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FRANCO (EDICIóN ACTUALIZADA)

Paul Preston

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Fragmento

Agradecimientos

He trabajado en este libro durante años. Inevitablemente, en ese tiempo he quedado en deuda con muchas personas, las cuales, de una manera u otra —compartiendo recuerdos e ideas, ayudándome a obtener valioso material, y ya por último, leyendo diferentes borradores— han contribuido a que el producto final sea mejor de lo que, de otra manera, hubiese sido. Deseo aprovechar la oportunidad para agradecérselo aquí.

Agradezco encarecidamente la ayuda del personal de las siguientes bibliotecas y archivos: la biblioteca del Queen Mary y Westfield College, y, en particular, a Susan Richards de la sección de préstamos interbibliotecarios; el Institute of Historical Research y, en concreto, Bridget Taylor; la British Library of Political and Economic Sciences, el Public Record Office, el archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores español, la British Library, sedes de Bloomsbury y Colindale, la biblioteca de la Universidad de Cambridge, la Allison Peers Collection de la biblioteca universitaria de Liverpool. También me gustaría dar las gracias al Controller de la HM Stationery Office, merced a quien he podido introducir en el presente volumen las citas de los documentos del Public Record Office. Asimismo, deseo dar las gracias a Carol Toms, del Queen Mary y Westfield College, y a Pat Christopher de la London School of Economics por su indesmayable apoyo y por la amabilidad con que me ayudaron a cumplir con los deberes administrativos que apartan a los profesores de la investigación y la enseñanza.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Por contarme o escribirme sus experiencias a propósito de Franco y su régimen, estoy enormemente agradecido a las siguientes personas: Ignacio Arenillas de Chaves, Rafael Calvo Serer, Joaquín Calvo Sotelo, Cirilo Cánovas García, Fabián Estapé Rodríguez, Joseba Elósegui, general Hernando Espinosa de los Monteros, Ignacio Espinosa de los Monteros, Manuel Fraga Iribarne, Ramón Garriga Alemany, José María Gil Robles, Ernesto Giménez Caballero, Folke von Knobloch, Juan Cristóbal von Knobloch, Laureano López Rodó, Adolfo Muñoz Alonso, José Joaquín Puig de la Bellacasa, general Ramón Salas Larrazábal, María Salorio, Ramón Serrano Súñer, Fernando Serrano-Súñer Polo y a Eugenio Vegas Latapié.

Por su inestimable ayuda en la localización de importante material documental, estoy en deuda con los siguientes amigos y colegas: Angelines Alonso, John Costello, Lesley Denny, Chris Ealham, Agustín Gervás, Antonio Gómez Mendoza, Ian Gibson, Joe Harrison, Santos Juliá, Qasim bin Ahmed, Francisco Villacorta Baños. Ricardo Figueiras Iglesias me proporcionó una valiosa colaboración respecto del material referido a Galicia. Por su decisiva ayuda en la búsqueda de información relacionada con las diferentes épocas de Franco en Asturias, tengo una gran deuda contraída con Carmen Benito del Pozo y Victoria Hidalgo Nieto. Por sus indicaciones relativas a las pinturas de Carrero y Franco le quedo reconocido a Nigel Glendinning. Por sus datos sobre el trasfondo musical del viaje de Bernhardt a Bayreuth, quiero dar las gracias a Norman Cooper y a Barry Millington. Sobre los aspectos referidos a la aviación durante la Guerra Civil, he aprendido mucho de Gerald Howson y, sobre otros aspectos militares de la intervención alemana, de Williamson Murray. Sobre la psicología de Franco, tuve la suerte de contar con los grandes conocimientos de Nina Farhi. Sobre los diferentes temas médicos tratados en el último capítulo, he contado con el valioso asesoramiento del doctor Roy MacGregor y Anthony Ashford-Hodges, miembro del Real Colegio de Cirujanos. Igualmente, estoy agradecido a Michael Alpert, Brian Bond, George Hills y David Wingeate Pike por sus indicaciones relativas a detalles referidos al papel de Franco en la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial. Obtuve gran estímulo y ánimos de las conversaciones sobre Franco durante muchos años y alrededor de muchas mesas con Alicia Alted Vigil, Joan Ashford-Hodges, José María Coll Comín, Elías Díaz, Musa Farhi, Jerónimo Gonzalo, Juan Antonio Masoliver, Florentino Portero, Denis Smyth, Javier Tusell y Manuel Vázquez Montalbán. Una serie de amigos han participado en gran medida en la gestación de este volumen, discutiendo conmigo sobre Franco, proporcionándome material prácticamente inaccesible, así como leyendo y comentando los primeros borradores del texto: Nicolás Belmonte, Sheelagh Ellwood, Enrique Moradiellos, Ismael Saz, Herbert R. Southworth y Ángel Viñas.

Los defectos de este libro sólo son atribuibles a mi persona. Si no son mayores, se debe a la ayuda que he recibido de los amigos antes mencionados, así como de otros dos: Mía Rodríguez Salgado prestó generosamente su tiempo para atentas e inteligentes lecturas de los sucesivos borradores del manuscrito, las cuales, junto con la implacable pero siempre provechosa crítica a la que el texto fue sometido por Jonathan Gathorne-Hardy, lo mejoraron enormemente. En verdad, uno de los mayores placeres surgidos al hilo de la elaboración del libro provino de las conversaciones con ambos sobre las relaciones entre biografía y narrativa. Philip Gwyn Jones, de Harper-Collins, condujo el libro a través de las diferentes etapas de elaboración y confección con mano segura y sensible.

Durante muchos años, mi esposa, Gabrielle, soportó la presencia en nuestro hogar de un desagradable huésped, que no había invitado, en la persona de Francisco Franco. Sin su tolerancia y apoyo, la vida con el Caudillo hubiera provocado una ruptura mucho antes de que el libro hubiese sido concluido. Por otra parte, muchos de los juicios que han mejorado el libro en gran medida provienen de su agudo sentido crítico. Por último, quisiera dar las gracias a mis hijos, James y Christopher, a quienes este libro está dedicado. Sin ellos, el libro habría sido acabado mucho antes, y tanto él como yo habríamos salido perdiendo.

Prólogo a la edición de 2015

En el prólogo a la edición de 2002 de este libro pude reflexionar sobre la relativa pobreza de las biografías de Franco anteriores a la primera edición y sobre las importantes aportaciones posteriores. Los trece años que han transcurrido desde la aparición de aquella segunda edición han proporcionado una visión aún más rica de la complejidad que plantea biografiar una figura tan enigmática y sobre la cual se han fabricado tantos mitos.

Por lo tanto, a lo largo del texto de esta edición he hecho muchos cambios y adiciones puntuales que responden a mis últimas investigaciones y a las de otros historiadores. De este modo, he podido matizar y enriquecer algunas apreciaciones de los inicios de la carrera militar de Franco, de su papel en la Guerra Civil española, sobre todo con respecto a su ascenso, a los bombardeos del País Vasco y a la represión, de su papel en la Segunda Guerra Mundial y sus relaciones con Hitler, Mussolini y los británicos, de sus relaciones con sus colaboradores militares como el almirante Luis Carrero Blanco, el coronel Juan Beigbeder y el general Gonzalo Queipo de Llano entre otros, de su relación con los Estados Unidos en la posguerra y de sus últimas enfermedades y su muerte. La bibliografía ha sido puesta al día para reflejar la avalancha de nuevos estudios aparecidos en los últimos años.

Al final del libro he añadido dos apéndices. El primero, «Una reflexión posterior: Biografiar a Franco», tiene dos finalidades. En primer lugar, abunda con mucho más detalle en algo tocado en el prólogo de la edición de 2002, es decir, el análisis de cómo ha evolucionado la manera de biografiar al Caudillo, desde los hagiografías anteriores a su muerte, pasando por una fase infinitamente más crítica, por no decir demoledora a juzgar por las histéricas reacciones franquistas que este libro suscitó, para volver más recientemente a los intentos infructuosos de reivindicar su figura. En segundo lugar, reconoce que en las ediciones anteriores de este libro apenas se trataba la represión y la corrupción. En cuanto a la represión, estudiarla a fondo habría resultado difícil antes de finales de los años noventa y, aun de haber sido posible, habría aumentado de forma inmanejable un libro ya voluminoso. Sin embargo, esa laguna ha sido subsanada gracias a las investigaciones de muchos historiadores que han trabajado en la recuperación de la memoria histórica, y que traté no en este libro sino en mi obra El holocausto español. En lo que respecta a la corrupción, en las ediciones de 1993 y 2002 me había basado en el trabajo pionero de Mariano Sánchez Soler. Ahora, intento demostrar brevemente cómo, desde la segunda edición, el tema ha avanzado considerablemente con tres obras posteriores de Sánchez Soler, unos artículos importantes del periodista Javier Otero y un libro exhaustivo de Ángel Viñas.

El segundo apéndice trata de otra laguna de las anteriores ediciones de este libro. Me refiero al antisemitismo de Franco. Ya había hecho referencia a sus declaraciones retóricas sobre el tema que dejaban poco margen de duda acerca de sus sentimientos o, como mínimo, de su disposición a hacer todo lo posible para congraciarse con Hitler. Sin embargo, sobre las relaciones entre los gobiernos de Franco y los judíos durante la Segunda Guerra Mundial había relativamente poca información. Ahora el apéndice «Franco y los judíos» aprovecha una serie de investigaciones muy relevantes realizadas en los últimos veinte años en Israel, España, Gran Bretaña y Alemania que han enriquecido nuestro conocimiento de esta faceta tan esclarecedora de la personalidad y la actuación política de Franco.

Prólogo a la edición de 2002

El rostro cambiante del Caudillo

Cuando Random House Mondadori me ofreció generosamente la oportunidad de revisar este libro, el hecho suscitó en mí una reflexión sobre lo que había ocurrido antes y lo ocurrido desde entonces. A la luz de lo que se ha publicado sobre Franco y su régimen en el último decenio, es asombroso recordar la parquedad de lo que era accesible cuando, a fines de los años setenta, empecé a considerar la posibilidad de escribir una biografía del dictador. Había una plétora de hagiografías, pero muy pocos trabajos críticos. No sólo había pasado Franco en persona gran parte de su vida falsificando y adornando los pormenores de su vida anterior a 1936, sino que, desde los primeros momentos de la conspiración que dio origen al golpe militar del 18 de julio de 1936, sus partidarios falsificaron también su propia historia y la de sus enemigos. Uno de los contados esfuerzos para combatir los efectos de la inmensa máquina de propaganda de la dictadura fue la gran editorial del exilio español antifranquista, Ediciones Ruedo Ibérico, dirigida en París por un anarquista excéntrico y enormemente culto, José Martínez Guerricabeitia. Ruedo Ibérico asestó varios golpes contra dichas falsificaciones del régimen, comenzando con la publicación de una traducción al español del clásico de Hugh Thomas sobre la Guerra Civil española. Introducidos ilegalmente en España y vendidos clandestinamente, los libros de Ruedo Ibérico tuvieron un impacto enorme. El libro de Hugh Thomas relataba la historia de la guerra de forma amena y objetiva —algo que era en sí mismo un golpe devastador contra los defensores de lo que llamaban la cruzada de Franco—, y fue, por consiguiente, ansiosamente devorado por todo el que consiguió hacerse con un ejemplar. Tan importante o más fue el esfuerzo de Herbert Southworth, que llegó a ser una figura señera en la historiografía de la Guerra Civil española debido a la publicación en París de su libro El mito de la cruzada de Franco, en 1963. Southworth no narraba la guerra sino que más bien desmantelaba, línea a línea, la estructura de falsedades erigida por el régimen franquista para justificar su existencia.

Poco después de la aparición de Ruedo Ibérico, España se dedicó a la ruidosa celebración nacional de los «Veinticinco Años de Paz» desde el fin de la Guerra Civil. Para contrarrestar la masa de alabanzas indiscriminadas, Ruedo Ibérico publicó una biografía del Caudillo escrita por un vasco, Luciano Rincón. Bajo el seudónimo de Luis Ramírez, éste contaba una historia muy diferente a la que se deducía del autobombo al que se entregaron el general Franco y sus partidarios a todo lo largo de 1964. Los actos multitudinarios, los desfiles, los homenajes en la prensa, los documentales televisivos, no celebraron la paz sino la victoria. Todas las ciudades y pueblos españoles se engalanaron con carteles donde se afirmaba que la lucha nacional había sido una cruzada religiosa para purgar a España de las hordas ateas de la izquierda. Lo que se celebraba era el hecho de que el Caudillo hubiera triunfado en mantener una división enconada entre vencedores y vencidos, entre la privilegiada «España auténtica» y la castigada «anti-España». Por esta razón, el estudio de Luciano Rincón, profundamente lúcido y fuertemente hostil, publicado con el título de Franco. Historia de un mesianismo (Ruedo Ibérico, París, 1964), fue de importancia considerable.

Es indicio de hasta qué punto afectaron al régimen los esfuerzos de Ruedo Ibérico que el ministro de Información, Manuel Fraga Iribarne, se sintiera obligado a actuar para contrarrestar el impacto intelectual y moral de los libros que estaban entrando en España clandestinamente desde París. Así, se creó en el Ministerio de Información un departamento especial con el nombre de Sección de Estudios sobre la Guerra de España. Para dirigirlo se nombró a un joven funcionario de dicho ministerio, Ricardo de la Cierva y de Hoces. Su trabajo consistía, en líneas generales, en actualizar la historiografía oficial del régimen con objeto de repeler los ataques que provenían de París y, para ello, quedó a su disposición un volumen considerable de recursos. Entre los muchos trabajos elaborados por el equipo dirigido por Ricardo de la Cierva se encontraba una enorme biografía actualizada del Caudillo. Publicada en fascículos semanales a comienzos de la década de 1970, se conoció popularmente con el nombre de Simplemente Paco por haber coincidido su aparición con la de la popular radionovela Simplemente María. Pese a contener una enorme cantidad de información nueva, la biografía mantenía los mitos esenciales de la historiografía franquista. La tesis anti-Franco fue reiterada por Luciano Rincón, tras la muerte del Caudillo, cuando actualizó su libro con el título de Francisco Franco. La obsesión de ser, la obsesión de poder. Hasta mediados de los años ochenta no aparecieron dos breves biografías críticas: El general Franco (Argos Vergara, Barcelona, 1983) de Carlos Fernández Santander, y Franco: autoritarismo y poder personal (El País, Madrid, 1985) de Juan Pablo Fusi.

Había, por tanto, escasez de estudios críticos disponibles. Más aún, como observaba en el prólogo de la primera edición, Franco estaba envuelto en las brumas de una oscuridad cuidadosamente generada. Se imponía, por todo ello, una criba del cúmulo de falsedades en busca de las claves de Franco. La primera biografía significativa del Caudillo fue la de Joaquín Arrarás, Franco (Librería Santarén, Valladolid, 1939). Arrarás había sido amigo de Franco desde 1917 cuando ambos se alojaban en el mismo hotel de Oviedo. Su biografía era importante porque estaba claramente basada en entrevistas y conversaciones con Franco, lo cual significaba que lo que Arrarás contaba sobre la infancia de Franco, la perfección y religiosidad de su madre, o su ascenso en el Ejército de soldado raso a general, era, en efecto, la versión del propio Caudillo. En la década de 1940 se publicaron otras muchas hagiografías, pero el siguiente hito biográfico lo puso el libro de Luis de Galinsoga y Francisco Franco Salgado, Centinela de Occidente (Semblanza biográfica de Francisco Franco) (AHR, Barcelona, 1956). Luis Martínez de Galinsoga era un conocido panegirista, lo cual le valió ser nombrado director de La Vanguardia, a la que dio un sesgo ferozmente anticatalanista. En su libro se sirvió esencialmente de las memorias del leal primo de Franco, «Pacón» (Francisco Franco Salgado-Araujo) (que serían posteriormente publicadas con el título de Mi vida con Franco), para adornar con detalles oportunos lo que era esencialmente una hagiografía. La importancia de este libro radica también en la medida en que revela la autopercepción del propio Franco. El libro de Galinsoga resume la situación tras el pacto de 1953 con Estados Unidos y —con el visto bueno de Franco— presenta al Caudillo como clave de la defensa de Occidente —ese «centinela de Occidente»— y se refiere al Pardo como «eje de Occidente y mediador con el Este».

También significativas, aunque no por las razones obvias, fueron la serie de biografías basadas en entrevistas concedidas por Franco a periodistas británicos. Los libros de S. F. A. Coles, Franco of Spain (Neville Spearman, Londres, 1955); de Brian Crozier, Franco: A Biographical History (Eyre & Spottiswoode, Londres, 1967) y de George Hills, Franco: The Man and His Nation (Nueva York, 1967), tenían en común el hecho de que los tres autores habían entrevistado al Caudillo, suministrando, por ello, nuevos peldaños a la escala de autoglorificación y mitificación de Franco. Todos ellos reprodujeron de labios del propio Franco el mito del soldado del Rif que era además lector ávido. Huelga decir que también concurrieron con Galinsoga en ratificar la imagen del héroe anticomunista.

Pese a los méritos del trabajo de Luciano Rincón, cuando yo comencé a trabajar a fondo en la biografía de Franco la balanza de los estudios se inclinaba fuertemente a favor del dictador, lo cual no era en modo alguno extraño dado que los propagandistas del régimen habían dispuesto de más de tres decenios y medio para manipular los hechos históricos. Con todo, había una enorme cantidad de material disponible en los archivos extranjeros y éstos serían una de mis principales canteras. Además, en gran medida gracias a la serie de memorias que el gran editor Rafael Borràs Betriu convenció a muchos franquistas para que publicaran, empezaba a surgir un auténtico caudal de anécdotas reveladoras sobre el Caudillo. La imagen de Franco quedó después seriamente deteriorada con la publicación de las memorias de Pacón Salgado-Araujo y de su diario de conversaciones con Franco —una especie de equivalente del Table Talk de Hitler—: Mi vida junto a Franco (Planeta, Barcelona, 1977) y Mis conversaciones privadas con Franco (Planeta, Barcelona, 1976). Ambos bienintencionados, estos libros revelan sin quererlo la pasmosa mediocridad y estrechez de miras de Franco. Un efecto similar creó la publicación de las memorias del general Kindelán, de Ramón Serrano Súñer, de Pedro Sainz Rodríguez, de la hermana de Franco, Pilar Franco, y de su hija, Pilar Jaraiz Franco.

La familia de Franco y la Fundación Nacional Francisco Franco han hecho un gran esfuerzo para publicar una biografía aceptable, la cual apareció en forma del libro de Luis Suárez Fernández, Francisco Franco y su tiempo (8 volúmenes, Fundación Nacional Francisco Franco, Madrid, 1985), y posteriormente, del mismo autor y con ilustraciones añadidas, Franco: la historia y sus documentos, 20 volúmenes (Urbión, Madrid, 1986). Luis Suárez Fernández, historiador medievalista, elaboró una crónica árida y detallada escrita desde el punto de vista de una profunda admiración hacia Franco. En ella se repiten todos los mitos consabidos sobre el Caudillo: que él por sí solo consiguió mantener a España fuera de la Segunda Guerra Mundial, que era el cerebro que engendró el milagro económico. Su tono indulgente, por no decir laudatorio, puede deducirse de su versión de la reacción de Franco a la creación de una academia militar carlista el 8 de diciembre de 1936. Franco consideró este acto como el equivalente de un golpe de Estado y estudió seriamente la posibilidad de ejecutar al líder carlista Manuel Fal Conde. Por último, le dio cuarenta y ocho horas para salir de España o enfrentarse, en caso contrario, a un consejo de guerra. En abril de 1937, Franco le dijo al embajador de Hitler, general Wilhelm Faupel, que había estado «a punto de decidir la inmediata ejecución de Fal Conde acusado de alta traición pero que se había abstenido de hacerlo porque ello habría producido mala impresión entre los requetés del frente, que luchaban con arrojo». El comentario de Franco a Faupel es enteramente acorde con su actitud hacia lo que él consideraba traición. La benévola glosa de Suárez Fernández sobre este incidente es reveladora: «Éste es un modo tópico de conversación española que no tiene sentido literal; como cuando una madre le dice a un hijo, “te voy a matar”». El mayor valor de la obra de Suárez Fernández es su abundante uso de lo que se han llamado «los papeles de Franco», lo cual significa los documentos conservados en la Fundación Nacional Francisco Franco. Es altamente objetable que lo que son en esencia documentos de Estado no sean accesibles al público en general. Ahora bien, por los que utilizó Suárez Fernández y por los volúmenes ya publicados de dichos papeles, se advierte que son documentos que Franco recibió más que escritos personalmente por él. Con todo, no carece de importancia saber lo que pasaba por el escritorio de Franco.

Aproximadamente cuando yo había terminado mi manuscrito empezó a aparecer una gran oleada de materiales sobre Franco. Se publicó la interesante biografía de Enrique González Duro, Franco: una biografía psicológica (Temas de Hoy, Madrid, 1992), que presentaba la obsesión de Franco por matar tanto en el campo de batalla como en la caza como síntomas de frustración sexual, un desplazamiento de la actividad sexual y la realización de una fantasía de dominio y odio sádico hacia las mujeres. El estudio psicológico de González Duro sería el único de su clase hasta la publicación de otro, algo más sutil: el de Gabrielle Ashford Hodges, Franco. Retrato psicológico de un dictador (Taurus, Madrid, 2000). También a comienzos de los años noventa, Javier Tusell, que había escrito ya una serie de importantes libros sobre Franco y su régimen —destacando entre ellos Franco y los católicos: la política interior española entre 1945 y 1957 (Alianza Editorial, Madrid, 1984)—, publicó su notable trabajo sobre las relaciones entre Franco y la derecha, Franco en la guerra civil. Una biografía política (Tusquets, Barcelona, 1992). Junto a las memorias anteriormente mencionadas, y las de Eugenio Vegas Latapié, Tusell proporcionó un conocimiento decisivo sobre el proceso mediante el cual Franco devino en depositario de la confianza y el poder de la derecha.

Después de mediados de los años noventa, las grandes revelaciones no han estado directamente relacionadas con Franco sino con aspectos diversos de su régimen. En la medida en que las más importantes guardan relación con la represión en que se fundamentaba el régimen, necesariamente suministran nuevos matices sobre el dictador. Era ya conocida desde hacía tiempo la indiferencia de Franco a la pérdida de vidas humanas. Ésta había sido una característica constante de su vida cuando era joven soldado de África. En las primeras etapas de la Guerra Civil concedió una entrevista a la periodista americana Jay Allen en Tetuán el 27 de julio de 1936. Cuando Allen le preguntó: «Ya que el golpe de Estado ha fracasado, ¿cuánto tiempo va a continuar la masacre?», Franco contestó tranquilamente: «No puede haber concesiones ni tregua. Yo continuaré preparando el avance sobre Madrid, avanzaré y tomaré la capital». Y gritó: «Salvaré España del marxismo al precio que sea». Allen preguntó si no se había llegado a un punto muerto. Franco le miró francamente sorprendido y dijo: «No, ha habido obstáculos. La deserción de la flota fue un golpe, pero continuaré el avance. Pronto, muy pronto, mis tropas habrán pacificado al país, y todo esto (el general movió la mano señalando hacia España) pronto parecerá una pesadilla». Allen le preguntó: «¿Eso significa que tendrá usted que fusilar a media España?». El general Franco sacudió la cabeza y sonriendo dijo: «Repito, cueste lo que cueste».

Las investigaciones recientes sobre las víctimas de la guerra y la represión de la posguerra —las más conocidas son la colección que dirige Santos Juliá, Víctimas de la guerra civil (Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 1999), y hay otras más detalladas como el trabajo de Julián Casanova, Ángela Cenarro, Julita Cifuentes, María Pilar Maluenda y María Pilar Salomón, El pasado oculto: fascismo y violencia en Aragón (1936-1939) (2.ª edición, Mira Editores, Zaragoza, 1999)— no han hecho más que confirmar lo que Franco había revelado ya sobre sí mismo en la entrevista con Jay Allen.

