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LA CHICA DEL ABRIGO AZUL

Monica Hesse

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Fragmento

 

Prólogo

Mucho tiempo antes de que Bas muriera, nos enzarzamos en una pelea de mentirijillas acerca de quién tenía la culpa de que se hubiera enamorado de mí. «Es culpa tuya —me dijo—, porque eres adorable.» Le dije que se equivocaba. Que era desidia culparme de su amor por mí. Irresponsable, en realidad.

Lo recuerdo todo de esa conversación. Tuvo lugar en la sala de estar de sus padres y oíamos la radio nueva de la familia mientras le preguntaba la lección para un examen de geometría que ninguno de los dos consideraba importante. La cantante estadounidense Judy Garland cantaba «You Made Me Love You». Así empezó la conversación. Bas dijo que yo le había obligado a amarme. Me burlé de él porque no quería que supiera lo rápido que me latía el corazón al oírle decir las palabras «amar» y «tú» en la misma frase.

A continuación afirmó que yo también tenía la culpa de que quisiera besarme. Y yo le dije que si se lo permitía sería culpa suya. En ese momento su hermano entró en la sala y dijo que los dos teníamos la culpa de que al oírnos le entraran ganas de vomitar.

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Horas después, camino de casa —cuando podía ir a casa a pie sin preocuparme de que me pararan los soldados, de saltarme el toque de queda o de que me detuvieran—, caí en la cuenta de que no le había dicho que yo también le amaba. La primera vez que Bas me declaraba su amor, y me había olvidado de decirle que le correspondía.

Tendría que haberlo hecho. Si hubiera sabido lo que sucedería y lo que descubriría acerca del amor y la guerra, me habría asegurado de decírselo entonces.

Esa es mi culpa.

1

Enero de 1943

Martes

—Hola, preciosa. ¿Qué lleva ahí? ¿Algo para mí?

Me paro porque el soldado es joven y guapo, y porque su voz contiene un guiño, y porque apuesto a que me haría reír una tarde en el cine.

Es mentira.

Me paro porque el soldado podría ser un buen contacto, porque quizá podría conseguirme artículos que ya no podemos comprar, porque es probable que tenga los cajones de la cómoda repletos de filas y filas de tabletas de chocolate y de calcetines sin agujeros en la puntera.

En realidad eso tampoco es cierto.

En ocasiones prescindo de la verdad porque resulta más fácil fingir que tomo decisiones por motivos racionales. Resulta más fácil fingir que puedo elegir.

Me paro porque el uniforme del soldado es verde. Es la única razón por la que me paro. Porque viste uniforme verde, lo cual significa que no puedo elegir.

—Son muchos paquetes para una chica tan guapa.

Su holandés tiene un leve acento, pero me sorprende que lo hable tan bien. Algunos agentes de la policía verde no lo hablan y se enfadan al ver que no dominamos el alemán, como si hubiéramos debido prepararnos toda la vida para el día en que invadirían nuestro país.

Aparco la bicicleta, pero no desmonto.

—Es la cantidad justa de paquetes, creo yo.

—¿Qué lleva en ellos? —Se inclina sobre el manillar y palpa con mano indolente la cesta sujeta a la parte delantera.

—¿No le gustaría verlo? ¿No le gustaría abrir todos mis paquetes? —Suelto una risita y bajo las pestañas para que no se percate de que se trata de una frase bien ensayada.

En la postura en que estoy, el bajo del vestido se me ha subido por encima de la rodilla y el soldado lo advierte. Es azul marino, de varios años antes de la guerra, me queda demasiado estrecho y tiene el dobladillo deshilachado. Me muevo un poco para que el bajo suba aún más, hasta la mitad del muslo, donde tengo la carne de gallina.

Esta interacción sería peor si el policía fuera mayor, si tuviera arrugas, los dientes manchados o una panza fofa. Sería peor, pero yo coquetearía de todas formas. Lo he hecho docenas de veces.

Se inclina más. Detrás de él, el agua del Herengracht está turbia y apesta a pescado. Podría empujarlo al canal y recorrer medio camino hasta casa en esta vergonzosa bicicleta de segunda mano antes de que él lograra salir chapoteando. Es un pasatiempo que me gusta practicar con cada agente de la policía verde que me para. «¿Cómo podría castigarte y cuánto me habría alejado cuando me atraparas?»

