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FúTBOL: EL JUEGO INFINITO

Jorge Valdano

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Fragmento

Introducción

 

Escribir sobre fútbol es escribir sobre hombres que juegan o ven jugar. Escribir sobre fútbol es escribir sobre una pasión y las pasiones son exageradas por naturaleza. En definitiva, escribir sobre fútbol es escribir sobre un juego exageradamente humano.

Si el fútbol fuera una persona, se moriría de risa de los teóricos como yo. Porque, aunque desmontemos el juego con un destornillador, nunca sabremos todo lo que hay dentro. Es un recipiente gigantesco en el que cabe todo: emociones, ilusiones, cataclismos, sueños, pesadillas, opiniones, desencuentros, polémicas… Todo vuelve a empezar en cada partido, en un ejemplo de energía renovable que convierte el fútbol en un juego incierto, en un espectáculo maravilloso, en una industria creciente y en un fenómeno social inagotable. Fútbol: el juego infinito es un título que le robé a Juan Sasturain con todo el derecho que me da la admiración que le tengo. Un homenaje, si lo prefieren. La primera vez que se lo oí fue en un estupendo documental sobre la final de la entonces llamada «Copa Intercontinental» entre Boca Juniors y Bayern Munich en Japón. Juan acompañó a su querido Boca con una cámara. Cruzó medio mundo, recabó opiniones, hurgó en la cultura japonesa, en los contrastes entre lo alemán y lo argentino cuando la pelota gira, en los desvelos de los hinchas. Boca perdió y, en circunstancias así, el viaje de regreso es una condena. El documental termina una semana más tarde, cuando Juan sube la escalera de la Bombonera con el rugido de la afición de fondo para ver un partido más de Boca. Fue entonces cuando dijo la feliz frase: «El fútbol es infinito», que sonó entre resignada por la reciente frustración y esperanzada por el futuro. Juan es un intelectual que abraza lo popular con ideas que siempre miran un poco más lejos. También cuando habla, y lo hace con frecuencia, de fútbol. Como es natural, por supuesto le pedí permiso. Respondió con su humanidad de siempre. Gracias, querido Juan.

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Lo que sí sabemos del fútbol es que se trata de una aventura colectiva en la que, en distinta medida, triunfan y fracasan todos, aunque nos encante santificar o crucificar a uno solo. Aunque nos encante tener razón. Bastan apenas algunos segundos para que, en medio de la guerra de nervios que todo partido crea, se desate un terremoto emocional. Lo que provoca ese espectacular temblor sentimental es una fuerza imprevisible que se llama fútbol y que, ya verán por qué, no nos deja en paz. Me falta una fórmula concluyente, pero mi teoría merece ser validada científicamente porque la comprobé miles de veces: el fútbol es un juego emocionante que, sin embargo, no tiene corazón. El que aspire a un mundo justo, que no vaya al campo. Al fútbol, como a la vida misma, le resultamos indiferentes. En ocasiones nos hace creer que somos felices, en otras que somos desgraciados, pero siempre parece reírse de nosotros… Solo son sugestiones. No hay nada personal.

Pero ¡qué fuerza más impresionante! Va a empezar un gran partido de interés planetario. Los jugadores vuelcan sus inseguridades en distintas supersticiones. Los entrenadores dudan entre la realidad y la ficción: ¿se jugará el partido que se imaginaron o el fútbol dispondrá otra cosa? Los árbitros parecen igual de nerviosos que los futbolistas y les sobran razones: se encontrarán con gente mucho mejor dispuesta para el insulto que para el aplauso. Los directivos se sienten importantes porque, aunque su influencia en el partido será igual que la de cualquier aficionado, se sentarán en un lugar de honor y creerán que lo sustancial depende de ellos (si ganan; si pierden, ya encontrarán un responsable). Un hincha llega al campo con el ánimo dispuesto para la comedia o para el drama: está nervioso, pero la entrada que tiene en la mano le hace experimentar una inexplicable sensación de poder.

El partido se verá por televisión en todos los rincones del planeta, de modo que alguien trasnochará o pondrá el despertador para ver a sus lejanos ídolos. Decenas de periodistas en distintos países se sentarán rodeados de notas para traducir el partido a distintos idiomas. Un muchacho que no tiene televisión por cable y ni siquiera puede soñar con una entrada, intentará piratear alguna señal. A otros, no les quedará ni ese consuelo… Lo lamentarán.

Va a empezar un gran partido y millones de personas tendrán un motivo para escapar de la aplastante rutina. Se movilizarán bajas y altas pasiones. Lo que sientan será tan auténtico e imprevisible, que siempre parecerá la primera vez.

Dentro de la cancha, el juego se ha ido haciendo más táctico y menos técnico o, lo que es lo mismo, más colectivo y menos individual. Aunque basta con la aparición de un Messi para entender que las armas de desequilibrio más sofisticadas que existen son las de toda la vida. Para decirlo con las palabras de Johan Cruyff: «No hay sistema defensivo que pueda con un regate». Se dice que el fútbol de estos días es más difícil y más exigente que nunca. Quizá. Pero cada futbolista empieza una nueva aventura que contiene el mismo desafío de siempre: controlar el balón, burlar al rival, levantar la cabeza, elegir una idea entre muchas, resolver con precisión.

La gran revolución futbolística se produjo del campo hacia fuera. No existe fenómeno social que, como este deporte, se haya adaptado con más naturalidad a la globalización. Es curioso que un juego tan primitivo, alérgico en su práctica a la tecnología, se haya subido con tanta facilidad a todos los medios de comunicación: prensa, radio, televisión, internet y cada una de las variables de redes sociales existentes y por venir.

Durante mi niñez solo tenía una obsesión: la pelota. Estoy convencido de que a mi nieto lo desvelará una camiseta de su equipo, porque la fascinación que producen los héroes tiene ya más fuerza que el juego mismo. Mi nieto no sabrá que en el instante en que compre esa camiseta, pasará de hincha a cliente para activar un negocio cada vez más grande.

¿Qué hace al fútbol tan atractivo?, ¿por qué seduce de parecida manera en los cinco continentes con independencia de la edad, el sexo, la raza y la condición social? Si los sentamos a todos en un mismo sofá para ver un partido que les importe, responderán de la misma manera ante una genialidad, un error, un gol o una injusticia arbitral. La primera razón no tiene que ver con la razón. Lo que iguala a un mexicano, a un sueco, a un camerunés, a un chino y a un australiano es la emoción.

Pero vayamos más atrás aún. Estamos ante un juego simple, cuyo reglamento está al alcance intelectual de un niño de cinco años. Un juego barato, que sociabiliza a veinte chicos sin otro gasto que un balón. Un juego desafiante, porque hay que manejar la pelota con la superficie más indócil del cuerpo. Un juego rebelde, donde David puede ganar a Goliat. Un juego bello, si los amigos del control y la brutalidad no lo impiden. Ingredientes de siempre que aún provocan debate.

Pero ¿qué hay nuevo para que la pasión y el negocio sean cada día mayores? Algunas tendencias, como la ...