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LA BRUJA DEBE MORIR

Sheldon Cashdan

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Fragmento



Índice

La bruja debe morir

Prólogo

Agradecimientos

1. Había una vez

2. En el interior de la bruja: las bellas durmientes

3. Vanidad: espejo, espejo

4. Glotonería: a donde llevan las migas de pan

5. Envidia: si la zapatilla encaja...

6. Objetos que aman

7. Engaño: cuentos hilados, mentiras tejidas

8. Lujuria: una cola marina

9. Avaricia: la recompensa de la habichuela

10. Holgazanería: el sueño de Geppetto

11. En el interior de Oz: vamos a ver al Mago

12. Habrá una vez

Apéndice. El uso de los cuentos de hadas

Sobre este libro

Sobre Sheldon Cashdan

Créditos

Notas

Para Ariane,

que nunca se cansa de La Princesa Rana

 

Prólogo

El tres es un número singular en los cuentos de hadas. En Blancanieves, la reina madrastra tienta a la protagonista con regalos letales en tres ocasiones diferentes. Tras esquivar al príncipe en los dos primeros bailes, Cenicienta pierde su zapatilla en el tercero. Y la hija del molinero promete su primogénito a Rumpelstilzchen en la tercera aparición del hombrecillo. El número tres es un elemento esencial de los cuentos de hadas: tres visitas, tres pruebas, tres promesas.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Me planteé tres objetivos —tres deseos, por decirlo así—. Cuando me dispuse a escribir La bruja debe morir, el primero fue proporcionar a los lectores una nueva forma de entender los cuentos de hadas. ¿Qué significan estos inmemorables relatos? ¿Qué sentidos más profundos entrañan? Los cuentos de hadas son los primeros relatos que escuchamos, y aunque están destinados a maravillar y a entretener, ofrecen también los medios para canalizar conflictos psicológicos. Utilizando «los siete pecados capitales de la infancia» como hilo conductor, La bruja debe morir muestra cómo los cuentos de hadas ayudan a los niños a hacer frente a la envidia, a la avaricia, a la vanidad y a otras inclinaciones problemáticas.

El segundo objetivo fue regresar a los cuentos de hadas de nuestra infancia para iluminar los significados ocultos que fueron ignorados entonces. Pocos niños entienden por qué Blancanieves deja entrar tres veces en la casita a la diabólica reina, a pesar de las reiteradas advertencias de los enanitos; o por qué, en El Príncipe Rana, la princesa rechaza la petición de la rana de saltar a su cama. ¿Es simplemente porque la rana está húmeda y fría, o hay algo más? Y no queda claro de buenas a primeras que la razón por la cual la bruja corta las trenzas de Rapunzel sea castigarla por haber quedado embarazada, a menos que se deje ver inmediatamente que el delantal ya no se ajusta a la cintura de la joven. Los adultos apenas tienen dificultad para establecer estas relaciones, los niños, por el contrario, sí la tienen.

El tercer objetivo fue descubrir a los lectores los cuentos de hadas perdidos, aquellos que nunca llegaron a los libros de cuentos infantiles por su naturaleza provocativa y, a menudo, sexual. Relatos como El enebro y La princesa que no sabía reír fueron dejados de lado y se perdieron para la posteridad. Sin embargo, estas poderosas y conmovedoras historias forman parte del rico patrimonio de los cuentos de hadas y de la narrativa en general, y contienen las semillas de otras que conocemos y apreciamos, como Cenicienta, Hansel y Gretel y La Bella Durmiente.

Cuando las tres visitas han concluido, se han ejecutado con éxito las tres tareas y cumplido los tres deseos, el cuento acaba, y todos —excepto, quizá, la bruja— viven felices para siempre. También La bruja debe morir tendrá un final feliz si la magia lo permite. Incluso —aunque es imposible prometerlo—, puede que algunos lectores vivan también felices para siempre. Nunca se sabe qué es lo que hace realidad los deseos.

