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HIJOS DEL DIOS BINARIO

David B. Gil

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Fragmento

Prólogo
Un puente entre milenios

William Ellis cerró la puerta del taxi y el vehículo comenzó a rodar antes incluso de que él soltara la manilla. Lo contempló mientras se alejaba calle abajo, hasta que las ruedas chirriaron sobre el asfalto húmedo y el automóvil desapareció tras una esquina.

Nunca había estado más allá del East End, era una cara de Londres que no había necesitado conocer hasta aquella noche, y su primera impresión fue la de hallarse en un lugar hostil, como un reportero de guerra a la intemperie. Giró sobre sí mismo, contemplando los nichos de hormigón resquebrajado y los jardines donde solo crecía la suciedad, hasta que localizó un edificio de ladrillos cariados y torcidos. Estaba seguro de que ese era el lugar.

Caminó sobre charcos de agua negra en dirección a la entrada, apenas un soportal iluminado por una bombilla desnuda. Una vez frente a la puerta, buscó en vano algún timbre o llamador; finalmente optó por empujar y la hoja cedió con el gruñido de la madera abotargada. Se encontró cara a cara con el recepcionista, parapetado tras un mostrador que lo protegía hasta el cuello. El hombre levantó la vista de la pantalla, lo estudió con expresión indiferente y volvió a bajar los ojos al resplandor holográfico.

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—¿Toda la noche? —se limitó a preguntar.

William titubeó antes de comprender a qué se refería.

—No... no, con un par de horas será suficiente.

—¿Conoce ya a las chicas? ¿Llamo a alguna en concreto?

—Sin chicas. Solo necesito la habitación.

El encargado levantó una ceja y volvió a mirarlo. Aunque tampoco era lo más raro que había escuchado aquel día.

—Le cobraré lo mismo —aclaró finalmente.

—No importa. ¿Las habitaciones tienen conexión a la Red?

—Hay dos que tienen webcam, si es lo que está buscando.

—Sí, quiero una de esas.

Por toda respuesta, el otro puso sobre el mostrador un lector de huellas.

—Necesito discreción —dijo William—, ¿podría pagar con una tarjeta Selfbank?

—No se preocupe, tenemos una carnicería en Covent Garden. Todos los cargos los hacemos a nombre de esa empresa.

Daniel apoyó el dedo sobre la superficie de cristal.

—¿Qué prefiere que indique en la factura, muslo o pechuga? —bromeó el recepcionista. Debía reservar el chiste para los nuevos clientes, pero el gesto serio de William le indicó que este no estaba de humor—. El cargo se ha efectuado —informó tras un carraspeo—. Suba a la segunda planta, es la 205.

La habitación, siniestra y opresiva, no desmerecía al resto del edificio, y los ladridos humanos al otro lado del tabique no hacían sino acentuar la sordidez del lugar. William se sentó en el escritorio, tapó la cámara y encendió el viejo terminal. La pantalla proyectó una interfaz obsoleta e inestable. «Navegador», dijo en voz alta. «Navegador», repitió vocalizando más despacio, pero el sistema operativo seguía sin reaccionar. Tuvo que hacer bailar el menú con los dedos hasta encontrar el icono que le daba acceso a la Red. Obvió la retahíla de sitios pornográficos y se conectó a un proveedor de correo donde creó la cuenta william110@netmail.com. La utilizó para comprar un billete de tren con destino a Gales. A continuación, a pesar de la premura que le roía el estómago, se tomó su tiempo para escribir un mensaje al que adjuntó un documento. Lo envió, dio de baja la cuenta y salió de allí.

El taxi lo dejó en el extremo norte del puente del Milenio, de regreso a su universo conocido. Eran casi las dos de la madrugada, tenía un par de horas para preparar el equipaje y salir hacia King’s Cross. Se metió las manos en los bolsillos y se internó en la estructura de cemento y acero que colgaba sobre el Támesis, con la catedral de St. Paul a su espalda y el viejo perfil del Bankside frente a él. El puente, cerrado al tráfico, era una de las pocas formas de cruzar a pie de una a otra orilla y solía recorrerlo a diario para ir hasta la redacción del London Standard, situada en pleno corazón de la City. Ahora, sin embargo, en la soledad de la noche, aquella travesía sobre las turbias aguas se le hizo demasiado larga.

No había alcanzado aún el extremo opuesto cuando las tinieblas lo engulleron. Las luces de ambas orillas se habían extinguido al unísono, como barridas por el viento. Solo el punto azul sobre la vieja torre del Bankside continuaba titilando. Guiado por aquella estrella polar, retomó el paso, tan rápido como le fue posible sin echar a correr.

Era el ratón que abandona la espesura para cruzar el claro, y hasta que pisó el otro lado no se le desanudó el estómago. Pero fue una reacción prematura: apenas había dado un par de pasos sobre los adoquines cuando un coche encendió los faros, deslumbrándolo. El vehículo se encontraba sobre el paseo peatonal, entre él y las calles que conducían a su apartamento. Sin dudarlo, giró en redondo y caminó en sentido opuesto, pero por más que se alejaba, el fogonazo de luz blanca seguía sobre él, quemándole la espalda. Sacó su teléfono móvil del bolsillo, solo para descubrir que no tenía cobertura en pleno centro de Londres.

Consciente de a qué se enfrentaba, miró atrás una vez más, hacia los faros cegadores, y comprobó que el coche había comenzado a rodar manteniendo la distancia. Apretó el paso hasta que este se convirtió en carrera desbocada y se encontró huyendo por su vida. Sabía que más adelante había un solar en obras, la enésima ampliación de la Tate Modern, y aunque apenas divisaba los contornos de las excavadoras, se dirigió hacia la entrada. El motor eléctrico también aceleró, y solo cuando el haz alumbró el terreno frente a él, William descubrió que, obviamente, a esa hora el acceso se hallaba cerrado por una verja metálica. Pero ya era demasiado tarde, no tenía dónde ocultarse y se dijo que, si lograba alcanzar la valla y saltar al otro lado, quizás pudiera escabullirse. Así que corrió más de lo que había corrido jamás, llevando el corazón al límite, hasta que notó el brutal impacto contra la espalda.

Salió despedido y se estrelló contra los adoquines. Rodó sobre el suelo, que le arrancó jirones de ropa y de piel a dentelladas, hasta quedar tendido. Aun así no llegó a perder el conocimiento: aturdido, a punto de desfallecer, logró ponerse de rodillas y mirar hacia el vehículo que había frenado en seco tras golpearle. Los faros seguían acuchillándole los ojos, pero ahora pudo distinguir que se trataba de un todoterreno gris. La puerta se abrió y de su interior escapó una melodía de piano que se evaporó en el silencio de la noche. El conductor, un hombre alto y delgado, de pelo canoso, avanzó hacia él mientras se enfundaba unos guantes de cuero. Vestía un traje negro que a William se le antojó impoluto. Pero fue el contacto con su mirada lo que le hizo reaccionar: comenzó a arrastrarse sobre el suelo, alejándose del depredador, hasta que el miedo le ayudó a ponerse en pie y correr de nuevo.

