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HOPELESS

Colleen Hoover

5


Fragmento

Índice

Hopeless

Domingo, 28 de octubre de 2012. Las 19.29

Sábado, 25 de agosto de 2012. Las 23.50

Lunes, 27 de agosto de 2012. Las 7.15

Lunes, 27 de agosto de 2012. Las 15.55

Lunes, 27 de agosto de 2012. Las 16.47

Lunes, 27 de agosto de 2012. Las 17.25

Lunes, 27 de agosto de 2012. Las 19.10

Martes, 28 de agosto de 2012. Las 6.15

Martes, 28 de agosto de 2012. Las 7.55

Miércoles, 29 de agosto de 2012. Las 6.15

Viernes, 31 de agosto de 2012. Las 11.20

Viernes, 31 de agosto de 2012. Las 16.50

Sábado, 1 de septiembre de 2012. Las 17.05

Sábado, 1 de septiembre de 2012. Las 19.15

Trece años antes

Lunes, 3 de septiembre de 2012. Las 7.20

Martes, 4 de septiembre de 2012. Las 6.15

Viernes, 28 de septiembre de 2012. Las 12.05

Viernes, 28 de septiembre de 2012. Las 23.50

Sábado, 29 de septiembre de 2012. Las 8.40

Recibe antes que nadie historias como ésta

Sábado, 29 de septiembre de 2012. Las 9.20

Sábado, 29 de septiembre de 2012. Las 10.25

Sábado, 29 de septiembre de 2012. Las 22.15

Lunes, 22 de octubre de 2012. Las 12.05

Viernes, 26 de octubre de 2012. Las 15.40

Trece años antes

Sábado, 27 de octubre de 2012. En algún momento de la madrugada

Sábado, 27 de octubre de 2012. Las 20.20

Trece años antes

Sábado, 27 de octubre de 2012. Las 23.20

Sábado, 27 de octubre de 2012. Las 23.57

Domingo, 28 de octubre de 2012. Las 00.37

Trece años antes

Domingo, 28 de octubre de 2012. Las 2.45

Domingo, 28 de octubre de 2012. Las 3.10

Domingo, 28 de octubre de 2012. Las 7.50

Domingo, 28 de octubre de 2012. Las 17.15

Trece años antes

Domingo, 28 de octubre de 2012. Las 19.10

Trece años antes

Domingo, 28 de octubre de 2012. Las 19.29

Lunes, 29 de octubre de 2012. Las 9.50

Lunes, 29 de octubre de 2012. Las 16.15

Lunes, 29 de octubre de 2012. Las 16.35

Catorce años antes

Lunes, 29 de octubre de 2012. Las 16.57

Lunes, 29 de octubre de 2012. Las 17.29

Lunes, 29 de octubre de 2012. Las 23.35

Trece años antes

Martes, 30 de octubre de 2012. Las 00.10

Martes, 30 de octubre de 2012. Las 9.05

Martes, 30 de octubre de 2012. Las 19.20

Martes, 30 de octubre de 2012. Las 20.45

Martes, 30 de octubre de 2012. Las 22.15

Trece años antes

Agradecimientos

Notas

Biografía

Créditos

Acerca de Random House Mondadori

Para Vance.

Algunos padres te dan la vida.

Algunos te enseñan a vivirla.

Gracias por enseñarme a vivir la mía.

Domingo, 28 de octubre de 2012

Las 19.29

Me pongo en pie y miro la cama conteniendo la respiración, atemorizada por los ruidos que ascienden desde lo más profundo de mi garganta.

No lloraré.

No lloraré.

Lentamente me arrodillo, pongo las manos en el borde de la cama y recorro con los dedos las estrellas amarillas esparcidas sobre el fondo azul oscuro del edredón. Me quedo mirándolas hasta que comienzan a desdibujarse debido a las lágrimas que me nublan la vista.

Cierro los ojos y hundo la cabeza en el colchón, agarrando el edredón con todas mis fuerzas. Empiezan a temblarme los hombros y brotan de mí los sollozos que he intentado contener. Con un movimiento veloz me levanto, chillo, arranco el edredón y lo lanzo a la otra punta de la habitación.

Aprieto los puños y busco desesperadamente alguna otra cosa que pueda arrojar. Cojo las almohadas y se las echo a la desconocida que veo reflejada en el espejo. Ella me sostiene la mirada mientras gimotea, y me enfurece la debilidad que muestran sus lágrimas. Nos abalanzamos la una hacia la otra hasta que, finalmente, nuestros puños chocan contra el cristal y rompen el espejo. La veo caer en la alfombra, sobre un millón de trocitos brillantes.