—Esto es un libro que le llevo a mi madre. —Señalo el primer paquete envuelto en papel—. Y ahí hay patatas para nuestra cena. Y esto es un jersey que me han remendado y que he ido a recoger.

—Hoe heet je? —me pregunta.

Quiere saber cómo me llamo y me lo pregunta con el estilo informal y desenfadado en que un chico preguntaría en una fiesta a una jovencita dentuda cómo se llama, y esto es una buena señal, pues prefiero con mucho que se interese por mí antes que por los paquetes de la cesta.

—Hanneke Bakker. —Mentiría, pero no tiene sentido ahora que todos estamos obligados a llevar encima los documentos de identidad—. ¿Y cómo se llama usted, soldado?

Saca pecho cuando le llamo «soldado». Los jóvenes todavía están encantados con el uniforme. Cuando se mueve, veo un destello dorado alrededor de su garganta.

—¿Y qué tiene en el medallón? —le pregunto.

Su sonrisa flaquea mientras se lleva la mano volando al colgante que pende bajo el cuello de la camisa. El medallón, dorado y en forma de corazón, probablemente contenga la fotografía de una muchacha alemana con cara de pan que ha prometido serle fiel en Berlín. La pregunta ha sido una apuesta arriesgada, pero una apuesta que da buen resultado siempre que acierto.

—¿Una fotografía de su madre? Debe de quererle mucho para haberle regalado un colgante tan bonito.

Se pone colorado mientras se mete la cadena bajo el cuello almidonado.

—¿De su hermana? —prosigo—. ¿De su perrito? —Cuesta encontrar el equilibrio, la dosis adecuada de ingenuidad. Mis palabras han de contener la inocencia suficiente para no justificar que se enfade conmigo, y la mordacidad necesaria para que prefiera deshacerse de mí a tenerme aquí parada e interrogarme sobre lo que llevo—. No le había visto nunca —añado—. ¿Está apostado en esta calle todos los días?

—No me gustan las chicas tontas como usted. Váyase a casa, Hanneke.

Cuando me alejo en la bicicleta, los mangos del manillar tiemblan solo un poquito. En gran medida le he dicho la verdad acerca de los paquetes. En efecto, los tres primeros sí contienen un libro, un jersey y unas pocas patatas. Sin embargo, debajo de las patatas hay salchichas, compradas con cuatro cupones de racionamiento de un hombre muerto, y debajo llevo pintalabios y lociones, comprados con cupones de racionamiento de otro hombre fallecido, y más abajo hay cigarrillos y bebidas alcohólicas, comprados con el dinero que mi jefe, el señor Kreuk, me ha entregado esta mañana con ese fin. Ninguno de esos artículos es mío.

La mayoría diría que trafico en el mercado negro, una actividad ilícita que consiste en el comercio clandestino de mercancías. Yo prefiero considerarme una «encontradora». Encuentro cosas. Encuentro patatas, carne y manteca. Al principio encontraba azúcar y chocolate, pero últimamente resulta más difícil hallar esos productos y solo los consigo de vez en cuando. Encuentro té. Encuentro beicon. Los ricos de Holanda siguen estando regordetes gracias a mí. Encuentro las cosas de que nos vemos obligados a privarnos, a menos que sepamos dónde buscar.

La última pregunta que he dirigido al soldado, acerca de si esa calle es su nuevo puesto…, ojalá la hubiera respondido. Porque si en adelante va a estar apostado en esa esquina cada día tendré que pensar en hacerme amiga suya o en cambiar de ruta.

Mi primera parada de esta mañana es la casa de la señorita Akkerman, que vive con sus abuelos en uno de los edificios viejos cercanos a los museos. Para ella son las lociones y los pintalabios. La semana pasada fue perfume. Es una de las pocas mujeres que conozco a quien aún le interesan mucho esos artículos; un día me explicó que espera que su novio le pida matrimonio antes de su próximo cumpleaños; la gente se gasta el dinero por razones extrañas.

Me abre la puerta con horquillas en el pelo, que lleva mojado. Debe de tener una cita con Theo esta noche.

—¡Hanneke! Pasa, que voy a buscar el monedero.

Siempre encuentra alguna excusa para invitarme a entrar. Creo que se aburre durante el día, a solas con sus abuelos, que hablan en voz demasiado alta y huelen a repollo.