Los admiradores del general Franco, españoles y extranjeros, se centraron en una serie de «triunfos» que, como es lógico, también fueron proclamados a bombo y platillo por el aparato propagandístico de su régimen. Los logros más frecuentemente citados son la victoria en la Guerra Civil española, supuestamente ganada gracias a su superior técnica militar, la implantación de la disciplina y el orden público en un país anárquico, el mantenimiento de la neutralidad española durante la Segunda Guerra Mundial y la gestación del milagro económico español de los años sesenta. Para sus panegiristas británicos conservadores, el Caudillo era «un aguerrido caballero cristiano» y sus realizaciones suponían «la salvación del alma de una nación». Desde lejos, era fácil pasar por alto el hecho de que, hasta el final de sus días, Franco mantuvo rencorosamente dividida a España entre los vencedores y los vencidos de 1939. Este benévolo padre de su nación consideraba la Guerra Civil como «la lucha de la Patria contra la Anti-Patria» y a los vencidos como la «canalla de la conspiración judeo-masónica-comunista». Como ha demostrado el estudioso inglés Michael Richards en su extraordinario libro Un tiempo de silencio: la guerra civil y la cultura de la represión en la España de Franco, 1936-1945 (Crítica, Barcelona, 1999), la imagen de Franco como patriota magnánimo es difícilmente conciliable con el lenguaje psicopatológico utilizado por los franquistas para calificar a sus compatriotas de izquierdas de seres infrahumanos: canalla sucia, repugnante degenerada y pestilente, escoria, rameras y criminales. Este lenguaje justificaba a su vez la necesidad de «depuración», un eufemismo para referirse a una enorme represión de carácter físico, económico y psicológico. El coste en sangre de salvar el alma de la nación poco importaba a los vencedores.

Pero, si el franquismo tenía tanto de lo que enorgullecerse, habría que preguntar por qué fueron tan implacablemente purgados los archivos policiales, judiciales y militares en los años cuarenta. También de modo significativo, el archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores español carece casi por completo de documentos sobre el período de idilio de Franco con Hitler. La redención significó cruentas purgas políticas que continuarían mucho después de haberse ganado la guerra. Esta represión, si bien no negada, fue siempre calificada por Franco y sus acólitos de operaciones policiales legítimas. Incluso las más conservadoras investigaciones posteriores de la represión de posguerra han producido cifras de decenas de miles de víctimas. A la tortura hay que achacar el gran número de suicidios en las cárceles; las autoridades, que se consideraban estafadas por estos «evadidos» de su justicia, reaccionaron a menudo ejecutando a un pariente del preso. La pormenorizada reconstrucción de la represión ha sido uno de los aspectos más notables de la reciente explosión historiográfica española.

Esta tarea esencial se ha visto dificultada por la destrucción unilateral de material archivístico. Como ocurre con la muy proclamada neutralidad de Franco durante la Segunda Guerra Mundial, ello sugiere una cierta conciencia de culpa. Si los franquistas no se sentían incómodos con sus acciones en el exterior y el interior, ¿por qué eliminaban las pruebas? Después de todo, los archivos que documentaban los crímenes, reales o imaginados, de la República fueron cuidadosamente reunidos y perviven al día de hoy. Uno de los mejores trabajos sobre el franquismo aparecidos en años recientes es el de Francisco Espinosa Maestre, La justicia de Queipo. (Violencia selectiva y terror fascista en la II División en 1936). Sevilla, Huelva, Cádiz, Córdoba, Málaga y Badajoz (Centro Andaluz del Libro, Sevilla, 2000). No es mérito menor del libro de Francisco Espinosa su crónica sobre la destrucción a manos de «los secuestradores del pasado, los amos de la memoria histórica» de millones de documentos entre 1965 y 1985. En el año 1965 los franquistas empezaron a pensar lo impensable: que el Caudillo no era inmortal y que había que hacer preparativos para el futuro. En el año 1985 el gobierno español empezó a tomar algunas medidas, con retraso y vacilaciones, para proteger los recursos archivísticos de la nación. Entre las pérdidas de aquellos decisivos veinte años figuran los archivos de la Falange, con los expedientes personales de cientos de miles de sus afiliados. Los archivos de las jefaturas de policía provinciales, de las cárceles y de la principal autoridad local del franquismo, los gobernadores civiles, también desaparecieron. Convoyes enteros de camiones se llevaron los documentos «judiciales» de la represión. Además de la deliberada destrucción de archivos, se produjeron también pérdidas «involuntarias» cuando algunos ayuntamientos vendieron al peso sus archivos como papel para su reciclado.

La consecuencia es que resulta imposible la reconstrucción completa a escala nacional del coste humano del golpe militar de 1936. Pese a ello, se realizó un enorme esfuerzo por parte de historiadores locales para recuperar documentación, más minuciosamente en unas regiones que en otras. Hay importantes trabajos sobre Andalucía, Aragón, Cataluña y Galicia que reflejan un éxito notable de esta empresa, de los cuales son ejemplos meritorios las obras de Espinosa Maestre, la del equipo dirigido por Julián Casanova y un libro reciente de Conxita Mir, Vivir es sobrevivir. Justicia, orden y marginación en la Cataluña rural de posguerra (Editorial Milenio, Lleida, 2000). Los horrores de la represión militar en Sevilla y el resto de Andalucía occidental en 1936 no fueron padecidos por Cataluña hasta la caída de esta región en enero de 1939. Conxita Mir utiliza las actas de juicios militares para reconstruir la atmósfera de terror en un período en que simplemente sobrevivir suponía ya para muchos un enorme logro. Aunque algo menos sobrecogedora que la de Espinosa, la rigurosa investigación que ha hecho la profesora Mir en la vida cotidiana de los vencidos en la Lérida rural de los años cuarenta no es menos inquietante. Conxita Mir ha reunido un espantoso catálogo de hambre y enfermedades, represión arbitraria y miedo; miedo a ser detenido, miedo a la denuncia de un vecino o un sacerdote. Huelga decir que semejante represión no era obra de Franco exclusivamente, sino que exigía miles de colaboradores entusiastas. El exhaustivo examen que hace la profesora Mir de 4.000 actas procesales revela el activo papel que tuvieron los párrocos rurales en las denuncias de sus feligreses. Como ella demuestra, el modo en que contribuyeron a exacerbar las divisiones sociales parecía indicar más un afán de venganza que un compromiso cristiano con el perdón y la reconciliación. Y para todo ello, el permiso tenía que venir de Franco.

Uno de los avances más notables en nuestro conocimiento de la España de Franco es un cúmulo de importantes estudios locales sobre la represión. Como demuestran el trabajo de Conxita Mir, de Michael Richards y de otros, la violencia contra los vencidos no se limitaba al encarcelamiento, la tortura y la ejecución sino que adoptaba también la forma de humillación psicológica y explotación económica de los supervivientes. Hubo una clara relación entre la represión y la acumulación de capital que hizo posible el boom económico de la década de 1960. La destrucción de los sindicatos y la represión de los obreros garantizaron los salarios de hambre que permitieron que los bancos, la industria y las clases terratenientes experimentaran espectaculares incrementos de beneficios. Antonio Cazorla Sánchez, en un interesante trabajo magníficamente investigado y extremadamente perceptivo, Las políticas de la victoria. La consolidación del Nuevo Estado franquista (1938-1953) (Marcial Pons, Madrid, 2000), trata algunos de estos mismos temas en su síntesis sobre la violencia y la intolerancia que apuntalaron el gobierno de Franco.

La política económica autárquica que impuso Franco contribuyó sin duda a la represión y humillación de los derrotados, así como a la acumulación de capital, pero su rigidez retrasó también el potencial crecimiento. Franco, que se consideraba un economista genial, defendió la autarquía olvidando al parecer que España carecía de base tecnológica e industrial, y también de esa capacidad para despojar a los países satélite conquistados que habían sostenido dicha política en el Tercer Reich. La autarquía produjo en España un desastre económico y social; las consecuentes carencias provocaron la aparición del estraperlo, con el que se lucraron los afectos al régimen y padecieron los vencidos. La hinchada visión que tenía Franco de su propia misión divina le permitió creer, con toda naturalidad y sinceridad, que todo lo que hiciera para mantenerse en el poder operaba en beneficio de España. Inevitablemente, el paso del tiempo, la evolución de la economía y el contexto internacional impusieron cambios tanto en España como en el régimen. Las catastróficas derrotas de la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini hacen imposible saber cómo habrían evolucionado el nazismo y el fascismo con el tiempo. Por el contrario, la longevidad de Franco permitió una evolución de su régimen que ha complicado mucho la definición del franquismo. Sin embargo, la clave que explica y enlaza las distintas etapas del franquismo es la obsesiva ambición personal de un Franco que siempre puso sus propios intereses personales por encima de los de España. En este sentido, una de las aportaciones más importantes para el conocimiento de Franco es el estudio extraordinariamente agudo de Franco el militar que debemos a Carlos Blanco Escolá, La incompetencia militar de Franco (Alianza Editorial, Madrid, 2000).

Creo que sigue siendo de importancia crucial tener una idea clara del hombre, de la persona tras el personaje político. La abundancia de materiales aparecidos en el decenio posterior a que yo terminara el manuscrito de mi libro ha suministrado un panorama general mucho más rico. Franco siempre proyectaba una imagen de sí mismo en la que nunca sintió ni culpabilidad, ni remordimiento ni siquiera dudas respecto a sus propias acciones. Sin embargo, el retrato del hombre mismo suministrado por las investigaciones mías y las de otros historiadores, sobre todo visto en el contexto de las falsificaciones y la fabricación de su propia biografía, nos indica una realidad muy lejana de la imagen que mantenía el Caudillo de sí mismo.

Introducción

El enigma del general Franco

A pesar de cincuenta años de preeminencia pública y de vivir en la época de la televisión, Francisco Franco es el menos conocido de los grandes dictadores del siglo XX. Esto se debe en parte a la cortina de humo creada por sus hagiógrafos y propagandistas. En vida se le comparó con el arcángel Gabriel, Alejandro Magno, Julio César, Carlomagno, el Cid, Carlos V, Felipe II, Napoleón y una hueste de héroes reales e imaginarios.1 Después de almorzar con Franco, Salvador Dalí declaró: «He llegado a la conclusión de que es un santo».2 Para otros fue mucho más. Un libro de texto infantil explicaba que «un Caudillo es un don que Dios hace a las naciones que lo merecen y la nación lo acepta como un enviado que lleva a cabo el plan divino de asegurar la salvación de la patria»; en otras palabras, es el mesías del pueblo elegido.3 En 1957, su más estrecho colaborador y éminence grise, Luis Carrero Blanco, declaró en las Cortes franquistas: «Dios nos ha concedido la inmensa gracia de un Caudillo excepcional a quien sólo podemos juzgar como uno de esos dones que, para un propósito realmente grande, la Providencia concede a las naciones cada tres o cuatro siglos».4

Se podría desdeñar esta adulación como típica del aparato de propaganda de un régimen despótico. No obstante, fueron muchos los que aceptaron espontáneamente tales comparaciones y, a fuerza de su insistente repetición, muchos otros los que no las cuestionaron. Esto no es óbice para conocer al personaje. Lo que le hace más enigmático es el hecho de que Franco se viera a sí mismo a través del prisma exagerado de su propia propaganda. Su inclinación a compararse con los grandes héroes guerreros y constructores de imperios del pasado de España, en particular con el Cid, Carlos V y Felipe II, llegó a arraigar en su personalidad, y sólo parcialmente como consecuencia de leer su propia prensa o escuchar los discursos de sus partidarios. El que Franco se recreara en las disparatadas exageraciones de su propia propaganda parece reñido con los muchos testimonios presenciales sobre un hombre que era tímido en privado y se mostraba cohibido e incómodo en las ocasiones públicas. Asimismo, su cruel política represiva parece estar en contradicción con la timidez personal que indujo en muchos de quienes lo conocieron el comentario de su escasa coincidencia con su imagen de un dictador. De hecho, las ansias de adulación, la fría crueldad y esa timidez que trababa su lengua eran manifestaciones de un agudo sentimiento de inadaptación.5

Los ampulosos juicios del Caudillo y sus propagandistas se encuentran en el otro extremo de la visión que la izquierda tiene de Franco como tirano cruel y poco inteligente, que se hizo con el poder únicamente gracias a la ayuda de Hitler y Mussolini, y que sobrevivió cuarenta años gracias a una mezcla de feroz represión, necesidades estratégicas de las grandes potencias y suerte. Este punto de vista se acerca más a la verdad que los exaltados panegíricos de la prensa falangista, pero tampoco explica demasiado. Quizá Franco no fuera el Cid, pero tampoco fue tan incapaz ni tan afortunado como sugieren sus enemigos.

¿Cómo llegó Franco a ser uno de los generales más jóvenes de Europa desde Napoleón?* ¿Cómo ganó la Guerra Civil? ¿Cómo sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial? ¿No merece reconocimiento por el crecimiento económico español de los años sesenta? Estos importantes interrogantes, de relevancia crucial en la historia española y europea del siglo XX, sólo pueden responderse mediante una minuciosa observación del hombre. Entre 1912 y 1926, Franco fue un soldado valiente y de capacidad extraordinaria; de 1927 a 1936 fue un militar profesional calculador y ambicioso; entre 1936 y 1939 fue un competente jefe en la guerra, y con posterioridad fue un dictador brutal y eficaz que resistió otros treinta y seis años en el poder. Pero incluso la observación minuciosa tiene que lidiar con misterios como el contraste entre las facultades y cualidades requeridas para alcanzar tales éxitos y una sorprendente mediocridad intelectual que le indujo a creer en las ideas más banales.

Las dificultades de explicación se agravan debido a los esfuerzos obstruccionistas del propio Franco. En la madurez cultivó una impenetrabilidad destinada a asegurar que sus intenciones fueran indescifrables. El padre José María Bulart, que fuera su capellán durante cuarenta años, hizo el siguiente comentario ingenuamente contradictorio: «quizá era frío como han dicho algunos, pero nunca lo aparentó. En realidad, nunca aparentó nada».6 La clave del arte de Franco era su habilidad para evitar toda definición concreta. Uno de sus modos de lograrlo fue mantener constantemente las distancias, política y físicamente. Siempre reservado, en innumerables momentos de crisis a lo largo de sus años en el poder Franco estuvo simplemente ausente, en general ilocalizable durante alguna cacería en cualquier remota sierra.

El mayor obstáculo para conocer a Franco reside en que reescribió su propia biografía constantemente a lo largo de toda su vida. A finales de 1940, cuando sus propagandistas nos hacían creer que velaba solitario y alerta para evitar que Hitler empujara a España a la guerra mundial, Franco halló tiempo y la energía emocional suficientes para escribir una novela y guión cinematográfico. Raza era transparentemente autobiográfica. En ella, y a través de su heroico personaje principal, revelaba claramente las frustraciones de su propia vida.7 El argumento narra las experiencias de una familia gallega, perfectamente identificable con la de Franco, desde el desastre imperial español de 1898 hasta la Guerra Civil. El personaje en torno al que gira el libro es la figura de la madre, doña Isabel de Andrade. Sola, con tres hijos y una hija que criar —como la madre de Franco, Pilar Bahamonde—, la piadosa doña Isabel es un personaje bondadoso pero fuerte. El padre de Francisco, disoluto, jugador y donjuanesco, abandonó a Pilar. Por el contrario, en la novela, el padre del protagonista es un héroe de la Armada y doña Isabel enviuda cuando lo matan en la guerra de Cuba.

Raza fue simplemente la manifestación más radical y autocomplaciente de los incansables esfuerzos de Franco por crear un pasado perfecto. Como su diario de guerra de 1922, la novela es muy valiosa para penetrar en su psicología. En sus escritos dispersos y en miles de páginas de discursos, en los fragmentos de sus memorias inacabadas y en innumerables entrevistas, pulía incesantemente su actuación y sus comentarios sobre ciertos incidentes, poniéndose sin cesar bajo la mejor luz y aportando el material necesario para que cualquier biografía se transformase en hagiografía. La persistencia de muchos mitos favorables da testimonio de su éxito.

La necesidad de amañar la realidad, que revelan las reflexiones de Franco sobre su propio pasado, es síntoma de una considerable inseguridad y que no sólo combatió en sus escritos, sino también en la vida real, creándose una serie de personajes públicos. La seguridad que le brindaban estos escudos permitió a Franco, casi siempre, mostrar una imagen comedida e imperturbable. Todo aquel que entraba en contacto con él comentaba sus modales afables, corteses, aunque distantes. Más allá de sus manifestaciones públicas, Franco fue muy reservado. Estaba muy imbuido del pragmatismo insondable, la «retranca», del campesino gallego. Es imposible decir si ello se explica por su origen gallego o si fue fruto de sus experiencias en Marruecos. Cualquiera que fueran sus raíces, en Franco la retranca podría definirse como una evasión del compromiso y un gusto por la ambigüedad. Se dice que si topas con un gallego en una escalera es imposible saber si sube o baja. Franco quizá encarnase esa característica mejor que la mayoría de los gallegos. Cuando sus allegados intentaban obtener pistas sobre inminentes cambios ministeriales, los eludía con habilidad:

—La gente dice que en la próxima reestructuración de gobernadores civiles fulanito y menganito irán a la provincia X —probaba suerte el amigo.

—¿De veras? —respondía el sibilino Franco—. Yo no he oído nada.

—Se dice que Y y X van a ser ministros —aventuraba su hermana.

—Bueno —respondía el hermano—. No conozco a ninguno de ellos.8

El aviador monárquico Juan Antonio Ansaldo escribió de él: «Franco es hombre que se dice y se desdice, se acerca y se aleja, se esfuma y se escurre; siempre vago, y nunca claro y categórico».9 John Whitaker le conoció durante la Guerra Civil: «Era efusivamente halagador, pero no respondió con franqueza a ninguna de las preguntas que le formulé. Es el hombre menos sincero que he conocido».10 Roberto Cantalupo, embajador de Mussolini, conoció a Franco unos meses más tarde y Franco le pareció «glacial, femenino y esquivo (sfuggente)».11 En 1930, el día después de conocer a Franco, el poeta y eminente erudito José María Pemán, tras ser presentado por un amigo como «el hombre que mejor habla en toda España», comentó: «Tengo la sospecha de haber conocido al hombre que mejor se calla en España».12

En las detalladas crónicas de su contacto casi diario durante más de setenta años de amistad, su fiel primo y ayudante de campo, Francisco Franco Salgado-Araujo, Pacón, presenta a Franco emitiendo órdenes, relatando la versión de los hechos o explicando que el mundo estaba amenazado por la masonería y el comunismo pero Pacón nunca vio un Franco abierto al diálogo provechoso, ni que albergase dudas constructivas sobre sí mismo. Otro amigo de toda la vida, el almirante Pedro Nieto Antúnez, presenta una imagen similar. Nacido en El Ferrol, al igual que Franco, Pedrolo sería sucesivamente ayudante de campo del Caudillo en 1946, subjefe de la Casa Civil en 1950 y ministro de Marina en 1962. Nieto Antúnez fue uno de los compañeros asiduos de Franco en las frecuentes y largas excursiones de pesca a bordo del Azor. Cuando le preguntaron de qué hablaban durante los largos días que pasaban juntos, Pedrolo dijo: «Nunca he mantenido un diálogo con el general. He escuchado monólogos suyos muy largos, pero no hablaba conmigo, sino consigo mismo».13

El Caudillo sigue siendo un enigma. Debido a la distancia que Franco constantemente creaba a su alrededor a través de omisiones deliberadas y silencios, sólo podemos estar seguros de sus actos y, siempre que estén juiciosamente evaluados, de las opiniones y relatos de quienes trabajaron con él. Este libro es un intento de observarlo con más precisión y detalle de lo que se ha hecho hasta la fecha. A diferencia de muchos otros libros sobre Franco, no pretende ser una historia de España en el siglo XX ni tampoco un análisis de todos los aspectos de la dictadura, sino tan sólo un estudio pormenorizado del hombre. A través de memorias y entrevistas, sus colaboradores han aportado abundante material y existen copiosos despachos de diplomáticos extranjeros que lo trataron personalmente e informaron de sus actividades. Los propios escritos de Franco, sus discursos (en los que con frecuencia mantenía un diálogo consigo mismo) y otros documentos suyos recientemente publicados también constituyen una fuente rica, aunque nada fácil, para el biógrafo. Son instrumentos de sus propios ofuscamientos pero también proporcionan una excelente muestra de su autopercepción.

Mediante el uso de todas esas fuentes, es posible seguir de cerca a Franco y ver cómo se convirtió sucesivamente en conspirador, Generalísimo de los militares rebeldes de 1936 y Caudillo de los victoriosos nacionales. Varios de los mitos franquistas no resisten tras una investigación exhaustiva de su supervivencia a la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría o de sus tortuosas relaciones con Hitler, Mussolini, Churchill, Roosevelt, Truman y Eisenhower. Igualmente sorprendente es la imagen que surge de su tránsito de activo dictador en los años cincuenta al papel de somnolienta figura decorativa en sus últimos días. Siguiéndole paso a paso y día a día es posible lograr un retrato más ajustado y convincente de lo que hasta ahora existía. De hecho, quizá sólo mediante este examen minucioso pueda resolverse el enigma del esquivo general Franco.

1

La forja de un héroe, 1892-1922

Francisco Franco Bahamonde nació a las doce y media de la madrugada del 4 de diciembre de 1892 en la calle Frutos Saavedra, 108, conocida popularmente como La calle María, de El Ferrol, en el extremo más noroccidental de Galicia. El 17 de diciembre le bautizaron Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo, en la cercana parroquia militar de San Francisco.*

En la época de su nacimiento, El Ferrol, una ciudad encerrada en sí misma, aún amurallada, era una pequeña base naval con una población de 20.000 habitantes. La familia Franco vivía allí desde principios del siglo XVIII y seguía la tradición de trabajar en la intendencia naval.*1 Su abuelo, Francisco Franco Vietti, era intendente ordenador de la Marina, rango equivalente a general de brigada en el ejército. Se casó con Hermenegilda Salgado-Araujo, con la que tuvo dos hijos. El primero, Nicolás José Saturnino Antonio Francisco Franco Salgado-Araujo, padre del futuro Caudillo, nació el 22 de noviembre de 1855, su hermana Hermenegilda nació el 1 de diciembre de 1856.

Nicolás siguió a su padre en la rama administrativa de la armada española en la que, tras cincuenta años de servicio, ascendió a intendente general, rango también equivalente a general de brigada. De joven, destinado primero en Cuba y luego en Filipinas, Nicolás tenía fama de llevar una vida disoluta. Mantuvo una relación con Concepción Puey, de catorce años, hija de uno de sus compañeros de armas.* En 1889, en Cavite, ella había dado a luz un niño, a quien se bautizó como Eugenio Franco Puey. El 24 de mayo de 1890, cuando rondaba los treinta y cinco años, Nicolás Franco Salgado-Araujo se casó con María del Pilar Bahamonde y Pardo de Andrade, de veinticuatro años, en la iglesia de San Francisco, en El Ferrol. La piadosa María del Pilar era hija de Ladislao Bahamonde Ortega, comisario de equipo naval del puerto. La unión de este librepensador bon viveur con la conservadora y moralista Pilar fue un fracaso. No obstante, tuvieron cinco hijos: Nicolás fue el primero, Francisco el segundo, seguido de Paz, Pilar y Ramón.*2

La familia Franco llevaba más de un siglo ocupada en la intendencia de la base naval de El Ferrol. Cuando nació Franco ésta era una ciudad remota y aislada, separada de La Coruña por una travesía de diecinueve kilómetros que cruzaba la bahía en dirección sur o de sesenta y cuatro kilómetros de pésima carretera, a menudo impracticable y bajo rigurosas condiciones climatológicas. La Coruña a su vez estaba a seiscientos tres kilómetros (o dos días de tren traqueteante) de Madrid. El Ferrol no era un lugar cosmopolita. Era una ciudad de rígidas jerarquías sociales en la que los oficiales de la Marina y sus familias constituían la casta privilegiada. Los intendentes navales o los oficiales de la marina mercante se consideraban una categoría inferior. Había barreras sociales que separaban a la familia de clase media baja de Franco de los oficiales navales «de verdad», pues la intendencia se consideraba inferior al Cuerpo General de la Armada. La idea de una heroica tradición naval familiar, que posteriormente Franco cultivó con esmero, fue más una aspiración que una realidad, algo que se percibe en la decisión de Nicolás Franco Salgado-Araujo de que sus hijos se convirtieran en «verdaderos» oficiales navales.

