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LA CORONA DEL PASTOR (MUNDODISCO 41)

Terry Pratchett

4


Fragmento

«Terry fue uno de los mejores escritores de fantasía que han existido, y sin duda el más divertido. Era tan ingenioso como prolífico, que no es poco… Un hombre listo, gracioso, profundo, cálido y amable, un hombre de infinita paciencia, un hombre que de verdad sabía cómo disfrutar de la vida… y de los libros.

»Nos deja personajes inolvidables como Yaya Ceravieja, Tata Ogg, Mort, la Muerte, Muerte de las Ratas, el Comandante Vimes, el Bibliotecario, Cohen el Bárbaro, el mago Rincewinds, el Equipaje y muchos otros, cuyas aventuras seguirán deleitando y sorprendiendo a lectores de todo el mundo durante mucho tiempo.»

GEORGE R. R. MARTIN

«Hace treinta años y un mes, un escritor novato conoció a un joven periodista en un restaurante chino y se hicieron amigos, escribieron un libro juntos y, a pesar de ello, siguieron siendo amigos. Anoche, el autor murió.

»Era único. Tuve la suerte de escribir un libro con él, cuando éramos jóvenes, y aprendí mucho.

Recibe antes que nadie historias como ésta

»Te echaré de menos, Terry.»

NEIL GAIMAN

«Terry Pratchett trajo más alegría a mi vida que ningún otro autor.»

PATRICK ROTHFUSS

«Se le echará mucho de menos, pero ¡qué legado de ingenio y alegría nos deja!»

URSULA K. LE GUIN

«Me entristece saber de la muerte de Terry Pratchett. Disfruto enormemente sus divertidos e ingeniosos libros del Mundodisco.»

MARGARET ATWOOD

«Una gran pérdida. Lo admiraba mucho.»

PHILIP PULLMAN

«Un autor de un talento monumental.»

RICK RIORDAN

«En una ocasión Terry Pratchett me dio dos consejos:

»1. Viaja siempre para conocer a tus lectores, cara a cara.

»2. Cómprate un sombrero.

»Todo un caballero.»

EOIN COLFER

«Una leyenda y una fuente inspiración.»

JONATHAN STROUD

«Una verdadera pena. Coincidí con él una vez, en un evento. Era un gruñón encantador.»

CHRISTOPHER PAOLINI

«Estoy destrozado por la muerte de Terry Pratchett. Una gran pérdida para la fantasía británica.»

JOE ABERCROMBIE

«El Mundodisco es una de las creaciones más maravillosas de toda la literatura. Estoy destrozado por la muerte de Terry Pratchett. Único en su especie.»

PATRICK NESS

«Ningún escritor me ha obsequiado jamás con tanto placer y felicidad como él. Podía escribir astracanadas para adolescentes, pero también era sutil, sabio y muy gracioso en el mundo adulto. Me encantaba porque casi todos los personajes que no le gustaban fueron haciéndose poco a poco más reales, más interesantes, más complicados tal vez para su propia sorpresa.

»Podía escribir sobre el mal si era necesario, pero si no, sus personajes nos sorprendían a nosotros y también a él. Su prosa se componía de capas: tenía una superficie traviesa, la seguía otra de complicados chistes y finalmente otra inflexible e intransigente que de repente impactaba al lector. Era mi héroe inesperado, me salvó del desastre en más de una ocasión haciéndome reír y pensar.»

A. S. BYATT

«Le saqué un 80 % de lo que sé sobre la escritura… No me puedo imaginar a un niño de 13 años a quien no le cambie, para mejor, leer a Terry Pratchett.»

CAITLIN MORAN

«Es una gran pérdida para el mundo surrealista, chiflado y alegre que la luz de Terry Pratchett brille ahora en otro lugar… Las geniales y peculiares meditaciones de Pratchett sobre los mundos fantásticos y su intenso sentido del humor construyeron un estilo de ficción propio, indudablemente suyo. El valor que demostró al enfrentarse a su delicado estado de salud, muestra la sabiduría que escondía su cara sonriente. Me encontré brevemente con él en un par de eventos y me pareció muy auténtico, sin vanidad ni pretensiones.»

