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INSTANT KARMA

Wendy Davies

4


Fragmento

 
Prólogo

Por qué estás aquí?

—¿Por qué lo estás tú?

—No lo sé.

—Quizá estamos esperando algo.

—O a alguien.

—Yo no tengo a nadie.

—Todo el mundo tiene a alguien.

—Yo no.

—Ahora me tienes a mí.

—¿Has hecho algo malo?

—No lo sé. Puede que haya sido egoísta.

—¿Egoísta? ¿Qué es eso?

—Es cuando solo piensas en ti.

—Y ¿por qué deberías pensar en alguien más?

—Porque no estamos solos en el mundo.

—Yo sí lo estoy. Vengo de un planeta muy pequeño.

—¿Es bonito tu planeta?

—El más hermoso.

—¿En cuántos has estado?

—Solo en el mío.

—Y entonces, ¿cómo sabes que es el más hermoso?

—¿Tú de dónde vienes?

—De la Tierra.

—¿Es muy grande?

—Tanto como tú quieres que lo sea.

Recibe antes que nadie historias como ésta

—Es extraño tu planeta.

—Sí, está lleno de mentiras. Creo que vine por eso, para olvidarlas.

—Yo también vine para olvidar a alguien.

—¿A quién?

—No lo recuerdo, pero tengo mucha melancolía.

—¿Qué es melancolía?

—No lo sé, pero me gusta contarla. Una, dos, tres, cuatro.

—¿Yo también puedo contar mentiras?

—Supongo.

—Y después ¿qué? ¿Qué haces cuando acabas de contarla?

—Puedes poseerla.

—Una mentira no creo que me refugiase del frío o me diera un abrazo. No tiene sentido poseerla. ¿Qué haces tú con tu melancolía?

—Sentirla.

—¿Deberíamos hacer algo?

—A mí me gusta ver las puestas de sol.

—Pero aquí no hay sol, no hay nada.

—Estamos nosotros.

—¿Crees que es suficiente?

—Nunca lo es.

—Podríamos inventarlo.

—Y ¿de qué serviría?

—Para conocer lo que no podemos ver.

—Pero eso también es una mentira, pensaba que no te gustaban.

—Y no me gustan. Pero a veces es la única manera.

—¿De qué?

—De seguir caminando.

—¿Crees que saldremos algún día?

—No importa demasiado.

—¿Por qué no?

—No te conozco, si ahora mismo desapareciéramos o nos quedáramos daría igual. En cambio, si creáramos lazos no querría salir de aquí aunque pudiera, no sin ti.

—¿Es decisión nuestra salir?

—A veces hacemos elecciones y otras veces las elecciones nos hacen a nosotros.

—No lo entiendo.

—No tardarás en entenderlo.

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Capítulo 1
Rin

Poned atención: un corazón solitario no es un corazón.

ANTONIO MACHADO

Rin no entendía el mundo. O también podía ser que fuera el mundo el que no le entendía a él. El caso es que algo no funcionaba bien.

Existen seis mil novecientos doce idiomas. Y después hay idiomas que no se contabilizan, que nadie quiere conocer, exiliados, sin patria ni bandera. Encerrados en las profundidades de miradas que entienden la vida de una manera distinta.

El Asperger es uno de esos idiomas que nadie quiere conocer.

Y tras el Asperger no solo hay un idioma desconocido; tras él se esconde un cementerio de palabras muertas, palabras que jamás llegarán a pronunciarse y que arrastran a sus prisioneros hacia las profundidades de las tumbas en las que habitan. Rin hablaba ese extraño idioma; su prisión estaba forjada con su propia carne y huesos y a su alrededor había miles de palabras mutiladas que jamás llegarían a emerger.

Aquella mañana, mientras el sol decidía que era un buen día para salir de entre las nubes y bostezar, bañándolos a todos con su luz, Rin observaba a Emmy con detenimiento. Ella inclinaba ligeramente la cabeza, así hacía que unos mechones de pelo rubio le cubrieran parte de los ojos, como si ella también conociera un idioma desconocido. Sus dedos acariciaban la guitarra y a Rin le habría gustado saber cómo se sentía en ese momento, al ver que la chica también era capaz de hablar sin palabras.

Lo cierto era que él sí que se sentía de una manera, solo que no sabía ponerle nombre. Lo que sí sabía era que el 21 de julio de 1969, a las trece horas cincuenta y seis minutos y veinte segundos, Armstrong dejaba atrás el Apolo 11 y pisaba por primera vez la luna. Si algo había que supiera Rin era que en ese preciso instante, exactamente cuarenta y cuatro años, ocho meses y veinticuatro días después —equivalente a dieciséis mil trescientos cuarenta y un días—, las huellas de Armstrong todavía permanecían intactas. Y que lo harían millones de años más, a causa de la falta de atmósfera, viento o lluvia en la luna.

Recordó entonces una película llamada La delgada línea roja basada en una novela con el mismo nombre donde en una escena alguien le pregunta al protagonista: «¿No se siente solo?». A lo que él responde: «Solo cuando hay gente».

Así es como se sentía Rin todo el tiempo, como si fuera un marciano en un planeta desconocido. Lo peor era que no sabía cómo volver a casa.

