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JACK NICHOLSON, LA BIOGRAFíA

Marc Eliot

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Fragmento

En memoria de Andrew Sarris, lamentando la pérdida

de nuestro gran maestro, amigo, crítico e historiador.

Dedicado también a la fallecida Karen Black, por su enorme

contribución y su cooperación infatigable.

Y siempre, para baby cocoa bear.

 

Están James Cagney, Spencer Tracy, Humphrey Bogart y Henry Fonda. ¿Quién más después, si no Jack Nicholson?

MIKE NICHOLS[1]

Marlon Brando influyó muchísimo en mí. Hoy en día a la gente que no vivió esa época le cuesta entender el impacto de Brando sobre el público […] Siempre fue el santo patrono de los actores.

JACK NICHOLSON[2]

Él es nuestro Bogart. Representa ese período histórico igual que Bogart representaba el cine de los años cuarenta y cincuenta.

HENRY JAGLOM[3]

Cuando empecé, había unas veinticinco personas deambulando por Los Ángeles enfundadas en chaquetas rojas que eran exactamente iguales a James Dean, porque él era muy extremado y muy fácil de imitar, algo que no servía absolutamente de nada.

Recibe antes que nadie historias como ésta

JACK NICHOLSON[4]

Siente muchísimo respeto por las mujeres, y yo diría que está a favor de la liberación femenina.

BRUCE DERN[5]

¿Cómo sería follarse a Britney Spears? Yo puedo responder esa pregunta: monumental. ¡Un cambio total de vida!

JACK NICHOLSON[6]

Introducción

En realidad, uno jamás se recupera de su propio nacimiento.

JACK NICHOLSON[1]

John Joseph «Jack» Nicholson Jr. nació el 22 de abril de 1937 en su casa, en New Jersey, según consta en su certificado de nacimiento oficial, en el que también se dice que sus padres fueron John y Ethel May Nicholson. Con el tiempo, Jack comenzó a llamar Mud a Ethel May, abreviatura de mudder (mother o «madre») en el idioma jack.[2]

Ethel May era el sostén de la familia. Durante muchos años trabajó como peluquera en una habitación del segundo piso de la pequeña casa donde vivían, en Neptune City, hasta que logró reunir dinero suficiente para expandir su negocio, trasladar a la prole a un barrio mejor y abrir una modesta aunque rentable cadena de salones de belleza.

John J. Nicholson era la antítesis de su mujer: no tenía un centavo y tampoco le sobraba ambición. Trabajaba esporádicamente como mano de obra barata. Cuando Jack todavía era un bebé, la afición de John J. Nicholson por la bebida se volvió insoportable para Ethel May, que optó por echarlo de casa. A partir de entonces, el padre de Jack empezó a vivir de forma precaria: casi siempre dormía en los bancos de los parques y a veces en la calle. Solía presentarse en casa de Ethel May los fines de semana y ella le permitía comer en familia. Aunque Jack raras veces lo veía, siempre creyó que ese hombre era su verdadero padre.

Muchos otros hombres entraban y salían de su casa en aquella época, entre ellos Don Furcillo-Rose, un joven de cabello negro y elegancia natural, siempre bien vestido y con una bonita sonrisa. Llegó a ser novio de la hermana mayor de Jack, June, poco antes de que ella abandonara de repente la casa familiar en pos de su sueño de triunfar en el mundo del espectáculo. El encantador y guapo Furcillo-Rose, diez años mayor que June, era un músico aficionado que tocaba con varias bandas improvisadas en la costa de New Jersey, donde probablemente se habían conocido.[3]

A Ethel May no le agradaba que Furcillo-Rose rondara a June y cada vez que los pillaba juntos le advertía que se mantuviera alejado de su hija, todavía menor de edad, amenazándolo con que acabaría en la cárcel. Cuando June se marchó, Furcillo-Rose siguió apareciendo de vez en cuando por la casa. Pero jamás fue bien recibido por Ethel May, y tampoco por Lorraine y Shorty, su segunda hija y su yerno, respectivamente. No obstante, como Mud sabía que Furcillo-Rose y su hija mayor habían intimado, a veces le permitía dormir en la habitación de June. A su manera, a fin de cuentas formaba parte de la familia.

