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GRIAL (BRITANNIA. LIBRO 3)

Ana Alonso / Javier Pelegrín

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Fragmento

Capítulo 1

El fuego había convertido la fortaleza de Morgause en un laberinto de ruinas carbonizadas que ni el velo de Britannia lograba disfrazar. O quizá el poder del velo no llegase hasta allí. Arturo habría sabido distinguir con certeza hasta dónde alcanzaba el influjo de Britannia en aquellos remotos páramos del país de Alba.

Arturo…

Instintivamente, Gwenn se llevó la mano a la empuñadura de Excalibur, que colgaba de su cinturón.

—¿Ya han dado aviso a mi tía de que hemos llegado? —preguntó, girando su caballo para acercarlo al de Erec, que comandaba su escolta—. ¿Por qué tarda tanto?

—Majestad, os sugiero que, en lugar de esperar aquí en la muralla, vayamos entrando en el patio de armas y organizando el alojamiento de los hombres. Los caballos necesitan descanso, ha sido una jornada larga. Y nadie se va a oponer a que la reina se instale en la fortaleza de su familia.

—Sobre todo, porque son ellas las que me han llamado —murmuró Gwenn—. Aun así, sabía que sería duro. Sí…, quizá no debí venir.

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Pese a sus dudas, espoleó su caballo y lo hizo avanzar bajo el arco ennegrecido de la muralla. Erec y sus hombres la siguieron. Gwenn se volvió para buscar con la mirada a Enid, que cabalgaba en la retaguardia a lomos de una yegua gris. En los últimos meses se había convertido en su dama de confianza, y en ese momento sentía que la necesitaba más que nunca.

La joven captó la señal de la reina y se abrió camino al trote entre los soldados. Cuando llegó a la altura de Gwenn, miró las torres medio derruidas que se alzaban a su alrededor.

—Este lugar ni siquiera parece habitado —observó—. ¿Por qué no lo han reconstruido? Hace ya un año de…, bueno, del incendio.

Se interrumpió abruptamente, consciente de que había hablado con excesivo descuido.

—Lo siento, Majestad —añadió en voz baja—. Me imagino lo que debéis de estar sintiendo en estos momentos.

Gwenn la miró a los ojos.

—No, Enid —contestó—. No puedes imaginártelo. Nadie puede.

Recordaba las horas de espera en el muro Antonino como si todo hubiese ocurrido la víspera. Su creciente inquietud, su decisión de enviar un escuadrón de hombres en busca de su marido, que no regresaba. El acuerdo de paz con los pictos aún estaba muy reciente, y Erec le había confesado que algunas tropas del norte se resistían a aceptar sus términos. Quizá lo hubiesen retenido en contra de su voluntad para forzar una negociación.

Eso, si no se trataba de Mordred.

Lance ya estaba organizando a los caballeros que iban a acompañarlo en su incursión en Alba cuando llegó el mensajero. Era un anciano renqueante que montaba una mula casi tan vieja como él. Sus ropajes negros de la cabeza a los pies no presagiaban buenas noticias.

Al principio, Gwenn no quiso creerle. Le parecía absurdo. Arturo era demasiado inteligente como para haberse dejado acorralar por Mordred en una fortaleza que le era hostil.

Sin embargo, el anciano aportó numerosos detalles que hacían verosímil su relato. Y, sobre todo, traía algo consigo que confirmaba la veracidad de sus afirmaciones. Traía a Excalibur.

Gwenn deslizó la mirada sobre los ruinosos muros, sobre las piedras negras de la base de las torres. ¿Dónde habría caído Arturo? ¿En qué lugar exacto de aquel nido de ratas que el fuego había devorado sin piedad?

Jamás le perdonaría a Mordred aquella muerte tan innoble. Ni siquiera había dejado un cadáver reconocible al que rendir un último homenaje.

Jamás se perdonaría a sí misma por haberlo dejado partir.

La voz de Erec hizo que volviese a la realidad.

—Creo que es vuestra tía —le susurró—. Por lo visto quiere hablaros.

Gwenn observó a la mujer frágil y esquelética que avanzaba hacia ella con paso inseguro. Lo único reconocible de la antigua Morgause en aquel cuerpo devorado por los años eran algunos mechones cobrizos que aún destacaban entre sus canosos cabellos, arreglados en un recogido de complicadas trenzas.

