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HISTORIA DE UN CANALLA

Julia Navarro

4


Fragmento

 

Me estoy muriendo. No, no es que sufra una enfermedad terminal ni que los médicos me hayan desahuciado. La última vez que me vieron fue para decirme que me encontraban bien, y más después de haber sufrido un infarto y una operación para cambiarme las válvulas del corazón. Tengo, sí, un poco alto el azúcar y el colesterol, y la tensión en el límite, pero, dicen, nada que no pueda corregirse tomando unas cuantas pastillas todos los días, haciendo dieta y prescindiendo del tabaco y el alcohol.

—Camine, lo que le conviene es caminar. Es la mejor medicina. Ya les gustaría a muchos con su historial tener su aspecto —me dijo el doctor intentando animarme.

No le dije nada. ¿Para qué? Yo sé que me estoy muriendo más allá del resultado de los análisis de sangre o del cardiograma. ¿Que cómo lo sé? Lo sé porque me miro al espejo cada mañana y observo las manchas parduscas que me han aflorado en el cuerpo. Parecen lunares, pero en realidad son la señal de que la piel se muere. No hay centímetro de mi piel que no haya perdido elasticidad.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Miro mis manos y ¿qué veo? Unos hilos azules transparentándose a través de la piel. Los mismos hilos azules que cruzan mis piernas. Son las venas que adquieren la rigidez de la piedra.

«Estás más interesante ahora que a los veinte», escucho decir a algunos hipócritas. Mienten. Sobre todo las mujeres. Lo único que tengo de interesante es la cuenta corriente y estar en la lista de Who’ Who.

Hace tiempo que descubrí que los otros no te ven por cómo eres, sino por lo que representas o tienes. Las mismas canas, la misma piel grisácea serían contempladas con indiferencia o incluso con asco si sólo fuera uno de esos seres anónimos que te encuentras en cualquier rincón de la ciudad.

¿Cuánto me queda de vida? Acaso un día, una semana, cinco, seis, diez años… o puede que mañana me despierte con un dolor agudo en el pecho, o que me descubra un bulto mientras me estoy duchando, o que pierda el conocimiento por un mareo, y entonces el mismo médico zalamero me dirá que tengo un cáncer en el pulmón, en el páncreas o en cualquier otro lugar. O quizá me diga que mi corazón cansado vuelve a fallar y necesita una nueva válvula. Lo que sea para justificar que de un día para otro la muerte acabó dando la cara.

Pero yo no necesito que me salga un bulto, o marearme, o que me lata deprisa el corazón. Yo sé que me estoy muriendo porque he llegado a esa edad en la que no cabe engañarse e intuyes que empiezas a vivir en tiempo de descuento.

Esta noche la muerte me ronda el pensamiento y me he puesto a elucubrar cómo será el último minuto de mi vida. Temo que sea en la cama de un hospital sin poder decidir sobre mi propia existencia. Me imagino incapaz de moverme y acaso ni de hablar, comunicándome sólo con gestos o con la mirada sin que nadie me entienda ni comparta mi sufrimiento.

No elegimos dónde ni cuándo nacemos, pero al menos deberíamos poder decidir cómo afrontar el último minuto de nuestra vida. Pero hasta eso lo tenemos negado.

Como sé que ha llegado la hora en que la muerte va a presentarse, intento hacerme a la idea de cómo recibirla, cómo sortearla durante un tiempo, pero sobre todo cómo iniciar el camino a la no existencia.

Por eso, a la espera de la visita traicionera, esta noche me asaltan los recuerdos de mi vida, y al hacerlo me están dejando un sabor tan amargo como la hiel.

Soy un canalla, sí, es lo que siempre he sido y no logro arrepentirme por serlo, por haberlo sido. Aunque si fuera verdad lo que dicen los físicos de que el tiempo no existe, deberíamos tener la posibilidad de dar marcha atrás para así lograr vivir esa vida que pudimos vivir pero que no hemos vivido.

¿Me equivoco si pienso y digo que todos cambiaríamos hechos de nuestro pasado? ¿Que haríamos las cosas de manera diferente a como las hicimos? Si pudiéramos volver sobre nuestros pasos… Quizá incluso yo las haría de distinto modo.

Hay individuos que dicen en alto: «No me arrepiento de nada». No los creo. La mayor parte de la gente tiene conciencia incluso a su pesar. Yo nací sin ella, o al menos nunca la he encontrado, aunque quizá esta noche llama a mi puerta. Pero me resisto a dejarla pasar, porque nada puede modificar lo que nos atormenta.

Esta noche, mientras miro de frente a la muerte, hago recuento de lo vivido. Sé lo que hice y también sé lo que debería haber hecho.

INFANCIA

1

Tendría siete u ocho años, y caminaba junto a la mujer que cuidaba de mí y de mi hermano. Debía de ser media tarde, hora en que salíamos del colegio. Estaba de malhumor porque la maestra me había regañado por haberme distraído mientras explicaba no sé qué.

Mi hermano iba agarrado de la mano de María, pero yo prefería caminar a mi ritmo. Además, a María le sudaban las palmas y me molestaba el contacto de su piel húmeda sobre la mía.

Yo corría de un lado a otro ignorando las quejas de María.

—Se lo voy a decir a tu madre. Todos los días me haces lo mismo, te sueltas de mi mano y lo peor es que ni siquiera dejas que te agarre cuando cruzamos de una calle a otra, y no miras nunca si viene un coche. Un día va a pasar algo.

María protestaba pero yo no le prestaba atención. Me sabía de memoria su retahíla de reproches. De repente llamó mi atención un pequeño bulto junto a la acera. Me aproximé a ver qué era. Lo moví con el pie y para mi sorpresa vi que se trataba de un pájaro, un gorrión de esos que pueblan los árboles de la ciudad. Me pareció que estaba muerto y le arreé un puntapié desplazándolo fuera de la acera. Me acerqué con curiosidad para ver dónde estaba y descubrí que se movía, el suyo era un movimiento lento, como el último estertor. Bajé de la acera y volví a darle una patada. El gorrión dobló la cabeza.

—Pero ¿qué haces bajándote de la acera? Hoy sí que se lo digo a tu madre, me tienes harta.

María me cogió de la mano y me obligó a caminar junto a ella. Me produjo una enorme irritación que tirara de mí y en cuanto se distrajo, le di una patada en la pantorrilla.

No me arrepiento de la patada que le di aquel día a María, pero no puedo olvidar el cuerpo inerte del gorrión. Fui yo quien le arrebató el último aliento.

—¡Qué bruto! —exclamó Jaime mirándome con reprobación, no sé si por la patada a María o por la que le había dado al gorrión.

—Tú cállate o te doy también a ti —respondí irritado.

Jaime no contestó. Sabía que, a poco que se descuidara, tendría que encajar otra de mis patadas o incluso un puñetazo en los riñones. Le sacaba dos años a mi hermano, de manera que siempre estaba en desventaja conmigo.

—Se lo voy a decir a tu madre. Es que no puedo contigo… Si sigues así no iré más a buscarte al colegio. Eres un niño muy malo.

Malo. Sí, ése era el reproche favorito de la maestra, de María e incluso de mi madre.

Mi padre me reprendía, pero nunca me calificó de «malo». Me conocía demasiado bien para despacharme con esa frase tonta de «eres un niño malo».

Si pudiera volver atrás… La escena sería parecida:

Yo caminaría junto a María y Jaime, sin que me importara poner mi mano en la palma sudorosa de mi cuidadora. Tendría que haberle comentado el motivo de mi malhumor a cuenta de la regañina de mi maestra, la señorita Adeline, y seguramente habría recibido alguna palabra de consuelo de María. Algo así como «no te preocupes, no es tan grave distraerse, ya verás que si mañana estás atento, a la señorita Adeline se le pasa el enfado».

Yo me fijaría en el bulto que se movía en la acera y le pediría a María que nos acercáramos. «Mira… ahí hay algo, ¿podemos mirar?»

María refunfuñaría: «¿Qué más da?; anda, que llevamos prisa…», pero habría terminado accediendo. Yo, al darme cuenta de que era un gorrión, lo cogería con cuidado. Jaime observaría con curiosidad y diría: «¡Pobrecito!». Y los dos, conmovidos, insistiríamos a María para que nos permitiera llevar el gorrión a casa. Mi madre era enfermera, de manera que algo podría haber hecho por salvar la vida del gorrión. Lo habríamos tenido dos o tres días y, una vez curado, lo habríamos devuelto a la libertad.

Pero no fue así y no me arrepiento.

Aquella tarde, cuando llegamos a casa, mi madre se estaba arreglando para irse al hospital. Esa semana tenía turno de noche y parecía cansada, quizá por eso prestó poca atención a las quejas de María. Apenas me regañó: «¿Cuándo vas a portarte bien? ¿Qué voy a hacer si María pierde la paciencia y se va? Tengo que trabajar y sin ella no podría hacerlo».

—Pues busca otra cuidadora —respondí desafiante.

—¡Como si fuera tan fácil! Además, María es una buena mujer. ¡Eres un niño muy malo! No sé qué vamos a hacer contigo… Vete a tu cuarto a hacer los deberes. Hablaré con tu padre y ya te dirá él el castigo. Ahora tengo que irme.

—Como siempre. Nunca estás aquí.

