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LA EDAD GANADA (CABALLO DE TROYA 2015, 1)

Mar Gómez Glez

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Fragmento

Cuatro

Esperaba su turno con la paciencia de un preso condenado. Ocupaba, como de costumbre, el último puesto de la fila. Si le hubiesen preguntado, habría dicho que no se sentía nerviosa. Los puños tensos dentro de los bolsillos del babi estiraban la etiqueta, cosida por su madre a la altura del pecho. Dejó su libro abierto sobre el pupitre. La profesora sostenía un ejemplar idéntico pero más cuidado, con las cuatro esquinas formando una cuña perfecta como cuando salió de la imprenta y no redondeadas como las del suyo. Sólo los adultos conocían el misterio de los cuatro ángulos rectos; los adultos y algunas compañeras avanzadas, que lo sabían todo. En manos de la señorita Quim el libro se convertía en el instrumento juez que decidiría cuál de aquellas niñas sabía y cuál no. La mayoría de sus compañeras ya habían pasado al siguiente grado del conocimiento, a la madre Dalmaho. No le importaba. Ella seguía repitiendo las frases familiares y saltarinas, disfrutando con sus reiterativas melodías: la eme con la a, «ma»; la eme con la a «ma»; «mamá»; la eme con la e, «me»; la eme con la i, «mi»; la eme con la o, «mo»; «mi mamá me mima», «mimo a mi mamá». Conocía los conjuntos de palabras. Sabía que cada doble página del manual coloreado se dedicaba a un sonido. Entendía lo suficiente como para identificar las letras con los símbolos negros que habitaban en los libros. Cuando le llegó el turno, miró con interés el lugar que la señorita Quim señalaba, y repitió la frase que sus compañeras habían declamado. La señorita Quim la felicitó sin mirarla y la mandó junto a la madre Dalmaho. Bajó ordenada, con el dedo índice cruzando la boquita, tal como le enseñaron. La postura controlaba el entusiasmo, que se le aglomeraba en la cara.

Recibe antes que nadie historias como ésta

La clase de la madre Dalmaho no era como la de la señorita Quim. Allí no había ventanas, ni cuencos llenos de bolas de plastilina, ni letras de colores sobre la pared almohadillada. Una gran mesa de madera lacada ocupaba el centro de la sala; una mesa de verdad, como las de las casas. No entraba el sol. La mujer arrugada poseía su propia lámpara de pie, que iluminaba apenas las cabezas de las atentas pupilas, testigos y cómplices del milagro de la lectura. La anciana monja ocupaba el extremo más alejado y era la única que permanecía sentada. No se alteraron ante su llegada. Pensó que, siguiendo la misma estrategia que la había llevado hasta la sala prometida, si se colocaba la última podría memorizar las frases que las otras niñas pronunciaban lentamente y repetir con buen ritmo. Los minutos pasaban y con ellos crecía su preocupación por dos cuestiones principales: su altura (era tan pequeña que sólo de puntillas alcanzaba la mesa), y el babi, que la cubría de vergüenza. Ninguna de aquellas compañeras llevaba puesto el escandaloso babi a rayas. ¿Para qué iban a llevar babi si allí no había ni pinturas, ni pizarra, ni arena, ni nada con lo que ensuciarse? Demasiado tarde para quitárselo. La voz de dentro le pedía que se concentrara pero aquella bochornosa prenda no abandonaba su cabeza.

Cuando sólo le quedaban dos niñas por delante afrontó el inminente peligro. ¿Sería el mismo libro con el que había trabajado? El objeto que manejaba la madre Dalmaho era considerablemente más pequeño. Su naturaleza optimista le convenció de que podía ser una versión reducida, igual que la mesa, que aunque más grande seguía siendo la mesa de la profesora. Además tenía tantos libros en casa, había jugado con tantas páginas, que un libro pequeño no le intimidaba. Llegó su turno. La monja dirigía la lectura con el dedo bajo la línea. El índice la esperaba firmemente detrás de un punto, sobre una letra grande. Silencio. No hubo explicación, sólo el dedo bajo la línea de letras. ¿Qué quería que hiciera? Sin dibujos ni colores para armar ninguna historia, ¿qué quería esa señora que dijera? El dedo arrugado apretaba firme el papel, sin inmutarse ante la parálisis de la niña. Algunas alumnas chiscaron los labios. Se escuchó una risa, y un murmullo creciente que la madre Dalmaho silenció antes de incitarle de nuevo a la lectura. Ella no dijo nada.

*   *   *

La más guapa, la más lista, a la que más quería: su madre dentro de la clase con la señorita Quim y la madre Dalmaho. Fuera escuchaba tras la puerta con el babi puesto. Maldito babi. ¿Así que lo que hacía no era leer? Todas esas historias que se sucedían en su mente página tras página con los interminables libros ilustrados que su mamá le compraba no era leer. Las historias que empezaban de la mitad hacia delante, de abajo arriba, de cinco en cinco hojas... no era leer. ¿Eso no era leer? Entonces, ¿qué era?

La odiosa señorita Quim le repetía a la mujer más bella del mundo las palabras «logopeda» y «colegio especial». Dijo que padecía «dislexia», y mientras deletreaba el nuevo vocablo, la diosa de todos sus sueños salió sonriéndole. Le acarició el pelo y le susurró bellas palabras sin que la bruja y la vieja pudieran verlas, y después se arrodilló para desabrocharle el babi.

—Mamá, el babi hay que dejarlo en el perchero —dijo.

—Hoy no, mañana lo traes.

No quiso insistir, pero el babi se llevaba a casa los viernes, para lavarlo el fin de semana, y aquel día era martes. La madre metió la prenda en el bolso y agarró su manita, y la niña se sintió feliz.