En parte debido a que un cargo en la oficialidad de la Marina era una ambición común entre la clase media ferrolana y en parte debido al trabajo de su padre, Francisco se interesó por las cosas del mar. De niño jugaba a piratas en el puerto de los transbordadores y remaba en las tranquilas aguas de la ría de El Ferrol prácticamente cerrada.3 De adolescente, intentó ingresar en la Armada. Sus dos escuelas de primaria, el Colegio del Sagrado Corazón y el Colegio de la Marina, estaban especializadas en preparar niños para los exámenes de ingreso en la Marina.4 Nicolás Franco Bahamonde consiguió satisfacer las expectativas de su padre, pero las ambiciones navales de Francisco se truncaron. El fracaso en su intento de entrar en la Marina pesaría gravosamente sobre él. En Salamanca, durante la Guerra Civil, todo el mundo sabía que para complacerle o aplacar su ira no había más que desviar la conversación hacia temas navales.5 Siendo ya Caudillo pasaba todo el tiempo que podía a bordo de su yate Azor, vestía el uniforme de almirante a la mínima oportunidad y, cuando visitaba ciudades costeras, le gustaba llegar desde el mar a bordo de un buque de guerra.

La niñez de Franco estuvo dominada por los esfuerzos de su madre para sobrellevar la rígida severidad y más tarde las constantes ausencias de su padre, la sombra de cuyas infidelidades flotaba sobre el hogar. Su madre lo crió en una atmósfera de religiosidad y estirados modales de clase media baja provinciana. El matrimonio sólo había disminuido brevemente el número y la duración de las partidas de cartas y las juergas de Nicolás Franco Salgado-Araujo en el club de oficiales. En 1898, tras el nacimiento de su hija Paz, Nicolás había vuelto a sus hábitos de soltero. El pesar que esto causaba a su mujer se agravó con la muerte de Paz en 1903, después de una enfermedad no diagnosticada que duró cuatro meses. Pilar Bahamonde quedó destrozada.6 [Quizá debido a los remordimientos por desatender a su familia], en casa Nicolás Franco era un hombre autoritario y malhumorado que perdía fácilmente los estribos si le llevaban la contraria. Su hija Pilar declararía que gobernaba la casa como un general, aunque también dijo que no pegaba a sus hijos más de lo normal en aquellos tiempos; afirmación de doble filo que hace difícil evaluar la magnitud y la intensidad de su violencia. El joven Nicolás sufrió el peso de su cólera y Ramón también acarreó durante toda su vida un profundo resentimiento hacia su padre y su violencia descontrolada. Hasta que Nicolás Franco abandonó el hogar en 1907, sus hijos y su esposa fueron muchas veces víctimas de sus repetidos accesos de ira.

Francisco se portaba demasiado bien, era demasiado «niño mayor», en palabras de su hermana, para provocar las iras de su padre con frecuencia. No obstante, Pilar recuerda la honda desolación que le embargaba cuando su padre le golpeaba injustamente.7 Incapaz de ganarse el afecto y la aceptación de su padre [parece que Francisco buscó librarse del dolor negando su necesidad de cariño y afecto]. Era un niño solitario, reservado hasta el extremo de un gélido desapego. Se cuenta la anécdota de que cuando tenía unos ocho años, Pilar calentó una gran aguja hasta que la punta estuvo al rojo vivo y se la aplicó a Francisco en la muñeca. Apretando los dientes éste, al parecer, se limitó a decir: «¡Qué barbaridad! ¡Cómo huele la carne quemada!».8 Dentro de la familia, Francisco quedaba oscurecido por sus dos hermanos, Nicolás y Ramón, que eran extrovertidos y habían salido a su padre. Nicolás, que se hizo ingeniero naval, era el favorito de su padre. Entrevistado por la prensa en 1926, el padre de Franco restó importancia a los éxitos de sus dos hijos menores, Francisco como comandante de la Legión Extranjera y Ramón, que se había convertido en el primer hombre en sobrevolar el Atlántico sur.9 Incluso más tarde, siendo Francisco jefe del Estado, cuando a su padre le preguntaban por «su hijo», perversamente hablaba de Nicolás o a veces de Ramón. Sólo cuando le presionaban, don Nicolás hablaba de la persona que llamaba «mi otro hijo».

En fuerte contraste con su despótico marido, Pilar Bahamonde aparentaba ser una mujer amable, bondadosa y serena. Pilar reaccionó a las humillaciones sufridas a manos de su esposo jugador y mujeriego presentando ante todos una apariencia de imperturbable dignidad y fervor religioso, ocultando su vergüenza y las dificultades económicas que tenía que afrontar. No significa esto que la familia sufriera privaciones, pues recibía ayuda económica del padre de Pilar, Ladislao Bahamonde Ortega, que vivió con ellos tras la muerte de su esposa, y también de su propio marido. Sin embargo, a partir de 1907, cuando su esposo se fue de Galicia, primero a Cádiz y después a Madrid, la ayuda económica que Pilar Bahamonde recibía de él debió de ser forzosamente limitada. Siempre hubo una criada en la casa, pero fueron necesarios ciertos sacrificios para mantener las apariencias. Enviar a sus cuatro hijos a colegios privados supuso un esfuerzo para la economía familiar. Se ha insinuado, aunque la familia lo niega categóricamente, que Pilar se vio obligada a aceptar huéspedes.10 A pesar de estas dificultades, su bondad se extendía a sus parientes y ayudó a criar a los siete pequeños de su cuñado Hermenegildo Franco.11

Pilar Bahamonde intentó imbuir en sus hijos tenacidad para progresar en la vida y para escapar de su situación mediante el estudio y el trabajo duro, filosofía que parece haber arraigado sobre todo en su segundo hijo y en su hija Pilar. No obstante, sus cuatro hijos supervivientes eran intrépidos y muy ambiciosos de un modo u otro. Nicolás Franco Salgado-Araujo fue un liberal, simpatizante de la masonería y crítico frente a la Iglesia católica. Por el contrario, Pilar Bahamonde era conservadora en política y una católica profundamente devota. Dadas las circunstancias de su infancia y la naturaleza e ideas de su padre, no es de extrañar que entre los legados que el joven Franco heredó de su madre se encontrara un catolicismo sólido y simplista, una aversión hacia la promiscuidad sexual y una fobia contra el liberalismo y la masonería.12 Lo más curioso es el hecho de que sus hermanos siguieran los pasos de don Nicolás y no los de doña Pilar. Después de que su esposo la abandonara, doña Pilar siempre vistió de negro. Testigo de cómo la introspectiva piedad de su madre se transformaba en un escudo eficaz contra los infortunios, parece ser que Francisco eliminó su propia vulnerabilidad emocional a costa de desarrollar un frío vacío interior.

La desdicha de doña Pilar y sus estoicos intentos de poner al mal tiempo buena cara dificultaron la tarea de resarcir a sus hijos por la conducta de su marido. Cada uno respondió de distinta manera: Francisco se identificó con su madre, negando la necesidad de aprobación paterna que anhelaba y jamás consiguió. Su hedonista hermano mayor, Nicolás, creció para convertirse en un amante de los placeres como su padre, pródigo con el dinero y aficionado a las mujeres. Su incorregible hermano menor, Ramón, sería un aventurero irresponsable, famoso por sus hazañas como as de la aviación y célebre por su decadente vida privada en los años veinte y su compromiso superficial con el anarquismo y la masonería. Francisco estaba muchísimo más unido a su madre que ninguno de sus hermanos. La acompañaba con regularidad a comulgar y era un niño piadoso que lloró al hacer la primera comunión. Cuando estaba de vacaciones en El Ferrol, ya adulto, nunca dejaría de cumplir con sus deberes religiosos, por temor a disgustar a su madre.*13

Es imposible decir con precisión qué efecto causó en Francisco la separación de sus padres y el abandono paterno, aunque seguramente es importante el hecho de que uno de los pocos comentarios que hizo sobre el tema de los niños fuera: «Los niños pequeños no deben separarse nunca de sus padres. Hacerlo no es bueno. El niño necesita tener seguridad de apoyo en sus padres y éstos no deben olvidar que los hijos son una responsabilidad personal».14 Como Caudillo, Franco negó vehementemente que hubiera nada anormal en la relación de don Nicolás con su esposa o sus hijos. No obstante, en una ocasión, ante la irrefutable evidencia de los «deslices» de su padre, su reacción resulta reveladora. Franco espetó: «Bien, pero no le quitaron nunca la patria potestad».15 Las dificultades de la relación de Franco con su padre se reflejaron más tarde en diversos esfuerzos para reconstruirla de forma idealizada. En su diario del primer año en la Legión contaba una anécdota claramente apócrifa en la que podemos percibir sus propios anhelos. Un joven oficial está cruzando una calle en Marruecos cuando le saluda un veterano soldado de pelo cano. El oficial se dispone a devolverle el saludo, sus miradas se cruzan, se contemplan y se abrazan entre lágrimas: es el padre largamente ausente del oficial.16 Fue un ensayo para su novela autobiográfica, Raza, en la que creó el padre que le habría gustado: un marino heroico de perfecta rectitud moral. A la muerte de su padre, reclamó el cadáver e implícitamente reinventó la segunda parte de su vida, al enterrarlo con un ceremonial que, si bien era acorde con las ordenanzas militares, no era lo más indicado para la vida bohemia de los años finales de don Nicolás. Su total abstinencia de alcohol, juego y mujeres da testimonio de su esfuerzo por crearse una personalidad que fuera la antítesis de la vida de su padre.

Franco rechazaría frecuentemente todo lo que él asociaba con su padre, desde los placeres de la carne a las ideas de izquierda. Este repudio del padre corría parejo con una profunda identificación con su madre, algo que quizá pueda rastrearse en rasgos de su personalidad: modales afables, voz atiplada, propensión a las lágrimas, constante sentimiento de haber sufrido una pérdida. Un tono de rencor autoconmiserativo recorre sus discursos como Caudillo, un permanente eco del niño marcado por las dificultades, y que fue una de las fuerzas que le impulsaron a buscar la grandeza.

Los dos grandes acontecimientos políticos de la primera juventud de Franco que marcarían su posterior desarrollo fueron la pérdida de Cuba en 1898 y la intervención de España en la costosa guerra colonial de Marruecos. El desastre imperial provocó desconfianza civil en un ejército incompetente e intensificó el resentimiento militar hacia el poder político y hacia la hostilidad civil al reclutamiento. A lo largo de su vida, Franco comentaría el profundo efecto que le causó el «desastre» de 1898. En 1941, cuando estuvo a punto de entrar en la guerra del lado del Eje, declaró: «Cuando nos asomamos a la vida, ... vimos nuestra infancia presidida por la torpeza de aquellos hombres que abandonaron al extranjero la mitad del territorio patrio». Franco consideraría su mayor hazaña el haber borrado la vergüenza de 1898.17

El 3 de julio de 1898, Francisco tenía cinco años y medio cuando tuvo lugar en Santiago de Cuba la gran derrota naval a manos de Estados Unidos. España perdió los restos de su imperio: Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Aunque es bastante improbable que a esta edad fuera consciente de lo que sucedía, un desastre de tales dimensiones no pudo sino causar un profundo efecto en una pequeña población con guarnición naval como El Ferrol. Muchos de sus amigos del colegio perdieron parientes y llevaron luto. Por la ciudad se vieron hombres mutilados durante muchos años. Y aún más importante fue que, al llegar a cadete, entró de pleno en una atmósfera que se había emponzoñado desde 1898. Se atribuía la derrota a la felonía de los políticos, que habían enviado a la batalla fuerzas navales y militares con recursos insuficientes. El hecho de que a las muy superiores fuerzas de Estados Unidos les costara tres meses derrotar a la desvencijada flota española, convenció a Franco de que el coraje valía más que cientos de toneladas de buen armamento.18

La derrota de 1898 tuvo un impacto inmediato en Franco debido a las consecuentes restricciones presupuestarias. La Escuela de Administración Naval, el canal habitual para que los muchachos de la familia Franco ingresaran en la Marina, fue clausurada en 1901. Se decidió, por tanto, que Nicolás y Francisco se prepararan para los exámenes de ingreso en el Cuerpo General de la Armada. Ambos asistieron a un colegio local de clase media, la Escuela del Sagrado Corazón. En esa época, antes de que su padre abandonara el hogar familiar, Francisco, según algunos coetáneos que lo trataron fuera de la familia, era aplicado pero no destacaba, «dibujaba muy bien y en esto tenía mucha habilidad ..., pero era un chico corriente. No se distinguía ni por estudioso, ni por desaplicado ... Cuando estaba de broma era alegre, pero desde pequeño fue muy equilibrado».19 Tenía un aspecto enfermizo y estaba tan delgado que sus compañeros de juegos le apodaron Cerillito. Dentro de la familia, a su hermana le impresionaba hasta qué punto Francisco emulaba la callada seriedad de su madre. Era un niño obediente, de buen comportamiento y cariñoso, aunque tímido, bastante triste y poco comunicativo. Ya entonces, como después, era poco espontáneo. Era muy meticuloso en lo que hacía a su aspecto, rasgo que conservaría toda la vida. Parecía mayor y su obstinación, astucia y prudencia eran evidentes. Entre los amigos más íntimos de la niñez se encontraba su primo Ricardo de la Puente Bahamonde, que sería ejecutado en Marruecos en 1936 con el consentimiento de Franco.20 De adolescente mostró un interés normal por las chicas; le gustaban las morenas delgadas, que elegía entre las amigas del colegio de su hermana. Les escribía poemas y le mortificaba que se los enseñaran a su hermana.21

La pérdida de Cuba iba a tener serias consecuencias en el país: aceleró el ascenso del movimiento regionalista en Cataluña y alentó en los oficiales del ejército la determinación de borrar la ignominia de la derrota con una aventura colonial en Marruecos. El nacionalismo catalán y la empresa marroquí iban a unirse en una interacción explosiva. En 1898, la demostración de la impotencia internacional de España socavó la fe de las élites catalanas en el gobierno central. La economía catalana había dependido del mercado cubano y la sensación, ya antes latente, de que Madrid era un obstáculo incompetente y parasitario para el dinamismo catalán se expresó cada vez con más insistencia, sobre todo a principios de 1901 tras la aparición de un partido catalanista, la Lliga Regionalista.22 En el contexto de inseguridad y humillación provocado por la pérdida de Cuba, la animosidad militar ante lo que se consideraba una traición política durante la guerra con Estados Unidos se complicó con la emergencia de un catalanismo militante, que los soldados percibían como una agresiva amenaza separatista a la unidad de la Patria.23

En noviembre de 1905, las oficinas barcelonesas de la revista satírica catalana, Cu-Cut! y del periódico de la Lliga Regionalista, La Veu de Catalunya, fueron asaltadas por trescientos oficiales jóvenes, ante el aplauso de la oficialidad de toda España. Dada la general aprobación militar de lo sucedido, el gobierno fue incapaz de imponer disciplina o de oponerse a las exigencias militares de que se tomaran medidas para castigar las ofensas al honor del ejército. En 1906, los políticos cedieron a la disposición militar para intervenir en política, introduciendo la Ley de Jurisdicciones, que concedía al ejército jurisdicción sobre las ofensas cometidas contra la patria, el Rey y el propio Ejército.24 Todo ello supuso un considerable impulso al sentido de superioridad del ejército sobre la sociedad civil.

Al cumplir los doce años, primero Nicolás y luego Francisco, junto con su primo de catorce años, Francisco Franco Salgado-Araujo, entraron en la escuela de Preparación Naval dirigida por el capitán de corbeta Saturnino Suanzes. Allí entablaron amistad con Camilo Alonso Vega, que sería un camarada para toda la vida. Nicolás y un amigo de los dos hermanos, Juan Antonio Suanzes, consiguieron entrar en el Cuerpo General de la Armada. Nicolás eligió ir a la Escuela de Ingeniería Naval. Franco y su larguirucho primo Pacón* alimentaron las esperanzas de entrar en la Escuela Naval Flotante, el buque escuela. Entonces se publicó un decreto que limitaba el ingreso, el cual les impidió la entrada. Nunca se planteó intentar otra carrera que no fuera la militar y de este modo, Franco, que ahora tenía catorce años, acudió a la Academia Militar de Infantería de Toledo. Pacón suspendió el examen de ingreso en 1907, pero lo aprobó al año siguiente.25

Cuando en 1907 Nicolás Franco Salgado-Araujo aceptó un puesto en Cádiz, del cual pasaría a Madrid, fue solo y gradualmente iba rompiendo los lazos con la familia. Algunos familiares han sugerido que le obligaron a aceptar el cargo, pero después de haber pasado casi veinte años en El Ferrol sin que le amenazaran con un traslado, parece más probable que deliberadamente buscara un destino fuera de Galicia para escapar de un matrimonio infeliz. Curiosamente, los vecinos, e incluso algún pariente, estaban convencidos de que la separación se debía a la negativa de Pilar Bahamonde a acompañar a su marido a Cádiz.26 Aunque no se divorció de Pilar, más tarde se «casaría» con su amante, Agustina Aldana, en una ceremonia informal, no religiosa, en Madrid y viviría con ella en la calle Fuencarral hasta su muerte en 1942. Se ha dicho que la niña que vivía con ellos, y a quien adoraban, era una hija ilegítima o una sobrina de Agustina que ellos habían adoptado. La escandalizada familia se refería a Agustina como a su «ama de llaves».27

Así pues, en julio de 1907 el joven Francisco dejó el amargado hogar de El Ferrol para realizar los exámenes de ingreso en la academia militar. Su padre le acompañó en el largo viaje de La Coruña a Toledo. A pesar de la fascinación de los nuevos paisajes que veía pasar, la tensión existente entre él y su padre no hizo del viaje una experiencia agradable. Don Nicolás se mostró inflexible y severo en el transcurso de un viaje durante el que su hijo necesitaba aliento y afecto.28 A pesar de este comienzo poco prometedor, Franco aprobó los exámenes y entró en la academia el 29 de agosto de 1907 junto con 381 aspirantes más, entre los que se encontraban muchos futuros camaradas de armas como Juan Yagüe Blanco y Emilio Esteban Infantes. La academia ocupaba el Alcázar construido por Carlos V, que domina el monte alrededor del cual se construyó la ciudad. Lejos de los brumosos y verdes valles de Galicia y de la plácida ría en la que solía navegar, la polvorienta Toledo en la árida meseta castellana debió suponer un choque brutal. Aunque no hay pruebas de que fuera sensible a la riqueza del arte religioso que abunda en Toledo, parece ser que sí le conmovió el sentimiento de historia que emanaban sus calles. En Raza, el cadete José Churruca (Franco) «saca más de las piedras [de Toledo] que de sus libros».29 Una creciente obsesión por la grandeza de la España imperial le hizo receptivo a Toledo como símbolo de la misma. Su posterior identificación con la figura del Cid quizá tuviera sus orígenes en los paseos adolescentes por las históricas calles de la ciudad.

La vida como cadete del ejército fortalecería su interés por la historia de España. Incluso en su parco relato posterior queda claro que sufrió considerables angustias. Lejos por primera vez del entrañable cariño de su madre, el joven Franco tuvo que hacer de tripas corazón y buscar en su interior la tenacidad para seguir adelante. En las austeras condiciones de vida del Alcázar, también tendría que afrontar los problemas que le planteaba su físico poco imponente (1,64 de estatura y extraordinaria delgadez). Ya vulnerable debido al abandono de su padre, la separación de su madre, que era su principal refugio, debió forzarle inevitablemente a enfrentarse a su fuerte inseguridad. Parece ser que la combatió de dos formas relacionadas. Primero, se entregó a la vida militar, cumpliendo sus tareas con el más concienzudo sentido del deber y haciendo un culto del heroísmo, el valor y las virtudes militares. Las rígidas estructuras de la jerarquía militar y la certidumbre de las órdenes le dieron un marco firme en el que integrarse. Al mismo tiempo, empezó a crearse otra identidad. El inseguro adolescente gallego se convertiría en el duro héroe del Rif y, andando el tiempo, siendo ya Caudillo, en un «salvador de España» al igual que el Cid.30

Sus compañeros pronto empezaron a llamarle Franquito, por razón de su estatura. De hecho, durante sus tres años en la academia lo sometieron a diversas humillaciones menores debido a su talla y a su voz aguda, como obligarle a hacer la instrucción con un fusil al que habían serrado quince centímetros de cañón. Trabajó de forma servicial, con un interés particular en topografía y en la historia militar de España, poco crítica e idealizada, que se impartía a los cadetes. Según uno de sus compañeros de promoción, Vicente Guarner, Franco «estudiaba poco y mal». Para Guarner, «era Franco, entonces, un cadete introvertido, taciturno, apagado y nada brillante. Su cultura parecía limitada. No discutía. Hablaba muy poco y tal vez su abstraído aislamiento se debiera a su complejo afectivo familiar... Lo considerábamos un gallego nada sobresaliente, triste y cauteloso, siempre melancólico y deprimido, de aspecto vulgar, moreno, bajito, con voz de falsete y que había leído muy poco». Por carecer de interés en las incursiones sexuales o alcohólicas a las zonas de peor reputación de la ciudad, se convirtió en blanco de las crueles «novatadas» (ritos de iniciación) de sus compañeros de estudios, contra las que reaccionó con cierta violencia. Según su propia versión, recogida casi setenta años más tarde, hablaba de la «triste acogida que se ofrecía a quienes veníamos llenos de ilusión a incorporarnos a la gran familia militar» y describía las novatadas como «un duro calvario».31 Otros relatos que buscaban rasgos del posterior héroe en el joven cadete, detallan sus reacciones viriles. Una anécdota repetida hasta la saciedad cuenta que le escondieron los libros y fue castigado por no tenerlos en el lugar adecuado. Se los volvieron a esconder. El oficial cadete estaba a punto de volver a castigarlo cuando Franco le arrojó un candelabro a la cabeza. Cuando fue llevado ante el comandante en jefe se negó a delatar a quienes los habían escondido.32 Semejante conducta le ayudó a hacer algunos amigos, entre los que se contaban Camilo Alonso Vega, Juan Yagüe y Emilio Esteban Infantes, aunque nunca fue íntimo de ninguno de ellos.

En Gran Bretaña y Estados Unidos, a finales de siglo, los cadetes empezaban sus estudios militares una vez completada su educación civil. En Toledo, los muchachos jóvenes, relativamente faltos de estudios, empezaban a impregnarse de la disciplina del ejército y de las convenciones de la cosmovisión militar del mundo cuando todavía eran muy ignorantes e impresionables.33 Desde el punto de vista profesional poco pudo aprender además de las destrezas prácticas de la equitación, el tiro y la esgrima. El libro de texto básico era el Reglamento provisional para la instrucción teórica de las tropas de Infantería que se basaba en las lecciones de la guerra francoprusiana sin atender a los cruciales cambios que habían acontecido en el pensamiento militar alemán desde 1870. La importancia creciente que en el ejército alemán y en el británico se daba a la artillería y a los ingenieros no tenía equivalente en España, donde la infantería seguía siendo dominante. La experiencia reciente de Cuba no sirvió para extraer conclusiones militares, aunque habrían resultado inmensamente útiles para las aventuras coloniales del norte de África. Se hacía más hincapié en la disciplina, la historia militar y las virtudes morales: el valor ante el enemigo, la fe incuestionable en las ordenanzas militares, la obediencia y la lealtad absolutas a los oficiales superiores.34 Los cadetes se empapaban además de un agudo sentido de la responsabilidad moral del ejército como guardián de las esencias de la nación. No se podía tolerar ninguna afrenta ni insulto al ejército, a la bandera, al monarca o a la nación. Por extensión, cuando un gobierno llevaba el país al descrédito permitiendo el desorden, el deber del oficial patriótico era levantarse contra el mismo en defensa de la patria.

El método educativo consistía generalmente en el aprendizaje memorístico de masas de datos, en concreto los detalles de las grandes batallas del pasado de España. No obstante, estas batallas se examinaban como ejemplos de coraje y resistencia hasta el final, en lugar de analizarse por sus lecciones tácticas o estratégicas. El recuerdo principal de Franco de su estancia en la academia era un comandante del profesorado que había sido condecorado por su heroísmo con la Cruz Laureada de San Fernando. Había recibido esta medalla por una lucha a cuchillo cuerpo a cuerpo en Marruecos, de la que, Franco recordaba con placer, «aún guardaba gloriosas cicatrices en la cabeza». El impacto que tuvo sobre el modo de pensar de Franco —y, en realidad, sobre sus métodos cuando veinte años más tarde fue director de la Academia General Militar de Zaragoza— se reveló en su comentario de que «ello solo nos enseñaba más que todas las otras disciplinas».35 Cuando los cadetes acudían al campo de batalla, tenían que improvisar, pues lo que les habían enseñado tenía muy poca aplicación práctica.