Chocó contra el alambre trenzado, pero eso no lo detuvo. Con manos ensangrentadas, descalzo tras el atropello, se aferró al metal y trepó hasta que vino a caer al otro lado. Las costillas golpearon la tierra y la vista se le oscureció. Al filo de la inconsciencia, alcanzó a ver a través de la alambrada cómo aquel hombre continuaba avanzando hacia él. Sin detenerse, su perseguidor hundió los dedos en el alambre y arrancó la verja de un tirón seco, como el que rasga un envoltorio de papel. La malla metálica vibró contra el suelo mientras el sicario caminaba sobre ella; cuando llegó hasta William, lo apresó por la muñeca y comenzó a arrastrarlo sobre el polvo.

—¿Quién es usted? —logró balbucir, con la arena apelmazándole la saliva.

—Dudo que mi nombre le sirva de algo.

—¿Por..., por qué hacen esto?

—Sabe perfectamente por qué, señor Ellis.

—Pero no son más que niños —gimió.

—No lo son —dijo el sicario, mientras lo llevaba a rastras hasta el pequeño seto que separaba el solar de la caída al río—. Si hubiera hablado con ellos, si los hubiera visto, sabría que no lo son.

Entonces lo levantó en vilo con una mano, el puño cerrado en torno a la garganta de su presa. Con la mirada velada, William negó débilmente:

—No podréis… ocultarlo. Es —un estertor le obligó a boquear— demasiado...

—¿Demasiado grande, demasiado terrible? Hemos podido mantenerlo en secreto durante cuarenta años, señor Ellis, a pesar de gente como usted. No piense, ni por un momento, que ha estado cerca de conseguir algo.

La garra se abrió y William cayó y cayó en la noche, hasta ser engullido por las aguas.

Capítulo 1
Daniel Adelbert

La vida es como fumar —dijo Daniel, mostrando el cigarrillo que sujetaba entre los dedos—: Puedes dejar que se consuma lentamente… Quizás así te dure más, pero te perderás lo mejor que puede ofrecerte. —Se llevó el cigarrillo a los labios e inspiró con deleite, entrecerrando los ojos—. O puedes saborearla a fondo. Acabará matándote antes, pero al menos sabrás que aprovechaste tu tiempo. —Abrió los ojos y sonrió a la mujer que lo observaba desde el otro lado de la mesa—. ¿Qué opina? ¿Merece la pena hablar de los aburridos asuntos que nos han traído hasta aquí, o nos levantamos, salimos a la calle y nos confundimos con la gente? Podemos caminar a orillas del Yamuna hasta que anochezca, cubrirnos con un manto de estrellas.

Ella suspiró y levantó la vista al cielo, pero todo lo que encontró fue el techo destartalado de aquel café de Nueva Delhi, cubierto de ventiladores que agitaban el aire caliente con un ronroneo desvencijado.

—Opino que nunca me ha gustado fumar, señor Adelbert. Lo odio, de hecho. —Él esbozó una sonrisa que filtró una bocanada de humo—. Y opino que todo esto está fuera de lugar, pero eso usted ya lo sabe. Simplemente quiere demostrar que no le importa el protocolo, que está por encima de las reglas. Muy bien, ya lo ha dejado claro. ¿Podemos volver a los negocios?

Adelbert aplastó el cigarrillo contra el cenicero mientras observaba a su interlocutora. Era una mujer joven, no más de treinta años, y había elegido una ropa informal para el encuentro: vaqueros supuestamente cómodos, un polo entallado y un chaleco marrón lleno de bolsillos, de esos que usan los turistas que gustan de abandonar los itinerarios habituales «para conocer el verdadero corazón de las ciudades». Pero el corazón de Nueva Delhi está expuesto desde que uno pone el pie fuera del aeropuerto.

De cualquier modo, el disfraz de la señorita Dunham no resistía un segundo vistazo. Su actitud no era la de alguien que estuviera de vacaciones, todo en ella exudaba profesionalidad: su gesto serio, sus maneras calculadas, su agresividad pasiva... Era una típica empleada de Rosesthein.

Daniel Adelbert, por el contrario, no pretendía pasar desapercibido. De edad indeterminada y zapatos caros, vestía camisa blanca por fuera del pantalón y llevaba el pelo cuidadosamente revuelto. Su mirada era la de alguien que estaba muy lejos de que algo le importara lo más mínimo. Pese a todo, parecía mimetizarse con el entorno mucho mejor que ella.

—Probablemente sea la única persona a la que veo más de dos veces al año. —Se reclinó en la silla—. ¿Me puede culpar por intentar que nos conozcamos mejor?

Ella entrelazó los dedos y los apoyó sobre la mesa de mármol picado, entre ambos.

—Señor Adelbert, está haciéndonos perder el tiempo, a mí y a mis acompañantes. ¿Podemos seguir adelante o tendré que volver a Zúrich con las manos vacías?

—¿Acompañantes? —Daniel miró a su alrededor. Se encontraban en un café para turistas que confundían el aire enrarecido y la atmósfera decadente con lo genuino y autóctono. Una bendición para los hosteleros sin dinero para remodelar el negocio—. ¿Se refiere al gorila que toma café en la terraza y al seal retirado que nos observa desde la barra? Solo les falta sujetar del revés un periódico local con dos agujeros. Los agentes de campo de Rosesthein cada vez dejan más que desear.

—Señor Adelbert...

—Está bien —suspiró—. He intentado librarla de la monotonía habitual de estos viajes de negocio. Vayamos a lo aburrido.

Puso sobre la mesa un maletín e hizo saltar los cierres. De su interior extrajo un pequeño bulto envuelto en lino blanco y un cartapacio de plástico negro, como los usados para los informes confidenciales.

—Aquí lo tiene. El objeto prospectado y el informe de autenticidad.

Ella apartó el paño con cuidado; envolvía unas gafas redondas de montura dorada. Usó el lienzo para sujetarlas y las examinó minuciosamente. Cuando se dio por satisfecha, volvió a cubrirlas y comenzó a hojear el dosier. El informe de prospección estaba compuesto por documentos originales de más de un siglo de antigüedad. Martina pasó los dedos sobre las fotos descoloridas y sobre la tinta impresa, incluso podía percibir las muescas que había dejado en el papel la máquina de escribir. Sus ojos expertos se deslizaron sobre el texto, corroboró que el fabricante de las gafas era un oculista de Natal, en Sudáfrica, tal como figuraba en el pequeño sello grabado en el interior de la montura. El trabajo de documentación era exhaustivo e impecable, según el estilo de Daniel Adelbert. Por supuesto, hasta que no se analizara en un laboratorio no podrían estar completamente seguros de que no fuera una falsificación; pero si lo era, se trataba de una extraordinariamente buena.

