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ENLAZADOS

Rainbow Rowell

4


Fragmento

1


De: Jennifer Scribner-Snyder

Enviado: Miércoles, 18 de agosto de 1999. 9:06

Para: Beth Fremont

Asunto: ¿Dónde estás?


¿Te morirías por llegar antes de mediodía aunque solo fuera una vez? Aquí estoy, sentada entre los escombros de mi vida tal como la conocía, y tú…, si no te han cambiado, acabas de levantarte. Seguro que estás desayunando cereales y mirando el programa de Sally Jessy Raphael. Envíame un correo en cuanto llegues, antes de hacer nada más. No te pongas a leer las tiras cómicas.

<<Beth a Jennifer>> Vale, te pongo por delante de las tiras, pero date prisa. Llevo varios días discutiendo con Derek si En lo bueno y en lo malo está ambientado en Canadá, y hoy se podría demostrar que llevo razón.

<<Jennifer a Beth>> Me parece que estoy embarazada.

<<Beth a Jennifer>> ¿Qué? ¿Y por qué te lo parece?

<<Jennifer a Beth>> El sábado pasado me tomé tres copas.

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<<Beth a Jennifer>> Debería explicarte un par de cosas acerca de las flores y las abejitas. La cosa no funciona así exactamente.

<<Jennifer a Beth>> Cada vez que me paso con la bebida, tengo la sensación de estar embarazada. Debe de ser porque nunca bebo y es un clásico quedarse embarazada la única vez que te descuidas. Tres horas de debilidad y ahora tendré que bregar el resto de mi vida con las necesidades especiales de un alcohólico fetal.

<<Beth a Jennifer>> No creo que los llamen así.

<<Jennifer a Beth>> Tendrá los ojitos muy separados, y cuando vaya al supermercado todo el mundo me mirará y susurrará: «Mira a esa borrachuza. No fue capaz de renunciar a su clara ni nueve meses de nada. Es trágico».

<<Beth a Jennifer>> ¿Bebes clara?

<<Jennifer a Beth>> Es refrescante.

<<Beth a Jennifer>> No estás embarazada.

<<Jennifer a Beth>> Que sí.

Justo antes de que me venga la regla se me reseca la tez y un par de días antes sufro calambres premenstruales. Pero ahora mismo mi piel está tersa como el culito de un bebé. Y, en vez de calambres, siento algo raro en la zona del útero. Una especie de presencia.

<<Beth a Jennifer>> A ver si te atreves a llamar a urgencias diciendo que notas una presencia en el útero.

<<Jennifer a Beth>> Vale. Reconozco que no es la primera vez que me llevo un susto. Incluso estoy dispuesta a admitir que el miedo a estar embarazada forma parte de mi cuadro premenstrual. Pero esta vez es diferente, va en serio. Me noto diferente. Igual que si mi cuerpo me estuviera diciendo: «Esto solo es el principio».

Y no dejo de pensar en lo que me espera. Primero las náuseas. Luego engordar como una vaca. Y por último morir de un aneurisma en la sala de partos.

<<Beth a Jennifer>> O… y por último dar a luz a un niño precioso. (Al final has conseguido que participe en esta fantasía tuya del embarazo. ¿Contenta?)

<<Jennifer a Beth>> O… y por último dar a luz a un niño precioso, al que nunca veré porque se pasará el día en la guardería al cuidado de una esclava mal pagada a la que considerará su madre. Mitch y yo intentaremos cenar juntos cuando el bebé se duerma por fin, pero estaremos agotados. Caeré frita mientras me cuenta las novedades del día; y a él no le importará porque, de todos modos, no tendrá ganas de hablar. Se comerá el burrito en silencio y pensará en la profesora de economía doméstica que acaba de llegar al instituto. Una maciza con zapatos negros de tacón, medias color carne y una falda de rayón que le marca los muslos cada vez que se sienta.

