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EN LOS ZAPATOS DE VALERIA (SAGA VALERIA 1)

Elísabet Benavent

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Fragmento

Índice

 

Portadilla

Índice

Dedicatoria

1. Érase una vez…

2. ¿Qué tienes que contarme?

3. ¿Quién es ese alguien?

4. Pero, Lola, ¿qué haces?

5. «El sábado no se debería trabajar»

6. ¿Quién es Don Perfecto y dónde lo conociste? Yo también quiero uno

7. Yo pongo la excusa y tú haces el resto

8. Fin de fiesta

9. El viaje de negocios

10. ¡Ups, yo no quería saber esto!

11. ¡Oh, cállate, por Dios!

12. Ayudante…

13. Oh, oh…

14. Algo va mal…

15. Quiero saber algo pero no sé el qué

16. Se desató…

17. La mujer que vive dentro de tu armario dice…

18. El lunes más feliz de la historia…

19. La inspiración y el modelo de ropa interior

20. Tengo miedo a la mujer que vive en mi armario…

Recibe antes que nadie historias como ésta

21. ¿Por qué yo?

22. La resaca y las consecuencias varias de una noche como aquella…

23. Culpable de todos los cargos…

24. Confiesa, pecadora…

25. Víctor y Valeria

26. La exposición…

27. ¡A las barricadas!

28. Airearme…

29. Apuesto a que…

30. La realidad…

31. El peor lunes de la historia…

32. La importancia de las cosas bonitas…

33. Sexo…

34. Ay, Carmela…

35. ¿Preparada para el viaje?

36. El viaje…

37. La llamada

38. La decisión

39. Despertando

40. Huy, qué tontita soy

41. Los tontos son los que hacen tonterías…

42. Casi el final

43. El portazo

44. La separación

45. Por Lola, Nerea y Carmen

46. Email. Recibido hoy a las 12.36 h

Agradecimientos

Si te ha gustado…

Engánchate al fenómeno Valeria

Sobre la autora

Créditos

Grupo Santillana

 

 

 

 

A Óscar, el amor de mi vida

1

ÉRASE UNA VEZ…

 

 

 

Paré el ruidoso paseo de mis dedos sobre el teclado y releí el texto mientras me rascaba la cabeza con un lápiz: «Se miraron. Los metros de distancia entre ellos no importaban porque los pensamientos se materializaron, se cayeron al suelo y rebotaron hasta huir. En la décima de segundo durante la que se sostuvieron la mirada todo se congeló; en la ventana se paró hasta la brisa que agitaba los árboles. Pero ella pestañeó y ambos apartaron la mirada, avergonzados, azorados y seducidos de pronto por la idea de enamorarse de un desconocido».

Puse los ojos en blanco, solté el lápiz sobre la mesa y me levanté como si alguien hubiese instalado un muelle en el asiento.

—Pero ¡menuda mierda!

Evidentemente, sabía que nadie iba a escucharme, pero necesitaba decir en voz alta lo único que tenía en la cabeza en aquel momento. «Esto es una mierda». Era como las letras de inicio de La guerra de las galaxias pero en versión malhablada. Menuda mierda. Una mierda enorme. Una mierda del tamaño del cagarro que estaba escribiendo, que era inmenso.

Estaba seca de ideas, esa era la triste verdad. Las cincuenta y siete hojas que ya tenía escritas no eran más que sandeces con las que me justificaba, estaba claro. Sandeces chuscas y horripilantes dignas de concurso literario de instituto. Al terminar el día me exigía a mí misma haber escrito al menos dos folios, aunque dada la situación empezaba a agradecer dos o tres párrafos potables. ¿Potables? Eso era mucho esperar.

Pasarme el día delante del ordenador no tenía ningún sentido. Al estar sola en casa no necesitaba fingir nada, y sabía de sobra que no me saldría nada brillante aquel día. O quizá nunca. Así que del salón/despacho/sala de estar me pasé al dormitorio, recorrido para el que no eran necesarios más de tres pasos, y me senté en la cama. Eché una ojeada a mis pies desnudos y, como el descascarillado esmalte de mis uñas me horrorizó, acerqué el cenicero y encendí un pitillo…

Con lo que yo había sido… ¿Desde cuándo me parecía aceptable aquel estado de dejadez? Después miré de reojo el teléfono y, tras pensármelo dos décimas de segundo, lo agarré.

Un tono…, dos…, tres…

—¿Sí? —contestó.

—Pongamos que soy una fracasada, ¿me seguirías queriendo? —pregunté con soltura.

Lola soltó una carcajada que me hizo vibrar el tímpano.

—Eres una paranoica —contestó.

—No es paranoia. Aún no he escrito ni una buena frase. En la editorial me van a dar una patada en el culo. Una patada enorme. O, mejor dicho, les dará igual. Me la estoy dando yo misma.

—Nadie más que yo puede patearte el culo, Valeria —añadió cariñosa, como quien hace un mimo.

—¿Sabes qué es lo más complicado para un escritor novel? Publicar su segunda novela. Segunda novela… Eso ya implica al menos tener algo. Lo que yo tengo entre manos es un mojón. Mi segunda mierda, eso va a ser.

—Eres tonta.