Sabía lo que decía. Quería hacer daño a mi madre, que se sintiera culpable por no dedicarnos más tiempo. En alguna ocasión la había escuchado hablar con mi padre culpándose por pasar más horas en el hospital que en casa, y aunque mi padre solía consolarla diciéndole que lo importante era el cariño que nos daba y no el tiempo que nos dedicaba, mi madre no dejaba de sentirse en falta. De manera que la golpeé donde más le dolía.

Ella se quedó mirándome y vi en su mirada un destello de tristeza y, a continuación, de ira.

—¡Vete a tu cuarto!

De camino a mi habitación aproveché para darle la patada prometida a mi hermano Jaime, que soltó un alarido que alertó a mi madre.

—Pero ¿qué pasa?

—¡Thomas me ha dado una patada! —se quejó mi hermano entre lágrimas.

—María, por favor, hágase cargo de los niños… me tengo que ir… Y tú, Thomas, castigado en tu cuarto sin salir, y este fin de semana no te llevaré a ninguna parte.

—¡Y a mí qué me importa! ¡Me da igual! Además, yo no quiero estar contigo. No me gustas como madre, no eres como las madres de mis amigos, nunca estás.

Mi madre ni siquiera me miró. Salió de casa dando un portazo. Supongo que era su manera de controlar la rabia y no soltarme un bofetón.

Sí, aquella tarde debería haber sido diferente:

—¡Mamá, mamá! Mira, hemos encontrado un gorrión y está herido, ¿nos ayudarás a curarlo? —le habría dicho yo mientras mi hermano Jaime se agarraba a su falda.

—Voy con prisa pero le echaré un vistazo. A ver… Tiene una patita rota, nada grave. Buscad un palo finito, quizá alguno de vuestros lápices… Ya veréis, le pondremos un vendaje y en unos días estará curado y listo para volar. Thomas, pídele a María una caja de zapatos y algodón, lo pondremos ahí para que esté calentito.

—¿Nos podemos quedar con el gorrión para siempre? —preguntaría Jaime.

—No, su mamá lo estará buscando y estará preocupada. Además, los pájaros deben ser libres. En cuanto esté curado os acompañaré a donde lo habéis encontrado y lo soltaremos para que regrese a su nido.

—Gracias, mamá —diría yo, y me acercaría a darle un beso.

Mi madre me acariciaría el cabello y nos diría: «Qué buenos sois. Así me gusta, que os compadezcáis del que sufre, aunque sea un pajarillo».

Debería haber sucedido así. Pero lo cierto es que yo pasé el resto de la tarde en mi cuarto sin molestarme en hacer los deberes, sacando de sus cajas todos los juguetes y esparciéndolos por la habitación sabiendo que María tendría que colocarlos, lo que la fastidiaría doblemente; no sólo por el trabajo añadido sino porque sufría de la espalda.

Cuando mi padre llegó poco antes de cenar, María estaba quejándose.

—¿Qué sucede, María? ¿Han hecho alguna trastada los niños? —quiso saber mi padre.

—Jaime es un santo, señor, no hace ruido, pero Thomas… es muy malo, señor, sólo se le ocurren cosas para fastidiar a los demás.

—Vamos, vamos, María. Hay niños que son más movidos que otros, pero eso no significa que sean malos. A ver, ¿qué es eso que ha hecho Thomas…?

María le contó los incidentes de la tarde y él me llamó a su despacho. Como yo sabía que María se quejaría de mí, ya había maquinado mi venganza. Mientras ella hablaba con mi padre fui a la cocina y volqué todo el salero en la sopa que estaba preparando. No tendría otro remedio que hacerla de nuevo.

Mi padre era abogado. Trabajaba mucho. Salía de casa por la mañana temprano y no regresaba hasta la noche. Era raro que almorzara en casa. Sin embargo nunca le reproché que no pasara más tiempo con nosotros. Me parecía que su trabajo era importante y me sentía orgulloso de él. Siempre vestía con elegancia, incluso los fines de semana cuando se quitaba la corbata. Mientras que mi madre, cuando se desmaquillaba y se ponía una bata, se me figuraba que encogía, que se volvía insignificante.

—¿No has sentido pena por ese gorrión? —me preguntó mi padre.

Dudé antes de responder. Sabía que tenía que encontrar las palabras adecuadas para ponerle de mi parte.

—Me pareció que ya estaba muerto y… bueno, es que no me di cuenta, ni lo pensé.

Pensar. Ésa era mi excusa. Mi padre siempre me disculpaba alegando que yo era un niño atolondrado que no me paraba a pensar y que por eso me metía en líos.

—Pero tienes que pensar, Thomas, ya te lo he dicho otras veces. Si te hubieras fijado bien podrías haber salvado al gorrión. Mamá te habría ayudado. En cuanto a dar una patada a María… eso no te lo puedo consentir. María es una persona mayor y a los mayores hay que tratarlos con más respeto. También le has dado otra patada a Jaime, ¿no te avergüenza pegar a alguien que es más pequeño que tú?

Bajé la cabeza. Conociendo a mi padre sabía que estaba sopesando qué castigo imponerme que no me resultara demasiado gravoso. Por fin lo encontró.

—Mira, vas a leer un cuento que te voy a dar, que trata sobre un chico que no deja de hacer trastadas, pero un día le ocurre algo que le hace cambiar. Cuando lo leas me lo comentas. Ya verás como aprendes algo.

—Mamá ha dicho que no me llevaréis a ninguna parte este fin de semana —susurré con mi voz más inocente.

—Bueno, hay que comprender que mamá se enfade. La pobrecita trabaja mucho, no sólo en el hospital sino también aquí, en casa, ocupándose de todos nosotros. Ya hablaré yo con ella.

En ese momento escuchamos el grito de María.

—Pero ¡será malo! ¡Lo que ha hecho, Dios mío! —llegó diciendo al despacho de mi padre.

—Pero ¿qué más has hecho? —preguntó él ya alarmado.

—¡Ay, señor! Ha volcado toda la sal en la sopa… ¡Yo no aguanto más! Llevo en pie desde las siete de la mañana… y ahora vuelta a empezar. Tendré que hacer otra sopa.

Cuando María salió del despacho mi padre me miró con severidad.

—No me gusta lo que has hecho. María no se merece que te portes así con ella. Tienes que pedirle perdón. Luego vete a tu cuarto y empieza a leer lo que te he dicho. Lo tienes que haber terminado de leer para la hora de cenar.

La mirada reprobadora de mi padre me producía un hormigueo molesto en la boca del estómago, pero aun así no estaba dispuesto a pedirle perdón a María.

Podría haberlo hecho. Me habría gustado que María le hubiera dicho a mi padre que me había portado bien, que había hecho mis deberes sin rechistar e incluso ayudado a Jaime a hacer los suyos.

Él se habría sentido satisfecho y me habría sentado en sus rodillas. Seguramente me habría propuesto que leyéramos un rato juntos alguno de esos libros que guardaba en la biblioteca y que cuidaba como si de tesoros se tratasen. Yo habría disfrutado de ese momento de intimidad con mi padre, porque después de haber dedicado un rato a la lectura, me habría preguntado por mis amigos, por la maestra, por las lecciones aprendidas. Es probable que, como premio a mi buen comportamiento, me hubiera dejado prepararle la pipa y habríamos hecho planes para el fin de semana. Quién sabe si habría encontrado tiempo para acompañarnos a Jaime y a mí a montar en bicicleta, o incluso para comer fuera de casa con mamá.

Nada de eso pasó. Fui a mi cuarto y le di una patada a un coche teledirigido, luego me senté en el suelo en medio del caos que yo mismo había creado. No pensaba leer el cuento. Tenía un truco para salir airoso de las preguntas de mi padre. Leía algunos párrafos por página y luego, cuando él me preguntaba, yo respondía sobre lo que apenas había leído fingiendo estar nervioso. No me molestaba engañarlo, a pesar de que era la única persona por la que sentía afecto. Así era yo. Así soy yo.

La señorita Adeline era una buena maestra aunque exigente. Nunca dijo una palabra más alta que otra, ni mucho menos se le escapó ninguna colleja. Mis compañeros de clase parecían apreciarla, pero yo la aborrecía tanto como a María. Todo en ella me molestaba. El rostro amarillento, los ojos que semejaban empequeñecerse cuando te miraba causando la impresión de que estaba leyendo dentro de tu mente. Su ropa monjil; siempre vestía faldas y jerséis en tonos oscuros, las medias gruesas, los zapatos bajos. Rondaría los cuarenta cuando llegué a su clase y, según decían, llevaba ya veinte años en el colegio donde de seguro se jubilaría.

Sin ser afectuosa, era amable y paciente con los alumnos, siempre dispuesta a repetir hasta la saciedad la lección del día hasta estar segura de que todos habíamos entendido sus explicaciones.

Yo solía quejarme a mi padre de la señorita Adeline. Le decía que me tenía manía, que me regañaba por cualquier cosa, que no explicaba bien las lecciones. Mi padre me creía y de cuando en cuando le pedía a mi madre que hablara con la maestra. La respuesta de ella siempre era la misma: «Lo haré, pero teniendo en cuenta cómo es Thomas, si le regaña es porque se lo merece. Para soportar a nuestro hijo hace falta ser un santo».

Preparé meticulosamente mi venganza.

