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HASTA EL FIN DEL MUNDO

Amy Lab

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Fragmento

CAPÍTULO 1

Todas las miradas se volvieron hacia Mat a la espera de que pronunciara unas últimas palabras. Pero ella no tenía nada que decir; al menos, no delante de todos aquellos extraños, así que permaneció en silencio sin apartar la vista del féretro.

El día había amanecido triste y gris. La niebla que se elevaba entre las tumbas era tan densa que parecía estar hecha con jirones de algodón y un viento helador se colaba por su fino abrigo y alborotaba su rubia melena. Por primera vez había traspasado las puertas de un cementerio, y la imagen de las cruces y los cipreses, unida al frío invernal de aquella mañana de febrero, no distaba mucho de la idea previa que tenía al respecto y que tantas veces había visto en el cine y la televisión. No sentía miedo ni angustia, sino más bien una enorme serenidad acompañada de un vacío inabarcable.

No conocía a casi ninguna de las personas que habían acudido al entierro de su padre. De hecho, ni siquiera estaba segura de que aquella veintena de caras serias tuviera alguna relación con él. Le sorprendió, entre tanta gente mayor, ver a un chico algo más mayor que sí le resultó familiar. Estaba en un rincón algo apartado, vestido con un traje con el que no parecía sentirse demasiado cómodo. Mat no fue capaz de recordar de qué lo conocía. Se sentía sola y aturdida, solo cobijada por su amigo Manu, que había estado a su lado, agarrándole la mano, desde que la recogió en casa.

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Unos albañiles se acercaron y, tras introducir en el hueco de la tierra dos coronas de flores, se hicieron a un lado a la espera de que Mat les indicara que podían concluir. Angustiada por no poder dilatar más el momento, intentó encontrar alivio en el hecho de que ahora su padre, o más bien lo poco que quedaba de él, por fin descansaba en paz. Sin embargo, encerrarlo bajo aquel granito aún sin nombre acentuaba más la sensación de vacío que se había adherido a ella como si fuera su propia sombra.

Se despidió de él en silencio. «Te quiero, papá. No te preocupes, yo cuidaré de mamá», le prometió mentalmente, consciente de que su padre querría que no dedicara ni un solo segundo a pensar en él y que se concentrara en su madre. Con la mirada, trató de reconocer en el bamboleo de los cipreses y en el cielo encapotado desierto de pájaros una señal que sugiriera que su padre, de alguna forma, seguía allí con ella, que no se había ido del todo. Fue en vano. Lo único que quedaba de él era su ausencia.

—Mat —susurró Manu golpeándola cariñosamente en el hombro—, creo que ha llegado el momento…

Mat miró a los operarios a través de la cortina borrosa de sus lágrimas y asintió en silencio. Con gesto solemne, los hombres desplazaron la lápida con ayuda de unas cuerdas y sellaron la tumba con cemento.

Mat respiró hondo para reprimir los sollozos que se agolpaban en su pecho. Sabía que si dejaba salir todo el dolor, ya no podría recomponerse. Tragó saliva y se aproximó a los asistentes, que habían formado una fila para despedirse de ella. «Mucho ánimo, Mat», «Sé fuerte», «Era un gran hombre…». Mat apuró al máximo sus fuerzas para mostrarse entera y cortés. Estaba a punto de perder el aplomo cuando la breve sesión de condolencias se vio interrumpida por un estruendoso trueno, seguido de una lluvia torrencial que les obligó a correr hacia el aparcamiento. Antes de refugiarse en el coche, volvió la cabeza hacia el que desde ahora sería el último hogar de su padre.

—¿Qué tal estás? —preguntó Manu ya en la autopista, sin apartar la vista de la carretera. Avanzaban despacio. Madrid, como ocurría siempre que llovía, se había sumido en un caos de tráfico.

—Rara. —Le costaba articular las palabras, aunque eso era algo habitual en ella—. Por un lado, aliviada por haber cerrado algo… Triste también, y agobiada por lo que se me viene encima.

