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HIJA úNICA

Anna Snoekstra

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Fragmento

 

 

 

 

Siempre se me ha dado bien hacer teatro: el papel de la seductora misteriosa con los cabrones, el de ingenua e inocente con los protectores. Probé los dos con el vigilante de seguridad pero ninguno pareció dar resultado.

Estuve a punto de conseguirlo. Las puertas del súper se habían abierto ya ante mí cuando su manaza me agarró por el hombro. Tenía la calle principal a solo quince pasos de distancia. Una calle tranquila flanqueada por árboles con las copas de color amarillo y naranja.

El tipo apretó la mano.

Me llevó a la oficina. Un cubículo con los suelos y las paredes de cemento, sin ventanas y con el espacio justo para un mueble archivador, una mesa y una impresora. Sacó de mi mochila el panecillo, el queso y la manzana y lo dejó todo encima de la mesa, entre él y yo. Viéndolos así, expuestos de ese modo, sentí una punzada de vergüenza, pero hice todo lo posible por sostenerle la mirada. Él dijo que de allí no me iría hasta que le enseñase alguna documentación personal. Por suerte, yo no llevaba cartera. ¿Para qué va a querer nadie una cartera cuando no se tiene un céntimo?

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Probé todos mis trucos con él y, cuando ninguna de mis insinuaciones dio resultado, solté unos cuantos lagrimones. No fue mi mejor actuación. Es que no podía dejar de mirar el pan. Empezaba a sentir retortijones en el estómago. Nunca en mi vida he tenido tanta hambre.

En estos momentos me llega el sonido de su voz mientras habla con la policía al otro lado de la puerta, cerrada con llave. Levanto la mirada al tablón de anuncios de la pared, al lado de la mesa. Tienen puesta la lista de turnos del personal para esta semana, además de un recordatorio sobre procedimientos con tarjetas de crédito que tiene una carita sonriente dibujada en la parte inferior, y un puñado de fotos de una salida nocturna de los empleados.

Nunca en mi vida he deseado trabajar en un supermercado. Nunca en mi vida he deseado trabajar en ninguna parte, pero, de repente, noto una envidia dolorosa.

—Siento molestarles por esto. Esa putilla se niega a enseñarme su documentación.

¿Sabe que puedo oírle?

—Está bien, ya nos ocupamos nosotros. —Esto lo dice otra voz.

La puerta se abre y dos polis me miran. Un hombre y una mujer, ambos probablemente de mi edad. La chica lleva su melena negra recogida perfectamente en una coleta. El tío es paliducho y flaco. Nada más verlo sé a ciencia cierta que va a ser un capullo. Se sientan al otro lado de la mesa.

—Soy el agente Thompson y esta es la agente Seirs. Tenemos entendido que la han sorprendido robando en este establecimiento —dice el poli sin ni siquiera disimular su hastío en el tono de voz.

—Pues no, para nada —respondo yo imitando la manera fina de hablar de mi madrastra—. Me dirigía a la caja cuando ese señor me agarró. Ese hombre tiene algún problema con las mujeres.

Me miran con recelo y pasean la mirada por mi ropa desaseada y mi pelo grasiento. Me gustaría saber si huelo mal. Llevar la cara magullada e hinchada no me está haciendo ningún favor. Seguramente esa es la primera razón por la que me han cogido.

—Al traerme hacia aquí me ha dirigido todo tipo de insultos —bajo la voz— como «putilla» y «guarra». Qué desagradable. Mi padre es abogado y, cuando le cuente lo que ha pasado hoy aquí, seguramente querrá presentar una demanda por falta de ética profesional.

Se miran entre sí y al instante veo que no cuela. Debería haberme echado a llorar.

—Mira, bonita, no va a pasar nada. Solo tienes que decirnos cómo te llamas y tu dirección. Estarás de vuelta en casa antes de que acabe el día —dice la chica.

Es de mi edad y se dirige a mí con apelativos cariñosos como si yo fuese una cría.

—La otra opción es que te pongamos una multa ahora mismo y te llevemos a comisaría. Tendrás que esperar en el calabozo hasta que averigüemos quién eres. Será mucho más fácil si nos dices ya cómo te llamas.

Lo que pretenden es asustarme y lo están consiguiendo, pero no por los motivos que piensan. En cuanto tengan mis huellas dactilares no tardarán mucho en identificarme. Descubrirán lo que he hecho.

—Es que me moría de hambre —digo entonces, y el temblor de mi voz no es teatro.

