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EXTRAñOS (EXTRAñOS 1)

Kimberly McCreigh

5


Fragmento

1

El teléfono de mi padre empieza a sonar con fuerza al tiempo que vibra y tiembla ligeramente sobre la mesa maltrecha de nuestro comedor. Él alarga una mano y lo apaga.

—Lo siento. —Sonríe al tiempo que se peina con los dedos el espeso pelo entrecano y se recoloca la montura de las gafas cuadradas de pasta negra. Son de estilo hípster, pero él no se las compró por eso. En el caso de mi padre, cualquier accesorio de ese tipo es mera casualidad—. Pensaba que estaba apagado. No debería estar sobre la mesa.

Es una norma de mi padre: nada de móviles en el comedor. Siempre ha sido una regla, aunque nadie le prestara demasiada atención cuando la impuso: ni mi madre, ni mi hermano mellizo, Gideon, ni yo. Pero eso era «antes». Ahora todo se clasifica en dos categorías: el antes y el después. Y en el oscuro y terrible punto medio se encuentra el accidente que sufrió mi madre hace cuatro meses. En el «después», la norma de «Nada de teléfonos» es mucho más relevante para mi padre. Muchos detalles han adquirido importancia. A veces da la sensación de que intenta reconstruir nuestras vidas como si fuera un castillo de naipes. Y yo lo quiero por eso. Sin embargo, querer a alguien no es lo mismo que entenderlo. Lo cual está bien, supongo, porque mi padre tampoco me entiende a mí. La verdad es que nunca lo ha hecho. Sin mi madre aquí, a veces pienso que nadie me entenderá jamás.

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Pero mi padre no puede cambiar lo que es: un científico con una mente privilegiada, que vive totalmente guiado por la razón. Desde el accidente dice «te quiero» mucho más que antes y siempre está dándonos palmaditas de ánimo a Gideon y a mí, como si fuéramos soldados a punto de partir al campo de batalla. Sin embargo, es un gesto que resulta raro y violento. Y lo único que consigue es hacer que me sienta peor por todos nosotros.

El problema es que mi padre no tiene mucha práctica en lo de ser cariñoso y mostrarse afectivo. El corazón de mi madre siempre fue lo bastante grande para encargarse de ello por los dos. Y no es que ella fuera una persona precisamente «blanda». No podría haber sido fotógrafa profesional —en todos esos países, con todas esas guerras— de no haber tenido un fuerte carácter. Pero, para mi madre, las emociones solo existían de una forma posible: magnificadas. Lo cual era aplicable a sus propias emociones: lloraba como una loca cuando leía algunas de las tarjetas que Gideon o yo le escribíamos para darle la bienvenida a casa. Y lo aplicaba a lo que sentía con respecto a las emociones de los demás: siempre sabía si Gideon o yo estábamos disgustados, incluso antes de que entráramos por la puerta.

Fue ese inexplicable sexto sentido de mi madre lo que hizo que mi padre se interesase tanto por la inteligencia emocional, IE, para abreviar. Es investigador científico y profesor universitario, y podría decirse que ha dedicado toda su vida a estudiar una parte muy pequeña de la IE. No es un tema con el que vaya a hacerse rico, pero al doctor Benjamin Lang le interesa la ciencia, no el dinero.

Además, hay un aspecto positivo en el hecho de que mi padre sea el Hombre de Hojalata. No se desmoronó después del accidente de mi madre. Solo hubo una vez en que creí que iba a perder el control: estaba hablando por teléfono con el doctor Simons, su mejor y único amigo, su mentor y su consejero. Incluso en ese momento en que le vi tambalearse, mi padre fue capaz de contenerse con la suficiente rapidez como para no caer en el abismo. Con todo, en algunas ocasiones preferiría que se desmoronara y me diera un abrazo tan fuerte que me dejara casi sin respiración. Que me dedicara una mirada con la que expresara que entiende lo destrozada que estoy. Porque él también lo está.

—Puedes contestar al teléfono —le digo—. No me importa.

—A lo mejor a ti no te importa, pero a mí sí. —Mi padre se quita las gafas y se frota los ojos con un gesto que lo envejece mucho. Eso hace que la punzada de dolor que siento en la boca del estómago se intensifique un poco más—. Algo tiene que importar, Wylie, o acabará sin importarnos nada. —Es una de sus frases favoritas.

Me encojo de hombros.

—Vale, lo que tú digas.

—¿Has pensado un poco más en lo que te ha dicho la doctora Shepard en vuestra sesión telefónica de hoy? —me pregunta, intentando sonar despreocupado—. ¿Sobre lo de empezar a volver a ir a la escuela aunque sea hasta el mediodía?