Se recordaba a sí mismo con diez años en el tren; volvían de Reading tras haber visto a otro psicólogo más que añadir a la lista.

—Quiero quitármelo —había dicho él.

Su madre le había sonreído desde el asiento de enfrente.

—Quítatelo, Rin. Hace calor.

La madre de Rin hablaba del jersey y él de eso a lo que no sabía poner nombre pero que gobernaba su cerebro y le colocaba la etiqueta de «especial». Esa conversación resumía cómo se sentía Rin con el resto del mundo, como si su paso por la vida fuera un eterno malentendido, una conversación malinterpretada o un tren cogido por error.

Mientras contemplaba a la chica de la guitarra, pensó que quizá todo se resumía en que él era la Luna, ella la astronauta y su música las huellas.

Pero la realidad era otra.

La realidad era que él vivía en el planeta Asperger, Emmy era una neurotípica más y la música que surgía de su guitarra un idioma que la gente conocía y amaba.

A él y a su planeta nadie los entendería —ni amaría— nunca.

En cuanto la chica terminó la canción, Rin se puso nervioso. Había ensayado hasta la saciedad lo que tenía que decir. «Buenos días, Emmy». «Buenos días, Emmy». «Buenos días, Emmy».

Estaba preparado. Podía hacerlo.

«Buenos días, Emmy».

Eso era lo único que tenía que decir.

«Buenos días, Emmy». Se dirigió hacia ella mientras se retorcía los dedos de forma compulsiva. Caminaba ligeramente encorvado, mirando al suelo, sin dejar de susurrar su «Buenos días, Emmy».

En cuanto llegó al árbol —bajo el cual estaba sentada la chica junto a dos amigas—, se paró en seco y se las quedó mirando. Ella alzó el rostro levemente y le dedicó una sonrisa ensayada, de esas que dedicaba a todo aquel que se detenía a escucharla. Fue una verdadera lástima que Rin apenas tuviera tiempo de apreciarla dado lo concentrado que estaba en lo que tenía que decir a continuación.

—Buenos días, Emmy —dijo en un susurro.

Emmy se llevó la mano a la frente, protegiéndose del sol, y fijó la vista en él buscando una cara conocida. Pero no vio más que a un chico que se daba la vuelta y desaparecía calle abajo.

Nada en su rostro podía demostrarlo, pero Rin estaba contento. Muy contento.

Lo había conseguido. La valentía no siempre trata de correr hacia los miedos y vencerlos, a veces no es más que perseverancia. Rin llevaba mucho tiempo fracasando y repitiéndose una y otra vez que lo volvería a intentar. Nunca se daba por vencido, cuantas más veces fallaba más veces lo intentaba.

Se detuvo en seco y alguien se chocó de lleno contra él. Ni siquiera se percató y mucho menos tuvo tiempo de pedir disculpas; estaba demasiado absorto mirando hacia el suelo. Una alcantarilla grisácea y desgastada, que se encontraba a dos metros a su derecha, era lo único que existía para Rin. Se acercó para mirarla como la había mirado tantas otras veces. A esa en particular y a muchas otras más.

No sabría decir qué era exactamente lo que le llamaba la atención. Desde que era un niño le habían fascinado todos los objetos circulares; primero fueron los coches —con sus preciosas ruedas, sus volantes y sus tubos de escape—, después los trenes —que tenían muchas más ruedas y por lo tanto eran infinitamente mejores—, y no tardaron en unírseles la lavadora, los molinos, las alcantarillas, la luna y los planetas.

Situado junto a la alcantarilla, contó hasta tres antes de pasar por encima de ella. Sintió un extraño placer del cual emergió una de sus sonrisas escondidas, esas que nadie veía.

Rin se encontraba frente al cine Odeon cuando vio la cafetería. Miró la hora. Faltaban cinco minutos. Normalmente no hubiera llegado tan pronto pero, al haber conseguido por fin hablar con Emmy, el tiempo dedicado a intentarlo se había reducido.

Dudó un instante. Tendría que haberlo previsto, pero lo cierto era que no lo había hecho. Se quedó quieto, contrariado, sin saber qué hacer.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó una voz a su espalda, situándose a su lado para pulsar el botón del semáforo frente al cual Rin se había detenido.

—Quedan —volvió a consultar su reloj— dos minutos y veintiocho segundos para las cuatro.

—Vale, te espero dentro —respondió Leon.

Mientras le veía entrar en el Costa, deseó que Leon fuera eterno, infinito. Que siempre fuese su mejor amigo. Y se pidió a sí mismo —y a su Asperger— que nunca lo estropearan.

A las cuatro en punto Rin cruzó la calle, sin esperar a que el semáforo se pusiera en verde, y entró a toda prisa en la cafetería. Leon ya estaba sentado en su mesa de siempre y había pedido por los dos.

Rin se dejó caer junto a él y, mientras cogía su bebida, anunció:

—Lo he conseguido.

—¿Me tomas el pelo?

—¿Para qué iba yo a…? —Leon le dio una ligera patada en la pierna por debajo de la mesa al tiempo que esbozaba una sonrisa. Él dejó el vaso en su sitio antes de mirarle—. Vale, es una de esas veces en la que dices algo que realmente no quieres decir intentando decir lo que realmente quieres decir, ¿no?

