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LA CASA DEL COMPáS DE ORO

Begoña Valero

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Fragmento

 

Estimado lector:

Os ofrezco este manuscrito en el año del Señor de 1590, cuando el siglo llega a su ocaso y las inflamadas creencias religiosas han sembrado la geografía europea de cadáveres de herejes.

Lejos quedan los tiempos en que los cristianos luchábamos a una contra los infieles que llegaban de Oriente dispuestos a conquistar nuestras almas. Ahora batallamos entre nosotros. ¿De qué ha servido que el Santo Padre extendiera la palabra de Dios hasta los confines del mundo si su largo brazo no ha conseguido mantener unidos en un solo credo a los habitantes del Imperio? Este se ha convertido en un hervidero de sectarios que confabulan para destruir los cimientos de la Iglesia católica.

¿Y a qué se achaca esta infamia? Sin duda, a los libros, pues no es difícil en estos días imprimir un libelo para difamar nuestra sagrada religión. Ya mi amadísimo rey don Carlos lo suscribía cuando, poco antes de abdicar, promulgó este edicto: «Cualquiera que fuese hallado culpable de imprimir, reproducir o distribuir en cualquier forma libros o escritos considerados como heréticos por la Iglesia católica, así como quien se hallase en posesión de ellos, a sabiendas, será reo de muerte. Si se retracta, en caso de ser hombre será decapitado y si es mujer, enterrada viva. Si no llegara a retractarse la muerte será en la hoguera».

Recibe antes que nadie historias como ésta

Tantos han terminado consumidos por las llamas, y hoy dudo que hubiera razón.

Mi deseo es dar a conocer la historia de un hombre llamado Christophe, un maestro en esquivar tanto a los reformadores como a la Inquisición, cuya vida estuvo enlazada a la mía durante los muchos años que permanecí en Flandes. Persiguió aquello en lo que creía con tesón y navegando con cuidado en medio de la tempestad. Ahora que ha fallecido, Dios lo tenga en su gloria, mi admiración y mi afecto por él me obligan a dar testimonio de sus andanzas.

Mas como no tengo alma de mártir y valoro la vida antes que la gloria póstuma, he adoptado un seudónimo: Luis de Osuna, un nombre español como mis orígenes. No debería extrañarse el lector, puesto que no soy el primer mortal que oculta su identidad. Tomo ejemplo del autor de La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, a quien la prudencia le llevó a no desvelar su nombre ya que, al igual que yo, temía que la Inquisición fijara la mirada en su obra.

Os fío pues, mi benevolente lector, este relato.

I

Christophe

Christophe vino al mundo en Saint-Avertin una plomiza tarde del año del Señor de 1520 entre las piernas de una madre exhausta a la que, meses después, sentenció la peste negra. No pocos pensaron que era un mal presagio para la criatura, débil y enfermiza desde su nacimiento. Mas Jean, su padre, creyó ver la sombra de la fortuna escondida bajo la perseverancia de su vástago por sobrevivir.

—Este hijo me tiene que sostener en la vejez. No va a morir —les decía convencido, y sus rezos y desvelos dieron fruto.

El muchacho creció entre los religiosos a quienes Jean servía, ya que su exacerbado espíritu cristiano le hacía sentirse cómodo bajo la protección del clero y, aunque la remuneración fuera escasa, al menos le permitía comer a diario. Además, cuando el fraile de turno era complaciente, su hijo lograba ejercitarse en las letras. Así aprendió a leer, escribir y realizar cálculos sencillos al tiempo que se interesaba por los libros, donde descubría otras vidas menos miserables.

La búsqueda constante de un empleo mejor retribuido acabó llevando a Jean hasta Lyon. Allí, en la iglesia de San Justo, encontró acomodo atendiendo las demandas de un canónigo entrado en carnes y bonachón llamado Antoine Porret. No tardó en congeniar con él, pues a ambos les unía la misma convicción: eran inflexibles en la defensa del catolicismo.

La villa gozaba entonces de gran prestigio por reunir a más de un centenar de maestros impresores, cuyas prensas habían lanzado los primeros libros publicados en lengua francesa. Se había transformado en un centro de atracción intelectual donde alternaban importantes imprentas, que contaban con renombrados traductores y correctores, con otras de menor relevancia que exponían en sus ventanas las pruebas. De esa manera, el impresor podía subsanar los errores cometidos al componer el texto por unas pocas monedas, que pagaba al primer viandante que detectara el gazapo.

Ese era el pasatiempo preferido de Christophe, quien junto a Pierre Porret, sobrino del canónigo, a la salida de la escuela parroquial se entretenía buscando desde la calle algún desliz de los componedores. Y el taller de François Goulart era el que visitaban con más asiduidad, ávidos no solo por reunir calderilla con la que comprarse un dulce, sino sobre todo por ver a Marie.

La primogénita del señor Goulart, con quince abriles cumplidos, era una joven de brillantes cabellos rojos y rostro angelical a quien tanto Pierre como Christophe le parecían unos críos. Eso no le impedía, con espíritu travieso, divertirse con ellos, sobre todo con Christophe. En cuanto advertía su presencia, salía a la puerta y dirigía un saludo afable al muchacho. Este, desmadejado por completo, se ruborizaba al instante y sus orejas adquirían un color cárdeno tan intenso que parecían a punto de inflamarse. Algo que se repetía cuando Marie, con picardía, le ofrecía agua para refrescarse. El señor Goulart, desde el interior del taller, sonreía comprensivo ante el azoramiento del mozalbete y meneaba la cabeza, como pensando: «Mujeres, si quieren nos vuelven locos».

Desde una ventana justo enfrente un par de ojos violáceos y aviesos también observaban esas escenas. Con mayor acrimonia.