—Hablo en serio, Lola. Creo que me he equivocado dejando el trabajo. —Me agarré la cabeza entre las manos y noté el bamboleo flácido de mi moño deshecho.

—No digas tonterías. Estabas hasta las narices, tu jefe era feo a rabiar y ahora tienes lo suficiente para vivir. ¿Dónde está el problema?

El problema es que el dinero no dura eternamente y el «probar suerte en el mercado editorial» siempre había sonado demasiado endeble. Lo medité durante un segundo, pero el claxon de un autobús al otro lado del hilo telefónico me distrajo. Miré el reloj. Eran apenas las doce de la mañana y Lola tendría que estar trabajando.

—¿Te pillo mal? —le pregunté.

—¡Qué va!

—Se oye tráfico. ¿Vas por la calle?

—Sí, es que me inventé en el trabajo un dolor horrible de muñeca y me fui de escaparates.

Moví la cabeza sonriendo con desaprobación. Esta Lola…

—No sé por qué sabía que no te iba a pillar en el trabajo si te llamaba a estas horas. Un día de estos a la que le van a dar la patada es a ti, querida.

Soltó una risita.

—Soy eficiente y rápida, no creo que busquen más para un trabajo como el mío.

—Quizá alguien que no practique el escapismo —contesté mientras me daba cuenta de que mi manicura también dejaba bastante que desear.

—Oye, estoy a dos paradas de tu casa. ¿Te apetece que me pase?

—Claro que me apetece.

Colgó. Lola no se despide por teléfono.

Me paré a pensar en la vida de Lola, tan agitada, con su agenda roja tan llena de citas que siempre parecían importantes y emocionantes, aunque se tratara de una visita a la esteticista a repasar la brasileña. Su esteticista, sí, esa mujer a la que apodaba «Miss Shaigon» pero que realmente había nacido en Plasencia y que una vez me dejó sin un pelo de tonta sin previo aviso.

En los ratos muertos me gustaba cotillear entre las páginas de la agenda de Lola, donde llevaba anotada toda su vida. Los números de teléfono de los chicos con los que quedaba, los kilos que pesaba, las veces que chuscaba (que eran muchas, para mi soberana envidia), las horas de gimnasio que se planteaba hacer y las que realmente hacía, las copas que se tomaba, su consumo de cigarrillos, las citas con Sergio, las prendas de ropa prestadas, las que dejaba en la tintorería y las que debía comprar como fondo de armario, mil tiques de tiendas y del supermercado en los que subrayaba cifras sin ton ni son y que pegaba en las páginas finales de aquella especie de diario… Toda su vida estaba allí, garabateada sobre el papel con rotuladores de colores; sin pudor, casi en una especie de salvaje nudismo muy propio de Lola, que por no tener miedo, ni siquiera se lo tenía a ella misma. Era apasionante.

Yo me había acostumbrado a llevar toda mi agenda informatizada, porque de esa manera el ordenador o el móvil podían emitir un ruido lo suficientemente repetitivo y molesto como para despertarme de mi eterna siesta y recordarme que tenía que ir a visitar a mi madre o ayudar a mi hermana con alguno de sus planes absurdos, como cambiar de sitio todos los muebles de la casa. Sí, esas eran mis obligaciones ahora. Mi agenda no era un libro de viajes como la de Lola; se trataba más bien de un cúmulo de compromisos familiares, fechas tope de pago de facturas y coordinaciones con la agenda de Adrián, mi marido. Sí, marido, he dicho bien. A veces me daba la sensación de que esa palabra desentonaba enérgicamente con mis veintisiete años. A decir verdad…, sí, desentonaba. Con mis veintisiete años y a ratos con mi vida al completo, pero esa es otra cuestión en la que no entraré… por ahora.

Me asomé a la ventana. Hacía un día radiante a pesar de que a lo lejos se intuyeran ciertas nubes. Entendía que Lola hubiese escapado de su trabajo. Si yo hubiera estado aún encerrada en la oficina también lo habría deseado, aunque, claro, yo nunca me habría atrevido. Nunca fui una persona valiente, al menos no en ese sentido. Debería haber dicho temeraria, ¿verdad?

Sonó el timbre. No estaba acostumbrada a su sonido infernal, aunque llevaba un par de años viviendo en aquel zulo, así que del susto casi me caí por la ventana. Habría montado un cirio, porque vivía en un cuarto piso y justo debajo estaba el toldo de una frutería de pakistaníes. No me gustaría atravesarla y morir empalada por un montón de lichis como metralla frutal.

Una vez repuesta del susto fui hacia la puerta. Ni siquiera me eché una bata por encima; abrí vestida con una camiseta vieja y con un short de los años noventa, una de esas piezas de ropa por las que no pasan los años. Creo que ya había hecho gimnasia con él en el colegio. Lola me miró de arriba abajo antes de soltar una carcajada.

—¡Hostia, Valeria, me encanta tu short! Es de lo más…, no sé cómo definirlo, ¿retro glam?