—Exacto.

—¿Sabes que hay veintitrés alcantarillas desde el parque hasta aquí?

—Claro que lo sé. —Alzó una ceja y se inclinó hacia Rin—. ¿Qué le has dicho?

—¿A quién?

—A alguno de tus cientos de amigos.

—Pero si eres… —Otro puntapié por debajo de la mesa hizo que Rin se quedase pensativo—. ¿Te refieres a Emmy?

—Pues ¡claro que me refiero a Emmy! —Leon puso los ojos en blanco antes de darle un sorbo largo a su café.

—Le dije «Buenos días, Emmy».

—¿Y qué pasó?

—¿Qué pasó de qué?

—¿Qué dijo después de que la saludaras?

—No lo sé.

—¿No lo sabes? —Leon dejó la taza con tanta brusquedad sobre el plato que parte de su contenido se volcó sobre este.

Rin se dio cuenta de que ahora venía la peor parte y clavó los ojos en el platillo manchado de su amigo cuando confesó:

—Me fui.

—¿Le dijiste «Buenos días, Emmy» y te fuiste sin más?

—Sí.

Leon rompió a reír tan fuerte que un grupo de chicas sentadas en un extremo de la cafetería soltaron algunas risitas mientras los miraban sin disimulo. Rin le dedicó a su amigo una mirada severa, negando con la cabeza. Le parecía extraño cómo un sentimiento podía transformarse tantas veces, cómo algo que te hacía feliz podía hacerte infeliz en un suspiro o tras una palabra.

—No te enfades, lo has hecho muy bien. La próxima misión será decirle «¿Qué tal?». —La sonrisa de Leon se ensanchó—. Serás el primero en mantener una misma conversación durante meses.

—Tenía que saludarla y eso hice —replicó. Odiaba cuando le hablaba como si fuese tonto.

Leon captó la crispación en su tono de voz y quiso restarle importancia.

—Al menos ahora sabe que existes.

Rin pensó que existir era una palabra curiosa. Coleccionaba palabras que sabía que nunca llegaría a entender, como si jugase a contar estrellas que jamás podría sostener entre los dedos.

A Rin le gustaban tanto las palabras como los números, hasta que llegaba la parte en la que descubría su significado. Era entonces cuando todo se hacía más difícil. Las palabras, como los números, son lo que son. Inmutables, constantes. Pero cuando entran en juego las personas, las palabras dejan de parecerse a los números; sus caminos se bifurcan. Y ese era el punto en el que Rin se sentía totalmente desorientado.

Le resultaba demasiado confuso y lo peor era que por más libros que leía y por más que se esforzaba por entender el mundo que le rodeaba y las personas que habitaban en él, estos se las ingeniaban para devolverle una solución cargada de nuevas incógnitas que resolver; nunca una solución precisa. A Rin le habría gustado poder resolver su día a día de la misma manera en que solucionaba un problema de matemáticas.

Aunque lo más extraño aquel día para Rin fue que Emmy pudiera saber que existía cuando él mismo solía dudarlo.

—Rin, vuelve. —Leon chasqueó los dedos delante de su cara, esperando a que él volviera de su planeta.

Rin solía viajar mucho sin moverse del sitio y su amigo siempre había deseado ir con él, conocer los caminos y parte del lugar en el que se hallaba cuando ni Leon ni nadie más podía encontrarlo. Se conocían desde preescolar y las diferencias no habían tardado en retarlos. Podrían haberse convertido en desconocidos o haber acabado orbitando en sistemas paralelos, destinados a no encontrarse jamás, pero Leon siempre se había negado a soltar la mano de Rin. Incluso cuando parecía que Rin corría en dirección contraria.

Si algo sabía Leon es que jamás soltaría la mano de su amigo, aunque eso significase acabar perdiendo la suya. Para él, Rin era su hermano aunque este se empeñase en desmentirlo cada vez que se le ocurría mencionarlo. Puede que para el resto del mundo Rin fuera un reloj a deshora, una brújula desorientada, un mapa anticuado o un sobrio en un mundo de borrachos, pero para él simplemente era Rin y así lo había sido desde que lo conoció. No siempre era fácil seguirle y se necesitaba mucho coraje para aceptarlo tal y como era sin querer cambiarlo. Pero Leon había aprendido a hacerlo. Lo hizo el día en que quiso llevar a Rin por otro camino que no era el que él había establecido previamente; al verlo aislado, sufriendo por algo que se escapaba de su control. Entonces comprendió que Rin siempre sería Rin y que él nunca cortaría los hilos que ligaban la amistad que compartían.

Volvió a chasquear los dedos e incluso tuvo que tocarle levemente el hombro para conseguir que volviera a aterrizar en aquella cafetería cada vez más atestada de gente.

De repente, Rin clavó sus ojos azules en él y por algún extraño motivo Leon recordó las cabinas azules. Fue el gesto de desconcierto en la profundidad de su mirada lo que le hizo pensar que, de existir el planeta de Rin, sus ojos albergarían la más recóndita de las TARDIS, una que lo llevaría en dirección a ese lugar en el que los problemas solo eran baobabs que se podían cortar. Un lugar en el que las palabras solo eran eso, palabras, y donde el mundo era lo suficientemente pequeño como para no perderse dentro de él. Ese planeta al que le habría gustado viajar pero en el que solo había sitio para Rin.