 

Agradecimientos

Un libro es un cuento de hadas. Comienza como un sueño y termina como un sueño cumplido. Como todos los cuentos de hadas, La bruja debe morir tiene un elenco de personajes. Las hadas madrinas son las mujeres de Linda Chester Literary Agency: Linda, Laurie Fox y, especialmente, Joanna Pulcini. Fue Joanna quien vio el destello en mis ojos y comprendió que era un libro. Joanna no solo fue un manantial permanente de apoyo y estímulo, también hizo una valiosa contribución en diversas fases de la escritura y me ayudó a perfilar muchas ideas. Es una persona maravillosa y una agente excepcional.

Jo Ann Miller, mi editora en Basic Books, es la bruja buena de la historia. Con su especial toque mágico, su asombroso conocimiento de la psicología y su penetrante ingenio, ayudó a dar forma a la versión final. Su cuidado y su pericia resplandecen en cada página, y me siento afortunado por haberla tenido a mi lado mientras hacía mi camino a través del bosque. Igual que Glinda mostró a Dorothy la vuelta a Kansas, Jo Ann me mostró el camino del libro.

Eva, mi mujer, es la princesa de la obra. Se sacrificó con generosidad y nunca se quejó. No sé cuántas veces leyó y releyó los borradores del manuscrito, o me ayudó a aclarar un pensamiento complejo. Gran parte de lo bueno de este libro se lo debo a ella. Pero le debo mucho más. Hace años cambió mi vida con un beso. Si no fuera por ella, yo continuaría sentado en una alfombra de lirios contemplando la luna.

En mi infancia me dijeron que en los cuentos de hadas residen significados más profundos que en ninguna otra verdad de las que se enseñan en la vida.

FRIEDRICH SCHILLER

Yo era Blancanieves, pero luego me dejé llevar.

MAE WEST

1

Había una vez

imagen

Dos veces he visitado los cuentos de hadas: la primera, de niño; la segunda, años más tarde, de adulto. Como sucede en todas partes, mis padres me leyeron Hansel y Gretel, Jack y las habichuelas mágicas y otros cuentos populares. Pero las impresiones más vividas que de los cuentos de hadas recibí en la infancia llegaron vía Walt Disney. Me veo en la sala oscura de un cine, sentado en el borde de la butaca, conteniendo el aliento mientras el guardabosque, en Blancanieves, se preparaba para extirpar el corazón de la heroína. Como los niños que me rodeaban, respiré con alivio cuando el guardabosque desobedeció la orden de la reina y dejó escapar a Blancanieves. Después canté durante meses «¡Aijó, aijó, marchemos al hogar!». Hoy tengo dificultad para nombrar a todos los enanitos, pero las imágenes de la diabólica reina, de Blancanieves y de los siete enanos engalanan para siempre mi memoria.

Pasaron muchos años antes de que me acercara de nuevo a los cuentos de hadas. En una época, impartí unas sesiones sobre psicoterapia con niños a los licenciados de cierta universidad. Como parte de mis obligaciones también daba clase a los estudiantes. Uno de mis cursos favoritos, un seminario titulado «Psicología de la fantasía y del folclore», desbordó mi viejo interés en el papel que desempeña la fantasía en la vida de los niños. El propósito del seminario era explorar el significado de los cuentos de hadas y mostrar cómo afectan estos relatos al desarrollo psicológico del niño. Sentados en círculo las tardes de los lunes, los estudiantes y yo examinábamos los cuentos clásicos de los hermanos Grimm y el cuento de hadas más famoso del siglo XX, El Mago de Oz.

Me impresionó ver con cuánta pasión los estudiantes hablaban de estos relatos. La atmósfera era diferente de la de otros cursos, en los cuales los estudiantes solo se sentaban y tomaban apuntes. Cada uno traía de su infancia un cuento de hadas favorito, que afectaba a una fibra emocional sensible. Una chica recordaba que su madre le leía Cenicienta a la hora de acostarse, y que le exigía que le releyera la escena del hada madrina antes de apagar la luz. Había algo irresistible con respecto al vestido de oro y plata y a las joyas.

