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JARDíN DE INVIERNO

Kristin Hannah

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Fragmento

Prólogo

1972

En las riberas del poderoso río Columbia, en esta estación en la que todo está cubierto de hielo y se vuelve visible hasta el más leve aliento, la huerta que llamaban Belye Nochi estaba en silencio. Los manzanos durmientes, con las raíces robustas enroscadas en lo profundo del suelo frío, fértil, llegaban hasta más allá de donde alcanzaba la vista. A medida que la temperatura se desplomaba y que la tierra y el cielo perdían el color, el paisaje blanqueado causaba una especie de ceguera de invierno: un día se volvía indistinguible del siguiente. Todo se congelaba, se tornaba frágil.

En ningún otro lugar se notaban tanto el frío y la quietud como en la casa de Meredith Whitson. Tenía doce años y había descubierto ya los espacios vacíos que se formaban entre las personas. Anhelaba que su familia fuese como las que veía en la tele, donde todo parecía perfecto y la gente se llevaba bien. Nadie, ni siquiera su querido padre, entendía lo sola que se sentía con frecuencia entre esas cuatro paredes. Lo invisible.

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Pero al día siguiente por la noche todo eso cambiaría.

Se le había ocurrido un plan genial. Había escrito una obra basándose en uno de los cuentos de su madre, e iba a representarla en la fiesta de Navidad. Era justo la clase de historia que sucedería en un capítulo de Mamá y sus increíbles hijos.

—¿Y por qué no puedo ser yo la protagonista? —gimoteó Nina. Era la décima vez que se lo preguntaba, como mínimo, desde que Meredith había terminado el texto de la obra.

Meredith se giró, sentada en su silla, y miró desde arriba a su hermana de nueve años, que estaba en cuclillas en el suelo del cuarto que compartían, pintando un castillo de color verde menta en una sábana vieja.

Meredith se mordió el labio inferior y trató de no fruncir el ceño. El castillo era un sinsentido, no tenía ni pies ni cabeza.

—¿Tenemos que volver a hablar de eso, Nina?

—Pero ¿por qué no puedo ser la campesina que se casa con el príncipe?

—Ya sabes por qué. Jeff hará de príncipe y tiene trece años. Parecerías una tonta a su lado.

Nina dejó el pincel dentro de la lata de sopa vacía y apoyó el peso del cuerpo sobre los talones. Con su pelo corto negro, sus brillantes ojos verdes y la tez blanca, era la viva imagen de un duendecillo.

—¿Puedo hacer de la campesina el año que viene?

—¡Pues claro que sí! —Meredith sonrió de oreja a oreja. Le encantaba pensar que a lo mejor estaba inaugurando una tradición familiar. Todos sus amigos tenían tradiciones, pero ellos, los Whitson, no; nunca habían sido como los demás. A su casa no iba una riada de parientes a pasar las vacaciones, ni tomaban pavo el día de Acción de Gracias ni jamón cocido por Pascua, no acostumbraban a rezar siempre las mismas oraciones. Caramba, ni siquiera sabían con certeza cuántos años tenía su madre.

Eso era porque su madre era rusa y no tenía a nadie en el país. O al menos eso decía su padre. Su madre no decía mucho sobre sí misma.

El sonido de unos nudillos en la puerta sorprendió a Meredith. Y justo levantó la cara cuando Jeff Cooper y su propio padre entraban en la habitación.

Meredith se sintió como uno de esos globos alargados que se van inflando poco a poco y que a cada soplido van adoptando una forma nueva. Y en ese caso el aliento que inflaba el globo era Jeffrey Cooper. Habían sido muy amigos desde cuarto, pero en los últimos tiempos estar con él le producía una sensación rara. Emocionante. A veces, cuando la miraba, casi se le cortaba la respiración.

—Llegas justo a tiempo para el ensayo.

Él le dedicó una de esas sonrisas suyas que le paraban el corazón.

—No les digas nada a Joey y a los chicos. Se iban a reír de lo lindo a mi costa.

—Sobre esto del ensayo… —dijo su padre avanzando unos pasos. Todavía llevaba puesta la ropa de trabajo: el típico traje de chaqueta amplia y pantalones de pata de elefante, tan de moda en los años setenta, en este caso de color marrón con pespuntes naranjas. Sorprendentemente, no había asomo de sonrisa ni debajo del poblado bigote negro ni en su mirada—. ¿Esta es la obra que vais a hacer?

Meredith se levantó de la silla.

—¿Crees que le gustará?

Nina se puso de pie. Su carita con forma de corazón lucía una expresión inusitadamente solemne.

—Eso. ¿Le gustará a ella?

Los tres se miraron, separados por el castillo verde al estilo de Picasso y los disfraces extendidos encima de la cama. Sin decir una palabra, solo mirándose, la verdad que se transmitieron fue que Anya Whitson era una mujer fría. (El poco o mucho afecto que tenía se dirigía a su marido. A sus hijas les llegaba bien poquito. Cuando eran más pequeñas, su padre había tratado de fingir que no pasaba nada, de desviar su atención como un prestidigitador hipnotizándolas con el brillo de su cariño. Pero como sucede siempre con las ilusiones, la verdad acabó por aflorar.)

Por eso, todos entendieron qué estaba queriendo preguntar Meredith.

—No lo sé, Meredoodle —respondió su padre, echando mano de la cajetilla de tabaco que llevaba en el bolsillo—. Las historias de tu madre…

—A mí me encanta cuando nos las cuenta —replicó Meredith.

—Solo habla de verdad con nosotras cuando nos las cuenta —añadió Nina.

Su padre encendió un cigarrillo y se las quedó mirando entre la voluta de humo gris, entornados los ojos.

—Ya —dijo, echando el humo—. Pero…

Meredith se acercó a él, con cuidado de no pisar el mural pintado. Entendía sus dudas: ninguno de los tres sabía a ciencia cierta qué hacía que su madre estallase. Sin embargo, esa vez Meredith estaba segura de la respuesta. Si había algo que le encantara a su madre, era ese cuento acerca de una campesina imprudente que osaba enamorarse de un príncipe.

—Solo dura diez minutos, papá. Lo he calculado. Les encantará a todos.

—Adelante, entonces —dijo él finalmente.

Ella sintió una oleada de orgullo y esperanza. Para variar, ya no tendría que pasarse la fiesta leyendo en algún rincón en penumbra del salón o fregando platos en la cocina. Sería el centro de atención de su madre. Esta obra demostraría que Meredith había escuchado todas y cada una de las valiosas palabras que su madre había dicho en su vida, incluso las pronunciadas en voz baja, en la oscuridad, durante el rato del cuento antes de dormir.

