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EXCALIBUR (BRITANNIA. LIBRO 1)

Ana Alonso / Javier Pelegrín

4


Fragmento

Capítulo 1

Cuando una dama de Ávalon te roza con los dedos es imposible no estremecerse. Su piel parece mármol vivo, como si por sus venas corriese agua del primer deshielo de marzo en lugar de sangre. Agua helada de las tierras altas del norte, donde los pictos tiñen de azul sus pómulos antes de ir a la batalla. Donde ellas, las mujeres mágicas, acuden a veces a buscar las bayas mortales que necesitan para sus pociones.

Gwenn se incorporó en la oscuridad. Abrió los ojos y trató de interpretar, más allá de las telarañas confusas del sueño interrumpido, el rostro siempre en calma de Nimúe.

—Sabía que eras tú antes de verte —dijo—. Hay algo raro en tus manos. ¿Es verdad que la sangre de las damas de Ávalon es blanca, como la savia del diente de león? Lo he oído decir.

—No te he despertado en mitad de la noche para escuchar tonterías, Gwenn. Tienes que prepararte. Los planes se han adelantado. Nos vamos ahora.

Gwenn miró hacia la ventana. El resplandor de las llamas que aún devoraban las ruinas de la muralla al oeste de la ciudad se reflejaba en el cielo como en un espejo negro.

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—¿Ya han entrado? —preguntó.

—¿Los sajones? No, no han entrado todavía, pero es cuestión de horas. Eso dice Merlín, y ya sabes que él tiene sus fuentes de información. Está abajo, esperándote.

Nimúe se volvió hacia la puerta y, con un gesto mínimo, ordenó a las doncellas que pasaran. La habitación se llenó de resplandores temblorosos y de sonidos tan vacilantes y tímidos como las luces. El olor grasiento de las velas de sebo contrajo el estómago de Gwenn. Siempre le provocaba náuseas.

Odiaba aquellos primeros instantes después del despertar, cuando se veía obligada a ver el mundo como en realidad era.

Se fijó en la niña de cara macilenta y mejillas hundidas que sostenía la copa para la primera libación. Tenía aspecto de no haber comido en varios días, pero sus ojos brillaban de entusiasmo, y sonreía. A pesar de lo temprano que era, estaba claro que ya había tenido tiempo de cumplir el ritual. Se encontraba bajo el velo protector de Britannia.

—La piedra —pidió, mirándola—. Rápido.

La niña se volvió hacia Nimúe a la espera de su permiso, y cuando la dama se lo concedió, tendió la copa de cristal antiguo a la princesa. Gwenn extrajo la gema púrpura que reposaba en el interior, la desmenuzó rápidamente entre el pulgar y el índice. Otra doncella inclinó una jarra de barro sobre la copa y vertió un chorro de vino dulce.

Con el dedo, Gwenn removió el líquido para mezclarlo con la gema pulverizada. Después, se lo bebió de un trago.

Aun antes de que hiciese efecto se sintió mejor. Si hubiera sabido que la iban a despertar en plena noche, le habría pedido a Nimúe una última libación antes de irse a dormir. La noche sin el velo de Britannia resultaba demasiado aterradora. Sobre todo allí, en Londres, tan cerca de la guerra.

Cerró los ojos, como ordenaba el ritual, y esperó muy quieta. Supo que la magia empezaba a despertar en su interior cuando notó el aroma delicado de la cera derretida.

Velas de cera, como en Tintagel. Como en casa.

Pensativa, le devolvió la copa a la joven doncella que se la había dado. Su trenza brillaba ahora como si fuera de oro, y una cinta de seda verde se entretejía entre sus cabellos, a juego con su vestido. No quedaba en ella ni rastro de la criatura hambrienta y sucia que Gwenn había atisbado un momento antes.

Las doncellas se arremolinaron a su alrededor. Maquinalmente, alzó los brazos para que pudieran quitarle la camisa de dormir. Alguien puso a sus pies un barreño de agua humeante que, bajo la influencia sutil de la magia de Britannia, parecía de cobre recién bruñido. Introdujo en él los pies descalzos; dejó que una de las muchachas deslizase sobre su cuerpo la esponja tibia y húmeda.

Después de secarla, le pusieron un sencillo vestido de lana gris. Gwenn estiró el tejido sobre su talle, alisando las arrugas. El gris no era un color apropiado para la heredera del trono. Bastó un toque preciso en la manga derecha y un instante de concentración para transformar el color de la tela en un rojo claro y alegre. Otro pensamiento, y en las mangas y el escote comenzó a entretejerse un bordado de oro y perlas.

