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HABLARáN DE NOSOTRAS

Sandra Barneda

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Fragmento

Prólogo

Quizá sea porque nací bajo el signo de Libra que las injusticias me han sacado de quicio desde que tengo uso de razón. Quizá sea porque nací mujer y hasta hace bien poco la nuestra era una existencia injusta. Quizá sean un conjunto de probabilidades las que me han llevado a hablar de mujeres y de pecados capitales.

Sean del color que sean, sean punibles en mayor o menor grado, casi todos han sido atribuidos a la mujer. ¿Acaso la responsable del pecado original y, por tanto, de nuestra mortalidad no fue una mujer llamada EVA? Y la historia, la tradición, la literatura están llenas de evas pecadoras porque, desde los primeros tiempos, la mujer ha sido la señalada, la discriminada, la que ha vivido en inferioridad de sus posibilidades y con sobrecarga de pecados. Aunque en menor medida, todavía hoy llevamos ese chip tan difícil de extirpar que es el que hace que lo positivo sea propiedad exclusiva de los hombres, y lo negativo —la exigencia—, de las mujeres. Cuántas veces hemos escuchado tonterías asentadas socialmente como que a un hombre el carácter le da personalidad y a una mujer mala leche; ¿o qué decir de la promiscuidad? Virilidad para el hombre, zorrerío en la mujer. ¿Por qué la cana es bella en ellos y no en nosotras? Todos somos responsables y víctimas de una situación creada por nuestros ancestros y transmitida de generación en generación. Sigue siendo nuestra tarea equilibrar ambos polos manteniendo nuestras diferencias pero igualando nuestros derechos.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Este no es un libro que habla solo de mujeres, sino también de pecados... Los siete capitales están tan arraigados en nuestra memoria colectiva ancestral judeocristina que ya forman parte de nosotros. De vez en cuando salen al exterior para hacer de nuestras existencias un infierno o el paraíso jamás soñado. Desde que el papa Gregorio los afianzó y limitó en el siglo VI ha llovido mucho. Y esos mismos pecados capitales, incrustados en el interior de cada uno de nosotros, han recorrido caminos muy diferentes hasta obtener una vida propia más allá de lo puramente religioso. Quizá alguno de ellos se haya convertido hoy en virtuoso más que en pecaminoso. Avaricia, soberbia, gula, lujuria, pereza, envidia, ira, siete vicios, considerados mortales, que alimentan la satisfacción del ego, se alejan de lo establecido y de lo que la moral cristiana considera correcto. Todos ellos me producen desde siempre una extraña fascinación. No acrecientan mis remordimientos ni corroen mi conciencia, sino que potencian mi parte más rebelde y transgresora.

Ha llegado la hora de unir con gusto mujer y pecado, y no sentir pesar ni arrepentimiento. Este libro, aunque sin intención expresa, podría resultar una especie de exorcismo colectivo contra los demonios de la culpa, un homenaje a todas las mujeres que se han sentido juzgadas, vilipendiadas, ninguneadas, sometidas por disfrutar, gozar, reír, soñar, alcanzar, amar, poseer, imponer, mandar, gustar, triunfar..., incluso por pensar.

Hablarán de nosotras es un viaje interior, una trayectoria en línea recta hacia la libertad. Es una invitación al DISFRUTE en mayúsculas, a la provocación si esta nos permite ser quienes realmente somos. ¿Estamos libres de pecado? ¿Podrían ser la avaricia, la soberbia, la gula o la ira conceptos que definieran una vida ejemplar? Ellas, mis pecadoras virtuosas, Hillary Clinton, Madonna, Jackie Kennedy, Cleopatra, Virginia Woolf, Marilyn Monroe o Bette Davis, entre otras, son grandes mujeres de nuestra historia, pasada y reciente, que lucharon por vivir y ser libres. Intentaron llegar donde deseaban a pesar de ellas mismas y del mundo. Fueron tan imperfectas como pecadoras, y al revisar y conocer sus vidas me he dado cuenta de la complejidad de la existencia. He comprendido que todas son unas supervivientes y que de sus pecados llegaron sus triunfos.

Sandra Barneda

 
I. AVARITIA

 

«No hay nadie peor que el avaro consigo mismo, y ese es el justo pago de su maldad».