<<Beth a Jennifer>> ¿Y qué dice Mitch? (Acerca de la presencia del útero. No de la profesora de economía doméstica.)

<<Jennifer a Beth>> Que debería hacerme una prueba de embarazo.

<<Beth a Jennifer>> Qué listo. Es muy posible que un tío tan sensato como Mitch estuviera mejor al lado de una profesora de economía doméstica. (Ella nunca le prepararía burritos para cenar.) Pero supongo que está condenado a seguir contigo, sobre todo ahora que un niño con necesidades especiales está en camino.

2

—Lincoln, qué mala cara tienes.

—Gracias, mamá.

Tendría que fiarse de la palabra de su madre. Hoy no se había mirado al espejo. Ni tampoco ayer. Lincoln se frotó los ojos e intentó alisarse el pelo con los dedos… o aplastarlo. Debería haberse peinado la noche anterior, cuando salió de la ducha.

—En serio, mírate. Y mira qué hora es. Son más de las doce. ¿Acabas de levantarte?

—Mamá, salgo de trabajar pasada la una de la madrugada.

Su madre frunció el ceño y, acto seguido, le tendió una cuchara como si fuera eso precisamente lo que su hijo necesitaba en ese momento.

—Toma —ordenó—. Remueve las judías. —Puso en marcha el robot de cocina y medio gritó por encima del ruido—. Aún no entiendo qué haces en ese sitio que no puedas hacer de día. No, cariño, así no, les estás haciendo cosquillas. Remuévelas con ganas.

Lincoln removió con más fuerza. La cocina olía a jamón con cebolla y a algo más, un aroma dulce. Le rugía el estómago.

—Ya te lo he dicho —repuso él a viva voz—, alguien se tiene que quedar de guardia. Por si se estropea un ordenador. Además…, no sé…

—¿No sabes qué? —Su madre apagó el robot y lo miró.

—Creo que me obligan a trabajar de noche para que no me relacione con los demás.

—¿Cómo?

—Bueno, si trabara amistad con los empleados —continuó Lincoln—, podría…

—Remueve. Habla y remueve.

—Si trabara amistad con los empleados —siguió removiendo—, tal vez no fuera tan imparcial a la hora de aplicar las normas.

—Sea como sea, no me gusta que leas mensajes ajenos. En particular que tengas que hacerlo de noche, en un edificio vacío. No deberían contratar a nadie para eso —probó con el dedo lo que sea que estuviera mezclando antes de tenderle el cuenco a su hijo—. Toma, prueba esto… ¿En qué clase de mundo vivimos, si algo así se considera un empleo?

Él pasó el dedo por el borde del cuenco y se lo lamió. Glaseado.

—¿Notas el sabor del sirope de arce?

Lincoln asintió.

—El edificio no está vacío —aclaró—. Hay gente trabajando en la redacción.

—¿Y hablas con ellos?

—No. Pero leo sus emails.

—No está bien. ¿Cómo quieren que la gente se exprese en un entorno tan represivo? ¿Sabiendo que hay alguien acechando sus pensamientos?

—Yo no acecho sus pensamientos sino sus ordenadores. Bueno, los ordenadores de la empresa. Todo el mundo está al corriente…

Era inútil tratar de explicarle las circunstancias a su madre. Ella no había visto un correo electrónico en su vida.

—Dame esa cuchara —suspiró ella—. Me vas a estropear toda la bandeja. —Lincoln le entregó la cuchara y se sentó a la mesa de la cocina, ante un plato de humeante maíz—. Hace tiempo venía un cartero por casa —prosiguió la mujer—, ¿lo recuerdas? ¿El que leía las postales? Y siempre se estaba haciendo el listillo. «Parece que su amigo se está divirtiendo en Carolina del Sur.» O: «Yo nunca he estado en el monte Rushmore. Debe de ser impresionante ver las cabezas de los presidentes talladas en piedra». Seguro que leen todas las postales, los carteros. Los empleados de correos. Es un trabajo monótono. Pero ese en concreto lo hacía casi con orgullo. Alardeaba. Creo que, cuando me suscribí a la revista Ms, les fue contando a los vecinos que yo leía una revista feminista.