—Gwenn —dijo Nimúe.

No necesitaba fruncir el ceño ni alzar la voz para imprimirle a su nombre aquel tono de reproche que la princesa conocía tan bien.

—¿Qué pasa? No le hago daño a nadie.

La niña que sostenía la copa la estaba observando con ojos maravillados.

—¿Te gusta? —le preguntó.

—Es precioso —contestó la sirvienta en voz baja.

—Acércate.

La niña dio un par de pasos tímidos hacia ella. Gwenn estiró la mano y, muy concentrada, tocó su vestido verde a la altura del hombro. Un ribete de diminutas perlas blancas creció en el borde de su escote y de sus mangas.

—Yo no sé cómo agradecéroslo —murmuró la sirvienta, y esbozó una torpe reverencia—. No lo merezco.

—No es nada.

Un poco alejadas, las otras doncellas observaban a la afortunada con expresiones que oscilaban entre el asombro y la envidia. Quizá esperaban que la princesa repitiese su gesto con ellas.

—Ya hemos perdido demasiado tiempo —dijo Nimúe—. Vamos. Merlín no es un hombre paciente.

Salieron las dos juntas al corredor. Nimúe caminaba tan deprisa que Gwenn tuvo que apresurarse para alcanzarla.

—¿A qué ha venido eso? —le preguntó la dama sin aflojar el paso—. Ha sido completamente inapropiado.

—Solo quería hacerle un pequeño regalo. ¿Qué tiene de malo? Únicamente son unas perlas inexistentes. No tienen ningún valor.

Nimúe se giró bruscamente y se encaró con ella, en un gesto que la sobresaltó. La dama nunca reaccionaba así. Nunca perdía el control.

—Gwenn, esto no es Tintagel —dijo en voz baja y apresurada—. Es Londres; es la guerra. Aquí la gente ha sufrido mucho. Britannia es lo único que tienen para seguir adelante. Y no les gusta que les recuerden que hay otras «Britannias», otras formas de experimentar su poder superiores a la que ellos conocen. Lo que has hecho es una imprudencia. Una princesa no debe hacer ostentación de sus privilegios delante de los menos afortunados.

—Solo intentaba compartir esos privilegios, aunque fuera por una vez. Y estoy segura de que no les ha molestado.

Mientras hablaban, habían bajado las escaleras, cuyos peldaños de piedra pulida reflejaban el resplandor rojizo de las antorchas.

—No lo entiendes, Gwenn —suspiró Nimúe—. Esto no es un viaje de placer. No puedes ir vestida como una princesa, aunque lo seas. ¿Qué quieres, ir llamando la atención por dondequiera que pases? Eso es justamente lo que debemos evitar.

—La capa de viaje cubrirá el vestido. Nadie lo verá, no hace falta que te pongas así. Además, si es tan importante, lo cambiaré. Pero antes le preguntaré a Bal. Él es el que va a guiar mi escolta, ¿no? Él me dirá si es apropiado o no.

—Uno de los mejores caballeros del reino decidiendo sobre un vestido.

Nimúe meneó la cabeza. Sus párpados, orlados de largas pestañas, se abatieron un instante sobre el azul sereno de sus ojos. Parecía cansada, algo inusual en ella.

—Entremos —dijo, señalando hacia una puerta alta con relieves de serpientes esculpidos sobre la madera—. Merlín estará furioso por la tardanza.

La dama abrió la puerta y se apartó con una leve inclinación de la cabeza para dejar paso a Gwenn. Dentro del salón, iluminado por el fuego que ardía en la chimenea, aguardaban Merlín y Bal. Este último llevaba puesta su armadura.

—Siento el retraso —se disculpó Gwenn con cierta precipitación—. Estoy lista para partir. Bal, si consideráis que mi atuendo no es adecuado para viajar puedo cambiarlo en un instante.

Merlín abarcó en una misma mirada a la princesa y a su dama de compañía.

—Nimúe y su obsesión con la sobriedad —dijo, con un brillo de diversión en los ojos—. Hay cosas que nunca cambian. Aunque en este caso, debo decirte que tu dama te ha aconsejado bien. Ese vestido resplandece como una hoguera. No te conviene llamar tanto la atención.

Gwenn asintió, secretamente irritada. No era difícil entender por qué su madre, Igraine, aborrecía a aquel hombre. Se consideraba tan superior que incluso se atrevía a tutear a la heredera del trono.