Agarro el tocador por el borde, lo empujo hacia un lado y dejo escapar otro grito que he reprimido durante demasiado tiempo. Cuando consigo volcarlo, vacío los cajones y revuelvo, lanzo y aporreo todo lo que encuentro a mi paso. Tiro de las finas cortinas azules hasta que se parte la barra y caen sobre mí. Alcanzo las cajas apiladas en lo alto de una esquina y, sin ni siquiera mirar lo que hay en ellas, arrojo la primera contra la pared, con todas las fuerzas que mi cuerpo de un metro y sesenta centímetros es capaz de reunir.

—¡Te odio! —grito—. ¡Te odio, te odio, te odio!

Tiro todo lo que encuentro contra todo lo que veo. Cada vez que abro la boca para chillar percibo el gusto salado de las lágrimas que me recorren las mejillas.

De repente, Holder me abraza por detrás, tan fuerte que no puedo ni moverme. Me sacudo y me zarandeo, y sigo chillando hasta que pierdo el control de mis acciones, las cuales se convierten en meras reacciones.

—Basta —me pide al oído con una voz tranquila, sin querer soltarme.

Lo oigo, pero finjo no hacerlo. O simplemente no me importa lo que Holder diga. Intento librarme de él, pero lo único que consigo es que me apriete más.

—¡No me toques! —grito a pleno pulmón, arañándole los brazos, pero él ni se inmuta.

No me toques. Por favor, por favor, por favor.

La vocecita resuena en mi cabeza y, en ese instante, caigo rendida en sus brazos. Cuanto más frágil me siento yo, más potentes son mis llantos, tan potentes que me consumen. Me he convertido en un mero recipiente de las lágrimas que no dejo de derramar.

Me encuentro muy débil y estoy dejando que él venza.

Holder apoya las manos sobre mis hombros y me da la vuelta. Ni siquiera soy capaz de mirarlo. Me derrumbo en su pecho con una sensación de cansancio y derrota, y me agarro a su camiseta y lloro con la mejilla apretada contra su corazón. Él pone la mano en mi nuca y acerca la boca a mi oreja.

—Sky —me dice con una voz firme y serena—, vete de aquí. Ahora mismo.

Sábado, 25 de agosto de 2012

Las 23.50

Dos meses antes...

Me gustaría pensar que la mayoría de las decisiones que he tomado a lo largo de mis diecisiete años de vida han sido sabias. Espero que la sabiduría se mida por peso, y que las pocas decisiones desacertadas pesen menos que las acertadas. Si es así, mañana tendré que tomar un montón de decisiones sabias, porque dejar que Grayson se cuele por la ventana de mi habitación por tercera vez en un mes inclina mucho la balanza hacia el lado de los desaciertos. De todos modos, el tiempo es la única manera de medir con exactitud el nivel de estupidez de una decisión. Por lo tanto, antes de emitir un veredicto, esperaré hasta ver si me pillan.

A pesar de lo que pueda parecer, no soy una putilla. A menos que esa palabra se aplique a la chica que se lía con muchos chicos sin sentir ningún tipo de atracción por ellos. En ese caso podría discutirse si lo soy.

—Date prisa —me pide Grayson desde el otro lado de la ventana cerrada, muy molesto por mi falta de urgencia.

Quito el pestillo y deslizo la ventana hacia arriba, intentando no hacer ruido. Por mucho que Karen sea una madre diferente, desaprueba igual que las demás que deje entrar a chicos en mi habitación en mitad de la noche.

—Habla más bajo —susurro.

Grayson sube de un salto a la ventana, pasa las piernas por encima del alféizar y entra en la habitación. Es una ventaja que las ventanas de este lado de la casa estén a apenas un metro del suelo, porque es casi como tener mi propia puerta. De hecho, Six y yo las habremos utilizado más a menudo que las puertas para ir de una casa a otra. Karen está tan acostumbrada a ello que ni siquiera se queja de que la tenga abierta la mayor parte del tiempo.

Antes de correr las cortinas miro hacia la ventana de la habitación de Six. Con una mano me saluda y con la otra tira del brazo de Jaxon. Él, en cuanto consigue entrar, se da la vuelta y asoma la cabeza.

—Quedamos dentro de una hora en mi camioneta —le susurra lo suficientemente alto a Grayson, y acto seguido cierra la ventana y corre las cortinas.