ECLESIASTÉS

El deseo con ansia llevado al límite de nuestro control conduce a la avaricia supina, desmedida y vilipendiada por la mayoría. Sin embargo, como el resto de los pecados, puede llegar a ser honroso, incluso admirado en su justa medida. Los siete pecados capitales viajan en nuestras vidas, confluyendo en más de una ocasión, provocando en nosotros una ceguera en el discernimiento, una falta de objetividad. ¿Acaso el envidioso no puede ver a aquel que posee como avaricioso? Lo mismo digo del perezoso... Y así con el resto de los siete.

La avaricia es conocida por todos como una inclinación o deseo desordenado de adquirir placeres o riquezas con el fin de atesorarlas. Se es codicioso cuando existe afán de materia, pero no necesariamente uno se apropia de ella. La codicia es solo un ejemplo de los vicios que alberga la avaricia: deslealtad, traición deliberada para el beneficio personal, robo y asalto con violencia, engaños, manipulación con el fin de obtener beneficios...

La sociedad actual nos imbuye en la avaricia, nos hace ser codiciosos de la materia. ¿Quién no se ha visto tentado de poseer, tener, acumular? Bastará como ejemplo echar un simple vistazo a nuestro armario. Contemplemos cuántas prendas de las que atesoramos serían prescindibles. ¿Cuántas camisetas, jerséis, faldas o pantalones están ahí almacenados, olvidados desde hace tiempo? Es simplemente el deseo de tener más y más. De tener por cantidad. ¿Cuántas veces se prefiere a la calidad?

¡Es mío! ¡Lo quiero! ¡Es mío! ¡Mío! ¡Mío! No hay freno ni límite que detenga el imperioso deseo de poseer.

La avaricia tiene de nuevo rostro de mujer, simbolizada por una silueta entrada en años, delgada, huesuda, de piel pálida y amoratada que se ocupa de contar dinero o que tiene uno de los bolsillos apretado con fuerza. El poder de la avaricia es de arrollador instinto animal, similar al de un lobo hambriento que solo hace bien cuando muere.

«Offende viva, e risana morta»
(«Hiere cuando vive y después de muerta cura»).

DICHO ITALIANO

La vida de estas mujeres poderosas, miradas con recelo por la mayoría, podría resumirse como la historia de una ambición desmedida en acumular éxito, poder, dinero, amantes... Pocos conocen sus límites, ni siquiera si los tienen o los tendrán. Todas ellas son unas meritorias conseguidoras y por ello consideradas avariciosas. ¿Las convertirá su pecado capital en virtuosas? Aunque algunos crean en las fauces limitadoras del destino, todas ellas pudieron elegir sus caminos; construyeron unos y rechazaron otros.

Madonna, Hillary Clinton y Jackie Kennedy son mis elegidas, las avariciosas. Dos ex primeras damas de la Casa Blanca y la que ha sido durante décadas la mujer más poderosa de la industria musical. El trío podía haber sido otro, pero ellas, por distintos motivos, han despertado en mí desde siempre curiosidad y admiración. Jackie Kennedy, la elegancia vestida de misterio, conservada siempre en frío y de incuestionable codicia. Hillary, quien por su sueño de convertirse en la primera mujer presidenta de Estados Unidos ha hecho de su vida una carrera sin fin y una lucha sin cuartel en la que se ha dejado la piel y donde ha tropezado con decenas de piedras que cuestionaban su ética profesional. Madonna es en sí misma un pozo sin fondo, una reinvención continua, una marca que no deja de buscar nuevos productos de forma incansable. Ella fabrica avaricia y la convierte en espiritual, en un don divino para crear, para comunicar, para mostrar al mundo su poder.

A estas mujeres no hay que mirarlas desde el prisma del avaro que esteriliza el dinero hasta convertirlo en inservible, sino en ese afán desmedido por acumular que las llevó a comportamientos avariciosos que servían para sus propios fines.

¿Vendieron su alma por ello? ¿Son juzgadas injustamente por sus riquezas, sus éxitos y méritos? ¿Sus deseos ofenden?

En esta selección de avariciosas debe el lector decidir si verdaderamente son pecadoras o virtuosas de lo suyo y en lo suyo.

Capítulo 1

Hillary Rodham Clinton

Admirada, temida y respetada

Chicago, 1947

@HillaryClinton

«No habrá descanso hasta ser la primera presidenta de Estados Unidos».

