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JULIA DESAPARECE

Catherine Egan

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Fragmento

CAPÍTULO 1

El carruaje cruza el puente a la altura del templo de Cyrambel y Jani se escucha decir a sí misma:

—Me bajo aquí.

—¿Aquí? —le pregunta su compañera de viaje, que todavía acuna al bebé dormido en su regazo—. De ninguna manera. No conozco a lord Snow, pero te aseguro que no vive aquí. Aquí no vive nadie.

—Es aquí cerca —dice Jani, riendo, aunque por un segundo es incapaz de recordar dónde residen lord Snow y su familia. Tiene la dirección en el bolso: lo único que tiene que hacer es sacarla, ordenar sus pensamientos. No sabe, ni tampoco tiene tiempo de preguntarse, qué es lo que la impulsa a actuar así. Siente pena por tener que separarse de su compañera y de su precioso bebé. Han compartido el trayecto desde el sur; se pusieron de acuerdo para compartir el carruaje porque ambas iban a la misma zona de la ciudad.

—¿Está segura? —pregunta el cochero, también escéptico. Allí no hay nada aparte del templo, del río, del puente vacío.

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—Me apetece pasear un poco —dice.

—Esto no es seguro, señorita —dice el cochero.

—Estaré bien. —Se gira hacia su compañera—. Gracias por hacerme compañía. Por favor, dame tu dirección. Las dos somos nuevas en la ciudad: quizá podríamos conocerla juntas.

—Por supuesto. —Su compañera saca una pluma y una pequeña libreta del bolso, escribe algo al vuelo, dobla el papel y lo aprieta contra la mano de Jani—. Cuídate.

—Tú también —dice Jani. Impulsivamente, se inclina y besa a la mujer en la mejilla. También le da un beso al bebé.

—Di adiós, Theo —dice su compañera, y el pequeño Theo agita una de sus rechonchas manitas.

—Bah, bah.

El cabriolé acelera, perdiéndose en la noche, y Jani se queda sola a la sombra del templo. Alguien la espera. Eso es todo lo que sabe. También sabe que tiene miedo y que no entiende por qué está pasando nada de esto, pero lo cierto es que está pasando. Desdobla el papelito que su compañera de viaje acaba de darle. Lo único que ha escrito es: «Olvídame».

Mira hacia el carruaje, confusa, intentando recordar quién le ha dado el papel. La casa de lord Snow en Forrestal queda aún muy lejos y la noche es muy fría.

—¿Qué estoy haciendo? —dice en voz alta.

La suave mano en su garganta aparece como una respuesta a su pregunta, ahogando su grito. Con un rápido movimiento, el filo de un cuchillo la arranca de la oscuridad de la noche y de todo lo que está por venir.

El suelo bajo mis pies desnudos está helado. Florence y Chloe respiran profunda, apaciblemente. Diría que ha pasado una hora más o menos desde la media noche. Los muelles oxidados de mi camastro chirrían cuando me levanto, pero las dos durmientes siluetas ni se inmutan. Están acostumbradas al sonido, sin duda, porque estas camas chillan como las víctimas de un asesinato cada vez que nos damos la vuelta. Paso junto a sus camas con ligereza y dejo que mi mano se deslice en torno al pomo de la puerta, que ya no chirría: la semana pasada engrasé las bisagras y desmonté, limpié y volví a montar el pomo. Con los muelles de la cama, desgraciadamente, no pude hacer nada.

La luz de la luna se cuela entre las cortinas, iluminando levemente la pequeña estancia del ático en la que dormimos las sirvientas, pero la escalera está a oscuras. Tanteo con cuidado en busca del primer escalón con el pie. En una mano tengo una vela, apagada en su candelero de hierro. Con la otra, cierro la puerta a mis espaldas.

