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KIT DE SUPERVIVENCIA PARA MI FUTURA YO

Lara Avery

5


Fragmento

KIT DE SUPERVIVENCIA PARA MI FUTURA YO

Si estás leyendo estas líneas, es probable que te estés preguntando quién eres. Te daré tres pistas:

Primera pista: acabas de pasar la noche en vela para terminar un trabajo de literatura avanzada sobre La biblia envenenada. Te has dormido un momento mientras escribías y has soñado que te enrollabas con James Monroe, el quinto presidente y proclamador de la doctrina Monroe.

Segunda pista: escribo esto en el desván, junto al ventanuco redondo, ya sabes, el que está en la punta este de la casa, allí donde el techo casi se junta con el suelo. Las Green Mountains acaban de verdear otra vez tras una intempestiva tormenta primaveral de nieve pastosa, y apenas distingues a Perrito entre la penumbra del alba, que corretea arriba y abajo por la ladera sin motivo aparente, como buen perrito que es. A juzgar por lo que oigo, hay que dar de comer a las gallinas.

Debería hacerlo yo, supongo. Estúpidas gallinas.

Tercera pista: sigues viva.

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¿Ya sabes quién eres?

Tú eres yo, Samantha Agatha McCoy, en un futuro no muy lejano. Escribo esto para ti. Dicen que voy a perder la memoria, que dentro de nada empezaré a olvidar. Detalles sueltos al principio y luego un montón de cosas. Así pues, escribo para recordar.

Esto no pretende ser un diario, ni unas memorias ni nada parecido. Para empezar, solo es un documento guardado en el minúsculo portátil que llevo conmigo a todas partes, así que nada de romanticismos. En segundo lugar, supongo que, para cuando haya terminado (puede que nunca), excederá con mucho la extensión del típico diario. Es un libro. Poseo una tendencia natural a escribir demasiado. Por poner un ejemplo: en teoría, el trabajo sobre La biblia envenenada debía abarcar cinco páginas y a mí me ha ocupado diez. Otro ejemplo: he adjuntado a mi solicitud de plaza en la Universidad de Nueva York redacciones sobre cada uno de los temas sugeridos con el fin de que el comité de admisiones tuviera donde elegir. (Ha funcionado; me han admitido). Otro más: soy la autora e incansable editora de la página de Wikipedia sobre el instituto de Hanover, que debe de ser la página dedicada a un instituto más larga y completa de todo el país, y es curioso, porque en teoría ni siquiera debería estar matriculada en ese centro por cuanto, como ya sabes (espero), no vivo en New Hampshire sino en Vermont pero, como también sabes (espero), South Strafford es un pueblo de quinientos habitantes y me niego a asistir a ese cobertizo de mala muerte que llaman instituto. Así que le compré a mi padre la vieja ranchera a plazos y busqué algún resquicio en el reglamento del distrito por el que colarme.

Escribo este libro para ti. ¿Cómo vas a olvidar nada si cuentas con un útil documento escrito expresamente para que te orientes? Considéralo tu diccionario. No, considéralo tu kit de supervivencia.

Samantha (nombre propio, persona): Samantha es un nombre americano y es un nombre hebreo. En inglés quiere decir «la que escucha». En hebreo significa: «la que sabe escuchar, nombre de Dios».

La que sabe escuchar, nombre de Dios, en principio este texto no debería ser un rollo sentimentaloide, pero puede que no haya más remedio. Trabajamos las emociones en el primer ciclo de secundaria y no les hicimos mucho caso, pero ahora acaban de irrumpir en nuestra vida.

Los sentimientos regresaron ayer en el despacho de la señora Townsend.

La señora Townsend (nombre propio, persona): la orientadora escolar que te ha permitido examinarte de todas las asignaturas avanzadas en las que te has querido matricular, aunque se solapasen unas con otras, y que te ha informado de todas las becas habidas y por haber para que no arruinaras a tus padres. Parece una versión fatigada de Oprah y, exceptuando a la senadora Elisabeth Warren, es tu heroína.