PHILIPPA GREGORY

«De todos los autores que he leído, Pratchett resultaba el más humano. Había más verdad en una sola de sus humildes sátiras que en cien volúmenes de un drama conmovedor. Al contrario que la mayoría de los cómicos, quienes emplean el humor como arma, siempre en busca de sangre, Terry no cortaba ni aporreaba. Era demasiado listo para eso. Lo que hacía era sentarse en el taburete de al lado en el bar, pasarte el brazo por encima del hombro y decir algo ridículo, genial e hilarante. Y de pronto el mundo parecía un lugar mejor. No es que se contuviera ni que no fuera mordaz de vez en cuando. Parecía elevar los temas que trataba, incluso cuando los criticaba. Nos quitaba el orgullo y el egoísmo de debajo de los pies, y sorprendentemente nos veíamos capaces de mantener el equilibrio sin ellos.

»Y al hacerlo crecíamos.

»Sir Terry, tienes mi más sincero agradecimiento. No creo que, a pesar de los muchos elogios que te dedican, el mundo sepa lo que tenía.»

BRANDON SANDERSON

«Gracias Terry Pratchett, no solo por tus libros, sino por ocho años de elocuencia sobre cómo vivir con alzhéimer.»

EMMA DONOGHUE

«El mundo ha perdido su caballero más valiente.»

TERRY BROOKS

Dedicado a Esmerelda Ceravieja.

Ojo por dónde andas

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PRÓLOGO

Una corona en la Caliza

Nació en la oscuridad del mar Circular, al principio solo como una sustancia blanda que flotaba, empujada adelante y atrás por una marea tras otra. Desarrolló un caparazón, pero en su mundo vertiginoso había criaturas enormes que podrían haberlo partido en un instante. Pese a todo, sobrevivió. Su tenue vida quizá hubiera seguido transcurriendo del mismo modo hasta que los peligros del oleaje y las otras cosas que flotaban en el mar le hubieran puesto fin, de no ser por la charca.

Era una charca cálida, en lo alto de una playa, que de vez en cuando se rellenaba con alguna tormenta llegada del Eje, y en ella la criatura se alimentó de cosas incluso más pequeñas que ella y creció hasta reinar. Habría crecido más si un verano caluroso la mirada iracunda del sol no hubiera evaporado toda el agua.

Y así la pequeña criatura murió, pero dejó su caparazón, que albergaba la semilla de algo afilado. La siguiente marea tormentosa se lo llevó de la charca y lo dejó encajado en el litoral, donde fue rodando arriba y abajo con los guijarros y demás restos de las tormentas.

El oleaje marcó el ritmo de las eras hasta que el mar se secó y se retiró de la tierra, y el pinchudo caparazón de aquella criatura, muerta tanto tiempo atrás, se hundió bajo las capas de cascarones de otras pequeñas criaturas que tampoco habían sobrevivido. Y allí permaneció, con un núcleo afilado que crecía poco a poco en su interior, hasta el día en que lo encontró un pastor que cuidaba de su rebaño en las colinas que habían pasado a conocerse como la Caliza.

El pastor recogió aquel objeto extraño que le había llamado la atención, lo sostuvo en la mano y le dio vueltas. Era basto pero a la vez no lo era, y le encajaba en la palma de la mano. Tenía una forma demasiado regular para ser sílex, y sin embargo tenía corazón de pedernal. La superficie era gris como una piedra, pero con un atisbo de oro por debajo. Tenía cinco rugosidades a intervalos regulares, casi como franjas, que se alzaban desde una base más o menos lisa hasta la periferia elevada. El pastor ya había visto antes cosas semejantes, pero aquella parecía distinta… y casi le había saltado a la mano.

Se le cayó mientras le daba vueltas y más vueltas, y tuvo la sensación de que intentaba decirle algo. Era una bobada, lo sabía, y aún no había tomado ninguna cerveza, pero aquel objeto extraño parecía llenar su mundo. Se reprendió por ser tan zopenco, pero aun así lo recogió del suelo y se lo llevó a la taberna para enseñárselo a sus amigos.