Me miré en el espejo de la entrada y pensé que lo peor no era mi indumentaria. Probablemente Lola, por no hacer leña del árbol caído, pasaba por alto mi cuestionable peinado a lo Amy Winehouse y la enorme carnicería que me había hecho en la barbilla intentando quitarme un grano que para el resto de los mortales no existía. Tenía el cabello castaño claro, fosco y sin vida. Si te parabas a mirarlo, incluso se podía atisbar un reflejo verdoso. Menos mal que yo ya no me paraba a mirar…

—Ya sé, se me olvidó ponerme el traje de novia para recibirte —contesté con desdén al tiempo que le dejaba pasar y apartaba de un manotazo la vergüenza de estar hecha un moscorrofio.

—No, no —rio Lola—, que lo digo de verdad. Me encanta. Te queda muy bien. Tienes unas piernas bonitas que nunca enseñas. A Adrián debe de encantarle ese pantalón.

—¡Bah! —La tomé por loca. A Adrián últimamente no sé si le gustaba algo de lo que me ponía encima. Ni de lo que había debajo, para más señas.

Me volví de espaldas para echarme acurrucada sobre mi sillón preferido, el único de la casa. Y he dicho sillón, no sofá. Para meter un sofá de dos plazas en aquel «salón» debería desaparecer, al menos, una pared. Me río yo de cómo distribuyen los de Ikea esos adorables pisitos de treinta y cinco metros cuadrados.

Miré a Lola, que estaba impecable, como siempre. No sé cómo se las apaña para estar siempre tan sexi, con su espesa melena color chocolate y sus labios rojos. Soy una mujer heterosexual y, aun así, hay días en los que me parece sencillamente irresistible. Apenas un año atrás yo también era una de esas mujeres coquetas que se esmeran en dar siempre la versión más impoluta de sí mismas. Pero ahora… En fin. Solo había que verme. Era un Fraguel.

Mientras miraba a Lola con esa adoración de la mejor amiga, ella se revolvió el flequillo con la mano derecha y con la izquierda dejó caer su bolso sobre el suelo. Sonreí al ver asomar el lomo rojo de su famosa agenda.

—¿Qué tal tu muñeca? —le pregunté.

—¡Oh, oh! ¡Tengo un dolor infernal! Creo que es codo de tenista. —Se encogió fingiendo estar sufriendo en silencio, como con las hemorroides.

—Yo más bien diría codo de cuentista.

—¡Venga Valeria, un día es un día! Acabé la traducción y me negué a quedarme allí con cara de acelga como el resto de mis grises compañeras. Sé buena y ofréceme algo de alcohol. —Se dejó caer sobre los pies de la cama y sonrió—. ¡Uh! ¿Colcha nueva? ¿Quemasteis la otra follando encima como degenerados?

Ignoré las últimas dos frases y, preocupada por nuestro alcoholismo, le dije:

—Lola, cariño, apenas es mediodía.

—¡La hora perfecta para un vermú!

 

 

Lola sorbió el último trago de su Martini Rosso con sonoridad, como siempre que bebía algo con gusto. Luego masticó la aceituna sonriente, con su pintalabios perfectamente fijado. Tenía que preguntarle cómo lo hacía para estar tan impecable. Miré mi glamurosa copa de cóctel y después mi indumentaria y me eché mentalmente las manos a la cabeza. Qué desastre…

—¿Y Adrián? ¿Qué hace? —preguntó sin ceremonias.

—Está trabajando.

—Ya supongo. No creo que el codo de tenista sea una epidemia. —Se rio de su propia broma como si fuese la bomba para después aclarar—: Me refería a qué hace Adrián frente a esa horrible frustración que te tiene aquí mutando a… ¿fruiti?

La miré y levanté la ceja izquierda. Ella estiró el brazo y me apretó dos veces el moño mientras decía:

—Moic, moic.

—La verdad es que Adrián me da una palmadita en la espalda y me dice que cuando me tranquilice saldrá todo a borbotones. Pero… No me folla —pensé.

—Pero ¿qué hay de pero en esta situación?

Me mordí el carrillo. Confesarlo era tan vergonzoso…

—Creo que no va a salir. Creo, sinceramente, que el primer libro fue cuestión de suerte y que este segundo va a ser una bofetada seca en la cara que me la va a girar del revés. Y yo, dándome aires de escritora torturada, voy y dejo el trabajo… Acabaré en un McAuto de madrugada.

—Una frase es cuestión de suerte. Encontrar unos zapatos preciosos a precio de saldo —se señaló los pies, que lucían unos peep toe para morirse del gusto— es cuestión de suerte. Quinientas setenta páginas de una historia fascinante escrita con elegancia y esmero no lo son.

—Eres mi mejor amiga, ¿tú qué vas a decir?

—Pues la verdad, como que necesitas una manicura urgente. —Se encendió un cigarrillo—. ¿De qué trata tu nueva historia? —Se levantó y alcanzó el cenicero.

—De lo de siempre, amor y bla, bla, bla.

—Tu problema es que te falta inspiración real. —Y dibujó una sonrisa pérfida tras echar el humo en una nube que, saliendo de esos labios tan rojos, parecía hasta sensual.

—¿Intentas decirme algo? Mi relación… —empecé a decir.

Mi relación era una mierda, pero me alegré de que me interrumpiera para no tener que mentir a alguien más que a mí misma.

—Calla. Intento contarte algo —dijo frunciendo el ceño.

—Oh…

—Algo suculento.

Serví otra copa rebosante… y ella sonrió mientras se la acercaba a los labios.