El interior de la casa es oscuro y agobiante. Al otro lado de la puerta, el abuelo de la señorita Akkerman desayuna sentado a la mesa.

—¿Quién es? —grita.

—Es una entrega, abuelo —le responde ella a voces volviendo la cabeza.

—¿Quién dices que es?

—Es para mí. —Me mira y baja la voz—. Tienes que ayudarme, Hanneke. Theo vendrá esta noche a preguntar a mis abuelos si me dejan mudarme a su apartamento. Tengo que decidir qué me pongo. Quédate aquí; te enseñaré las opciones.

No se me ocurre ningún vestido capaz de conseguir que sus abuelos aprueben que se vaya a vivir con su novio antes de casarse, si bien sé que es algo que ocurre con más frecuencia desde que empezó la guerra.

Cuando la señorita Akkerman regresa al vestíbulo, finjo reflexionar sobre los dos vestidos que ha traído, aunque en realidad miro el reloj de pared. No tengo tiempo para la vida social. Después de aconsejarle que se ponga el gris, le indico con un gesto que coja los paquetes que sostengo desde que he llegado.

—Son para usted. ¿Quiere comprobar que todo está bien?

—Estoy segura de que es correcto. ¿Te quedas a tomar café?

No me molesto en preguntar si el café es de verdad. La señorita Akkerman solo lo tendría si yo se lo hubiera llevado, y no lo he hecho, de modo que al decir café se refiere a bellotas o ramitas molidas. Un sucedáneo del café.

El otro motivo por el que no me quedo es el mismo por el que declino la reiterada invitación de la señorita Akkerman a que la llame Irene. Porque no quiero que confunda nuestra relación con la amistad. Porque no quiero que crea que no pasa nada si un día no puede pagarme.

—No puedo. Todavía debo realizar otra entrega antes del almuerzo.

—¿Estás segura? Puedes comer aquí, ya iba a preparar el almuerzo, y así luego decidimos cómo me arreglo el pelo para esta noche.

Es extraña la relación que tengo con mis clientes. Ellos creen que somos camaradas. Creen que nos une el secreto de hacer juntos algo ilegal.

—Siempre almuerzo en casa con mis padres —digo.

—Claro, Hanneke. —Está avergonzada por haber insistido demasiado—. Ya nos veremos, pues.

El cielo está sombrío y encapotado —el invierno de Amsterdam— mientras recorro en la bicicleta nuestras calles, estrechas y de trazado caprichoso. Amsterdam se construyó sobre canales. Holanda es un país bajo, por debajo incluso del nivel del mar, y los agricultores que drenaron el terreno hace siglos crearon un complejo sistema de vías fluviales para impedir que los ciudadanos se ahogaran en el mar del Norte. Un profesor de historia mío añadía a este retazo de nuestro pasado un popular refrán holandés: «Dios creó el mundo, pero los holandeses crearon los Países Bajos». Lo decía como si fuera un motivo de orgullo, aunque en mi opinión el refrán encerraba asimismo una advertencia: «No contéis con que nadie venga a salvarnos. Estamos solos aquí».

Al inicio de la ocupación, hace dos años y medio, en el bombardeo aéreo de Rotterdam, situada setenta y cinco kilómetros al sur, los alemanes mataron a novecientos civiles y destruyeron toda la arquitectura de la ciudad. Al cabo de dos días llegaron a pie a Amsterdam. Ahora tenemos que aguantar su presencia, pero logramos conservar nuestros edificios. Es un mal apaño. Todo son malos apaños en estos tiempos, salvo para quienes, como yo, saben sacar provecho de las situaciones.

Mi siguiente clienta, la señora Janssen, vive cerca, en una gran casa azul que antes compartía con su marido y sus tres hijos, hasta que uno de estos se marchó a Londres, otro a Norteamérica y el tercero, el benjamín, al frente holandés, donde dos mil soldados holandeses perecieron intentando en vano proteger las fronteras de nuestro país, que cayó en cuestión de cinco días. Ya apenas hablamos de Jan.

Sin embargo, me pregunto si estaba cerca de Bas cuando se produjo la invasión.

Últimamente me planteo preguntas sobre aquellos momentos tratando de reconstruir los últimos minutos del chico al que amé. ¿Estaba él con Bas, o acaso Bas murió solo?