«Be Only One», Time

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«Me podría haber quedado en casa y hornear galletas, pero lo que decidí fue cumplir con mi profesión, en la que entré antes de que mi esposo tuviera una vida pública».

«Los derechos humanos son derechos de la mujer y los derechos de la mujer son derechos humanos».

«Las mujeres son la más grande reserva de talento sin utilizar en el mundo».

«Tengo un millón de ideas, el país no se puede permitir todas».

«Toma en serio las críticas, pero no personalmente... Trata de aprender de estas. Si no, deja que pasen de largo».

«Puede que me convierta en la primera presidenta, pero una de vosotras es la próxima».

«Soy una persona que todos los días cuando se levanta dice: “¿Qué voy a hacer hoy y cómo quiero hacerlo?”».

«Cuando una barrera cae en Estados Unidos, para cualquiera se abre el camino. Cuando no hay un techo, el cielo es el límite».

«Es con humildad, determinación e infinita confianza en la promesa de Estados Unidos que acepto la nominación para presidenta».

«Seré la presidenta de demócratas, republicanos e independientes; de aquellos que luchan, se esfuerzan y tienen éxito. De aquellos que me votan y aquellos que no; de todos los estadouni­denses. Ganemos esto juntos».

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Hillary Clinton es, a partes iguales, una de las mujeres más temidas, admiradas y respetadas en Estados Unidos. Todos la colocan en el sendero de la ambición y desde que su marido, Bill Clinton, se convirtiera en el presidente número 42, la mayoría de la gente cree que su verdadera aspiración era ser la primera mujer en ocupar el despacho oval.

UN MOMENTO CRUCIAL TODAVÍA POR ESCRIBIR

Hillary está en un momento crucial y pronto sabremos qué le tiene preparado el destino, cuál será el resultado de las urnas, puede ganar o perder. Imaginemos estos dos escenarios.

Lo ha conseguido pese a muchos, que han deseado ver cómo su mayor aspiración se quedaba a las puertas. Se ha convertido en la primera presidenta de Estados Unidos. Pestañeando, cambiando numerosamente de peinado y saltando todos los obstáculos sin perder el aliento. ¡Lo ha logrado! «A todas las chicas que tienen grandes sueños: sí, puedes llegar a donde te propongas, incluso ser presidenta. Esta noche es para ti» (discurso como candidata demócrata en la convención de julio de 2016). Ahora empieza un camino por demostrar, por pasar a la historia más allá del titular de ser la primera si no dejar estela como lo hizo George Washington, el primer presidente de su país. «Las mujeres no somos víctimas. Somos agentes del cambio, somos las conductoras del progreso y somos hacedoras de la paz. Lo que necesitamos es luchar por el cambio». Son muchos los ojos que la miran ahora desde su pedestal, desde la cima de su país con la esperanza de que sus palabras no queden en el olvido. Hacer historia no es un camino de rosas, más bien de espinas, de críticas, de elogios interesados e hipócritas. Es un camino de soledad. ¿Por una buena causa? El tiempo será quien lo diga. Por el momento, su nombre ya es historia y ha tardado dos décadas en alcanzar el lugar que siempre quiso: el despacho oval.

O se ha quedado a las puertas de ese cielo que durante veinte años ha ambicionado. Ha sido una lucha que pone a prueba la resistencia de cualquiera. La mayoría se ha quedado en el camino, pero ella, a pesar de todos los escándalos, ha seguido hacia delante hasta convertirse en candidata a la presidencia del partido demócrata. Obama lo dejó claro: «Estoy seguro de que (Hillary Clinton) no se va a rendir, no importa lo difícil que sea el desafío». Ha perdido las presidenciales frente al polémico candidato republicano, el multimillonario Donald Trump. Ha perdido la oportunidad vivida, aunque ha pasado a la historia como la primera mujer candidata a la presidencia de Estados Unidos. ¿Cuál será su siguiente paso? ¿Se dará por vencida? Muchos pondrían la mano en el fuego por el no. Hillary no es de las que pierden el aliento ante una derrota. No es de las que se flagelan con lo que podía haber sido y se pierde en el camino serpenteante de las hipótesis. Hillary se marca objetivos y traza siempre la línea más recta que la lleve a ellos. ¿Las siguientes presidenciales?