Régine aborrecía a Marie. Habría deseado ser como ella: tener muchos más años y un cuerpo moldeado para atraer las miradas de aquellos bobalicones… Aunque el más alto y de pelo castaño, el que siempre se ponía colorado, le alteraba la respiración. Se había cruzado con él y su amigo alguna tarde, de camino a la iglesia junto a su madre. Hablaban, bromeaban y soltaban carcajadas como si la vida fuera hermosa. Habría dado todo por acompañarlos. Por conocerle.

Pero él solo tenía ojos para Marie. Como todos los hombres, jóvenes y mayores, que se detenían ante la pequeña imprenta cuando la veían barrer el umbral e intercambiaban saludos con ella. Incluso alguno acababa entrando para comprar un libro. Entonces Marie, si se percataba de que la niña la estaba espiando tras la cortinilla, alzaba la mano en un saludo burlón.

—¡Insolente! Pero ¿quién se cree que es? —musitaba Régine encolerizada, repitiendo lo que otras veces había oído a las criadas—. ¿Acaso no sabe quién es mi padre? Ni con cien talleruchos como ese podrían permitirse nuestra casa, nuestra posición y nuestro ganado.

Una tarde, Marie vio acercarse a Pierre y a Christophe mientras atendía a un fraile. En cuanto le cobró el libro y se hubo despedido de él con el debido respeto, salió y les invitó a leer las pruebas que su padre acababa de colgar en la ventana.

—Hoy el pago será otro: daré un beso al primero que descubra un error. Aunque yo misma las he revisado antes y están perfectas —se jactó.

Christophe trató de concentrarse en el pliego de papel. Infructuosamente, porque solo la percibía a ella, que revoloteaba a su alrededor y jugaba a aturdirlo con palabras amables. Y todo para desesperar a Régine, que no perdía detalle desde la puerta de su casa.

Luego el muchacho dejó de oírla mientras leía una palabra tras otra, atento a su grafía y al sentido de la frase. Entonces se produjo el milagro.

—¡Aquí, aquí! —exclamó emocionado al pensar en el premio al tiempo que se ruborizaba—. Pone «cosntancia» en vez de «constancia».

—¡Vaya!

Marie acercó el rostro al papel y miró con atención. Era cierto.

—¡Vaya! —repitió. Luego sonrió—. Pues te mereces el afectuoso regalo de una admiradora de la constancia.

Tomó el rostro del muchacho entre sus manos y depositó un sonoro beso en su mejilla mientras él aspiraba, embriagado, el olor de su piel.

Régine se escandalizó. Intentó dominarse, pero unos sentimientos que desconocía se adueñaron de ella. Aquella arpía descarada, que siempre se pavoneaba ante todos, la retaba en silencio. Cuando no pudo contener la furia reprimida gritó hasta desgañitarse:

—¡Bruja! ¡Bruja!…

La oyeron todos en la calle y, al igual que los demás, Marie, Christophe y Pierre se volvieron hacia ella, extrañados. ¿A quién acusaba aquella niña? Aquel era un insulto con el que había que tener mucho cuidado, porque podía terminar ante un tribunal inmisericorde.

Régine lo sabía. Pensó rápido. Ya no podía desdecirse y quería humillarla.

—¡Sí, tú, Marie! —vociferó—. ¡Ya sé por qué algunas vacas de mi padre apenas dan leche! Porque tú la robas, con la ayuda del demonio, al pensar en nuestros animales. ¡Bruja! ¡Eres una bruja!

La sonrisa de Marie se había congelado. De inmediato François Goulart, con el semblante grave, les ordenó a los tres que entraran en el taller para alejarlos de las miradas de los vecinos y transeúntes, que ya formaban corrillos.

—Es cierto. Hace una semana su padre se lamentaba de que una de sus vacas… —decía uno indignado.

—Una no, dos —especificó una anciana—, que me lo comentó el criado, y bien sanas que estaban no hace tanto…

—Poseen la mejor cabaña de todo Lyon, ¿qué son dos vacas para ellos? Habrán enfermado, son cosas que pasan —la interrumpió una mujer de voz dulce, con un crío pegado a las faldas—. Conozco bien a Marie y…

—¿Acaso no veis el color de su pelo? Tan rojo como las llamas del mismo infierno. Y es bien sabido, ni vos ni nadie me lo negaréis, que las brujas sustraen la leche con ayuda del Maligno.

Dentro del taller, François Goulart miraba a su hija con gesto preocupado.

—No sé qué has hecho para enojarla así. ¿Acaso no conoces el poder que tiene la familia de esa mocosa? No quiero que seas un chivo expiatorio y acabes pagando las culpas de los problemas de su ganado.

—No he hecho nada, creedme.

Con la cabeza gacha, Marie subió la escalera en dirección a su dormitorio. Nunca había hecho mucho caso de las supersticiones, pero la seriedad en el rostro de su padre y el odio en la voz de Régine habían conseguido intimidarla.

El impresor se volvió hacia Pierre y Christophe, les puso una mano sobre el hombro y se los llevó hacia el fondo, donde almacenaba los libros impresos. En un rincón, junto a unos armarios cerrados con llave de puertas translúcidas que dejaban entrever anaqueles repletos, había un baúl.

—Podéis escoger un libro de los que hay dentro.

Así pretendía alejar de la memoria de los dos muchachos el peligroso insulto lanzado a su hija. Apenas había levantado la tapa cuando oyó que se abría la puerta del taller y fue a atender al que esperaba que fuese un cliente y no un entremetido.

Christophe hurgó en el baúl con interés y pronto desterró la posibilidad de quedarse con algún ejemplar, pues eran obras litúrgicas. Entonces se fijó en que la puerta de uno de los armarios estaba entreabierta.

—Pierre, veamos qué guarda allí.

Asombrados, descubrieron libros antiguos escritos en griego y en latín, los originales cuya traducción imprimía y vendía el señor Goulart. Prueba de ello eran los ejemplares de Cicerón y de Aristóteles en lengua francesa que se acumulaban en los estantes a su espalda.

