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FUERA DE TIEMPO (CABALLO DE TROYA 2015, 5)

Antonio de Paco

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Fragmento

Restos

Las patillas se llenan de sudor y cuando están repletas, el sudor desciende y colma los dos lados del rostro. La mano de mi padre se acerca a la barbilla y se desliza de izquierda a derecha. Después es reposada en el volante. Los dedos se tensan apretando fuerte unos segundos. Cuando la mano vuelve a la llave del contacto el volante queda libre. Miro el reflejo que provoca la luz sobre el rastro acuoso. Pienso. El volante suda. Cosas de niño. Lo siguiente es simular que estoy a punto de dormirme. Se me da bien.

Mi padre conduce un Seat 131 Supermirafiori.

Un vehículo cuadrado que parece un ataúd.

Un coche antiguo que por supuesto ya no existe.

Ni los coches,

ni mi padre,

son tan cuadrados ya.

Mi padre existe,

mucho menos cuadrado.

Pero no estos coches.

A su lado,

en el coche que ya no existe,

está mi madre.

Así que tenemos el rostro de mi padre tras unas gafas de pasta, el seatcientotreintayuno.

Recibe antes que nadie historias como ésta

(Había más cosas.)

La retransmisión de todos los partidos de fútbol de la jornada,

la vuelta a casa,

el retrovisor del coche,

la mano de mi abuela que sale por la ventana,

una pegatina del mundial de México 86 que puse en el cristal trasero.

Algunos detalles pequeños de algunas fotos grandes.

Y otros que la imaginación fabrica y nunca existieron.

Todos los recuerdos se elaboran según y cómo.

Eso escribí una vez.

Y no escribí nada más.

Por eso estas imágenes,

por su dudosa condición de realidad,

son un tanto desvaídas y cabe que tengan un tono sepia.

Por eso y porque mi padre tenía una de esas cámaras Polaroid.

Entonces un primer flash fotográfico.

Hay domingos por la tarde.

Partidos de fútbol en la radio del coche,

partidos de fútbol en la radio de casa.

Y mi madre otra vez a punto de llorar.

(Olvidé decir antes que estaba a punto de llorar.)

El ataúd inicia el trayecto acostumbrado.

—I torna-li... altra vegá! —dice mi padre.

Mira, nena...

 

Apnea alta. El ceño se frunce y los labios se repliegan ligeramente hacia los dientes. En el último momento, la lengua parece frenarse. Una espiración. Después los ojos vuelven al asfalto. La frase termina deshinchándose y queda flotando dentro del vehículo. Se nos pega a la piel.

 

Pero la frase debe ser rematada.

Así son los padres.

 

Entonces el aire ha de volver a vaciarse, esta vez mezclado con sonido. Tenemos unos fonemas, y tenemos un conjunto repleto de unidades de significado. Y todo se agrupa para que sea lanzado un último mensaje:

V

a

—Vamos a ver, si por un día, podemos tener la fiesta en paz... ?

l

e

Y la coletilla impacta en el centro de la diana.

Desde el agujero que dejó la flecha,

apenas perceptibles,

dos palabras:

—La fiesta...

dice mi madre.

Pero ella NO ESTÁ.

Era su voz.

La frase era la flecha.

La coletilla la punta de la flecha.

Y mi madre primero es la diana.

Y después un agujero.

(Hay que explicarlo todo.)

La mano de mi padre enciende la radio del coche en un aspaviento brusco. Lo suficiente como para que caiga la ceniza. Olvidé el cigarrillo. Lo menciono ahora y después se deberá añadir siempre a la imagen. Mi padre lleva un cigarro en la mano. Siempre lo lleva. Como si fuera siempre el mismo cigarro. Es un pitillo que no termina nunca y que se aferra a sus dedos. Hay una marca en sus dedos, similar a los huecos de los ceniceros.

—Papá, si fumas tanto, te mueres antes de «cuando te toca» morirte.

Es un pensamiento.

De niño pequeño.

La mayoría de la gente exige morirse después de «cuando le toca».

Esperan años y años sin nada que hacer.

Esperan ese momento.

En cambio no quieren ver el momento.

