesos de tu mano son mucho más delicados que los que yo he dibujado.

Leda apoyó la palma de su mano contra la mejilla de su hija.

—Ya lo corregirás. Siempre lo haces. Y será igual de precioso que el resto de tus dibujos. —Leda besó con delicadeza la frente de Mari antes de añadir—. Yo también tengo algo para ti, mi niña.

—¿De verdad? ¿Un regalo?

—Sí, un regalo —sonrió Leda—. Espera aquí y cierra los ojos. —Leda se escabulló con rapidez hacia la estancia trasera de su madriguera, que usaba como dormitorio además de como secadero y almacén de hierbas aromáticas. Luego, volvió corriendo junto a su hija y se quedó de pie junto a ella, con las manos entrelazadas a la espalda.

—¿Qué es? ¡Lo tienes escondido en la espalda, así que es pequeño! ¿Es una pluma nueva?

—Mari, ¡te he pedido que cerraras los ojos! —la riñó Leda.

Cerrando los ojos con fuerza, Mari sonrió.

—¡No estoy mirando! ¡Es que soy tan lista como mi mamá! —dijo, con aire engreído.

—Y tan guapa como tu padre —dijo Leda, colocándole a su hija el regalo sobre la cabeza.

—¡Ay, mamá! ¡Me has hecho una corona de doncella lunar! —Mari se quitó la intrincada corona trenzada de la cabeza. Leda había tejido hiedra con sauce para fabricar una corona preciosa, decorada además con flores de un amarillo intenso—. ¿Así que esto era lo que estabas haciendo con los capullos de diente de león? Pensaba que estabas haciendo vino.

—He hecho vino —rio Leda—. Y también te he hecho una corona de doncella lunar.

De repente, la felicidad de Mari se ensombreció.

—Se me había olvidado que esta noche es la primera luna llena de la primavera. Seguro que el clan lo celebra con alegría.

Leda sacudió la cabeza, con gesto triste.

—Ojalá, pero me temo que esta primavera no vamos a celebrar la luna con tanta alegría como otros años. Y mucho menos después de que los camaradas hayan capturado a tantas caminantes terrenas. Noto que la Tierra Madre está inquieta, que se avecinan cambios difíciles. Nuestras mujeres cargan con más penas de las habituales, y nuestros hombres… Bueno, ya sabemos la furia que las Fiebres Nocturnas infunden a nuestros hombres.

—Pero no se limitarán a estar furiosos, se volverán peligrosos. ¡Malditos escarbadores!

—Mari, no digas esas cosas de tu pueblo. Hablas de ellos como si fueran monstruos.

—Son solo mi pueblo a medias, madre, y de noche son monstruos. Los hombres lo son, al menos. ¿Qué pasaría si no los limpiaras de sus Fiebres Nocturnas cada tres días? No hace falta que contestes: sé bien lo que pasaría. Por eso las madrigueras de las Mujeres Lunares siempre son secretas, incluso para los miembros del clan. —Las palabras de Mari sonaron severas a causa de la frustración y el miedo, pero la tristeza que inundó los ojos de su madre hizo que se arrepintiera de su dureza tan pronto las hubo pronunciado.

—Mari, no debes olvidar nunca que, de noche, yo también albergo en mi interior la capacidad de ser un monstruo.

—¡Tú no! No me refería a ti. ¡Nunca te diría algo así a ti!

—Pero la luna es lo único que me protege de que mi parte escarbadora predomine sobre la de caminante terrena. Por desgracia, nuestro pueblo no comparte mi capacidad para desafiar a la luna, así que yo debo hacerlo por ellos como mínimo una vez cada tres noches. Y hoy es Tercia Noche, y también hay luna llena. Nuestro clan se reunirá, y yo los purificaré para que abran sus almas al amor y a la alegría en lugar de sumirse en la melancolía y la furia. Pero todo esto tú ya lo sabes, Mari. ¿Qué es lo que te preocupa?

Mari negó con la cabeza. ¿Cómo iba a contarle a su madre —su dulce, divertida e inteligente madre, la única persona en aquel terrible mundo que la conocía realmente y que, a pesar de todo, la quería— que había empezado a desearlo todo con más fuerza?

Mari nunca podría decirle eso a su madre, al igual que Leda nunca podría permitir que se conociera la verdad sobre su hija.

—No pasa nada. Seguramente tenga que ver con la luna llena. La siento aquí, dentro de la cueva, antes incluso de que haya salido.

La sonrisa que se dibujó en los labios de Leda era de orgullo.

—Posees mi poder, y mucho más. Mari, ven conmigo esta noche. Ponte tu corona lunar. Participa en las celebraciones del clan. Es más sencillo combatir el poder de la luna cuando está llena, y esta noche estará tan llena como el sol que ha lucido por el día.

—Ay, mamá. No esta noche. Estoy harta de fracasar y, desde luego, no quiero hacerlo delante de todos.

La sonrisa de Leda no titubeó.

—Confía en tu madre. Posees mi poder, y mucho más. Es esa abundancia la que complica tu formación.

—¿Complica? —suspiró de nuevo Mari—. Querrás decir que la imposibilita.

—¡Ay, qué dramática eres! Estás viva, sana y cuerda. De día o de noche, llueva o haga sol, haya luna o no, no demuestras ningún síntoma de delirio ni dolor. Debes confiar en que el resto llegará con paciencia y práctica.

—¿Estás segura de que no hay una manera más fácil de conseguirlo?

—Bastante segura. Es bastante parecido a todo lo que tuviste que practicar hasta que conseguiste la habilidad de hacer que un dibujo plano pareciera cobrar vida y respirar.

—¡Pero dibujar es mucho más sencillo!

Su madre rio en voz baja.

—Solo lo es para ti. —Entonces, la sonrisa de Leda se desvaneció—. Mari, sabes que pronto tendré que elegir una aprendiz. No puedo seguir dando excusas a las mujeres del clan.

—Aún no soy lo suficientemente buena, mamá.

—Y ese es otro de los motivos por el que deberías venir conmigo esta noche. Apóyame frente al clan. Intenta invocar el poder de la luna y, mientras tú practicas, yo les demostraré a las mujeres del clan que pueden estar tranquilas. Que, aunque no te he declarado mi heredera oficial, tu formación ya ha comenzado.

Mari frunció los labios.

—¿Que mi formación ha comenzado? Leda, llevas formándome desde que soy capaz de recordar.

—Siempre has sido muy buena estudiante. Y no me llames Leda.

—Buena y lenta no son sinónimos, madre.

—Conozco perfectamente la diferencia. No eres lenta, Mari. Eres compleja. Tu mente, tus capacidades, tus poderes son complejos. Algún día serás una buena Mujer Lunar. —Los grises ojos de Leda estudiaron a su hija con sabiduría—. A menos que no desees ser una Mujer Lunar.

—No quiero decepcionarte, mamá.

—No podrías decepcionarme, cualquiera que fuese el camino que eligieras para seguir tu vida. —Leda hizo una pausa, componiendo una mueca de dolor cuando una nueva sacudida le recorrió el cuerpo y el pálido tono plateado que había empezado a asomar en sus manos se extendió por sus brazos.

—De acuerdo, mamá, iré contigo —se apresuró a contestar Mari, recibiendo como recompensa la resplandeciente sonrisa de su madre.

—¡Ay, Mari, me alegro tanto! —Olvidándose momentáneamente del dolor, Leda corrió a su habitación y Mari la escuchó rebuscar entre las ollas, las cestas y los valiosos tarros de cristal que contenían su enorme colección de hierbas, tintes y ungüentos—. ¡Aquí está! —gritó, y salió de la habitación con un cuenco de madera que a Mari le resultaba familiar—. Deja que te retoque un poco la cara. Vamos a tener que volver a teñirte pronto el pelo, pero no esta noche.

Mari contuvo un suspiro y alzó el rostro para que su madre pudiera volver a aplicarle la mezcla grumosa que ambas mantenían en secreto.

Leda trabajaba en silencio, engrosando el ceño de su hija, alisando sus altos pómulos y después, por último, untando la sustancia terregosa y pegajosa, similar a la arcilla, por su cuello y sus brazos. Cuando terminó, inspeccionó a Mari con cuidado y le rozó la mejilla con suavidad.

—Compruébalo en la ventana.

Mari asintió con gravedad. Con Leda a sus espaldas, se dirigió hasta el extremo más alejado de la estancia principal de la caverna y subió los escalones de piedra hasta el nicho meticulosamente excavado entre las capas de arena y piedra. Mari apartó a un lado una larga piedra rectangular y una ráfaga de aire cálido se introdujo por la abertura, acariciando su mejilla como si de una segunda madre se tratase. Mari se asomó por el hueco hacia el mundo de la superficie y el cielo oriental, que ya reflejaba los pálidos y desvaídos colores que la noche pintaba sobre el luminoso día. Levantó el brazo para que la pálida luz procedente de las alturas la tocara. Después, sus ojos se cruzaron con los de su madre.