A lo que íbamos. Sentada en el despacho de la señora Townsend, me aseguraba de haber entregado todos los trabajos dentro del plazo, porque mi madre y yo tuvimos que acudir al genetista de Minnesota en dos ocasiones el mes pasado. Ni siquiera puedo disfrutar de unas vacaciones de Pascua como Dios manda. (Lo digo como si nunca hubiera tenido vacaciones de Pascua, pero es que confiaba en poder practicar a tope con Maddie, ya apenas queda un mes para el Torneo Nacional de Debate).

Trataré de reconstruir la escena:

Paredes blancas forradas con viejos carteles de UN VASO DE LECHE AL DÍA TE BENEFICIA, reliquias del último orientador, porque la señora Townsend ha estado tan ocupada desde que accedió al cargo hace cinco años, que no ha tenido tiempo de sustituirlos. Yo sentada en un puf tapizado que en teoría constituye una versión chula y moderna de una silla, pero que en realidad solo es un cubo. Enfrente de mí, la señora Townsend, con un jersey amarillo y esos gruesos tirabuzones negros que le brotan a chorros de la cabeza.

Le estaba pidiendo que me concediera una prórroga de veinticuatro horas para presentar el trabajo de La biblia envenenada.

Señora T: ¿Por qué necesitas una prórroga?

Yo: Estoy enferma.

Señora T (mirando la pantalla del ordenador, tecleando): ¿Qué te pasa?

Yo: Busque en Google «Niemann-Pick tipo C».

La señora Townsend escribe y empieza a leer.

Señora T (por lo bajo): ¿Cómo?

Sus ojos se desplazan por la pantalla. Derecha, izquierda, derecha, izquierda. Lo recuerdo.

Yo: Es una enfermedad muy rara.

Señora T: ¿Cómo has dicho, Niman qué? ¿Esto una broma?

Se me escapa la risa, aunque ella ha fruncido el ceño sin dejar de leer.

Yo: Niemann-Pick tipo C. En resumidas cuentas, se trata de demencia.

La señora Townsend despega los ojos del ordenador con la boca abierta de par en par.

Señora T: ¿Cuándo te la diagnosticaron?

Yo: Hace dos meses por primera vez. Después me hicieron un montón de pruebas para asegurarse. Pero sí, está confirmado.

Señora T: ¿Vas a sufrir pérdida de memoria? ¿Alucinaciones? ¿A qué se debe?

Yo: Es hereditaria. Mi tía abuela murió de esa enfermedad cuando era mucho más joven que yo.

Señora T: ¿Murió?

Yo: Es frecuente entre los francocanadienses, y mi madre es de origen francocanadiense, así que…

Señora T: Disculpa, ¿murió?

Yo: No me voy a morir.

Me parece que no oyó eso de que no iba a morir y seguramente fuera mejor así porque, en esta fase de la enfermedad, se trata de una afirmación que no puedo confirmar ni desmentir. Lo que sí sé, aunque olvidé mencionárselo (perdone, señora T) es que apenas hay casos de personas de mi edad que muestren síntomas (sin haberlos manifestado cuando eran más jóvenes). Por lo general, los niños enferman a muy temprana edad y sus cuerpos no soportan el estrés. Así que nos enfrentamos a unos «plazos distintos», según el médico. Le pregunté si debía considerarlo una buena o una mala noticia. «Por ahora, creo que es buena.»

Señora T (con una mano en la frente): Sammie, Sammie.

Yo: De momento me encuentro bien.

Señora T: Dios mío. Sí, pero… ¿estás en tratamiento? ¿Cómo se lo han tomado tus padres? ¿Quieres irte a casa?

Yo: Sí. Bien. No.

Señora T: Diles que me llamen.

Yo: Vale.

Señora T (con un gesto de exasperación): ¿Y me lo sueltas así, mientras me pides una prórroga para un trabajo de literatura? No tienes que hacerlo, por el amor de Dios. No tienes que hacer nada. Llamaré a la señorita Cigler ahora mismo.

Yo: No, no pasa nada. Lo redactaré esta noche.