«Los momentos en que miramos hacia atrás son momentos desperdiciados, mira siempre hacia delante».

Hillary Rodham Clinton

EL SUEÑO DE SER PRESIDENTA

Insisto con lo de que su vida siempre ha estado marcada por la línea recta, pero aunque muchos lo duden, de carretera larga. Si bien es cierto que sus deseos de llegar a ser la primera mujer presidenta de Estados Unidos germinaron muchos años antes de que su marido llegase a la presidencia, la vida de Hillary Rodham Clinton ha estado marcada por el tesón, la lucha y el inconformismo de no tener suficiente con lo que marcaban las circunstancias. ¿Qué mujer de presidente ha sido o se ha convertido en uno de los eslóganes de reclamo en la campaña de su marido? («Votad al marido de Hillary»). Lo cierto es que Hillary acumula fortuna y poder, un binomio difícil de librarse de la quema de las críticas; aunque quizá ella haya colaborado en las brasas. Ha sido acusada y sospechosa de malas praxis en varias ocasiones y siempre ha salido ilesa de todo, aunque con sombras alargadas de sospecha. Salió marcada, pero no derrotada incluso de la infidelidad de su marido. Nadie duda que los Clinton son un clan. ¿Una unión de conveniencia por el empeño de acumular poder y riquezas? Quizá no importe el camino y si por ello deben hacer de tripas corazón en algún momento. Los detractores de Rodham Clinton —ella quiso mantener cuando se casó su apellido de soltera— creen que tiene un corazón helado que late con todo menos con el sentimiento; algo que sabe controlar en lo público y en lo privado.

Sin embargo, su historia puede ser mirada desde otro prisma: el de la tenacidad de una mujer que, a pesar de las adversidades, jamás ha perdido su rumbo ni ha renunciado a sus derechos ni aspiraciones como mujer casada ni posteriormente como madre.

«NO ACEPTAMOS MUJERES EN EL PROGRAMA»

En su primera autobiografía, que escribió a los 12 años como parte de un trabajo escolar, Hillary no quería ser bailarina o casarse con el chico más apuesto de la clase, sino que deseaba ser física nuclear. Años después, y con el compromiso del presidente Kennedy de poner hombres en la Luna, se ofreció sin pensárselo dos veces para ser una de ellas. Escribió a la NASA para ofrecerse voluntaria como astronauta y tuvo uno de los primeros destellos de revelación de que vivía en un mundo donde se respetaba poco o nada a la mujer y sus aspiraciones. La respuesta de la NASA fue corta, breve, concisa: «No aceptamos mujeres en el programa».

En esos años de instituto, Hillary, con enormes gafas metálicas estilo aviador, era todo menos conformista, tanto en lo que tenía que ver con los ideales como con las acciones. Aunque no era de la cuerda de Kennedy, le impactó su muerte, la vivió junto a su madre, pegadas al televisor y fue a ella a quien confesó que le había votado con la esperanza de que pudiera hacer algo por el país. De padre republicano y madre demócrata, Hillary tardaría unos cuantos años en darse cuenta de que estaba más del lado de su madre que del de su padre.

Fue en un ejercicio de oratoria y debate cuando tuvo quizá otro repunte de lucidez, al tener que defender al presidente Johnson sobre temas como derechos civiles, asistencia médica y política exterior. Esas horas de estudio para defender la postura demócrata fueron el principio de su revelación final, pues con su graduación en la universidad, Hillary ya era una demócrata declarada, muy a pesar de su padre.

1968: UN AÑO CLAVE

Ella misma confesó que el año 1968 fue clave para ella porque marcaría su viraje político y personal. Pertenecía a la generación que se sublevó contra la guerra de Vietnam, que abrió los ojos en la lucha racial con el asesinato de Martin Luther King y también de Robert Kennedy. En el tercer año de universidad, Hillary había dejado de ser una chica del senador republicano Goldwater para convertirse en una acérrima adversaria de Richard Nixon. Su paso por la universidad fue el despertar, como el de muchas mujeres de su tiempo, de sentirse atrapada entre un pasado caduco y un futuro demasiado incierto.