Gwenn desmontó para ir al encuentro de la viuda de Lot. Al acercarse, descubrió que el brillo malévolo de sus ojos azules no había cambiado, aunque ahora se enmarcaba en unos párpados hinchados que apagaban toda su belleza.

—Aunque te parezca mentira, me alegro de verte. —Fue el saludo de la anciana. Y Gwenn supo, por la expresión de la cara y el tono de la voz, que no estaba mintiendo—. Sé que estarás cansada —continuó—. Pero, ya que has llegado hasta aquí, te aconsejo que hagas un último esfuerzo y que vayas a verla de inmediato. Es muy probable que no pase de esta noche. Y me figuro que querrás despedirte.

—¿Fue ella la que pidió que enviaseis a buscarme?

Morgause asintió.

—Lleva semanas repitiéndolo a todas horas. ¿Qué quieres? Sabe que se está muriendo, y quiere irse en paz.

—Un poco tarde para eso —dijo Gwenn, frunciendo el ceño.

—Sí. Bueno…, qué sé yo, la cercanía de la muerte nos vuelve cobardes, supongo. El caso es que has venido. Y digo yo que será porque estás dispuesta a darle lo que quiere. Ven, te llevaré con ella. Al menos, escúchala.

Gwenn dejó que su tía la condujese hasta un pabellón construido en mitad del patio de armas con los restos de una de las torres y cubierto con un tejado de paja enmohecida por la humedad. Pese al aspecto humilde del exterior, al traspasar el umbral la muchacha se encontró en un salón amplio y lujosamente decorado con tapices antiguos. Lo atravesó, adaptando sus pasos a los lentos movimientos de Morgause, y después de cruzar un arco protegido por una cortina de brocado escarlata, entró en una estancia mucho más pequeña que la anterior e iluminada por el fuego que ardía en la chimenea. Los olores de la enfermedad y los de las hierbas medicinales que se estaban usando para tratarla llenaban el ambiente: romero, lavanda y orines mezclaban sus efluvios en una combinación nauseabunda.

—Os dejo solas —anunció Morgause—. No seas demasiado dura con ella.

Era evidente que la viuda de Lot ansiaba alejarse del lecho de su hermana moribunda lo antes posible. Muy propio de Morgause… Rehuir los aspectos más desagradables de la existencia cuando ya no podía seguir ignorándolos.

Gwenn se aproximó al lecho donde yacía Igraine y contempló unos segundos en silencio el rostro de su madre. Su piel amarillenta seguía exhibiendo la tersura de la seda, excepto en la zona de los ojos, rodeados de finísimas arrugas que se entrelazaban como un delicado encaje.

Tenía la frente perlada de sudor, pero su mirada era lúcida. Gwenn supo que la había reconocido en cuanto aquellos iris claros y fríos se posaron en su rostro.

—Gracias por haber venido —murmuró.

Le costaba trabajo articular cada sonido, pero parecía decidida a hacer el esfuerzo. No le tendió una mano a su hija, y esta tampoco hizo el ademán de ofrecérsela. Se sentó, no obstante, en el lecho, junto a la anciana.

—Mi pobre Gwenn. Nunca fui una madre para ti. Yo no nací para ser madre. Tú al menos no tendrás que arrepentirte de haber traído al mundo hijos a los que no sabes cuidar.

—No ha sido mi elección —contestó Gwenn con un hilo de voz—. Yo habría…, yo habría querido tenerlos.

—¿Sí? Créeme…, así es mejor. Una viuda joven… Aún estás a tiempo de reconstruir tu vida. Yo también enviudé demasiado pronto. Pero, a diferencia de ti, tuve que luchar a brazo partido para mantenerme en el poder. No me querían. A ti, en cambio, te aceptan. Yo creía que era a Arturo al que adoraban, pero el tiempo ha pasado y tú sigues ahí, en el trono, y sin amenazas dignas de tal nombre que se ciernan sobre tu reinado. Lo has hecho bien, hija… Estoy orgullosa de ti.