Al pequeño Jack tampoco le agradaba Furcillo-Rose: apestaba a whisky y a tabaco y siempre andaba susurrándole cosas a Ethel May para que nadie más pudiera oírlo. Por su parte, Furcillo-Rose no prestaba atención al niño. Jack adoraba a Lorraine y George W. «Shorty» Smith. «Yo tenía a Shorty, el mejor padre que cualquiera podría tener o desear», diría en más de una ocasión.[4]

Lorraine era lo opuesto de June en todos los sentidos. No era extrovertida ni soñadora; prefería ser una buena ama de casa. Se había casado con Shorty en cuanto tuvo la edad legal requerida. Eran inseparables desde que ella tenía siete años y él, once. En su tiempo libre —que era mucho, dado que le resultaba difícil encontrar un empleo estable—, Shorty le enseñaba a Jack todo lo que un padre de verdad le enseñaría normalmente a un hijo: a levantar la tapa del váter antes de orinar o a hacer una parada en los terrenos baldíos donde los muchachos jugaban al béisbol. «Mantén las rodillas cerradas cuando bateen la pelota. Deja que se acerque, y luego atrápala con el guante con la otra mano.» En sus buenos tiempos, Shorty había ido a clases de baile con June, por insistencia de su cuñada, que quería un compañero que no intentara manosearla todo el tiempo, y eso le había dado una agilidad extraordinaria. Aunque en el instituto había jugado un poco al fútbol, era demasiado bajo para destacar. Se había ganado la vida como guardabarreras de Conrail, pero lo habían despedido demasiadas veces para considerarlo un oficio en toda regla. Así las cosas, en plena Segunda Guerra Mundial decidió unirse a la marina mercante a cambio de las tres comidas, un lugar donde dormir y una paga regular que enviaba religiosamente a Lorraine.

Jack no guardaba memoria de June, pero recordaba las historias que se contaban en torno a la mesa familiar. «Mi hermana June era otra cosa —dijo en una entrevista concedida a la revista Rolling Stone—. Se fue de casa a los dieciséis —el año en que Jack nació. Y añadió—: Fue bailarina de varietés en la compañía de Earl Carroll y conoció a Lucky Luciano. Se casó con uno de los pilotos de pruebas del equipo estadounidense que rompió la barrera del sonido […] Luego viajó a California, consiguió algunos trabajos interesantes, conoció a algunas personas interesantes. Y murió. Muy joven. De cáncer.»

Jack declaró esto en la entrevista como si fuera el texto de un guión cinematográfico, una fantasía que terminaba en tragedia. June, la bella princesa condenada. Jack era un adolescente cuando decidió también marcharse de su casa rumbo a la Costa Oeste, deseoso de cumplir sus propios sueños de gloria en el mundo del espectáculo. Decía que quería ser actor. Al igual que June, tenía una imaginación muy fértil, pero de hecho, una absoluta falta de oportunidades.

Al llegar a Los Ángeles pasó una corta temporada en casa de ella, hasta que consiguió un trabajo estable y se mudó. Después de recibir clases de interpretación, trabajó en algunas películas del cine independiente. Sus primeros personajes como «rebelde» lo llevaron a interpretar otros papeles más importantes con mejores guiones y, aunque le costó muchos y difíciles años de trabajo arduo, se convirtió en una estrella. Jack enloquecía por igual a fans y críticos con su seductora presencia ante la cámara y porque siempre parecía estar interpretándose a sí mismo, más allá del personaje que encarnara. La gente llenaba los cines para verlo, además de para ver la película. El público adoraba a Jack… o al personaje que creía que era Jack.

Para él, actuar era algo natural, y no le faltaban razones para ello. Su infancia típicamente americana había sido un diorama de engaños. Nada en el hogar de Neptune City era lo que parecía. Todas las personas que formaban parte de su infancia habían representado un personaje, y lo habían hecho bien. Jack no aprendió a actuar viendo a Marlon Brando, ni siquiera estudiando el método Stanislavski. Aprendió de June, de Lorraine, de John, de Shorty, de Don… y sobre todo de Ethel May.

Todas las grandes estrellas de cine, y Jack es indiscutiblemente una de las más grandes, son en realidad dos personas: el ser humano cuya vida transcurre al margen de la cámara y el actor famoso que interpreta a los personajes por los cuales el público lo adora. Esta dualidad hace que al público, y a veces también a los críticos e historiadores del cine, les cueste distinguir entre los personajes que el actor encarna y la personalidad del actor que los interpreta. El gran truco de los actores consiste en convencernos de que son quienes no son y no son quienes son; la contradicción radica en que el actor busca revelar «la verdad» al público fingiendo ser lo que no es. La actuación es el arte del artificio.