Los dormitorios principales están en la tercera planta, así como el excusado. El reloj de la planta baja me recuerda que son casi las dos de la madrugada, pero aún veo luz colándose por debajo de la puerta de Frederick. Eso no me detiene. Lo más probable es que se haya quedado dormido encima de un libro. Las escaleras que llevan a la segunda planta son más anchas. Las bajo veloz, apoyando una mano en la pared para guiarme en la oscuridad. Sé de memoria cuáles son los peldaños que crujen, así que mi descenso es completamente silencioso. Aquí está la biblioteca; allí, la sala de música; más allá, la sala de lectura de la señora Och, y, por fin, mi destino de esta noche: el despacho del profesor Baranyi. Esta habitación no la limpiamos, así que nunca he estado dentro. Por la noche, se cierra con llave.

Pero una cerradura no es impedimento para mí.

Por debajo de la puerta no se ve luz, pero de todos modos apoyo la oreja contra la madera, por si acaso hay alguien, y escucho. Con la mano libre, me quito una horquilla del pelo y la estiro. No soy demasiado experta abriendo cerraduras con horquillas, pero tengo los conocimientos básicos y consigo abrirla en menos de un minuto.

He cosido un librillo de cerillas al dobladillo de mi camisón. Cuando enciendo una, la habitación se dibuja ante mí, las amenazadoras estanterías y los muebles proyectando sombras monstruosas que me acechan. Cuando enciendo la vela, la luz titilante hace que las sombras bailen y brinquen. Nunca he sido de las que se asustan de las sombras, así que me dirijo directamente al escritorio del profesor Baranyi.

El profesor no es un hombre ordenado, por decirlo suavemente. Pilas de libros y hojas de papel en precario equilibrio ocupan hasta el último centímetro del espacio. Tres ceniceros rebosantes de colillas de cigarrillos, dos vasos medio llenos, peligrosamente apoyados sobre un montón de grandes carpetas de cuero, y el tintero abierto, con la pluma goteando sobre el papel secante.

Sería más fácil si supiera qué estoy buscando.

A mi espalda escucho un sonido amortiguado —mi imaginación lo convierte en un pañuelo saliendo de un bolsillo— que me paraliza.

—Uhhh, uhhh —dice una vocecilla aflautada. Casi se me escapa la risa de puro alivio. Posado en una percha hay un buhito marrón que parpadea en dirección a mí.

—Lo siento —susurro—. Vuelve a dormir.

—Uhhh —ulula el búho, encogiendo las alas y acomodándose en su percha.

Me giro de nuevo hacia el escritorio del profesor Baranyi, levanto la vela e inspecciono los libros y papeles que hay alrededor del tintero, lo que fuera que estuviera mirando antes de irse a la cama. Esme me enseñó a leer, y soy capaz de hacerlo bastante rápido y bien, incluso garabatos inteligibles y con faltas de ortografía. Rebusco un poco entre sus papeles: un viejo recorte de periódico acerca de un lago, en algún lugar que desconozco, que se ha secado misteriosamente; listas de nombres en las que algunos aparecen tachados; números sin contexto; listas de ciudades y países. Un círculo rodea un nombre en una larga lista: «Jahara Sandor – Hostorak 15c». El nombre me provoca un sobresalto. Hostorak es la inexpugnable prisión donde las brujas, los practicantes del folclore y otros adeptos a la magia esperan su ejecución. Es un enorme monolito gris tras el Parlamento, el edificio más horroroso de toda la ciudad de Spira, y también el más aterrador. Memorizo el nombre, Jahara Sandor, y el número, 15c, sin saber lo que pueden significar.