A lo largo de la hora siguiente, Meredith dirigió a su elenco desde el principio de la obra hasta el final. En realidad, solo Jeff necesitaba ayuda. Nina y ella llevaban escuchando el cuento durante años.

Después, una vez terminado el ensayo y habiéndose marchado cada cual por su lado, Meredith continuó trabajando. Elaboró un cartel que decía: única función: gran obra teatral para las fiestas, y debajo escribió la lista de los tres nombres. Retocó el decorado pintado (iba a ser imposible arreglar aquel desaguisado, pues Nina siempre se salía de la raya) y a continuación fue a colocarlo en el salón. Cuando tuvo listo el escenario, se dedicó a pegar lentejuelas en la falda de tul de bailarina, transformada en el vestido de princesa que llevaría al final de la obra. Eran casi las dos de la madrugada cuando se fue a la cama, pero incluso a esas horas de la noche estaba tan entusiasmada que tardó mucho en dormirse.

El día siguiente se le hizo eterno. Pero, finalmente, a las seis en punto empezaron a llegar los invitados. No era un público muy numeroso, solo la gente de siempre: hombres y mujeres que trabajaban en la huerta, sus familias, un puñado de vecinos y la única pariente viva de su padre, su hermana Dora.

Meredith se sentó en lo alto de las escaleras para observar el recibidor desde arriba mientras daba golpecitos con el pie en el escalón, sin poder contenerse, preguntándose cuándo podría pasar a la acción.

Justo en el momento en que se disponía a levantarse, oyó un estrépito.

«Oh, no.» Se puso de pie de un brinco y bajó corriendo las escaleras. Pero era demasiado tarde.

Nina estaba en la cocina y se había puesto a dar golpes con una cuchara metálica en una cazuela, al tiempo que gritaba:

—¡La función va a empezar!

No había nadie como Nina para acaparar protagonismo.

Los invitados, entre los que se oyó alguna que otra risa, fueron pasando de la cocina al salón, donde el mural del castillo colgaba de una pantalla de cine con baño de aluminio montada al lado de la gran chimenea. A la derecha había un árbol de Navidad enorme, decorado con luces de la droguería y con los adornos que Nina y Meredith habían ido elaborando a lo largo de los años. Delante del mural estaba su «escenario»: un puentecito apoyado en el suelo de madera noble y una farola hecha con cartón, con una linterna en lo alto sujeta con cinta aislante.

Meredith atenuó las luces del salón, encendió la linterna y se escondió detrás del decorado pintado, donde aguardaban, preparados y vestidos con sus disfraces, Nina y Jeff.

La intimidad que permitía el telón de fondo era mínima. Con solo ladearse un poco, podría ver a muchos de los invitados y ellos podrían verla a ella. Aun así, conseguía crear una sensación de separación. Cuando se hizo el silencio, Meredith respiró hondo y comenzó la narración que con tanto esfuerzo había redactado: «Se llama Vera y es una campesina pobre, una niña cualquiera. Vive en un reino mágico llamado el Reino de las Nieves, pero su amado mundo se muere. Un mal ha llegado a estas tierras, recorre las calles empedradas en carruajes oscuros que envía un caballero negro y malvado que quiere destruirlo todo».

Meredith hizo su aparición saliendo al escenario con cuidado de no pisarse las varias capas largas que componían su falda. Miró entonces por encima de los invitados y vio a su madre al fondo del salón, que de alguna manera parecía estar sola incluso rodeada de tanta gente, con su bello rostro difuminado por el humo de los cigarrillos. Por una vez, miraba directamente a Meredith.

—Ven, hermana —dijo Meredith alzando la voz, y se dirigió hacia la farola—. No dejaremos que este frío nos detenga.

Nina salió de detrás de la tela. Llevaba un camisón raído, un pañuelo en la cabeza y se retorcía las manos mientras levantaba la mirada hacia Meredith.

—¿Crees que es el Caballero Negro? —chilló, lo cual provocó la carcajada del público—. ¿Es por culpa de su magia negra por lo que hace tanto frío?

—No. No. Lo que a mí me hiela la sangre es la desaparición de nuestro padre. ¿Cuándo regresará? —Meredith se apoyó el dorso de la mano en la frente y lanzó un suspiro dramático—. Estos días los carruajes están por doquier. El Caballero Negro está ganando poder… la gente se vuelve de humo delante de nuestras narices…

—Mira —dijo Nina señalando hacia el castillo pintado—. El príncipe… —añadió, esta vez con reverencia.

Jeff se plantó en el lugar del pequeño escenario que le correspondía. Vestido con su chaqueta azul y sus vaqueros, con una corona dorada barata sobre sus cabellos de color pajizo, estaba tan guapo que a Meredith se le quedó la mente en blanco durante unos segundos. Sabía que él estaba incómodo y pasando vergüenza (sus mejillas coloradas no dejaban lugar a dudas), y aun así allí estaba, demostrando lo buen amigo que era. Y le sonreía como si de verdad fuese una princesa.

Le tendió dos rosas de seda y dijo a Meredith con voz quebrada:

—Tengo dos rosas para ti.

Ella le tocó la mano, pero antes de que pudiera decir su frase se oyó un fuerte estallido.

Meredith se giró y vio a su madre de pie en el centro del grupo de personas que formaba el público. Estaba inmóvil, pálida, los ojos azules echando chispas. De su mano goteaba sangre. Había roto su copa de cóctel y Meredith pudo ver, incluso desde tan lejos, que tenía un trozo de cristal clavado en la palma de la mano.

—Basta —dijo su madre secamente—. Tamaña diversión para una fiesta.

Los invitados se quedaron sin saber qué hacer; unos se levantaron, otros permanecieron sentados. Todos enmudecieron.

El padre se acercó a la madre, la rodeó con un brazo y la estrechó hacia sí. O lo intentó, porque ella no se movía, ni siquiera para él.

—No debí contaros nunca esos cuentos absurdos —dijo su madre, con su acento ruso aún más marcado por el enojo—. Olvidé lo románticas y cabeza huecas que pueden ser las niñas.

Meredith se sentía tan humillada que no era capaz de moverse.

Vio que su padre guiaba a su madre hacia la cocina, donde lo más probable es que la llevase directamente al fregadero y se pusiese a lavarle la mano. Los invitados se marcharon como si aquello fuese el Titanic y estuviesen corriendo a por los botes salvavidas situados al otro lado de la entrada.