Señora T: Lo haré encantada, Sammie. Esto es muy grave.

Sí, supongo que es grave. La enfermedad de Niemann-Pick (hay tres tipos, A, B y C, y yo padezco la C, conocida como NP-C, la única mala nota que he sacado en mi vida, ja, ja, ja) se declara cuando el colesterol «malo» se acumula en el hígado y en el bazo y, a consecuencia de ello, las grasas se depositan en el cerebro. Los depósitos afectan a la cognición, a las funciones motoras, a la memoria y al metabolismo; a todo el organismo. Yo aún no he experimentado nada de eso, pero llevo casi un año mostrando síntomas, por lo visto. Es extraño descubrir los nombres que les dan a esos gestos que yo solo consideraba tics raros. A veces me entra sensación de sueño después de reírme; se llama cataplexia. En ocasiones se me escapa el salero cuando voy a cogerlo; eso es ataxia.

Sin embargo, nada de eso tiene importancia si lo comparamos con la pérdida de memoria. Como sabes (¡eso espero, una vez más!), pertenezco al club de debate. La memoria es mi punto fuerte y tal. No siempre he estado metida en ese mundo, pero si no me hubiera dado por la oratoria hace cuatro años, y no bromeo, ahora seguramente sería adicta a la hierba. O a la fan fiction erótica. O algo por el estilo. Te contaré la historia.

Érase una vez, futura Sam, una niña de catorce años tremendamente impopular (esa eras tú, en serio) que se sentía marginada y fuera de lugar en el instituto. Tus padres no te compraban ropa chula, te eliminaban a la primera del balón prisionero, ignorabas que después de eructar se pide perdón y te habías convertido en una enciclopedia andante de animales míticos y vehículos espaciales científicamente imposibles. Simple y llanamente: te importaba más la suerte de la Tierra Media que la del planeta Tierra.

Entonces tu madre te obligó a apuntarte a una actividad, y la mesa del club de debate era la primera de la fila en la feria de extraescolares. (Ojalá pudiera contarte una historia más épica). El caso es que todo cambió a partir de entonces. En lugar de usar el cerebro para memorizar especies alienígenas, empezaste a emplearlo para aprender ideas, acontecimientos y valores humanos que conectaron tu casita de las montañas con la historia de la Humanidad, tan plagada de injusticias, victorias y codicia como los relatos que tanto te gustaban, salvo que estos en particular eran reales.

Por ende, se te daba bien. Tras años y años devorando libros sin parar, te bastaba echar un vistazo a un párrafo para repetirlo palabra por palabra diez minutos después. Tu falta de educación jugaba a tu favor, porque la educación sobra cuando buscas machacar a tu rival. El debate te ayudó a comprender que podías saborear la vida más allá del Upper Valley, sin tener que perderte en mundos imaginarios. Prendió en ti la esperanza de seguir siendo tú misma y al mismo tiempo formar parte del mundo real. Te ayudó a sentirte guay (aunque siguieras siendo impopular). Te incitó a sacar mejores notas con el fin de luchar algún día por aquellos ideales que defendías en los debates.

Así pues, lo reconozco, desde entonces soy uno de esos bichos raros que pululan por el instituto a horas intempestivas, hablando consigo mismos a velocidad supersónica de temas relacionados con la justicia social, y orgullosa de ello. Sí, soy una de esas frikis que se divierten leyendo los miles de artículos que aparecen en internet cuando buscas Roe contra Wade, el caso judicial por el que se reconoció el derecho al aborto en Estados Unidos, y que los recita a intervalos delante de un podio, enfrente de otra persona, en una lucha a muerte retórica. Esos que van de abogados adolescentes y se visten de traje. Me encanta.

Y por eso no lo he dejado, aunque ahora me atranque en las prácticas, invente excusas cuando me pierdo las sesiones porque tengo visita en el médico y me toque, ya sabes, motivarme a tope delante del espejo antes de los torneos. Antes de caer enferma, mi memoria era mi billete dorado. Mi capacidad de retención me facilitó un montón de becas. La memoria me ayudó a ganar el concurso de ortografía del condado de Grafton cuando tenía once años. Y ahora la voy a perder. Me parece, no sé, inconcebible.