2

¿QUÉ TIENES QUE CONTARME?

 

 

 

Nerea era economista. Se había matriculado sin demasiada pasión, aunque, bien mirado, ella no era una persona conocida por su pasión desenfrenada. Yo ni siquiera creía que tuviera deseos carnales. Lola decía que Nerea no follaba, y que llegado el momento, se reproduciría por esporas. Yo me la imaginaba abierta de piernas encima de una cama mirando al techo y pensando en la lista de tareas pendientes sin importarle demasiado los alaridos de placer del hombre que tuviera empujando encima. Pero tampoco es que la vida sexual de Nerea fuera como para volverse loco de actividad y variedad, así que…

Hacía años que éramos amigas. Muchos años. Nos conocimos cuando teníamos catorce, en una de esas coincidencias extrañas que hacen que dos niñas con absolutamente nada en común se hagan uña y carne. Bueno, a las dos nos gustaban los Backstreet Boys, pero creo que eso no cuenta porque a ella le gustaba Nick y a mí A. J. Éramos como la noche y el día, pero allí íbamos nosotras, siempre pegadas la una a la otra. Yo con pinta de adolescente común (adolescentus comunus) y ella con pinta de mear colonia de Loewe (pijus adorablus).

Desde entonces le había conocido tres novios: dos en la adolescencia y uno en serio. De sus rollos juveniles, uno era el chico más macarra con el que me he topado en mi vida. Era macarra hasta para Lola, que ya es decir. Probablemente no resulte extraño que una adolescente salga durante unos cuantos meses con un tipo que no le conviene en absoluto, pero si esa adolescente en concreto es Nerea, todo se vuelve un poco más surrealista.

Nerea siempre fue fiel a los pendientes de perlas de su abuela y a su collar a juego. Se pintaba puntualmente las uñas cada dos días con un esmalte con purpurina y le gustaba adornarse la coleta con un lazo del mismo color que los zapatos…, y esto no se le pasó hasta bien entrada la veintena.

De este modo, esa tortuosa relación cayó por su propio peso y, al contrario de lo que cualquiera pudiera imaginar, fue ella la que le dio plantón. La explicación fue que estaba harta de que la llevase a sitios sucios y nunca la sacase a pasear o al cine. Ella, palabras textuales, quería una vida normal, aunque yo diría que lo que esperaba era una vida sublime. Siempre tuvo las cosas muy claras.

Al cumplir los diecinueve años conoció a Jaime en un partido de pádel que había organizado su padre con un socio y su hijo. Los dos se gustaron mucho. Lo difícil, digo yo, habría sido no enamorarse de alguien como Nerea, con su cabello rubio larguísimo siempre sano e impecable, sus ojos verdes y su espléndida figura… Si yo hubiera sido hombre o lesbiana me habría enamorado de ella con total seguridad. Bueno, no, la habría engatusado para follármela en la parte de atrás de un coche y después habría salido por patas. Pero es que yo siempre he tenido alma de rompeenaguas.

La historia entre Nerea y Jaime duró siete largos años tras los cuales rompieron de la forma menos amable posible. Ella empezó a sospechar que él se veía con otra y, aunque todas la tomamos por loca, lo revolvió todo en busca de pruebas hasta encontrar un email mucho más que cariñoso. A decir verdad, era bastante subidito de tono. Cuando lo leí, mi primer impulso fue reírme. Jamás habría imaginado que un tipo tan estirado tuviera la boca tan sucia y utilizara frases como «cascármela en tu cara», sobre todo por escrito. Pero, claro, tuve que comedirme y expresar en voz alta lo muy mal que me parecía todo aquello.

Por supuesto, Lola, Carmen y yo, que por entonces ya no podíamos ni ver al falso mojigato de Jaime, nos alegramos con sordina, pero tuvimos que ensayar el papel de amigas decepcionadas y apenadas. Cuando ella se fue a su casa, nosotras brindamos por que encontrara a un hombre por fin a su altura, pero lo hicimos con sidra El Gaitero desventada, que era lo único que teníamos a mano…, y debe de ser que brindar con sidra desventada da mala suerte, porque desde entonces Nerea no solo no había salido con nadie, sino que ni siquiera había tenido un affaire de una noche, un rollo de un par de semanas o una locura de meses, de esas que sostienes aun a sabiendas de que se va a acabar, como su novio macarra de la adolescencia. Es decir, llevaba un año sin fornicar. Así, sin dar muestras de flaqueza. Y no era la típica chica que guarda un conejito a pilas en el cajón de la ropa interior…

Con unas cervezas de más, Lola y yo la llamábamos Nerea la Fría, increpándola un poco por ser la excepción que confirma eso de que «la carne es débil». ¿Es que no necesitaba echar un polvo de vez en cuando? Y no era por falta de pretendientes, que conste. En su trabajo tenía una lista interminable de perritos falderos dispuestos a llevarla a cenar, al cine o con entradas para el ballet. (¿Entradas para el ballet? ¿Se conoce alguna excusa más moñas para meterla en caliente?). Su BlackBerry echaba humo los fines de semana con propuestas de citas perfectas, pero ella sacaba la lengua, desganada, y borraba el mensaje sin piedad. Sí, así era ella, la bella y fría Nerea. Lola siempre decía que nos tenía muy engañadas y que debía de esconder un consolador enorme, negro y muy eficaz. Siempre que iba a su casa, lo buscaba.