Tengo claro que ha estado deseando sacar el tema desde que nos hemos sentado. La idea de que me olvide de la tutoría de estudios en casa y que termine el último curso en el instituto Newton Regional parece ser el tema favorito de mi padre. Cuando no hablamos sobre ello es porque se ha mordido la lengua en un vano intento por mantener la boca cerrada.

Mi padre tiene miedo de que, si no vuelvo pronto al centro de forma regular, ya no regrese nunca. Y no es el único. Mi terapeuta, la doctora Shepard, también está preocupada por el mismo motivo. Coinciden en la mayoría de las cosas, y seguramente es porque han estado intercambiando correos electrónicos. Les autoricé a hacerlo después del accidente. Mi padre estaba realmente preocupado por mí, y yo accedí a que estuvieran en contacto porque quería que creyeran que colaboraba con ellos y que estaba perfectamente bien de la cabeza. Sin embargo, la verdad es que sus charlas privadas nunca me han hecho ninguna gracia, sobre todo en este momento, cuando ambos parece que se han aliado para conseguir que regrese con normalidad a las clases. Creo que no ha ayudado mucho el hecho de que en las últimas tres semanas haya tenido que sustituir las sesiones presenciales por las consultas telefónicas porque no logro hacerme a la idea de salir de casa. En cierto sentido, eso demuestra la teoría de la terapeuta: evitar ir al colegio no es más que la punta de un iceberg muy profundo.

Al principio, la doctora Shepard estuvo a punto de no recomendar la tutoría a domicilio. Porque sabe que mis problemas con la asistencia normal a clases no empezaron hace cuatro meses, el día en que el coche de mi madre perdió el control sobre una placa de hielo y acabó destrozado.

—Me preocupa la forma en que pueda acabar esto, Wylie —me dijo la doctora Shepard durante nuestra última sesión presencial en su consulta—. La decisión de abandonar el instituto puede resultar contraproducente. Ceder al pánico que sientes lo empeora aún más. Eso es una realidad incluso en un momento tan doloroso como el que estás viviendo.

La doctora se removió en su enorme butaca roja, donde siempre se la veía perfecta y menuda, como Alicia en el País de las Maravillas reducida a un tamaño minúsculo. Hasta entonces yo había estado viendo de vez en cuando a la doctora —en ocasiones con mayor frecuencia— durante casi seis años, desde que empecé la secundaria. Algunas veces, todavía me preguntaba si de verdad sería psicóloga, porque me parecía demasiado pequeña, joven y guapa para serlo. Sin embargo, había conseguido que me sintiera mejor con el paso de los años y su remedio terapéutico especial: ejercicios respiratorios, técnicas de concentración y horas y más horas de conversación. Cuando empecé el instituto, yo era una chica normal algo nerviosa. Es decir, hasta que el accidente de mamá me abrió en canal y comenzó a rezumar todo cuanto estaba podrido en mi interior.

—Técnicamente, no voy a dejar el instituto, sino solo el edificio. —Esbocé una sonrisa forzada que hizo que las cejas perfectamente depiladas de la doctora dibujaran una tensa línea recta—. Además, me he esforzado por seguir en el centro.

Como prueba de lo dicho, debía constar que solo me había saltado dos días de clase: el día siguiente al accidente de mi madre y el día de su funeral. Incluso hice que mi padre llamara antes para asegurarse de que nadie me trataba de forma rara porque volvía enseguida a clase. Ese era mi plan: fingir que no había pasado nada. Y, durante un tiempo —una semana entera— funcionó. Entonces llegó el siguiente lunes —una semana, un día y cuatro horas después del funeral— y empecé a vomitar sin parar. Estuve vomitando durante horas. No paré hasta que me tomé el jarabe para las náuseas en urgencias. Mi padre se asustó tanto que cuando salimos del hospital accedió a que un tutor me diera clases a domicilio. Creo que habría accedido a cualquier cosa con tal de que yo estuviera mejor.

Pero ¿cómo podía volver a estar bien si no tenía a mi madre para ayudarme a ver el lado positivo de todo? El lado positivo de mí misma.

—Lo único que pasa es que eres una persona sensible, Wylie —me decía ella siempre—. El mundo necesita personas sensibles. —Y, en cierta forma, yo la creía.

A lo mejor, mi madre solo pasaba por una fase de negación. Al fin y al cabo, su madre —mi abuela— había muerto triste y sola en un hospital psiquiátrico. A lo mejor, mi madre se negaba a creer que esa historia estaba repitiéndose conmigo. O, a lo mejor, de verdad creía que no había nada malo en mí. Algún día podría habérmelo aclarado. Pero ahora ya no lo sabré nunca.

Bajo la vista hacia mi plato y evito la mirada de mi padre mientras empujo un montón de espárragos muy bien cocinados hacia un montículo de cuscús que acabo de esculpir. Cuando el camino se complica, el hambre es siempre lo primero que desaparece. Y, desde el accidente, mi vida es básicamente un largo camino complicado. Aunque es una lástima no tener hambre. La comida de mi padre es una de las pocas cosas que seguimos teniendo; él siempre ha sido el cocinillas de la familia.