Los ojos de Leda, al igual que los de Mari, eran tan grises que casi parecían plateados. Mari se concentró en la belleza de ese rasgo compartido.

Bajo la luz de la luna llena, al igual que los de su madre, los ojos de Mari emitirían destellos de plata.

Al igual que la de su madre, la piel de Mari reluciría tan pronto se zambullera en la noche de luna llena y dejara que su luz fría y plateada la llenara, tranquilizándola.

Pensando con anhelo en la luna y el poder que albergaba, Mari estiró un poco más la mano a través del agujero para intentar capturar su luz. Sin embargo, en lugar de encontrar los delicados rayos plateados, sus yemas se toparon con la luz amarilla del sol poniente. Su mano se estremeció por efecto del calor y Mari la retrajo rápidamente contra su cuerpo, extendiendo los dedos y observando el delicado patrón de filigranas que incluso tan leve cantidad de sol podía hacer aparecer en la superficie de su piel. Mari se abrazó la mano contra el pecho mientras el dibujo, del color del sol, se desvanecía como un sueño al despertar.

Tan distinta a su madre... Mari era tan distinta a su madre...

—No pasa nada, mi niña. Cojamos tu capa de verano. Es bastante ligera, así que no pasarás mucho calor, pero…

—Pero las mangas me ocultarán los brazos y las manos hasta que el sol se haya puesto por completo. —Mari terminó la frase por ella. Con pasos lentos, bajó de la ventana y fue hasta la cesta donde guardaban las capas.

—Ojalá no tuvieras que ocultarte. Ojalá las cosas fueran distintas —dijo su madre en voz baja y triste.

—Sí, mamá, a mí también me gustaría —respondió ella.

—Lo siento mucho, Mari. Sabes que yo…

—No pasa nada, mamá. De verdad. Estoy acostumbrada. —Cuando se giró para mirar a su madre, Mari cambió su expresión para parecer despreocupada—. Y puede que un día se me pase.

—No, mi niña, eso no pasará. Que la sangre de tu padre corre por tus venas es tan cierto como que lo hace la mía, y yo no cambiaría eso por nada del mundo. A pesar de los pesares, jamás cambiaría eso.

Yo sí, mamá. Yo sí. Mari se limitó a pensar esas palabras mientras se ajustaba con fuerza la capa alrededor del cuerpo y seguía a Leda fuera de la seguridad de su madriguera.

2

Una junto a la otra, Mari y Leda coronaron el promontorio rocoso y bajaron la mirada hacia la Asamblea. A primera vista, el lugar no parecía muy distinto de cualquier otro pequeño claro de la zona sur del bosque. Había un arroyo que serpenteaba entre los sauces y los espinos, el acebo y los helechos: el arroyo y las ramas de los árboles y arbustos, que se mecían con parsimonia, era lo que realmente llamaba la atención. Hacía falta más que un simple vistazo, y una segunda o tercera mirada, incluso —al menos desde la distancia a la que se encontraba el promontorio— para ver lo que realmente se ocultaba con tanto celo entre los helechos y la vegetación. En ordenados manojos crecían berzas tempranas, escarolas rizadas, gruesos cogollos de lechuga y ajos de invierno tardíos florecían bajo los cuidados de las mujeres del clan.

Leda se detuvo e inspiró hondo, hasta quedar llena de aire.

—Gracias, Tierra Madre —dijo la Mujer Lunar, como si fuera la diosa, y no su hija, quien estuviera a su lado—. Gracias por bendecir a los caminantes terrenos con la habilidad de hacer brotar seres vivientes de tu fértil seno.

Imitando a Leda, Mari inspiró hondo y sonrió, acostumbrada a la íntima manera de hablar que su madre tenía con la diosa.

—Desde aquí huelo aceite de lavanda —dijo Mari.

Leda asintió.

—Las mujeres del clan han hecho un gran trabajo preparando la Asamblea. Ninguna manada de licarácnidos se atreverá a acercarse esta noche por allí. —Leda calló un momento, señalando en dirección a las hogueras, meticulosamente situadas. En el centro de la Asamblea solo había una. Las demás estaban estratégicamente ubicadas formando una circunferencia alrededor del espacio, con antorchas clavadas junto a ellas—. Y los chisqueros estarán preparados en caso de que una manada se sienta atraída por la presencia de tanta gente congregada.

—Sé que las hogueras se encienden como protección, pero, así iluminado, el claro parece muy alegre.

—Lo cierto es que sí —concordó Leda.

—Espero que podamos recolectar pronto la escarola —dijo Mari mientras empezaban a descender hacia el lugar de la Asamblea—. Casi noto el sabor delicioso que tendrá cuando la mezclemos con las alcaparras que hemos puesto en conserva.

—Esta primavera el calor ha empezado pronto —dijo Leda—. No me sorprendería que brotaran unas cuantas esta noche.

—Solo por eso, el viaje valdría la pena —dijo Mari.

La mirada de Leda se volvió severa.

—Mari, yo no te he obligado a venir conmigo.

—Lo sé, mamá. Siento que haya sonado así.

Leda le estrechó la mano.

—No estés nerviosa. Confía en ti.

Mari intentaba esforzarse por asentir con vehemencia cuando un tornado en miniatura se lanzó a sus brazos, casi tirándola al suelo, y la estrechó con fuerza.

—¡Mari! ¡Mari! ¡Me alegro tanto de que estés aquí! Debes de estar mejor.

Mari sonrió a la jovencita.

—Estoy bien, Jenna. Me alegro de que tú también estés aquí —tocó la corona de doncella lunar que rodeaba la oscura cabellera de Jenna. Una preciosa corona tejida con hiedra y lavanda—. Tu corona es muy bonita. ¿Te la ha hecho tu padre?

Jenna rio divertida, con más aspecto de tener seis que dieciséis años.

—¿Padre? ¡No! Parece que tiene muñones en vez de dedos y dice que, cuando intenta tejer, siente como si todos fueran pulgares. La he hecho yo.

—Buen trabajo, Jenna —dijo Leda cariñosamente, sonriendo a la amiga de su hija—. Has tenido mucho ojo tejiendo la lavanda en el centro de la corona. Tienes un talento natural.

Las mejillas de Jenna se colorearon de un adorable rosa.

—Gracias, Mujer Lunar. —Su sonrisa resplandeció mientras le hacía a Leda una formal reverencia, con los brazos bajos y extendidos y las palmas abiertas y hacia fuera, para mostrar que no ocultaba ningún arma ni mala intención.

—¡Ay, Jenna! ¡No hace falta que seas tan formal! ¡No es más que mi madre! —dijo Mari.

—No es más que tu madre para ti. Para mí, es mi Mujer Lunar —respondió Jenna descaradamente.

—Y también tu amiga —añadió Leda—. ¿Qué técnica de tejido te atrae más: el bordado, o algo menos elaborado?

Jenna respondió en voz baja, arrastrando los pies:

—Yo… Yo quiero tejer escenas, como la del tapiz de la Tierra Madre en la madriguera de alumbramiento.

—El bordado, entonces —contestó Leda—. Esta noche hablaré con Rachel para que se asegure de que te enseñan correctamente.

—Gracias, Mujer Lunar —respondió Jenna rápidamente, con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas.

Leda le sostuvo el rostro entre las manos y le besó la frente.

—Tu madre haría lo mismo por mi Mari si yo me hubiera unido a la Tierra Madre antes que ella.

Mari se acercó a su amiga y la cogió del brazo.

—Solo que a mí se me da igual de mal tejer que a tu padre, y tu madre se habría desesperado.

—¡Pero tú sabes dibujar cualquier cosa! —respondió efusivamente Jenna.

—¡La Mujer Lunar! ¡La Mujer Lunar ha llegado! —gritó una fuerte voz masculina desde la Asamblea.

Leda sonrió y recibió el saludo con un cálido movimiento de mano.

—Como siempre, tu padre es el primer hombre del clan en verme.

—Padre siempre será el primero en verte, y el primero en ser purificado. Es porque me quiere mucho —dijo Jenna, orgullosa.

—Sí que lo hace, Jenna —contestó Leda.

—Xander es muy buen padre —concordó Mari, sonriendo a su amiga. Sin embargo, reconoció para sí: Jenna tiene suerte de que Xander acuda a mamá, sin falta, cada Tercia Noche. De lo contrario, estaría mucho peor que huérfana. La estaría criando un monstruo.

—¡Nuestra Mujer Lunar ha llegado! ¡Encended las antorchas! ¡Preparad al clan!