Nosotras, Lola, Carmen y yo, tratamos durante un tiempo de concertar citas con todos los solteros atractivos y amables que conocíamos o incluso con amigos de la infancia, de la facultad…, cualquier chico con pinta de buena persona nos servía, pero ella descartaba sin parar. O era bajo o era demasiado alto, o tenía pinta de dormir abrazado a su madre las noches de tormenta o de ser un macarra «rompeenaguas» (como mi versión masculina), o de escuchar a Luis Miguel…

Había un sinfín de excusas para no volver a ver a ninguno de sus pretendientes. El único hombre con el que salía por ahí era Jordi, porque le resultaba tierno, lo cual en nuestro lenguaje eufemístico significaba: amigo amanerado que aún no ha aceptado su homosexualidad o que, si la ha aceptado, no suelta prenda.

Así que, puesto todo en contexto, se entenderá mejor por qué cuando Lola me dijo que Nerea había conocido a alguien, me quedé con la boca abierta. Así, de pronto, sin tener que forzarla ni maniatarla para que se viera con él, ahora que ya empezábamos a plantearnos la posibilidad de que tuviese vocación religiosa. ¿Nerea con alguien? ¿Quién era el afortunado? ¿Desde cuándo? ¿Cómo? Y, sobre todo…, ¿por qué?

—Lola, ¿eres consciente de lo guapo que tiene que ser? —dije fascinada mientras me comía una aceituna.

—¿Guapo? Tiene que ser guapo hasta hartar, de ese tipo de hombres que da miedo tocar por si se rompen.

Fruncí el ceño.

—¡Qué horror, Lola, un muñeco de porcelana!

—No, joder —masculló ella muerta de la risa—. Más bien de esos hombres a los que ni siquiera miras en un bar porque sabes que es totalmente imposible que te devuelvan la mirada. De los que van con vitrina de cristal incluida.

—Vaya. ¡Y con un buen trabajo!

—¡Y con pasta! ¡Y con la chorra enorme!

—¿Tú crees que le habrá visto ya la chorra, Lola? —pregunté con un gesto de desconfianza.

—No, tienes razón. Pero seguro que la tiene enorme.

—Sí —asentí—. El jodido hombre perfecto… Pero dime, ¿dónde lo conoció?

—Pues no entró en detalles, dijo que no tenía ganas de contarlo tres veces y que ya nos pondría al día cuando estuviésemos las cuatro juntas. Solo comentó algo de un cumpleaños al que acudió por compromiso, algo que tiene que ver con su curro.

Me quedé pensativa. No podía evitar imaginarlo, trazar el esquema de la historia que yo escribiría a partir de ahí. Nerea, en un rincón, sosteniendo una copa de Martini con un gesto dulce y siempre cortés, pero muerta de aburrimiento. Llevaría un vestido precioso, negro, y el pelo arreglado, con las puntas ondulantes y el flequillo de lado totalmente perfecto sobre su frente. Él aparecería de pronto frente a ella y le daría conversación, algo amable y educado. Seguramente en ese preciso instante yo llevaría uno de mis pijamas antimorbo y estaría pensando en no peinarme nunca más, convirtiendo mi moño en un nido para aves rapaces.

Lola me despertó de pronto de la ensoñación.

—Valeria, llámala a ver si ya ha salido de trabajar.

—Todavía no son las dos.

—Pero hoy es viernes, llámala.

Cogí el teléfono con desgana y marqué su número. En ese momento unas llaves se introdujeron en la cerradura y se abrió la puerta de casa. Adrián cargaba con su bolsa de mano y cuatro bolsas de la compra. De una de ellas sobresalía un gigantesco paquete de patatas fritas.

«Hola, soy Nerea. Ahora mismo no puedo atenderte. Deja tu mensaje y te llamaré lo antes posible. Muchas gracias», dijo la voz de Nerea de forma impersonal.

—Es el contestador —expliqué tapando el auricular.

Lola chasqueó la boca, me arrebató el teléfono y empezó a hablar.

—Soy Lola, desde casa de Valeria. —Se acercó a Adrián, le dio un beso en la mejilla y agarró la bolsa con las patatas fritas—. Llámanos cuando salgas de trabajar. Tenemos una conversación pendiente y esperamos que sea muy truculenta, ya sabes —forcejeó con la bolsa—, como las que cuento yo los domingos por la mañana. Con pitos, domingas, comidas de coño y todas esas cosas.

Colgó sin despedirse y, además, con la boca llena de patatas fritas.

—Lo primero —dijo Adrián—, ¿tú no tienes casa? —Ella sonrió maliciosa. Sabía que bromeaba. Se conocieron cuando Adrián no era más que un amiguete que me gustaba, así que habían tenido años para tratarse, caerse bien y tener esa relación tan cómoda—. Lo segundo. ¿Tú no tienes trabajo? He llegado a pensar que eres señorita de compañía por las noches.

Lola empezó a carcajearse y, señalándome con el dedo índice, gritó:

—¡Te dije que era una profesión de puta madre!