—Mirad —les dijo—, ¿a que parece una corona?

Por supuesto, un amigo suyo rió y respondió:

—¿Una corona? ¿Y para qué quieres tú una corona si no eres rey, Daniel Dolorido?

Pero el pastor se llevó a casa su hallazgo y lo dejó con delicadeza en la repisa de la cocina, donde guardaba las cosas que le gustaban.

Y allí, con el tiempo, cayó en el olvido y se descolgó de la historia.

Pero no para los Dolorido, que fueron transmitiéndolo de generación en generación…

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CAPÍTULO 1

Donde diga el viento

Era uno de esos días que se atesoran en el recuerdo. En lo alto de las lomas, muy por encima de la granja de sus padres, Tiffany Dolorido casi creyó alcanzar a ver el final del mundo. El aire era claro como el cristal, y el viento fresco arremolinaba las hojas muertas del otoño en torno a los fresnos, que se sacudían las ramas para ir haciendo sitio a los brotes nuevos que llegarían en primavera.

Tiffany siempre se había preguntado por qué crecían árboles en aquel lugar. La abuela Dolorido le había contado una vez que allí arriba había viejos senderos, hollados en tiempos en los que el valle de abajo era un pantano. La abuela decía que por eso antiguamente todo el mundo se construía las casas en alto, para estar lejos del pantano y de quienes quisieran saquear su ganado.

Quizá los viejos círculos de piedras que encontraron allí les dieran alguna sensación de resguardo. O quizá fuesen ellos mismos quienes los levantaran. Su origen no estaba nada claro… pero aunque nadie se lo creyera a pies juntillas, todos sabían que eran cosas que tal vez conviniera dejar en paz. Por si acaso. Al fin y al cabo, aunque un círculo pudiera ocultar antiguos secretos o riquezas, bueno, ¿de qué servían a la hora de cuidar ovejas? Y aunque muchas de sus piedras habían caído, ¿y si quien estuviese enterrado debajo no quería que lo sacaran? Estar muerto no significaba que no se pudiera coger un buen cabreo. Pero ni de lejos.

Sin embargo, la propia Tiffany había utilizado una vez un grupo particular de piedras para cruzar al País de las Hadas, un País de las Hadas muy distinto del que aparecía en El libro de cuentos de hadas del buen infante, y ella sabía que los peligros eran reales.

Aquel día, por algún motivo, había sentido el impulso de subir hasta las piedras. Como toda bruja sensata, llevaba botas duras con las que podía atravesar cualquier terreno, botas buenas y sensatas como ella. Pero no le impedían sentir su tierra, sentir lo que le decía. Había empezado como un cosquilleo y se había convertido en un picor que le entraba por los pies y exigía su atención, que la apremiaba a dar zancadas en dirección a las lomas, a visitar el círculo, incluso mientras tenía la mano metida en el trasero de una oveja para intentar solucionar un cólico de los serios. Tiffany no sabía por qué tenía que ir a las piedras, pero ninguna bruja dejaba pasar lo que podía ser una convocatoria. Y los círculos estaban alzados como protección. Para proteger su tierra, defenderla de lo que pudiera cruzar…

Había partido hacia allí sin perder tiempo, con el ceño un poco fruncido. Pero allí arriba, en la cima de la Caliza, todo estaba bien. No sabía por qué, pero siempre lo estaba. Incluso aquel día.

¿O quizá no? Para sorpresa de Tiffany, no era la única que había sentido la llamada del viejo círculo. Al volverse en el aire fresco y limpio, escuchando el viento y notando el baile de las hojas entre sus pies, captó un destello de pelo rojo, un atisbo de piel azul tatuada… y un murmullo que decía «pardiez» mientras una bocanada de hojas, más juguetona que las demás, se enredaba en las cuencas oculares de un casco de cráneo de conejo.