Una mañana, a la hora del recreo, yo mismo me golpeé la cabeza contra la pared. Me hice daño y de inmediato me salió un chichón que me enrojeció la frente. Antes de que terminara la hora del recreo, subí al aula sabiendo que allí estaría la señorita Adeline corrigiendo nuestros cuadernos. Al verme entrar con la frente enrojecida se preocupó.

—Pero ¿qué te ha pasado? ¿Te has caído? Ven, enséñame ese golpe que tienes en la frente.

Me acerqué despacio, pendiente de que mis compañeros entraran de un momento a otro en clase. Cuando el primero estaba abriendo la puerta, la maestra me tenía sujeta la cabeza observando el chichón. En ese instante empecé a gritar con todas mis fuerzas.

—¡No me pegue, no me pegue!

Mis compañeros, que entraban en clase, no sabían qué estaba pasando. La señorita Adeline parecía sujetarme mientras yo gritaba, y tanto y tan fuerte grité que entró la señorita Ann, la profesora del aula contigua a la nuestra, para ver qué sucedía.

—Me está pegando… ¡Yo no he hecho nada! —grité llorando ante la mirada incrédula de la otra profesora.

—Por Dios, Adeline, ¿qué pasa aquí?

—Nada… Te aseguro que nada… Thomas ha entrado con ese golpe en la frente. Yo sólo le estaba mirando.

—Que no me pegue más, por favor —gimoteé como si estuviese asustado.

La señorita Adeline me miró desconcertada, y en cuanto me soltó el brazo yo hice un último truco: caí al suelo como si me hubiese empujado.

—¡Pero, Adeline! —exclamó la señorita Ann sin saber muy bien qué estaba ocurriendo—. Vamos, Thomas, levántate… Te llevaremos a la enfermería, allí te curarán. Y tú, Adeline, en fin, creo que debemos ir a Dirección a aclarar el incidente.

Por más que mi maestra juró al señor Anderson, el director, que no me había pegado, y aunque mis compañeros de clase no pudieron dar fe a ciencia cierta de quién decía la verdad, mi chichón se había convertido en la prueba de cargo.

El señor Anderson llamó a mi madre al hospital requiriendo su inmediata presencia en el colegio. Mientras tanto, yo opté por lloriquear quejándome de lo mucho que me dolía el chichón. Mis lágrimas resultaron tan sentidas como las de la señorita Adeline, que para entonces se había derrumbado viendo que el director parecía darme más crédito a mí que a ella.

—Pero ¿qué ha pasado? —preguntó alarmada mi madre apenas llegó al despacho del señor Anderson.

—Tranquilícese, doña Carmela, el niño está bien —respondió el director evidenciando su nerviosismo—, aunque en realidad no sabemos muy bien lo que ha sucedido.

—Pero ¿cómo puede poner en duda mi palabra? —se quejó mi maestra.

El director no respondió y en ese momento supe que tenía la batalla ganada.

Mi madre escuchó en silencio la explicación de lo inexplicable de labios de la señorita Adeline. Mi maestra juró lo que era verdad: que yo había entrado en la clase ya con el chichón y, cuando ella se dispuso a ver qué me pasaba, me puse a gritar acusándola de estar pegándome.

—Bueno… yo no sé qué decirle, doña Carmela. Siento este incidente, le aseguro que nunca había sucedido algo así en el colegio. La señorita Adeline es una maestra querida por los niños y nunca hemos tenido quejas sobre su comportamiento, pero… no sé, quizá Thomas la ha puesto más nerviosa de lo habitual, ya sabe que su hijo es muy inquieto. —El director se retorcía las manos mientras hablaba.

—¿Qué ha pasado, Thomas? —me preguntó mi madre con voz cansada.

Noté que dudaba de que la señorita Adeline me hubiera pegado, que intuía que había sucedido algo que se le escapaba.

Yo no respondí sino que lloré con más fuerza mientras me abrazaba a su cintura. Mi madre me apretó contra ella intentando consolarme. De reojo miré a la señorita Adeline y la supe vencida.

Pensé que era mejor no decir una palabra más y seguir llorando, no fuera a contradecirme. Para entonces mi cara estaba tan enrojecida como el chichón y los ojos se me habían empequeñecido a causa de las lágrimas. Fue una actuación extraordinaria, ni un actor profesional lo hubiera hecho mejor, porque a pesar de sus primeras reticencias mi madre acabó creyendo mi versión. Ella me conocía bien pero no lo suficiente como para creerme capaz de tamaña villanía.

—Espero que tome usted una decisión. Lo que le ha sucedido a mi hijo es imperdonable.

—Sí, sí… sin duda, claro que adoptaremos medidas… Reuniré al claustro de profesores.

—Tendrá que hacer algo más, señor Anderson. No creo que los padres de los alumnos de este colegio puedan estar tranquilos sabiendo lo que le ha ocurrido a mi hijo. Hoy ha sido Thomas el agredido, mañana puede ser cualquier otro.

Por primera vez veía a mi madre conmovida por mi llanto, acaso porque era difícil verme llorar. Fue eso lo que la convenció.

Al día siguiente no fui al colegio. Mi madre ni siquiera me despertó. Cuando abrí los ojos bien entrada la mañana, la encontré sentada en el borde de mi cama mirándome con atención. Me sobresaltó su mirada pero me tranquilicé al verla sonreír mientras me cogía una mano. Creo que se sentía culpable por dudar de mí.

—No irás al colegio hasta que el señor Anderson no resuelva qué va a hacer con la señorita Adeline. Y más vale que lo decida pronto.

—¿No has ido a trabajar?

—No, hoy me quedo contigo. Saldremos a dar un paseo y esta tarde iremos a buscar a papá al despacho, ¿te parece bien?

—¿Y Jaime? —Quise saber si tendría que compartir a mis padres con mi hermano.

—María se ocupará. Hoy estaremos juntos sólo los dos.

Cuando regresé al colegio la señorita Adeline ya no estaba. La habían despedido. No sólo eso; el colegio había puesto el caso en manos de las autoridades de Educación, lo que suponía que sufriría una sanción y que su carrera como maestra había terminado.

Me felicité por mi éxito. La muy estúpida había calculado mal sus fuerzas al medirse conmigo.

Escuché a algún profesor lamentarse de la suerte corrida por la señorita Adeline. Por sus murmuraciones supe que la que fuera mi maestra estaba viuda y mantenía a una hija imposibilitada. Si no volvía a trabajar, ambas mujeres tendrían que vivir de la caridad. No me conmovieron aquellos chismorreos.

¿Me arrepiento de lo sucedido? ¡Hace tanto tiempo! Nunca me he engañado sobre la crueldad de mi comportamiento. Si pudiera revivir aquellos momentos… Sé que tuve una oportunidad para evitar la desgracia de la señorita Adeline.

Cuando mi madre me preguntó: «¿Qué ha pasado, Thomas?», yo debí haber dicho la verdad:

 

 

—Mamá, estoy enfadado con la señorita Adeline. Me pone muchos deberes y me exige mucho. He querido fastidiarla… En realidad el chichón me lo he hecho yo solo. Lo siento, mamá, siento haber mentido…

Puedo imaginar el estupor en el rostro del señor Anderson, el alivio en el de la señorita Adeline y la ira en el de mi madre.

—De manera que nos has engañado… Es imperdonable lo que has hecho, has estado a punto de causar un gran mal a la señorita Adeline. ¡No sé qué voy a hacer contigo, eres un diablo! —me habría dicho mi madre intentando controlarse para no darme un bofetón en presencia del director y de mi maestra.

El señor Anderson, por su parte, se habría rascado la cabeza, que es lo que solía hacer mientras tomaba alguna decisión, y me habría mirado con severidad.

—Jovencito, lo que has hecho está muy mal y naturalmente tendrá consecuencias. Doña Carmela, usted comprenderá que debemos aplicarle un buen correctivo… Y usted, Adeline… En fin, espero que nos disculpe por el mal rato que le hemos hecho pasar, pero entiéndalo… La acusación de Thomas era tan grave… y además con ese chichón… ¡Hay que ver de lo que ha sido capaz este niño, nada menos que de autolesionarse!

—Yo… lo siento, de veras que lo siento, señor Anderson. Espero que la señorita Adeline pueda perdonarnos. No hemos debido dudar de su versión conociendo a mi hijo… No sé cómo disculparme, ni qué puedo hacer para desagraviarla…

La señorita Adeline se habría enjugado las lágrimas con uno de esos pañuelos impolutos que siempre llevaba en el bolso y, aliviada, habría aceptado las excusas de mi madre, aunque la imagino mirando con cierto reproche al director. En cuanto a mí, seguro que me miraría con espanto, como si estuviera en presencia del mismísimo demonio.

—Doña Carmela… bueno, creo que deberíamos hablar de este desgraciado incidente. Thomas, vete a clase, ya te llamaremos.

En ese momento yo habría llorado con más fuerza, con la misma fuerza con la que había envuelto mi mentira, suplicando el perdón de mi madre, de mi maestra y del director.

 

 

Sí, eso es lo que debería haber hecho. ¿Qué hubiera pasado? A buen seguro, mi madre me habría regañado y me habrían castigado en el colegio y en casa, pero a mí nunca me habían importado los castigos. No, si no dije la verdad no fue por cobardía, sino por maldad. Sé que fue así.

Mi madre siempre me comparaba con Jaime. Puede que fuera por eso por lo que odiaba a mi hermano con tanta intensidad.