Es el efecto de su forma de mirarme. De su mezcla de lástima y asco. Como si no valiese nada, como si solo fuese otro perro callejero que eliminar del vecindario. Poco a poco me viene a la cabeza un recuerdo y me doy cuenta de que sé perfectamente cómo voy a salir de esta.

La fuerza de lo que estoy a punto de decir es gigantesca. Me recorre el cuerpo como un trago de vodka, se lleva por delante la tensión de mi garganta y me produce un cosquilleo en las yemas de los dedos. Ya no me siento desvalida; sé que puedo conseguirlo. La miro a ella y luego a él, saboreando el instante. Los observo atentamente para disfrutar el momento preciso en que les cambie el semblante.

—Me llamo Rebecca Winter. Me secuestraron hace once años.

1

 

 

 

2014

 

 

Estoy en una sala de interrogatorios, sentada, con la cabeza gacha, ciñéndome el abrigo con las dos manos. Hace frío. Llevo esperando casi una hora pero no estoy preocupada. Imagino el revuelo que he causado al otro lado de ese espejo. Seguramente han llamado a los de la unidad de desaparecidos para que vengan también, y estarán mirando fotografías de Rebecca y comparándolas concienzudamente conmigo. Con eso debería bastar para convencerlos: el parecido es flipante.

Lo vi hace unos meses. Estaba acurrucada al lado de Peter, los dos hechos un ovillo. Por lo general, cuando tenía resaca me daba por llorar y me pasaba el día escondida en mi cuarto escuchando música tristona. Con él era diferente. Nos despertábamos a mediodía y nos tirábamos todo el día sentados en la cama comiendo pizza y fumando cigarrillos hasta que empezábamos a entonarnos. Eran los tiempos en que pensaba que la pasta de mis padres no tenía importancia y que lo único que necesitaba era amor.

Estábamos viendo una idiotez de programa titulado Se busca. Estaban hablando de una serie de crímenes truculentos cometidos en una residencia de ancianos en Melbourne llamada Holden Valley y yo me puse a buscar el mando. Ver abuelitas degolladas era sin duda lo mejor para cortarle el rollo a cualquiera. Justo cuando iba a cambiar de canal, empezó el reportaje siguiente y pusieron una fotografía que ocupaba toda la pantalla. La chica tenía la misma nariz que yo, los mismos ojos y la melena del mismo color cobrizo. Hasta tenía mis pecas.

«El 17 de enero de 2003 Rebecca Winter terminó de trabajar en el turno de noche de un McDonald’s del barrio de Manuka, en la zona del Inner South de Canberra —narró con voz dramática un locutor mientras se proyectaba la fotografía—, pero en algún punto entre su parada de autobús y su domicilio desapareció y no se la ha vuelto a ver nunca más».

—Joder, ¿esa eres tú? —dijo Peter.

Salieron los padres de la joven, y contaron que aunque su hija llevaba desaparecida más de diez años, ellos aún conservaban la esperanza. La madre parecía a punto de romper a llorar. Otra fotografía: Rebecca Winter con un vestido verde brillante y el brazo por detrás de una adolescente rubia. Por un instante absurdo, me esforcé por recordar si yo alguna vez había tenido un vestido como ese.

Un retrato de familia: los padres con treinta años menos, dos hermanos sonrientes y Rebecca en el centro. Idílico. No me hubiese extrañado que se viese al fondo una vallita blanca de madera.

—Qué fuerte. No me digas que esa chica no es tu gemela desaparecida hace mil años, ¿eh?

—Sí, hombre, ya quisieras.

Nos habíamos puesto a bromear con las burdas fantasías de gemelas de Peter y a él se le olvidó el tema al poco tiempo. Las cosas no duraban mucho en la cabeza de Peter.

Intento recordar todos los detalles posibles del programa. Era de Canberra, una chica adolescente, de unos quince o dieciséis años en el momento de la desaparición. En cierto sentido, tengo suerte de llevar la mitad de la cara magullada e hinchada. Eso disimula las diferencias sutiles que nos distinguen. Para cuando desaparezca el moratón de mi mejilla, ya estaré lejos de aquí. Tan solo necesito ganar el tiempo suficiente para salir de la comisaría e irme al aeropuerto tal vez. Por un instante mi cabeza divaga en torno a lo que haría después. ¿Llamar a mi padre? No he vuelto a hablar con él desde que me fui. Había levantado varias veces el auricular de algún teléfono público, e incluso había llegado a teclear su número de móvil. Pero entonces me llenaba la cabeza el sonido nauseabundo de un peso blando estampándose contra algo metálico, y colgaba el aparato con las manos temblorosas. Él no querría hablar conmigo.