EN FIN.

De nuevo en la oficina, donde me llegan las voces de los alumnos, que se gritan chorradas por el pasillo.

Yo (por encima del estrépito): No pasa nada. Por cierto, ¿me podría recordar el nombre del seminario ese de derecho que imparten en la Universidad de Nueva York? Ya sé que solo aceptan alumnos de tercero, pero he pensado que…

La señora T se atraganta.

Yo: ¿Señora T?

La señora Townsend saca pañuelos de papel del cajón y se enjuga los ojos.

Yo: ¿Le pasa algo?

Señora T: No me lo puedo creer.

Yo: Ya. Debería ir tirando. Tengo clase de cerámica.

Señora T: Perdona. Esto es inconcebible. (Carraspea). ¿Tendrás que saltarte más clases?

Yo: No hasta mayo, más o menos coincidiendo con los finales. Pero será un viaje rápido al especialista. Para una revisión, seguramente.

Señora T: Eres muy fuerte.

Yo (empiezo a guardar mis cosas, lista para marcharme): Lo intento.

Señora T: Te conozco desde que eras una cría de catorce años con tus (dibuja sendos círculos con los dedos alrededor de los ojos) gafitas.

Yo: Aún llevo gafas.

Señora T: Pero estas son distintas. Más sofisticadas. Ahora pareces una mujercita.

Yo: Gracias.

Señora T: Sammie. Espera.

Yo: Vale.

Señora T: Eres muy fuerte, pero… Pero, teniendo en cuenta todo lo que… (se atraganta nuevamente).

A esas alturas, empezaba a experimentar un desagradable ahogo en la garganta, que en ese momento atribuí a los efectos secundarios de los analgésicos. La señora T había cuidado de mí desde mi llegada. Era el único adulto que de verdad me escuchaba.

Claro, mis padres lo intentan, pero solo durante cinco minutos al volver del trabajo, antes de dar de comer a mis hermanos pequeños y de reparar alguna que otra gotera de nuestra cochambrosa casita de las montañas. Les trae sin cuidado lo que yo haga, siempre y cuando me asegure de que mis hermanos no la palmen y cumpla con mis tareas. Cuando le dije a la señora Townsend que tenía previsto ganar el Torneo Nacional de Debate, matricularme en la Universidad de Nueva York y convertirme en una abogada especializada en derechos humanos, su primera reacción fue: «Pues manos a la obra». Solo ella creía en mí.

Así que, para decir lo que dijo a continuación, aun a riesgo de parecer melodramática, preferiría que me hubiera hundido la mano en el esófago y me hubiera estrujado el corazón.

Señora T: ¿Crees que serás capaz de desenvolverte en la universidad?

Explosiones mentales.

Yo: ¿Qué?

Señora T (señalando la pantalla del ordenador): Aquí dice que… O sea, seguiré investigando pero… parece ser que afecta a todas las funciones vitales. Las consecuencias podrían ser graves.

Yo: Ya lo sé.

Y esa es la cuestión. Puedo hacerme a la idea de perder la salud, pero no me arrebatéis mi futuro. Ese futuro que tanto esfuerzo me ha costado. Llevo años trabajando para entrar en la Universidad de Nueva York y estoy en la recta final. El hecho de que la señora Townsend se plantease siquiera que iba a darme por vencida me enfureció.

Señora T: Y por si fuera poco, tu memoria se resentirá. ¿Cómo vas a asistir a clase en esas condiciones? Deberías…

Yo: ¡No!

La señora T se echó hacia atrás. Ahora me tocaba a mí romper en llanto. Mi cuerpo no estaba acostumbrado a llorar, así que las lágrimas no brotaron en gotas transparentes y perfectas, como yo esperaba. Temblaba con violencia y el agua salada se encharcó en mis gafas. Mi garganta emitió un extraño gañido que me pilló por sorpresa.

Señora T: Ay, no. No, no. Perdona.