Christophe no dejaba de curiosear, sacando un volumen y luego otro, y otro más, que iba pasando a Pierre entre exclamaciones. Homero, Virgilio, Plutarco, Tito Livio… Nunca había visto tales maravillas. Solo cuando hubo quitado varios se fijó en los folios amontonados debajo. Cogió el primero y empezó a leer: «Por amor a la verdad y en el afán de sacarla a la luz, se discutirán en Wittenberg las siguientes proposiciones bajo la presidencia del reverendo padre…». El nombre que seguía a continuación lo alarmó. El canónigo les había hablado de él.

—Mira esto, Pierre —susurró.

Su amigo devolvió los libros al anaquel y le quitó de un tirón la hoja de las manos.

—Veamos. «Por amor a la verdad…» —leyó en voz alta ante el terror de Christophe, que intentó arrebatársela. Mas Pierre se apartaba riendo y continuó hasta llegar a—: «… del reverendo padre Martín Lutero». ¡Santo cielo, es la proclama del hereje protestante!

François Goulart, que acababa de despedir al cliente y regresaba con rapidez, vio que en su casa se aireaban sin pudor Las 95 tesis, como denominaba el pueblo al conocido manifiesto de Martín Lutero, el artífice de la Reforma protestante que había sido excomulgado por el Papa. Palideció al instante.

Le arrancó el papel de las manos y lo guardó con premura junto al resto. Cerró el armario con llave e inspiró hondo mientras meditaba cómo salir airoso sin levantar sospechas. Su comportamiento no había contribuido a tranquilizar a los muchachos, que lo miraban recelosos y expectantes.

—Siento que hayáis encontrado estos papeles, ni siquiera recordaba que estuvieran aquí.

No resultaba creíble. Él mismo se percató de su error, aunque pensó que solo eran unos críos y se olvidarían del asunto. Christophe aprovechó aquel momento de indecisión del señor Goulart para tirar de Pierre y dirigirse hacia la salida. Allí tropezaron con Marie, que debía de haber estado observando y les cerraba el paso. Conocedora de los trabajos de su padre para los protestantes, habló con calma y sonrisa halagadora:

—Sé que sois justos. Si queréis ganar la salvación de vuestras almas deberéis olvidar lo ocurrido. Esa será la buena acción de hoy. ¿De acuerdo?

Ambos asintieron sin convencimiento. En esa ocasión Christophe no se sonrojó en presencia de la joven. Estaba tan alterado que solo deseaba marcharse. Pero ya tenía a François Goulart a sus espaldas.

El impresor había recapacitado, tan solo necesitaba un par de días para concluir el encargo de los reformistas. Les invitó a pasar de nuevo al interior. Pierre se asustó, estaba convencido de que iba a deshacerse de ellos para evitar que descubrieran sus actividades ilícitas.

—¿Cómo empezar? —dijo François Goulart—. Estoy convencido de que sois unos chicos inteligentes y me entenderéis. —Hizo una pausa—. Veréis, debo recordaros que nuestra existencia no tiene sentido si no está dirigida a conseguir la salvación eterna. Es necesario que cada día nos preparemos para morir en gracia de Dios, porque no sabemos la fecha exacta de nuestra muerte. ¿Qué ocurre si no lo conseguimos?

Ambos amigos se miraron desconcertados.

—No os preocupéis —continuó sin esperar respuesta—, somos muy afortunados. Disponemos de una ayuda extraordinaria que nos facilita la Santa Madre Iglesia. ¿Ya lo habéis adivinado? ¿Sí? ¡Podemos comprar indulgencias! Gracias a ellas, cuantas más mejor, nuestros pecados o los de nuestros familiares fallecidos serán redimidos y la permanencia en el purgatorio se verá reducida.

—Sí, ¿y qué? Eso es algo que todos sabemos —apostilló Pierre, titubeante.

—Es cierto. Pero los únicos cristianos que pueden obtener sus beneficios son los que tienen dinero para comprarlas, y solo ellos pueden ir acumulando días, meses y años de perdón para asegurarse el tránsito hacia el paraíso. ¿Qué ocurre entonces con los cristianos pobres? ¿Se condenarán?

Christophe y Pierre lo miraban perplejos. Nunca se les había pasado por la cabeza un razonamiento tan lógico.

—Bueno, pues la misma pregunta se hizo Lutero, quien veía como algunos religiosos, insaciables cuando se trataba de ganar dinero con las indulgencias, destinaban sus ganancias a sufragar sus propios lujos, comprando obispados u otras prebendas…

François Goulart los observaba atento para comprobar cómo reaccionaban ante sus palabras. Sabía lo peligroso que era de lo que estaba hablando.

—… por eso, cuando hace unos años clavó en las puertas de la iglesia del palacio de Wittenberg sus 95 tesis solo denunciaba los abusos del papa León, que el Señor tenga en su gloria, quien, con el acuerdo del arzobispo de Magdeburgo, había autorizado a un fraile a vender indulgencias en tierras alemanas. Para que veáis lo miserable de su actitud, el religioso aseguraba que en cuanto el donativo tocara el fondo del cofre, los familiares del fiel saldrían volando del purgatorio para caer en los brazos del Señor. Y si eran muy generosos, ellos mismos podían obtener la remisión de algunos pecados.

Siguió relatando que lo peor fue el destino de los ingresos obtenidos con la venta de indulgencias. Oficialmente estaban destinados a costear obras en la basílica de San Pedro en Roma, pero en realidad la mitad era para el arzobispo de Magdeburgo, Alberto de Brandeburgo, quien debía devolver un préstamo de veinticuatro mil florines de oro que había percibido de la banca para adquirir el arzobispado de Maguncia. Gracias a ello se había convertido en príncipe elector del Sacro Imperio Romano Germánico, y además mantenía sus cargos como arzobispo de Magdeburgo y administrador del obispado de Halberstadt.