La puerta se abre y la agente de policía asoma la cabeza y me sonríe.

—Ya no vamos a tardar mucho más. ¿Quieres algo de comer?

—Sí, por favor.

El leve azoramiento que denota su voz, su forma de mirarme y de apartar enseguida la vista hacia otro lado.

Los tengo en el bote.

 

 

Me trae un envase de fideos chinos, tan calientes que abrasan, comprado en la tienda de comida para llevar de al lado de la comisaría. Están grasientos y un poco pasados, pero nunca he disfrutado tanto de una comida. Al cabo de un rato aparece finalmente un investigador de la policía. Deja en la mesa una carpetilla de cartulina y retira una silla. Tiene pinta de bruto, el cuello grueso y ojillos pequeños. Por su manera de sentarse, deduzco que mi mejor baza con él va a ser dorarle la píldora. Da la impresión de estar tratando de ocupar el máximo de espacio posible, con un brazo apoyado en la silla contigua y las piernas muy separadas. Sonríe desde su lado de la mesa.

—Lamento que estemos tardando tanto.

—No pasa nada —digo yo con los ojos muy abiertos y una vocecilla aguda. Ladeo un poco la cara para asegurarme de que vea la zona magullada.

—Enseguida la acercaremos al hospital, ¿de acuerdo?

—No me duele. Solo quiero irme a casa.

—Es el procedimiento en estos casos. Hemos telefoneado a sus padres varias veces pero de momento no hemos obtenido respuesta.

Me imagino el teléfono sonando en la casa vacía de Rebecca Winter. Seguramente sea lo mejor, pues sus padres no harían sino complicar las cosas. El investigador interpreta mi silencio como una señal de decepción.

—No se preocupe, estoy seguro de que en breve conseguiremos localizarlos. Tendrán que venir para proceder a la identificación. Después podrán volver juntos a casa.

Es lo último que necesito, que se sepa que soy una impostora delante de una sala llena de polis. Mi confianza empieza a caer en picado. Tengo que darle un giro a la situación como sea.

Con la cara hacia el regazo, digo:

—Lo que más deseo es irme a casa.

—Lo sé, ya no tardaremos mucho más. —Su voz es como una palmadita en la cabeza—. ¿Le han gustado? —Está mirando el envase vacío de noodles.

—Estaban muy ricos. Todo el mundo se ha portado de maravilla —respondo, siguiendo con el numerito de la víctima apocada.

Él abre la carpetilla de cartulina. Contiene el expediente de Rebecca Winter. Ha llegado la hora del interrogatorio. Mis ojos escanean la primera página.

—¿Puede decirme cómo se llama?

—Rebecca. —No levanto la cara.

—Y ¿dónde ha estado todo este tiempo, Rebecca? —añade, inclinándose hacia delante para oírme.

—No lo sé —susurro—. Estaba aterrada.

—¿Había alguien más? ¿Alguien más retenido junto a usted?

—No. Solo yo.

Se acerca un poco más a mí hasta que su cara está a solo unos centímetros de la mía.

—Ustedes me salvaron —digo mirándolo a los ojos—. Gracias.

Veo cómo se le hincha el pecho. Canberra queda a solo tres horas. Únicamente tengo que tirar un poquito más de la cuerda. Ahora que el tipo se siente como un campeón, no podrá decirme que no. Es la única oportunidad que tengo de salir de aquí.

—¿Va a dejar que me vaya a casa, por favor?

—Realmente tenemos que interrogarla y llevarla al hospital para que la examinen. Es importante.

—¿Podemos hacerlo en Canberra?

En ese momento suelto las lágrimas. Los hombres no soportan ver llorar a una chica. Por alguna razón, los incomoda.

—Enseguida la llevarán a Canberra. Pero antes tenemos que seguir el procedimiento, ¿entiende?

—Pero usted manda aquí, ¿no? Si dice que me puedo marchar, ellos tendrán que hacer lo que usted diga. Yo solo quiero ver a mi madre.

—Está bien —dice, poniéndose en pie de un salto—. No llore. Deje que vea lo que puedo hacer.

 

 

Regresa para decirme que lo ha arreglado todo. Me llevarán a Canberra los polis que me recogieron y a continuación se encargará de mí el investigador del departamento de desaparecidos que trabajó en el caso de Rebecca Winter. Muevo la cabeza con un gesto de asentimiento y le sonrío levantando la cara hacia él como si fuera mi héroe.