—La mesmísima kelda enviome hasta aquí para ojear las piedriñas estas —dijo Rob Cualquiera desde su atalaya en unas rocas cercanas. Escudriñaba el paisaje como si buscara asaltantes, vinieran de donde viniesen. Sobre todo si salían de un círculo—. Comu a algún papaberzas de esos ocúrrasele volver para probar de nuevu —añadió, esperanzado—, buenu, seguro que podemos darles nuestra mejor bienvenida feegle.

Irguió el cuerpo azul y nervudo hasta sus quince centímetros de altura y blandió su espadón hacia un enemigo invisible. El efecto, pensó Tiffany como muchas otras veces, quedaba muy impresionante.

—Esos invasores de la antigüedad llevan mucho tiempo muertos —respondió antes de poder evitarlo, aunque sus Segundos Pensamientos estaban urgiéndola a escuchar como era debido. Si Jeannie, esposa de Rob y kelda del clan feegle, se olía problemas en ciernes, en fin, lo más seguro era que los problemas ya estuvieran de camino.

—¿Muertu? Como nosotros, pues —dijo Rob.[1]

—Por desgracia —dijo Tiffany con un suspiro—. En aquellos tiempos, los mortales morían y ya está. No regresaban, como por lo visto hacéis vosotros.

—Haríanlo si tuvieran nuestra xantada.

—¿Eso qué es? —preguntó Tiffany.

—Bueeeno, es como unas gachas que llevan de todu, y si puédese tambén un chorriño de coñac o del linimento especial para ovejas de tu abuela, ya sabes.

Tiffany rió, pero no se quitó de encima el desasosiego. Tengo que hablar con Jeannie, pensó. Tengo que saber por qué ella y mis botas están sintiendo lo mismo.

Cuando llegaron al gran montículo herboso que albergaba la compleja madriguera de los Nac Mac Feegle, Tiffany y Rob se dirigieron a la mata de zarzas que escondía la entrada principal y encontraron a Jeannie sentada fuera, comiéndose un bocadillo.

De carnero, pensó Tiffany con solo una pizca de fastidio. Conocía muy bien el acuerdo que tenían con los feegles, según el cual podían llevarse alguna oveja muy mayor de vez en cuando a cambio de pasarlo de maravilla espantando corviñus a espadazos para que non lleváranse los corderos jóvenes, que siempre ponían todo su empeño en lo que mejor sabían hacer: perderse y morir. Pero los corderos perdidos de la Caliza habían aprendido un truco nuevo, consistente en surcar las lomas como una exhalación, a veces de espaldas, de vuelta al rebaño con un feegle bajo cada patita.

Las keldas tenían que tener buen apetito, ya que solo había una en cada clan de los Nac Mac Feegle. Tenían muchísimos hijos y de vez en cuando disparaban alguna hija.[2] Cada vez que Tiffany veía a Jeannie, la pequeña kelda estaba un poco más ancha y un poco más redonda. Aquellas caderas había que cuidarlas, y desde luego Jeannie estaba cuidándose de ampliarlas, echándose entre pecho y espalda lo que parecía media pierna de oveja entre dos pedacitos de pan. No era poca cosa para una feegle con solo quince centímetros de altura, y a medida que Jeannie siguiera convirtiéndose en una kelda anciana y sabia, la palabra «cinturón» ya no definiría una sujeción para su kilt, sino más bien una señal de su ecuador.

Había feegles jóvenes pastoreando caracoles y luchando. Rebotaban unos contra otros, contra las paredes y a veces contra sus propias botas. Tiffany los tenía impresionados, ya que veían en ella una especie de kelda, y cuando se acercó dejaron de pelear para mirarla con nerviosismo.

—En fila, rapaces, y ya estáis enseñandu a nuestra arpía lo mucho que trabajasteis —dijo su madre con orgullo en la voz, mientras se limpiaba grasa de carnero de los labios.

Oh, no, pensó Tiffany. ¿Qué voy a ver? Ojalá no tenga nada que ver con caracoles…

Pero Jeannie dijo:

—Que vuestra arpía oiga el alfabetu. Va, empieza tú, Jock Un Poco Más Pequeño Que Jock Pequeño.