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Capítulo 2
Via

Siempre hay un poco de locura en el amor,
pero siempre hay un poco de razón en la locura.

FRIEDRICH NIETZSCHE

Dónde estaría de no estar donde estaba en ese momento?

Tal vez estaría sentada frente a la chimenea, pintándose las uñas con Imogen mientras hablaban de cualquier banalidad; la misma Imogen a la que había encontrado pegándose el lote con su novio durante el Half Term de Halloween.

Quizá tocando el piano en algún conservatorio, ganándose la aprobación de unos padres que parecían autómatas programados para desaprobar todos y cada uno de sus pasos.

O besando al chico de los libros. Apoyados en una montaña de libros, danzando en un mar de historias que poco tenían que ver con aquella que estaba viviendo.

Sí. Sin duda, esa sería la mejor opción. Podría besar a un puñado de palabras, a un pensamiento, a una quimera. Podría pasarse la vida besándole, oyéndole susurrar gritos silenciosos en su oído. Casi podía sentir la calidez de su aliento en el cuello, su voz acompasada, su risa triste que no llegaba a ser perfecta. Se lo imaginaba de mil maneras distintas. Cada día tenía un rostro diferente y su presencia cobraba otro matiz. Él era quien ella quería que fuera. Era todo y nada. Ruido y silencio. Palabras.

Era imaginación.

Vida.

Libertad.

Por instinto, metió la mano en el bolso y pasó las yemas de los dedos por el viejo ejemplar de El Principito al que tanto cariño tenía. Era como un ritual para ella llevarlo siempre consigo, su amuleto más preciado. «Caminando en línea recta no puede uno llegar muy lejos», decía el principito en una de sus frases favoritas; y en ese caso la animaba a seguir, a desviarse del camino que habían marcado sus padres para ella.

Recordó entonces la frase que el chico de los libros había escrito justo debajo, una de sus tantas anotaciones, y sintió un calor reconfortante en el pecho. «Calculando adónde quieres ir llegarás todo lo lejos que quieras llegar».

Una sonrisa se dibujó en los labios de Via y un puñado de ceros y unos pasaron a cámara lenta a través de sus pensamientos: «01010010 01010111». Porque el chico de los libros era eso: números, frases escritas con una letra irregular, libros. Él formaba parte de su historia a pesar de no conocerlo, a pesar de no saber más de lo que podía imaginar por sus anotaciones.

El Principito había sido el primer libro que había encontrado —por pura casualidad en una charity de la High Street de Maidenhead— con su huella marcada en él. Le había conocido a través de aquel pequeño hombrecito que, como el mismísimo Peter Pan, siempre permanecería eterno; un recuerdo inalterable de su niñez. Había sido especial conocerlo a través de esa historia, de las frases que iba dejando olvidadas en aquel libro. Ella había comprado un libro de segunda mano y, como premio, le habían regalado pensamientos.

Via había imaginado que todo acabaría ahí, que sería como una de esas personas interesantes que aparecen y desaparecen de tu vida con la misma rapidez con que lo hace un secreto cuando deja de serlo. Entonces había encontrado otro libro, con la misma secuencia de números y la misma letra irregular. Y lo que empezó como una casualidad se convirtió en una aventura, una búsqueda incesante de libros con regalo extra. Un dos por uno.

Desde luego, estar con él sería mucho más reconfortante que estar ahí fuera, delante de aquella casa que había decidido ser distinta a pesar de ser casi idéntica a las demás. Y era diferente porque de ella dependía su vida.

¿No es extraño que una casa posea semejante poder? Lo es, indudablemente, pero así era como se sentía Via. Ella, que era luchadora por naturaleza, luchaba contra su karma.

Una vez más.

El corazón le martilleaba con fuerza y ni siquiera el libro, que ahora apretaba con fuerza contra su pecho, conseguía apaciguarla.

Estaba segura de que iba a suceder una catástrofe. Era así como funcionaba y la prueba de ello estaba en el mensaje que se había colado en su bandeja de entrada, dejándola con el corazón en un puño y una necesidad visceral de saltar y gritar hasta sentir que podía seguir pisando suelo firme sin echar a volar al menor descuido. Porque era algo bueno, vaya que sí. Era algo que podía cambiar su vida para siempre, delimitar el rumbo de su propia historia.

Pero antes necesitaba prevenir las consecuencias de tan curioso golpe de buena suerte, fueran cuales fueran. Un tornado concentrado en su habitación, una pierna rota —aunque había altas probabilidades de que las dos—, o incluso puede que sufriese una repentina combustión espontánea.

Su equilibrio kármico era imprevisible, ya se lo había demostrado en multitud de ocasiones.

Via tenía muchas teorías, pero su teoría número uno era que el karma era muy estricto con ella. Nunca fallaba. Si le ocurría algo malo, en lugar de entristecerse o enfadarse, ella sonreía; sabía que pronto vendría lo bueno. Pero cuando la buena suerte arremetía contra su vida, temblaba. Una de cal y otra de arena. Jamás había habido una concesión.