Las mujeres del clan escucharon el saludo y la Asamblea se convirtió en un torbellino de actividad mientras ellas llegaban desde todas direcciones para ocupar sus puestos. Los movimientos de las mujeres eran ensayados y, si bien no estaban perfectamente coordinados entre sí, creaban un diseño sinuoso entre los árboles, las verduras del huerto y el follaje con una gracia terrenal que a Mari le recordaba la cadencia del agua mientras fluye sobre los cantos del río.

El clan se dispuso en semicírculo para dar la bienvenida a la Mujer Lunar. Primero las ancianas, luego las madres con los miembros más jóvenes del clan a su lado, después las doncellas en edad de emparejarse, todas coronadas con bonitos tocados tejidos, y, por último, los hombres del clan, que sostenían antorchas y se disponían en actitud defensiva alrededor de los límites del claro. Mari notaba su presencia predadora: un caos apenas controlado en el que ella se imaginaba enroscándose en oscuros remolinos de ansiedad durante la Asamblea.

Mari no podía evitar lanzar miraditas nerviosas a los hombres. Desde que, siendo todavía una niña, se había percatado de los cambios que las Fiebres Nocturnas provocaban en el clan —la mortal melancolía que se apoderaba de las mujeres y el peligroso delirio que causaban en los varones—, no perdía de vista a ninguno de los hombres, sobre todo cuando la puesta de sol estaba cerca.

—No les mires fijamente. Es Tercia Noche. Los purificaremos y todo estará bien —le susurró su madre.

Mari asintió con vehemencia.

—Guíanos, mamá. Jenna y yo iremos justo detrás de ti.

Leda avanzó un paso y a continuación se detuvo. Estiró la mano hacia Mari.

—No, detrás de mí no. Preferiría que fueras a mi lado, para que todos lo vean.

Mari percibió la emoción de Jenna, pero dudó antes de tomar la mano de su madre. Buscó con la mirada los ojos grises de Leda, intentando encontrar ánimo en ellos.

—Confía en mí, mi niña —dijo Leda—. Sabes que cuentas con mi apoyo.

Mari dejó escapar un largo suspiro que ni siquiera sabía que estaba conteniendo.

—Siempre confiaré en ti, mamá. —Y aferró la mano de Leda.

A su lado, Jenna susurró:

—¡Si ya casi eres una Mujer Lunar! —Y, entonces, antes de que Mari pudiera responder, Jenna les hizo una respetuosa reverencia (a Leda, pero también a Mari), antes de ocupar su lugar detrás de ellas.

—¿Preparada? —preguntó Leda.

—Siempre lo estoy, cuando estoy contigo —dijo Mari.

Leda apretó la mano de su hija y luego avanzó con paso confiado, la cabeza bien alta, los hombros hacia atrás, dedicándole una amplia sonrisa de felicidad a su pueblo.

—Mi hija y yo os saludamos, clan de los tejedores, y os deseamos que la bonanza que la luna llena primaveral trae consigo se multiplique por tres.

Mari notó el peso de las miradas de curiosidad del clan y escuchó los ahogados susurros de especulación. Imitando el porte de su madre, echó hacia atrás los hombros, enderezó la columna y levantó la barbilla. Intentó mirar a todos y a nadie, pero su mirada se sentía atraída hacia otro par de ojos grises. Ojos más claros, más de un azul grisáceo que del gris plateado que teñía los de Leda y Mari. Aun así eran extraordinarios y desde luego, sin duda alguna, pertenecían a una joven que llevaba la marca de una Mujer Lunar entre sus antepasadas.

—Saludos, Mujer Lunar —respondió la joven. Hizo una profunda reverencia, pero su postura dejaba claro que la muestra de respeto iba dirigida únicamente hacia Leda. Cuando se incorporó, se echó a la espalda su mata de cabello oscuro, y las plumas y cuentas que colgaban de su corona lunar ondearon a su alrededor como si llevara un velo hecho de criaturas vivas. Su mirada se dirigió hacia Mari despectivamente antes de añadir—: No sabía que esta noche también fuéramos a honrar a las candidatas a Mujer Lunar.

La sonrisa de Leda era serena.

—Hola, Sora. En realidad, esto ha sido un repentino reconocimiento de orgullo en mi hija. —Levantó la mano con la que sostenía la de Mari, para asegurarse de que todo el clan lo viera—. Y parte de ese orgullo es que sus ojos grises la señalan como candidata a Mujer Lunar.

—Igual que los míos —respondió Sora.

Mari contuvo un suspiro irritado y habló antes de que su madre pudiera responder.

—Sí, pero los tuyos están tan ocupados batiendo las pestañas a los hombres del clan que a veces cuesta recordar que sean grises.

—Por supuesto que presto atención a los hombres del clan. Es lo más lógico, mostrar aprecio a nuestros protectores. La envidia es un rasgo muy poco atractivo, Mari, sobre todo para alguien que presta tan poca atención a su aspecto —replicó Sora.

—Las discusiones entre mujeres del clan son inaceptables —intervino Leda con brusquedad.

Sora y Mari intercambiaron una mirada de desprecio apenas disimulando antes de inclinar sus cabezas en señal de respeto a la Mujer Lunar.

—Tienes razón, por supuesto —dijo Sora—. Mis disculpas, Mujer Lunar.

—No es a mí a quien debes presentar tus disculpas —dijo Leda.

Sora se dirigió a Mari. Sonrió con suavidad, aunque su expresión no se correspondía con su mirada.

—Mis disculpas, Mari.

—¿Mari? —sugirió Leda, al ver que su hija permanecía en silencio.

—Yo también me disculpo —se apresuró a añadir Mari.

—Bien —dijo Leda. Le tendió la otra mano a Sora—. Y tienes razón, Sora. Tus ojos te señalan como candidata a aprendiz de Mujer Lunar. Por favor, sígueme.

Sora tomó la mano de Leda con alegría, pero, antes de adentrarse en el centro del clan, ella alzó la voz y gritó:

—¡Que todas las doncellas con ojos grises se presenten ante su Mujer Lunar!

Entre la multitud que había ante ellas se produjo un gran revuelo. Después, una jovencita se separó del grupo.

—¿Mari? —apuntó Leda en un susurro.

Mari sonrió a su madre y le tendió la mano abierta a la chica, recibiéndola con un: «Hola, Danita». La joven le sonreía tímidamente y le dedicaba miradas nerviosas a su madre mientras avanzaba para tomar su mano extendida cuando, de pronto, un resplandor luminoso captó la atención de Mari. Cuando bajó la vista, vio que la manga de la capa se le había caído un poco y que la piel del antebrazo que tenía extendido debía de haber captado un único rayo de luz cenital, porque el intrincado dibujo de hojas de helecho resplandecía luminoso a través del maquillaje de arcilla.

Con un rápido movimiento, Mari separó su mano de la de su madre, se recolocó las mangas de la capa y se envolvió el cuerpo con los brazos ocultos en el tejido.

—¿Qué ocurre, mi niña? —Leda se interpuso rápidamente entre su hija y el clan, con cuidado de ocultarla bien.

—Los… Los dolores de estómago han vuelto. —Intercambió una mirada con su madre.

Mari se percató de que Leda intentaba ocultar con todas sus fuerzas la decepción que asomaba en su rostro, pero su sonrisa era melancólica y no conseguía disimular la tristeza de sus ojos.

—Jenna —dijo Leda—. Por favor, ¿podrías llevar a Mari a la hoguera y pedirle a una de las madres que le prepare un poco de infusión de manzanilla? Parece que no está todo lo recuperada que esperábamos.

—¡Claro que sí, Leda! No te preocupes por nada. Yo me ocupo de nuestra chica.

Jenna cogió a Mari del brazo y la alejó de la multitud mientras Mari veía primero a Danita y luego a otra chica de ojos grises y a otra joven más ocupar sus respectivos lugares con Sora, junto a su madre.

—No te pongas triste —susurró Jenna—. Seguro que la infusión te sienta bien. Puedes sentarte conmigo y criticar esas estúpidas plumas que se ha puesto Sora en el pelo mientras tu madre purifica al clan. —Jenna señaló un madero cerca de la hoguera central de la Asamblea—. Siéntate allí y descansa. Voy a por tu infusión. Vuelvo en un momento.

—Gracias, Jenna —dijo Mari, sentándose en el madero mientras Jenna se alejaba. Notó las miradas de lástima de las mujeres del clan sobre ella y consiguió obligar a su rostro a adoptar la misma expresión impasible que había mostrado hacía un rato: nunca permitiría que se enteraran de lo mucho que le dolía que la apartaran de ellos, de lo difícil que era ocultarles la verdad.

