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LA BIBLIOTECA DE LOS MUERTOS (LA BIBLIOTECA DE LOS MUERTOS 1)

Glenn Cooper

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Fragmento

21 de mayo de 2009,

Nueva York

David Swisher giró la bolita de su BlackBerry hasta que dio con el correo electrónico que le había enviado el director de finanzas de uno de sus clientes. El tipo quería encontrar el momento para ir a Hartford y hablar de cómo financiar una deuda. Pura rutina, la clase de trabajo que dejaba para su viaje de vuelta a casa. Empezó a teclear una respuesta mientras la limusina avanzaba por Park Avenue con continuas paradas debido al embotellamiento.

Una campanita anunció la llegada de un nuevo correo. Era de su esposa: «Tengo una sorpresa para ti».

David contestó: «Estupendo. Me muero de ganas».

Al otro lado de la ventanilla de su limusina las aceras estaban llenas de neoyorquinos embriagados por los primeros brotes primaverales. La diáfana luz de la tarde y el aire cálido y liviano animaban sus pasos y exaltaban su espíritu. Los hombres, con la chaqueta al hombro y la camisa remangada, sentían la brisa en sus brazos desnudos; las mujeres, con sus ligeras minifaldas, en los muslos. Desde luego, la libido estaba por las nubes. Las hormonas, encerradas como barcos atrapados en el hielo ártico, empezaban a fluir con libertad gracias al deshielo primaveral. Esa noche la ciudad estaría agitada. En el ático de un bloque de apartamentos alguien había puesto la exuberante pieza de Stravinsky La consagración de la primavera en su equipo de música, y las notas planeaban desde las ventanas abiertas y se fundían con el bullicio de la ciudad.

Recibe antes que nadie historias como ésta

David, concentrado en su brillante pantalla, no prestaba atención a nada de eso. Y, oculto tras los cristales tintados, nadie le prestaba atención a él, un banquero de treinta y seis años especialista en inversiones, acomodado, con una buena mata de pelo, un fino traje de algodón comprado en Barneys, y ese ceño fruncido que se le quedó un día que no significó nada para su carrera, su ego o su cuenta bancaria.

El vehículo se paró en su edificio de Park Avenue con la Ochenta y uno, y al caminar los cinco metros que separaban la esquina del portal se dio cuenta de que hacía buen tiempo. Como para celebrarlo, inspiró profundamente, se llenó los pulmones de aire y luego hasta sonrió al portero.

—¿Qué tal va eso, Pete?

—Ya ve, señor Swisher. ¿Qué tal hoy la bolsa?

—Una hecatombe —dijo mientras pasaba junto a él—. Guarde su dinero bajo el colchón. —Su broma de siempre.

Su piso de nueve habitaciones, en una octava planta, le costó algo menos de cinco millones de dólares cuando lo compró, poco después del 11 de septiembre. Un robo. Los mercados financieros y los vendedores estaban de los nervios, aunque lo cierto es que se trataba de una perita en dulce, un edificio del período anterior a la guerra, con techos de cuatro metros de altura, cocina-comedor y chimenea. ¡Y en Park Avenue! Le gustaba bucear en los fondos del mercado sin importarle el tipo de mercancía. Tenía más espacio del que necesitaba una pareja sin hijos, pero era un trofeo que provocaba la admiración de sus familiares, y eso hacía que se sintiera endemoniadamente bien. Por otra parte, ahora le darían por él siete millones y medio, aunque fuera a precio de liquidación, así que, como se recordaba a menudo, había hecho un negocio redondo.

El buzón estaba vacío.

—Eh, Pete, ¿ha llegado ya mi mujer? —gritó por encima de su hombro.

—Hace unos diez minutos.

Esa era la sorpresa.

Su maletín estaba en la mesa del recibidor, sobre un montón de cartas. Cerró la puerta sin hacer ruido e intentó andar de puntillas para acercarse a ella por detrás, ponerle las manos en los pechos y apretarse contra su trasero. Su idea de pasarlo bien. El mármol italiano dio al traste con su plan cuando sus flexibles mocasines lo delataron.

—¿David? ¿Eres tú?

—Sí. ¡Has vuelto pronto! —gritó él—. ¿Cómo es eso?

—Adelantaron mi declaración —contestó ella desde la cocina.

El perro oyó la voz de David y echó a correr como un loco desde la habitación del fondo; sus patitas resbalaron en el mármol y el caniche acabó estrellándose contra la pared cual jugador de hockey.

—¡Bloomberg! —exclamó David—. ¿Cómo está mi pequeñín? —Dejó el maletín en el suelo y levantó a la bolita de pelo blanco, que le lamió la cara con su lengua rosada mientras su cola cortada se agitaba enérgicamente—. ¡No te mees en la corbata de papá! No lo hagas. Buen chico, buen chico. Cariño, ¿han sacado a pasear a Bloomie?

—Pete ha dicho que Ricardo lo sacó a las cuatro.

Dejó al perro en el suelo y fue a buscar el correo; lo clasificó en montones, como siempre hacía. Facturas. Comunicados. Basura. Cartas personales. Mis catálogos. Sus catálogos. Revistas. ¿Una postal?

Una postal blanca impoluta con su dirección impresa en letras negras. Le dio la vuelta. Había una fecha escrita: 22 de mayo de 2009. Y junto a ella, una imagen que le perturbó nada más verla: la inconfundible silueta de un ataúd, de unos tres centímetros de largo, dibujado con tinta.

—Helen, ¿has visto esto?

Su esposa fue hacia el recibidor, sus tacones repiqueteaban en el suelo. Tenía un aspecto magnífico: traje Armani de color turquesa claro, doble collar de perlas cultivadas justo encima de la insinuación del escote y pendientes a juego que se balanceaban bajo su peinado de peluquería. Una mujer muy guapa, cualquiera estaría de acuerdo.

—¿Si he visto qué? —preguntó.

—Esto.

Helen le echó un vistazo.