—Eso es distinto —alegó Lincoln en su defensa. Volvió a frotarse los ojos—. Yo solo leo lo suficiente para saber si están quebrantando las normas. No es lo mismo que si leyera sus diarios o algo parecido.

Su madre no le escuchaba.

—¿Tienes hambre? Pareces hambriento. A decir verdad, pareces famélico. Dame, cielo, pásame esa bandeja. —Él se levantó y le tendió la bandeja. Su madre lo agarró por la muñeca—. Lincoln…, ¿qué te pasa en las manos?

—Nada.

—Mírate los dedos. Están grises.

—Es tinta.

—¿Qué?

—Tinta.

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Cuando Lincoln iba al instituto y trabajaba en McDonald’s, el aceite rezumaba por doquier. Al llegar a casa notaba el cuerpo tan pegajoso como los dedos cuando comes patatas fritas con las manos. El aceite se le adhería a la piel y al cabello. Al día siguiente, sudaba aceite, que impregnaba la ropa.

En el Courier, el problema era la tinta. Una capa gris que lo cubría todo, por más que limpiasen. Un constante manchurrón gris en las paredes estucadas y en las placas del falso techo.

Los correctores del turno de noche revisaban las ediciones recién salidas de la imprenta. Estampaban huellas grises en sus teclados y escritorios. A Lincoln le recordaban a topos. Personas muy serias de piel grisácea y gafas de culo de botella. Puede que la luz tuviera la culpa, pensaba. Es posible que no los reconociese a plena luz del día. A todo color.

Seguro que ellos no reconocían a Lincoln. Pasaba la mayor parte de su horario laboral en el departamento de Tecnología de la Información, en la planta baja. Hacía cosa de cinco años y una docena de fluorescentes, la sala se utilizaba como cuarto oscuro. Ahora, con todas esas luces y servidores informáticos, estar allí era como sentarse en mitad de un dolor de cabeza.

A Lincoln le gustaba que lo llamaran a la sala de redacción para que reiniciara un ordenador o arreglara una impresora. La redacción era amplia y despejada, tenía grandes ventanales a lo largo de una de las paredes y nunca se encontraba completamente desierta. Los correctores nocturnos se quedaban hasta tan tarde como él. Se sentaban agrupados en un extremo de la sala, debajo de los televisores. Dos de las correctoras, que se sentaban juntas cerca de la impresora, eran jóvenes y atractivas. (Sí, había concluido Lincoln, es posible ser guapa y parecer un topo.) Se preguntaba si la gente que trabajaba de noche salía en pareja de día.

3


De: Beth Fremont

Enviado: Viernes, 20 de agosto de 1999. 10:38

Para: Jennifer Scribner-Snyder

Asunto: Me sabe mal preguntar, pero…


¿Podemos dejar de fingir ya que estás embarazada?

<<Jennifer a Beth>> No. Al menos durante 40 semanas. Puede que 38 a estas alturas…

<<Beth a Jennifer>> ¿Eso significa que no podemos hablar de otras cosas?

<<Jennifer a Beth>> No, significa que deberíamos hablar de otras cosas. No quiero obsesionarme.

<<Beth a Jennifer>> Bien pensado.

Vale. Pues verás. Anoche me llamó mi hermana pequeña. Se va a casar.

<<Jennifer a Beth>> ¿Y a su marido no le importa?

<<Beth a Jennifer>> Mi otra hermana pequeña. Kiley. Conociste a su novio…, prometido, Brian, en casa de mis padres el Día de los Caídos. ¿Te acuerdas? Nos estuvimos burlando del tatuaje de Sigma Ji que lleva en el tobillo…

<<Jennifer a Beth>> Ah, Brian. Ya me acuerdo. Nos cae bien, ¿no?