El primer feegle de la fila se rascó, hurgó en su espog y sacó un escarabajo pequeño. El espog de un feegle siempre pica, pensó Tiffany, supongo que porque lo que llevan dentro podría seguir vivo. Jock Un Poco Más Pequeño Que Jock Pequeño tragó saliva.

—A de… «arsenal» —vociferó—. Para rebanar testas y esas cosiñas, ya sabes —añadió con orgullo.

—¡B de «bota»! —gritó el siguiente feegle, limpiándose lo que parecía baba de caracol de la parte delantera del kilt—. Comu para pisarte la testa.

—Y C de «cachiporra»… ¡y c’rallu, correrete a patadas comu vuelvas a clavarme esa espada otra vez! —bramó el tercero, antes de volverse y abalanzarse sobre otro hermano.

Un objeto amarillento y con forma de medialuna cayó al suelo mientras la reyerta se perdía entre las zarzas. Rob se apresuró a recogerlo e intentó esconderlo detrás de su espalda.

Tiffany entornó los ojos. Aquello tenía un parecido muy sospechoso con… ¡sí, con un trozo de uña vieja del pie!

—Bueeeno —dijo Rob, incómodo—, es que siempre córtasles cachiños de estos a los señores pellejos esos que visitas tantu. Salen volando por las vientanas y quédanse tirados por ahí, para que recójalos quien sea. Y son duros como uñas, ya sabes.

—¡Claro, porque son uñas y…! —empezó a decir Tiffany, pero se detuvo. A fin de cuentas, quizá a alguien como el anciano señor Baladí le haría ilusión que alguna parte de su cuerpo aún buscara pelea, aunque él ya apenas pudiera levantarse de una butaca sin ayuda.

La kelda se la llevó aparte y le dijo:

—Bueeeno, rapaza, tu nombre está en la tierra. Háblate a ti, Tir-far-thóinn, Tierra Bajo Ola. ¿Háblasle tú a ella?

—Sí —dijo Tiffany—. Pero solo a veces. Lo que sí hago es escuchar, Jeannie.

—¿Non todos los días? —preguntó la kelda.

—No, no todos los días. Siempre hay tanto que hacer…

—Lo sé —dijo la kelda—. Ya sabes que guárdote. Obsérvote en mi testa, peru véote tambén sobre mi testa, zumbando de acá para allá. Tienes que recordar que la vida son cuatru días.

Tiffany suspiró, molida hasta los huesos. La ronda por las casas, eso era lo que hacían las brujas compasivas, a lo que se dedicaban ella y todas las demás brujas para rellenar los huecos del mundo, haciendo lo que debía hacerse: entrar leña para una anciana, o aparecer con una cacerola de estofado a la hora de la cena, o llevar un remedio de hierbas para una pierna irritada o un dolor persistente, o regalar una cesta de huevos «que me sobran» o ropa de segunda mano para un bebé recién nacido en una casa sin mucho dinero, o escuchar, eso siempre, escuchar los problemas y las preocupaciones de la gente. Y las uñas de los pies… menudas uñas, siempre parecían duras como el pedernal, y a veces a algún anciano sin amigos ni familia se le habían acabado retorciendo dentro de las botas.

Pero la recompensa de trabajar mucho aparentaba ser siempre mucho más trabajo. Si excavabas el hoyo más enorme de todos, se te entregaba una pala más grande.

—Hoy, Jeannie —dijo, muy despacio—, hoy he escuchado la tierra. Me ha dicho que fuese al círculo…

Había una pregunta flotando en el aire.

La kelda suspiró.

—Todavía non véolo claru, pero hay… algo que non marcha ben, Tiffan —dijo—. El velo entre nuestros mundos es tenue y puédese romper fácilmente, ya sabes. Las piedras álzanse aún, así que el portal non está abiertu. Y la Reina de los Elfos non tendrá muchas fuerzas después de que enviárasla de vuelta al País de las Hadas. Tampocu tendrá mucha prisa por volver a enfrentarse contigo, pero… sigo con el melindre. Agora puédolo sentir, como una nebliña que flota hacia aquí.