A finales de julio de 1909, mientras Francisco estudiaba en Toledo, estallaron en Barcelona los acontecimientos conocidos como la «Semana Trágica». A ojos de los militares, estos disturbios eran triplemente preocupantes, por sus connotaciones antimilitaristas, anticlericales y separatistas. El gobierno de Antonio Maura estaba presionado tanto por los oficiales del ejército próximos a Alfonso XIII como por los inversores españoles en la minas marroquíes. Además, los ataques de los cabileños a la línea de ferrocarril que llevaba al puerto de Melilla dieron pie a que los franceses amenazaran con exportar su mineral de hierro a través de Argelia. Maura también temía que Francia utilizara la aparente incapacidad española para mantener el orden en su protectorado como excusa para anexionarlo. En consecuencia, el 9 de julio aprovechó un ataque de los moros al ferrocarril de Melilla para enviar una fuerza expedicionaria que extendiese el territorio español hasta los depósitos de mineral de las montañas cercanas. El ministro de la Guerra decidió enviar una brigada de infantería ligera acuartelada en Barcelona, llamando a filas a los reservistas de la brigada, en su mayoría hombres casados con hijos, que, sin la preparación adecuada, embarcaron en el puerto de Barcelona al cabo de pocos días. Durante la semana siguiente, se produjeron protestas contra la guerra en las ciudades de Aragón, Valencia y Cataluña de donde provenían los reservistas. El domingo 18 de julio de 1909, en Barcelona estalló una manifestación espontánea contra la guerra. Ese mismo día, las tribus del Rif lanzaron un ataque sobre las vías de abastecimiento españolas en Marruecos. Al día siguiente, llegaron a España las noticias de nuevos desastres militares en Melilla. Mal entrenado, mal equipado y carente de los mapas más elementales, volvió a ponerse en evidencia el pasmoso estado de deterioro del ejército español. En el curso de la semana, los rumores acrecentaron la magnitud de la derrota y de las bajas. Se produjeron manifestaciones en Madrid, Barcelona y las ciudades que contaban con estaciones de ferrocarril, desde las que los reclutas habían partido para la guerra.

Durante el siguiente fin de semana, los anarquistas y los socialistas de Barcelona acordaron convocar una huelga general. El lunes 26 de julio, la huelga se propagó rápidamente, aunque no estaba dirigida contra los patronos, algunos de los cuales apoyaban su finalidad contraria a la guerra. El capitán general de la región, Luis de Santiago, decidió tratarla como si fuera una insurrección, imponiéndose al gobernador civil, Ángel Ossorio y Gallardo, y declarando la ley marcial. Se levantaron barricadas en las calles de los barrios obreros periféricos y las protestas contra el reclutamiento desembocaron en disturbios anticlericales y en la quema de iglesias. El general de Santiago no pudo hacer otra cosa que defender los principales puntos de la ciudad, por temor a que sus reclutas confraternizaran con los alborotadores. Los refuerzos se retrasaron porque la atención del alto mando militar y del gobierno estaba centrada en la batalla de Barranco del Lobo en Marruecos. Sin embargo, el 29 de julio llegaron unidades y en dos días la artillería sofocó el movimiento. Hubo numerosos encarcelamientos y se juzgó a 1.725 personas, de las cuales cinco fueron sentenciadas a muerte. Entre ellas se encontraba el librepensador Francisco Ferrer Guardia, fundador de una escuela libertaria, la Escuela Moderna.36

Los instructores dieron a los cadetes de Toledo una versión particularmente estremecedora de los acontecimientos. Era insultante que pacifistas y revolucionarios camparan a sus anchas mientras parte del ejército luchaba por la supervivencia en Marruecos. El joven Franco interpretó las diversas manifestaciones internacionales a favor de Francisco Ferrer como obra de la masonería internacional. El círculo de cadetes en el que Franco se movía juzgó los acontecimientos de Barcelona y la derrota del Barranco del Lobo como la prueba de que el poder político era débil e incompetente.37

La brecha entre la sociedad militar y la civil se agrandaba drásticamente en esa época. Es imposible comprender a Franco ni personal ni políticamente sin entender hasta qué punto primero asumió y luego expresó las actitudes del típico oficial del ejército de su tiempo. Los hitos en el camino hacia el divorcio entre civiles y militares, el «desastre» de 1898, el incidente del Cu-Cut! de 1905, la «Semana Trágica» de 1909, se alcanzaron poco antes de que Franco se incorporase al ejército o durante sus primeros años de formación en las fuerzas armadas. Estos acontecimientos y sus implicaciones profesionales y políticas fueron la comidilla inevitable de las academias militares y los comedores de oficiales. Para alguien como el joven Franco, tan devotamente (por no decir obcecadamente) dedicado a la carrera de las armas, era imposible que el resentimiento despertado por esos acontecimientos no se grabara a fuego en lo más hondo de su conciencia.

Franco completó sus estudios en la academia en junio de 1910. Su ambición, como la de muchos de los que se graduaron en su tiempo, se cifraba en ir y luchar en Marruecos, donde era posible ascender con rapidez y donde se podía borrar la vergüenza de Cuba. El 13 de julio de 1910, Franco ingresó formalmente en el cuerpo de oficiales del ejército como alférez con el mediocre número 251 de los 312 cadetes de su promoción que llegaron a graduarse (de los 381 iniciales). A pesar de este humilde comienzo, Franco sería el primero de su promoción en llegar a general.

Se ha afirmado que el joven Franco solicitó inmediatamente el destino a Marruecos y que se lo denegaron por razones de edad, dura competencia y su bajo lugar en el escalafón.38 De hecho, habría carecido de sentido hacer una solicitud formal para que lo destinaran a Marruecos pues, en esa época, sólo podían ir a África los oficiales de teniente para arriba.39 Lo destinaron al Regimiento de Zamora n.º 8, que estaba apostado en su ciudad natal de El Ferrol. Allí, desde el 22 de agosto de 1910 hasta febrero de 1912, pudo estar cerca de su madre y exhibir su uniforme. También tuvo que aguantar el soberano aburrimiento de las obligaciones propias de una guarnición en una pequeña ciudad provinciana. Las mañanas se dedicaban a desfiles y maniobras, las tardes a la equitación. Luego estaban las guardias. Podía comer en casa con frecuencia. En esa época, la persistente influencia de su madre se reflejó en el hecho de que, el 11 de junio de 1911, entrara en la hermandad de la Adoración Nocturna.40 También consolidó su amistad con Camilo Alonso Vega y con su primo Pacón. A finales de 1911 se levantó la orden que prohibía que los alféreces fueran destinados a Marruecos y los tres enviaron solicitudes de traslado.

Quizá asfixiado por la sombría situación familiar, probablemente impulsado por el patriotismo, ciertamente consciente de la pobre paga de un alférez y de que las oportunidades de ascenso serían más fáciles en Marruecos que en una guarnición peninsular, Franco ansiaba abrirse camino y superar su posición en el escalafón (la 251). Mientras él escuchaba los cantos de sirena de África, la izquierda hacía una vigorosa campaña contra la guerra colonial en general y contra el reclutamiento en particular. Como muchos jóvenes soldados, Franco desarrolló una aversión duradera hacia el pacifismo de izquierdas. Ante el deterioro de la situación del ejército español en Marruecos, el 6 de febrero de 1912 por fin aceptaron las solicitudes de traslado de los tres jóvenes oficiales, que fueron destinados a Melilla en la reserva. Franco y sus dos compañeros emprendieron de inmediato un largo y difícil viaje. Con la carretera hacia la estación de tren más próxima inundada por las tormentas y el puerto del servicio regular de transbordadores a La Coruña cerrado, decidieron acudir al Cuartel General Naval de El Ferrol en busca de un pasaje. Les permitieron viajar a bordo del buque mercante Paulina, lo cual significó una travesía de seis horas en medio de una tormenta aterradora que aguantaron de pie bajo una pasarela. Desde La Coruña se dirigieron por tren hacia Málaga, donde arribaron tras dos días de viaje. Llegaron a Marruecos el 17 de febrero de 1912.41

El delgado soldado de ojos redondos e inexpresivos que llegó a Melilla halló una ciudad colonial sucia y deteriorada42 El muchacho de diecinueve años informó de su llegada y esperó órdenes en el fuerte de Tifasor, que formaba parte de las defensas exteriores de Melilla. Tifasor estaba al mando del coronel José Villalba Riquelme, que había sido director de la Academia de Infantería cuando Franco era cadete. La primera orden que le dio Villalba Riquelme fue recubrir la vaina de su espada con cuero mate para que no brillara y proporcionase un blanco fácil a los francotiradores. En el tiempo más breve posible Franco tuvo que aprender esta y demás cuestiones prácticas de la vida de combate, que no le habían enseñado en la Academia de Toledo ni había aprendido en el servicio de guarnición en El Ferrol. Al igual que muchos jóvenes oficiales, poco podía imaginar las dificultades que afrontaba el ejército español.

El problema más obvio era el odio enconado de la guerrera población local contra las fuerzas de ocupación. Dado el pobre nivel tecnológico de las fuerzas armadas españolas, la aventura marroquí no sería fácil. El ejército era ineficaz, estaba aplastado por la burocracia y provisto de un equipamiento insuficiente y anticuado: disponía de más generales y menos piezas de artillería por cada mil hombres que los ejércitos de países como Montenegro, Rumanía o Portugal. Sus 80.000 hombres estaban dirigidos por más de 24.000 oficiales, de los cuales 471 eran generales.43 A ojos de los oficiales, lo más pernicioso era la incapacidad del poder político español para aportar o bien recursos o una política firme que diese a los soldados profesionales alguna posibilidad de éxito. Más aún, la conciencia de la élite política del creciente pacifismo de la mayoría de la opinión pública, simplemente confirmaba la convicción de muchos oficiales del ejército de que España no podía ser debidamente gobernada por civiles. Además, estaba la subordinación de España a Francia en la zona. España sufría la pesada carga de unas fronteras indefendibles en Marruecos, que simplemente no se correspondían con la realidad de los límites tribales. El predominio francés también constreñía a los políticos de Madrid.

Cómo se había llegado a tal punto es algo extraordinariamente complicado. Marruecos estaba gobernado por un sultán que imponía su autoridad y su sistema de recaudación de impuestos a los jefes locales mediante el terror. En los primeros años del siglo, éstos se rebelaron contra el licencioso sultán Abd el Aziz. En el levantamiento general, tuvieron lugar dos revueltas importantes. La primera fue la de Bu Hamara en las tierras que se extienden entre Fez y la frontera argelina. La más importante fue la de El Raisuli, un feroz cuatrero y jefe tribal, de las montañas de la Yebala en el noroeste. En el contexto del aún incompleto reparto de África, esta situación atrajo la atención de las grandes potencias.

Durante muchos años, Gran Bretaña había mantenido su influencia en Marruecos para garantizar el paso a través del estrecho de Gibraltar. Sin embargo, tras el humillante fracaso que supuso el incidente de Fashoda de 1898, que había impedido sus ambiciones egipcias, Francia trataba de consolidar su imperio hacia el oeste. Así, buscaba ávidamente el modo de apropiarse del sultanato marroquí, que constituía el eslabón suelto de una cadena imperial que iba desde África ecuatorial hasta Túnez. Hacia 1903, Gran Bretaña, debilitada por la guerra de los bóers, contemplaba con suspicacia el auge de Alemania y estaba dispuesta a una alianza con Francia. Incapaces en cualquier caso de evitar el dominio francés, los ingleses ansiaban encontrar el modo de salvaguardar Gibraltar. En abril de 1904, en virtud del acuerdo anglofrancés, Gran Bretaña cedió a las ambiciones francesas en Marruecos a condición de que el territorio del otro lado de Gibraltar quedara en manos españolas, más débiles.44

Se dejó a los franceses que arreglasen sus cuentas con los españoles. En octubre de 1904, los franceses cedieron a España la parte septentrional de Marruecos. A Tánger se le concedió un estatuto internacional. Con el pretexto de los desórdenes tribales, los franceses fueron apropiándose de Marruecos por etapas. Hacia 1912, se estableció formalmente el protectorado francés. En noviembre de 1912, Francia firmó una entente con España cediéndole un protectorado similar en el norte. Los consiguientes acuerdos políticos estipularon que el sultán conservaba el control político nominal de todo el Marruecos tutelado por los franceses. Sin embargo, en la zona española, la autoridad local recaía en un representante del sultán, el jalifa, que el sultán elegía de una lista de dos nombres confeccionada en Madrid.

Era una situación muy comprometida. Los marroquíes nunca aceptaron el acuerdo, que les parecía absolutamente humillante y lucharon hasta reconquistar su independencia en 1956. Los antiguos enclaves militares españoles, Ceuta y Melilla, tuvieron que comunicarse por mar. El recién adquirido protectorado del interior era un yermo montañoso, sin carreteras. Además, dado que no se tenían en cuenta las fronteras tribales, Francia hizo a España un regalo de vigilancia imposible. Así pues, los españoles tuvieron que entrar en una guerra ruinosa y absurda.45 Pero no disfrutaban de la superioridad tecnológica y logística que caracterizó a otras aventuras imperiales de la época. Curiosamente, los oficiales españoles en general, y Franco en particular, abrigaron y nutrieron dos mitos al respecto. El primero era que los marroquíes los adoraban; el segundo, que los franceses habían impedido un imperio español en Marruecos.

En el momento de la llegada de Franco a suelo africano, la iniciativa de la guerra en el Marruecos español la llevaban las tribus bereberes que habitaban las dos áridas regiones montañosas de Jibala, al oeste, y del Rif. Endurecidos por el combate, despiadados en la defensa de sus tierras, familiarizados con el terreno, eran lo contrario de los reclutas españoles, que les hacían frente mal entrenados y totalmente desmotivados. Franco afirmó años más tarde que en su primera noche en el campo de batalla no concilió el sueño y la pasó con una pistola en la mano porque desconfiaba de sus hombres.46 El recién llegado estaba adscrito a una pequeña parte de una serie de operaciones militares destinadas a construir una cadena defensiva de blocaos y fuertes entre las ciudades más grandes. Esa táctica española demuestra que no habían aprendido nada desde la guerra de Cuba, donde adoptaron procedimientos semejantes. Los oficiales sentían un considerable malestar ante las contradictorias órdenes de avance o retirada que dictaba el gobierno de Madrid.

Tras las inseguridades de su niñez, la gran experiencia formativa de la vida de Franco fue su época de oficial colonial en África. El ejército le proporcionó un marco de certidumbres basadas en la jerarquía y el mando. Disfrutaba con la disciplina y se entregó con gusto a una maquinaria militar basada en la obediencia y en una retórica común de patriotismo y honor. Llegó a Marruecos en 1912 y allí pasó diez años y medio. Como él mismo comentaba al periodista Manuel Aznar en 1938, «Mis años en África viven en mí con indecible fuerza. Allí nació la posibilidad de rescate de la España grande. Allí se fundó el ideal que hoy nos redime. Sin África, yo apenas puedo explicarme a mí mismo, ni me explico cumplidamente a mis compañeros de armas».47 En África adquirió las creencias centrales de su vida política: el papel del ejército como árbitro del destino político de España y, lo más importante, su propio derecho al mando. Siempre consideraría la autoridad política en términos de jerarquía militar, obediencia y disciplina, y siempre se referiría a ella como el mando.

El joven alférez Francisco Franco se entregó de inmediato a sus obligaciones, demostrando en seguida el valor y la sangre fría que nacían de su ambición. El 13 de junio de 1912 fue nombrado teniente. Ése fue su primero y único ascenso exclusivamente por razones de antigüedad. El 28 de agosto, a Franco se le concedió el mando de la posición de Uixan, que protegía las minas de Banu Ifrur. La guerra marroquí se recrudecía, pero Franco cortejaba con asiduidad a Sofía Subirán, la hermosa sobrina del Alto Comisario, el general Luis Aizpuru. Aburrida por su rebuscada formalidad y su impericia para el baile, Sofía resistió con éxito un contumaz asalto postal que duró casi un año.48 En la primavera de 1913, resignado tras su desengaño amoroso, solicitó el traslado a la recién constituida policía nativa, los Regulares Indígenas, consciente de que siempre estaría a la vanguardia de los ataques y se le presentarían infinidad de oportunidades para demostrar su valor y ascender con rapidez. El 15 de abril de 1913, Franco fue destinado a los Regulares. En esa época, El Raisuli inició una importante movilización de sus hombres. Franco y los Regulares reforzaron la base española de Ceuta. El 21 de junio de 1913 llegó al campamento de Laucien y luego fue destinado a la guarnición de Tetuán. Entre el 14 de agosto y el 27 de septiembre, tomó parte en diversas operaciones y empezó a forjarse un nombre. El 22 de septiembre consiguió una pequeña victoria local con sus fieros mercenarios moros y el 12 de octubre de 1913 se vio recompensado con la Cruz del Mérito Militar de primera clase. En su relativamente corta existencia, los Regulares crearon una tradición de hombría exagerada, desdeñando cualquier protección bajo el fuego enemigo. Cuando Franco tuvo derecho a dirigir a sus hombres a caballo, eligió uno blanco, por una curiosa mezcla de romanticismo y arrogancia.

Durante un breve período, la situación en el protectorado español se estabilizó: las ciudades de Ceuta, Larache y Alcazarquivir estaban bajo control, pero las guerrillas y los francotiradores de El Raisuli amenazaban las comunicaciones en el abrupto territorio que se extendía entre ellas. Intentar conservar esta zona era ruinosamente costoso en hombres y en dinero. Las líneas de comunicación estaban salpicadas de blocaos de madera, de seis metros de largo por cuatro de ancho, protegidos hasta una altura de un metro y medio por sacos de arena y alambradas. Construirlos bajo el fuego de los francotiradores era muy peligroso. Estaban dotados de pelotones de veintiún hombres que vivían en las más lamentables condiciones de aislamiento y tenían que ser aprovisionados cada pocos días de agua, comida y leña. Abastecerlos requería escoltas vulnerables al fuego de los francotiradores. Las cadenas de blocaos se comunicaban esporádicamente por heliógrafo y bengalas de señales.49

El 1 de febrero de 1914, por su valor en la batalla de Beni Salem, en los arrabales de Tetuán, a los veintiún años Franco ascendió a capitán «por méritos de guerra», con efecto desde esa fecha, aunque el ascenso no se anunció hasta el 15 de abril de 1915. Franco se estaba ganando una reputación de oficial de campo meticuloso y bien preparado, interesado en logística, en abastecer a sus unidades, en trazar mapas y en la seguridad del campamento. Veinte años más tarde, Franco explicó a un periodista que para matar el aburrimiento en Marruecos había devorado tratados militares, memorias de generales y descripciones de batallas.50 Hacia 1954, hinchó esto hasta el extremo de contarle al periodista inglés S. F. A. Coles que en Marruecos, durante su tiempo libre, había estudiado historia, la vida de los grandes jefes militares, a los estoicos y filósofos antiguos y obras de ciencia política, lo cual es bastante improbable.51 Esta posterior reconstrucción de Franco contrastaba curiosamente con la afirmación de su amigo y primer biógrafo, Joaquín Arrarás, de que pasaba todo el tiempo posible o bien en el parapeto observando al enemigo por los prismáticos o supervisando el terreno a caballo para mejorar los mapas de su unidad.52

Hiciera lo que hiciese en su tiempo libre, durante este período empezaron a circular anécdotas sobre su aparente imperturbabilidad bajo el fuego enemigo. Se decía que era frío y sereno ante el riesgo, más que temerariamente valeroso. Empezaba ya a resarcirse del bajo número obtenido en la lista de aprobados de su promoción de la academia. En junio de 1916, eso casi le cuesta la vida durante una operación de limpieza a gran escala contra los integrantes de la guerrilla que se estaban congregando en masa en las lomas que circundaban Ceuta. El principal punto de apoyo de las guerrillas se encontraba a unos diez kilómetros al oeste de la ciudad, en el pueblo de El Biutz, situado sobre la cima de una montaña desde la que se dominaba la carretera de Ceuta a Tetuán y protegido por una línea de trincheras defendidas por hombres con ametralladoras y fusiles. Rígidamente limitados por sus propias ordenanzas de campaña, era de esperar que los españoles emprendieran un asalto frontal pendiente arriba. Mientras avanzaban, diezmados por el fuego de las trincheras de las cimas, otros cabileños tenían el plan de descender por detrás de la loma, rodear la retaguardia y atrapar a los españoles en un fuego cruzado.

A primera hora de la mañana del 29 de junio de 1916, tras registrarse numerosas bajas, Franco formaba parte de la principal compañía del Segundo Tabor de Regulares, que encabezaba el avance. Cuando el comandante de la compañía fue malherido, Franco asumió el mando. Mientras los hombres caían a su alrededor, rompió el asedio enemigo e intervino de manera decisiva en la caída de El Biutz. Sin embargo, recibió un disparo en el estómago. Normalmente, en África las heridas abdominales eran mortales. El informe de esa noche aludía al «arrojo incomparable del capitán Franco, a sus dotes de mando y a la energía desplegada en el combate». El tono del informe insinuaba que su muerte era inevitable. Lo condujeron al primer puesto de auxilio en un lugar llamado Cudia Federico. El oficial médico cortó la hemorragia y durante dos semanas se negó a trasladarlo en camilla los diez kilómetros que le separaban de la base de evacuación de heridos de las afueras de Ceuta, considerando que mover al herido sería su muerte y el retraso le salvó la vida. El 15 de julio, Franco se había recuperado lo suficiente para ser trasladado al hospital militar de Ceuta. Allí un aparato de rayos X demostró que la bala no había afectado a ningún órgano vital. Unos centímetros en cualquier dirección y habría muerto.53

En una guerra que, durante la estancia de Franco en África, costó la vida a casi 1.000 oficiales y a 16.000 soldados, ésa fue su única herida grave. Su suerte dio pie a numerosas anécdotas posteriores sobre su osadía. También hizo que sus tropas moras creyeran que tenía baraka, una mágica protección divina que le hacía invulnerable. Esa creencia parece haberle inoculado la persistente convicción de que disfrutaba de la mirada benevolente de la providencia. Más tarde dijo algo profético: «Yo he visto pasar la muerte a mi lado muchas veces, pero, por fortuna, no me ha reconocido ... ».54 La situación de la herida también dio origen a especulaciones sobre la aparente falta de interés de Franco en materia sexual. El escaso testimonio médico disponible no permite semejante interpretación. Además, mucho antes de recibir la herida, Franco se había abstenido de participar en las aventuras sexuales de sus camaradas, en su época de cadete en la Academia y en los siguientes destinos tanto en España como en África.55 Su aversión ante la conducta de su padre basta para explicar el extremo recato de su vida sexual.

El Alto Comisario de Marruecos, el general Francisco Gómez Jordana, padre del futuro ministro de Asuntos Exteriores, recomendó a Franco para un ascenso a comandante «por méritos de guerra» y emprendió el procedimiento para que recibiera la Gran Cruz Laureada de San Fernando, la más alta condecoración al valor. El Ministerio de la Guerra se opuso a ambas propuestas. Los consejeros militares del ministerio alegaron la edad de Franco, veintitrés años, para negarle el ascenso. Franco reaccionó enérgicamente y apeló contra la decisión, buscando el apoyo del Alto Comisario en el recurso reglamentario que interpuso ante el comandante en jefe del ejército, el rey Alfonso XIII. Ante semejante empeño, el rey concedió la apelación y, el 28 de febrero de 1917, Franco ascendió a comandante con efectos desde el 29 de junio de 1916. Había tardado exactamente seis años en ascender de alférez a comandante. En el camino se había creado en palacio fama de ser el oficial que con mayor desparpajo pedía ayuda o hacía reclamaciones sobre su carrera.56 El 15 de junio de 1918, la candidatura para la Laureada fue rechazada. Es de suponer que, habiendo conseguido el ascenso pasando por encima de las cabezas de los consejeros ministeriales, el caso de Franco no se considerara con excesiva simpatía.57

Poca duda cabe de que en esa época Franco prefería el ascenso a la medalla.* El contraste entre la timidez natural del joven alférez que había llegado a África cinco años atrás y su tenaz empuje para conseguir ascensos, nos proporciona una clave de su psicología. El recurso de Franco ante Alfonso XIII revelaba una ambición desmedida. Su coraje bajo el fuego era un medio para conseguir un fin. El valor del joven soldado y el frío autoritarismo del posterior dictador pueden interpretarse como diferentes manifestaciones de su persona pública que le protegían de cualquier sensación de inseguridad y le proporcionaban los medios para satisfacer sus ambiciones. Franco dejó abundantes testimonios escritos de que no le satisfacía la realidad de su propia vida, siendo el más notable el guión cinematográfico de Raza. Es difícil no sospechar que Franco inventó su propia imagen de héroe del Rif casi tan deliberadamente como inventó a su héroe José Churruca en Raza.