—¿Quién la envía?

—No hay remite —contestó David.

—Está timbrada en Las Vegas. ¿A quién conoces en Las Vegas?

—Cielos, yo qué sé. He hecho negocios por allí… pero no se me ocurre nadie.

—Tal vez sea una promoción de algo con publicidad provocadora —opinó ella mientras se la devolvía—. Seguro que mañana recibes algo más que lo explica todo.

Lo convenció. Helen era lista y normalmente tenía intuición. Aun así…

—Es de mal gusto. Un maldito ataúd… Hombre, por favor.

—No dejes que esto te cambie el humor. Estamos los dos en casa a una hora decente. ¿No te parece genial? ¿Y si vamos a Tutti’s?

David dejó la postal en el montón Basura y le agarró el trasero.

—¿Antes o después de que hagamos locuras? —preguntó él, esperando que la respuesta fuera «Después».

La postal estuvo en la cabeza de David toda la noche, aunque no volvió a sacar el tema. Pensó en ello mientras esperaban a que les sirvieran los postres, pensó en ello ya en casa justo después de que se hubiera corrido dentro de Helen y pensó de nuevo en ello cuando sacó a Bloomie para un pis rápido fuera del edificio antes de que se fueran a la cama. Y fue la última cosa en la que pensó antes de quedarse dormido, mientras Helen leía a su lado y el resplandor azulado de su lamparilla de pinza iluminaba tenuemente los oscuros contornos del dormitorio. Los ataúdes le aterrorizaban. Cuando tenía nueve años, su hermano, de cinco, murió de un tumor de Wilm, y la imagen del pequeño ataúd de caoba de Barry, apoyado en un pedestal en la capilla funeraria, todavía le perseguía. Quien le hubiera enviado esa postal era un anormal. Así de claro y simple.

Desconectó la alarma del despertador unos quince minutos antes del momento en que habría sonado, a las cinco de la mañana. El caniche saltó de la cama y se puso a hacer la misma tontería de todas las mañanas: correr en círculos.

—Vale, vale —susurró—. ¡Ya voy!

Helen seguía durmiendo. Los banqueros iban a la oficina horas antes que los abogados, así que le tocaba a él sacar al perro por la mañana. Unos minutos más tarde, David saludaba al portero de noche mientras Bloomberg tiraba de la correa hacia el frío matinal. Se subió la cremallera de la chaqueta del chándal hasta el cuello justo antes de empezar su circuito habitual: hacia el norte hasta la Ochenta y dos, donde el perro hacía siempre todo lo que tenía que hacer; hacia el este hasta Lexington, donde había un Starbucks de los más madrugadores, y luego la Ochenta y uno y de vuelta a casa. Park Avenue rara vez estaba desierta; esa mañana había muchos taxis y furgonetas de reparto.

Su mente no paraba de trabajar; el concepto «escalofriante» le parecía ridículo. Siempre pensaba en algo en concreto, pero en ese momento, mientras se acercaba a la Ochenta y dos, no estaba concentrado en ningún tema en particular sino más bien en un batiburrillo de trabajos relacionados y por hacer. De la postal, gracias a Dios, se había olvidado. Al girar hacia la oscuridad de aquella calle flanqueada por árboles, su instinto de supervivencia urbanita casi le hizo cambiar de ruta —por un momento pensó en seguir por la Ochenta y tres—, pero el implacable agente de bolsa que llevaba dentro no le permitiría flaquear.

En vez de eso, cruzó hacia el lado norte de la Ochenta y dos, así podía ver al chaval de piel morena que pululaba por la acera hacia el final de la manzana. Si el chico también cruzaba la calle, sabría que estaba en problemas, cogería a Bloomie en brazos y echaría a correr. Había hecho atletismo en la escuela. Todavía era rápido en los partidos de baloncesto. Llevaba las Nike bien atadas y ajustadas. Así que, al carajo, en el peor de los casos saldría bien parado.

El chico empezó a caminar en su dirección por el otro lado de la calle; un chaval desgarbado con capucha, de manera que David no podía verle los ojos. Esperaba que se acercara algún coche u otra persona caminando, pero la calle permaneció en silencio. Dos hombres y un perro; oía el crujir de las zapatillas nuevas del chico en el asfalto. Las casas estaban a oscuras; sus ocupantes soñaban. El único edificio con portero quedaba cerca de Lexington. Cuando ambos estuvieron a la misma altura, su corazón se aceleró.«No le mires a los ojos. No le mires a los ojos.» David pasó de largo. El chico pasó de largo y el vacío entre ellos se agrandó.

Se permitió mirar rápidamente por encima del hombro y respiró tranquilo cuando vio que el chaval giraba hacia Park Avenue y desaparecía al doblar la esquina. «Soy un cobardica —pensó—. Y además un cobardica lleno de prejuicios.»

Cuando había dado media vuelta a la manzana, Bloomie olisqueó su rincón favorito y se puso a marcar territorio. David no supo por qué no oyó al chico hasta que casi lo tuvo encima. Tal vez se había distraído pensando en su primera cita con el jefe del mercado de divisas, o mirando cómo el perro inspeccionaba su rincón, o recordando cómo Helen se había quitado el sujetador la noche anterior, o tal vez el chaval era un experto en correr por la ciudad con sumo sigilo. Pero todo eso no eran más que teorías.

Recibió un puñetazo en la sien y cayó con todo el peso sobre sus rodillas, momentáneamente fascinado, más que asustado, por la inesperada violencia. El golpe hizo que se le nublara la mente. Vio cómo Bloomie terminaba de hacer caca. Oyó algo sobre dinero y sintió que unas manos se metían en sus bolsillos. Vio la hoja de un cuchillo junto a su cara. Notó que le quitaban el reloj, y luego el anillo. Entonces se acordó de la postal, esa maldita postal, y se oyó preguntar: «¿La enviaste tú?». Le pareció que oía al chico contestar: «Sí, la mandé yo, hijo de puta».