—Le he dicho que la partida se ha adelantado —intervino Nimúe—. Estamos preparadas, Bal. Cuando queráis.

Merlín se aproximó a la dama y le puso una mano en el hombro. Aquel gesto de familiaridad sorprendió a Gwenn. Había oído rumores sobre una antigua relación entre los dos, pero nunca antes había visto entre ellos nada que confirmase las habladurías.

—Tú partirás más tarde, Nimúe. Con Bal y con toda la comitiva de la princesa. Será justo antes del amanecer. Gwenn, tú te vas ahora. Tu escolta te está esperando.

Nimúe se desprendió con suavidad de la mano de Merlín.

—Eso no tiene ningún sentido. ¿Por qué va a irse la princesa antes? ¿Y con quién? Es la heredera del trono, necesita toda la protección posible.

—Y la mejor protección posible es conseguir que pase inadvertida. Las circunstancias han cambiado en las últimas horas. Todavía no sabemos bien qué está pasando, pero creemos que los sajones pueden haber encontrado la forma de entrar en Britannia.

—¿Atravesar el velo? —La dama sonrió con desdén—. No, eso es imposible. Te lo estás inventando para apartarme de Gwenn.

—¿A ti? —Merlín la miró con la cabeza ladeada—. No quiero ofenderte, querida, pero no eres tan importante. Esto no es un juego, se trata de la seguridad de la princesa. Los sajones esperan que la saquemos de la ciudad; tienen espías. Necesitamos engañarlos, tenderles una trampa. La comitiva partirá tal y como estaba previsto, bajo el mando de Bal. Tomará la ruta que habíamos preparado. Todo se hará como estaba dispuesto salvo que la princesa no os acompañará.

—Es la opción más segura, mi señora —dijo Bal dirigiéndose a Gwenn—. Merlín tiene razón, no podemos correr riesgos. Y os aseguro que estaréis tan bien protegida como si os acompañase una escolta entera, aunque vayáis con un solo hombre. No hay mejor guerrero que él, os lo garantizo.

—¿Mejor que vos? Me cuesta creerlo, Bal. Jurasteis que me protegeríais delante de mi madre, con la rodilla en tierra. ¿Y ahora me confiáis a otro?

Las cejas rubias del caballero se contrajeron como si las palabras que acababa de escuchar le hubiesen golpeado.

—Lo hago para cumplir mi juramento. Confío en ese joven tanto como en mí mismo. Sé que no vacilaría en dar la vida por vos si fuera necesario. Pero no será necesario; él se encargará de que no lo sea. Nunca le faltan recursos.

—¿Quién es? —preguntó Nimúe—. ¿A quién habéis elegido?

—Se llama Lance —explicó Merlín—. No lo conoces, Gwenn, no suele visitar la corte. Pero tengo total confianza en él, lo mismo que Bal. Te sacará de la ciudad por un pasaje subterráneo que casi nadie frecuenta. Viajaréis los dos solos hasta la encrucijada de Baude, mientras Bal y el resto de la comitiva distraen a los sajones. En ese lugar volveréis a reuniros todos, y desde allí podréis seguir juntos hasta Tintagel.

—¿Quieres que vaya sola hasta la encrucijada de Baude con un muchacho? No voy a consentirlo —dijo Nimúe con firmeza—. Gwenn, necesito hablarte a solas un instante. No puedes negarme eso, Merlín.

El mago se encogió de hombros. Su rostro moreno y apuesto no se alteraba con facilidad, aunque en esta ocasión parecía ligeramente impaciente.

—Un instante, Nimúe. Cada segundo cuenta. No necesitáis salir, podéis tejer un cono de silencio en aquel rincón, junto a la ventana. Así será más rápido. Os estaremos esperando.

Nimúe vaciló un momento. Finalmente asintió y, tomando a la princesa de la mano, se la llevó al rincón que había señalado Merlín. Un gesto de sus dedos bastó para alzar a su alrededor el muro de cristal que aislaría sus voces.

—No aceptes. No te fíes —musitó la dama, sin soltar la mano de Gwenn—. Puede ser una trampa. Merlín es un intrigante. Tu madre nunca ha confiado en él.

—Mi madre nunca ha confiado en nadie. Nimúe, él es quien manda aquí. Si hubiese querido matarme, lo habría hecho hace mucho tiempo. No necesita tenderme trampas, estamos en su territorio.

—No; esto es muy extraño. ¿Por qué ha elegido a ese guerrero al que ni siquiera conoces? ¿Por qué no uno de los hombres de Bal?