—Esa concentración de poder en un solo hombre no tenía precedente, era un abuso por parte de la Iglesia. Por si eso fuera poco, incluso el emperador Maximiliano, el Señor tenga en su gloria, conseguía más de mil florines anuales por la venta de indulgencias. ¿No creéis que Lutero tenía algo de razón?

Ambos se miraron sin saber qué responder. Habían oído hablar del reformador, si bien para ellos tan solo era un hereje. Sin embargo, Christophe empezó a sentirse incómodo. Todo lo que había referido François parecía coherente; entonces ¿por qué el Santo Padre había excomulgado a Lutero? De pronto necesitó salir de allí, se sentía confuso. Las palabras del impresor golpeaban su cabeza como infatigables martillos.

—Puede, señor Goulart, que tenga razón. Lo siento, pero es tarde y debemos volver a casa.

Cogió a Pierre del brazo y salieron del taller. Ni siquiera se despidió de Marie, que los observaba con preocupación.

—Padre, ¿creéis que os denunciarán?

—Creo que no. Son buenos muchachos.

Durante el trayecto ambos amigos callaron. Todo lo sucedido les había impresionado demasiado. Divisar la iglesia de San Justo fue un alivio. Ya casi estaban bajo la protección del Altísimo y eso les hizo sentirse mejor.

En la puerta se encontraba el canónigo Antoine Porret, quien los recibió con impaciencia.

—Venga, que llegáis tarde para ayudarme en los oficios. ¿Qué os ha retenido tanto?

Pierre se adelantó.

—Siento el retraso. —Calló un instante y de repente barbotó—: Necesito confesarme. Debo librar mi alma de un gran pecado.

Al canónigo le inquietó el rostro serio de su sobrino. Christophe miraba a su amigo con intensidad, reprochando su actitud.

—¿Qué ocurre? No me asustes. ¿Qué has hecho?

—Confesión, confesión, ¡quiero confesión!

—¿Qué haces, Pierre? —musitó Christophe.

—No te preocupes, la confesión es un acto sagrado, mi tío jamás revelará mis confidencias. ¿No es así, tío?

—Por supuesto, hijo mío.

El clérigo se lo llevó hacia el interior del templo, con la preocupación marcada en el rostro y el brazo izquierdo rodeando los hombros del muchacho, mientras agitaba la carnosa mano derecha con un ritmo acompasado y le exhortaba a confesar. Pierre no deseaba delatar al impresor, mas sus convicciones lo obligaban a ser un buen cristiano y denunciar a todo aquel que atentara contra la religión católica. Convencido de la protección del secreto de confesión, resumió todo su pesar en una frase:

—Absolvednos, tío, por favor, porque hemos pecado Christophe y yo al tocar Las 95 tesis de Lutero que tiene François Goulart en su imprenta.

—¡Santo Dios bendito! —se enfureció Antoine Porret—. ¿Cómo es posible que ese hombre haya expuesto a unos inocentes a la ira de un tribunal? ¿Acaso desconoce el precio que se paga?

Llamó a Christophe.

—Escuchadme bien los dos. No quiero que volváis a poner los pies en casa de Goulart. Y tranquilo —dijo dirigiéndose a Pierre—, de este asunto me encargo yo.

—Pero, tío, no iréis a contar…

—No te preocupes, no voy a decir nada de ti ni de Christophe.

Dos días después Christophe supo que se habían llevado presos a François Goulart y a su hija Marie. Tras registrar la imprenta, habían encontrado Las 95 tesis y otros escritos de Martín Lutero escondidos en los armarios y en una trampilla en el suelo, listos para su inmediato traslado y distribución. La esposa del impresor y sus dos hijos pequeños habían sido respetados. Aunque los rumores eran confusos, no dejaban de atormentarlo. Mientras Pierre decidía indagar por su cuenta qué porvenir esperaba a los acusados, Christophe rezaba sin descanso, pidiendo al Señor que nada funesto aconteciese a Marie.

Pierre llegó con las peores noticias: estaban torturando al señor Goulart. Se lo contó el hijo menor del verdugo, quien, a escondidas, había oído a su padre cómo le explicaba los detalles del interrogatorio a su hermano mayor, que algún día le sucedería en sus funciones. Le ordenaron que dispusiera la garrucha que colgaba del techo, y él había obedecido con rapidez. Tras atarle al reo las manos a la espalda con la cuerda de la polea, lo había izado, dejándolo suspendido en el aire. El hijo del verdugo se reía al recordar un comentario de su padre relativo a la escasez de ropa del preso, pues tan solo un miserable trapo ocultaba sus partes pudendas: «Es que así se ven mejor los efectos de la tortura. —Sonreía orgulloso—. Yo también seré verdugo, como mi padre».

Pierre, con el estómago revuelto, le había incitado a seguir: «Después mi padre le ató una gran pesa a los pies mientras lo interrogaban. “¡Qué pena, todos los herejes son iguales!”, eso dice él. Al principio se niegan a confesar con quién comparten sus ideas, pero tarde o temprano… En fin, este al parecer era duro de pelar, así que lo descolgaron para llevarlo al potro». Siguió contando entusiasmado que lo estiraron hasta casi descoyuntarle las articulaciones, mientras François Goulart profería horribles gritos entre alabanzas al Señor. «Ese maldito hereje trataba de confundir a mi padre, pero terminó por confesar.»

Al final, había declarado ser seguidor de la doctrina proclamada por Lutero. Estaba convencido de que la fe bastaba para salvarse, y él la tenía. Era injusto que los cristianos, después de la Pasión de Nuestro Señor para redimir sus pecados, todavía tuvieran que purgarlos si no poseían los dineros suficientes para comprar su salvación por medio de indulgencias. Incluso retó al juez para que le indicara en qué parte de las Sagradas Escrituras se hablaba de ellas, para terminar diciendo que eran una mentira, un abuso del poder de la Iglesia. Por último, ya más sereno, le hizo saber que podía torturar y matar su cuerpo efímero, pero que no estaba autorizado para arrebatarle la vida eterna.