Los rasgos de los personajes de Jack —siempre sonrientes, interesantes, sin problemas, intensos y locuaces— se encuentran en prácticamente todas sus películas, hasta que un día de 1974 descubrió un terrible secreto familiar y pudo identificar la realidad que subyacía a toda aquella «actuación»: algo tan oscuro, tan siniestro y tan engañoso que cambió su vida de manera radical y, por consiguiente, también su forma de actuar. La última película que Jack filmó antes de descubrir ese terrible secreto fue El último deber, cuyo protagonista, Billy «Bad Ass» Buddusky, se cree invulnerable. Es un tipo rudo, divertido, prepotente e instintivo por naturaleza. Bad Ass es inocente al principio del filme y así continuará, incluso cuando deba reconocer la contradicción de sus responsabilidades. En Chinatown —la primera película que hizo después de El último deber— Jack Nicholson interpreta a J. J. Gittes: un detective, un símbolo de autoridad. Gittes también es rudo, divertido y prepotente, pero tiene un lado vulnerable y es esencialmente cerebral. En opinión del público, fue el mejor papel de Jack. El gran público siempre se deja seducir por la vulnerabilidad de sus héroes.

Pero las diferencias distaban mucho de ser superficiales para Jack. Su forma de actuar no se había perfeccionado: Jack, la celebridad cinematográfica, había cambiado porque Jack, el hombre, había cambiado.

Entre una y otra película, había rodado El reportero, de Michelangelo Antonioni, filmada antes que Chinatown, pero estrenada después. El protagonista de El reportero no tiene clara su identidad y durante toda la trama se busca a sí mismo. El personaje funciona como transición de Bad Ass Buddusky a J. J. Gittes. La puesta en libertad del muy oportunamente llamado David Locke es el eslabón perdido entre ambos. Teniendo como trasfondo la guerra civil en Chad —escenario metafórico perfecto para la película—, Locke se topa con un cadáver en su hotel y adopta la identidad del muerto, transformándose literal y figuradamente en él. En Chinatown, Gittes comienza siendo inocente; pero cuando la película termina es, parafraseando al poeta William Blake, un individuo experimentado. En la vida real, Jack probó la fruta prohibida cuando se enteró del secreto familiar y lo pagó caro.[5] Durante el resto de su vida, jamás volvería a encarnar a un personaje tan fácil, tan simple, tan inocente. A eso alude la gente cuando detecta la diferencia entre las primeras actuaciones de Jack en sus películas más «personales» y las últimas en el cine más comercial, de masas.

Después de 1974, aparte de una o dos excepciones, Jack Nicholson jamás encarnó un papel principal puramente romántico. Y en la vida real, si bien las mujeres continuaban siendo una fuente de placer y dolor para Jack, nunca pudo aceptar del todo el amor verdadero, ni creer o confiar en él. Su relación de diecisiete años con Anjelica Huston, la mujer que logró estar más cerca de él, fue una serie de rupturas y reconciliaciones, de enfados, frustraciones e infidelidades mutuas. No es un dato menor que, al final, los dos terminaran solos.

Así pues, las páginas que siguen son la historia de Jack Nicholson, la estrella del cine, y Jack Nicholson, el hombre. Jack, el actor famoso, rodó sesenta y dos películas, en las cuales Jack, el hombre, interpretó al único personaje con quien había intentado reconciliarse y a quien había tratado de perfeccionar toda su vida. El que era en realidad.

Él mismo.

PRIMERA PARTE

Dura es la búsqueda de quien
busca su destino

imagen

Dennis Hopper, Peter Fonda y Jack Nicholson en Easy Rider (1969), de Dennis Hopper. Cortesía de Getty Images.

1

Sangre de reyes corre por mis venas…

JACK NICHOLSON[1]

Jack Nicholson se crió en Neptune City, un pequeño municipio en el condado de Monmouth, en New Jersey, a unas cincuenta millas al sur de Manhattan, cerca de la costa de Jersey y Asbury Park, la colorida meca del carnaval y los salones de juegos sobre los paseos marítimos que supo captar la imaginación de los niños de clase trabajadora de South Jersey. Asbury Park no necesita de un ambiente más mítico que el ya provisto por su fértil cosecha de incontables soñadores locales que hicieron realidad sus sueños, siendo los más notables —además de Jack— Bruce Springsteen, Danny DeVito y, retrocediendo un poco en el tiempo, el dúo cinematográfico que más éxito comercial tuvo en su época, el clásico dúo cómico del hombre flaco y serio con el adorable tonto barrigudo, Budd Abbott y Lou Costello.[2]