Las lágrimas se agolparon en los ojos de Gwenn. Hacía mucho tiempo que había perdido la esperanza de escuchar una afirmación semejante en labios de su madre. Aquellos elogios llegaban demasiado tarde…, cuando ya no tenían el menor significado ni podían hacerle ningún bien.

—Tú estabas aquí cuando pasó. Cuéntame cómo fue —exigió abruptamente.

A pesar de su estado, Igraine entendió de inmediato a qué se refería.

—Sí, de eso quería hablarte. Estoy preocupada por Dyenu —contestó despacio, con el aliento entrecortado.

Gwenn emitió una breve carcajada que era, más bien, un quejido.

—¿Me has hecho atravesar el país entero para hablarme del hombre que mató a mi esposo? —preguntó, destilando mordacidad—. Es tan propio de ti, madre.

En los labios resecos de Igraine se dibujó una sonrisa entre irónica y dolorida.

—Siempre tan implacable conmigo. No sé si me lo merezco. No sé qué te hace pensar que eres mejor que yo. Y sobre Dyenu… Su verdadero nombre es Mordred, y es tu hermano, Gwenn. No puedes darle la espalda.

Gwenn sostuvo la mirada de su madre durante unos instantes.

—Si esa era la gran revelación que querías hacerme, llegas tarde —replicó por fin—. Hace tiempo que sé que Dyenu es el hijo legítimo que tuviste con Uther. Y me da igual. Jamás lo veré como a un hermano. Es mi enemigo. Mató a Arturo. ¿Crees que eso se puede perdonar?

—Entonces, querías de verdad a ese bastardo —observó Igraine en un susurro—. Parece que también me equivoqué en eso. En todo caso, no debes culpar a Mordred. Él ya no estaba en la fortaleza cuando Arturo la incendió.

Gwenn se inclinó hacia delante, acercándose un poco más al rostro decrépito de su madre. No estaba segura de haber entendido bien.

—Pero tú me enviaste un mensajero —murmuró—. Dijo que se habían enfrentado aquí mismo. Y que Dyenu…

—Me entró miedo. Después de todo, eres la reina. Y Morgause me convenció de que debíamos protegernos. Pero ahora que estoy a punto de cruzar al Otro Lado, veo las cosas de diferente manera. Tengo dos hijos, y uno de ellos ha desaparecido. He enviado a cuatro mensajeros en su busca. A cuatro. Y no lo encuentran. No se deja encontrar. Sabe que me estoy muriendo, pero aun así no ha venido. Es porque sabe que tú le culpas de la muerte de Arturo, y contigo todo Camelot. No fue él, Gwenn. Te lo juro.

—Solo quieres que lo perdone para irte de este mundo con la conciencia más tranquila —dijo Gwenn, y aunque no alzó la voz, su acusación sonó como un grito—. Es absurdo que intentes protegerlo a estas alturas.

—No, hija, no lo entiendes. Entonces fue cuando mentí, no ahora. Temía tu reacción cuando supieses la verdad.

—¿Y cuál es la verdad? —preguntó Gwenn con sarcasmo—. ¿Que lo mataste tú?

El silencio de Igraine provocó un escalofrío en la muchacha.

—Madre…

—Podría decirse que fui yo, sí. Aunque también podría decirse que fuiste tú —contestó Igraine cerrando los ojos—. Lo hicimos entre las dos.

—Estás desvariando, madre. O eso, o solo quieres hacerme daño.

Igraine volvió a despegar los párpados, y sus iris de hielo azul se clavaron una vez más en el rostro de su hija.

—Lo mató la verdad, Gwenn —murmuró—. Yo se la conté: le conté que le habías engañado… y que tu corazón no le pertenecería nunca, porque ya se lo habías entregado a Lance.

Capítulo 2

Era ya de noche cuando Gwenn abandonó la habitación de su madre. Igraine se había quedado dormida, exhausta de tanto llorar y justificarse. Gwenn había tenido que hacer un gran esfuerzo para permanecer a su lado todo aquel tiempo, venciendo la repugnancia que le inspiraba la cobardía de su madre frente a la muerte. Igraine no había sido una buena persona, pero a su hija le habría gustado recordarla, al menos, con aquella aureola de grandeza que solía exhibir en sus mejores tiempos. ¡Parecía tan segura de sí misma, tan insensible a los sentimientos y las opiniones de los demás! Gwenn nunca la habría imaginado tan débil y asustada en la hora de la muerte. Y tan obsesionada con sus culpas…, tan consciente de todo el mal que había hecho.