La señorita Dunham puso sobre la mesa un pequeño estuche rectangular de fibra de carbono. Era del tamaño justo para contener las gafas y estaba lleno de una especie de gel verde; sumergió la montura en su interior y lo cerró. Codificó el cierre biométrico con su huella y lo deslizó en uno de los bolsillos de su chaleco. De otro extrajo un móvil que manipuló mientras su interlocutor la observaba con gesto distraído. Dejó el pulgar sobre la pantalla durante un instante, hasta que su huella dactilar validó la operación.

—La transacción está cerrada, señor Adelbert.

Daniel tomó su propio teléfono y realizó una rápida comprobación. El dinero estaba en la cuenta de su banco en Bélgica. Satisfecho, cerró el maletín, se puso en pie y tendió la mano a Martina Dunham.

—Como siempre, ha sido un placer tratar con usted. Hasta nuestro próximo encuentro.

—Hasta la próxima —se despidió ella, estrechándole la mano, y le fastidió descubrirse desilusionada porque él no insistiera en conocerla «algo mejor».

La noche hervía en los alrededores de Connaught Place. Los edificios coloniales, de un blanco desvaído, aparecían perforados por los escaparates de las boutiques de moda; los estallidos de combustión de ciclomotores cien veces remendados se mezclaban con el zumbido eléctrico de los coches coreanos, y en la humedad del asfalto reverberaban luminosos en japonés anunciando bares de sushi en pleno corazón de Nueva Delhi. «Por fin lo han conseguido —se lamentó—, han convertido cada rincón del mundo en una mala fotocopia». Avanzó entre el despreocupado gentío con las manos en los bolsillos y el cigarro consumiéndose en los labios. No le interesaba lo que la vida pudiera ofrecerle aquella noche, no pensaba entrar en ningún tugurio ni devolver ninguna mirada, tan solo le apetecía caminar un rato antes de irse a dormir.

De regreso al Lilat Hotel se cruzó con un grupo de chicas vestidas con ropa de firmas europeas. Le sonrieron con no poco descaro, alguna incluso llegó a pedirle fuego, pero él se limitó a encogerse de hombros. Poco después se descubrió acomodado en la barra del bar del hotel. Le preguntó al camarero si tenía Yoichi de veinte años.

—Solo escocés, señor.

Daniel agitó la mano dando a entender que le daba igual, solo quería una copa llena. Mientras esperaba, consultó con desgana las webs de las agencias de noticias. Cuando se aburrió de la actualidad procesada para el gran público, buscó otro tipo de información, la que ofrecía una web minoritaria llamada el Observatorio del Fin del Mundo, cuyos expertos habían proclamado meses atrás el comienzo de la II Guerra Fría. Estaba leyendo uno de los análisis publicados en el sitio cuando el barman le mostró una botella de Macallan. Él señaló con el dedo el fondo de la copa.

—¿Hielo?

—No.

Bloqueó el móvil y se lo echó al bolsillo. Tomó la copa, dio un breve sorbo y permaneció con la mirada perdida, como debían de haber hecho tantos otros antes que él en ese mismo lugar. Lo cierto es que le molestaba comportarse como un cliché, nunca le había gustado transitar los lugares comunes, pero esa noche no tenía ganas de rebelarse contra las convenciones. Sería tan previsible como fuera necesario.

La copa se encontraba casi vacía cuando una camarera se acercó hasta él.

—Un caballero desea invitarle a una copa en el reservado. Me ha pedido que le entregue su tarjeta.

Adelbert, como despertado de una ensoñación, miró a la chica durante un instante antes de reaccionar. Observó la tarjeta que le ofrecía en una pequeña bandeja de plata y la tomó para leer el nombre: «Solomon Denga. Inacorp.», sin cargo dentro de la empresa, número de teléfono o nota al dorso. Levantó la vista para contemplar, al otro lado del amplio salón de estilo victoriano, la puerta cerrada del reservado que le había indicado la camarera. Volvió a dejar la tarjeta en la bandeja con una sonrisa cansada.

—Dígale al caballero que esta noche no va a tener suerte. —Y se volvió hacia su copa de Macallan. Apuró el último trago y salió a una de las terrazas del hotel.

La noche era cálida e invitaba a fumar, un vicio que solo se permitía cuando estaba de viaje, y sonrió ante aquella broma personal.

El lugar se encontraba desierto, invadido de esa soledad desnaturalizada que reina en los hoteles a partir de las doce de la noche. Pese a ello, intentó recrearse en ese instante: contemplar la luna llena, tan perfecta que esa noche parecía trazada con compás; deleitarse con el sabor del tabaco; empaparse del aroma de Nueva Delhi, una de las ciudades más honestas que había conocido, de las pocas que te muestran toda su miseria sin ambages... Pero fracasó en su intento de perderse en los detalles: se encontraba incómodo, desconectado de cualquier sitio en el que permaneciera más de un minuto. Parecía que de nuevo le había dado alcance aquel desasosiego que llevaba meses persiguiéndolo. «Así que ya está bien de viajar —pensó—, ya basta de hoteles y aeropuertos». Si no podía huir de la angustia existencial, se retiraría a terreno conocido para hacer frente a tan persistente enemigo. Al día siguiente volvería a Charleroi, al refugio de su padre, se tomaría unas largas vacaciones para reencontrarse consigo mismo y entonces, quizás, decidir qué iba a hacer con el resto de su vida.

Dejó el cigarrillo en un cenicero, se quitó la chaqueta y regresó al interior. Obvió el ascensor y se dirigió hacia las escaleras. No tenía ganas de dormir, pero tampoco pensaba pasarse toda la noche en el bar del hotel, odiaba parecer un solitario amargado cuando había dedicado tanto tiempo a trabajarse su aire de «misterioso hombre de paso».

Se detuvo frente a la entrada de la suite y apoyó el pulgar sobre la superficie del lector. La cerradura se abrió con un chasquido.

Empujó la puerta con el hombro y tanteó la pared hasta dar con la luz. Aun antes de encender, ya sabía que había alguien al otro lado de la estancia. El intruso se hallaba frente al ventanal, abstraído, quizás admirando la luna que tan poco inspiradora le había resultado a él momentos antes.

—¿Cómo ha entrado?