Puesto que en el hogar de Ethel May siempre había mujeres que entraban y salían para peinarse o teñirse el pelo, y en consecuencia estaba atestada de los niños que dichas mujeres llevaban consigo para ahorrarse a una eventual niñera, entre tanto bullicio y cotilleo femenino al pequeño Jack le costaba encontrar un rincón donde refugiarse en aquella casa que olía a productos químicos. Como el propio Jack diría tiempo después con tanto estrógeno por todas partes «es un milagro que no haya salido maricón».[3] A veces, si podía, se escabullía y se perdía en la arena de la playa y caminaba sin rumbo entre los baratos y chabacanos espectáculos callejeros.

Las únicas otras dos actividades que Jack podía hacer solo eran leer cómics y coleccionar cromos de béisbol. Jack era un niño que vivía inmerso en sus sueños de superhéroe. El escapismo lo ayudaba a aliviar su soledad, pues a pesar de vivir rodeado de gente estaba solo la mayor parte del tiempo. Jack tenía frecuentes berrinches en parte para llamar la atención. Según su hermana Lorraine, cuando Jack no lograba salirse con la suya, sus pataletas «hacían temblar la casa como un terremoto».[4] Una Navidad, cogió un serrucho de la caja de herramientas y le cortó una pata a la mesa de la cocina. En respuesta, Ethel May le dio una pequeña bolsa de carbón como presente navideño. Jack gritó y pataleó hasta que le entregó el regalo que le había comprado. Solo entonces se calmó. En otra ocasión, mientras su madre estaba enfrascada en una conversación telefónica, Jack se tiró al suelo y empezó a dar patadas y a gritar hasta que Ethel May colgó.[5] «Más tarde —recordaría Jack— tomé conciencia de emociones muy tempranas de no ser querido […] cuando era niño, sentía que era un problema para mi familia. Mi madre y mi padre se separaron justo antes de que yo naciera […] eso debió de ser muy duro para mi madre.»[6] Jack tardaría varias décadas en comprender el porqué de tales sentimientos.

Como la mayoría de los niños de su edad, Jack idolatraba a Joe DiMaggio y tenía todos sus cromos. Una vez que lo mandaron a comprar pan y leche a la tienda de comestibles, se gastó todo el dinero en los últimos números de sus cómics preferidos: Sub-Mariner, La Antorcha Humana, El capitán Marvel y Batman. El que más le gustaba era Batman porque tenía habilidades humanas superdesarrolladas en vez de sobrehumanas o poderes sobrenaturales.[7] Y le encantaba el personaje del Joker. Cuando regresó a su casa, Ethel May le dio una paliza y le quitó los cómics.

En cuanto a las semillas sexuales, fueron plantadas desde muy temprana edad. «Yo estaba muy motivado. Tengo recuerdos de cosas que me excitaban, al menos mentalmente, en la infancia, incluso antes de los ocho años, en la bañera. Quiero decir… yo tenía un deseo enorme.»[8]

Y además estaba el cine. El pequeño Jack pasaba casi todos los sábados en el cine local, el Palace, devorando dibujos animados y series con finales tremebundos a los que parecía imposible que el héroe pudiera sobrevivir: situaciones de suspense especialmente construidas a fin de asegurarse el regreso de cada niño del público el sábado siguiente para otra maratón de celuloide, refrescos, palomitas de maíz y milagros.

Y aunque la familia pasó momentos de dificultades económicas, «nunca me sentí pobre —recordaría Jack—. En Neptune había una zona un poco más precaria, de clase media baja, y otra tirando a clase media alta. Ethel May Nicholson tuvo el acierto de mudarse (y mudarnos) a la mejor zona».[9] En 1950, cuando Jack contaba trece años, Ethel May, cuyo negocio prosperaba, se trasladó con toda su prole unas cruciales dos millas al sur, a Spring Lake, un barrio más próspero al otro lado de las vías del tren, al que muchos conocían como la Riviera irlandesa de Jersey Shore. Estableció su hogar y su exitoso negocio en el número 505 de Mercer Avenue, justo a tiempo para que Jack ingresara en el instituto Manasquan, uno de los mejores centros de enseñanza pública del sur de New Jersey.