—Dijiste que yo decidiría cuándo estaba lista para volver al instituto —le digo al final, aunque ya sé que jamás estaré lista, que no querré hacerlo o que no seré capaz de volver al instituto Newton Regional. Aunque no hay motivo para decírselo justo ahora a mi padre, al menos, no de momento.

—Y decidirás tú cuándo es el momento de volver al centro. —Pretende sonar muy relajado, pero tampoco ha tocado la comida. Y esa venita que se le ve en la frente está hinchada—. Pero no me gusta nada que estés sola en casa, aquí metida todo el día. Me hace sentir... No es bueno que pases tanto tiempo sola.

—Disfruto de mi propia compañía. —Me encojo de hombros—. Eso es bueno, ¿verdad? Vamos, tú eres el psicólogo. Es ese rollo de la autoestima alta y todo eso, ¿no?

¡Qué falsa me parece mi sonrisa cada vez que la fuerzo! Seguramente porque una parte de mí sabe que sería mejor perder esta discusión y que me obligaran a volver al instituto Newton Regional, aunque me resistiera pataleando y gritando.

—Venga ya, Wylie. —Mi padre me atraviesa con la mirada y se cruza de brazos—. El simple hecho de que te gustes a ti misma no significa que...

Se oye un fuerte golpe en la puerta de entrada que nos sobresalta a ambos. «Por favor, que no le haya pasado nada a Gideon» es lo que pienso al instante. Porque la última vez que oímos que alguien llamaba de forma inesperada a la puerta, uno de nosotros quedó destrozado. Y Gideon —mi mellizo contrario, como nos solía llamar en broma mi madre por lo diferentes que somos, incluso hasta el punto de que Gideon es un loco de las ciencias y la historia, y a mí me van las mates y el inglés— es el único que ahora mismo no está en casa.

—¿Quién es? —pregunto al tiempo que intento ignorar los potentes latidos de mi corazón.

—No hay nada de lo que preocuparse, estoy seguro —dice mi padre. Pero no tiene ni idea de quién llama a la puerta, o de si podríamos estar a punto de recibir una noticia preocupante. Eso es evidente—. Seguramente es algún vendedor.

—Ya no existen los vendedores a domicilio, papá. —Pero él ya está tirando la servilleta sobre la mesa y sale por la puerta del comedor hacia la entrada.

Ya ha abierto cuando yo me asomo por una esquina.

—Karen. —Mi padre parece aliviado. Pero solo durante un segundo—. ¿Qué te...? ¿Qué ocurre?

Cuando por fin miro por detrás de mi padre, veo a la madre de Cassie, Karen, de pie, en el porche de nuestra casa. A pesar del horrible fulgor amarillento de las bombillas de consumo eficiente que tenemos en la entrada, Karen parece bien peinada, como siempre; con su melena castaña de pelo alisado hasta los hombros y una bufanda de color verde intenso, anudada al cuello, sobre su abrigo de lana blanca hecho a medida. Estamos a principios de mayo, aunque estos días hay una ola de frío, de esas tan duras y típicas en Boston.

—Siento presentarme sin avisar —se disculpa Karen con voz aguda y temblorosa. Está jadeando y le sale vaho por la boca al hablar—. Pero he llamado por teléfono un par de veces y no contestabais. He salido con el coche a buscarla y al ver luz en vuestra casa he supuesto... Dios mío, he buscado por todas partes. —Cuando se cruza de brazos y se acerca un paso más, me fijo en sus pies. Va totalmente descalza.

—¿A quién has buscado por todas partes? —Mi padre también se ha fijado en sus pies—. Karen, ¿dónde están tus zapatos? Entra en casa. —Como ella no se mueve, mi padre alarga una mano y le da un ligero empujoncito para que entre—. Debes de estar helada. Entra, entra.

—No logro encontrar a Cassie. —A Karen se le quiebra la voz al entrar en casa—. ¿Puedes...? Odio tener que pedírtelo, Ben. Pero ¿puedes ayudarme?

2

Una vez en el comedor, mi padre acompaña a Karen hasta la silla más cercana. Ella se desploma en el asiento, con el cuerpo tenso y la cara congelada. Jamás la he visto así. Porque Karen siempre está perfecta. No se trata solo de su ropa; ella también está siempre perfecta: tan delgada y tan guapa, siempre sonriente y sin despeinarse ni un pelo. «La enfermedad de la perfección», lo llama Cassie. Y delgada, repito. Vale la pena insistir en ello porque, según Cassie, a Karen le importa el peso de alguien más que cualquier otra cosa. Y eso podría ser cierto. Karen siempre ha sido agradable conmigo, pero hay algo en la forma que tiene de hablar a Cassie, un tono cortante que subyace bajo su suave tono de voz... Como si quisiera a su hija, aunque quizá no acabe de gustarle.