—Oh, joder, Adrián, has abierto la caja de Pandora. Ahora no dejará de repetir que quiere ser señorita de compañía.

Adrián entró en la cocina y me quedé esperando el beso de bienvenida. Desde allí dentro, él le preguntó a Lola si se quedaba a comer. De mi beso, ni rastro.

—Sí, ¿por qué no? Mi codo de tenista no me deja cocinar —contestó ella al tiempo que se dejaba caer en el sillón que yo había dejado libre.

Adrián me miró de reojo y sonrió a sabiendas de que era otra de sus enfermedades postizas, como cuando descubrió que mi crema anticelulitis efecto calor provocaba rojeces pasajeras y fingió una reacción alérgica. Lo curioso es que, en proporción, había invertido más tiempo en meterse en el baño de la empresa y ponerse pequeñas gotitas del gel por todas partes que en trabajar. Aquello era premeditación y alevosía.

—¿Con quién hablabais por teléfono? —murmuró Adrián mientras se apartaba el pelo revuelto de la cara.

—Le dejábamos un mensaje en el contestador a Nerea, que parece que ha conocido a alguien —contesté al tiempo que guardaba cosas en la nevera.

—No me lo puedo creer… ¿Y no era ni cojo ni bizco ni peludo ni andrajoso ni muerto de hambre ni pretencioso? Valeria, no quiero que le conozcas jamás. Ese tío debe de ser un dios.

Sonreí con tristeza. Qué poco sentido tenía esa frase en la boca de un hombre que no me tocaba como es debido desde antes de Navidades. Y, a pesar de todo, Adrián nunca había tenido nada que temer. Estaba loca por él desde los dieciocho años. Me encantaban sus ojos color miel, claros, casi amarillos, su boquita carnosa, su sonrisa descarada y sus manos grandes y masculinas. La lástima era que nunca fue una persona precisamente tierna o cariñosa. En el trato era…, quizá la palabra sea «áspero». Pero al menos el sexo siempre fue brutal. Fue. En pasado. Ahora ya no era ni una cosa ni otra, porque no lo había.

Lola se levantó del sillón, se apoyó en el marco de la puerta de la minúscula cocina y puso los ojos en blanco. Ella es una de esas mujeres convencidas de que los hombres necesitan adulación continua para sentirse queridos, deseados y seguros.

—Seguro que tú estás más bueno, Adri —le dijo acompañando la frase con una palmada en el trasero y girándose hacia mí de nuevo—. Valeria, deberíais tener un hijo ya, así dentro de veinte años me podré liar con él sin que nadie pueda considerarme una vieja verde.

—Pero ¡qué horror! —masculló Adrián—. ¿Es siempre así o lo hace solamente para resultarme desagradable?

Levanté las manos sin contestar. Lola no necesitaba explicación, como un buen cuadro abstracto. Así era mejor.

3

¿QUIÉN ES ESE ALGUIEN?

 

 

 

Después de un forcejeo verbal de veinte minutos, Lola me convenció para darme una ducha, vestirme de persona y bajar a tomar café al bar que había debajo de mi casa. La ducha no suponía ningún problema, pero lo de vestirme de persona y salir de casa ya era harina de otro costal. No obstante, Lola puede llegar a ser muy insistente. Así, de paso, Adrián podría echarse un rato la siesta. La distribución de la casa no permitía la cohabitación de dos situaciones tan diferentes como él durmiendo y Lola y yo cacareando.

Carmen acudió a media tarde, al salir de trabajar. Para no faltar a la tradición venía hecha un asco, y no es que fuese un desastre, ni mucho menos. Pero a esas horas ya llevaba su precioso pelo ondulado hecho una maraña, la blusa manchada de algo que parecía café, el bajo de los vaqueros sucio y mojado, las uñas mugrientas y, sobre todo, un cabreo de no te menees. Aun así, para ser completamente sincera conmigo misma, seguía teniendo mejor aspecto que yo, que me había puesto lo primero que había pillado en el armario y me había recogido el pelo en una sosa coleta sin gracia.

Carmen nos dio un beso distraído y, antes de acomodarse con nosotras en una silla, se dispuso a ir al baño:

—Si me dejáis, antes de sentarme voy a lavarme las manos. Las llevo tan sucias que podría contagiaros la peste negra por lo menos. El cabrón de mi jefe me ha tenido encerrada en un almacén rebuscando en cajas del año setenta y seis llenas de roña. He luchado a cuchillo con una polilla y creo que he perdido.

No, Carmen no era un desastre, solo mantenía una compleja y malsana relación de odio recíproco con su jefe desde hacía cuatro largos años. Ambos se resistían a llegar a una tregua y ella había abandonado ya por orgullo la búsqueda de un trabajo que le permitiera ser feliz. Se negaba a dejar un puesto que merecía solo porque su jefe fuese imbécil. Eran el ratón y el gato, con la mala pata para Carmen de que fuera él quien tuviera la sartén cogida por el mango.

Nadie recuerda ya cómo comenzó la guerra. Al principio, tal y como ella contaba, eran dos personas que acudían a la agencia a trabajar sin más. Nunca fueron amigos, pero tampoco sabía explicar qué les había convertido en enemigos. Algo debió de pasar, o simplemente su relación se fue estrechando más y el estrés lo había malogrado todo. Los publicistas suelen vivir sometidos a un estrés infernal, ¿no? Al menos eso entiendo de la cantidad ingente de cigarrillos que fuma Don Draper en Mad Men.