La madre de Jack compró uno de los primeros televisores del barrio, una caja cuadrada con patas que ofrecía imágenes en blanco y negro, lo que supuso un gran acontecimiento para todos… excepto para Jack. Él prefería la pantalla grande del cine, al que iba todos los sábados por la mañana, al contenido borroso y verborreico de la parpadeante pequeña pantalla. No se dejaba impresionar por Las aventuras de Superman o El Llanero Solitario. Para él, las historias de esos personajes eran mucho mejor en los cómics o en su propia imaginación que en la televisión. Y mientras los otros niños del barrio se apiñaban en el salón de estar de su casa para asistir a la nueva maravilla de imagen y sonido, a Jack aquello le traía sin cuidado.

Todavía no había dado el estirón adolescente; era bastante más bajo que la mayoría de los muchachos de su edad y su barriga aún estaba recubierta por una gruesa capa de grasa propia de los bebés. Aunque con el tiempo perdería la mayoría de sus adiposidades, nunca llegaría a ser tan musculoso como quería o lo bastante alto para jugar al baloncesto, su deporte preferido. Sus libras de más y su baja estatura lo hicieron merecedor del ominoso apodo de Gordinflón entre sus compañeros de clase. Y por si fuera poco, sufría un caso inusualmente extremo de acné: tenía la piel cubierta de granos que dejaron cráteres y cicatrices permanentes en su cara, hombros, pecho y espalda, motivo por el que durante la mayor parte de su carrera cinematográfica jamás permitió que lo filmaran sin camisa, a menos que la iluminación fuera favorable y tanto su torso como su cara hubieran sido previamente maquillados por manos expertas.

En Manasquan, Jack demostró ser un buen estudiante —inteligente, cerebral y analítico—, pero lo que más le importaba era justo lo que le faltaba: la estatura y la fuerza física necesarias para jugar a la pelota. Aunque lo intentó con el béisbol, también resultó ser demasiado bajo y excesivamente fofo, y tuvo que conformarse con organizar los enseres del equipo, limitándose a cargar con los bates, las pelotas y los guantes de los jugadores. «Jack quería ser un atleta y probablemente se sentía frustrado por no ser un poco más fornido, un poco más alto e incluso un poco mayor en aquella época. Siempre fue el más joven del grupo…», recordaba un compañero de clase.[10] En cambio, escribía sobre los partidos que jugaba el equipo. Había descubierto que escribir le resultaba fácil. Le gustaba la prosa descriptiva porque le permitía captar la acción, como si estuviera jugando con el equipo. Escribir una buena frase era casi tan bueno como batear bien. Casi.

En 1953, ya en el penúltimo curso en el instituto, un Jack de dieciséis años, de aspecto irlandés y bastante guapo a pesar del acné, más delgado y musculoso y dotado de una lengua afilada e ingeniosa, dejó de ser un enano para convertirse en uno de los chicos más populares de la clase. Por primera vez las chicas del colegio le hacían caso —Gordinflón pasó a ser Nick (por Nicholson)— y admiraban su amplia sonrisa, que ahora parecía tener siempre adherida a la cara, como si se la hubieran hecho con abrelatas. Y si bien sus profesores desconfiaban de lo que percibían como una burla maliciosa tras aquella sonrisa —corroborada por un aire general de arrogancia recién descubierta—, el peor delito del que podían acusarlo era de fumar. A esas alturas Jack ya había desarrollado el pernicioso hábito, que nunca abandonaría, de fumar dos paquetes de cigarrillos al día. Sus profesores le advertían que fumar retrasaría su crecimiento. Jack se reía, pero nunca pasó del metro setenta y siete: era más bajo que Steve McQueen, que Paul Newman y que Robert Redford, de la misma estatura que Robert De Niro, y más alto que Al Pacino y Bob Dylan.

Tras fracasar en el intento de formar parte de algún equipo deportivo, Jack se dedicó a actuar en las obras de la escuela, lo que no requería la estatura ni la fuerza física de las disciplinas atléticas. Se lanzó al ruedo de la interpretación en la primavera del penúltimo curso y descubrió que no solo le gustaba actuar, sino que además lo hacía muy bien. El primer espectáculo en el que participó —Out of the Frying Pan, de Francis Swann— fue una comedia sobre unos jóvenes que querían triunfar en Broadway. La obra había sido un gran éxito en la Great White Way en 1941, a raíz de lo cual los juveniles personajes de Swann se convirtieron en un clásico de las producciones teatrales de los institutos durante buena parte de las décadas de 1940 y 1950, para luego dar paso a opciones más contemporáneas. Jack interpretó un papel menor en la obra, pero lo bastante satisfactorio para persuadirlo de apuntarse —en el último curso— como alumno en la compañía teatral del instituto.