—Porque cree que es lo mejor, ¿no te das cuenta? Bal está de acuerdo, y es imposible dudar de su lealtad. Y no solo de la suya. Merlín me quiere viva, Nimúe. No sé por qué, no sé qué le ha llevado a aceptarme como heredera a pesar de todo lo que le ha hecho mi madre, pero me apoya. No estás tan ciega como para dudar de eso.

—Entonces, pídele que sea Bal el que te acompañe. Los demás partiremos en la otra comitiva. Es casi el mismo plan.

—No, Bal es la cabeza visible de mi guardia. Los sajones se extrañarán si no lo ven junto a sus hombres. Merlín tiene razón, es mejor que sea otro.

—Pues elige a otro; a cualquiera.

Gwenn miró a la dama asombrada.

—¿No te fías de ese tal Lance? ¿Lo conoces?

—Eso no viene al caso.

—Yo creo que sí. ¿Qué sabes de él, Nimúe? Si hay algo que debas contarme…

La dama clavó un instante sus ojos azules en el artesonado del techo. Era lo más parecido a un gesto de frustración que Gwenn había visto en su rostro desde que la conocía.

—Es impropio que la heredera del trono lleve a un solo hombre por toda escolta. Cuando tu madre se entere se pondrá furiosa.

Gwenn estudió en silencio los rasgos perfectos de Nimúe, pero no llegó a encontrar su mirada.

—Puede que tengas razón, pero eso no es lo que te preocupa —dijo finalmente—. ¿Qué es, Nimúe? Si no me lo dices, no puedes esperar que te haga caso.

—¿Por qué no? ¿Por qué no puedes seguir mis consejos sin cuestionarlos por una vez en tu vida?

A través del cristal mágico del cono de silencio, Gwenn miró hacia Merlín y Bal, que seguían aguardando junto al fuego. No podía hacerles esperar más. Ellos conocían la situación de la ciudad asediada mejor que Nimúe. Si habían decidido adelantar la partida y elegir a aquel muchacho para que la acompañase, sería por algo.

Con delicadeza, Gwenn tocó el cristal mágico que las aislaba y lo quebró en mil pedazos que flotaron a su alrededor un momento antes de disolverse en el aire. La conversación había terminado.

Pero antes de que pudiera apartarse de Nimúe, esta la asió por una de sus muñecas.

—No insistas, por favor —dijo Gwenn, molesta—. Ya he tomado una decisión.

Mientras seguía reteniendo a la princesa con una mano, Nimúe se llevó la otra a los pliegues de su vestido, para sacarla de nuevo con el puño cerrado y los nudillos tan apretados que el hueso se transparentaba bajo la piel tensa.

Gwenn vio cómo aquel puño se alzaba por encima de la cabeza de la dama y luego descendía hacia su pecho, decidido a golpearla. No le dio tiempo a reaccionar pero alguien lo hizo por ella. Un segundo antes de que el puño de Nimúe la alcanzara, el brazo firme de Merlín detuvo el gesto de la dama.

Durante unos instantes se mantuvieron así, inmóviles los dos, mirándose con fiereza, forcejeando en silencio. Hasta que, con un gesto rápido y preciso, Merlín retorció la muñeca de Nimúe.

Gwenn contuvo un grito. Había algo en la mano de su dama de compañía, algo que no estaba allí un momento antes. Un puñal, o más bien un cuchillo, un cuchillo con el mango de piedra negra y la hoja oxidada.

Nimúe, cediendo al dolor, lo dejó caer al suelo.

Sin poder apartar los ojos de él, la princesa se agachó para recogerlo. Era solo eso, un viejo cuchillo. Un arma gastada por el uso, antigua, imposible. Sobre todo, imposible. Porque, que ella supiera, no existía ningún objeto en el mundo real capaz de burlar las leyes de Britannia.

Capítulo 2

—No lo entiendo. —Gwenn acarició el mango áspero del cuchillo y deslizó el dedo sobre el metal sin brillo de la hoja—. ¿Cómo es posible que no lo viera? Britannia no puede volver los objetos invisibles.

Sus ojos se alzaron hacia Nimúe, que la observaba con su expresión reflexiva de siempre. Sintió un nudo en la garganta, y en los ojos la humedad caliente de las lágrimas.

—¿Ibas a matarme? ¿Por qué? ¿Qué te he hecho?

—No se trata de lo que hayas hecho hasta ahora, sino de lo que podrías hacer. No lo entiendes, Gwenn, nunca lo has entendido. Ni tú ni yo importamos, solo somos instrumentos en manos del destino. Pero tú no lo aceptas.