«Fíjate en Jaime, tu hermano tiene seis años pero es más responsable que tú.» «Mira Jaime, ha recogido su cuarto sin que se lo haya tenido que decir.» «¡Menudas notas las de Jaime! Todo sobresalientes, y tú… eres un desastre, Thomas. No estudias, te portas mal, eres un desordenado; no sé qué vamos a hacer contigo.»

Sí, éstas eran algunas de las frases más frecuentes de mi madre. Y cuanto más me ponía a Jaime como ejemplo, más aumentaba mi animadversión hacia mi hermano.

Debía de tener doce años cuando decidí deshacerme de él y todo a causa de mi padre. Me había acostumbrado a los reproches de mi madre, a que no fuera capaz de ocultar lo mucho que yo la irritaba y lo complacida que se sentía con Jaime. A él le besaba recreándose en el abrazo, sonriendo, mientras que yo no le permitía esos gestos de cariño y, apenas pegaba los labios en mi mejilla, me apartaba como si me diera asco.

Pero no sólo mi madre dedicaba sus mejores sonrisas a mi hermano. Los tíos, los primos, los amigos de mis padres siempre tenían una palabra de elogio para Jaime. Bien es verdad que yo no daba motivos para las alabanzas. Era arisco, no me dejaba besar por nadie y procuraba fastidiar a las visitas. Una tarde en que nos visitaba mi tía Emma, la hermana de mi padre, abrí su bolso y lo vacié tirando su contenido por la ventana. Fue el portero el que subió a avisar de que desde una de nuestras ventanas volaban distintos objetos: un paquete de pañuelos, un monedero, un billetero, unas llaves… Claro que eso no fue lo peor, ya que otro día me divertí cortando las mangas de su abrigo. Ella solía decir a mi padre que yo era un niño muy problemático y le recomendaba que me llevaran a algún psicólogo. Pero sus consejos caían en saco roto. Creo que mi padre pensaba que su hermana Emma no sabía demasiado de niños. Se había casado joven y enviudado pronto sin tener hijos. Su marido murió aquejado por una leucemia fulminante y ella no había vuelto a casarse.

Mi padre me regañaba pero sin mucha convicción, mientras que mi madre solía darme algún que otro bofetón.

«¡Este niño va a acabar conmigo!», solía gritar ante mis hazañas.

Ya digo que yo creía contar con el apoyo incondicional de mi padre. De hecho, estaba convencido de que era el único que me quería más que a Jaime. Una mañana de domingo descubrí que estaba equivocado.

El domingo era el día libre de María, así que mi madre madrugaba para preparar el desayuno mientras mi padre terminaba de arreglarse. A Jaime y a mí nos dejaban dormir un rato más mientras ellos desayunaban en la cocina.

Ese domingo me desperté antes de tiempo y, después de comprobar que mi hermano dormía, me dirigí a la cocina sabiendo que allí estarían mis padres. ¡Por fin podría estar con ellos a solas, sin la presencia de Jaime! Pero no llegué a entrar porque escuché a mi padre hablar de mí.

—El pobre es un desastre. No es guapo, no posee ninguna habilidad especial, no tiene cabeza para estudiar… Qué le vamos a hacer, Carmela, Thomas es así, pero es nuestro hijo, debemos aceptarle. Al menos tenemos el consuelo de Jaime. El pequeño, gracias a Dios, lo tiene todo.

Si mi padre me hubiera abofeteado no me habría dolido tanto como aquellas palabras que acababa de escuchar. En realidad nada hasta ese momento me había herido realmente. Ni los castigos en el colegio, ni los golpes que recibía cuando me peleaba con algún chico de mi clase, ni las regañinas de mi madre me habían provocado aquel dolor que se expandía desde el estómago hasta dificultarme la respiración.

No es que mi padre renegara de mí, eso lo habría podido soportar, es que me compadecía, y ésa era una humillación que no sabía cómo encajar.

Tardé unos segundos en poder moverme, en volver a sentirme vivo. Decidí continuar escuchando, pero me pareció que mi madre miraba hacia la puerta como intuyendo una presencia, de manera que retrocedí en silencio y regresé a mi habitación.

Jaime continuaba durmiendo y me planté frente a su cama para observarle. Mi padre tenía razón, no nos parecíamos. El rostro de Jaime reflejaba la bonhomía de su carácter, y sí, al contrario que yo, era guapo.

Sentí la necesidad de castigar a mis padres por su evidente desamor hacia mí. Ya no podía engañarme creyendo, como lo había hecho, que yo era el favorito de mi padre. Porque estaba convencido de que así era; los demás preferían a Jaime y no lo ocultaban, pero mi padre siempre era afable conmigo y me demostraba su cariño. Ahora sabía que lo hacía por resignación.

La idea cruzó rauda por mi cerebro. Mis padres no soportarían el dolor que les produciría la pérdida de Jaime. Tenía que deshacerme de él pero no disponía de mucho tiempo. La rutina del domingo era siempre la misma: en cualquier momento mi madre vendría a avisarnos para que fuéramos a la cocina a desayunar mientras ella se arreglaba.

Cogí la almohada de mi cama decidido a colocarla sobre el rostro de Jaime y apretar hasta que dejara de respirar, pero eso tendría consecuencias para mí y me pareció que sería injusto que además tuviera que sufrir un castigo por la muerte de mi hermano. Tenía que encontrar otro medio de deshacerme de él.

No sé por qué miré hacia la ventana y de inmediato sonreí. Había hallado la manera de deshacerme de mi hermano.

Abrí la ventana y miré a la calle. Nuestra casa estaba en el octavo piso. Si lograba que Jaime se asomara a la calle, no me costaría mucho empujarle. Caería al vacío, y a esa altura era imposible que pudiera sobrevivir.

Le desperté quitándole la cubierta del edredón y pellizcándole.

—¡Levántate! Hay un gato maullando en la cornisa, es muy pequeño y está a punto de caerse.

Sabía que mi hermano no se resistiría a mirar. Le gustaban los animales pero especialmente los gatos.

Jaime saltó de la cama y, descalzo, se acercó a la ventana. Se puso de puntillas para mirar.

—No lo veo… Se habrá caído. Pobrecillo…

Yo necesitaba que se aupara un poco más para que apenas notara el empujón que pensaba propinarle.

—Es que así no lo puedes ver, tienes que inclinarte más…

Seguramente Jaime tenía un ángel de la guarda. Sin duda lo precisaba teniéndome a mí como hermano. Cuando yo estaba ayudándole a auparse para a continuación empujarle, escuchamos el grito de mi madre.

—Pero ¿qué estáis haciendo? Jaime, ven aquí inmediatamente, y tú… tú… ¿cómo permites que tu hermano se asome de esa manera a la ventana? Podría haberse caído… No tienes cabeza…

Jaime se refugió en los brazos de mi madre, quien le apretaba con fuerza y temor. Me miró y pude ver la desconfianza reflejada en sus ojos.

—Es que Thomas ha oído maullar a un gatito… —se excusó Jaime.

Mi madre se acercó a la ventana y buscó con la mirada el gato; luego la cerró y me agarró con fuerza del brazo, sacudiéndome como si fuera un saco de patatas.

—¡No hay ningún gato! ¿Qué maldad se te habrá ocurrido? —Y me propinó un pescozón.

—No ha hecho nada… —protestó Jaime, que no entendía la reacción de mi madre.

Yo no me molesté en defenderme y la miré de arriba abajo intentando imprimir en la mirada todo el odio que sentía hacia ella. Debió de hacerle efecto porque salió de la habitación con Jaime diciéndole que se duchara de inmediato, que ella le llevaría la ropa al cuarto de baño. Cuando regresó al dormitorio se quedó plantada delante de mí. Parecía buscar las palabras.

—No sé qué se te había pasado por la cabeza, pero si vuelves a poner en peligro a tu hermano, te juro que… te irás interno, Thomas, te irás a un colegio interno, un colegio donde te encarrilen y te saquen los demonios que llevas dentro.

Yo me había instalado en el silencio. Sabía que a mi madre la desesperaba mi falta de respuesta.

Volvió a mirarme y salió del cuarto dando un portazo. Pensé qué pasaría si fuera yo quien se arrojara al vacío. ¿Lo lamentarían? Por un instante quise creer que quizá mi padre lo sentiría, sin embargo ya no podía engañarme, había oído de sus propios labios lo que pensaba de mí. En cuanto a mi madre, estaba seguro de que, más allá de la conmoción, mi ausencia terminaría siendo un alivio.

No, no me tiraría por la ventana. No había mejor castigo que tuvieran que seguir soportándome.

Salí del cuarto y me acerqué a la cocina dispuesto a desayunar. Nerviosa, mi madre estaba contando a mi padre lo sucedido.

—Te digo que debemos tener cuidado con él… Thomas siente celos de Jaime.

—Carmela, no sé qué estás pensando, pero en este caso me parece que te equivocas. No creo que Thomas… En fin, no le eches a él la culpa de que Jaime estuviera asomándose a la ventana.

—Pero él estaba detrás. Le estaba ayudando a encaramarse… John, yo conozco a nuestro hijo, sé cómo es…

—Pero, mujer… ¿no estás exagerando?

—Debemos alejarle de Jaime. Podemos cambiarle de habitación… trasladarle al cuarto de invitados, que está alejado del cuarto de su hermano.