¿Por qué los cuentos de hadas desencadenan estas intensas reacciones años después de habernos encontrado con ellos? ¿Nos cambian en algún sentido? Si es así, ¿de qué manera? ¿Qué hay detrás de su perdurable atractivo? Al tratar de contestar estas preguntas descubrí ciertos mitos alrededor de los cuentos de hadas, muchos de los cuales compartía con mis estudiantes.

MITO 1: LOS CUENTOS DE HADAS SON RELATOS PARA NIÑOS

Algo que aprendí estudiando los cuentos de hadas fue que un número sustancial de ellos nunca llegó a los libros de cuentos infantiles. En cierto sentido, no fue una sorpresa. Algunas compilaciones de cuentos de hadas contienen tantos relatos que resultarían inmanejables si se las reprodujera por completo. Cuentos de la infancia y del hogar (Kinder- und Hausmärchen), de los hermanos Grimm, fácilmente supera los doscientos cuentos de hadas, de los cuales apenas una docena se suele compilar en los libros infantiles.

Aunque no se trata solo del mero volumen de cuentos de hadas. Cuentos de mi madre la Oca (Contes de ma Mère l’Oye), de Charles Perrault, contiene solo doce cuentos de hadas, entre ellos Cenicienta, Caperucita Roja y La Bella Durmiente. Alguno de los relatos de esta colección no aparece en las ediciones modernas de libros de cuentos. Las omisiones son particularmente misteriosas, pues los cuentos omitidos son tan cautivadores como los conservados. Uno de los primeros es Piel de Asno. Empieza así:

Érase una vez un rey tan querido por sus súbditos que se consideraba el monarca más feliz del mundo. Era incomparablemente rico, y poseía cuadras con los sementales árabes más hermosos. En una de sus caballerizas había un asno mágico. Era la propiedad más preciada del rey porque gozaba de un don excepcional: excretaba oro. Cuando los servidores del rey llegaban cada mañana al establo encontraban monedas de oro esparcidas entre los excrementos del animal. De este modo, el burro mágico era para el rey una fuente inagotable de riqueza.

Tras muchos años de prosperidad, el rey recibió la terrible noticia de que su mujer se estaba muriendo. Pero antes de morir, la reina, que siempre había procurado la felicidad del rey, le dijo sacando fuerzas de flaqueza:

—Sé que por el bien de tu pueblo, y por el tuyo propio, debes volver a casarte. Pero no te apresures. Espera hasta encontrar a una mujer más bella y más ordenada que yo.

Los años pasan y los esfuerzos del rey fracasan. No hay en el reino nadie cuya belleza supere la de la antigua reina. Pero un día el rey se da cuenta de que sí hay una persona más bella que su difunta esposa. Esa persona no es otra que su hija. La princesa se ha convertido en una bella doncella y está ya en edad para casarse, y el rey se dispone a desposarla.

La princesa quedó horrorizada cuando conoció los planes de su padre. Corrió a ver a su madrina, un hada sabia y poderosa, quien le aconsejó disuadir al rey pidiéndole regalos de boda que no pudiera entregarle. Siguiendo el consejo de su madrina, la princesa pidió primero un vestido que centellease como las estrellas; a la mañana siguiente encontró tras su puerta un vestido tachonado de estrellas. A continuación, pidió un vestido hecho de rayos de luna; de nuevo, su deseo se cumplió. Finalmente, exigió un vestido tan luminoso como el sol. Al despertar a la mañana siguiente descubrió en su puerta un vestido dorado de brillo inimaginable. Una a una, su padre había logrado satisfacer todas sus peticiones.

Desesperada, la princesa acudió de nuevo ante su hada madrina para preguntarle qué hacer. La anciana aconsejó a la asustada princesa que pidiese al rey la piel del preciado asno. Estaba segura de que el rey nunca mataría al asno, porque era la fuente de toda su riqueza.

—Del asno obtiene sus enormes riquezas —le dijo el hada madrina a la princesa—. Estoy segura de que nunca concederá tu deseo.