Después de clase y fuera de los horarios de ensayo, Jack trabajaba de acomodador en un cine local —el Rivoli, en Belmar— para costearse los cigarrillos. La luz del día y la atención que recibía en los escenarios del instituto daba paso a la oscuridad de la sala, donde podía concentrarse en los actores de verdad y estudiar todos y cada uno de sus gestos para descubrir cómo actuaban e imitarlos. Durante el verano también trabajaba como socorrista a media jornada en la cercana playa de Bradley (siempre con traje de baño de una sola pieza para tapar su pecho con acné), empleo que consistía en la placentera tarea de contemplar a chicas guapas mientras tomaba el sol.

En la producción teatral de su último año lectivo —The Curious Savage, de John Patrick, una pieza originalmente escrita para la leyenda del cine mudo Lillian Gish sobre una anciana encerrada en un manicomio donde vive rodeada de lunáticos—, Jack encarnó a Hannibal, uno de los locos. Se lució tanto en ese papel que sus compañeros de clase lo eligieron como mejor actor en la ceremonia de graduación.

A pesar de su creciente popularidad en el teatro y entre las chicas y su trabajo como socorrista, ninguna muchacha aceptaba salir con él. Siempre pronto para el chiste y los comentarios socarrones, se convirtió en el payaso de la clase, y en cierto modo compensaba su frustración con su vivo ingenio. Si no podía atraer a las chicas por su fuerza física, al menos lograba que se acercaran un poco haciéndolas reír. Como resultado, durante su último curso en el instituto estuvo literalmente rodeado por las chicas más guapas —aunque para él eran de «mírame y no me toques»— de su promoción. Sandra Hawes, la mejor actriz de la clase, la princesa del príncipe Jack, recordaría tiempo después que «andaba con las chicas más populares del instituto […] porque era divertido estar con él […] aunque en realidad nunca tuvo una relación amorosa […] era probablemente el único que no tenía novia […] era un bromista, un histriónico, siempre estaba haciendo payasadas».[11] Sus proezas verbales lo hicieron merecedor de un nuevo apodo —el Tejedor— por su habilidad para entrar y salir de los relatos e ingeniárselas siempre para encontrar una manera de unir al final todos los cabos sueltos. Ya entonces tenía la costumbre de pasarse la lengua por los labios entre una frase y otra.

Su fama de buen chico hizo que lo nombraran vicedelegado de su clase en el último año, a pesar de que a esas alturas la ropa que se ponía Jack a diario se parecía cada vez más a la de un rebelde incipiente: vaqueros sucios y chaqueta de motero eran su uniforme habitual después del estreno, en 1953, de la película Salvaje, de Lászlo Benedek, en la que Marlon Brando encarnaba a un chico malo en moto, dueño de una sonrisa matadora que solo mostraba una vez, en el llamado «final feliz». A los responsables del instituto no les gustaba en absoluto el nuevo atuendo de Jack, pero hacían la vista gorda. En junio terminaría los estudios, así que no tenía sentido agitar el avispero a aquellas alturas del curso.

Jack se graduó en Manasquan en junio de 1954. Ya había ahorrado suficiente trabajando como acomodador en el cine y como socorrista y pudo comprarse un Studebaker modelo de 1947 (aunque le gustaba alardear de que como era tan buen jugador había conseguido el dinero apostando a las carreras de caballos del hipódromo de Monmouth a lo largo de todo el período en el instituto). Cuando fue a solicitar el permiso de conducir descubrió, por primera vez en su vida, que no existía registro alguno de su nacimiento —siempre había dado por sentado que había ocurrido en su propia casa, como los de sus hermanas—. Para el Estado, Jack Nicholson no existía. A fin de resolver el problema, Ethel May presentó un formulario de registro retrasado de nacimiento en el Departamento Estatal de Salud de New Jersey, donde anotó que Jack había nacido el 22 de abril de 1937, en el número 1410 de la Sexta Avenida, en Neptune City, New Jersey. De acuerdo con esa información, Jack había nacido en su casa, como él creía. Ethel May quedó registrada como Ethel Rhoads, madre de Jack, y John Joseph Nicholson en calidad de su esposo y padre del niño.