Cuando Carmen volvió del cuarto de baño, suspiró fuertemente y añadió:

—Me odia, lo sé, me odia. Debe de irse a casa lanzándome mal de ojo todos los días. ¡Ya ni los lazos rojos en el sujetador me protegen! —Tiró del tirante de su ropa interior y nos enseñó el «amuleto».

—Carmen, tú le hiciste un muñequito vudú —contesté tiernamente.

—Ya, bueno, pero no llegué a pincharlo jamás. —La miramos sin creernos que pretendiera colarnos aquella mentira. Carmen chasqueó la lengua—. Pero ¡da igual! Es evidente que mi muñequito vudú no funciona. Aún no ha demostrado tener afecciones cardiacas, así que…

—A lo mejor le has provocado una almorrana del tamaño de esta silla y no lo sabes —susurró Lola al tiempo que se miraba las uñas pintadas de granate.

Una carcajada se atragantó en mi garganta mientras bebía café y empecé a toser como una loca.

—¡Qué bruta eres, Lola! —contestó Carmen haciéndose la ofendida.

—Pobre hombre… —La aludida movió la cabeza de lado a lado como muestra de desaprobación—. Yo lo vi un día, ¿sabes? Es bastante guapo. —Tosí y cogí aire. Volví a toser.

—Bueno, bueno, tanto como guapo… Es resultón, pero qué más da si es un rey feo en un castillo bonito. La naturaleza le ha dado esa apariencia para permitirle ser más mamón —dijo Carmen.

Tosí y tosí hasta que alargué la mano y alcancé el vaso de agua que Lola siempre se pedía junto con el café.

—Huy, Valeria, que te ahogas.

Sonreí mientras recobraba el aire.

—Entonces ¿es guapo? —pregunté con la voz ronca.

—A ver, sí. En conjunto está muy bueno —contestó Lola.

Carmen negó con la cabeza.

—No estoy de acuerdo. Debe de ser que el odio me ciega, pero no estoy de acuerdo.

—Es raro que Carmen se lleve mal con un tío guapo —dije, divertida.

—¡Vale ya, hombre! ¡No bromeéis con esto, que me está jodiendo la vida!

—No seas melodramática. Tú odias a tu jefe, yo estoy harta de mi ligue, Valeria no escribe nada bueno desde hace dos meses y…

—Muchas gracias —susurré.

—¿Y Nerea? Dime que Nerea también anda jodida. —Carmen pestañeó esperanzada.

—Espero que sí —añadió Lola con malicia, buscándole el doble sentido a la frase.

—Ay, Lola, de verdad… —Me giré hacia Carmen—. Nerea ha conocido a alguien. Parece ser que está quedando con un chico, pero aún no tenemos más datos.

—¿Quedamos a cenar entonces esta noche? —Lola sacó su agenda del bolso.

—¡Vaya, ya hacía rato que no la veíamos pasear su ajetreada vida social! —se rio Carmen.

—Chicas, hoy no puedo. Mejor mañana. Quiero ver si soy capaz de escribir algo con sentido. Estoy agobiada.

—Bah, tranquila, Valeria, que eso en dos días lo reconduces.

—No sé si tiene arreglo… Estoy planteándome empezar de cero. Debería meterme en casa este fin de semana y no salir ni para tirar la basura.

—¿No decías que ser escritora era un sueño hecho realidad? —preguntó Lola en tono repipi.

—¡Sí, claro que lo es! Pero cuando tienes qué contar y no tienes apalabrado algo que no sabes si vas a poder entregar, con la consabida incertidumbre económica. La verdad, no sé si hice bien dejando el trabajo… Ahora tendría la excusa de que no tengo tiempo de escribir y a las malas siempre tendría el sueldo fijo.

—No seas tonta, es una racha —dijo Carmen rodeándome con el brazo—. Vete a casa, échate un rato con Adrián y busca tu musa.

—Sí, creo que sí. —Cogí el bolso—. Llamadme para mañana por la noche, ¿vale? ¡Y avisad ya a Nerea o no estará disponible!

Asintieron.

Pagué el café y salí de allí. Estaba poniéndose oscuro y tenía pinta de echarse a llover; en primavera los días podían estropearse en media hora, como el planteamiento de una novela. Subí andando las escaleras hacia mi casa y en el último tramo me senté. Me daba pena despertar a Adrián, así que me fumé un cigarrillo allí sentada.

Seguía pensando en quién sería ese alguien con el que andaba Nerea. Estaba contenta por ella y sorprendida. Y de un pensamiento a otro, fui dando saltos hasta que llegué a los personajes de mi novela y la absurda relación que mantenían. Me revolví el pelo agobiada y decidí entrar. Apagué el cigarrillo, saqué las llaves y me metí en casa, donde todo estaba en penumbra.