Para consternación de la princesa, el rey mató al asno mágico y presentó la piel a su hija como regalo de boda. La madrina advirtió la desesperada situación y dijo a su ahijada que debía escapar. Le dio instrucciones para que se untase de hollín la cara y las manos, se cubriese con la piel del asno y abandonase el palacio protegida por la oscuridad.

—Vete tan lejos como puedas —le dijo—. Tus ropas y tus joyas te seguirán bajo tierra; si golpeas tres veces el suelo, tendrás inmediatamente todo lo que necesites.

Las aventuras de una joven acosada que huye de su padre disfrazándose de animal es un tema frecuente en los cuentos de hadas. En un cuento italiano titulado L’orsa (La osa) la princesa coloca entre sus labios una pajita mágica que la convierte temporalmente en osa, y de ese modo puede escapar del castillo y de su padre. En Allereiruh, un cuento folclórico alemán, una doncella pide a su padre, el rey, que le confeccione un vestido con la piel de mil animales diferentes. Cuando su padre le entrega el vestido, cumpliendo así la «imposible» petición, ella se disfraza con él y huye al campo.

La asustada princesa de Piel de Asno también huye al campo, donde se topa con el castillo de un príncipe. Consigue trabajar como lavandera en el castillo y se mantiene aislada confiando en que nadie la reconozca. Pero los demás trabajadores se burlan de ella y la apodan «Piel de Asno» a causa del asqueroso olor que despide la piel que viste. La princesa soporta las burlas en silencio para no desvelar su identidad.

Un día, cansada de su descuidado aspecto, la princesa golpea el suelo y recupera sus ropas. Se prueba el vestido de rayos de luna y, por un momento, revive su antiguo esplendor. Casualmente, el príncipe, que en ese momento está inspeccionando el patio del castillo, la observa con todas sus galas y queda deslumbrado por su belleza. Se enamora al instante de la misteriosa doncella, pero está tan afectado que no se atreve a acercarse a ella y se retira a sus aposentos, donde cae en un abandono absoluto.

No obstante, el amor finalmente triunfa. El príncipe consigue que su madre invite al palacio a la doncella e idea una hábil estratagema con un anillo que solo se ajusta al dedo de una princesa. Piel de Asno llega al gran vestíbulo vestida con la sucia y negra piel del animal.

—¿Eres tú la chica que vive en el rincón extremo del patio? —preguntó el príncipe.

—Sí, mi señor, yo soy —contestó ella.

—Extiende entonces tu mano —continuó el príncipe.

Y, ante el asombro de todos los presentes, una mano pequeña, blanca y delicada, emergió de la sucia y negra piel. El anillo se deslizó con suma facilidad por el dedo, y entonces la piel de asno se desplomó sobre el suelo y descubrió una figura de tal belleza que el príncipe, bajo la mirada complacida del rey y de la reina, cayó de rodillas delante de ella.

 

Piel de Asno concluye con la petición de mano por el príncipe, que ella le concede con gusto. El padre de la princesa —que, oportunamente, se ha vuelto a casar, y así se ha limpiado de su indebida pasión— es invitado a la boda, tras la cual todos viven felices para siempre.

La razón por la que Piel de Asno ha sido suprimida de los libros de relatos infantiles tiene menos que ver con el don excepcional del asno —los niños disfrutan con todo lo relativo a las funciones excretorias— que con la inclinación contranatural del rey. Los deseos incestuosos son algo inesperado en un cuento de hadas. Para atenuar este carácter incestuoso, en algunas versiones del relato la princesa es transformada en hija adoptiva. Aun así, un cuento de hadas que describe a un padre lascivo que persigue a su hija —adoptada o no— no es el tipo de relato que la mayoría de los padres escogería para leer a sus hijos.

Entonces, ¿por qué aparece en la colección de Perrault? Por la sencilla razón de que los cuentos de hadas nunca fueron pensados para los niños. Concebidos primero como un entretenimiento para adultos, los cuentos de hadas se contaron en las reuniones sociales, en los bailes, en el campo, en los sitios donde se congregaban los adultos, no en los jardines de infancia.