En la parte de atrás del despacho hay un largo banco de trabajo con instrumentos científicos, pero no sé cómo funcionan. En su lugar, me vuelvo hacia las estanterías, que tapizan todas las paredes de la habitación. A los pies de una de ellas encuentro una vitrina de cristal llena de libros y cerrada con llave. Ahí está: cualquier cosa que tenga un candado no puede menos que ser interesante. Forcejeo con la horquilla hasta que el candado cede y la vitrina se abre. Comprendo inmediatamente por qué estos libros están guardados con llave, con títulos como Análisis científico de las fuerzas elementales del trabajo y desde Leyendas de los xianren I hasta Leyendas de los xianren VII. He oído hablar de los xianren: unos míticos magos alados de la antigüedad, capaces de recitar conjuros. Cosas folclóricas. No debería sorprenderme: el profesor Baranyi pasó unos cuantos años en la cárcel por escribir textos heréticos, y uno puede terminar en prisión simplemente por tener cualquiera de estos libros. Así que ya lo veis: no estoy registrando las estancias privadas de los ciudadanos honestos y ejemplares de Frayne, precisamente; aquí hay criminales por doquier. Tengo la mano apoyada en Leyendas de los xianren I para sacarlo de la estantería cuando escucho un chasquido en las escaleras. Empujo el libro de nuevo a su sitio, cierro la puerta de la vitrina muy despacio y soplo la vela para apagarla. Vuelvo a cerrar el candado de la vitrina, ya a oscuras, pero no me da tiempo a llegar hasta la puerta. Escucho una llave introducirse en la cerradura mientras yo avanzo lentamente a través de la oscuridad. Choco contra un palanquín lleno de libros y me detengo en seco por miedo a tirar algo. La persona que está intentando abrir la puerta hurga una y otra vez, porque yo me la he dejado abierta, y quienquiera que sea ha vuelto a cerrarla por error. Sin embargo, cuando vuelve a introducir la llave, consigue abrirla.

Aspiro una bocanada de aire y la vuelvo a soltar. La puerta se abre y una luz ilumina la estancia. Es el profesor Baranyi, con una lámpara de gas. Lleva una gruesa bata y pantuflas. Su moreno rostro, con la barba y los anteojos, adquiere un aspecto monstruoso a la luz de la lámpara. Deja caer la llave en el bolsillo de su bata, mira en derredor de la estancia y, entonces, se dirige hacia el buhito en su percha y le rasca ligeramente bajo el pico. El búho le picotea los dedos y ladea la cabeza en dirección a mí. Criatura traicionera. Pero el profesor Baranyi no mira hacia donde estoy yo, sino que se dirige a su escritorio. Coloca la lámpara sobre una pila de libros que hay en el suelo, que tiene la misma altura que el escritorio, y rebusca un cigarrillo en el cajón. Luego lo enciende con la lámpara.

No me queda más remedio que tragarme todas mis maldiciones. Se va a pasar aquí un buen rato.

En mis dieciséis años de vida he visto tanto o más que alguien que me quintuplique la edad, y he adquirido unas cuantas habilidades fuera de lo común. Algunas de ellas requirieron de una dura práctica mientras que otras surgieron de manera más natural. Hay una en particular que tengo desde siempre. No sé cómo llamarla exactamente, es algo así como que poseo la capacidad de no ser vista. No se trata de invisibilidad, ni nada tan radical, esto lo aprendí por las malas cuando era niña. Pero existe una especie de espacio en el que puedo introducirme, un espacio entre mi propia corporalidad y un no sé muy bien qué, en el que los ojos de la gente, sencillamente, pasan sobre mí como si fuera un mueble tan ordinario que ni siquiera mereciera la pena reparar en él. Desde que aprendí a hacerlo adrede, solo ha habido una persona capaz de verme sin que yo quisiera que lo hiciera.

Ahora veo al profesor como a través de una ventana empañada, como si todo estuviera ligeramente desenfocado. Estira la mano en busca de una de sus carpetas de cuero, moviendo esos vasos que quién sabe qué contendrán. Tenso la mandíbula para evitar que me castañeen los dientes. Por las noches, la casa está helada, y deseo con todas mis fuerzas que se le ocurra encender el fuego.

Pasa una página, chupa la punta de su pluma. Yo intento entrar en calor pensando en Wyn. Wyn dando de comer a las palomas en el tejado. Wyn quitándose las botas y tirándolas de cualquier manera. Wyn iluminado a la luz de la hoguera, intentando alcanzarme. La boca de Wyn. Siento que algo me recorre entera cada vez que me dedica una de sus amplias sonrisas, o cuando echa la cabeza hacia atrás para reírse y deja ver los dientes y hasta la oscura prolongación de su garganta. ¡Esa risa! Cada vez que la escucho, me revuelve por dentro. Los dedos de Wyn rozándome los brazos arriba y abajo, su mano recorriendo la parte baja de mi espalda, su aliento, que huele a vino, a tabaco y a otra cosa, algo dulce. Empiezo a calentarme y, durante un rato, los minutos parecen volar.