Observó cómo su madre se abría camino hasta el centro de la Asamblea. Se detuvo ante todos y cada uno de los ídolos que decoraban el claro. Leda soltó las manos de las niñas e hizo una profunda reverencia frente a la imagen de la Tierra Madre, que parecía surgir del mismo sotobosque. El rostro de la diosa estaba tallado en un liso canto rodado de color blanco cremoso y salpicado de cristales de cuarzo, de modo que, cada vez que la luz se reflejaba sobre ella —la del sol, o la más débil y fría luz de la luna—, resplandecía como si estuviera hecha de sueños y anhelos. Su piel era una espesa y suave capa de musgo. Su cabello era un musgo verdoso que crecía primorosamente por la curva de su espalda y alrededor de las redondeces de sus hombros.

—Yo te saludo, Tierra Madre, igual que el clan me saluda a mí, tu Mujer Lunar, tu sierva, con amor, gratitud y respeto —pronunció Leda en actitud reverente. A continuación se incorporó y se colocó de cara al expectante clan—. Hombres del clan de los tejedores, ¡presentaos ante mí!

Mientras los hombres daban un paso al frente, Jenna llegó hasta donde estaba Mari y le tendió una taza de madera llena de olorosa infusión de manzanilla antes de sentarse junto a ella sobre el madero.

—¡Ay, mira, ahí está padre! —Jenna sonrió y saludó con la mano.

El hombre de complexión robusta que dirigía a los demás recibió el saludo con un movimiento de cabeza, pero Mari se percató de que su cara estaba surcada por arrugas de dolor y sus ojos entrecerrados a causa de la ira que empezaba a bullir en su interior ahora que el sol se había puesto.

La ira que terminaría por sobrepasarle si la Mujer Lunar no purificara sus Fiebres Nocturnas cada Tercia Noche, como mínimo.

Acompañado por el resto de hombres del clan, Xander se arrodilló ante Leda y, justo en ese momento, el sol desapareció por el lejano horizonte occidental. Mari vio cómo su madre levantaba los brazos, como si pudiera sostener entre ellos la luna llena que para el resto del clan aún no era visible, pero que una Mujer Lunar podía detectar —podía invocar— siempre y cuando el sol hubiera desaparecido del cielo.

Mari observó cómo el tono grisáceo que había empezado a extenderse por los brazos de Leda se disipaba hasta desaparecer. Su madre exhibía una sonrisa radiante cuando echó la cabeza hacia atrás para exponer su rostro y sus manos al cielo, que ya empezaba a oscurecerse. La respiración de Leda se tornó profunda y rítmica. Automáticamente, la de Mari se acompasó a la de su amiga mientras practicaba el ejercicio de asentamiento que precedía al ritual de invocación. Mari vio que su madre movía los labios mientras conversaba en privado con su diosa y se preparaba.

Mari paseó la vista por el semicírculo de hombres y mujeres del clan que la rodeaban, y contó y anotó en su memoria a las veintidós mujeres, los diez niños y los siete hombres que estaban presentes. Así podría ayudar a su madre a llevar el recuento en su diario cuando volvieran a la madriguera.

Cuando sus ojos se posaron en Sora, Mari frunció el ceño. ¡No me lo puedo creer!, se enfureció en silencio. Todo el mundo está rezando y preparándose con mamá, menos esa chica. En lugar de rezar u observar a Leda, como se esperaría de cualquier candidata a Mujer Lunar, Sora sonreía a uno de los jóvenes que se habían arrodillado frente a su madre. Mari estiró el cuello y vio que otro chico, al que reconoció como Jaxom, lanzaba miraditas subrepticias a Sora, con un calor en la mirada que parecía tener poco que ver con las Fiebres Nocturnas.

Mari sintió una punzada de celos. ¡A Sora le resultaba tan fácil! Era valiente y segura y hermosa. ¿Cómo sería estar en su piel, aunque solo fuera durante un día, durante una hora? ¿Cómo sería que un joven la mirara con tanta pasión y deseo? Sería maravilloso, pensó Mari. Ni siquiera alcanzo a imaginar lo maravilloso que sería.

Y entonces, en medio del silencio del clan, su madre, su mágica y amorosa madre Mujer Lunar, empezó a hablar con voz dulce, fuerte y segura, y el clan de los tejedores al completo alzó sus rostros para mirar a Leda:

Yo declaro ser tu Mujer Lunar,

a tus pies pongo mis poderes, sin nada que ocultar.

Tierra Madre, guíame con tu mágica visión,

otórgame el poder de la luna llena para cumplir mi misión.

Ven, luz plateada, derrámate sobre mí,

para que quienes están a mi cuidado puedan purificarse en ti.

Mientras Leda pronunciaba la invocación, su cuerpo comenzó a brillar. No con el enfermizo brillo grisáceo de las Fiebres Nocturnas, sino con la sublime luz plateada del puro y glacial poder de la luna. Mari había visto a su madre invocar a la luna muchas más veces de las que podía contar, pero la imagen no dejaba de impresionarla. Y, aunque la Tierra Madre de Leda no le había susurrado nunca, jamás, ni una sola palabra a Mari, ella imaginó que, si la diosa realmente tuviera que surgir de la Tierra, tendría exactamente el mismo aspecto que su madre.

Canaliza, poderosa luna, a través de mi ser

el don de la diosa que es mi destino y mi haber.

Leda pronunció las últimas palabras que atraían del cielo los invisibles haces de energía que solo respondían a la llamada de la Mujer Lunar. Después, empezó a caminar de hombre en hombre y a tocar cada una de las cabezas alzadas hacia ella. Mari pensó que Leda era un pincel vivo, que cada uno de sus trazos dibujaba con luz de luna y magia el cuadro del clan y hacía a cada hombre resplandecer con un destello plateado durante un segundo. Incluso desde donde Mari estaba sentada se alcanzaba a escuchar los suspiros de alivio de los hombres del clan a medida que su Mujer Lunar purgaba el dolor y el delirio de las Fiebres Nocturnas fuera de sus cuerpos.

A su lado, Mari notó el temblor que recorrió el menudo cuerpo de Jenna, recordándole el papel que debía representar en público. Mari se tomó lo que le quedaba de infusión y se abrazó a sí misma con más fuerza, fingiendo un dolor que nunca había sentido.

—No pasa nada, Mari. Casi ha terminado con los hombres —dijo Jenna.

Mari abrió la boca para murmurar algo y distraer a Jenna, pero la visión de Sora moviéndose junto a Leda, sonriendo provocadoramente a cada uno de los hombres del clan recién purificados antes de que estos volvieran a ocupar los puestos de guardia que rodeaban la Asamblea, le hizo rechinar los dientes de rabia.

Jenna siguió la mirada de su amiga y resopló con delicadeza:

—¡Qué atrevida es! Me sorprende que Leda no la reprenda.

Mari no dijo nada. Tenía miedo de saber por qué su madre no frenaba el atrevimiento de Sora. El clan necesita que su Mujer Lunar nombre a una heredera y la elija como su aprendiz oficial. Y esa aprendiz no puede tener una piel mutante que resplandezca a la luz del sol. Sí, Sora era arrogante y enervante, pero también era muy popular en el clan y era evidente que estaba decidida a suceder a Leda como Mujer Lunar.

Leda se detuvo ante ellas, sonriendo amorosamente a Jenna y Mari. Imitando al resto del clan, Jenna levantó la cabeza y Leda le impuso las manos sobre la corona lunar tan delicadamente tejida. Sus palabras iban dirigidas al clan, pero sus ojos se cruzaron con los de su hija.

—Yo te purifico de toda tristeza y te infundo el amor de nuestra Gran Tierra Madre.

Imitando al resto del clan, Mari murmuró:

—Gracias, Mujer Lunar.

Mari intercambió una sonrisa secreta con su madre. Leda acarició la cabeza de su hija, se inclinó velozmente y la besó en la frente antes de avanzar hacia el siguiente grupo de mujeres expectantes.

Mari quiso acompañar a su madre, demostrarle al clan que no era una muchacha enfermiza, que podía ayudar a la Mujer Lunar y que, tal vez algún día, ella misma podría ser su Mujer Lunar.

—Será mejor que te quedes sentada. No querrás que vuelva a dolerte el estómago, ¿no?

Mari alzó la vista hasta que sus ojos se encontraron con los de Sora. No había nada ofensivo en lo que la muchacha había dicho, pero Mari percibió la burla escondida tras aquella fachada amable. Quiso levantarse y gritar que no le dolía el estómago. ¡Lo único que pasaba es que ella era distinta! Pero Mari no podía hacerlo, no podía decir nada sin poner en peligro su seguridad y, lo que era aún más importante, la de su madre. Así que lo único que Mari respondió fue:

—Será mejor que te des prisa y alcances a mi madre. No querrás que el resto de muchachas de ojos grises te arrebaten el puesto.