No pienso llegar a Canberra. Lo más fácil sería ir a un aeropuerto, pero estoy segura de que aún puedo librarme de ellos de alguna manera. Ahora que me ven como una víctima, no será demasiado difícil.

Al salir de la sala de interrogatorios, todo el mundo se vuelve parar mirarme. Una mujer tiene un auricular de teléfono de mesa pegado a la oreja.

—Pues está aquí ahora mismo, deje que se lo pregunte. —Se apoya el auricular contra el pecho y levanta la vista al investigador policial—. Es la señora Winter, por fin la hemos localizado. Quiere hablar con Rebecca. ¿Puede?

—Claro —dice el investigador, sonriéndome.

La mujer me tiende el auricular. Yo miro a mi alrededor. Aunque cada cual está a sus cosas, soy consciente de que tienen todos la antena puesta. Cojo el teléfono y me lo acerco a la oreja.

—¿Hola?

—Becky, ¿eres tú?

Abro la boca sintiendo la necesidad de decir algo, pero no se me ocurre qué. Ella continúa hablando.

—Cariño mío, alabado sea Dios. No me lo puedo creer. ¿Estás bien? Me han dicho una y otra vez que no estás herida, pero no me lo creo. Te quiero muchísimo. ¿Te encuentras bien?

—Estoy bien.

—No te muevas de ahí. Tu padre y yo vamos a buscarte.

Maldita sea.

—Ya nos íbamos —digo yo, casi en un susurro. No quiero que se dé cuenta de que mi voz no es la de su hija.

—No, por favor, no vayas a ninguna parte. Quédate donde no te pueda pasar nada.

—Así tardaremos menos, ya lo han arreglado todo.

Oigo que la mujer traga saliva con esfuerzo.

—Llegaremos enseguida. —Es como si tuviera un nudo en la garganta.

—Tengo que colgar —digo, y entonces, mirando a mi alrededor y viendo todas esas orejas aguzadas, añado—: Adiós, mami.

Oigo su llanto mientras devuelvo el auricular.

 

 

El último brillo del sol del atardecer se ha apagado y el cielo está de un tono gris claro. Llevamos más o menos una hora de coche y se nos han terminado los temas de conversación. Me doy perfecta cuenta de que los agentes se mueren por preguntarme dónde he estado todo este tiempo, pero se contienen.

La verdad es que es una suerte, porque seguramente ellos tienen más idea que yo de dónde ha pasado Rebecca Winter los últimos diez años.

De la radio sale la melosa voz de Paul Kelly. Se oye el golpeteo de las gotas de lluvia en el techo del coche, que escurren por las ventanillas. Podría quedarme dormida.

—¿Quieres que ponga la calefacción? —pregunta Thompson, observando mi abrigo.

—Estoy bien —respondo yo.

Lo cierto es que no podría quitarme el abrigo, por mucho que esté empezando a sudar un poco. Tengo una marca de nacimiento justo debajo del pliegue del codo. Una mancha de color café del tamaño de una moneda de veinte centavos. De pequeña la odiaba. Mi madre siempre me decía que era la marca que me había dejado el besito de un ángel. Es uno de los pocos recuerdos que tengo de ella. A medida que iba haciéndome mayor, la dichosa marca fue gustándome, quizá porque me recordaba a ella, o quizá simplemente porque formaba parte de mí. Pero no de Bec. Dudo de que alguno de estos dos idiotas hubiese mirado con suficiente atención el archivo de desaparecidos para ver la palabra «Ninguna» debajo de «Marcas de nacimiento», pero no merecía la pena jugármela.

Intento obligarme a planear mi fuga. Pero no me quito de la cabeza a la madre de Rebecca. Su forma de decirme «Te quiero». No ha sido como me lo decía mi padre, cuando nos miraba alguien o cuando intentaba que me portara bien. Su forma de decírmelo ha sido tan cruda, tan gutural, como si le saliese de las entrañas. Esta mujer hacia la que nos dirigimos a toda velocidad me quiere de verdad. O, digamos, quiere a quien ella cree que soy. Me gustaría saber lo que estará haciendo en estos momentos. ¿Estará llamando a sus amigos para contárselo, estará lavando sábanas para mí, habrá salido a toda prisa al supermercado a por más provisiones, estará preocupada porque los nervios de la situación le impedirán dormir? Me imagino lo que pasará cuando la llamen por teléfono para decirle que me han perdido por el camino. Seguramente a estos dos agentes se les va a caer el pelo. Eso no me molestaría, pero ¿y ella? ¿Y la cama recién hecha pulcramente, que está esperándome? La comida de la nevera. Tanto amor. Se desperdiciará sin más.