Pero esta vez estaba preparada y más lo estaría al acabar con la tarea a la que se había encomendado aquella tarde. Había salido de su casa con un pequeño trébol de plata colgado al cuello y con una pata de conejo que pertenecía a un peluche olvidado en un baúl en el bolsillo izquierdo de su pantalón. Además de llevar ambos amuletos, caminaba con los dedos cruzados mientras hacía caso omiso a las miradas de aquellos con los que tropezaba. Aunque le divertía pensar que la miraban porque sabían que su fin estaba cerca, suponía que se debía más bien a que iba vestida de amarillo de arriba abajo. Había tenido que improvisar. Unas botas de agua amarillas, un abrigo de plumas escondido tras un chubasquero también amarillo y un pantalón blanco que llevaba dibujados elefantes, tréboles, budas y todo lo que se le había ocurrido que podría dar buena suerte con un rotulador permanente del mismo amarillo llamativo que el resto de su ropa. Puede que no fuera la mejor indumentaria dado el día extrañamente soleado que hacía para tratarse de Maidenhead, pero necesitaba urgentemente encontrar esa casa.

Se la había recomendado una conocida de una amiga de su madre que ciertamente no era amiga ni conocida de su madre. Dudaba siquiera que conociera su existencia. Era una mujer excéntrica que tenía una hija unos años menor que ella y que estaba atravesando uno de esos momentos de rebeldía adolescente; a Via le daba muchísima pena ver la manera en que trataba a su madre y esperaba que su karma lo tuviera en cuenta. El caso es que se la había encontrado en la salida del Claires Court Schools, el instituto privado al que iba, y muy amablemente, después de escucharla soltar una de sus peroratas contra su karma y ofrecerse a llevarla a casa, le había hablado de la tienda esotérica de una tal Diana. Era una pequeña y —según le había asegurado entre susurros la mujer— exclusiva tienda esotérica donde aquella señora encantadora —como había recalcado hasta la saciedad— echaba las cartas, hacía pociones de amor o hablaba con seres del más allá según las necesidades de sus clientes. Aunque había omitido que se tratara de una casa. O más concretamente del garaje de una casa.

Via se quedó mirando la fachada de la casa con la boca abierta. La puerta del garaje estaba decorada con cortinas de cuentas de color violeta que apenas dejaban entrever lo que había en el interior. Dio unos pasos, aproximándose, y comprobó que sus ojos no la engañaban. La parte delantera de la casa estaba abarrotada de mesas y trastos de lo más variopintos, todos colocados sin orden ni concierto. Parecía que un tornado hubiera arrasado con todo y la decoración hubiese sido el resultado. Se imaginó la entrada de su casa con un aspecto similar y la cara que pondría su madre al verlo y casi tuvo un ataque de risa. Casi. Porque en ese momento las cuentas se abrieron y salió una extraña mujer no demasiado alta con el pelo negro azabache recogido en una coleta que le llegaba hasta la mitad de la espalda.

La mujer no reparó en ella. Tarareaba una canción y movía el cuerpo al ritmo de la música que sonaba en su cabeza y, tras coger algo de una de las mesas, volvió a desaparecer en el interior.

Via decidió seguirla. Cuanto antes entrara antes terminaría. Tenía clase de piano a las cinco y media y sus padres iban a estar presentes aquel día. Atravesó la cortina con paso firme hasta que este se fue atenuando en cuanto sus ojos vislumbraron cientos de colores y formas extravagantes. El interior de aquella tienda era como la entrada a otro mundo. Se imaginó cayendo por un precipicio y aterrizando ahí, en esa sala que era más espaciosa y más acogedora de lo que pensaba, a pesar de estar invadida por todo tipo de cachivaches.

Se había olvidado de la mujer al contemplar las velas y los colgantes expuestos en la mesa de la esquina, por lo que dio un respingo al oír un ruido a sus espaldas.

—Buenas tardes —saludó con una sonrisa nerviosa. Pero al ver que la mujer seguía colocando piedras de colores y tarareando, ignorándola completamente, decidió insistir. Quizá tenía algún problema auditivo. Carraspeó antes de preguntar—: ¿Es usted la señora Diana? —Se sintió un poco tonta al llamarla por su nombre de pila, pero lo cierto es que no tenía ni idea de cuál era su apellido.

—Eso depende —contestó la mujer con indiferencia, como si contestara a una pregunta hecha al aire.

—¿De qué depende, si se puede saber? —se atrevió a preguntar.

—No, no se puede.

Via se quedó en blanco. Quedaba claro que la estaba vacilando, pero había algo en la mujer que la hacía sentirse tonta, a retractarse de responder como normalmente lo haría en una situación similar.

—He venido por recomendación de Estelle. Supongo que se acordará de ella…

—Supones mal —le cortó Diana, dejándola por segunda vez con la boca abierta.

Tardó unos segundos en reaccionar a la respuesta, el tiempo en que la mujer pasó por su lado y le plantó unas velas cerca de la nariz.

—¿Las has olido? —Era una pregunta absurda ya que estaban delante de su cara y las velas desprendían un olor dulzón que, estaba segura, llegarían a kilómetros de distancia, pero Via no tuvo más remedio que asentir con la cabeza—. Son para ahuyentar los problemas.

