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LA ESTRELLA DE PLATA

Jeannette Walls

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Fragmento

MUno i hermana me salvó la vida cuando yo no era más que un bebé. Esto fue lo que ocurrió. Tras una riña con su familia, mi madre decidió irse de casa en plena noche, llevándonos con ella. Como no tenía más que unos meses, mi madre me puso en el cuco. Lo dejó en el techo del coche mientras guardaba algunas cosas en el maletero y luego instaló a Liz, que te nía tres años, en el asiento de atrás. Mi madre estaba pasando una mala racha por aquel entonces y tenía muchas cosas en la cabeza —locuras, locuras, locuras, diría más adelante—. Arrancó sin acordarse para nada de que me había dejado en el techo.

Liz se puso a gritar mi nombre señalando hacia arriba. Al principio, mi madre no captó lo que estaba diciendo, luego se dio cuenta de lo que había hecho y frenó en seco. El cuco acabó encima del capó, aunque a mí no me pasó nada porque iba sujeta por una correa. De hecho, ni siquiera lloré. En años posteriores, cada vez que mi madre contaba la anécdota, que le parecía jocosa y escenificaba sin escatimar detalles, le gustaba decir que menos mal que Liz había tenido la cabeza en su sitio, porque de lo contrario el cuco habría salido despedido y yo habría muerto sin remedio.

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Liz lo recordaba todo vívidamente, pero nunca le pareció gracioso. Me había salvado. Era ese tipo de hermana. Por

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eso, la noche en que comenzó todo el embrollo, no me preocupó que mi madre llevara cuatro días fuera. Me preocupaban más los pasteles de pollo con verduras.

No podía soportar que se les quemara la capa de hojaldre, pero el reloj del horno estaba roto, de modo que esa noche no quité ojo del cristal porque, en cuanto los pasteles empezaban a tostarse, había que vigilarlos constantemente.

Liz estaba poniendo la mesa. Mi madre se había ido a Los Ángeles, a un estudio de grabación donde había una audición para el puesto de corista.

—¿Crees que conseguirá el trabajo? —pregunté a Liz. —No tengo ni idea —dijo ella.
—Yo sí. Esta vez tengo buenas sensaciones.

Mi madre había ido a menudo a la ciudad desde que nos mudamos a Lost Lake, una ciudad pequeña en el desierto del Colorado del sur de California. Lo normal era que estuviera fuera una o dos noches, nunca tanto como esta vez. No sabíamos cuándo iba a volver exactamente y, como nos habían cortado el teléfono —mi madre tenía un contencioso con la compañía telefónica por unas llamadas de larga distancia que, según ella, no había efectuado—, no tenía forma de llamarnos.

De todas maneras, tampoco era para tanto. La profesión de mi madre siempre le había ocupado gran parte de su tiempo. Incluso cuando éramos más pequeñas, había recurrido a una canguro o una amiga mientras ella volaba a sitios como Nashville, así que estábamos acostumbradas a estar solas. Liz era la que quedaba a cargo, porque tenía quince años y yo acababa de cumplir doce, aunque yo no era de esas niñas a las que hay que cuidar.

Cuando mi madre estaba fuera no comíamos más que pasteles de pollo con verduras. Me encantaban, no me importaba cenarlos todas las noches. Según Liz, tomar un vaso de

nnette Walls leche con el pastel de pollo con verduras era la dieta perfecta, porque incluía los cuatro grupos de alimentos: carne, verdura, cereales y lácteos.

Además, era muy divertido comerlos. Cogías tu propio pastel de ese platillo tan chulo de papel de aluminio y hacías con él lo que te daba la gana. A mí me gustaba trocear el hojaldre y hacer una pasta con los trozos de zanahoria, los guisantes y la caquita amarilla. Liz pensaba que era una ordinariez hacer semejante pasta. Además, ablandaba el hojaldre y a ella lo que más le gustaba de los pasteles de pollo con verduras era el contraste entre la capa crujiente y el relleno pringoso. Prefería dejar intacto el hojaldre, cortándolo en pedacitos con cada bocado.