Un año antes,

Cambridge, Massachusetts

Will Piper llegó temprano para beber una copa en la barra antes de que aparecieran los demás. El concurrido restaurante, en una bocacalle de Harvard Square, se llamaba OM; Will encogió sus anchos hombros cuando vio el moderno y ecléctico ambiente asiático del local. No era el tipo de sitio que solía frecuentar, pero en la entrada había una barra y el camarero tenía cubitos y whisky escocés, así que cumplía sus requisitos mínimos. Miró con recelo las artísticamente desiguales piedras de la pared de detrás de la barra, las instalaciones de videoarte en brillantes pantallas planas y las luces de neón azul, y se preguntó: «¿Qué estoy haciendo aquí?».

Hacía tan solo una semana las probabilidades de que acudiera al veinticinco aniversario de su licenciatura en la universidad eran cero, y a pesar de todo ahí estaba, de nuevo en Harvard con cientos de personas de cuarenta y siete y cuarenta y ocho años, preguntándose adónde habían ido a parar los mejores momentos de su vida. Jim Zeckendorf, como buen abogado que era, les había engatusado y les había acosado sin tregua vía correo electrónico hasta que habían accedido. Él no estaba dispuesto a aceptar todo el lote. Nadie le haría marchar con sus compañeros de 1983 hasta el Tercentenary Theatre. Pero le había parecido bien viajar hasta allí en coche desde Nueva York, cenar con sus compañeros, quedarse en casa de Jim, en Weston, y volver por la mañana. Ni de broma se le ocurriría malgastar más de dos días de vacaciones en fantasmas del pasado.

El vaso de Will ya estaba vacío antes de que el camarero hubiera acabado de preparar la siguiente copa. Will agitó el hielo para llamar su atención, pero a quien atrajo fue a una mujer. Estaba de pie detrás de él, haciendo gestos al camarero con un billete de veinte; una morena de unos treinta años de muy buen ver. Pudo oler su perfume especiado antes de que ella se inclinara sobre su ancha espalda y le preguntara:

—Cuando te haga caso, ¿me pedirás un chardo?

Will se medio giró y la cachemira de su delantera le quedó a la altura de los ojos, al igual que el billete de veinte dólares, que oscilaba entre sus estilizados dedos. Se dirigió a sus pechos:

—Sí, ya te lo pido yo. —Entonces giró el cuello hasta ver una bonita cara con sombra de ojos violeta y labios rojo pasión, justo como a él le gustaban. Percibió en ella fuertes vibraciones de disponibilidad.

Ella le dio el billete con un «Gracias» cantarín y se metió en el estrecho espacio que él le dejó moviendo su taburete un par de centímetros.

Minutos después, Will sintió un golpecito en el hombro y oyó:

—¡Ya os dije que lo encontraríamos en la barra!

Zeckendorf tenía una amplia sonrisa en su rostro de rasgos amables, casi femeninos. Aún tenía pelo suficiente para llevarlo a lo afro, y Will recordó de repente su primer día en el campus de Harvard en 1979: un patán rubio y grandullón de la franja de Florida, revoloteando como una chica bonita en la cubierta de un barco, y un chaval flacucho de pelo alborotado con el aire autosuficiente del lugareño que ha nacido para vestir los colores carmesí de la universidad. La mujer de Zeckendorf estaba a su lado, o al menos Will dio por sentado que esa matrona de anchas caderas era la novia que, la última vez que la vio, cuando se casaron en 1988, estaba como un palillo.

Los Zeckendorf llegaban con Alex Dinnerstein y su novia. Alex era de cuerpo pequeño y compacto, y lucía un bronceado impecable que le hacía parecer bastante más joven que los demás. Adornaba su buena planta y su garbo con un caro traje de corte europeo y un elegante pañuelo de bolsillo, blanco y brillante como sus dientes. Su pelo engominado seguía tan liso y negro como en el primer año de la universidad, así que Will se dijo que lo llevaba teñido; a cada cual lo suyo. El doctor Dinnerstein tenía que mantenerse joven para la preciosidad que llevaba del brazo, una modelo por lo menos veinte años más joven que él, una belleza de largas piernas con un cuerpazo realmente especial; casi consiguió que Will se olvidara de su nueva amiga, a la que había tenido la torpeza de dejar sola bebiendo su vino.

Zeckendorf se percató de que la señorita se sentía incómoda.

—¿Qué pasa, Will, es que no vas a presentarnos?

Will sonrió avergonzado y murmuró:

—Todavía no hemos llegado tan lejos.

Alex soltó un resoplido de complicidad.

—Me llamo Gilliam —dijo la chica—. Que disfrutéis de vuestra reunión. —Se dispuso a marcharse y Will, sin decir palabra, le puso una de sus tarjetas en la mano.

Ella le echó un vistazo y el destello que iluminó su rostro reveló su sorpresa: WILL PIPER, AGENTE ESPECIAL DEL FBI.

Cuando ya se había marchado, Alex cacheó a Will con grandes aspavientos.

—Seguramente nunca había visto a un tío de Harvard con una pipa, ¿verdad, colega? Eso que llevas en el bolsillo ¿es una Beretta o es que te alegras de verme?

—Que te den, Alex. Yo también me alegro de verte.

Zeckendorf los guiaba escalera arriba hacia el restaurante cuando se dio cuenta de que faltaba uno.

—¿Alguien ha visto a Shackleton?

—¿Estás seguro de que todavía vive? —preguntó Alex.

—Prueba circunstancial —contestó Zeckendorf—. E-mails.

—No vendrá. Nos odiaba —afirmó Alex.

—Te odiaba a ti —dijo Will—. Tú fuiste el que le ató a la puñetera cama con cinta americana.

—Tú también estabas allí, si no recuerdo mal —dijo Alex entre risas.