<<Beth a Jennifer>> Ya lo creo. Es brutal. El típico chico que te gustaría que tu hija conociera algún día mientras se pone ciega a chupitos.

<<Jennifer a Beth>> ¿Eso es un chiste de alcohólicos fetales?

Tus padres tienen la culpa de que se case con ese tío. La llamaron Kiley. Estaba condenada a casarse con un guaperas estudiante de medicina.

<<Beth a Jennifer>> Estudiante de derecho. Pero Kiley piensa que acabará dirigiendo la empresa de fontanería de su padre.

<<Jennifer a Beth>> Podría ser peor.

<<Beth a Jennifer>> No, no podría ser peor.

<<Jennifer a Beth>> Ay. Perdona. Ahora me acuerdo de que no eran buenas noticias. ¿Qué dice Chris?

<<Beth a Jennifer>> Lo de siempre. Que Brian es un tarugo. Que Kiley debería escuchar algo que no fuera Dave Matthews. También dijo: «Esta noche tengo ensayo, así que no me esperes levantada, eh, pásame el tabaco de liar, ¿quieres?, ¿serás dama de honor? Guay, así te veré otra vez vestida de Escarlata O’Hara. Estás buenísima de dama de honor, ven aquí. ¿Has escuchado la cinta que te dejé? Danny dice que le piso el bajo, pero, por Dios, le estoy haciendo un favor».

Y entonces me pidió que me casara con él. En Mundo Bizarro.

En el mundo real, Chris jamás me pedirá que me case con él. Y yo no acabo de saber si se debe a que es gilipollas… o si la gilipollas soy yo por tener tantas ganas de ser su esposa. Y ni siquiera le puedo hablar de ello, del matrimonio, porque diría que sí que quiere. Pronto. Cuando esté inspirado. Cuando el grupo vuelva a arrancar. Que no quiere ser una carga, que no quiere que lo mantenga…

Por favor, no me recuerdes que ya lo mantengo, porque eso solo es verdad en parte.

<<Jennifer a Beth>> ¿En parte? Le pagas el alquiler.

<<Beth a Jennifer>> Pago el alquiler. Y tendría que pagarlo de todos modos. Tendría que pagar la factura del gas y de la tele por cable y de todo lo demás si viviera sola. No ahorraría ni un céntimo si se marchara.

Además, no me importa pagar casi todas las facturas ahora como no me importaría seguir haciéndolo cuando estuviéramos casados. (Mi padre siempre le ha pagado las facturas a mi madre y nadie la acusa de ser un parásito.)

El problema no es quién paga las facturas, sino que quiere seguir siendo un niño. En el mundo de Chris se considera aceptable que un chico viva con su novia mientras graba una maqueta. Soñar con ser una estrella del rock mientras tu esposa está en la oficina, eso ya es otro cantar.

Si estás casado, eres adulto. Y Chris no quiere serlo. Puede que yo no quiera que lo sea.

<<Jennifer a Beth>> ¿Y cómo te gustaría que fuera?

<<Beth a Jennifer>> ¿Normalmente? Me gusta que sea el típico rockero greñudo. El tío que te despierta a las dos de la mañana para leerte el poema que acaba de escribir apoyado en tu barriga. Quiero al chico de ojos caleidoscópicos.

<<Jennifer a Beth>> Si Chris se buscara un trabajo de verdad, se acabarían los poemas en la barriga a las dos de la mañana.

<<Beth a Jennifer>> Eso es verdad.

<<Jennifer a Beth>> Entonces, ¿estás bien?

<<Beth a Jennifer>> No. Dentro de nada me estarán tomando las medidas para otro vestido de dama de honor. Sin tirantes, Kiley ya lo ha escogido. Estoy hecha polvo. Pero no me puedo quejar, ¿verdad? Le quiero. Y él prefiere esperar. Y yo le sigo queriendo. Así que no me puedo quejar.

<<Jennifer a Beth>> Pues claro que te puedes quejar. Es un derecho inalienable. Míralo por el lado bueno. Al menos no estás embarazada.