—Wylie, ¿puedes traerle a Karen un vaso de agua?

Mi padre se queda mirándome. Le preocupa que lo que ya haya ocurrido a mi amiga, sea lo que sea, pueda alterarme. Y, desde luego, a mi padre no le falta razón: lo último que necesito es sentirme peor. Por eso ha buscado una excusa para que me vaya, por mi propio bien. Como si tenerme alejada de la sala pudiera evitar que me preocupara por Cassie justo ahora. Ya he escuchado demasiado.

—Sí, me iría bien un poco de agua —dice Karen, sin duda por obligación. Se limita a seguirle la corriente a mi padre—. Gracias.

—Wylie —insiste mi padre cuando ve que yo no me muevo y me quedo mirando la moqueta.

Debo andarme con cuidado. Si doy la impresión de estar demasiado afectada, me obligará a subir a mi cuarto y ya no me dejará bajar. Incluso podría pedirle a Karen que se marche antes de que me entere de qué está pasando. Y necesito saberlo. Incluso después de todo lo ocurrido entre Cassie y yo; aunque esta no sea la primera vez que está involucrada en una situación difícil, todavía me preocupa lo que pueda sucederle. Siempre me preocupará.

Sin embargo, sé cómo está mi padre con solo mirarle a la cara. Quiere acabar con esto lo antes posible y enviar a Karen a su casa. Además, lo hará sin importar lo mucho que le gusten Karen y Cassie. Desde el accidente, ha impuesto muchas líneas rojas: con mis abuelos, profesores, médicos, vecinos. Hace todo lo posible por protegernos. Más a mí, eso es cierto. Gideon siempre ha sido el «más fuerte». Eso es lo que dice la gente cuando creen que no escucho. O, si se trata de mi abuela —la madre de mi padre—, me lo dice a la cara. Me arrinconó en mi casa, justo después del funeral de mi madre, y me soltó un sermón para decirme que debía esforzarme por parecerme más a Gideon. Justo después de eso, mi padre le pidió que no volviera a visitarnos jamás.

La verdad es que a mi abuela paterna nunca le he gustado. Le recuerdo demasiado a mi madre, que tampoco le gustó jamás. Aunque tiene razón con respecto a Gideon. Se recuperó mucho mejor que yo. Siempre lo ha hecho. Las emociones, sobre todo las negativas, parecen no afectarle demasiado —seguramente está relacionado con ese enorme ordenador que tiene por cerebro—, mientras que, en mi caso, se me quedan atascadas, atrapadas para siempre en una maraña pegajosa de la que no pueden huir. No me gustaría que se me malinterpretara, Gideon ha estado triste, no cabe duda. Echa de menos a nuestra madre, pero en general se podría decir que es igual de estoico que nuestro padre.

Yo siempre me he parecido más a mamá. Salvo que el volumen de sus emociones estaba al máximo, y las mías se cargaron los altavoces hace ya mucho tiempo.

—Vale, agua, está bien —digo a mi padre, que sigue atravesándome con la mirada—. Ya voy.

Cassie y yo nos hicimos amigas en el baño, más concretamente escondiéndonos en el baño del colegio de secundaria Smith Memorial. Era el mes de diciembre de sexto curso y yo había ido al baño con la intención de subirme a uno de los váteres para saltarme toda una clase y quedarme todo el rato en esa posición si era necesario. No se me ocurrió que otra persona hubiera pensado hacer lo mismo cuando abrí de golpe la puerta del último retrete.

—¡Ay! —gritó la ocupante del retrete cuando la puerta, que no estaba cerrada con pestillo, se abrió de golpe e impactó contra ella—. ¡¿Qué puñetas...?!

—Oh, perdona. —Me puse roja como un tomate—. No he visto los pies.

—Sí, precisamente estaba así por algo. —La chica sonaba cabreada. Y, cuando abrió la puerta, también parecía cabreada. Cassie, la nueva del colegio, estaba encaramada sobre el váter, totalmente vestida, justo como había pensado hacer yo. Se quedó mirándome un minuto, luego puso los ojos en blanco y se echó hacia un lado dejándome sitio—. Bueno, no te quedes ahí plantada. Entra. Antes de que alguien te vea.