—Usted mejor que nadie debería saber lo sencillo que es forzar una cerradura de hotel —respondió aquel hombre, que continuaba dándole la espalda—. Volvamos a empezar, haga una pregunta más propia de alguien con su reputación.

—¿Policía? —inquirió Adelbert, entrando con precaución mientras dejaba la chaqueta sobre una silla.

—No.

El intruso se giró, las manos cruzadas a la espalda en un gesto que le daba cierto aire marcial. Era corpulento, de piel oscura y rasgos angulosos. El pelo cortado a cepillo y un espeso bigote hacían su expresión aún más severa. Vestía traje y abrigo, pese a que la noche era calurosa; su inglés, impecable, resultaba inquietantemente átono, carente de un acento que delatara su procedencia.

—¿Es un agente de Rosesthein?

—No.

Daniel se encontraba desconcertado, pero aquel extraño no parecía dispuesto a ofrecerle pista alguna. Por fin comprendió con quién estaba hablando.

—Señor Solomon Denga, no debería tomarse tan mal el que alguien le rechace una copa.

El interpelado amagó una sonrisa y avanzó hacia él. Adelbert se orientó de perfil, pero fue una reacción instintiva. Si aquel hombre hubiera tenido intenciones hostiles, no se habría manifestado abiertamente tras irrumpir en su habitación.

—Me ha obligado a esta intromisión, señor Adelbert. —Denga buscó algo en el interior de su abrigo mientras cruzaba la habitación—. He recorrido una larga distancia para hablar con usted, pero nuestra conversación debía ser privada, nada que se pueda tratar en los pasillos de un hotel.

Se detuvo frente a Daniel y le tendió un sobre de cartón precintado con hilo rojo.

—Me temo que ha venido hasta Nueva Delhi en vano —dijo Daniel, sin la más mínima intención de recoger el sobre—. Su cliente o su jefe, quienquiera que lo haya enviado, ha escuchado rumores sobre quién soy y lo que hago, pero deben saber que están del todo equivocados. No vendo mis servicios al mejor postor, no acepto cualquier encargo, no trato con coleccionistas que se mueven en el mercado negro y, sobre todo, no atiendo a intrusos que asaltan mi habitación en plena noche. El que usted haya venido hasta aquí para ofrecerme un sobre, como si fuera un traficante de secretos, solo demuestra que su cliente pretende jugar a un juego que desconoce por completo. Salga de mi habitación, por favor, y no intente contactar conmigo de nuevo.

Solomon Denga no inmutó el rostro, no carraspeó ni tragó saliva, ni tampoco retiró el sobre que tendía frente a él. En lugar de ello, respondió con voz calma:

—Daniel Adelbert, adoptado a los cuatro años por el diplomático belga Edin Adelbert. Nada se sabe de sus padres biológicos. Posee la nacionalidad belga, pero apenas ha residido en dicho país, pues se cría entre Nueva York, Osaka, Santiago de Chile y París. Comienza estudios diplomáticos en París, carrera que deja inconclusa para estudiar medicina forense, la cual también abandona un año antes de graduarse. Deja Europa para viajar por Oriente Próximo, India, China hasta que se instala finalmente en Japón, concretamente en la ciudad de Noda, prefectura de Chiba. Allí estudia durante siete años en el dojo del doctor Hatsumi antes de retomar su vagabundeo, esta vez por el continente africano. En fecha indeterminada se alista en la Legión Extranjera Francesa y sirve en misiones de la ONU en Libia y Somalia, hasta que finalmente decide abandonar el ejército. Sin embargo, permanece en el continente sin ocupación conocida, se cree que en contacto con mercenarios sudafricanos, hasta que conoce la muerte de su padre adoptivo.

»Regresa a Europa para arreglar los trámites de la herencia, pero en lugar de permanecer en Bélgica para disfrutar de una vida acomodada, deja de nuevo el país. Desaparece por completo durante cuatro años, tras dicho periodo ya se tiene constancia de sus primeras operaciones como prospector. Rápidamente se labra una reputación por la eficacia, discreción y limpieza de sus prospecciones, siempre fiables, siempre perfectamente documentadas; el sueño de cualquier coleccionista. Desde hace tiempo se le considera el mejor en su trabajo, con la peculiaridad de que nunca opera en el mercado negro ni con subastadores, solo trabaja por encargo y en contacto directo con su cliente. Sin embargo, resulta muy complicado contactar con usted y, desde hace varios años, no acepta ofertas, pues trabaja en exclusiva para Ludwig Rosesthein.

»¿Algo de lo que he dicho no es cierto?

Daniel afiló la mirada. Se encontraba sumamente molesto.

—Han hecho sus deberes, pero eso no cambia nada.

—Señor Adelbert, creo que nos merecemos su atención. No somos unos advenedizos. Trabajo para el señor Kenzõ Inamura, puede que no lo conozca, pero...

—He escuchado hablar de él.

—Entonces sabrá que es un hombre serio, jamás recurriría al mercado negro y jamás le molestaría si no estuviera convencido de poder presentarle una oferta de su interés.

—Hay otros prospectores que estarán encantados de atenderle. Recurra a ellos.

—Imposible, Inamura-san solo desea tratar con usted. —Volvió a tenderle el sobre.

Adelbert no hizo nada por recogerlo. En su lugar, sacó una cajetilla de cigarros, la sacudió y tomó uno con los labios. Encendió una cerilla y, con calma, la aproximó al cigarrillo. Solo cuando este comenzó a humear, alargó la mano para tomar el sobre. Los hombros de Denga se relajaron. Sin embargo, el prospector no tiró del hilo rojo. Se limitó a arrojar el sobre a la papelera de acero que había junto al escritorio.

—¿Ni siquiera va a comprobar cuál es nuestra oferta?

—No. Si lo hiciera, probablemente me costaría más hacer esto. —Dejó caer la cerilla dentro de la papelera. El olor a papel quemado comenzó a extenderse por la estancia—. Dígale a su jefe que he rechazado su propuesta. Ahora márchese, no acostumbro a recibir visitas a estas horas.

—Buenas noches, señor Adelbert —respondió con absoluta frialdad Solomon Denga—. Gracias por una conversación tan reveladora.

Cuando escuchó el sonido de la puerta, Daniel se dejó caer sobre una silla. Definitivamente, necesitaba unas vacaciones.

Tenía cuatro horas antes de salir hacia el aeropuerto, por lo que Daniel decidió emplear el tiempo en una de sus pasiones: los libros. Había escuchado que Nueva Delhi aún conservaba tres bibliotecas públicas y una modesta librería en Main Bazaar, en el barrio de Paharganj, próxima al Imperial Cinema. El taxista le dejó tan cerca del viejo corazón de la ciudad como le fue posible, a partir de ahí la alternativa era caminar o tomar uno de los rickshaws que, a golpe de pedal, avanzaban por las atestadas calles, siempre con una pareja de turistas detrás, ansiosa por congelar recuerdos a través de la lente de su réflex. Optó por caminar.