El ceño fruncido afeó la lisa frente de Sora antes de que le diera la espalda a Mari y echara a correr tras Leda.

—No es muy simpática —comentó Jenna.

—Los hombres del clan no opinan lo mismo —bromeó Mari.

Jenna se llevó la mano a la boca, reprimiendo una risita. Mari sonrió a su amiga y empezó a acercarse más para comentar lo ridícula que estaba Sora con las plumillas de la corona lunar, cuando notó la mirada de su madre sobre ellas. Las dos intercambiaron una mirada sobre las cabezas del resto del clan y Leda pronunció en silencio una única palabra: «Bondad».

Mari le dedicó a su madre una breve y arrepentida sonrisa. Mientras Leda pasaba de las jóvenes y los niños a las madres y las ancianas, Mari suspiró. Su madre tenía razón, como siempre. La Mujer Lunar era la matriarca del clan, y también era la curandera, la consejera, la líder y la madre de todos. Leda no solo se comportaba con bondad: era realmente bondadosa.

Pero ¿lo era Mari? No lo sabía. Se esforzaba mucho para hacer que su madre estuviera orgullosa de ella. Intentaba hacer lo correcto, pero daba igual lo mucho que se esmerara: siempre sentía que sus esfuerzos eran insuficientes. O quizá «insuficiente» no fuera la palabra correcta. Tal vez era tan distinta a todos los miembros del clan, incluso a su madre, que nunca había llegado a sentirse parte de él. Mari observó a Leda con un anhelo agridulce. Ojalá pudiera sentirse tan cómoda consigo misma como se sentían su madre y Sora y el resto del clan.

Aunque el sol ya había abandonado el cielo, Mari se cercioró con gesto automático de que las mangas de la túnica le cubrían los brazos. Se percató de lo que estaba haciendo y se obligó a mantener quietas sus inquietas manos mientras la tristeza se apoderaba de ella y le hacía sentir una repentina falta de aliento.

¿Qué estoy haciendo aquí? No encajo, y lo único que consigo es que mamá parezca débil e indecisa. No debería haber venido.

—¿Mari? ¿Estás bien? —le preguntó Jenna. Mari se dio cuenta de que la chica había estado parloteando sin parar sobre cómo había ayudado a las mujeres de las madrigueras cercanas a preparar la Asamblea para la celebración de aquella noche.

—Lo siento, Jenna. Es que sigo sin encontrarme bien. Voy a volver a la madriguera antes de que oscurezca del todo. ¿Podrías decirle a mi madre que estaba fatigada a causa de los dolores de estómago y que me he marchado a descansar?

—¡Claro! Oye, he encontrado una mata de iris morados florecidos. ¿No decías que con ellos se hace muy buen tinte?

—Sí, es verdad —respondió Mari.

—¿Quieres que vayamos a recogerlos mañana?

Mari hubiera querido decir que sí. Hubiera querido reír y hablar y cotillear con su amiga y no tener que estar constantemente alerta, preocupada por lo que pudiera revelar la luz del sol.

Pero no tenía más remedio que estar preocupada. No podía predecir, ni controlar, si su piel comenzaría a brillar a la luz del sol, pero que lo hiciera era mucho más frecuente que lo contrario. Y los últimos días el sol había lucido demasiado fuerte y claro como para arriesgarse a desencadenar un desastre.

—No sé si mañana me encontraré bien, Jenna. Pero me gustaría, de verdad que me gustaría.

—Oye, Mari, no te preocupes. No pasa nada. Estaré aquí a mediodía. Si te encuentras mejor, nos vemos aquí, ¿te parece?

Mari asintió.

—Lo intentaré. —Abrazó a Jenna y rezó en silencio para que el día siguiente estuviera nublado. Después añadió—: Jenna, gracias por ser mi amiga, aunque no pasemos tanto tiempo juntas como me gustaría.

Jenna le devolvió el abrazo con fuerza antes de apartarse y sonreír con picardía:

—No se trata del tiempo que pasemos juntas, sino de lo mucho que nos divertimos cuando lo hacemos. ¡Y nos divertimos muchísimo! Somos del mismo clan, Mari. Y eso es lo que realmente importa. Yo siempre seré tu amiga.

Mari sonrió entre las lágrimas.

—De verdad que intentaré venir mañana —respondió.

Antes de escabullirse a toda prisa, le dedicó una rápida mirada a Leda. Rodeada de caminantes terrenos, su mágica madre bañaba al clan con el sanador poder de la luna, sin darse cuenta de que su hija se había adentrado silenciosamente en el bosque cada vez más oscuro, sola de nuevo.

3

En la lejanía del noreste, justo detrás de la frontera de las ruinas de la ciudad, Ojo Muerto tomó una decisión que alteraría el tejido del mundo. Últimamente, la inquietud que había caracterizado toda su vida había aumentado hasta niveles insoportables. Y sabía por qué. Le asqueaba profundamente fingir que su diosa, la Segadora del Pueblo, estaba viva. Ojo Muerto supo que la diosa estaba muerta desde el mismo día en que su custodia le presentó ante ella.

El día de la presentación estaba tan emocionado como el resto de crías que habían sobrevivido los dieciséis inviernos necesarios para ser considerados parte del pueblo. Ojo Muerto ayunó y rezó y ofreció un sacrificio vivo. Desnudo, él y las demás crías entraron en su templo, en el centro de la ciudad, y ascendieron por la escalera que llevaba hasta la cámara de las sibilas.

La cámara estaba impregnada del dulzón humo acre de la madera de cedro. Los huesos de los Otros sacrificados por el pueblo estaban apilados contra las paredes de la enorme estancia, formando intrincadas decoraciones cuya función era mostrar el regocijo del pueblo por el botín de su diosa. Entre los recipientes metálicos, llenos de madera aromática, siempre encendida, había camastros dispersos, ocultos por cortinas de enredaderas que crecían en las grietas del techo del templo.

Además de las ancianas que habían decidido terminar sus días al servicio de la Segadora, entre las sibilas había mujeres jóvenes. Ojo Muerto recordaba que en el día en que fue presentado a la diosa, en muchos de los camastros había jóvenes sibilas cuyos cuerpos aceptaban vigorosamente el tributo que hombres jóvenes y viriles hacían a la Segadora.

—Será mejor que te concentres en la diosa. Si ella acepta tu sacrificio y responde a tu pregunta, tendrás tiempo para el placer después —le recordó su custodia a Ojo Muerto cuando se dio cuenta de que una de las parejas más ruidosas distraía su atención durante demasiado tiempo.

—Sí, custodia —contestó, reparando instantáneamente en su mirada y reconduciendo sus pensamientos internos.

Incluso entonces —a pesar de que Ojo Muerto había vivido apenas dieciséis inviernos—, estaba convencido de que la diosa tenía un plan para él. Lo creía firmemente. Lo sabía. Jamás lo había dudado. Sí, el pueblo sufría. No, Ojo Muerto no entendía por qué. No entendía por qué la Segadora, la hermosa y feroz diosa del pueblo, permitía que la muerte y la enfermedad se extendieran entre ellos. No entendía por qué les pedía desollar vivos a los Otros para que el pueblo pudiera curar su propia piel mudada y absorber su poder, ni por qué, aun así, el pueblo seguía enfermando, mudando la piel y muriendo.

Pero Ojo Muerto pretendía descubrir el porqué ese mismo día.

La diosa aceptaría su sacrificio, y ella le respondería, y Ojo Muerto quedaría eternamente a su servicio.

Un joven pasó corriendo a su lado, sosteniendo una pequeña criatura destripada contra su pecho desnudo mientras lloraba desconsoladamente.

—¡Su sacrificio no ha sido aceptado! ¡La diosa no está satisfecha! —La aguda, aflautada voz de la sibila superiora se escuchó desde el balcón.

Ojo Muerto dio un respingo al darse cuenta de que era el único joven que quedaba en la cámara. Sus ojos volaron hacia el balcón mientras acunaba contra sí a su sacrificio y rezaba para que su instinto hubiera sido buen consejero, que hubiera elegido sabiamente después de pasar días cazando y liberando todas las presas hasta atrapar a la pura paloma blanca que ahora albergaba entre sus manos.

—Custodia, ¡presente al siguiente joven! —La sibila superiora entró en la cámara y se quedó de pie frente a la enorme abertura sin cristales que separaba la estancia del balcón en el que se erigía la gigantesca estatua de la Segadora y desde cuyas alturas observaba su templo e instaba a su pueblo a acudir a ella.

—Presento a Ojo Muerto —dijo su custodia. Después se apartó y dejó que él recorriera el resto de la cámara en soledad.

Cuando llegó ante la sibila superiora, ella le dio la espalda y los dos caminaron juntos hasta el balcón sagrado.