Pero ni siquiera Wyn, con sus hábiles dedos y sus dulces labios, es capaz de hacer que resista durante casi toda la noche en mi forma fantasmagórica. Tiritando con violencia, los dedos de los pies encogidos para evitar rozar el suelo helado y los de las manos doloridos de tanto sujetar la vela, repaso mentalmente todos los insultos que conozco. El profesor Baranyi está inmerso en su libro forrado en cuero y no parece tener intención de irse a dormir otra vez. Dentro de poco, Florence y Chloe se levantarán para comenzar con las tareas del día. Me las imagino despertándose y descubriendo que no estoy ni en la cama ni en ninguna otra parte de la casa. ¿Qué le dirán a la señora Och? ¿Cómo explicarán mi ausencia? No puedo salir de la estancia sin ser descubierta, y tampoco puedo hacerlo sin meterme en un buen montón de problemas.

Me encuentro sopesando los desastrosos resultados de la noche, cuando bajo nosotros escucho un gran estruendo, seguido de un largo y grave alarido. El profesor levanta la cabeza. Otro estruendo, como de acero al chocar contra piedra, y un aullido capaz de levantar a los muertos. No es la primera vez. He escuchado sonidos parecidos procedentes del sótano, pero nunca tan terroríficos como estos. El profesor se levanta de la silla dando un brinco y va derecho hacia la vitrina de libros cerrada con llave. El corazón me da un vuelco cuando, manipulándola torpemente, consigue abrirla. En las escaleras del piso de arriba se oyen pasos y, un segundo después, Frederick irrumpe en la habitación, con paso tambaleante y somnoliento. En la mano lleva un extraño revólver.

—¿Es una reacción? —pregunta.

El profesor está sacando todos los libros de la vitrina. Tantea, buscando algo tras ellos, y parece abrir algún tipo de panel. Me cuesta mucho contener mi alegría: la noche no va a ser una completa pérdida de tiempo, al fin y al cabo. Saca de la vitrina un maletín negro. El sonido de la madera al astillarse nos pilla a todos desprevenidos. El profesor maldice. Saca algo del maletín y se lo tiende a Frederick, pero los dos están de espaldas a mí y no puedo ver de qué se trata. Estoy distraída, de todas formas, por un sonido que oigo en las escaleras del piso inferior, y luego por un gruñido en el vestíbulo, escalofriantemente cerca.

Frederick y el profesor corren juntos hacia la puerta, justo cuando una gran sombra oscura pasa frente a ella. Frederick apunta con el revólver. Se escucha un siseo, un grito ahogado y el impacto de algo al golpear con fuerza contra el suelo. Los dos hombres respiran a la vez, aliviados: Frederick se apoya contra la jamba de la puerta y el profesor Baranyi saca un pañuelo del bolsillo de su bata para limpiarse el entrecejo.

—Y hasta aquí hemos llegado con las propiedades curativas de la amatista, ¿eh? —dice el profesor, y Frederick deja escapar una breve risa. Creo que está temblando, pero, desde mi desenfocado punto de vista, es difícil distinguirlo.

—Necesitamos una puerta nueva —dice—. De acero.

—Sí. Lo arreglaremos por la mañana.

—Y, entonces, ¿qué? Creo que ya lo hemos intentado todo.

—Todo no —dice el profesor—. Pero casi.

Se quedan callados durante un segundo, mirando lo que sea que hay en el vestíbulo. Entonces, Frederick dice:

—Volveré a llevarlo abajo.