Al ascender a comandante, Franco se vio obligado a regresar a España, pues en Marruecos no había vacantes para oficiales de ese rango. En la primavera de 1917 fue destinado a Oviedo, al mando de un batallón del Regimiento de Infantería del Príncipe. En Oviedo vivió en el hotel París, donde entabló amistad con un estudiante universitario, Joaquín Arrarás Iribarren, que veinte años más tarde sería su primer biógrafo. Al año de su llegada, se le unieron sus dos compañeros Pacón y Camilo Alonso Vega. A pesar de su rango, su fama de valeroso y sus brutales experiencias en el infierno marroquí, el aspecto adolescente de Franco y su pequeña estatura le valieron el apelativo de El Comandantín.58 Siempre reservado y nunca gregario, no debió serle muy grata la rutinaria vida en la guarnición de Oviedo. El clima lluvioso y las verdes colinas de Asturias tal vez le recordasen su Galicia natal, pero ahora la llamada de África era más poderosa que la de su hogar. Como dijo Arrarás, corría «el veneno de África por sus venas».59

En las escaramuzas coloniales diarias, Franco había llegado a ser admirado y famoso; sin embargo, pocos camaradas le conocían. Nunca se permitió intimar con ninguno, quizá por temor a revelar su fundamental inseguridad. No obstante, había forjado lazos profesionales y personales que constituirían una parte central de su vida. Se había convertido en un africanista, uno de aquellos oficiales que creían que, por su dedicación a la lucha para conquistar Marruecos, sólo a ellos concernía el destino de la Patria. El esprit de corps basado en las penalidades compartidas y el riesgo cotidiano evolucionó hacia una aversión común por los políticos profesionales y las masas pacifistas de izquierdas, a quienes los africanistas consideraban un obstáculo para el feliz cumplimiento de su deber patriótico. La vida en un destino peninsular también significaba una drástica desaceleración en el proceso de ascenso. Además, su alto rango en relación a su edad debió convertirlo en el blanco de cierto resentimiento. En Marruecos, a pesar de su juventud y su falta de dotes para la vida social, fue reconocido como un soldado valeroso y competente en quien se podía confiar bajo el fuego. En Oviedo no era popular entre unos oficiales que le doblaban la edad, pero sólo eran comandantes, capitanes o generales, considerándole un peligroso arribista, y se encerró en sí mismo.60

Puesto al mando de la instrucción de los oficiales de complemento, esto le permitió establecer relaciones con algunas de las importantes familias locales de la cerrada sociedad ovetense. A finales del verano de 1917, en una romería conoció a una atractiva muchacha de ojos negros, María del Carmen Polo y Martínez Valdés, hija de una rica familia local, aunque no tan ilustre como había sido antaño. En esa época la esbelta y morena Carmen era una colegiala de quince años del colegio de Las Salesas. Tenía un parecido notable con Sofía Subirán. Franco quería que «salieran juntos», pero ella se negaba porque, tratándose de un militar, podía desaparecer tan rápido como había aparecido. También pensaba que, a sus quince años, era demasiado joven para una relación estable. Pese a todo, cuando Carmen regresó al convento en el otoño de 1917 Franco le escribió, aunque las monjas interceptaron sus cartas y las entregaron a la familia. Con el imperturbable optimismo y la determinación que caracterizaba su conducta profesional, Franco empezó un insistente asedio. A Carmen, a sus compañeras de colegio e incluso a las monjas les ilusionó ver que el famoso comandante empezaba a asistir a misa todos los días a las 7 de la mañana. Allí podía ver a Carmen fugazmente a través de una reja.61 La espigada y elegante Carmen Polo se comportaba con cierta altivez aristocrática. Franco, profundamente conservador, sentía casi veneración por la aristocracia y admiraba a la familia de su novia y su modo de vida.62

El incipiente romance con el joven oficial de familia modesta, perspectivas aún más modestas y peligrosa ocupación chocó con la inicial oposición del padre de la novia, el viudo Felipe Polo, el cual afirmó que permitir que su hija se casara con Franco sería como permitir que se casara con un torero, comentario que implicaba considerable esnobismo y el reconocimiento de los riesgos de servir en África.63 Aún más férrea fue la oposición de la tía de Carmen, Isabel, hermana de Felipe Polo, que desde la muerte de la esposa de éste se había responsabilizado de la crianza de sus cuatro hijos. Al igual que su hermano, Isabel Polo esperaba mejor partido que un soldado para su sobrina.64 Sin embargo, a pesar de la oposición de la familia, Franco persiguió a Carmen con su tenacidad característica. Le mandaba mensajes metidos en la cinta del sombrero de un amigo común o los introducía en los bolsillos del abrigo de Carmen cuando lo dejaba colgado en un café. Se veían clandestinamente.65 Al final, la determinación de Carmen vencería la resistencia de su familia. A partir de entonces, esa determinación se pondría al servicio de la carrera de su futuro marido.

Su relación florecía en una ciudad socialmente dividida. La inflación y escasez resultantes de la Primera Guerra Mundial intensificaban la militancia de la clase obrera de la localidad. El Partido Socialista se puso al frente de la agitación contra el deterioro del nivel de vida y de los ataques a la «guerra criminal de Marruecos» que tanto ofendían y enfurecían a Franco y a otros soldados. La afrenta de que se toleraran tales ataques formaba parte del malestar general con un sistema político al que culpaban de los muchos desastres que el ejército tenía que afrontar. Por entonces el descontento militar se inflamó debido a las disputas internas entre los voluntarios de la guerra de África y los que se habían quedado en la península: africanistas y peninsulares. Para los africanistas, los riesgos eran enormes, pero las recompensas, elevadas en términos de aventura y ascenso rápido. El territorio peninsular significaba una existencia más cómoda, pero aburrida, y el ascenso sólo por estricta antigüedad. Cuando la inflación empezó a afectar negativamente a sus salarios, al igual que los de los civiles, los peninsulares albergaron resentimiento hacia quienes, como Franco, habían conseguido un ascenso rápido. Algunas armas, como la Artillería, acordaron imponer un sistema de antigüedad absolutamente rígido y todos los miembros de la oficialidad convinieron en rechazar cualquier promoción por méritos. En muchas guarniciones se fundaron las llamadas Juntas de Defensa, bastante parecidas a sindicatos, para proteger el sistema de ascenso por antigüedad y conseguir una paga mejor.

Lo que debía haber sido una cuestión militar interna contribuiría a una convulsión catastrófica de la política nacional. La llegada de la Primera Guerra Mundial ya había levantado pasiones políticas al originar un agrio debate entre los generales de más antigüedad sobre la intervención o no de España. Dada la proximidad del país a la bancarrota y el lamentable estado del ejército, la neutralidad era inevitable, para desazón de muchos oficiales. Como consecuencia de la postura no beligerante de España se produjo una gran agitación social. La posición económicamente privilegiada de España para surtir de productos agrícolas e industriales tanto a la Entente como a las Potencias Centrales, hizo que los propietarios de minas de carbón de Asturias, los barones del acero y armadores vascos, y los magnates textiles catalanes experimentaran un rápido auge que constituyó el primer despegue importante de la industria española, alterándose el equilibrio de poder dentro de la élite económica. Los intereses agrarios continuaban siendo predominantes, pero los industriales ya no estaban dispuestos a tolerar su situación política subordinada. En junio de 1916, su descontento llegó al máximo cuando el ministro liberal de Finanzas, Santiago Alba, intentó imponer una contribución sobre los notorios beneficios que obtenían con la guerra las industrias del norte, sin un impuesto equivalente para los beneficios agrarios. Aunque la propuesta fracasó, tan patente se hizo la arrogancia de la élite terrateniente que precipitó un intento de modernización política por parte de la burguesía industrial.

En la calidoscópica confusión creada por el rápido crecimiento económico, la dislocación social, la agitación regionalista y el movimiento de reforma burgués, los militares tendrían un papel activo y contradictorio. El descontento de los industriales vascos y catalanes ya los había llevado a desafiar al establishment promocionando movimientos regionalistas que eran muy irritantes para la mentalidad militar, profundamente centralista. Ahora el egoísta celo reformista de los industriales, resueltos a conservar los beneficios de la guerra, coincidió con la exigencia desesperada de cambio por parte de un proletariado empobrecido por la guerra. La expansión industrial atrajo mano de obra rural a las ciudades, donde imperaban las peores condiciones del capitalismo temprano, sobre todo en Asturias y en el País Vasco. Al mismo tiempo, la exportación masiva originó escaseces, disparó la inflación y rebajó acusadamente el nivel de vida. El sindicato socialista, la Unión General de Trabajadores, y la anarcosindicalista Confederación Nacional del Trabajo se unieron con la esperanza de que una huelga general conjunta provocase unas elecciones libres y luego la reforma.66 Mientras industriales y obreros presionaban por el cambio, los oficiales de grado medio del ejército protestaban por los bajos salarios, las anticuadas estructuras de ascenso y la corrupción política. Así nació una curiosa y efímera alianza, en parte debido a un error respecto a la postura política del ejército.

Las quejas militares se expresaban en el lenguaje reformista que se puso de moda en España después de la pérdida de las colonias en 1898. Conocido como «regeneracionismo», éste asociaba la derrota de 1898 con la corrupción política. En última instancia, el regeneracionismo era susceptible de ser utilizado por la derecha o la izquierda, pues entre sus defensores se encontraban quienes deseaban acabar con el degenerado sistema político basado en el caciquismo mediante una reforma democrática y quienes simplemente planeaban destruirlo por la vía autoritaria de un «cirujano de hierro». Sin embargo, en 1917 los oficiales que defendían clichés regeneracionistas fueron aclamados como cabezas visibles de un gran movimiento de reforma nacional. Durante un breve lapso, obreros, capitalistas y militares se unieron para purgar la política española de la corrupción del caciquismo. Al fin, la gran crisis de 1917 no se resolvió con el triunfo de un sistema político capaz de permitir un ajuste social, sino que consolidó por el contrario el poder de la tradicional oligarquía terrateniente.

A pesar de coincidir retóricamente en sus exigencias de reforma, los intereses últimos de obreros, industriales y oficiales eran contradictorios, y el sistema existente sobrevivió al explotar hábilmente tales diferencias. El jefe de Gobierno, el conservador Eduardo Dato, cedió a las demandas económicas de los oficiales. Luego provocó una huelga de ferroviarios socialistas en Valencia, obligando a la UGT a actuar antes de que la anarcosindicalista CNT estuviera preparada. Ahora en paz con el sistema, el ejército se alegraba de defenderlo aplastando con excesiva dureza la huelga que había estallado el 10 de agosto de 1917. En Asturias, donde la huelga fue pacífica, el gobernador militar, general Ricardo Burguete y Lana, declaró el estado de guerra el 13 de agosto, y acusó a los organizadores de la huelga de ser agentes pagados por las potencias extranjeras. Tras anunciar que cazaría a los huelguistas «como bestias salvajes», envió columnas de tropas regulares y guardias civiles a las cuencas mineras para amedrentar a la población, imponiéndose el toque de queda mediante una campaña de terror. La severidad de la respuesta de Burguete, que causó 80 muertos, 150 heridos y 2.000 detenidos, de los cuales muchos fueron cruelmente golpeados y torturados, garantizó el fracaso de la huelga.67

El joven comandante Franco estaba al mando de una de las columnas. Formada por una compañía del Regimiento del Rey, una sección de ametralladoras del Regimiento del Príncipe y un destacamento de guardias civiles, tuvo una importancia considerable en la restauración del orden después de la huelga. De hecho, el historiador oficial de la Guardia Civil se refirió a Franco como «el hombre responsable de restaurar el orden».68 A pesar de que varias hipótesis afirman que su actuación de esta época confirmó su fiabilidad a ojos de la burguesía local, el propio Franco declararía años más tarde ante un inmenso público de mineros asturianos que su columna no había entrado en acción.69 Eso parece improbable, pero ahora es imposible reconstruir su cometido exacto en la represión. Es cierto que su trabajo consistía en proteger las minas de sabotaje y, dentro de los términos de la ley marcial, intervenir en los casos de choque entre huelguistas y guardias civiles a partir de la declaración de la huelga. En 1963 dijo algo increíble a George Hills, entonces jefe de los servicios en lengua española de la BBC: que las pésimas condiciones de vida de las que fue testigo le hicieron iniciar un vasto programa de lecturas de sociología y economía.70 En contraste con los recuerdos paternalistas de Franco, Manuel Llaneza, el dirigente moderado del sindicato de mineros asturianos, escribió en esa época sobre el «odio africano» que se había desatado contra los pueblos mineros, en una orgía de violaciones, pillaje, violencia y tortura.71

La creciente hostilidad de muchos oficiales del ejército hacia el sistema político existente se intensificó en los años posteriores a 1917 por la campaña del Partido Socialista Obrero Español contra la guerra de Marruecos y la indecisión de los gobiernos sucesivos. Los oficiales del ejército querían simplemente que se les concedieran recursos y libertad suficientes para elaborar un plan de acción sin impedimentos políticos. Los sucesivos gobiernos, constreñidos por la creciente resistencia popular a perder la vida en Marruecos, limitaron el apoyo material e impusieron al ejército una estrategia esencialmente defensiva. A ojos del alto mando militar, los políticos hipócritas hacían un doble juego, exigiendo a los soldados victorias baratas, pero negándose a que se supiera que invertían recursos en una guerra colonial.72 En consecuencia, en lugar de proceder a una total ocupación del Rif, que los militares consideraban la única solución adecuada, el ejército fue obligado a ajustarse a la limitada estrategia de custodiar las ciudades importantes y las comunicaciones entre ellas. Inevitablemente, los rifeños atacaban los convoyes de abastecimiento, implicando a los militares en una guerra de desgaste, en apariencia interminable, de la que culpaban a los políticos. En agosto de 1919 se realizó un esfuerzo para cambiar el curso de los acontecimientos cuando, a la muerte del general Gómez Jordana, el presidente, conde de Romanones, nombró al general Dámaso Berenguer, que entonces tenía cuarenta y seis años, Alto Comisario del protectorado de Marruecos. Berenguer, un brillante oficial con un excelente expediente, ascendió a ministro de la Guerra en noviembre de 1918.73

Una de las dificultades que Berenguer debió afrontar fue la ambición y el recelo del comandante general de Ceuta, general Manuel Fernández Silvestre. Aunque se apreciaban y se respetaban mutuamente, y ambos eran muy apreciados por Alfonso XIII, su relación profesional se complicaba por el hecho de que Silvestre era dos años mayor que Berenguer, había sido su comandante en jefe y lo superaba, aunque sólo por un número, en el escalafón de antigüedad. Dicha superioridad, junto con la amistad personal entre Silvestre y el rey, avivaron su tendencia a la insubordinación. Entre ambos existían importantes diferencias políticas: Silvestre deseaba un enfrentamiento definitivo con las cabilas rifeñas; Berenguer se inclinaba por una dominación pacífica de éstas mediante el hábil uso de las fuerzas indígenas.74 Berenguer trazó un plan de tres años para la pacificación de la zona, cuya finalidad era unir con el tiempo Ceuta y Melilla por tierra. La primera parte del plan contemplaba la conquista del territorio cabileño al este de Ceuta, conocido como Anyera, incluida la ciudad de Alcazarquivir. A esto seguiría la dominación del Jibala, con sus dos ciudades principales, Tazarut y Xauen. Con la aprobación del gobierno, el plan se inició el 21 de marzo de 1919 con la ocupación de Alcazarquivir. Esto indujo a El Raisuli a vengarse mediante una campaña de ataques a los convoyes españoles de abastecimiento.

En esa época, Franco estaba lo bastante al margen de los acontecimientos marroquíes para ingresar en las Juntas de Defensa, a pesar de que defendían el ascenso por estricta antigüedad. Es de suponer que lo hizo sin convicción y como reacción al recelo de los suboficiales, mucho mayores que él, que no habían servido en África. Al fin y al cabo, si se hacía extensiva la aplicación de la política de las Juntas, se habría eliminado el principal incentivo para que los oficiales sirvieran como voluntarios en Marruecos. Antes de que Franco se implicase demasiado en los intereses del ejército peninsular, el 28 de septiembre de 1918 se sembraba el germen de los drásticos cambios que se producirían en su existencia y en sus perspectivas de futuro, al trasladarse de su unidad en Oviedo a Valdemoro, cerca de Madrid. En Valdemoro tomó parte en un curso obligatorio de tiro para comandantes y permaneció hasta el 16 de noviembre. Allí conoció al comandante José Millán Astray, un gallego trece años mayor que él, a punto de ser ascendido a teniente coronel. Famoso después por su maníaca valentía y sus graves heridas, Millán explicó a Franco sus ideas para crear unas unidades especiales de voluntarios de África, siguiendo el modelo de la Legión Extranjera francesa. A Franco le entusiasmaban sus conversaciones y dio a Millán Astray la impresión de que podía ser un posible colaborador en el futuro.75

Franco regresó a sus obligaciones en la guarnición de Oviedo, donde permaneció todo 1919 y buena parte de 1920. Durante este tiempo, Millán Astray había presentado sus ideas al entonces ministro de la Guerra, general Tovar. A su vez, Tovar las había transmitido al Estado Mayor, que envió a Millán a Argelia para estudiar la estructura y las tácticas de la Legión Extranjera francesa. A su regreso se publicó una real orden que aprobaba la creación de una unidad de voluntarios extranjeros. Tovar fue sustituido por el general Villalba Riquelme, que arrinconó la idea, pendiente de una reorganización más concienzuda del ejército africano que entonces se estudiaba. En mayo de 1920, Villalba fue sustituido a su vez por el vizconde de Eza, que había oído una conferencia de Millán Astray sobre el tema de la nueva unidad en el Círculo Militar de Madrid. Eza quedó lo bastante convencido para autorizar su formación.

En junio de 1920 Millán volvió a reunirse con Franco en Madrid para ofrecerle el puesto de segundo jefe de la Legión española. Al principio, dado que su relación con Carmen marchaba viento en popa y Marruecos, al menos por el momento, parecía tan tranquilo como la España peninsular, la oferta no le entusiasmó demasiado.76 No obstante, aceptó tras breve vacilación y ante la perspectiva de eternizarse en Oviedo. Sería el inicio de un período difícil para Carmen Polo, quien demostraría una paciencia y un tesón equiparables a los de su marido. Ocho años más tarde, Carmen Polo relató su experiencia: «Yo siempre había soñado que el amor sería una existencia iluminada de alegrías y risas; pero a mí más me trajo tristezas y lágrimas. La primera que he derramado en mi vida de mujer fue por él. Siendo novios, hubo de separarse de mí para marchar a África a organizar en la Legión la primera bandera, y puede suponerse mi constante ansiedad e inquietud, aumentada terriblemente los días que los periódicos hablaban de operaciones en Marruecos, o cuando sus cartas se hacían esperar más días de los acostumbrados».77

La Legión se fundó oficialmente el 31 de agosto de 1920 con el nombre de Tercio de Extranjeros (Tercio era el nombre que se daba en el siglo XVI a las unidades tácticas del ejército de Flandes, compuestas por tres grupos: piqueros, ballesteros y arcabuceros). En sus comienzos también tenía tres banderas o batallones. A Millán Astray le disgustaba el nombre de Tercio y siempre insistía en llamar a la nueva fuerza «la Legión», nombre que también prefería Franco. En los años posteriores a la Primera Guerra Mundial no hubo problemas para reclutar voluntarios. El 27 de septiembre de 1920, Franco fue nombrado jefe de su primera bandera. Arrinconando sus planes de una vida junto a Carmen Polo, el 10 de octubre de 1920 partió en el transbordador de Algeciras, acompañado por los primeros doscientos alistados, una variopinta pandilla de malhechores, inadaptados y marginados, algunos duros e implacables, otros simplemente patéticos. Eran tipos endurecidos, que iban desde criminales comunes, pasando por veteranos extranjeros de la Primera Guerra Mundial que habían sido incapaces de adaptarse a la paz, hasta pistoleros implicados en la guerra social que desgarraba entonces Barcelona. Ese comandante de veintiocho años, bajito, menudo, pálido y de voz aguda, parecía poco apto para mandar semejante dotación.

Millán Astray estaba obsesionado con la muerte y ofreció a sus nuevos reclutas poco más que la oportunidad de luchar y morir. Tanto Franco como Millán Astray conservaron a lo largo de toda su vida la idea romántica de que la Legión ofrecería a sus desheredados reclutas la redención mediante el sacrificio, la disciplina, las penalidades, la violencia y la muerte. En el diario que Franco escribió durante sus dos primeros años, Diario de una bandera, subyace una curiosa mezcla de romanticismo sentimental de historia de aventuras tipo Beau Geste y fría insensibilidad ante la brutalidad humana. En su discurso de bienvenida a los primeros reclutas, Millán Astray hablando en tono histérico les dijo que, como ladrones y asesinos, sus vidas habían llegado a su fin antes de unirse a la Legión. Inspirado por un fervor frenético y contagioso, les ofreció una nueva vida, que pagarían con su muerte. Los llamó los novios de la muerte,78 y ellos imprimieron a la Legión una mentalidad de crueldad brutal que Franco compartiría por completo, a pesar de su introversión. La disciplina era salvaje. Se podía fusilar por deserción o incluso por infracciones menores de la disciplina.79 Durante el tiempo que fue subalterno de Millán Astray, la obediencia, disciplina y lealtad de Franco nunca flaquearon, aunque la tentación de contradecir a su maníaco jefe debió ser considerable.80

La noche de su llegada a Ceuta, los legionarios aterrorizaron la ciudad. Una prostituta y un cabo de guardia fueron asesinados. En el transcurso de la caza a los culpables hubo dos muertes más.81 Franco se vio obligado a trasladar la primera bandera a Dar Riffien, donde se había reconstruido un viejo arco con la inscripción «Legionarios a luchar; legionarios a morir». Llegaron a África en un momento difícil, mientras Berenguer ponía en práctica la segunda parte de su vasto plan para la ocupación de la zona española. El 14 de octubre de 1920, el cuartel general de El Raisuli, en la pintoresca localidad de montaña de Xauen, había sido ocupado por tropas españolas. Para los rifeños, Xauen era «la ciudad sagrada» o «la misteriosa». Sita en una profunda garganta, el histórico reducto fortificado de Xauen era teóricamente inexpugnable. Su captura fue una conquista sin apenas derramamiento de sangre gracias a un militar arabista, el coronel Alberto Castro Girona, que había entrado en la ciudad disfrazado de carbonero y, mediante una mezcla de amenazas y sobornos, había persuadido a los notables de que se rindieran.82 No obstante, como las levantiscas cabilas que habitaban entre Xauen y Tetuán no se habían rendido, hubo que emprender una costosa operación de vigilancia. Al cabo de una semana de su llegada, los legionarios de Franco fueron destinados a Uad Lau para custodiar la carretera de Xauen.

Franco pronto se reuniría con sus eternos compañeros, su primo Pacón y Camilo Alonso Vega. Encargó a Alonso Vega la creación de una granja para el batallón, con el fin de procurar medios que permitieran un aprovisionamiento decente, y la construcción de barracones mejores. La granja fue un gran éxito, no sólo porque proporcionaba carne fresca y verduras para las tropas, sino también porque rindió beneficios. Asimismo, Franco tomó medidas para disponer de agua fresca permanente de las montañas vecinas de Dar Riffien.83 Era típica de él la planificación metódica y minuciosa tanto de los pormenores prácticos de la vida de campaña como de las hostilidades contra los moros. Sus intereses eran estrechamente militares. Encerrado en el caparazón de su personaje público, en apariencia compartía pocos de los sentimientos y apetitos de sus camaradas, que empezaron a llamarlo el hombre «sin miedo, sin mujeres y sin misa». Sin otros intereses o vicios que no fueran su carrera, el estudio del terreno, el trazado de mapas y los preparativos generales para la acción, consiguió que las unidades bajo su mando destacaran en un ejército conocido por su indisciplina, ineficacia y baja moral.