—Deberías descansar. Han sido demasiados acontecimientos duros en pocos días.

—No puedo. Tengo que volver al hospital, escribir a mis profesores para decirles que tardaré en regresar, arreglar papeles…

—¿Alguna novedad con tu madre?

—No. Aunque las heridas ya casi se han curado, sigue sin despertarse. Creo que ni los médicos lo entienden…

Manu levantó la mano de la palanca de cambios y la puso sobre la de ella.

—Tranquila, las cosas mejorarán.

El resto del trayecto hasta casa no dijeron nada. Mat, con la mirada perdida en algún punto del otro lado del cristal, intentaba en vano abarcar el vacío que había dejado su padre. Era tan profundo, tan descomunal, que la cubría por completo, como si la hubieran tapado con un enorme y pesado manto negro que no dejara traspasar la luz y apenas el aire. Le angustiaba la idea de regresar a casa, aquella casa que ya no sentía como un hogar sino como un abrumador almacén de recuerdos, aquella casa a la que su padre nunca volvería y, con toda probabilidad, tampoco su madre.

El sonido del móvil de su amigo interrumpió sus pensamientos. Él rechazó la llamada en silencio y, aunque no dijo nada, Mat supo que se trataba de su omnipresente novia.

Cuando por fin llegaron, había dejado de llover.

—¿Te quedas un rato? —le preguntó mientras abría la puerta de entrada. Deseaba que Manu quisiera acompañarla para aliviar, al menos momentáneamente, la aterradora soledad que la atenazaba.

—Sí. Me quedo contigo. No tengo clase hasta dentro de dos horas.

El móvil volvió a sonar. Esta vez fue una batería de wasaps.

—¿Es Elena?

Manu asintió.

—Dile que acabo de enterrar a mi padre y que no estoy de humor para acostarme contigo. Que se quede tranquila.

Él la miró condescendiente, como un San Bernardo pidiendo permiso para lamer su hueso favorito.

—Anda, llámala —le animó. En otras circunstancias, habría hecho todo lo posible para dilatar ese momento y disfrutar imaginando los celos de aquella bruja posesiva. La odiaba. O más bien, recordaba que la odiaba. Ahora el vacío lo llenaba todo y no quedaba sitio para el odio.

Se dejó caer sobre el sofá mientras Manu desaparecía por el largo pasillo. Pasó un buen rato hasta que regresó. Tan educado y formal como siempre, pidió disculpas por la ausencia y se sentó a su lado, pasándole un brazo por encima del hombro.

Ninguno de los dos dijo nada. Permanecieron así, en silencio, durante un tiempo indeterminado, mirando al vacío.

—¿Tienes hambre, Mat? Deberías comer algo.

Ella negó con la cabeza. No sentía nada. Estaba como anestesiada. Manu se levantó y se dirigió hacia la cocina. Le oyó abrir la nevera y los armarios y mover cacharros. Cuando por fin decidió acercarse, lo encontró delante de la encimera, mirando la fecha de caducidad de unos huevos.

—No te esfuerces, Manu. Están pasados, fijo. Y la leche, también.

—¿No tienes pan de molde?

Mat asintió. Sacó de un cajón un paquete de rebanadas y lo golpeó con los nudillos.

—Vale, casi tan duro como tu cabeza —le dijo Manu. Al menos, logró arrancarle una media sonrisa—. Mat, no puedes seguir así. No sabes cuánto va a durar esto y si no te cuidas… Cada día estás más delgada. ¿Cuánto tiempo llevas así? ¿Cuánto hace que no te sientas a comer en condiciones? Parezco mi abuela.

—Tú lo has dicho. Solo te falta el moño. Anda, no te preocupes. Ya comeré algo en la cafetería del hospital. ¿Me acercas antes de irte a clase?

—Claro, tonta.