El juez, viendo que el acusado no expresaba el más mínimo deseo de arrepentimiento, le había hecho una seña al verdugo para que lo devolviera a su celda.

—¿Y qué ha pasado con Marie?

Pierre no supo qué responder. Sabía la pasión que la chica despertaba en Christophe.

—A ella no pueden… —continuó Christophe.

—La acusan de brujería y de ser hereje como su padre.

Christophe sintió un escalofrío e intuyó lo que ocultaban las palabras de su amigo.

Tras dos meses de desasosiego en espera del fallo del tribunal, los peores presagios se cumplían. François y Marie harían el trayecto desde la cárcel hasta el lugar donde se leería y se daría cumplimiento a la sentencia. Para congregar al mayor número de asistentes, de más de catorce años, se prometió a cada uno una indulgencia de un mes, durante el cual remitían los pecados. Era una oferta difícil de rechazar, aunque pesaba más el espectáculo que se les iba a ofrecer.

Las campanas de la ciudad con su tañer lastimero, casi agónico, convocaron a una misa de alma por los penados. Christophe y Pierre se apostaron con rapidez en un lugar próximo a la imprenta de François Goulart para verlo pasar junto a su hija de camino a su destino. Régine también estaba allí, esperando el paso de su enemiga, como vencedora absoluta. Christophe la miró con ojos encendidos por la furia, que ella interpretó de admiración por lo que había hecho.

No tardaron en divisar a los reos, que se acercaban protegidos por soldados. François Goulart venía montado en un asno. Según los rumores, no había duda, lo habían condenado a muerte. Estaba demacrado, ojeroso, y tan débil que apenas podía mantenerse sobre el jumento. Dirigió su mirada hacia la puerta de la imprenta, donde su esposa lloraba desconsolada junto a sus dos hijos de corta edad.

—No estéis triste por mí —dijo elevando la voz—. Hoy estaré en presencia de Dios. No os preocupéis, Él os protegerá.

Después se dirigió a todos sus convecinos y gritó con las pocas fuerzas que le quedaban:

—¡Se ha cumplido la profecía de Hus! ¡Asasteis un ganso, pero os habéis tropezado con un cisne que no podéis asar!

—¿Por qué dice eso? —preguntó Christophe a Pierre.

—¿No lo sabes? Ese Hus fue el primero en predicar la reforma de la Iglesia y su nombre significa «ganso» en Bohemia, donde nació. Ahora sus seguidores, los husitas, se están uniendo a los luteranos. A Hus lo quemaron por hereje hace cien años, pero antes de morir le profetizó al verdugo: «Vas a asar un ganso», refiriéndose a él, «pero dentro de un siglo te encontrarás con un cisne que no podrás asar». Y ahora todo el mundo cree que hablaba de Martín Lutero, porque en su escudo de armas aparece un cisne. ¿Y te acuerdas de lo que nos contó el señor Goulart? Pues cuando clavó Las 95 tesis en la puerta de la iglesia de aquel palacio se cumplía el plazo.

—¿Y quién te ha dicho eso?

—¡Quién va a ser! Mi tío. Está obsesionado, dice que Lutero es un demonio que destruirá la Iglesia católica, porque está haciendo añicos la unidad cristiana. El hereje incluso se ha atrevido a llamar Anticristo al Papa.

Christophe ya no lo escuchaba. Acababa de descubrir la figura de Marie sobre un pollino. Se sintió desfallecer.

—Mirad, mirad, por allí viene la bruja… ¡La que tenía el pelo de fuego! —decían las gentes, señalando a Marie.

—Bruja y, además, hereje. ¿Puede haber algo peor en este mundo?

Christophe se ahogaba en su propia aflicción. Ahora estaba seguro, la iban a quemar viva. Trató de recomponerse, pero la vio tan pálida y ausente que hubo de reprimirse para no llorar. Le habían rapado la cabeza, su melena sedosa había desaparecido. Vestía un sayal lleno de manchas de sangre y heces secas. Aun así seguía siendo preciosa. Cuando pasó por su lado solo tuvo fuerzas para llamarla por su nombre. Al oírlo, Marie pareció despertar de su letargo. Mostró una leve sonrisa que se deshizo al ver a su madre sollozando y a sus dos hermanos, agarrados a sus faldas, mirándola espantados.

Entonces pasó por delante de Régine, la culpable de su desgracia. Le afloraron las lágrimas a los ojos.

—¿Por qué? —preguntó Marie con inocencia.

La niña de ojos violáceos levantó la barbilla con altivez y volvió la cara. Respondió por ella el hombre vestido con buen paño que estaba a su lado y, orgulloso, le rodeaba los hombros con el brazo.

—¡Suerte de mi hija! Gracias a ella extirpamos este tumor de nuestra villa —dijo dirigiéndose a los amigos y vecinos que le acompañaban.

A Christophe se le revolvió el estómago. Y en lo más hondo de su corazón deseó que hubiera sido aquella pequeña delatora y no Marie quien estuviera sobre el pollino. Rezó con todas sus fuerzas mientras la lenta procesión desaparecía al final de la calle. No podía acompañarla hasta la lectura de la sentencia. No admitía lo que estaba sucediendo. Se quedó allí, como petrificado, orando sin descanso.

El gentío que abarrotaba la calle empezó a dispersarse, la mayoría para acudir al lugar previsto para la ejecución, a las afueras de Lyon. Así podrían conseguir un buen emplazamiento para presenciar el espectáculo. Pierre, que deseaba conocer la sentencia de Marie, siguió a la multitud.