Con ese papel, Jack pudo obtener la documentación necesaria para el permiso de conducir; pero tiempo después descubriría que no había ni un ápice de verdad en él, como tampoco en el resto de la historia familiar que le habían contado y en la que creía a pies juntillas.

2

Comencé a actuar siendo un admirador…

JACK NICHOLSON[1]

«[Cuando tuve edad suficiente] viajé a la Costa Oeste para ver a algunas estrellas de cine y conseguí trabajo en los estudios […] cuando digo admirador no me refiero a ser un cazador de autógrafos ni nada por el estilo. […] Todas las personas de mi edad éramos admiradores de Marlon Brando.»[2]

Jack tomó la decisión de pasar un tiempo en Los Ángeles tras recibir una invitación de la persona que menos se lo esperaba: su hermana June. En aquel momento ella estaba viviendo en Inglewood, un área de alquileres bajos en el condado de Los Ángeles, en los suburbios de Hollywood. Su traslado a la Costa Oeste no había sido relajado. A pesar de las objeciones manifiestas de Furcillo-Rose, dos meses después del nacimiento de Jack, June había decidido abandonar New Jersey e iniciar su carrera en el mundo del espectáculo. Se unió a una de las pocas compañías de vodevil que aún quedaban, que salían de Filadelfia, bajaban hasta Miami y regresaban por el norte y el oeste hasta acabar el circuito en Chicago. Pero en 1944, a los veinticinco años, abandonó toda esperanza de triunfar como bailarina y terminó trabajando en una fábrica de armas en Ohio. Allí conoció a Murray «Bob» Hawley, un piloto de pruebas divorciado (que pudo o no haber roto la barrera del sonido) que sin duda provenía de una familia adinerada, y se casó con él. En pocos años tuvieron dos hijos, un varón y una niña, y se mudaron a Southampton, Nueva York, el «parque de diversiones» de los ricos del nordeste. Todo iba sobre ruedas hasta que un día, sin previo aviso, Hawley abandonó a June y sus hijos y se marchó con otra mujer. Abatida, June regresó por un breve período a New Jersey, antes de poner rumbo a Los Ángeles con sus dos hijos y con la esperanza de iniciar una nueva vida.

Cuando Jack se graduó en la escuela secundaria, en la primavera de 1954, June lo invitó a pasar el verano con ella en Hollywood y le regaló el billete de avión. Jack no se lo pensó dos veces ante la oportunidad, no solo de pasar un tiempo con su hermana, sino de caminar por las mismas calles y respirar el mismo aire que su ídolo cinematográfico, Marlon Brando.

Curiosamente, a pesar de su popularidad, no le contó a ninguno de sus amigos del barrio o de la escuela que iba a viajar a la Costa Oeste. Era como si, después de todo, no significaran nada para él, como si en realidad le hubieran hecho la vida más difícil, sobre todo las chicas. Jack todavía era virgen cuando se marchó a California. Antes de irse le prometió a Ethel May que regresaría dos meses después y se matricularía en la Universidad de Delaware, donde gracias a su alta media académica había obtenido una beca para estudiar ingeniería.

June no tardó en arrepentirse de haber invitado a Jack a vivir con ella, quien tampoco tardó en lamentar haber aceptado la propuesta de su hermana mayor. El apartamento ya era pequeño para ella y sus dos hijos y aún lo fue más con la presencia de Jack, sobre todo porque se pasaba el día entero allí, taciturno, cabizbajo, durmiendo hasta tarde y devorando cuanto encontraba en la también pequeña nevera. El único respiro que Jack daba a su anfitriona era cuando se iba andando hasta el cercano Hollywood Park a cultivar su pasatiempo favorito: apostar a los ponies. Si no tenía suficiente dinero para las carreras, iba en autobús a Hollywood y exploraba sus calles legendarias. Sin olvidar todas aquellas casitas de color verde agua.

La fábrica de sueños había sido construida por la primera generación de magnates del cine, quienes compraron los huertos de naranjos que cubrían acres de tierras baratas para transformarlos en estudios y mandaron edificar esas casas pequeñas para sus empleados, desde los maquilladores hasta los actores. De inmediato surgieron pequeños negocios que abastecían las necesidades de la inmensa mayoría de los técnicos y actores de los grandes estudios: cafeterías donde podían fumar y beber tazas desbordantes de café caliente y humeante antes de dirigirse al trabajo, y bares para juntarse a beber cada atardecer hasta la hora de cierre. Todas las noches, a las once en punto, la pequeña ciudad se iba a dormir. Los rodajes empezaban al amanecer.