Además, en la Legión, Franco demostraría una implacable disposición a imponer su autoridad sobre hombres físicamente más grandes y duros que él, compensando su estatura con una frialdad intimidatoria. A pesar de la feroz disciplina en otros asuntos, ni Millán Astray ni Franco pusieron límite a las atrocidades cometidas contra los pueblos que atacaban. No era rara la decapitación de prisioneros y la exhibición de las cabezas cortadas como trofeos. La duquesa de la Victoria, una filántropa que organizó un equipo de enfermeras voluntarias, recibiría en 1922 un tributo de la Legión: una cesta de rosas en cuyo centro se encontraban dos cabezas de moro cercenadas.84 Cuando el dictador Primo de Rivera visitó Marruecos en 1926, se horrorizó ante la vista de un batallón de la Legión en espera de ser inspeccionado con cabezas clavadas en las bayonetas.85 En realidad, Franco y los demás oficiales llegaron a sentir un fiero orgullo de la brutal violencia de sus hombres, deleitándose en su siniestra reputación. Esa notoriedad era en sí misma un arma útil para amilanar a la población colonial y su eficacia le enseñó mucho a Franco sobre la función ejemplar del terror. En Diario de una bandera, adoptó un tono de paternalismo benévolo con respecto a las salvajes travesuras de sus hombres.86 En África, como más tarde en la península durante la Guerra Civil, aprobó la muerte y mutilación de prisioneros. Poca duda cabe de que los primeros años de vida adulta pasados entre la inhumana barbarie de la Legión contribuyeron a deshumanizar a Franco. Dicho de otra manera, la Legión le proporcionaba la oportunidad de expresar sus sentimientos reprimidos. Él mismo, en sus apuntes para sus memorias, escribiría «Legión = afianzamiento de la personalidad». Es imposible saber si llegó a África tan falto de las reacciones emocionales normales como para que no le afectase la inmisericorde brutalidad que le rodeaba. Cuando Franco estaba en los Regulares, un oficial algo mayor que él, Gonzalo Queipo de Llano, que no destacaba precisamente por su sensibilidad, se quedó impresionado ante la imperturbabilidad y la satisfacción con que presidía la cruel violencia de los castigos a las tropas moras por faltas menores.87 La facilidad con que se acostumbró a la brutalidad de sus hombres ciertamente sugiere una falta de sensibilidad que roza con el vacío interior. Eso explicaría el modo decidido, casi indiferente, con que emplearía el terror durante la Guerra Civil y los años de represión que siguieron.

Para sobrevivir y prosperar en la Legión, los oficiales tenían que ser tan duros y despiadados como sus hombres. En cierta ocasión, preocupado por una oleada de indisciplina y deserciones, Franco escribió a Millán Astray solicitándole permiso para recurrir a la pena de muerte. Millán lo consultó a las autoridades superiores y le dijo a Franco que las sentencias de muerte debían dictarse sólo de acuerdo con las ordenanzas estrictas que recogía el código de justicia militar. Pocos días más tarde, un legionario se negó a comer y lanzó su comida a un oficial. Franco tranquilamente ordenó formar al batallón, seleccionó un pelotón de fusilamiento, fusiló al soldado transgresor y luego hizo que todo el batallón desfilara ante el cadáver. Informó a Millán que asumía toda la responsabilidad de la acción, que consideraba un castigo necesario y ejemplar para restablecer la disciplina.88 En otra ocasión, informaron a Franco de que habían capturado a dos legionarios que habían cometido un robo y luego desertado. «Fusílenlos», ordenó. En respuesta a una protesta de Vicente Guarner, en otro tiempo compañero de la Academia Militar de Toledo, que visitaba la unidad, Franco le espetó: «¡Cállate! No tienes idea de la clase de gente que son: si no actuara con mano dura, pronto esto sería el caos».89 Según un sargento de la Legión, tanto hombres como oficiales le temían, a él y a la pavorosa frialdad que le permitía fusilar hombres sin pestañear. «Puedes estar seguro de tener todo a lo que tienes derecho, puedes tener confianza de que sabe dónde te mete, pero en cuanto a la manera de tratar ... Dios te libre si falta algo de tu equipo, o si el fusil está sucio o si te haces el remolón.»90

A principios de 1921 prosperaba el plan a largo plazo del general Berenguer de una lenta ocupación, desplegada desde Ceuta. Al mismo tiempo, el general Manuel Fernández Silvestre emprendió una campaña más ambiciosa, en realidad temeraria, para avanzar desde Melilla en dirección oeste hacia la bahía de Alhucemas. El 17 de febrero de 1921, Silvestre había ocupado Monte Arruit y planeaba cruzar el río Amekran. Al adentrarse en un territorio inaccesible y hostil, el éxito de Silvestre fue más aparente que real. Abd el-Krim, el agresivo nuevo líder que había empezado a imponer su autoridad sobre las cabilas bereberes del Rif, advirtió a Silvestre que si cruzaba el Amekran, aquéllas resistirían en masa. Silvestre se echó a reír.91 Sin embargo, Berenguer quedó convencido de que Silvestre tenía la situación bajo control y decidió acosar el territorio de El Raisuli, conquistando las montañas Gomara. Se ordenó a la Legión unirse a la columna de uno de los oficiales más sobresalientes del ejército español en Marruecos, el coronel Castro Girona. Su tarea era ayudar a establecer una línea defensiva continua de blocaos entre Xauen y Uad Lau. Cuando esa línea se encontró con la que unía Xauen a Alcazarquivir, El Raisuli estuvo rodeado. El 29 de junio de 1921, los legionarios iban a la vanguardia de la fuerza que asaltó el cuartel general de El Raisuli.

No obstante, antes de que se desplegase el ataque, el 22 de julio de 1921 una de las banderas de la Legión recibió órdenes de avanzar hacia Fondak sin que les dieran ninguna explicación. Lo echaron a suertes y le tocó a la bandera de Franco. Llegaron tras una agotadora marcha forzada; entonces se les ordenó seguir hasta Tetuán y luego a Ceuta. Cuando alcanzaron Tetuán, oyeron rumores de un desastre militar cerca de Melilla. Al llegar a Ceuta se confirmaron los rumores y subieron a bordo del buque de transporte de tropas Ciudad de Cádiz que los llevó a Melilla.92 Pero desconocían la magnitud del desastre. El general Fernández Silvestre había extendido demasiado las líneas, cruzado el Amekran hacia la bahía de Alhucemas y sufrido una derrota monumental a manos de Abd el-Krim. Conocida por el nombre del pueblo de Annual, donde comenzó, la derrota fue en realidad una huida desordenada que tuvo lugar durante un período de tres semanas e hizo retroceder la ocupación española hasta la propia Melilla. Ante la retirada de las tropas españolas, los entusiasmados bereberes se unieron a la revuelta, exterminando una guarnición tras otra. La fragilidad y la artificialidad del protectorado español quedó brutalmente al descubierto. Todas las conquistas de la última década, cinco mil kilómetros cuadrados de maleza yerma, ganadas a costa de grandes sumas de dinero y miles de vidas, desaparecieron en cuestión de horas. Se perpetraron atroces matanzas en los puestos de avanzadilla cerca de Melilla, Dar Drius, Monte Arruit y Nador. En cuestión de semanas murieron 9.000 soldados españoles. Los cabileños se encontraban en los arrabales de una Melilla presa del pánico pero, ocupados en el botín, dejaron escapar la oportunidad de tomarla, sin percatarse de que la ciudad se hallaba prácticamente indefensa.93

En ese momento llegaron refuerzos, entre ellos Franco y sus hombres, que entraron en Melilla el 23 de julio de 1921 con órdenes de defender la ciudad a cualquier precio.94 Se utilizó a la Legión en el despliegue de una operación inmediata que permitiera conservar la posesión, para luego consolidar las defensas exteriores de Melilla hacia el sur. Desde su posición defensiva en las lomas de las afueras de la ciudad, Franco podía observar el asedio a lo que quedaba de la guarnición de Nador, pero le fue denegada la petición de conducir un destacamento de voluntarios para ayudarlos. Una derrota seguía a otra: Nador cayó el 2 de agosto y Monte Arruit el 9 de agosto.95 Se envió a la Legión por etapas a reforzar otras unidades de la zona, escoltar columnas de abastecimiento y defender los blocaos más amenazados. Fue una tarea ardua; los oficiales y la tropa estaban de guardia día y noche.96 Gracias a la prensa y a la publicación de su diario, la actuación de Franco en la defensa de Melilla contribuyó a convertirlo en un héroe nacional. En particular su fama se intensificó con su operación de ayuda a la posición avanzada de Casabona, al utilizar inesperadamente su columna de escolta para atacar a los sitiadores marroquíes.97 En el combate con las cabilas había aprendido lo eficaz que podía resultar servirse de la protección de matorrales, contrario a las ordenanzas peninsulares de campaña.98

El 17 de septiembre de 1921, Berenguer pudo ordenar un contraataque para recuperar parte del territorio perdido. La Legión estuvo una vez más en la vanguardia. El primer día de la ofensiva, cerca de Nador, Millán Astray fue gravemente herido en el pecho. Cayó al suelo gritando: «Me han matado, me han matado». Luego se incorporó para gritar: «¡Viva el Rey! ¡Viva España! ¡Viva la Legión!». Mientras llegaban los camilleros para evacuarlo, cedió el mando a Franco.

Cuando el joven comandante y sus hombres entraron en Nador encontraron montones de cadáveres descompuestos e insepultos de sus camaradas muertos seis semanas atrás. Franco escribió más tarde que Nador, con los cadáveres tirados entre los despojos de la rapiña de sus atacantes, era «un enorme cementerio».99 Durante las semanas siguientes, Franco y sus hombres intervinieron en varias operaciones similares y el 23 de octubre participaron en la reconquista de Monte Arruit. A Franco no le parecía contradictorio aprobar las atrocidades cometidas por sus propios hombres, pero horrorizarse ante la mutilación de los cientos de cadáveres de soldados españoles hallados en Monte Arruit. Franco y sus hombres abandonaron Monte Arruit «sintiendo en nuestros corazones un anhelo de imponer a los criminales el castigo más ejemplar que hayan visto las generaciones».100 El propio Franco relataba que en una ocasión, durante la campaña, un capitán ordenó a sus hombres que dejaran de disparar porque sus blancos eran mujeres. Un viejo legionario murmuró «pero son fábricas de moritos». «Todos reímos —escribió Franco en su diario— y recordamos que, en el desastre, muchas mujeres fueron especialmente crueles, remataban los heridos y les despojaban de sus ropas, pagando de este modo el bienestar que la civilización les trajo.»101

El 8 de enero de 1922, Dar Drius cayó ante una columna de Berenguer y se reconquistó mucho de lo que se había perdido en Annual. A Franco le indignó la suerte corrida por los soldados españoles exterminados por los moros en Dar Drius en 1921 y le ofendía que no se permitiera a la Legión entrar en el pueblo y vengarse.102 Sin embargo, al cabo de pocos días surgió la oportunidad de hacerlo. Tuvo lugar un incidente que hizo que la prensa gallega alabara «la sang-froid, la audacia y el desdén por la vida» de nuestro «querido Paco Franco». Los moros atacaron un blocao cercano a Dar Drius y los legionarios que lo defendían se vieron obligados a pedir ayuda. El comandante de las fuerzas españolas del pueblo ordenó que todo el destacamento de la Legión acudiera en su auxilio. Franco dijo que con doce bastaría y pidió voluntarios. Cuando toda la unidad dio un paso al frente, eligió a doce y partió. El ataque al blocao fue rechazado y a la mañana siguiente Franco y sus doce voluntarios regresaron portando «como trofeos las cabezas ensangrentadas de doce harqueños».103

Cuando le concedían ocasionales permisos, Franco visitaba a Carmen Polo en Asturias. En estos viajes a Oviedo, como héroe militar cada vez más famoso, era un invitado grato en las cenas de la aristocracia local. Su presencia era muy acorde con la veneración por la nobleza que sintió durante toda su vida.104 Al entrar en sociedad, comenzó a establecer contactos que más tarde le serían útiles y también empezó a invertir en su imagen pública, lo cual da idea de las dimensiones de su ambición. La prensa empezó a ocuparse de él. En las entrevistas, en los discursos pronunciados en los banquetes que ofrecían en su honor y en sus publicaciones empezó a cultivar de manera consciente la imagen del héroe abnegado. Poco después de que tomara el mando de la Legión de manos de Millán Astray, Franco recibió un telegrama de felicitación del alcalde de El Ferrol. En el fragor de la batalla, halló tiempo para redactar una respuesta quitándose importancia: «La Legión se honra con su felicitación. Yo sólo cumplo con mi deber de soldado. Afectuosos saludos de los legionarios para la ciudad».105 Era típico de la autopercepción de Franco en esa época, al verse como el valeroso, pero modesto, oficial que sólo se interesa por su deber. Era una imagen en la que creía de un modo implícito y también una imagen que se esforzaba en proyectar públicamente. Al salir de una audiencia con el rey a principios de 1922, dijo a los periodistas que el rey le había abrazado y felicitado por su éxito en el mando del Tercio durante la ausencia de Millán Astray: «Lo que se ha dicho de mí ha sido algo exagerado. Yo sólo cumplí con mi deber. Los soldados son unos verdaderos valientes. Con ellos puede irse a cualquier parte».106 Sería erróneo decir que cuando Franco hablaba en tales términos era simplemente un cínico. Poca duda cabe de que el joven comandante se veía sinceramente desde la óptica de estilo Beau Geste de su diario. No obstante, su conducta en las entrevistas y el hecho de que publicara su diario a finales de 1922, regalando muchos ejemplares de él, sugiere una conciencia del valor de la presencia pública en la anhelada transición de héroe a general.

2

La forja de un general, 1922-1931

Franco comenzaba a dar señales de querer cultivar su imagen pública, pero era auténticamente popular entre sus hombres debido a su metódica escrupulosidad e insistencia en dirigir siempre los ataques en persona. Era un defensor entusiasta de las cargas a la bayoneta para desmoralizar al enemigo. Sin embargo, él mismo se aseguró de que sus hazañas fueran bien difundidas en la prensa nacional. En un viaje a la península a mitad de febrero de 1922 para ver a su madre y a su prometida se preocupó de visitar la redacción del periódico de derechas ABC. Su atención fue recompensada al ser declarado un héroe nacional, «el as de la Legión». Una página entera dedicada al joven comandante incluía la halagadora historia —contada sin duda por el propio Franco a los periodistas— de cómo el general José Sanjurjo, de lenguaje contundente y sencillo, también uno de los héroes de la campaña africana y oficial superior de Franco, le dijo: «No va usted a ir al hospital de un tiro de un moro, sino de una pedrada que le voy a dar yo cuando le vea a caballo en las guerrillas».1

En junio de 1922, Sanjurjo recomendó a Franco para un ascenso a teniente coronel por su cometido en la reconquista de Nador. Pero, como aún seguía en curso la investigación del desastre de Annual, la propuesta fue rechazada. No obstante, Millán Astray ascendió a coronel y Sanjurjo a general de división. Franco simplemente recibió la medalla militar y continuó siendo comandante. Indignado ante las críticas civiles contra el ejército y los indicios de que el gobierno contemplaba una retirada de Marruecos, Millán Astray pronunció una serie de discursos inoportunos y el 13 de noviembre de 1922 fue relevado del mando de la Legión. Para su mortificación, Franco no fue invitado a ocupar su cargo, dado que su grado de comandante era insuficiente. Se le concedió el mando al teniente coronel de Regulares Rafael de Valenzuela Urzáiz. Eso hizo que Franco abandonara la Legión. Para el hombre que la había creado casi de la nada junto a Millán Astray, servir a las órdenes de un recién llegado debió parecerle inaceptable.2 Solicitó un destino en la península y volvieron a trasladarle al Regimiento del Príncipe en Oviedo.

Para desazón de la mayoría de los oficiales del ejército, el desastre de Annual reforzó el pacifismo de la izquierda y mermó la reputación pública del ejército y del rey. Alfonso XIII era sospechoso de haber alentado a Silvestre a emprender el imprudente avance.3 En agosto de 1921, se nombró al general José Picasso González para dirigir una investigación sobre la derrota. El expediente Picasso originó el auto de acusación contra treinta y nueve oficiales, incluido Berenguer, que el 10 de julio de 1922 se vio obligado a dimitir como Alto Comisario. A lo largo del otoño de 1922, el expediente Picasso fue objeto de la inspección minuciosa y hostil de una comisión de las Cortes, conocida como la «Comisión de Responsabilidades», instituida para examinar las responsabilidades políticas del desastre. El brillante orador socialista Indalecio Prieto denunció la corrupción que había debilitado al ejército colonial dando pie con ello a que la temeridad de Silvestre se convirtiera en una aplastante derrota. El diputado socialista pidió la clausura de las academias militares, la disolución del servicio de intendencia y la expulsión del ejército de los oficiales de más graduación que habían servido en África. Su discurso se imprimió en un folleto y se distribuyeron 100.000 copias gratuitas.4

El general Ricardo Burguete, bajo cuyas órdenes había servido Franco en 1917 en Oviedo, sustituyó a Berenguer. Como Alto Comisario, Burguete obedeció las órdenes del gobierno de intentar pacificar a los rebeldes mediante el soborno, descartando la acción militar. El 22 de septiembre de 1922 hizo un trato con el entonces obeso y acabado El Raisuli, por el cual, a cambio de controlar la Yebala en nombre de España, se le concedía carta blanca y una buena suma de dinero. Asediado ya en su cuartel general de Tazarut en la Yebala, el poder de El Raisuli habría sido aplastado definitivamente si los españoles hubieran tenido la imaginación y el atrevimiento suficientes para ocupar el centro de la región. La política de conciliación fue un error garrafal. Las tropas españolas se retiraron del territorio de un hombre al borde de la derrota que con ello se enriqueció y agrandó su reputación y poder.

El propósito de Burguete era pacificar el oeste para poder aplastar con mayor libertad en el este al más peligroso Abd el-Krim. En otoño, después de negociar con Abd el-Krim el intercambio de prisioneros de guerra españoles, Burguete pasó a la ofensiva. Pretendía utilizar como base de su iniciativa la posición fortificada de Tizi Azza, en lo alto de una colina al sur de Annual. Sin embargo, a principios de noviembre de 1922, antes de poder emprender ese ataque, las tribus del Rif pasaron a la acción. Bien protegidos en las laderas que dominan el pueblo, dispararon contra la guarnición causando 2.000 bajas y obligando a los españoles a atrincherarse para el invierno.5

El empeoramiento de la situación en Marruecos y los acuerdos procurados por Burguete quizá convencieron a Franco de que había acertado al dejar la Legión, cualesquiera que pudieran haber sido sus razones. Al pasar por Madrid en dirección a Asturias le llovieron los honores. El rey le concedió la medalla militar el 12 de enero de 1923 y la distinción de ser nombrado gentilhombre de cámara, un grupo de élite de cortesanos militares.6 Franco fue el invitado de honor en una cena ofrecida por sus admiradores.

También fue objeto de un perfil inmensamente adulador y revelador escrito por el novelista y periodista Julián Fernández Piñero y publicado bajo el seudónimo de «Juan Ferragut». En la misma revista donde fue publicado, Nuevo Mundo, Fernández Piñero había escrito una serie de artículos de ficción bajo el título de «Memorias de un legionario». A consecuencia de ello se rumoreó que Fernández Piñero había sido el «negro» que había escrito para Franco Diario de una bandera. Había cierto parecido en el estilo, aunque en el artículo recalca que es su primer encuentro con Franco. La entrevista presenta un retrato de Franco en el momento en que, ante un matrimonio en ciernes, el heroísmo daba paso a una ambición más calculada. En el perfil de Ferragut aún se percibe el tono del inquieto hombre de acción que pronto desaparecería del repertorio de Franco. No obstante, el estereotipado patriotismo y heroísmo romántico de muchos de sus comentarios sugiere que el personaje del intrépido héroe del desierto no era del todo natural ni espontáneo. A la pregunta de por qué había dejado Marruecos, Franco respondió:

—Porque allí no hacemos nada. No hay tiros. La guerra se ha convertido en un trabajo como otro cualquiera, sino que más fatigoso. Ahora no se hace más que vegetar.

»Sí... Hasta ahora por lo menos. Yo creo que el militar tiene dos épocas: una de la guerra y la otra del estudio. Yo ya he hecho la primera y ahora quiero estudiar. La guerra antes era más sencilla; se resolvía con un poco de corazón; quizá la ciencia más difícil de todas.

Treinta años tiene Franco y parece aún un niño. Su rostro moreno, sus ojos negros y brillantes, su pelo rizo, cierta cortedad de gesto y de palabra y la sonrisa pronta y franca, le infantilizan. Ante el elogio, Franco se ruboriza como una muchacha por un piropo.

—¡Pero si yo no he hecho nada! —exclama como asombrado—. Los peligros son menores de lo que cree la gente. Todo se reduce a aguantar un poco.

—¿Cuál ha sido el día que más emoción le ha causado en esta campaña?

—Yo recuerdo siempre el día de Casabona, tal vez el más duro de esta guerra... Aquel día fue el que vimos lo que era la Legión... Los moros apretaron de firme, y llegamos a combatir a veinte pasos. Íbamos una compañía y media y nos hicieron cien bajas... Caían a puñados los hombres, casi todos heridos en la cabeza y en el vientre y ni un solo momento flaqueó la fuerza... Los mismos heridos, arrastrándose ensangrentados, gritaban: «¡Viva la Legión!»... Viéndoles tan hombres, tan bravos, yo sentía que la emoción me ahogaba... Ése ha sido el día mejor para mí de esta guerra.

»No sé... El valor y el miedo no se sabe lo que son... En el militar, todo eso se resume en otra cosa: concepto del deber, patriotismo.

—¿Está usted enamorado, Franco?

—¡Hombre! ¡Calcule usted! Ahora voy a Oviedo a casarme.7

El 21 de marzo de 1923, Franco llegó a Oviedo donde sus hazañas garantizaban que sería festejado. A principios de junio, toda la buena sociedad del lugar acudió al banquete en el que se le entregó una llave de oro, símbolo de su recién adquirido estatus de gentilhombre de cámara, adquirida mediante suscripción local. El rey aún no le había concedido el permiso reglamentario para su boda. Como se trataba de una mera formalidad se planeó la ceremonia para junio. Sin embargo, mientras Carmen y Francisco esperaban noticias de palacio, sus planes sufrieron otro contratiempo. Franco estaba en El Ferrol, donde pasó la mayor parte de mayo con su familia. A principios de junio, Abd el-Krim lanzó otro ataque sobre Tizzi Azza, el punto clave para superar las líneas defensivas de Melilla. Si caía Tizzi Azza, sería relativamente fácil que otras posiciones españolas cayeran por un efecto dominó. El 5 de junio de 1923 el nuevo comandante de la Legión, teniente coronel Rafael Valenzuela, murió en un combate, culminado por el éxito, destinado a romper el asedio.8

Tres días más tarde, el 8 de junio de 1923, se reunió el Consejo de Ministros en sesión de emergencia y decidió que el más apto para sustituir a Valenzuela era Franco. El ministro de la Guerra, general Aizpuru, le envió un telegrama para informarle de que había sido ascendido a teniente coronel con efecto retroactivo desde el 31 de enero de 1922 y que el rey le había concedido el mando de la Legión. Su matrimonio tendría que ser aplazado de nuevo. Quizá el ascenso, los signos de patronazgo real y el enorme prestigio del que gozaba en el lugar, consolaran a la ambiciosa Carmen de la pérdida de su novio, aunque, entrevistada en 1928, hablaría de lo que sufría cuando él estaba ausente y que su principal defecto era su amor por África.9

Antes de salir de España, Franco fue el invitado de honor de dos banquetes celebrados en el Automóvil Club de Oviedo y del Hotel Palace de Madrid. Uno de los principales periódicos asturianos dedicaba toda una primera plana a su ascenso y a sus proezas, junto con los desorbitados elogios del general Antonio Losada Ortega, gobernador militar de Oviedo, del marqués de la Vega de Anzo y de otros dignatarios locales.10 Entrevistado a la llegada del banquete en el Automóvil Club el sábado 9 de junio, Franco se mostró como ideal público de joven héroe, vistoso, galante y sobre todo, modesto. Evitó hablar de una valentía especial y se mostró perplejo ante el revuelo que se había armado. Claramente consciente de la imagen que presentaba, interrumpió el elogio del periodista diciendo:

—Ahí —interrumpe prontamente, adivinando sin duda el elogio que brotaba en nuestros labios—, ahí hice lo mismo que todos los legionarios hicieron: luchamos con entusiasmo, con deseos de vencer, y vencimos.

—¡Cómo se alegrarán los bravos legionarios de su nombramiento!