Una fluida charla recorrió el restaurante, un espacio museístico de luz cálida con estatuas nepalíes y un buda encajado en una pared. Su mesa, que daba a Winthrop Street, les esperaba, pero no estaba vacía. En un extremo había un hombre solo que manoseaba su servilleta en actitud nerviosa.

—¡Eh, mirad a quién tenemos aquí! —gritó Zeckendorf.

Mark Shackleton alzó la vista como si hubiera estado temiendo ese momento. Sus ojos, pequeños y muy juntos, ocultos parcialmente por la visera de una gorra de los Lakers, se movieron de un lado a otro examinándolos. Will reconoció a Mark al momento, y eso que habían pasado más de veintiocho años desde que había perdido el contacto con él, prácticamente un minuto después de que terminara el primer curso. La misma cara sin un gramo de grasa que hacía que su cabeza pareciera un trozo de carne clavado sobre un pedestal, los mismos labios tirantes y la misma nariz afilada. Mark no parecía un adolescente ni siquiera cuando lo era; simplemente había alcanzado ese estado natural de la mediana edad.

Los cuatro compañeros formaban un grupo de lo más variopinto:Will, el tranquilo atleta de Florida; Jim, el chaval charlatán de colegio de pago de Brooklyn;Alex, el futuro médico, loco por el sexo, de Wisconsin; y Mark, el autista y friki de la informática, de cerca de Lexington. Los metieron en una caja de cerillas en Holworthy, en el polo norte del frondoso campus de Harvard, dos dormitorios diminutos con literas y una sala común con muebles medio aceptables, cortesía de los papás ricos de Zeckendorf. Will fue el último en llegar a la residencia de estudiantes aquel septiembre, pues se había quedado con el equipo de fútbol para los entrenamientos de pretemporada. Para entonces Alex y Jim se habían emparejado, y cuando Will atravesó el umbral arrastrando su petate, los dos resoplaron y señalaron la otra habitación, donde encontró a Mark plantado como un palo en la litera de abajo, reivindicándola como suya, con miedo a moverse.

—Eh, ¿qué tal? —le había preguntado Will al chaval mientras una gran sonrisa sureña brotaba en su cara de rasgos marcados—. ¿Tú cuánto pesas, Mark?

—Sesenta y cinco kilos —contestó Mark con desconfianza mientras intentaba establecer contacto visual con el chico que se alzaba frente a él.

—Bueno, es que yo en calzoncillos peso cien kilos. ¿Estás seguro de que quieres tener mi gordo culo a medio metro de tu cabeza en esta chatarra de litera?

Mark había suspirado profundamente, había cedido sin decir palabra y el orden jerárquico había quedado establecido para siempre.

Cayeron en la conversación espontánea y caótica propia de esas reuniones, desempolvando recuerdos, riéndose de situaciones embarazosas, desenterrando indiscreciones y debilidades. Las dos mujeres actuaban de público, eran la excusa para la exposición y elaboración de las historias. Zeckendorf y Alex, que habían continuado siendo buenos amigos, actuaban como maestros de ceremonias, lanzaban y respondían las bromas con la inmediatez propia de un par de cómicos intentando sacar unas risas. Will no era tan ocurrente y rápido, pero su tranquila y lenta evocación de aquel año tan peculiar los tenía embelesados. Solo Mark permanecía en silencio, sonriendo educadamente cuando ellos reían, bebiendo su cerveza y picoteando de la fusión asiática de su plato. Zeckendorf había pedido a su mujer que se encargara de las fotos, y ella daba vueltas alrededor de la mesa, los hacía posar y disparaba el flash.

Los compañeros de residencia de primer año son como un compuesto químico inestable. En cuanto el entorno cambia, el lazo se rompe y las moléculas se separan. El segundo año Will fue a Adams House, donde viviría con otros jugadores del equipo de fútbol; Zeckendorf y Alex siguieron juntos y fueron a Leverett House, y Mark consiguió una habitación individual en Currier. De vez en cuando Will veía a Zeckendorf en las clases de política, pero básicamente cada uno de ellos desapareció en su propio mundo. Después de licenciarse, Zeckendorf y Alex se quedaron en Boston y a veces llamaban a Will, normalmente porque habían leído algo acerca de él en los periódicos o lo habían visto en la televisión. Ninguno de ellos dedicó un segundo a pensar en Mark. Se evaporó, y si no hubiera sido por el sentido de la oportunidad de Zeckendorf, y porque Mark incluyó su dirección de e-mail en el libro del reencuentro, para ellos solo habría sido una pieza del pasado.

Alex estaba contando a voz en grito una escapada del primer año en la que habían participado dos gemelas de la Universidad de Lesley —la noche que al parecer le puso en el camino de la ginecología—, cuando su chica cambió de conversación dirigiéndose a Will. Harta de las payasadas de Alex, cada vez más achispado, miró fijamente al hombretón de pelo castaño que tenía enfrente y que bebía su whisky escocés sin pestañear y, aparentemente, sin emborracharse.

—¿Y cómo es que acabaste en el FBI? —preguntó la modelo antes de que Alex pudiera lanzarse a contar otra anécdota sobre sí mismo.

—No era lo bastante bueno al fútbol como para dedicarme profesionalmente.

—No, en serio. —Parecía realmente interesada.

—No lo sé —contestó Will en voz baja—. Cuando me licencié no había decidido qué rumbo tomaría. Ellos ya sabían qué querían: Alex, la facultad de medicina; Zeck, la facultad de derecho; Mark, un máster en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, ¿verdad? —Mark asintió—. Yo me pasé unos cuantos años buscándome la vida en Florida, entrenando y dando clases, y entonces salió una plaza en la oficina del sheriff del condado.

—Tu padre era agente del orden público —recordó Zeckendorf.

—Ayudante del sheriff de Panama City.

—¿Vive todavía? —preguntó la mujer de Zeckendorf.