Cassie y yo nos conocíamos de vista —nuestro colegio no era muy grande—, pero no éramos amigas. Cassie, en realidad, todavía no tenía amigos. Y yo me sentía mal cuando veía cómo algunos chicos se metían con ella y se reían de sus ajustados pantalones o de sus rizos cortos y enmarañados, o por el hecho de que tenía más pecho y era más corpulenta que las demás chicas. A nadie parecía importarle que Cassie fuera una excelente deportista. Había conseguido que nuestro equipo de fútbol estuviera en una posición decente por primera vez ese otoño, pero solo se fijaban en su aspecto diferente. Sin embargo, yo no podía convertirme precisamente en defensora de Cassie ni en nada por el estilo. Sobre todo, teniendo en cuenta lo ocurrido.

Bastante tenía con preocuparme por mí misma.

—Bueno ¿qué te trae al tazón de la vergüenza? —me dijo Cassie en cuanto nuestras rodillas estuvieron tocándose sobre la taza del váter.

No pensaba explicarle nada. Pero, de pronto, sentí unas ganas tremendas de contárselo todo.

—Todas mis amigas me odian —empecé a decir—. Y todas van a mi clase.

—¿Por qué te odian? —preguntó Cassie. Me alegraba de que no hubiera intentado convencerme de lo contrario. A la gente le encanta dar consejos sobre las emociones negativas. (Creedme, soy una experta en este fenómeno.) En lugar de hacerlo, se limitó a mostrar interés—. ¿Qué ha pasado?

Y entonces le conté que Maia, Stephanie, Brooke y yo íbamos juntas desde que teníamos ocho años, pero que últimamente me daba la sensación de que las demás siempre hacían chistes solo sobre mí. Aunque yo seguía esperando que únicamente fueran imaginaciones mías, hasta que ese mismo sábado por la noche, cuando nos quedamos a dormir en casa de una de ellas, empezaron a hacerme preguntas sobre mi psicóloga. La madre de Maia colaboraba en tareas administrativas del colegio y debió de ver la nota que decía que yo tendría que salir antes de clase para ir a mi primera sesión con la doctora Shepard. Y, por lo visto, luego había decidido contárselo a su hija, cosa que yo todavía no acababa de creer.

«Venga ya, Wylie. Cuéntanoslo», insistían todas a coro.

Yo ya estaba sudando cuando la habitación empezó a darme vueltas. Entonces ocurrió.

—No me di cuenta de que había vomitado hasta que oí los gritos —le expliqué a Cassie. Y todavía podía oírlos retumbar en mis oídos: «¡¡Oh, Dios mío!!», «¡¡¡Qué ascooooo!!!».

—¡Ah, vaya! —exclamó Cassie. Como si lo que le acabara de contar fuera importante, pero no realmente preocupante—. Mi entrenador de baloncesto me enseñó su «cosa» ayer. Ya sabes, el señor Pritzer. Me llevó a casa en coche después del entreno y allí se la sacó. Y, para colmo, también es mi tutor de clase.

Y me contó que el hecho de habérsela visto al profe tampoco había sido tan terrible, sino más bien desagradable.

—Ah —dije porque no se me ocurrió nada más. Me dio muchísima vergüenza imaginar al señor Pritzer haciendo eso—. ¡Qué asco!

—Sí, qué asco. —Cassie frunció el ceño y asintió con la cabeza. Entonces puso cara de tristeza.

—¿Se lo has contado a tus padres?

—Mi madre no me creería. —Cassie se encogió de hombros—. Eso es lo que ocurre cuando mientes mucho.

—Yo te creo —afirmé sinceramente.

—Gracias. —Cassie sonrió—. Y yo siento que hayas perdido a todas tus amigas. —Asintió con la cabeza y apretó mucho los labios—. Menos mal que tienes una nueva.

Ya en la cocina, me muevo con rapidez y no espero a dejar correr el agua del grifo para que salga más fresca antes de llenar a toda prisa el vaso de Karen. La verdad es que llevo mucho tiempo esperando que a Cassie le ocurra algo «gordo». Ayudarla para que no se meta en líos ha sido siempre algo habitual: ponerme en medio para que no le pegaran por decir alguna burrada a los mayores de octavo, llevar dinero a Rite Aid para que no la denunciaran por robar en la tienda un pintalabios (Cassie ni siquiera se pinta los labios). Tonterías de ese tipo.

Sin embargo, este otoño las cosas se pusieron más feas. El problema de Cassie con la bebida era lo más grave. Y no era solo la cantidad (¿cinco o seis birras una sola noche?) ni la frecuencia (¿dos o tres veces por semana?) lo que me preocupaba. Eso era demasiado para cualquiera, pero, para alguien con los genes de Cassie, era un completo desastre. Hace un tiempo, se prometió a sí misma que jamás bebería. Quería a su padre, pero lo último que deseaba era acabar como él.

Sin embargo, daba la impresión de que Cassie hubiera decidido olvidar todas las promesas que se hubiera podido hacer. ¡Y odiaba que yo se lo recordara! Durante un par de meses, en nuestro primer año de instituto, estaba tan desenfrenada que me volvía loca. Pero cuanto más me preocupaba yo, más se cabreaba ella.