Solo Jeff miró a Meredith, y ella se dio cuenta de lo azorado que estaba por ella. El chico empezó a andar hacia su amiga, todavía con las dos rosas en alto.

—Meredith…

Ella salió corriendo, empujándolo a un lado. Cuando llegó al final del pasillo, se detuvo en seco en un rincón oscuro y se quedó allí, quieta, con la respiración entrecortada y las lágrimas escociéndole en los ojos. Desde allí oyó la voz de su padre, que seguía en la cocina, tratando de aplacar a su enfurecida esposa. Un minuto después percibió el chasquido de una puerta al cerrarse y comprendió que Jeff se había marchado a su casa.

—¿Qué has hecho? —preguntó Nina en voz baja, apareciendo a su vera.

—Quién sabe —respondió Meredith secándose los ojos—. Es una zorra.

—Eso es una palabrota.

Meredith detectó el temblor en la voz de Nina y se dio cuenta de que su hermana estaba haciendo denodados esfuerzos por no romper a llorar. Se inclinó hacia ella y la cogió de la mano.

—¿Qué hacemos? ¿Deberíamos ir a disculparnos?

Meredith no pudo evitar pensar en la última vez en que había encolerizado a su madre y le había pedido disculpas.

—Le va a dar igual. Créeme.

—Entonces ¿qué hacemos?

Meredith intentó sentirse tan madura como se había sentido esa mañana, pero su confianza había desaparecido. Sabía lo que iba a pasar: que su padre tranquilizaría a su madre y luego subiría a la habitación de ellas y les haría reír y las abrazaría con sus brazos grandes y fuertes, y les diría que su madre las quería de verdad. Cuando terminase de decir ocurrencias graciosas y de contarles historias, Meredith querría creerlo desesperadamente. Una vez más.

—Solo sé lo que voy a hacer yo —dijo. Y cruzó el recibidor en dirección a la cocina hasta ver el costado de su madre, apenas el vestido ceñido de terciopelo negro, un brazo pálido y sus cabellos blanquísimos—. No volveré a escuchar ninguno más de sus estúpidos cuentos de hadas.

No sabemos decirnos adiós,

y vagamos hombro con hombro.

Ya empieza a oscurecer,

tú estás pensativo y yo callo.

ANNA AJMÁTOVA, EXTRAÍDO DE POEMS OF AKHMATOVA,

traducción inglesa de STANLEY KUNITZ, con MAX HAYWARD[2]

Uno

2000

¿Así se sentía una cuando cumplía cuarenta años? ¿En serio? A lo largo del año anterior Meredith había pasado de señorita a señora. Tal cual, sin transición. Peor aún, su cutis había empezado a perder elasticidad. Había plieguecitos donde antes la piel había estado lisa. Tenía el cuello más lleno, de eso no cabía duda. Todavía no se le había cubierto de canas la cabeza; eso era lo único que la salvaba. Sus cabellos castaños, cortados en una formal media melena capeada, por los hombros, seguían siendo una mata densa y lustrosa. Pero los ojos la delataban. Tenía una mirada cansada. Y no solo a las seis de la mañana.

Se apartó del espejo y se quitó la vieja camiseta de manga corta, se puso unos pantalones negros de chándal, calcetines cortos de deporte y una camiseta negra de manga larga. Luego, se recogió el pelo en una coleta, salió del cuarto de baño y entró en su dormitorio, a oscuras, donde los suaves ronquidos de su marido casi le hicieron sentir ganas de volver a meterse en la cama. En otros tiempos, ni lo habría dudado y se habría acurrucado a su lado.

Salió del dormitorio, cerrando la puerta con sigilo, y se fue por el pasillo en dirección a las escaleras.

Iluminada por la luz tenue de un par de lamparitas de noche del año catapum, cruzó por delante de las puertas cerradas de los cuartos de sus hijas. Ya no eran unas niñas. Jillian tenía diecinueve años, cursaba segundo en la Universidad de California en Los Ángeles y soñaba con ser médico, y Maddy, la chiquitina de Meredith, tenía dieciocho y estaba en primero en Vanderbilt. Sin ellas, esta casa (y la vida de Meredith) estaba más vacía y en silencio de lo que había imaginado. Se había dedicado durante casi veinte años a ser la clase de madre que ella no había tenido, y había dado resultado. Ella y sus hijas se habían convertido en amigas íntimas. Su ausencia la dejaba con un sentimiento de ir a la deriva, casi como si no tuviese un objetivo en la vida. Sabía que era una tontería. Tenía mil cosas que hacer. Simplemente, echaba de menos a las niñas.

Siguió adelante. Últimamente eso parecía ser la mejor manera de sobrellevar la situación.

Una vez abajo, hizo un alto en el salón tan solo para enchufar las luces del árbol de Navidad y fue al recibidor, donde los perros saltaron de alegría, lanzándole lametazos y meneando la cola.

—Luke, Leia, no se salta —riñó a los huskies, y les acarició las orejas mientras los llevaba hacia la puerta de atrás. Cuando abrió, entró una bocanada de aire frío. La noche anterior había vuelto a nevar y, aunque esa mañana de mediados de diciembre aún era de noche, distinguió la perlada palidez de la carretera y el campo. Su aliento se transformaba en volutas vaporosas.

Cuando los tres estuvieron fuera, en marcha, eran las seis y diez y el cielo estaba teñido de una tonalidad entre gris y morado oscuro.

Justo a tiempo.

Meredith corría despacio primero, para aclimatarse al frío. Como hacía todas las mañanas de entre semana, fue por la pista de grava que salía de la casa y que pasaba por delante de la casa de sus padres, hasta la vieja carretera de un solo carril que subía un kilómetro y medio la colina. Desde allí, continuó por la curva que bajaba al campo de golf y regresó. Seis kilómetros. Era una rutina que rara vez se saltaba. En el fondo, no tenía opción. Todo en Meredith era grande por naturaleza: era alta, de espalda ancha, caderas curvilíneas y pies grandes. Hasta sus rasgos faciales parecían un poco demasiado grandes para su rostro ovalado de tez blanca: tenía una boca grande, al estilo de Julia Roberts, ojos marrones grandes, cejas pobladas y mucho pelo. Solo a fuerza de hacer ejercicio con regularidad, de vigilar lo que comía y usar buenos productos capilares y unas pinzas de tamaño industrial, conseguía mantener un buen aspecto.

Al entrar de nuevo en su carretera, el sol del amanecer iluminó las montañas y tiñó de lavanda y rosa sus cimas nevadas.