Bal, que mientras tanto se había acercado al grupo, tomó con cuidado el cuchillo que Gwenn sostenía en la mano. Las suyas temblaban.

—Es un maleficio. Un sortilegio de esas malditas brujas de Ávalon. ¿Cómo es posible? Nunca había visto nada igual desde que Uther Pendragón fundó Britannia.

—Bal, no podemos permitir que esto retrase el plan —observó Merlín con firmeza—. Reúne a tus hombres, disponlo todo para la partida. Tenéis que estar listos para salir antes de que amanezca; mañana podría ser demasiado tarde.

Bal asintió, pero permaneció inmóvil donde estaba, con los ojos fijos en Nimúe.

—¿Qué vais a hacer con ella?

Merlín miró a Gwenn. Por primera vez desde que lo conocía, ella lo vio vacilar. No tenía respuesta para la pregunta de Bal.

—Dame el cuchillo, amigo —fue todo lo que dijo—. Y parte; en cuanto la comitiva esté lista, dirígete con ellos al portón del norte. Lance ya se encuentra abajo. La princesa se irá con él enseguida.

Bal obedeció, se inclinó ante Gwenn en señal de despedida y, después de echar una última mirada a Nimúe, abandonó la estancia.

Todo quedó atrapado en un silencio de cristal. Hasta el crepitar de las llamas en la chimenea parecía de hielo. Merlín estaba ensimismado, perdido en sus pensamientos. Nimúe, sin mirarle, sonreía como una antigua estatua de mármol del Imperio, bella e indiferente.

—Gwenn, tú también debes irte. Llamaré para que vengan a buscarte —dijo el mago, reaccionando al fin—. Lance ya aguarda en el patio desde hace rato.

—No. No pienso irme sin saber por qué. Lleva conmigo desde que cumplí diez años. Quiero saber si lo tenía pensado desde el principio.

Nimúe se volvió hacia ella. Sus bellas facciones no reflejaban odio ni temor alguno. Si acaso, una pálida sombra de piedad. Gwenn tuvo que dominarse para no lanzarse sobre ella y abofetearla.

—Eso no debe preocuparte ahora, princesa —insistió Merlín—. Yo haré que hable, pero necesito tiempo.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Nimúe con un suave deje de burla en la voz—. ¿Crees que vas a amedrentarme con tu magia? Eso no te va a servir conmigo. A estas alturas ya deberías saberlo.

Gwenn se acercó a ella. Estuvo a punto de cogerle la mano. Quería sentir aquel contacto de seda fría una última vez. Quería apretarle los dedos hasta hacerle gritar. ¿Se podría hacer gritar a una dama de Ávalon?

Probablemente no. Ni siquiera valía la pena intentarlo.

—Solo quiero una explicación —insistió con voz ronca—. Solo quiero saber por qué. Después me iré.

—He intentado educarte —contestó Nimúe clavando en ella sus ojos intensamente azules—. He intentado inculcarte los principios de mis hermanas, arrancarte los defectos de carácter que han arruinado la vida de tu madre y la prosperidad del reino. Pero no es posible. Has heredado su arrogancia, su incapacidad para escuchar. Si llegases a reinar, cometerías los mismos errores que ella. Nadie podría impedirlo.

—Y entonces decidiste que no debía seguir viviendo —concluyó Merlín—. ¿Tú sola? ¿Lo saben tus hermanas de Ávalon? ¿Estás siguiendo órdenes de la dama del Lago?

Mientras el mago la interrogaba, Gwenn no había apartado la mirada del rostro perfecto de Nimúe. No era posible, pero allí estaba. En el fondo de sus ojos de zafiro, se distinguía un temblor como el que provoca una gota de lluvia al caer en las aguas quietas de una charca.

—Está mintiendo —murmuró.

Merlín se volvió hacia ella.

—No, Gwenn. Las damas de Ávalon no pueden mentir, eso las condenaría al exilio eterno de su isla. No hablará si no quiere hablar; pero si habla, dirá la verdad. Nunca ha sucedido que…

—Está mintiendo. Te digo que es falso. No se trata de mi carácter. No se trata de mí.

—¿Qué quieres decir?

Gwenn se pasó una mano por la frente. Aunque no sabía por qué, había comenzado a sudar. Una idea trataba de abrirse paso en su mente, pero temía no encontrar las palabras adecuadas para expresarla.