El cielo exudaba un calor grisáceo, como el alquitrán recién vertido sobre el asfalto; ni el sol ni la lluvia conseguían diluir aquella coraza plomiza. Cualquier persona sensata se habría refugiado en un restaurante o en un centro comercial, al amparo del aire acondicionado.

Cuando llegó a Main Bazaar se pudo empapar de la Delhi que todo el mundo busca, de aquella decadencia que muchos encuentran tan romántica, con sus edificios ruinosos pero superpoblados, sus escaparates repletos de falsificaciones, cientos de cables telefónicos surcando el cielo de un tejado a otro, sus puertas entreabiertas, soslayando vidas ajenas, el olor a especias y a sudor, los reclamos de los vendedores resonando en los oídos... Daniel, que en tantos aspectos de su día a día debía convivir con el orden y la asepsia, sabía apreciar aquel lugar por lo que verdaderamente era: vida en estado puro, una entropía de estímulos que le hacía sentirse vivo.

Mientras caminaba entre la multitud, con el bolsillo interior de su chaqueta bien cerrado, sonrió de placer anticipando el momento de descubrir una nueva librería, un santuario escondido y consagrado a un arte obsoleto. Fue un cartel desvencijado el que le indicó que debía bajar por unas angostas escaleras. Los peldaños, desgastados por las pisadas de miles de feligreses de la tinta y el papel, desembocaban en una puerta de madera con incrustaciones doradas. Recordaba haber visto una foto de aquella misma puerta en una de las webs especializadas en cultura impresa. Antes de entrar, leyó en una placa ennegrecida: «Radheshyam Books Repository». Abrió la puerta y pasó dentro, acompañado del alegre tintineo de una campanilla.

La librería era un profundo corredor dividido en dos pasillos por una estantería que lo recorría a todo lo largo. Las paredes, al igual que los anaqueles centrales, estaban cubiertas hasta el techo de libros que se apiñaban en aparente desorden, a punto de precipitarse sobre el visitante.

Un anciano encorvado, encaramado a una escalera sobre raíles y que sujetaba un libro entre las manos, pegó la barbilla al pecho y lo miró por encima de las gafas. Al comprobar que solo era un turista occidental más, volvió la vista y retornó a su lectura. Junto a la entrada había un pequeño mostrador donde se apilaban libros amarillentos y un estilizado terminal de tripas de grafeno y cristal blanco. Tras la pantalla, un segundo anciano, probablemente el propietario, leía sin molestarse en dedicar una mirada al nuevo visitante. Aun así, Daniel musitó un respetuoso buenos días, como el que se persigna antes de adentrarse en un templo.

Avanzó por uno de los pasillos deslizando los dedos sobre los lomos de los libros, dejándose llevar por el olor a papel viejo y por el crujido del suelo de madera. Mientras recorría los estantes, comprendió que allí donde parecía reinar el caos realmente gobernaba un orden subyacente. No había letreros que dividieran las secciones por género, nacionalidad o autores, pero la pauta estaba allí para el que supiera leerla: ficción, ensayo, biografías entre ambos... En los estantes bajos se acumulaban las últimas ediciones que vieron la luz, de las dos primeras décadas del siglo XXI, y en los estantes más elevados, más inaccesibles, a salvo de los curiosos que solo desean mirar o comprar un libro impreso como souvenir, se encontraban las ediciones más antiguas, de mediados del siglo XX, según pudo identificar.

Tomó un libro que se hallaba a la altura de los ojos: los Cuentos de Canterbury, una edición de 1998. Al hacerlo, descubrió que tras la primera fila de volúmenes había una segunda hilera. Pudo leer el título de la obra que se encontraba detrás: Aproximación Socioreligiosa a los Cuentos de Canterbury. Daniel sonrió al comprobar que la peculiar biblioteconomía de aquella librería también tenía en cuenta los distintos niveles de lectura de las obras, de una manera literal, al parecer.

Dejó los cuentos de Chaucer en su lugar y continuó vagando entre los libros sin buscar nada en concreto, como el que flota en el océano y se deja mecer por la marea. Pero, inexorablemente, las olas acaban por arrastrarte a alguna orilla y, de igual modo, Daniel terminó por naufragar frente a la que sería su adquisición: El largo camino hacia la libertad, una edición india de la autobiografía de Mandela, con anotaciones de un tal Mohammad Banjara.

Tomó el libro del estante y, por curiosidad, lo primero que hizo fue observar qué otro volumen había detrás: ninguno, así que decidió interpretar aquello como una señal. Miró su reloj de pulsera y se encaminó hacia el mostrador. Al detenerse frente al propietario, este cerró el libro que estaba leyendo y lo miró con fastidio.

—El señor Radheshyam, imagino —saludó Daniel. Un gesto que escondía el deseo de dialogar, pues siempre había encontrado la conversación con los libreros especialmente estimulante.

—Radheshyam era mi bisabuelo —masculló el librero, mientras recogía el volumen que Daniel le ofrecía y comprobaba en sus primeras páginas el número y la fecha de edición. Una vez lo hubo tasado, preguntó—: ¿Qué pretende dejar a cambio?

Daniel deslizó la mano bajo su chaqueta y sacó una edición de bolsillo de Fahrenheit 451. Al verla, el librero no pudo reprimir una sonrisa.

—Sin duda tiene usted un peculiar sentido del humor —dijo el bisnieto de Radheshyam, mientras tomaba el libro que le tendía su cliente y procedía a tasarlo.

—Todas las librerías deberían tener al menos un ejemplar, ¿no cree?

El librero asintió en silencio mientras hojeaba algunas páginas, pero, súbitamente, lo cerró y se lo devolvió.

—No acepto libros robados.

—¿Qué? No es robado.

—Es de una biblioteca francesa —dijo el anciano, mientras le mostraba un sello estampado en una de las primeras páginas, en el que se leía «Ville de Thuin Bibliothèque».

—No es robado, es comprado —señaló Adelbert, intentando no mostrarse ofendido—. Y no es francesa, sino belga.

—Francesa o belga, nunca he sabido de una biblioteca que venda libros.

—La biblioteca cerró hace once años, pensaban destruir la mayor parte de su fondo, yo aproveché y compré unos cuantos ejemplares.

—¿Destruir los libros? —preguntó el librero, mientras volvía a observar el sello—. Una cosa es que dejen de imprimirlos y otra, que los destruyan.

—Como ve, este libro tiene su propia vida. Solo estoy dispuesto a desprenderme de él porque tengo otras dos ediciones similares.