—Tengo que ir al baño —digo al ver una señal que indica un área de servicio.

—Está bien, corazón. ¿Estás segura de que no quieres esperar a una gasolinera?

—No. —Estoy hasta el gorro de hacerme la amable con ellos.

El coche sale a la pista de tierra y se detiene delante de la caseta de ladrillo que alberga los aseos. Al lado hay una parrilla antigua y dos mesas de picnic y detrás de eso el típico monte silvestre australiano hasta el infinito. Si les saco suficiente ventaja, les resultará imposible encontrarme por esos parajes.

La agente se desabrocha el cinturón de seguridad.

—No soy una niña pequeña. Puedo ir sola a hacer pis, gracias.

Me apeo del coche y cierro la puerta con fuerza para no darle la oportunidad de rebatirme. Me caen gotas de lluvia en la cara, helada al contacto con mi piel sudorosa. Da gusto estar fuera de ese horno de coche. Lanzo una mirada atrás antes de dirigirme a la caseta de los aseos. Los faros del coche hienden la lluvia y distingo a los polis tras los limpiaparabrisas, charlando, cambiando de postura en los asientos del coche.

Los aseos son un asco. El suelo de cemento está encharcado y flotan por él bolas de papel higiénico como icebergs en miniatura. Apesta a cerveza y vómito. Hay una botella de Carlton Draught al lado del retrete, en el suelo, y la lluvia tamborilea en la cubierta de hojalata. Me imagino cómo va a ser la noche que me espera, con esta lluvia y yo escondida. Tendré que andar hasta que llegue a alguna población, y entonces ¿qué? Pronto me entrará hambre y sigo sin blanca. La última semana ha sido la más espantosa de mi vida. He tenido que ligarme a tíos en bares solo para poder dormir bajo techo y, una noche, la peor de todas, no me quedó otra que esconderme en los urinarios de un parque. El corazón me daba un vuelco a cada ruido que oía. Me imaginaba lo peor. Fue una noche interminable, como si nunca más fuese a volver la luz del día. Esta caseta me recuerda a aquellos urinarios.

Mi resiliencia se va al garete durante unos instantes y me imagino la otra alternativa: la cama calentita, el estómago lleno y los besos en la frente. Suficiente.

La botella se rompe con facilidad contra la taza del váter. Recojo un trozo grande de vidrio. Sentada en cuclillas en el cubículo, sujeto el brazo entre las dos rodillas. Soy consciente de que he empezado a gimotear, pero en estos momentos no hay tiempo para flaquezas. Un minuto más y esa agente de policía vendrá a ver si me pasa algo. La sensación de dolor cuando aprieto con fuerza la mancha marronácea es espantosa. Sale más sangre de lo que pensaba, pero no me detengo. La carne se me levanta como la piel de una patata al pelarla.

El forro de la chaqueta se me pega a la herida abierta cuando me la pongo otra vez. Tiro el material delatador ensangrentado en la papelera de las compresas y me lavo la sangre de las manos. Se me empieza a nublar la vista y los grasientos fideos chinos se me revuelven en el estómago. Me agarro al borde del lavabo y respiro hondo. Puedo hacerlo.

Se oye una puerta de coche cerrándose con fuerza, seguida de unas pisadas.

—¿Te encuentras bien? —pregunta la agente.

—Me mareo un poco en coche —digo, mientras compruebo que no queda sangre en el lavabo.

—Vaya. Ya casi hemos llegado, corazón. Si necesitas vomitar no tienes más que decirlo y pararemos en la cuneta.

 

 

La lluvia ha arreciado y el cielo está de un negro profundo. Pero el aire gélido ayuda a combatir las náuseas. Me meto con torpeza en el asiento trasero del coche y tiro de la puerta con el brazo bueno. Nos incorporamos a la autopista. Apoyo el brazo en alto, cerca del reposacabezas, temiendo que la sangre empiece a escurrirme por la muñeca, y apoyo la cabeza contra la ventanilla. Ya no tengo náuseas, solo una sensación de estar flotando. El golpeteo monótono de la lluvia, las voces suaves de la radio y el calor del coche me arrullan y casi me quedo traspuesta.

No estoy segura de cuánto rato llevamos viajando sin decir nada, cuando los policías se ponen a hablar.