Aunque ahora sabía que la estatua no era más que metal inerte, y la diosa una cáscara vacía, Ojo Muerto nunca olvidaría la primera vez que se acercó a la Segadora. Como siempre, los recipientes metálicos dispuestos en forma semicircular alrededor de ella refulgían con fuego, la iluminaban, la calentaban. Ojo Muerto alzó la vista hacia ella y se empapó de la magnificencia de su presencia.

Ella era todo lo que un dios debería ser: fuerte, terrorífica, hermosa. Su piel inmortal era de un metal que resplandecía seductoramente a la luz del fuego. Tenía la altura de diez hombres y superaba en esplendor a cualquier mujer frente a la que Ojo Muerto hubiera estado nunca. Se arrodillaba sobre la entrada a su templo. Tenía una mano extendida hacia abajo mientras llamaba a su pueblo ante ella. Con la otra mano sostenía el tridente —la mortífera cuchilla de tres puntas con la que ella había obsequiado a su pueblo tras la Era del Fuego.

—¿Qué sacrificio le traes a tu diosa? —le preguntó la sibila.

Tal como había ensayado, Ojo Muerto respondió:

—Le ofrezco el espíritu de esta criatura a nuestra diosa, la Segadora, y su cuerpo a los siervos elegidos por ella, sus sibilas. —Ojo Muerto ofreció la pura paloma blanca a la anciana con actitud ceremonial mientras hacía una profunda reverencia.

—Sí, esto servirá. Acércate al foso. —La sibila superiora le hizo un gesto a Ojo Muerto para que la siguiera hasta el foso metálico de mayor tamaño. Quedaba justo enfrente de la diosa. Otras sibilas, todas ancianas, merodeaban a su alrededor con avidez, relamiéndose los labios y susurrando entre ellas.

Ojo Muerto se estremeció al recordar el olor rancio que emanaba de sus cuerpos y sus ojos legañosos e impacientes.

La anciana elevó el tridente ceremonial y abrió el vientre del frenético pájaro en canal, desde la cloaca hasta la barbilla, de modo tal que parecía que una hermosa flor escarlata hubiera florecido dentro de su cuerpo. La sangre brotó tan alta, con tanta potencia, que unas cuantas gotas llegaron a tocar la piel de la estatua.

—¡Ah! ¡Esto es una señal de la complacencia de la diosa con este joven! —graznó la anciana, sosteniendo en alto el pájaro sangrante y espasmódico—. ¿Qué función cumplirás en el pueblo?

—Llevaré su marca, seré un cosechador —dijo Ojo Muerto. Recordaba con orgullo que la voz no se le había quebrado y que se había erguido orgulloso, todo lo largo que era, frente a las ancianas y la estatua que los empequeñecía a todos.

—¡Así sea! —la sibila asintió en dirección a las demás mujeres, que dieron un paso adelante y agarraron a Ojo Muerto de los brazos. Haciendo gala de una fuerza asombrosa, lo levantaron del suelo y lo sujetaron contra el suelo del balcón, con los brazos extendidos. Entonces, la anciana sacó otro pequeño tridente del foso donde ardía el fuego del dios. El mortífero metal de su hoja de triple filo resplandecía como la sangre fresca. La sibila alzó el arma con ademán ostentoso, pidiéndole a la diosa su bendición, y se arrodilló junto a él—. Del más intenso dolor brota la más profunda sabiduría. Al haber sido aceptado al servicio de la Segadora, puedes formularle una pregunta, y la diosa contestará. —A continuación, presionó la hoja incandescente contra la piel del antebrazo de Ojo Muerto.

No se movió. No gritó. Observó con entusiasmo el rostro de la diosa y le formuló su pregunta.

¿Qué debo hacer para conseguir que el pueblo vuelva a ser fuerte?

Los dedos de Ojo Muerto palparon la protuberancia de la cicatriz con forma de tridente. Volvió a acariciarla mientras lo que sucedió a continuación se proyectaba en sus recuerdos.

Nada.

La diosa no habló.

Ojo Muerto se quedó allí, tendido, ignorando el dolor lacerante de su brazo, esperando que la poderosa voz de la diosa retumbara en su mente.

—¡Ella ha contestado a Ojo Muerto! —gritó de repente la anciana mientras se levantaba, sosteniendo el tridente cubierto con su sangre y su piel calcinada—. ¡Ella le ha aceptado!

—¡La he escuchado hablar! ¡Ella le acepta! —gritó otra de las ancianas.

—¡Ha hablado! ¡Le ha aceptado! —gritó otra.

—¡Contemplad! —gritó la sibila superiora, aún blandiendo el tridente humeante—. ¡Ya no es un joven! ¡Es Ojo Muerto, uno de los cosechadores de la diosa!

Las mujeres intentaron ayudar a Ojo Muerto a incorporarse, pero él se sacudió de encima sus manos huesudas. Con un levísimo balanceo se plantó frente a la diosa, alzó la vista hacia su rostro y buscó algún signo, el que fuera, de que ella le había hablado.

Lo único que vio fue una estatua inerte rodeada de ancianas moribundas.

Miró a la sibila superiora, y le preguntó:

—¿La diosa te ha hablado?

—Me ha hablado a mí, al igual que al resto de las sibilas y a ti. A veces es difícil escucharla si no posees los oídos de una sibila —dijo la anciana—. ¿No has oído nada, joven cosechador?

—Nada —respondió Ojo Muerto.

—No temas. Ella siempre habla por boca de sus sibilas, y nosotras siempre estaremos aquí para guiar al pueblo y hacer que actúe de acuerdo a sus designios.

Ojo Muerto paseó la mirada desde la sibila superiora hasta el resto de ancianas, que se habían hecho con palillos afilados y pinchaban el cadáver de la paloma para sacar entrañas humeantes y sorberlas con sus bocas ávidas mientras reían y se susurraban mutuamente al oído.

Entonces, alzó los ojos una vez más en dirección a la diosa, observando realmente la estatua por primera vez. Y ese fue el momento en que sucedió. Entrelazó la mirada metálica de la diosa con la suya y, con toda la fuerza de su mente, gritó a la Segadora.

Si estuvieras viva, no tolerarías a estas viles ancianas. Si estuvieras viva, harías que nuestro pueblo volviera a ser fuerte. La Segadora no existe. La diosa no existe. Estás muerta.

Ojo Muerto recordó cómo se había quedado de pie frente a ella, cómo había deseado estar equivocado, aunque eso supusiera que la diosa eligiera ese preciso momento para fulminarlo por sus blasfemias.

Pero ella no lo hizo.

Ojo Muerto le dio la espalda a la estatua, arrancando gritos de asombro y furia a las sibilas que no estaban demasiado ocupadas chuperreteando los huesos del sacrificio o proporcionando placer a los hombres como para darse cuenta. Las ignoró a todas y salió dando grandes zancadas del balcón para entrar en la cámara, y luego en el templo, a tiempo que se prometía que solo volvería a pisar ese lugar cuando tuviera una respuesta. Y, como su diosa estaba muerta, estaba decidido a encontrar la respuesta por sí mismo.

Y esa era la razón por la que Ojo Muerto se encontraba allí, cinco inviernos más tarde, entrando en el bosque que pertenecía a los Otros.

Aquel antiguo bosque de pinos lo atraía como la luna atrae a las mareas. A diferencia del resto del pueblo, Ojo Muerto sentía desde siempre fascinación por el bosque. Desde que descubrió que su diosa estaba muerta, había empezado a creer que el bosque debía albergar algo más que enemigos y muerte: era posible que también albergara respuestas.

Sin embargo, era difícil permanecer solo ahí fuera. No había delgados muros de vidrio y metal, ni laberínticas pasarelas entre edificios que ocultaban tantos santuarios como vías de escape. Allí solo estaban el cielo implacable, el bosque y los Otros.

Ojo Muerto se acarició la protuberante cicatriz con forma de tridente en el antebrazo. El movimiento atrajo su atención hacia su piel. Pequeñas grietas habían empezado a agruparse en torno a los surcos de sus muñecas y sus codos, haciendo que el dolor se irradiara hacia las articulaciones. Un letargo aterradoramente familiar había empezado a apoderarse de sus músculos. Apretó los dientes para luchar contra su seductora atracción.

—No sucumbiré. —Ojo Muerto se obligó a formar las palabras entre los dientes cerrados—. Mi vida será algo más que este ciclo infinito de enfermedad y muerte. Los Otros no se acercan a la ciudad, así que seré yo quien entre en el bosque. Debe de haber un modo. Y, como la diosa está muerta, debo crear yo mismo las respuestas. Encontraré mi propia señal, mi propio sacrificio. —Ojo Muerto se puso de rodillas y agachó la cabeza—. Sí, habrá una señal y, cuando la encuentre, podré dar la noticia al pueblo.