—La realidad siempre supera a la ficción, ¿no es lo que dicen?

—O, por lo menos, la iguala sin dificultad —corroboró Daniel.

—Muy bien, me lo quedo. Serán el señor Bradbury y cincuenta dólares americanos.

—¿Está de broma?

El librero torció el gesto.

—¿Le parezco una persona que bromea? El libro es para alimentar mi librería y los cincuenta dólares para alimentar a mi familia. Es un buen trato.

—Veinte dólares serán suficientes para alimentar a su familia.

—Tengo seis hijos.

—Treinta dólares, y me iré sintiéndome estafado.

El viejo dibujó una peculiar sonrisa, apiñada como los estantes de su librería.

—De acuerdo, treinta y el libro.

Daniel terminó por sonreír también mientras el librero programaba el cargo. Este apareció resumido en la pantalla de su móvil y Daniel aceptó el pago con su huella.

Se despidió y dejó atrás el olor a papel para regresar a la asfixiante atmósfera de Delhi.

El vestíbulo del Lilat Hotel era una mezcla indecisa entre el estilo victoriano original y cierta vanguardia trasnochada que había impuesto una serie de peajes al buen gusto, como las lámparas de luces led o los sofás de cuero y plástico. Hacía tiempo, no obstante, que Daniel no reparaba en tales detalles. Los hoteles de cinco estrellas habían terminado por convertirse en una sucesión de lugares anodinos y carentes de encanto, por lo que intentaba pasar en ellos el tiempo imprescindible.

Antes de salir hacia Main Bazaar lo había dejado todo dispuesto para solo tener que recoger su equipaje en consigna y pagar la factura antes de dirigirse al aeropuerto. Sin embargo, según se aproximaba al mostrador de recepción, una mujer se levantó de uno de los asientos del recibidor y se encaminó directamente hacia él.

—Señor Adelbert —lo saludó tendiéndole la mano—, mi nombre es Clarice, el señor Rosesthein me ha pedido que le acompañe durante el viaje.

Al estrecharle la mano, Daniel consiguió apartar la vista de la infinita longitud de sus piernas. La joven calzaba zapatos de tacón, ceñía medias y una falda de traje por encima de las rodillas; llevaba el pelo rubio corto, apenas cubriéndole la nuca, y la nota de color la daba la cazadora de cuero marrón que vestía sobre la camisa. Tanta sobriedad no hacía sino resaltar su elegante belleza; ella lo sabía, por lo que Daniel se obligó a mirarla a los ojos, ocultos tras unas impenetrables gafas de sol, y preguntar:

—¿Qué viaje?

—Trabajo en la flota privada del señor Rosesthein, nos ha pedido que le llevemos a Londres.

—Ayer realicé mi entrega según lo acordado. ¿Acaso hubo algún tipo de problema?

—No sé nada de eso, señor Adelbert. Solo sé que me han pedido que lo acompañe hasta Londres. —Ni siquiera era una propuesta, habían dispuesto las cosas por él.

—Señorita Clarice...

—Clarice solo, por favor.

—Clarice, aunque la propuesta de ir con usted a cualquier sitio pueda parecerme tentadora, no tengo ninguna intención de realizar un vuelo de diez horas hasta Londres para atender otro asunto de Rosesthein. De hecho, pensaba comenzar hoy mis vacaciones.

—Creo que no me ha entendido, señor Adelbert. El señor Rosesthein quiere reunirse con usted en persona. —Y recalcó las dos últimas palabras.

—¿Rosesthein quiere verme? —No pudo evitar el tono de extrañeza, pues aquel hombre tenía fama de ser una persona sumamente discreta. De hecho, pese a ser una figura determinante en el ámbito económico, su nombre era completamente desconocido para el gran público al no figurar en ninguna de las populares listas de «hombres y mujeres que gobiernan el mundo». Se encontraba muy por encima de tales banalidades. Y aunque a Daniel le constaba que Rosesthein siempre había hecho un seguimiento directo de los encargos que le realizaba, nunca había mantenido contacto con él, ni en persona ni por cualquier otro medio.

—Está bien —aceptó Daniel—, déjeme pagar mi estancia y recoger mi equipaje.

—No es necesario, ya nos hemos encargado de eso. Su equipaje está en el coche que nos espera en la puerta.

Salieron al jardín que servía de acceso al Lilat Hotel y Clarice lo guio hasta un Mercedes deportivo negro. Antes de entrar en el vehículo, se enfundó unos guantes de cuero a juego con su cazadora y le indicó a Daniel que se sentara en el asiento libre. El motor comenzó a funcionar en cuanto ella puso las manos sobre el volante; no tenía intención de programar la navegación automática.

—Dígame, Clarice, ¿conoce al señor Rosesthein en persona?

Ella lo miró de reojo y sonrió.

—No tiene nada de qué preocuparse.

—Claro, por qué iba a preocuparme —murmuró él, mientras se abrochaba el cinturón de seguridad.

Siempre le había gustado verse como un agente libre que había sabido mantener su cuota de independencia; pero a la hora de la verdad, cuando alguien como Rosesthein hacía chascar sus dedos, solo podía acudir a la llamada como el resto del rebaño.

Clarice condujo con suave precisión a través del tráfico de Nueva Delhi hasta incorporarse a las vías periféricas desde Rao Tula Ram Marg. Allí la circulación era más fluida, y pronto desembocaron en la carretera que llevaba al aeropuerto Indira Gandhi. Al llegar al recinto, tomaron el desvío hacia las pistas privadas. Debieron atravesar varias barreras de control, pero el pase de Clarice les franqueó cualquier obstáculo.

Una vez en el aeródromo, el coche rodó sobre el asfalto hasta detenerse junto a un pequeño jet privado. El fuselaje refulgía con un blanco iridiscente pese a la nube de polución que oscurecía el cielo. Daniel memorizó la matrícula rotulada en el morro, pero no supo muy bien por qué lo hizo; era una prueba más de que su mente identificaba la situación como hostil.

El zumbido eléctrico del Mercedes se detuvo y saltaron los cierres de los cinturones de seguridad. En cuanto abrió la puerta del coche, el estruendo de los motores en ignición atronó en sus oídos. Estaban retirando las mangueras de combustible y todo parecía dispuesto para el despegue. Mientras seguía a Clarice hacia la escalerilla de embarque, observó cómo un auxiliar introducía su equipaje en la pequeña bodega de carga.

—¿Será usted la azafata de vuelo?

La joven lo observó a través de los cristales opacos de sus gafas y terminó por sonreír. Era evidente que le divertía tanto desconcierto.

