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HáBLAME BAJITO

Macarena Berlín

4


Fragmento

 

La luz roja que recuerda que estamos en directo está iluminada.

La pecera, hasta arriba de gente.

Los dos técnicos de sonido que nos asisten hoy escuchan con inusual atención, y siento sobre mí las miradas del equipo del programa al completo, que ha abandonado la redacción para seguir la entrevista desde aquí.

Yo también los observo a ellos a través del cristal. «Pita, ¿está todo en orden?», parecen decirme con sus miradas.

No debería estar nerviosa: llevo quince años sentándome frente a este micrófono. Sin embargo, lo estoy: me abruma el silencio del estudio. Contradictoriamente, el de hoy es uno de los días más importantes de mi vida laboral, pero también uno de los más tristes de mi vida personal. Siento que llevo demasiado tiempo instalada en la paradoja.

Sola. Sentada en el centro de la mesa en forma de U del estudio central, miro a mis compañeros mientras juego a darle vueltas a mi café con la cucharilla. Estoy esperando a que acabe el bloque de publicidad.

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Son las diez de la mañana y en el preciso instante en el que me dispongo a entrevistar a un superviviente del atentado yihadista que sufrió el semanario satírico Charlie Hebdo, mi vida está saliendo en cajas de la que hasta ahora ha sido mi casa. Me separo del hombre con el que he compartido los últimos diez años, un hombre que, al igual que muchas de las personas que me rodean, esperaba mucho más de mí.

Llevo toda la vida rodeada de gente que espera mucho más de mí. Mi padre, que desearía que fuera una hija convencional, con domingos en familia y veraneos con nietos. O mi profesión, que demanda una periodista que no se canse de mirar la vida con curiosidad renovada.

Sé que no soy la única. Este mundo contemporáneo espera demasiado de cada uno de nosotros.

Y nosotros también nos exigimos mucho: ser buena hija, buena amante, buena amiga, buena ciudadana, buena profesional, buena compañera… Buena persona. La verdad es que estoy cansada, ni siquiera sé lo que espero yo de mí misma. Hace tiempo que no escucho mi propia voz.

Me llamo Pita. Soy periodista y acabo de cumplir cuarenta años. No tengo cargas familiares. Soy una mujer sana e independiente, con un trabajo que me permite vivir bien y que me hace sentir muy realizada. Nací en la parte más favorecida del mundo. No vivo en un país en conflicto. No paso sed ni hambre y mis derechos más elementales no se ven vulnerados. Sin embargo, esta mañana el espejo de la que ya nunca más será mi casa me ha devuelto un reflejo que no reconozco. El de una chica madura que no encaja en una estructura convencional. Que no es como las demás. Que está asustada. Desconectada. Que comprende todo pero ya no entiende nada.

¿Cómo voy a satisfacer todas esas voces que me piden que sea tantas cosas a la vez?

Esta profesión que ejerzo me ha convertido en la mujer que soy. Me ha situado en el mundo y me ha dado una identidad.

Hace quince años que escucho a la vida. Todas las mañanas me siento frente a este micrófono para hacerlo, y me reconozco en sus prisas, en sus pausas. Cada día sus voces se unen a la mía. Cada programa de radio es una lección. Una victoria. Una renuncia.

Me pregunto si he sabido renunciar a tiempo a una vida que no era la mía. A un hombre que no era para mí. Me pregunto también si sabré encontrar mi espacio y rescataré mi voz, esa voz que ahora necesita que le hablen bajito para encontrarse.

Perdida en mis pensamientos y en la diáspora de mí misma, recuerdo que estoy a punto de entrar en antena y que la entrevista que me dispongo a hacer es, hasta el momento, la más importante de mi carrera, es una de las primeras que el superviviente concede a los medios después de la catástrofe.

Dicen que las cosas llegan cuando tienen que llegar y esta entrevista lo hace justo en un momento en el que estoy más interesada que nunca en un tema tan antiguo como el de la supervivencia, un tema que plantea un reto tan contemporáneo como es el de la resiliencia, o cómo salir reforzado de la adversidad.

Terminan las cuñas publicitarias y el técnico me avisa de que estamos dentro; desde producción me informan de que Philippe está preparado.

Recuerdo mis obligaciones periodísticas y empiezo a preguntar.

Sr. Lançon, en la carta que escribió usted tras sobrevivir al atentado y que se publicó tan solo unos días después en el semanario cuenta que «recién baleado, rodeado de compañeros muertos», se preguntó qué era lo que separa la vida de la muerte. ¿Ha encontrado, Philippe, la respuesta?

No, no la he encontrado. Si fuera creyente, que no es el caso, la buscaría del lado de Dios, pero la mía no es una respuesta religiosa. Cuando uno se acerca tanto a la muerte, todas las respuestas merecen respeto. Pero no es la mía. Desgraciadamente, hasta ahora tiene mucho que ver con la casualidad de haber estado en un sitio determinado de la sala, donde tuve «la suerte» de resultar herido por tres balas. Una cuestión de suerte.