Debería haber aceptado sus disculpas y haberme largado de allí deprisa y corriendo, pero no podía. Le grité.

Yo: Ni en broma voy a renunciar a la universidad.

Señora T: Pues claro que no.

Yo (sorbiéndome la nariz): NO pienso quedarme en Strafford, yendo de acá para allá en una silla de ruedas, trabajando en una estación de esquí, fumando marihuana, yendo a la iglesia y criando un montón de niños y cabras.

Señora T: Yo no he dicho que…

Yo (moqueando): Me matriculé en el Hanover, ¿no? Me han admitido en la Universidad de Nueva York, ¿verdad? ¡Soy la mejor alumna de mi promoción!

Señora T: Sí, sí. Pero…

Yo: Me las apañaré en la universidad.

Señora T: ¡Pues claro! Por supuesto.

Yo (secándome los mocos con la manga): Por Dios, señora Townsend.

Señora T: Usa un pañuelo, cariño.

Yo: ¡Usaré lo que me dé la gana!

Señora T: Ya lo creo que sí.

Yo: No lloraba desde que era una niña.

Señora T: No me lo puedo creer.

Yo: Llevaba mucho tiempo sin llorar.

Señora T: Llorar es bueno.

Yo: Ya.

Señora T: Si alguna vez necesitas hablar conmigo, ven a verme. Soy algo más que un recurso académico.

Yo (dirigiéndome a la salida): Sí, genial. Adiós, señora T.

Salí del despacho de la orientadora escolar (con aire de absoluta normalidad, gracias), me salté la clase de cerámica y me encaminé directamente a casa para trabajar en La biblia envenenada hasta que la tormenta emocional amainara. O, como mínimo, hasta haber puesto unos cuantos kilómetros de distancia entre mis emociones y yo.

Lloré porque jamás en toda mi vida he tenido tanto miedo. Temo que la señora Townsend lleve razón en parte. Visualizo mi cerebro, en teoría esa vaga materia gris que hay dentro de mi cabeza, pero solo veo una masa informe ajena a mí, vacía e inservible.

Y estoy cansada.

O sea, quedaos con mi cuerpo, vale, de todos modos no lo usaba. Tengo un culo inmenso sobre piernas de avestruz, una mata de pelo que parece sacada de la clásica foto de «antes» y unos ojos raros, como lechosos, parecidos a un Frappuccino. Pero dejadme conservar el cerebro. Mi verdadero vínculo con el mundo.

¿Por qué no me puedo marchitar lentamente e ir de acá para allá en una silla de ruedas automática, derramando inteligencia por doquier mediante un aparato generador de voz como el de Stephen Hawking?

Ugggghhh. Solo de pensar en ello me siento…

G;SODFIGS;OZIERJGSERG

No sé de qué otro modo expresarlo ahora mismo. Y detesto no saber. Nada. Detesto no saber en general. No es justo que pierda la capacidad de saber.

Y ahí es donde tú entras en juego, futura Sam.

Necesito que tú seas la expresión de la persona en la que me voy a convertir. Puedo superar esto, sé que puedo, porque cuanta más información te deje archivada, menos cosas olvidaré. Cuanto más te escriba, más real te tornarás.

Así pues, hoy tengo mucho trabajo que hacer. Es miércoles por la mañana. Debo leer siete artículos acerca de la importancia de ganar un sueldo digno. Debo llamar a Maddie para recordarle que los lea también, porque en los tres años que llevamos formando equipo, ha adquirido la horrible costumbre de «improvisar», ya que se cree en posesión de un don divino para las argumentaciones propositivas. (Lo tiene, a veces.) Aún tengo que dar de comer a las dichosas gallinas. La ventana no cierra bien. Me llega el olor del rocío y el aire fresco procedente de las Green Mountains. Nadie más se ha levantado aún, pero pronto lo harán. Y mira, ya sale el sol. Eso sí lo sé, como mínimo.

 

LA FUTURA SAM

• responde a los nombres de «Sam» o a «Samantha»

• se alimenta de frutos secos y bayas

• lleva gafas modernas (¿o quizá lentillas?)