Al salir al patio de armas, una bocanada de aire helado y cargado de aguanieve le azotó la cara. Cerró los ojos, agradecida por el repentino frescor. En el cuarto de Igraine el calor, con el paso de las horas, se había vuelto asfixiante.

Antes de atravesar el patio miró por última vez hacia el interior en penumbra del pabellón. No estaba segura de haberse despedido de su madre. Probablemente no volvería a verla con vida.

Se envolvió en su polvorienta capa de viaje y se atrevió por fin a salir al exterior. Ni siquiera sabía dónde estaban sus aposentos. Buscó con la mirada algún centinela a quien preguntar. Cuando sus ojos se habituaron a las sombras, distinguió la figura de un soldado que venía a su encuentro desde el puente levadizo.

Cuando al fin la alcanzó, el hombre se detuvo a recuperar el aliento antes de hablar.

—Mi señora, Morgause me pidió que os llevase hasta ella en cuanto terminaseis —dijo.

Gwenn lo siguió sin hacer preguntas. Estaba demasiado cansada para pensar, pero, al mismo tiempo, deseaba vivamente ver a Morgause. Quizá ella pudiese aclararle algo más respecto a las circunstancias de la muerte de Arturo. Igraine se había mostrado incapaz de concretar o de aportar detalles. Después de su dramática revelación, no había sabido responder a los interrogantes desesperados de su hija. Insistía en que la revelación de la infide­lidad de Gwenn había vuelto loco al rey. Había insistido en hablar con su hermana, y ante la negativa de Morgause a recibirle montó en cólera y atacó a sus soldados. Después, el relato se volvía más y más confuso. Igraine no había presenciado la escena, pero Morgause le había contado que Arturo se revolvía como un jabalí furioso. Arremetía contra todo, derribaba muebles, atacaba a muerte a quien intentaba acercarse, y en algún momento provocó la caída al suelo de una antorcha. Después, todo había sido un caos. El fuego se había propagado con una rapidez asombrosa, tal vez debido al viento que soplaba con fuerza aquella tarde. Habían intentado organizar al escaso personal del castillo para contener las llamas, pero todos los esfuerzos habían resultado inútiles. En algún momento, Igraine recordaba haberse desmayado. Al despertarse, el incendio estaba por fin bajo control, pero casi todo el edificio se había perdido.

¡Era tan insatisfactoria, aquella descripción de los hechos! Tan clara y, a la vez, tan inconsistente, tan llena de vacíos. ¿Cómo era posible que alguien como Arturo se hubiese dejado atrapar en el incendio que él mismo había provocado? Arturo era un superviviente por naturaleza; no tenía sentido que no hubiese logrado escapar con vida. Las dos viejas reinas habían sobrevivido… ¿Por qué no él?

Gwenn sabía que solo existía una respuesta posible: porque no había querido escapar. Había elegido aquella muerte sin gloria para huir de ella…, de todo el dolor que le había infligido.

Morgause la recibió en una exigua alcoba de la única torre que permanecía en pie. Estaba bordando junto al fuego encendido. Gwenn la había visto así muchas veces, solo que en esta ocasión la labor que tenía entre las manos era un triste laberinto de puntadas torpes que no se ceñían a ningún diseño reconocible. El tiempo tampoco la había perdonado a ella, pese a sus intentos por mostrarse tan orgullosa y altiva como de costumbre.

—Bueno, ¿te has despedido? —preguntó—. Tu madre no verá otro atardecer, así que espero que lo hayas hecho.

Gwenn se dejó caer sobre la butaca de cuero claveteado situada junto a la de su tía.

—¿Cómo puedes estar tan segura? —quiso saber—. Se la ve mal, pero no tanto como para morir de inmediato.

Morgause se desperezó con la insolencia felina que solía mostrar de joven, cuando disfrutaba comprobando los efectos de su belleza.

—Estoy segura porque ya debería estar muerta —dijo—. Ya habría muerto si yo no hubiese empleado todos mis recursos para mantenerla con vida hasta que tú llegases.