El 31 de mayo de 1969 se graduó en la Universidad de Wellesley, solo para mujeres, con lo que se considera su primer discurso político. Tenía apenas 22 años y era una brillante estudiante que, consciente o no, comenzaba a vislumbrar su camino. Al final de ese laureado discurso de graduación parafraseó el poema de Nancy Scheibner citando que «el desafío es practicar la política como el arte de hacer posible lo que parece imposible». Era impensable en aquellos años que la joven estudiante se convertiría en la tercera mujer secretaria de Estado, en la primera candidata demócrata para la Casa Blanca y quién sabe si en la primera mujer presidenta de Estados Unidos.

HILLARY Y BILL

Ingresó en Yale junto a doscientos treinta y cinco alumnos, de los que solo veintisiete eran mujeres. Todo un logro que podía percibirse en aquella época como que las mujeres empezaban a despuntar más allá de las apariencias. Tendría que pasar un año para que ella y su futuro marido intercambiaran sus primeras palabras y forjaran la que está considerada como una de las uniones más poderosas del país.

Todo ocurrió en la biblioteca. Después de un cruce de miradas insistente y silencioso por parte de los dos jóvenes, Hillary intervino con una frase directa: «Si vas a seguir mirándome así y yo voy a seguir devolviéndote las miradas, será mejor que nos presentemos. Yo soy Hillary Rodham». Puede que esas palabras sean leyenda o puede que no. Ella misma las escribe en su autobiografía, pero sin lugar a dudas ese fue un principio revelador de sus personalidades. Bill Clinton, el hombre que tiene la capacidad sobrenatural de seducir sin levantar siquiera una ceja; Hillary, la mujer que no se amedrenta ante nada, ni siquiera con un melenudo estudiante de sobresaliente que acababa de aterrizar, tras dos años de estudios en Londres, y ya estaba convencido de emprender carrera política en su Arkansas natal. No se le pasó por la cabeza a Hillary que ella acabaría acompañándole en ese sueño americano. Algunas voces dicen que fue entonces cuando la ambiciosa Hillary empezó a trazar su camino para convertirse en la primera presidenta. De ser cierto..., aparte de ambiciosa, sería una visionaria porque en aquellos años, en Estados Unidos, apenas se dibujaba la posibilidad de que una mujer pudiera, en un futuro, liderar el país.

Antes de trasladarse con Bill a Arkansas fue una de las jóvenes abogadas brillantes que colaboraron en la elaboración del impeachment a Nixon. Su futuro como letrada era prometedor, pero decidió acompañar al que sería su marido y dedicarse a la docencia. Como abogada estuvo considerada en los años 1975, 1979, 1988 y 1991 entre los cien profesionales más influyentes de su país. Hillary no abandonó sus luchas civiles particulares y siguió publicando artículos sobre el maltrato y abandono infantil, la custodia de menores y la patria potestad, algo que no dejó de hacer incluso después de convertirse en la primera dama del estado de Arkansas. El tándem Rodham/Clinton funcionaba a la perfección y Hillary, lejos de estar a la sombra, participaba en el gobierno de su marido al frente del Comité Asesor de Sanidad Rural, al tiempo que se encargaba de incrementar el patrimonio de la pareja con el nacimiento de la polémica promotora Whitewater, que en un futuro la llevaría a declarar ante el Supremo por imputaciones de sobornos, tráfico de influencias y otras presuntas irregularidades cometidas por sus negocios privados.

Poco después, el 27 de febrero de 1980, nacería su única hija, Chelsea. En ese año fue la noticia más gratificante para la prometedora pareja, puesto que, fuera de pronóstico, Bill Clinton perdió la reelección de gobernador y durante unos meses se creyó que la fulgurante carrera política de Clinton había llegado a su fin.

Hillary Clinton, la mujer que había hecho que el mismísimo gobernador acudiera a clases de preparación para el parto, seguía proyectando una imagen demasiado brusca para la mayoría. Su esfuerzo desmedido por minimizar el rechazo la llevó a modificar la imagen que tenían de ella los demás. En 1980 aprendió con la derrota de su marido y supo que el público la consideraba demasiado altiva, defensora de causas feministas radicales e ideológicamente ubicada en el ala izquierda. Un perfil excesivamente duro y antipático para el electorado tradicional al que debía convencer en las elecciones si quería que la carrera de su marido a la Casa Blanca tuviera luz verde.