En 1935 la fiesta se había trasladado al oeste, a una franja de tierra de nadie sobre Sunset Boulevard, entre Hollywood y Beverly Hills, conocida como Sunset Strip. Allí no había policía ni gobierno local y abundaban el sexo y el alcohol. Muchos de los clubes y las cafeterías de Sunset Strip eran propiedad de los actores y, para los que no conseguían compañía femenina gratis, había burdeles cuya principal atracción eran las chicas hermosas que trabajaban allí; muchas de ellas interpretaban pequeños papeles en los estudios durante el día —preferían que las llamaran «jóvenes aspirantes a estrellas»—, esperando a que llegara su gran momento…, pero mientras tanto necesitaban dinero para pagar las facturas.

Los grandes estudios se regían por un código férreo, desde hacía ya varias décadas, respecto a lo que se podía hacer y lo que se podía ver en Hollywood. Producían las películas, las distribuían y eran dueños de los cines que las exhibían. Esa mano de hierro comenzó a aflojarse en 1948, cuando el Tribunal Supremo declaró que Hollywood era un oligopolio. A raíz de esa sentencia, empezó a cambiar el estilo de las películas. La llegada del cine independiente marcó el comienzo del fin del Código de Producción censor; Hollywood, pero no necesariamente los grandes estudios, empezó a producir películas más interesantes y a explorar nuevos temas, más allá del habitual chico conoce chica que había dominado la edad dorada. En el cenit de estas nuevas películas brillaban nuevas estrellas, pero ninguna más rutilante que Marlon Brando.

En julio de 1954, poco después de que Jack llegara a Hollywood, se estrenó La ley del silencio, película dirigida por Elia Kazan y protagonizada por Marlon Brando. Terry Malloy sustituyó a Johnny Strabler como el novísimo rebelde del cine estadounidense: un tipo duro y viril, pero vulnerable y en busca de su alma torturada.

Brando cambió para siempre la imagen de la estrella de cine estadounidense, bajando la edad y subiendo la temperatura del concepto de masculinidad en pantalla. La actuación de Brando como Terry Malloy en La ley del silencio encandiló a Jack y a toda una generación de jóvenes fanáticos de las estrellas de cine, que al igual que él anhelaban ser el próximo Marlon Brando.

Aunque se asfixiaba en el minúsculo apartamento de June y no le agradaba particularmente el hecho de que ella estuviera todo el tiempo atusándole el pelo y preguntándole si había comido bien —incluso después de que él hubiera vaciado la nevera— y si se había cambiado de calzoncillos, más como una madre que como una hermana, tampoco le molestaba demasiado. «Había ciertas cosas en mi relación con ella —diría años más tarde—. Comunicación corporal. Y recuerdo que, cuando mi hermana me consentía de aquel modo, yo pensaba qué sería lo que tanto la preocupaba.»[3]

A pesar de la insistencia de Mud en que regresara a la Costa Este ese otoño para ir a la universidad, Jack sabía que no había vuelta atrás. Cuando acabó el verano, decidió cambiar la oportunidad de obtener una educación superior por unas pocas lecciones de vida. Se buscó un apartamento pequeño y barato en Culver City a unas pocas millas al sur de Hollywood, donde dormía hasta el final de la tarde si se le antojaba sin tener que soportar los constantes reproches de June, y luego se levantaba para ir al trabajo de media jornada que había conseguido como reponedor en una juguetería de Hollywood Boulevard para poder pagar el alquiler.

Al salir del trabajo comía algo en Romero’s Coffee Shop, en Wilshire, un local de encuentro de muchos de los que se autoproclamaban nuevos rebeldes aspirantes a actores. Su personalidad extrovertida le permitió integrarse fácilmente en ese círculo, donde se pasaba horas sentado hablando de cine con su baja y monótona voz de New Jersey. Todos disfrutaban escuchándolo analizar esa escena de La ley del silencio en la que Marlon Brando, en el papel de Terry, recoge el guante que Eva Marie Saint, como Edie, ha dejado caer de manera accidental mientras van andando y charlando. Terry coge el guante e intenta ponérselo en su propia mano, como queriendo meterse en la piel de Edie. Lo que hacía la escena todavía más especial para Jack era que había sido improvisada. A Saint se le había caído realmente el guante durante el rodaje y Brando se había adaptado a la situación. Actuar según «el método» del Actors Studio —y este era un perfecto ejemplo de la propuesta de Strasberg de ...