Six y yo hemos sido uña y carne desde el día en que ella se mudó a la casa de al lado, hace cuatro años. La ventana de su habitación está junto a la mía, lo que ha resultado ser muy práctico. Las cosas comenzaron de un modo muy inocente. A los catorce años yo entraba a hurtadillas en su habitación por la noche, y robábamos helado del congelador y veíamos películas. A los quince empezamos a invitar a chicos a comer helado y a ver películas con nosotras. Para cuando cumplimos los dieciséis el helado y las películas habían quedado en un segundo plano. Ahora, con diecisiete, no nos molestamos en salir de nuestras respectivas habitaciones hasta después de que los chicos se marchen. Es entonces cuando el helado y las películas retoman su protagonismo.

Ella cambia de novio tan a menudo como yo de sabor de helado favorito. Este mes le toca Jaxon, y a mí el chocolate. Grayson y Jaxon son muy amigos, y ese fue el motivo por el que Grayson y yo empezamos a vernos. Cuando el sabor preferido de Six tiene un amigo que está bueno, ella lo deja en mis manos. Grayson está muy bueno. Es innegable que tiene un cuerpazo, un peinado perfectamente desaliñado, unos ojos oscuros y penetrantes... y todo lo demás. Para la mayoría de las chicas que conozco sería todo un privilegio el simple hecho de estar en la misma habitación que él.

Es una pena que para mí no lo sea.

Corro las cortinas y, al darme la vuelta, me encuentro a Grayson a escasos centímetros de mí, preparado para que empiece la función. Coloca las manos en mis mejillas y esboza su sonrisa mojabragas.

—Hola, preciosa —me dice.

Antes de que pueda responderle, sus labios saludan a los míos de una forma muy húmeda. Él continúa besándome mientras se quita las zapatillas sin ningún esfuerzo. Nos acercamos a la cama sin despegar las bocas. La facilidad con la que hace ambas cosas al mismo tiempo es tan sorprendente como preocupante.

—¿Has cerrado la puerta con llave? —me pregunta tras tumbarme lentamente sobre la cama.

—Compruébalo —respondo.

Me da un pico en los labios y va a asegurarse de que la puerta está cerrada. En los trece años que llevo viviendo con Karen no me ha castigado ni una sola vez, así que no quiero darle motivos para que empiece a hacerlo ahora. Cumpliré los dieciocho dentro de unas semanas, e incluso entonces, y durante el tiempo que siga viviendo bajo este techo, dudo que cambie su modo de educarme.

No quiero decir que sea un modo negativo. Simplemente es... muy contradictorio. Karen siempre ha sido muy estricta. Nunca hemos tenido ni acceso a internet, ni teléfono móvil, ni tampoco televisor porque, según ella, la tecnología es el germen de todos los males del mundo. Sin embargo, es muy indulgente en otros aspectos. Me deja salir con Six siempre que quiero, con la única condición de que le haga saber dónde estoy, y ni siquiera tengo una hora límite para regresar a casa. Nunca he vuelto demasiado tarde, así que puede que la tenga y que no me haya dado cuenta.

A mi madre no le importa que diga palabrotas, aunque apenas se me escapa alguna. Incluso me deja cenar con vino de vez en cuando. Me adoptó hace trece años, pero me habla como si fuese su amiga en lugar de su hija. Además, me ha instigado a que hable con ella con (casi) total sinceridad sobre todo lo que me pase.

Con Karen no hay medias tintas. Es muy indulgente o muy estricta. Es como una conservadora liberal. O una liberal conservadora. Sea lo que sea, no es fácil entenderla, así que dejé de intentarlo hace años.

El único tema sobre el que hemos discutido es el instituto. Ella se ha encargado de educarme en casa (el colegio le parece otro germen del mal) y le he rogado que me deje matricularme en el instituto desde que Six me metió la idea en la cabeza. He enviado la solicitud a varias universidades, y me parece que tendré más oportunidades de acceder a las facultades que me interesan si puedo añadir algunas actividades extracurriculares. Tras varios meses de súplicas por parte de Six y de mí, finalmente Karen dio su brazo a torcer y aceptó que me matriculara para el último curso. Con mi programa de estudio en casa, en un par de meses habría conseguido los créditos suficientes para graduarme, pero una pequeña parte de mí siempre ha querido vivir la vida como una adolescente más.

De todos modos, si hubiese sabido que Six se iría a hacer un intercambio en el extranjero justo el mismo día en que íbamos a empezar juntas el último curso, jamás se me habría pasado por la cabeza la idea de matricularme en el instituto. Pero soy muy terca, y antes que decir a Karen que he cambiado de idea me clavaría un tenedor en la palma de la mano.