—Si has podido mantenerla con vida hasta ahora, ¿por qué ha de morir ya?

—Porque su hora ha llegado, Gwenn —contestó Morgause con una gravedad insólita en ella—. No tendría sentido prolongar el sufrimiento. Ya ha hablado contigo. Ya está en paz.

—Aún espera a Mordred.

—Mordred no vendrá, y menos ahora que estás tú aquí. Igraine lo sabe. No se hace ilusiones.

—No estoy segura de haberme despedido como debía —murmuró Gwenn después de un breve silencio.

Morgause encogió sus enjutos hombros, un gesto muy característico de ella.

—Si te dejó marchar, es porque os habéis despedido. No te mortifiques más, has cumplido con tu deber. Tu madre se irá con el corazón lleno de agradecimiento hacia ti. Ha tenido suerte. Más de la que tendré yo, probablemente.

—¿Por qué dices eso?

Morgause disfrazó su amargura con una cínica sonrisa.

—Mi hijo Gawain. ¿Crees que vendrá a verme a mi lecho de muerte si envío a buscarlo? Hace un año, cuando sellasteis la paz con los pictos, ni siquiera contestó a los mensajes que le hice llegar a la fortaleza del muro. ¿Y ahora? Podría haber venido contigo… Forma parte de tu corte, ¿no? El leal consejero de la reina, su mano derecha… Es lo que todos dicen.

—Habría venido de no ser porque tenía una deuda de honor que cumplir —contestó Gwenn—. Hace por ahora un año se comprometió a batirse contra un desconocido a quien encontró en el bosque. Fue muy extraño, porque Gawain consiguió cortarle la cabeza con su propia hacha…, pero el otro la recogió y volvió a colocársela en su lugar.

Morgause la miró asombrada.

—Eso no puede ser. Eso es magia, y la magia hace siglos que fue desterrada de Britannia.

—No sé —admitió Gwenn—. Arturo pensaba que podía tratarse de una anomalía en la programación del velo. De un ente virtual que incumple las normas de Britannia.

—Hablas como uno de esos malditos alquimistas. Veo que tu marido te contagió su obsesión con esa escoria.

Gwenn buscó en la mirada de su tía un rescoldo de la antigua luz que solía arder en sus ojos claros.

—Hablando de Arturo, hay muchas cosas que me tienes que explicar. Lo primero, por qué consentiste que mi madre me engañase de esa forma respecto a su muerte. Tú sabías la verdad…, ¿por qué no me la dijiste?

Morgause volvió a encoger su escuálido cuerpo de anciana.

—¿Y qué más da? —preguntó—. Tu marido está muerto, eso es lo único que importa. Igraine pensó que su mentira nos protegería a las dos, y a ti no te perjudicaba en nada. Al contrario… Imagino que la verdad te habrá parecido más dolorosa.

—Esa no es razón para habérmela ocultado. No lo entiendo, tía, no lo entiendo… ¿Por qué murió? ¿Cómo es posible que no encontrase la forma de escapar de las llamas?

Morgause tardó un momento en responder.

—Estaba desesperado —murmuró—. La desesperación es mala consejera en situaciones de emergencia como aquella.

Durante unos segundos, las dos contemplaron las llamas de la chimenea en silencio.

—El cuerpo —dijo Gwenn finalmente, volviéndose hacia su tía—. ¿Por qué no me lo devolvisteis? Ni siquiera podíais tomaros esa pequeña molestia, ¿verdad?

—Todos estaban carbonizados, no habríamos sabido cuál entregarte —replicó Morgause con cara de desagrado—. Les dije a mis hombres que buscasen algún distintivo, algo en la ropa, en el cinturón… No encontraron nada. O, si lo encontraron, no quisieron compartirlo. ¿Qué querías que hiciésemos? Ni Igraine ni yo estábamos en condiciones de exigir nada. Bastante era ya que hubieran permanecido con nosotras después del desastre. Podríamos haberte enviado un cuerpo cualquiera para salir del paso, pero no lo hicimos.

—¿Crees que hubieseis podido engañarme? —Gwenn sonrió con desdén—. Da igual lo carbonizado que estuviera. Era mi marido.