—¡Vamos, no exageres! Además, el cuarto de invitados es más pequeño, no sería justo para Thomas. Siempre habías dicho que cuando los chicos fueran más mayores convertirías el cuarto de juegos en la habitación de Thomas.

—Pero estaría demasiado cerca de Jaime. En el cuarto de invitados Thomas estará bien, no necesita mucho espacio. ¿Para qué quiere una mesa de estudio grande si no estudia? ¿Alguna vez le has visto con un libro en la mano?

Mi padre terminó accediendo a la decisión de mi madre. Me sentí derrotado.

¿Cómo debía haber transcurrido aquel suceso? Quizá de esta manera:

Cuando escuché a mi padre referirse a mí en esos términos de conmiseración debí entrar en la cocina. Al verme, me habría dicho incómodo:

—Thomas, ¿qué haces aquí? Es muy temprano. ¿Cómo es que te has despertado? —preguntaría temiendo que hubiera oído sus últimas palabras.

Mi madre me observaría con su habitual desconfianza, segura de que los habría escuchado detrás de la puerta, y yo habría contestado:

—Es que me he despertado hace un rato y tenía hambre… Además… Bueno, pensaba que si me levantaba pronto podría estar un ratito con vosotros.

Mi padre se habría sentido avergonzado, culpable por haber expresado una opinión tan desfavorable sobre mí. Como era un buen hombre, se habría acercado y me habría revuelto el cabello invitándome a sentarme.

—Bien hecho, a nosotros también nos gusta estar contigo. ¿Verdad, Carmela?

—Papá, te he oído… Has dicho que no soy guapo como Jaime y que no sé hacer nada. Tienes razón, debería esforzarme más… Pero yo te quiero, papá, os quiero muchísimo a los dos, a ti y a mamá, y también a Jaime. Intentaré hacer las cosas mejor, te lo prometo.

Estoy seguro de que mi padre me habría abrazado y de que incluso mi madre no habría podido más que rendirse ante esa confesión de humildad.

Yo habría disfrutado de ese abrazo, sintiéndome reconfortado por haber conseguido que mis padres pudieran ver en mí algo más que a ese pequeño monstruo que les amargaba sus días.

Después de desayunar le habría dicho a mi madre que no se preocupara por Jaime.

—Yo le despierto y le acompaño a desayunar mientras tú te arreglas tranquila. ¿Te parece bien, mamá?

Sé que ella habría asentido, reprochándose en silencio no ser capaz de quererme más.

Jaime seguiría dormido cuando yo regresara al cuarto. Me sentaría en el borde de su cama y le despertaría soplándole porque eso le divertiría. Le acompañaría a la cocina y yo mismo le serviría la leche en el tazón y le alcanzaría las galletas. Luego permanecería a su lado hasta que terminara de desayunar.

 

 

Sí. Así debería haber sucedido. Seguramente eso habría alentado algún sentimiento benévolo en mi madre hacia mí y mi padre; aun reconociendo mis defectos, se habría sentido conmovido por mi actitud.

Pero sucedió como sucedió, de manera que me encontré expulsado de mi cuarto, aunque he de admitir que no lo lamenté demasiado. A pesar de lo exigua que era la nueva habitación, tal y como había dicho mi madre, estaba distanciada de la de Jaime. Y era mía. Podía disfrutar de la soledad sin tener que soportar la presencia permanente de mi hermano.

Me preguntaba cómo era posible que mi madre me conociera tan bien. A mi pesar, la admiraba por eso. No me sorprendió que el lunes le pidiera a María que no perdiera de vista a Jaime.

—No se preocupe, señora, que yo sé cómo se las gasta Thomas y hay que ponerle cien ojos. Lo que no se le ocurra a ese chico…

Mi madre asintió. Temía por mi hermano, tal era su desconfianza en mí.

Jaime me dijo que echaba de menos no tenerme en el cuarto de al lado, lo que le costó que le propinara una patada en la espinilla.

—Pues yo no te echo de menos a ti. Al menos no tengo que estar viendo a cada rato tu cara tonta de no haber roto nunca un plato.

Ni siquiera se quejó. Encajó la patada lo mismo que había encajado las muchas collejas que le había ido propinando a lo largo de nuestra corta vida.

Todo en Jaime me molestaba. La inocencia que reflejaba su rostro, su disciplina para estudiar, el que le gustara a todo el mundo, no sólo porque era guapo, sino por su carácter alegre y abierto.

María solía decir que Jaime estaba lleno de buenas ideas y yo de malas ideas. Tenía razón. Así era, así ha seguido siendo.

No volví a intentar deshacerme de mi hermano. Opté por la indiferencia. Una indiferencia activa para hacerle daño porque el incauto, a pesar de mis desplantes, me quería.

Decidí no dirigirle la palabra. Tampoco respondía cuando me hablaba, lo que le entristecía mucho. Mi madre me reprochó mi actitud, pero también a ella había decidido ignorarla. No importaba lo que me dijera, cuando se dirigía a mí yo miraba hacia otro lado, incluso me ponía a tararear para dejar claro que nada de lo que pudiera decirme me importaba.

Mi padre intentó que le explicara el porqué de mi actitud, pero me encogí de hombros ante sus preguntas.

—Thomas, ya no eres tan pequeño, no puedes comportarte así. Mamá sufre y Jaime te quiere mucho y no comprende por qué le ignoras. ¿Puedes decirme a qué se debe tu comportamiento?

No, no podía decírselo. Debería haber comprendido que aborrecía a mi madre y a mi hermano. Y la causa de mi odio no era otra que la de que Jaime se parecía físicamente a mi padre: delgado, con el cabello trigueño y los ojos entre grises y azulados, y la piel blanca como la leche. Mientras que yo… yo era clavado a mi madre, pero lo que en ella podía resultar atractivo, en mí era un desastre: bajo de estatura para mi edad, cabello negro y la piel con un tinte oscuro. Aún recuerdo el día en que una compañera de clase me dijo que parecía que me habían metido en una tostadora. Le di un empujón y una bofetada. Nos separó Joseph, quien le recriminó a ella que me hubiera comparado con una tostada y a mí que la hubiese golpeado.

Joseph era el líder de la clase. No hacía nada para serlo, simplemente lo era.

No se trataba del típico empollón odioso; todo lo contrario. Si alguien llegaba a clase con los deberes sin hacer, Joseph le pasaba su cuaderno para que los copiara, y en los exámenes hacía lo imposible por que el que estuviera a su lado pudiera echar una mirada a su hoja de examen.

Alto y fuerte, siempre sonriente, era amigo de todos y el favorito de los profesores. Pero no hacía nada especial para serlo, simplemente era como era y eso le granjeaba la simpatía de cuantos le trataban.

Si no hubiese sido por él, el resto de mis compañeros apenas se habrían relacionado conmigo. Era Joseph quien me invitaba a jugar al fútbol con el resto de la clase o quien me incorporaba a las conversaciones en el patio del colegio.

Yo era consciente de que, de no haber sido por él, los demás me habrían ignorado. No les caía bien y tenían razones para ello. Con algunos me había pegado, a otros les había destrozado los cuadernos o los libros sólo para demostrarles que yo era capaz de todo. Me habrían evitado como a la peste si Joseph no hubiera impuesto su liderazgo para que no me marginasen.

He de reconocer que tenía un sentimiento ambiguo respecto a él. Le admiraba, sí, no podía dejar de reconocer que era el mejor de todos nosotros, y me hubiera gustado que fuera mi amigo; en realidad fantaseaba con ser su único amigo. Pero sabía que eso no era posible. Joseph me trataba como a un compañero de clase pero no era mi amigo. Nunca habíamos intercambiado ninguna confidencia ni tampoco nos veíamos fuera del ámbito escolar. Sabía que Joseph se veía con algunos compañeros de clase los fines de semana. Los oía hablar del partido de baloncesto al que habían ido con alguno de sus padres, o de la película que habían visto, o de algunas tardes de sábado jugando al béisbol. No ser parte de la vida de Joseph me dolía. Para él tan sólo era un compañero de colegio, uno más, aunque he de reconocer que nunca me dejó de lado cuando algún alumno murmuraba sobre mí quejándose por haberle destrozado el cuaderno de deberes o haberle pisoteado el bolígrafo o arrojado por la ventana algún libro de texto una tarde de lluvia.

Me hubiera gustado que Joseph me hubiera impuesto entre sus amigos, sus verdaderos amigos, aquellos a los que frecuentaba a la salida del colegio. Pero nunca lo hizo. Yo no existía para él más allá de la escuela; aun así, era mi único valedor ante mis profesores y compañeros.

Creo que teníamos dieciséis o diecisiete años, no recuerdo bien, cuando Claire llegó al colegio. Era francesa, y, según nos explicó, a su padre la empresa en que trabajaba le había destinado a Nueva York, de manera que ella tendría que terminar la secundaria con nosotros.

Si hasta entonces Joseph había sido el único líder de la clase, a partir de ese momento Claire le acompañó en su liderazgo. Las chicas la admiraban y envidiaban a partes iguales. Y nosotros, bueno, nosotros nos enamoramos todos de ella. No es que fuera una belleza, pero su manera de hablar, de moverse, de vestir, la hacían diferente. Las chicas empezaron a imitarla con poco éxito. Ella era diferente, era francesa.