He intentado no pensar en que este año no tendré a Six a mi lado. Sé que ella estaba deseando irse de intercambio, pero la parte egoísta de mí no quería que lo hiciese. Me aterroriza la idea de tener que cruzar aquellas puertas sin ella. Pero soy consciente de que nuestra separación es inevitable y de que, antes o después, tendré que enfrentarme al mundo real, en el que habrá más gente aparte de Six y de Karen.

He sustituido mi falta de acceso a la realidad por libros, pero no puede ser saludable vivir siempre en una fantasía en la que todos son felices y comen perdices. Leer también me ha iniciado en los (quizá exagerados) horrores del instituto: los primeros días, las camarillas y las chicas crueles. Según Six, no me va a ser de gran ayuda la fama de la que gozo por el mero hecho de que me relacionen con ella. Ella no tiene el mejor historial en lo que respecta al celibato y, por lo visto, algunos de los chicos con los que me he liado no tienen el mejor historial en lo que respecta a la discreción. La combinación debería dar lugar a un primer día de lo más interesante.

No es que me importe demasiado. No me matriculé para hacer amigos o para impresionar a nadie. Me las arreglaré, siempre y cuando mi reputación injustificada no interfiera en mi objetivo principal.

Eso espero.

Grayson vuelve a la cama después de comprobar que la puerta está cerrada y me lanza una sonrisa seductora.

—¿Te hago un estriptis? —me pregunta.

Menea las caderas, se sube la camiseta poco a poco y deja al descubierto unos abdominales bien trabajados. Me he fijado en que los muestra siempre que puede. Es uno de esos chicos malos que están encantados de conocerse.

Me echo a reír cuando se saca la camiseta por la cabeza y me la lanza. Acto seguido se pone encima de mí, desliza la mano hasta mi nuca y me coloca la boca en posición.

La primera vez que Grayson se coló en mi habitación fue hace poco más de un mes, y desde el principio me dejó claro que no estaba buscando una relación seria. Yo le aseguré que no estaba buscándolo a él, por lo que enseguida hicimos buenas migas. Él será una de las pocas personas que conozca en el instituto, y me preocupa que pueda estropearse lo nuestro; o sea, nada de nada.

Grayson lleva aquí menos de tres minutos y ya sube la mano por mi camiseta. Puedo decir, sin temor a equivocarme, que no ha venido por mi estimulante capacidad de conversación. Sus labios se deslizan de mi boca a mi cuello, y aprovecho el momento de descanso para respirar hondo e intentar sentir alguna cosa.

Cualquier cosa.

Miro fijamente al techo, a las estrellas de plástico que brillan en la oscuridad, sin apenas notar que los labios de Grayson se han abierto camino hasta mi pecho. Hay veintiséis. Me refiero a las estrellas. He tenido tiempo de sobra para contarlas durante estas últimas semanas, mientras he estado en este mismo aprieto: yo, tumbada e indiferente, mientras él, sin ni siquiera darse cuenta de cómo me siento, recorre mi rostro y mi cuello, y a veces mi pecho, con sus labios curiosos y demasiado excitados.

Y si no me gusta, ¿por qué dejo que me lo haga?

Nunca he sentido ningún tipo de conexión emocional con los chicos con los que me he liado. O, mejor dicho, con los chicos que se han liado conmigo. Por desgracia, suele ser unilateral. Una vez estuve con uno que casi consiguió provocar en mí una respuesta física o emocional, pero acabó siendo una ilusión producida por mí misma. Se llamaba Matt y salimos durante menos de un mes. Al final no pude aguantar sus manías. Por ejemplo, no bebía agua embotellada si no era con pajita, abría los orificios nasales antes de besarme, y me dijo que me quería tan solo tres semanas después de que decidiésemos ser pareja.

Sí, eso último fue el detonante. Hasta nunca, Matt.

Six y yo hemos analizado muchísimas veces mi falta de reacción física con los chicos. Durante un tiempo ella sospechó que yo era lesbiana. A los dieciséis años nos dimos un beso muy breve y extraño para comprobar la teoría, y ambas llegamos a la conclusión de que aquel no era mi problema. Sí que disfruto liándome con chicos, de lo contrario no lo haría. El asunto es que no disfruto por los mismos motivos que el resto de las chicas. Nunca he perdido la cabeza por alguien. No noto mariposas en el estómago. De hecho, jamás he tenido la sensación de que me derrito por un chico. La verdadera razón por la que me gusta liarme con ellos es porque en esos momentos me siento completamente entumecida. Situaciones como esta en la que estoy con Grayson son idóneas para que mi mente se apague por completo. Deja de funcionar, y me gusta esa sensación.