Pasaron muertos infinidad de momentos.

Pero al llegar el momento no quieren ver el momento.

Cuando llega el momento no mirar al momento.

No mirar al momento.

Es la costumbre.

Oye, ¡tú!

EL TIEMPO.

Dibujo esqueletos y los escondo en el cajón de la mesita de noche de mis padres.

Junto al dibujo de los esqueletos escribo:

«Fumar = Muerte».

El ataúd llega a la casa. Silencio total. Ahora una sensación urente, pulsátil. Está ubicada en los ojos, y quizá curse de una manera molesta, como si tuviera un cuerpo extraño que activara el conducto lagrimal.

Un cuerpo extraño,

dentro de un cuerpo extraño,

al lado de otro cuerpo extraño.

Cuerpos extraños entre sí.

Y en el asiento trasero el resultado de ambos cuerpos.

Eso debemos de ser nosotros.

(Este era otro pensamiento.)

Lo mejor es cerrar los ojos, en estas condiciones.

Y comenzar a desarrollar el arte del silencio.

Uno aprende a escuchar desde bien pequeño.

Si no, ya no aprende nunca.

Los niños a los que sus padres dejan hablar demasiado se convierten en seres francamente insoportables.

No hay nada más insoportable que un niño con incontinencia verbal.

Cuando ese niño crece,

se hace adulto,

destila su insoportable carga de inoportunidad.

Ese aliento apestoso del que uno piensa que no podrá librarse nunca.

Estos seres suelen reproducirse sin la más mínima contemplación.

Estos seres enorgullecidos, engendran a otros seres,

persisten en su legado,

esa martilleante y estúpida ristra de palabras vacías,

huecas,

inservibles.

Durante toda su vida hablando y después se mueren hablando porque tienen que llevarse a la tumba la idea de que dejaron aquí la última palabra de su vida, de que dejaron con la palabra en la boca a los que se quedaban en la vida. Esa vida en la que «los que se quedan» no tienen ningunas ganas ya de replicar.

Eso debe de ser la vida.

En estas condiciones.

(Pensé sólo una vez.)

Mejor irse sin dejarlo todo pringado de palabras.

Entonces silencio.

Silencio.

SILENCIO.

Por el silencio.

Esta es la manera en la que yo comienzo a adivinar a las palabras.

Las veo llegar.

Entonces las agarro suavemente.

Las meto en la boca y mastico diez veces por cada palabra.

No llegas a ser gordo si masticas las veces suficientes.

Por eso este ejercicio cansado.

Rumiar mucho tiempo como una vaca,

aunque después sea lo mismo.

Aunque todo termine desapareciendo en el retrete.

Vaya lugar para desaparecer.

Un lugar que precisa la higiene suficiente.

Que no queden restos.

Es el objetivo.

Restos en la cabeza,

en la amígdala del cerebro,

en el salón de la casa,

en la habitación.

Los del cerebro son los peores.

(Estamos de acuerdo.)

Esos compartimentos donde el polvo se almacena.

Como les pasa a las enciclopedias viejas en las bibliotecas.

Vaya con las palabras.

Las palabras son peores que las cucarachas.

Algunas terminan muriendo.

Pero otras escapan al pisotón.

Intactas.

Con el tiempo se hacen metálicas,

parecen afilarse.

(Qué cosas hacen las palabras.)

Pienso en los enormes cuchillos de trocear el pollo que hay en las carnicerías.

Las palabras podrían ser lanzadas como si fueran cuchillos.

Pero si fallas la has cagado.

Te quedaste sin ningún cuchillo.

Por lanzar a destiempo.

¿Vale?

Que te quede clarito.

Que lo primero es hacer el borrador.

Hay que pensar mucho antes de lanzar cualquier palabra «al tun-tun».

Ir incubando la idea.

Pensar, elaborar, interpretar.

Y después juzgar.

Sólo así las palabras están preparadas para salir.

Y por este proceso esforzado.

El niño NO habla NO

escribe

NO

acciona.

No peca de palabra,

ni de obra.

(Un poco de pensamiento y un poco de omisión.)

Pero lo cierto es que el niño no peca casi nunca.