Por suerte, Karen sigue hablando cuando por fin vuelvo a entrar en el comedor. Todavía podré enterarme de algún detalle sobre lo ocurrido.

—Sí, por eso... —Ella levanta la vista, me mira y se aclara la voz antes de seguir—. He ido a casa para ver a Cassie después de clase, pero ella no estaba.

El vaso está caliente cuando por fin se lo entrego a Karen. Cuando ella lo coge, parece no darse cuenta. En lo que sí se fija es en mi pelo. Lo percibo enseguida. En su defensa debo decir que Karen se recompone bastante bien, centra la mirada antes de parecer francamente impactada. Para disimular toma un sorbo del agua tibia y me sonríe.

—¿No es posible que Cassie siga fuera? —pregunta mi padre—. Solo es la hora de cenar.

—Se suponía que ya debía estar en casa —responde Karen con firmeza—. Estaba castigada toda la semana. Porque ella... Bueno, ni siquiera quiero decirte qué me llamó. —Y ahí está. El tono. Ese tono de «odio a Cassie un poquito, quizá incluso un poco más de lo que me odia ella a mí»—. Le dije que si no estaba en casa, iba a llamar a ese internado que he estado mirando, ya sabes, el que tiene la consulta psicológica. Y, no, no me siento orgullosa de haberla amenazado con eso. Pero lo cierto es que no me ha quedado otra opción. De todas formas también he encontrado esto.

Karen saca del bolsillo algo y se lo entrega a mi padre. Es la pulsera de Cassie con su nombre.

—No se había quitado esta pulsera desde que se la regalé hace ya tres años. —A Karen se le anegan los ojos en lágrimas—. Ni siquiera hablaba en serio cuando la amenacé con esa estúpida escuela. Pero es que estaba muy preocupada. Y enfadada. Esa es la verdad. También estaba enfadada.

Mi padre parece algo confuso al mirar la pulsera que tiene colgando entre los dedos, luego vuelve a mirar a Karen.

—A lo mejor se le ha caído —comenta, y la entonación final de la frase suena a pregunta.

—La he encontrado sobre la almohada de mi cama, Ben —dice Karen—. Y esta mañana no estaba allí. Por eso creo que Cassie debe de haber regresado a casa en algún momento antes de volver a marcharse. Ha sido una señal dejada ahí con intención; algo en plan «jódete, me he largado». Lo sé. —Karen se vuelve hacia mí—. Tú no sabrás nada de ella, ¿verdad, Wylie?

Cuando las cosas todavía estaban bien entre nosotras, Cassie y yo no pasábamos más de una hora sin enviarnos al menos un mensaje. Pero las cosas han cambiado así que niego con la cabeza.

—Llevo un tiempo sin hablar con ella.

Como mínimo ha pasado una semana, quizá más. Al estar en casa es fácil perder la noción del tiempo. Pero ha sido el período más largo que hemos estado sin hablar desde el accidente. Estaba claro que al final pasaría: no podíamos fingir seguir siendo amigas para siempre. Porque eso es lo que estábamos haciendo cuando Cassie regresó tras el accidente: fingir.

El accidente ocurrió en enero, pero Cassie y yo habíamos dejado de hablarnos por primera vez justo después del día de Acción de Gracias. Casi dos meses que, la verdad, es toda una vida cuando tienes dieciséis años. Sin embargo, la mañana siguiente al accidente, Cassie se había presentado en la puerta de mi casa. Me ardían tanto los ojos de haber estado llorando que creí estar viendo visiones. No fue hasta el momento en que Cassie me ayudó a cambiarme la ropa que llevaba puesta hacía dos días cuando empecé a creer que su presencia era real. Y no fue hasta el momento en que ella me deshizo el moño enmarañado, me cepilló el pelo hasta que quedó liso y brillante y me hizo una cola de caballo tirante —como si estuviera preparándome para la batalla—, cuando supe lo mucho que necesitaba que se quedara conmigo.

No sé qué le habrá contado Cassie a Karen sobre el momento en que dejamos de hablarnos y cuando volvimos a ser amigas de forma temporal. De todos modos, eso acabó hace solo un par de semanas. Aunque apuesto a que no le ha contado gran cosa. No es que exista mucha complicidad entre ambas precisamente. Y no es que las razones por las que hemos dejado de hablar tengan mucho que ver con Cassie.

—¿Llevas un tiempo sin hablar con Cassie? —pregunta mi padre, sorprendido.

Mi madre supo que yo había cortado toda relación con Cassie la primera vez que ocurrió. Por lo visto, ella no se lo había contado a mi padre. Es posible que yo se lo pidiera; no lo recuerdo. Pero sí recuerdo lo que me dijo mi madre cuando le conté que Cassie y yo ya no éramos amigas. Estábamos tumbadas una junta a otra sobre su cama, y cuando yo terminé de hablar, ella dijo: «Siempre he querido ser tu amiga».