<<Beth a Jennifer>> Ni tú tampoco. Hazte un test de embarazo.

4

Que conste —aunque solo constase en su fuero interno— que Lincoln jamás se habría presentado al puesto si el anuncio hubiera especificado: «Buscamos a alguien para que lea los correos electrónicos de otras personas. Turno de noche».

El anuncio del Courier rezaba: «Oportunidad a jornada completa para cubrir una vacante como encargado de seguridad informática. 40 mil más seguro de salud y dental».

Encargado de seguridad informática. Lincoln se había imaginado a sí mismo construyendo cortafuegos y protegiendo la publicación de peligrosos piratas informáticos, no mandando avisos cada vez que un contable reenviaba un chiste verde al compañero de al lado.

El Courier debía de ser el último periódico de Norteamérica que había instalado internet a sus redactores. Al menos, eso decía Greg. Era el jefe de Lincoln y director del departamento informático. Greg aún se acordaba de la época en que los redactores usaban máquinas de escribir eléctricas.

—Y me acuerdo —decía—, porque no hace tanto tiempo. En 1992. Nos pasamos a los ordenadores porque ya no podíamos encargar cinta, no os engaño.

La dirección se oponía a todo este asunto de internet, explicaba Greg. En opinión del director, dejar que los empleados tuvieran acceso a la red era lo mismo que darles permiso para trabajar si les apetecía o mirar porno cuando no.

Pero ese empeño en carecer de internet acabó por convertirse en algo absurdo.

Cuando el periódico inauguró la web, el año anterior, los redactores ni siquiera podían entrar para leer sus propios artículos. Además, hoy día todo el mundo enviaba las cartas al editor por email, incluidos los niños de diez años y los veteranos de la Segunda Guerra Mundial.

Para cuando Lincoln entró a trabajar en el Courier, el experimento de internet contaba ya tres meses. Ahora, todos los empleados tenían correo interno. Los mandos intermedios y la mayoría de los redactores accedían a la red informática mundial en mayor o menor grado.

Si le preguntabas a Greg, el asunto funcionaba bastante bien.

Si les preguntabas a los directivos, era el caos.

La gente compraba en línea y cotilleaba, se inscribía en foros y en ligas de fútbol virtuales. Se hacía alguna que otra apuesta. Se miraba alguna que otra página guarra.

—Pero eso no tiene por qué ser malo —argüía Greg—. Nos ayuda a descubrir a los psicópatas.

Lo peor de internet, en opinión de los jefes de Greg, era que desde su existencia era imposible distinguir una habitación llena de gente trabajando con diligencia de otra repleta de empleados respondiendo al test de personalidad online «¿De qué raza sería si fuera perro?».

De ahí… Lincoln.

La noche de su llegada, Lincoln ayudó a Greg a cargar en el sistema un programa llamado WebFence. El programa controlaba lo que hacían los empleados tanto en internet como en la intranet. Filtraba todos y cada uno de los correos electrónicos que enviaban. Cada web que visitaban. Cada palabra.

Y Lincoln controlaba el WebFence.

Alguien de mente particularmente retorcida (puede que Greg) había definido los principales filtros del programa. Había toda una lista de términos que disparaban la alarma: vocablos malsonantes, epítetos racistas, nombres de supervisores, palabras como «secreto» y «clasificado».

Este último término, «clasificado», colapsó el sistema al completo durante la primera hora de funcionamiento de WebFence, porque marcó y almacenó todos y cada uno de los correos electrónicos enviados al departamento de Anuncios clasificados o desde el mismo.

El programa también avisaba cuando un adjunto pesaba demasiado y cuando los mensajes eran sospechosamente largos o demasiado frecuentes… Cada día, cientos de emails ilegales en potencia iban a parar a una bandeja de entrada de acceso restringido, y era Lincoln el encargado de examinarlos uno a uno. Lo cual requería leerlos, así que los leía. Pero no le gustaba hacerlo.