Tiffany se mordió el labio. Si la kelda estaba preocupada, sabía que ella también debía estarlo.

—Non empréñeste —dijo Jeannie con voz suave, observando a Tiffany con atención—. Cuandu necesites a los feegles, aquí tendrasnos. Y hasta entonces, guardarémoste. —Dio un último mordisco a su bocadillo y miró de forma distinta a Tiffany mientras cambiaba de tema—. Tienes un rapaz, Preston, creo que llámase. ¿Veslo mucho? —De pronto su mirada tenía el filo de un hacha.

—Bueno —respondió Tiffany—, trabaja mucho, igual que yo. Él en el hospital y yo en la Caliza. —Se horrorizó al descubrir que estaba ruborizándose, con la clase de rubor que le empezaba en los dedos de los pies, subía hasta la cara y la dejaba roja como un tomate. ¡No podía ruborizarse! No como lo hacían las jóvenes del campo al hablar de sus pretendientes. ¡Ella era bruja!—. Nos escribimos —añadió con un hilo de voz.

—¿Y son suficiente? ¿Las cartas?

Tiffany tragó saliva. Tiempo atrás había creído, como todo el mundo, que Preston y ella tenían un Entendimiento. Como era un chico culto, se había ocupado de la nueva escuela que habían abierto en el granero de la granja Dolorido, hasta ahorrar lo suficiente para marcharse a la gran ciudad y estudiar para médico. Todo el mundo seguía creyendo que tenían un Entendimiento, incluidos Tiffany y Preston. Solo que… ¿de verdad tenía que hacer lo que se esperaba de ella?

—Es muy majo, y cuenta unos chistes estupendos y se le dan muy bien las palabras —intentó explicar—, pero… a los dos nos gusta nuestro trabajo, en realidad podría decirse que somos nuestro trabajo. Preston está esforzándose mucho en el Hospital Gratuito Lady Sybil. Y yo no paro de pensar en la abuela Dolorido y lo mucho que le gustaba su vida, arriba en las lomas, sola con sus ovejas y sus dos perros, Trueno y Relámpago… —Dejó la frase sin terminar y Jeannie le apoyó una manita de color castaño claro en el brazo.

—¿Acasu crees que esto es forma de vivir, rapaza mía?

—Bueno, me gusta lo que hago y ayudo a la gente.

—Pero ¿quién ayúdate a ti? A veces ojeo esa escoba tuya volando hacia todas partes y paréceme que estallará en llamas el día menos pensadu. Cuidas de todu el mundo, pero ¿quién cuídate a ti? Si Preston marchó, bueeeno, están tu amigo el barón y su nueva esposa, que seguru que preocúpanse de la gente. Al menos lo bastante para ayudar.

—Sí que se preocupan —dijo Tiffany, recordando con un escalofrío que hubo un tiempo en que todos creían también que ella y Roland, ahora el barón, tenían un Entendimiento. ¿Por qué la gente se empeñaba tanto en buscarle marido? ¿Tan difíciles serían de encontrar, cuando quisiera uno?—. Roland es un hombre decente, aunque todavía no tanto como acabó siéndolo su padre. Y Leticia…

Eso, Leticia, pensó. Las dos sabían que Leticia podía hacer magia, pero en aquel momento se limitaba a cumplir el papel de joven baronesa. Y se le daba bien, tanto que Tiffany llegaba a preguntarse si al final ser baronesa acabaría siendo mejor que ser bruja. Desde luego, un trabajo mucho más limpio sí era.

—Ya ocúpaste de mucho más de lo que correspóndete —siguió diciendo Jeannie.

—Bueno —respondió Tiffany—, es que siempre hay mucho que hacer y poca gente para hacerlo.

La sonrisa que le dedicó la kelda fue extraña. La mujercilla preguntó:

—¿Déjasles intentarlo? Non debes tener miedo de pedir ayuda. El orgullu está muy ben, rapaza, pero terminarate matando.

Tiffany rió.