Por eso en muchos cuentos de hadas primitivos hay exhibicionismo, violación y voyerismo. En una versión de Caperucita Roja, la heroína hace un striptease para el lobo antes de saltar a la cama con él. En una interpretación temprana de La Bella Durmiente, el príncipe asalta durante el sueño a la princesa y luego se marcha dejándola encinta. Y en La princesa que no sabía reír la heroína es condenada a la soltería porque ve las partes pudendas de una bruja. En el siglo XVIII, los cuentos de hadas se escenificaban en los exclusivos salones parisinos, donde se los consideraba divertimentos para la élite cultural.

Hasta la llegada del siglo XIX, los cuentos de hadas no formaron parte de la literatura infantil. Esto se debió, en parte, a la actividad de unos vendedores ambulantes, conocidos como chapmen, que iban de pueblo en pueblo vendiendo objetos domésticos, partituras y libritos baratos, los chapbooks. Estos libritos costaban unos cuantos peniques, y contenían, someramente editados, cuentos populares, leyendas y cuentos de hadas, simplificados para atraer a las audiencias menos cultas. Aunque estaban mal escritos y toscamente ilustrados, las historias que contaban atraparon la fantasía de los pequeños lectores, quienes, en su búsqueda de magia y aventura, las introdujeron en su corazón.

MITO 2: LOS CUENTOS DE HADAS FUERON ESCRITOS POR LOS HERMANOS GRIMM

En los primeros años del siglo XIX, Wilhelm y Jacob Grimm publicaron su famosa colección de cuentos de hadas, en dos volúmenes, Cuentos de la infancia y del hogar. Con objeto de reflejar los orígenes tradicionales del volk alemán, quisieron editar un libro de referencia indiscutible sobre los relatos y leyendas alemanes que existían en ese momento. El resultado fue una antología que muchos consideran la más exhaustiva colección de cuentos de hadas de todos los tiempos.

En realidad, ni Wilhelm ni Jacob escribieron ninguno de los cuentos incluidos en el libro. Se limitaron simplemente a compilar los que les suministraron amigos y parientes, relatos que habían circulado durante siglos por Europa central. Varios cuentos de la colección fueron un aporte de Dorothea Wild, la suegra de Wilhelm, y otros de Jeannette y Amalie Hassenphlug, dos hermanas que más tarde emparentaron con la familia Grimm. No importaba que la mayoría de los relatos fuera de origen francés o italiano. Los Grimm consideraron que todos eran alemanes y los incluyeron en su colección.

Por este motivo, Cenicienta de los hermanos Grimm resulta ser pariente cercano de Cenicienta de Charles Perrault. En ambos relatos, una madrastra tacaña y sus egoístas hijas se confabulan para hacer miserable la vida de la heroína privándole de las satisfacciones más sencillas y asegurándose de que no atraiga la atención del príncipe. Pero la versión de los Grimm no incluye ni a un hada madrina ni un zapato de cristal; en su lugar, presenta a una celosa madrastra que mutila los pies demasiado grandes de sus hijas para que quepan en un zapato de seda recamada.

De modo similar, Caperucita Roja, la historia de los Grimm sobre una niña que se demora en el bosque cuando va a visitar a su abuela, es una versión más elaborada que la Caperucita Roja de Perrault. La versión de los Grimm presenta no uno, sino dos lobos, y acaba con uno de ellos ahogado. Y Rosa Silvestre, la historia de una princesa dormida, es una revisión radical de La Bella Durmiente de Perrault.

Aunque los hermanos Grimm no escribieron ninguno de los cuentos, los alteraron para hacerlos más apropiados a los pequeños lectores, alteraciones en parte inducidas por la inclinación puritana de Wilhelm. Pero los intereses comerciales también desempeñaron su papel. El mercado infantil de los cuentos de hadas, estimulado por la percepción gradual de que los niños tienen sus propios intereses, crecía con rapidez, y los editores estaban cada vez más dispuestos a invertir dinero en libros que los padres considerasen aceptables.