—¿Se puede hacer eso? —preguntó con escepticismo.

—Por supuesto. —Diana levantó un dedo y la miró a través de unos ojos castaños, casi negros, que parecían poder leer a través de cualquier persona—. Los problemas existen y todo lo que existe se puede ahuyentar. Créeme, soy más vieja que tú. —Le puso tres velas en las manos y le dio un toquecito en un hombro—. Te vendrán bien.

—Pero yo he venido por… —Estaba a punto de replicar cuando Diana volvió a interrumpirla.

—Oh, no me lo digas. No has venido por eso. —Via asintió con la cabeza, aliviada, pero inmediatamente volvió a quedarse perpleja al ver cómo se acercaba tanto a ella que parecía que estaba buscando un camino a seguir en un mapa ilegible—. Tienes miedo.

A Via solo le dio tiempo a asentir con la cabeza.

—Le temes a algo.

—Precisamente sobre eso… —contestó con un hilo de voz, azorada por la cercanía de la mujer que olía a una mezcla de incienso y especias.

—Tengo lo que necesitas —aseguró Diana, que parecía poco dispuesta a dejarla hablar.

Fue hasta el altar que se encontraba en la pared del fondo y sacó algo de lo que parecía una bonita réplica de una vasija griega del periodo arcaico. Via apenas tuvo tiempo de contemplar el altar como le habría gustado, pero llegó a vislumbrar piedras de extrañas formas custodiadas por flores que no hacían más que resaltar su presencia en aquel pequeño pero sagrado lugar, diferentes budas colocados estratégicamente y la figura de una mujer con forma de sirena que llevaba en sus manos una diminuta bola de cristal. Eso y el humo del incienso fue lo único que pudo ver antes de tener de nuevo frente a ella a Diana, esta vez con un colgante que se encargó de colocarle amablemente en el cuello.

—Te vendrá bien para tu problemilla —le aseguró susurrando esa última palabra como si realmente le hubiese leído la mente y pudiera, con la fuerza escondida en un pedazo de cristal redondo, aplacar a su karma.

Via se habría alarmado —incluso ofendido— de no ser porque Diana, a pesar de su austeridad, pertenecía a ese microscópico tipo de personas que te hacían sentir como si estuvieras en casa. Porque un hogar no siempre son cuatro paredes y un techo en el que resguardarte de la lluvia. Un hogar también son las personas que te hacen sentir como si ese fuera tu sitio; los olores que inundan tus fosas nasales al atravesar el umbral de la puerta, el tacto rugoso de esa mancha en la alfombra que no debería estar ahí pero a la que ya te has acostumbrado.

Apenas pudo hablar en los siguientes quince minutos en los que Diana llenó sus manos de objetos que, según ella, acabaría por necesitar. Via solo empezó a preocuparse en cuanto miró la hora y comprobó que quedaban cuarenta minutos para su clase de piano. Todavía tenía que andar hasta su casa, algo que le llevaría como mínimo media hora si iba deprisa. Muy deprisa.

Dejó las cosas sobre una de las mesas y se dirigió a ella, esta vez sin amilanarse:

—Necesito aplacar a mi karma —lo dijo con total naturalidad y de esta manera consiguió que esta vez fuera Diana la que la mirara con extrañeza.

—¿Perdón?

—Mi karma —insistió—. Está a punto de suceder una catástrofe, ¿entiende? Necesito aplacarlo.

—A tu karma.

—Exactamente.

—¿Qué has hecho?

—No he hecho nada.

—Acción, reacción. Así funciona el karma. Si haces algo malo, la vida te lo devolverá y si haces algo bueno…

—El mío no funciona así —la interrumpió Via, sintiéndose estúpida—. Ni siquiera sé si es el karma, solo sé que siempre estoy equilibrada. Da igual lo que haga, si me pasa algo bueno poco tiempo después me pasa algo malo. ¿Entiende? Es como si no pudiera ser ni feliz ni infeliz.

Diana dejó el puñado de piedras que llevaba en las manos sobre un cuenco con forma de estrella y la miró durante largos segundos. Si había algo que Via odiara era que la observaran de esa manera, odiaba los silencios y siempre sentía la imperiosa necesidad de rellenarlos con algo. Palabras, palabras y más palabras. Cualquier cosa era mejor que el ruido del silencio. No había ruido más espantoso que ese: la nada, el vacío, la ausencia.

Le explicó todos los ejemplos que recordó de su extraño equilibrio kármico y también le habló del e-mail que había recibido la noche anterior. El rostro de Diana fue variando conforme lo hacía su relato, pasando de la extrañeza a la comprensión para terminar con una expresión que no podía ser más divertida.

—¿Se está riendo de mí? —quiso saber Via, cruzándose de brazos.

—En absoluto. —Diana sacudió la cabeza y se dio media vuelta para esconder su sonrisa, cosa que solo a un ciego podría ocultar—. No te quedes ahí plantada y sígueme.

La guio hasta la mesita situada en la otra esquina del garaje y se aseguró de que tomara asiento y esperara a que preparase una taza de té.

—Con leche y dos cucharadas de azúcar, ¿verdad?

—¿Cómo lo…?