A ambos lados, miles de manzanos pelados, raquíticos, asomaban entre el campo nevado como puntadas marrones en una tela blanca. Aquella fértil quebrada había pertenecido a su familia desde hacía cincuenta años y allí, en el centro de la heredad, alta y altiva, se erigía la casa que había sido el hogar en el que había crecido. Belye Nochi. Hasta en la tenue luz del alba se veía como un pegote absurdo y ostentoso fuera de lugar.

Meredith siguió corriendo colina arriba, cada vez más rápido, hasta que casi se quedó sin aliento y notó una punzada en un lado.

Se detuvo delante del porche delantero de su casa, mientras el valle se llenaba de la luz dorada y brillante. Dio de comer a los perros y, a continuación, subió las escaleras a toda prisa. Entró en el cuarto de baño justo cuando Jeff salía. Solo llevaba puesta una toalla y sus cabellos rubios entrecanos todavía goteaban. Se hizo a un lado para dejarla pasar y ella hizo lo mismo. Ninguno de los dos dijo nada.

A las siete y veinte Meredith estaba secándose el pelo, y a y media, justo a tiempo, estaba vestida para salir a trabajar, con unos vaqueros negros y una blusa verde entallada. Un poco de delineador de ojos, un toque de colorete y rímel, una capa de pintalabios, y estuvo lista para salir.

Abajo, encontró a Jeff sentado a la mesa de la cocina, en su silla de siempre, leyendo el New York Times. Los perros dormían a sus pies.

Fue a la cafetera y se sirvió una taza.

—¿Te pongo otra?

—No, gracias —dijo él sin levantar la vista.

Meredith añadió leche de soja a su café y, removiendo bien, observó cómo cambiaba de color. Se le pasó por la cabeza que en los últimos tiempos Jeff y ella solo hablaban a distancia, como dos desconocidos (o una pareja desencantada) y únicamente sobre las hijas. Quiso recordar la última vez que habían hecho el amor pero no lo consiguió.

Tal vez era lo normal. Seguro que era lo normal. Cuando dos personas llevan casadas tanto tiempo como ellos, era impepinable que hubiese rachas en blanco. Aun así, a veces le daba pena recordar lo apasionados que habían sido antes. En su primera cita, ella tenía catorce años (habían ido juntos a ver El jovencito Frankenstein, que seguía siendo una de sus películas favoritas) y, a decir verdad, aquella había sido la última vez que había mirado realmente a otro chico. Al pensarlo ahora, le chocaba, pues aunque no se tenía por una romántica, lo cierto era que se había enamorado prácticamente a primera vista. Jeff había formado parte de ella desde que tenía uso de razón.

Se habían casado pronto (demasiado pronto, en realidad) y ella lo había seguido a la Universidad de Seattle, donde estuvo trabajando en bares llenos de humo durante los turnos de noche y los días festivos para pagarse la matrícula. En aquel abarrotado pisito del distrito universitario había sido feliz. Después, estando los dos ya en sus respectivos últimos cursos, ella se quedó embarazada. Al principio estaba aterrada. Le daba miedo ser como su madre y que la maternidad resultase un horror. Pero para su hondo alivio, descubrió que era todo lo contrario de su madre. Quizá el hecho de ser tan joven la había ayudado en ese sentido. Bien sabía Dios que su madre no era joven cuando tuvo a Meredith.

Jeff movió la cabeza. Fue un gesto minúsculo, apenas podía decirse que hubiese sido un movimiento propiamente dicho, pero ella lo había visto. Siempre había estado sintonizada con él, y en los últimos tiempos daba la sensación de que sus decepciones mutuas produjesen un sonido, como un silbido agudísimo que solo ella pudiera captar.

—¿Qué hay? —preguntó.

—Nada.

—No has meneado la cabeza por nada. ¿Qué pasa?

—Que acabo de hacerte una pregunta.

—No te he oído. Házmela otra vez.

—Da igual.

—Vale. —Cogió su taza de café y se fue con ella al comedor.

Era algo que había hecho un centenar de veces. Pero justo en ese preciso instante, cuando pasaba por debajo de la anticuada lámpara de techo con su inútil ramita de muérdago de plástico, su imagen mental cambió.

Se vio a sí misma como si se observase desde lejos: una mujer de cuarenta años con una taza de café en la mano, mirando dos sillas vacías de la mesa, y al marido que seguía allí. Entonces, se preguntó fugazmente qué otra vida habría podido vivir esa mujer. ¿Y si no hubiese vuelto a casa para dirigir la explotación agrícola y criar a sus niñas? ¿Y si no se hubiese casado tan joven? ¿En qué clase de mujer se habría convertido?

Aquel pensamiento desapareció de pronto como una pompa de jabón y volvió a su realidad.

—¿Estarás en casa para la cena?

—Siempre estoy, ¿no?

—A las siete —dijo ella.

—Desde luego —replicó él, pasando la página—. Fijemos una hora.

A las ocho de la mañana Meredith estaba sentada ante su mesa de despacho. Como de costumbre, era la primera en llegar y fue encendiendo luces a medida que recorría el espacio dividido en cubículos de la segunda planta del almacén. Pasó por delante del despacho de su padre, vacío en esos momentos, y se detuvo solo lo necesario para lanzar una ojeada a las placas de la puerta. Trece eran las veces que había resultado elegido Mejor Agricultor del Año y todavía la competencia acudía a él a pedirle consejo. Poco importaba que se pasase por la oficina solo de tanto en tanto, o que llevase diez años semijubilado. Seguía siendo la imagen del manzanal Belye Nochi, el pionero de las Golden Delicious a comienzos de los años sesenta, de las Granny Smith en los setenta y abanderado de las Braeburn y de las Fuji en los noventa. Sus programas de almacenamiento en frío habían supuesto una revolución para el sector y gracias a ellos era posible exportar las mejores manzanas a todos los mercados del mundo.

Sin ninguna duda, ella había también desempeñado un papel en el crecimiento y el éxito de la empresa. Con ella como gerente, el almacén de conservación en frío se había diversificado y en estos momentos una buena parte del negocio se dedicaba al almacenamiento de fruta de otras marcas. Ella había transformado el viejo puesto de manzanas de carretera en una tienda de regalos en la que se vendían cientos de artículos hechos a mano por artesanos de la zona, exquisiteces típicas y recuerdos de Belye Nochi. En esa época del año, las vacaciones, cuando llegaban trenes de turistas a Leavenworth para asistir a la mundialmente famosa ceremonia de encendido de los árboles, más de uno y más de dos se dejaban caer por la tienda de regalos.