En cuanto el hojaldre adquirió ese maravilloso tueste dorado, con los bordes sin quemar del todo todavía, le dije a Liz que ya estaban hechos. Los sacó del horno y nos sentamos a la mesa de formica roja.

Cuando mi madre estaba fuera, durante la cena nos gustaba jugar a juegos inventados por Liz. Uno era el de «mastica y echa», que consistía en aguardar a que la otra persona tuviera un bocado o un trago de leche en la boca y en ese momento intentar hacerla reír. Liz solía ganar casi siempre, porque a mí me entraba la risa enseguida. De hecho, en ocasiones me reía tanto que la leche me salía a chorros por la nariz.

Otro juego que había inventado se llamaba el de «las mentiras». Una de nosotras hacía dos afirmaciones, una verdadera y la segunda falsa, y la otra podía hacer cinco preguntas para adivinar cuál era mentira. Liz también solía ganar al juego de «las mentiras», aunque a mí me daba igual quién ganara en este juego y en el otro. Lo divertido era jugar. Esa noche yo estaba muy emocionada porque creía que se me había ocurrido una disyuntiva asombrosa: la rana mete los ojos en la boca al tragar o la sangre de las ranas es verde.

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—Muy fácil —dijo Liz—. La mentira es la sangre verde. —¿Cómo lo has adivinado tan pronto? —Diseccionamos ranas en Biología.

Seguía yo hablando de lo gracioso y extraño que resultaba que las ranas emplearan los ojos para tragar cuando entró mi madre por la puerta con una caja blanca atada con un cordel rojo.

—¡Tarta de lima para mis chicas! —anunció levantando la caja. Tenía una expresión radiante y una sonrisa alocada—. Es una ocasión especial, porque nuestras vidas están a punto de cambiar.

Mientras mi madre cortaba la tarta y repartía las porciones, nos contó que había conocido a un hombre en el estudio de grabación al que había ido. Era un productor discográfico llamado Mark Parker y le había dicho que la razón de que no consiguiera actuaciones como corista era que tenía una voz muy especial y tapaba a las cantantes solistas.

—Mark dice que no estoy hecha para ir de segundona de nadie —explicó mi madre. Le había dicho que tenía cualidades de estrella y la había llevado a cenar y habían hablado de cómo dar el salto al estrellato—. Es tan inteligente y divertido. Lo vais a adorar, chicas.

—¿Va en serio o es un moscón? —pregunté. —¡Cuidadito con lo que decimos, Bean! —dijo mi madre.

Mi verdadero nombre no es Bean, por supuesto, pero así es como me llama todo el mundo.

No fue idea mía. Cuando nací, mi madre me puso de nombre Jean, pero la primera vez que me vio Liz me llamó Jean Bean, porque era diminuta como un frijol y porque rimaba —Liz siempre estaba haciendo rimas— y luego sencillamente

nnette Walls porque Bean era corto. De todas formas, a veces lo cambiaba o lo alargaba, llamándome Frijolitín o Cabeza de Frijol, Frijolito Lavadito cuando me bañaba, Frijolillo Palillo porque era delgaducha, Reina Frijolina cuando quería agradarme o Frijolada la Malvada si yo estaba de mal humor. En cierta ocasión, después de una descomposición por haber comido chile en mal estado, me llamó Frijolerde Verde y más tarde, cuando estaba abrazada a la taza del váter y me encontraba todavía peor, me llamó Frijolón Verdón.

Liz no podía resistirse a jugar con las palabras. Por eso le encantaba el nombre de nuestra nueva ciudad, Lost Lake, lago perdido. «Vamos a buscarlo», decía, o «Quién lo habrá perdido», o «Quizá el lago pregunte la dirección».