—No, hace ya tiempo que murió. —Dio un trago a su whisky—. Supongo que yo lo llevaba en la sangre y que aquel era el camino más fácil y todo eso, así que fui a por ello. Al poco tiempo el jefe estaba hasta el gorro de tener de ayudante a un listillo de Harvard y pidió mi traslado a Quantico para sacarme de allí como fuera. Así fue como pasó, y en menos que canta un gallo me daré cuenta de que me he jubilado.

—¿Cuándo se cumplen los veinte años? —preguntó Zeckendorf.

—Dentro de dos.

—Y entonces, ¿qué?

—Aparte de pescar, no sé.

Alex estaba atareado sirviéndose vino de una nueva botella.

—¿Tienes idea de lo famoso que es este capullo? —preguntó a su chica.

Ella se mordió el labio.

—No. ¿Eres muy famoso?

—Qué va.

—¡Y una mierda! —exclamó Alex—. ¡Este hombre que tenemos aquí es el mejor criminólogo de asesinos en serie de la historia del FBI!

—No, no, eso no es verdad —objetó Will con firmeza.

—¿A cuántos has cogido en todos estos años? —preguntó Zeckendorf.

—No lo sé. A unos cuantos, supongo.

—¡Unos cuantos! —exclamó Alex—. Eso es como decir que yo he hecho unos cuantos exámenes de pelvis. Se dice que eres un hombre… infalible.

—Creo que me confundes con el Papa.

—Venga ya. Leí en alguna parte que eres capaz de psicoanalizar a alguien en medio minuto.

—No necesito tanto tiempo para ver de qué vas tú, colega, pero, en serio, no te creas todo lo que lees.

Alex le dio un codazo a su chica.

—Hazme caso… quédate con su cara. Es un fenómeno.

Will estaba deseando cambiar de tema. Su carrera había dado un par de giros nada interesantes, y tampoco tenía ganas de rememorar las glorias del pasado.

—Supongo que a todos nos ha ido bien, teniendo en cuenta los bandazos que dimos cuando empezamos. Zeck es un pedazo de abogado mercantilista, Alex es catedrático de medicina… que Dios nos ayude, pero hablemos de Mark. ¿Qué has estado haciendo todos estos años?

Antes de que a Mark le diera tiempo de mojarse los labios para responder, Alex ya se había lanzado a su antiguo papel de torturador del empollón.

—Sí, eso hay que oírlo. Seguramente Shackleton es uno de esos millonarios puntocom con jet privado y equipo de baloncesto. ¿Inventaste el teléfono móvil o algo por el estilo? Siempre estabas escribiendo cosas en aquella libreta que tenías, y siempre con la puerta de la habitación cerrada. ¿Qué hacías ahí dentro aparte de aprenderte de memoria los números del Playboy y de gastar cajas de Kleenex?

Will y Zeckendorf no pudieron reprimir una mueca de asco, porque por aquel tiempo parecía que el chaval no paraba de comprar Kleenex. Pero Will sintió inmediatamente una punzada de culpabilidad cuando Mark le atravesó con una mirada de «¿Tú también, Brutus?».

—Me dedico a la seguridad informática —susurró Mark hacia su plato—. Por desgracia, no soy millonario. —Entonces alzó la vista y añadió con optimismo—: Aparte de eso también escribo.

—¿Trabajas para una empresa? —preguntó Will con educación, intentando redimirse.

—He trabajado para unas cuantas, pero ahora supongo que estoy como tú. Trabajo para el gobierno.

—¿En serio? ¿Dónde?

—En Nevada.

—Vives en Las Vegas, ¿no? —intervino Zeckendorf.

Mark asintió, sin duda le decepcionaba que ninguno hubiera hecho caso a su comentario de que escribía.

—¿En qué rama? —preguntó Will, y cuando vio que le respondía con una mirada muda, añadió—: Del gobierno.

La angulosa nuez de Mark se movió cuando tragó.

—Es un laboratorio. Es un asunto un tanto secreto.

—¡Shack tiene un secreto! —gritó Alex alegremente—. ¡Dadle otra copa! ¡A ver si suelta la lengua!

Zackendorf parecía fascinado.

—Vamos, Mark, ¿no puedes contarnos de qué va?

—Lo siento.

Alex se apoyó en el respaldo de la silla.

—Apuesto a que cierto personaje del FBI te sacaría en qué andas metido.

—No lo creo —replicó Mark con una pizca de suficiencia.

Zeckendorf no iba a dejarlo correr; se puso a pensar en voz alta:

—Nevada, Nevada… el único laboratorio secreto del que haya oído hablar en Nevada está en el desierto… en eso que llaman… ¿Área 51? —Estaba esperando una negativa, pero lo que vio fue una cara de póquer—. Dime que no trabajas en Área 51.

Mark dudó y luego dijo tímidamente:

—No puedo decírtelo.

—¡Guau! —exclamó la modelo, impresionada—. ¿No es ahí donde estudian los ovnis y esas cosas?

Mark sonreía como la Mona Lisa, enigmáticamente.

—Si te lo dijera, tendría que matarte —dijo Will.

Mark sacudió la cabeza con fuerza, bajó la mirada y sus ojos perdieron cualquier atisbo de diversión. Cuando habló, Will pensó que el tono mordaz de su voz era inquietante.

—No; si te lo dijera, serían otros los que te matarían.

22 de mayo de 2009,

Staten Island, Nueva York

Consuela López estaba agotada y dolorida. Se encontraba en la popa del ferry de Staten Island, sentada donde siempre, cerca de la salida para poder desembarcar enseguida. Si perdía el autobús 51, que pasaba a las 22.45, tendría que esperar un buen rato en la estación de autobuses de St. George para tomar el siguiente. El motor diésel de nueve mil caballos transmitía vibraciones a su delgado cuerpo y le daba sueño, pero desconfiaba demasiado de sus compañeros de viaje como para cerrar los ojos y que le desapareciera el bolso.