Jamás lo reconocería delante de su madre, pero le parecía mal hacer lo que hacía, igual que escuchar detrás de una puerta. Tal vez si fuera de esas personas que disfrutan con ese tipo de cosas… Sam, su novia, su ex novia, tenía por costumbre curiosear en el armarito de las medicinas de casas ajenas. «Jarabe Robitussin —le informaba en el coche de camino a casa—. Y tiritas genéricas. Y algo que parecía un prensador de ajos.»

A Lincoln ni siquiera le gustaba usar los baños de otras personas.

En teoría debía seguir un complejo protocolo cuando pescaba a alguien saltándose las reglas del Courier. Pero, por lo general, las infracciones se resolvían con una advertencia escrita. Tras eso, casi todos los transgresores captaban el mensaje.

De hecho, la primera ronda de advertencias dio tan buen resultado que Lincoln pronto se quedó mano sobre mano. WebFence seguía almacenando correos, treinta o cuarenta por día, pero casi siempre se trataba de falsas alarmas. Greg no les daba importancia.

—No te preocupes — le dijo a Lincoln la primera vez que WebFence no pilló a un solo infractor—. No te van a despedir. A los tipos de arriba les encanta lo que estás haciendo.

—Pero si no estoy haciendo nada— objetó Lincoln.

—Pues claro que sí. Eres el tío que lee los emails. Todos te temen.

—¿Quiénes me temen? ¿Quiénes son ellos?

—Todo el mundo. ¿Te estás quedando conmigo? El edificio entero habla de ti.

—No me temen a mí. Tienen miedo de que los pesquen in fraganti.

—De que tú los pesques in fraganti. Les basta saber que alguien husmea en su bandeja de salida cada noche para portarse bien.

—Pero si yo no husmeo.

—Podrías hacerlo —alegó Greg.

—¿Podría?

Greg devolvió la atención a lo que tenía entre manos, una especie de autopsia de un portátil.

—Mira, Lincoln, ya te lo he dicho. Alguien tiene que estar de guardia por las noches. Alguien tiene que coger el teléfono y decir: «Soporte técnico». No pegas sello, ya lo sé. No tienes suficiente trabajo, lo sé. Me da igual. Haz el crucigrama. Aprende un idioma extranjero. Antes teníamos a un tío que hacía ganchillo…

Lincoln no hacía ganchillo, pero leía el periódico. Se llevaba cómics, revistas y novelas de bolsillo al trabajo. Y llamaba a su hermana de vez en cuando, si no era muy tarde y se sentía solo.

Principalmente, navegaba por la red.

5


De: Jennifer Scribner-Snyder

Enviado: Miércoles, 25 de agosto de 1999. 10:33

Para: Beth Fremont

Asunto: Esto es solo un simulacro. En caso de emergencia real…


Me ha venido lo que ya sabes. Pueden retomar sus actividades normales.

<<Beth a Jennifer>> ¿Lo que ya sé?

<<Jennifer a Beth>> Lo que ya sabes, lo que te ayuda a saber que no estás embarazada.

<<Beth a Jennifer>> ¿Te refieres a la regla? ¿El periodo? ¿Tu tía Rosita ha venido de visita de cinco a siete días? ¿Estás… en esos días del mes?

¿Por qué hablas como si esto fuera un anuncio de compresas?

<<Jennifer a Beth>> Intento llevar más cuidado. No quiero disparar una alerta y que cualquier ordenador soplón empiece a echar humo solo porque he enviado un mensaje sobre lo que ya sabes.

<<Beth a Jennifer>> Dudo mucho que alguna de las palabras de alerta de la empresa guarden relación con la menstruación.

<<Jennifer a Beth>> Entonces ¿no te preocupa?

<<Beth a Jennifer>> ¿Tu menstruación?

<<Jennifer a Beth>> No, la nota que recibimos. La que nos avisaba de que no enviáramos emails personales. La que decía que nos podían despedir por usar indebidamente los ordenadores.