—Yo soy la comandante del avión, señor Adelbert. Lamento decirle que no tendremos azafata, pero confío en que, aun así, encuentre el vuelo de su agrado.

Una vez a bordo, la mujer cerró la puerta y giró la manivela para sellarla herméticamente.

—Siéntese donde quiera —le indicó antes de entrar en la cabina del piloto—, al fondo encontrará un bar, frente al cuarto de baño. Hay acceso a la Red y un proyector instalado en el techo. Si prefiere dormir, encontrará un cubículo acondicionado como dormitorio; el vuelo se prevé tranquilo, así que no creo que tenga problemas para conciliar el sueño.

Daniel asintió y ella se despidió sin más explicaciones. Una vez solo, se dirigió a la cabina del pasaje: un gran salón enmoquetado con paredes cilíndricas forradas en madera. A un lado había ventanillas circulares como las de cualquier aeronave, pero la pared opuesta presentaba un enorme ventanal que comenzaba casi a ras de suelo. Daniel se dijo que, una vez en el aire, debía resultar bastante inquietante.

Cruzó la estancia y se dejó caer en uno de los butacones del fondo. El cuero crujió al adoptar la forma de su cuerpo y el avión comenzó a moverse. Fue un despegue suave y progresivo, sin la brusquedad de los vuelos comerciales con poco espacio para ganar altura.

Cuando el aparato se estabilizó, respiró hondo y trató de relajarse. Se sentía arrastrado hacia un destino incierto, pero intentó convencerse de que no había tenido más remedio. No podía rechazar una propuesta de reunión del propio Ludwig Rosesthein, al fin y al cabo, aquel hombre había sido su principal fuente de ingresos durante los últimos años.

No pasó mucho tiempo antes de que descubriera que había alguien más a bordo, pues, apenas hubo cerrado los ojos, le saludó una voz familiar. Levantó la vista y se encontró con la adusta presencia de Solomon Denga.

—Supongo que no vamos a Londres —dijo Daniel por todo saludo.

—Me temo que no —confirmó su interlocutor, que ya tomaba asiento frente a él—. Nos dirigimos a Sognefjord, al oeste de Noruega.

—Ajá, así que ahora voy a Noruega. Creo que solo llevo manga corta en el equipaje, y no me diga que no me preocupe por eso.

Denga se permitió un amago de sonrisa. Ahora que había conseguido lo que quería, parecía encontrarse más relajado.

—Inamura-san pasa las vacaciones de verano en el fiordo. Nos está esperando allí.

—Todo esto debe ser culpa mía —ironizó Daniel—, quizás fui demasiado ambiguo durante nuestro encuentro.

—Lamento esta situación, señor Adelbert. —Denga unió la punta de sus dedos en gesto asertivo—. Espero que comprenda que esto es tan inusual para nosotros como para usted, pero Inamura-san insiste en verle. Se muestra convencido de que, una vez conozca los términos de su propuesta, estará tan interesado como él en alcanzar un acuerdo. Y me ha pedido que le especifique claramente que el dinero no es el punto fuerte de su oferta.

—¿Qué sucederá si, aun así, no acepto trabajar para él?

Denga volvió a sonreír.

—Como ha podido comprobar, Inamura-san puede ser un hombre realmente persuasivo.

Capítulo 2
Alicia Lagos

Lara, ya tienes el desayuno —llamó Alicia mientras untaba la tostada caliente. Dejó el plato sobre la mesa de la cocina y permaneció con la mirada perdida durante un instante, observando cómo la mantequilla se diluía con el calor—. ¡Lara! ¿Qué estás haciendo? Ro está al llegar.

—Ya voy, mamá. Estoy terminando de ver Crazy Meadow, acaban de subir el nuevo capítulo.

Alicia se llevó la mano a la sien y sacudió la cabeza, impaciente. En cuarenta minutos debía estar en el consejo de redacción para el próximo dominical, no podía faltar por segunda vez consecutiva.

—¡Lara, la leche y las tostadas se te están enfriando!

—Ya voy.

Suspiró y un mechón castaño voló por encima de su frente. A pasos largos, como hacía cada vez que se enfadaba, irrumpió en el salón y se plantó frente a Lara. Esta, echada en el sofá con las piernas sobre el respaldar, observó desde una posición invertida el ceño fruncido de su madre.

—Cuando te enfadas, estás aún más guapa —dijo la pequeña con candidez.

—Eso no te servirá de nada. Dame. —Alicia extendió la mano hacia la pantalla flexible que su hija sostenía sobre el pecho.

—Pero mira, los conejos suicidas han decidido vengarse y se dirigen a la granja de las gallinas voladoras, ¡van a hacerlo saltar todo por los aires! —exclamó Lara con entusiasmo, mientras le daba la vuelta a la pantalla para que Alicia pudiera compartir su emoción.

Su madre se la arrebató y la desconectó.

—¿Estás segura de que esa serie es para niñas de tu edad? —le preguntó mientras tiraba de ella hacia la cocina.

—Es para niños de diez años, puedo verla.

—Tienes ocho.

—¡Cumplo nueve el mes que viene!

—Siguen siendo menos de diez.

—Pero siempre has dicho que soy madura para mi edad —refunfuñó Lara, trepando a lo alto del taburete—. Eso al menos supone un año más.

—Está bien. Te dejaré verlo por la noche cuando acabes los deberes —claudicó Alicia.

—Pero en clase todo el mundo lo habrá visto hoy, no voy a poder comentarlo con mis amigas.

—Sobrevivirás a ello. Vamos, no quiero que te dejes nada en la taza.

«¿Cómo era posible que su hija de ocho años tuviera más compromisos sociales que ella?», se preguntó mientras se llevaba a la boca su tostada con queso light. Por supuesto estaba fría, al igual que el café. Iba a dar un segundo bocado cuando el teléfono comenzó a vibrar dentro del bolso; dejó el pan en el plato y se sacó el manos libres del bolsillo. Lo deslizó bajo el pelo y se lo insertó en el oído derecho.

—¿Ro? Buenos días. —Otro bocado al pan—. Ajá, ya veo. —Tomó la taza de café frío y la vació en el fregadero—. Bueno, está bien. —Abrió el grifó y el agua arrastró el líquido oscuro—. No, no pasa nada, pero deberías haberme avisado antes. —Entornó los ojos, clamando paciencia mientras se servía una copa de zumo de naranja—. Mira, no me enfado, es solo que te pago para poder organizarme un poco la vida. —Un nuevo bocado a la tostada—. Da igual, en serio, intenta avisarme con un día de antelación la próxima vez.