Nos habíamos mudado de Pasadena a Lost Lake cuatro meses atrás, el día de Año Nuevo de 1970, porque mi madre dijo que un cambio de escenario nos sentaría bien para iniciar la nueva década. En mi opinión, Lost Lake era un sitio bastante bien cuidado. La mayoría de las personas que vivían allí eran mexicanos que tenían gallinas y cabras en sus patios; allí era prácticamente donde hacían la vida, cocinando a la brasa y bailando sones mexicanos con la radio a todo volumen. Por las calles polvorientas merodeaban perros y gatos y los canales de regadío del extremo de la ciudad llevaban agua a las tierras cultivadas. Nadie torcía el gesto si llevabas ropa heredada de tu hermana mayor o tu madre conducía un Dart marrón antiguo. Nuestros vecinos vivían en pequeñas casas de adobe, pero nosotras alquilamos un bungaló de hormigón ligero. A mi madre se le ocurrió pintar el hormigón de color azul turquesa y la puerta y los alféizares de las ventanas de mandarina. «No vamos a molestarnos siquiera en fingir que queremos pasar desapercibidas», dijo.

Mi madre era cantante, compositora y actriz. Cierto es que nunca había participado en ninguna película ni grabado un

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disco, pero no le gustaba nada que la llamaran «aspirante» y, la verdad sea dicha, era algo más mayor que las personas del gremio que aparecían en las revistas cinematográficas que siempre estaba comprando. Se acercaba su trigésimo sexto cumpleaños y se quejaba de que las cantantes que estaban acaparando toda la atención, como Janis Joplin y Joni Mitchell, fueran como poco diez años más jóvenes que ella.

Con todo, mi madre siempre decía que su gran ocasión estaba a la vuelta de la esquina. A veces la llamaban después de las audiciones, pero solía volver a casa meneando la cabeza y diciendo que los tipos del estudio eran moscones que solo querían echarle un segundo vistazo a su escote. En resumidas cuentas, la profesión de mi madre no había generado muchos ingresos, por el momento. Vivíamos sobre todo de lo que había heredado. No es que hubiera recibido una cantidad astronómica, de manera que cuando nos mudamos a Lost Lake ya pasábamos estrecheces.

Cuando mi madre no hacía viajes a Los Ángeles —que estaban disminuyendo, porque el trayecto duraba casi cuatro horas de ida y otras tantas de vuelta—, solía levantarse tarde y pasar el día escribiendo canciones e interpretándolas con alguna de sus cuatro guitarras. Su favorita, una Zemaitis de 1961, costaba el alquiler de un año. Además, tenía una Gibson Southern Jumbo, una Martin de color miel y una guitarra española de palisandro de Brasil. Cuando no ensayaba canciones, trabajaba en un musical sobre su vida, la ruptura con su agobiante familia del Viejo Sur, la liberación del lastre del estúpido de su marido y la ristra de novios nefastos —aparte de todos los moscones que ni siquiera habían llegado a la categoría de novios— y el descubrimiento de su auténtica voz en la música. El musical se titulaba El hallazgo de la magia.

Mi madre decía siempre que el secreto del proceso creativo era hallar la magia. Según ella, también era lo que había que

nnette Walls hacer en la vida. Hallar la magia. En la armonía musical, en la lluvia en la cara y el sol en los hombros al aire, en el rocío de la mañana que te empapa las zapatillas y en las flores silvestres que recoges de balde por las cunetas, en el amor a primera vista y en los recuerdos tristes de alguien que se ha ido. «Halla la magia», decía siempre mi madre. «Y si no puedes, créala», añadía.

Le gustaba decir que nosotras tres teníamos magia. Nos aseguraba que, con independencia de lo famosa que llegara a ser, nada sería jamás más importante para ella que sus hijas. Decía que éramos una tribu de tres. Tres era el número perfecto, continuaba. Pensadlo. La santísima trinidad, los tres mosqueteros, los tres reyes magos, los tres cerditos, los tres títeres, los tres ratones ciegos, los tres deseos, los tres golpes, los tres hurras, el tres es un hechizo. Las tres nos bastábamos a nosotras mismas, decía mi madre.

Pero eso no la quitaba de salir con moscones.

Dos

i madre pasó varias semanas repitiendo que Mark Parker la había «descubierto». Lo decía en broma, aunque podías darte cuenta de que tenía un cierto componente de cuento de hadas que la seducía. Fue un momento mágico.