Muchos de los cuentos «escritos» por los Grimm siguieron alterándose a medida que fueron traducidos. El prefacio a una edición inglesa, publicada en el siglo XIX, contiene la siguiente declaración de los traductores:

Hemos omitido alrededor de una docena de pequeños fragmentos a los que las madres inglesas podrían poner objeciones, y, por buenas y adecuadas razones, hemos alterado ligeramente otras cuatro historias. La mezcla de motivos profanos y religiosos, aunque frecuente en Alemania, no sería bien aceptada en un libro inglés.

De este modo, los cuentos saturados de descaradas referencias sexuales se dulcificaron y convirtieron en relatos que servían mejor a la sensibilidad infantil. Y durante el proceso, la gente dio por sentado que las versiones que leían eran las escritas por los Grimm.

MITO 3: LOS CUENTOS DE HADAS ENSEÑAN

La tercera equivocación más común tiene que ver con el valor didáctico de los cuentos de hadas. Algunos folcloristas creen que los cuentos de hadas dan a los pequeños lectores «lecciones» de cómo comportarse correctamente y consejos de cómo triunfar en la vida. Se supone que Caperucita Roja exhorta a los niños a escuchar a su madre y a abstenerse de hablar con extraños, especialmente cuando deambulan por el bosque. Supuestamente, La Bella Durmiente alecciona a los niños para que no se aventuren en lugares a los que son ajenos, lección que la heroína aprende bien cuando se extravía en una habitación prohibida y se pincha el dedo con un huso envenenado.

La creencia de que los cuentos de hadas enseñan puede ser detectada en Perrault, cuyas historias están provistas de curiosas moralejas, muchas de ellas en verso. Caperucita Roja acaba con la siguiente advertencia:

 

Con esto quiero deciros, pequeñas,

que nunca os detengáis en el camino,

que nunca confiéis en un desconocido,

porque nadie sabe cómo acabará todo.

Consejo sensato, aunque Caperucita Roja tiene que ver más con la comida y el canibalismo que con eludir a los extraños en el bosque. Es dudoso que, en Nueva York, una joven se abstenga de charlar con extraños en el Central Park porque haya leído Caperucita Roja de niña.

Algunas de las llamadas enseñanzas de Perrault contienen consejos discutibles que se deslizan hacia el cinismo. Considérese la advertencia que incluye al final de Cenicienta:

 

Las madrinas son cosa buena

aunque carezcan de alas.

Puedes tener inteligencia y prudencia,

valor, firmeza y diligencia.

Pero ¿de qué sirve todo eso

si no tienes un amigo a mano?

Perrault parece indicarnos que la inteligencia, el esfuerzo y el valor cuentan poco si no conocemos a nadie en posiciones económicas y sociales privilegiadas. No se trata de quién eres, sino de a quién conoces: olvida las habilidades y las capacidades personales si no tienes buenas relaciones sociales. Un consejo útil quizá para quien se dedica a la política, pero no una loable enseñanza para niños que apenas han salido del jardín de infancia.

Si se quiere inculcar enseñanzas en los pequeños es mejor recurrir a las fábulas de Esopo o a otros relatos destinados a proporcionar consejos útiles. La tortuga y la liebre enseña a los niños que la tranquilidad y la constancia ganan a la prisa, y que hay que evitar los pasatiempos frívolos si se quiere triunfar. El lobo con piel de cordero enseña que uno puede acabar pagando un precio muy alto si pretende ser quien no es. Y La pequeña locomotora que sí pudo —un testimonio sobre la perseverancia— sostiene que es necesario confiar en las habilidades propias («Pienso que puedo, pienso que puedo…»). Los cuentos de hadas poseen muchas cualidades atractivas, pero dar lecciones no es una de ellas.