Había apoyado su inflamado tobillo izquierdo en el banco de plástico, pero había puesto un periódico debajo del talón. Poner el zapato directamente sobre el asiento habría sido una grosería y una falta de respeto. Se había hecho un esguince en el tobillo al tropezar con el cable de la aspiradora. Limpiaba oficinas en la zona baja de Manhattan y ese era el final de una larga jornada y una larga semana. Que el accidente ocurriera el viernes era una bendición porque tenía el fin de semana para recuperarse. No podía permitirse el lujo de perder un día de trabajo, así que rezó para que el lunes ya se encontrara bien. Si el sábado por la noche todavía le dolía, el domingo por la mañana iría a misa temprano y le rogaría a la Virgen María que la ayudara a curarse pronto. También quería ver al padre Rochas para enseñarle la postal que había recibido y que disipase sus miedos.

Consuela era una mujer feúcha que apenas hablaba inglés, pero era joven y tenía un cuerpo bonito, así que siempre estaba en guardia cuando se le insinuaban. Unas pocas filas más adelante había un joven hispano con una sudadera gris que no paraba de mirarla, y aunque al principio se sintió incómoda, algo en sus blancos dientes y en sus despiertos ojos le llevó a responderle con una educada sonrisa. No hizo falta más. El chico se presentó y pasó los últimos diez minutos del trayecto sentado junto a ella y compadeciéndose de su lesión.

Cuando el ferry llegó a puerto, Consuela bajó cojeando, sin aceptar la ayuda que él le ofrecía. Fue tan atento como para seguirla unos pasos por detrás a pesar de que caminaba a paso de tortuga. Le ofreció llevarla a casa pero ella dijo que no; eso estaba fuera de lugar. Pero como el ferry se había retrasado unos minutos y ella avanzaba tan despacio, acabó perdiendo el autobús y reconsideró la oferta. Parecía un buen chico. Era divertido y respetuoso. Aceptó y, cuando él se fue al aparcamiento a por el coche, Consuela se santiguó.

Cuando se acercaban a la curva que daba a su casa, en Fingerboard Road, el humor del chico cambió y ella empezó a preocuparse. La preocupación se convirtió en miedo cuando él apretó el acelerador y pasó de largo su calle sin hacer caso de sus protestas. Siguió conduciendo en silencio por Bay Street hasta que giró bruscamente a la izquierda, hacia el parque Arthur von Briesen.

Al final de la oscura carretera, ella lloraba y él gritaba y agitaba una navaja automática. La obligó a salir del coche y la arrastró del brazo, amenazándola con hacerle daño si gritaba. Su dolorido tobillo ya no le importaba. Corría tirando de ella entre los matorrales en dirección al agua. Consuela se estremecía de dolor, pero tenía demasiado miedo para hacer ruido.

La colosal superestructura del puente Verrazano-Narrows se alzaba oscura ante ellos como una presencia maléfica. No había ni un alma a la vista. En un claro de la arboleda la tiró al suelo y le arrancó el bolso de las manos. Ella empezó a sollozar y él le dijo que se callara. Rebuscó entre sus pertenencias y se embolsó los pocos dólares que llevaba. Entonces encontró la postal que le habían enviado con el dibujo hecho a mano de un ataúd y la fecha: 22 de mayo de 2009. Miró la postal y sonrió como un sádico.

—¿Piensa que yo le envié esto? —preguntó en español.

—No sé —dijo ella entre sollozos, sacudiendo la cabeza.

—Bueno, pues ahora le voy a enviar esto —dijo riendo y quitándose el cinturón.

10 de junio de 2009,

Nueva York

Will daba por sentado que ella no habría vuelto, y sus sospechas se confirmaron en cuanto abrió la puerta y dejó la maleta con ruedas y el maletín. El apartamento estaba como en la etapa anterior a Jennifer. Nada de velas perfumadas. Nada de manteles individuales en la mesa del comedor. Nada de cojines con volantes. Ni su ropa, ni sus zapatos, ni sus cosméticos, ni su cepillo de dientes. Salió como un torbellino del dormitorio y abrió el frigorífico. Ni siquiera esas estúpidas botellas de agua con vitaminas.

Will había pasado dos días fuera de la ciudad como parte de un curso de sensibilización que debía hacer tras el informe de su última actuación policial. Si a ella le hubiera dado por volver inesperadamente, él lo habría intentado con nuevas técnicas, pero Jennifer seguía sin aparecer.

Se aflojó el nudo de la corbata, se quitó los zapatos y abrió el mueble bar que había debajo del televisor. El sobre estaba bajo la botella de Johnny Walker Black, el mismo sitio donde lo había encontrado el día en que ella lo abandonó. En él, con su letra inconfundiblemente femenina, había escrito: «Vete a la mierda». Se sirvió una buena copa, puso los pies sobre la mesa y, por los viejos tiempos, empezó a releer aquella carta que le revelaba cosas sobre sí mismo que ya sabía. Un repiqueteo le interrumpió cuando iba por la mitad, una fotografía enmarcada que había derribado con el dedo gordo del pie.

La había enviado Zeckendorf: los compañeros del primer año en su reunión del pasado verano. Otro año que se había ido.

Una hora más tarde, confundido por la bebida, le asaltó uno de los dictámenes de Jennifer: lo tuyo no tiene remedio.

«Lo tuyo no tiene remedio», pensó. Un concepto interesante. Irreparable. Irredimible. Sin posibilidad de rehabilitación o de mejora significativa.

Puso el partido de los Mets y se quedó dormido en el sofá.

Con remedio o sin él, a las ocho de la mañana del día siguiente estaba sentado a su escritorio comprobando la bandeja de entrada de su servidor de correo. Escribió un par de respuestas rápidas y luego envió un correo a su supervisora, Sue Sánchez, agradeciéndole su diligencia y su capacidad previsora al haberle recomendado que siguiera el seminario al que acababa de asistir. Consideraba que su sensibilidad había aumentado en torno a un cuarenta y siete por ciento, y esperaba que ella pudiera ver resultados inmediatos y cuantificables. Firmó: «Con toda mi sensibilidad, Will», y le dio a ENVIAR.