Yo andaba encandilado por Claire hasta que descubrí que Joseph y ella se habían enamorado. No es que hicieran nada especial para demostrar su enamoramiento, simplemente era imposible no ver las miradas que se intercambiaban, o cómo procuraban rozarse el uno con el otro cuando pasaban cerca, o cómo Joseph de repente buscaba su aprobación a cuanto hacía, o cómo, si ella llevaba un pantalón nuevo o una camiseta ceñida, le miraba de reojo ansiosa por saber si a él le gustaba.

Los demás aceptaron que entre Joseph y Claire comenzaba a forjarse algo especial, pero yo no podía soportarlo. Me sentía doblemente traicionado. ¿Por qué aquella chica no se fijaba en mí? ¿Por qué para Joseph los demás habíamos dejado de existir?

Empezó a ser habitual que salieran juntos del colegio y que él la llevara en la moto hasta su casa, o que aquellas tardes de sábado en que solía reunirse con los amigos para jugar al béisbol ahora quedara con Claire para ir al cine, a pasear o a tomar una hamburguesa. Los demás habíamos dejado de contar. Yo me preguntaba si nos veían o éramos sólo parte del decorado.

No pude evitar sentir rencor hacia Claire. Había roto el statu quo en el colegio aumentando mi soledad, y eso no podía perdonárselo.

Tenía que encontrar la manera de que Joseph rompiera con ella. No iba a ser fácil porque para todos era evidente que se habían enamorado, y ese primer amor no deja lugar a nada ni a nadie fuera de ese sentimiento absorbente.

Mi madre se dio cuenta de que algo pasaba. Lo dijo una noche durante la cena.

—No sé si estás tramando algo o es que estás madurando, pero llevas unos días sin crear problemas en casa.

—No seas así, Carmela, ¿es que no puedes valorar el buen comportamiento de Thomas? —le reprochó mi padre.

En otro momento me habría fastidiado el comentario de mi madre, pero casi ni le presté atención. Tampoco agradecí, ni siquiera en silencio, el comentario de mi padre. Me obsesionaba hallar el modo de lograr que Claire decepcionara a Joseph y que éste dejara de prestarle atención. Entonces todo volvería a ser como antes.

Jaime me miró con curiosidad. Para él era un alivio que yo tuviera otras preocupaciones porque eso había supuesto que llevaba días sin atormentarle. La última vez que me ocupé de mi hermano fue para derramar un tintero sobre los dibujos que debía entregar a la mañana siguiente en el colegio.

No fue sencillo encontrar el modo de interferir entre Claire y Joseph. Se me ocurrió que lo único que podría provocar el enfado de Joseph era que alguien viera a Claire besarse con otro, pero iba a ser difícil que eso sucediera. Sólo tenía una opción y era ser yo mismo quien la besara. El problema era que ella apenas se daba cuenta de mi existencia.

Preparé minuciosamente mi plan. No podía fallar nada o, de lo contrario, no sólo me pondría yo en evidencia, sino que ni Joseph ni el resto de la clase me lo perdonarían y quedaría proscrito para siempre.

Tenía que ser el miércoles. Era el único día que Joseph no iba a buscar a Claire para ir juntos a clase. Los miércoles a primera hora daba clase de violín y llegaba con el tiempo justo al colegio. Debía aprovechar la hora de entrada en clase para abordar a Claire, quien, como había observado, solía llegar la primera.

El miércoles elegido estaba nervioso. No las tenía todas conmigo de que el plan pudiera salir bien.

Salí de casa temprano y cuando llegué a clase aún no había llegado ninguno de mis compañeros, tampoco Claire. El drama tenía que desarrollarse en pocos minutos, no había tiempo para más.

Claire llegó, como siempre, diez minutos antes de que comenzara la clase y se sorprendió al verme en el aula enfrascado en la lectura del libro de física.

—¡Uy, qué pronto has venido!

—Sí, es que estoy repasando, no entiendo muy bien la física… No se me da demasiado bien y como en unos días tenemos examen, he venido un poco antes.

—Si quieres te echo una mano. ¿Qué es lo que no entiendes? —me dijo acercándose a mí.

—Esto —le dije señalando la página abierta mientras miraba el reloj de reojo. No podía precipitarme.

Se sentó a mi lado y empezó a explicarme uno de los problemas de física. Yo la miraba atento, como si realmente me interesara lo que me estaba contando. Cuando escuché unos pasos que se acercaban al aula, actué deprisa. La agarré con fuerza del cuello y la eché sobre la mesa, luego empecé a besarla. Ella intentaba zafarse pero yo no se lo permitía; forcejeamos y, como pude, le desabroché algunos botones de la blusa.

La puerta se abrió. Algunos de nuestros compañeros se disponían a entrar, pero se quedaron quietos en el umbral al verme encima de Claire.

Me aparté y ella logró incorporarse. Había al menos media docena de alumnos mirándonos.

—Ha sido él… Es un hijo de puta… Me ha obligado… —balbuceó Claire.

—Pero ¿qué dices? ¡Si has sido tú quien me ha besado! —respondí yo.

Ella comenzó a abrocharse la blusa y a estirarse la falda. Parecía confundida, además de avergonzada, por las miradas recriminatorias de nuestros compañeros.

—No he sido yo… Se ha echado sobre mí… Le estaba ayudando con la física… —intentó explicar Claire.

Para ese momento los murmullos se habían elevado y los que entraban escuchaban de labios de los primeros en llegar lo que habían visto.

—Se estaban morreando —contó una chica a otra recién llegada.

—¿Morreando? Si tardamos un minuto más no sé cómo los habríamos encontrado —intervino otra de las chicas.

—¡Pobre Joseph! —se lamentó Ian, que compartía pupitre con él.

—Habrá que decírselo… —añadió Simon, el empollón de la clase.

—¡Qué putada! Yo no pienso decir nada… Si Claire se ha cansado de Joseph, que se lo diga. Es lo menos —afirmó otra de las chicas.

—¡Yo no he hecho nada! —gritó Claire.

—¡Pero si os hemos visto! —exclamó Simon.

—¡No habéis visto nada! ¡Este cerdo me ha atacado! —se defendió Claire.

—Ya… Te ha atacado… Invéntate otra cosa —replicó la fea de la clase.

Yo no había dicho ni una palabra. Era mejor que fueran los demás los que hablasen. Hasta ese momento nadie me culpaba de lo sucedido. Aun entre nosotros, que éramos jóvenes, funcionaban los viejos prejuicios. A las chicas de la clase nunca les había caído bien del todo Claire porque era, si no la más guapa, sí la más atractiva, y todos los chicos de la clase la preferían sobre cualquiera de ellas. En cuanto a los chicos, funcionó el cliché de que las chicas demasiado resueltas, como lo era Claire, eran presas fáciles, que se ponían a tiro de cualquiera.

Para cuando llegara Joseph no habría nadie que no presumiera de habernos visto besándonos y, a poco que adornaran la versión de lo sucedido, sería Claire la que se había abalanzado sobre mí.

De repente se había desatado la envidia de ellas por ser Claire como era, diferente, y de ellos por no haber sido elegidos en vez de Joseph.

A primera hora teníamos física y Joseph llegó al mismo tiempo que el profesor.

—¡Uf, casi no llego, he perdido el autobús! —dijo Joseph sin dirigirse a nadie en especial.

Los murmullos se sucedían y el profesor terminó enfadándose.

—Pero ¿qué les sucede hoy? Si siguen hablando no continuaré dando la clase.

Yo miraba de reojo a Joseph que escuchaba con atención lo que le contaba Ian, quien no sólo era su compañero de pupitre sino también su mejor amigo. El rostro de Joseph parecía descomponerse por momentos y hubo un instante en que nuestras miradas se encontraron. Pude ver dolor, decepción y rabia en sus ojos. No fui capaz de sostener su mirada, de manera que bajé la cabeza para a continuación observar de reojo a Claire. Lo que pude leer en su rostro fue indignación y asco, pero en absoluto estaba rendida y la admiré por eso.

El profesor dio por finalizada la clase diez minutos antes de lo previsto en vista de que no le prestábamos atención y los murmullos iban en aumento.

Joseph se vino directamente hacia mi pupitre y se plantó delante de mí.

—Tenían razón los que decían que eres un cerdo y un miserable —me dijo conteniendo a duras penas su deseo de golpearme.

Me encogí de hombros, pero esta vez sí que le aguanté la mirada.

—No te enfades con él, enfádate con quien ha provocado todo esto —dijo una de las chicas.

—Jennifer tiene razón. A ver quién se resiste si una chica se te tira al cuello —añadió otro compañero.

—¡Hijos de puta!

La exclamación de Joseph nos sorprendió a todos. Nunca hasta ese momento le habíamos escuchado un taco.

—Pregúntale a Claire qué ha pasado —sugirió maliciosamente Jennifer.

Pero lo que hizo Joseph fue recoger sus libros y salir de la clase. Claire salió detrás de él. Desde el pasillo nos llegó la voz de Joseph:

—¡Déjame en paz! Vete a tomar el pelo a otro.

—Yo no he hecho nada, te juro que ha sido Thomas el que se ha abalanzado sobre mí… —gimoteó Claire.

Sus voces se fueron perdiendo por el pasillo pero yo me daba por satisfecho. Sabía que Joseph no podría perdonar a Claire, no porque no quisiera, sino porque se sentía ridículo. Si la hubiese perdonado los de la clase le habrían considerado un calzonazos.