El marido de la señora Janssen desapareció el mes pasado, poco antes de que ella se convirtiera en mi clienta, y ya nunca le pregunto por él. Puede que perteneciera a la resistencia, o que se encontrara en el lugar equivocado en un mal momento, o quizá no esté muerto, sino tomando té en Inglaterra con su primogénito, pero en cualquier caso no es asunto mío. La señora Janssen es una clienta nueva. Solo le he entregado unos cuantos artículos. Conocí un poco a su hijo Jan. Fue un niño inesperado, nacido veinte años después que sus hermanos, cuando los Janssen ya peinaban canas y caminaban encorvados. Jan era un chico simpático.

Hoy, aquí, concluyo que es posible que estuviera cerca de Bas cuando los alemanes invadieron nuestro país. Hoy, aquí, creeré que Bas no murió solo. Es un pensamiento más optimista que los que en general me permito.

La señora Janssen me aguarda en la puerta, lo que me saca de mis casillas, porque, si fuerais un soldado alemán con la misión de detectar cosas sospechosas, ¿qué pensaríais de una anciana que aguarda la llegada de una joven ciclista desconocida?

—Buenos días, señora Janssen. No había necesidad de que saliera a esperarme. ¿Cómo está?

—¡Estoy bien! —responde a voz en grito, como si leyera las frases de una obra de teatro, mientras se toca nerviosa los rizos blancos que se le han escapado del moño. Siempre lleva el cabello recogido en un moño, las gafas siempre le resbalan nariz abajo; su ropa me recuerda siempre una cortina o un sofá—. ¿No vas a entrar?

—No he conseguido tantas salchichas como usted quería, pero le he traído unas cuantas —le digo tras aparcar la bicicleta y cerrar la puerta a nuestra espalda.

La señora Janssen avanza despacio; camina con la ayuda de un bastón y ya no sale casi nunca de casa. Me explicó que empezó a usar el bastón cuando Jan murió. Ignoro si tiene algún problema físico o si es que la pena la dejó destrozada y coja.

La sala de estar se ve más espaciosa que de costumbre y tardo un momento en descubrir el porqué. Entre la vitrina de la porcelana y el sillón hay normalmente una opklapbed, una cama pequeña que parece una librería, pero que se despliega cuando hay huéspedes. Supongo que la fabricó el señor Janssen, como otros tantos enseres de la casa. Mamá y yo pasábamos por delante de su tienda de muebles para admirar el escaparate, pero nunca pudimos permitirnos comprar nada. No tengo ni idea de adónde habrá ido a parar la opklapbed. Si la señora Janssen la ha vendido habiendo transcurrido tan poco tiempo desde la desaparición de su marido, es que debe de pasar apuros económicos, lo que no permitiré que me preocupe a menos que signifique que no puede pagarme.

—¿Un café, Hanneke?

La señora Janssen, que va delante de mí, entra en la cocina, de modo que la sigo. He decidido rechazar la invitación a café, pero ya tiene preparadas dos tazas y la porcelana buena, azul y blanca, el famoso motivo decorativo de la ciudad de Delft. La mesa, de madera de arce, es recia.

—Tengo aquí las salchichas, si quiere…

—Luego —me interrumpe—. Luego. Primero tomaremos café y un stroopwafel y charlaremos.

Tiene al lado un bote cubierto de polvo que huele a tierra. Café en grano de verdad. Me pregunto desde cuándo lo tendrá guardado. Y los stroopwafels también. La gente no gasta en pastelitos los cupones de racionamiento de panadería; los utilizan para adquirir pan. Por otra parte, tampoco los usan para dar de comer a repartidoras del mercado negro, pero aquí está la señora Janssen, sirviéndome café en una taza de porcelana y poniendo encima un stroopwafel, de modo que los dos gofres redondos se ablandan con el vapor y el relleno de caramelo sale por los bordes.

—Siéntate, Hanneke.

—No tengo hambre —digo, pese a que el rugido de las tripas me delata.

Claro que tengo hambre, pero por algún motivo me ponen nerviosa esos stroopwafels y el empeño de la señora Janssen en que me siente y la anomalía de la situación en general. ¿Habrá llamado a la policía verde con la promesa de entregarles a una trabajadora del mercado negro? Una mujer tan desesperada para vender la opklapbed de su marido sería capaz de hacer algo así.