Adrián se movía sobre la colcha. Aquella mañana había madrugado mucho para hacer unas fotos al amanecer. Llevaba una semana trabajando como un loco, tratando de captar la luz perfecta sobre un lugar; no recuerdo bien dónde puñetas eran las fotografías ni para qué revista, pero sé que aquello le parecía importante. No solíamos hablar demasiado del trabajo porque no queríamos condicionar nuestra pareja a los agobios de las rutinas. Pretendíamos hacer de nuestra casa el hogar de la paz y el orden y que angustiarse allí dentro no estuviera permitido. No sé dónde nos habíamos equivocado, pero lo habíamos hecho de manera estrepitosa.

Me quité el pantalón vaquero sin más gracia de la historia, lo tiré sobre el sillón, me solté el pelo y me senté en la cama, arrastrándome cual gusano hasta él. Le abracé y él entreabrió los ojos sonriendo.

—Tenía miedo de que fuera Lola…, cada día está más loca —susurró.

—Creo que aún no ha llegado hasta ese punto. —Le besé en la frente.

—¿Qué te pasa?

—Nada, ¿qué me va a pasar?

—Pues no sé, estás muy… blandita. —Se estiró en la cama, desperezándose.

—Estoy un poco atorada con la novela.

—Cuanto más lo pienses, más agobiada estarás. A ver, cuéntame, ¿qué está pasando ahora?

—Pues… Gloria se ha encontrado con alguien con el que siente una extraña conexión.

—¿Y qué va a pasar?

—No lo sé. Ese es el problema…, que no sé por dónde coger esta historia.

—Cuando la planteaste tenía muy buena pinta —respondió mientras se giraba hacia mí.

—Pero se ha dado la vuelta ella sola. —Me posé la mano sobre la frente y me revolví el pelo—. Es difícil de manejar. Se va hacia donde no quiero que se vaya y lo peor es que me esfuerzo por devolverla a la idea principal… pero nada. No le da la gana.

—Hablar de amor es así de complicado.

—¿Y si me equivoqué, Adrián? ¿Y si esto no funciona y se acaba todo aquí?

 

 

Adrián se levantó de la cama y subió la persiana. Empezaban a caer ya las primeras gotas y a él le encantaba esa luz gris, casi azulada. Cogió la cámara y, apoyándose en el quicio de la ventana en una postura muy suya, me disparó dos o tres flases. Después miró el resultado en la pantalla y sonrió. Qué guapo era. No pude evitar recorrerle el cuerpo con los ojos, despacio, disfrutando de cada una de las partes, desde el cuello espigado, los hombros bien torneados, el pecho firme, el vientre plano. Recordé la última vez que hicimos el amor. Fue sobre el sillón, pero no recordaba exactamente cuánto tiempo hacía. Meses. Bastantes, por cierto. Me recorrió entera con la lengua antes de follarme con fuerza. Me corrí dos veces.

Adrián por fin abrió la boca y añadió, sacándome de mis cavilaciones, que yo no necesitaba que nadie creyera en mí, porque mi trabajo era suficientemente bueno por sí solo.

—Eso no basta y lo sabes —me quejé entre risas.

—Si te alivia, te diré que estoy totalmente convencido de que esta es tu verdadera vocación. Saldrá bien, ya lo verás. El concepto de la creación no se puede medir en jornadas laborales, es caprichoso.

—Bueno, ya volverá mi musa —suspiré algo aliviada.

—Pero, como decía Picasso, que las musas te pillen trabajando… —Guiñó un ojo y se volvió a tumbar a mi lado.

Alargué la mano para coger su cámara digital pero un beso en mi hombro me desconcentró de mi propósito. Me giré para mirarlo; él sonrió y volvió a besarme el hombro mientras me abrazaba la cintura.

—¿Qué llevas puesto? —preguntó.

—Una camiseta —dije con la vocecita algo temblorosa.

—¿Has bajado solo con eso?

—No, me acabo de quitar los pantalones.

Su mano subió por el exterior de mi muslo y, rodeándome las caderas, llegó hasta mi culo. Contuve un jadeo cuando lo sobó. Me acerqué y nos besamos. Una vez, brevemente. Dos veces, atrapando nuestros labios el uno con el otro. Dios. Había que aprovechar. ¡Esa era la mía! Me quité la camiseta y me senté a horcajadas sobre él, que también se quitó la camiseta. Madre mía. Hasta se quitaba la ropa motu proprio. Esto prometía.

Tiré el sujetador por ahí y él se acercó hasta atrapar uno de mis pezones entre sus labios. Eché la cabeza hacia atrás y metí la mano dentro de la ropa interior con la que se había acostado. ¡Sorpresa! Un amago de erección. Moví la mano rítmicamente de arriba abajo y él apretó la mandíbula. Aceleré la caricia. La pulsera que llevaba puesta resonaba contra el reloj con el movimiento.

Adrián respondió endureciéndose y, cuando noté que estaba listo, me quité las braguitas y me senté encima. No hizo falta que me acariciara, que me follara con los dedos para prepararme. Necesitaba tenerlo dentro ya.

Estaba tan húmeda que no tuvimos problemas para que me penetrara, pero me encogí de dolor. Hacía muchos meses que no lo hacíamos. Me quejé con un gemido que él debió de interpretar de placer.

—Con cuidado, Adrián —le pedí.

—No recordaba que te gustase con cuidado —contestó con una sonrisa sensual y la voz jadeante.

Mejor cállate, no vaya a ser que decida parar, me dije.