A partir de ese día se produjo una situación nueva para mí. A muchas de las chicas de clase que antes me habían ignorado ahora parecía interesarles. Algunos compañeros también me trataban de manera diferente, con más respeto, como si hubiera protagonizado una hazaña.

No sé cómo Claire y Joseph lograron esquivarse habida cuenta de que todos los días coincidían en clase. Él sólo hablaba con su grupo de incondicionales; en cuanto a Claire, pasó a ser ignorada por toda la clase. Nadie le dirigía la palabra, la trataban como a una apestada. Cuando terminó el curso dejó el colegio y nunca más supimos de ella.

¿Qué gané con aquella acción tan despreciable? En realidad nada. Le quité a Claire pero perdí a Joseph para siempre. Porque Joseph no me perdonó. No volvió a cruzar una palabra conmigo y cuando me veía se alejaba como si yo fuera portador de la peste.

Tengo que admitir que disfruté de la situación durante un tiempo. Me reconfortaba saber que había sido capaz de poner en marcha un plan que, no por perverso, dejaba de ser difícil de ejecutar.

Hoy sé que aquella victoria no tenía el sabor del éxito. Tuve la oportunidad de volverme atrás pero no lo hice:

Cuando Claire ingenuamente se acercó a mí para ayudarme con los problemas de física debí dar marcha atrás con el plan. Podría haber escuchado sus explicaciones sobre cómo resolver los ejercicios y luego haberle dado las gracias.

—Menos mal que me has dicho cómo se hacen, anoche estuve intentándolo y no me salían. Y estoy seguro de que el profe me saca hoy a la pizarra, y ya sabes cómo le gusta pillarnos en falta.

—No me importa echarte una mano cuando no entiendas algo. A mí se me dan muy bien la física y las matemáticas, y además me gustan —comentaría ella.

Luego yo le habría dicho a Joseph algo así como: «Claire me ha ayudado con los problemas de física, ¡menudo cerebrito tiene!». Y él se habría sentido orgulloso de ella.

Sí, podría haber parado en aquel momento o incluso después enmendar el entuerto.

Por ejemplo, cuando Claire insistía en que yo me había abalanzado sobre ella, tendría que haberlo admitido.

—Tiene razón, lo siento… No sé qué me ha pasado. Yo… Bueno, de verdad que lo siento —podría haber dicho yo.

Seguramente las chicas me habrían tachado de «cerdo» y los chicos de «pobre desgraciado». Joseph se habría enfadado.

—Si te vuelves a acercar a Claire te parto la cara.

—Joseph, lo siento… Yo… no sé por qué lo he hecho. Por favor, perdóname. Te juro que no quería hacerle nada malo… No sé lo que me ha pasado.

—Ya te lo he advertido, ni se te ocurra acercarte a ella.

Sé que los de la clase se habrían reído de mí, y que me habrían criticado. Seguramente también me habrían hecho el vacío, pero puede que Joseph hubiera terminado perdonándome. Eso no lo sé. En cuanto a Claire… Bueno, no creo que ella me hubiese perdonado; me habría tachado de «salido» y, una vez superado el susto se habría reído de mí junto a las otras chicas.

Pero no lo hice, de manera que frustré el primer brote de amor que sintieron Joseph y Claire, y probablemente a pesar de los años transcurridos ninguno de los dos habrá olvidado lo sucedido y tampoco me habrán olvidado a mí. Su odio me habrá acompañado siempre aunque yo, con el devenir de la vida, dejara de pensar en ellos hasta hoy.

Aquel acontecimiento me enseñó que se me daba bien sembrar cizaña y recordé que tenía unas cuantas cuentas pendientes con mi madre.

Nunca comprendí por qué mi padre se había casado con ella. Eran tan distintos… Él era el perfecto WASP, blanco anglosajón y protestante. La familia de mi padre tenía una posición acomodada. Mi abuelo James era abogado y mi abuela Dorothy pertenecía a una familia de pequeños terratenientes, de modo que mi padre y su hermana, la tía Emma, pudieron estudiar en la vetusta Universidad de Harvard, ella literatura clásica, él leyes. Y la educación recibida había marcado su manera de ser y estar en el mundo.

Mi madre había nacido en Miami, era hija de un emigrante de origen hispano, casado con una norteamericana, tan pobre y poco agraciada como él. Cuando mi abuelo materno llegó a Estados Unidos llevaba la dirección de una organización católica dedicada a prestar ayuda a los emigrantes. Allí trabajaba mi abuela. Siempre he pensado que si mi abuelo se casó con ella fue para conseguir la nacionalidad porque realmente no debía de haber sido atractiva nunca. Pero habían trabajado duro para cumplir con el sueño americano y mi abuelo, que ejercía de contable, había logrado cierta posición, y aunque no sin sacrificios, envió a mi madre y al tío Oswaldo a un colegio privado. En el caso del tío Oswaldo fue una inversión inútil, no le gustaba estudiar, pero mi madre soñaba con ser enfermera y lo logró.

Mi madre pasó su infancia en Miami; luego, cuando ella era tan sólo una adolescente, la familia decidió trasladarse a Nueva York. Mi abuelo había conseguido un trabajo mejor. Aun así, no podían permitirse muchos lujos, de manera que mi madre nos solía explicar a Jaime y a mí que había hecho de todo: desde hacer de canguro a despachar hamburguesas o vender camisetas, cualquier cosa para ayudar a sus padres a pagar sus estudios de enfermería. Apenas salía y no gastaba más de lo imprescindible; su único objetivo había sido obtener el título de enfermera.

Mis padres se conocieron uno de esos días en que la lluvia empaña el final del verano en Nueva York, donde ella trabajaba en una hamburguesería cerca del Rockefeller Center. Ella caminaba por la calle sin paraguas y se cruzó con un joven que sí lo llevaba. Sin importarle que no le conociera le preguntó que adónde se dirigía y si podía refugiarse debajo de su paraguas. El desconocido, a pesar de su desconcierto, no sólo aceptó compartir su paraguas sino que la acompañó hasta el metro.

Cuando éramos pequeños mi padre nos contaba a mi hermano Jaime y a mí que se había enamorado de mi madre nada más verla.

Yo no lo comprendía. Se me escapaba el atractivo que pudiera tener mi madre. Morena de piel y de cabello, con los ojos negros que delataban sus orígenes hispanos y siempre a régimen por su tendencia a engordar. Tenía demasiado culo y eso le restaba elegancia, por más que mi padre hubiera hecho de Pigmalión enseñándole a vestir y a comportarse en consonancia con la posición social de su familia.

Años más tarde, cuando estrenaron Pocahontas, me enfureció ver lo mucho que se parecía a mi madre.

Lo primero que no le perdoné era parecerme a ella. Mi cabello y los ojos negros formaban parte de su herencia, así como mi tendencia a engordar. Jaime sin embargo se parecía a mi padre. Compartía con él el color trigueño del cabello y los ojos grises azulados, aunque los de Jaime eran más oscuros. Como mi padre, mi hermano era alto y espigado; ambos tenían una elegancia natural de la que carecíamos mi madre y yo. No importaba que mi madre vistiera trajes de marca, ni que sus elegantes bolsos fueran la envidia de sus compañeras del hospital. Siempre conservó un toque de vulgaridad. Yo la comparaba con mi abuela paterna, la abuela Dorothy, que aun vestida con ropa campestre era elegante. Supongo que su altura y delgadez contribuían a ello.

Me avergonzaba de mis abuelos maternos. Tanto el abuelo Ramón como la abuela Stella eran vulgares si los comparaba con los abuelos Spencer, y eso que a la abuela Stella yo le perdonaba que, aunque fea y gorda, al menos fuera norteamericana de pura cepa. Pero mi madre no había sacado nada de ella, ni sus ojos de azul desvaído ni su cabello castaño. Los genes hispanos de mi abuelo Ramón habían dominado sobre los de mi abuela Stella.

La gran obra de mis abuelos era que su hija mayor se hubiera convertido en enfermera. Para mi alivio vivían en Queens, lejos de Manhattan, aunque he de reconocer que cuando iba al colegio yo era el único que conocía aquel barrio en el que entonces vivían mayoritariamente hispanos. Ninguno de mis compañeros había puesto nunca los pies fuera de Manhattan.

Cuando mis abuelos maternos nos visitaban se los veía desplazados. No importaba cuán amable fuera mi padre con ellos, o que mis abuelos paternos procuraran acogerlos con cordialidad. La realidad es que no teníamos nada en común con ellos, nada que decirnos, nada que nos uniera salvo mi madre, y a mí eso no me parecía suficiente.

Pero si mis abuelos me avergonzaban, aún me hacía sentir peor Oswaldo, el hermano menor de mi madre. Achaparrado, con cara de indio, parecía lo que era: un emigrante hijo de emigrante que, en su caso, por haber fracasado en los estudios, se ganaba la vida con una pequeña empresa de pintura que había montado. Se reía con estrépito y comía como si estuviera permanentemente hambriento, y sobre todo me irritaba que en sus uñas siempre hubiera restos de pintura.