• usa trajes a medida, de un solo color, azules o negros

• se ríe en contadas ocasiones y siempre con discreción

• comparte cócteles semanales con un grupo de mujeres ingeniosas y profesionalmente competentes

• lee el New York Times en la cama enfundada en una fina bata blanca

• la gente la reconoce por la calle y le dice que su página de opinión sobre desarrollo internacional ha transformado su visión del mundo

LA SAMMIE ACTUAL

• responde a «Sammie», porque nadie, ni en casa ni en el instituto, se acostumbra a llamarla Sam; exceptuando a Davy, pero ella lo pronuncia «Zam» a causa de su ceceo

• come cuanto le ponen delante, incluida fruta de pega por error en una función de la iglesia

• sus gafas no están mal, aunque excesivamente «doradas», grandes y seguramente «disco»

• se pone la primera camiseta que pilla, regalo de alguna fiesta escolar, siempre y cuando no esté demasiado babeada por los especímenes más jóvenes de la casa

• se ríe con Bob Esponja y con las bromas de pedos, aunque las haga algún idiota (no puedo evitarlo, son tan graciosas…)

• su mejor amiga es Maddie, pero no está segura de si realmente son amigas o si pasan tanto tiempo en el aula de sociales que han acabado trabando amistad por proximidad; si bien, entre tú y yo, Maddie es un ego andante

• lee el New York Times en la tienda de Lou, cuando alguien lo deja olvidado, porque sus padres se niegan a comprárselo

• sus compañeros del club de debate le chocan los cinco. Por algo se empieza

LO QUE LA SEÑORA TOWNSEND PROBABLEMENTE LEYÓ

De la página de Wikipedia sobre Niemann-Pick tipo C:

Las manifestaciones y síntomas neurológicos incluyen ataxia cerebelosa (paso inseguro con dificultad para coordinar los movimientos), disartria (dificultad para articular sonidos y palabras), disfagia (problemas para tragar), temblores, epilepsia (tanto parcial como generalizada), parálisis supranuclear de la mirada vertical (dificultades de los movimientos oculares hacia arriba y hacia abajo, parálisis sacádica), inversión del sueño, cataplexia gelástica (pérdida súbita del tono muscular o caídas repentinas), distonía (trastornos en la postura o en los movimientos provocados por contracciones en las articulaciones de los músculos agonistas y antagonistas), que suele empezar con un viraje del pie al caminar (distonía de acción) y puede evolucionar hasta ser generalizada, espasticidad (aumento del tono muscular dependiente de la velocidad), hipotonía, ptosis (caída del párpado superior), microcefalia (cabeza anormalmente pequeña), psicosis, demencia progresiva, pérdida de audición progresiva, trastorno bipolar, depresión mayor y psicótica; puede incluir alucinaciones, delirios, mutismo o estupor.

De Wikipedia, después de que yo editara la página sobre NP-C:

Esto es una puta mierda.

(Lo suprimieron poco después y me retiraron todas mis prerrogativas de edición, pero valió la pena).

FILÓSOFOS VARONES BLANCOS CON LOS QUE (A JUZGAR POR SUS RETRATOS) ME LO MONTARÍA

• Søren Kierkegaard: qué labios

• René Descartes: nunca he dicho que no a un hombre con el pelo largo

• Ludwig Wittgenstein: el peinado, la nariz recta, esos ojos hundidos y expresivos

• Sócrates: aunque esa barba…

SHAH, DOLCE VITA

Cuando te dije que no me pondría en plan sentimentaloide, mentí. Seguramente ya lo sabías, futura Sam, pero es posible que, para cuando leas esto, hayas conseguido guardar los sentimientos a buen recaudo.

Me gusta Stuart Shah. Me gusta con locura.

Stuart Shah (nombre propio, persona): ay, mierda, será mejor que te lo cuente todo.