Se despidió con cierta aspereza y se arrancó el manos libres con un gemido de frustración. Faltaría a otro consejo de redacción, así que ya sabía lo que le esperaba cuando llegara al trabajo. Para colmo, no podía ni desahogarse con la responsable; de buena gana habría mandado a paseo a aquella chica, pero no tenía tiempo para buscar a otra persona. Además, era una buena canguro y Lara estaba encariñada con ella. «Es de lo que se aprovechan», pensó mientras apuraba el resto del zumo de un trago.

—Coge el abrigo. Hoy te llevaré yo al colegio.

—¿Otra vez vas a ir hablando todo el camino por el teléfono? —preguntó Lara mientras se limpiaba con una alegre servilleta de color rosa.

—Solo si me llaman.

—Entonces, ¿podré acabar de ver el capítulo de Crazy Meadow en el coche?

—Solo si me llaman.

Salieron al descansillo con los abrigos puestos. Alicia empujó la puerta y el cierre electrónico se activó solo. No era un piso muy grande, pero más que suficiente para ellas dos. Coqueto, moderno y en una zona residencial relativamente céntrica. Aquello la convertía en una vivienda bastante más cara que las del extrarradio, pero Lara llegaba al colegio en veinte minutos, con lo que no tenía que darse madrugones, y ella estaba a cinco paradas de metro de la redacción.

Con su sueldo de redactora de Cultura jamás habría podido permitirse aquel apartamento, pero la pensión que Javier le pasaba por la manutención de Lara era considerable. «Es un buen hombre», le dijo su madre cuando Javier le ofreció el acuerdo sin mediación judicial. «No es bondad —pensó ella—, son remordimientos», pero por supuesto guardó la compostura y aceptó el dinero. Por el bien de Lara, se repetía.

Aprovechó los segundos que tardaba el ascensor en bajar al garaje para consultar su correo del trabajo. Claudio, Melisa, Bianca, Claudio, Fernando, Agencia EFE, Melisa, un correo basura enviado por la cuenta william110@netmail.com y cinco correos consecutivos enviados por el remitente GhostHost entre las tres y las cuatro de la madrugada. Marcó los seis últimos y los eliminó sin siquiera abrirlos.

Alicia se detuvo frente a una puerta de cristal negro en la que rezaba: «Claudio Costa, redactor jefe». Apoyó la mano en el pomo, contuvo el aliento y golpeó dos veces con los nudillos antes de abrir. Claudio estaba sentado en su escritorio, las manos posadas sobre el teclado, probablemente trabajando en el borrador del editorial que debería consensuar por la tarde con el director y los jefes de Nacional, Internacional y Economía.

—La reunión ya ha terminado. No tendrías que haberte molestado en venir. —La voz de Claudio era profunda, casi ronca, como cabía esperar de un periodista que llevaba cuarenta años en la profesión. El bigote cano, su cabeza de monje y sus profundas ojeras acababan de conferirle ese aspecto de maestro venerable en un arte cada vez peor practicado.

—Lo siento, no tengo excusa.

—Seguro que la tienes, pero no quiero escucharla. —Retiró el teclado y apoyó las manos entrelazadas sobre la mesa. Era un mueble de caoba viejo y aparatoso, totalmente discordante con el impecable diseño de líneas limpias de la redacción—. Alicia, eres una buena periodista, tienes estilo escribiendo y tus reportajes profundizan bien en los temas que tratan, no te quedas en la anécdota..., pero estás perdiendo la perspectiva de lo que quiere el lector.

Ella titubeó un instante, pues no esperaba que la conversación fuera a adentrarse en terrenos tan pantanosos desde un buen comienzo.

—Claudio, no te entiendo. Comprendo que puedas estar enfadado porque he faltado a dos consejos de redacción, pero...

—¿Por qué crees que insistí tanto en que asistieras? Porque estás errando el tiro, necesitas plantear mejor los temas de tus reportajes, consensuar su contenido para que se integre mejor en la línea del dominical.

—Está bien, podemos hablarlo ahora.

—No. Para eso está el consejo de redacción. Además, Miguel es el director del suplemento, no voy a tratar este asunto contigo sin que él esté presente.

—No sabía que la situación fuera tan seria. —Y aquel fue un pensamiento en voz alta.

Claudio suspiró y la miró directamente a los ojos.

—Alicia, ¿has mirado el número de visitas de tus últimos reportajes? ¿El número de comentarios en la web? —Lo cierto es que no lo había hecho—. Tu reportaje sobre el Teatro Real solo tuvo ochocientas visitas, y el de la semana pasada sobre músicos callejeros poco más de seiscientas. Según el tráfico de nuestra web, deberías conseguir fácilmente más de tres mil pinchazos por artículo, y de tus últimos trabajos tan solo uno ha superado esa cifra: el del hacker que entrevistaste.

«Sí, fue un buen reportaje», se dijo, «y todavía estaba pagando las consecuencias».

—Está bien, Claudio, las cifras cantan. Pero sabes que también hacen falta reportajes de esa índole, no podemos dejarnos arrastrar solo por el número de visitas; entonces pondríamos la palabra «sexo» en cada titular.

—Escúchame, yo estaba en este periódico cuando aún salía en papel, algo que ni tú ni ninguno de los que trabajan en esta redacción ha llegado a ver. Entonces las cosas eran distintas, solo teníamos acceso al número de ejemplares vendidos cada día, y eso nos daba más margen para hacer buen periodismo. Eso se terminó. Ahora tenemos resultados detallados por artículo publicado, y cada mes debemos presentar esos datos al consejo de administración; no puedo mantener en plantilla a una periodista que no alcanza ni mil lectores con reportajes que tarda una semana en elaborar, es inviable, tendríamos que volver a hacerte un contrato de colaboradora.

«Volver a trabajar como freelance», pensó Alicia, mientras se cruzaba de brazos y miraba al suelo. Su peor pesadilla en boca de su jefe. Las palabras le pesaron como si estuvieran cinceladas en mármol.

—Está bien, lo entiendo perfectamente. No volveré a faltar a una reunión... e intentaré que el reportaje de esta semana sea más... llamativo.

—No lo digas con ese tono, Alicia. No soy tu padre. No te estoy regañando.

—Ojalá mi padre me hubiera regañado como lo haces tú —sonrió ella.

Claudio se puso en pie y rodeó aquella mesa traída desde otra época, de una en la que las redacciones olían a tabaco, papel y tinta. Abrió los brazos y ella se dejó estrechar por el reconfortante abrazo de aquel hombre cabal.

—¿Cómo lo estás llevando? —le preguntó con afecto, y Alicia, apoyada contra su pecho, pudo escuchar cómo retumbaba su voz grave.

—Bien. ¿Por qué todo el mundo me sigue preguntando lo mismo? Llevábamos dos años separados, simplemente lo hemos puesto por escrito.

—Eres una muchacha guapa e inteligente, verás como encuentras a al ...