Me encojo de hombros.

—Creo que el último mensaje de móvil que recibí de Cassie fue la semana pasada. Puede que el martes.

—¿La semana pasada? —pregunta mi padre frunciendo mucho el ceño.

La verdad es que no estoy muy segura. Pero ya estamos a jueves de la semana siguiente. Y lo que sí sé es que la última vez que hablamos fue la semana anterior.

—Oh, ha pasado mucho tiempo. —Karen parece más decepcionada que sorprendida—. Me había dado cuenta de que ya no hablabais tanto, pero no sabía que... —Niega con la cabeza—. He llamado a la policía, pero, claro, como Cassie tiene dieciséis años y hemos estado discutiendo, parece que no tienen mucha prisa por salir a buscarla. Han archivado la denuncia y van a llamar a los hospitales locales, pero no van a empezar a peinar el bosque ni nada por el estilo. Enviarán un coche patrulla a registrar la zona, pero no será hasta mañana por la mañana. —Karen se presiona las sienes con las puntas de los dedos y mueve la cabeza de atrás hacia delante—. Por la mañana. Eso no será hasta dentro de doce horas, ¡Dios mío! ¿Quién sabe con quién estará Cassie o cómo se encontrará entonces? Imagina todas las cosas horribles que pueden... Ben, no puedo esperar hasta que amanezca. No, teniendo en cuenta cómo están las cosas entre nosotras.

Me sorprende que Karen sepa, aunque sea solo en parte, lo descontrolada que está Cassie. Aunque, claro, sin contar con mi ayuda para cubrirle las espaldas, estaba claro que acabarían pillándola. Y esa situación que imagina Karen —que Cassie esté a punto de pasarse mucho de vueltas en algún sitio— no es descabellada. Incluso a estas horas, antes de las siete de la tarde, eso es posible.

«Tempraneros», así los llamaban los chavales del Newton Regional. Al parecer ponerse como una cuba en pleno día era «lo más» entre los chavales. La última vez que salí corriendo para ayudar a Cassie fue en noviembre, y eran solo las cuatro o las cinco de la tarde. Cogí un taxi para ir a buscarla a una fiesta en la casa de Max Russell, porque ella estaba demasiado borracha para volver sola. Por suerte para ella, mi madre estaba de viaje y mi padre, como siempre, estaba trabajando en la universidad, en el despacho de su laboratorio, y Gideon todavía estaba en el colegio, preparando su solicitud para el concurso científico de programadores de Intel. Salí de casa sin que nadie se enterara y volví de igual forma, con Cassie dando tumbos contra las paredes mientras avanzaba tambaleante. Después le sujeté el pelo mientras vomitó en el váter repetidamente. Más tarde llamé por teléfono a Karen para explicarle que su hija tenía migraña y que se quedaría a dormir en mi casa.

A la mañana siguiente le dije a Cassie que tenía que dejar de beber o le ocurriría algo horrible. Pero, por aquel entonces, yo ya no era su única amiga. Solo era la única que le decía las cosas que no quería escuchar.

3

—¿Estás bien, Wylie? —Mi padre está mirándome. Y no sé desde hace cuánto rato. Entonces me doy cuenta del motivo. Estoy apoyada contra la pared del fondo del comedor, como si estuviera intentando huir a través del yeso—. ¿Por qué no te sientas?

—Estoy bien —digo, pero mi voz lo desmiente.

—Vaya, cariño, lo siento. —Karen me mira y me parece que va a romper a llorar—. Lo último que necesitas es mi... Es nuestro... —Esboza una sonrisa forzada y tímida, y da la sensación incluso más intensa de que va a derrumbarse. Miro hacia abajo. Si la veo perder la compostura, yo también me derrumbaré—. Cassie estará bien, Wylie, seguro. Probablemente la policía tiene razón cuando dice que estoy exagerando. Me pongo como una moto con esta clase...

No termina la frase, pero sé que se refiere a Vince, el padre de Cassie. Los padres de Cassie ya estaban divorciados cuando nosotras nos conocimos, pero ella me contó cómo había sido la convivencia con él. Jamás fue un borracho de los tranquilos. Se peleaba con los vecinos durante las barbacoas estivales y llamaban a casa para que fueran a recogerlo al último bar del que lo hubieran echado. Pero la gota que colmó el vaso fue la segunda vez que lo pillaron conduciendo bebido, cuando estampó el coche contra un buzón del centro de la ciudad. Y ahora Karen teme revivir la historia de Vince con Cassie, que es justamente lo que yo también temía. Cuando levanto la vista de la moqueta, veo que mi padre está mirándome.