Al ir a coger el abrigo del perchero de la entrada, Mat se fijó en el calendario colgado de la pared. La pregunta que Manu le hizo en la cocina resonó en su cabeza. «¿Cuánto tiempo llevas así?» Justo un mes, se dijo a sí misma. Un mes desde que su vida había dado un cambio radical para nunca volver a ser la misma.

CAPÍTULO 2

Solo había pasado un mes, pero todo lo anterior a la fatídica llamada le parecía un sueño, como si Mat nunca hubiera sido aquella otra persona: aquella persona que veía el comienzo de la universidad como el inicio de una nueva y maravillosa etapa en la que por fin su madre dejaría de ejercer tanto control sobre ella y en la que ya no tendría que soportar la dolorosa presencia de Manu.

Ahora era consciente de lo absurdo de esos pensamientos. ¿De verdad había creído alguna vez que el amor no correspondido que sentía por Manu era doloroso? Doloroso era despertarse cada mañana y no escuchar el sonido de su padre al arrastrar las zapatillas o el canturreo de su madre mientras pintaba alguno de sus cuadros tras una noche de insomnio.

Lo ocurrido con Manu había hecho que llorara y se avergonzara como nunca antes. Ahora, sin embargo, no quedaba sitio para la vergüenza. Ni siquiera parecía quedar ya sitio para querer a Manu.

Aquello, cuando menos, podía considerarse una novedad, porque, hasta donde Mat recordaba, siempre había estado enamorada de él. Manu había sido el parapeto tras el que resguardaba su timidez en el colegio, el amigo fiel en los buenos y malos momentos, el hombro en el que llorar y la mano amiga. Su alma gemela.

¡Qué lejanas le resultaban ahora esas tardes de fútbol y palomitas, cada uno con la camiseta y la bufanda de su equipo, rivales entre sí! Y las sesiones de películas de terror, ocultos tras los cojines a la espera de que un inevitable susto los sobrecogiese. Y los atracones de chuches y chocolate sin pensar en los consiguientes granos. Y las noches cuando en lugar de dormir se enviaban mensajes con algún proyecto descabellado o una ocurrencia ingeniosa.

En el colegio, todos los consideraban un pack¸ como si fueran siameses o una oferta de dos por uno. Pero una brecha comenzó a abrirse en el último curso. Al principio, resultaba imperceptible. Mat tardó algún tiempo en percatarse de cómo reaccionaban otras chicas a los cambios físicos que Manu había experimentado: los granos habían desaparecido para dejar sitio a una cerrada sombra de barba, la diferencia de altura entre ellos había aumentado en más de diez centímetros, la voz se había vuelto ronca, la espalda más ancha… Y como por arte de magia, una magia negra y maligna, una mitad del pack se había convertido en el moreno ese tan mono de ojos verdes, mientras que la otra, en el mejor de los casos, seguía en el anonimato, y, en el peor, resultaba un estorbo.

Cuando Mat se dio cuenta de la existencia de esa brecha, era demasiado tarde. Para entonces, todas las conversaciones, comenzaran como comenzaran, terminaban girando en torno a Elena. Manu parecía haberse olvidado de cómo en otro tiempo se retorcía de la risa al imitar su irritante voz de pito o cómo se burlaba de sus conjuntados modelitos. Pero Elena también había cambiado. Su cuerpo, antes flacucho y rectilíneo, ahora lucía unas curvas de escándalo coronadas por dos contundentes y perfectísimas tetas. Poco podía hacer Mat para competir con aquella acertada obra de la genética. Nada resaltaba en ella. Era una de tantas.

—He quedado este sábado para ir al cine con Elena. —Era una tarde demasiado calurosa para ser abril y habían decidido hacer los deberes sentados en el césped del parque. A pesar de que el sol lucía en todo su esplendor, Mat sintió que el cielo se oscurecía cubierto por un ejército de nubarrones negros—.Ya sé que no te cae muy bien, pero me gusta y creo que yo a ella también.

Mat guardó silencio. ¿Cómo él no iba a gustarle a ella? Era inteligente, generoso, educado, atento, sensible… Era, sencillamente, maravilloso. Lo que no llegaba a entender era qué veía él en Elena, más allá de esa impactante delantera.