EL SIGNIFICADO DE LOS CUENTOS DE HADAS

Pero ¿qué es lo que hace tan encantadores a los cuentos de hadas? ¿Por qué Jack y las habichuelas mágicas, Blancanieves y Cenicienta tienen ese enorme atractivo? La explicación más obvia es que los cuentos de hadas son una fuente incomparable de aventuras. Pocos relatos infantiles contienen secuencias de persecución a muerte como las que se encuentran en Jack y las habichuelas mágicas. No hay nada que atraiga tanto nuestra atención como el ogro caníbal echándonos el aliento en el cuello. Y luego está Hansel y Gretel. ¿Cuántos cuentos infantiles pueden exhibir una secuencia en la que un niño inocente es salvado de una muerte segura en el último momento? Relatos como El conejo de peluche y La pequeña locomotora que sí pudo, aunque son encantadores, no proporcionan las sensaciones espeluznantes de los cuentos de hadas.

Los cuentos de hadas son algo más que simples aventuras llenas de suspense que excitan la imaginación, algo más que un mero entretenimiento. Más allá de las escenas de persecución y de los salvamentos del último minuto, son verdaderos dramas que reflejan los acontecimientos que ocurren en el mundo interior del niño. Mientras el atractivo inicial de un cuento de hadas puede residir en la habilidad para cautivar y entretener, su valor perdurable descansa en el poder de ayudar a los niños a enfrentar los conflictos internos con los que se encuentran durante su crecimiento.

Por eso perduran los cuentos de hadas. Este es el motivo de que año tras año se agoten las ediciones conmemorativas de los clásicos de Disney, y de que películas como La Sirenita y Aladdín superen todos los récords de venta. ¿Qué otra cosa puede explicar el atractivo de una historia como Hansel y Gretel, en la que unos inocentes niños son enviados al bosque para morir de hambre? ¿Qué puede justificar una historia como La Sirenita, donde se corta la lengua de la heroína simplemente para cerrar un trato? Los cuentos de hadas son aventuras mágicas, pero también ayudan a los niños a encarar los conflictos que forman parte de su vida diaria.

 

 

La perspectiva psicoanalítica: Cenicienta conoce a Edipo

¿Cuál es la naturaleza exacta de estos conflictos? Los seguidores de Freud indican que es por lo general sexual y que radica en preocupaciones edípicas. Bruno Bettelheim, psicoanalista y autor de Psicoanálisis de los cuentos de hadas, sostiene que el sentido oculto en los cuentos de hadas gira alrededor de asuntos tales como la envidia del pene, la angustia por la castración y los deseos incestuosos inconscientes. Según Bettelheim, los conflictos psicosexuales ocultos son el hilo conductor en todos los cuentos de hadas, desde Caperucita Roja hasta El enano saltarín.

El énfasis freudiano en la sexualidad conduce a cierto número de caprichosas y un tanto improbables interpretaciones. El conflicto entre Blancanieves y su madrastra, por ejemplo, proviene supuestamente del deseo edípico de Blancanieves hacia su padre. La mujer madura se embarca en la búsqueda homicida porque cree que la pequeña de siete años representa una amenaza sexual. Su incesante pregunta, «Espejo, espejo, ¿quién es la más guapa de las dos?», refleja literalmente el temor a que el rey encuentre a Blancanieves más atractiva que a ella. Así, es el conflicto sexual implícito entre la pequeña y la reina, antes que la preocupación de la reina por su apariencia, lo que impulsa la trama.

La relación de Blancanieves con los siete enanos inspira una interpretación ingeniosa similar. Refiriéndose a los enanos como «penes atrofiados», Bettelheim escribe: «Estos “hombrecillos”, de cuerpos achaparrados y ocupación minera [penetran hábilmente en agujeros oscuros], sugieren connotaciones fálicas». A causa de sus disminuidas capacidades sexuales, los enanos no representan una amenaza para la pubescente Blancanieves. Como no pueden actuar, proporcionan a la niña un refugio seguro en un momento de la vida en el que ella es sexualmente vulnerable.