El profesor asiente y Frederick cierra tras él con un portazo. El profesor Baranyi parece bastante tranquilo y murmura algo para sí mientras devuelve el maletín negro al compartimento secreto y lo oculta detrás de la pila de libros prohibidos. Ya de vuelta en su escritorio, se concentra más si cabe en el libro que tiene frente a él. No sé qué pensar de lo que acabo de ver, pero el corazón me late con fuerza y soy incapaz de seguir quieta. Empiezo a avanzar lentamente por la estancia.

Cuando me encuentro en medio de una multitud es como si el movimiento ajeno abriera burbujas dentro de las cuales puedo desaparecer y moverme fácilmente. Desplazarme dentro de una habitación en la que todo está quieto mientras trato de ocultarme tras la membrana de lo visible es mucho más difícil: se parece a intentar escribir a la vez cosas distintas con cada mano. El profesor, sin embargo, no levanta la vista del libro en el tiempo que tardo en dirigirme hacia la puerta. Espero hasta que parece completamente absorto en la lectura. Y, entonces, alcanzo el pomo y abro la puerta demasiado deprisa y pierdo el equilibrio. Todo a mi alrededor vuelve a enfocarse con nitidez.

Se sobresalta, mira hacia mí, y me descubre.

—¡Señor! —grito mientras giro sobre mis talones, como si estuviera entrando en lugar de saliendo—. ¡He oído unos sonidos horribles procedentes del sótano, señor!

El profesor Baranyi se sube los anteojos por el puente de la nariz para observarme a la luz de la lámpara moribunda.

—¿Señorita…? —dice, sin recordar mi nombre.

—Ella —digo yo—. Me dirigía al excusado, señor, disculpe, señor, y he oído un golpeteo y un vocerío tremendos. Lo siento, señor, me asusté, y vi su luz encendida…

—Uhhh-uhhh-uhhh —dice el buhito marrón, apoyándose primero en una pata y luego en la otra, encantado con el ajetreo.

—Yo no he oído nada —dice el profesor, levantándose de su silla. Me percato de que el desconcierto que le embargaba por haberme sorprendido en su despacho empieza a disiparse a medida que va aceptando la explicación más lógica: que yo estaba entrando, no saliendo.

—Ya no se oye —digo—. ¿Cree que habrá entrado algo en el sótano? ¿Estará bien el señor Darius allí abajo?

El señor Darius es un anciano y aristocrático huésped que tiene una habitación en el sótano y que, por lo que sé, tiene una mascota nocturna bastante infeliz. Espero que no sea el culpable de que lo que sea que haya ahí abajo esté sufriendo. Preguntarme eso me da escalofríos cada vez que bajo a servirle el café.

—No pasa nada, señorita Ella —dice el profesor Baranyi, en tono tranquilizador—. Se lo prometo. Ahí abajo hay una puerta rota. A veces el viento se cuela por ella y produce unos horribles sonidos en el pasadizo. Tenemos que arreglarlo, pero, por favor, no se alarme.

No se le da mal mentir, casi tanto como a mí.

—Lo siento —digo de nuevo, con la vista clavada en mis pies descalzos—. No debería haberle importunado. Estaba tan asustada… Pero no tenía que haberle molestado. Me siento muy avergonzada, señor.

—No tiene por qué enterarse nadie —me consuela, y espero que lo diga en serio. No sé por qué, pero sospecho que la señora Och es menos dada a la crédula simpatía—. Ahora quizá lo mejor sería que volviera a la cama.

—Sí, señor. Disculpe, señor. —Le esquivo y cruzo la puerta.

El alivio de poder moverme después de tantas extenuantes horas de inmovilidad es inmenso. Subo las escaleras casi corriendo y entro en la habitación de las sirvientas lo más silenciosamente posible. Me acomodo entre las frías sábanas. La cama protesta con su habitual quejido y Florence abre los ojos.

—¿Dónde estabas? —pregunta con una vocecilla fría y preocupantemente despierta.

—En el baño —gruño a modo de respuesta, echándome las mantas para cubrirme.

Un segundo después, suelto un ronquido, pero todavía puedo sentir sus vidriosos ojillos clavados en mí.