—Jeannie, siempre tienes razón. Pero soy bruja y llevo el orgullo en los huesos.

Decirlo le trajo a la mente a Yaya Ceravieja, la bruja que las demás consideraban la más sabia y experta de todas. Cuando Yaya Ceravieja hablaba, nunca sonaba orgullosa, ni falta que le hacía. El orgullo estaba ahí, imbuido en su esencia. De hecho, fuera lo que fuese que necesitaban tener las brujas en los huesos, Yaya Ceravieja lo tenía a carretadas. Tiffany esperaba llegar a ser algún día una bruja tan fuerte como ella.

—Bueeeno, eso está muy ben —dijo la kelda—. Eres nuestra arpía de las colinas y necesitamos que nuestra arpía tenga su orgullu. Pero gustaríanos tambén que tuvieras una vida propia. —Su mirada solemne se había clavado en Tiffany—. Así que date el piriño y marcha donde diga el viento.

Abajo, en las Comarcas, el viento soplaba furioso, merodeaba inquieto por todas partes y aullaba en las chimeneas de la mansión de lord Sablazo, que estaba rodeada de hectáreas de bosque y a la que solo podía accederse por un largo camino, lo que descartaba las visitas de quien no tuviera al menos un caballo decente.

Aquello dejaba fuera a la inmensa mayoría de la gente normal de los alrededores, que eran granjeros en su mayoría y de todos modos estaban demasiado ocupados para que les atrajera la idea. Si poseían algún caballo, por lo general era grande, tenía las patas peludas y solía verse enganchado a un carro. Las monturas flacas y medio enloquecidas que hacían cabriolas por el camino o tiraban de carruajes en él solían pertenecer a una clase de hombre muy distinta: la clase que siempre tenía tierras y dinero, pero en general muy poco mentón. Y cuya esposa en ocasiones se parecía a su caballo.

El padre de lord Sablazo había heredado fortuna y título de su propio padre, un gran maestro constructor, pero había sido un borracho y se lo había gastado casi todo.[3] Sin embargo, el joven Harold Sablazo había medrado y trepado, y sí, también sableado y defraudado hasta restaurar la fortuna de la familia e incluso añadir dos alas a la mansión, que llenó de objetos horribles y caros.

Tenía tres hijos y estaba muy satisfecho de que su esposa hubiera producido otro además de los tradicionales «heredero y recambio». A lord Sablazo le gustaba llevar un punto de ventaja a todos los demás, aunque el punto tuviese solo la forma de un hijo que no le interesaba demasiado.

Harry, el mayor de los tres, no había recibido mucha educación porque se ocupaba de los terrenos, ayudaba a su padre y aprendía con quién valía la pena hablar y con quién no.

El número dos se llamaba Hugh, y había sugerido a lord Sablazo la idea de tomar el hábito. Su padre había respondido: «Pero solo si es en la Iglesia de Om, no en ninguna otra. ¡Ningún hijo mío tonteará con actos sectarios!».[4] Om mantenía un silencio conveniente, que permitía a los sacerdotes interpretar sus deseos como mejor les conviniese. Por extraño que pudiera parecer, la voluntad de Om rara vez se traducía en instrucciones como «alimenta a los pobres» o «ayuda a los ancianos», sino más bien en cosas como «necesitas una residencia opulenta» o «¿por qué no cenar siete platos?». En consecuencia, lord Sablazo había pensado que podía resultar útil tener un clérigo en la familia.

Su tercer hijo era Geoffrey. Y nadie sabía muy bien qué pensar de Geoffrey, entre ellos él mismo.

El tutor contratado por lord Sablazo para sus hijos se llamaba señor Maneas, aunque los hermanos mayores de Geoffrey lo llamaban «el Meneos», a veces incluso a la cara. Pero para Geoffrey, el señor Maneas había sido un regalo caído del cielo. El maestro había llegado con un enorme arcón lleno de libros, sabiendo que muchas grandes casas apenas contenían ni uno solo, a menos que tratasen de batallas históricas en las que algún miembro de la familia había cometido alguna heroicidad espectacular y estúpida. El señor Maneas y sus maravillosos libros transmitieron a Geoffrey las enseñanzas de los grandes filósofos Ly Tin Wheedle, Orínjcrates, Xenón e Ídem, y de los famosos inventores Ojosdorados Manodeplata Dáctilos y Leonardo de Quirm, y gracias a ellas Geoffrey empezó a descubrir lo que podía hacer con su vida.