Una hora después Christophe aún se encontraba en las proximidades de la imprenta. Solo tenía fuerzas para suplicar al Señor por el alma de François y Marie. Se sentía culpable por haber rebuscado en el armario y expuesto a la vista de Pierre Las 95 tesis de Lutero. Una ráfaga de viento arrastró un hedor intenso a carne quemada. Christophe imaginó a Marie retorciéndose en el fuego, mientras las llamas lamían su cuerpo y desfiguraban su preciosa cara.

Pierre no había tardado en regresar para informarle de la sentencia. Además de condenar a padre e hija a morir en la hoguera, confiscaban todos sus bienes. La esposa de François Goulart y sus dos hijos deberían abandonar el hogar y cargar toda su vida con la vergüenza de ser una familia de herejes. Los beneficios de la venta de los bienes serían repartidos entre la Iglesia y el padre de Régine, en compensación por el bien que su hija había hecho a la comunidad delatando a la bruja.

La muchedumbre fue regresando cabizbaja e insatisfecha. Antes de morir, el hombre repetía sin cesar alabanzas a Dios y la joven de piel blanca, iluminada por las llamas, parecía más un ángel que una bruja. Por un momento los ciudadanos de Lyon se habían sentido demonios condenando a santos, y sus vidas les parecieron miserables. Un respetuoso silencio creció alrededor de los cuerpos carbonizados mientras sus almas se alejaban de este mundo para ir al encuentro del Señor.

II

Jean, el padre de Christophe

Las semanas siguientes ambos muchachos estuvieron inmersos en la monotonía de sus quehaceres diarios en la escuela parroquial y en la iglesia. Trataban de olvidar la peor experiencia de su vida, sobre todo Christophe, que se sentía responsable de la muerte de François Goulart y atormentado por la pérdida de Marie. Tan solo aliviaba el peso de su conciencia pasear por Lyon al finalizar las tareas encomendadas por su padre, aunque ahora evitase pasar por la calle que traía a su memoria los infaustos acontecimientos que, sin saberlo, iban a marcar su existencia. Así descubrió la rue Ferrandière, salpicada de talleres repletos de prensas nunca ociosas y de tiendas donde aquellos que eran incapaces de dominar el arte de imprimir, pero estaban ansiosos por formar parte de aquel negocio en expansión, vendían libros.

Ante Christophe y Pierre se abrió un universo nuevo, rebosante de misterio, que era necesario conocer, sobre todo para el primero, a quien ya no satisfacía encontrar erratas. Ahora quería aprender todo lo relacionado con aquellas páginas impresas, y había decidido dónde lo haría. No en un pequeño taller como el de Goulart, sino en una imprenta de la que cada vez se hablaba más en Lyon, la del señor Sébastien Gryphe. Lo abordó en la entrada, tras verlo despedirse de un joven que le daba las gracias con mucha efusividad.

—¿Podríais atenderme un momento, por favor? —dijo Christophe, admirado ante el hombre que, decían en la villa, dominaba como un mago el arte de imprimir.

A Pierre le sorprendió el atrevimiento de su amigo. Mas no osó censurarlo, lo quería como a un hermano y respetaba su determinación.

—No me molestes, muchacho, no tengo tiempo que perder.

Christophe no se dio por vencido.

—Precisamente, por eso quería ofrecerme para ayudaros a corregir en mi tiempo libre… ¡Sé leer muy bien!, y tengo experiencia detectando gazapos en las pruebas que se cuelgan en las ventanas. Además, no es necesario que me paguéis…

—¿Qué oigo? ¿Antes un aspirante a traductor y ahora tú? —lo interrumpió Gryphe riendo a carcajadas—. ¿Acaso crees que los correctores que trabajan aquí, todos ellos con años de experiencia, necesitan de tu ayuda?

De todos modos, se dijo, tenía arrestos aquel mozalbete larguirucho, al que supuso todavía en la escuela.

—Pues, pues… me conformo con ser un simple recadero. ¡Por favor, señor! —suplicó Christophe—. Soy obediente y trabajador. No seré ningún estorbo, ni os daréis cuenta de mi presencia salvo cuando me mandéis algún encargo. Adoro los libros. Aunque no pueda permitírmelos, en vuestra imprenta podré olerlos y sentirlos cerca. Tan solo con eso me sentiría compensado. Por favor.

A Gryphe le agradó la persistencia y el candor del muchacho. Aquella intensidad era lo que siempre buscaba en quienes trabajaban para él.

—¿Cómo te llamas?

—Christophe, señor.

—Te felicito, me has convencido. Ven mañana, probaremos. —Y entró en el taller para continuar con sus obligaciones.

Christophe levantó los brazos alborozado y se volvió hacia Pierre, que lo miraba boquiabierto. No pudo evitar reírse.

—Deberías cerrar la boca o te entrarán moscas.

—¡No vas a tener tiempo de hacer tantas cosas!

—¡Al fin hablas! Creía que habías enmudecido para siempre. —Seguía riendo—. No te preocupes. Lo sacaré de donde haga falta.

Al día siguiente se presentó muy temprano en la imprenta de Sébastien Gryphe, después de realizar con diligencia las tareas que su padre le había encomendado. Solo disponía de una hora hasta que empezaran las clases en la escuela parroquial. Después, regresaría a la imprenta. No le importaba estar tan ocupado.

Esa fue la primera de las muchas jornadas que Christophe, entre repartos, dedicaría a estudiar quiénes y cómo creaban un libro. Disfrutaba cada segundo en el taller, y el tiempo le pasaba con lentitud cuando no estaba allí. Había un continuo ir y venir de autores y traductores. El olor de la tinta se mezclaba con el del papel y el sudor de los hombres que manejaban la prensa. Los más cultivados leían el original manuscrito y, letra a letra, línea a línea, lo reproducían metiendo los tipos de metal en las cajas que iban a servir para elaborar las pruebas de imprenta. Los correctores las cotejaban con el original para comprobar que estuvieran conformes, sacar alguna errata y aprovechar para enmendar algún descuido o error. Luego las devolvían al cajista, que tenía que recomponer la línea entera de texto si en ella había un cambio y sacar una nueva prueba para su comprobación. Le daba la sensación de estar observando a las laboriosas abejas de una colmena.