Lo primero que hizo fue levantar el teléfono para llamar a su hija pequeña. En Tennessee acababan de dar las diez.

—¿Sí? —dijo Maddy con malas pulgas.

—Buenos días —la saludó alegremente Meredith—. Parece que alguien se ha quedado dormida.

—Oh. Mamá. Hola. Anoche me quedé levantada hasta las tantas. Empollando.

—Madison Elizabeth. —Meredith no necesitó decir nada más para dejar claro lo que pensaba. Maddy suspiró.

—Bueno, vale. Era una fiesta de la asociación Lambda Chi.

—Sé lo divertido que es todo eso y cuánto quieres vivir a tope cada momento de la universidad, pero tienes el primer examen final la semana que viene. El martes por la mañana, ¿cierto?

—Cierto.

—Tienes que aprender a encontrar un equilibrio entre los estudios y la juerga. Así que saca tu culito inmaculado de la cama y vete a clase. Saber estar de juerga toda la noche y aun así levantarte a tu hora es un arte que te servirá para la vida.

—No se va a terminar el mundo por que me salte una clase de español.

—Madison.

Maddy se rio.

—Vale, vale. Me levanto. Español para Principiantes, allá voy. Hasta la vista… bei-bi.

Meredith sonrió.

—Te llamo el jueves para que me cuentes cómo te ha ido la presentación. Y llama a tu hermana. Está de los nervios con su examen de química orgánica.

—Que sí, mamá. Te quiero.

—Yo también te quiero, princesa.

Meredith colgó el teléfono sintiéndose mejor. Pasó las siguientes tres horas metida de lleno en su trabajo. Estaba releyendo el último informe de cultivos cuando sonó el interfono.

—¿Meredith? Tu padre por la línea 1.

—Gracias, Daisy. —Recuperó la llamada—. Hola, papá.

—Tu madre y yo queríamos saber si podrías venir a casa a comer con nosotros hoy.

—Papá, estoy hasta arriba de trabajo…

—Anda, mujer…

Meredith nunca había sido capaz de decir que no a su padre.

—Está bien. Pero a la una tengo que estar aquí otra vez.

—Estupendo —respondió él, y su hija detectó la sonrisa en su voz.

Colgó y volvió a concentrarse en el trabajo. Últimamente, con la producción en aumento y la demanda en descenso, y los costes disparados tanto de las exportaciones como del transporte, muchas veces pasaba los días apagando fuegos y aquel no era una excepción. A eso del mediodía, un dolor de cabeza de grado bajo provocado por el estrés se le había colado en el hueco de la base del cráneo y había empezado a protestar. Pese a ello, sonrió a sus empleados al salir de la oficina y al cruzar el almacén de frío.

En menos de diez minutos estaba aparcando delante del garaje de la casa de sus padres.

La casa parecía sacada de algún cuento tradicional ruso, con su galería doble con forma de torrecilla y sus intrincados adornos calados, sobre todo en esa época del año, en la que el alero y las barandillas destellaban con las luces de Navidad. Ese día el tiempo gris del invierno mostraba apagado el tejado de cobre martillado, pero los días de sol brillaba como si estuviera hecho de oro líquido. Esta casa, rodeada de elegantes y altos álamos y erigida en una suave loma desde la que se divisaba todo el valle, era tan famosa que a menudo los turistas se paraban a fotografiarla.

Nadie como su madre para construir algo tan absurdamente fuera de lugar. Una dacha (o casa de verano) rusa en mitad de Western Washington. Hasta el nombre del manzanal era ridículo: Belye Nochi.

Eso mismo: Noches Blancas. Cuando aquí las noches eran negras como el alquitrán.

Pero, en fin, qué más le daba a su madre lo que había alrededor. Ella se salía con la suya y punto. Cualquier cosa que Anya Whitson deseara, su marido se la daba, y por lo visto había querido tener un castillo de cuento y una huerta de árboles frutales con un impronunciable nombre ruso.

Meredith llamó con los nudillos y entró. En la cocina no había nadie; una olla grande borboteaba en un fogón.

En el salón, la luz entraba a raudales por los ventanales de la galería semicircular de doble planta que presidía el lado norte de la estancia: la famosa torrecilla de Belye Nochi. El suelo de madera relucía gracias a la cera dorada que su madre se empeñaba en aplicar a pesar de que dejaba los suelos convertidos en una pista de patinaje si osabas andar por ellos en calcetines. Una chimenea inmensa de piedra dominaba la pared del centro, y apiñados a su alrededor había un conjunto de sofás y sillones antiguos, tapizados con telas suntuosas. Encima de la chimenea destacaba un cuadro al óleo de una troika rusa —un trineo de estilo romántico tirado por tres caballos enjaezados a juego— que cruzaba un campo nevado. Puro Doctor Zhivago. A su izquierda se veía un popurrí de fotos de iglesias rusas, debajo del cual estaba el «Rincón Sagrado» de su madre, compuesto por una mesa cargada de iconos antiguos y una vela encendida todo el año.

Encontró a su padre al fondo del salón, echado junto al profusamente decorado árbol de Navidad, en su sitio predilecto: tumbado en los cojines forrados con lana de angora de color burdeos de la otomana, leyendo. Tenía los cabellos, o lo que le quedaba de ellos a los ochenta y cinco años, revueltos alrededor de la cabeza rosada, formando volutas blancas. Haber pasado demasiadas décadas al sol le había dejado la piel cubierta de manchas y arrugas, y sus ojos parecían los de un basset hound incluso cuando sonreía. Pero aquella expresión tristona no engañaba a nadie. Todo el mundo quería a Evan Whitson. Era imposible no quererlo.

Al verla aparecer se le iluminó la cara. Le tendió una mano para estrechar la suya con fuerza y a continuación la soltó.

—Tu madre se va a llevar una alegría cuando te vea.

Meredith sonrió. Era el mismo juego al que llevaban años jugando. Su padre fingía que su madre sentía amor por Meredith y Meredith le seguía el rollo.

—Qué bien. ¿Está arriba?

—Esta mañana no he sido capaz de sacarla del jardín.

A Meredith no la sorprendió.

—Voy a buscarla.

Dejó a su padre en el salón y cruzó la cocina hasta el comedor de invitados. A través de las puerta-ventanas vio un tramo amplio de terreno nevado y a lo lejos divisó hectáreas de manzanos en estado durmiente. Más cerca, debajo de las ramas cubiertas de carámbanos de un magnolio con medio siglo de edad, había un jardincito rectangular delimitado por una valla antigua de hierro forjado. Una enredadera parda se enroscaba en la ornamentada puerta de la verja; en cuanto llegase el verano, aquella verja se transformaría en una profusión de hojas verdes y flores blancas. En estos momentos brillaba cubierta de escarcha.