—No es como pensábamos —continuó él, incómodo por el silencio de Mat—. Es muy simpática cuando la conoces. Y tiene un gran sentido del humor… Lo pasamos bien cuando estamos juntos.

Sabía que debía morderse la lengua, pero se le disparó.

—Nosotros también lo pasamos bien juntos.

Manu pareció sorprenderse por un momento y luego sonrió.

—Ya lo entiendo. Estás preocupada porque crees que se va a interponer en nuestra amistad, ¿verdad? —La cogió de las manos e hizo que las pasara alrededor de su cintura. Mat sintió cómo su corazón se aceleraba al sentir el cuerpo de él entre sus brazos. Tragó saliva sonoramente—. No te preocupes. Nada ni nadie va a conseguir que tú y yo dejemos de ser amigos. Te lo prometo.

—No es eso... —respondió Mat con un hilo de voz.

—¿Entonces? ¿Sabes algo que yo no sepa? —susurró él mientras apoyaba su frente en la de ella. Mat bajó la vista para huir de su inquisitiva mirada, pero él levantó su barbilla suavemente—. Si sabes algo, Mat, tienes que decírmelo…

Manu tomó su silencio como un sí.

—No te atreves a contármelo porque tienes miedo de lo que yo pueda pensar y sabes que cambiaría mi decisión sobre lo de pedirle salir a Elena. ¿Verdad?

Estaban tan cerca que Mat respiraba el aliento de él.

—Incluso tienes miedo de que eso que tienes que decirme pueda poner en juego nuestra amistad —Continuó clavando sus verdes ojos en los de ella—. Pero nada más lejos de la realidad, Mat. Estoy preparado para escucharlo…

Mat estaba paralizada por las dudas. ¿Le estaba pidiendo Manu que le dijera lo que sentía? ¿Acaso él sabía que estaba enamorada? Y si era así, ¿desde cuándo? ¿Y por qué había esperado hasta este momento para preguntárselo?

—Mat, por favor, dímelo —suplicó él—. Por favor…

Su voz implorante actuó como un detonador. «Ahora o nunca», se dijo Mat. Cerró los ojos y, cobrando impulso, se lanzó a los labios de él con un efusivo beso.

Apenas llegó a rozarlos. Él se apartó bruscamente, presa de la sorpresa y la incredulidad, y ella fue a dar de lleno en el césped.

—¡¿Pe-pero qué haces, Mat?!

—Yo-yo… creía que tú… que tú… —Una sensación de ridículo tan abrumadora como desconocida comenzó a apoderarse de su cuerpo a toda velocidad anulando a su paso toda actividad física hasta bloquear por completo sus pensamientos.

—¿Que yo qué? —Manu paseaba nervioso de un lado a otro—. ¿A qué viene esto? ¿Es una broma?

—¡Pensé que sabías lo que te iba a decir! Y que tú… que tú sentías lo mismo.

—¡¿Yo?! Pero ¿por qué? ¿Qué te ha hecho pensar eso? Yo creía que me ibas a decir que a Elena le gustaba otro, no ESTO. Joder, Mat, ibas a besarme…

Mat intentaba en vano ocultar su vergüenza tras las manos. No se atrevía a mirarlo. Era consciente de que acababa de rasgar ese vínculo de unión que creía inquebrantable y que, por su culpa, nada volvería a ser como antes. Conocía bien a Manu y sabía que, como ella, intentaba hilar con coherencia el caos de pensamientos que manaban en su mente. Esperaba con miedo y resignación lo que él tenía que decirle y, aunque desconocía las palabras exactas, podría haber reproducido casi con total precisión lo que vino después:

—Mat —susurró mientras se sentaba a su lado en el césped, lo suficientemente apartado como para no llegar a rozarla. «Mejor evitar el contacto físico», seguro que pensaba—. ¿Por qué no me habías dicho nada?