Mi madre era consciente de que su familia no encajaba con la nuestra, pero aun así no tenía piedad para con mi padre y mis abuelos paternos y, de cuando en cuando, nos imponía la presencia de los suyos. Lo peor era la cena de Nochebuena. Como mis abuelos Spencer se iban a Florida tras el día de Acción de Gracias y no regresaban hasta primeros de año, la Navidad la pasábamos en Queens. Mi hermano Jaime no parecía notar el cambio que suponía trasladarse de un lado a otro de la ciudad. Para mí era tanto como cruzar una frontera que me situaba en otra realidad. De Manhattan a un barrio de emigrantes en el que el paisaje humano era diferente, tanto como lo eran las tiendas de la Quinta Avenida o de Madison Avenue respecto a los comercios pobretones de Queens.

Mi madre llevaba a gala su origen hispano, tanto que a nosotros nos había bautizado con nombres españoles. También había impuesto que Jaime y yo fuéramos católicos sin importarle que mi padre fuera episcopaliano. Pero yo me resistía a que me llamara Tomás en vez de Thomas, y terminó cediendo.

Tengo que reconocer que mi hermano Jaime parecía satisfecho con nuestros abuelos maternos. Siempre se mostraba cariñoso con ellos.

A mí me daba vergüenza que nos vieran en su compañía, de manera que casi prefería visitarlos en Queens a que fueran ellos los que acudieran a nuestra casa en Manhattan, donde temblaba al pensar que podía tropezarme con algún compañero de clase y tener que explicar que aquel hombre de piel cetrina y rasgos diferentes era mi abuelo.

Yo no me engañaba, y pese a todos esos discursos sobre la igualdad, sabía que en Estados Unidos los hispanos, en consideración social, apenas estaban por encima de los negros.

Sí, ya sé que años después Clinton fue presidente gracias al voto afroamericano mientras que Obama lo fue gracias a los hispanos, minorías importantes que están en el sector servicios de los blancos. Y yo no quería tener nada que ver con ellos.

Mi madre no dejaba de repetirme que yo había sido un niño difícil desde el día de mi nacimiento. Tardé catorce horas en llegar al mundo, provocándole un sufrimiento que decía que no olvidaría nunca. Al parecer los primeros meses de mi vida no dejaba de llorar y no pudo dormir una noche entera. De manera que no empezamos muy bien mi madre y yo, al revés de lo que sucedió con Jaime, que, según ella, lo trajo al mundo casi sin enterarse y nunca le dio una mala noche.

Yo fui un niño colérico y de cuando en cuando mi madre me daba algún que otro azote. Me defendía, claro está, y nada más recibir un azote yo le daba una patada, lo que provocaba que ella me respondiera con un pescozón. Aun así, he de reconocer que era yo quien la apartaba cuando intentaba darme un beso, abrazarme o cogerme en brazos. No soportaba su contacto físico. Recuerdo un día, tendría yo siete u ocho años, en que intentó darme un beso cuando estaba distraído y respondí con una patada diciéndole «déjame, que hueles mal». No me gustaba el olor de la piel de mi madre. Me resultaba un olor denso, profundo, demasiado parecido al que yo desprendía.

Cuando Jaime nació comprobé que mi madre se deshacía en mimos con él. Jaime no la rechazaba sino que se mostraba ansioso por recibir cualquier gesto de cariño. Y mi madre parecía disfrutar de que por fin le permitieran dejar aflorar toda la ternura que yo rechazaba. Sonreía feliz al verle, le cogía en brazos apretándole con mimo, se pasaba las horas mirándole y presumía orgullosa de lo guapo que era Jaime.

Mi padre solía indicarle con algún gesto que se contuviera, que allí estaba yo, que no debía hacer diferencias conmigo. Entonces ella alargaba la mano y me acariciaba la cabeza, pero yo me apartaba y me miraba con tristeza.

Mi desapego hacia ella lo torné en rencor. Nuestra relación se convirtió en una batalla permanente y, ensoberbecido por haber logrado la ruptura de Joseph y Claire, me pareció que había llegado el momento de ganar la guerra a mi madre.

Tenía que conseguir que mis padres se separaran, que ella se fuera de nuestra casa. Daba por sentado que yo me quedaría con mi padre, mientras que Jaime se iría con nuestra madre.

El reto que se me planteaba era cómo hacerlo. Por más que pensaba, no encontraba nada que se pudiera reprochar a mi madre. Vivía dedicada a su trabajo y a su familia, y contaba con el aprecio de cuantos la conocían. Incluso mi abuela paterna, siempre exigente, se mostraba afable con ella.

Empecé a dormir mal, obsesionado como estaba en hallar el modo de separar a mis padres, y en una de esas noches de insomnio se me ocurrió que la única manera de encontrar algo que pudiera perjudicar a mi madre pasaba por que la vigilara de cerca, no sólo en casa.

Pero salir sin una buena excusa no iba a resultar tan fácil. Mi padre era muy estricto respecto a los horarios y mi madre siempre quería saber dónde y con quién estábamos, así que tuve que decirles que necesitaba correr, que hacer footing me relajaba.

Se fueron acostumbrando a verme marchar a distintas horas enfundado en un chándal. Por la mañana antes de ir a clase, por las noches antes de cenar, y alguna tarde suelta.

—Pues sí que le ha cogido afición a correr —dijo mi madre, que no terminaba de comprender por qué me había dado por hacer deporte habida cuenta de que hasta entonces yo no había sido ningún entusiasta del ejercicio físico.

—Va creciendo, está madurando. No protestes, Carmela, es mejor que Thomas se aficione a correr y no ande por ahí perdiendo el tiempo —alegó mi padre.

Mi madre trabajaba como enfermera intensivista en el hospital Mount Sinai, que no estaba demasiado lejos de casa. Sólo tenía que cruzar Central Park para llegar al hospital, situado entre la Quinta Avenida y Madison Avenue. Cuando hacía buen tiempo, solía ir caminando a buen paso; no tardaba más de treinta minutos. Mi padre no parecía entender por qué ella insistía en trabajar tantas horas, considerando que disponíamos de recursos más que sobrados para que mantuviéramos un alto nivel de vida. En ocasiones los oí hablando de eso. Pero a mi madre le había costado mucho lograr ser enfermera.

Correr fue la excusa para seguir a mi madre. Al fin y al cabo vivíamos muy cerca de Central Park, en una calle que se hizo famosa, la Setenta y dos, en el Upper West Side, donde estaba el edificio Dakota en que vivió John Lennon hasta que un loco acabó con su vida.

Me conocía al dedillo los horarios de mi madre: a qué hora entraba y salía, dependiendo del turno en que le tocara trabajar.

Solía esconderme en la acera frente a la entrada del hospital. Desde allí yo veía entrar y salir a la gente, pero era difícil que me vieran a mí.

En ocasiones mi madre salía del hospital sola, otras con algunos de sus compañeros de trabajo. Normalmente la veía salir con otra enfermera, que era además su mejor amiga, Alta Gracia, también de origen hispano.

Aún hoy me resulta chocante el nombre de Alta Gracia. Al parecer corresponde a una Virgen de un santuario en República Dominicana, que es de donde procedía la amiga de mi madre.

Solían quedarse unos segundos hablando en la puerta antes de despedirse. Otras veces caminaban un rato juntas. Me sorprendía lo embebidas que estaban en sus conversaciones. Y las risas. Sí, esa manera abierta y descuidada de reír a carcajadas sin preocuparse de que las miraran.

Me fastidiaba comprobar que mi madre estaba sumida en una rutina de la que no se apartaba un milímetro. No importaba que fueran las dos de la tarde o las diez de la noche: cuando salía del hospital iba directa a casa.

Llegué a pensar en colarme en el hospital, pero allí me habría sido difícil espiarla. A buen seguro me habrían pillado.

Llevaba un mes espiando a mi madre y ya estaba a punto de convencerme de que no iba a averiguar nada con que perjudicarla, cuando una tarde sucedió algo inesperado.

La vi salir con Alta Gracia. Caminaban con paso rápido y parecían muy serias. Iban juntas cogidas del brazo. ¿Adónde se dirigían?

Anduvieron durante media hora por Madison Avenue hasta llegar a Harlem. Las seguí hasta un grupo de viviendas bajas en la calle Ciento treinta. Subieron los escalones sin mirar atrás y Alta Gracia sacó una llave y entraron en la casa.

¿De quién era esa casa? ¿Qué hacían allí? Pensé que podía ser el domicilio de Alta Gracia, al fin y al cabo yo no sabía dónde vivía, aunque sí le había escuchado a mi madre comentar que su amiga era soltera.

—No quiere compromisos, ni mucho menos tener hijos. Dice que prefiere disfrutar de la vida —le contó en una ocasión a mi padre.

—Ahora es joven, pero cuando sea mayor echará de menos compartir su vida con alguien —observó mi padre.

—Bueno, se puede compartir la vida sin necesidad de estar bajo el mismo techo o traer hijos al mundo —replicó mi madre.

No sé por qué recordé en ese momento aquella conversación. Sería porque intentaba encontrar un sentido a la estancia de mi madre en aquella casa. A lo mejor habían decidido tomar el té juntas, o habían ido a visitar a alguien. No se me ocurría ninguna otra razón.

Observé que alguien corría las cortinas de los ventanales exteriores. No me dio tiempo a ver quién era. Me fastidió, aunque realmente tampoco hubiese sido posible contemplar nada de lo que sucedía dentro teniendo en cuenta que yo estaba en la acera de enfrente, detrás de un coche para mantenerme a cubierto.

Mi madre tar ...