Una expresión vagamente parecida a la piedad suavizó los rasgos de Morgause.

—No sabes lo que estás diciendo, niña —observó con suavidad—. El fuego lo destruye todo. Lo devora. No quedaba nada reconocible en esos despojos, créeme.

Demasiado agotada para argumentar, Gwenn dejó que las lágrimas que llevaba un rato intentando contener resbalasen al fin por sus mejillas.—Entonces, lo querías —murmuró Morgause—. Qué extraño.

En su voz había curiosidad y también, quizá, envidia.

—Nunca pensé que diría esto —continuó—, pero incluso yo he llegado a echar de menos a ese advenedizo. Podría haber sido un nuevo Merlín. Tenía talento. Lo que hizo con Britannia… Si le hubiese dado tiempo, quizá habría encontrado la forma de salvarnos.

—No te entiendo. —Gwenn la miró perpleja—. ¿A quiénes?

—A tu madre y a mí. Y a ti, naturalmente. A fin de cuentas, es algo que está en nuestro linaje. Ni Igraine ni yo deberíamos estar envejeciendo de esta forma. Pero ha ocurrido. Tu marido, quizá, podría haber encontrado la manera de frenarlo. Pero ya es tarde. Ya es tarde para todo. El velo ya no nos protege, y todas, tú también, moriremos consumidas por el tiempo y la enfermedad, como cualquier mujer.

Capítulo 3

Gwenn se despertó bien entrada la mañana. El fuego de la chimenea se había apagado hacía rato, y un aire gélido se colaba por las rendijas de los postigos cerrados. Se levantó descalza a abrirlos, notó la aspereza de las tablas de madera de roble en sus plantas. El silencio que la rodeaba le pareció extraño. Estaba acostumbrada a los mil y un rumores del amanecer en la corte, cuando todo se ponía en marcha a la vez: los mozos en las cuadras, el personal de las cocinas, los carreteros que traían a los almacenes los sacos de harina para hacer pan…

Empujó las contraventanas y se quedó mirando el patio a través de los vidrios emplomados. Antes de que le diese tiempo a pensar o a deducir nada, su cuerpo comprendió: se le aceleró el corazón, una oleada de calor le subió al rostro. Entonces, solo entonces se produjo una conexión entre su mente y sus vísceras. Contempló sin parpadear el estandarte rojo y negro a media hasta, el símbolo antiguo de su linaje materno: un lagarto, según algunos…; según otros, una salamandra.

Su madre había muerto.

En el patio de armas se habían congregado grupos de campesinos que hablaban a media voz, o que ni siquiera lo hacían. Esa necesidad de sofocar los ruidos que acompaña a la muerte… Quizá lo había intuido desde el mismo momento en que abrió los ojos.

Igraine, muerta. Tendría que haber sentido algo. ¿Lo sentía?

Un año atrás, durante los primeros días del luto por Arturo, el dolor se volvía tan extremo a veces que terminaba embotándole la mente. Cualquiera que la hubiese visto en uno de esos momentos habría deducido que no sentía nada. Pero era todo lo contrario…; sentía tanto, que no encontraba la forma de expresarlo. Se quedaba todo dentro, mientras su cuerpo se convertía en la fachada indiferente de un edificio abandonado…, sin alma.

Lance, al menos, lo había comprendido. A pesar de todo lo que le había separado de Arturo, él también había sufrido por su muerte. No hablaban nunca de eso, sin embargo. No hablaban nunca del dolor compartido. Ni siquiera hablaban de él. Evitaban deliberadamente mencionarlo, como si fuese una herida demasiado tierna para tocarla.

Enid vino a buscarla antes de que le diera tiempo a decidir qué hacer. La encontró sentada en la cama, sin hacer nada, pensativa.

—Majestad, no traigo buenas noticias —anunció la muchacha.

—Ya lo sé —contestó Gwenn en tono ausente—. He visto el estandarte en el patio. ¿Qué hay que hacer? ¿Qué ha dicho mi tía?

—Todo está dispuesto para el funeral. Se celebrará esta noche. Están llegando aldeanos de toda la comarca, y Erec ha enviado a buscar a los jefes pictos de las tribus más cercanas. La enterrarán en el cementerio del castillo. Eso es todo cuanto sé.