<<Beth a Jennifer>> ¿Si me preocupa que los malos de Tron lean nuestro correo electrónico? Esto…, no. Todo ese rollo de la seguridad no va por nosotras. Pretenden pescar a los pervertidos. A los adictos al porno en línea, a los jugadores de blackjack, a los espías corporativos…

<<Jennifer a Beth>> Seguro que todas esas palabras disparan la alerta. «Pervertidos.» «Porno.» «Espías.» Me juego algo a que «alerta» la dispara también.

<<Beth a Jennifer>> Por mí, como si están leyendo nuestro correo ahora mismo. ¡Venga, Tron! A ver si te atreves. Prueba a arrebatarme mi libertad de expresión. Soy periodista. Una defensora del pensamiento independiente. Lucho en el ejército de la Primera Enmienda. No acepté este trabajo por las cuatro perras que me pagan ni por la porquería de seguro médico. ¡Estoy aquí para abrir las puertas que dejan entrar a raudales la luz de la verdad!

<<Jennifer a Beth>> Una defensora del pensamiento independiente. Ya. ¿Y qué defiendes? ¿El derecho a darle cinco estrellas a Billy Madison?

<<Beth a Jennifer>> No te pases. No siempre he tenido la suerte de escribir crítica de cine. No olvides que pasé dos años cubriendo North Havenbrook. Dos años en las trincheras. Sangrando tinta por los barrios bajos. Igual que Bob Woodward en pleno Watergate.

Además, de haber dependido de mí, le habría dado seis estrellas a Billy Madison. Ya sabes lo que pienso de Adam Sandler; y que siempre añado estrellas por los temas de los Styx. (Dos si se trata de Renegade.)

<<Jennifer a Beth>> Vale. Me rindo. A la mierd@ la política de la empresa: ayer por la noche me vino la regla.

<<Beth a Jennifer>> Dilo en voz alta, proclámalo con orgullo. Felicidades.

<<Jennifer a Beth>> Ya, bueno, esa es la cuestión…

<<Beth a Jennifer>> ¿Cuál es la cuestión?

<<Jennifer a Beth>> Cuando me vino, no experimenté el típico huracán de alivio y antojos de clara.

O sea, sí que respiré aliviada; porque, aparte de las claras, creo que llevo seis meses sin tomar nada que contenga ácido fólico. Hasta podría estar comiendo cosas que lo eliminen del organismo, así que experimenté alivio, desde luego; pero tampoco di saltos de alegría.

Bajé a decírselo a Mitch. Él estaba ubicando los instrumentos de la banda en un diagrama, un trabajo que no habría interrumpido en otras circunstancias, pero me pareció importante.

—Para que lo sepas —le espeté—. Me ha venido la regla.

Y él soltó el lápiz y dijo:

—Ah.

(Tal cual. «Ah.»)

Cuando le pregunté por qué lo decía en ese tono, me confesó que había pensado que quizás esta vez iba en serio; y que le habría gustado que estuviera embarazada.

—Ya sabes que quiero tener hijos —añadió.

—Ya —repuse yo—. En el futuro.

—En un futuro próximo —especificó.

—En un futuro no muy lejano. Cuando estemos listos.

Y él devolvió la atención a sus diagramas. No con rabia ni con impaciencia. Solo con pesar, que es muchísimo peor. Le dije:

—Cuando estemos listos, ¿no?

Y me respondió…

—Yo ya estoy listo. Estaba listo el año pasado, Jenny, y empiezo a pensar que tú nunca lo estarás. Ni siquiera te lo planteas. Te comportas como si el embarazo fuera una enfermedad que podrías pillar en un aseo público.

<<Beth a Jennifer>> ¿Y tú qué le dijiste?

<<Jennifer a Beth>> ¿Qué le iba a decir? No estoy lista. Y puede que las expresiones «algún día» y «no muy lejano» lo hayan inducido a la confusión. No me veo haciendo de madre, la verdad.