—¿Alegrar?... ¿por qué?... soy un jefe como... —Un bizarro oficial que hacía unos momentos, ex legionario por más señas— oía la conversación en silencio, cortó la frase de Franco diciendo con calor:

—Diga usted que sí, que sí, que todos se alegrarán muchísimo... ya lo creo que se alegrarán.

—Chico, no te excedas —dice Franco riendo—. Sí; es verdad que mis muchachos me quieren mucho.

»¿Planes?... Los acontecimientos serán los que manden; repito que yo soy un simple soldado que obedece. Iré a Marruecos, veré cómo está aquello, trabajaremos con ahínco, y en cuanto pueda disponer de un mesito, a Oviedo me volveré para... para realizar lo que ya daba casi por realizado, lo que el deber, imponiéndose a todo sentimiento, aun los que arraigan en el fondo del alma, me impide ahora realizar... Al llamamiento que la Patria nos haga, nosotros sólo tenemos una rápida y concisa contestación: ¡Presente!11

No cabe duda de que esta y otras entrevistas del mismo período muestran a un personaje más atractivo que aquel en el que Franco se convertiría más tarde, en gran medida como consecuencia de la influencia corruptora de la adulación constante. El ministro de la Guerra y futuro presidente de la Segunda República, Niceto Alcalá Zamora, pensaba que Manuel Goded Llopis, casi de la misma edad y rival de Franco, era un oficial más prometedor que él. Sin embargo, le gustaba el aire de modestia de Franco, «cuya pérdida al ascender a general le ha dañado bastante».12

Al cabo de una semana de su paso por Madrid, Franco había asumido su nuevo mando en Ceuta y pronto estaba en lo más reñido del combate. Poco después de la llegada de Franco a África, Abd el-Krim enlazó su ataque a Tizzi Azza con otro a Tifaruin, un puesto de avanzadilla español cerca del río Kert, al oeste de Melilla. Casi novecientos hombres sitiaban Tifaruin y el 22 de agosto fueron desalojados por dos banderas de la Legión a las órdenes de Franco.13

De hecho, la imagen de soldado bonachón proyectada por el perfil escrito por su amigo Julián Fernández Piñero/«Juan Ferragut» y la entrevista aparecida en La Voz de Asturias no fue exactamente la que tenían sus compañeros. El joven aristócrata vasco, Ignacio Hidalgo de Cisneros, intrépido piloto y futuro jefe de la aviación republicana, retrataba otro personaje: «También hice varios viajes con Francisco Franco, que había ascendido aquellos días a teniente coronel, y por el cual nunca sentí la menor simpatía. En la base de Mar Chica lo detestábamos, empezando por su hermano Ramón, con el que casi no se hablaba. Cuando pedían un hidro para el teniente coronel Francisco Franco, todos procurábamos eludir el servicio, pues nos molestaba su actitud. Llegaba a la base siempre puntualísimo y siempre serio. Muy estirado, para parecer más alto y disimular su tripita ya incipiente. Según nos decía su hermano, siempre tuvo el complejo de su pequeña estatura y de su tendencia a engordar. Nos saludaba muy reglamentario, ponía mala cara o decía algo desagradable si el hidro no estaba listo. Montaba al lado del piloto y no soltaba palabra hasta llegar el sitio de destino. Allí se despedía también muy militarmente, sin haber abandonado un sólo instante su aspecto antipático de persona perfecta. No recuerdo nunca haberlo visto sonreír ni tener un gesto amable o humano. Con sus compañeros del Tercio era igual o quizá más seco; se veía que lo respetaban y temían, pues como militar tenía mucho prestigio, pero sin la menor muestra de amistad o de afecto. Franco es antipático desde que era célula».14

El descontento militar acumulado por lo que se percibía como una traición civil al ejército de Marruecos era tal, que a principios de 1923 dos grupos de generales de alta graduación, uno en Madrid y otro en Barcelona dirigido por Miguel Primo de Rivera, habían acariciado la idea de un golpe militar.15 El incidente que sirvió de detonante tuvo lugar el 23 de agosto. En Málaga se produjeron numerosos disturbios públicos en los que estaban implicados los reclutas que embarcaban para África. Hubo algún atropello a la población civil y algún ataque a oficiales del ejército. Algunos de los reclutas estaban simplemente borrachos, otros eran nacionalistas catalanes y vascos cuya protesta tenía sentido político. Al fin la Guardia Civil restauró el orden. Un suboficial de ingenieros, José Ardoz, fue asesinado y el crimen se atribuyó a un gallego, el cabo Sánchez Barroso. Sánchez Barroso fue juzgado inmediatamente y sentenciado a muerte. Desde el desastre de Annual existía una general repulsa pública hacia la empresa marroquí y, en consecuencia, la sentencia de muerte desencadenó una enorme protesta. El 28 de agosto Sánchez Barroso recibía el indulto real a petición del gobierno. El cuerpo de oficiales se enfureció por la humillación de los incidentes de Málaga, por el consiguiente rechazo público de la causa de Marruecos y por un indulto que les parecía una afrenta.16

El 13 de septiembre el excéntrico y orondo general Miguel Primo de Rivera dio un golpe militar apoyado por las guarniciones de su propia región militar de Cataluña y por las de Aragón, bajo el control de su íntimo amigo el general Sanjurjo. Se ha debatido mucho sobre la complicidad del rey en el golpe. Lo cierto es que consintió el derrocamiento militar de la Monarquía constitucional y se lanzó sin reservas por el camino del gobierno autoritario. Tras seis años de esporádicos derramamientos de sangre e inestabilidad desde 1917, y de demandas regeneracionistas de un «cirujano de hierro», el Directorio Militar instaurado por Primo de Rivera encontró una resistencia meramente simbólica y mucha expectación benévola, dado el generalizado desencanto con el sistema caciquil.17 A pesar de la admiración mutua que en aquella etapa de sus carreras unía a Franco y a Sanjurjo, ni Franco ni la mayoría de los oficiales de la Legión se mostraron particularmente entusiastas con el golpe. Consideraban que la mayoría de los oficiales que apoyaban a Primo de Rivera eran primordialmente miembros de las Juntas de Defensa y por tanto enemigos del ascenso por méritos. Además, eran muy conscientes de la convicción de Primo de Rivera de que España debía abandonar el protectorado marroquí.18 No obstante, es evidente que Franco no puso objeciones éticas a la toma militar del poder político, sobre todo contando con la aprobación real. En cualquier caso, su mente estaba en otras cosas: su nuevo mando y su inminente matrimonio, para el que por fin llegó el permiso el 2 de julio.19

Francisco Franco se casó a los treinta años con María del Carmen Polo Martínez Valdés, de veintiuno, en la iglesia de San Juan el Real de Oviedo, a mediodía del lunes 22 de octubre de 1923. Su fama y popularidad como héroe de la guerra africana hizo que una multitud de admiradores y curiosos se concentrase alrededor de la iglesia y en las aceras de las calles por las que pasaba el cortejo nupcial. A las diez y media de la mañana la iglesia estaba llena y la multitud se apiñaba y desbordaba por las calles adyacentes. La policía tuvo dificultades para dirigir la circulación del tráfico local. Como correspondía a su rango de gentilhombre de cámara, el padrino de Franco fue Alfonso XIII, representado por el gobernador militar de Oviedo. El general Losada llevó a Carmen del brazo y entraron en la iglesia bajo el palio real. Ese honor, combinado con la creciente fama de Franco, se vio reflejado en el hecho de que su matrimonio apareciera en las páginas de sociedad no sólo de los periódicos locales, sino también de la prensa nacional. Franco, luciendo sus condecoraciones, vistió el uniforme de campaña de la Legión. La ceremonia fue oficiada por un capellán militar y el órgano interpretó las marchas militares que Franco había elegido. Al salir de la iglesia la pareja fue recibida con entusiasmo y grandes aplausos. La muchedumbre seguía los coches que regresaban a casa de los Polo y continuó vitoreando.20 Los esponsales, cuyo plato fuerte fue un espectacular banquete de bodas, constituyeron un importante acontecimiento social en Oviedo.21 El padre de Franco, Nicolás Franco Salgado-Araujo no asistió. Como era de esperar, habría de ser un matrimonio sólidamente feliz, si no apasionado. Cinco años más tarde, Carmen recordaría el día de su boda: «Me pareció que estaba soñando... o leyendo una bonita novela... la mía».22 Entre las montañas de telegramas se contaba una felicitación colectiva de los hombres casados de la Legión y otro de un batallón de la Legión que saludaba a Carmen como a su nueva madrina.23

La posición social de la novia y del novio se advirtió en el hecho de que entre los testigos que firmaron el certificado de matrimonio se encontraran dos aristócratas locales, el marqués de la Rodriga y el marqués de la Vega de Anzo. El tono obsequioso de la prensa local no sólo indica el prestigio de Franco, sino también el tipo de adulación que recibía:

Ayer ha gozado Oviedo de unos momentos de íntima, deseada satisfacción, de jubilosa alegría. Fue en la boda de Franco, del bravo y popular jefe de la Legión. Si grande y legítimo era el afán de los novios de ver bendecido su amor ante el altar, inmenso era también el interés del pueblo por verles felices, realizando su sueño de amor. En ese amor tan puro todos los que conocemos a Franco y a Carmina, hemos puesto algo de nuestro corazón, y por ello, hemos participado de sus incertidumbres, de sus zozobras, de sus justificadas impaciencias... Del Rey, al último de los admiradores del héroe, era unánime el deseo de que esos amores tan contrariados por el azar, tuvieran la divina sanción que habría de llevarles a la suprema dicha.24

... El «alto en la lucha» del bravo guerrero español ha tenido su apoteosis triunfal. Aquellas frases corteses y galantes musitadas por el noble soldado al oído de su linda enamorada, durante el «alto en la lucha», han tenido el epílogo divino de su consagración.25

Un periódico de Madrid encabezaba su comentario con el titular «La boda de un heroico caudillo».26 Ésta fue una de las primeras veces en que se aplicó a Franco el término Caudillo. Es fácil imaginar cómo semejante prosa lisonjera modeló la percepción de Franco de su propia importancia.

Según la tradición, al casarse, el oficial debía «besar las manos» del rey. Tras unos días de luna de miel, que transcurrieron en la casa de veraneo de los Polo, La Piniella, cerca de San Cucao de Llanera, a las afueras de Oviedo, y antes de establecer su hogar en Ceuta, los recién casados viajaron hasta Madrid y solicitaron audiencia en el palacio real a finales de octubre. En 1963, la reina recordaba un almuerzo con un callado y tímido joven oficial.27

Años más tarde, el propio Franco relató dos veces, a su primo y a George Hills, la entrevista con el rey. En estos relatos Franco afirmó que el rey estaba ansioso por saber cómo se sentía el ejército de África ante el reciente golpe y cuál era la situación militar en Marruecos. Franco afirmaba haberle contado al rey que el ejército desconfiaba de Primo de Rivera debido a su creencia en la necesidad de abandonar el protectorado. Cuando el rey demostró la misma inclinación pesimista a la retirada, Franco osadamente respondió que se podía derrotar a los «rebeldes» (los habitantes locales) y consolidar el protectorado español, señalando al parecer que, hasta el momento, las operaciones españolas habían sido fragmentarias; hacían retroceder a los moros en pequeñas parcelas de terreno y luego trataban de conservarlas o recuperarlas una vez que habían sido reconquistadas por aquéllos. En lugar de esta incesante pérdida de hombres y materiales, Franco sugería la idea, preferida desde antiguo por los africanistas, de un gran ataque al cuartel general de Abd el-Krim en la región de la cabila de los Beni Urriaguel. La ruta más directa era por mar hacia la bahía de Alhucemas.

El rey dispuso que Franco cenara con el general Primo de Rivera y le contara su plan.28 A Primo de Rivera no debió agradarle demasiado, dada su firme convicción de que España debía retirarse de Marruecos y su empeño como dictador en reducir el gasto militar.29 Cuando conoció a Franco, Primo de Rivera seguramente no se sorprendió de oír que el joven teniente coronel compartía la general voluntad de los africanistas de permanecer en Marruecos. Hacía tiempo que Franco había publicado su versión de la difundida tesis de que el problema marroquí de España se resolvería en Alhucemas: «Alhucemas es el foco de la rebelión antiespañola, es el camino a Fez, la salida más corta al Mediterráneo y allí está la clave de muchas propagandas que terminarán el día que sentemos el pie en aquella costa».30 La idea de un desembarco en Alhucemas llevaba varios años en el aire y el Estado Mayor había preparado detallados planes para el caso de que los políticos dieran el visto bueno. Según su propia versión, cuando Franco consiguió exponer al dictador sus argumentos a favor del desembarco, eran ya altas horas de la madrugada. El nada abstemio Primo de Rivera estaba algo alegre y Franco estaba convencido de que no recordaría su conversación. Sin embargo, Primo de Rivera le sugirió que presentase su plan por escrito.

En la posterior versión de los hechos, Franco formula su narración para demostrar que el plan del desembarco de Alhucemas era suyo. Es perfectamente comprensible que lo recordase como un producto de su mente, después de tantos años de oírlo decir a sus aduladores y dado que jugó un importante papel en la defensa del plan contra la retirada de Marruecos.31 A comienzos de 1924 Franco había fundado, junto con el general Gonzalo Queipo de Llano, una publicación llamada Revista de Tropas Coloniales que abogaba por mantener la presencia colonial española en África. A principios de 1925 se convertiría en jefe de su consejo editorial. Franco escribiría más de cuarenta artículos en esta revista. En uno de ellos, publicado en abril de 1924 y titulado «Pasividad e inacción», argumentaba que la debilidad de la política española, «la eterna parodia de un protectorado», alentaba la rebelión entre las cabilas indígenas.32 Su impacto fue considerable.

Poco después de visitar al rey, el recién casado Franco y su esposa fijaron su residencia en Ceuta. La situación en Marruecos parecía sospechosamente tranquila. De hecho, hacia la primavera de 1924, el poder de Abd el-Krim había crecido enormemente y ya no reconocía la autoridad del sultán. Abd-el-Krim se presentaba como cabeza visible de un movimiento bereber vagamente nacionalista y hablaba en términos de establecer un Estado socialista independiente. Numerosas tribus aceptaron su liderato y en 1924, al amparo de su autoconcedido título de «Emir del Rif», solicitó entrar en la Sociedad de Naciones.33 Tras la derrota de Annual, la contraofensiva española había reconquistado parte de los alrededores de Melilla. Aparte de eso, la ocupación española consistía en las ciudades de Ceuta, Tetuán, Larache y Xauen. Las guarniciones locales confiaban en poder conservar el territorio, pero les preocupaban seriamente los rumores de una inminente orden de retirada. Previendo dificultades, el 5 de enero, el jefe militar de Ceuta, general Montero, durante la festividad de la Pascua Militar, reunió a los oficiales bajo su mando para que dieran su palabra de obedecer las órdenes cualesquiera que éstas fuesen. Franco se adelantó a responder que no podían pedirles que obedecieran órdenes contrarias al reglamento militar.34

Posiblemente alertado por estas objeciones, Primo de Rivera por fin se decidió a inspeccionar la situación en persona. Mientras tanto, envió a Sanjurjo para que se hiciera cargo del mando de Melilla. Abd el-Krim le saludó con una ofensiva sobre Sidi Mesaud que fue rechazada por la Legión al mando de Franco. En junio de 1924, cuando llegó el Dictador comprendió rápidamente el absurdo de la precaria situación militar española. Su inclinación fue abandonar el protectorado argumentando que pacificarlo por completo sería demasiado costoso y era ridículo seguir manteniéndolo sobre la base de una cadena de blocaos vulnerables y sin agua. Durante parte de su recorrido, el Dictador insistió en que lo acompañara Franco. En ese momento, el joven teniente coronel estaba muy preocupado por los rumores de que Primo de Rivera había acudido para ordenar la retirada española. Acababa de intentar convencer al Alto Comisario, general Aizpuru, que publicar la orden de retirada de las ciudades del interior provocaría una ofensiva a gran escala de las fuerzas de Abd el-Krim. Franco había acordado con el teniente coronel Luis Pareja de los Regulares, que ambos solicitarían el traslado a la península en caso de una retirada de Xauen. En una carta escrita a Pareja en julio de 1924, Franco declaraba que, llegado el momento, el grueso de los oficiales haría lo mismo.35

El 19 de julio de 1924, en una famosa cena en Ben Tieb, se produjo un incidente entre la Legión y el Dictador que se convirtió en la base de un mito posterior. En la cena, según dice la leyenda de la Legión, Franco dispuso que se sirviera al Dictador un menú consistente enteramente en huevos.36 El simbolismo viril era evidente: el visitante necesitaba huevos y la Legión tenía para dar y tomar. Sin embargo, el fanático respeto de Franco a la disciplina y el ambicioso interés por su carrera, hace difícil creer que insultara de modo tan flagrante a un oficial superior y jefe de Gobierno. En 1972 Franco negó haberle servido dicho menú.

En la cena, Franco hizo un duro pero comedido discurso contra el abandonismo. Lo que dijo revelaba su compromiso perpetuo con el Marruecos español: «lo que pisamos es suelo español, porque lo hemos comprado al más alto precio y con la moneda más preciada: la sangre española aquí derramada. Rechazamos la idea de retirarnos porque estamos convencidos de que España está en posición de dominar su territorio». Primo de Rivera respondió con un discurso igualmente fuerte explicando la lógica subyacente a los planes de retirada y solicitando una obediencia ciega. Cuando un coronel del equipo de Primo de Rivera dijo: «Muy bien», el irascible y pequeño comandante José Enrique Varela, incapaz de contenerse, gritó: «Muy mal». El discurso de Primo de Rivera fue interrumpido por silbidos y comentarios hostiles. Sanjurjo, que le acompañaba, contó más tarde a José Calvo Sotelo, ministro de Hacienda del Dictador, que mantuvo la mano en la culata de la pistola durante los discursos, temiendo un trágico incidente. Cuando el Dictador acabó se hizo un silencio total. Franco, siempre cauto, se apresuró a visitar a Primo de Rivera justo después de la cena para clarificar su postura. Dijo que si lo que acababa de suceder merecía un castigo, estaba preparado para recibirlo. Primo de Rivera no tomó en serio el papel de Franco en el asunto y le permitió regresar más tarde y exponer de nuevo su punto de vista sobre un desembarco en Alhucemas.37 En su propia versión de 1972, Franco aducía de modo poco verosímil que había reprendido a Primo de Rivera y que éste le había prometido no hacer nada sin consultar a los «oficiales clave».38

Poco después de la cena de Ben Tieb, el Dictador preparó una operación para levantar 400 posiciones y blocaos. Como Franco y otros habían advertido, hablar de retirada animó a Abd el-Krim y estimuló la deserción de gran número de tropas marroquíes de las filas españolas. El teniente coronel Pareja entendió que se daban las condiciones acordadas con Franco para presentar conjuntamente la dimisión. Pareja presentó la solicitud de traslado y le molestó descubrir que Franco no había cumplido su palabra. Éste permaneció en su puesto. Entre sus compañeros, se creía que, en su encuentro con Primo de Rivera, este le había prometido un pronto ascenso.39 Poco después del regreso de Primo de Rivera a Madrid, Abd el-Krim lanzó un ataque masivo, cortando la carretera de Tánger a Tetuán y amenazando a esta última. El 10 de septiembre se emitió un comunicado anunciando la evacuación de la zona. La preocupación por las consecuencias de la propuesta de retirada hizo que numerosos oficiales que servían en África acariciaran la idea de un golpe contra Primo de Rivera. El cabecilla fue Queipo de Llano, quien en 1930 afirmó que Franco le había visitado el 21 de septiembre de 1924 para pedirle que liderara un golpe contra el Dictador. En 1972, Franco no negó haber mantenido tal conversación. No obstante, como sucedió en el caso de su pacto con el teniente coronel Pareja, nada sucedió tras una expresión insólitamente franca de descontento. En lo concerniente a la disciplina militar, prevaleció siempre su habitual cautela.40

Franco y la Legión entraron en acción a la cabeza de una columna dirigida por el general Castro Girona que partió de Tetuán el 23 de septiembre para liberar la guarnición sitiada de Xauen, «la ciudad sagrada» de las montañas. Tardaron nueve días de lucha en recorrer los sesenta y cuatro kilómetros que los separaban de allí. Durante el mes siguiente, fueron llegando unidades procedentes de posiciones aisladas, hasta que a principios de noviembre había 10.000 hombres en Xauen, muchos heridos, la mayoría exhaustos. Se emprendió la evacuación. El 16 de octubre, Primo de Rivera se ganó a buena parte del ejército de África al asumir toda la responsabilidad de lo que pudiera suceder y nombrarse a sí mismo Alto Comisario, regresando a Marruecos y estableciendo su cuartel general en Tetuán. La evacuación de Xauen de los habitantes españoles, judíos y magrebíes simpatizantes fue una tarea imponente. Mujeres, niños y demás civiles, viejos y enfermos, fueron agrupados en camiones. El 15 de noviembre partió la descomunal y vulnerable columna, que avanzaba despacio durante la noche, mientras la Legión al mando de Franco cubría su retaguardia. Constantemente asediados por los ataques de las cabilas y muy entorpecidos por las tormentas que hundían a los camiones en un lodo casi intransitable, tardaron cuatro semanas en regresar a Tetuán, donde los supervivientes llegaron el 13 de diciembre. Fue un considerable triunfo de tenacidad inflexible, aunque dista mucho de la «magistral lección militar» recogida por los hagiógrafos de Franco.41

Franco estaba muy contrariado por participar en el abandono de un fragmento del territorio en cuya defensa se habían perdido tantas vidas. Y publicó un artículo sobre la tragedia de la retirada, basado en su diario. Escrito con viveza y apasionamiento, refleja la resignación y la tristeza del día después de la retirada42 Sin embargo, el 7 de febrero de 1925 le consoló otra medalla militar y el ascenso a coronel con efectos desde el 31 de enero de 1924. A Franco se le permitió permanecer al mando de la Legión, aunque ese puesto debía ejercerlo un teniente coronel. Aún más le consoló el que a fines de 1924 Primo de Rivera cambiara de opinión sobre el abandono de Marruecos. A finales de noviembre o principios de diciembre el Dictador decidió emprender el desembarco de Alhucemas y ordenó trazar planes detallados. A principios de 1925, Franco hizo experimentos con lanchas de desembarco anfibias. Durante uno de esos ejercicios, el 30 de marzo de 1925, a bordo del guardacostas Arcila, le ofreció un desayuno un joven teniente de la Marina llamado Luis Carrero Blanco, quien, desde 1942 a 1973 sería su más estrecho colaborador. Franco rechazó la invitación diciendo que, desde que había sido herido en El Biutz, siempre entraba en combate con el estómago vacío.43

En marzo de 1925, durante una visita a Marruecos, el general Primo de Rivera entregó a Franco una carta del rey y una medalla religiosa de oro. La carta era aduladora:

Querido Franco:

Al visitar el Pilar de Zaragoza y oír un responso ante la tumba del jefe del Tercio Rafael Valenzuela muerto gloriosamente al frente de sus banderas, mis oraciones y mis recuerdos fueron para vosotros todos.

La hermosa historia que con vuestras vidas y sangres estáis escribiendo es un ejemplo constante de lo que pueden hacer los hombres que lo cifran todo en el cumplimiento del deber.

Ya sabes lo mucho que te quiere y aprecia tu afectísimo amigo que te abraza.

ALFONSO XIII.44

Tras entrar en Xauen, el triunfante Abd el-Krim festejó su victoria capturando a El Raisuli. Entonces cometió un error colosal. En el preciso instante en que los franceses se trasladaban a la tierra de nadie que quedaba entre los dos protectorados, su ambición de crear a la larga una república más o menos socialista le llevó a intentar derrocar al sultán, que era instrumento del gobierno colonial de Francia. En un principio derrotó a los franceses; en este enfrentamiento, sus avanzadillas llegaron a treinta y dos kilómetros de Fez. Eso hizo que Primo de Rivera y el comandante francés de África, Philippe Pétain, llegaran a un acuerdo en junio de 1925 para emprender una operación conjunta. El plan consistía en que una importante fuerza francesa de 160.000 efectivos coloniales atacara desde el sur, mientras 75.000 soldados españoles se desplazaban desde el norte. El contingente español desembarcaría en Alhucemas bajo el mando supremo del general Sanjurjo. Franco estaba al mando del primer contingente de tropas que desembarcaría y tenía la responsabilidad de establecer una cabeza de puente.