Estoy concentrada en el grupo de diecisiete estrellas del cuadrante superior derecho del techo cuando, de repente, vuelvo a la realidad. Grayson ha llevado las manos más lejos de lo que hasta ahora le había permitido, y enseguida me doy cuenta de que me ha desabrochado los pantalones y está dirigiendo los dedos hacia el borde de algodón de mis bragas.

—No, Grayson —susurro, y le aparto la mano.

Él deja escapar un quejido y hunde la frente en la almohada.

—Vamos, Sky.

Grayson jadea contra mi cuello. Luego se apoya en su brazo derecho y me lanza una sonrisa para tratar de convencerme.

¿Le he dicho que soy inmune a su sonrisa mojabragas?

—¿Hasta cuándo vas a seguir haciéndolo? —me pregunta.

Vuelve a poner la mano en mi vientre y acerca las yemas de los dedos a mis pantalones.

No me gusta nada esta situación.

—¿A qué te refieres? —le pregunto, tratando de quitármelo de encima.

Él se apoya en ambas manos y me mira como si tuviera que explicarme de qué está hablando.

—A ese papel de chica buena que intentas fingir. Me he dado cuenta, Sky. Vamos a hacerlo ya.

Eso me recuerda que, al contrario de lo que muchos creen, no soy una putilla. No me he acostado con ninguno de los chicos con los que me liado, incluyendo al llorica de Grayson. Soy consciente de que, gracias sin duda a mi falta de reacción sexual, emocionalmente me sería más fácil hacerlo con cualquiera. Sin embargo, también sé que, por ese mismo motivo, no debería acostarme con nadie. En cuanto cruce la línea, los rumores que circulan sobre mí ya no serán meros chismes, sino una realidad. Lo último que quiero es dar la razón a toda esa gente. Creo que debo mis casi dieciocho años de virginidad a lo terca que soy.

Por primera vez en los diez minutos que Grayson lleva aquí noto que apesta a alcohol.

—Estás borracho. —Le doy un empujón en el pecho—. Te dije que no volvieras a venir bebido.

Él se aparta de mí y yo me levanto para abrocharme los pantalones y arreglarme la camiseta. Me alivia que esté borracho. Quiero que se marche.

Grayson se sienta en el borde de la cama, me agarra de la cintura y me acerca a él.

—Lo siento —se disculpa—. Es que te deseo tanto que no creo que pueda volver a venir si no me dejas tenerte.

Desliza las manos hacia abajo y me toca el culo. Luego aprieta los labios contra el trozo de piel en el que se unen mi camiseta y mis pantalones.

—En ese caso, no vuelvas a venir.

Pongo los ojos en blanco, me aparto de él y me dirijo a la ventana. Al descorrer las cortinas veo a Jaxon salir de la habitación de Six. De alguna manera, ambas nos las hemos arreglado para condensar en diez minutos la visita de una hora. Six y yo nos miramos con complicidad, dándonos a entender que ya es hora de cambiar de sabor de helado.

Ella sale por detrás de Jaxon y camina hacia mi ventana.

—¿Grayson también está borracho? —me pregunta.

Asiento con la cabeza.

—¡Strike tres!

Me doy la vuelta y veo a Grayson tumbado en la cama, como si no se hubiese dado cuenta de que aquí ya no es bienvenido. Me acerco a él, cojo su camiseta y se la tiro a la cara.

—Márchate —le ordeno.

Me mira arqueando una ceja, y cuando ve que no estoy bromeando se levanta a regañadientes. Se pone los zapatos mientras gimotea como un niño de cuatro años, y yo me hago a un lado para que se vaya.

Six espera que Grayson se haya marchado para entrar en mi habitación, y en ese momento uno de los chicos masculla la palabra «putas». Ella pone los ojos en blanco, se da la vuelta y asoma la cabeza por la ventana.

—Es curioso que nos llaméis putas porque no os habéis acostado con nosotras. Idiotas —les responde. Después cierra la ventana, se deja caer en la cama y apoya la cabeza sobre sus manos cruzadas—. Otros dos que muerden el polvo.

Me echo a reír, pero un gran golpe en la puerta interrumpe mis carcajadas. Enseguida voy a abrirla, y me aparto para que Karen entre. Su instinto maternal no falla. Escruta la habitación hasta que ve a Six.

—¡Mierda! —exclama, y se vuelve hacia mí. Se pone una mano en la cadera y frunce el entrecejo—. Juraría que he oído voces de chicos aquí dentro.

Me acerco a la cama e intento disimular el pánico que está apoderándose de mi cuerpo.

—Y pareces decepcionada porque...

A veces no consigo comprender el modo en que reacciona mi madre en ciertas situaciones. Como he dicho antes... es difícil entenderla.