Mat se encogió de hombros. Se había quitado las manos de la cara, pero evitaba mirarlo manteniendo la vista fija en algún punto inexistente del horizonte.

—Soy un idiota por no haberme dado cuenta. A lo mejor es culpa mía y te he hecho creer cosas que no son… Pero ya sabes que tú eres mi superamiga. Hace siglos que no pienso en ti como… no sé… como una chica, ¿entiendes? Es como si fueras una hermana.

«Hace SIGLOS que no pienso en ti como una chica», «eres como una HERMANA»… Daba igual conocer de antemano lo que iba a decir, dolía lo mismo.

«No te preocupes. Es solo el miedo a perderte lo que me ha llevado a… a intentar besarte. No hay problema por mi parte. Elena y tú hacéis muy buena pareja». Eso es lo que Mat tenía intención de decir, lo correcto, lo que podría ayudar a salvar la relación. Pero, como le ocurría siempre, un pensamiento fugaz e inoportuno se materializó en su mente y se dirigió automáticamente a sus cuerdas vocales sin que ella pudiera refrenarlo.

—Es una, una… una manipuladora, Manu. Sus enormes tetas no te dejan verlo, pero te usará y te tirará después cuando no te necesite. Y no te lo digo porque esté enamorada de ti hasta la médula, sino porque soy tu amiga y lo último que quiero es que sufras.

Pasaron los meses, y Manu y Elena se volvieron inseparables. Mat había quedado relegada a un papel secundario y, tal como pintaba el asunto, acabaría por ser una figurante con frase. No sabía si la culpa la tenía Elena y sus celos o si era Manu, ese que antes era su gran amigo, el responsable de que cada vez estuvieran más distanciados. Su relación se había convertido en un mero intercambio de mensajes en fiestas señaladas: «Feliz inicio de curso», «Feliz Navidad», «Feliz Año Nuevo»…

Sentía que su mundo se había desmoronado y que el tiempo pasaba demasiado lento. Aquellos meses teñidos de angustia y pena le parecieron los peores de su vida. Ni se imaginaba lo que vendría después.

CAPÍTULO 3

Subió las escaleras hasta la tercera planta, tomó el pasillo de la derecha, pasó dos puertas batientes y siguió caminando hasta la antesala de la Unidad de Cuidados Intensivos. Había hecho tantas veces ese mismo recorrido que Mat estaba segura de que, si le vendaban los ojos, llegaría igualmente. Ya en la sala, tras el aviso de la enfermera, se ponía las calzas sobre los zapatos, la bata y la mascarilla, y esperaba a que las puertas de seguridad se abrieran. Aquello se había convertido en una rutina diaria tan asumida como lavarse los dientes. Durante ese mes, había coincidido con otros familiares de las víctimas. Algunos, por desgracia, no tuvieron que acudir a la cita más allá de un par de días… A otros, les había visto dar botes de alegría al comunicarles que la persona a la que iban a visitar ya había sido trasladada a planta. Pero ella seguía ahí, día tras día. Nada cambiaba.

Entró una vez más en aquel lugar escasamente iluminado, lleno de aparatos que emitían pitidos constantes o sonaban como compresores, y con un olor característico a desinfectante que a veces llegaba a darle nauseas. En la última cama del fondo estaba su madre, cubierta de tubos y cables por todo el cuerpo. Algunos menos que los primeros días, pero demasiados, sin duda. Cada día más delgada y siempre con la misma piel pálida, sin dar más señales de vida que las que indicaban los monitores.

Mat iba a verla a diario, apurando al máximo los quince minutos de las dos visitas permitidas. Le agarraba de las manos, hablaba con ella, le contaba cosas absurdas, a veces inventadas. Los médicos le habían dicho que era importante que lo hiciera, que oyera su voz… Al principio, ella pensaba que sí podría servir de algo, pero cada día que pasaba iba perdiendo la esperanza.