El maestro de taller era muy exigente y enérgico con los operarios a su cargo, mas a Christophe le resultaba curiosa la simpatía que mostraba por él, ya que permitía que lo importunara con preguntas de cuando en cuando. Tal vez algún día ese aprendizaje le resultara útil, pensaba complacido el muchacho. No podía aspirar a formarse más que en oficios manuales, ya que la educación que él anhelaba conllevaba unos gastos de tal magnitud que un simple hombre de confianza de un clérigo, como era su padre, jamás podría sufragarlos. Por ello, instruirse en la universidad solo era una quimera.

Tanto Sébastien Gryphe como el maestro de taller se habían dado cuenta de la felicidad que irradiaba cuando hablaba de los libros.

—Toma —le dijo un día el dueño, con una sonrisa que trataba de disimular, mientras le entregaba un ejemplar de Cicerón traducido al francés—. Ya es hora de que leas algo más que la vida de los santos que te enseñan en la parroquia. Si me lo devuelves sin desperfectos te dejaré otros de mi propia biblioteca.

Christophe se quedó sorprendido y dichoso por el honor que un hombre de su importancia le concedía.

—Muchacho, este escritor era uno de los mejores oradores romanos, además de jurista y político. No espero que te guste, solo que lo entiendas.

—Gracias, señor, me esforzaré en no defraudaros —pronunció henchido por la emoción.

A partir de entonces, Christophe encontró un nuevo aliciente: escuchar por sí mismo a los filósofos e historiadores que le hablaban en su lengua en aquellos benditos ejemplares al alcance de hasta un miserable recadero como él. Los libros ya no eran privilegio de reyes, príncipes o nobles. «La imprenta es el mejor invento de toda la historia de la humanidad», pensaba Christophe regocijándose con su suerte.

Entre lecturas, clases y recados, cada vez veía menos a su padre, a quien el canónigo Antoine Porret también mantenía siempre ocupado. Igual le enviaba a comprar leña para alimentar el fuego que a recaudar donativos.

Cuando el frío de los últimos días de otoño comenzaba a arreciar y el viento se colaba por las grietas del templo, el canónigo le encargó a Jean realizar una colecta entre las familias adineradas de la ciudad. Era necesario restaurar la iglesia, cuya capilla amenazaba ruina. Estaba convencido de la generosidad de los ciudadanos de Lyon, que, aunque solo fuese por su propia seguridad, no permitirían que la casa de Dios se desplomara sobre sus cabezas.

Jean salió de buena mañana para cumplir su cometido. El hielo de los charcos se resquebrajaba con sus pisadas. Aun a pesar del frío, el encargo no carecía de alicientes. Visitaría varias casas en las que sería agasajado con comida mientras permanecía a la espera. Al terminar, con solemnidad el dueño de la casa llenaría su bolsa de monedas para estar a buenas con el Altísimo, al tiempo que él pronunciaría una frase aprendida como si se tratara de una sentencia: «Las dádivas que a la Iglesia se ofrecen Dios las devuelve con creces». Aunque pudiera parecer una simple expresión de agradecimiento, su formulación no era casual, con ella se pretendía atemorizar a los cicateros, al insinuarles que Dios tampoco sería generoso con ellos.

Durante cinco horas, Jean visitó las moradas más opulentas de Lyon, en las que obtuvo un resultado satisfactorio respecto de la recaudación y todavía más placentero en cuanto a las suculentas viandas que le ofrecieron. Casi había finalizado. Una última visita a un acaudalado comerciante, el señor Fouché, y podría retirarse a descansar, porque era imposible que otro pedazo de comida cupiese en su atiborrada barriga.

Al llegar a una ostentosa casa patricia, dio varios golpes con la aldaba en la puerta de madera claveteada. Salió a abrirle una sirvienta que, al verlo, frunció el ceño. Le desagradaban las personas de baja estofa, los pobres mendicantes y los recaudadores de la Iglesia, y este tenía todo el aspecto de serlo.

—Ve por detrás —ordenó—, por los establos. La entrada principal no es para gente como tú.

Jean asintió con humildad, se dio la vuelta y fue hasta la puerta trasera, donde el olor a estiércol se hacía insoportable y se escuchaban los mugidos persistentes del ganado. Le recibió un joven de veinte y pocos años, con las cejas tan pobladas que se unían en una sola línea, quien tras escucharlo fue a informar a su amo sin dejarle acceder a la residencia. Mientras esperaba se acercó hasta los establos, que estaban repletos de vacas. Se imaginó la riqueza que se generaba entre aquellas paredes; sin duda el dueño era el hombre acaudalado que todos comentaban y reventaría su bolsa de monedas. Sin embargo, al observar con detenimiento a las bestias, se percató de que varias estaban escuálidas y tenían las ubres secas. Era imposible que aquellos animales enfermos dieran leche, pero no comentó nada al sirviente cuando regresó con la limosna: una pequeña pieza de cobre que le puso en la mano. Disgustado por la tacañería y que ni siquiera le hubieran ofrecido un trago de agua, aunque él habría agradecido aún más una jarra de buen vino para entrar en calor, Jean dijo con voz seca:

—Dile a tu señor las siguientes palabras: «Las dádivas que a la Iglesia se ofrecen Dios las devuelve con creces». —Y se marchó airado.

Regresó pensativo a la iglesia de San Justo. Una pregunta agitaba su mente, buscando respuesta.