El cura dice:

¿Has hecho eso, lo que tú sabes?

Yo digo NO.

Aquella vez no mentí.

La profesora dice:

—El que no se sepa el Credo se queda sin recreo.

Ahora viene el recreo.

Vista aérea.

Dos cuerpos de niño jugando en el recreo.

En el recreo, estos dos niños están jugando un «uno contra uno».

Me acerco un poco más.

Regate y gol.

Uno de los cuerpos salta sobre el cemento.

Se tumba ese cuerpo.

Levanta el brazo.

Su rostro se contrae y la dentadura queda expuesta.

La imagen debe darnos la idea de que su cuerpo expresaba el sentimiento de la felicidad.

Pero volvamos a las palabras.

Quedamos en que se habían quedado las buenas.

Y quedamos en que el coche había llegado a la casa.

Entonces estamos en la casa.

Y dentro de la casa en una habitación.

Y dentro de la habitación la mesa de estudio.

Y bajo la mesa de estudio,

en el cajón del escritorio,

NADA

(En este lugar todavía no viven las palabras.)

Tampoco en el cuerpo viven las palabras.

Las palabras.

Las

PALABRAS.

Primero fue la palabra y después fue el cuerpo.

Lo dice la Biblia.

Lo dicen todos.

 

Verbum frente a res.

Pero en mi caso la palabra estaba helada.

Pero en mi caso mi cuerpo estaba helado.

Así que la palabra intenta salir.

Y sólo puede volver a congelarse.

En el transcurso, la palabra se detiene en la boca, antes de salir.

Lo dije.

Qué cosas hacen las palabras.

En la primera contracción del músculo.

Adentro de la boca.

Se queda atrapada la palabra,

cubre la lengua,

forma estalactitas.

A cada intento de habla. Otra estalactita

Y otra.

Y otra.

Y otra más.

A base de insistir,

un día los labios se despegan.

Y consigo abrir esa caverna helada.

Que es mi boca.

Y consigo que entre esa bocanada caliente y húmeda.

Que es el mundo.

Y cuando se descongela la cueva encuentro algún pájaro muerto, el esqueleto de un gato la cuna destrozada con el cadáver de un niño color violáceo la mirada de una mujer adentro la mueca desfigurada el remolino que todo lo revuelve.

(Qué de cosas encuentro.)

Un remolino en el que cabe todo.

Ahora, por ejemplo, una monja sonríe.

Está sonriéndome.

Habla:

—El placer en el sexo fue inventado por dios para procrear.

La palabra (esa palabra)

dios

—Se escribe con mayúscula,

dice la monjita.

Se escribe así.

Así está escrito en los «Cuadernillos Rubio» de caligrafía.

Mis padres se casan sin haber experimentado el placer,

inventado por DIOS con mayúsculas.

Al fondo de la cueva una foto pegada.

La comunión de mi padre.

Mi madre entrando de blanco al templo.

Ya son varias fotos.

En esta foto mi madre es una novia bellísima fabulosa novia y después esta foto empieza a empaparse. Un cuerpo llora tendido en la alfombra.

Escribo sobre la lengua de forma compulsiva, escribo la palabra MADRE con letras mayúsculas y, cuando la lengua se hincha tanto que no cabe en la boca, la boca se abre. NO eres tú mamá. NO. En el suelo escribo MAMÁ NO ES ESA MUJER.

—Mis manos son demasiado pequeñas para agarrarte.

Son las manos de un niño.

—MAMÁ:

¿Escuchaste el sonido que dejaba toda esa masa sucia incrustada en tu cabeza?

¿O no te diste cuenta?

SANTODIOSCONMAYÚSCULAS

¿Cómo se escribe todo eso?

Se pudrieron todas y cada una de las palabras.

Hay una imagen.

Y otra.

Y otra más.

Menudas cosas hacen las imágenes.

Mi padre y mi madre me miran.

Y en esta imagen llevan puesto el traje de su primera comunión.

(Ocurrencias de niño.)

El verbo se hizo hombre

y habitó entre nosotros

Spermata alezeia,

dice el profesor.

Verdades que se congelan.

En medio de una telaraña en un cajón.

...