El doctor Vélez se le acercó:

—Buenos días, Mat. —Todo el mundo allí ya la conocía por su nombre, aunque ella era incapaz de recordar el de nadie—. ¿Qué tal estás? Si no te importa, cuando termine la visita, espérame en la salita y hablamos un rato.

Ella asintió. La primera vez que oyó esa frase le dio un vuelco el corazón, pero ahora la había escuchado tantas veces y tenía tan claro lo que venía después que ni se inmutó. «Estamos haciendo todo lo posible, ten paciencia, se despertará en cualquier momento…»

Se despidió de su madre, como cada día, y salió. Se estaba quitando la bata cuando se le acercó el médico. Le sorprendió la rapidez, porque siempre le tocaba esperarle un buen rato. Intuyó que esta vez no se trataría del discurso habitual.

—Mat, siento decirte que tu madre no mejora. Está completamente estancada desde hace una semana. Debería haber evolucionado algo, pero no. Lo bueno es que sus lesiones están prácticamente curadas. Vamos a esperar unos días y a probar alguna otra alternativa, pero con el tiempo que lleva y su estado actual, todo indica que lo más probable es que no despierte del coma… Lo siento. Quizá deberías buscar ayuda. Sé que no tenéis más familiares, pero esto es mucho para una persona sola. —Sacó una pequeña libreta y comenzó a apuntar algo—. Esta asociación tiene voluntarios que se dedican a ayudar a los familiares de pacientes. Podrías contactar con ellos de mi parte para que te suplan en algunas de las visitas o te echen una mano en casa….

Le tendió la hoja, le dio una palmadita en el hombro y se metió de nuevo en la UCI.

Mat no logró articular palabra.

Dio media vuelta y, como una autómata, realizó el camino inverso por el hospital. Salió a la calle y una ráfaga de viento helado le golpeó en la cara. Se sentó en uno de los bancos que había en la puerta de la calle y rompió a llorar.

CAPÍTULO 4

Unos instantes después, notó que alguien le ponía el abrigo sobre los hombros, pero siguió sumida en un llanto inmenso que la alejaba del mundo. A cada rato, le tendían un pañuelo de papel que ella empapaba en segundos y dejaba caer al suelo.

De pronto, ya no le quedaban lágrimas. No era consciente de cuánto tiempo había estado ahí, en el banco, pero al abrir los ojos lo primero que vio fue el suelo de la acera cubierto de un montón de pañuelos arrugados. Levantó la vista, se retiró el pelo de la cara y respiró hondo.

—¿Estás mejor? —Era una voz masculina suave—. Es por ir a comprar más clínex. Se me han acabado…

Mat se giró a su izquierda. Era el chico del cementerio. Llevaba el mismo traje, pero se había quitado la corbata.

—¿Se puede saber quién eres tú? —Mat sonó más borde de lo que pretendía, pero no estaba para medir cortesías.

—Perdón, soy Áxel.

—¿Áxel…?

—Áxel, sin más.

—¿Y qué haces aquí?

—Pues básicamente darte pañuelos… ¡Ah! Y traerte el abrigo y el bolso. Te lo habías dejado arriba, en la salita de espera.

Le acercó el bolso que había dejado al otro lado del banco. Mat lo observó de arriba abajo. Era alto y delgado y la miraba con una sonrisa amplia y serena. Tenía un aire bohemio, como un artista que paseara por una callejuela de París tras una noche de fiesta. Recordaba haberlo visto alguna que otra vez por el hospital, pero, con todo, la lógica indicaba que no debía fiarse de un tipo que te persigue y te asalta en plena calle cuando estás en medio de una llorera….

—No soy ningún psicópata —dijo él como si hubiera adivinado sus pensamientos—. Tienes que tener cuidado, porque hay mucha gente que se dedica a robar a los enfermos y a sus familiares. La verdad es que, como llevo en el hospital desde que ocurrió el accidente, ya me conozco a todo el mundo: médicos, pacientes y mangantes. Trabajo en Última Hora y me han encargado cubrir la evolución de tu mad… de los supervivientes…

Hablaba a tal velocidad que a Mat, con la cabeza aún abotargada por la congestión y el llanto, le costaba seguirle.