Gwenn dejó que Enid la ayudase a cambiarse. Antes de ponerse el vestido de terciopelo negro, acarició distraída el bordado de perlas de sus mangas. Era uno de los vestidos de luto. Lo había hecho traer pensando justo en aquel momento. Desde antes de salir de Camelot sabía lo que le esperaba. La carta de su madre lo dejaba bien claro: no le quedaba mucho tiempo.

¿Por qué, a pesar de todo, resultaba tan difícil concebir que Igraine ya no estaba?

El día transcurrió con una lentitud insoportable, en medio de murmullos y silencios, de gestos de condolencia y miradas falsamente apenadas, de frases vacías. En el fondo, ¿a quiénes de aquellas personas les importaba de verdad la muerte de Igraine? Después de su huida de Tintagel, ni siquiera había sido capaz de conservar la lealtad de sus doncellas más íntimas. Había renunciado a las pocas personas que, más por imposición que por elección propia, se habían habituado a ella y la aceptaban tal como era. Lo había dejado todo atrás por Mordred, por ayudar a aquel hijo al que no había podido criar.

Para sorpresa de Gwenn, su tía Morgause sí parecía genuinamente afectada por la muerte de su hermana. Quizá presentía en ella su propia muerte, y eso le daba miedo. O tal vez fuese una extraña manifestación de amor lo que expresaba su rostro marchito, sus ojos hinchados de llorar.

La había protegido, al fin y al cabo. Cuando Igrai­ne lo perdió todo, la acogió en su casa. Probablemente se entendían la una a la otra mucho mejor de lo que nadie había llegado a entenderlas jamás. Las dos habían sido egoístas, manipuladoras y bellísimas. Las dos habían utilizado su hermosura para comprar favores y torcer destinos. Las dos habían estado casadas con hombres poderosos… a los que secretamente despreciaban. Y las dos habían perdido el cariño de sus hijos por anteponer siempre su ambición.

—Presidirás el cortejo —le dijo Morgause—. Eres la reina.

Gwenn habría querido negarse, pero no podía. Sabía que en el fondo toda aquella ceremonia pomposa que su tía había preparado era una última demostración de poder que quería ofrecer a su reducida corte. Su sobrina, la reina, era solo un trofeo más que exhibir en el espectáculo. Pero Gwenn había ido allí sabiendo que tendría que pasar por ello… Y no se sentía con fuerzas para rebelarse.

En algún momento de la tarde llegó a pensar que la angustia que sentía era producto del odio. Porque aquel dolor no podía nacer de ninguna forma de apego filial. Igraine nunca había sido una madre para ella, ni siquiera cuando era niña. La había menospreciado, ridiculizado y amenazado de todas las maneras posibles. Eso, en las escasas ocasiones en que las necesidades del protocolo le imponían su presencia. Porque siempre que podía, la mantenía alejada. Había pasado mucho más tiempo con Nimúe que con ella.

Llegó la hora en que debía dar comienzo la ceremonia, y mientras Gwenn se preparaba para encabezar el cortejo fúnebre, no podía quitarse de encima la sensación de que todo era irreal. Algo semejante debía de ser lo que experimentaban los extranjeros que se exponían por primera vez al influjo del velo: el alejamiento de todo lo que uno percibía, por muy cerca que estuviese; la confusión de la mente, que en algunos instantes se creía inmersa en un sueño, porque todo, de pronto, era demasiado ajeno a lo que uno esperaba, demasiado difícil de interpretar.

Ligeros copos de nieve revoloteaban en el viento mientras la procesión avanzaba de camino a la cripta, situada en un abandonado jardín colgado de la pendiente de la montaña. Hasta allí no había llegado la destrucción provocada por el incendio un año atrás. Los árboles desnudos alzaban hacia el cielo oscuro del atardecer sus ramas cubiertas de muérdago.

El cortejo avanzaba en silencio entre las lápidas de piedra de los antepasados de Gwenn. A ella le habría gustado detenerse a leer los nombres, si es que el tiempo y la intemperie no los habían borrado. Pensó que, antes de irse, regresaría a aquel lugar para darse una vuelta entre las antiguas tumbas. Era, después de todo, el cementerio en el que descansaban sus raíces.

Delante ...