—Soy observadora. Y ahora, bebe —ordenó y al mismo tiempo le colocó la taza delante y después esperó a que se la terminara sin decir una palabra—. Y ¿bien?

—Bien ¿qué?

—¿Te sientes mejor?

Via se encogió de hombros. No notaba ningún cambio. O puede que sí. Estaba más relajada, como si se hubiese quitado un gran peso de encima. O quizá solo estaba sugestionada.

—Creo que sí.

—Desde luego que sí —replicó Diana, que elevó el mentón en un gesto de suficiencia—. Es el té. —Via fue a decir algo pero la interrumpió—: No te preocupes, añadiré uno a tu bolsa.

Diana sabía cómo vender, vaya que sí. Pero Via ya había caído en su trampa demasiadas veces.

—De verdad que necesito que me ayude con mi problema. Debe haber alguna manera de que…

—Necesitas hacer amigos.

Via sacudió la cabeza, atónita.

—¡Tengo amigos!

—¿Cuántos?

—Pues… —Se lo pensó unos instantes. Tenía a Anna, que era como una hermana para ella, y también tenía a Gaby y a Carol, aunque esta última se había mudado a Londres hacía unos meses y apenas se veían desde entonces—. Tres. Dos que son de verdad y están ahí siempre —recalcó—, pero conozco a mucha gente.

Diana la miró con desconfianza; era obvio que no terminaba de creerla.

—Tengo lo que necesitas. —Elevó un dedo y se levantó con tal brusquedad que la silla fue a parar al suelo. Via ya estaba preguntándose cuánto le iba a costar o cuántas chorradas más le haría comprar a cambio de su ayuda cuando volvió a aparecer con una nota que le tendió junto con la mejor sonrisa que le había dedicado aquella tarde.

—¿Qué es esto?

—¿No sabes leer?

—Pues claro que sé leer —repuso, indignada.

—No entiendo entonces cuál es tu pregunta.

—Es una dirección.

Diana había vuelto a enfrascarse en sus cosas y no dejaba de tararear la misma canción que había oído cuando la había visto por primera vez saliendo del garaje.

—Eso es.

—¿Para qué?

—Ya te lo he dicho. —A Via no le pasó desapercibido el tono de irritación con el que lo dijo—. Te ayudará con tu problema.

—¿Cómo puede ayudarme una dirección? —quiso saber ella, siguiéndola por toda la estancia—. ¿Es otro sitio como este?

—Solo ve —fue lo último que le dijo, con voz tajante, antes de tenderle la bolsa y una factura escrita a mano.

Así fue como Via se marchó de aquel lugar con más dudas —y también deudas— de las que tenía antes de llegar. Y no pudo evitarlo, era una prueba: el karma había querido reírse de ella llevándola a esa casa.

Murmuró una palabrota entre dientes.

Estaba enfadada consigo misma por haberse dejado engatusar. Tanto que incluso se planteó la idea de darse la vuelta y devolverle todo lo que acababa de comprar a ese pequeño demonio de mujer.

Pero entonces sucedió algo.

Oyó un gemido incesante que se iba haciendo más sonoro conforme avanzaba hacia la salida.

Y la vio: una chica sentada en la acera, apoyada en el muro con el rostro bañado en lágrimas alzado hacia el cielo. Era preciosa. De inmediato supo que era la hija de Diana. Tenía sus ojos marrones, el mismo pelo oscuro y la forma redonda de su cara. Lloraba de la misma manera que lloraría alguien que ha perdido algo.

Algo vital.

Irrecuperable.

Y en cierto modo así era.

Era una imagen terrible y Via solo pudo sentir su desolación.

Sacó un paquete de pañuelos de papel y se lo ofreció antes de sentarse junto a ella. No la conocía de nada, pero se veía incapaz de marcharse y dejarla ahí en ese estado.

La chica sacudió la cabeza, rechazando los pañuelos.

—Vas a hacer que nos ahoguemos —musitó Via. Era un mal chiste soltado en un momento que no podía ser más inadecuado, pero odiaba los silencios—. Puedes contármelo. A veces sienta bien hablar con desconocidos —explicó, tanteándola—. Te lo digo por experiencia —insistió al ver que los sollozos eran cada vez más sonoros—. ¿Quieres tomar algo? Seguro que tu madre tiene alguna infusión para la tristeza.

La mención de Diana consiguió llamar la atención de la chica, que la miró horrorizada.

—No.

—Está bien —dijo, agitando el paquete de pañuelos.

—No —repitió la chica a la vez que movía la cabeza. Le quitó el paquete de pañuelos de la mano sin ni siquiera molestarse en darle las gracias.

Via alzó las cejas y levantó las manos en señal de rendición.

—Lo he pillado —le hizo saber—. No madres.

La hija de Diana se sonó muy fuerte y, tras lo que pareció una eternidad de lágrimas y sollozos y más lágrimas, consiguió calmarse. Los minutos pasaron lentos para Via, que se esforzaba por mantenerse callada, mientras contemplaba la calle desierta y el cielo que comenzaba a cubrirse de nubes. No estaba lejos de su instituto, a unos quince minutos a paso ligero. Se preguntó a qué instituto iría la chica. Tenía que ser de su edad, más o menos. Quizá un año menor. Nunca se le había dado bien eso de adivinar la edad de las personas.