—Cumplirás dieciocho años dentro de un mes. Se me está agotando el tiempo para castigarte por primera vez. Tienes que empezar a meter la pata, hija mía.

Lanzo un suspiro de alivio al ver que está bromeando. En cierta medida, me siento culpable de que no sospeche que hace tan solo cinco minutos estaban toqueteando a su hija en esta misma habitación. El corazón me late tan fuerte que temo que ella pueda oírlo.

—¿Karen? —interrumpe Six desde detrás de nosotras—. Si te sirve de consuelo, acabamos de liarnos con dos tíos buenos, pero los hemos echado justo antes de que entraras porque estaban borrachos.

Me quedo pasmada, y me doy la vuelta para lanzar a Six una mirada con la que espero que entienda que el sarcasmo no tiene ninguna gracia cuando se confiesa la verdad.

—Bueno, quizá mañana por la noche consigáis a un par de chicos guapos y sobrios —responde Karen riéndose.

Ya no debo preocuparme de que mi madre oiga el latido de mi corazón porque se me ha parado en seco.

—Chicos sobrios, ¿eh? Se me ocurren algunos —contesta Six guiñándome el ojo.

—¿Dormirás aquí esta noche? —pregunta Karen a Six mientras se dirige hacia la puerta.

—Creo que pasaremos la noche en mi casa —responde ella encogiéndose de hombros—. Esta es la última semana en seis meses que dormiré en mi cama. Además, tengo al tío bueno de Channing Tatum en la pantalla plana.

Miro a Karen e intuyo lo que se avecina.

—No, mamá —le digo. Me dirijo hacia ella, pero veo que ya se le están empañando los ojos—. No, no, no.

Para cuando la alcanzo, es demasiado tarde. Está berreando. Si hay alguna cosa que no soporto es ver a alguien llorar. No porque me emocione, sino porque me saca de mis casillas. Y es raro.

—Solo uno más —ruega, y se apresura a abrazar a Six.

Hoy ya le ha dado más de diez abrazos. Me parece que ella está más triste que yo de que mi mejor amiga se marche dentro de pocos días. Six da su brazo a torcer por undécima vez y me guiña el ojo desde encima del hombro de Karen. Prácticamente tengo que despegarlas para que mi madre se marche.

Se dirige hacia la puerta y se vuelve por última vez.

—Espero que encuentres a un tío bueno italiano —le dice a Six.

—Espero que encuentre a más de uno —contesta ella sin inmutarse.

Cuando Karen cierra la puerta, me doy la vuelta y subo de un salto a la cama. Le doy un puñetazo a Six en el brazo y le digo:

—Eres una guarra. No me ha hecho ninguna gracia. Creía que me había pillado.

Ella se echa a reír, me agarra de la mano y se levanta.

—Ven conmigo. Tengo helado de chocolate.

No ha de pedírmelo dos veces.

Lunes, 27 de agosto de 2012

Las 7.15

Esta mañana he dudado si salir a correr o no, y al final me he quedado dormida. Hago ejercicio todos los días excepto los domingos. Sin embargo, hoy no me apetecía levantarme aún más temprano. El primer día de instituto ya es de por sí una tortura, de modo que he decidido que iré a correr después de clase.

Por suerte, tengo coche propio desde hace aproximadamente un año, así que no dependo de nadie más para llegar puntual al instituto. Pero no solo he llegado puntual, sino tres cuartos de hora antes de la primera clase. Únicamente hay otros dos coches en todo el aparcamiento, por lo que al menos he conseguido un buen sitio.

Empleo el tiempo de sobra para ir a mirar la pista de atletismo que hay al lado. Si pretendo entrar en el equipo, como mínimo debería saber adónde ir. Además, no puedo pasarme media hora sentada en el coche esperando que pasen los minutos.

Al llegar a la pista veo a un chico dando vueltas, giro hacia la derecha y subo a las gradas. Me siento en lo más alto y doy un vistazo a mi nuevo entorno. Desde aquí arriba veo toda la escuela. No es ni tan grande ni tan intimidante como me la había imaginado. Six me dibujó un mapa a mano, e incluso me escribió algunos consejos, de modo que saco la hoja de papel de la mochila y la miro por primera vez. Creo que está intentando compensarme porque se siente mal por haberme dejado sola.

Miro el recinto escolar y luego el mapa. Parece bastante fácil. Las aulas en el edificio de la derecha, el comedor en el de la izquierda y la pista de atletismo detrás del gimnasio. Hay una larga lista de consejos y empiezo a leerlos:

– Ni se te ocurra ir a los servicios que hay junto al laboratorio. Nunca. Jamás.