—Vengo todos los días. Al principio, la idea era ver cómo estaba tu madre, que es el único damnificado del accidente que queda en el hospital, para hacer la crónica; pero, si te soy sincero, hace ya tiempo que es a ti a quien quiero ver…

Si su intención era parecer tranquilizador, estaba consiguiendo el efecto contrario. Mat recordaba haber leído en algún sitio cómo ciertas personas sin escrúpulos merodean hospitales y cementerios para aprovecharse de personas destrozadas por una trágica pérdida.

—No me mires así. Ya te he dicho que no soy peligroso —dijo él enarcando una ceja hasta casi el nacimiento del pelo.

—¿Lo dirías si lo fueras?

—No, claro que no —respondió él quitándole importancia con un gesto de la mano mientras tomaba asiento al lado de Mat—. En mi periódico…, bueno, no es que sea mío, sino que trabajo en él… En fin, en mi periódico, cubrimos las noticias hasta el final. Cuando se incendió el Caribbean Crown en las costas caribeñas con treinta y siete españoles a bordo, no se hablaba de otra cosa: los heridos, los trabajos de identificación y repatriación, las causas y los responsables… Pero ahora, un mes después, se ha olvidado y, salvo que de repente muera alguno de los supervivientes, algo que hace semanas que no pasa y esperemos que siga sin pasar, ha dejado de ser noticia. Los grandes medios creen que se ha perdido el interés, pero en Última Hora pensamos lo contrario. Tal vez sea verdad que, periodísticamente hablando, no haya ni cantidad ni calidad de contenido, pero ¿y el componente humano? ¿Eso no cuenta? Porque los lectores quieren saber qué ha sido de la pareja de novios a la que pilló esta horrible tragedia en su luna de miel o cómo evoluciona la madre de esa pobre chica huérfana, que…

«Pobre chica huérfana». Aquella frase golpeó de lleno a Mat. ¿Eso es lo que era ahora, una pobre chica huérfana? ¿Y qué le importaba a la gente su madre, su padre o ella? Ese periodista no tenía derecho a indagar en su vida ni a convertirla en noticia.

—Disculpa, pero tengo que irme. —Mat se levantó y recogió el abrigo y el bolso.

—¿Estás bien? ¿Quieres que te acerque a algún sitio? ¿Puedo hacer algo por ti?

Mat dudó un momento.

—Pues… la verdad es que sí. Te agradezco que recuperaras mis cosas, pero no quiero que hables de mi madre, de mí ni de nada que tenga que ver con mi familia en tu periódico. Y no quiero volverte a ver en el hospital. En realidad… no quiero volver a verte en ningún sitio.

—No, no, no me he explicado bien. —Áxel no parecía ofendido, solo perplejo—. Si esperas un segundo, te lo aclararé…

Mat no le dejó acabar. Se colocó los auriculares, se cubrió la cabeza con la capucha de la sudadera y se dirigió hacia el metro.

En el trayecto, con la música a todo volumen para tratar de no pensar, no podía evitar darle vueltas a lo que le había dicho el médico. ¿Qué significaba que tal vez su madre no despertara nunca? ¿Que estaría dormida toda la vida? ¿Cuánto tiempo era eso? Hasta ese momento, había pensado que la situación actual era transitoria. Por supuesto, era consciente de que su padre se había ido para siempre. Pero no había querido ver que podía ocurrirle lo mismo a su madre; que era posible que, aunque su cuerpo aún siguiera en este mundo, ella nunca pudiera regresar.

Cuando la misma voz enlatada de siempre anunció su parada, se levantó y se secó las lágrimas con el dorso de la mano sin reparar en las miradas curiosas de los viajeros que se sentaban enfrente. Salió del metro y se dirigió a casa guiada por la inercia. Solo quería tirarse en la cama y dormir p ...