Nadie habla. Tres redactores del matinal que pasaban por allí se han sentado con el grupo. Carlos, de Informativos, anota en un cuaderno lo que le parece más interesante, por si puede incluir algo en el boletín de la una. Hay cuatro personas más de otros departamentos. Entre ellos distingo al redactor jefe y al director de antena. Están en silencio. Todos han venido a escuchar al superviviente.

Amelia Quintanas, jefa de producción, mi ojo derecho, la persona en la que ha confiado nuestro protagonista, la que ha conseguido la entrevista, me mira con orgullo y con algo de inquietud por si llegase a cortarse la comunicación de este encuentro que estamos emitiendo gracias a Skype con el hombre al que dos terroristas yihadistas no pudieron asesinar. Lo está disfrutando tanto como yo. No queremos revelar desde dónde nos habla para preservar su seguridad. Tampoco que le acaban de retirar la protección policial que le puso el Gobierno francés.

Un año después de volver a nacer, ¿cómo se encuentra física y emocionalmente tras someterse a trece operaciones?

Bueno, las secuelas físicas son cicatrices en la cara, sobre todo alrededor de la boca. Una de mis ocupaciones ahora, ya que soy periodista y escritor, es poder hablar, comer y organizar mi boca para tener de nuevo una vida normal, que me permita trabajar.

¿Y las secuelas en la mente y en el alma? He leído que está reconstruyendo su personalidad…

Es muy difícil todavía saber cómo estoy. Por lo que parece, puse un poco de distancia con los acontecimientos. Una reacción que los psicólogos conocen, supongo que lo hice para protegerme de lo que había vivido.

Yo decidí seguir mi vida, luchar en el hospital escribiendo, sin hundirme en el recuerdo de lo que había pasado en esos dos minutos. Sorprendentemente he tenido muy pocas pesadillas. Hace dos semanas tuve pánicos del estilo: ellos van a volver, ellos u otros. Pero he padecido muy poco.

La reconstrucción para mí pasa por entender quién soy ahora, qué puedo escribir, qué puedo decir, cuáles son las relaciones que puedo tener con mis amigos y mis colegas y cómo me enfrento a la vida los años que me quedan por vivir.

Creo que el Sr. Lançon está cómodo conmigo. Lo noto tranquilo, a gusto y con ganas de hablar. Es periodista, así que confío en su fortaleza y decido que es el momento de que nos lo cuente:

¿Qué recuerda de lo que pasó ese miércoles durante la reunión editorial?

Todo… porque yo nunca perdí la conciencia. Recuerdo la entrada de los asesinos, de los dos hermanos Kouachi. Pero tienen ustedes que entender que eso duró dos minutos y diez segundos y las imágenes que conservo se suceden a una gran velocidad y son completamente inverosímiles.

Parecía una película de serie Z, muy mala y muy barata. Entra gente y tardas un minuto en entender por qué están ahí. Y cuando lo haces, es demasiado tarde porque ya estás rodeado de muerte. Mis amigos muertos y yo en el suelo herido.

Dispararon unas treinta balas en una sala pequeña. Dense cuenta. Con Kalashnikov, que es un arma de guerra. Tanto mi suerte como la de Simon y Fabrice fue estar al fondo. Caímos al suelo. Simon yacía inconsciente. Fabrice y yo dejamos de movernos y nos hicimos los muertos porque ya habíamos entendido lo que pasaba. Fue puro instinto. Se acercó uno de los dos hermanos, no sé cuál. Vi sus piernas y pensé: o estoy muerto o voy a estarlo. El tipo se alejó y me di cuenta de mis heridas.

No sé si tiene contacto con sus compañeros, los que también quedaron gravemente heridos. ¿Sabe cómo están?

Claro… Sí, están mejorando. Hubo cuatro heridos en Charlie. De los cuatro, Riss, que es el jefe y director, fue el primero que se recuperó porque solo le dio una bala en el omóplato, y luego están Fabrice Nicolino, herido en la pierna y Simon, en la columna vertebral. Poco a poco se fueron recuperando. De Simon decían que no podría caminar y ya lo está haciendo.

Me estremezco al escuchar un relato tan sereno. En el móvil que suelo tener en la mesa no paran de entrar mensajes; le doy la vuelta para que no me desconcentre. Le digo que no quiero abusar de su confianza y menos cansarle o perjudicar su recuperación y que si en algún momento quiere dejar de hablar, que por favor me lo haga saber.

Amelia Quintanas, que lo conoce algo más que yo porque lleva días tratando con él para que nos concediera esta entrevista, me hace un gesto de negación con la cabeza.

El periodista y escritor me responde que todavía no está cansado. Que le viene bien hablar, que cuando cuelgue se tomará un calmante y que después pasará muchas horas en silencio.