Tampoco Cenicienta escapa a la guadaña psicoanalítica. En la versión de los hermanos Grimm, la madrastra desea con tal intensidad que el príncipe tome por esposa a una de sus hijas que les ordena que se corten los dedos y los talones para que los pies puedan adecuarse al calzado. Cuando el príncipe advierte que la sangre fluye del zapato, queda horrorizado. Pero, según la doctrina psicoanalítica, su horror no es provocado por la caprichosa brutalidad de la madrastra, o por el empeño en engañarlo, sino porque la sangre que fluye despierta en él la angustia por la castración. En un cuento de hadas tras otro, la sexualidad se proclama la fuerza impulsora de todos los elementos de la trama.

¿Es razonable esperar que los niños reaccionen a esa tonalidad sexual, aunque de verdad subyazga tras la historia? Maria Tatar, folclorista y estudiosa de los cuentos de hadas, piensa que no. Argumenta que utilizar los cuentos de hadas para prevenir a los niños de los peligros de la sexualidad sobrepasa el asunto. Frente a la interpretación psicosexual que Bettelheim hace de La Bella Durmiente, escribe: «Es probable que los padres piensen en el sexo cuando leen sobre una princesa que se pincha el dedo con un huso y cae después en un profundo sueño, pero no que los niños asocien libremente la sangre en el dedo de la princesa con el coito y la menstruación, como cree Bettelheim». Del mismo modo, es necesario realizar una pirueta imaginativa para pasar del borde del seto espinoso que rodea el castillo a una abertura simbólica de la vagina.

Aunque nadie niega que los niños son seres sexuales, y que en algunos cuentos de hadas están presentes los deseos sexuales, el sexo está lejos de ser el asunto más acuciante en la vida de los niños. Ellos están más preocupados por complacer a sus padres, por hacer amigos y conservarlos, y por cumplir en el colegio que por el sexo. Los niños se preocupan por su lugar en la familia y por saber si son tan queridos como sus hermanos. Se preguntan si pueden abandonarlos por algo que digan o hagan. Muchos de los asuntos que ocupan la mente de los más pequeños tienen menos que ver con el sexo que con los pensamientos e impulsos que afectan a sus relaciones con quienes son importantes en su vida.

 

 

La perspectiva del yo: tras la bondad

Una perspectiva psicológica que proporciona una poderosa alternativa al punto de vista psicoanalítico es la que se orienta hacia el creciente sentido del yo que se despierta en el niño. En lugar de destacar los contenidos sexuales, la teoría del yo enfoca los aspectos de la personalidad que amenazan con socavar la relación íntima del niño con los demás, especialmente con sus padres y sus iguales. Según esto, gran parte de lo que sucede en un cuento de hadas refleja las batallas que los niños libran dentro de sí contra las fuerzas que les merman la capacidad de establecer y mantener relaciones válidas.

Desde esta perspectiva, se considera que Hansel y Gretel, por ejemplo, tiene que ver con el antiguo tema de la glotonería. Después de caer sobre la casa de la bruja y de comer de ella hasta hartarse, Hansel y su hermana continúan devorando con avidez lo que queda: «Hansel, a quien le gustaba el sabor del tejado, desgajó de él un gran trozo, y Gretel empujó toda una ventana de azúcar». Una de las grandes pruebas de la niñez es saber cuándo es suficiente.

Considérese Blancanieves el canto más extremo a la vanidad. El relato demuestra gráficamente lo que sucede cuando las preocupaciones sobre la apariencia interfieren con asuntos más importantes. La diabólica reina no es la única preocupada por su aspecto: Blancanieves casi pierde la vida por ambicionar los bellos encajes que le ofrece la madrastra disfrazada. Y, si se mira más allá de los bonitos vestidos y del príncipe, Cenicienta es en esencia una historia sobre la envidia.

Todo cuento de hadas de importancia es singular porque se enfoca en una debilidad concreta o en una inclinación enfermiza del yo. En cuanto pasamos del «Érase una vez» descubrimos que los cuentos de hadas tratan de la vanidad, la glotonería, la envidia, la codicia, la mentira, la gula o la pereza, los «siete pecados capitales de la infancia». Y aunque algún cuento de hadas pueda apuntar a más de un «pecado», solo uno de ellos es el centro del relato.

Así pues, aunque Hansel y Gretel contiene elementos relativos a la mentira, es básicamen ...