—Podría haberme matado muchas veces antes de hoy —continuó, descubriendo las respuestas a medida que las iba formulando en voz alta—. ¿Por qué iba a esperar a estar delante de ti? Piénsalo, Merlín. Ese hechizo, ese truco para volver invisible en Britannia un objeto del mundo real. Yo no lo habría descubierto. Vi su puño alzado sobre mí, sin nada en él. Creí que iba a golpearme. Podría haberme matado en cualquier momento con ese cuchillo, nadie habría sido capaz de impedírselo. Tú eras el único que podía hacerlo. ¿Por qué iba a esperar a estar delante de ti?

—Tienes razón —dijo el mago, observándola asombrado—. Ha sido pura improvisación. Lo decidió aquí mismo, mientras hablábamos; es lo único que tiene sentido. Pero ¿por qué?

Nimúe los observaba con su sonrisa lejana, inalcanzable.

—Por el cambio de planes —murmuró Gwenn—. Algo en el cambio de planes hizo que quisiera matarme. ¿Qué pudo ser? Me trajo al cono de silencio, intentó convencerme de que no aceptase. Estaba de acuerdo con lo de la comitiva que debía servir como cebo, pero quería que a mí me acompañase Bal. Bal o cualquier otro. Cualquiera que no fuese ese caballero, Lance.

De nuevo aquel temblor conmovió el fondo de los ojos de la dama, pero esta vez duró más tiempo, propagándose en ondas casi imperceptibles a través de su rostro. Por una vez, por una sola vez desde que la conocía, Gwenn creyó ver a Nimúe como la mujer que habría podido ser sin la máscara de mármol de su perfección. Sin Ávalon.

—Apártate de él, Gwenn —dijo en tono de súplica—. Apártate, no tuerzas su destino. Lo arruinarías todo.

—¿De qué hablas? ¿Por qué?

Nimúe sonrió. Sonrió como sonríen las mujeres de carne y hueso, con una sonrisa llena de vida. Había aparecido algo en su cuello, algo verde y fino que se deslizaba, que crecía enroscándose alrededor de su piel de nieve. Con un gesto instintivo, Gwenn alargó la mano para arrancárselo, pero Merlín la sujetó.

—No lo toques. Si lo tocas, tú también quedarás atrapada. Así conseguiría lo que desea.

Otros tallos empezaron a brotar de sus brazos, de su cintura. Crecían alrededor de sus piernas; en un instante se endurecían, se volvían leñosos, se cubrían de yemas que estallaban en hojas verdes y oscuras.

—¿Qué le has hecho? —Gwenn trató de desprenderse de Merlín, que seguía reteniéndola—. Páralo, por favor, te lo suplico.

—Yo no puedo pararlo. Es un conjuro de Broceliande. Lo ha desatado ella misma.

Las ramas seguían creciendo, anudándose al cuerpo blanco de la dama, hundiendo en ella sus tallos, sus raíces.

—¿Va a morir?

—Tal vez. Creo que tenía miedo de que le arrancaras la verdad.

Gwenn se desasió del mago. Lo miró sin comprender.

—¿Yo? ¿Por qué yo?

—No lo sé, Gwenn. ¿Por qué tú? No tengo una respuesta para eso. Pero sí sé una cosa: tienes que irte. Esto no va a ser hermoso de contemplar. Lance está en el patio. Baja, búscalo, vete con él.

—Pero lo que acaba de decir… ¿A qué se refería?

—No lo sé. Pero quizá tú puedas averiguarlo. Acabas de demostrar que tienes ciertas dotes para leer en el corazón de las personas más allá del velo de Britannia. Úsalas con Lance. Vas a pasar bastante tiempo con él: averigua lo que puedas. Descubre si conocía de algo a Nimúe. Pero, pase lo que pase, no le reveles lo que ha ocurrido aquí.

Capítulo 3

Los incendios del asedio teñían las nubes de rojo, como si también arriba, en el cielo nocturno, los dioses antiguos estuviesen librando una batalla. Quizá la misma batalla, pensó Lance observando la silueta negra del torreón principal, que se recortaba a contraluz sobre aquel resplandor sangriento. La rabia de los hombres desbordaba la tierra, las ruinas, las ciudades. Necesitaba devorar también el cielo. Conquistarlo.

La silueta frágil de una muchacha emergió de las sombras de la torre y, con paso decidido, se dirigió hacia él. El corazón empezó a latirle más deprisa. Cada vez más deprisa. Con una rapidez casi dolorosa.

Había llegado el momento.