Y allí estaba su octogenaria madre, envuelta en varias mantas, sentada en el banco negro de su denominado jardín de invierno. Empezó a nevar ligeramente, de modo que los diminutos copos difuminaron la estampa y la convirtieron en un cuadro impresionista cuyos elementos parecían tan etéreos que sería imposible tocarlos. El jardín, con sus arbustos esculpidos y su pila para pájaros cubiertos totalmente de nieve, parecía un lugar onírico y extraño. Y en medio de todo eso, inmóvil, perfectamente integrada en la escena, estaba su madre, sentada con las manos entrelazadas con fuerza en el regazo.

De niña, toda esa soledad inherente a su madre le había dado miedo. Pero al ir haciéndose mayor, había empezado a avergonzarla, primero, y a irritarla después. Una mujer hecha y derecha como su madre no pintaba nada sentada a solas en pleno frío. Su madre se defendía diciendo que era a causa de su mala vista, pero Meredith no se lo creía. Era cierto que los ojos de su madre no procesaban los colores, que solo veía en blanco, negro y matices de gris, pero a Meredith nunca, ni siquiera de pequeña, le pareció que aquello fuese motivo para quedarse mirando fijamente al frente, a nada en particular.

Abrió la puerta y salió al aire frío. Las botas se le hundieron hasta los tobillos en el grueso manto de nieve; las pisadas crujieron aquí y allá, donde el suelo estaba cubierto de tramos congelados, y más de una vez estuvo en un tris de pegarse un resbalón.

—No deberías estar aquí fuera, mamá —dijo cuando estuvo cerca—. Vas a pillar una neumonía.

—Hace falta más frío para causarme a mí una neumonía. Debe de haber unos grados bajo cero, nada más.

Meredith puso cara de desmayo. Era el típico comentario absurdo de su madre.

—Solo dispongo de una hora para el almuerzo, así que más valdrá que vayas entrando. —Ella misma se estremeció, sus palabras sonaron cortantes en medio de la suavidad de la leve nevada, y lamentó no haber redondeado un poco más las vocales, no haber atemperado el tono de voz. ¿Qué tenía su madre que siempre sacaba lo peor de sí?—. ¿Sabías que me había invitado a comer?

—Claro que sí —respondió su madre. Pero Meredith detectó que mentía.

Su madre se incorporó con un solo movimiento fluido, como una diosa de la Antigüedad acostumbrada a ser objeto de devoción y veneración. Tenía una cara llamativamente lisa, sin arrugas, un cutis inmaculado, casi translúcido. Poseía ese tipo de estructura ósea que era la envidia de otras mujeres. Pero lo que definía su belleza eran sus ojos. Unos ojos profundos, bordeados por unas pestañas oscuras, de un increíble color aguamarina con motitas doradas. Meredith estaba convencida de que cualquiera que hubiese visto esos ojos no los olvidaría nunca. Qué irónico que unos ojos con una tonalidad tan asombrosa fuesen incapaces de distinguir los colores.

Meredith se cogió de su madre por el codo y fue alejándola del banco. Solo entonces, cuando estaban caminando, reparó en que no se había puesto nada en las manos y que las tenía azuladas.

—Santo Dios. Tienes las manos azules. Con este frío, deberías haberte puesto guantes…

—Qué sabrás tú de frío.

—Lo que tú digas, mamá. —Meredith apremió sin palabras a su madre para que subiese los escalones y regresase al calor de la casa—. A lo mejor deberías darte un baño para entrar en calor.

—No quiero entrar en calor, gracias. Estamos a 14 de diciembre.

—Muy bien —replicó Meredith, y se quedó observando a su madre mientras esta se dirigía tiritando hacia el fogón para remover el guiso. La raída manta de lana gris cayó al suelo formando un montón a su alrededor.

Meredith puso la mesa y durante unos preciados instantes hubo ruido en la cocina, un amago de relación al menos.

—Mis chicas —dijo su padre, entrando en la cocina. Estaba pálido y menguado. Los hombros, antaño anchos, habían quedado reducidos a nada a causa de la pérdida de peso. El hombre se acercó a ellas y apoyó sendas manos en un hombro de cada mujer para arrimar a Meredith y a su madre—. Me encanta cuando comemos juntos.

Su madre sonrió apretando los labios.

—A mí también —dijo con esa forma suya de hablar con mucho acento y troceando las palabras.

—Y a mí —se sumó Meredith.

—Bien. Bien. —Su padre movió la cabeza en gesto afirmativo y se dirigió a la mesa.

Su madre llevó una bandeja de rebanadas de pan de maíz y queso feta, todavía tibias, bien untadas de mantequilla ya derretida, puso una en cada plato y a continuación llevó los cuencos con el guiso.

—Esta mañana he dado una vuelta por la huerta —dijo el padre.

Meredith asintió y se sentó a su lado.

—Imagino que habrás visto la parte del fondo del Campo A.

—Sí. Esa ladera lleva un tiempo dándonos problemas.

—Tengo a Ed y a Amanda ocupándose del tema. No te preocupes por la cosecha.

—No estaba preocupado, la verdad. Estaba pensando en otra cosa.

Ella sorbió su sopa; estaba cremosa, deliciosa. Albóndigas caseras de cordero en un sabroso caldo de azafrán con fideos de huevo con una textura sedosa. Si no ponía muchísimo cuidado, acabaría comiéndose todo el plato y esa tarde tendría que correr otros dos kilómetros.

—¿Ah, sí?

—Quiero cambiar ese campo a uvas.

Meredith hundió lentamente la cuchara.

—¿Uvas?

—La Golden Delicious ha dejado de ser nuestra mejor manzana. —Antes de que le diese tiempo a decir nada, él levantó la mano para interrumpirla—. Ya lo sé, ya lo sé: levantamos este lugar con la Golden Delicious. Pero las cosas cambian. Diantre, Meredith, estamos casi en 2001 y el vino es lo que tira ahora. Pienso que podríamos elaborar vino de hielo y cosechar a últimos, como poco.

—¿En los tiempos que corren, papá? Los mercados asiáticos se están poniendo duros y transportar nuestra fruta nos está costando una fortuna. La competencia aumenta. Demonios, nuestros beneficios bajaron un 12 por ciento el año pasado y este año no pinta mejor. Nos estamos manteniendo apenas.

—Deberías escuchar a tu padre —dijo su madre.