Remóntate dos años atrás. Como protesta contra el sistema capitalista, has adquirido la costumbre de llevar ropa vintage (vale, USADA), principalmente las enormes camisas de tu padre, vaqueros cortados y los zuecos de goma de tu madre, que tomas prestados sin permiso. Lees numerosos artículos de National Geographic sobre el deshielo de los casquetes polares y los problemas de los osos, que se ven forzados a abandonar su hábitat natural, y ves montones de episodios de El ala oeste de la Casa Blanca, una vieja serie que tu madre tiene en DVD. El día del que te hablaba, la señorita Cigler (en aquel entonces tu profesora de lengua y literatura avanzadas de bachillerato) te había pedido que respondieras las preguntas tipo test que aparecían al final de un relato de Faulkner, Una rosa para Emily. Trata de una anciana que duerme con el cadáver de su marido. Da igual.

De repente, alguien pasa por delante de tu pupitre. La persona en cuestión desprende un aroma como a campo, ¿sabes a qué me refiero? Esa mezcla de olor a sudor, aire húmedo, hierba y tierra que emanan algunas personas. Cuando llevas todo el día en un ambiente climatizado, te basta un solo efluvio para saber que vienen de la calle.

Levantas la vista y descubres que se trata de Stuart Shah.

Ya has visto a Stuart por ahí; es un alumno de segundo de bachillerato, mientras que tú todavía estás en primero, uno de esos chicos que se comen el bocadillo de camino a otra parte. Es alto, luce un corte de pelo anticuado, como de cincuentón, y tiene unos ojos negros y húmedos como piedras de río. Por lo que parece, se viste siempre con prendas parecidas, igual que tú, solo que su atuendo consiste en camiseta negra y vaqueros del mismo color, y tiene una pinta alucinante. Se lleva bien con todo el mundo, pero no es amigo de nadie en especial. Interpretó a Hamlet en la obra de primavera.

Ahora se ha inclinado sobre la señorita Cigler para decirle algo en voz baja. Mientras habla, esboza una sonrisilla. Observas cómo sus largos dedos se crispan sobre la mesa, al final de sus esbeltos brazos.

La señorita Cigler contiene una exclamación y se tapa la boca con la mano. Los alumnos despegan la vista de sus tareas. Stuart se incorpora, se cruza de brazos y se mira los pies con una tímida sonrisa de medio lado.

—¿Me dejas que lo comparta con la clase? —pregunta la profesora, alzando la vista hacia él.

Stuart se encoge de hombros, mira a sus compañeros y luego a ti, no sabes por qué.

—A Stu le han publicado un relato. En una revista literaria. A un alumno de bachillerato. O sea… Dios mío.

Stuart suelta una risita y mira de reojo a la señorita Cigler.

—Ploughshares es una revista en la que A MÍ me gustaría publicar, muchachos. Un aplauso para el compañero.

La gente aplaude de mala gana, menos tú. Tú no aplaudes. Porque tienes la vista clavada en Stuart mientras te retuerces un mechón. Te revuelves en la silla y te inclinas hacia él. Te sorprendes a ti misma pegándole un repaso, de los cordones de los zapatos a los vaqueros, la cintura, el bronceado cuello, los delicados labios, las cejas como pinceladas negras y por fin los ojos, que buscan los tuyos de nuevo.

Te pones como un tomate y bajas la mirada a tu lista de tareas pendientes.

Stuart abandona la clase y tú, en lugar de escuchar a la señorita Cigler, te dedicas a dibujar una S.

Más tarde, durante las prácticas de debate, le haces un comentario a Maddie acerca de él, y ella se da cuenta de que tu mirada se pierde en el horizonte, de que acaricias cualquier superficie con la yema de los dedos, de que suspiras por nada.

—A Sammie McCoy le gusta Stuart —canturrea Maddie.

—Solo me inspira curiosidad. Ya sabes, curiosidad profesional. Me pregunto qué se siente cuando te publican un relato.

«Publicar», menuda palabra. Surge de entre los labios como una bebida para adultos, como licor de cerezas. Significa que Stuart tiene una visión del mundo tan personal, tan aguda y fascinante que personas muy importantes quieren darla a conocer.