CAPÍTULO 2

El día siguiente lo tengo libre. Se supone que voy a ir a visitar a mi familia en Jepta, un anodino pueblecito situado aproximadamente a una hora de la ciudad de Spira. Gregor llegó incluso a llevarme allí una vez, por si acaso me topaba con alguien que conociera el pueblo, y me hizo caminar memorizando sus calles y charlando con los vendedores de fruta y verdura para aprenderme sus nombres. Esme, por su parte, confeccionó para mí un pasado familiar increíblemente soso: tengo infinitos y soporíferos detalles sobre mi familia y su sosería que podría compartir si alguien mostrara interés, pero no es el caso. Al fin y al cabo, solo soy la nueva sirvienta.

Excepto porque, por supuesto, no es eso lo que soy.

La señora Och me ofrece generosamente el importe del billete a Jepta, así que me concedo un desayuno caliente en la avenida Lirabon, sentada en la barra junto a los estudiantes, artistas y aristócratas pobres que viven en la zona. La casa de la señora Och está en la calle Mikall, en un barrio adinerado cerca del animado centro de la Scola, el barrio universitario. La Maraña se encuentra justo al otro lado del río, a un paseo de menos de media hora a pie, pero está cayendo un aguanieve grisácea y la impaciencia está empezando a enervarme, así que llamo a un carruaje a motor. Es el Día del Templo, pero aún es temprano y las calles están relativamente tranquilas. Unos cuantos caballos de aspecto triste tiran de carruajes antiguos sobre el empedrado, y veo un carruaje eléctrico que se desliza hacia nosotros por una lluviosa callejuela lateral. Todos sus ocupantes van vestidos de blanco. Cuando nos aproximamos al templo Cyrambel, que se erige en toda su sombría enormidad entre la Scola y la Maraña, en la misma orilla del río Syne, la calle se vuelve intransitable. Los carruajes y cabriolés están parados, los transeúntes se pasean y empiezan a hablar entre sí, incluso aunque no se conozcan, con ese tono ávido que solo puede significar una cosa: una muerte.

—Me bajaré aquí —le digo al cochero, y le pago con las monedas de la señora Och. Creo que tardaré menos a pie.

Me abro camino entre la multitud hasta el río Anopine, donde veo los abrigos azules y los sombreros emplumados de los soldados, junto a los cuales los uniformes de los agentes de policía parecen apagados y tristes. En el centro hay una manta extendida, sobre lo que asumo que es un cuerpo. El pavimento que lo rodea está completamente oscurecido por la sangre.

—Apártate, muchacha —me gruñe un soldado, apuntándome con una pala, pero esquivo su brazo con facilidad y le guiño un ojo. El soldado tuerce la boca y se gira, dándome su ancha espalda.

—¿Qué ha pasado? —le pregunto a uno de los mirones, una anciana con aspecto de fisgona vestida con un delantal.

—¡Una muchacha de Nim! —dice con voz chillona, volviéndose hacia mí, encantada de encontrarse con alguien nuevo a quien poder contarle su historia—. ¡Acaban de identificarla! ¡Se suponía que iba a ser la institutriz de los pequeños de lord Snow!

Esto es preocupante. No es muy común encontrar a chicas de buena familia muertas en un puente. La anciana pega su cara a la mía y en su aliento huelo el desayuno: caldo salado y té lavado.

—¿Escuchaste lo del banquero que encontraron hace dos días en Nim? ¿Y la bailarina que apareció antes que él?

Niego con un gesto de la cabeza. No he salido de la casa de la señora Och en una semana y no suelo prestar mucha atención a las noticias procedentes de lugares lejanos.

—Ambos con la parte superior de la cabeza cercenada —me dice alegremente—. Y les habían toqueteado el cerebro. Este caso es exactamente igual, ¡y la chica llegó ayer de Nim en tren! ¡Han encontrado el billete en su bolso!

—¿Crees que es un imitador o que el asesino vino con ella? —pregunta alguien. A nuestro alrededor se está formando un corrillo de gente ávida por volver a escuchar la historia.