—¿Solo un momentito?

—Lo siento, pero tengo un millón de cosas que hacer hoy.

Se queda mirando la mesa, puesta con primor.

—Mi hijo pequeño. Jan. Esos eran sus favoritos. Se los tenía preparados cuando él venía de la escuela. ¿Eras amiga suya? —Me sonríe esperanzada.

Suspiro. No es una mujer peligrosa; sencillamente está sola. Echa de menos a su hijo y desea ofrecer a una excompañera de clase del muchacho el tentempié que le servía cuando él llegaba de la escuela. Esto contraviene todas mis normas, y su tono suplicante me incomoda. Pero en la calle hace frío, el café es de verdad y, pese a que le he dicho que tengo un millón de tareas, en realidad mis padres no me esperan a almorzar hasta dentro de una hora. Así pues, dejo sobre la mesa el paquete de salchichas y mantequilla, me aliso el pelo e intento recordar cómo ser una invitada educada en una visita social. Antes sabía comportarme como tal. La madre de Bas me servía chocolate a la taza en la cocina mientras él y yo estudiábamos, y luego encontraba cualquier excusa para entrar a echar un vistazo a fin de asegurarse de que no estábamos besándonos.

—Hace tiempo que no como un stroopwafel —digo finalmente probando mis habilidades para la conversación, ya oxidadas—. Mis favoritos eran los bankets.

—¿Rellenos de pasta de almendras?

—Mmmmmm.

El café de la señora Janssen es fuerte y está muy caliente; un bálsamo anestésico. Me quema la garganta, de modo que sigo bebiendo, y ni siquiera me doy cuenta de cuánto he tomado hasta que dejo la taza en el platillo y veo que está medio vacía. La señora Janssen la llena de inmediato hasta el borde.

—El café está bueno —le digo.

—Necesito tu ayuda.

Ah.

De modo que el propósito del café queda claro. Me ha dado un regalo. Ahora quiere un favor. Es una pena que no comprenda que no hace falta que me agasajen. Trabajo por dinero, no a cambio de amabilidad.

—Necesito que me ayudes a encontrar algo —dice.

—¿Qué necesita? ¿Más carne? ¿Queroseno?

—Necesito que me ayudes a encontrar a una persona.

La taza se detiene a medio camino de mis labios, y por un instante no recuerdo si estaba levantándola o quería dejarla en la mesa.

—No la entiendo.

—Alguien especial para mí.

Mira por encima de mi hombro y sigo la dirección de su mirada hasta el lugar donde la ha fijado: un retrato de su familia, colgado junto a la puerta de la despensa.

—Señora Janssen…

Intento hallar unas palabras educadas y correctas. «Su marido ha desaparecido —debería decirle—. Su hijo ha muerto. Sus otros hijos no van a volver.» No puedo encontrar fantasmas. No tengo cupones de racionamiento para conseguir un sustituto de un hijo fallecido.

—Señora Janssen, yo no encuentro personas. Encuentro cosas. Comida. Ropa. Bicicletas.

—Quiero que encuentres…

—A una persona. Ya lo ha dicho. Pero si quiere encontrar a una persona tiene que llamar a la policía. Son la clase de investigadores que necesita.

—Te necesito a ti. —Se inclina sobre la mesa—. No a la policía, sino a ti. No sé a quién más pedírselo.

A lo lejos, el reloj de la Westerkerk da la hora: las once y media. Debo marcharme ahora mismo.

—Tengo que irme. —Retiro la silla de la mesa—. Mi madre ya habrá preparado el almuerzo. ¿Quiere pagar ahora las salchichas o le digo al señor Kreuk que se lo anote en la cuenta?

Ella también se levanta, aunque en vez de acompañarme a la puerta me coge la mano.

—Ven a echar un vistazo, Hanneke. Por favor. Solo un vistazo antes de irte.

Como ni siquiera yo tengo el alma tan endurecida para zafarme de la mano de una anciana, la sigo en dirección a la despensa y me detengo obedientemente a mirar el retrato de sus hijos colgado en la pared. Están en fila, a lo largo, y los tres tienen las orejas grandes y el cuello grueso. Sin embargo, la señora Janssen no se para delante de la fotografía, sino que abre de par en par la puerta de la despensa.

—Por aquí. —Con un gesto me indica que la siga.