—Estoy bien —repito, aunque demasiado alto—. Solo quiero ayudar a encontrar a Cassie.

—Wylie, por supuesto que quieres ayudar... —empieza a decir mi padre—... Pero, ahora mismo, no creo que debas...

—Por favor —le pido, deseando que mi tono de voz suene decidido, no desesperado. La desesperación no me ayuda—. Necesito hacer esto. —Y es verdad que lo necesito. No me doy cuenta de lo mucho que lo necesito hasta que pronuncio esas palabras. En parte porque quiero demostrarme que puedo hacerlo. Pero, además, me siento culpable. No aprobaba las cosas que hacía Cassie, me asustaba lo que pudiera ocurrir si no dejaba de hacerlas. Sin embargo, debería haberle hecho saber que siempre la querría sin importar los errores que cometiera.

—Ha sido muy egoísta por mi parte venir aquí. —Karen apoya la frente en una mano—. Después de todo lo que has pasado... No sé en qué estaba pensando.

Mi padre mantiene la vista clavada en mí. Tiene los ojos entornados, como si estuviera calculando una compleja ecuación de segundo grado. Al final inspira con fuerza.

—No, Wylie tiene razón. Queremos ayudar. Necesitamos hacerlo —afirma. Y me da un vuelco el corazón de alegría. A lo mejor sí que me escucha. A lo mejor sí que entiende una parte de todo lo que me pasa. Se vuelve hacia Karen de nuevo—. Veamos. ¿Qué ocurrió exactamente entre Cassie y tú esta mañana?

Karen se cruza de brazos y desvía la mirada.

—Bueno, tenía prisa, estaba preparándome para salir y estábamos peleándonos, como siempre, porque ella no quería levantarse de la cama. Ha perdido el autobús cinco veces en las últimas dos semanas. Y yo tenía que llegar puntual a un sitio esta mañana y no podía...—Se le tensa la voz al tiempo que saca un pañuelo arrugado del bolsillo—. En cualquier caso, he perdido por completo la paciencia. Le he... Le he gritado, Ben. He descargado toda la tensión contra ella y su reacción ha sido insultarme. Una palabra que no pienso repetir y que yo jamás he dicho en voz alta. Pero Cassie se ha atrevido a insultarme. —Vuelve a quebrársele la voz, se mira los dedos y retuerce el pañuelo—. Así que le he dicho que iba a llamar a ese internado para que la metieran en cintura. Para que alguien le metiera el miedo en el cuerpo y entrara en razón de una vez por todas. He usado esas expresiones: «meter en cintura» y «meter miedo».

Mi padre asiente como si supiera exactamente qué quiere decir Karen. Como si me hubiera gritado lo mismo infinidad de veces. Pero, que yo recuerde, el único motivo por el que me ha gritado fue un Cuatro de Julio, en Albemarle Field, cuando yo estaba descalza viendo los fuegos artificiales y estuve a punto de pisar un montón de cristales rotos de una botella.

—Lo peor de todo es que me he puesto hecha una furia porque no quería llegar tarde, pero no se trataba de una reunión de trabajo ni tenía que enseñar una casa o encontrarme con un posible cliente. No era nada realmente necesario. Nada importante de verdad. —Karen levanta la vista hacia el techo. Como si estuviera buscando una respuesta allí arriba—. Ha sido por una clase de yoga. Ese, nada más y nada menos, es el motivo por el que he perdido los nervios. —Se queda mirando a mi padre como si él pudiera explicar lo mal que se siente—. Luché con Vince durante todo el proceso de divorcio para quedarme con la custodia de Cassie y que ella viviera conmigo, para poder estar junto a ella, y ahora... ¡Oh, soy tan egoísta...!

Karen hunde la cara entre las manos y se mece hacia delante y hacia atrás. No sé si está llorando, aunque deseo que no esté haciéndolo. Porque yo también estoy preocupada por Cassie; aunque no tanto. Resulta irónico que yo, de entre todas las personas, sea la que esté menos preocupada. Me da la impresión de que tal vez estoy en una fase de negación. Pero sea cual sea el motivo de su desaparición, estoy segura de que es algo malo. Además, ¿alguna de esas personas con las que sale ahora Cassie acudiría en su ayuda si ella lo necesitara? ¿Se quedarían con ella para evitar que vomite dormida, que alguien se aproveche de ella mientras está inconsciente? No. La respuesta a todo es que no. A esa gente solo le preocupa salvar su propio culo en cualquier situación.

—Karen, no te culpes. Nadie es perfecto. —Mi padre avanza un paso hacia ella y se inclina hacia delante, como si quisiera ponerle una mano en la espalda. Sin embargo, en lugar de hacerlo, se cruza de brazos—. ¿Cassie ha faltado a clase?

—No he recibido ningún mensaje del centro. Pero supongo... —Karen retuerce el pañuelo ...