– Cuélgate la mochila de un solo hombro, nunca de los dos: es patético.

– Comprueba siempre la fecha de caducidad de la leche.

– Hazte amiga de Stewart, el chico de mantenimiento. Te vendrá bien tenerlo de tu parte.

– Evita a toda costa la cafetería. Si hace mal tiempo y tienes que entrar, finge saber lo que haces. Huelen el miedo.

– Si tu profesor de matemáticas es el señor Declare, siéntate en la parte de atrás y no establezcas contacto visual. Le encantan las colegialas, ya sabes a lo que me refiero. O, mejor aún, siéntate delante. Tendrás el sobresaliente asegurado.

La lista sigue, pero ahora mismo no soy capaz de continuar leyendo. No puedo quitarme de la cabeza la frase «Huelen el miedo». En momentos como estos es cuando me gustaría tener un teléfono móvil, porque podría llamar a Six para pedirle una explicación. Doblo la hoja y la guardo en la mochila. Después centro toda mi atención en el corredor solitario. Está sentado en la pista, de espaldas a mí, haciendo estiramientos. No sé si es un estudiante o un entrenador, pero si Grayson viera a este tío sin camiseta seguro que se lo pensaría dos veces antes de exhibir sus abdominales con tanta rapidez.

El chico se pone en pie y camina hacia las gradas, sin mirarme ni una sola vez. Sale de la pista y se dirige hacia uno de los coches. Abre la puerta, coge una camiseta del asiento delantero y se la pone. Se sube al coche y arranca, justo cuando el aparcamiento empieza a llenarse. Y está llenándose a toda velocidad.

Oh, Dios.

Cojo la mochila y me la cuelgo de ambos hombros a propósito. Luego bajo la escalera que me lleva directa al infierno.

¿He dicho «infierno»? Me he quedado corta. El instituto es todo aquello que temía, e incluso peor. Las clases no están mal, pero he tenido que ir a los servicios que hay junto al laboratorio (por pura necesidad y desconocimiento). Y aunque he conseguido sobrevivir, ha sido una experiencia que me ha marcado de por vida. Habría bastado que Six escribiera un simple comentario al margen para informarme de que se utilizan más bien a modo de burdel.

Es la cuarta clase, y casi todas las chicas con las que me he cruzado por los pasillos han susurrado las palabras «zorra» y «puta» sin demasiada sutileza. Y hablando de falta de sutileza: de mi taquilla han caído un fajo de billetes y una nota, por lo que deduzco que no soy muy bien recibida. La nota la firma el director, y dice lo siguiente: «Siento que en tu taquilla no halla una barra de estriptis, zorra». No es muy verosímil porque han escrito «haya» con elle.

Me quedo mirando la nota con una sonrisa de rabia contenida, y acepto avergonzada el destino autoinfligido que me espera en los próximos dos semestres. Estaba convencida de que solo los personajes de los libros actuaban de esta manera, pero estoy viendo con mis propios ojos que los idiotas existen en la realidad. Por otra parte, espero que las bromas que me gasten de aquí en adelante no vayan más allá de llamarme estríper y darme dinero. ¿Qué imbécil da dinero a modo de insulto? Me imagino que algún rico. O algunos ricos.

Hay un corrillo de chicas que están riéndose detrás de mí, y estoy segura de que todas ellas van ligeritas de ropa cara y están esperando que deje caer mis cosas y vaya llorando a los servicios más cercanos. Pero no saben que:

1) No lloro. Jamás.

2) Ya he estado en esos servicios y no volveré a hacerlo.

3) Me gusta el dinero. ¿Quién huiría de él?

Dejo la mochila y recojo el dinero. Hay por lo menos veinte billetes de un dólar esparcidos por el suelo, y más de diez en mi taquilla. Los reúno todos y los guardo en la mochila. Cambio de libros y cierro la taquilla. Después me cuelgo la mochila de ambos hombros y les lanzo una sonrisa.

—Dadles las gracias a vuestros papás de mi parte —les digo a las chicas.

Paso junto a ellas (que ya han dejado de reírse) y finjo no ver sus miradas asesinas.

Es la hora de comer, y a la vista de la cantidad de lluvia que inunda el patio, es obvio que el karma está vengándose con este tiempo de mierda. Lo que todavía no está claro es de quién está vengándose.

«Puedo hacerlo», me digo.

Pongo las manos sobre las puertas de la cafetería y las abro, esperando ser recibida con fuego y azufre.