Ningún esfuerzo se hizo por mantener el secreto, ni durante la planificación ni durante la noche del 7 de septiembre, cuando los barcos españoles arribaron a la bahía con las luces encendidas y las tropas cantando. Como resultado de un mal reconocimiento del terreno, el desembarco tuvo lugar en una playa, donde las lanchas encallaron en bajíos y bancos de arena, demasiado lejos de la orilla para que pudieran descender los carros de combate. Además, el agua tenía más de metro y medio de profundidad y muchos legionarios no sabían nadar. Esperaban el ataque filas de rifeños atrincherados, que abrieron fuego de inmediato. El oficial de Marina a cargo de las lanchas de desembarco informó por radio a la flota, donde el Alto Mando aguardaba noticias y en vista de sus señales, se ordenó a las naves retirarse. Franco decidió que una retirada en ese momento afectaría a la moral de sus hombres y enardecería la de los defensores. En consecuencia, hizo caso omiso de la orden y le dijo al corneta que diera la señal de atacar. Los legionarios saltaron por la borda, vadearon hasta la costa y establecieron con éxito la cabeza de puente. Franco fue convocado ante sus superiores para que explicara su acción, lo que hizo basándose en el reglamento militar, que ofrecía a los oficiales cierto grado de iniciativa bajo el fuego.45

Toda la operación fue una denuncia de la penosa organización del ejército español y la deficiente planificación de Sanjurjo. Establecida la cabeza de puente, la comida y las municiones eran sin embargo insuficientes para permitir el avance. La comunicación de nave a costa era muy deficiente y el apoyo de la artillería, muy limitado. Transcurrieron dos semanas antes de que se diera la orden de avanzar más allá de la cabeza de puente. Después, el avance fue castigado por las baterías de morteros emplazadas por Abd el-Krim. En parte debido a la obstinación del propio Franco, el ataque español continuó. No obstante, con los franceses desplazándose desde el sur, la rendición de Abd el-Krim era sólo cuestión de tiempo y el 26 de mayo de 1926 se entregó a las autoridades francesas.46 La resistencia de las cabilas del Rif y de la Yebala se vino abajo.

Franco escribió un diario vívido, aunque algo novelesco, de su participación en el desembarco, titulado Diario de Alhucemas, que se publicó a lo largo de cuatro meses, entre septiembre y diciembre de 1925, en la Revista de Tropas Coloniales y de nuevo en 1970 en una versión que él mismo censuró.47 En 1925, refiriéndose a un ataque a una colina que tuvo lugar en las primeras horas del desembarco, escribió: «los defensores demasiado tenaces son pasados a cuchillo», cambiándolo en 1970 por «los defensores demasiado tenaces caen bajo nuestro fuego». Incluso después de editar el texto en 1970, Franco dejó algunas frases que evocaban las historias de aventuras de su juventud. Los hombres no morían de un disparo sino que «El plomo del enemigo segó la vida de Bescansaa, el capitán de las audaces gallardías». «La fatalidad nos ha arrebatado lo más florido de nuestros oficiales; nos ha llegado la hora... ¡Mañana les vengaremos!»48 Años más tarde, le contó a su médico que, durante la campaña de Alhucemas capturaron a un desertor de la Legión y, sin más dilación que el tiempo que tardaron en confirmar su identidad, ordenó formar un pelotón de fusilamiento y lo mandó fusilar.49

El 3 de febrero de 1926 Franco ascendió a general de brigada, noticia que apareció en primera plana de los periódicos de Galicia.50 A los treinta y tres años era el general más joven de Europa y su graduación le obligaba a dejar la Legión. Con motivo del ascenso, la hoja de servicios de Franco decía: «Es un valor nacional seguro y sin duda el país y el ejército obtendrán gran provecho al hacer uso de sus notables aptitudes en cargos más altos». Se le concedió el mando de la brigada más importante del ejército, la Primera Brigada de la Primera División de Madrid, formada por dos regimientos aristocráticos, el Regimiento del Rey y el Regimiento de León.51

Al regresar a España, Franco trajo consigo el bagaje político adquirido en África, que arrastraría el resto de su vida. Durante su estancia en Marruecos, Franco había llegado a asociar gobierno y administración con la incesante intimidación de los gobernados. También influía un elemento de superioridad protectora subyacente al gobierno colonial: la idea de que los colonizados eran como niños que necesitaban una firme mano paternal. Franco no tuvo dificultad para transferir sus actitudes coloniales a la política nacional. Como la izquierda española era pacifista y hostil a la gran aventura de Marruecos, Franco la asociaba con el desorden social y el separatismo regional, y la consideraba tan enemiga como las cabilas rebeldes,52 convencido de que las ponzoñosas ideas de la izquierda eran actos de insurrección, erradicables mediante una férrea disciplina que, cuando se trataba de gobernar a una población entera, significaba represión y terror. Más tarde, el elemento paternalista sería central a su percepción de su gobierno de España como figura paterna firme y benévola.

En África, Franco también aprendió muchas de las estratagemas y artificios que constituirían su sello político después de 1936. Había observado que el éxito político derivaba de un artero juego de dividir y gobernar a los jefes tribales. Eso es lo que hizo el sultán; y eso era a lo que aspiraban los más capaces altos comisarios españoles. A menor nivel, los comandantes de las guarniciones locales habían hecho algo similar. La astucia, rapacidad, envidias y resentimientos de los jefes tribales eran explotados para enfrentarlos en un juego cambiante de alianzas, traiciones y golpes relámpago. La asimilación de estos recursos le permitiría manipular a sus enemigos, rivales y colaboradores políticos dentro de España, desde 1936 hasta bien entrados los años sesenta. Aunque aprendió esta clase de artes, Franco nunca desarrolló ningún interés serio por los marroquíes. Como la mayoría de los oficiales coloniales, Franco no aprendió más que nociones rudimentarias del idioma de aquellos contra los que combatía y a quienes gobernaba. Más tarde, también fracasaría en sus intentos de aprender inglés. Absorbido por los asuntos militares, nunca sintió gran interés en otras culturas y en otros idiomas.53

El día en que se anunció su ascenso a general, el éxito de Franco fue eclipsado por la espectacular cobertura que la prensa nacional dio a su hermano Ramón. El comandante Ramón Franco había cruzado el Atlántico sur con el capitán Julio Ruiz de Alda, uno de los futuros fundadores de la Falange, en el Plus Ultra, un hidroavión Dornier Doj Wal.54 El régimen y la prensa trataban a Ramón como un moderno Cristóbal Colón. Se creó una comisión en El Ferrol para organizar diversos agasajos a los dos hermanos, incluido el descubrimiento de una placa en la pared de la casa donde nacieron, que rezaba: «En esta casa nacieron los hermanos Francisco y Ramón Franco Bahamonde, valientes militares que al frente del Tercio de África y cruzando el Atlántico en el hidroavión Plus Ultra realizaron heroicas hazañas que constituyen gloriosas páginas de la Historia nacional. El pueblo de Ferrol hónrase con tan esclarecidos hijos, a los que dedica este homenaje de admiración y cariño».55

Franco ocupó su importante cargo en Madrid a tiempo para admirar los logros de la Dictadura de Primo de Rivera. Se había suprimido lo que la oficialidad percibía como separatismo regional y el descontento laboral había disminuido drásticamente. Los sindicatos anarquista y comunista habían sido suprimidos, mientras que el sindicato socialista, la Unión General de Trabajadores, recibía el control de una recién creada maquinaria de arbitrio estatal. La UGT se convirtió en el sindicato semioficial del régimen. Un amplio programa de inversiones en carreteras y ferrocarriles creó un grado elevado de prosperidad y empleo. Para un oficial del ejército, sobre todo tras los desórdenes del período 1917-1923, se trataba de un buen momento para estar en el servicio activo. Se había silenciado la constante crítica al ejército, que los oficiales asociaban con la Monarquía parlamentaria, y el triunfo de Alhucemas había reavivado la popularidad militar. No es de extrañar, pues, que como muchos oficiales del ejército y civiles de derechas, Franco contemplase retrospectivamente los seis años de la Dictadura de Primo de Rivera como una edad dorada. Durante los años treinta comentaba a menudo que había sido el único período de buen gobierno del que había disfrutado España en tiempos modernos. Según su opinión, el error de Primo de Rivera había sido anunciar que sólo ostentaría el poder durante un breve lapso hasta que hubiera resuelto los problemas de España. Reprobándolo, Franco le dijo a un conocido de Oviedo, el monárquico Pedro Sainz Rodríguez: «Eso es una equivocación; si se toma el mando [no decía nunca el poder] hay que recibirlo como si fuese para toda la vida».56

La Dictadura fue también un período de nuevos motivos de satisfacción para el ego de Franco. La noche del 3 de febrero de 1926 sus compañeros cadetes de la promoción n.º 14 de la Academia de Infantería de Toledo se reunieron para rendir homenaje al primero de ellos que ascendía a general. Le regalaron una espada de gala y un documento con la siguiente inscripción: «Cuando el paso por el mundo de la actual generación no sea más que un comentario breve en el libro de la Historia, perdurará el recuerdo de la epopeya sublime que el Ejército español escribió en esta etapa del desarrollo de la vida de la Nación. Y los nombres de los caudillos más significados se encumbrarán gloriosos, y sobre todos ellos se alzará triunfador el del general don Francisco Franco Baamonde [sic] para lograr la altura que alcanzaron otros ilustres hombres de guerra, como Leiva, Mondragón, Valdivia y Hernán Cortés, y a quien sus compañeros tributan este homenaje de admiración y afecto por patriota, inteligente y bravo».57

Durante los días siguientes, Franco recibiría muchos telegramas de las autoridades locales de El Ferrol enumerando los actos de homenaje organizados para su madre. El domingo 7 de febrero habían tocado las bandas, se organizaron fuegos artificiales y los barcos de la bahía hicieron sonar sus sirenas. La ciudad se volcó para aclamar el histórico vuelo de Ramón, que aún estaba en Argentina, aunque no olvidaron a Francisco Franco en los incesantes festejos que brindaron a doña Pilar Bahamonde y Pardo de Andrade. El 12 de febrero se declaró festivo en El Ferrol en honor a los dos hermanos. Las calles de la ciudad se iluminaron y se cantó un tedeum en la iglesia de San Julián para celebrar sus proezas, y se descubrió una placa en la calle María. Doña Pilar recibió mensajes de felicitación, por ambos hijos, de los alcaldes de El Ferrol, de las cuatro capitales provinciales de Galicia y de muchas ciudades de España.58 El 10 de febrero, una muchedumbre salió a la plaza de Colón de Madrid para aclamar la hazaña de Ramón. En parte, fue la Dictadura de Primo de Rivera la que organizó la cobertura de los medios de difusión y el entusiasmo público para aprovechar la propaganda del vuelo del Plus Ultra.

La adulación estaba dirigida en gran medida hacia Ramón, pero no hay motivos para creer que Franco se resintiera al ver a la oveja negra de la familia repentinamente convertida en un héroe nacional. La calificación de su hermano como un Cristóbal Colón del siglo XX quizá inspirase los posteriores esfuerzos de Franco por presentarse como el Cid de los tiempos modernos. Franco siempre fue intensamente leal a su familia y, con el paso de los años, emplearía su posición para ayudar y proteger a Ramón de las consecuencias de sus alocadas acciones. En cualquier caso, su popularidad y triunfos propios eran lo bastante frecuentes e intensos para no sentir envidia. En la Pascua de 1926, durante la procesión del Corpus Christi en la iglesia de San Jerónimo de Madrid, Franco mandó las tropas que formaron en las calles y escoltaron la Sagrada Forma. Como legendario héroe de África, fue objeto de la atención y admiración de la clase alta madrileña que formaba la congregación.59 A finales del verano de 1927 Franco acompañó al rey y a la reina en una visita oficial a África durante la que se dieron nuevos estandartes a la Legión en su cuartel general de Dar Riffien.60

El 14 de septiembre de 1926 nació la primera y única hija de Franco, María del Carmen, en Oviedo, adonde Carmen había ido para cuidar de su padre moribundo.61 La recién nacida se convertiría en el centro de su vida emocional. Años más tarde, Franco diría: «Cuando nació Carmencita creí volverme loco de alegría. Me hubiera gustado tener más hijos; pero no pudo ser».62 Hubo rumores insistentes de que Carmen no era realmente hija de Franco, sino adoptada, y que el padre podía haber sido su promiscuo hermano Ramón. Ninguna prueba sostiene esta hipótesis, que parece surgir del hecho de que no se conocen fotografías de Carmen Polo embarazada y de la fama de aventurero sexual de Ramón.63 La hermana de Franco, Pilar, hace un inciso en sus memorias para puntualizar que ella vio a Carmen Polo embarazada, aunque se equivoca en las fechas por dos años.64

Al ser destinado a Madrid se inició un período en el que Franco disponía de mucho tiempo libre. En lugar de atormentar a sus coroneles con frecuentes inspecciones sorpresa, Franco permitía que dirigieran sus propios cuarteles, modelo que más tarde seguiría con sus ministros. Alquiló un piso en el elegante paseo de la Castellana y disfrutó de una ajetreada vida social. Se reunía con regularidad con amigos militares de África y de la Academia de Toledo en las tertulias del club de clase alta, La Gran Peña, y en los cafés de Alcalá y de la Gran Vía. Tenía una relativa amistad íntima con Millán Astray, Emilio Mola, Luis Orgaz, José Enrique Varela y Juan Yagüe.65 Mientras estaba en Madrid adquirió pasión por el cine y fue miembro de la tertulia del político y escritor Natalio Rivas, miembro del partido liberal.66 Por invitación de Rivas apareció junto con Millán Astray en una película titulada La malcasada, realizada por el director Gómez Hidalgo en la casa de Rivas. El pequeño papel de Franco era el de un oficial del ejército recién llegado de las guerras africanas.67

En esta etapa de su vida, como más tarde, a Franco le interesaba poco la política cotidiana. Sin embargo, empezó a plantearse la posibilidad de una actividad política de algún tipo. La aclamación popular de la que fue objeto después de Alhucemas, la rapidez de sus ascensos y la compañía de la que se rodeaba en Madrid, todo le empujaba a sobrestimar su propia importancia como figura nacional. Natalio Rivas solía alentar sus ambiciones políticas. A mitad de diciembre de 1925, según declaraciones de Rivas, «Yo le aconsejé, puesto que estábamos solos, que él debiera dedicarse a hacer una preparación completa de carácter político porque las cosas pueden venir de tal suerte que él tenga que desempeñar un papel activo en la vida pública de España. Le dije que los pocos hombres que pueden gobernar en España con autoridad dentro de unos años o estarán muertos o inútiles por la vejez, y que probablemente él sería entonces una solución de la situación que se creará por falta de hombres». Como el mismo Franco dijo retrospectivamente: «Como resultado de mi edad y mi prestigio, yo estaba llamado a prestar los más altos servicios a la nación». El aparente éxito político del ejército en tiempos de Primo de Rivera quizá incrementara su tendencia a los sueños de grandeza. Más tarde declaró que, con el fin de prepararse para sus trascendentales tareas y dado que su mando en Madrid le daba poco quehacer, empezó a leer libros sobre la historia contemporánea de España y sobre economía política.68 Resulta imposible saber cuáles fueron sus lecturas; sus libros se perdieron en Madrid en 1936 cuando su piso fue saqueado por anarquistas. Ciertamente, ni sus discursos ni sus propios escritos indican que tuviera ninguna noción significativa de historia o economía.

Dada su propensión a la charla, lo más probable es que conversara sobre economía más que leerla. Posteriormente afirmó que en esta época «solía visitar con alguna frecuencia al director del Banco de Bilbao, donde Carmen tenía unos ahorrillos». El banquero en cuestión era afable e inteligente y estimuló en Franco cierto interés en la economía. Franco también trató temas políticos de su época con su inmediato círculo de amigos y conocidos. Es probable que estas tertulias de café con sus amigos, la mayoría africanistas como él, no hicieran más que cimentar sus prejuicios. No obstante, posteriormente conferiría un valor enorme a estas conversaciones.69

Las lecturas y las tertulias fortalecieron la confianza de Franco en sus propias opiniones hasta un grado desorbitado. En 1929, estando de vacaciones en Gijón, abordó al general Primo de Rivera en la playa. Los ministros del gobierno de Primo de Rivera pasaban unos días juntos lejos de Madrid, y el Dictador invitó a Franco a almorzar con él, señal de gran deferencia hacia el joven general por parte de Primo de Rivera. Hinchada así su autoestima, Franco se encontró sentado junto a José Calvo Sotelo, el brillante ministro de Finanzas, que se debatía en el intento de defender el valor de la peseta contra las consecuencias de un enorme déficit de la balanza de pagos, una mala cosecha y los primeros síntomas de la Gran Depresión. Franco comentó a un Calvo Sotelo muy irritado que no tenía objeto utilizar el oro y las reservas de moneda extranjera españoles para sostener el valor de la peseta y que sería mejor emplear el dinero en inversiones industriales. El razonamiento por el cual Franco llegó a la conclusión que expuso ante el ministro revelaba una astucia simplista: basaba su argumento en la creencia de que no era necesario que hubiera un vínculo entre el tipo de cambio de la moneda y las reservas nacionales de oro y divisas extranjeras, siempre que el valor de éstas se mantuviera en secreto.70

Las dificultades económicas que trataron en ese almuerzo no eran los únicos problemas que atormentaban a la Dictadura. Los militares estaban muy divididos y algunos sectores del ejército se volvían contra el régimen. Paradójicamente, Franco se beneficiaría de uno de los errores más importantes cometidos por el Dictador en este aspecto. Primo de Rivera ansiaba reformar las anticuadas estructuras del ejército español y en particular aligerar el exceso de oficiales. Su ideal era un pequeño ejército profesional, pero, como resultado de la rectificación de su inicial política marroquí de abandonismo, a mediados de los años veinte había crecido considerablemente en tamaño y en coste. Hacia 1930, el cuerpo de oficiales sólo se había reducido un 10% y el ejército en general más de un 25%, a un precio enormemente alto en términos de descontento militar interno. Se gastaron grandes sumas en esfuerzos de modernización, aunque el incremento último del número de unidades mecanizadas fue tremendamente decepcionante.71

El relativo fracaso de las reformas de Primo de Rivera quedó eclipsado por el legado de una medida que había provocado enconadas diferencias. Los esfuerzos del Dictador por erradicar las divisiones entre la artillería y la infantería por el tema de los ascensos fueron muy aireados y dañaron mucho la moral. En buena parte, esta cuestión había generado en 1917 la creación de las Juntas de Defensa. Las disensiones entre la infantería, en particular los africanistas, y los cuerpos de artillería e ingenieros derivaban de que un ascenso por méritos era mucho más fácil de conseguir para un oficial de infantería que dirigía una carga contra el enemigo que para un ingeniero o un comandante de un batallón de artillería. Para subrayar su descontento con un sistema de ascensos que favorecía a la infantería colonial, en 1901 el arma de artillería había jurado no aceptar los que no se concedieran por estricta antigüedad y buscar en cambio otras recompensas o condecoraciones.

Aunque a su llegada al poder se creyó en el ejército que Primo de Rivera simpatizaba más con la postura de la artillería, parece ser que cambió de opinión tras sus contactos con oficiales del cuerpo de infantería en Marruecos antes y durante la operación de Alhucemas.72 Mediante los decretos del 21 de octubre de 1925 y del 30 de enero de 1926, Primo de Rivera introdujo mayor flexibilidad en el sistema de ascensos. Esto le concedió libertad para ascender a oficiales valientes y capaces, pero también se percibió como la apertura de la caja de Pandora del favoritismo. La tensión ya era grande cuando el 9 de junio de 1926, de un modo típicamente precipitado, el Dictador emitió un decreto obligando específicamente a la artillería a aceptar el principio de ascensos por méritos; los que habían aceptado distinciones en lugar de ascender, fueron ascendidos retroactivamente. El Dictador había herido con falta de tacto la sensibilidad militar, desatando la hostilidad de la oficialidad peninsular, lo que hizo que algunos oficiales entrasen en contacto con la oposición liberal al régimen. Todo ello culminó el 24 de junio de 1926 en un débil intento de golpe conocido como la «Sanjuanada». Hubieron muchos intentos de conseguir que Franco se involucrara pero invariablemente rechazó cualquier implicación. A principios de 1926 le contó a Millán Astray que a los halagos de un general le replicó «que él no estaba más que al lado del Rey, y que así como había expuesto su vida por España en África, la expondría cien veces que fuera preciso en la Plaza de Oriente, en defensa de don Alfonso». Melquiades Álvarez le contó a Natalio Rivas una historia parecida en la que Franco supuestamente habría respondido al general «que él no estaba con Primo de Rivera, cuya actuación estimaba perjudicial para España, pero que él estaba, por razones personales que eran reservadas, a la orden incondicional del Rey, y que si el Rey amparaba a los conspiradores él los ayudaría, pero si no los amparaba los combatiría; pero asegurando que no revelaría nada de lo que con este motivo sabía.73 En agosto, la imposición del sistema de ascensos a la artillería casi provocó un motín de oficiales de este cuerpo que se encerraron en sus cuarteles. En Pamplona los soldados de infantería enviados para poner fin a esta «huelga» de artilleros hicieron algunos disparos. El director de la Academia de Artillería de Segovia fue sentenciado a muerte, sentencia que le conmutaron por cadena perpetua, por negarse a entregar el mando de la academia. Durante todo este asunto, Franco tuvo cuidado de no implicarse e incluso expresó su disposición a disparar contra los artilleros rebeldes si se lo ordenaran. En opinión de Natalio Rivas, era «un hombre grandemente disciplinado que no quebranta la ordenanza por nada».74 Franco, más que ningún otro en todas las fuerzas armadas, tenía motivos para sentirse agradecido al sistema de ascensos por mérito.

Primo de Rivera venció, pero a costa de dividir el ejército y minar su lealtad al rey. Su política de ascensos generó en buena medida los agravios que movieron a muchos oficiales a inclinarse por el movimiento republicano. Así pues, cuando llegó la hora, algunos sectores del ejército estuvieron dispuestos a hacerse a un lado y permitir primero la dimisión del propio Primo de Rivera y, luego, el advenimiento de la Segunda República en abril de 1931.75 En general, los africanistas permanecieron fieles a la Dictadura y por tanto eran encarnizadamente hostiles a la República democrática que la sucedió en 1931.76 En realidad, las grietas de las divisiones creadas en los años veinte persistirían hasta la Guerra Civil en 1936. Muchos de quienes se pasaron a la oposición contra Primo de Rivera se verían favorecidos por el régimen republicano que le sucedió. Por el contrario, los africanistas, incluido Franco, verían minada su previa posición privilegiada.

La dicotomía entre artillería e infantería, junteros y africanistas, tuvo un impacto inmediato y directo sobre la vida de Franco. En 1926 el dictador estaba convencido de que parte del problema de los ascensos derivaba de que hubiera academias separadas para los oficiales de los cuatro cuerpos: la de infantería en Toledo, la de artillería en Segovia, la de caballería en Valladolid y la de ingenieros en Guadalajara. Primo de Rivera llegó a la conclusión de que España necesitaba una sola academia militar y decidió resucitar la Academia General Militar que había existido brevemente entre 1882 y 1893, durante la que se llamó «primera época».77 Por aquel entonces, y sobre todo después de Alhucemas, Primo de Rivera desarrolló un gran aprecio por Franco. Le dijo a Calvo Sotelo que Franco «es un muchacho formidable, y su porvenir, enorme, no ya sólo por sus condiciones puramente militares, sino también por las intelectuales».78 Claramente el Dictador estaba preparando a Franco para un puesto importante. Le envió a la École Militaire de St. Cyr, entonces dirigida por Philippe Pétain, para examinar su organización. El 20 de febrero de 1927, Alfonso XIII aprobó un plan para la creación de una academia española similar a aquélla y el 14 de marzo de 1927, Franco participó en una comisión para preparar el camino. Por Real Decreto del 4 de enero de 1928, Franco fue nombrado primer director de la academia y expresó su preferencia por que tuviera su sede en El Escorial, pero el Dictador insistió en que se emplazara en Zaragoza. Años más tarde, Franco pretendidamente dijo que si la academia hubiera estado en El Escorial en lugar de a 350 kilómetros de la capital, en 1931 se habría podido evitar la caída de la Monarquía.79

Al trasladarse a la Academia General Militar, Franco dejaba atrás el tipo de vida castrense en el que se había forjado su reputación. Nunca volvería a dirigir unidades de trop ...