Mi madre empezó a hacer más viajes a Los Ángeles —unas veces un día; otras, dos o tres— y, cuando regresaba, todo era hablar de Mark Parker. Según ella, era un tipo extraordinario. Estaba trabajando con ella en la partitura de El hallazgo de la magia, puliendo letras, perfeccionando el fraseo, ocupándose de los arreglos. Nos contó que Mark había escrito un montón de canciones. Un día trajo a casa un álbum y nos enseñó la funda interior del disco donde iban impresas las letras de las canciones. Mark había trazado un círculo alrededor de la letra de una canción de amor y había garabateado al margen: «Esto lo escribí sobre ti antes de conocerte».

La especialidad de Mark eran los arreglos. Otro día mi madre trajo un segundo álbum, esa vez de los Tokens, con su éxito The Lion Sleeps Tonight. Mark había hecho los arreglos de la canción, explicó, que había sido grabada un par de veces sin cortes. Al principio los Tokens no quisieron tocar la versión de Mark, pero él los convenció e incluso les hizo algu

M

Jeannette Walls nos coros. Escuchando con atención podía distinguirse su voz de barítono en las armonías.

Para ser una madre, mi madre todavía era guapa. Había sido reina de la fiesta de los antiguos alumnos del instituto en Virginia, donde se había criado, y la razón saltaba a la vista. Tenía ojos grandes de color avellana y cabello rubio con mechas que se recogía en una coleta cuando estaba en casa, aunque cuando iba a Los Ángeles se lo peinaba y arreglaba. Había engordado unos kilos desde los tiempos del instituto, lo reconocía, pero decía que el peso realzaba el escote y una cantante nunca tiene demasiado en ese apartado. Como mínimo, servía para que te volvieran a llamar.

Mi madre nos contó que a Mark le gustaban sus curvas y, desde que empezó a verlo, su aspecto y su conducta se hicieron más juveniles. Al volver a casa tenía una mirada vivaz y nos contaba que Mark la había llevado a navegar o le había preparado unas vieiras a fuego lento y le había enseñado a bailar el «Carolina shag». Mi madre se llamaba Charlotte y Mark había inventado un cóctel para ella con aguardiente de melocotón, bourbon, granadina y Tab y lo había llamado Combinado Charlotte.

Sin embargo, no todo era perfecto en Mark. Mi madre explicó que tenía un lado oscuro. Mal genio, como todos los auténticos artistas, ella también, por lo que su colaboración no estaba exenta de momentos tormentosos. A veces telefoneaba a Mark a altas horas de la noche —había acabado pagando las facturas en disputa y nos habían restablecido la línea— y Liz y yo podíamos oírle gritar por el auricular cosas como «¡Esa canción tiene que acabar con un acorde, no un fundido!» o «¡Mark, esperas demasiado de mí!». Según mi madre, eran di

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ferencias creativas. Mark estaba preparando la producción de una maqueta de sus mejores canciones para llevarla a los grandes sellos discográficos y era natural que los artistas mantuvieran desacuerdos apasionados a medida que se echaba encima la fecha de entrega.

Yo no paraba de preguntarle a mi madre cuándo íbamos a conocer Liz y yo a Mark Parker. Según ella, estaba muy ocupado, yendo y viniendo en avión a Nueva York y Londres, y no tenía tiempo para acercarse hasta Lost Lake. Sugerí que fuéramos a Los Ángeles un fin de semana para conocerlo, pero mi madre negó con la cabeza.

—Bean, la verdad es que tiene celos de Liz y de ti —explicó—. Dice que le parece que hablo demasiado de vosotras. Me temo que Mark puede ser un poco posesivo.

A los dos meses de empezar a ver a Mark, mi madre vino a casa y nos dijo que, pese a su apretada agenda y su carácter posesivo, Mark había aceptado venir a Lost Lake para conocernos a Liz y a mí el miércoles siguiente al salir de clase. Las tres pasamos el martes por la tarde limpiando el bungaló de arriba abajo, almacenando trastos en el armario, frotando los chorretes de mugre del fregadero y el retrete, moviendo la silla mariposa de color morado de mi madre para tapar la mancha del té que había derramado sobre la alfombra, sacando brillo a los picaportes y alféizares de las ventanas, desenredando las campanillas de viento de mi ma ...