Aunque tampoco me veía casada hasta que conocí a Mitch. Y pensaba que el deseo de tener hijos surgiría por sí solo, que me convertiría en una persona tan funcional como él y una mañana de estas me despertaría pensando: «Cuánto me gustaría traer un hijo a este hermoso mundo».

¿Y si nunca llega ese día?

¿Y si se da por vencido y se busca una mujer normal y corriente que —además de ser delgada y no haber tomado antidepresivos— esté deseando tener hijos?

<<Beth a Jennifer>> Como Barbie en perpetua ovulación.

<<Jennifer a Beth>> Sí.

<<Beth a Jennifer>> Como la ficticia profesora de economía doméstica.

<<Jennifer a Beth>> ¡Sí!

<<Beth a Jennifer>> Eso no va a pasar.

<<Jennifer a Beth>> ¿Por qué no?

<<Beth a Jennifer>> Pues por la misma razón por la que Mitch se empeña en cultivar calabazas gigantes cada verano, aunque vuestro jardín sea enano, esté infestado de escarabajos y no tenga sol. A Mitch no le gustan las cosas fáciles. Le gusta esforzarse por conseguir lo que quiere.

<<Jennifer a Beth>> Así que es un bobo. Un bobo que no sabe qué hacer con sus semillas.

<<Beth a Jennifer>> Eso es lo de menos. Lo que importa es que ese bobo no va a renunciar a ti.

<<Jennifer a Beth>> No estoy segura de que tengas razón, pero me parece que ahora me siento mejor. Buen trabajo.

<<Beth a Jennifer>> A mandar.

(Pero solo a partir de las diez y media, ¿eh?)

<<Jennifer a Beth>> (Claro.)

6

Jennifer Scribner-Snyder, según el directorio de la empresa, era correctora tipográfica.

A Beth Fremont, Lincoln la conocía. Sabía quién era, al menos. Había leído sus críticas de cine. Era divertida y Lincoln casi siempre coincidía con sus opiniones. Gracias a ella había ido a ver Dark City, Flirteando con el desastre y Babe.

Para cuando Lincoln se dio cuenta de que no había enviado ninguna advertencia a Beth Fremont y Jennifer Scribner-Snyder —tras sabe Dios cuántas infracciones, ¿tres?, ¿media docena?— ya ni se acordaba de por qué había decidido no hacerlo. Quizás porque no siempre sabía qué norma se estaban saltando. Tal vez porque le parecían totalmente inofensivas. Y simpáticas.

Y ahora ya no podía avisarlas. No esta noche. No sabiendo que les inquietaba la posibilidad de recibir una. Sería marciano, ¿no? Descubrir que alguien ha leído el email en el que expresas preocupación por si alguien lo está leyendo. Si fueras un tanto paranoico, empezarías a preguntarte si los otros temores que albergas no serán fundados también. Acabarías pensando: «¿Estarán todos contra mí?».

Lincoln no quería ser el malo de Tron.

Y además… Además, Beth y Jennifer le caían bien y tal, tan bien como te puede caer alguien a partir de sus correos, o de unos cuantos correos.

Echó otro vistazo a la conversación. «Mierda» sin duda era una palabra de alerta. Al igual que «blackjack» y «porno». En cuanto a «pervertido» y «menstruación», no estaba seguro.

Tiró los archivos a la papelera y se marchó a casa.

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—No hace falta que me prepares la comida —le dijo Lincoln a su madre. Aunque le gustaba que lo hiciera. Apenas si había probado la comida basura desde que volvía a vivir en la casa familiar. Siempre había algo en el horno o en la sartén, en la olla o enfriándose en un plato. Y cuando Lincoln estaba a punto de salir, su madre nunca dejaba de plantarle un recipiente de pyrex en las manos.

—No te he preparado la comida —objetó ella—. Te he preparado la cena.

—Pero ...