A su alrededor, el bosque estaba en completo silencio. De pronto, con una majestuosidad que solo quedaba eclipsada por la de la imagen de la diosa que ejercía su influencia en el corazón de la ciudad, un venado salió de entre la maleza justo frente a él.

Sin dudarlo, Ojo Muerto se abalanzó sobre el animal y lo atrapó cuando este retrocedió de un salto para intentar huir de él. Ojo Muerto rodeó el cuello del venado con los brazos y clavó los talones en el húmedo abono del sotobosque. La criatura intentó retroceder y cocear a Ojo Muerto con sus pezuñas, pero él se aferró a sus astas y, con toda la fuerza de sus robustos brazos, empezó a retorcerle la cabeza al venado, tirando de ella cada vez más hacia atrás, hasta que la criatura perdió el equilibrio, cayó de lado con gran estruendo y quedó finalmente tumbada, temblorosa y tratando de recuperar el aliento.

Ojo Muerto se puso rápidamente manos a la obra. Hincó la rodilla en el punto exacto donde se unían la cabeza y el cuello del venado, y lo inmovilizó contra el suelo. Luego, sacó la daga de tres puntas de la vaina de su cinturón y la alzó, preparándose para hundirla en el punto exacto de la columna que dejaría al animal paralizado. Sin embargo, antes de que Ojo Muerto pudiera clavar la hoja, el ojo oscuro del venado se clavó en el suyo. Ojo Muerto vio su propio reflejo en él, con la misma nitidez que si estuviera mirándose en un espejo. Con una mano sostenía el tridente en alto. La otra la había tendido hacia el suelo, en un gesto que daba la sensación de estar intentando atraer al venado hacia sí. En ese reflejo Ojo Muerto no se vio a sí mismo, sino la imagen de ella, de la Segadora, de la diosa muerta.

La fuerza de la revelación le recorrió el cuerpo con una oleada cálida, apetitosa y excitante.

La señal estaba clara. ¡Ojo Muerto se había convertido en el dios! Y sabía bien qué tenía que hacer.

—¡Soy un cosechador! No mataré. Aplacaré, pero no mataré. Cosecharé, pero no sacrificaré. Así es como conseguiré que el pueblo recupere su fuerza. Entonces la cosecha podrá extenderse más allá de los límites de la ciudad (del pueblo) al mundo entero.

Envainó el cuchillo y sacó un cabo de cuerda de la bolsa de viaje que llevaba al hombro. Ató las patas traseras y delanteras del venado juntas, a la altura de los tobillos del animal. Cuando vio que ya no sería capaz de liberarse, Ojo Muerto usó otra cuerda para enrollarla alrededor de su cuello y después la enlazó alrededor de la rama baja de un pino joven, colgando a la criatura de tal modo que estuviera más interesada en esforzarse por respirar que por escapar.

Fue entonces cuando Ojo Muerto volvió a desenvainar su tridente para despellejar. Pero, en lugar de blandirlo contra el venado, apoyó la triple hoja contra su brazo y la deslizó entre las grietas de su piel hasta que estas vertieron un fluido rosado. Solo entonces empezó a separar la piel de la carne del venado, aún vivo.

Ojo Muerto trabajaba con rapidez y eficiencia. Aceptó los gritos del venado, bebiéndolos como si fueran agua y él un hombre muriendo de sed. Apreció cada centímetro de la piel del venado, ungiendo las heridas abiertas del animal con sus propias lágrimas antes de aplicar cada tira de cuero sanguinolento sobre su piel agrietada. Aunque al tacto la piel del venado estaba caliente y viva, contra sus heridas resultaba fresca y aliviaba el dolor y la inflamación casi instantáneamente.

El venado acudió al lugar sagrado que señalaba la frontera entre los vivos y los muertos mucho antes de lo que Ojo Muerto había previsto, pero la señal no dejaba lugar a dudas. Una tira más de piel, y el animal traspasaría el umbral de la vida para dejarse envolver por el manto de la inevitable muerte. Ojo Muerto agachó la cabeza al tiempo que presionaba su mano ensangrentada contra la marca del tridente en su antebrazo.

—Te doy las gracias, venado mío, por el don de tu vida. La absorbo con gratitud.

Sin embargo, antes de que Ojo Muerto pudiera cortar una última cinta escarlata más del cuero del animal, sus ojos volvieron a clavarse en la mirada reflectante del ciervo. Ojo Muerto se detuvo, hipnotizado por la poderosa imagen que le devolvía de sí mismo, convertido en dios.

Poco a poco, Ojo Muerto empezó a comprender.

¿Qué esperaba de su diosa? Verdadera —ira justiciera— compasión. Y, a través de su reflejo en el ojo del venado, encontró la respuesta.

Soy un cosechador, no un segador. No puedo concederme el golpe de gracia. Debo liberar a mi mensajero para que complete la suerte a la que le he destinado, compartiendo mi vida y mis heridas con él.

Ojo Muerto hizo descender la daga dos veces y cortó la soga que se cernía en torno al cuello y las patas del venado. Entonces, retrocedió un paso y contempló cómo la criatura luchaba por incorporarse. Emitiendo destellos blancos con los ojos y con un reguero de lágrimas escarlata lloviéndole de la piel, la criatura se alejó de allí, tambaleándose.

Ojo Muerto observó cómo se marchaba y se sintió atraído por la lejanía, donde los pinos de azúcar crecían alcanzando alturas mastodónticas, gigantescos centinelas que custodiaban el misterio y la magia que aguardaba más allá de la ciudad muerta, con los Otros.

Ojo Muerto sonrió.

4

La madriguera de Mari quedaba al final de una empinada pendiente, pero ella ya estaba acostumbrada al esfuerzo que había que hacer para llegar hasta la seguridad de su hogar. Cuando llegó al primer matorral de zarzas, Mari se liberó de parte de la constante alerta que ella, o cualquiera que no anhelara la muerte, debía mantener de noche en el bosque. En lugar de evitar los arbustos espinosos, Mari entró en el terreno con decisión y evitó con facilidad los espesos matojos de plantas urticantes. Solo se detuvo cuando llegó a lo que, aparentemente, era un muro de espinas. Se agachó, cogió uno de los dos desgastados bastones que había escondidos bajo las ramas y apartó con él los gruesos troncos de zarzas pegajosas. Una vez que lo hubo atravesado, dejó caer de nuevo su manto protector.

Aquel camino era más lento, aunque seguía siendo empinado. Los pasajes ocultos a través del matorral de zarzas eran ahora laberínticos, pero Mari conocía bien todos sus secretos. El matorral había sido diseñado, plantado y cuidado con esmero por varias generaciones de Mujeres Lunares para ocultar su madriguera.

Todos los caminantes terrenos vivían en las madrigueras que escarbaban en la tierra viva, y por lo general solían elegir lugares ocultos y de difícil acceso para construir sus hogares. Las mujeres tendían a agrupar sus madrigueras. Los hombres, incluso aquellos que estaban emparejados, vivían apartados de las de ellas, ya que las Fiebres Nocturnas hacían que vivir bajo el mismo techo fuera tan difícil como peligroso. Sin embargo, los miembros del clan no se escondían los unos de los otros. Las mujeres, sencillamente, se encargaban de las tareas de la vida cotidiana: criar a los niños, cultivar las cosechas, tejer, aconsejar y legislar. Los hombres cazaban y ejercían de protectores.

En el mundo matriarcal de los clanes, el líder máximo de cada clan era su Mujer Lunar. No solo poseía el poder de purificar al clan de las Fiebres Nocturnas, sino que, además, era su curandera: la leyenda decía, incluso, que la Mujer Lunar del clan tenía bajo su protección al verdadero espíritu del clan y que, si ella prosperaba, también lo haría el clan.

Mientras Mari se abría camino entre el laberinto de zarzas, sintió que el matorral le daba la bienvenida, que la ocultaba y protegía tanto como lo hacía su propia madre. Apartó con delicadeza la última gruesa rama de zarzas y pisó una entrada tapizada de musgo, tras la que se encontraba el alto arco que enmarcaba la gruesa puerta de madera de su madriguera. Tallada en el arco podía distinguirse la hermosa figura de la Tierra Madre. Sus costados estaban pulidos y brillantes a causa de las reverentes caricias de las distintas generaciones de Mujeres Lunares que habían vivido sanas, salvas y felices en el interior de aquella cueva.

—Y esa es la razón por la que está prohibido que nadie, salvo la Mujer Lunar y sus hijas, conozca dónde se encuentra su madriguera —le dijo Mari a la silenciosa talla—: El espíritu del clan debe estar oculto y a salvo si este desea prosperar. —Se acercó a la puerta e, imitando los movimientos de su madre, se llevó los dedos a los labios y acarició con ellos los costados de la Tierra Madre—. Por favor, cuida de mamá y haz que vuelva sana y salva a casa —murmuró.