Treinta segundos después su teléfono empezó a sonar. El número de Sánchez.

—Bienvenido a casa, Will —dijo ella con voz empalagosa.

—Encantado de estar de vuelta, Susan —contestó él; los años pasados fuera de Florida se habían llevado su acento sureño.

—¿Por qué no vienes a verme? ¿Te va bien?

—¿Cuándo te vendría bien a ti, Susan? —preguntó él de manera afectada.

—¡Ya! —Y colgó.

Sánchez estaba sentada ante el antiguo escritorio de Will en el antiguo despacho de Will, que gracias a Muhammad Atta disfrutaba de una bonita vista de la Estatua de la Libertad, pero lo que a él le irritaba más no era eso sino la expresión avinagrada de su tirante rostro color aceituna. Sánchez era una fanática del ejercicio que leía manuales de instrucciones y libros de autoayuda para directivos mientras hacía gimnasia. Siempre le había parecido atractiva, pero esa jeta de amargada y ese pedante tono nasal mezclado con el acento latino hacían que su interés decayera.

—Siéntate, Will —le dijo sin más demora—. Tenemos que hablar.

—Susan, si lo que planeas es darme la patada, estoy preparado para aceptarlo como un profesional. Regla número seis… ¿o era la cuatro?: «Cuando sientas que te provocan, no actúes de manera precipitada. Detente y considera las consecuencias de tus actos, después elige tus palabras con cuidado y respetando las reacciones de la persona o las personas que te han desafiado». No está mal, ¿eh? Me dieron un certificado. —Sonrió y cruzó las manos sobre su incipiente barriga.

—Hoy no estoy de humor para tu doctorado en ciencias —le dijo con voz cansada—. Tengo un problema y necesito que me ayudes a resolverlo.

—Si es por ti, cualquier cosa. Siempre y cuando no tenga que desnudarme o echar a perder mis últimos catorce meses.

Sánchez suspiró y permaneció en silencio, de modo que a Will le dio la impresión de que estaba poniendo en práctica la regla número cuatro, o la número seis. Will era consciente de que ella le consideraba su niño problemático número uno. Todos en la oficina sabían cómo iba el marcador:

Will Piper. Cuarenta y ocho años, nueve años mayor que Sánchez. Anteriormente su jefe, antes de que le largaran de su puesto para volver a ser agente especial. Anteriormente guapo como para quitar el hipo, futbolista de casi dos metros de alto con hombros como vigas de acero, ojos azul eléctrico, pelo castaño revuelto como un jovenzuelo, antes de que el alcohol y la inactividad dieran a su carne la consistencia y la palidez de la masa de pan. Anteriormente todo un figura, antes de convertirse en un dolor de cabeza, que no veía la hora de largarse del trabajo.

—A John Mueller le dio un ataque hace un par de días —soltó Susan sin más—. Los médicos dicen que se recuperará, pero va a estar de baja un tiempo. Su ausencia, especialmente ahora, es un problema para este departamento. He estado hablando de ello con Benjamin y Ronald.

A Will la noticia lo dejó perplejo.

—¿Mueller? ¡Pero si es más joven que tú! Si es un obseso de los maratones. ¿Cómo puñetas le ha podido dar a él un ataque?

—Tenía un defecto cardíaco congénito que nadie le había detectado —dijo Sánchez—. Se le hizo un pequeño trombo en la pierna y desde ahí fue flotando hasta el cerebro. Eso me dijeron. Da miedo que pueda pasarte algo así.

Will despreciaba a Mueller. Era borde, engreído, imbécil. Seguía las órdenes al pie de la letra. Un tipo inaguantable. Como el cabrón pensaba que Will estaba aislado por su condición de leproso, el muy hijo de la gran puta todavía le hacía comentarios sarcásticos sobre su fiasco.«Ojalá ande y hable como un tarado el resto de su vida», fue lo primero que le vino a la cabeza.

—Por Dios, qué mala suerte —dijo en cambio.

—Necesitamos que te hagas cargo del caso Juicio Final.

Tuvo que hacer un esfuerzo sobrenatural para no mandarla al carajo.

Ese caso tendría que haber sido suyo desde el principio. De hecho, había sido un ultraje que no se lo ofrecieran en cuanto el caso llegó a la oficina. Ahí estaba él, uno de los mejores expertos en asesinos en serie de la historia reciente del FBI y no le asignaban un caso de primera de su jurisdicción. Supuso que eso daba la medida de lo perjudicada que estaba su carrera. Al principio aquella puñalada le dejó una buena herida, pero consiguió reponerse rápidamente y llegó a convencerse de que se había librado de una buena.

Estaba en la última curva antes de llegar a la meta. La jubilación era un milagro acuoso que resplandecía al final del desierto, simplemente fuera de su alcance. Ya había conocido suficiente lucha y ambición, suficiente política de despacho, suficientes asesinatos y muertes. Estaba cansado, solo y atrapado en una ciudad que detestaba. Quería volver a casa. Volver a casa con una pensión.

Se tragó como pudo las malas noticias. El Juicio Final no había tardado en convertirse en el caso más difícil del departamento, el tipo de casos que requerían una intensidad que Will hacía años que no tenía. El problema no eran las largas jornadas y el adiós a los fines de semana. Gracias a Jennifer tenía todo el tiempo del mundo. El problema lo tenía ante el espejo, porque, tal como le diría a cualquiera que se lo preguntara, simplemente le importaba un bledo. Para resolver un caso de asesinatos en serie era necesario tener una ambición feroz, y esa llama hacía ya tiempo que había chisporroteado hasta consumirse. La suerte también contaba, pero por lo que sabía por experiencia, el éxito solo llegaba cuando te partías el lomo y creabas el ambiente adecuado para que la suerte hiciera su caprichosa aparición.