Era tan hermosa como la había imaginado. Y al mismo tiempo, muy distinta. Más joven, más vulnerable, con unos ojos que no reflejaban miedo, sino ese asombro anterior al miedo de los que todavía no saben lo que significa sufrir.

Recordaba aquel sentimiento. Era uno de sus recuerdos más antiguos.

—¿Y vuestra capa? —preguntó, después de intentar una reverencia que le avergonzó por su torpeza.

La princesa traía los brazos cruzados sobre el pecho, como si tuviera frío.

—Lo siento, la he olvidado.

—Podéis volver a por ella, si queréis. Yo os espero.

—No. —Se miraron por primera vez a los ojos, y él se dio cuenta de que había estado llorando—. Merlín cree que debemos irnos ya. ¿Dónde están los caballos?

—No hay caballos. No los habrá hasta que salgamos de Londres. No os preocupéis, será más rápido de lo que os imagináis.

Vaciló un momento antes de tomarla de la mano. Le sorprendió la suavidad de su piel. Quizá fuese un artificio, una ilusión creada por Britannia.

La condujo hasta el portón de los almacenes, siguiendo las indicaciones que le había dado el mago. Salieron a una calle estrecha, de suelo embarrado. No había nadie, pero se oían voces a lo lejos. Una canción grosera, de borrachos.

Se detuvo y se volvió a mirarla.

—¿Qué sucede? —preguntó ella.

—Vuestro vestido. Hace juego con el cielo de esta noche.

—¿Demasiado llamativo? Perdonad. Me lo habían advertido, pero no me he acordado. Permitidme un instante.

Cerró los ojos para concentrarse. Lance aprovechó la oportunidad para mirarla sin miedo a resultar descortés. Estaba tan pendiente de su rostro que al principio no notó la transformación del vestido. Se había vuelto gris, y parecía menos ceñido a su cuerpo; sin duda el cambio les ayudaría a pasar inadvertidos.

Lance cerró los ojos a su vez y trató de ordenar sus pensamientos. Se estaba distrayendo, y el mago tenía razón. Faltaba poco para el alba, no había tiempo que perder.

—A partir de ahora, no os despeguéis de mí ni me soltéis la mano. Si os cuesta seguir el ritmo de mis pasos, decídmelo. Pero no habléis si no es estrictamente necesario. Caminad con la cabeza baja, vuestra belleza podría llamar la atención. ¿Estáis acostumbrada a andar?

—Sí.

—Eso es bueno. Vamos.

Empezaron a caminar a buen ritmo. Ella seguía sus instrucciones al pie de la letra. Avanzaba con la vista fija en el suelo, dando dos pasos por cada uno que daba el joven para acomodarse a su ritmo. Cuando se cruzaban con alguien se encogía aún más. Por fortuna las calles se encontraban casi desiertas en esa parte de la ciudad, donde apenas había tabernas ni burdeles.

Casi habían llegado a la casa de Eoghan, cuando Lance se dio cuenta de que le estaba apretando demasiado la mano. Seguro que le había hecho daño. Aflojó un poco la presión.

—Tengo un amigo que vive cerca de aquí y que va a ayudarnos. Os parecerá bastante peculiar, pero podéis fiaros de él, es de total confianza. Además, él no sabe quién sois.

—¿Qué le habéis contado?

—Cree que sois mi amante y que estamos huyendo del asedio. No me miréis así, fue idea de Merlín. De esa forma nadie os molestará.

Esa fue la primera vez que la vio sonreír. Sus palabras habían sonado petulantes, lo sabía; pero, al menos, no se había enfadado.

Comenzaron a bajar las escaleras de bronce que conducían al refugio de Eoghan. Lance se había preguntado a menudo por qué Britannia cubría sus viejos peldaños con aquella apariencia metálica. Por fortuna, el velo mágico no ocultaba las grietas ni disimulaba su ruinoso estado. Britannia no mentía.

—Olvidaba deciros que Eoghan es un alquimista de la vieja escuela —comentó Lance, justo después de golpear la puerta de tablones que daba acceso al taller para avisar de su llegada—. ¿Habéis conocido a alguno?

—No, pero he oído hablar de ellos. Dicen que conservan una parte de la sabiduría antigua. Y del poder.

—No sé si a alguien como Eoghan se le puede considerar poderoso. Pero es un buen tipo. Ya viene.

La puerta se abrió lo justo para que el rostro rubicundo de Eoghan pudiese asomarse. Cuando reconoció a Lance se apartó para dejarlos pasar.