Antoine Porret, junto a Christophe, Pierre y otros cuatro sobrinos, le esperaba para comer. Aunque el clérigo suponía que Jean habría sido bien agasajado durante la mañana, su compañía siempre le era grata. Atacó un guiso humeante y, tras dos cucharadas, le preguntó por la colecta. Jean se desató la bolsa del cinto y la dejó sobre la mesa. Una sonrisa de satisfacción se expandió en la cara del canónigo, que engulló un pedazo de tocino de entre las carnes que nadaban en la escudilla. Luego sopesó la bolsa y se frotó las manos con placer.

—Buena ganancia, buena ganancia. Los burgueses de esta ciudad saben responder ante las necesidades de la Iglesia.

No obstante, Jean seguía abstraído, con el rostro circunspecto.

—¿Se puede saber qué te pasa? Has debido de comer hoy como un rey, ¿a qué viene esa cara?

—Lo siento. No acabo de entender por qué las vacas del señor Fouché siguen enfermas. Si la bruja que quemaron en la hoguera era la que robaba la leche de los animales y está muerta, ¿no deberían haber sanado?

—Querido amigo —dijo con afabilidad—, no te preocupes de esas minucias. No es algo que te incumba. Para responder a esas preguntas ya están los hombres de ciencia, ¿o acaso tú entiendes de enfermedades? Nosotros no debemos pensar, tan solo obedecer. Y alegra el rostro, hombre, que tengo una excelente noticia para ti.

Antoine Porret miró de reojo a Pierrot, el hijo mayor de su hermana. Un joven contrahecho, pero de inteligencia despierta y hábil con las palabras.

—Verás, Jean, con parte de lo que acabas de recoger enviaré a Pierrot a estudiar a Orleans, donde espero que la universidad me lo devuelva convertido en un auténtico religioso. Estoy seguro de que te gustará acompañarlo. Es un trabajo sencillo. Solo tienes que servirlo. ¡Ah! Y si quieres puedes llevarte a Christophe, que aquí no hace más que preguntas inconvenientes, como que dónde está el purgatorio o, incluso, que por qué los pobres tienen menos posibilidades de ir al cielo por no tener dinero para comprar indulgencias…

El clérigo era más dado a llenar el estómago que a responder cuestiones que su corto entendimiento ni siquiera llegaba a comprender.

—Tal vez tú puedas meterle en esa cabezota lo necesario para que sea un buen cristiano y deje de importunar a gente de bien con majaderías. Además, también en Orleans hay escuelas parroquiales y monásticas, donde el chico tendrá la oportunidad de formarse.

Christophe tuvo una extraña sensación, no sabía si de alivio o de disgusto, al oír las palabras del canónigo. Después de la muerte de François Goulart y Marie ni siquiera había podido pasar cerca de su taller. Incluso había oído contar que Régine alardeaba de haber incrementado su patrimonio a costa del merecido infortunio de la bruja de los Goulart, lo que le causaba gran desasosiego. Sin embargo, no quería perder a su amigo Pierre ni mucho menos sus buenos ratos en la imprenta de Gryphe.

Pronto estuvieron hechos los preparativos para el viaje. El canónigo calculó la cantidad que consideraba suficiente para atender las necesidades de su sobrino Pierrot y le dio las monedas a Jean para que las administrara con mesura. Christophe se despidió de Pierre, a quien abrazó con pesar. Dejaba tras de sí al amigo que lo había acompañado en los últimos años.

Orleans era una de las ciudades más hermosas de Francia, en la que se erigían iglesias y palacetes sin cesar, y su universidad se había convertido en un lugar preferente para aprender Derecho Romano, al haber sido prohibida su enseñanza en París. Antoine Porret sabía dónde enviaba a su sobrino. Desde la llegada a la villa, la vida de Jean cambió. Se mantenía ocioso la mayor parte del día, porque solo debía ocuparse de que nada le faltase a Pierrot, mucho menos puntilloso que su tío. La habitación alquilada, que ocupaban los tres, era bastante espaciosa. Por suerte, a la dueña le gustaba la limpieza. Barría, fregaba y cada pocos meses hervía las sábanas antes de lavarlas para eliminar la multitud de animalitos de Dios que habían establecido su residencia en ellas.

Pierrot acudía a diario a sus clases de Teología en la universidad, mientras Christophe asistía a la escuela parroquial donde recibía una sólida instrucción del mensaje de Cristo y de las verdades cristianas. Él habría deseado más, porque gran parte de las enseñanzas ya las conocía, pero acudir a diario a la iglesia le reconfortaba. Le hacía sentirse cerca de Dios y olvidar la angustiosa muerte de Marie. Como compensación, a hurtadillas, leía los libros que Pierrot dejaba en la habitación cuando se ausentaba. Se sumergía entre sus páginas y disfrutaba, aunque muchas veces ni siquiera los entendiera, de los conocimientos que anhelaba.

Tras dos años en Orleans, Christophe había llegado a acostumbrarse a su rutina diaria, aunque sin excesivo interés. Un día de 1534, sin embargo, al regresar de la escuela parroquial vio una gran concurrencia en una céntrica plaza. No faltaban nobles, magistrados, comerciantes y artesanos. Abriéndose paso entre el gentío, consiguió acercarse hasta la escalinata del edificio más emblemático de la villa, donde un joven delgado de nariz afilada y mirada profunda, que no habría cumplido los veinticinco, hablaba en voz alta a los allí reunidos.

—¿Quién es? —preguntó Christophe a un muchacho de su edad que escuchaba boquiabierto al orador.

—¿No lo conocéis? Es un doctor en Derecho que se ha formado aquí. Está de paso. Dice las cosas de una manera que puedo entenderlas. Lo llaman Calvino.

Christophe nunca había oído hablar de él. No obstante, se quedó a escuchar.

—¿Por qué la Iglesia de Roma os obliga a aceptar únicamente su interpretación de la Biblia? —decía ...