Aparte de eso, la compañera de Mueller era una agente especial joven, solo llevaba tres años fuera de Quantico, y estaba tan imbuida de ferviente ambición y rectitud en el obrar, que a Will le parecía una fanática religiosa. Había observado su paso presuroso por la planta veintitrés, siempre a toda mecha por los pasillos, sin sentido del humor, mojigata, tomándose tan en serio a sí misma que le ponía enfermo.

Se inclinó hacia delante, casi blanco como el papel.

—Mira, Susan —comenzó a decir alzando la voz—, no creo que eso sea buena idea. Ese tren ya pasó. Deberías haberme pedido que llevara el caso hace semanas, porque, ¿sabes?, entonces era el momento adecuado. Pero ahora no sería conveniente ni para mí, ni para Nancy, ni para el departamento, ni para la agencia, ni para los ciudadanos que pagan sus impuestos, ni para las víctimas, ni, maldita sea, ¡para las víctimas que estén por venir! ¡Y lo sabes tan bien como yo!

Sánchez se levantó para cerrar la puerta y después volvió a sentarse y cruzó las piernas. El frufrú de sus medias al rozar la una con la otra lo distrajo momentáneamente de su arrebato.

—Sí, ya bajo la voz —dijo—. Pero eres tú quien se llevará la peor parte. Tú eres la que está en el ojo del huracán. Llevas Investigación de Crímenes Violentos y Delitos Mayores contra la Propiedad, la segunda rama con más eco en Nueva York. Que cojan al gilipollas del Juicio Final es algo que está bajo tu supervisión, así que ponte las pilas. Eres mujer, eres hispana, dentro de unos años serás asistente de dirección en Quantico, o tal vez agente especial de supervisión en Washington. El límite está en el cielo. No la jodas metiéndome a mí por medio, ese es mi consejo de amigo.

Sánchez le dirigió una mirada que habría dejado helado hasta a un esquimal.

—Agradezco mucho tu asesoramiento, Will, pero no sé si debo confiar en el consejo de un hombre que está cada vez más abajo en el organigrama. Créeme, a mí tampoco me entusiasma la idea, pero ya hemos discutido esto internamente. Benjamin y Ronald se niegan a prescindir de nadie del departamento de antiterrorismo, y en la oficina de delitos financieros y en Crimen Organizado no hay nadie que haya llevado antes este tipo de casos. No quieren que venga ningún oportunista de Washington ni de ninguna otra oficina. Eso les haría quedar mal. Esto es Nueva York, no Cleveland. Se supone que tenemos los mejores profesionales. Tú tienes la experiencia adecuada… la personalidad incorrecta, tendrás que trabajar en ello, sí, pero tienes la experiencia adecuada. Es tuyo. Será tu último gran caso, Will. Te irás a lo grande. Míratelo así, y anímate.

Will lo intentó desde otro ángulo.

—Si cogiéramos a ese tipo mañana, cosa que no haremos, cuando esto llegue a juicio yo ya seré historia.

—Pues volverás para testificar. Seguro que entonces las dietas se pagan bien.

—Muy graciosa. ¿Y qué pasa con Nancy? La envenenaré. ¿Es que quieres que sea el chivo expiatorio?

—Nancy es impredecible. Puede cuidar de sí misma, y también de ti.

Acabó por ponerse huraño y dejó de buscar argumentos.

—¿Y qué pasa con la mierda en la que estoy trabajando?

—Se la pasaré a alguien. No hay problema.

Eso fue todo. No había más que hablar. No era una democracia y negarse o que le despidieran no eran opciones. Catorce meses. Catorce malditos meses.

En un par de horas su vida había cambiado. El gerente de la oficina apareció con unos cajones de color naranja con ruedas e hizo que se llevaran de su cubículo los expedientes del caso en el que estaba trabajando. En su lugar llegaron los expedientes del caso Juicio Final que llevaba Mueller, cajas llenas de documentos recopilados durante las semanas previas a que un cúmulo de plaquetas pegajosas hicieran papilla unos cuantos mililitros de su cerebro. Will las miró como si fueran un montón de boñigas apestosas, bebió otra taza de su café requemado y luego se dignó abrir al azar una de las carpetas.

Antes de verla, le oyó aclararse la garganta a la entrada del cubículo.

—¡Hola! —saludó Nancy—. Creo que vamos a trabajar juntos.

Nancy Lipinski iba embutida en un traje de color gris carbón. Le quedaba media talla pequeño y le apretaba en la cintura lo suficiente para que su barriga sobresaliera un poco, algo nada atractivo. Era un taponcito, descalza medía uno sesenta, y en opinión de Will tenía que perder un par de kilos de todas partes, incluso de su tersa y redonda cara. ¿Acaso había pómulos ahí debajo? No tenía para nada el típico cuerpo macizo de las graduadas que salían de Quantico. Will se preguntó cómo se las habría arreglado para pasar las revisiones de la unidad de entrenamiento físico de la academia. Allí abajo no se andaban con chiquitas y a las tías no les pasaban una. Había que admitir que era algo atractiva. La práctica media melena rojiza, el maquillaje y el brillo complementaban bien su delicada nariz, sus bonitos labios y sus expresivos ojos color miel, y su perfume habría seducido a Will de haberlo llevado otra mujer. Lo que le echaba para atrás era esa mirada de lástima. ¿Podía haberle negado cariño a un cero a la izquierda como era Mueller?

—¿Qué tienes pensado hacer? —preguntó Will de manera retórica.

—¿Tienes tiempo ahora?

—Mira, Nancy, prácticamente no he empezado a abrir las cajas. ¿Por qué no me das un par de horas, hasta después del mediodía, más o menos, y hablamos?

—Me parece bien, Will. Lo único que quería decirte es que, aunque esté contrariada por lo de John, voy a seguir partiéndome la espalda con este caso. No hemos trabajado nunca juntos, pero he estudiado algunos de tus casos y sé las contribuciones que has hecho en el campo. Siempre estoy dispuesta a mejorar, así que tus observaciones tendrán suma importancia para mí…