—Me ha dejado. —Le sorprendió tanto escucharla hablar que la chica tuvo que volver a repetirlo al ver que se había quedado mirándola como si de sus labios hubieran salido perros y gatos en lugar de palabras—. Mi novio me ha dejado. —Se le quebró la voz y Via temió que empezara de nuevo a llorar.

—Vaya, lo siento —se apresuró a decir—. A mí también me pasó, ¿sabes? Los tíos son unos cerdos —empezó, sin pararse a pensar en lo que estaba diciendo. Solo quería distraerla de su desazón—, ven a una tía y se ciegan y no piensan en lo que tienen y…

—No es por una chica.

Via abrió los ojos como platos.

—¿Por un chico? —No daba crédito.

—No —contestó la chica—. Es por mi hermano —explicó, pero al reparar en la manera en que Via torcía la nariz y abría los labios para bombardearla con otra de sus preguntas, añadió—: no es que le guste mi hermano. Es solo que son amigos y…

Alzó las cejas, animándola a continuar.

—¿Y?

—Que le ha elegido a él. —Por supuesto, Via seguía sin entender, pero estaba claro que la chica no tenía ganas de profundizar en el tema—. No le conoces, ¿vale? Lo entenderías si le conocieras.

Via asintió, porque era lo que creía que debía hacer.

—Vale.

—No quiero hablar de ellos ahora.

—Vale —repitió, abrazándose las rodillas.

Pasó otro minuto antes de que la chica decidiera volver a hablar.

—¿Has venido a que mi madre te lea el futuro? —preguntó, mirando la bolsa con curiosidad. Ahora que había dejado de llorar podía apreciar mejor sus facciones, la palidez de su rostro y las pecas que cubrían sus mejillas, que le daban un aspecto más aniñado—. ¿O querías una poción de amor para recuperar a ese chico?

—No la querría ni regalada —replicó Via, recordando a Dave. Y al ver que la chica seguía esperando su respuesta, explicó—: Solo venía a por respuestas.

—Pues has venido al lugar equivocado, aquí solo hay porqués —musitó.

—Ya me he dado cuenta. —Sacó de la bolsa el papel que le había dado Diana y se lo tendió—. ¿Tienes idea de lo que es?

La joven arrugó los labios.

—Pues claro. Es un voluntariado.

—¿Voluntariado de qué?

—Cada viernes por la tarde un grupo de personas de por aquí se reúnen para ayudar a otras que vienen de fuera y apenas hablan nuestro idioma. Hacen juegos, dan charlas y explican algo de gramática. Café y las mejores galletas que hayas probado nunca.

—¿Sueles ir?

—Solía ir con mi hermano. —Se encogió de hombros—. Ahora va él solo.

La chica dio el tema por zanjado. Se levantó y se sacudió los pantalones. Via la imitó y se la quedó mirando mientras esta observaba la calle y la casa de manera alternativa, planteándose qué hacer a continuación. Ganó la segunda opción y se despidió de Via con un gesto apenas imperceptible.

Ni gracias ni encantada ni un simple adiós. Menudos modales.

—Soy Via, ¡encantada! —le gritó indignada.

—¡Karma! —contestó la otra a gritos.

Debía haber oído mal.

—¿Cómo dices?

—Karma, me llamo Karma —repitió ella, dedicándole su primera sonrisa desde la puerta.

Via se quedó ahí plantada, mirando cómo Karma desaparecía en el interior de su casa, cómo la vida transcurría sin esperarla mientras ella permanecía inmóvil, congelada en el sonido de ese nombre, dejando pasar un tren. Y otro. Y otro más. Finas gotas de lluvia comenzaron a martillearla insistentemente. Ni rastro quedaba del buen tiempo que hacía al salir de su casa hacía apenas unas horas.

La vida puede cambiar en un segundo.

Con un pensamiento, una frase, un hecho o un latido.

Por poder, un simple nombre podría cambiártela.

No obstante, no había nada de simple en ese nombre. Porque ese nombre era el nombre. Era un mensaje. Algo o alguien la había llevado a aquella casa y había querido que la descubriera. Su karma estaba ahí, en forma de una chica que pedía a gritos ayuda. Y ella tenía que ayudarla. Casi le había parecido ver una señal parpadeante con flechas luminosas señalando a la chica. Ella era su forma de romper el equilibrio.

Su karma era ella.

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Capítulo 3
Rin

Las cosas que no se saben son las que convierten la vida en algo fascinante.

WISLAWA SZYMBORSKA

Una.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Cinco.

Infinitas veces.

No dejaba de girar. Como los engranajes de un reloj, como las ruedas de un tren, como una noria, como la luna alrededor de la Tierra, como los planetas alrededor del sol. Giraba y giraba. Como su vida.

Rin se hallaba en el suelo de la cocina, con las piernas cruzadas; apenas las sentía de tanto tiempo que llevaba sentado sobre los azulejos fríos, en una casa todavía más fría dado que nadie se había molestado en encender la calefacción. Una expresión ausente se podía leer en su rostro mientras miraba fijamente la lavadora. Su constancia, el hecho de que fuera co ...