Verdorie. Maldita sea, está más loca de lo que pensaba. Vamos a sentarnos en la oscuridad, entre los frascos de encurtidos, para estar en contacto con su hijo muerto. Seguramente guarda ahí la ropa del muchacho, empaquetada con bolas de naftalina.

Por dentro es como cualquier otra despensa: un cuarto poco profundo con especias y conservas en una pared, no tan llena como debió de estarlo antes de la guerra.

—Lo siento, señora Janssen, pero no sé…

—Espera.

Alarga la mano hacia el borde del estante de las especias y retira un gancho pequeño que yo no había visto.

—¿Qué hace?

—Un momento.

Toquetea la aldabilla. De repente la estantería entera gira sobre su eje y deja a la vista un espacio tenebroso detrás de la despensa, largo y estrecho, lo bastante grande para entrar en él, tan oscuro que apenas se ve nada.

—¿Qué es esto? —susurro.

—Me lo construyó Hendrik. Cuando los chicos eran pequeños. El armario no resultaba muy útil, era profundo y tenía el techo inclinado, de modo que le pregunté si podía dividirlo en dos para utilizar una parte como despensa y la otra como trastero.

La vista se me acostumbra a la penumbra. Estamos en el espacio que queda bajo la escalera. El techo desciende hasta que, al fondo, solo unos pocos centímetros lo separan del suelo. En la parte delantera, a la altura de los ojos, hay una repisa con una vela medio consumida, un peine y una revista de cine cuyo título reconozco. La opklapbed desaparecida, desplegada como si esperara un huésped, ocupa la mayor parte del cuartito. Tiene un edredón con estampado de estrellas y una única almohada. No hay ventanas. Cuando se cierra la puerta secreta, por debajo solo aparece una fina rendija de luz.

—¿Te das cuenta? —Aún me tiene cogida de la mano—. Por eso no puedo llamar a la policía. La policía no puede encontrar a alguien que se supone que no existe.

—La persona desaparecida.

—La chica desaparecida es judía —dice la señora Janssen—. Tengo que dar con ella antes de que la encuentren los nazis.

2

En el espacio oscuro, con el aire viciado y un leve olor a patatas viejas, la señora Janssen sigue esperando mi respuesta.

—¿Hanneke?

—¿Ha tenido a una persona escondida?

Apenas me salen las palabras cuando la señora Janssen cierra la puerta de la despensa y me conduce hacia la mesa. No sé si estoy más sorprendida o más asustada. Me consta que esto ocurre, que algunos judíos que desaparecen no están en campos de trabajo, sino apretujados como ropa de invierno en sótanos de otras personas. Pero es demasiado peligroso reconocer en voz alta que es así.

La señora Janssen asiente en respuesta a mi pregunta.

—Sí.

—¿Aquí? ¿Ha tenido a una persona escondida aquí? ¿Durante cuánto tiempo?

—¿Por dónde debería empezar? —Coge su servilleta y la retuerce con las manos.

No quiero que empiece. Hace diez minutos me preocupaba que la señora Janssen hubiera llamado a alguien para que me detuviera; ahora sé que es a ella a quien podrían detener. Esconder a una persona se castiga con la cárcel, una celda fría y húmeda en Scheveningen, donde según he oído decir la gente pasa meses enteros sin que siquiera la hayan juzgado. El castigo para la persona que se esconde —un onderduiker— es la deportación inmediata.

—Déjelo —me apresuro a decir—. Déjelo, no quiero oír nada. Me voy.

—Por favor, ¿por qué no te sientas? —suplica—. Llevo toda la mañana esperándote.

Cierra la estantería secreta y vuelve corriendo a la mesa.

—¿Más café? —Coge la cafetera—. Puedes tomar tanto como quieras. Siéntate. Si tú no me ayudas, tendré que buscar a otra persona.

De pie en medio de la cocina, me invaden sentimientos encontrados. No quiero su soborno de café. Aun así, estoy clavada en el sitio. De pronto pienso que no debería irme sin saber algo más de la historia. Si la señora Janssen intenta buscar a otra persona, podría verse en peligro, y ponerme en peligro a mí también si esa otra persona le pregunta quién más sabe lo de la despensa.

—Cuénteme lo ocurrido —le digo por fin.

—El socio de mi marido —comienza la señora Janssen ...