—Creo que se ha dormido. —Es la voz del hombre.

Oigo el crujido del cuero cuando la mujer se vuelve para mirarme. Yo permanezco inmóvil.

—Eso parece. Ser una zorra como esta debe de ser agotador.

—¿Dónde crees tú que ha estado metida todo este tiempo?

—¿En mi opinión? Se largaría con alguno, probablemente se casasen. El tío debió de hartarse de ella y le dio puerta. Hasta pienso que el otro tenía pasta y todo, fíjate, por cómo ha estado ella mirando a todo el mundo por encima del hombro.

—Dijo que la habían secuestrado.

—Ya. Pero no se comporta como alguien a quien han secuestrado, ¿no te parece?

—La verdad es que no.

—Y se la ve bastante bien, dadas las circunstancias. Si un tío la raptó, la chica tuvo que molarle bastante, me refiero. ¿Tú qué opinas?

—Sinceramente, me importa una mierda —dice él—. Pero supongo que podrían darnos una condecoración por esto.

—No sé yo. ¿No debería estar ingresada en un hospital y tal? No sé si se ha hecho la tonta para que la dejen largarse con solo chasquear los dedos.

—¿Y cuál es el procedimiento, entonces? Cuando desaparece un menor, entiendo lo que hay que hacer, pero ¿qué pasa cuando aparecen?

—Ni puta idea. Debí de estar con resaca el día que lo explicaron.

Los dos se ríen y de nuevo se hace el silencio en el coche.

—¿Sabes qué? Llevo todo el día preguntándome a quién me recuerda esta —dice de pronto la agente—. Y acabo de caer. Era una de mi instituto que contaba a los cuatro vientos que tenía un tumor cerebral y se pilló una semana sin clase para la operación. Unos cuantos empezamos a recaudar dinero para ella. Creo que todos pensábamos que se iba a morir. Pero al lunes siguiente la tía volvió a aparecer como si tal cosa, y durante unas horas se convirtió en la chica más querida del insti. Entonces uno se fijó en que no le habían afeitado ni un pelo de la cabeza, ni siquiera medio centímetro. Toda aquella movida había sido una tremenda bola de principio a fin.

»Pues la tía aquella ponía exactamente la misma cara que aquí nuestra princesita cuando la encontramos. Esa forma de observarnos de hito en hito, de calarte con ese brillo frío que tiene en la mirada, como si su cabecita estuviese rulando a toda pastilla a ver si se le ocurre la mejor manera de joderte.

Al cabo de un rato dejo de escuchar la conversación. Me acuerdo de que tengo que hablar con el investigador cuando llegue a Canberra, pero estoy demasiado atontada para ponerme a planear mis respuestas. El coche se mete por la avenida principal.

Me despierto al notar la sacudida que provocan los frenos del coche y al percibir que se enciende la luz del interior porque la poli abre su puerta.

—Despierta, damisela —dice.

Intento sentarme erguida, pero noto los músculos como si los tuviera hechos de gelatina.

Oigo una voz que no había oído antes.

—Ustedes deben de ser los agentes Seirs y Thompson. Soy el inspector jefe Andopolis. Gracias por estirar su horario para traerla hasta aquí.

—No hay de qué, señor.

—Será mejor que empecemos. Sé que su madre está que no aguanta más, pero antes tengo que hacerle un montón de preguntas.

Oigo que abre la portezuela de mi lado.

—Rebecca, no te puedes imaginar lo contento que estoy de verte —dice. A continuación se arrodilla a mi lado—. ¿Te encuentras bien?

Yo trato de mirarle pero la imagen de su cara da vueltas delante de mis ojos.

—Sí, estoy bien —farfullo.

—¿Por qué está tan pálida? —dice con tono cortante—. ¿Qué le ha pasado?

—Está bien, pero se marea un poco en coche —responde la agente.

—¡Llamen una ambulancia! —le ordena furioso Andopolis, al tiempo que alarga un brazo hacia mí y me desabrocha el cinturón de seguridad.

—¿Rebecca? ¿Me oyes? ¿Qué ha pasado?

—Me herí en un brazo cuando huía —me oigo decir a mí misma—. No pasa nada, solo me duele un poco.

Él me abre la chaqueta. Tengo sangre reseca a lo largo de toda la clavícula. Al verla, la vista se me nubla aún más.

—¡Pedazo de idiotas! ¡Joder, no los puede haber más tontos! —Ahora su voz se oye muy, muy lejana. No puedo ver la reacción de los polis; no pu ...