—Ah, bueno, no hay duda de que el asesino está ahora en la ciudad de Spira —declara la anciana, con tono autoritario—. Yo misma he visto el cadáver antes de que lo ocultaran. ¡Nunca se me olvidará esa imagen, se lo juro! —Compone una mueca trágica, aunque a mí me da la impresión de que esto es lo más emocionante que le ha pasado en la vida.

—¡Todo el mundo fuera de aquí! ¡Muévanse! —grita uno de los soldados, pero la masa de cuerpos sigue haciendo presión, boquiabierta y cuchicheante, deseosa de ver aunque solo sea un atisbo del cadáver. Dentro de poco, los soldados empezarán a amenazar con usar la violencia y entonces la multitud se dispersará.

Yo me abro camino para conseguir avanzar por el puente y llegar a mi antiguo territorio. Las estrechas callejuelas discurren por entre los apelotonados edificios de apartamentos, tiendas de comida y estancos; los gatos callejeros buscan refugio de la lluvia; rostros ceñudos asoman por las empañadas ventanas. A pesar de la llovizna, los puestos del mercado ocupan sus sitios en la plaza Fitch y colonizan los callejones de los alrededores. De la estatua quebrada, una especie de bestia marina, que hay en el centro de la plaza mana un leve chorrillo de agua burbujeante. Esme es propietaria de varias habitaciones en el lado oriental de la plaza, incluyendo la mía y la de Dek. Tenemos alojamiento y comida, y a veces un pequeño extra, dependiendo del trabajo.

Esme nació el día de la coronación del antiguo rey Zey. Es hija ilegítima de una cortesana. Su madre murió al dar a luz y ella creció en un burdel, criada por diecisiete prostitutas. Cuesta imaginarlo. Ahora tiene influencias en absolutamente todos los campos de la ilegalidad salvo en ese —no tiene ningún interés en vender cuerpos— y preside un pequeño imperio en la Maraña. La actividad criminal ya no da tanto dinero como antes, ahora que la Corona está construyendo más cárceles al norte de la ciudad y va colgando a los malhechores por doquier, pero se sigue ganando más con esto que con un trabajo decente. Desde que los Matones, que eran quienes mandaban en la Maraña, están casi todos muertos o entre rejas, la mitad de los ladronzuelos de por aquí trabajan para Esme, que intenta no llamar la atención y no corre riesgos. Me dirijo al salón principal que, técnicamente, forma parte del apartamento de Esme, pero que siempre está abierto para nosotros.

Benedek, mi hermano, está jugueteando con un objeto plano, metálico, pero levanta la mano a modo de saludo, con gesto distraído. Frente a él, sobre la mesa, se extiende el mecanismo desmontado de una cerradura. Las últimas semanas se las ha pasado trabajando en una ganzúa eléctrica que, según él, es capaz de abrir cualquier cosa. Esme está arrodillada junto al fuego, soplando con fuerza. Se levanta sacudiéndose la ceniza de las manos y me dedica una cálida sonrisa. Soy de estatura media, pero, a su lado, no abulto nada. Esme viste pantalones de hombre porque no entra en ningún vestido y ni siquiera se le pasa por la cabeza la posibilidad de que se los hagan a medida. Tiene el pelo corto y casi completamente blanco, pero su rostro únicamente exhibe algunas arrugas muy sutiles.

—Te traeré un café, cielo —dice, y me tiende una toalla para que me seque el pelo con ella—. Me alegro de verte.

—Yo a ti también —digo mientras me seco; luego le lanzo la toalla a Dek, para llamar su atención. La atrapa al vuelo y me dedica una carcajada. Me quito el abrigo empapado y me desplomo en una silla. Ahora el fuego crepita agradablemente y me muevo un poco para entrar en calor. Es una auténtica bendición no tener que fregar el suelo, cargar con cubos de agua o carbón por las escaleras, dar brillo a la rejilla de la chimenea o a algún candelabro. Es una bendición estar en casa.

—He visto una chica muerta al pasar por Cyrambel —les digo, y les repito la historia que la anciana cotorra me ha contado.

—Pobrecilla —dice Esme con verdadera pena al tiempo que me tiende ...