—Vamos a casa —le dijo mirándole a los ojos, y por ellos comprendió que a pesar de la sonrisa y de los besos, algo muy malo le pasó a su mamá ahí dentro. Odió con todas sus fuerzas a la señorita Quim y a la madre Dalmaho, las odió tanto que se prometió a sí misma que aprendería a leer como el resto de las niñas, por orden, línea tras línea, y a pronunciar correctamente la erre doble, y a ser más limpia, y a gritar menos, y a no pelearse tanto con su hermano, y así su mamá sería feliz, y un día, cuando fuera grande y tuviera muchos caballos, volvería sin babi en una yegua parda a la escuela para decirle a la señorita Quim que no se creyera tan lista, que le había engañado, que aunque hubiese pasado su clase, ella seguía leyendo a su modo.

Seis

La loba leía a su familia y ella leía a la loba. Eso le hizo pintarla. Era una niña silenciosa. Había desarrollado una extraordinaria capacidad de ensimismamiento, de forma que no llamaba la atención, excepto cuando, distraída, se le escapaba un comentario. Entonces afloraba el mundo en que habitaba y sus compañeras la miraban como si estuviese loca. No le importaba. En el colegio era una ausente. Resignada a la escuela, ya no se acordaba de cómo era antes, cuando disponía de todo su tiempo. Sin embargo, aquel día era especial. En lugar de los tediosos cuadernos de caligrafía les encargaron una pintura, un retrato de una escena cotidiana. Todas las alumnas abrazaron con entusiasmo el proyecto, sobre todo ella, a quien le encantaba dibujar. Se tomó la tarea con rigor, con la máxima seriedad que sus seis años le permitían, y fruto de la dedicación, la niña, que jamás antes había contribuido en nada a la clase, guardaba en su carpeta el dibujo. Saboreaba el valor de la obra con inocente presunción. ¿Lo colgarían en la pared o en el pasillo?, se preguntaba. No era una escena completamente original, copió del libro, pero de memoria, transformando el modelo hasta conseguir un cuadro personal, suyo. Su satisfacción no provenía de ningún razonamiento entero, sino de la incipiente sensación artística contenida en la loba lectora. Su fiera no se comería a los corderos del pastorcillo, ni acabaría con el estómago lleno de piedras en el fondo de un estanque. La protagonista de su pintura les leía a los cachorros que habitaban aquella aldea.

Trabajó durante toda la tarde tan meticulosa como una mayor. Paró sólo un momento para el rebozado de las croquetas: primero en huevo y después en pan rallado, amasando los churritos con los dedos hasta que una detrás de otra hicieran la cena. Antes de que su madre comenzase con la freidora, ella ya estaba de nuevo en su cuarto, tendida en el suelo, rodeada de pinturas.

Primero de EGB, el primer año de la enseñanza general básica, con menos recreo y más órdenes, pero allí era donde debía estar, donde estaban todos los niños del mundo. O al menos, las niñas. La falta de conciencia del tiempo le proporcionaba una tranquilidad infinita, como la de los animales. Ella se sentía mucho más cerca de los animales que del resto, excepto de su madre, que no contaba como resto y formaba una categoría aparte. Habían vuelto del recreo sin que la señorita Encarnita mencionase los dibujos. La profesora siempre revisaba la tarea durante la primera mitad de la mañana, y aquel retraso la impacientaba. Una nueva demora tentó los nervios de la joven pintora. Encarnita salió de la clase, y allí quedaron las alumnas, descansando como focas amaestradas en posición «dormir», con los brazos cruzados encima del pupitre, y la cabeza recostada sobre éstos. Sus compañeras «dormían», todas «dormían» menos ella, incapaz de controlarse. Nunca antes había abierto los ojos durante aquel tiempo. Nadie debía ni abrir los ojos, ni moverse, pero la inquietud venció a la disciplina y se incorporó con cuidado de no hacer ruido. Sus compañeras yacían con candidez infinita. ¿Estarían de verdad dormidas? ¿Durmiendo como por la noche? Niñas dormidas, cuarenta niñas y entre ellas una despierta, aglutinando el poder del mundo. Conocía el nombre y los apellidos de cada una. Su excepcional situación le ofrecía incontables posibilidades y la plastilina fue el primero de sus pensamientos; ella sola tendría a su disposición todas las bolas del gran cuenco. ¿Se atrevería incluso a mezclar colores y romper con otra prohibición del colegio? Había experimentado en casa, al principio se apreciaba la mixtura, pero si se trabajaba la pasta con cuidado, se conseguía un nuevo tono. No, mejor no, le gustaba que los colores brillaran, y las bolas de plastilina de la clase estaban tan sucias que su mezcla terminaría en algún tipo de marrón oscuro con el que no sabría qué fabricar. Entonces, ¿qué? Sacó el dibujo de la carpeta de cartón y lo extendió sobre el pupitre. Aún deseaba exponerlo a la vista de las demás. Aurorita se movió ligeramente advirtiéndole sin palabras que conocía su transgresión, y la rebelde se sintió más segura sentada. Cada niña lenta, como ella, tenía una niña rápida por compañera para que, guiadas por un buen ejemplo, las más incapaces alcanzasen el nivel del resto. De manera que la clase, con tres columnas dobles de pupitres, guardaba una distribución cartesiana: niña rápida, niña lenta; niña rápida, niña lenta; niña rápida, niña lenta. Las más altas se colocaban al fondo para que todas pudieran ver y ser vistas. Ella ocupaba la columna del medio, en las primeras filas. La autoridad de su guardiana se difuminó ante la presencia del pliego que agarró por las esquinas superiores elevándolo hasta la altura de su mirada. Seguía en su silla, pero muy estirada, inmersa en aquella cara lectora ...