Al cruzarlas no me encuentro con fuego y azufre, sino con una potencia de sonido a la que mis oídos jamás han estado expuestos. Parece como si todas y cada una de las personas que hay aquí estén intentando hablar más alto que el de al lado. Me acabo de matricular en una escuela de gente cuyo lema es «Pues yo más».

Hago todo lo que está en mis manos para parecer segura de mí misma, porque no quiero llamar la atención de nadie. Ni la de chicos, ni la de corrillos, ni la de marginados, ni tampoco la de Grayson. Consigo recorrer indemne la mitad del trayecto hasta la cola de la comida y entonces alguien me agarra del brazo y me arrastra tras él.

—He estado esperándote —me dice.

Ni siquiera he podido verle bien la cara y ya me lleva por toda la cafetería, zigzagueando entre las mesas. En cualquier otro momento le diría algo por asaltarme de esta manera, pero es lo más divertido que me ha pasado en todo el día. Desenlaza su brazo del mío, me coge de la mano y tira de mí para que vayamos aún más rápido. No opongo resistencia y me dejo llevar.

Por lo que puedo ver por detrás, es un chico con estilo, aunque con un estilo muy peculiar. Lleva una camisa de franela con ribetes del mismo tono rosa fosforito de sus zapatos. Los pantalones son negros y estrechos, y muy favorecedores... si los llevase una chica. Lo único que hacen es acentuar su complexión delgada. Tiene el cabello castaño, muy corto en los lados y un poco más largo por arriba. Y sus ojos... me miran fijamente. En ese instante me doy cuenta de que nos hemos parado y de que ya no me agarra de la mano.

—¡Pero si es la meretriz de Babilonia! —exclama sonriéndome.

A pesar de las palabras que acaban de salir de su boca, su expresión es de lo más agradable. Se sienta a la mesa y me hace un gesto con la mano para que lo imite. Hay dos bandejas de comida frente a él, pero él solo es uno. Empuja una de ellas hacia el espacio vacío que hay frente a mí.

—Siéntate —me ordena—. Tenemos que hablar sobre una alianza.

No le hago caso. Me quedo quieta unos segundos y reflexiono sobre la situación en la que me encuentro. No conozco a este chico, pero él actúa como si hubiese estado esperándome. Y no olvidemos que acaba de llamarme puta. Por lo que parece... me invita a comer. Mientras lo miro de reojo e intento adivinar sus intenciones, me llama la atención la mochila que tiene a su lado.

—¿Te gusta leer? —pregunto señalando el libro que sobresale de ella.

No es un libro de texto. Es un libro de verdad, algo que creía desaparecido en esta generación de maníacos de internet. Lo cojo y me siento frente a él.

—¿De qué género es? Y, por favor, no me respondas que de ciencia ficción.

Él apoya la espalda en el respaldo de la silla y sonríe como si acabara de ganar algo. Bueno, quizá lo haya hecho. Estoy aquí sentada, ¿verdad?

—¿Qué importancia tiene el género si el libro es bueno? —replica.

Lo ojeo, pero no consigo reconocer si se trata de una novela romántica. Me encantan las novelas románticas, y por la mirada del chico que tengo frente a mí, a él también.

—¿Lo es? —le pregunto, sin dejar de pasar páginas—. ¿Es bueno?

—Sí. Quédatelo. Lo he acabado ahora mismo, en clase de informática.

Levanto la vista y veo que sigue regocijándose en su aureola de victoria. Meto el libro en mi mochila, me inclino hacia delante y examino la comida que hay en mi bandeja. Lo primero que hago es comprobar la fecha de caducidad de la leche. No está pasada.

—¿Y si soy vegetariana? —le digo sin quitar ojo a la pechuga de pollo que hay en la ensalada.

—Pues cómete el resto —contesta.

Cojo el tenedor, pincho un trozo de pollo y me lo llevo a la boca.

—Has tenido suerte porque no lo soy.

Sonríe, coge el tenedor y empieza a comer.

—¿Contra quién vamos a formar la alianza? —le pregunto.

Tengo curiosidad por saber para qué me ha elegido. Él mira a su alrededor, levanta una mano y señala en todas direcciones.

—Idiotas. Cachitas. Intolerantes. Zorras.

Baja la mano y me fijo en que lleva las uñas pintadas de negro. Se da cuenta de lo que estoy haciendo, y él también se las mira y me dice lloriqueando:

—He elegido el negro porque es el color que mejor refleja el humor del que estoy. Quizá, después de que aceptes unirte a mi cruzada, me las pondré de un color más alegre. De amarillo, tal vez.

—Odio el amarillo —respondo, negando con la cabeza—. Déjatelas negras, combinan con el ...