Cuando no estaban leyendo o estudiando, el señor Maneas se llevaba a Geoffrey a hacer excavaciones para desenterrar huesos viejos y descubrir lugares antiguos por todas las Comarcas, y le hablaba del universo, en el que él nunca había pensado antes. Cuanto más aprendía, más sed de conocimiento le entraba, mayor anhelo por saberlo todo sobre la gran tortuga A’Tuin y las tierras que se extendían más allá de las Comarcas.

—Disculpe, señor —dijo un día Geoffrey a su maestro—. ¿Cómo llegó a hacerse profesor?

El señor Maneas respondió, entre risas:

—Porque alguien me enseñó a mí, que es como funciona este asunto. Y también me dio un libro, y después de ese quise leer todos los libros que pudiera encontrar. Igual que le ocurre a usted, joven señor. Se pasa el día entero leyendo, no solo en clase.

Geoffrey sabía que su padre desdeñaba al maestro, pero su madre había intervenido diciendo que Geoffrey tenía un muy buen futuro entre manos.

Su padre había dado un bufido.

—Lo único que tiene este entre manos es fango y muertos. ¿A quién le importa dónde está Cuatroequis? ¡Si allí no va nadie![5]

Su madre parecía cansada, pero se había puesto del lado de Geoffrey.

—Se le da muy bien leer y el señor Maneas le ha enseñado tres idiomas. ¡Si hasta habla un poquito de offleriano!

Su padre había puesto otra mueca de desprecio.

—¡Solo le valdrá si quiere hacerse dentista! Ja, ¿para qué perder el tiempo aprendiendo idiomas? Total, hoy en día todo el mundo habla morporkiano.

Pero su madre había dicho a Geoffrey:

—Tú lee, hijo mío. Leer es el camino hacia arriba. El conocimiento es la clave de todo.

Poco después, lord Sablazo había despedido al tutor con el siguiente argumento:

—Por aquí ya hay demasiada tontería. Tampoco es que el chaval vaya a llegar a nada, al contrario que sus hermanos.

Las palabras resonaban mucho en las paredes de la mansión, por lo que Geoffrey lo oyó y pensó: Bueno, sea lo que sea que decida hacer, ¡no pienso parecerme a mi padre!

Ya sin profesor, Geoffrey se había dedicado a vagar por la propiedad y aprender cosas nuevas, a menudo acompañado por McTavish, el mozo de cuadra, que era más viejo que las colinas pero al que por algún motivo seguían llamando «mozo». Conocía el canto de todos los pájaros del mundo y también sabía imitarlos.

McTavish estaba presente cuando Geoffrey encontró a Mefistófeles. Una cabra vieja había parido y, además de dos cabritos sanos, había tenido un tercero que se había quedado escondido entre la paja, rechazado por su madre.

—Voy a intentar salvar a este cabritillo —declaró Geoffrey, y se pasó la noche trabajando para mantener con vida al recién nacido, ordeñando leche de su madre y dejando que el pequeño la lamiera de su dedo hasta quedarse dormido a su lado, en una bala de heno abierta que los arropó a los dos.

Qué poquita cosa es, pensó Geoffrey mirando las rendijas que eran los ojos del cabrito. Tengo que darle una oportunidad.

Y el retoño respondió y creció hasta convertirse en un joven macho cabrío que daba unas coces tremendas. Seguía a Geoffrey a todas partes, bajando la cabeza y preparándose para embestir siempre que creía que alguien amenazaba a su joven amo. Como la definición solía incluir a cualquiera que hubiese cerca, más de un criado y visitante tuvo que apartarse con presteza cuando veía venir los cu ...