Lejos de desmotivarse, modificó su comportamiento sustancialmente, así abandonó su apellido de soltera y comenzó a llamarse solo por su apellido de casada (algo a lo que siempre había renunciado) y también miraba a su marido, en actos públicos, de manera sumisa y bobalicona. En los setenta comenzaba a ser algo común que las esposas mantuvieran su apellido de soltera, aunque en ciertos estados como Arkansas era todavía extraño. En esos meses de derrota Hillary se volvió a sentir un bicho raro, por su educación del norte, por su forma nada convencional de vestir y por conservar su apellido. Al día siguiente de la derrota, cuando Bill Clinton anunció que se presentaba a otro mandato, Hillary comenzó a llamarse a sí misma Hillary Clinton.

SER «LA ESPOSA DE»

En 1982 Clinton ganaba de nuevo las elecciones a gobernador. Puesto que nadie le arrebataría hasta 1990. Fue precisamente tras su nueva victoria cuando el partido demócrata se fijó en él para las presidenciales.

El 20 de enero de 1993 fue nombrado presidente número 42 de Estados Unidos y, con ese nombramiento, llegó el primer golpe duro a la independencia de Hillary: tuvo que dimitir de todos los consejos de administración y organizaciones caritativas en las que colaboraba para pasar a ser, únicamente, «la esposa de». Por otra parte, la obligaron a poner atención en su vestuario y a abandonar su característica cinta en el pelo que a ella le parecía muy práctica, pero que para una primera dama no era adecuada. Lo que no podía imaginar es que su peinado traería cola los años siguientes, incluso ella misma llegó a afirmar en su último año como primera dama: «Lo más importante que tengo que decirles hoy es que el cabello sí importa. Préstenle atención al cabello, porque todos los demás lo harán». En la campaña presidencial de Hillary ha habido una lluvia de titulares porque ella pagó seiscientos dólares por cortarse el pelo en un salón de belleza de la Quinta Avenida de Nueva York.

Volvamos a los años donde la abogada Hillary Clinton tuvo que renunciar a un trabajo real, pero no estaba dispuesta a ser una figurilla de Lladró al lado de su marido y quiso potenciar su posición de primera dama. Se inauguraba en el puesto con una advertencia sobre el protagonismo de las mujeres en la vida pública, Hillary consideraba que había nacido un nuevo orden mundial en relación con su sexo en el que entre otras cosas se modificaría el papel de la primera dama dentro de la Casa Blanca. Reconoció años más tarde que su tiempo como primera dama no fue fácil ni para ella ni para su orgullo.

Tal y como confesó en su libro de memorias, tener un cargo que dependía directamente del presidente fue algo que le costó encajar: «Era uno de los problemas por los que me costó adaptarme al papel de primera dama. Desde niña siempre había luchado por ser yo misma».

EL ALA OESTE DE LA CASA BLANCA

Uno de los primeros cambios, que fue pasto de los late nights americanos, consistió en que por primera vez en la historia se trasladaba el despacho de la primera dama al ala Oeste. Desde Jackie Kennedy, que fue la primera en tener jefa de prensa y despacho, siempre se había situado en el ala Este, pero Hillary se trasladó con parte de su equipo, que, pronto se conocería popularmente como Hillaryland, a la segunda planta del ala Oeste. Lo que pocos saben es que, en realidad, Hillary tuvo tres despachos en la Casa Blanca: uno en el ala Oeste a pocos metros de la oficina oval de Clinton, otro situado en la zona donde se decidía sobre los eventos sociales del presidente y otros aspectos como su vestuario y uno más en el edificio contiguo a la Casa Blanca, que era su «cuarto de guerra», en el que se discutían asuntos importantes. Por aquellos años circulaba un chiste de la pareja que reflejaba la perseverancia y ambición de la recién estrenada primera dama: «Hillary y Bill van por una carretera de Arkansas. Al parar en una gasolinera, ella le dice a él: “Mira, el chico del surtidor fue mi novio en el instituto”. Clinton le contesta: “Si te hubieras casado con él, ahora trabajarías en esta gasolinera”. Ella le dice: “No, querido, si me hubiera casado con él, ahora él sería presidente de Estados Unidos”».

Durante el primer mandato, Hillary quiso rebelarse, quiso cambiar los patrones y se encontró con la resistencia de ...