—Ay, mamá, por favor. Ni siquiera has puesto un pie en el almacén desde que modernizamos el sistema de refrigeración. ¿Y cuándo fue la última vez que echaste un vistazo a uno de los balances de fin de ejercicio?

—Basta —dijo su padre, suspirando—. No pretendía provocar una discusión.

Meredith se levantó.

—Tengo que volver a la oficina.

Meredith llevó su cuenco al fregadero, donde lo lavó. Luego, vertió lo que quedaba de sopa en un táper, lo metió en el atestadísimo frigorífico y fregó también la olla. Chocó con el escurreplatos con un sonido metálico que pareció estrepitoso en medio del silencio de la cocina.

—Estaba riquísimo, mamá. Gracias. —Se despidió rápidamente y salió por la puerta. Se puso el abrigo en el recibidor y estaba ya en el porche, aspirando el aire gélido y cortante, cuando su padre apareció por detrás.

—Ya sabes cómo se pone en diciembre y enero. Los inviernos le sientan mal.

—Lo sé.

La estrechó hacia sí y la abrazó con fuerza.

—Las dos tenéis que esforzaros más.

Meredith no pudo evitar sentirse dolida. Llevaba toda la vida oyéndole decir eso; por una vez, deseó que dijese que quien tenía que esforzarse más era su madre.

—Descuida —respondió, poniendo así el broche de oro al cuento de hadas como hacía siempre. Y era cierto que se iba a esforzar. Se esforzaba siempre, pero ella y su madre nunca llegarían a sintonizar. Habían pasado demasiadas cosas entre ellas—. Te quiero, papá —dijo, y le dio un beso en la mejilla.

—Yo también te quiero, Meredoodle. —Sonrió—. Y piensa en las uvas. A lo mejor todavía puedo meterme a vinicultor antes de morirme.

Odiaba esa clase de chistes.

—Muy gracioso. —Dio media vuelta, se montó en el todoterreno ligero y encendió el motor. Trazó un semicírculo marcha atrás para salir. Por entre la capa de encaje de nieve que cubría el parabrisas, vio a sus padres al otro lado de la ventana del salón. Su padre abrazó a su madre y la besó. Se pusieron a bailar, con movimientos inseguros, aunque probablemente no sonaba ninguna música en la casa. Su padre no necesitaba música, siempre decía que llevaba canciones de amor en el corazón.

Meredith se alejó para no seguir mirando aquella escena íntima, pero el recuerdo de lo que acababa de ver siguió en su cabeza. A lo largo del resto de la jornada, mientras analizaba diferentes aspectos de la empresa, mientras buscaba la manera de maximizar los beneficios, mientras asistía a interminables reuniones de gestión y planificación, se sorprendió más de una vez recordando lo enamorados que le habían parecido sus padres.

La verdad era que ella nunca había podido comprender cómo una mujer era capaz de adorar apasionadamente a su marido, a la vez que despreciaba a sus hijas. No, no era eso. Su madre no despreciaba a Meredith y a Nina. Simplemente no le importaban lo más mínimo.

—¿Meredith?

Levantó la vista de golpe. Había estado tan ensimismada que por un instante había olvidado dónde estaba. Sentada delante de su escritorio. Leyendo un informe sobre parásitos.

—Oh. Daisy. Disculpa. Supongo que no te he oído llamar.

—Me marcho a casa.

—¿Ya es tan tarde? —Meredith echó una ojeada al reloj de pared. Eran las 6.37—. Mierda. Digo, caramba. Llego tarde.

Daisy se rio.

—Siempre estás llegando tarde.

Meredith se puso a organizar sus papeles en montones perfectos.

—Conduzca con cuidado, señorita Daisy —era un chiste viejo, pero las dos sonrieron—, y acuérdate de que mañana a las nueve estará aquí Josh, de la Comisión de la Manzana, para una reunión. Necesitaremos donuts y café.

—Hecho. Hasta mañana.

Meredith dejó listo el escritorio para la mañana siguiente y también se marchó.

Ahora sí que nevaba en serio. La nieve le emborronaba la visión a través del parabrisas. Aunque las escobillas iban a toda velocidad, seguía costando ver. Cada par de faros de coche que se le acercaban la cegaba. Pese a conocerse aquella carretera como la palma de su mano, ralentizó y se pegó al arcén. Le recordó la primera y última vez que había intentado enseñar a Maddy a conducir con nieve. Aquel recuerdo le arrancó una sonrisa. «Es nieve, mamá. No hielo. No hace falta que vaya tan despacio. Podría llegar antes a casa andando.»

Así era Maddy. Siempre con prisas.

Una vez en casa, Meredith cerró la puerta dando un portazo al entrar y corrió a la cocina. Una rápida mirada al reloj de pared bastó para saber que llegaba tarde. Otra vez.

Dejó el bolso en la encimera.

—¿Jeff?

—Estoy aquí.

Siguió el sonido de su voz hasta el salón. Su marido estaba en el bar que habían instalado a finales de los ochenta, sirviéndose una copa.

—Perdona el retraso. La nevada…

—Vale —dijo él, interrumpiéndola. Los dos sabían que ella había salido tarde—. ¿Quieres tomar algo?

—Claro. Vino blanco. —Lo miró sin saber ni siquiera qué sentía. Él seguía tan atractivo como siempre, con su pelo rubio oscuro que solo ahora comenzaba a aclararse en las sienes, y su mandíbula cuadrada, fuerte, los ojos de color gris como el acero, que siempre parecían sonreír. No hacía deporte y comía un montón, y aun así tenía un cuerpo de esos nervudos, fibrosos, que parecían no envejecer nunca. Iba vestido con su estilo habitual: unos Levi’s gastados y una camiseta vieja de manga corta de Pearl Jam.

Le tendió una copa de vino.

—¿Qué tal tu día?

—Papá quiere cultivar uvas. Y mamá estaba en el jardín de invierno otra vez. Va a coger una neumonía.

—Tu madre es más fría que cualquier campo nevado.

Por un momento ella notó los años que los unían, todas las conexiones que el tiempo había creado entre los dos. Él se había formado una opinión de su madre hacía más de veinte años y nada de lo vivido había servido para cambiarla.

—Amén. —Apoyó la espalda contra la pared. De golpe y porrazo, fue consciente de la loca/caótica/apresurada agenda de su día a día (y de la semana, y de todo el mes) y cerró los ojos.

—Hoy he escrito un capítulo entero. Es cortito. Solo ocupará unas siete páginas, pero me parece que es bueno. Te he sacado una copia. ¿Meredith? ¿Mere?