Entiendo que no puedo alargar mucho esta conversación, admiro su fortaleza y le hago varias preguntas en una.

¿Les ha perdonado? ¿Debe perdonar? ¿Se ha hecho esa pregunta?

En este momento, para mí esa pregunta no tiene sentido. Lo que han hecho estos hombres es una cosa enorme, impensable. No sé quién debe perdonar, pero no soy yo. No estoy en esta categoría. Me gustaría entender por qué hicieron eso y, sobre todo, cómo lo hicieron; con quién, de qué manera, de dónde venían las armas… Me gustaría saber y entender este tipo de cosas. Pero perdonar no es mi problema. Yo soy una víctima de ellos pero, como acabo de decir, es un acontecimiento demasiado fuerte para que la pequeña categoría del perdón pueda tener sentido en este contexto…, al menos para mí.

En la carta que dejó escrita, en referencia a sus compañeros de publicación dijo que «todos estábamos allí porque éramos libres o queríamos ser lo más libres posibles, porque queríamos enfrentarnos a todo y reír acerca de todo». Me pregunto si hoy siente usted que es libre.

Bueno, sí. La verdad es que me siento libre porque todo el mundo me ha apoyado. Los de Charlie, los de Libération, colegas de toda la prensa, escritores, gente de teatro y artistas que me han escrito y acompañado de manera discreta e íntima. Luchando en el hospital, recordé que empecé a trabajar en el ochenta y seis y que he tenido la suerte de ejercer mi profesión durante treinta años, con una libertad absoluta, que para mí era y sigue siendo una condición esencial en el periodismo tal y como lo entiendo. Este sentido de la libertad fue creciendo en los sitios donde trabajé con un sentido de la responsabilidad sobre lo que escribía, pero que nunca llegó a impedir pensar lo que pensaba, ver lo que veía y escribir lo que tenía que escribir.

Esta ha sido la venganza extraordinaria y loca de un mundo que no quiere esta libertad y que la disfraza bajo conceptos de respeto que para mí son una farsa. La idea es impedir la libertad de expresión de los que ven lo que algunos no quieren que vean.

Y el semanario…, ¿se siente libre o ha perdido algo? ¿Cree que el terrorismo ha logrado algún tipo de victoria respecto a la línea editorial de la revista?

Todavía es muy difícil contestarle. Hay que ver cómo se desarrollan los acontecimientos.

La terrible victoria del terrorismo es haber matado a amigos y dibujantes de gran talento: genios. Esa es su victoria. Ya no están más aquí para hacernos reír con inteligencia. Pero dicho esto no pienso que sea una victoria, porque los que quedamos vamos a intentar ser dignos de la libertad que nos enseñaron estos muertos cuando estaban vivos. Y lo hacemos por supuesto para nuestros lectores, pero también para nosotros mismos. Tenemos muy claro que hay que seguir. Si tengo que hablar del islam —que no ha sido el caso hasta ahora—, pues lo haré y no veo por qué no hacerlo.

Quintanas señala con el dedo índice de su mano derecha el reloj invisible de su muñeca izquierda. Levanto la cabeza y miro el de los números rojos que desde el centro superior de la pared del estudio vigila las conversaciones. Lamento que me quede nada y menos para despedirme de una persona con la que probablemente jamás vuelva a cruzarme y cuyas palabras no olvidaré nunca.

Le recuerdo la indignación que, meses atrás, había causado en toda Europa ese número de Charlie que caricaturizaba el desaparecido vuelo de Malaysia Airlines. En la portada se podía leer: «Malaysia Airlines, la esperanza». A continuación, rezaba un titular en grande: «Se ha encontrado un trozo del piloto y de una azafata», y en el dibujo había unas manos, supuestamente del piloto, agarrando unos pechos, los de la azafata.

Animada por su valentía, decido que, tanto por él como por mí y los oyentes que esperan que lo mencione, lo más digno es que acabemos el encuentro con esa cuestión:

¿Cómo recibió usted esa portada, después de todo lo que ocurrió?

El problema es el estatus que el periódico tiene ahora. Esta portada no habría molestado a nadie antes del 7 de enero de 2015. Acuérdense de que hablamos de una publicación satírica de veinticinco a treinta años de antigüedad. La portada de la que hablamos, que a mí personalmente me hizo reír, tiene el humor y el mal gusto que desde siempre fue una de las señas de la identidad de Charlie. El problema es que ahora Charlie se ha vuelto una institución que representa la libertad y la democracia. Y de una institución se esperan cosas serias. Si nos volvemos muy serios, haciendo gala siempre del buen gusto, como si estuviéramos en un salón de té a las cinco de la tarde, pues ya no sería Charlie y eso sí que sería una victoria del terrorismo.

Me resisto a decirle adiós y pienso que ya ajustará Quintanas los tiempos pidiéndole al técnico que retrase un par de promos. Parece que ha entendido mis intenciones y con gesto reprobatorio le dice a mi compañera Cris (la co ...