A ti también te gustaría escribir así. O sea, no relatos de ficción, no serías capaz, sino en general. Quieres ser analista política (y luego abogada), para poder mirar el mundo desde arriba, para poder diseccionarlo en piezas limpias, manejables, con el fin de encajar problemas y soluciones como en un puzle y mejorar la vida de los demás. Quieres decirle a la población lo que está bien, lo que es real. Stuart ya lo ha conseguido a su modo y solo tiene dieciocho años.

Durante el curso siguiente, resplandece de orgullo siempre que te cruzas con él por los pasillos del Hanover. Tú inventas excusas para cambiarte de sitio en el comedor con el fin de observar cómo saca rollitos de sushi de la fiambrera que se trae de casa y luego se los lleva a la boca con los dedos, mientras con la otra mano sostiene The New Yorker o alguna otra publicación de nombre tan interesante como The Paris Review, o novelas pequeñas y usadas de todos los colores imaginables. Tomas nota mental de los títulos y luego las lees, para saber qué escenas le pasan por la cabeza. Un par de veces te pilla leyendo el mismo libro que él, en la cafetería o en alguna otra parte, y te saluda con un gesto, y el almuerzo te da volteretas en la barriga.

Sin embargo, empieza a pasar menos tiempo en los pasillos y más en los asientos traseros de todoterrenos que se dirigen a las pozas o a fiestas en Dartmouth, o se marcha de fin de semana a Montreal con sus amigos. Es lógico, piensas, porque es un tío GUAY. Tú llegas temprano al instituto para estudiar y te quedas despierta hasta las tantas para hacer los deberes. Nadie te invita a las fiestas a las que él acude, ni te apuntas a la revista literaria del Hanover en la que él escribe, ni te haces amiga de las chicas que ríen a carcajadas y llevan modelitos provocativos, el tipo de prendas que podría captar su atención.

El día de su graduación, lo observas desde los graderíos, plantado entre sus padres con las gafas de sol puestas, estrechándoles la mano a todos los profes, sonriendo más que nunca y sujetándose el birrete para que no se le caiga. Hace poco supiste que otra revista, Threepenny Review, se interesó por su obra y escogió un segundo relato. La señorita Cigler contó en clase que lleva escribiendo historias desde que tenía tu edad y que espera publicar muy pronto una recopilación, después una novela y luego, ¿quién sabe? Ahora se ha marchado a Nueva York, donde sus padres tienen un apartamento. No irá a la universidad. Se va a dedicar a escribir porque ya sabe lo que quiere hacer con su vida, lo que se le da bien, y no desea que nada se interponga en su camino. Solo de pensar en él notas un fuego por dentro y, antes de que se marche para siempre lo ves una última vez; se quita la toga, se la cuelga del brazo y desaparece entre la multitud.

O sea, hasta esta mañana. Como lo oyes, futura Sam. Hace dos años de aquello y esta mañana me he cruzado con él.

Estaba dando de comer a las estúpidas gallinas con Harrison, Bette y Davy (porque, aunque les toque a mis hermanos hacer las tareas, siempre tengo que ayudarlos) cuando, de golpe y porrazo, Perrito ha dejado lo que sea que estuviera haciendo en el jardín trasero, ha rodeado la casa a la carrera y, pasando por nuestro lado, se ha precipitado ladera abajo. He seguido al perro un buen trecho y lo he visto dirigirse a la carretera principal. Ha salido trotando al lado de alguien que la recorría a pie, lo que sucede de vez en cuando. Nuestra sinuosa vía de dos sentidos es demasiado liosa y escarpada como para que los coches circulen a gran velocidad, así que la gente la recorre en bici, corriendo o andando constantemente, a veces procedentes de lugares que están a veinte minutos de distancia, como Hanover. Pero esa persona en concreto llevaba una camiseta negra y vaqueros el mismo color. Esa persona era morena y calzaba mocasines marrones. He forzado la vista, pero no estaba segura.

Entonces Perrito ha regresado, y Davy, Harrison, Bette y yo nos hemos apretujado en la ranchera para poner rumbo al colegio, donde los he dejado antes ...