Abrió los ojos y se lo encontró mirándola. Una arruguita de ceño le hendía la piel en el centro de la frente, y ella no supo si le había dicho algo importante. Intentó recordarlo pero no pudo.

—Perdona. Ha sido un día largo.

—Últimamente tienes muchos.

No habría sabido decir si había un dejo de reproche en su voz o tan solo pura sinceridad.

—Ya sabes cómo es el invierno.

—Y la primavera. Y el verano.

Duda despejada: era reproche. Hacía solo un año le habría preguntado qué les estaba pasando. Ella le habría contado lo perdida que se sentía en las insulsas menudencias de su vida diaria, o cuánto echaba de menos a las niñas. Pero en los últimos tiempos esa clase de confidencia se le había vuelto imposible. No estaba segura de cómo había llegado a pasar, ni de cuándo, pero daba la sensación de que entre ambos estaba formándose un abismo como una mancha de tinta que lo ensuciara todo.

—Es verdad, supongo.

—Me voy al despacho —dijo él de pronto, y estiró el brazo para coger la chaqueta que había dejado en el respaldo de la silla.

—¿Ahora?

—¿Por qué no?

No supo si de verdad se lo estaba preguntando. ¿Esperaba que lo detuviese, que le diese un motivo para quedarse, o de verdad quería irse? No estaba segura y realmente en esos momentos le daba lo mismo. Le sentaría de miedo darse un baño caliente, tomarse una copa de vino y no tener que pensar qué decir durante la cena. Incluso mejor no tener que hacer cena.

—Por nada.

—Vale —dijo él, y le dio un beso en la mejilla—. Eso mismo pensaba yo.

Dos

Habían hecho falta dos semanas de ardua marcha por la jungla para encontrar la pieza. Los bichos les habían indicado el sitio. Y el olor a muerte.

Nina se quedó quieta al lado del guía que la había llevado. Durante un instante terrible lo vivió todo intensamente: las moscas que zumbaban en el claro, los gusanos que en algunas partes volvían blanco el sangriento cuerpo muerto del animal, la quietud de la jungla africana, que delataba la presencia cercana de los depredadores y carroñeros, observándolos.

Entonces empezó a compartimentar la escena, a verla como fotógrafa. Sacó el fotómetro e hizo una comprobación rápida. Luego escogió una de las tres cámaras que llevaba colgadas del cuello y enfocó el cuerpo destrozado y sanguinolento del gorila de montaña.

Clic.

Fue rodeando el cadáver, enfocando, sacando fotos. Cambiando de cámara, ajustando lentes, comprobando la luz. La adrenalina surtió su efecto. Cuando hacía fotos era cuando de verdad se sentía viva. Su mirada era su gran don. Eso, y su capacidad para distanciarse de lo que ocurría a su alrededor. Imposible lo uno sin lo otro. Para ser una gran fotógrafa, antes que sentir tenías que ver.

Hizo un alto, lo justo para ponerse un poco más de Vicks debajo de la nariz, y a continuación se acercó en cuclillas para enfocar el cuello cercenado. Desde algún lugar le llegó el sonido de alguien vomitando; seguramente el joven periodista que la había acompañado. En esos momentos no podía preocuparse por eso.

Clic. Clic.

A los cazadores furtivos solo les interesaban la cabeza, las manos y los pies. Lo que daba dinero. En la biblioteca de algún cabrón millonario, en algún lugar de este mundo, una mano de gorila servía de cenicero.

Clic. Clic.

A lo largo de la hora siguiente Nina no paró de encuadrar, disparar, cambiar de cámara o de objetivo todas las veces que hizo falta, además de guardar cada carrete usado en su estuche, etiquetándolo antes de meterlo en alguno de los bolsillos de su chaleco. Cuando finalmente cayó la tarde, iniciaron la sofocante, larga y resbaladiza caminata de regreso por el corazón de la jungla. El aire se electrizaba cargado de todos los sonidos de la naturaleza, insectos, aves, monos, y el cielo estaba del color de la sangre fresca. Un sol como una mandarina jugaba al escondite entre los árboles. Si durante el ascenso todos habían ido charlando, el descenso se hizo en silencio, solemne. Para Nina el rato inmediatamente posterior era siempre el peor. A veces le costaba olvidar lo que había visto. Con frecuencia en mitad de la noche las imágenes reaparecían en forma de pesadilla y la despertaban de su sueño profundo. Más a menudo de lo que hubiese querido reconocer, se despertaba con la cara mojada por las lágrimas.

Al pie de la montaña el grupo llegó al pequeño puesto avanzado que hacía las veces de pueblo en esa remota región de Ruanda. Una vez allí, se montaron en el jeep y viajaron durante unas cuantas horas hasta el centro de conservación, donde hicieron más preguntas y donde ella tomó más fotos.

—¿Señorita Nina?

Estaba al lado de la puerta del centro, limpiando una lente, cuando oyó que alguien la llamaba por su nombre de pila. Dejó la cámara a un lado y, al levantar la mirada, vio junto a ella al jefe de los guías del centro. Sonrió todo lo cordialmente que pudo, teniendo en cuenta lo cansada que estaba.

—Hola, señor Dimonsu.

—Siento molestarla cuando están pasando tantas cosas, pero olvidamos transmitirle un importa mensaje telefónico. Era de la señorita Sylvie. Dice que le digamos que la llame.

—Gracias.

Nina sacó de su bolso el voluminoso teléfono vía satélite y se llevó todo el equipo al claro que quedaba en el centro del campamento. La brújula enseguida le proporcionó las coordenadas del satélite. Desplegó la antena parabólica del teléfono, la colocó en el suelo y apuntó a 60 grados al nordeste. A continuación, enchufó el teléfono a la parabólica y lo encendió. La pantallita naranja de LCD parpadeó hasta estabilizarse, lo cual quería decir que el terminal estaba listo para usar, y le informó de la potencia de la señal. Esperó a que fuese buena e hizo la llamada.

—Ey, Sylvie —dijo cuando su editora respondió—. Hoy he conseguido las fotos de la escabechina. Dame unos… ¿diez días? y te las mando.

—Te doy seis. Estamos pensando en la portada.

«La portada.» Sus dos palabras favoritas. A algunas mujeres les gustaban los brillantes; a ella, la portada de la revista Time. O de National Geographic. No le hacía ascos a ninguna de las dos. En realidad, acariciaba la esperanza de conseguir algún día la portada y unas dieciséis páginas para su reportaje gráfico sobre las «Mujeres guerreras de todo el mundo». Su acariciado proyecto. En cuanto ...