El interior de la madriguera la recibió con vistas y olores familiares. Mari se quitó la capa de los hombros y fue derecha hacia el cubo del aseo. Sumergió las manos en el agua fresca y se salpicó con ella la cara y los brazos, frotó la arcilla endurecida y el polvo de camuflaje y se desprendió del incómodo disfraz que se veía obligada a llevar a diario. Se secó la cara y los brazos, ignorando la sensación apelmazada del pelo y murmuró para sí.

—Ojalá… —empezó a decir mientras iba hasta su escritorio y se sentaba. Cogió el dibujo de Leda que aún no había terminado, y se dispuso a decirle las desconsideradas palabras que jamás se atrevería a pronunciar frente a su madre—: Mamá, ojalá nunca le hubieras conocido. Ojalá hubieras amado a uno de los hombres del clan. Ojalá pudiera ser como todo el mundo. Así podría realmente estar a tu lado sin ser la causante de que nos destierren, o algo peor.

Mari se reprendió mentalmente.

Esto no me ayuda. Lo único que consigo es ponerme triste. Tengo que animarme antes de que mamá llegue a casa. Ya estará bastante preocupada por mí, y cansada después de purificar al clan. Siempre se preocupa por mí… y el clan siempre la deja exhausta.

Mari acalló la voz de su mente y pronunció en voz alta el pensamiento que nunca lograba apartar de su cabeza cada Tercia Noche, cada noche en que su madre estaba ausente.

—Los odio. Odio a los escarbadores. La usan una y otra vez. Y, algún día, terminarán por agotarla.

Mi niña, no odies a tu clan. Tú custodias mi corazón, pero yo custodio el espíritu del clan. Mi mayor deseo es que, algún día, también lo hagas tú.

La regañina de su madre vagó por su imaginación, y Mari se obligó a sí misma a aligerar sus pensamientos y centrarse en lo único que siempre la alegraba: sus dibujos. Observó el que le había hecho a su madre y lo examinó con sus perspicaces ojos de artista. Sí, la perspectiva de las manos no estaba bien, pero eso siempre era fácil de arreglar. Lo que había conseguido hacer a la perfección era capturar el rostro de su madre. Aunque Leda era la Mujer Lunar, el alma del clan, tenía una apariencia bastante ordinaria y no destacaba de entre el resto de su gente. Tenía la frente ancha, la nariz achatada y los labios finos. En el dibujo de Mari, los delgados labios de su madre se elevaban en una resplandeciente sonrisa que se reflejaba en el único rasgo realmente destacable de su rostro: sus enormes ojos de color gris plateado.

—Eso lo he captado perfectamente.

Automáticamente, Mari se giró hacia el valioso cristal ovalado, del tamaño de su mano, que estaba entre los frascos de tinta, las plumas y los lápices de carbón que poblaban su escritorio. Lo levantó y miró su mágica superficie.

El rostro de la chica recién lavada que le devolvía la mirada no era el de su madre, aunque sí compartía con ella sus enormes ojos de color gris plateado. Mari se tocó el pelo y lo notó compacto por el espeso tinte que su madre le aplicaba todas las semanas para que mantuviera su color oscuro y lodoso, como agua salobre.

—Como los demás escarbadores —dijo Mari, con resignación. Negó con la cabeza y le dijo a su reflejo—: No. No deberías quejarte. Es lo que te mantiene viva. Es lo que les oculta la verdad sobre ti.

Los movimientos de su cabeza hacían que su melena se meciera e, incluso bajo la tenue luz de los reflejos, la portentosa visión nocturna que había heredado de su madre captó un destello de luz solar en el espejo. Con los ojos clavados en la superficie reflectante, Mari sacó un largo mechón rebelde de aquella desastrada maraña mate. Se lo enroscó alrededor del dedo y se deleitó con su suavidad.

—Es del mismo color que la luz del sol. Casi se me había olvidado.

Mari inspeccionó su reflejo más de cerca. Sí, hacía bien en observarse con cuidado. Sus cejas brillaban a la luz de la cueva y su genuino tono rubio ya empezaba a asomar por debajo del tinte oscuro.

—Mamá tenía razón, como siempre. Ya va siendo hora de volver a teñirme —murmuró.

Tampoco es que le importara demasiado. Cuando saliera al día siguiente, si es que salía, en caso de que el cielo estuviera bien cubierto de nubes, Mari se aseguraría de camuflar el dorado natural de sus cejas y su cara con la pasta arcillosa que su madre y ella habían pasado dieciocho años perfeccionando —engrosando sus rasgos y transformándola en algo que no era—, una caminante terrena purasangre.

Mari dibujó con el dedo la línea de su ceño, delicado y despejado, donde el de su madre era grueso, y lo hizo descender primero por sus altos y definidos pómulos y luego por su nariz, pequeña y recta.

—Te veo, padre —le susurró al espejo—. Esta es la única manera que tendré de verte, pero lo hago. Te veo en mí, conozco la historia. Mamá nunca la olvidará. Yo tampoco la olvidaré nunca. ¿Cómo podría? Mis diferencias me recuerdan a ti a diario.

Mari soltó el espejo y empezó a rebuscar entre la pila de lo que su madre creía que eran bocetos sin terminar, bocetos que Mari sabía que Leda no miraría sin su permiso. Casi al final de la pila, encontró lo que buscaba y sacó una larga y delgada hoja de papel del montón.

Era un boceto hecho con la tinta negra que obtenía de las avellanas hervidas. Usó su pluma más afilada para trazar las intrincadas líneas necesarias para que la escena cobrara vida. El dibujo mostraba a un hombre cuyas facciones, excepto los ojos, eran idénticas a las de Mari. Estaba de pie junto a una cascada, sonriéndole a una joven de aspecto corriente que le miraba con adoración a través de los ojos de su madre, sosteniendo en sus brazos a una criatura envuelta en las suaves y frondosas hojas de la Planta Madre. Junto al hombre, dibujada a grandes rasgos, aparecía la silueta de un gran can vigilante.

—Os conocisteis por accidente —dijo Mari en voz baja, recorriendo con el dedo el boceto de su padre—. Ella no debería haber permitido que la vieras, pero lo hizo. No debería haberte amado, pero lo hizo. Me contó que en cuanto te vio la cara por primera vez supo que tenías buen corazón, que tu bondad se reflejaba en ella. —Mari calló un momento y llevó un dedo desde el boceto a su propio rostro—. También dice que te ve en la mía. Pero tenemos que escondernos, tenemos que esconder lo que hubo entre vosotros porque los camaradas y los caminantes terrenos no pueden unirse, no pueden amarse. —Con la mano acarició cuidadosamente el papel, igual que haría si pudiera tocar a ese padre al que nunca conoció. Cogió su pluma favorita, la mojó en tinta y empezó a trazar sobre la piel de su padre los delicados motivos que imaginaba que debían de resplandecer al absorber la luz solar, la luz que otorgaba a los camaradas la habilidad de transformarse y que los llevó a destruir el mundo. La misma habilidad que había originado un nuevo orden mundial.

Eran los mismos delicados motivos que resplandecían bajo la piel de Mari, pero que nunca, jamás, lo harían bajo la piel de Leda, o bajo la de cualquier verdadero caminante terreno.

Mari inclinó la cabeza sobre el papel y dedicó la noche entera a perfeccionar el dibujo mientras pensaba acerca de la historia que su madre le había contado tantas veces, la de cómo ella y aquel hombre que debería haberla capturado para hacerla su esclava, aquel hombre que debería haberle causado repulsión, había terminado en cambio por amarla. La historia de cómo se habían encontrado clandestinamente, de cómo habían descubierto mutuamente la belleza oculta del cuerpo de Leda y la milagrosa bondad del corazón de Galen. De cómo Mari había surgido de ese amor y de cómo Leda había planeado huir con él para fundar juntos su propia tribu en algún lugar lejano, en las profundidades de otro bosque en el que no hubiera ni camaradas ni caminantes terrenos, en el que solo estuvieran Leda y Galen y el bebé al que habían jurado amar con todo su corazón.

—Ah, y tú también. —Mari se detuvo a contemplar su dibujo y tocó el tosco esbozo del can—. Sé que te llamabas Orion, y también conozco tu historia. Pero no sé qué aspecto tenías.

En toda su vida, Mari solo ha visto canes en cuatro ocasiones, y a tanta distancia que solo pudo atisbar sus siluetas, nunca sus rostros.

—«Teme a los canes, huye de los felinos, escóndete bajo tierra para que no te encuentren» —Mari susurró el ...