—Mi buen amigo. Y su bella enamorada. Eres afortunado, Lance. Ojalá pudiese huir como vosotros. Pero no debo abandonar mi madriguera. Los espíritus de mis ancestros jamás me lo perdonarían.

Hablaba medio en serio medio en broma, como siempre. Y mientras hablaba, los guiaba a través de su vieja casa en ruinas hasta la verdadera entrada del taller, donde empezaba el siguiente tramo de escaleras que descendía hacia las entrañas de Londres.

Bajaron detrás de él sin decir palabra. La princesa había soltado su mano para agarrarse al balaustre de terciopelo dorado. Eoghan, delante de ellos, llevaba una antorcha para iluminar el camino. Continuaron descendiendo durante un buen rato, un tramo de escaleras detrás de otro. Los sajones lo tendrían difícil para encontrar el taller del alquimista.

Como otras veces, llegaron hasta lo que parecía un muro macizo. Eoghan posó una mano sobre él, y el contorno de una puerta empezó a revelarse poco a poco. El símbolo del antiguo gremio de los alquimistas, una manzana mordida, brillaba sutilmente en la parte de arriba.

—Bienvenidos a mi humilde morada —dijo Eoghan, ejecutando una grotesca reverencia.

Una vez dentro, Lance observó con disimulo la expresión aturdida de la princesa. La primera visita a un taller de alquimia siempre provocaba una reacción similar: incredulidad. Incluso Lance, que había estado allí muchas veces, no podía dejar de maravillarse al contemplar todas aquellas mesitas de mármol cubiertas de extraños objetos relacionados con la vieja magia.

—No me imaginaba que existieran lugares así —murmuró la muchacha, pasando con cuidado entre las mesas—. ¿Por qué nadie me lo había dicho?

—¿Lance no te había hablado de mí? —preguntó Eoghan con una sonrisa—. Bueno, no me extraña. No es muy hablador. Y me imagino que cuando estáis juntos tenéis cosas mejores que hacer que hablar de un miserable proscrito como yo. Me imagino…

—No te imagines nada —le cortó Lance, turbado—. Tenemos poco tiempo. Si pudieras llevarnos ya al pasadizo…

—Tranquilo, hombre, ya vamos. Déjame que vaya a por las llaves.

Gwenn se quedó mirándolo mientras pasaba al otro lado del mostrador y se perdía en el laberinto plateado de las cocinas, pero después de un instante lo siguió. Lance estuvo a punto de pedirle que volviese, que dejase a Eoghan en paz, aunque finalmente no se atrevió. Después de todo, era la heredera del trono.

—¿Qué hay en esa caldera? ¿Qué es lo que hacéis aquí, exactamente? —oyó que preguntaba.

—Ahora mismo, no mucho —contestó el alquimista—. Remedios para el enfriamiento, bálsamos, emplastos para heridas y quemaduras… Nada relacionado con las artes antiguas. Es demasiado peligroso.

—¿Por qué?

Eoghan regresaba con una llave en la mano, seguido de la princesa. Se detuvo pensativo junto a una de las mesas y acarició una placa metálica sobre la que se entretejían finos hilos de cobre, algunos ensartados en pequeñas piezas rectangulares.

—¿No lo sabéis? El rey Uther lo prohibió —dijo—. Nos convirtió en proscritos, en apestados. La familia de mi padre llevaba siglos conservando los viejos saberes. No hay nada malo en ellos. Y justo cuando parecía que nuestro momento había llegado, que podríamos resucitar el poder antiguo, Uther lo arruinó todo. Según él, para salvar Britannia.

—¿Y no fue así?

Eoghan miró a los ojos a la muchacha.

—Casi nadie lo recuerda, pero nosotros creamos la primera versión de Britannia. Bueno, yo no participé, claro, era demasiado joven. Pero mi padre y mi abuelo trabajaron como locos en la primera simulación. Ellos y todos los demás. El duque Gorlois los contrató. Los alquimistas eran el alma del proyecto, jamás habría existido sin ellos. Pero luego, cuando el duque murió…, todo se vino abajo. Uther quería exterminarnos, quería apartarnos para siempre de su Britannia, la que él y Merlín crearon. El mago trató de impedírselo, pero no hubo forma. Ordenó arrasar la mayoría de los talleres. Y lo poco que logramos salvar tenemos que ocultarlo así, como veis.

Eoghan se calló al notar sobre él la mirada impaciente de Lance.

—Ábrenos el pasadizo, rápido. Tenemos que llegar a la salida antes de que ama ...